Sexo en el metro

Volviendo de la universidad me sentía agotado, pero con una sensación de previa excitación que intentaba controlar día a día. Es que las mujeres que estudian allá son increíbles, sólo verlas te vuelve loco y, al parecer, ellas lo saben y aumentan su sensualidad con su forma de caminar y mirar.

Cuando llegué a la estación donde me subo, el metro iba repleto, pero eso no impidió que pudiera verla frente a mí, era una mujer despampanante, su cara me era familiar pero no estaba seguro, quizás la confundía. En los primeros metros que anduvo el vagón, no pude quitarle la vista de encima, su cara era la mezcla perfecta de dulzura y perversión, una mirada seria y una sonrisa coqueta, un culo impresionante, unas piernas que le hacían honor en un pantalón negro marcado y unas tetas justas que resaltaban con su blusa apretada. Fijé mi vista en ella como un estúpido enamorado o un caliente voraz. A pesar de mi deseo, jamás pensé que pudiera tener sexo en el metro con ella. Al poco tiempo ella comenzó a mirarme también, y quedamos varias veces pegados mirándonos, no hablábamos pero nos dijimos muchas cosas.

Sexo en el metro con una no tan desconocida

El tren paró, bajó un poco de gente, pero subió mucha más, la inercia de la masa me llevó a, sin querer, chocar con ella de frente, sus senos se incrustaron en mi pecho, mi pene erecto y retenido en el jeans rozó sus deliciosos muslos y nuestros labios a punto de besarse. Ella debe tener unos treinta y algo, yo 21. Mi inexperiencia hizo que intentara hablarle pero me calló con un dedo y me besó, primero tiernamente, me abrazó por el cuello y actuaba como mi novia hasta que la puerta se cerró. La gente comenzó a ocupar los diminutos espacios vacíos y nosotros quedamos reducidos a una esquina íntima. Ahí su lengua conoció la mía y sentí su mano acariciando mi pene, que se iba endureciendo cada vez más. Me preguntó al oído si todo eso era por ella, asentí, y mordió mi oreja, luego me besó en la mejilla y continuó por el cuello mientras bajaba el cierre del pantalón y sacaba mi pene. Cuando lo vio y lo tomó, me miró con perversión y comenzó a masturbarme. Su mano helada me excitaba aún más. Estábamos muy juntos, yo comencé a tocar sus tetas por encima de la blusa, luego por debajo, las movía, las apretaba y jugaba con sus pezones hasta ponerlos duros y, entonces, bajé mi mano y acaricié su sexo por encima del pantalón. No traía bragas y, si no hubiese sido negro, se habría manchado con lo húmeda que estaba. De pronto paró, se volteó, giró su mano, agarró mi pene y lo hizo rozar con su culo. Entonces reaccioné, intenté bajar sus pantalones, pero se negó, así que comencé a refregarme en su culo, ella se movía suavemente, yo agarré sus nalgas, pasaba mi pene hasta llegar a sentir su sexo, donde ella se tocaba. Ella murmuró “no aguanto más”, miró rápidamente hacia todas las direcciones, se bajó un poco los pantalones y con su mano metió mi polla en su concha. Pegó un grito ahogado, se sacó la bufanda que aún traía colgada como estola, me la ató a la boca, luego tomó mis manos, una la dejó en su cintura y la otra la llevó a su boca. Comencé a penetrarla fuerte y duro, yo escuchaba sus gritos resentidos, mi cuerpo se movía solo como una máquina, ella me mordía los dedos y botaba pequeños y leves gritos de placer, yo hacía lo mismo pero no se escuchaba. Nos movíamos a ritmo, podía ver su culo chocar chocando conmigo, ella estaba afirmada de la pared del metro.

De pronto, voltea su cara y me dice: “te bajas en la próxima estación”. Palidecí, pero no podía parar, entonces se giró, tomó mi polla en sus manos y comenzó a masturbarme de nuevo. Con mucha maestría acariciaba mis testículos, rodeaba la cabeza e hizo que me corriera en sus manos. Me dijo “hay que hacer esto rápido”, se subió los pantalones, metí mi poya en mis jeans, tomó mi mano aún con mi semen en la suya y bajamos del vagón en la estación que era mi destino.

Desde allí, yo debía tomar un microbús hasta mi casa, así que nos subimos, nos sentamos al final, también iba repleto y ya posicionados en los asientos, tomó la mano que me ensució y la limpió con su lengua, lo mismo hizo con las suyas. Entonces tuve una epifanía y me di cuenta del que era la profesora del optativo al que renuncié. Reí disimuladamente. Recuerdo que abandoné ese ramo porque ella me escuchó contándole a un compañero que la profe me calentaba mucho, que estaba muy buena y me era imposible prestar atención. En esa oportunidad, ella sólo acarició mi espalda, pero yo morí de vergüenza y no tuve la cara de volver a esa clase. Por eso me conocía y sabía detalles de mi rutina.

Luego de ese flashback, me abalancé sobre ella, besándola con pasión, tocando sus pechos con una mano y con la otra sus muslos, ella sólo me miraba con complicidad y deseo, hasta que me dijo al oído: “también recuerdo dónde vives”.

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