Orgía en el cine de mi mujer por mi culpa

Orgía en el cine de mi mujer por mi culpa. Sí, por mi culpa. Si me lo permitís, os voy a contar la historia de sexo real más deleznable que me ha ocurrido en esta vida. Y que sepáis que admito que me pongáis los adjetivos que os vengan a la mente, me los merezco todos. Solo deciros que, aContinuar leyendo »

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El placer peligroso de la entrega

Mi pareja jugaba al póker, y ya os conté en otro relato XXX que una vez que perdió me toco pagar a mí. Y bueno, eso volvió a suceder, solo que esta vez fue la última. Había ganado por unas semanas y me compró una pulsera preciosa por lo que no podía quejarme. Pero una noche volvió a perder y lo quiero contarContinuar leyendo »

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Relatos XXX de sexo anal: usada como pago

Mi pareja comenzó a jugar póker lo que para mí es quedarme sentarme frente a la TV, y servir tragos a ratos para no dormirme. Por suerte solo juega a veces. Con él nos vemos los fines de semana que viajamos a la capital a su departamento. Este fin de semana jugaron él y tres compañeros del trabajo, 45, 50 años, mineros, de pelo tieso, grandes y camionetas 4×4. Estaban bastante bien los tres, pensé cuando los vi. Ellos me dejaban la mirada en mi cola y me decían alguna broma por mi vestido que era abotonado todo adelante, pero nada más, y claro, habían pasado 20 días solos en la mina; después me senté en el sillón a ver TV y creo me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”.

Yo seguí durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido.

– He perdido mucho -me dijo-, no me queda nada, y Eusebio que está ganando todo dice que si te sientas en sus piernas me deja seguir ¿qué dices Peladita?

Jorge me dice Peladita cuando anda en algo malo. No sabía si echarle unos garabatos o hacerle cariño: ganó lo segundo…

– Si es solo sentarme, y tú estás acá… bueno, -le dije.

Ellos se dieron vuelta a mirarme cuando volví, el que se llamaba Eusebio echó la silla atrás y me dijo “acá linda”. Me senté con cuidado en sus piernas, con las rodillas juntas, y giré las piernas para ponerlas bajo la mesa. Sentí inmediatamente el bulto en mi trasero. Me rodeó con sus brazos, olió mi cuello y dejó las cartas vueltas abajo. Jorge pidió cartas. Yo no entiendo mucho el juego, pero sabía que estaba siendo usada como pago por la deuda de Jorge, por lo que seguí sentada allí y no tardó en poner la mano sobre mi pierna bajo la mesa y comenzó lentamente a subirla.

Yo estaba incómoda sintiéndome usada, y Jorge se daba cuenta, pero no decía nada. No sabía si los demás se daban cuenta de que me metía mano. Me iba a parar, pero la cara de Jorge era de “quédate ahí”, aunque igual me levanté y me fui a encerrar al dormitorio. Estaba entre la indignación y la excitación, una mezcla de enojo, rabia y deseo (si la que me lee es mujer va a entender). A los pocos minutos Jorge abrió la puerta.

– Peladita -me dijo-, te toca irte a sentar allá. Y por cómo lo dijo era una orden.

– Pero, ¿y los demás? -le pregunté.

– Los demás no importan. Ya se van. Tú sabes, acá nadie nos conoce… y tú sabes cómo son las cosas.

Cuando decía: “tú sabes cómo son las cosas” debía de obedecer, obedecer o mandarme a cambiar, irme, desaparecer de su vida.

– Bueno, -le dije muy despacio-, pero tú estás ahí, ¿sí?

– Sí, por supuesto Peladita, ya nunca te dejo sola, anda tranquila.

Me alisé el pelo, el vestido y volví humilde y callada al living al lugar donde estaba sobre Eusebio. Y siguieron jugando mientras él me metía la mano por mi vestido hacia arriba. Yo tenía mis dos manos con las puntas de los dedos afirmadas en el borde de la mesa, los demás atentos a las cartas me repasaban de reojo y veían cómo me agitaba. Ya era obvio lo que hacía y los tres estaban pendientes a cómo reaccionaría yo.

En un momento Eusebio me dijo al oído: “anda al baño y te sacas toda la porquería de ropa que tienes debajo y te vienes a sentar acá de nuevo”. Realmente no esperaba ni ese tono para hablarme ni que se refiriera así a mi ropa, pero obedecí, en esas circunstancias estoy aprendiendo a ser sumisa, pierdo la voluntad y obedezco consciente de que me hago daño… pero igual obedezco. “Es mi naturaleza”, como le dice el escorpión a la rana. En el baño me arreglé el pelo, me sequé la entrepierna, me quité el brasier y el colales que tenía, me estiré el vestido y regresé despacio. Él se puso de lado y yo me subí a sus piernas con las rodillas bien juntas sin decir nada y quedé atrapada nuevamente entre su cuerpo y la mesa, al lado de Jorge, frente a Luis y a mi otro lado el Chico Nano, otro compañero de trabajo.

De ser usada, a ser follada

Repartieron cartas y con la mano derecha medio las levantaba y con la otra desabrochaba mi vestido hasta mi entrepierna, luego palpaba mis labios, haciendo que me estremeciera. Los demás al poco rato se dieron cuenta, no podía evitar apretar mis manos cuando pasaba un dedo un poco más adentro de mí, e imploraba “húndeme tierra”. Ellos me miraban socarrones, satisfechos de verme allí incómoda, de sentir mi respiración que se alteraba, del pelo que se me caía sobre la frente y de cómo me iba hacia adelante de la mesa tratando de doblarme sobre mi cuando uno de sus dedos ingresaba en mi rajita. En un instante intenté bajar mi mano para detener la de él pero me ordenó al oído, seco, duro: “deja las manos sobre la mesa, ni pienses en sacarlas de allí”. Pero en ese momento me dio un respiro.

Pensaba miles de cosas en esos segundos: si me mojo mucho le voy a mojar los pantalones, no puede ser que me deje hacer esto, si aún tendré perfume, ¿cómo llegué acá Dios mío, estaré muy despeinada? Mientras, Eusebio les dijo a los tres con que jugaba:

– A ver… si pierdo abro dos botones de acá, y mostró la pechera de mi vestido.

– ¿Y si ganas?

– Gano monedas, -dijo.

– Veamos, “pago por ver”, -dijo Luis frente a mí, y se rieron.

Ganó esa vez, pero perdió la próxima y abrió dos botones, dejando mi pecho al descubierto. Sin embargo, mis pezones permanecieron tapados por el borde del vestido. Su mano regresó a mi entrepierna, a mis labios ya mojadísimos y sus dedos comenzaban a penetrarme levemente, yo estaba retraída, avergonzada, pero me manejaban los dedos de ese hombre haciendo removerme en el asiento y sentir su sexo más y más duro bajo mis piernas. El pelo se me vino a los ojos y levanté una mano para subírmelo, pero me susurró al oído: “te dije que dejaras esa mano sobre la mesa, no la saques de allí. ¿O no entiendes?”.

Jorge me miraba interesado y sonriente. Los demás me miraban atentos ahora a cada detalle, habían dejado de jugar y estaban pendientes de mí, sabían que estaba en las últimas. Yo volvía a echarme hacia adelante y ahora exhibiendo mis pequeños pechos sobre la mesa, pero no era momento para remilgos. “Que va, me dije, somos todos adultos y no es la primera vez que van a ver un par de tetas pequeñas”, pero al irme hacia adelante le permitía clavarme mejor los dedos y jadeando volvía atrás. Luis y el Chico se echaban adelante casi tocando sus rostros con el mío, mirándome curiosos, con la maldad en sus ojos. Yo jadeaba apretando y estirando los dedos de mi mano sobre la mesa, sentía el aliento a ron de sus bocas al lado de mi mejilla y comenzaba a jadear.

En un momento sentí que Eusebio me empujaba hacia abajo dejándome a mí de pie con las manos sobre la mesa y sin atreverme a volver la cara, solo miraba la superficie de la mesa esperando expectante asesando, presintiendo a los otros a mi lado y tratando de recuperar mi respiración normal.  Pero se volvió a sentar, corrió la silla hasta dejarla junto a la mesa, lo que hizo que tuviera que volverme a sentar sobre él, pero me levantó la falda y sentí su sexo duro y caliente entre mis nalgas.

– Ábrete, -me ordenó-, que te vas a sentar sobre él y quedarte quietita.

Yo obedecí. Separé mis nalgas con ambas manos y me relajé para dejarme penetrar, cuando sentí su cabeza en el anillo de mi ano me dejé caer lentamente, por suerte lo tenía húmedo y eso facilitó que resbalara algo hacia mi interior. Volví a poner las manos sobre la mesa y sentí cómo me levantaba, me abría fuerte y cuando me traspasaba su verga dura hasta mis riñones no pude evitar un grito de dolor, apreté con mis manos el mantel tirándolo y algo cayó. “Dale tío”, gritó, quizás, Luis. Ya estaba empalada, luego dejó de doler, solo un poco de ardor y sentía palpitar su cabeza dentro, muy dentro de mí. Yo me estaba quietita pensando que cualquier movimiento me haría gritar de nuevo. Entonces, sus dedos volvieron por mi vagina, buscando mi clítoris, que estaba duro de inflamado. Yo no quería ver nada, solo sentía el olor del alcohol, un perfume de hombre muy dulce, y cómo me metía dedos y me humedecía que era una vergüenza, quería morir allí, pero quería también que siguiera y era tan fuerte el deseo que me eché adelante y comencé ya entregada a jadear lentamente, las manos agarradas al mantel. Era inevitable que se dieran cuenta de cómo estaba de caliente, pensé, estaban muy cerca. Me tenía abierta por atrás, apenas moviéndose, pero sentía que me partía en dos y sus dedos me entraban y salían llenos de sabia mía, rodeaban mi botón, lo pellizcaban y comenzaba ese nudo en el bajo vientre que me hacia gemir. Me estiré enderezándome y volví a echarme adelante en la mesa permitiendo que me clavara aún más profundamente, los brazos estirados hacia Luis que estaba frente a mí y las manos como garras doblando el mantel, ahora sí que estaba jadeando a más no poder, volví a estirarme para evitar sus dedos dentro y al agacharme nuevamente me terminó de empalar y yo grité de dolor y placer, me iba cuando sacó los dedos de mi vagina muy muy mojados y me dijo “chupa puta” y yo sumisa lo hice, los otros se rieron. Dejé de hacerlo y volvió a repetirlo: “chupa”, miré su mano, sus dedos juntos y volví a chuparlos y sentí mi sabor dulzón de mujer caliente.

– ¿Quién quiere ver el orgasmo de esta Peladita? -preguntó.

– ¡Vamos tío, reviéntala! ¡Que está lista…!

– No señores, es mía por esta noche la Peladita, así que si quieren verla terminar, lo jugamos a la carta mayor. Entonces me sacó de encima de él, me dejó atónita, pasmada. Y me ordenó sentarme en el suelo en una esquina, “y cuidadito con dedearte”. Yo estaba como ida, obedecí sin decir palabra y me senté en suelo con la espalda a la pared. El suelo estaba frío, mi cuerpo jadeaba aún, por mi pierna corrían mis fluidos hasta mojar el vestido.

Ganó otro y me llamó, yo me enderecé con dificultad y cuando estaba a su lado me dijo, anda a traer crema. Yo me volví y le traje una de manos que tenía. Me puso delante de él frente a la mesa me levantó el vestido y puso sus dedos en mi ano untados en la crema.

– Espero que sea sin alcohol -me dijo.

-No es sin alcohol -le respondí tímidamente, mientras sentía cómo me entraba esa suavidad.

Él tenía ya los pantalones bajados, por lo que me sentó encima abriéndome con sus dos manos. Yo relajé mi ano y esperé abierta a ser usada clavándome su verga dura y estirada. Esta vez resbaló sin dolerme, diría que hasta mi cintura, se acercó más a la mesa dejándome aprisionada allí entre su pecho y el borde de ella, el vestido arrugado en la cintura y abierto delante me dejaba desnuda junto a Jorge y al tal Chico y frente a Luis que me miraba vivaracho. “Ahora te vas a correr perrita, delante de mí”, me dijo riéndose.

El maldito ahora puso crema en sus dedos, que pasó por mi clítoris y mi vagina, una crema helada, fresca y que resbalaba como espuma y me devolvía a la calentura anterior sin preámbulos. Mi resistencia a ser usada duró segundos, sus dedos helados pellizcaban mi vulva inflada como globo, me penetraba los dedos y los sacaba deseando que los volviera a clavar, lo hizo tres, cinco, diez veces mientras yo me doblaba hacia adelante de la mesa… ya no jadeando, roncaba, emitía un ruido como gutural de mi garganta y sabia que de un momento a otro me iba a correr delante de todos. Allí sobre la mesa, a centímetros de las caras de esos dos que me daban vuelta, con el pelo revuelto mojado de transpiración mientras sentía una gota caerme por el cuello, mi respiración se volvió entrecortada, el corazón se me apuró, me bajaba algo del estómago hacia mis piernas cuando se detuvo. Yo tenía los brazos estirados sobre la mesa y quede palpitando, vibrando, tensa como cuerda de violín.

– ¿Quieres que siga, Peladita? -me preguntó.

Yo no podía decir palabra por lo sorprendente de su pregunta, y no me podía imaginar cómo estaba allí entregada como un corderito y usada como un juguete.

– Peladita, ¿quieres que siga, o que te mande a sentar a la esquina de nuevo?

– Sigue, le contesté.

– No te escucho.

– Sigue por favor, -le dije apocada, humilde. Y ahora, acá escribiéndolo, debo decir, debo de reconocer, o de reconocerme a mí misma que eso me excitaba más, que me tuvieran así, allí, me hacía sentirme mujer, femenina, una hembra que les daba lo que ninguna otra les daba, el placer de sentirse machos, poderosos. Que ninguna por mina que fuese, por muy mujer que se creyera, llegaba allí donde yo estaba. Siendo usada por un macho y con esos cuatro hombres mirándome, pendientes de cada detalle mío. Y quizás por eso le rogué, le supliqué, le imploré que me hiciera terminar.

Entonces volvió al juego del mete y saca y en segundos sentía que volvía ese fuego dentro de mi estomago, sola le acomodaba mi ano, le movía mis caderas y jadeaba como una perra, como a cuadras de distancia escuchaba que uno de ellos decía “está roja esta mina”, “se le abren las narices”. Luis, que estaba delante de mí al otro lado de la mesa, me tomó de las manos y yo apreté las suyas como garras, tiritando. Estaba corriéndome cuando alguien me pellizcó el pezón hasta casi rompérmelo, pero fue terriblemente excitante mientras convulsionaba uno, dos minutos. Boqueaba y tenía espasmos como pescado recién sacado del agua, según me dijeron después. Cuando sentía que terminaba, que se me salía todo por mi entrepierna, que me abandonaba parte de mi cuerpo, me dejé caer sobre la mesa exhausta. Fue el orgasmo más grande que he tenido, incluso más que uno en que me masturbaran en una casa en la playa.

Pasaron varios minutos en que se volvieron a sentar y yo me enderecé y eché la cabeza atrás dejándola descansar en el cuello de Eusebio y me topé con su cara. Si me hubiera besado lo hubiera aceptado. Aunque Jorge estuviera a mi lado, total, él me puso en esta situación. Pero no lo hizo, me dijo “vamos al baño para que me limpies” y con dificultad me levanté separándome de su sexo y lo seguí cabizbaja al baño mientras mi vestido caía al suelo y los demás me miraban desnuda riéndose sentados a la mesa.

En el baño le lavé ese fierro que aún estaba duro con el agua fría corriendo y bastante jabón y se le puso más duro, luego lo sequé y me dijo que me sentara en la taza del baño, me lo metió en la boca y se masturbó en mis labios, yo también permanecía aún excitada y me tocaba, hasta que iba a terminar y me separó y escupió todo su semen en la cara, en el pelo, era mucho, mucho, que me chorreó por el cuello por el hombro por la frente. Se guardó la polla aún sucia y me tomó del brazo a la altura del hombro y así, casi colgando de su mano, (él mide más de 1.80 y yo me empino a 1,50, y pesa seguro el doble de mis 47 kilos) así, casi en el aire me sacó afuera, donde estaban los otros sentados todavía en la mesa de póker. Yo hice el ademán de limpiarme, pero me lo impidió.

Usada para dar placer a todos…

– Ya está bautizada, -les dijo, casi colgada por mi brazo mostrándome a los tres, y me sentó en el sillón.

– Si alguien quiere darse el gusto con la Peladita, ahí está.

– ¿Para todo uso?

– Ya viste… para todo uso

Luis se puso de pie, se abrió la bragueta y se sacó su sexo, que estaba parado como un palo y se sentó a mi lado, luego me montó encima de cara a él y me dijo “mastúrbate“. Yo comencé a acariciarme frente a él hasta que sentí que terminaba dentro de mí inundándome de semen.

– Sale con cuidado que me ensucias los pantalones -me dijo, y me sacó en el aire casi hacia atrás, dejándome de pié desnuda frente a esos cuatro hombres vestidos y hasta con zapatos. El que le dicen el Chico Nano se paró y con una mano en mi espalda me empujó hacia el baño, allí me hizo lavarme la entrepierna y en el mismo baño me puso frente a la pared y comenzó desde atrás a darme duro, yo afirmada con una mano contra la pared, con la otra me logré tocar y terminar una vez más poco antes de que él me llenara nuevamente de semen. Terminó y me dejó allí. Yo recuperé mi vestido, me lo puse y volví a sentarme en la esquina del sillón con los ojos que se me cerraban de cansancio.

Creo que me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”. Lo seguí casi durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido, “he perdido mucho” me dijo. Entonces, ahora sí bien despierta, le contesté:

– Sí, y ya sé lo que quiere Eusebio…

– Y, Peladita, ¿me vas a ayudar?

 

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Intercambio de parejas en familia

Hola, soy diego, soy de Valparaíso, Chile. Tengo 38 años y mi mujer Sofía 32, ambos típica pareja ardiente y fantasiosa… Nos gusta probar de todo en el sexo… ¡Incluso el intercambio de parejas en familia!

Este primer intercambio de parejas en familia pasó un fin de semana muy frío en nuestra ciudad por la época de invierno. A mi mujer la llamó su hermana menor de 26 años, lissett, diciendo que estaban solos en casa y aburridos sin panorama para ese sábado. Estaba muy helado y daban pocas ganas de carrete, por lo que mi Sofía me preguntó si nos íbamos con su hermana y su pareja a beber algo…
-Bueno total no hay nada que hacer –dije.
A las 10 de la noche estábamos en casa de lissette y también estaba Pablo, su pareja. Estaban acomodados en el salón. Buscamos cervezas los hombres, mientras las chicas preparaban algo para picar. Luego preguntaron qué deseábamos hacer: ver películas, karaoke o algo entretenido. Dijimos que algo entretenido. Entonces, Pablo sacó ron y unas cartas muy especiales…eran de parejas filmando.
Dijeron las chicas:
-El que pierda a la carta mayor saca prenda o penitencia…
-Empecemos por las penitencias- dijimos, sin saber que ello daría pie al intercambio de parejas en familia.

Una excusa para el intercambio de parejas en familia

En la primera mano perdí yo… las chicas elegían… mi cuñada dijo que bailase sobre la mesa…luego perdió Pablo… ¡Que haga un baile de caño con la escoba…! Ya estábamos bebidos y perdió mi cuñada. ¡Que gatee por los sillones lo más sexy que pueda… uffff! ¡Qué gateo! Andaba con un escote soberbio y donde se agachaba se le veían casi los pezones.
Ella es de 167, Tetas algo grandes y un culto regio paradito, rubia… Pablo y yo somos muy parecidos 1,77 trigueños. Y Sofía 1,73, morena tetona algo de guatita y un culazo…
Seguimos y perdió Sofía. Dijimos que bailase sobre una silla. Cuando empezó Pablo casi se cae de espaldas, ya que Sofía andaba con una mini que dejaba apreciar sus tornados muslos y sin meter creo abrió más de la cuenta sus piernas que casi dejaban ver su tesoro… Luego dijimos penitencias más calientes, ya que los cuatro estábamos salidos y ardiendo…carta menor pierde… De nuevo perdí yo… la camisa, dijeron. Después lissette la blusa… ¡ufff qué tetas tenía!, muy parecidas a las de su hermana, aunque a diferencia de ella, es bastante blanca. Luego Pablo se quitó su pollera y mi pareja su blusa. Ya los cuatro estábamos muy calientes. Segunda vuelta, pierde Sofía y se saca su mini de forma muy sexy dando la cola donde estábamos sentados Pablo y yo. Este quedó muy prendido… luego yo perdí y me quité los vaqueros, quedando en bóxer ajustados que no tapaban mi erección. Las chicas silbaban… y Pablo me siguió, se quitó sus pantalones y quedó en unos slips muy sexys… Al final mi casete perdió y sacó su pantalón esta nos dejó locos ya que usaba tanga.
Pablo dijo:
-¿Qué tal si animamos la noche y ponemos música para bailar?
-¡Bravo! -gritamos.
Puso el reggaetón del momento. Bajamos la luz y yo iba a tomar a Sofía cuando Pablo me adelanta y me dice:
-No, cuñadito esta morenaza es mía esta noche…
Ella, muy coqueta, le sonríe en gesto de aprobación. Yo me fui donde lisset, pero no quería, ya que mi verga estaba por arrancarse y ese cuerpo de mi cuñada no ayudaba mucho. Sonaba el primer tema y todos estábamos apretados refregándonos, ya era todo evidente.

¡Que comience el intercambio de parejas en familia!

Giré a ver a mi mujer y vi cómo le refregaba el culo en la verga a Pablo mientras este le cogía las tetas…
-¡Guau sí que van adelantados! -dije, viendo cómo una mano tomaba mi cipote tieso y lo comenzaba a jalar… mi cuñada también quería caña.
-Si estamos en confianza, ¿por qué no cantas algo afinadito? –pregunté-.
Ella privadamente me miró, se agachó y se tragó mis 20 cm como un loly… pop… ¡ufff cómo lo mamaba! Mientras yo gozaba, Pablo se había sentado y quitado el slip. Mi mujer se lo follaba, ya sólo se escuchaban quejidos de goce… tomé a mi cuñada y la llevé donde estaban los otros tortolos dándose duro. La agaché frente a mi mujer y se dispuso a chuparle la conchita mientras yo se lo enterraba por su culito, que ya estaba muy mojado y fácil le cabían dos dedos. Mi mujer no aguantó y gritó que se iba a correr. Yo no lo dudé y le dije:
-¡Que te deje rellenita para después comértela!
La acabada que se dieron fue genial, le corría el semen por sus muslos… allí mi cuñada me estiró en la alfombra y se sentó sobre mí, mirándome, y Pablo se lo clavó por el culo. Dio un grito que se enteró toda la cuadra… luego Sofía, aún chorreando, puso su conchita en mi cara para que yo se la comiera mientras ellas se basaban con desenfreno.
Fue un cuadro liberal exquisito. Terminamos agotados, y de premio dormí con mi cuñada y mi mujer con Pablo. Lo que pasó al otro día, y quién nos pilló, eso es para otra ocasión. Espero que les guste este relato porno de intercambio de parejas en familia. Es mi primer relato erótico, pero no será el último….

 

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Mi marido me sacó la puta que llevaba dentro en un club liberal

Hola a todos, mi nombre es Mari, y os quiero contar mi primera experiencia en un club liberal.

Nunca imaginé que yo misma escribiría y compartiría con los lectores algo así, mis experiencias sexuales en un club liberal, pero la vida da muchas vueltas y lo estoy haciendo ahora mismo, esta historia de sexo es totalmente real y la protagonista soy yo.

Soy una mujer casada, tengo 41 años recién  cumplidos, 1.60 de estatura, castaña, con melenita, dicen que muy guapa y atractiva. En cuanto a mi cuerpo, tengo una talla 100 de tetas, con pezones oscuros, culo bien puesto redondito y coñito depilado. Mi marido Juan, 39 años, un hombre amable, afable, 1.70 de estatura, y una dotación media, guapo y muy juguetón en la cama y fantasioso. Somos una pareja del Levante español, donde el sol brilla la mayor parte del año, estuvimos 8 años de novios y ahora llevamos 5 años casados.

Yo siempre fui la típica chica atractiva, sexy, siempre he vestido muy sexy, vestidos escotados y cortitos, minifaldas de todo tipo y corpiños, blusas escotadas… en fin, siempre ha sido mi forma de vestir, no por llamar la atención, sino porque me veía bien conmigo misma.

Esa forma de vestir también me sirvió cuando no tenía pareja estable, para que no me faltara en ningún momento algún “amigo” para pasar un rato de una noche, pero siempre que no tenía pareja formal; y también para algún que otro quebradero de cabeza cuando sí tenía pareja formal, porque siempre había algún descuido, y sin querer se transparentaba a veces toda la tela del color de mi tanga, o del tamaño de mis pezones, cosas como agacharme a recoger algo de una estantería en un centro comercial, levantar la vista y darme cuenta de que hay varios tíos mirándome las tetas a través del escote, cuando pasaba eso mi marido se enfurecía y me decía que no vistiese tan provocativa, cosa a la que hice caso omiso, pues esa era mi forma de vestir y no podía ni quería cambiarla.

A los tres años de casados, una noche mientras mi marido me estaba follando a cuatro patas, justo cuando me estaba llegando el orgasmo, me dijo “córrete puta”, “toma polla” fue algo que no me esperaba, si no llega a ser porque me estaba corriendo le hubiese dado una bofetada en ese preciso instante, y aunque nunca lo admití esas palabras me hicieron tener uno de mis mejores orgasmos hasta ese momento. Terminamos el polvo y lo único que hice fue no decirle nada y acostarme de espaldas a él. Pasados unos días, echándome otro polvo, esta vez él encima de mí, justo cuando empezó a llenarme el coño con su leche, me dijo “toma polla y leche putón”, y fue cuando termino de correrse cuando le pregunté:”Cariño, por qué me dices puta?”, mi marido entonces me dijo que había adquirido un Dvd porno, que había una escena en la que a la protagonista, se la follaban muchos hombres con el consentimiento del marido, y que la puta de la escena se traía un aire a mí, que su cuerpo, pelo, forma de vestir, etc. coincidían conmigo, y que cuando estaba viendo la escena, se imaginó que era yo la protagonista y, lejos de darle celos como hasta ahora había pasado con mi forma de vestir, le había dado tanto morbo que hasta compró el Dvd al ir a devolverlo al video club. Me dijo de ver el Dvd puesto que los dos, de vez en cuando, veíamos porno durante nuestras relaciones. Cuando lo vimos, me preguntó “qué tal la escena?” y yo le respondí “está muy bien, la protagonista debió pasarlo en grande con tanta polla y los tíos con ella. Está muy bien como fantasía, pero cariño, yo me visto sexy pero nunca he sido una puta, ni lo soy, otra cosa es que tengas esa fantasía”.

Después de ver la escena, yo nunca le dije a mi marido que mi mente rechazaba que una mujer casada pudiese follar a saco con otros hombres, pero que verdaderamente, mi coño se mojó mucho y hasta cuando él no estaba en casa yo misma me ponía el Dvd y me hacia dedos imaginando que era yo esa puta, por lo cual dejé que mi marido cuando me follaba me dijera, “puta, Come Pollas, Guarra”, y toda serie de adjetivos de ese tipo, hasta que hace ahora casi un año, comenzó a proponerme visitar algún club liberal. Yo le decía siempre que no, que no era en realidad ninguna Puta, que se quedara la cosa en eso: una fantasía más. Sin embargo, mi mente decía no, pero mi coño palpitaba con la idea, hasta que llegó el mes de mayo y comenzamos la temporada playera. Mi marido insistía en ir y yo que no, entonces me propuso ir a playas naturistas; también empecé a decir que no, pero mi marido me dijo” Mari, no pasa nada por ir a playas nudistas, allí todo el mundo va desnudo, y creo que no es mucho pedir, puesto que ya desde novios, cientos de hombres te han visto las tetas, maridos de tus amigas y amigos en casa, y hasta algunos por no decir muchos te han visto hasta los labios del coño y el tanga metido en tu raja”. No tuve escapatoria, pues era cierto que había muchos descuidos y por mi forma de vestir, era casi imposible que los hombres en un momento u otro consiguieran verlo todo y tuve que aceptar ir a playas nudistas.

Mi marido me llevó a una playa nudista de Almería, “Vera playa”. Dicen que es la mejor o de las mejores de Europa, tiene urbanización nudista, hotel nudista, comercios, etc. Eran principios de junio más o menos, y allí estaba yo entre cientos de personas, totalmente desnuda tomando el sol, había chicos que  pasaban desnudos y me miraban, notaba cómo me miraban las tetas, y bajaban su mirada y veían mi coño, que aunque yo no quisiese ahí lo tenía y por cierto muy mojado y no por el agua del mar. Yo, sin ser para nada descarada y muy disimuladamente, no podía evitar también mirar ese desfile de pollas que pasaban muy cerca de mí. Intentaba evitar sobre todo que mi marido se diese cuenta de que me excitaba viendo tanto hombre desnudo y que me excitaba pensar que me estaban viendo las tetas y el coño.

No dudó mi marido, antes de irnos a casa de nuevo, en decirme que en la urbanización nudista junto al hotel había un par de locales liberales y ya que estábamos allí podíamos quedarnos e ir a alguno, para ver cómo era un sito de ese tipo por dentro y que se cuece allí. Otra vez le dije que “no”. Fuimos varias veces más a esa playa de vera, y siempre al terminar el día me lo volvía a proponer y yo que “no”.

Fue a la tercera o cuarta vez, que se pusieron dos tíos muy cerca de nosotros, echaron sus toallas y clavaron su sombrilla, como mucho a dos metros de donde estábamos mi marido y yo en nuestras toallas y sombrilla. Los tíos no estaban nada mal: buen cuerpo, fuertes y por qué no decirlo, tenían buenos pollones los dos, y no dejaron de mirarme y observarme en todo el día, pero a mí lo que más me puso fue cuando Juan, mi marido, comenzó a darme bronceador por todo mi cuerpo, y me sobaba las tetas. Fue en ese momento cuando mirándolos a ellos me di cuenta de que, aunque no miraban directamente, sí que se les pusieron las pollas duras… ufff menudo calentón me llevé. Mi marido sobándome el cuerpo tetas, muslos , culo… y los tíos de al lado mirando y poniéndose con los pollones duros. Mi coño echaba chispas, de no ser porque siempre le decía “no” a mi marido les hubiese pedido que se unieran a darme bronceador ellos dos también, ufff!

Todo el día caliente como una obsesa y sin decir nada a mi marido. Al terminar el día, mi marido me volvió a proponer ir al club liberal y esta vez, sería por mi cachondez, le respondí: “Vale, vamos a ir, para ver cómo es, pero que conste que si he de follar solo lo haré contigo, aunque nos vean, pero solo contigo”, ya que en cierta forma, me daba un poco igual que me viesen desnuda otros hombres y verlos desnudos yo a ellos, de hecho en la playa era así todo el día, lo único desde mi punto de vista es que si mi marido me echaba un polvo o dos en el local podríamos ser vistos, y mi marido aceptó la condición.

Nos duchamos en la playa y nos fuimos a cambiarnos en el coche. Yo siempre llevo un par de vestidos, botas, tangas, maquillaje, etc. por si después de un día de playa nos apetece ir a cenar a algún restaurante o salir por alguna zona de copas. Me puse un vestido rosa, que me llegaba hasta medio muslo y un buen escote de tela muy finita para el verano -en mi muro podéis verme con él puesto-; me maquillé y nos fuimos a cenar.

De postre, unas buenas pollas en el club liberal

Terminada la cena a las 11 de la noche más o menos, fuimos al club liberal. Entramos y nos enseñaron el local. Nos explicaron las normas, y por último nos dijeron que era el día del trío, y que los hombres tenían acceso ese día por todo el local excepto una pequeña zona en la parte de arriba reservada a parejas, donde se hacía intercambio o sexo en grupo bi y cosas así. Para mí, la situación era un poco comprometida: no estaba mal, pero si subíamos a la zona de parejas, o bien nos propondrían intercambio, o sexo en grupo, y para nada me atraía la idea de un intercambio o de estar con mujeres, porque no soy bisexual, ni nunca había entrado en mis ideas un intercambio; y por otro lado, si nos quedábamos en el resto del local serían los hombres los que intentarían ir a por mí. Pero bueno, la única baza que me quedaba era si alguno quería, utilizar la norma “un no es un no”.

Comenzamos a tomarnos la primera copa y todos los hombres, cuatro que había en ese momento, no dejaban de mirarme ya que aún era temprano y solo estaban ellos 4 y otra pareja en los 50 y pico. Dos de ellos ya desnudos, con una simple toalla que dejaban abrirse para que yo pudiese ver sus pollas; además de sonrisas y algún que otro guiño de ojos, ufff no podía evitar mojar el pequeño tanguita que llevaba. Mientras, fue llegando más gente, alguna parejita y varios hombres… fue entonces cuando le dije a mi marido que si me quería follar que lo hiciese ya, que estaban entrando demasiados hombres y lo mismo luego me daría corte. Inmediatamente me llevó a la zona del laberinto y nos metimos en un rinconcito, aparentemente de los más escondidos. No tardó mi marido en quitarme el vestido y el tanga y dejarme totalmente desnuda. Notó mi calentura, mi coño estaba como si estuviese recién follada. No me dijo nada, solo me sonrió y comenzó a comerme el coño, luego cambiamos y le comí la polla, hasta que comencé a cabalgar sobre su polla durísima. Noté que mi marido me daba con más fuerza y, al mirar cómo lo hacía, vi por detrás de mi espalda que había varios hombres mirando cómo mi marido me follaba, frotándose las pollas y esperando que, o mi marido o yo, les dijéramos que entraran en el juego. Mi marido Juan se debió dar cuenta de que, al verlo, me corrí intentando no gemir. Intentando disimular que me ponía cachonda esa situación, me cogió y me puso a cuatro patas para follarme desde atrás, y esta vez mi cara daba a la entrada del rincón, por lo que no podía evitar ver todo el tiempo cómo se la meneaban todos mirándome con deseo, hasta que me di cuenta de que dos de ellos eran ni más ni menos que los hombres que habíamos tenido por vecinos de toalla durante todo el día en la playa. Me volví a correr, esta vez no pude aguantar algunos gemidos, y mi marido se corrió llenándome el coño de leche como nunca lo había hecho. Eso sí, se corrió muy pronto para lo habitual en él. Salimos del rincón y solo nos dejaban un poco de hueco, los tíos querían rozarse con mi cuerpo desnudo y alguno que otro me rozó con su polla. Entonces fue cuando le dije a mi marido que necesitaba una ducha y retocarme el maquillaje.  Me fui para la ducha unisex, y me encontré con los dos tíos de la playa, que me salieron al paso.

-Hola guapa!! Nos reconoces? hemos estado todo el día al lado en la playa -dijo uno de ellos.

-Sí es verdad, jejej, sois nuestros vecinos de toalla. Sí os he reconocido, -dije yo.

Se presentaron, uno Pedro y el otro Armando, no dudaron en darme dos besos de saludo y al acercarse aprovecharon para cogiéndome de la cintura, atraerme hacia ellos y aplastar mis tetas contra sus pechos, a la vez que sus pollones duros como diamantes me rozaban a la altura de mi mojadísimo coño.

-Nos hemos quedado reventando por unirnos a tu marido y darte crema solar hoy en la playa, nos tenías todo el día empalmados. Tienes unas tetas maravillosas y un culo que nos tiene locos, -dijo Armando.

-Nosotros también vamos a darnos una ducha, podríamos ducharnos contigo y darte gel de ducha, si tú lo deseas, -añadió Pedro.

Mi respiración se entrecortaba, mi coño prácticamente se estaba corriendo, y las piernas, por no decir todo mi cuerpo, me temblaban, quería decir que no, pero no podía y dije “sí”.

Nos metimos los tres en la ducha, cogieron en sus manos un poco de gel cada uno y en segundos estaban esas cuatro manos sobándome las tetas, pellizcándome mis duros pezones, sus manos bajaron hasta mi culo y de ahí hasta mi coño; quería cerrar las piernas para que no pudiesen llegar a mi clítoris, pero no podía, estaba como sin fuerzas, como poseída, no paraban de restregar sus pollones por mi cuerpo, comenzaron a besarme la boca y no pude rechazar sus lenguas, hasta que Armando me cogió una mano, la llevó a su polla… menudo pollón tenía en mi mano, solo había visto pollas así en las películas xxx:  grande, de al menos 20 cm, gruesa y muy venosa, y unos huevazos gordos y duros también. Comencé a pajear ese pollón de Armando, y él no tardó en comenzar a comerme uno de mis pezones, subió un momento poco a poco hasta mi oído sin parar de utilizar su lengua, y me dijo “cógele la polla también a Pedro, te va a gustar”. Mi mano fue creo que sola, la agarré y… uffff, también un pollón gordo y enorme, como una piedra. Enseguida Pedro se adueñó de la teta y el pezón que me quedaba libre, mientras que cada mano que le quedaba libre a cada uno de ellos dos no paraba de sobarme el culo, darme palmetadas en él y escudriñar mi coño metiéndome, uno, dos y hasta tres o cuatro dedos. Ahí estaba yo, Mari, la que se negaba a ser una Puta, siendo una verdadera Puta con dos desconocidos y, además, sin poder parar, deseándolo con todas mis fuerzas.

Al poco de estar así, Armando, que era el que prácticamente en todo momento llevaba la iniciativa, comenzó a empujarme hacia abajo, poniéndome de rodillas, y los dos comenzaron a darme pollazos en mis tetas y pezones. Mi cachondez era extrema, no era dueña de mí, era dueña de esos dos pollones, y Armando y Pedro lo sabían. De las tetas comenzaron a darme con sus pollones en la cara, no sin intentar, y consiguiéndolo, darme en mis labios. No pude más y cuando me dio tres o cuatro pollazos en los labios, abrí mi boca y me metió el pollón lo más que pudo.

-Mari, chúpame bien la polla, así, así traga, qué buena mamona eres! -dijo Armando.

-Mari cómeme la polla a mi también disfruta de nuestros pollones, pedazo de mamona, -dijo Pedro.

Poseída como estaba, perdí la noción del tiempo. Sé que pasaba gente a la ducha a nuestro lado, y sé que algunos me sobaban, pero no podía parar, se escuchaban comentarios, “que buena que está”, “me encantan sus tetas”, “le reventaba el culo a esa puta”, “folladla ya que su coño lo pide a gritos” y lo mejor de todo es que era verdad, quería que me follasen, lo deseaba, lo necesitaba, y allí de rodillas comiéndoles las pollas a los dos y sus huevazos, yo misma les dije, “folladme por favor”.

Fue Armando, como de costumbre, quien me cogió, me levantó, y me dijo “ponte con el culo en pompa para que te meta la polla desde atrás, y di >>me gustan mucho vuestros pollones, quiero que me folléis>>, y di también >>quiero ser vuestra Puta esta noche>>”.

No pude evitar decirlo, consciente de que había mucho público, pero lo dije y no pude evitarlo. Armando se puso tras de mí y Pedro delante. Mis manos se sujetaban en las piernas de Pedro y él aprovechaba para darme a mamar su pollón, hasta que comencé a notar la cabeza del pollón de Armando abriéndose paso por el agujerito de mi chorreante, dilatado y babeante coño. Una vez bien encañonada, con un solo y enérgico empujón, me la clavo entera hasta dar fuertemente sus huevos en mi clítoris. No sentí ningún dolor a razón de la situación de mi coño; vi las estrellas de placer y me corrí al primer pollazo que me dio.

-Ahhhhhh! Meeee corrooooooo, ayyyy! qué gusto! sigue, sigue no pares, por favor! -exclamaba yo.

-¿Quieres que te follemos bien follada, pedazo de Puta? Toma pollón, Zorra.

-Sííí, folladme los dos. Pedro, quiero que me folles tú también, ahora te toca a ti, quiero sentir tu polla dentro de mi coño también! -Exclamé con el deseo de probar el pollón de Pedro en mi coño. Inmediatamente se cambiaron de posición, y fue Pedro esta vez quien me perforó el coño hasta el fondo. Yo no podía parar de gemir y correrme, mientras que notaba que muchos de los espectadores me sobaban mis tetas colgantes y me pellizcaban y acariciaban los pezones. Realmente no sé la cantidad de hombres que me tocaron todo y acariciaron, pero sé que fueron muchos.

Hasta que Armando me volvió a coger y me puso de rodillas, los dos se pusieron delante de mí dándome pollazos en la boca y en la cara, diciéndome “come pollas, nena, haz que nos corramos y saborea nuestra leche como una buena Puta”, mientras notaba cómo varios de los mirones me sobaban las tetas desde atrás y otros me daban algún que otro azote en el culo, hasta alguno llegó a meterme dedos en el coño… de esa forma no podía parar de correrme, era como un orgasmo sin fin, hasta que casi a la vez tanto Armando como Pedro comenzaron a jadear broncamente, y diciendo “traga leche guarra, puta, cerda!” me llenaron la boca con su caliente leche, desbordándose y cayendo por mi barbilla hasta empaparme a chorretones las tetas. Nunca había tragado leche, a no ser por accidente, y esta vez tragué toda la que pude, hasta alguien comenzó con uno de sus dedos a recoger la sobrante de mi cara y mis tetas y ponérmela en los labios, que yo absorbía y bebía.

Cuando comencé a salir del éxtasis fue cuando me di cuenta de que el que me llevaba con el dedo la leche a mi boca era Juan, mi marido, que por lo visto había estado presente todo el tiempo, y yo sin darme cuenta, no sabiendo qué decirle, le dije que si quería correrse él también, y me dijo “no mi amor, en todo este rato me he corrido 4 veces y estoy seco, pero mañana me voy a tirar todo el día follándote”.

A partir de ese día me liberé al máximo y somos asiduos a clubs liberales. En otro relato porno real de mis experiencias sexuales contaré más experiencias de sexo. Este relato es totalmente tal y como pasó, como me convertí en una puta en un club liberal, lo único que he cambiado son los nombres de Armando y Pedro, por su intimidad.

Espero que os guste y os produzca buenas erecciones, besos húmedos a todos y hasta pronto.

MARI.

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Sexo duro por misantropía. Primera parte

Algunos dirán que se trata de un relato erótico de sexo duro, otros dirán que es una fantasía oscura de sexo. Sin embargo, solo quienes somos capaces de adentrarnos en las profundidades del alma y de la mente sabemos que es mucho más que sexo duro o prácticas morbosas.

En ocasiones, los demonios más sádicos del averno me visitan. El odio y el hastío que me provoca la inmundicia humana hacen que, de repente, mis más oscuros pensamientos salgan a flote con la seria intención y necesidad de dejar huella en mí…y en quienes me rodean.

Ella lo sabe, y le gusta. Su agradable rostro tiene la facultad de encerrar la más perversa de las miradas, el más oscuro de los vicios y el más negro de los universos. Es una lucha constante, donde ella pretende sumergirse en los rincones más recónditos de mi mente, pero mis demonios no emanan por voz y orden de nadie. Ni siquiera el dulce susurro de la mismísima Perséfone sería capaz de gobernar sobre ellos.

Aquella noche me esperaba feliz, cómodamente sentada en el salón mientras leía. Verla feliz no le pareció correcto a los seres que habitan en mí. O tal vez sí, y por eso quisieron salir para poseerla, para hacerla de ellos, para someterla. O quizás solo querían robarle esa felicidad para sí mismos, y por ello me invitaron a dirigirme a ella.

Ambos nos conocemos demasiado bien como para andar poniéndonos límites. No hay un juego en el que interpretar un papel. No hay una palabra clave que ponga freno o fin a nuestra locura. A ella siempre le gustó la contradicción de dominar y sentirse presa. Y a mí los sentimientos y gustos de los demás siempre me fueron indiferentes. Ni siquiera me importan mis propios sentimientos más allá del placer de ver sufrir a quien disfruta con el binomio dolor-placer.
Al llegar a su altura le agarré del cuello con la presión justa como para levantarla y quedarme fijamente mirándola a los ojos. Esos ojos que tienen la capacidad de someter a la mayoría, pero que bajo mi mirada solo aciertan a ser la viva voz del miedo y el placer. Esos ojos que, temerosos, piden más. Más fuerte, más rudo, más adentro, más violento…pero también más clemencia, más compasión. Siempre más.

Sin mediar palabra, ya sabía que su dueño había vuelto. Infinitos recuerdos se agolpaban en su mente: recuerdos inconfesables, o tal vez solo fantasías. Experiencias al fin y al cabo. Mientras permanecía sujeta por el cuello, apenas pudiendo respirar mientras contenía la mirada de su amo, recordó la primera vez que la pusieron sobre la mesa de despacho, con la boca tapada por una perversa mano y con la falda bien subida para no impedir la penetración brutal. Recordó esa primera vez en que se convirtió en un juguete, en un mero instrumento de placer egoísta para un ser depravado que buscaba en la juventud de su presa el elixir y la ambrosía de su estrecha e inexplorada cueva. Recordó también el modo en que le excitaba todo aquello, pese a sentirse humillada, vejada, ultrajada y usada a tan tierna edad.

Aquel juguete creció y quiso jugar con quien se le cruzó en el camino. Sabía que esa cueva era un lugar en el que todo hombre querría adentrarse al precio que fuese, incluso intuyendo muchos de ellos las nefastas consecuencias de dejarse seducir por los cantos de sirena. Sin embargo, eso solo le pasa a quienes aman…y el amor no tiene cabida en una mente perturbada como la nuestra, ni en un corazón tan negro. El amor que había en mí murió asesinado una y otra vez, convirtiéndose sus restos en mero rencor. Un rencor que florecía en forma de demonios que ahora tenían bien sujeta a su presa por el cuello, disfrutando al ver la dificultad con la que respiraba, esos labios carnosos entreabiertos y esa mirada, entre desafiante y temerosa.

Sexo duro. Preliminares

De un tirón le hice girones la camiseta. A continuación, le desabroché el pantalón y se lo bajé hasta debajo del culo para que fuese cayendo por sí solo. Iba sin bragas, como a mí me gusta.

¡Plas! Sonó la primera bofetada a la incauta ¡Plas! Sonó la segunda, con el revés de la mano. Los ojos seguían en contacto, su cuello seguía preso y mis ansias de venganza empezaban a asomar. Al cabo de unos segundos, intentó acercarse poniéndose de puntillas para besarme, pero la mantuve a escasos centímetros de mis labios. Podía sentir su respiración entrecortada, incluso la aceleración de su corazón en mi mano. La tiré sobre el sofá y, aprovechando su libertad, se acarició el cuello sin dejar de mirarme. De nuevo, sus ojos pedían más. Se puso de pie, colocó sus manos detrás de mi cabeza y me besó. Mis labios ni se inmutaron mientras ella se afanaba en besarme con los suyos y con su lengua. Pronto llevó una mano a mi polla para hacerla partícipe de todo aquello.

Contuve la respiración para controlar la erección que buscaba mi presa. Nunca permito que una perra llegue a ponérmela dura, pues eso les concederle un poder y un privilegio que solo a mí me pertenece, así que, tras unos instantes de caricias y besos, la cogí por su largo cabello tirando hacia atrás del mismo con violencia. De esta forma la coloqué de rodillas frente a mi polla, la cual me saqué del pantalón para que la viese. Como acto reflejo fue a cogerla para empezar a mamarla ¡Plas! Sonó una nueva bofetada.

Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?
Mmm, sí. Pero quiero que…-empezó a decir-.
Cállate, -dije bruscamente-. No me importa lo que quieras –le espeté-. Solo mírala y siéntela –le ordené, mientras comencé a acariciar su rostro con mi polla-.

Estaba domando a mi indómita perra. Siempre fue así, uno domina y otro sucumbe. Esa lección me la enseñaron bien desde temprano. Ese aprendizaje me hizo no pensar en nadie ni en nada, excepto en la muerte y el sufrimiento. Si a la muerte no podía dominarla, al menos sí al sufrimiento. Haría del dolor y el sufrimiento mis mejores compañeros de viaje y de sexo. Podríamos llamarlo sexo duro, otros le llamarán BDSM, pero para mí no es más que la forma en que se expresan mis odios. Odio por lo que fui y por lo que no llegué a ser, odio por quienes pasaron por mi vida y por los que están ella, odio por todo y por todos.

Volví a tirarle del pelo para levantarla de un golpe, la puse de espaldas llevándola frente a la pared, donde puse su cara apretándola fuerte contra la misma. Con la mano que me quedaba libre endurecí mi verga, luego le acaricié su húmeda raja y me pegué a ella para que sintiese todo el esplendor de mi miembro. Me acerqué a su cuello, sentí cómo se le erizaba hasta el último vello de su piel y, sin previo aviso, comencé a morderle con furia el cuello.

Aaahh, ufff, síí…-exclamaba tímidamente ella-.

Me eché para atrás, cogí mi polla y ensarté con facilidad su más que lubricada vagina.

Uuufff! Así…sigue, así…

Al oír cómo estaba disfrutando le tapé la boca. De nuevo volvieron sus recuerdos, de nuevo aquella pérfida mano acallándola. Aunque era otra persona, era la misma mano. Volvía a ser un juguete, solo que esta vez ni siquiera servía para satisfacer a un ser oscuro. Mientras sus recuerdos se agolpaban queriendo salir en forma de súplicas y gemidos, mi polla seguía taladrando a placer aquel coño tan mojado, cada vez con más violencia, quedando ambos cuerpos completamente rectos, golpeando sus tetas y pelvis contra la pared. Su bello rostro quedaba a salvo del frío muro gracias a la mano que la estaba atormentando física y psicológicamente.

El sexo duro en su más amplio espectro estaba por llegar. Ambos lo sabíamos, y vosotros seguiréis siendo testigos en la segunda parte de “sexo duro por misantropía”.

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Mi primer trío con mi mujer

Os quiero contar un nuevo relato erótico de experiencias sexuales con mi mujer. Concretamente en este relato porno os quiero contar la primera vez que hice un trío con mi mujer, vez en la que me di cuenta de que mi mujer es bisexual.

Efectivamente, desde hacía un tiempo yo quería hacer un trío con mi mujer, pues cada vez que veíamos vídeos porno notaba cómo lo que más le gusta a ella son los tríos en los que dos mujeres se devoran mutuamente mientras un tío afortunado tiene para él solito seis agujeros a los que rellenar sin ningún tipo de limitaciones. No obstante, de ver películas porno a hacer un trío va un abismo, por lo que me costó un tiempo convencer a mi mujer.

Por fortuna, Maite y yo somos muy liberales, nos gusta tanto el sexo hardcore, como el sexo anal, oral, en público… Sinceramente, desde que me confesó una infidelidad, ha accedido a hacer todo lo que le he pedido, aunque eso de proponerle un trío mujer, hombre, mujer no iba a ser sencillo, pues mi temor era que pensase que ya no la quiero o algo así. Sin embargo, después de unas semanas de indirectas, me preguntó que si quería decirle algo, cosa que aproveché para comentarle la posibilidad de hacer un trío con otra mujer. Imaginaos mi sorpresa cuando, sonrisa picarona de por medio, me dijo que “podríamos probar, a ver qué tal”. Quedamos en que sería mejor contratar una scort, una profesional del sexo para así no meter a conocidos o gente con la que luego quisieran tener contacto en caso de que les gustase. La única condición que me puso fue que sería ella quien elegiría a la puta, cosa que me pareció genial ya que mi mujer siempre busca lo mejor para mí…o no.

Una scort para un trío con mi mujer

Así fue cómo Bárbara, pues ese era el nombre de la scort, entró en mi casa acompañada por mi mujer, quien se encargó de buscarla a través de internet y de quedar con ella. En el precio de nuestra invitada lo único que no entraba era la penetración sin condón. El resto estaba permitido, según me dijo al oído Maite en la cocina mientras preparábamos unas bebidas para ir entrando en calor. A pesar de no saber aún cuánto incluía ese “todo”, me puse muy cachondo con tan solo imaginar la noche de sexo que me esperaba.

De vuelta en el salón, Bárbara estaba sentada en el sofá de tres plazas esperándonos como si de una amiga cualquiera se tratase. Mi mujer se sentó en el sillón que está junto al de tres plazas, dejando que yo me sentase al lado de la scort. Estuvimos hablando sobre por qué había decidido hacer un trío con mi mujer, sobre el tipo de sexo que nos gusta más y de cosas por el estilo. De repente, Bárbara planteó una cuestión que no me había planteado jamás.

-¿Y si resulta que a Maite le gusta más hacerlo conmigo que contigo? –dijo Bárbara, echándole una mirada rápida, con sonrisa pícara y mordaz incluida, a mi mujer.

-No…no…sé, no me lo he planteado –logré balbucear-. Pero no creo, ¿verdad, cariño? –pregunté a mi mujer intentando disimular mi desconfianza.

-¿No? –preguntó de forma retórica Bárbara, con esa sonrisa de puta experta, mordaz y sexy a la vez, que llevaba exhibiendo unos segundos de manera ininterrumpida. Acto seguido, la scort miró fijamente a mi mujer, quien le contuvo la mirada sin decir nada, para a continuación cogerle la cabeza con una mano por detrás y con la otra por la barbilla, atrayendo para sí su boca, comenzándosela a comer con ansias, metiéndole la lengua hasta la mismísima campanilla.

Aunque estábamos ahí para eso, para hacer un trío con mi mujer y follar como posesos, jamás pensé que mi mujer pudiese besar a otra tía. No supe cómo reaccionar al ver ese tremendo beso de tornillo que mi esposa estaba recibiendo y que, para mi sorpresa, estaba siendo prolongado, caliente, apasionado y, sobre todo, correspondido. En efecto, Maite no tardó en empezar a meterle mano a la scort mientras le comía la boca con auténtico frenesí, logrando que Bárbara le cediese su lengua fina y alargada para que se la comiese como si de una buena polla se tratase, succionándola por completo. No tardaron en llegar los primeros gemidos por parte de ambas, mientras que yo seguía con cara de gilipollas frente a ellas, con mi copa en la mano y una gran erección que estaba abultando mi pantalón hacia la derecha.

Entre gemidos y risas se desvistieron la una a la otra rápidamente, colocando Bárbara a mi mujer con las piernas bien abiertas en el sillón en el que estaba sentada, frente a mí, para facilitar de este modo la tremenda comida de coño que le iba a regalar -¿o mejor dicho vender?- la scort a la viciosa de mi mujer, quien abriéndose bien el coño con una mano, mientras que con la otra se cogía los senos, me dirigía miradas de vicio y, quién sabe, de revancha. No obstante, el centro de su atención era Bárbara y su diestra lengua afilada, quien sabía a la perfección cómo comerle el coño de tal modo que, casi de inmediato, Maite empezaba a exhibir unas mejillas sonrosadas, síntoma inequívoco del orgasmo que estaba por venir.

A esas alturas yo quería sacarme la polla y ensartar a alguna de esas dos putas, pero no había sido invitado aún, por lo que ni siquiera me saqué el rabo del pantalón, limitándome a ser un mero voyeur mientras otra tía se follaba a mi mujer.

Con la respiración entrecortada, gimiendo como una auténtica zorra y experimentando unos espasmos que me eran muy familiares, la pervertida de mi mujer tuvo su primer orgasmo gracias a la habilidosa lengua y un par de dedos de Bárbara. Cuando terminó de correrse, estando aún su putita limpiándole los jugos vaginales, Maite me miró sonriendo y, con tan solo un gesto, me sugirió follarme por detrás a Bárbara. Sin pensarlo dos veces, solté la copa, me quité los pantalones y el bóxer, me puse el preservativo y, mojándome los dedos con saliva, lubriqué el ya de por sí lubricado coño de la scort. Ella, al ver mis intenciones, se abrió bien de piernas, se abrió ligeramente los labios del coño y se preparó para recibir toda mi polla.

-Tranquila, tú también te mereces pasarlo bien –le dije a nuestra puta con voz tranquilizadora para que se relajase, buscando así sorprenderla segundos después.

En efecto, esa puta se había follado a mi mujer delante de mí, sin pedir permiso, logrando que se corriese y, sobre todo, había insinuado que le gustaría más que mis folladas. Así que, una vez sentí la relajación de su abdomen, por donde la tenía bien sujeta, la ensarté por completo con mi endurecida verga, sin compasión ni miramientos.

-Aaaah, mmmm, despacito… -imploraba nuestro juguete-, por favor, despacio.

No le di oportunidad para seguir pidiendo clemencia, pues cogiéndola del pelo la puse sobre el coño de Maite, cuya cara de vicio no había hecho más que acentuarse. La visión de su macho follándose por detrás a otra hembra, mientras esta no paraba de comerle el coño y de masturbarla con maestría debías ser una experiencia igual de morbosa que para mí era el ver cómo una tía le comía la rajita a mi mujer mientras recibía mis furiosos embistes. Sus tetas chocaban contra el sofá con cada embestida mía, ese sonido, junto con el de mis piernas chocando contra su trasero y sus gemidos ahogados en la rajita de mi mujer, unido todo ello a los gemidos de placer de mi propia mujer me estaban llevando a un auténtico éxtasis que, de no ser por el preservativo, me habría llevado peligrosamente al orgasmo. Sin embargo, ese trocito de látex me permitía seguir taladrando el coñito de nuestra invitada sin temor a correrme.

-Yo también quiero polla, -dijo mi mujer mirándome con lascivia-.

En ese instante salí de Bárbara, quien agradeció la tregua, aunque casi no podía levantarse por la tremenda cogida que había recibido arrodillada.

-Cari, siéntate ahí –me ordenó mi mujer, señalándome el centro del sofá de tres plazas.

-Vamos a ver qué te gusta más –le dije, en clara alusión al comentario de Bárbara-.

-Quítate el condón, anda, que eres tontito –me dijo, intentando apaciguar mis ánimos-.

Maite sabe que esa es una de mis posturas favoritas, el ver cómo me cabalga mientras aprieta su vagina y me da sus senos para que los succione cual bebé es algo que acaba con todos mis enfados y preocupaciones. Y ella es plenamente consciente. Por ello, una vez sentado, se tomó con tranquilidad venir hasta mí, sentarse a horcajadas sobre mí muy lentamente, ofrecerme sus senos y, con mucho cuidado, meterse poco a poco la cabeza de mi polla e ir bajando poco a poco. Su coño estaba húmedo y caliente, muy caliente. Cada centímetro de mi verga hacía que se retorciera de gusto, encorvándose hacia atrás y segregando más y más fluidos vaginales.

Bárbara me lamía con delicadeza los huevos, que los tenía duros como piedras debido a la excitación.

-Cómele el coño –me ordenó mi mujer mientras me cabalgaba-.

Y cogiendo del pelo a Bárbara hizo que se pusiera de pie, entre ella y yo, ofreciéndome la scort un chochito completamente rasurado, muy húmedo y que, ciertamente, me pareció muy apetecible a pesar de ser de una puta. A fin de cuentas, mi mujer había dicho que era de confianza.

Comencé a comerle el coño mientras mi mujer seguía cabalgándome. Así, mientras yo me follaba a Maite, Bárbara se estaba follando mi boca con su vagina, cogiéndome la cabeza para hincarla mejor en su entrepierna. Llevados unos minutos, mi mujer exclamó:

-¡Vamos, haz que se corra como me haces a mí!

Obedeciendo órdenes, empecé a comerle el coño igual que hago con mi mujer, metiéndomelo entero en la boca, succionándolo, metiéndole la lengua en la vagina y combinando esos movimientos con mis dedos, metiendo y sacando los dedos corazón y anular estimulando en punto G. Noté cómo mi mujer redujo su cabalgada sobre mí, pero seguí empeñado en que Bárbara se corriese para satisfacerlas así a las dos cuando, sin esperármelo, le di un golpe a algo que no era el culo de la scort… Era la barbilla de mi mujer, que le estaba comiendo el culo.

En efecto, mientras yo le comía el coño y masturbaba, mi mujer se afanaba en lamerle y perforarle el culo a nuestra puta.

-Ammm, uffff, sí, sí, uffff, -decía Bárbara mientras se relamía los labios y nos sujetaba las cabezas para mantenernos trabajándole sus orificios-.

Por fin, la experta profesional estalló en mi boca, recayendo el peso de su cuerpo sobre mi cabeza al flaquearle las fuerzas. Yo iba a explotar de un momento a otro dentro de mi mujer, quien, una vez hubo quedado fuera de juego la scort, me comió la boca mientras me cabalgaba con fuerzas renovadas. Cuando sentí que no podía aguantar más, frené a mi mujer, la bajé y la coloqué junto con Bárbara para bañarlas a las dos con un torrente de leche caliente que salió a raudales de mi verga. Ambas recibieron el baño de semen entre risas, disponiéndose a comerse mutuamente con la excusa de limpiarse a lametones mi leche.

Esta fue la primera vez que hice un trío con mi mujer, donde descubrí que mi mujer es bisexual. Nos queda pendiente probar hacer más tríos con amigos o gente no profesional, porque hasta ahora solo hemos hecho tríos contratando scorts, algo que no resulta demasiado barato.

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La verga de mi negrito me hizo swinger

Me encantó verte, gracias por darme el mail y poder seguir en contacto. Me gustó mucho tu novia, muy maja. Sé que cuando dijiste que te contase con pelos y señales todo lo que me ha pasado desde que dejamos de estar juntos, no te referías a cosas banales, sino a sexo, sexo y sexo, en fin, sé lo que tienes en la cabeza constantemente, pues estuve contigo mucho tiempo.
Vamos al grano. Como dirían los antiguos, yo sólo te tuve a ti como hombre hasta que nos separamos. Sólo te probé a ti, como te gustaba decir a ti, sólo probé tu “rabo”. Al que adoraba, por cierto, al principio de mi soledad echaba muchísimo de menos tenerlo dentro de mí, dentro de mi boca, adoraba su olor, su sabor, todo.

Pasado un tiempo de pura agonía de dolor, en un viaje a Madrid por trabajo decidí contratar un scort que me quitase mi necesidad de sexo. Contraté una habitación doble y por internet conseguí el tf de un negrito al que ponían por las nubes sus clientas, le llamé y quedé con él antes de ir al hotel, le contraté la noche entera, un pastón. Apareció muy elegante y subimos a la habitación. Yo me quise dar una ducha y estar limpita, me metí en el baño y al poco rato apareció él sin que yo le dijese nada y se metió conmigo. Me estuvo enjabonando y acariciando, sobre todo las tetas, esas de las que tanto presumías con los amigotes “todo natural”, estuvo dedicado a ellas el mismo tiempo que yo me dediqué a tener en mi mano su creciente sexo, tenía el aparato más grande que había pasado por mis manos. Lo lavé y aquello fue creciendo y creciendo. Me lo metí en la boca allí mismo, una sola vez y casi no pude. Acabamos de ducharnos agarrados. Nos servimos una copa del minibar desnudos y luego pasó lo que tenía que pasar, me devoró el coño (seré un poco grosera, me cuesta poner palabras suaves para describir esto) hasta que me hizo rebotar del colchón como si me estuviese dando un ataque de epilepsia. Me corrí de una forma deliciosa. La primera vez acompañada desde que me dejaste. Por cierto, esa época de soledad me estuve masturbando compulsivamente mientras estaba en casa. A lo mejor dos veces antes de ir a currar y luego otras dos veces cuando volvía a casa. Tengo unos cuantos aparatitos (ahora ya no los uso sola) empecé con un consolador y acabé con unos vibradores extraordinarios. Hubo un sábado que me masturbaría unas diez veces.

Sigamos con mi primer negrito. Después estuvimos un rato abrazados, mientras él me volvía a magrear las tetas. Me comí un rato la verga de mi negrito y me puso a vivir con su martillo pilón, impresionante, se corrió dentro de mí y gocé extraordinariamente.

Descansamos otro rato, medio dormidos, y mi negrito me volvió a martillear con su cosa descomunal. No se corrió y nos dormimos. Al levantarnos le pregunté si en el precio venía un polvo mañanero, me dijo que sí y me puse a comerle la polla, quería que se corriese dentro de mi boca pero me quitó, me puso encima de él y me sugirió que le cabalgase. Me corrí muy pronto porque puso uno de sus dedos en mi clítoris y no pude más. Le sugerí que se corriese con una comida de polla pero me dijo que no, que mejor dentro de mí. Volví a la carga y se corrió. Una delicia. Nos duchamos juntos otra vez y me estuvo magreando las tetas constantemente. Incluso dentro del ascensor, por dentro del sujetador metió sus manos imparables. Fin del primer encuentro.

Tuve encuentros parecidos a éste cada vez que salía por trabajo fuera. Tuve que pasar una semana en Madrid por una convención y contraté cuatro de los cinco días que estuve allí a cuatro chicos, miento, contraté a tres porque repetí domingo y jueves con el mismo, con el negrito de mi primer encuentro. En el encuentro del domingo me propuso ir con él para una fiesta que quería hacer una pareja, le contrataban a él con una pareja, o sea, a mí. Como nos íbamos a ver el jueves le dije que me lo pensaría. Me dijo que debería acostarme con el señor por lo menos, el resto era cosa mía. Me habló fenomenal de la pareja.

El domingo merece una especial mención, cuando le llamé le dije que quería probar el sexo anal, suavecito le dije. Me dijo que perfecto, que a él le encantaba hacerlo. Seguía siendo la polla más grande que me había comido y con la que se había divertido mi vagina, y fue la polla primera que me rompió el culo. Él me llevó fenomenal y cuando estaba supercaliente le dije que si quería dejar de ser suavecito que podría hacerlo como a él le gustase. Y le gustaba rapidito y fuerte. Me corrí como en mi vida bajo su dedo constante en mi clítoris mientras me martilleaba el culo. Mi negrito es un cielo.

Le dije que sí a su proposición de hacer un intercambio de parejas.

Me llamó a la semana siguiente y me dijo que el encuentro con la otra pareja sería en un chalet de la sierra de Madrid, la noche del sábado. Me fue a buscar al AVE y me llevó en su coche hasta el sitio acordado. Yo me imaginaba que abrirían la puerta y estarían medio desnudos y en ropa interior con mucho encaje, pero nada más lejos de la realidad. Estaban los dos en camiseta y vaqueros, muy informales. Nos propusieron picar algo y darnos un baño después. Como estábamos contratados no había más cáscaras. Cenamos y nos fuimos a tomar una copa en la piscina de la casa, donde hacía una temperatura perfecta. Nos desnudamos todos y ya no volvimos a ponernos la ropa hasta que salimos de su casa después de comer el domingo. Eran encantadores. Él era un tanto regordete con una pequeña tripita cervecera y ella era directamente gordita, con unos pechos inmensos. El momento inicial fue dentro de la piscina como cabía esperar. Después de un baño previo, el señor de la casa se acercó por detrás y me cogió las tetas sin decirme ni mu. Se acercó un poco más y pegó toda su entrepierna en mi culo. Mi negrito ya estaba fuera de la piscina, tumbado en la hierba y la señora de la casa estaba haciéndole una mamada. Yo, de la forma más natural del mundo, me di la vuelta y le agarré el sexo a mi pareja, acariciándolo. Nos empezamos a besar. Al rato estábamos fuera viendo cómo le hacía un perrito mi negrito a la señora. Se conocían mucho de otras veces porque él la cogía con dureza del pelo forzándola a mirar hacia arriba y la taladraba sin piedad. Hice lo que me salió de dentro, le cogí el sexo al señor y me le meti en la boca. Estuve mamándole hasta que me quitó y me dio para el pelo a perrito también, parecía que era la norma de la casa. Me encantó la cabalgada del señor. Una verdadera delicia, sabía qué teclas tocar en cada momento. Después de corrernos los cuatro volvimos al salón a tomarnos otra copita y charlar. Mi negrito estuvo todo el rato magreando las tetas de la señora y el señor no paró de hacer lo mismo con las mías entre sorbo y sorbo de alcohol.

Vi que el miembro del señor volvía a despuntar, así que empecé a acariciarlo. Al rato estaba completamente erecto y le hice una mamada que trajo como recompensa semen para mi estómago, no le dejé gotita por limpiar. Los otros dos continuaban follando cuando les volví a mirar. Ella le cabalgaba suavemente hasta que se corrió. Nos dijeron que nos quedáramos a dormir y aceptamos.

Inesperadamente sólo dormimos. No tuvimos sexo durante la noche. Me desperté y bajé a la cocina, la mujer se estaba tomando un café. Como no había más tazas limpias, decidí fregar algunas para poder desayunar. En estas estaba cuando bajó el señor totalmente erecto. Saludó a su esposa: ¡buenos días cariño¡ y se puso detrás de mí, me acarició intentando lubricar mi vagina y me ensartó la polla. Su mujer acertó a decir que era una estampa perfecta y un ¡Me gusta verte disfrutar, cielo¡ Cuando se corrió dentro de mí, yo no me conseguí correr, ella dijo que estaba recaliente y que iba a despertar al negrito. Al poco se la escuchaba gemir (por no decir gritar) como una loca disfrutando de la verga de mi negrito.

Mientras desayunamos el señor y yo, me dijo que ellos solían hacer fiestas con otras parejas, sin pagar, claro, y que si me apetecería ir a alguna de ellas. Así comencé a entrar en el mundo swinger, en el que vivo desde hace unos cuantos años ya. El final de fiesta fue tomando el sol, mi negrito me hizo volar bajo la dictadura de su lengua. Luego el señor me estuvo comiendo el sexo otra vez mientras los otros hacían lo mismo. La señora me comió la boca y ciertamente me gustó. Nos corrimos casi a la vez enganchadas nuestras lenguas. Luego antes de comer me subí a duchar a la habitación, la señora entró también sin avisar y estuvimos disfrutando un buen rato de nuestros sexos mientras ellos hacían la comida. Nos secamos, nos tumbamos en la cama y nos estuvimos comiendo el coño mutuamente hasta que nos corrimos.

Mi negrito me dijo que si volvía de vez en cuando a ir con él a estas sesiones que no me cobraría cada vez que esté con él. De hecho, a la semana siguiente me llamó y vino a verme, fui a buscarle a la estación y lo llevé a mi casa. Le dije que a partir de ahora, sin dinero de por medio, no debía hacerse lo que yo quisiera únicamente. Desde que le dije que me lo hiciese como quisiera (cuando lo del suavecito) mis relaciones con él fueron más placenteras si cabe. Era lo que queríamos hacer los dos, no yo. Empezó a tener fijación con darme por el culo, pero es que a mí ahora me encanta. Dice que eyacular dentro de mi culo es lo más placentero del mundo y eso a mí me encanta porque dedicándose a lo que se dedica es un gran cumplido. Cuando viene por aquí suelen ser dos tipos de días, si viene a principios de semana está conmigo normal, con esa tranca grande y recta que tiene me suele llenar todos mis orificios dejando su semillita en cada uno de ellos (a veces está de lunes a jueves en mi casa) y si es antes del fin de semana suele cuidar mucho su eyaculación, pero con su lengua mitiga realmente mi necesidad de tener su sexo dentro de mí. En estas ocasiones me lame el coño constantemente, sin parar. Algún jueves he contado yo que me he corrido seis veces sobre todo con su lengua.

He ido con él a otros encuentros con parejas de cierto nivel, sólo me ha invitado a cosas que sabe que me gustaría. Gente maja y me avisa de si la señora quiere también guerra. Tiene llave de mi casa y viene cuando quiere. Digamos que con él yo sólo lo hago entre semana y si es fin de semana es que hemos ido a alguna fiesta, aunque pocas veces lo hacemos entre nosotros porque cada uno suele estar con uno de los clientes. Cuando voy a Madrid me suelo reservar con él un lunes para que se pueda ocupar de mí su inmensa, gorda y recta verga. Me muero por la verga de mi negrito, que lo sepas, pero tengo muchas más pululando a mi alrededor.

Exactamente me muero por su verga en mi vagina, para el culo prefiero la de un amigo de mis amigos de Madrid, inglés, negro también, la tiene grande, no como la de mi negrito, pero es inmensamente ancha y adoro como me lo rompe, según le veo en una fiesta me pego a él y no paro hasta que me taladra el ojete. Mi otro negro tiene además una peculiaridad y es que me presiona los botoncitos de mis areolas a la vez mientras me da por el culo subiendo de intensidad según se va poniendo a tono. Eso provoca en mí una intensidad superpotente, pues estoy a la vez repleta de su ancho miembro con un ligero atisbo de dolor que va desapareciendo, mientras en el que me provoca en los pezones va subiendo. Me corro que no veas.

Para hacer lamiditas la de mis negros no suelo abarcarlas y prefiero otras más pequeñas que me las pueda comer enteritas y que se me corran como locos, como la de mi amigo de la sierra. Para comerme a mí, prefiero una chica, mi amiga de la sierra me lo hace fenomenal.

Te contaré uno de mis episodios con esta señora y otra tipa estupenda, levantina ella, con la que nos embarcamos en una aventura un tanto peligrosilla pero que al final no lo fue tanto. Con mis amigos fui a una fiesta en Alicante, a bordo de un yate de unos amigos suyos. Follamos a saco como casi siempre y acabamos comiendo al día siguiente en la casa de esta nueva amiga levantina con su marido, mis amigos, un conocido ruso y yo. El ruso nos habló de que tenía que preparar una reunión con unos exmilitares rusos en una visita que harían a Mallorca. Vendrían chicos, alguno con alguna jovencita rusa, pero sobre todo casados sin esposa, serían unos quince en total y querían chicas que sólo hablaran español, pero que no fuesen putas. Nos invitaba a ser esas chicas. Entre el señor de la sierra y el de la amiga levantina nos animaron, el ruso nos prometió que nos tratarían muy bien. Sería un fin de semana en un yate en el que ellos harían negocio y nos follarían y nosotras tomaríamos el sol y follaríamos. Fuimos al yate, al final fueron dos rubias escuálidas de tetas operadas y nosotras tres, 5 para 15. Sólo podríamos vestirnos si teníamos frío y tendríamos que obedecer cuando quisieran tener sexo. Para ponerte un ejemplo, nos tocó hacer una mamada a tres rusos, los más gordos, mientras ellos veían un partido en la tele con una copa en la mano. Nos follaron a saco, las pobres jovencitas estuvieron recibiendo casi todo el tiempo. A una no la recuerdo sin estar follando. Con alguno de los más jóvenes, totalmente fibrosos y musculosos, fue realmente delicioso, disfruté mucho con aquellos tipos. A mí me eyacularon los 15, mis compañeras de fatigas estuvieron con alguno menos, pero casi todos. Fue como un maratón.

A fuerza de ir entrando en el mundo swinger he ido conociendo a mucha gente, y ahora ya selecciono muchísimo con quién voy. Normalmente tengo la agenda ocupada de reuniones de este tipo, casi todos los fines de semana me apunto a un festival y si no lo tengo me voy con las amigas que andan un tanto mosqueadas. A veces se creen que tengo novio y otras que no me como una rosca, yo sólo les digo que he quedado con unos amigos. No digo ni mú.

Soy bastante requerida, porque saben que suelo ir sola a las reuniones, que doy buen aspecto, que mis enormes tetas enamoran a los chicos, que no tengo prejuicios a hacérmelo con quien sea y que me lo paso bomba con el sexo anal.

Bueno, esto es todo, seguro que te has relamido leyendo cómo la verga de mi negrito me hizo swinger.

Un beso

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Sexo intenso con Tauro

Desde que lo vi en la cabina de DJ supe que tenía que cogerme a ese hombre a como diera lugar. Aún a metros de él y entre toda la gente que había en la disco esa noche, juraba que podía olerlo. Cerraba los ojos, pensaba en encerrarme con él en la cabina, abrirle los pantalones y darle la mamada de su vida.

Por fin logré acercarme, el profundo escote de la pequeña pieza de tela que decía ser un top era una clara invitación para que lo hiciera a un lado y pudiera chuparme las tetas. Solo pensarlo me ponía duros los pezones. Sé que hablábamos de algo pero no estoy segura de qué, solo podía pensar en abrir las piernas para que me empalara con su verga hasta el fondo, solo podía pensar en tener sexo intenso con él. Al terminar la noche, mi amiga y yo habíamos sido invitadas a su casa de playa para celebrar su cumpleaños el siguiente fin de semana.

Su amigo y él pasaron por nosotras y llegamos a la casa por la tarde de un viernes. Todo estaba listo para tres días de fiesta continuos. El lugar era enorme, frente a la playa y con un jardín trasero que se extendía hasta la selva. Era un paraíso para perderse y cumplir toda clase de fantasías  y en la recámara principal, un balcón con una alberca interior con vista al mar era como un sueño.

El lugar estaba a reventar para cuando llegamos así que aventamos las maletas en su cuarto, me puse un bikini negro minúsculo y un pareo rojo, él nada más se puso un traje de baño azul con grandes flores hawaianas blancas y salimos a la fiesta. Un grupo local tocaba música tropical y para mi sorpresa me invitó a bailar. Me tomó de la cintura, apretándome contra su cuerpo. Es un hombre enorme, a su lado me siento tan pequeña. Quiero sentirlo encima de mí, quiero sentir su peso mientras me la mete. Bailamos, fajamos, nos tocábamos al ritmo de la música. Su mano que había empezado en mi espalda ya estaba casi a media nalga. Al terminar una canción me apretó contra su pelvis, pude sentir su verga inflamada de ganas. Bajó más la mano y la metió entre mis nalgas, la punta de su dedo rozando mi coño húmedo.

Tallé mis senos contra su pecho, deseaba tanto meterme su verga entre los senos y lamerla. Me besó con ganas, su lengua seguía el suave movimiento de su dedo, me hizo gemir en sus labios.

“Quiero comerte toda, ahora.”

Me dejé llevar a la recámara y en cuanto cerró la puerta me puso de frente contra el espejo del tocador. Parado atrás de mi me hizo ver como hacía a un lado los pequeños triángulos que tapaban mis pezones. Los tomó entre sus dedos, apretándolos y acariciándolos hasta que se pusieron duros, entonces los pellizcó más fuerte hasta que me hizo gemir casi de dolor. Subió una mano y metió sus dedos a mi boca, me hizo chupárselos mientras con la otra mano me quitaba el pareo y deshacía los nudos de la parte de abajo de mi bikini, dejándome así frente al enorme espejo, atrapada con una mano en mi boca y otra en mi entrepierna.

Vi cómo iba abriendo mis labios exteriores para dejar expuesto mi clítoris. Me empujó la cadera y me abrió las piernas para que pudiera ver mejor cómo me masturbaba. Sacó sus dedos de mi boca y regresó a mis senos. Ni siquiera me había penetrado y ya me iba a venir. De pronto paró y me aventó sobre la cama.

“Mastúrbate para mí.”

Se sentó en un sillón a los pies de la cama, así que me acomodé en la orilla para que pudiera ver todo el espectáculo. Con una mano empecé a separar mis labios y con la otra, a acariciar la entrada de mi coño como él lo hizo mientras bailábamos. Estaba tan mojada que se escurría todo hasta mi culo, así que lo acaricié también, mientras me masturbaba con la otra mano.

Él estaba muy cerca, podía sentir su respiración, soplaba suavemente mientras yo me metía el dedo medio en el coño. Estaba tan caliente y apretado adentro, húmedo, ya estaba lista para su verga, pero me dijo que me metiera otro dedo. Acariciaba mis muslos y jugaba suavemente con mi culo, así que le obedecí. Podía escucharlo jadear mientras me veía meterme los dedos. “Otro más.” Tenía ya tres dedos metidos en mi coño, iba a estallarle en la cara, empezó a lamerme alrededor de los dedos y cuando no pude más, los saqué para que él metiera su lengua hasta el fondo, comiéndose todos mis jugos.

“Sabes delicioso. Podría estar aquí por siempre.”

Empezó a chuparme, metía la cara completa entre mis piernas, me lamía y me mordisqueaba el clítoris, haciéndome temblar de placer, haciéndome venir de nuevo en su boca. Cuando por fin me dejó ir me paré junto a él. “Es mi turno” le dije, y lo tiré sobre la cama. Le bajé el traje de baño y dejé expuesta su deliciosa verga. Tenía que lamerla, desde los testículos hasta la punta. Era como una deliciosa paleta y cada que daba un lenguetazo, podía escucharlo gemir de placer. Me la metí en la boca completa, hasta que toqué su vello y pude llenarme de su olor mientras lo hacía arquearse de placer. Agarró mi cabello y me bajó de la cama, haciéndome hincar, se sentó en la orilla con su verga frente a mí, me la talló en toda la cara y me la metió en la boca hasta el fondo. Mientras me hacía mamársela con fuerza levanté la vista y lo vi sonreír. “Me voy a venir en tu boca, preciosa. Y te lo vas a tragar todo.”

Fue cuando sentí como estallaba y me llenaba la boca de su leche, me la tragué toda y lo limpié con la lengua. Nos subimos a la cama y me hizo acostarme. Levantó mi cadera hasta que mis piernas quedaron en sus hombros y se volvió a meter entre mis piernas.

“Te dije que quería comerte toda.” Su lengua se movía suave entre mi coño y mi culo, acariciando mi clítoris y haciendo que me mojara de nuevo. Me metió la lengua suavemente, moviéndola dentro de mi.

“Necesito que me cojas.” suspiré. “Necesito tener sexo intenso contigo.”

Levantó la cabeza de mi concha, “Cómo gustes y mandes, preciosa.” Me acostó de nuevo y puso la punta en la entrada. “Voy a hacerte gritar.” Me empaló tan fuerte que solté un alarido de placer. Sentirlo encima, probar mi sabor en su boca mientras me tiene con las piernas en el aire, cogiéndome con fuerza, como un toro. Su verga ancha me abría, se deslizaba haciéndome gritar hasta venirme, las piernas me temblaban.

Me puso boca abajo, se acomodó entre mis nalgas y me la metió en el culo. Estaba tan excitada que gemí de placer. “Qué apretadita estás, preciosa. Vamos a abrirte un poquito más.”, y empezó a hacer círculos metido en mi, abriéndome y haciendo que parara más las nalgas de placer, para darle mejor acceso. Metió su mano bajo mi cadera y encontró la punta de mi clítoris excitado. “Vamos a venirnos juntos, ya te llené la boca, ahora te voy a llenar el culo.” Empezó a meterla y sacarla con más velocidad, yo sentía como sí me fuera a desgarrar pero al mismo tiempo como sí fuera a estallar de placer. Sentí como me pulsaba por dentro, me masturbaba, nos íbamos a correr los dos y fue cuando su leche empezó a escurrir por mis muslos.

“Qué sabrosa estás. Y qué rico coges, preciosa.”

Tomamos una pausa, abrimos otra botella y nos tiramos en la cama, pero pronto su mano empezó a acariciarme la pierna, el muslo. Sabía a dónde iba y abrí un poco más las piernas. Sus dedos fríos por el trago contra mi piel caliente. Tomó un hielo del vaso y lo pasó por mi rajita, me hizo sacudirme. Bajó a lamer el agua que había dejado el hielo y a ver que tan mojada estaba para volver a cogerme. Abrió más mis piernas para dejar mi coño expuesto y metió el hielo, lo empujó hasta el fondo con su dedo y empezó a moverlo para buscar mi punto G. Su lengua jugaba con mis pezones, los lamía, los mamaba. Eso me prendía aún más.

Cuando se puso boca arriba me monté en él. El agua fría del hielo derretido en mi coño escurría cuando me senté en su verga. Subía y bajaba lentamente para poder sentirla toda entrando en mi, para irlo prendiendo cada vez más. Casi estaba recargada en él y mis senos se mecían contra su pecho. Puso sus manos en mi cadera para empujarme más hasta el fondo, haciéndome arquear de placer. Fue llevándome así, primero suave, sintiéndolo bien adentro, en círculos. Luego me subía y bajaba muy despacio, bien profundo. No pude más y empecé a mover la cadera para sentirlo dentro de mí, él me apretó más, aumentó el ritmo, me fue llevando cada vez más al límite, me hacía gemir cada vez más fuerte.

“Grita, disfrútalo, quiero que grites y que te dejes sentir todo el placer del sexo intenso.”

Me vine con un casi alarido de placer, sus manos deteniendo mi cadera, arqueada sobre él. Todo mi cuerpo se sacudía en oleadas de placer y sentía cómo me corría. Justo en ese momento me levantó, me acostó a su lado y se vino sobre mi vientre.

La fiesta seguía, de pronto me di cuenta de la música, la gente. Podía escuchar gemidos provenientes de la alberca interior. Cuando volteé, encontré a mi amiga con el amigo y otra pareja viéndonos, se estaban tocando entre ellos.  Entonces se acercó a mi oído y susurró: “Preciosa, el sexo intenso apenas va a comenzar…”.

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Sexo anal con tres amigos II

¡Hola! Por fin he podido conectarme para subir la última parte de mi experiencia de sexo anal con tres amigos. Ha sido un verano muy…movidito! Jijij. Espero que os pongáis tan calientes leyéndolo como yo recordándolo y escribiéndooslo, ?

Noche de sexo anal brutal

Dejé de comerle la polla a sus amigos por un instante, pues necesitaba concentrarme en relajar el esfínter para que entrasen los primeros centímetros de una polla que podría medir unos 22 centímetros de largo por unos cinco y medio de ancho. Noté perfectamente cómo entraba el glande después de un pequeño embate que me sacó un breve gemido de dolor. Empezó a meter y sacar el glande morado de su enorme pene unas cuantas veces hasta que decidió, sin previo aviso, meterme gran parte del mismo. Casi me entraron ganas de vomitar al sentir toda aquella carne en mi recto, y al empezar el movimiento de salida, descubrí todo un mundo nuevo de placer.

Así, tras las primeras acometidas pude continuar comiéndoles la polla a los amigos de Iván, que se afanaba en meterme hasta el último centímetro de su lanza, notando sus huevos golpear contra mi mojado chochito. Jamás había empezado a follar por el culo antes que por mi rajita, pero sentía un placer indescriptible en mi ano, que se estaba dilatando de una forma que jamás en mi vida pude haber sospechado.

En ese momento me pregunté cómo iba a sentirme cuando Rubén me penetrase con aquél misil, más corto que el rabo de Iván, pero de unos seis centímetros o más. No podía abarcar su tronco con una mano, y pensar en eso me asustó un poco. Supuse que con más lubricante podría solucionarlo.

Iván me tenía bien agarrada por las caderas, atrayéndome hacia él casi con violencia y gimiendo como un poseso. Yo también gemía y casi gritaba, aunque me contenía para no dar el espectáculo.

-Tío, me toca ya, ¿no? –Sugirió Rubén-.

-No, no, ahora quiero esta polla –dije mientras movía el miembro de Darío, pues tenía un rabo durísimo y algo menos grueso que Rubén-.

-Toma tío, jódete colega, prefiere mi polla, jajajaja.

Rubén no dijo nada, pero hizo una mueca como de desaprobación. Por su parte, Iván salió de mí y, en lugar de venir a darme su polla, se sentó en el sillón de atrás.

Darío ocupó mi dilatado esfínter anal, y entró apretando, pero sin dificultad. Era maravilloso ver cómo tres tíos tan buenos, con esas pollas tan grandes y tanta experiencia en eso de follar, estaban tan  excitados con mi cuerpo y con mi manera de moverme. Miré hacia atrás, al sillón en el que estaba sentado Iván pajeándose, y me puso muy cachonda ver la cara de vicio que tenía mi amigo mientras miraba cómo Darío me empalaba. Rubén me cogió la cabeza y me hincó en su grueso miembro, cosa que me costó bastante debido al gran tamaño del mismo. Darío me dio una fuerte nalgada al mismo tiempo que aceleraba sus embestidas, pero yo apenas podía gemir por tener la boca ocupada y a Rubén empujándome hacia abajo, como queriendo traspasar mi garganta. Le daban igual mis arcadas, la gran cantidad de saliva que se me salía y mis ojos lagrimeantes, él solo quería que abarcase la mayor cantidad de rabo posible.

-Me vas a ahogar, cabrón –le reproché, una vez conseguí liberarme-.

-Toma, cómeme los huevos –y se cogió los dos huevos y me los ofreció-.

Empecé a lamerlos suavemente, pero en cuanto cerró los ojos por el placer, succioné uno de ellos con fuerza, metiéndolo y sacándomelo de la boca con la misma fuerza de succión. Él soltó un alarido, no sé si de placer o de dolor, pero al poco me levantó la cabeza y se levantó. Darío salió de mí y Rubén nos invitó a cambiar de postura. Él volvió a sentarse, y me pidió que  me subiera encima de él, cosa que hice.

No todo fue sexo anal

Coloqué su miembro en la entrada de mi vagina, empecé a frotarlo suavemente mientras él me comía los pezones, primero uno, luego otro y finalmente juntando mis tetas y comiéndoselas enteras al mismo tiempo. Logré meterme la cabeza de su polla en mi cuevita, y solo con eso noté cómo jamás había estado tan llena. Mi chochito no dejaba de lubricar, y un cosquilleo me subía por la barriga y por la espalda hacia arriba. Poco a poco fue entrando cada vez más en mi interior, hasta que me cogió por las caderas y, mientras me miraba a los ojos, me la metió toda del tirón. A mi grito de dolor y placer le siguió una serie de embestidas en mi coño que me hizo estallar en el primer orgasmo de la noche.

Fue el orgasmo más largo que nunca había tenido, pues Rubén no paró de follarme ni siquiera cuando me quedé sin fuerzas encima de él, pues me tenía bien agarrada por la cintura y bien penetrada por el coño. Frenó su ritmo al sentir que se corría y salió de mí. Enseguida ocupó su lugar Iván, pero al penetrarme se dio cuenta de que mi coñito ya estaba secándose y nos iba a doler a ambos, así que me colocó a cuatro patas de nuevo, me hincó la cabeza en el sofá para dejarle completamente servido el culo, se untó la polla con lubricante y empezó a follarme de nuevo el ano sin compasión. Yo ya solo podía gritar, aunque al tener la boca contra el sofá casi no se me oía.

Cuando ya no podía aguantar más, Iván salió de mi culo, sentí un chorrito de lubricante en mi agujero y, sin mediar palabra, sentí la enorme verga de Rubén penetrar de forma brutal en él. Iván se colocó debajo de mi boca ofreciéndome su verga. Mis gritos hicieron que Rubén me tratase con algo más de suavidad, cosa que aprovechó Iván para meterme su polla en la boca y no dejarme salir de ahí.

Me excitaba enormemente sentir cómo Rubén me atraía hacia él agarrándome por las caderas y penetrándome con suavidad. Cuando logró meter toda su polla hasta los huevos, empezó a masajearme el clítoris con una de sus manos, cosa que agradecí, pues mi vagina empezó a lubricar de nuevo. Mientras él me estimulaba mi botoncito, yo empecé a balancearme de adelante hacia atrás para sentir su virilidad en mi recto. El placer que sentía era indescriptible, tanto, que empecé a acelerar el ritmo hasta que fue Rubén quien volvió a cogerme de la cintura para aumentar la violencia de las acometidas. Así, dando un sonoro alarido de placer, me inundó el recto con su leche caliente, saliendo un poco de la misma debido a la gran cantidad de leche.

Iván seguía recibiendo mi mamada al tiempo que le pajeaba la polla y, cuando vi que no podía aguantar más, me la saqué de la boca y le pedí que se corriera dentro de mi culo. Se levantó como un resorte y me penetró con suma facilidad. Nada más comenzar el mete saca se corrió dentro de mí, cosa que agradecí, pues sentir esos fluidos calientes en mi recto me aliviaban mi dolorido ano.

Darío vino hacia mí, me ofreció su polla y la empecé a mamar con gusto, pasando la lengua por el glande hasta los huevos, los cuales succioné con placer mientras veía cómo se retorcía de gusto. Al mismo tiempo, empecé a sentir las caricias de Iván en mis nalgas, intercalando leves cachetazos en ellas que me excitaban muchísimo. Cuando la polla de Darío estuvo bien parada de nuevo, me tumbé bocarriba en el sofá para que me follara en la postura del misionero, lo cual aceptó de inmediato. Metió toda su verga en mi rajita y empezó un mete saca constante, rápido y delicioso, mmm, sentía de nuevo un hormigueo por todo mi cuerpo cuando de pronto Rubén me puso el glande de su polla morcillona en la boca. El placer que me estaba proporcionando Darío me hacía imposible concentrarme en mamarle la polla a Rubén, hasta que no pude más y, tras acariciarme yo misma el clítoris, estallé en un nuevo orgasmo. Sin embargo, esa polla no dejaba de taladrarme, mientras que Iván, sentado en el  otro sillón, mostraba una verga dura de nuevo, al igual que Rubén, al que tímidamente le comía la punta de su miembro.

Volvimos a cambiar de postura, esta vez Rubén se acostó debajo, metiéndome su gruesa polla en el coño; Iván se puso en mi retaguardia, para volver a taladrarme el ano, ese ano que tanto le gustaba y que tan dolorido tenía yo; por último, Darío me dio a mamar su polla, que estaba rojísima.

Al principio solo Iván arremetía contra mi culo, pues Rubén se limitó a meterme toda la polla dentro y Darío disfrutaba de la mamada de campeonato con la que le estaba obsequiando. De esta forma, pajeándole la polla al mismo tiempo que le comía los huevos, Darío no pudo contenerse más y me enchufó su rabo en la boca hasta casi rozarme la campanilla, donde descargó un enorme torrente de semen. Creo que a Rubén le tuvo que caer algo, pues se quejó y empezó a insultar a Darío mientras este se reía del otro, casi mareado por la enorme corrida que acaba de tener. Rubén empezó a  su vez a meter y sacar su polla en mi coño al mismo tiempo que Iván me empalaba por detrás.

-Aaahh, ya no puedo mááás…-gritaba Iván sin dejar sus acometidas-.

-¡Vamos, córrete dentro, dame tu leche…córrete dentro!

Así fue cómo se corrió por segunda vez en mi culito mi amigo Iván, quien al terminar de correrse vino hasta mí y me besó en la frente, pues aún tenía restos de semen de su amigo Darío en la comisura de los labios. Rubén me cogió del culo para fijar mi cuerpo contra el suyo, empezó a follarme con gran violencia por el coño con su gran polla gorda y yo sentí casi desfallecer cuando me sobrevino el tercer orgasmo. Él, al ver que me estaba corriendo de nuevo, siguió con su ritmo. Una vez paré de gemir, salió de mí, me tumbó bocabajo en el sofá, me abrió los cachetes del culo y me metió poco a poco la polla hasta quedar completamente enterrada en mi interior. Se tumbó encima de mí y empezó a follarme de menos a más al mismo tiempo que me mordía la nuca y me lamí la oreja. Me tenía abrazada con sus manos en mis tetas y su polla entrando y saliendo de mi dilatado ano hasta que, en un último empujón que me hizo sentir su polla casi en el estómago, volvió a inundarme el recto con su semen.

Al terminar de correrse me dio un beso en la nuca y me ayudó a sentarme. Luego, entre los tres me llevaron al baño, pues no podía ni andar. Tras orinar y expulsar casi todo el semen de mi ano, me ayudaron a ducharme, pues no solo no podía andar, sino que además no podía entrar en la bañera, ni agacharme.

Cuando vino mi pareja unos días después, le conté que me había caído. Menos mal que las nalgadas y embistes que recibí me dejaron algunos cardenales y gracias a eso me creyó.

Desde entonces tengo claro que nunca más voy a tener sexo anal con desconocidos. Al menos no la primera vez.

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Nudismo e intercambio de parejas en la playa

Nunca olvidaré aquel día de sexo anal en la playa porque además de ser mi primera vez haciendo nudismo, fue mi primera vez en un intercambio de parejas en la playa.

Todo sucedió a finales de septiembre, cuando apenas había ya gente en la playa, mi novio y yo fuimos a pasar el día en la playa de Nerja (Málaga).
Fuimos a una pequeña cala, famosa por ser nudista, aunque nosotros no solemos practicar el nudismo ya que ambos somos muy vergonzosos. La idea era aprovechar lo poco que quedaba de sol de verano para coger algo de color, y allí podríamos probar eso del nudismo.

Accedí a practicar nudismo con mi novio

Mi novio Manu llevaba un tiempo intentando convencerme para ir allí a hacer nudismo, hasta que finalmente accedí.
En cuanto llegamos podía verse desde arriba la pequeña cala vacía, sin nadie que pudiese molestar. El mar con un agua azul transparente que permitía ver perfectamente el fondo, y sin nada de viento. Nada más llegar a aquel sitio, noté que sería un buen día de playa.

Bajamos a la cala por unos de los caminitos que hay en la zona e instalamos la sombrilla y toallas. Colocamos la nevera y nos empezamos a echar crema el uno al otro, cuando en ese momento vimos que otra pareja bajaba por la montaña, dirección a la cala dónde estábamos nosotros.

Manu y yo seguimos úntandonos crema y preparándonos para tomar el sol como un día cualquiera de playa. Mientras aquella pareja se empezaba a instalar apenas a unos 10 metros de donde estábamos nosotros. Tampoco era muy grande la cala por lo que no nos molestó. Es más, con la idea de que íbamos a hacer nudismo iba algo cachonda ese día a la playa, pero al ver más de cerca al chico de la pareja, me puse más cachonda aún ya que era bastante atractivo.

Yo ya le había untado crema a Manu, por lo que me encontraba tumbada bocabajo y él encima de mí untándome crema en la espalda, cuando empecé a notar algo duro apretándome por detrás, por lo que le dije en voz baja “¿Manu qué haces?”

Una chica de cuerpo perfecto

Al levantar la cabeza, pude ver por qué Manu estaba de repente tan excitado… La pareja de al lado había terminado de poner sus toallas y habían comenzado a desnudarse para tomar el sol.
Nosotros, al no estar acostumbrados a eso, nos quedamos mirando callados durante unos segundos. Incluso creo que se dieron cuenta de que los mirábamos con cara de extrañados, pero no pareció importarles lo más mínimo y siguieron a lo suyo. Echándose también crema y hablando.

No me extrañaba que Manu estuviese tan embobado ya que he de reconocer que la chica tenía un cuerpo perfecto. Un pecho grande y firme, una cintura fina y un culo bastante prieto. Un cuerpo que aun estando a unos 10 metros podía verse bien definido. Pero ella no era la única que tenía buen cuerpo, ya que al levantar la cabeza y ver a su chico con esa gran polla quitarse el bañador, me encendió por dentro más aún de lo que estaba con aquella situación, en una playa nudista y con dos hombres bastante atractivos. El cuerpo de aquel chico no era normal, tenía una gran espalda, algo que siempre me ha puesto muy cachonda en los hombres, y un gran tatuaje de un águila en la espalda que para mí, lo hacía aún más atractivo.

Manú se tiró un buen rato untándome crema en la espalda, más de lo que solía tardar, cosa que no me molestaba aun sabiendo que realmente estaba mirando de reojo a esa chica. Y es que Manu es un salido, cosa que nunca ha ocultado y que a mí siempre me ha encantado.

Al terminar de untarme crema, Manu me dijo en voz baja que qué me parecía esa pareja que había llegado, a lo que respondí con picardía que el chico no estaba nada mal. Manu se rió y me respondió entre risas que la tenía casi tan grande como él y que además su novia no estaba nada mal.

La pareja, a diferencia a nosotros, parecía estar a solas en aquella playa. Ni si quiera nos habían mirado, y hablaban entre ellos como si estuviesen solos allí, sin importarles nada más. El chico se tumbó boca arriba sobre su toalla y yo no podía dejar de mirar hacia su enorme polla recostada a un lado sobre su muslo izquierdo. Es cierto que Manu la tenía casi igual de grande, pero esa polla era algo más gorda y podía verse perfectamente que empalmada debía ser todo un lujo tenerla dentro.

Manu y yo estábamos aún con nuestro bañador y bikini ya que nos daba corte desnudarnos delante de otra pareja, y más estando tan cerca de ellos. Sería la primera vez que haríamos algo así. Nos pasamos un rato como si nada, tomando el sol y hablando de cómo nos sentíamos allí en aquella playa nudista.

Desnuda en público por primera vez

Mientras la pareja de desconocidos se levantaba e iban a la orilla a bañarse totalmente desnudos, Manu y yo aún discutíamos sobre qué hacíamos allí, si no íbamos a ser capaces de desnudarnos en público, cuando de repente Manu me sorprendió poniéndose de pie y bajándose el bañador. Yo me puse colorada, mientras él se reía mirándome. Convenciéndome para que lo siguiese. Entre la excitación del momento y el miedo al ridículo por no ser capaz de quedarme desnuda en aquella playa, le seguí. Me quité el bikini mientras permanecía tumbada en mi toalla.

Manu se tumbó en la suya boca arriba y los dos nos quedamos tomando el sol desnudos boca arriba por primera vez, mientras hablábamos bromeando de cómo se sentía el sol en nuestras partes y sobre cómo sería bañarse desnudos en el mar.

Al llegar la hora del desayuno, después de un rato relajados al sol, nos reincorporamos para comernos unos bocadillos y tomar unos refrescos que habíamos llevado, tras lo que pudimos ver a la pareja de al lado tumbados de nuevo en sus toallas besándose algo acalorados.

Nosotros desayunamos con normalidad mientras veíamos que aquella pasión iba a más. Nos era imposible no mirarles mientras se besaban y frotaban cada vez con más ganas, llegando a verse una clara excitación en el chico, que le dejaría su gran polla bastante dura e hinchada.

Sexo en el mar

Manu, mientras miraba sin apartar la mirada de aquella pareja me comentaba que se estaba excitando bastante, proponiéndome ir a bañarnos al mar dónde no nos viera nadie hacerlo. A lo que respondí sin pensármelo dos veces que sí, ya que tenía el clítoris como una piedra de duro con la excitación que tenía. Tras lo cual me levanté y lo cogí de la mano dirección a la orilla.

Al llegar a la orilla y probar que el agua no estaba nada fría, pude ver que Manu ya estaba empalmado, sin haberme tocado aún. Entramos al agua comiéndonos la boca y abrazados, mientras los dos mirábamos a la pareja que había quedado en las toallas. Mientras Manu me hacía un dedillo frotando con suavidad mi clítoris, yo le hacía una paja poco a poco mientras su polla cogía todavía más firmeza.

Desde el agua, con poca profundidad para hacer pie y poder movernos mejor mientras nos abrazábamos, podíamos ver cómo la otra pareja había empezado a practicar el sexo también. El chico tumbado boca arriba, le agarraba los pechos a su chica mientras la penetraba una y otra vez.

He de decir que ella sabía mover la cintura y ambos parecían disfrutar como si fuera la primera vez que lo hacían. En ese momento me agarré con mis piernas a la cintura de Manu, agarré su dura polla y me la introduje en el coño con suavidad. Pese a estar mojado, los dos metidos en el mar de cintura para abajo, aquello estaba bien lubricado con la excitación de aquella escena.

Manu empezó a follarme lentamente, mientras me sostenía con las manos agarradas del culo. Un sensación genial, porque al estar en el agua y notar menos mi peso, Manu pudo aguantar subiéndome y bajándome, agarrándome fuertemente del culo durante un buen rato. Mientras yo mordía el cuello de Manu y gemía excitada por la sensación de follar en el mar, y por sentir la gran polla de Manu que también he de decirlo, podía ver cómo la otra pareja se levantaba de sus toallas en pleno polvo y entre risas el chico subía a su chica a caballito dirigiéndose hacia la orilla. Muy cerca de donde nos encontrábamos nosotros.

Al llegar a la orilla, el chico dejó a la chica en el suelo y esta se puso a cuatro patas. Él enseguida se arrodilló y empezó a penetrarla por detrás, todo mientras nos miraban y reían. Yo me puse algo nerviosa, quizás fuese por la vergüenza, pero enseguida Manu me miró a los ojos y me dijo: “Vamos a jugar nosotros también en la orilla, seguro que es más cómodo.”

Me dejé llevar y seguí a Manu, que me llevaba de la mano hasta la orilla. Al salir, nos acercamos y como a unos 5 metros de la pareja Manu se sentó en el suelo, tirándome de la mano para que me sentase sobre él, o más bien sobre tu excitada polla.

Mi primer intercambio de parejas en la playa

Estuvimos las dos parejas un buen rato follando, mientras nos mirábamos y entre risas nos echábamos algunas que otras mirada bastante cómplices.

Fue entonces cuando aquella chica se levantó y se acercó a nosotros, preguntándonos que si nos importaría ayudarla con aquella calor que tenía con una voz algo cachonda. Manu estaba con cara de embobado y guardaba silencio, bastante cortado con aquella situación, por lo que tuve que ser yo la que respondío. Le respondí, mientras aún movía suavemente mi cintura sobre la polla de Manu, que si su chico participaba quizás podríamos llegar a un acuerdo. Algo que no pareció sorprender nada a la chica ya que tras una ligera sonrisa nos invitó a unir nuestras toallas a las suyas formando un buen sitio para jugar con las cuatro toallas unidas. Libre de arena, de la abrasante arena.

Tras mover todas las cosas y hablar un poco entre los cuatro, la chica y yo podíamos ver que el pene de nuestros chicos habían decaído un poco por lo que los pusimos manos a la obra. Estábamos los cuatro sentados sobre las toallas, cada pareja frente a la otra, y fue entonces cuando ella y yo nos pusimos a tocar a nuestros chicos en su entrepierna, cada una a su novio. Empezamos a hacerles una paja mientras se la chupábamos bien, ganando ambos cada vez mas firmeza y grosor en sus pollas.

Cuando Manu tuvo su polla bien dura, y el otro chico estaba casi igual de excitado, la chica empezó a acariciar el muslo de Manu con una de sus manos, mientras seguía comiéndole el cipote a su novio. Yo, nada celosa, empecé a acariciarle a ella su trasero con mi mano libre. Algo que a Manu pareció gustarle porque en ese momento noté cómo se le ponía aun más dura la polla.

La chica dejó entonces de chupársela a su novio y se vino buscándome la boca, que aún estaba llena comiéndosela a Manu. Le seguí el juego y nos empezamos a besar las dos, mientras su novio se ponía de rodillas y buscaba con su gran cipote el coño de su chica. Noté que estaba metiéndole la polla porque de repente la chica me empezó a besar con más ganas e incluso llegó a morderme hasta hacerme algo de sangre, cosa que ni me dolió ni me molestó.

Tras aquel mordisco, las dos comenzamos a chupar el rabo de Manu, jugando con él y pasándonoslo de una boca a otra. Aún recuerdo al cara de Manu aquel día, parecía bastante feliz en ese momento. El chico, mientras, seguía metiéndosela a su pareja. Tras un rato que aquella postura, en la cual yo estaba frotándome suavemente en el clítoris, Manu se levantó y me puso a cuatro patas, frente a la chica. Él se puso de rodillas detrás mía y suavemente me introdujo su larga polla. Estuvimos aquella chica y yo besándonos un rato mientras nuestros chicos nos follaban suavemente y sin prisa alguna.

Es raro, porque entre ellos apenas hablaron, éramos nosotras las que  hablábamos y nos decíamos lo que nos gustaría hacer, aunque casi siempre nos lo decíamos todo con la mirada. En un momento dado, le dije a la chica que me gustaría probar la polla de su novio, que era bastante gorda… y  nada más decirlo, ella se lanzó a por Manu. Le cogió de la mano y lo tumbó sobre la toalla boca arriba, subiéndose encima de espaldas a él. Así podría mirarnos mientras su chico y yo nos besábamos a la vez que yo le hacía una paja. Apenas me llegaba la mano para agarrar aquella enorme polla.

Mientras la chica saltaba con soltura sobre la polla de Manu, se frotaba su clítoris muy excitada viéndonos follar. Yo me tumbé boca a bajo y le dije al chico que me follara duro, que estaba muy excitada y lo necesitaba. El chico no dijo una sola palabra cuando empecé a notar mi ano bastante dilatado. Sería por la gran excitación del intercambio de parejas o por lo bien lubricado que estaba todo, no lo sé. Pero aquella gruesa polla empezó a penetrarme el culo sin yo estar preparada, y ni si quiera me dolió. Entró directa, poco a poco, pero sin molestarme lo más mínimo. De hecho he de admitir que aunque no lo esperaba en ese momento, me encantó. Llevé mi mano a mi clítoris, mientras el chico lentamente metía y sacaba su gruesa polla en mi culo. cosa que rápidamente me llevó a tener el primer orgasmo.

De fondo, y mientras mordía la toalla retorciéndome de placer, podía oír cómo Manu estaba haciendo un buen trabajo con la otra chica. Ésta no paraba de gemir y de gritar que le diese más fuerte. Al poco tiempo de esos gritos de la chica, pude oír de fondo a Manu diciendo que se iba a correr.

Yo con el clítoris muy sensible me levanté de la toalla, tras lo que el chico me dijo que también iba a correrse ya. Sin pensármelo dos veces, le dije que se pusiese de pie, y yo arrodillada empecé a chupársela. Me daba igual que aquella gran polla acabase de salir de mi culo, solo tenía ganas de hacer que se corriese. Mientras le hacía una buena mamada a aquel chico, pude ver que Manu estaba corriéndose dentro del culo de la chica. Ella estaba recostada sobre la tolla, de lado, mientras él le llenaba su culo de semen, a la vez que ésta se frotaba rápidamente el clítoris llegando a tener otro orgasmo a la vez que él.

A los segundos de terminar la chica y Manu, mientras seguían riéndose y limpiándose, aquel chico soltó lo más grande. Nunca había visto a ningún hombre eyacular tanta cantidad de semen. Supongo que sería por lo caliente que se había puesto con aquella follada en público.

Tras limpiarnos, los cuatro nos dimos un baño en el mar cada uno con su pareja, pero juntos. Estuvimos hablando como buenos amigos durante un buen rato, hasta que empezó a anochecer y tuvimos que recoger para irnos.

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