Incesto con mi tía y mi madre

Antes de nada, comentar que la historia de incesto con mi tía y mi madre que os voy a contar es totalmente cierta y sin ninguna metáfora de ningún tipo.
Todo comienza hace un año. Era un día no normal como otro cualquiera; mi madre (Pilar) que tiene 48 años se iba a trabajar cuando de repente mi tía (Amparo) que tiene 54 me llama por teléfono; me dijo que quería hablar primero conmigo, le dije que se pasara por casa. Tardó unos 10 minutos en llegar a mi casa, cuando llegó me dijo que desde que se fue su hijo de casa estaba un poco sola y desanimada, a lo que se me ocurrió una idea descabellada.

Llamé a mi madre y le dije que Amparo estaba muy sola y que por qué no se venía a vivir con nosotros. A ella le pareció genial, así de esa forma no estaría tan sola. Después de que mi madre me confirmara que Amparo venía a vivir con nosotros, nos pusimos manos a la obra con la mudanza.
Mi madre y yo fuimos a casa de mi tía para empezar a recoger cosas para nuestra casa; empezamos a hacer maletas metiendo ropa y tal. Mientras estaba colocando la ropa interior de mi tía en la maleta, mi madre ayudaba a mi tía a recoger un poco la casa para que no quedara nada descolocado.

Cuando llegamos a nuestra casa, le presentamos la casa a mi tía y empezamos a colocar la ropa en la habitación, una vez que la colocamos, mi madre me dijo que se iba a duchar para relajarse un poco de la mudanza y despejarse. A continuación, mi tía me dijo que si le enseñaba mi habitación a lo que yo sin problema ninguno le mostré, de repente mi pene se puso erecto y yo intentaba ocultarlo, aunque Amparo se dio cuenta y me puso mala cara (como si estuviera enfadada por la erección). Le mostré la habitación a mi tía y me dijo que le gustaba y que si su estancia en nuestra casa iba a ser un estorbo.

Después, mientras yo estaba en el salón viendo la tele mi tía le dijo a mi madre que si podían hablar juntas de sus cosas (algo que me parecía normal), fueron a la habitación de mi madre y le dijo Amparo a Pilar que yo me había puesto erecto. Cuando les vi salir de la habitación a mi tía y a mi madre, les vi la cara y estaban como un poco enfadadas como si yo hubiese hecho algo malo.

Al día siguiente, yo me levanté más o menos sobre las nueve y mi tía y mi madre ya se habían levantado como una media hora antes; fui a la cocina y al llegar ya habían terminado de desayunar y me dijeron que iban a salir a comprar debido a que mi madre ese día no trabajaba. Por la tarde, más o menos después de comer, y de recoger toda la cocina, por casualidad, vi cómo Amparo le daba un azote en el culo a mi madre, ellas no sabían que yo estaba en el pasillo cerca de la cocina cuando ocurrió lo del azote, aunque se asustaron porque pensaban que lo había visto (aunque así fue). Pasaron unas dos horas más o menos, y Pilar le dijo a mi tía en voz baja (porque no quería que yo me enterase) que tenía que salir a comprar compresas porque se le habían acabado. Amparo le dijo que a ella le quedaban dos, pero que también tenía que comprar. Entonces, fueron a su habitación a cambiarse y cuando mi madre ya estaba casi cambiada, le entraron ganas de hacer pis y mi tía entró al baño (porque solo tenemos uno) para maquillarse, pero no se había dado cuenta de que mi madre estaba dentro; cuando mi tía abrió la puerta, mi madre dio un grito de susto y se ocultó la vagina porque pensaba que era yo quien entraba al baño y la estaba espiando. Pero cuando ya vio que era mi tía, mi madre se limpió y le oí decir: “Pensé que eras Raúl”. Amparo preguntó y mi madre le dijo que estos últimos días yo estaba muy raro.

Al día siguiente, tanto mi madre como mi tía ya se habían levantado y se acababan de duchar, fui al salón y me las encontré en ropa interior; mi madre tenía un sujetador de color blanco y un tanga rosa y mi tía un tanga negro y un sujetador azul celeste; cuando me vieron recién levantado, se enfadaron conmigo porque pensaban que las estaba espiando, se fueron a cambiar y ordenaron un poco la casa.

Por la tarde, yo me quedé pensando en lo que había pasado por la mañana y me hice una paja. Más tarde, oí cómo Amparo le preguntaba a mi madre que cómo la tenía y mi madre le dijo que ya me la había visto y que le gustaba bastante.

Llegó la noche y encontré a mi madre maquillándose, pensé que iban a salir pero cuando ya no íbamos a la cama, mi tía y mi madre entraron en mi habitación y me dijeron que querían hablar conmigo. Fuimos al salón y mi tía le quitó a mi madre el pantalón del pijama y mi madre a mi tía la camiseta. Al momento me dijeron: “Somos todo tuyas”. Yo me quedé asombrado y mi tía se me acercó y me besó, a continuación mi madre me empezó a tocar el pene mientras que mi tía me besaba; después se levantaron las dos y mi madre se quitó el tanga y se quedó completamente desnuda y mi tía me dijo que le bajara el tanga. Cuando las dos se quedaron frente a mí completamente desnudas, me dijeron: ¿qué te parece cariño, te gusta? Nada más que me hizo la pregunta respondí que sí.

Mi madre me dijo que comenzara por donde quisiese. Le dije que se diese la vuelta; al instante, mi tía le dio un azote a mi madre en el culo y le dijo: “cómo me encanta tu culo, cariño”.

Le empecé a lamer el culo a mi madre mientras mi tía besaba a mi madre, a continuación mi madre me empezó a hacer una paja mientras yo le tocaba el coño y me dijo, ¿te gusta mi vagina? Al instante le respondí dándole un beso en sus labios; al rato, mientras le metía el pene a mi madre por el culo le empecé a hacer un dedo a Amparo por el coño; mi madre se sacó el pene de su culo y se puso en cuclillas para chuparle el coño a mi tía. Mientras mi tía se excitaba con la comida que le estaba regalando mi madre, se me ocurrió tocarle el culo y masajearle un poquito su coño.

Diez minutos más tarde, mi madre se volvió a poner en cuclillas para hacerme una mamada mientras que mi tía se tumbaba para chuparle el coño. En ese momento, mientras mi tía le chupaba el coño a mi madre, se hizo pis encima, cosa que a mi tía le encantó. Al final, mi tía me dio un beso y me dijo que esperaba que hubiese disfrutado

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La Elección Correcta

La Elección Correcta

Ana era sorda desde los dos años de edad pero había aprendido a leer los labios, comunicarse mediante lenguaje de signos e incluso a hablar medianamente bien a pesar de no escucharse a sí misma.

Era una preciosa joven de ojos verdes con una melena castaña con tendencia a rizarse. Su fino rostro de facciones atractivas resplandecía con la luz propia de la adolescencia, aunque sus sensuales labios carnosos le hacían parecer más adulta de lo que era realmente. Las líneas de su esbelto cuerpo dibujaban unas piernas largas y fuertes, una cintura plana y un torso flexible dotado de unos provocativos pechos que formaban los escotes más excitantes.

Era alta y con un cuerpo envidiable, gracias al cual había logrado su propio grupo de admiradores cada vez que tenía un partido de voleibol. Chicos de su instituto, algunos bastante guapos y populares entre las chicas, aunque Ana solo tenía ojos para una persona… La cual la estaba ignorando deliberadamente mientras se cepillaba los dientes en el cuarto de baño.

 Por favor, Alex, no vayas…  Soltó Ana con su torpe voz mientras se apoyaba en el marco de la puerta. Pero Alex seguía inmutable.

– … Por favor…  Insistió colocándose a su espalda para que la viese a través del espejo. – … No vayas con ella…  Gesticuló en lenguaje de signos. Aunque él la miraba no obtuvo ninguna respuesta.

Se quedó inmóvil y abatida observando a su hermano mellizo frente al espejo mientras la esquivaba con la mirada. Le odiaba profundamente cuando hacía eso.

Él le sacaba algo más de una cabeza a su hermana y era un chico terriblemente guapo a sus diecisiete años. Compartía un sinfín de rasgos con ella; como el color del pelo, sus enormes ojos verdes o las formas características de su rostro, aunque en él le hacían parecer menos maduro. Y su cuerpo, ágil y atlético, era tan normal como podía serlo para un chico que se pasaba las tardes jugando al fútbol o practicando karate en el gimnasio del barrio mientras descuidaba sus estudios. Se notaba que estaba en forma.

Él también atraía a las chicas con la misma facilidad con la que su hermana atraía a los chicos, pero en su caso sí que las prestaba atención… Al menos hasta que Ana se las espantaba… Al principio sus celos no tenían un matiz sexual o amoroso, Alex era tan solo el hermano con el que había crecido inseparable y del que no quería desprenderse, pero bien entrada en la adolescencia empezó a darse cuenta de que le amaba tanto como él le amaba a ella. Aunque ninguno sabía qué era aquello que impulsaba sus sentimientos…

 Ya sabes las cosas que dicen de Irene… Su fama es…  Alex la interrumpió volviéndose hacia ella para que le leyese bien los labios.

 ¿Y por qué crees que he quedado con ella, eh? ¡Tengo casi dieciocho años y aún no me he acostado con ninguna chica por tu culpa…! – Gritó furioso. Su hermana no podía escucharlo pero percibió el tono perfectamente.

– ¿Por mi culpa…? ¡Yo nunca quise que esto pasase! ¡No es mi culpa haberme enamorado de un niñato que sólo piensa en follar! ¡Tú ni siquiera me quieres!  Sus manos se movían con furia a la velocidad del rayo pero Alex captó cada una de sus palabras, aunque no tuvo opción de replicar ya que Ana le apartó de un empujón y salió del baño llorando amargamente.

El joven la alcanzó llegando a su cuarto y aunque en un principio se resistió, consiguió inmovilizarla contra la pared forzándola a leerle los labios de nuevo.

 ¿Que no te quiero? ¿Que no te…? ¡Idiota, no sé vivir sin ti! – Gritó justo antes de estrellarse contra sus labios. Ana no opuso resistencia y comenzó a besarle con la misma intensidad olvidándose de todo lo demás. No era la primera vez que lo hacía pero siempre se juraba que sería la última… “Los hermanos no deben hacer estas cosas. ¿Por qué tiene que besar tan bien?” pensaba a menudo.

Durante unos minutos los dos hermanos entraron en una espiral que les llevaba de besarse apasionadamente a darse besos tiernos y cortos que desbordaban amor, para después volver a devorarse con premura. El suyo era un amor poderoso e irracional que ninguno de los dos entendía y contra el que no sabían luchar. Un amor que les asustaba enormemente y que amenazaba con destruir sus vidas negándoles la felicidad, y aún así, allí estaban una vez más. Cediendo ante su instinto.

 Quédate conmigo…  Imploró Ana gesticulando todo lo despacio que podía. De alguna forma inconsciente deseaba alargar ese momento lo máximo posible para que su hermano no se marchase de su lado.

 … Déjame hacerte el amor… – Replicó Alex.

 … N… No puedo, no p… podemos…  Tartamudeó confusa. Sabía que una vida con Alex era igual de imposible que una vida sin él. Estaba dividida entre corazón y mente, que peleaban por tomar el control mientras ella sufría los efectos de esa batalla volviéndola cada vez más insegura y errática.

Alex también sufría a su manera ya que también tenía miedo de cruzar la línea. Sabía que sería prácticamente imposible tener una vida normal pero prefería lamentarse por intentarlo que lamentarse el resto de su vida por no haber tenido el valor. Además, Ana le mantenía bloqueado en ese perpetuo tira y afloja que no le dejaba pasar página. No le permitía estar con otras chicas pero tampoco estar con ella… Se estaba volviendo loco y tenía que escapar de todo aquello fuese como fuese.

 No puedo seguir así Ana… Se acabó.  Eran palabras demasiado duras como para pronunciarlas con la voz, así que las gesticuló con cierto miedo mientras se apartaba de ella provocando que un nuevo torrente de lágrimas volviese a recorrer sus rosadas mejillas.

La joven se dejó caer con la espalda contra la puerta hasta quedar sentada en el suelo hecha un ovillo, observando cómo su hermano desaparecía por la escalera que conducía al salón. El pecho comenzó a dolerle por el esfuerzo de sus pulmones acelerándose con furia o tal vez porque sabía que le estaba perdiendo para siempre. Irene no sería más que la primera, muchas chicas estaban locas por él y harían lo que fuese por tenerle… ¿Porqué ella no podía hacerlo también…? “Tal vez sea lo mejor, no tenemos futuro” “No, no, no, ¡Ve tras él idiota!”. Su cabeza era un hervidero de contradicciones, miedo y deseos que estaban empezando a desesperarla. Pero entonces comenzó a imaginarle teniendo sexo con otras chicas, disfrutando de lo que ellas podían darle, haciéndole feliz de formas que ella no se atrevía…

No, no podía con eso… No podía hacer frente a algo así, por lo que cedió ante los celos que le hacían hervir la sangre y salió corriendo escaleras abajo dispuesta a hacer cualquier locura para detenerle. Alex era suyo y no iba a dejarle marchar con ninguna otra.

Le halló en la puerta buscando las llaves de su moto y en ese instante Ana recordó que las había guardado en el bolsillo trasero de su pantalón. Siempre las escondía cuando sabía que iban a discutir para evitar que hiciese lo de siempre y saliese corriendo. Pero ese día Alex no estaba para juegos.

 Dame las llaves, Ana… – Soltó asegurándose de que su hermana captaba el tono. Ella no protestó y se las ofreció con evidente nerviosismo.

Iba a hacerlo, se lo iba a decir de un momento a otro… Casi había encontrado las palabras. “Quédate… Quédate y hazme el amor… No quiero perderte…” Sólo necesitaba reunir el valor necesario para decírselo.

Las rodillas comenzaron a temblarle cuando le vio girarse para abrir la puerta con una expresión extraña. “También es duro para él. No le he dejado otra alternativa…” se culpó. “¡Detenle Ana, no le pierdas!”

 Alex, no te vayas… Yo… – Comenzó. Pero su hermano ya se había detenido incluso antes de empezar a hablar. Se aferraba a la puerta nervioso tratando de decidir qué hacer, y cuando ella se dispuso a completar su frase accediendo a sus deseos, él volvió a impedírselo dando un paso hacia atrás y cerrando con fuerza. Lloraba amargamente.

 Tú ganas. N… No quiero perderte… No puedo. – Confesó abatido cuando ella se puso frente a él.

Cuando la estrechó entre sus brazos ella aún estaba paralizada por la sorpresa. ¿Qué significaba aquello? ¿La estaba escogiendo a pesar de todo? De pronto volvió a respirar como si llevase siglos sin hacerlo, como si de de repente le hubiesen quitado de encima el peso del mundo… Por primera vez en su vida estaba sintiendo de verdad el amor que su hermano sentía por ella. Era un amor limpio, puro, sin la obsesión por el sexo que solía mostrar… Le hacía sentirse a salvo del mundo, como si no existiese nada más que ellos dos.

Comenzó a darse cuenta de que ya no estaba segura de nada. ¿De qué le valían las dudas? ¿Porqué negarse a aquello que le ofrecía el destino? Era su hermano, si. Pero también era la persona a la que amaba y sin la única que no podría vivir. Además, él también la amaba, ahora estaba completamente segura de ello. ¿Qué le importaba al mundo lo que hicieran en su intimidad? Una a una sus barreras morales se fueron derribando solas hasta hallarse a sí misma, vacía de dudas y preocupaciones, abrazada a su alma gemela.

 Espero que al menos me dejes seguir besándote… – Gesticuló con una sonrisa resignada. Ella le correspondió con un tierno beso mientras en su mente todo empezaba a dar la vuelta. Cosas que tenían sentido dejaron de tenerlo y cosas que nunca tuvieron sentido para ella empezaron a construir la verdad sobre lo que deseaba para sí misma. “Piensa en ti por una vez” se decía una y otra vez.

– … Ven… – Su mano temblorosa se aferró a la muñeca de Alex mientras este la observaba extrañado.

Tiró suavemente de él mientras le conducía escaleras arriba aún sin creerse lo que estaba haciendo o lo que pensaba hacer. Ni siquiera se atrevía a pensarlo, sólo se dedicaba a dejarse guiar por esa voz que susurraba en su cabeza invitándola a ser egoísta por una vez en su vida. A ser ella misma y no quien los demás esperaban que fuese.

 Le condujo al interior de su cuarto y cerró la puerta tras ella mientras cogía todo el aire que podía en sus pulmones. Nunca había estado más nerviosa pero aún así halló un atisbo de excitación imaginando lo que iba a ocurrir allí.

 Quédate ahí… – Le indicó. Su hermano aún no entendía muy bien lo que pasaba por lo que se quedó en su sitio aguantando la mirada de Ana directamente a sus ojos esperando una explicación.

Era demasiado tarde para dar marcha atrás así que agarró su fina camiseta de tirantes blanca y comenzó a levantarla lentamente desde la cintura hasta que salió por su cabeza, quedándose con un elegante sujetador azul marino con finas rallas horizontales de color blanco. Alex comenzó a hablar pero ella evitó mirarle mientras empezaba a desabrochar su pantalón vaquero corto y lo dejaba caer al suelo. Sus braguitas hacían juego con el sujetador ajustándose con elegancia a sus suaves  caderas. Hubiese sido una visión realmente imponente para cualquier hombre, pero Alex la miraba embobado como si contemplase a una autentica diosa. Su diosa. Ana lo notó y comenzó a ruborizarse mientras se mordía el labio inferior.

Su corazón empezó a acelerarse por la vergüenza que sentía pero eso no le impidió desabrocharse el sujetador y echarlo a un lado, esta vez sí, mirándole para ver su reacción.

Alex comenzó a mostrarse nervioso en su sitio mientras devoraba con sus ojos los perfectos pechos de su hermana que resaltaban sobre su figura con firmeza y provocación. Tenían un buen tamaño y estaban coronados por unos delicados pezones de tono oscuro que se abrían discretamente hacia los lados invitándole a soñar.

Con sus braguitas se tomó más tiempo, no era fácil… Pero finalmente se deshizo de ellas con lentitud mostrando su pubis escasamente poblado. “Ya está, ya lo has hecho”. “Deja que te mire… Te gusta como lo hace. Ésta eres tú…” se dijo a sí misma. Lo cierto es que al principio le incomodaba su mirada porque nunca nadie la había mirado de esa forma, pero pronto empezó a disfrutarla. De alguna forma disparaba su ego y le hacía sentir bien, por lo que comenzó a relajarse y abandonar esa postura nerviosa y encorvada transformándose en una perfecta escultura hecha para inspirar los pecados más inconfesables en la mente de su hermano, quien parecía a punto de desmayarse.

 Quítate la ropa… – Le indicó nerviosa.

A diferencia de ella su hermano no era tan sutil ni delicado por lo que su camiseta gris voló sobre el escritorio derribando una pequeña lámpara y causando un pequeño caos entre sus cosas, lo que le provocó una sonrisa mientras le observaba acercarse con nerviosismo para arreglarlo.

 Alex, A… Alex… N… No importa. Luego lo colocaré… Continúa… – Soltó tratando de reconducir la situación.

El joven se había quedado pálido pero volvió a ocupar su lugar y comenzó a quitarse su pantalón pirata negro al mismo tiempo que sus zapatillas, e igual que a Ana, la ropa interior se le resistía aunque bajo ella ya se intuía una erección prometedora.

– Espera… – Soltó mientras se acercaba a él temblorosa.

Enseguida notó el calor que emanaba del cuerpo de su hermano debido a la excitación y el nerviosismo del momento, así que le abrazó para dejarse envolver por ese calor reconfortante antes de deslizar ella misma la ropa interior y hacerla caer al suelo.

Se quedó paralizada al ver aquella potente erección que se alzaba entre ambos y descansaba sobre su vientre quemándole la piel. No era de un tamaño alarmante pero si lo suficiente como para que cualquier chica suspirase pensando en la que se le venía encima.

“Ya has hecho lo más difícil, ahora… disfrútalo. Sé tú misma.” Se animó. A esas alturas ya se sentía en caída libre y el pudor daba paso a la excitación, por lo que agarró las manos de Alex y las posó suavemente sobre sus pechos invitándole a acariciarlos.

   Yo tampoco quiero perderte…  Dejó que su hermano asimilara sus palabras unos segundos antes de auparse hacia su labio inferior y morderlo con ternura.

Sus labios se entrelazaron arropando a unas lenguas que se buscaban desesperadamente mientras sus cuerpos se frotaban y sus manos se exploraban con timidez. Aún sentía la erección de su hermano frotándose contra su vientre y sabía que tarde o temprano iba a tener que tocarla, así que no lo demoró más y comenzó a acariciar su pene con suavidad. Estaba caliente y duro como una piedra cuando se aferró a él y comenzó a masturbarlo. Su timidez e inexperiencia hicieron que sus movimientos fuesen rápidos hasta que él detuvo su mano indicándole que bajase el ritmo.

 S… Si vas tan rápido yo…  Susurró ante sus ojos. Ella se disculpó con un tímido gesto y una sonrisa nerviosa. Hasta ese instante no se había dado cuenta de lo mucho que se le había acelerado el corazón a causa de las caricias de su hermano, que aunque explorasen su espalda y sus nalgas siempre regresaban irremediablemente a sus pechos como el oleaje a la playa.

El joven se inclinó para alcanzarlos con su boca mientras ella besaba su cabeza y acariciaba su cabello con cariño. Le gustaba la delicadeza que mostraba con sus labios pero no era una postura cómoda, por lo que le condujo a la cama para ponérselo más fácil.

Ana había tenido mil fantasías sobre cómo sería estar íntimamente con un chico. Se había masturbado en muchas ocasiones pensando en su hermano por lo que el placer no le era en absoluto desconocido… Pero aquello superaba todas sus expectativas. Sentir aquellos besos por su cuerpo, aquellas caricias sobre su vientre templando sus nervios, aquellas miradas que Alex le dedicaba cada pocos segundos como si aún no terminara de creerse lo que estaba ocurriendo… Era algo maravilloso.

“Tonta… ¿Por qué no has hecho esto antes…?” Se preguntó.

Sabía que el momento de la verdad estaba cerca a pesar de que le encantaba aquél baile de caricias y besos. Aún le quedaba mucho por descubrir sobre el cuerpo de Alex pero notaba su impaciencia y sabía que estaba tan excitado que su erección podría desbordarse en cualquier momento. Finalmente y tras mucho pensarlo solicitó una tregua para alcanzar un cajón de la mesilla de noche y rebuscar en él mientras su hermano recorría con los labios su vientre peligrosamente cerca de su Pubis. Finalmente sacó un preservativo con una sonrisa ruborizada.

– Seguro que pensabas que fue mamá quien te quitó los preservativos de tu escondite…  Gesticuló divertida.

Aquella caja de doce preservativos llevaba en su cajón más de un año y medio. Desde poco antes de que su hermano y ella se confesasen su amor una noche de verano tras volver de la playa. Por aquellos días Alex se mostraba cada vez más obsesionado con el sexo y se masturbaba a menudo. Ella lo sabía y no le importaba, pero no soportaba la idea de que su hermano se acostase con chicas, por lo que no iba a ponérselo nada fácil. De alguna extraña forma estaba convencida de que Alex era suyo y no estaba dispuesta a que nadie se lo quitase.

 ¿¡Eras tú!?  Preguntó alarmado.

 Me puse furiosa cuando me enteré de que los habías comprado y no pude soportar la idea de que los utilizases con cualquier chica… Puse tu cuarto patas arriba para encontrarlos…  Confesó esperando que no se enfadase demasiado. Pero en lugar de ello él volvió a lanzarse a sus labios mientras se lo quitaba de la mano.

Ana sabía que a esa edad cualquier adolescente sabía cómo ponerse un preservativo,  por lo que no le sorprendió mucho la habilidad de su hermano. Tal vez lo habría ensayado en más de una ocasión, tantas como preservativos le faltaban a la caja y durante un segundo dudó. “¿Y si no es virgen? ¿Y si ha hecho esto más veces y todo es una mentira?” Se preguntó. Pero lo cierto es que ya no importaba. No hacía aquello por él, sino por ella. Era lo que deseaba y las dudas no iban a detenerla.

 ¿Estás… segura de esto?  Preguntó impaciente Alex.

Ana estaba segura. A esas alturas no estaba dispuesta a abandonar y decepcionarle. Quería perder su virginidad con la persona que amaba… Pero aún así tardó unos segundos en poder decirlo.

 … Hazlo, pero… Despacio…  Gesticuló nerviosa.

Había leído y escuchado infinidad de cosas sobre la primera vez de una chica. Que  si algunas disfrutaban, que si a otras “sufrían terriblemente” o que (como afirmaban unas pocas) estaban tan nerviosas que ni se habían enterado de la penetración. Demasiada información que no le sirvió de nada, porque nada podría haberla preparado para aquello.

Cuando su hermano comenzó a presionar introduciendo su pene, notó como se abría paso dentro de ella con leves punzadas de dolor que estuvieron a punto de obligarla a detenerle, más por miedo que por otra cosa, en realidad. Pero no lo hizo. Aguantó la primera penetración convenciéndose a sí misma de que no era tan malo como imaginaba, aunque su hermano reparó en su expresión tensa.

 ¿Quieres que pare…?  Susurró ante su rostro. Pero ella negó con la cabeza mientras le agarraba por las caderas y abría un poco más las piernas invitándole a continuar.

La segunda embestida fue una réplica de la primera pero esa vez estaba preparada, por lo que expulsó el aire de sus pulmones recibiendo lentamente una tercera embestida mucho más llevadera. La cuarta fue incluso mejor aunque la quinta volvió a ponerla en guardia. Aún así, la sensación que tenía era mejor de lo esperado y comenzó a relajarse mientras le atraía a sus labios volviendo a la nube en la que había estado unos instantes antes. Una a una, las embestidas fueron mejorando a medida que el placer sustituía al dolor inicial, dándose cuenta de que todo estaba en su cabeza. Según se concentraba en besar a Alex o en sentir sus caricias sobre su piel, comenzaba a estar segura de que el sexo era todo lo maravilloso que se suponía que debía ser.

Le permitió acelerar el ritmo lentamente consciente de que estaba llegando al final, aunque ella aún estaba comenzando a excitarse. No podía culparle, aquello era mucho más de lo que ambos habían previsto hacer y no estaba resultando para nada “traumático.” Más bien todo lo contrario.

Supo que había terminado cuando su hermano apoyó la frente justo sobre la suya y se quedó inmóvil con la respiración contenida, mientras su pene se descargaba por completo aún presionando su cérvix. “Ya está, lo has hecho, Ana.” Se dijo con una sonrisa complacida, aunque no podía evitar sentir un regustillo amargo (o decepcionante) pensando que no llegaría al clímax. Tal vez Alex se dio cuenta de ello o simplemente es que se sentía tan excitado cumpliendo el sueño de hacer el amor con su hermana, que dejó su pene en su interior mientras recuperaba el aliento a base de caricias y tiernos besos que supusieron una grata sorpresa para ella. Estaba impidiendo que se desmotivara mientras recuperaba las fuerzas.

Durante unos largos y placenteros minutos se besaron tanto y con tanta pasión que sus labios comenzaron a enrojecerse y dejar cierto escozor adictivo, hasta que las caderas del joven comenzaron a moverse de nuevo pillándola por sorpresa. “Te ama, quiere complacerte… ¡Aprovéchalo!”

Cerró los ojos mientras se mordía el labio inferior dejándose envolver por cada una de las oleadas de placer que traían sus movimientos. Sabía que estaba gimiendo con cada respiración porque notaba la vibración sutil e intermitente de su pecho, pero hasta que no reparó en la sonrisa de su hermano no supo cuán profundos eran esos gemidos. De pronto se sintió avergonzada y se refugió en su hombro mientras él mantenía el ritmo, aunque con un poco más de ímpetu en sus empujones para obligarla a gemir aún más. “Le gusta escucharte, ¡no te contengas!” se dijo mientras comenzaba a notar que le faltaba la respiración. Aquello era una absoluta locura, su excitación se estaba acelerando descontroladamente mientras sentía que su interior ardía en llamas que provocaban que su piel brillase sudorosa y resbaladiza. Cada caricia acababa en unas uñas clavándose en la piel del otro, cada beso terminaba con un mordisco en los labios del otro, cada penetración acababa con una exhalación desbocada hasta que ambos supieron que aquello estaba llegando a su fin.

Ana ni siquiera se dio cuenta de que una lágrima se escapaba por su mejilla derecha mientras el intenso baile la elevaba a un clímax que desbordó sus sentidos y su sexo. Por unos instantes ni siquiera era consciente de que su hermano seguía empujando con fuerza hasta que volvió a eyacular, esta vez sí, quedando completamente agotado con la cabeza sobre su hombro.

Sus pensamientos eran una explosión caótica de imágenes y sentimientos que giraban en torno a Alex. Recuerdos recientes y recuerdos lejanos se entremezclaban conformando la imagen de la persona que tenía sobre ella tratando de recuperarse. Era el chico que le hacía sonreír cada mañana con un beso en la mejilla, quien deslizaba su mirada por su escote buscando fantasías, quien le cedía su trozo de manta para que no pasase frío en el sofá… Era su amor prohibido, su hermano travieso, su amigo leal…

Finalmente el joven se apartó quedándose aún lado para deshacerse del preservativo mientras comenzaban a sentir la desaceleración de emociones que les devolvió a la realidad.

 ¿Estás bien…? – Preguntó él. “Si tú supieses…” Ella asintió con timidez.  ¿Por qué has cambiado de opinión respecto a esto? – Gesticuló Alex algo más calmado.

 … No lo sé… Supongo que hiciste la elección correcta al quedarte..– Respondió ella. “Pero nunca te hubiese dejado marchar…” Pensó mientras le besaba.

Durante un buen rato los dos se quedaron abrazados en silencio. Su relación había roto las cadenas que la oprimían y todo se había complicado mucho más entre ellos. Tenían que aclarar muchas cosas antes de seguir adelante con sus vidas… Pero no sería aquella preciosa tarde, no mientras aún les quedasen fuerzas para seguir besándose. “Ya nos preocuparemos mañana…” se dijo con una sonrisa y sin perder de vista aquél cajón de su mesilla de noche…

FIN

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Familia Perfecta 5 (Final)

Desperté lenta y pesadamente sintiéndome agotada. Al entreabrir los ojos observé a mi hermana dormida frente a mí cuya naricilla apenas rozaba la mía. Su respiración era lenta y rítmica. Su aliento, como de costumbre, olía a regaliz y rozaba mi barbilla y mi cuello como si se tratara de una pluma intentando provocarme cosquillas, que poco a poco, descendía por mi cuerpo desnudo perdiéndose en la oscuridad de las sábanas.

Sentir su paz y su tranquilidad me reconfortaba y me limité a observar su rostro desechando los recuerdos de hacía tan solo unas horas con mi hermano.

Sandra tenía el brazo derecho oculto bajo la almohada como si tratara de sujetarse la cabeza a través de ella. Mientras el otro, lo mantenía plegado sobre su pecho con su mano izquierda entrelazada con las mías.

No sabía muy bien que hora era, pero bajo la persiana comenzaba a colarse el día llevándose poco a poco los tonos grises de mi cuarto.

A medida que los minutos pasaban y la luz se volvía más y más persistente, más molesto me resultaba abrir los ojos.

En aquel juego de luces y sombras, el rostro de Sandra relucía brillante y atractivo. Sus labios entreabiertos parecían estar esperando un beso que nunca llegaba y sin saber muy bien por qué, me lancé a ellos.

No fue un beso apasionado ni mucho menos, más bien fue un beso tierno, tímido y suave que provocó que se despertara lentamente dedicándome una sonrisa profunda y una mirada risueña cuando me separé de nuevo.

– Que beso de buenos días más bonito… – Me dijo con una expresión alegre.

– Ese no era un “buenos días”… – Respondí juguetona.

– ¿No?… –

– No. Era un… “Gracias mi niña por cuidarme”. Éste si es un “buenos días”… – Dije ahogando la última palabra en sus labios.

La expresión de Sandra mientras mordía sus labios y comenzaba a explorar su boca con mi lengua era divertida.

Trató de contenerme sujetando mis hombros mientras lentamente me echaba sobre su cuerpo. Mis manos reptaban por su estómago levantando su pijama centímetro a centímetro mientras el calor de su piel impregnaba mi mano.

– Sonia espera… – Dijo tratando de detener una de mis manos que había cambiado de rumbo inesperadamente para encontrarse con su entrepierna.

Mis labios silenciaron sus protestas una y otra vez mientras sus pechitos quedaban a mi alcance y su vagina quedaba al descubierto bajo las sabanas.

El cuerpo de Sandra me parecía más atractivo y sensual que nunca y solo podía pensar en devorarlo a besos.

– ¡Sonia espera! – Utilizó todas sus fuerzas para separar mi cuerpo del suyo y se quedó mirándome enfadada.

– ¿Qué coño te pasa? No hay quien te entienda… ¿No era esto lo que querías? – Dije retirando las sábanas de mala gana mientras pasaba por encima suya para salir de la cama. Ella se aferró a mi brazo dejándome sentada en el borde.

– ¡Jolín, claro que es lo que quiero! ¿Pero qué quieres tú?. Te acostaste conmigo después de decirte que te quería. Anoche me chantajeaste para que se la chupara a Javi. Luego te fuiste a follar con él sin importarte que eso me pudiese doler a mí. Acabé recogiéndote del suelo hecha polvo y hoy, que todavía hueles a él ¿Me despiertas comiéndome la boca…? ¡Perdóname si me siento “algo” confundida y enfadada Sonia! – No dejaba de ser verdad lo que me decía, pero dicho así y saliendo de sus labios sonaba aún peor. Me hacía sentir aún más miserable.

– Ya lo sé Sandra, soy una mierda de persona… Puedes decírmelo claramente… – Dije con la voz temblorosa. Ella intuyó que estaba a punto de derrumbarme y se arrodilló en el colchón apoyando su pecho en mi espalda. Su cabeza se posó en mi hombro mientras sus brazos rodeaban mi cintura. Notaba su respiración y el calor que emanaba de sus pechos aplastados contra mi espalda. Era una sensación que me gustaba.

– No… No digas eso… Sólo estás hecha un lío – Su expresión al ver que estaba a punto de venirme abajo cambió de golpe volviéndose tierna y sensible.

La verdad es que cuanto más conocía a mi hermana, más me sorprendía y menos lograba entenderla.

– No se ni como me sigues hablando… – Le dije.

– Porque te quiero Sonia. Aunque tú no me quieras a mí. Si no te veo feliz yo no soy feliz – A pesar de todo lo que habíamos pasado, aún me resultaba raro escuchar como me expresaba sus sentimientos. Pero no tenía ninguna duda de que estaba segura, que creía en ellos con pasión.

– Sandra… No sé… Puede que algún día yo también te quie… – Traté de terminar  pero ella puso una mano tapando mi boca y negó con la cabeza.

– Me gusta cuando estamos así… – Dijo limitándose a sonreír alegremente.

– Y a mí, cielo… –

– Podría abrazarte y no soltarte nunca… –

– Pues abrázame y no me sueltes nunca… Contigo me siento más fuerte… – Dije tumbándome de nuevo a su lado. Ella me rodeó con sus brazos y piernas atrapándome en un abrazo fuerte y cariñoso, mientras lentamente hacía surcos en mi pelo con sus finos dedos. Aquello me relajó muchísimo y no tardé en sentir como mis párpados pesaban cada vez más.

– Tú a mí me haces débil… – Susurró creyéndome dormida. Besó mi pelo y se relajó hasta dormirse a mi lado poco tiempo después. Pero por mucho que lo intenté, yo no conseguí dormirme del todo y me escapé con cuidado de la cama para ponerme un pijama. El pantalón  era ajustado de color rosa claro y cuadraditos más oscuros, mientras que la parte de arriba era como una camiseta de mangas largas también ajustada y con el mismo esquema de colores que el pantalón.

Salí de mi cuarto en silencio para bajar a la cocina a hacerme algo de desayunar. Eran sobre las 09:00 de la mañana y la casa estaba desierta. Intuía que mis padres se levantarían tarde a causa de su escapadita de la noche anterior como hacían siempre que salían.

Por suerte tampoco había rastro de Javi  así que me sentí libre de hacerme unas tostadas y un colacao tranquilamente.

Un buen rato después ya había terminado de desayunar y comencé a recoger la cocina mientras veía los dibujos que daban en la tele, cuando de repente…

– Buenos días… – La voz de mi hermano cruzó la cocina golpeándome como un latigazo haciéndome soltar la botella de leche y derramarla sobre la encimera. Logré agarrarla y salvar algo de leche, pero el estropicio estaba montado y mi pijama chorreaba de cintura para abajo.

– Perdona Sonia… No quería asustarte –

– No pa-pasa nada… Ahora lo… recojo – Me puse a ello con bastante torpeza.

– Oye… Lo de anoche… – Comenzó a decir, pero era evidente que no tenía un discurso preparado y guardó silencio.

Yo me limité a tratar de limpiar la leche de la encimera dándole la espalda, pero el nerviosismo solo lograba empeorar la situación. Para mi horror, mi hermano se acercaba cada vez más a mí hasta acabar agarrando  mi cintura y rodearla con sus brazos.

– Lo siento… – Se limitó a decir mientras sus manos reptaban por mi pecho y mis brazos buscando las mías que estaban empapadas en leche.

Contenía mi respiración inconscientemente mientras su aliento cálido se estrellaba contra mi cuello  y mi mejilla.

Su entrepierna se frotaba contra mi trasero haciendo notar su erección, empujando mi cuerpo contra la encimera empapada y haciendo que mi pijama se empapase cada vez más.

Mi respiración regresó desbocada cuando me giró lentamente y comenzó a lamer mis dedos uno a uno limpiándolos de leche.

– Javi… ¿Qué… Qué haces? – Pregunté asustada. Tenía que hacer un enorme esfuerzo para no lanzarme a sus labios. Tenerle tan cerca hacía que perdiese la razón. Nada me importaba, nada existía más allá de nuestros cuerpos rozándose. Excepto Sandra.

Por primera vez, mi hermana estaba presente en mis pensamientos haciéndome sentir incómoda. Pero no lo suficiente como para rechazar el beso que me plantó por sorpresa.

Sus manos se aferraron a mis tetas con fuerza durante unos segundos hasta que decidió que la parte de arriba sobraba, me la sacó de un tirón sin hacer caso de mis quejas.

Luego llegó el turno de mi sujetador que literalmente me lo arrancó de un tirón, tirando ambos al suelo sobre el charco de leche.

Aquello se estaba descontrolando rápidamente y sabía que acabaría follándome allí mismo sin que pudiera o quisiera detenerle.

Mi pantalón bajó hasta las rodillas de otro tirón seguido de mis braguitas pero antes de darme cuenta, mi hermano me había alzado sentándome en la encimera.

El tacto frío de la leche recorriendo mi piel  contrastaba con el calor que sentía a medida que besaba mis muslos y se deshacía de mi pantalón.

Sus besos ascendieron para escoltar a los largos y fuertes dedos que ya comenzaban a penetrarme obligándome a tapar mi boca con las dos manos.

La entrada de la cocina se encontraba frente a mí, tras ella se hallaba la escalera hacia el piso de arriba. Temía que alguien bajara y nos encontrara en aquella situación, ¿O tal vez no?. Inconscientemente deseaba que nuestra hermana bajase y se uniese a nosotros para saborear mi piel salpicada de leche. Imaginar aquello disparó mi excitación.

Me dejé caer sobre la encimera hasta  que la mitad de mi espalda quedó empapada en leche. No me importaba, de hecho añadía cierto morbo. Tampoco me importaba que el resto de mi espalda estuviese apoyada sobre una ventana que daba a la calle, aunque por el ángulo con las casas de enfrente y la altura del muro del jardín, era improbable que alguien nos estuviese viendo.

Mi hermano seguía profanando mi vagina con sus dedos a toda velocidad y por un instante creí que me correría. Pero paró de golpe e introdujo aquellos dedos en mi boca.

Apenas había empezado a lamerlos cuando bajó su pantalón de deporte lo justo para que su pene totalmente erecto escapase de ellos apuntando hacia mí. Puse mis manos en su pecho para tratar de impedir lo que sabía que iba a ocurrir, pero fue inútil. Su pene encontró mi vagina y la penetró de golpe cortándome la respiración con un leve gritito.

A la segunda embestida empujé con más fuerza su pecho para alejarle pero también fue inútil. No opuse más resistencia. Mi cuerpo resbalaba sobre la leche provocando que se precipitara al suelo en sonoros goterones mientras nosotros hacíamos lo posible por no emitir ningún gemido.

Cuanto más minutos pasaban, más fuerza imprimía Javi al penetrarme y más cerca estaba de llegar al clímax. Hasta que finalmente mis fuerzas se escaparon por mi entrepierna al tiempo que mi hermano daba los últimos empujones y se desvanecía sobre mí. Traté de ahogar mis gemidos de todas las formas que se me ocurrían pero estaba segura de que alguno se escapaba poniéndonos en peligro.

Aunque se había corrido, aún mantenía un lento ritmo introduciendo su pene en mi interior. Sus caricias manchaban mis pechos de leche mientras las mías hacían lo mismo  con su rostro y su cuello.

– Nos van a pillar… – Le supliqué. Traté de alcanzar sus labios pero se retiró rápidamente para esquivarme.

Yo bajé de la encimera tratando de no caerme por la leche resbaladiza y me lancé para robarle un beso. Él volvió a rechazarme y como acto reflejo le lancé un bofetón.

– ¿Esto es todo? ¿Ya está? ¡Mírame! – Le grité sin importarme que nuestros padres o nuestra hermana se despertaran. Él trató de escapar pero mi rabia hizo que tirara de su brazo obligándole a mirarme.

– ¿Ya está no? Le echas a tu hermanita un polvo mañanero y eso es todo ¿no? – Volví a golpear su cara una segunda vez, pero agarró mis muñecas impidiendo que hubiese una tercera. Las lágrimas brotaron de mis ojos  por la impotencia de no poder moverme y traté de morderle los puños. Luego la muñeca y después cualquier parte de su cuerpo que estuviese a mi alcance, pero era inútil. Por mucho que lo intentara, por mucho que rugiese o le mostrara los dientes rabiosa, no podía competir con su fuerza.

– ¡Estate quieta! – Gritó en un susurro.

Cuando vio que no conseguiría calmarme, me atrajo de un tirón y su boca se estrelló contra la mía. Inconscientemente mi cuerpo seguía forcejeando para liberarse pero mi boca devoraba sus labios y su lengua. Lentamente dejé de resistirme hasta lograr que me soltara. Cuando la sangre volvió a circular por mis manos fui consciente de lo fuerte que me las había agarrado y le golpeé en el pecho enfadada. Pero sin dejar escapar sus labios.

– Te quiero imbecil… Te quiero, te quiero… – Le dije entre besos furiosos.

Su pene volvió a enderezarse con el frote de nuestros cuerpos y me lancé a estimularlo con unas sacudidas. Incluso se mostró más participativo a medida que su excitación regresaba correspondiendo a mis besos.

Por un instante creí que volvería a follarme sobre la encimera mientras mi cuerpo se empapaba de leche. Pero para mi sorpresa, mi hermano se sentó en una de las sillas de la cocina y me atrajo para que me sentara sobre él.

Su pene sobresalía como un mástil entre sus piernas abiertas y estaba completamente húmedo. El olor era fuerte y ácido pero era su olor mezclado con el mío, era imposible que me resultara desagradable. Me dejé caer sobre él sin dejar de perder de vista la escalera.

Su pene entró sin mucha resistencia en mi vagina empapada. El semen de su corrida anterior se escapaba sigilosamente por mis muslos en finos hilillos y los observé mientras comenzaba a cabalgar lentamente sobre su cuerpo.

En ese instante Javi comenzó a lamer mis pechos que quedaban casi a la altura de su rostro mientras subía y bajaba. Mi excitación tardó un poco en progresar hasta que comencé a amoldarme encontrando una postura idónea. Entonces todo comenzó a acelerarse.

Mis subidas y bajadas se aceleraron y mis muslos comenzaron a arder por el esfuerzo. El sudor cubrió mi piel y una sensación de calor sofocante me invadió cuando mi hermano tapó mi boca para ahogar mis gemidos. Estaba al borde de desmayarme por el agotamiento pero no pensaba rendirme. Justo a tiempo él agarró mis nalgas con sus fuertes manos y comenzó a hacerme más fácil la tarea de subir y bajar. Sus dedos apretaban con fuerza quemando la piel de mis nalgas y me hacían un poco de daño, pero no me importó. Era soportable y gracias a él había aprendido a hallar cierto placer de un poco de dolor.

La escalera se encontraba frente a mí, a unos metros. No la perdía de vista mientras subía y bajaba sobre su pene. Mi cuerpo estaba como en llamas y cada resbalón de las gotas de sudor que cubrían mi piel desnuda era una bendición ya que dejaba un rastro fugaz pero fresco tras de sí. Mi cerebro estaba saturado y era incapaz de procesar poco más que las descargas de placer que soltaba mi vagina cada vez que la llenaba con el pene de Javi, en embestidas rápidas, furiosas y profundas. Ni siquiera podía gemir para liberar la presión.

El sonido a mi alrededor llegaba a mis oídos distorsionado y lejano y entonces ya no pude más.

Me derrumbé sobre mi hermano cuando mis piernas fallaron. La escalera desapareció tras un velo negro que cubrió mis ojos y el sonido enmudeció de golpe.

Tan sólo sentía como mi vagina se inundaba aún con el pene de mi hermano en su interior en una sensación éxtasis, desahogo y alegría. La piel se me erizó se puso tan sensible que parecía que me había clavado miles de agujas por todo el cuerpo.

Cuando comencé a recuperarme, el frío me invadió. Me encontré con el rostro sobre el hombro de mi hermano y la boca entreabierta sobre su cuello. Respirar se había convertido en un trabajo pesado y mantenerme consciente en una prioridad. Uno a uno, todos los nervios de mi cuerpo volvían a estar bajo control y comencé a notar como mi hermano continuaba zarandeando mi cuerpo. Mi vagina aún estaba a flor de piel y notaba sus embestidas en mi interior con una mezcla caótica de sensaciones. En ocasiones eran placenteras y en ocasiones dolían. A veces ni siquiera las notaba. Pero le dejé acabar mientras rodeaba su cuello con mis brazos y volvía a vigilar la escalera recuperando el aliento.

No tardó mucho en correrse de nuevo y bajé la vista para verlo. Noté palpitar su pene en mi interior cuando lo hundió con todas sus fuerzas y adiviné por la expresión de su rostro que estaba siendo una buena corrida.

Le observé en silencio mientras sus manos acariciaban mi trasero y sus besos se perdían en mis pechos y mis pezones erizados. Le observé en silencio y entonces me di cuenta. Fue como una revelación que te cala hasta lo más profundo. Algo que creía entender pero no era así.

Él no me amaba y jamás lo haría. Yo solo era un cuerpecito bonito al que follarse y ni siquiera me veía como a su hermana cuando lo hacía. Así le resultaba más fácil. Su mirada al final se encontró con la mía y nos miramos en silencio un buen rato.

Durante todo ese tiempo ambos nos comunicamos como nunca antes lo habíamos hecho con palabras. Por fin ambos entendíamos los sentimientos del otro y qué esperar de ellos.

– No puedes obligarme a quererte… Como me quieres tú – Me dijo en un abrazo.

– Ya… Lo sé… Pero Javi… tú tienes que asumir que “esto” está pasando. Conmigo, tu hermanita pequeña… ¿Tú quieres que sea sólo sexo?. Perfecto, lo entiendo… – Me separé para mirarle de nuevo a los ojos. – Pero no me trates como a una “guarrilla” a la que te tiras en los baños de una discoteca y luego no vuelves a ver nunca más… Quiero que me trates bien y no como a una… – Me silenció con un profundo beso antes de que me fuese por las ramas como solía hacer cuando estaba nerviosa.

– Lo sé enana… Lo sé. No volverá a pasar, créeme – Dijo totalmente decidido y volví a abrazarle.

– Javi… – Dije unos segundos más tarde.

– Dime… –

– Que no se te olvide esta tarde comprar condones… Que como sigamos así al final me dejas embarazada, capullo… – Comenzó a reírse cuando le solté un mordisco en el hombro y después me ayudó a ponerme en pie y mantener el equilibrio mientras mis piernas se recuperaban poco a poco. Entonces fui consciente de como mis muslos estaban empapados de mis propios fluidos al correrme y del abundante semen que escapaba de mi vagina. Luego él se puso en pie también empapado y juntos examinamos sorprendidos el suelo salpicado y la silla hecha unos zorros. Ver la leche derramada sobre la encimera no ayudó a levantarme el ánimo.

– Vale enana, compro los condones con una condición… –

– Dime… – A penas le prestaba atención ya que estaba tratando de hacerme una idea de cómo íbamos a limpiar aquello.

– Que te encargues tú de limpiar… – Me giré para negarme en rotundo pero mi hermano ya estaba retrocediendo por la puerta con una sonrisa maliciosa. Antes de poder quejarme, me lanzó a la cara mi pantalón de pijama empapado y se escabulló rápidamente escaleras arriba.

Empapada en leche, sudor y semen, contemplé la cocina hecha unos zorros y me lamenté. Pero casi una hora y media después, con la cocina limpia de nuevo y recién duchada, aún no había podido borrar de mi cara la estúpida sonrisa que se había dibujado en mis labios. Puede que Javi no me quisiera nunca, pero al menos podría tenerle en mi cama… O en la suya. O… En la cocina, el salón, la buhardilla, el sótano, la ducha, etc.

Durante las siguientes semanas gastamos bastantes condones e incluso tuvimos sexo sin ellos cuando se nos acababan.

Además, la mayoría de las noches mi hermana Sandra se colaba en mi cuarto o yo en el suyo. No siempre teníamos sexo pero sí la mayoría de las veces. Su amor hacia mí suplía la falta de amor de Javi y comencé a sentirme de nuevo plenamente feliz.

Incluso la relación de Sandra con Javi se normalizó después de unos días, el ambiente en casa mejoró y casi un mes después solo faltaba una pequeña pieza del puzzle por encajar…

———————————————————————–

 

Aquella mañana desperté abrazada a la espalda de Sandra. Ambas estábamos desnudas sobre las sábanas y una toalla enorme después de una noche especialmente “intensa” en mi cuarto.

Últimamente me sentía insaciable y obligaba a mis hermanos a emplearse al 100% en la cama. El sexo con Sandra estaba cargado de ternura y cariño. Los orgasmos que sentía con ella eran muy diferentes de los que me provocaba Javi, pero a veces incluso más placenteros. Con él tenía un sexo mucho más intenso y unos orgasmos que calificaría como más físicos. Pero la verdad es que sin saberlo, mis hermanos se complementaban a la perfección.

Deseché de mi mente la idea de juntarlos a ambos para formar un trío justo cuando mi hermana se giró sobre sí misma desperezándose. Me dedicó una sonrisa al verme y yo la correspondí con un beso tierno en la frente.

– Buenos días… ¿Qué tal ha dormido mi niña? – Pregunté.

– ¡Buuuf! Sonia, mi amor… Cualquier noche de estas vas a acabar conmigo ¿Sabes?… – Dijo fingiendo preocupación. Ambas reímos y jugueteamos un rato antes de levantarnos para vestirnos, pero agarré sus manos y la senté a mi lado en la cama. Llevaba días dándole vueltas a una cosa que a veces me hacía sentir mal con mi hermana. Pero por primera vez, aquella mañana me sentí con valor para hablar con ella.

– Cielo… Quiero decirte algo. Verás… – Suspiré tratando de quitarme de encima la repentina inseguridad que comenzó a acosarme pero mi hermana apretó mis manos y clavó sus preciosos ojos en los míos dándome ánimos.

– Sandra… Tú sabes que te quiero muchísimo. Más que a mi vida, cielo. Ya se que no es igual que lo que sientes tú pero sabes que me esfuerzo por darte todo lo que llevo dentro. Yo… Yo… Yo no sé si somos novias, hermanas, amantes o yo que sé… Pero me gusta. Tú… Tú me gustas. Tu forma de ser, tu cuerpecito precioso y las cosas que me haces a veces… – Tomé aire cuando ella dejó escapar una risita avergonzada y traté de calmarme para evitar acelerarme de nuevo.

– Sandra… Lo que quiero decirte es que aunque no esté enamorada igual que tú, sí que lo estoy “a mi manera”… No sé si me explico… – Sus ojos se empañaron y asintió levemente.

– Perfectamente… Ya sé que tú no me amas Sonia. Pero a veces consigues que me crea que sí que lo haces… Y con eso me basta. Estoy contigo ¿no? ¿Qué más puedo pedir?… Es más de lo que esperaba – Me dijo antes de abrazarme con fuerza.

Después de unos segundos me separé y volví a enfrentarme a sus ojos.

– Escucha… Hay otra cosa. Yo… He estado con Javi a veces, desde que empezó todo esto. Lo siento mi vida, pero no consigo borrar lo que siento por él y… Yo… Yo… Lo he intentado pero no sé cómo… Ya sé que para él es sólo sexo pero es la única forma de poder tenerle… Y yo… Yo no quiero perderte pero tampoco mentirte y no se que hacer para… ¿De qué te ríes?… – Mi hermana se revolcaba por la cama sujetándose el estomago.

– Jajajaja Me encanta cuando te pones así… Jajajaja ¡Hay! Me hago pis… jajajaja – Yo no entendía nada. La actitud de mi hermana me había descolocado y no era la respuesta que esperaba al decirle que seguía acostándome con nuestro hermano. Durante unos largos segundos dejé que se riera a gusto sin saber muy bien si reírme yo también o molestarme. Al final ella se dio cuenta de mi incomodidad y se recompuso con evidentes ganas de ir al baño.

– Jajaja Vale… Perdona… Es que te pones tan mona cuando te estresas… – Se sentó de nuevo a mi lado con las manos en su entrepierna y sin dejar de agitarse.

– ¿Estás enfadada?… – Le pregunté aún descolocada.

– No. Al principio cuando me di cuenta si, y mucho… No te dije nada por que no quería perderte… Pero luego vi como los días pasaban y tú volvías a sonreír. Tu actitud conmigo fue a mejor e incluso Javi volvió a sonreír también. Me costó mucho aceptarlo y a veces me cuesta, no te voy a engañar… Pero lo único que quiero es que tú seas feliz y que no me dejes nunca… –

– ¡Claro que no te voy a dejar nunca! Eres la mejor persona que conozco… Y eres mucho más madura que yo… – Besé sus labios y abracé su cuerpo desnudo con fuerza. – Tengo mucho que aprender de ti… –

Ella me devolvió el beso con su característico estilo. Lento pero intenso, tierno y sensual. Sus manos se aferraron a mis pechos con fuerza mientras me dejaba devorar tumbándome en la cama. Sus besos en mi cuello comenzaron a excitarme rápidamente y de nuevo besó mis labios con pasión mostrándome una risa malévola.

– Así que tienes mucho que aprender de mí… – preguntó. Asentí excitada mientras buscaba desesperada sus labios. – Pues te daré clases particulares… Cuando vuelva del baño… – Se separó de mí rápidamente y escapó del cuarto enrollándose en la toalla sin dejar de sonreír y dedicarme una mirada lasciva.

Me quedé allí tumbada. Excitada por sus besos, alegre por que se lo había tomado bastante mejor de lo que esperaba y feliz. Feliz por qué todo volvía a marchar bien en casa. Por que en eso consiste.

No importa lo que vean los demás desde fuera de mi casa, sino lo que sintamos nosotros desde dentro. Tengo relaciones sexuales con mi hermano mayor y mi hermana pequeña pero ¿a quien le importa la manera en que nos queramos o nos relacionemos mientras estemos juntos?. A mí desde luego no.

FIN.

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Familia Perfecta 3

La situación se había tornado gélida y extraña y ninguno de los tres reaccionó inmediatamente.

– Javi… Esto no… – Dije separándome de Sandra lentamente. Ella corrió a vestirse rápidamente mientras yo daba un paso hacia él para evitar que saliera del cuarto a contárselo a nuestros padres, pero me detuve enseguida al recordar que estaba semidesnuda. Tapé mis tetas cruzando mis manos sobre el pecho y miré a mi hermano con rostro de culpa y miedo.

– Javi escucha po-por favor… No… No se lo digas a mamá y papá… Porfa. Hacemos lo que quieras, de verdad. Te lo prometo. No volverá a pasar. Sólo a sido una vez… Ha sido un error ¿vale? ¡Solo eso!… – Le suplicaba desesperadamente en susurros. Mi hermano nos miraba a las dos con un rostro que al principio reflejaba sorpresa pero ahora reflejaba asco y desprecio.

– Alucino con vosotras dos – Dijo mientras se volvía para marcharse. Mientras, yo intentaba agarrar su brazo y frenarle tratando inútilmente de mantener mis tetas ocultas.

–  ¡Javi! ¡Javi escucha! ¡No se lo digas! – pero fue inútil. Era más alto y más fuerte que yo y prácticamente me arrastró hasta el pasillo donde no tuve más remedio que soltarle y seguir suplicándole en voz baja mientras descendía por la escalera.

Volví al cuarto de Sandra con las manos en la cabeza completamente desesperada. Quería patalear, gritar, llorar y refugiarme en mi cuarto mientras mi hermana por fin vestida con su camiseta y un pantalón de pijama largo temblaba junto a su cama a punto de echarse a llorar. Se mordía las uñas y las frotaba unas con otras de forma compulsiva.

– ¿Se lo va a decir? – Me preguntó nerviosa.

– ¿Yo que sé?. ¡Esto es por tu puta culpa! ¡No quiero que te acerques más a mí!. Ni me mires cuando nos crucemos ¿Te enteras? – Me puse mi camiseta de tirantes completamente fuera de mis casillas mientras Sandra se quedaba inmóvil mirando al suelo.

Llegué a mi cuarto y tuve que esforzarme por no dar un enorme portazo. Me tumbé en mi cama demasiado asustada como para llorar mientras esperaba que en cualquier momento mis padres entraran dando gritos. Pero lentamente los minutos pasaban y no escuchaba ningún grito en la planta de abajo y mis padres no habían subido a regañarnos. Comencé a convencerme de que Javi no se lo había contado.

Pasado un rato mi madre ya nos había gritado un par de veces desde el pie de la escalera para que bajásemos a comer. Sabía que el tercer aviso sería el último pero aún así me resistía a abandonar la seguridad de mi cuarto.

– ¡Como tenga que subir a por vosotras os vais a enterar! – Su último grito hizo que me levantara de la cama, me pusiera un pijama morado de pantalón y camisa largos y saliese del cuarto apresuradamente. Mi madre me miraba visiblemente enfadada y aquello hizo que me temblasen las rodillas. Con cada escalón que bajaba, más rápido me latía el corazón y más temía que en cualquier momento mi madre comenzara a gritarme por lo que había hecho con Sandra. Escuché a mi hermana salir de su cuarto y bajar tras de mí.

– ¿Se puede saber qué os pasa hoy? Ni siquiera os habéis aseado. ¿Hasta que hora os quedasteis despiertas? –

– No sé mamá… – Le dije al pasar por su lado. Ella puso la mejilla para que le diese un beso y enseguida me lamenté de no haberme aseado. Aún así no se me ocurrió otra cosa que dárselo y volverme nerviosa para ver a Sandra hacer lo mismo. Me miró un segundo como pidiendo ayuda y luego le dio un rápido beso para después entrar en el salón a paso ligero. Yo la seguía de cerca y acabé por arrollarla cuando se frenó en seco al hacer frente a la mirada de Javi que estaba sentado en el sofá.

– Buenos días niñas – Dijo nuestro padre sentándose en la cabecera de la mesa sin perder de vista la Fórmula 1 que daban en la tele.

– Buenos días… – Dijimos casi a la vez. Nos sentamos en nuestros respectivos sitios en la mesa que era una frente a la otra, pero evité mirarla para que no pudiera refugiarse en mí. Javi se levantó del sofá y se sentó junto a Sandra haciendo que fuese yo quien buscara refugio Mirándola.

– Huy… Parece que las princesas han tenido mala noche – Dijo mi padre divertido.

– O muy buena… – Soltó Javi dejándonos heladas. Junté las palmas de mis manos como si estuviese rezando y le supliqué en silencio que se callara mientras Sandra se escondía bajo su melena revuelta.

Por suerte la comida transcurrió en paz y Javi no volvió a lanzar indirectas aunque sus miradas eran continuas y punzantes. Ambas escapamos a nuestros cuartos tras terminar y nos mantuvimos alejadas de la actividad toda la tarde.

El ambiente en casa era tenso cada vez que coincidíamos entre los tres durante la siguiente semana. Rechacé hablar con mi hermana dos veces que se me presentó en mi cuarto a media noche y llegado el sábado siguiente al que nos había pillado nuestro hermano besándonos, su estado era lamentable. Estaba pálida, apenas comía, se aseaba lo justo y su pelo era un desastre. Era evidente que la situación la superaba porque sus ojos estaban casi siempre rojos y húmedos como si hubiese estado llorando. A mí cada vez me costaba más seguir enfadada y no preocuparme por ella.

Aquella noche pensando en Sandra y su estado, se me hizo tarde en el sofá del salón viendo un canal de música. Nuestros padres habían salido a cenar y tomar algo y como siempre que lo hacían, no esperábamos que volviesen antes de las 05:00 de la madrugada. Javi había salido de fiesta y mi hermana como de costumbre permanecía atrincherada en su cuarto. Yo aprovechaba para darme mi fiesta particular bebiéndome unos cubatas del mueble bar de mi padre a sabiendas de que si me pillaban se me caería el pelo. No estaba para nada acostumbrada a beber ya que eran pocos los sábados que me dejaban salir de fiesta y hacer botellón a escondidas con mis amigos, así que tres cubatas y medio eran demasiados para una chica de mi edad y constitución.

Sobre las 00:40 escuché a Javi entrar en el jardín discutiendo con alguien. Lo cierto es que me pareció más pronto de lo habitual para que volviese a casa, pero luego recordé que mis padres nos habían dejado a su cargo.

Me asomé por la ventana y le observé moverse de una forma extraña discutiendo por el móvil en voz alta. Rascaba la puerta  con la llave sin acertar a meterla dentro de la cerradura así que después de un rato y temiendo que despertara a todo el barrio corrí a abrirle.

– Mira Alba, no te pongas pesada ¿vale?. Son mis amigos – Yo le hacía gestos para que hablase más bajo pero el me ignoraba abiertamente. Se sentó en el sofá mientras yo cerraba la ventana y la puerta del salón.

– Pues piensa lo que quieras. Tus amigas a mi me parecen unas estúpidas y tú te vuelves igual cuando estás con ellas… – Me sorprendió que mi hermano diese ese tipo de contestación a Alba y deduje que la cosa iba en serio.

– ¿Cómo? ¿Me echas eso en cara?. Pues que te vayan dando por el culo payasa… No, que te den. Para lo poco que te mueves en la cama me la suda… Ale adiós – Y colgó. Yo estaba de pie frente a él incapaz de reconocer a mi hermano bajo esa actitud enfadada y extraña.

– ¿Y tú qué coño miras? – Me dijo furioso.

– Nada… Es que me preocupa verte así… – El olor a alcohol que desprendía su aliento me llegó de golpe y supe enseguida que estaba casi tan bebido como yo. Era una sensación extraña y me daba un poco de miedo ya que era la primera vez que le veía así.

– Pues a mi me preocupa ver a mis hermanas desnudas comiéndose la boca después de dormir juntas y no te he dicho nada ¿No? – Debí habérmelo imaginado.

– Eso fue un error… De verdad. Sólo pasó una vez… – Me senté a su lado para hablar bajito y de paso ver si así las cosas se movían menos a mi alrededor. Pero entonces me di cuenta de que se me había olvidado deshacerme del cubata.

– ¿Y crees que eso les va a parecer mejor a papá y mamá cuando se lo diga? –

– ¡Javi por favor! Tú no lo entiendes… – El miedo a que mis padres se enterasen me puso muy nerviosa y mis ojos se empañaron enseguida.

– Pues ayúdame a entenderlo – Se quedó esperando una respuesta pero ¿Qué podía decirle?. No podía explicarle que Sandra estaba enamorada de mí y mucho menos que yo lo estaba de él.

– Fu-fue… Por… curiosidad. Por probar… – Javi me miraba con los ojos entreabiertos y el rostro impasible. Había cogido mi cubata y lo olía tratando de averiguar qué contenía.

– ¿No eres demasiado pequeña para beber esto? – Dijo antes de pegarle un buen trago haciendo que un escalofrío recorriese mi espalda.

– ¿Te gustó? – Yo negué insegura pero sus ojos me intimidaban tanto que por un momento pensé que detectaría la mentira.

– Bueno… Si. Pero… – Contemplé como vaciaba el cubata de un segundo trago.

– ¿Eres lesbiana o bisexual? – Tanta pregunta estaba empezando a crisparme y me limité a encogerme de hombros incómoda.

– Mira Javi… Ya te he dicho que fue un error que no va a volver a ocurrir… ¿Podemos olvidar el tema y seguir adelante? –

– ¿Olvidarlo? Tú estás loca. Quiero verlo – Dijo con rotundidad.

– ¿Qué? –

– Que quiero veros follar – O yo estaba demasiado borracha o se había vuelto loco de repente.

– Déjate de chorradas Javi… –

– Lo digo en serio. Vamos a llamar a Sandra – Aquella situación se me estaba yendo de las manos y traté de impedir que se levantara del sofá. Obviamente no lo logré.

– ¿Qué?… Pero Javi… ¿Ahora? – Mi corazón se aceleró por el pánico.

– Si. Cuando os pillé dijiste que haríais lo que fuera para que no lo contara. Tú decides…

– Me dejé caer sobre el sofá tapándome la cabeza con las manos tratando de encontrar alguna salida. Cuando comenzó a subir la escalera llamando a mi hermana salí disparada detrás de él.

– ¿Donde vas? ¡Joder! ¿Se te ha ido la olla? – Me colgué de su brazo y logré detenerle a media escalera más por su falta de equilibrio que por mi peso.

– ¡Sandra! !Sandra! – Traté de taparle la boca con las manos pero fue inútil. Mi hermana salió de su cuarto apresuradamente hasta llegar junto a la escalera.

– ¿Qué pasa? – Preguntó sobresaltada. En ese momento los dos nos quedamos mirándola en silencio. Era evidente que Javi dudaba y que yo estaba temblando y cuando ella lo notó, bajó un par de escalones y preguntó con más insistencia.

– ¿Pasa algo? –

– Si. Que voy a decirle a mamá y papá lo que os pillé haciendo – En medio segundo ella se puso pálida y tensa y se quedó tan clavada en el sitio que parecía una figura de cera.

– Javi tío… ¡No seas así por favor! – Le supliqué.

– Hacer lo que he dicho y me olvido del tema… – Su determinación comenzaba a enfadarme.

– ¿Que hagamos el qué? –  Me pregunto ella confusa.

– Nada Sandra. No le hagas caso que ha bebido más de la cuenta… –

– Mira quien habla… ¿Sabe papá que te estás cargando la botella de ron?. Que guay. Cuantas cosas tengo para contarle… – Su expresión era maliciosa y me dolía que fuese tan dañino conmigo.

– ¡Jolín Javi! ¿Qué te hemos hecho para que nos hagas esto? Lo que hagamos nosotras es asunto nuestro y no te tienes que meter tío… – Le gritó Sandra en un arranque de coraje.

– Entonces me callo y dejo que mis dos hermanas sigan haciendo la tijera ¿no?… Claro – Dijo en tono sarcástico.

– Vale. Vamos a calmarnos y lo hablamos mejor mañana tranquilos los tres… – Dije a la par que Sandra asentía dándome su apoyo.

– ¡Qué no! Que no me vas a liar. O hacéis lo que te he dicho o aquí va a arder Troya… – Sandra me miraba sin entender a que se refería pero tras ver que yo me angustiaba y no quería decírselo buscó la respuesta en Javi.

– ¡Jolín, Vale! hacemos lo que tú quieras. ¿Qué quieres? ¿Nuestras pagas? ¿Que recojamos o lavemos los platos cuando te toque? ¿Que limpiemos tu cuarto todos los días? –

– ¡Quiero veros follar! – El silencio era tan denso que apenas me permitía respirar. Sandra se sonrojó al instante y se puso echa un manojo de nervios sin dejar de mirarme en busca de salvación.

– ¿No? Pues vosotras lo habéis querido. Mañana sabremos lo que les parece a ellos – Me apartó de un empujón y subió la escalera. Mi hermana se apartó de su camino para no llevarse otro empujón. Cuando se perdió por el pasillo y se encerró en su cuarto me senté en el sofá desquiciada. Ella también estaba fatal y se sentó a mi lado.

– Lo siento Sonia… Todo esto es mi culpa… – Dijo deshecha en lágrimas.

– No… Tú no tienes la culpa. No me obligaste a nada. Te culpé yo a ti por qué estaba asustada y no supe cómo reaccionar… – Besé su mejilla y agarré sus manos para tranquilizarla.

– A lo mejor no le creen… – Dijo tras unos minutos y algo más calmadas.

– Da igual, aunque no le crean se va a liar gorda y no volverá a ser como antes. Además, ¿Tú no crees que de vez en cuando no les entrarán las dudas? ¿Por muy absurdo que les parezca? Por qué yo creo que si… – Ella se quedó pensativa.

– ¿Por qué quiere mirar? ¡Jolín, No lo entiendo! – De nuevo apareció ese tic que hacia que se mordiese las uñas y se las raspase unas con otras.

– No se… Por qué está borracho. O por morbo. Vete a saber… – Su pierna izquierda no paraba de temblar y puse una mano en su rodilla para calmarla. Mi vaso del cubata estaba vacío pero aún le quedaban hielos así que me eché un poco de ron y un poco de Fanta limón y comencé a beber.

– ¿Y qué hacemos? – Su mirada de nuevo demandaba auxilio.

– Buuuf. No sé Sandra… Tú… ¿Lo harías? – Se lo pensó unos segundos y luego asintió insegura.

– Me da cosa hacerlo delante de Javi… Pero si no hay otra solución, creo que si podría… ¿Y tú? – “Buena pregunta” pensé. Pero lo cierto es que en mi interior no tenía ninguna duda de que si. Acostarme con ella de nuevo no era un problema mayor que el echo de que él nos estuviese mirando mientras lo hacíamos. Pero tal vez mi instinto de supervivencia fuese mayor de lo que pensaba. Asentí con resignación.

– ¿Entonces…? – No terminó la pregunta pero me la imaginaba.

– Si. Vamos a hacerlo y ya está. Nos olvidamos de esto de una puta vez. Pero después quiero que volvamos a estar unidas. No voy a dejar que te vengas abajo otra vez y menos por Javi – Asintió esbozando una pequeña sonrisa y me quitó el cubata para beber ella.

– ¡Puag! – Dijo con una mueca de asco. Traté de coger el vaso pero ella volvió a beber y beber y beber hasta que se lo terminó. “Que beba, así será más fácil para ella” pensé. Volví a llenarlo con el poco ron que quedaba y le eché limón. De nuevo tras beber un poco, ella cogió el cubata y bebió apresurada.

– ¡Hey hey hey! Te va a sentar mal cielo. Que tú no bebes… – Luchamos entre risas por el cubata y finalmente ganó ella debido a mi estado.

– Si me lo bebo yo no te lo bebes tú. Que ya vas bastante mal – Dijo volviendo a ponerse seria. “Lo hace por mí” pensé dejándola beber.  A veces me costaba no verla como una niña e incluso hay quien diría que aún lo es, pero lo cierto es que si yo podía tomar mis propias decisiones, estaba segura de que ella también.

Con dos cubatas en el cuerpo bebidos a toda prisa, mi hermana decidió darse una ducha antes de ponernos con lo que nuestro hermano quería a cambio de su silencio. La verdad es que ese respiro me vino bien para mentalizarme con lo que estaba pasando y mantener a raya mi estado de embriaguez.

Casi 30 minutos más tarde ella salió de la ducha envuelta en una toalla blanca, yo me había puesto un pantalón de pijama azul clarito y fino y una camiseta de manga corta azul marino bastante vieja y que utilizaba para estar cómoda en casa. Debajo no llevaba sujetador.

Nos reunimos frente a la habitación de mi hermano.

Su pelo estaba mal secado y revuelto y por su piel resbalaban un sinfín de gotitas brillantes. La veía más entera que antes quizás por los dos cubatas que se había tomado, pero seguía notablemente nerviosa.

– ¿Me pongo algo de ropa? – Preguntó inquieta. Negué con la cabeza. Era inútil ya que le iba a durar poco. A continuación cogí su mano y la traje hacia mí sorprendiéndola con un tierno beso. Acarició mis mejillas, mi cuello, mis hombros y mi espalda con sensualidad, reencontrándose con mi cuerpo después de una semana. No podría decir los minutos que nos mantuvimos unidas pero fue tan bonito y tierno que hasta a mí me dio pena dejar sus labios consciente de que corría peligro de volverme adicta a ellos.

– Este ha sido sólo para nosotras – Le dije.

– Buuuf Sonia… Estoy muerta de miedo… No paro de darle vueltas… ¿Qué quiere? ¿por qué nos hace esto? –

– No lo sé cielo, pero yo voy a estar contigo. No vas a estar sola ¿Vale? – Noté sus dudas bajo esa expresión triste y me propuse hacer lo que fuera para impedir que se me viniese abajo. La besé de nuevo para obligarla a mirarme.

– Vamos a acabar con esto Sandra, luego estaremos solo las dos. Sólo nosotras… Siempre que tú quieras. Si aún me quieres claro… – Dije guiñando un ojo con expresión picarona. Ella sonrió profundamente haciendo que sus ojos se iluminasen y tras un fuerte abrazo decidimos no demorarlo más. ¿Se lo había dicho en serio o fue cosa del alcohol? A día de hoy aún no lo sé.

Respiré hondo, llamé a la puerta y entré seguida de mi hermana que no perdía el suelo de vista. Javi estaba tumbado en su cama a oscuras escuchando música y se incorporó enseguida con cara de pocos amigos.

– ¿Qué coño queréis? – El tono de su voz asustó a Sandra que retrocedió un paso hasta que agarré su mano y la hice mantenerse cerca mía.

– … Hemos estado hablando y… Bueno… Que si. Que vamos a hacerlo… – El rostro de Javi reflejó su sorpresa al instante y poco después dibujó una sonrisa maliciosa observándonos de arriba a abajo.

– Muy bien. Aquí tenéis la cama… Toda vuestra – Dijo mientras salía de ella y se sentaba en la silla de escritorio. Al encender su lámpara de estudio para vernos bien llevé a Sandra conmigo junto a la cama, pero nos costó empezar.

Después de un par de minutos tan sólo estábamos acariciando los brazos y manos de la otra por lo que Javi decidió “ayudar”. Se levantó de su silla y arrancó la toalla del cuerpo de Sandra de un tirón dejando al aire su cuerpo desnudo. Ella trató de recuperarla y después de cubrirse con las manos desesperadamente pero agarré su rostro e hice que me mirara.

– ¡Mírame! Sandra cariño escucha… Mírame… – Ella me miró a los ojos con los suyos empapados.

– Tú mírame. Así. Eso es cariño… Concéntrate en mí. Aquí sólo estamos las dos solas. Sólo tú y yo – El beso que le planté hizo que cerrara los ojos y se calmase poco a poco mientras yo lanzaba a nuestro hermano una mirada fulminante. Él la percibió y borró su sonrisa maliciosa al sentarse de nuevo en la silla.

La respiración de ella era agitada y sus movimientos tensos y torpes, aunque poco a poco con mis manos acariciando sus tetitas y su torso conseguía que se metiera en el papel olvidándose de que nuestro hermano nos observaba.

Conduje sus manos bajo mi camiseta y ella la levantó haciendo que me la quitara. Me esforcé por evitar que la vergüenza me invadiera y decidí imaginar que él no estaba tal y como yo le pedía a ella. Pero la verdad es que me resultaba bastante difícil hacerlo ya que continuamente me asaltaban imágenes de mi hermano haciéndome el amor provocando que me excitase por segundos.

– Eso es, cielo… Lo estás haciendo muy bien – Mis palabras de ánimo hacían que se mantuviese concentrada y se empleara más a fondo mientras yo no le quitaba ojo a Javi.

Él nos contemplaba pasmado e inmóvil sin perder detalle.

Pronto llegó el turno de mi pantalón cuando ella comenzó a acariciar mi entrepierna suavemente, por lo que me lo quité sin mucha floritura seguido por mis braguitas. Aquello hacía que Javi se agitara en su silla nervioso ya que la visión de sus dos hermanas en esa actitud era nueva para él y quizás también excitante.

No perdía detalle de nuestros cuerpos desnudos mientras sus ojos permanecían abiertos como platos.

Hice que mi hermana se tumbase en la cama boca arriba mientras la mantenía distraída con besos en su cuello y caricias entre sus piernas. Comenzaba a estar húmeda pero su actitud aún era muy tensa y con frecuencia tenía que guiar sus manos por mi cuerpo.

Lo cierto es que poco a poco mi vergüenza iba desapareciendo e incluso estuve tentada de acariciar el cuerpo de Javi cuando se puso de pie para poder vernos mejor. Pero lo saqué de mis pensamientos por qué para mí era más importante que Sandra no se me viniese abajo. Era mi hermana y la quería. Y ya que Javi nos obligaba a estar en esa situación no iba a permitir que saliese de ella con un trauma incurable.

Cuando mis dedos comenzaron a penetrarla lentamente ella esbozó una mueca extraña y no supe si era de dolor o placer.

– ¿Te gusta? – Pregunté mientras mis labios dejaban un rastro húmedo que descendía desde su barbilla hasta su cuello. Ella se limitó a asentir mientras yo seguía descendiendo por su cuerpo y atrapaba uno de sus pezoncitos con mis dientes sin llegar a apretar. Recordaba que ese juego le había excitado mucho la última vez y decidí explotarlo de nuevo rozando con cuidado la línea entre dolor y placer. Ella se fue soltando cada vez más hasta el punto de emitir leves gemidos de vez en cuando.

Yo no tenía mucha experiencia y no se me ocurrían muchas más formas de provocarla placer y tampoco me apetecía mucho practicarle sexo oral. Pero una vez más fue mi hermano quien decidió “ayudar” cuando puso su mano en mi cabeza y tras un par de caricias comenzó a empujar obligándome a descender.

Sandra le miraba asustada y notaba como iba retrocediendo su actitud dejándome pocas opciones.

Temiendo que en cualquier momento se echara atrás, la obligué a mirarme torciendo su rostro con la mano y le dediqué la mirada más lasciva que jamás le he dedicado a nadie mientras mi lengua descendía por su cuerpo.

Me coloqué a cuatro patas para estar más cómoda de modo que mi culito resaltaba en contraste con mi cabeza que lentamente descendía hacía su entrepierna.

No sabía si me daría asco lamer su sexo, nunca antes lo había hecho pero lo cierto es que estaba bastante excitada y no me paré demasiado a pensarlo cuando mis labios encontraron los primeros rastros de bello. Era suave, escaso y débil.

Enseguida noté el aroma que desprendía su interior y aunque no me agradaba mucho, tampoco era excesivamente desagradable.

Mi lengua no tardó en llegar a su sexo y sin tener mucha idea de que tenía que hacer comencé a lamer.

El sabor agrio de su interior inundó enseguida mi paladar mientras mi lengua recorría sus labios vaginales arriba y abajo deteniéndose cada vez en su clítoris. Mientras, mis dedos seguían dando un lento pero metódico masaje a su vagina.

La respiración de Sandra se aceleró en poco tiempo a la par que se mantenía concentrada en la situación olvidándose de Javi por el momento. Pero ¿Y Javi?. Preocupada por dar placer a mi hermana me había olvidado de él, así que proseguí masturbándola pero levanté la cabeza para buscarle.

Para mi sorpresa, mi hermano se había colocado detrás de mí para tener una visión más completa de mi “parte trasera” mientras escondía su mano bajo su pantalón vaquero acariciándose. Al principio se quedó cortado por haberle pillado, pero en los segundos siguientes mi mente fabricó un montón de situaciones ficticias en las que en la totalidad de ellas ambos estábamos teniendo sexo de todas las formas y colores, disparando mi excitación aún más. Tal vez él lo notó o lo vio reflejado en mi rostro, porque desabrochó lentamente su pantalón vaquero, lo dejó caer hasta sus rodillas y luego hizo lo mismo con su ropa interior.

Su pene no era de un tamaño descomunal, pero desde luego a mí no me parecía pequeño. Había visto pocos en mi vida. A algunos incluso los chupé y a otros solo los masturbé, pero ninguno era de ese tamaño. Aunque también era verdad que Javi era ligeramente mayor que cualquiera de los chicos con los que había estado. En cualquier caso era todo lo que yo deseaba en ese momento pero… Sandra, la situación… Todo estaba en mi contra.

Mi hermano se masturbaba lentamente sin dejar de alternar su mirada entre mi “parte trasera” y mis ojos con la melodía de los leves gemidos que Sandra trataba de ahogar en su garganta.

Para mi sorpresa, Javi posó su mano izquierda en mi trasero y lo comenzó a acariciar cada vez con más descaro. Mi corazón estaba a punto de colapsarse cuando se arrodilló en la cama y su pene quedó a pocos centímetros de mis labios. No hizo falta que lo acercara más porque en un rápido movimiento lo introduje todo lo que pude en mi boca.

Sandra seguía absorta en el placer que mis dedos la provocaban y permanecía con los ojos cerrados ajena a lo que yo estaba haciendo. “¿Qué leches estoy haciendo?” me pregunté. Pero en ningún momento me planteé parar por que por primera vez, podía expresar mi deseo libremente.

El sabor salado de su pre-semen se mezcló en mi boca con el regustillo amargo del interior de mi Hermana y no tardé en sentir mi saliva densa y abundante. Para mi desgracia Javi sacó su pene de mi boca y me condujo de nuevo a la vagina de Sandra, quien estaba bastante caliente a esas alturas y presentía que cada vez estaba más cerca de acabar. Resignada, volví a lamer su sexo sin dejar de pensar que los fluidos de nuestro hermano ahora cubrían su entrepierna. Extrañamente eso me provocaba cierto morbillo, que se disparó cuando él comenzó a acariciar uno de mis pechos.

Durante los minutos siguientes fui alternando entre la vagina ella y el pene de él haciendo que la temperatura en el cuarto se disparase. Ambos éramos conscientes de que Sandra estaba al borde del orgasmo porque ni siquiera se dio cuenta de que Javi frotaba sus pechitos. Hasta que finalmente sucedió.

Mi hermana inspiró profundamente tensando su cuerpo y arqueándolo sobre un costado. Cuando soltó todo el aire de golpe, un profundo gemido escapó de su interior mientras sus manos agarraban la mía obligándome a penetrarla a toda prisa para poco después tratar de detenerme entre quejidos y contracciones. Mis dedos quedaron empapados en su interior que se derramaba levemente resbalando hasta su ano.

Mientras tanto, mi hermano había recogido mi pelo entre sus dedos y me obligaba a volver a practicarle una felación de forma más agresiva. Su excitación quedaba reflejada en la erección de su pene que parecía a punto de estallar en mi boca, pero pasaron unos largos segundos y mi hermano no se corría.

Para entonces, mi hermana Sandra recobraba el aliento medio incorporada mientras observaba asustada cómo yo atrapaba con mis manos el pene de Javi y lo devoraba despiadadamente.

Desesperada, por que tal vez esa iba a ser la única forma de poseer su cuerpo antes de que se impusiera el sentido común que el alcohol había ocultado.

Una vez más, él retiró su pene y me condujo junto a Sandra para que la besara. Ella trató de resistirse y apartarse pero mi insistencia tuvo resultado. Su gesto se torció con desagrado al saborear el semen de mi boca y más aún cuando Javi comenzó a acariciar sus pechos. Trató de apartar su mano pero él insistió.

– Tranquila cielo… Sólo estamos tú y yo… Tú y yo… Concéntrate en mí… – Mi grado de excitación era imposible de imaginar, hasta el punto de dirigir la mano de Sandra a mi sexo mientras la continuaba besando y con la mía masturbaba a Javi. No era consciente del egoísmo que mostraba al arrastrar a mi hermana a aquello. Antepuse mi placer a su bienestar y no pensé en el daño que la podía estar haciendo.

Ahora era yo quien estaba a punto de correrme cuando los dedos de mi hermana asediaban mi clítoris sin muchas ganas pero Javi se acercó a nosotras y separó nuestros labios con su pene que comenzaba a gotear lentamente. Ella dio un respingo asustada mientras yo me lanzaba a lamer con avidez.

Fuera de mí, en una actitud de la que no estoy orgullosa, atraje a Sandra hacia el pene cuando Javi se lo acercó de nuevo a los labios.

– Hazlo… – Le susurré.

– No… – Dijo al borde de las lágrimas.

– Hazlo por mí… Porfi… – Ella estaba visiblemente nerviosa y decidí guiar su cabeza hacia el pene de Javi.

– Me dijiste que me querías Sandra… Si quieres estar conmigo, hazlo… – Le susurré al notar que se detenía en el último momento. Su rostro se ensombreció por mis palabras y las lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras me dedicaba una mirada de tristeza y decepción. Si sentí algo en aquel momento, lo enterré en el fondo de mi alma y aguardé su decisión mientras yo misma me daba placer.

Su decisión no se demoró mucho y abrió su boca para acabar atrapando el pene de nuestro hermano entre sus preciosos labios. Era torpe e inexperta y estaba nerviosa, asqueada y triste. Pero observé la expresión de Javi y por mal que nuestra hermana se la chupara, le estaba dando un placer inmenso.

Mientras tanto, yo seguí masturbándome a toda prisa deseando correrme lo antes posible. Javi me acariciaba el cuerpo y de vez en cuando me permitía relevar unos segundos a Sandra chupando su miembro para que se recobrara. Luego, guiaba su cabeza de nuevo para que prosiguiera.

Después de unos pocos minutos yo ya no podía más. Mi hermano estimulaba mi clítoris mientras mis dedos ya entumecidos lograban su objetivo provocándome un orgasmo como jamás imaginé. Espasmos descontrolados contraían mis muslos y mi estómago mientras un enorme chorro salía disparado para perderse entre las sábanas. Mis gemidos retumbaban en las paredes y provocaban en Javi un placer añadido. Sujetaba la cabeza de nuestra hermana follandose su boca que estaba roja por el esfuerzo mientras ella trataba inútilmente de separar su cuerpo entre quejidos. Su cara estaba empapada en sudor y lágrimas tanto como su boca y su barbilla lo estaban de pre-semen, que escapaba por la comisura de sus labios en espesos y pegajosos hilillos blanquecinos.

A medida que mi tremendo orgasmo desaparecía, culpa, vergüenza y miedo comenzaban a asediar mi pecho mientras observaba como Sandra escapaba por fin de Javi, echándose encima de mi pecho y escupiendo sobre él semen entre tos y arcadas. Nuestro hermano había empezado a correrse en su boca.

Un segundo chorro salió disparado contra la mejilla de ella y mi pelo y un tercero más débil pero mejor dirigido se estrelló en mi boca entreabierta. Hubo algún chorro más que se perdió entre las sábanas, entre los jadeos de mi hermano.

Ella sollozaba con su frente apoyada en mi hombro, abatida, humillada, inconsolable, mientras que yo saboreaba el semen que me acababa de tragar. Comenzaba a darme cuenta de lo que acabábamos de hacerle. Incluso él debía de estar pensándolo porque nos contemplaba sorprendido y asustado.

– Sandra cielo… Ya está… Se acabó – Y tras escuchar esas palabras se puso en pie tapándose el cuerpo como podía y escapaba del cuarto a la carrera. Yo la seguí de cerca llamándola desesperada y me la encontré frente a la puerta del baño vomitando en el suelo de rodillas y orinándose encima.

Sujeté su cabeza arrodillándome junto a ella en el charco de orina y apartándole el pelo.

“¿Qué hemos hecho? ¿Qué coño le acabo de hacer?” pensaba desesperada mientras la obligaba a levantarse. La senté en el váter mientras abría la ducha con agua caliente y esperaba a que se regulase la temperatura. No dejé de tratar de calmarla y consolarla ni un segundo mientras ella mantenía su rostro hundido entre sus manos haciendo que su llanto sonase distorsionado.

En cuanto comprobé el agua y estuvo a una temperatura correcta agarre a mi hermana por la cintura  rodeándola con un brazo y la obligué a entrar conmigo en la ducha.

Al notar el agua ella dio un gritito y se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo. Yo me arrodillé a su lado.

– Ya está mi niña… Ya se ha acabado… ¡Joder! Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento… Lo siento muchísimo… ¿Qué he hecho?… Esto es culpa mía – Le susurraba desesperada limpiando a conciencia su cara con mis manos.

No me dirigió ninguna palabra. Ni una sola mirada, ni tan siquiera un grito o golpe. Tan solo se quedó inmóvil apoyada en mi cuerpo ahogando contra él un llanto que me partía el alma.

Durante casi una hora permanecimos sentadas bajo la ducha dejando que el agua caliente limpiara nuestras lágrimas y nuestro dolor. Sintiéndome mal por lo que había pasado y porque ahora más que nunca, era una niña que se aferraba a mi cuerpo desconsoladamente.

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2. Tania e Iván: El Amante Perdido

– Hey peque… ¿Estás conmigo? – La voz de mi hermana Erika me sacó de mi estado y de pronto me encontré de nuevo sentada a su lado, en su coche y rumbo a su piso de Toledo. No sabía muy bien si me había quedado dormida o soñando despierta.

– ¿Qué?… – Dije desorientada.

– jajajaja… ¿Donde te habías ido? Estabas en las nubes – Se burló.

– No… No sé. Me… Me he quedado en blanco… – Mentí lo mejor que pude.

Lo cierto es que recordar la primera vez que mi hermano y yo habíamos estado juntos me había excitado bastante. Tenía las palmas de las manos unidas entre mis piernas y me había estado rozando disimuladamente sin apenas ser consciente de ello.

– ¿Pensabas en Iván? ¿Le echas… de menos? – Preguntó en un tono serio.

– Si… Muchísimo. Hace ya un montón que no hablo con él ni sé nada… ¿Cómo… Cómo le va…? – Pregunté tratando de disimular.

– Bueno… Papá está harto de él. Dice que no hace nada en el instituto. Que discute por todo y que se pasa casi todo el día encerrado en su cuarto. Yo he hablado con él y le he metido caña… Pero no hay manera. Quizás si hablas tú con él, te haga más caso… – Me lanzó una mirada fugaz.

– ¿Yo? – Pregunté atónita.

– Si. ¿Qué te parece si le llamamos cuando lleguemos a mi casa? Si papá no se entera podrás hablar con él todo lo que quieras… Además, él también se muere de ganas de hablar contigo – Dijo con total tranquilidad.

– Te ha… Él… ¿te ha preguntado… por mí?… – Pregunté sorprendida tratando de controlar mi entusiasmo por la idea.

– Si. La verdad es que me pregunta muchísimo por ti. También te echa de menos. Aunque intenta disimularlo – No pude evitar esbozar una sonrisa al imaginarlo. Saber aquello me reconfortaba de una forma increíble.

– ¿Sabes si tiene… Algo? ¿Alguna chica o…? – Sólo pensarlo hacía que me diese un vuelco el corazón.

Yo me había mantenido fiel a él y apenas me había fijado en nadie simplemente por que le quería. Pero había pasado casi un año completo desde que nos separaran y no habíamos tenido ocasión de despedirnos. Además, controlaban las escasas veces que nos dejaban hablar por teléfono y mi madre me impedía conectarme a Internet. ¿Como nos dejaba eso? ¿Seguiría queriéndome después de tanto tiempo?.

Yo vivía en una prisión que controlaba todos mis movimientos y probablemente él también. Quizás mi padre habría logrado quebrarle y se había dado por vencido.

¿Podría culparle si hubiera decidido rehacer su vida sin mí?. ¿No sería lo mejor para los dos?. Seguramente si, pero no podía evitar sentir miedo ante la posibilidad de perderle definitivamente.

Erika hizo una mueca.

– Pues… la verdad es que si… Está loco por una chica. Yo la he visto y es bastante guapa. Además creo que ya han tenido “algo” aunque por lo que sé, ahora no están juntos… Pero no me hagas mucho caso. No sé mucho del tema… – Dijo sin perder de vista la carretera. Me pareció notarla algo tensa, pero no dije nada.

Ella no lo sabía pero acababa de hacerme polvo por dentro. “Lo ha hecho… Se ha olvidado de mí “. Pensé abatida. Comencé a llorar descontroladamente y mi hermana se dio cuenta.

– Eeeeh… Eeeeh… Eeeeh… Peque… ¿Qué pasa? ¿Tanto le echas de menos? – Preguntó con expresión triste. Yo asentí como pude, lo cual hizo que me sintiera peor.

Me dio un par de caricias en la mejilla pero agarró el volante impotente.

– Joder. Yo creo que papá y mamá se están pasando. No sé que hicisteis para cabrearles tanto, pero una cosa es que os castiguen y otra ya que os mantengan separados e incomunicados desde hace casi un año. Es que yo flipo, de verdad… – Dijo mirándome de nuevo de forma extraña.

Yo seguí llorando desconsolada pero tras un par de minutos puse todo mi empeño en serenarme antes de que a mi hermana le pudiera dar por sospechar. Ella me dirigió  una sonrisa tierna y cómplice.

– Jopé… Con lo que molaba cuando nos íbamos de vacaciones todos juntos… Tú e Iván os hicisteis uña y carne en las últimas ¿verdad?. Las de Gijón. Hasta dormisteis en el mismo cuarto ese año por qué yo no podía dormir con tus ronquidos jajaja…- Recordar aquello me arrancó una sonrisa leve que mi hermana recompensó pellizcándome la mejilla.

– Si… Esas vacaciones fueron geniales jejeje – Sentenció.

– Recuerdo las noches que  os pegabais Iván y tú. Algunas veces mamá y papá se levantaron por qué no parabais de armar jaleo. Y luego por la mañana no había quien os despertara… – Aquello también me arrancó una media sonrisa.

Yo sabía que lo nuestro estaba mal, que nunca podríamos ser una pareja normal. Pero le amaba sin remedio y en el fondo solo deseaba verle feliz. “Le tuve para mí más tiempo del que habría  soñado. Tengo que conformarme con eso” Pensé. Pero resulta muy difícil convencerse de algo cuando tu corazón no para de golpearte con fuerza en el pecho insistiendo en lo contrario.

De todas formas Erika tenía razón en algo. Fue un verano genial, y si definitivamente había perdido a mi hermano para siempre, al menos en mis recuerdos siempre sería mío.

Volví a dejarme llevar por los recuerdos una vez más en cuanto se instauró un incómodo silencio en el coche. En poco tiempo retrocedí de nuevo a aquellas vacaciones, un día después de cometer ambos la mayor locura de nuestras vidas…

————————————–

Los dos estábamos tumbados en nuestras camas a oscuras. Con la única y débil luz de la noche entrando por la ventana acompañada del sonido del oleaje.

Sabía que Iván aún no se había dormido por que hacía pocos minutos que habíamos apagado la luz y él sabía que yo no estaba dormida por que según decían, yo roncaba un poco…

Llevábamos sin hablar desde el día anterior por la tarde. Justo después de nuestro “encuentro” sexual. Nos evitábamos mutuamente y a penas nos dirigíamos miradas fugaces y avergonzadas durante la comida o la cena. Incluso nuestros padres y hermana se dieron cuenta y pensaron que estábamos enfadados.

Pero aquella noche yo estaba muy confusa. Por un lado, la situación con mi hermano me aterraba. Era consciente de que dos hermanos teniendo sexo estaba mal. Pero por otro lado, después de haberlo procesado un poco… Me excitaba…

A penas había podido olvidarlo desde que ocurrió y andaba caliente y distraída todo el día.

En aquel momento, con mi cuerpo húmedo por el calor y la excitación y mi corazón latiendo a toda velocidad, de alguna forma, encontré el valor para hablarle.

– Iván… – Susurré a la silueta oscura sobre su cama. Cuando vi que no contestaba dejé pasar unos segundos.

– Iván… – Insistí.

– ¿Qué quieres Tania? – contestó casi de inmediato. Parecía molesto.

– Yo… lo de ayer… Fue mi culpa… – Dije con miedo. Él guardó silencio.

– Iván… – No dijo nada pero contestó con un leve sonido nasal.

– Es que… ¡Jolín!. No sé que me pasa. Últimamente solo puedo pensar en eso… – Me resultó increíble que me hubiese atrevido a decir aquello.

– ¿En lo que hicimos? – Contestó.

– Si… Bueno, también… Pero me refiero a “eso”… Al… Sexo… – No sabía cómo iba a acabar aquella conversación pero ya había comenzado y no podía parar.

– ¿Por qué? – Dijo.

– No… No sé… Pero es que siempre… Estoy excitada ¡jolín!… – Mi hermano se incorporó sobre un codo para mirarme al notar que estaba a punto de echarme a llorar. Pero no dijo nada.

– Bueno, estás en la edad… En parte es normal – Dijo con tranquilidad.

– Si, no sé… Supongo. Pero Iván… Lo que hicimos ayer… Está muy mal ¿no?… –

– Si, Tania. Está fatal… – Susurró incómodo.

– Entonces… ¿Por qué me gustó tanto? – Me tapé la boca maldiciéndome por mi estupidez. Pero mi hermano siguió callado y su silencio constante comenzó a molestarme.

– Bueno, vale… Olvídalo… – Farfullé dándome la espalda.

– A mí también me gustó… – Soltó enseguida. Mi rostro dibujó una enorme sonrisa.

Casi inmediatamente escuché como salía de la cama y se acercaba a mí. Un escalofrío tremendo recorrió mi cuerpo dejándome inmóvil mientras mi hermano tiraba de mi hombro poniéndome boca arriba y agarraba mis pechos por encima de la camiseta.

Bajo ella no llevaba nada y en la parte de abajo tan sólo llevaba un pantalón corto blanco muy finito sobre la parte de abajo de uno de mis bikinis de color rojo.

Lentamente se tumbó a mi lado mientras me comenzaba a levantar la camiseta y algún beso fugaz se estrellaba en mi cuello o mi mejilla.

Yo estaba muy excitada y me apetecía acariciarle, tocarle. Tocarme a mí. Aún así seguía confusa e inmóvil. Pero cuando agarró una de mis manos y la introdujo dentro de su pantalón haciéndome tocar su pene erecto, me decidí.

Lo sujeté con fuerza y comencé a masturbarle mientras cubría mi torso de besos y caricias.

Su cuerpo estaba tan húmedo y caliente como el mío. Acaricie su pecho y noté sus pezones erizados, pero no más que los míos. Cada segundo que pasaba estaban más y más sensibles bajo el asedio de sus dedos.

Sus besos se estaban concentrando en mi mejilla peligrosamente cerca de mi boca, por lo que torcí el rostro para esquivarle dejando mi cuello expuesto. El mordisco que me lanzó al momento me hizo clavarle las uñas y tratar de separarlo de mí. Pero tras unos segundos aquella sensación se transformó en un placer inmenso que disparo mi excitación obligándome a buscar mi vagina con la mano libre.

Cuando soltó mi cuello, lo noté palpitar y observé el rostro de mi hermano a pocos centímetros del mío. Comprendí enseguida que quería besarme en la boca.

Durante unos segundos me mordí el labio inferior pensativa. ¿Debíamos cruzar esa línea? ¿Qué significaría hacerlo? ¿Importaba realmente después de lo que estábamos haciendo?… Al final no importó, por que cuando se acercó a mis labios lentamente yo… no me aparté.

Dejé que nuestros labios conectaran y no tardé en corresponder su beso dejándome llevar.

Yo no tenía mucha experiencia en besar a los chicos. Había tenido algún noviete pero casi nunca les dejaba meter la lengua.

Una vez, no hacía mucho, me dejé besar en serio por uno. Pero fue él quien lo hizo casi todo y tras varios segundos decidí que el chico no me gustaba lo suficiente para dejarle tocar mis pechos .

Pero con Iván era otra cosa. Tal vez por la situación o tal vez por mi grado de excitación, no lo sé.

El caso es que me encontré devorando sus labios y su lengua, aprendiendo sobre la marcha todo lo que tenía que saber a cerca de los besos. Lo que transmitían, lo que implicaban…

Todo se detuvo unos segundos después. El beso se ralentizó hasta desaparecer y ambos nos quedamos mirando en silencio. Algo nació en ese instante… Algo bonito, cálido… Algo inmenso.

Tras aquello me lancé de nuevo a sus labios y todo volvió a acelerarse, pero esta vez fue él quien comenzó a acariciarme entre las piernas mientras yo aún seguía masturbándole.

Sus dedos eran más fuertes y osados que los míos por lo que no tardaron en penetrarme con fuerza provocándome una sensación extrema.

Cuando separó sus labios de nuevo, fue para descender lamiendo mi cuerpo mientras retiraba lentamente mi pantalón corto y la parte inferior del bikini deshaciéndose de ellos.

Pensé que se detendría para “jugar” con mis pechos de nuevo, pero apenas les dedicó unos segundos y siguió descendiendo disparando mis alarmas.

Cuando pasó de largo mi ombligo, tuve claro lo que pretendía.

– No. No no no ¡no!… Iván, dios… No… – Mis súplicas fueron en vano. La lengua y los labios de mi hermano comenzaron a explorar mi vagina húmeda.

Si lo hacía bien o mal, no lo sabía. Tan sólo sabía que aquello me gustaba muchísimo.

El tacto de su lengua ardiente estimulando mi clítoris mientras uno de sus dedos me penetraba hizo que estuviese a punto de perder el control.

Quería gritar, gemir, retorcer las sábanas con mis puños hasta romperlas, pero no podía hacer ruido y provocar una catástrofe. En lugar de ello me mordí los labios, la mano o la camiseta que tenía subida hasta el cuello, tratando de controlar la respiración.

Los minutos comenzaron a pasar. Mi vagina ardía de placer y mi hermano no parecía dispuesto a parar a pesar de tenerme al borde del éxtasis. Pero entonces, tan lentamente como había bajado, su boca comenzó a ascender.

Le lancé una mirada de frustración al creer que me quedaría a medias pero entonces vi que se había bajado el pantalón y su pene erecto apuntaba a mi vagina acercándose lentamente.

Su cuerpo impedía que cerrara las piernas así que empujé sus hombros con fuerza.

– ¡Iván!… ¡No! ¡Espera! Espe… – Sus labios silenciaron a los míos mientras la cabeza de su pene comenzaba a frotarse con mi rajita húmeda.

Empujé su cuerpo con fuerza y escapé de sus labios.

– No… Iván, por favor… Por favor, por favor, porfa… Eso no… – Le supliqué.

– No tengas miedo peque… No te voy a hacer daño… – Su mirada era extraña, como si me suplicara que le dejase seguir aunque la presión de su pene iba en aumento.

– Dios, Iván… No me hagas esto por favor… No… – Le dije. Pero lo cierto es que no puse mucho empeño en detenerle mientras lo decía.

Estaba a punto de perder la virginidad con mi hermano y aunque hacerlo me aterraba, mi cuerpo pedía a gritos que me dejara llevar.

Supongo que cuando has cruzado la línea todo cambia. No importa cuanto te asustes o te arrepientas. Sabes que no hay vuelta atrás y que lo único que puedes hacer es seguir adelante y descubrir por que lo arriesgaste todo. En mi caso ya hacía rato que crucé esa línea y ahora tenía que averiguar por que…

Mi hermano agarró su pene para frotarlo con mis labios y lubricarlo para poco después presionarlo contra la entrada de mi vagina.

– Iván… Porfa… – Supliqué dándome por vencida mientras la cabeza de su pene comenzaba a entrar.

– ¿Quieres que pare…? – Preguntó tembloroso. Mi cabeza estaba hecha un lío. La razón y el deseo pugnaban por tomar el control.

– No… Sólo que… – Mis ojos se empañaron. Me sentía estúpida. Iván volvió a besarme mientras lentamente su pene entraba en mí.

– Ten cuida… Aaaaah ¡dios!… – Grité en un susurro cuando la metió entera.

Aquello me sorprendió y tuve que esforzarme por no hacer ningún ruido. Nunca había tenido nada tan grande dentro de mí y aunque sentía un leve escozor en el interior, no era comparado al placer.

Mi hermano volvió a retirarla lentamente dejándome una sensación extraña e inmediatamente volvió a penetrarme un poco más rápido arrancándome un pequeño grito que ahogué en mi garganta.

Una tras otra, oleadas de placer comenzaron a saturar mi mente obligando a mi cuerpo a actuar por instinto.

Mis labios buscaron su cuello, sus hombros, su rostro… Su boca. Cuanto más me penetraba más ganas tenía de besarle y acariciarle. Estaba perdiendo la virginidad con mi hermano, pero al menos podía seguir soñando que era algo perfecto. Esforzarme por conseguirlo y… Lograrlo.

– Dios… Iván, naaaah… No… Dios, no pue aaaah… ¡No aguanto más! – Susurré cómo pude. Mi hermano aceleró el ritmo.

Lo que vino después fueron un par de minutos de respiración acelerada, besos despiadados, caricias desesperadas y miradas desafiantes hasta que me derrumbé tapando mis labios con desesperación para ahogar los gemidos que trataban de salir por mi boca.

Toda la fuerza de mi cuerpo se escapó al final en un leve chorro que empapó el pene de Iván y que no cesaba de empujar rítmicamente mientras que mis sentidos comenzaban a funcionar de forma caótica.

Su aliento entrecortado chocaba ardiente contra mi piel mientras yo me retorcía bajo su cuerpo completamente fuera de control.

A penas sentí como sus labios succionaban la piel de mi cuello durante un buen rato mientras mi cuerpo comenzaba a calmarse. Sabía que él aún no se había corrido pero aún así bajó bastante el ritmo hasta casi detenerse. Me concedió los minutos que necesitaba para recuperarme.

– Dios Iván… Es… – Quise expresarle todo el caos de emociones y sentimientos que me hacían tener cada milímetro de mi cuerpo a flor de piel. Pero no me salieron las palabras.

Él sonrió y volvió a besarme en los labios con más ternura de lo que esperaba. Aquello fue sorprendentemente agradable y no tuve más remedio que aceptarlo. Cada vez me estaba pillando más por mi hermano.

Lentamente, sus caderas comenzaron a moverse reanudando el va y ven que me había llevado al orgasmo e hizo que mi cuerpo se estremeciera de placer otra vez. Pero no se precipitó. Sabía que yo aún trataba de recuperarme así que se contuvo y como en un oleaje lento y suave, mi cuerpo se dejaba mecer sobre un mar de sábanas blancas. Mientras tanto nuestras miradas se cruzaban, nuestras manos dibujaban entre sombras y destellos débiles las formas del otro. Los labios sellaban con besos el peligroso secreto que había nacido el día anterior.

– Ya no me arrepiento de nada peque… Me da igual… Esto no puede ser tan malo… – Dijo empujando hasta el fondo y provocándome un estallido de placer que volvió a encenderme.

– Aaaaahhora no… Aaaaah ahora no me llames… Peque… – Mis susurros rompieron el silencio de nuestro cuarto y enseguida supe que lo había dicho excesivamente alto. Pero no ocurrió nada. Nadie se quejó.

Sus movimientos comenzaron a acelerarse mientras el sudor de nuestra piel facilitaba el roce de nuestros cuerpos. Mi excitación se desbordaba por mi vagina produciendo sonidos húmedos y empapando mis inglés y mi trasero dejando un rastro frío.

Su respiración era errática y el tacto de sus latidos bajo mi mano indicaba que su corazón se esforzaba al máximo. Yo también me esforzaba a mi manera, mordiendo su piel, arañándola tal y como había visto o leído. Pero a decir verdad, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Sólo sé que él reaccionaba a todo lo que hacía y ello me hacía sentir bien.

Tardé un poco en volver a ponerme a su altura en cuanto a la excitación pero no me hizo falta forzarlo. Nuestros cuerpos se entendían perfectamente y simplemente ocurrió. Pasados unos minutos ambos nos movíamos jadeantes de placer hasta que estallé en otro orgasmo que acabó con las pocas fuerzas que me quedaban. Mientras trataba de mantener mis gemidos bajo control, contemplaba a mi hermano tensándose sobre mí con una mirada desgarradoramente atractiva.

Creí que se correría dentro, pero en su mente aún debía de quedar algún rastro de lucidez y su semen acabó esparcido por mi cuerpo en una abundante lluvia templada.

Poco después, la luz de una lamparilla vieja en el otro extremo del cuarto nos permitió encontrar un paquete de toallitas húmedas con el que limpiarnos. Vestirnos y volver a tumbarnos entre besos y caricias.

Cuando comencé a pensar con calma me llevé la mano al cuello para tratar de aliviar el escozor. Comenzó entonces un juego silencioso de mordiscos, cosquillas y forcejeos que de alguna forma nos ayudó a relajarnos y no afrontar inmediatamente lo inevitable.

– ¿Ahora qué? – Pregunté acomodándome en su pecho mientras el sueño hacía presa de mí.

Él no contestó. Se limitó a acariciar mi cabello y mi espalda después de darme un profundo beso en la cabeza.

Supe entonces que no había un plan. Que tendríamos que improvisar día a día y hacer frente a los obstáculos que surgieran. Pero también supe en ese instante, mientras me quedaba dormida sobre su cuerpo, que era posible ser feliz.

Aquella noche finalmente el sueño me atrapó con una enorme sonrisa en mis labios.

————————————–

La ventanilla del coche se bajó de repente y el aire fresco del exterior me golpeó en la cara devolviéndome a la realidad.

Erika me sonreía aún con el dedo en el botón que controlaba la ventanilla.

– Eeeeh ¡despierta!… Llevo un rato hablando sola ¿sabes? – Dijo.

– ¿Qué?… Dime… Perdona… – Contesté confusa mirando la carretera.

– Estás muy rara Tania. ¿Qué te pasa? ¿Y por qué sudas tanto? – Preguntó.

Era cierto. Mi cuerpo ardía por culpa de los recuerdos que repasaba en mi mente. Mis manos sudorosas aún estaban entre mis piernas y frotaban el pantalón lentamente.

– ¿Te haces pis? – Preguntó mi hermana mirándome las manos.

– Si… Un poco – Mentí.

– Aguanta que ya casi estamos. Aunque cuando veas lo que te tengo preparado… Igual te haces pis encima jajaja – Dijo con una expresión maliciosa. Parecía inquieta.

– ¿Qué es? ¿Qué es? Dímelo porfi… – Le supliqué. Ella se rió mientras se metía por una calle que tenía un aspecto antiguo y paró en un lado de la calle. Yo no le quitaba ojo de encima mientras parecía buscar algo por la ventanilla.

– ¿Te acuerdas que hace un rato te he dicho que a veces hago magia? – Preguntó fijando su vista en algo del exterior.

– Si… – Contesté confusa.

– Pues ese es mi mejor truco… – Agarró mi barbilla obligándome a girar la cabeza y mirar por la luna delantera. Al principio no lo vi, después me negué a creerlo y luego simplemente me quedé clavada en mi asiento contemplando a mi hermano Iván sonriéndome casi al final de la calle. Erika me plantó un beso en la mejilla tras quitarse el cinturón de seguridad.

– ¿De verdad pensabas que no sabía nada, tonta?. Me costó su tiempo pero al final él me lo contó todo… – Miré a mi hermana que tenía una sonrisa de oreja a oreja.

– Erika… Yo no sabía cómo… – Ella me silenció con un dedo en los labios.

– ¿Tú estás enamorada? – Me preguntó expectante.

Observé a Iván caminando hacia nosotras y entonces recuperé la confianza.

– Si… Le quiero más que a mi vida Erika… – Dije completamente decidida.

– ¡Pues corre y bésale tonta! – Miré a mi hermana incrédula suplicando que no fuese una broma de las suyas. Pero cuando desabrochó mi cinturón de seguridad se puso seria y besó mi frente.

– Corre… – Dijo en apenas un susurro.

Y entonces bajé del coche y corrí con todas mis fuerzas para encontrarme con él. Mi amante perdido…

Continuará…

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