Sexo salvaje con la señora Fabiola

Hola, mi nombre es Alexander. Este es mi primer relato erótico, así que empezare haciendo una breve descripción sobre mí: tengo 22  mido, 1.90 de alto, soy blanco, cabello chino largo, soy de complexión atlética diría yo, juego al fútbol americano desde los 6 y tengo ojos grises claros. Después de esta breve descripción, empezaré con mi relato erótico.

Todo empezó el viernes, 6 de noviembre del año 2015. Yo estaba afuera de casa lavando el auto de mi papá, ya que, para que me lo preste, primero tengo que lavarlo, pulirlo, etc.  Como esa noche saldría con mi linda novia, llamada Marizas -de ella les contare en otro relato erótico-, estaba casi por terminar cuando veo que va pasando la señora Fabiola, mi vecina, una mujer hecha y derecha, como de 1,60 m de altura, con un cuerpo de tentación: con un 93 de pecho, 63 cintura y 95 de cadera… toda una muñeca morena clara, de unos 60 a 62 kilos de peso, muy bien conservada a pesar de sus 35 años y 1 hijos, pues se la pasa en el gym, que está cerca de mi casa. Es la única de mis vecinas que, cuando me piropea, sí me hace ruborizarme. No es que alardee de ser guapo, pero por lo menos de mi calle sí soy el más guapo!! Jajaja, ya que todos los demás chavos son más bajos y morenos.

Bueno, continúo.  Ya estaba terminando de lavar el auto, cuando siento un toque en la espalda, seguido de un “buenas tardes vecinito, ¿cómo estás?” Al voltear, vi a esa mujer viéndome, ya que para lavar el auto solo lo hago en pantalones cortos, y lo hago porque sé que a mis vecinas les agrada… desde la más chica hasta las más grandes, y eso me excita un poco. Me voltee para contestar al saludo, y vi a mi vecina: traía puesto unos leggins negros súper gustos, que hacían resaltar su bien conservado culo grande y redondo, una blusa blanca, también muy justa, y un escote que dejaba ver su grandes pechos, los cuales invitaban al deseo, y con unos tacones altos, que afilaban su ya buena figura.

-¿Qué tal señora, cómo le va? –Respondí.

Ella, haciendo un gesto, me dijo que no le dijera señora, que la llamara solo  Fabiola porque le hacía sentir vieja. Después de eso estuvimos charlando como unos 30 min de cosas triviales hasta que salió a tema que esa noche saldría con mi chica, que iríamos a cenar y después a una fiesta con unos amigos. Ella me dijo que hacía tiempo que no salía a una fiesta, ya que su esposo se la pasa trabajando y que cuando salen solo van a fiestas infantiles por su niño, o a restaurantes donde hay juegos, también por su hijo, que tiene 7 años. Yo, en tono de juego, le dije que cuando quisiera yo la invitaba a salir, a lo cual respondió con una sonrisa y me dijo “pero que sea verdad”.

Entré a casa para darme un baño para ir a por mi chica, y al llegar a casa de mi novia me dijo que no podría ir, ya que tenía una terminar una tarea de la universidad. Me dijo que fuera con mis amigos y que me divirtiera, que ella saldría al día siguiente conmigo, así que me dispuse a ir a la fiesta con mis amigos y ponerme a beber y charlar de cosas de hombres; pero vi que entre las prisas había olvidado mi dinero en casa, por lo que volví a casa, tomé mi cartera y se me vino a la cabeza lo que mi vecina me había dicho, y  pensé que esa era mi oportunidad.

Me dirigí a casa de mi vecina y toqué el timbre. Ella abrió la puerta casi enseguida, diciéndome “hola vecino, pasa”.  Yo pasé con algo de miedo y, al entrar, me preguntó que si quería algo de beber, a lo cual yo contesté que sí.  Se fue a la cocina; yo, por mi parte, tomé asiento. Al regresar de la cocina me le dije lo de mi novia y que venía a cumplir mi promesa de invitarla a salir. Ella dijo que sí, que solo tenía que llevar a su hijo con su hermana.

Sexo salvaje con mi vecina, en un hotel

Nos subimos a mi auto, la llevé a casa de su hermana y después nos fuimos. Pasamos a un lugar al que me gusta ir, pedimos vino y empezamos a charlar. Llevábamos una hora conversando hasta que le pregunté que por qué había aceptado tan fácil a mi invitación. Ella se sonrojó y me dijo que no era de todos los días que el chico más lindo de la colonia le invitara a salir. Yo, al escuchar esto, me puse súper rojo, no sabía que más decir.

Después de un rato terminamos la botella de vino y de comer, cuando le dije que si quería ir a la fiesta con mis amigos. Ella me dijo que sí, pero que le gustaría mejor ir a otro lugar más privado. Al escuchar esto, mi pene se levantó de inmediato. Ella lo notó y dijo: “¿qué te parece si vamos a un hotel?” Eso solo hizo que mi pene quisiera romper el pantalón y salir. Le respondí que sí, así que tomamos rumbo al hotel más cercano.

Ya en la habitación, empezamos a conversar hasta que ella empezó a sobar mi pene por encima del pantalón. Yo respondí apretándole levemente los muslos; comenzamos a besarnos como un par de locos, después ella se subió encima de mí dejándome sus grandes tetas en la cara, y seguimos besándonos  por un rato, hasta que ella se bajó, se puso de rodillas frente a mí y me empezó a quitar el cinturón y a bajar mi cremallera dejando salir a mi pene erecto. Sin decir nada, lo comenzó a chupar poco a poco hasta agarrar ritmo y terminar con toda mi virilidad en la boca. Yo quedé asombrado. ya que mi novia siempre lo había intentado y nada más, no podía. Después de eso se levantó, se empezó a quitar la ropa y cuando quedó desnuda se montó sobre mí; su vagina estaba súper mojada, así que no le costó mucho entrar a mi pene. Cuando la tuvo dentro me empezó a besar y a morder el cuello sin dejar de moverse de arriba hacia abajo. Yo mientras tanto manoseaba su culo grande y firme; estaba en el cielo. Después de un rato en esa posición le pedí que se pusiera a cuatro patas. Ella de inmediato se colocó como le pedí mientras se tocaba los senos con una mano y con la otra se tocaba la vagina. Yo estaba buscando el condón, a lo que ella  respondió que sin el condón era mejor, que quería sentir mi semen en su interior. Al escuchar eso no lo dudé y empecé a bombear: ella solo decía “¡¡sí papi, más fuerte, así, así!!” Yo estaba maravillado viendo sus grandes nalgas chocar contra mis muslos; pasado un rato cambiamos a nuestra posición final, yo acostado y ella arriba de mí. No podía creerlo, estaba con la vecina más buena mientras se aceleraba más el ritmo. Sus tetas se movían de forma suculenta, yo solo las apretaba y chupaba… cuando sentí que me venía, empecé a bombear muy fuerte, dándole tan fuerte que ella solo gemía de placer. Gritaba “¡Sí, más, más, así papi, así!” Terminamos juntos, sentí cómo mi semen llenaba esa vagina. Ella me besó y se cayó encima de mí. Estaba exhausta, y después de eso nos quedamos recostados, pedimos una botella de vino y nos quedamos esa noche en el hotel, teniendo sexo salvaje en la cama, en el baño, parados, acostados, etc. Desde ese día, cada vez que quiero voy a por ella y nos vamos a ese mismo hotel o hasta en su misma casa a pasarla de lo lindo.

Espero y les agrade mi relato erótico, pronto les contaré sobre mi novia Marisa y su amiga Paola, así como de mis múltiples encuentros con la señora Fabiola. Estoy convenciéndola para que me deje darle por el culo, ya que su culo es virgen. En realidad es como que quiere y no, pues dice que le da miedo, pero cada día da su brazo a torcer un poco más. Espero que les haya gustado estas experiencias sexuales de sexo salvaje.

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Sexo duro por misantropía. Segunda parte

Como os comentaba en la primera parte de “sexo duro por misantropía”, mi pasión por el sexo duro nació años atrás de la indiferencia, el odio e incluso la repulsión que siento hacia el ser humano y mi realidad. Y justamente eso hizo que no me diese cuenta del brutal orgasmo que le había sobrevenido a la incauta, quedándose sin fuerzas por unos instantes mientras seguía con mi polla bien adentro de su vagina, de pie los dos y con ella contra la pared. Verla disfrutar no hace más que acrecentar mi odio. Nadie merece que le haga disfrutar, así que no paré de penetrarla apretándola aún más contra la pared, aunque esta vez ninguna mano tapaba su boca, pues ahora le jalaba del pelo mientras que con la otra mano la atraía hacia mí por la cintura. Simplemente tenía la intención de transformar su placer en dolor.

Pronto dejó de tener lubricado el coño. Mejor así, más dolor para ambos. Sin parar de follarla y de agarrarla por el pelo, despegué su cara de la pared para ver su expresión. Con los ojos medio cerrados y la boca abierta, un largo y enrojecido cuello como de cisne esperaba a ser devorado nuevamente.

Aaaah!! –Gritó- ¡uuuff!

Saqué mi polla enrojecida por la fricción y puse de rodillas a mi perra. Cogí sus dos manos y alcé sus brazos al máximo con una de mis manos. Con la otra mano me cogí la polla y se la metí en la boca. Sujeté su cabeza y llevé la punta de mi polla hasta su mismísima campanilla. Arcada tras arcada mi excitación empezó a aumentar, sobre todo por verla indefensa pese a sus intentos por respirar, e incluso por zafarse de la prisión sin rejas en la que se encontraba.

-Glup, glup, glup…-era todo lo que se oía en el salón mientras resbalaban lágrimas de sus ojos, los mismos que minutos antes pedían más fuerte, ahora pedían más clemencia. Siempre más-.

Le metí la polla lo más adentro que pude y la dejé ahí mientras que la mano que antes sujetaba la cabeza pasaba a taparle la nariz, de la cual la atraía para mí. Su cara completamente morada y sus esfuerzos por intentar salir airosa me hicieron aflojar. No quería romper a mi juguete…o al menos no quería hacer más pedazos de él.

Sexo duro sin descanso

Sin soltarle los brazos, pegué su cara contra el sofá. No la penetré. Solo quería verla sometida a mis designios. Solo quería verla rendida. Me senté frente a ella admirando la belleza del sometimiento, expresado este en tan bello cuerpo esperando su destino: una espalda estilizada e inmaculada, unas nalgas puestas a mi gusto y un chochito que volvía a rezumar unos fluidos por los que más de uno mataría. Maravillado ante tan magnífica estampa, me levanté del sillón masajeándome la polla y, al llegar a su altura, le pisé la cara al mismo tiempo que le metía de golpe tres dedos en su raja. Le quité el pie de la cara y se lo puse al lado para que empezase a chuparlo y a lamerlo como la perra que es. Con tanto ímpetu le metía los dedos que podía ver cómo sus rodillas se despegaban del suelo. Sus gemidos ahogados certificaban el inmenso placer que mi perra estaba experimentando, así que intensifiqué la fuerza del movimiento buscando destrozar la mejor herramienta de sometimiento que existe en el mundo: la vagina de una mujer. Sin embargo, aquello la llevó inexorablemente a un nuevo orgasmo que llenó mis manos de su espeso y blanquecino magma de placer, emanado de tan nefasto volcán.

Cada orgasmo suyo la hace un poco más mía; y cada intento por adentrarse en mi mente la deja más perdida aún. Sin apenas fuerza en sus extremidades debido a su resistencia y a sus orgasmos, queda completamente a mi merced. Le doy sus propios fluidos para que los chupe de mi mano, y lo hace con deleite, mirándome a los ojos con esa mirada desafiante tan suya… Es valiente y persistente después de todo, me digo a mí mismo, y eso es lo que la hace merecedora de estos momentos. Y pienso esto mientras vuelven mis demonios a musitarme al oído que vuelva a ahogarla, que tienen ganas de volver a ver cómo se torna esa mirada desafiante en una súplica de clemencia ¡Plas! Suena una nueva bofetada con la mano recién limpia por su lengua, aún mojada de saliva.

No me mires –le ordeno-. Solo chupa –vuelvo a ordenarle, mientras le pongo la mano a la altura de su cara para que pueda olerme la mano, como la perra que sabe que es-. ¡Chupa!

Y sigue chupando creyendo que me importa lo más mínimo lo que está haciendo. Se afana por complacerme sin saber que no puedo lograr complacerme, haga lo que haga.

Toma, ahora cómete mi polla –le ordeno mientras le ofrezco mi dura verga-.

Se hincó todo lo que pudo de mi endurecido miembro. Metía y sacaba cada centímetro de carne con delicadeza hasta rozar su campanilla. Le cogí la cabeza y empecé a incrementar más y más el ritmo. No tardó en llenarme la polla, los huevos y el pantalón de saliva, incluso de lágrimas que se le escapaban al tropezar la cabeza de mi polla contra su garganta. Glup, glup, glup… Cogiéndola de nuevo por el pelo eché para atrás su cabeza, pudiendo contemplar una cara bonita, enrojecida, con el rímel corrido y la boca llena de saliva, que le caía hasta las tetas. Me cojo la polla y le doy golpes cada vez más fuertes en la boca, llegando a salpicar algo de sangre de su labio inferior. En ese momento, se toca el labio agrietado mientras me mira. La más oscura lujuria hace aparición en sus ojos, que ahora piden más sangre y más dolor. Se relame los dedos ensangrentados. Yo te daré dolor, pienso. La vuelvo a colocar a cuatro patas y le clavo mi polla por completo, dejándole caer todo el peso de mi metro noventa de estatura y más de 120 kilos. Un fuerte alarido de dolor sale de su boca, pero no le doy oportunidad para que se repita, pues le cojo la boca con las dos manos y jalo de las comisuras de sus labios, como si se tratase del bocado que se le pone a los caballos. Así seguimos durante unos minutos, sin parar de bombear su dolorido coño mientras sus gemidos se deshacen como el humo tras un nuevo orgasmo que la hace desfallecer sobre el suelo. Por un instante barajo la posibilidad de romperle el culo sin previo aviso, pero solo me limito a darle fuertes nalgadas manteniendo su boca tapada con mi mano. Doy rienda suelta a mi ira con fuertes embistes y nalgadas. Sus glúteos, completamente rojos y con líneas de sangre marcadas, no admiten más dolor.

Aaaaahh –grita, entre sollozos, sangre y lágrimas derramadas-, basta, por favor. Uuuaahh, mmm, por favor, -es lo que alcanzo a entender, pues aún seguía tapándole la boca-.

De pronto, paro de darle nalgadas. Paro de penetrarla. Paro de taparle la boca. Simplemente me salgo de ella, que se da la vuelta mirándome desde el suelo, con el culo apoyado en el frío suelo, como buscando mitigar el dolor con él. La miro fijamente mientras me guardo la polla en el pantalón. Solo veo un despojo con alma, derrotada y con la incertidumbre dibujada en esos ojos que siempre piden más. No he tenido suficiente, ambos lo sabemos, pero el poder nunca estuvo en quien abusa de él, sino en quien lo ostenta sin necesitarlo.

Le invito a levantarse, pues mis demonios guardan silencio. Ella se levanta y se apoya en mi pecho. Su dueño ya se ha ido, y solo le consuela abrazar a un ser indiferente a la espera de que la indiferencia se vuelva a transformar en ira y odio, para volver a tener su dosis de sexo duro.

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