Sexo duro con voyeurs mirando

Es blanco pero tostado y de ojos verdes, de 50 años quizás, se ve duro, bajo, pelo corto y tieso y todos lo tratan con respeto. De verdad siempre me gustó. Sus manos son toscas, pero cuidadas.

Esa noche, después de jugar a las cartas con otros amigos, salimos a la terraza de la casa de la playa a tomar un trago. Nos dimos unos besitos y entramos a su dormitorio por la cocina. Se sentó en el borde de la cama, me puso de pie frente a él y comenzó a desabrocharme la blusa, a sacarme el brasier. Yo sentía sus manos acariciarme la espalda y su lengua y sus dientes en mis pezones me daban escalofríos de rico. Me hizo atrás, me desabrochó el pantalón y me dejó frente a él, sola con mis pantaletas. Pensé si estarían húmedas, pues no tenía protección… Luego me tomó de la cintura, me recostó en la cama, encendió unas velas, apagó las luces y se sentó a mi lado acariciándome; yo estaba algo mareada por los dos wiskys, pero me encantaba cómo me recorría esa mano áspera y subía hasta mi entrepierna. Nada me hacía presagiar la intensa sesión de sexo duro con voyeurs que me esperaba.

– Estas mojándote, Putina -me dijo, aunque a mí me pareció una ordinariez que me llamase así.

– Zarina, le dije molesta.

– Putina -me dijo. Y siguió acariciándome, me dio la vuelta y metió su mano entre mis piernas, me sacó las pantaletas y quedé desnuda en la cama, y ya a punto. Él se dio cuenta de ello y acomodó una almohada bajo de mis caderas que levantaron mi trasero. Yo ya estaba a cien, levantaba mis glúteos para que los tomara y el paseaba su dedo por mi hoyito, luego bajaba su mano a mi rajita que estaba muy, muy mojada.

– Sigo? -me susurró con sus dedos presionando mi clítoris.

– Síííí, por favor… -le pedí entre suspiros.

– Viste que eres putita. Mi putina-me dijo-, reconócelo. Dilo… -mientras me magreaba el sexo.

– Putina, le dije en silencio, siguiendo sus movimientos.

– Más fuerte, que no te escucho amor. -Me gustó que me dijera amor.

– Soy tu putina -le dije, y sonreí.

Y siguió. Yo movía mis caderas buscando el contacto de mis labios mojados con su mano. Estaba muy, muy excitada ya; solo quería que se sacara su ropa y entrara en mí.

Te mueves mucho Putina, me dijo, y me puso bocarriba, acostada en la cama y ató mis manos a cada esquina de la cabecera. Luego separó mis piernas y las amarró por encima de las rodillas a los bordes de la cama, impidiendo que las juntara. Dejándome abierta a él, mojada e hinchada, cualquier roce me aceleraba, me hacía jadear. Luego me vendó los ojos. Afuera se escuchaban las voces de los demás, que continuaban jugando a las cartas y olí las velas que alumbraban la habitación. Su mano continuó jugando con mi cuerpo, lo rozaba, lo pellizcaba, buscaba mi boca o se colaba entre mi cola, la enredaba en mi pelo, así por un largo rato que me hacía padecer. ¿Por qué no me monta de una vez? me preguntaba impaciente a mí misma. Luego su mano comenzó a bajar por mi estómago, lenta, y se acercó a mi clítoris. Pensé que si me lo tocaba no iba a poder reprimir el orgasmo. Estaba lista. Pero en el momento que lo hacía sentí que se me quemaba mi pezón y no pude evitar dar un grito de dolor, parecía que un cuchillo lo hubiera atravesado, me retorcí pero las correas de las manos y piernas me inmovilizaban, era un dolor de agujas que entraban por mi piel y se confundía el dolor con su mano que se acercaba a mi entrepierna nuevamente. En el momento que abría mis labios buscando mi vulva y yo levantaba hasta donde podía mi cadera buscando el roce para llegar, la cera caliente volvió a clavarme como miles de agujas en mi otro pezón, esta vez solo emití un grito ahogado, un quejido que se confundía con gemido de placer. Yo acezaba y la transpiración me pegaba el cabello a la frente. Su mano en mi pierna devolvía mi excitación, jadeaba de caliente que estaba, creo que si hubiera soplado mi clítoris me habría hecho eyacular como a una jovencita.

– Tienes calor Putina… -me dijo, más que preguntarme.

Sexo duro con voyeurs mirando sin mi permiso

Luego sentí sus pasos que se alejaban y una brisa bañó mi piel desnuda sobre la cama con mis caderas allí levantadas. Su mano buscó nuevamente mi entrepierna, se hundió en ella y llegó a mi ano, que sintió que sus dedos penetraban en él. Yo levanté las caderas facilitando su clavada por atrás y un escalofrío me recorrió… había dejado de sentir el murmullo en la otra pieza… la brisa era de la puerta entrejunta…  y quedé helada: maldito, pensé, maldito maricón este, huevón, bestia. Había dejado la puerta entreabierta y ahora seguro miraban, veían cómo tenía dos dedos metidos en mi hoyito y jadeaba y me retorcía toda caliente sobre la cama. Iba a llorar. Pero sentí cómo me abría y penetraban sus dedos ahora en mi vagina, y los sacaba y me los volvía a encajar. Quizás son ideas mías, pensé, y dejé que mi cintura se alzara buscando esa penetración, no, seguro se han asomado a la puerta, si no… ¿por qué el silencio? Pero mi clítoris hinchado y duro como un pequeño volcán que quiere reventar no me dejaba pensar, y en el momento que sentía que desde mi estómago me bajaba un dulce escalofrío, un río de fuego me quemó entre las piernas provocándome un ahogado grito de dolor, eran miles de agujas que me taladran la pelvis. Tiritaba de dolor, resoplaba, sentía mis sudor reunirse con mis lágrimas y gotear juntas desde mi sien hacia el colchón en que me tenía. Respiraba solo por la boca, jadeaba de placer y sufrimiento, de vergüenza por exhibirme allí. Presentía sus miradas cómplices, de burla, sus sonrisitas de “mírala, tan puestecita”, o “tan digna que se creía”, “ella que se las daba de señora”, pero mi sexo y esa mano podían más que yo. Pensé que, por suerte, me había depilado porque mis caderas buscaban de nuevo el contacto, sudaba entre mis pechos, en el cuello, las axilas, la boca estaba seca de jadear como una perra y nuevamente sus dedos entre mis piernas. Mis pezones sufrían con la cera aún tibia y la cera sobre mi coxis se endurecía. Nuevamente me llevaba hacia el suspiro del éxtasis y la cera hirviendo lo anulaba justo en el último momento, cuatro, cinco, ocho veces, perdí el sentido del tiempo, mareada, ida en esa cama, la vista en blanco, no tenía voluntad, estaba abandonada a lo que ÉL dispusiera.

– Si me dices que eres mi Putina te hago terminar -me dijo al oído ese al cual ahora sabía por qué los demás lo respetaban y por qué le decían “viento frío”.

– Soy tu Putina, -me escuché murmurar.

– Más fuerte -me dijo,- que no escucho -y se rió.

– Soy tu Putina, -le dije ahora en un tono normal.

– No te escucho, mi amor -me volvió a decir.

– Soy tu Putina, -le dije, ya entregada.

– No eres mi Putina, eres una Putina… ¡dilo!

– Soy una Putina, -lo dije mientras me caían las lágrimas de vergüenza, y el sudor de la calentura por mis sienes-.

– No te llamas Zarina, te llamas Putina… dilo.

– No me llamo Zarina, me llamo Putina -le dije entre sollozos.

– Y qué quiere esta Putina? … .

– Que me hagas terminar…

– Por favor…

– Por favor, hazme terminar.

Y sentí que algo fresco, una mano helada y delicada me tocaba donde antes me ardía como el infierno y había hecho que casi me desmayara. Esos delicados dedos rodearon mi botoncito suavemente y este obedeció sumiso, lo acarició y sentí cómo desde sobre mis rodillas atadas y desde mi estómago un dulce escalofrío comenzaba a transformarse en delicioso calambre que se concentraba en mi volcán. Eché la cabeza atrás y se soltó la venda, levanté en una contorsión mi cintura y mi cuerpo dio un largo estertor, me iba, me iba en ese calor que escapaba por entre mis piernas, exhalaba en un grito ahogado mi placer, y entre ese dulce morir presentí que era observada y ello hizo que esta dulce muerte fuera más intensa aún. Y junto a un gemido ronco dejé de saber de mí por unos instantes, quizás unos minutos. Volví con la cabeza doblada al lado, ida, abandonada entre sudor, lágrimas y el flujo de mi vagina que esa mano delicada me restregó por la cara cuando volvía en mí.

Estaba hecha un bulto, un fardo sobre la cama y sentí que la puerta se cerraba mientras él me desataba. Me dio vuelta y me puso en cuatro en el borde de la cama, de espaldas a él, yo apenas me sostenía, mi cuerpo aún tiritaba, me sujetó las caderas y sentí que me penetraba por atrás. Sentí el dolor de mi carne que se abría. “Me duele, me duele mucho” le supliqué en un murmullo. Sentí que metía sus dedos en mi vagina y me los restregaba en mi ano y comenzaba nuevamente a perforarme. Me sujetaba las caderas para que no me cayera. El dolor disminuyó algo y sentía que me rasgaba por atrás. Puso su mano en mi clítoris que aún palpitaba y me dijo si aún quería más…

– Lo que tú quieras -le susurré, totalmente entregada a sus deseos.

– Quién eres?  -me preguntó seguro, sonriéndose mientras sentía cómo disfrutaba el empalarme así, arrodillada de espaldas a él, abierta entera a su disposición total.

– La Putina -le dije, asumiéndolo-, la putina.

– Bien -me dijo-, voy a terminar dentro de ti -me dijo-, acá atrás. -Y sentí cómo me llenaba mis riñones con su generoso semen.

Se salió de mí, se recostó en la cama y me dijo:

-Párate allí -señalando a unos pasos de la cama-, vas a ponerte de espaldas a mí y de frente al ropero, con las piernas abiertas, agachándote un poco, y apoyas las manos en él para que no te vayas para delante, quiero ver cómo chorreas.

Lo hice obediente, mareada, tiritando, con las piernas que apenas me sostenían. Él se paró y me tapó los ojos nuevamente y un escalofrío me hizo presentir lo que vendría. Desnuda allí, apoyada semirrecostada contra el ropero, como una niña que ha hacho mal la tarea, sentí cómo su semen comenzaba a escurrirse desde mi colita y mis líquidos bajaban bordeando mis piernas.

– Voy a buscar un trago -me dijo-, y no te muevas. Putina.

Sentí que salía, y el aire frío bañó la pieza nuevamente… y los pasos se acercaron, los presentía, me rodeaban, sentía sus sonrisas, sentía sus miradas, su desprecio. Yo me atrevía apenas a respirar… creo que el pañuelo que me cubría la vista debió haberse mojado igual, no lo sé. Pero sí sé que me miraban, miraban cómo chorreaba un líquido viscoso desde mi ano y desde mi vagina hasta manchar el piso. Miraban las huellas de la cera, mis piernas separadas con las marcas aún de las correas que las habían mantenido abiertas, la huella de la transpiración bajo mis brazos, mi pelo pegoteado por la transpiración y las lágrimas.

Comenzaba a darme frío y escuchaba el chocar de los hielos en los vasos de whiskys.

Sentí que me quedaba sola de nuevo y los dedos de Viento Frío enredarse en mi cabello y tomada así me llevaba a la cama donde me recostaba. Tomó un largo trago de whisky, que pasó de su boca a la mía y me ayudó a sentirme mejor. Me quitó la cera que extrañamente casi no me dolió al retirármela.

– Tu marido te habría regalado un orgasmo como el de hoy? -Me preguntó.

– No, -le reconocí-. Pero tampoco una vergüenza como la de hoy. ¿Qué van a decir después, qué van a…? -y no pude seguir porque los sollozos no me dejaban.

– Pero si no pasó nada -me dijo-, cínico. Y aunque pasara. No van a decir nada, porque el que dice algo se va de la mina y en su vida vuelve a encontrar un trabajo como el que tiene, para eso soy jefe y con buenos contactos. Y de las mujeres que había tampoco. Aunque nadie les va a creer si dijeran algo.

– Y no me gusta que me digas Putina, -le dije bajito…

– Noooo, si te gusta, porque eres una Putina, te gusta que te miren, te gusta que te controlen, te gusta que el otro sea responsable, te gusta servir, complacer. Tienes 25 años perdidos de matrimonio, tienes que recuperarlos luego Putina, y yo te voy a hacer gozar como no te imaginas que se pueda gozar, putina. Porque eres una putina putita, ¿verdad? -Y se rió.

Me quedé en silencio, me tenía, me controlaba, era más fuerte que yo.

– Sí, una putita, eso soy: una putita, -le dije casi en un murmullo.

– Ahora te vas a masturbar de pie acá, delante de mí, y cuando termines, me la mamas y te tomas todo.

Lo hice obedientemente, luego me dormí en su cama. Al otro día, la vergüenza no me dejaba abrir los ojos al pensar en la sesión de sexo duro con voyeurs mirándonos, pero sin preguntarme me sacó y me bajó a la playa junto a los demás. Las miradas a mis espaldas eran socarronas y las sonrisas de ellas de superioridad, de desprecio; pero ninguno ni ninguna dijo nada, almorzamos y volvimos a la ciudad al atardecer. Me fue a dejar uno de los chicos que había estado la noche anterior jugando a las cartas. Uno de los que me había visto, “en eso”. Cuando se despedía me sorprendió preguntándome si me podía llamar cuando volviera a bajar de la mina, que le gustaría invitarme a comer, que había un restaurante recién abierto, de moda.

Los hombres son una sorpresa.

 

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El hijo del vecino: mi voyeur particular

La princesa y la señora de sesenta y tantos años

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Sin duda alguna me arrepiento de lo sucedido. A consecuencia de ello he sufrido castigos tanto físicos como morales. Pero cuando recuerdo con detalle ese momento, no puedo evitar tocarme.

Mi nombre es Nancy McAllister. Tengo 28 años y vivo en Denver. Hace mas de cuatro años que estoy casada con un exitoso abogado. En los últimos años nuestra economía se ha visto bastante bien remunerada, y es por ello que hace poco más de dos años nos mudamos a un hermoso barrio privado a las orillas de la ciudad. El lugar se llama chester hill. Y es un lujoso conjunto de casas de estilos extravagantes. Aquí me he sentido como una Reyna. La casa cuenta con dos pisos de techo alto. Varias recamaras y baños lujosos. El patio trasero es muy bello y cuenta con una espaciosa piscina. Por todo esto, no cabe duda que de la vida que me da mi marido no me puedo quejar, y para redondear el asunto, de él tampoco. Él es un tipo bastante bueno. Es guapo a su manera. Formal, alegre, educado y me parece que no tengo dudas que también me es fiel. Me trata como a una princesa, me compra todo lo que le pido y no puedo evitar sentirme súper chiflada. Por todo esto, es que no puedo si no mas que reprocharme el porque me comporté así, el porque le fallé así.

No suelo tener muchas amigas. Y en estos momentos donde me he sentido tan confundida me he dado cuenta de que quizá no tenga ninguna. La única que recuerdo en los últimos años, o al menos la más cercana a serlo, fue una señora de sesenta y tantos años que fue mi vecina hace unos meses. Era una señora algo solitaria (a excepción de sus diez gatos), senil y sorda. Pero a pesar de ello, ahora estoy convencida de que extraño su compañía. Desde el momento que me mudé aquí, me recibió con un enorme pastel de fresa para mí y mi marido. Y regularmente me visitaba para asegurarse de que todo estuviera bien. Decía que aunque esté fuera un barrio muy seguro, siempre existía la posibilidad de que una chica tan guapa y joven corriera peligro estando sola. Y es que aveces pasaba varias noches sola cuando mi marido salía de viaje. También he extrañado lasaña as de café. Con una rebanada de pastel (para variar) sentadas en la cocina platicando de todo un poco. Su compañía era la válvula de escape a mis cavilaciones, que ahora que estoy sola, muy a menudo me asaltan para tentar la razón. Y son estas las que echan a perder el trabajo que la virtud y la moral hacen en mi, hundiendo por las noches, lo que con tanto esfuerzo elevan estas en el día.
Tales pensamientos no son otros que los de poner en tela de juicio mi satisfacción marital. Si bien he dicho ya que mi marido es un hombre intachable en todos los sentidos, es en el aspecto sexual en el que el demonio siembra sus dudas.

De ninguna manera puede decirse que mi marido es malo en la cama. Él tiene todos los aspectos que pudiera otorgarse a un llamado buen amante; buen tamaño (que a mí sí que me importa), buena duración sin ser exagerada, delicadeza, condescendencia, en fin, es un caballero. Pero como todo caballero, hay ciertos tabúes que los dogmas morales que su familia implantó en el no lo dejan romper. Actos que ahora no se si afortunada o desgraciadamente pude conocer antes de casarme con algunos de los novios que tuve. A mi marido cosas como el sexo oral o el sexo anal no le gustan. Vamos, imagino que como todo hombre deben de gustarle, pero está resuelto a no faltarme el respeto de esa manera bajo ninguna circunstancia. El sexo oral le parece un acto sucio hacia mi boca, Jamás fui muy insistente en realizárselo, pero aunque se lo pedí alguna vez, se negaba y cambiaba de tema. Ahora me doy cuenta que realmente es una necesidad en mi. Sentir la carne entre mi boca es una de las cosas que mas caliente puede ponerme. Con el sexo anal pasa igual. A él le parece una aberración. Dice que soy su esposa, no una cualquiera. Y en este caso, aunque en mi época de soltera llegué a disfrutarlo mucho con un novio, no fue algo que le pidiera tanto como el sexo oral, puesto que no lo sentía como una necesidad (ahora enteramente sí) y por eso la única vez que se lo mencioné y se negó rotundamente, no se volvió a tocar el tema.

Mi debacle como esposa comenzó hace tres meses. Mi vecina, la señora de sesenta y tantos tocó la puerta de mi casa. Abrí y la vi en el umbral como el día en que llegue a esta casa; con un pastel en las manos y 2 gatos rodeándole los pies. Minutos más tarde estaba contándome que se mudaba de la ciudad. Una casa tan grande para una señora de sesenta y tantos años era algo tanto deprimente como peligroso. Así que había llegado a la conclusión de mudarse con una sobrina. En ese momento no me sentí triste. Así que después de los protocolarios; que le vaya bien y los hipócritas; te voy a extrañar, la acompañé a la puerta y la despedí sacudiendo la mano mientras se alejaba cojeando por la banqueta.

La vecina terminó de mudarse en 3 días, eso fue un miércoles. Y la casa estuvo ocupada de nueva cuenta el domingo. Mis nuevos vecinos eran una típica familia americana. El jefe de la familia era un obeso hombre de negocios, con anteojos y severa calvicie a sus aparentes 50 años. Su mujer era una señora de unos 40 años, con una cara de culo, y unos modos de realeza que quedaban en el piso al ver el mal gusto que tenía en vestir. Al parecer eran una familia que hace no mucho tiempo que contaban con tantos recursos. El último integrante de la familia, si no contamos a un asqueroso y pulgoso perro (no me gustan los gatos, pero los prefiero a este animal), era un chico de 15 o quizá 16 años, aún no lo sé. Era esos críos que tenían toda la pinta de ser un ratón de biblioteca. Era al igual que el padre, alto. Tenía un peinado de lo más nerd, era muy delgado (contrario al papá), llevaba gafas, tenia el rostro lleno de espinillas y aunque no era un mounstro, no era muy guapo. A grandes rasgos ellos eran mis nuevos vecinos.

El mocoso voyeur

Al día siguiente, haciendo honor al recuerdo de la otrora mi vecina; la señora de sesenta y tantos. Me propuse cocinar un pastel para los nuevos vecinos como la mencionada anciana lo hubiera hecho. Como no estoy acostumbrada a cocinar, esta empresa me llevó más tiempo que a muchas personas, pero cerca de las once de la mañana, tenía en mi mesa un aceptable pastel de vainilla, que si sabía como se veía, mi ex vecina estaría orgullosa de mí. La verdad, aunque me gusta que los hombres me miren, no suelo salir a la calle con poca ropa. Pero como se trataba de la casa de al lado, y como mientras comenzaba a cocinar, cerca de las 9 de la mañana, había visto salir a el obeso vecino en su coche y aún no se veía en la terraza, decidí por pereza, ir como estaba vestida. Tenía una ropa bastante cómoda para poder relajarme mientras cocinaba. Tenía una blusa de tirantes apretada color blanca y no llevaba sostén, y unos shorts de tela color rosa bastante cortitos y que se me metían entre las nalgas apenas daba un par de pasos después de haberlo acomodado. Mi trasero no era ninguna enormidad, pero si era bastante generoso, respingón y redondeado. Mérito más por mi afición al ejercicio que a mis genes. También gracias al ejercicio, tenía unas piernas gruesas que lucían fantásticas con ese tipo de shorts. Eran de hecho los shorts que usaba para volver loco a mi marido cuando tenía ganas de sexo y quería provocarlo. No soy chaparra pero no mido mas de 1.70, y soy y he sido delgada desde niña. Esto hizo que en mi adolescencia cuando me empezaron a crecer los senos, resaltaran mucho más. Y esto, el tener unos pechos naturalmente considerables, es de las pocas cosas que no debo al ejercicio si no únicamente a el bendito A.D.N.

Me calcé unas sencillas sandalias y con pastel en mano salí al patio. Era una mañana fantástica y soleada. Era mediados de mayo pero la brisa estaba un poco fresca así que me reproche por salir tan destapada. No tengo cabello largo, mi cabello es rubio y lacio, y siempre lo he llevado corto hasta medio cuello. Aún así, el viento lo revolvía en mi rostro y por tener cargando con ambas manos el pastel, tenía que agachar el rostro para poder ver. Llegué frente a la casa de a lado que tantas veces había visitado ya antes. Me enfilé a la puerta y toqué el timbre. El sonido sonó dentro de la casa tres veces y 8 segundos después, escuché pasos rápidos bajando las escaleras. Esta mujer tiene condición la muy perra, pensé. Escuché correrse 3 cerrojos (ya había dicho antes que la antigua propietaria era muy temerosa), y se abrió la puerta frente a mí. Parado frente a mi estaba el miope y cacarizo hijo de los vecinos. Tras sus muy graduadas gafas pude ver sus ojos abrirse como platos de sorpresa y deslizó la mirada rápidamente a mis senos para volver a verme a la cara después. Me olvidé del estúpido mocoso, pensé.

– Buenos días, soy Nancy McAllister, su vecina.-

Le dije mientras maniobraba el pastel con una mano para con la otra tenderle la mano. Él me dio la mano y me saludó despacio al principio y después afanosamente de arriba abajo. Mire que volvía a verme los pechos y entonces me di cuenta. Tus senos están botando estúpida, por eso te sacude así. Así que le solté la mano y seguí hablando.

-¿se encuentra en casa tu mamá?

Le dije mientras en un acto de pudor intentaba con una mano subirme el escote, pero la gravedad y la falta de sostén hacían inútil el trabajo y volvía a bajarse quizá más que antes. Él me miraba alternando entre los ojos y los pechos y empezó a hablar entre balbuceos

-nnn, nnn, nnn-o, no se encuentra, Sa, sa, salió de compras.-

– oh! Lástima. les traje este pastel, es un regalo de parte mío y de mi marido para darles la bienvenida. Espero poder conocer a tu mamá en otra ocasión.-

-gra, gra, gracias.-
Soltó mientras miraba mis senos fijamente. Cuando notó de reojo que fruncí el ceño algo molesta, volvió a mirarme los ojos algo avergonzado y con la cara roja.

-¿y bien? ¿No vas a tomar el pastel?-

Le reclamé después de como 5 segundos donde solo estaba viéndome.

-si pe, pe, perdón. Gracias!-

Tomó el pastel y me sonrió

-de nada-

Le dije en tono molesta. Di la media vuelta y me fui sin más por el camino de entrada. Que mocoso tan desagradable me parecía aquel chico, de seguro jamás tendrá novia me dije. Seguí avanzando y al llegar a la acera voltee a la puerta y ahí estaba aún el chico ese. Estaba mirándome fijamente el trastero. Con una mano sostenía el pastel y con la otra, me pareció ver, antes de que el marco de la puerta me tapara la vista, que estaba frotándose entre las piernas donde en su pantalón, se empezaba a notar algo abultado. Ja, que chiquillo tan insolente me dije, y apreté el paso. Cuando cerré la puerta de mi casa tras de mí, pensaba que muy a pesar de quien fuera, el hecho mismo, en su más pura esencia, de ser deseada por otro, no era tan desagradable.

Quizá una de las coincidencias mas fatídicas en este caso, fuera la que representó que en este tiempo, mi marido tuvo más viajes de negocios que nunca. Y las pocas veces que estaba en casa, estaba cansado. Jamás y aun ahora lo pienso así, he llegado a pensar que me era infiel, pero lo cierto es que antes nunca dejaba pasar una oportunidad para hacerme el amor, y ahora o estaba cansado o simplemente no estaba.

No busco con esto poner una excusa, pero pasar tanto tiempo sola hacia necesario sentirme una mujer atractiva. Mi marido sabía que no tenía familia ni amigas, y que comida y todo lo que necesitaba era llevado a la casa por una asistente de él, por eso no podía salir casi nunca de la casa, porque aunque mi esposo no fuera un hombre celoso, sería sospechoso que su asistente que venia seguido sin avisar, le dijera que varias veces no me halló en casa. Además de que él podía rastrear mi teléfono celular y saber dónde me encontraba cuando él lo deseara. Por eso hice de mi único admirador a mi alcance, mi juego de distracción.

Debo reconocer que el mocoso era muy inteligente al igual que insistente. Un par de semanas después de su llegada, se atravesaron las vacaciones de verano, y él pudo dedicarse día, tarde y noche a la tarea de observarme. Para estas fechas él ya había realizado un registro exacto de todos mis horarios y rutinas, así como un mapa completo de donde poder realizar todos los contactos visuales posibles conmigo. El primero de ellos era la ventana de mi habitación. Ésta daba exactamente frente a la de su habitación (además con suerte el estúpido). Sabía muy bien que todas las mañanas entre las 8 y 8 y cuarto de hora, abría las cortinas de mi ventana. Salía tal cual me despertaba. Aveces con una bata muy escotada, o a veces solo con un diminuto sostén que se esforzaban en la titánica tarea de contener mis abundantes senos. Me asomaba en la ventana y dejaba que el viento me diera en el rostro. Tomaba aire fresco y disfrutaba la vista. Todo este ritual me llevaba cerca de 5 minutos, y estos eran para mi espía 300 segundos de oro molido. Tardé unos 4 días en darme cuenta, 4 días después de que salieran de vacaciones. Ese día me deslumbró un reflejo en el rostro. Traté de seguir el rastro del resplandor y lo encontré para mi poca sorpresa en la ventana de enfrente. Cuando sonreí en aquella dirección, las cortinas se movieron y cerraron más. Desde esa vez, no ha habido un solo día que el reflejo de sus gafas no me deslumbre el rostro por las mañanas.

Espionaje de un voyeur

No recuerdo el momento exacto en el que todo esto empezó a parecerme divertido. Solo se que cuando descubrí que también me miraba mientras estaba en el cuarto de baño, el asunto comenzó a parecerme gracioso. Sucedió dos días después dé percatarme que me espiaba en la ventana por las mañanas. Mi cuarto de baño es muy amplio y lujoso. Tiene mosaicos color beiges con vivos cafés. En una orilla tenemos un hermoso jacuzzi de mármol, en el otro extremo un w/c de el mismo material y en el centro de la habitación se sitúa nuestra regadera. Ésta está elevada por un escalón, y está cerrada por un cubículo de cristal semi transparente. Cristal del tipo de visibilidad borrosa, semejante a un espejo al empañarse. La habitación tiene un balcón de unos dos metros de ancho por medio metro de saliente. Y este balcón está detrás de una puerta corrediza horizontalmente también de cristal pero limpio y transparente. Obviamente esta puerta del balcón esta siempre cubierta por unas elegantes cortinas doradas. Pero esta obviedad estaba dejando de serlo tanto.

No solía salir al balcón mencionado, desde que dejé el vicio de fumar. Ahora solo salía muy pocas veces y ya vestida, para respirar un poco cuando el vapor me sofocaba. Ese día lo hice. Llevaba puesto un pantalla deportivo blanco y un top ajustado negro. Recién me había cambiado y salí descalza a respirar un poco. Mirando la casa que me quedaba de frente, que no era otra si no la de el insistente mocoso, pensaba en que era lo que a una mujer le parecía interesante de ser deseada. Una mujer necesita sentirse bonita es verdad, pero el ego en sí mismo seguía siendo tan misterioso en las psiques humanas para mi corta capacidad filosófica. Estando entregada a estas ideas, un rayo de luz cruzó fugaz mi memoria y abrí los ojos como globos. Recordé las mañanas de café con la señora de sesenta y tantos, en aquellos días que mi marido estaba en casa. Solía estar preocupada porque mi marido se levantara y no estuviera el desayuno listo, no es que fuera a enojarse, pero tenía tantas atenciones de su parte, que no podía bajo ninguna circunstancia fallarle yo en alguna. Después de varias veces que mi vecina me vio nerviosa, me pregunto por qué salía hacia mi casa repentinamente y regresaba tantas veces. Le expliqué el caso y el porqué no podía simplemente llamarlo por temor a despertarlo. Me preguntó cuál era su rutina y le comenté que después de despertar, tomaba una ducha y bajaba a desayunar. Perfecto, me dijo. Solo tienes que ir una vez, corre la cortina que da al balcón de tu baño, y regresa aquí. Quise replicar que eso en qué ayudaría, pero insistió en que lo hiciera y regresara. Después de hacerlo y de paso constatar que seguía dormido, regresé con la vecina y le pedí que me explicara el asunto. Ella se limitó a levantarse y a pedirme que la siguiera al piso de arriba. En la primera habitación a la derecha se encontraba el cuarto de lavado, entramos y nos dirigimos a una pequeña ventana, ella corrió la cortina y quedamos de frente al balcón y a la puerta que da al baño de mi casa. Ahí está, me dijo. Puedes ver que no hay nadie en la regadera ni en la habitación, así que solo tienes que ver por aquí de vez en cuando, y así evitas dar tantas vueltas que te harán quedar exhausta.

Cómo no se me había ocurrido antes. Volteé y entrecerré los ojos para enfocar bien. No tarde un segundo cuando pude distinguir un par de binoculares a un lado de la cortina. No quise asustarlo, así que desvíe la mirada rápido. Me parecía que ese mocoso estaba realmente enfocado en su trabajo de espionaje, así que pensé que no tenía nada de malo darle un pequeño premio por su empeño. Bajé la mirada hacia mis senos, y empecé a acomodarlos. Levanté mis dos manos y puse una en cada pecho levantándolos desde la parte de abajo. Después levante un pecho, luego lo baje y levante el otro, y repetí la operación cada vez más rápido. Sentía el peso y la carnosidad de mis pechos en mis manos. El escote de mi top era muy apretado así que no se bajaba de lugar así que me decidí a ayudar un poco. Bajé el escote con mi mano hasta que la sombra rosada de la aureola de mi pequeño pezón empezó a asomarse. Hasta ahí era suficiente. Quité las manos de mis pechos y me alisé el pantalón. Me di la vuelta y simulé que algo se me había caído, entonces muy lentamente, de la manera más excitante posible, fui doblándome hacia abajo dejando mi trasero en lo alto. Ya estando completamente empinada, balanceé de un lado a otro mis glúteos simulando ganas de hacer del baño. Después me recompuse muy despacio y desaparecí tras las cortinas.

Espero les guste. Para subir segunda parte.

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