Iniciando en el BDSM a Tania

Iniciando en el BDSM a mi nueva empleada del hogar fue como quise terminar el día nada más conocerla. Ciertamente, no terminé iniciando en el BDSM a Tania, que así es como se llama, ese mismo día, aunque no tardaría mucho en interesarse por tan inquietante mundo. En efecto, Tania era una joven de 18 años que llegó a laContinuar leyendo »

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Relatos XXX de sexo anal: usada como pago

Mi pareja comenzó a jugar póker lo que para mí es quedarme sentarme frente a la TV, y servir tragos a ratos para no dormirme. Por suerte solo juega a veces. Con él nos vemos los fines de semana que viajamos a la capital a su departamento. Este fin de semana jugaron él y tres compañeros del trabajo, 45, 50 años, mineros, de pelo tieso, grandes y camionetas 4×4. Estaban bastante bien los tres, pensé cuando los vi. Ellos me dejaban la mirada en mi cola y me decían alguna broma por mi vestido que era abotonado todo adelante, pero nada más, y claro, habían pasado 20 días solos en la mina; después me senté en el sillón a ver TV y creo me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”.

Yo seguí durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido.

– He perdido mucho -me dijo-, no me queda nada, y Eusebio que está ganando todo dice que si te sientas en sus piernas me deja seguir ¿qué dices Peladita?

Jorge me dice Peladita cuando anda en algo malo. No sabía si echarle unos garabatos o hacerle cariño: ganó lo segundo…

– Si es solo sentarme, y tú estás acá… bueno, -le dije.

Ellos se dieron vuelta a mirarme cuando volví, el que se llamaba Eusebio echó la silla atrás y me dijo “acá linda”. Me senté con cuidado en sus piernas, con las rodillas juntas, y giré las piernas para ponerlas bajo la mesa. Sentí inmediatamente el bulto en mi trasero. Me rodeó con sus brazos, olió mi cuello y dejó las cartas vueltas abajo. Jorge pidió cartas. Yo no entiendo mucho el juego, pero sabía que estaba siendo usada como pago por la deuda de Jorge, por lo que seguí sentada allí y no tardó en poner la mano sobre mi pierna bajo la mesa y comenzó lentamente a subirla.

Yo estaba incómoda sintiéndome usada, y Jorge se daba cuenta, pero no decía nada. No sabía si los demás se daban cuenta de que me metía mano. Me iba a parar, pero la cara de Jorge era de “quédate ahí”, aunque igual me levanté y me fui a encerrar al dormitorio. Estaba entre la indignación y la excitación, una mezcla de enojo, rabia y deseo (si la que me lee es mujer va a entender). A los pocos minutos Jorge abrió la puerta.

– Peladita -me dijo-, te toca irte a sentar allá. Y por cómo lo dijo era una orden.

– Pero, ¿y los demás? -le pregunté.

– Los demás no importan. Ya se van. Tú sabes, acá nadie nos conoce… y tú sabes cómo son las cosas.

Cuando decía: “tú sabes cómo son las cosas” debía de obedecer, obedecer o mandarme a cambiar, irme, desaparecer de su vida.

– Bueno, -le dije muy despacio-, pero tú estás ahí, ¿sí?

– Sí, por supuesto Peladita, ya nunca te dejo sola, anda tranquila.

Me alisé el pelo, el vestido y volví humilde y callada al living al lugar donde estaba sobre Eusebio. Y siguieron jugando mientras él me metía la mano por mi vestido hacia arriba. Yo tenía mis dos manos con las puntas de los dedos afirmadas en el borde de la mesa, los demás atentos a las cartas me repasaban de reojo y veían cómo me agitaba. Ya era obvio lo que hacía y los tres estaban pendientes a cómo reaccionaría yo.

En un momento Eusebio me dijo al oído: “anda al baño y te sacas toda la porquería de ropa que tienes debajo y te vienes a sentar acá de nuevo”. Realmente no esperaba ni ese tono para hablarme ni que se refiriera así a mi ropa, pero obedecí, en esas circunstancias estoy aprendiendo a ser sumisa, pierdo la voluntad y obedezco consciente de que me hago daño… pero igual obedezco. “Es mi naturaleza”, como le dice el escorpión a la rana. En el baño me arreglé el pelo, me sequé la entrepierna, me quité el brasier y el colales que tenía, me estiré el vestido y regresé despacio. Él se puso de lado y yo me subí a sus piernas con las rodillas bien juntas sin decir nada y quedé atrapada nuevamente entre su cuerpo y la mesa, al lado de Jorge, frente a Luis y a mi otro lado el Chico Nano, otro compañero de trabajo.

De ser usada, a ser follada

Repartieron cartas y con la mano derecha medio las levantaba y con la otra desabrochaba mi vestido hasta mi entrepierna, luego palpaba mis labios, haciendo que me estremeciera. Los demás al poco rato se dieron cuenta, no podía evitar apretar mis manos cuando pasaba un dedo un poco más adentro de mí, e imploraba “húndeme tierra”. Ellos me miraban socarrones, satisfechos de verme allí incómoda, de sentir mi respiración que se alteraba, del pelo que se me caía sobre la frente y de cómo me iba hacia adelante de la mesa tratando de doblarme sobre mi cuando uno de sus dedos ingresaba en mi rajita. En un instante intenté bajar mi mano para detener la de él pero me ordenó al oído, seco, duro: “deja las manos sobre la mesa, ni pienses en sacarlas de allí”. Pero en ese momento me dio un respiro.

Pensaba miles de cosas en esos segundos: si me mojo mucho le voy a mojar los pantalones, no puede ser que me deje hacer esto, si aún tendré perfume, ¿cómo llegué acá Dios mío, estaré muy despeinada? Mientras, Eusebio les dijo a los tres con que jugaba:

– A ver… si pierdo abro dos botones de acá, y mostró la pechera de mi vestido.

– ¿Y si ganas?

– Gano monedas, -dijo.

– Veamos, “pago por ver”, -dijo Luis frente a mí, y se rieron.

Ganó esa vez, pero perdió la próxima y abrió dos botones, dejando mi pecho al descubierto. Sin embargo, mis pezones permanecieron tapados por el borde del vestido. Su mano regresó a mi entrepierna, a mis labios ya mojadísimos y sus dedos comenzaban a penetrarme levemente, yo estaba retraída, avergonzada, pero me manejaban los dedos de ese hombre haciendo removerme en el asiento y sentir su sexo más y más duro bajo mis piernas. El pelo se me vino a los ojos y levanté una mano para subírmelo, pero me susurró al oído: “te dije que dejaras esa mano sobre la mesa, no la saques de allí. ¿O no entiendes?”.

Jorge me miraba interesado y sonriente. Los demás me miraban atentos ahora a cada detalle, habían dejado de jugar y estaban pendientes de mí, sabían que estaba en las últimas. Yo volvía a echarme hacia adelante y ahora exhibiendo mis pequeños pechos sobre la mesa, pero no era momento para remilgos. “Que va, me dije, somos todos adultos y no es la primera vez que van a ver un par de tetas pequeñas”, pero al irme hacia adelante le permitía clavarme mejor los dedos y jadeando volvía atrás. Luis y el Chico se echaban adelante casi tocando sus rostros con el mío, mirándome curiosos, con la maldad en sus ojos. Yo jadeaba apretando y estirando los dedos de mi mano sobre la mesa, sentía el aliento a ron de sus bocas al lado de mi mejilla y comenzaba a jadear.

En un momento sentí que Eusebio me empujaba hacia abajo dejándome a mí de pie con las manos sobre la mesa y sin atreverme a volver la cara, solo miraba la superficie de la mesa esperando expectante asesando, presintiendo a los otros a mi lado y tratando de recuperar mi respiración normal.  Pero se volvió a sentar, corrió la silla hasta dejarla junto a la mesa, lo que hizo que tuviera que volverme a sentar sobre él, pero me levantó la falda y sentí su sexo duro y caliente entre mis nalgas.

– Ábrete, -me ordenó-, que te vas a sentar sobre él y quedarte quietita.

Yo obedecí. Separé mis nalgas con ambas manos y me relajé para dejarme penetrar, cuando sentí su cabeza en el anillo de mi ano me dejé caer lentamente, por suerte lo tenía húmedo y eso facilitó que resbalara algo hacia mi interior. Volví a poner las manos sobre la mesa y sentí cómo me levantaba, me abría fuerte y cuando me traspasaba su verga dura hasta mis riñones no pude evitar un grito de dolor, apreté con mis manos el mantel tirándolo y algo cayó. “Dale tío”, gritó, quizás, Luis. Ya estaba empalada, luego dejó de doler, solo un poco de ardor y sentía palpitar su cabeza dentro, muy dentro de mí. Yo me estaba quietita pensando que cualquier movimiento me haría gritar de nuevo. Entonces, sus dedos volvieron por mi vagina, buscando mi clítoris, que estaba duro de inflamado. Yo no quería ver nada, solo sentía el olor del alcohol, un perfume de hombre muy dulce, y cómo me metía dedos y me humedecía que era una vergüenza, quería morir allí, pero quería también que siguiera y era tan fuerte el deseo que me eché adelante y comencé ya entregada a jadear lentamente, las manos agarradas al mantel. Era inevitable que se dieran cuenta de cómo estaba de caliente, pensé, estaban muy cerca. Me tenía abierta por atrás, apenas moviéndose, pero sentía que me partía en dos y sus dedos me entraban y salían llenos de sabia mía, rodeaban mi botón, lo pellizcaban y comenzaba ese nudo en el bajo vientre que me hacia gemir. Me estiré enderezándome y volví a echarme adelante en la mesa permitiendo que me clavara aún más profundamente, los brazos estirados hacia Luis que estaba frente a mí y las manos como garras doblando el mantel, ahora sí que estaba jadeando a más no poder, volví a estirarme para evitar sus dedos dentro y al agacharme nuevamente me terminó de empalar y yo grité de dolor y placer, me iba cuando sacó los dedos de mi vagina muy muy mojados y me dijo “chupa puta” y yo sumisa lo hice, los otros se rieron. Dejé de hacerlo y volvió a repetirlo: “chupa”, miré su mano, sus dedos juntos y volví a chuparlos y sentí mi sabor dulzón de mujer caliente.

– ¿Quién quiere ver el orgasmo de esta Peladita? -preguntó.

– ¡Vamos tío, reviéntala! ¡Que está lista…!

– No señores, es mía por esta noche la Peladita, así que si quieren verla terminar, lo jugamos a la carta mayor. Entonces me sacó de encima de él, me dejó atónita, pasmada. Y me ordenó sentarme en el suelo en una esquina, “y cuidadito con dedearte”. Yo estaba como ida, obedecí sin decir palabra y me senté en suelo con la espalda a la pared. El suelo estaba frío, mi cuerpo jadeaba aún, por mi pierna corrían mis fluidos hasta mojar el vestido.

Ganó otro y me llamó, yo me enderecé con dificultad y cuando estaba a su lado me dijo, anda a traer crema. Yo me volví y le traje una de manos que tenía. Me puso delante de él frente a la mesa me levantó el vestido y puso sus dedos en mi ano untados en la crema.

– Espero que sea sin alcohol -me dijo.

-No es sin alcohol -le respondí tímidamente, mientras sentía cómo me entraba esa suavidad.

Él tenía ya los pantalones bajados, por lo que me sentó encima abriéndome con sus dos manos. Yo relajé mi ano y esperé abierta a ser usada clavándome su verga dura y estirada. Esta vez resbaló sin dolerme, diría que hasta mi cintura, se acercó más a la mesa dejándome aprisionada allí entre su pecho y el borde de ella, el vestido arrugado en la cintura y abierto delante me dejaba desnuda junto a Jorge y al tal Chico y frente a Luis que me miraba vivaracho. “Ahora te vas a correr perrita, delante de mí”, me dijo riéndose.

El maldito ahora puso crema en sus dedos, que pasó por mi clítoris y mi vagina, una crema helada, fresca y que resbalaba como espuma y me devolvía a la calentura anterior sin preámbulos. Mi resistencia a ser usada duró segundos, sus dedos helados pellizcaban mi vulva inflada como globo, me penetraba los dedos y los sacaba deseando que los volviera a clavar, lo hizo tres, cinco, diez veces mientras yo me doblaba hacia adelante de la mesa… ya no jadeando, roncaba, emitía un ruido como gutural de mi garganta y sabia que de un momento a otro me iba a correr delante de todos. Allí sobre la mesa, a centímetros de las caras de esos dos que me daban vuelta, con el pelo revuelto mojado de transpiración mientras sentía una gota caerme por el cuello, mi respiración se volvió entrecortada, el corazón se me apuró, me bajaba algo del estómago hacia mis piernas cuando se detuvo. Yo tenía los brazos estirados sobre la mesa y quede palpitando, vibrando, tensa como cuerda de violín.

– ¿Quieres que siga, Peladita? -me preguntó.

Yo no podía decir palabra por lo sorprendente de su pregunta, y no me podía imaginar cómo estaba allí entregada como un corderito y usada como un juguete.

– Peladita, ¿quieres que siga, o que te mande a sentar a la esquina de nuevo?

– Sigue, le contesté.

– No te escucho.

– Sigue por favor, -le dije apocada, humilde. Y ahora, acá escribiéndolo, debo decir, debo de reconocer, o de reconocerme a mí misma que eso me excitaba más, que me tuvieran así, allí, me hacía sentirme mujer, femenina, una hembra que les daba lo que ninguna otra les daba, el placer de sentirse machos, poderosos. Que ninguna por mina que fuese, por muy mujer que se creyera, llegaba allí donde yo estaba. Siendo usada por un macho y con esos cuatro hombres mirándome, pendientes de cada detalle mío. Y quizás por eso le rogué, le supliqué, le imploré que me hiciera terminar.

Entonces volvió al juego del mete y saca y en segundos sentía que volvía ese fuego dentro de mi estomago, sola le acomodaba mi ano, le movía mis caderas y jadeaba como una perra, como a cuadras de distancia escuchaba que uno de ellos decía “está roja esta mina”, “se le abren las narices”. Luis, que estaba delante de mí al otro lado de la mesa, me tomó de las manos y yo apreté las suyas como garras, tiritando. Estaba corriéndome cuando alguien me pellizcó el pezón hasta casi rompérmelo, pero fue terriblemente excitante mientras convulsionaba uno, dos minutos. Boqueaba y tenía espasmos como pescado recién sacado del agua, según me dijeron después. Cuando sentía que terminaba, que se me salía todo por mi entrepierna, que me abandonaba parte de mi cuerpo, me dejé caer sobre la mesa exhausta. Fue el orgasmo más grande que he tenido, incluso más que uno en que me masturbaran en una casa en la playa.

Pasaron varios minutos en que se volvieron a sentar y yo me enderecé y eché la cabeza atrás dejándola descansar en el cuello de Eusebio y me topé con su cara. Si me hubiera besado lo hubiera aceptado. Aunque Jorge estuviera a mi lado, total, él me puso en esta situación. Pero no lo hizo, me dijo “vamos al baño para que me limpies” y con dificultad me levanté separándome de su sexo y lo seguí cabizbaja al baño mientras mi vestido caía al suelo y los demás me miraban desnuda riéndose sentados a la mesa.

En el baño le lavé ese fierro que aún estaba duro con el agua fría corriendo y bastante jabón y se le puso más duro, luego lo sequé y me dijo que me sentara en la taza del baño, me lo metió en la boca y se masturbó en mis labios, yo también permanecía aún excitada y me tocaba, hasta que iba a terminar y me separó y escupió todo su semen en la cara, en el pelo, era mucho, mucho, que me chorreó por el cuello por el hombro por la frente. Se guardó la polla aún sucia y me tomó del brazo a la altura del hombro y así, casi colgando de su mano, (él mide más de 1.80 y yo me empino a 1,50, y pesa seguro el doble de mis 47 kilos) así, casi en el aire me sacó afuera, donde estaban los otros sentados todavía en la mesa de póker. Yo hice el ademán de limpiarme, pero me lo impidió.

Usada para dar placer a todos…

– Ya está bautizada, -les dijo, casi colgada por mi brazo mostrándome a los tres, y me sentó en el sillón.

– Si alguien quiere darse el gusto con la Peladita, ahí está.

– ¿Para todo uso?

– Ya viste… para todo uso

Luis se puso de pie, se abrió la bragueta y se sacó su sexo, que estaba parado como un palo y se sentó a mi lado, luego me montó encima de cara a él y me dijo “mastúrbate“. Yo comencé a acariciarme frente a él hasta que sentí que terminaba dentro de mí inundándome de semen.

– Sale con cuidado que me ensucias los pantalones -me dijo, y me sacó en el aire casi hacia atrás, dejándome de pié desnuda frente a esos cuatro hombres vestidos y hasta con zapatos. El que le dicen el Chico Nano se paró y con una mano en mi espalda me empujó hacia el baño, allí me hizo lavarme la entrepierna y en el mismo baño me puso frente a la pared y comenzó desde atrás a darme duro, yo afirmada con una mano contra la pared, con la otra me logré tocar y terminar una vez más poco antes de que él me llenara nuevamente de semen. Terminó y me dejó allí. Yo recuperé mi vestido, me lo puse y volví a sentarme en la esquina del sillón con los ojos que se me cerraban de cansancio.

Creo que me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”. Lo seguí casi durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido, “he perdido mucho” me dijo. Entonces, ahora sí bien despierta, le contesté:

– Sí, y ya sé lo que quiere Eusebio…

– Y, Peladita, ¿me vas a ayudar?

 

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Sucia pareja liberal

“¡Oh, amor, eres una puerca sucia!”, le dije, y volví a meter mi lengua en lo profundo de su boca viciosa que olía y sabía a culo. “Tú también eres una marrano, mi marrano, porque te gusta el olor y el sabor que traigo”, respondió, mientras masajeaba con una mano mis pelotas y mi verga dura por encima de mis calzoncillos blancos.

-¿Culo de macho o de hembra, amor? –pregunté.

-De hembra, -respondió, sin dejar de penetrar su lengua sucia en mi boca, hambrienta de su aliento y sus sabores.

Ella venía de la fiesta de su amiga Felicia, una linda y madura lesbiana, a cuyas reuniones también asisten homosexuales y unos pocos tíos de vergas enormes. Allí, en medio de bebidas espirituosas, se abandonan a sucias prácticas colmadas de placeres que los llevan a la cima de los más intensos orgasmos.

Pero ella ya estaba aquí, ofreciéndome el olor y el sabor de Felicia a través de su boca, de su lengua, de sus dedos y sus manos… Al cabo de unos minutos estábamos completamente desnudos y nuestras lenguas ahora se entrecruzaban y las manos tomaban y acariciaban nuestros cuerpos. Un dedo de ella se hundió en la profundidades de mi culo peludo y uno de los míos penetró su culo lleno de semen. Esto me excitó aún más, metí de inmediato un dedo en su chocho afelpado, superpeludo, y también estaba inundado de leche. La miré excitado, pero al mismo tiempo interrogándola con mis ojos. La respuesta no se hizo esperar:

-Tú sabes, amor mío, cuánto necesita mi cuerpo del elixir blanco y cómo me gusta estar llena para ofrecérselo a tu garganta sedienta.

Me tumbé en el piso, ella abrió sus piernas a la altura de mi cabeza y descendió lentamente, muy abierta, hasta mi boca preparada para recibir el semen que tenía almacenado en su chocho y en su culo.

-Dámelo todo, amor -supliqué.

-Va todo, macho mío, con algo más, tú sabes… -dijo excitada. Primero fue el culo que ella abría aún más con sus manos, leche saliendo pausadamente, cayendo lentamente en mi boca y luego un pedacito de algo marrón, pastoso y oloroso que mastiqué y tragué. Luego vino el chocho, que lanzó a mi garganta el semen contenido y el chorro líquido y dorado que bebí con ansias. Una vez acabé, ella se tendió encima de mi cuerpo desnudo y sudoroso.

-Quiero sentir los humores y los fluidos de mi culo y de mi chocho a través de tu lengua sucia, marrano mío, -pidió, aún más excitada… La saliva y las lenguas iban y venían en un continuo frenesí, hasta cuando me pidió que nos pusiéramos de pie. Se colocó detrás de mí, hizo que abriera mis piernas y aplicó su boca a mi culo sudoroso, mientras me pajeaba con sus dos manos. Sentía su lengua escarbar profundo en mi culo, llevándome a la cima de una beatitud placentera que aumentó aún más cuando empezó a mamar mi verga y mis pelotas y a meterme los dedos en el culo. Los sacaba untados y los llevaba a su boca mientras me miraba con sus ojos de vicio. Por supuesto expulsé en su garganta “litros” de leche caliente que bebió con especial deleite. Fueron horas chupando, mamando, bebiendo, absorbiendo, comiendo, culeando, rendidos al más exquisito placer, y a través suyo haciéndonos grandes, libres, dioses…

 

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Humillada por mi amo para educarme

Soy humillada por mi amo para educarme, sí. Según él la humillación me hace más humilde y me enseña cuál es mi naturaleza y mi lugar.Este es mi primer relato y lo escribo por orden de mi amo para que me sirva para entenderme mejor a mí misma. Por supuesto, es enteramente real y lo que vivo día a día desde que acepté ser su aprendiz de sumisa.En otro relato contaré cómo llegamos a este punto pero ahora solo hablaré de la humillación.

La primera forma de en la que fui humillada fue cuando tiró todas mis bragas, tangas y sujetadores. En casa debo estar siempre desnuda o, si vienen visitas con una batita de raso corta, como mucho. En la calle mi obligación es llevar faldas muy cortas, camisetas ajustadas y nada debajo por supuesto.

Solo el hecho de permanecer todo el día sin ropa interior me hace sentir completamente vulnerable y, sobre todo, en la calle me da vergüenza que la gente lo note. Yo sé que lo hacen porque en muchas ocasiones al agacharme en el supermercado o al subir escaleras mi culo queda totalmente expuesto. Pero lo importante es el sentimiento encontrado de vergüenza y excitación. Mi amo dice que me excita exigirle porque en el fondo siempre he sido muy puta y siempre he sido una sumisa reprimida a la que le encanta que su amo le ordene comportarse así.

Como he dicho antes en casa tengo que estar desnuda y desde hace unos días (llevamos una semana con mi educación) con un plug anal desde que me levanto hasta que el llega a casa. Esto es debido a que la penetración anal me dolía muchísimo y él tenía que pasarse un buen rato cada vez que le apetecía dilatándome el agujero para poder entrar. Como su idea no es hacerme daño físico, sino hacerme entender que soy suya por todos mis agujeros y que además me gusta serlo, decidió este método de dilatación. Así que ahora me levanto por la mañana, me ducho y aseo bien mi culo y después de poner lubricante en mi dedo lo introduzco para lubricar, después lubrico el plug y me lo inserto. Así me paso la mañana haciendo las tareas y sintiendo mi culo lleno a cada movimiento. Mmmmm, enseguida mi coño empieza a mojarse y tras un rato mis jugos empapan hasta mis muslos.

A la hora de comer siempre llega un mensaje a mi wasap:

“Acabo de aparcar. Ponte en posición que en cinco minutos estoy en casa”

Lo que toca entonces es esperarlo en el salón de pie, con las piernas abiertas y las manos agarrando los tobillos. Lo siguiente es la llave entrando en la cerradura y al momento oír: “ahora tocan tus azotes, que quiero ese culo rojo como un tomate”. Me azota las dos nalgas con la palma de la mano, no sé cuántas veces porque varía según el resultado de para cuando mi culo está bien rojo.

El primer día me explicó que no era un castigo y que no iba a doler en exceso, pero que mis nalgas después de ser azotadas lo volvían loco y por tanto yo debía soportarlo y me aseguró que acabaría por gustarme. Tenía razón. Sólo escuece un poco, pero me excita mucho que lo haga porque sé que eso le da placer y a mí me hace sentir más humilde. Soy suya, estoy a su lado para darle todo el placer que quiera, y es lo que intento día a día.

Después de eso me quita el plug, jugando con él. Una vez fuera me manda separar las nalgas con las manos para ver cómo está de abierto mi culo. Llegados a este punto me dice: “mi putita está cada día más abierta”, y si tiene ganas se saca la polla ya lista tras los azotes y me la mete en el culo sin más preparación. “Para eso estás preparándote toda la mañana guarra, para tratar mi polla entera sin quejidos, mira cómo estás de caliente, eres una perra en celo”, y cosas de ese tipo. Siempre me recalca que soy muy puta porque ser humillada me excita, y mi coño está permanentemente empapado y abierto.

Cuando no le apetece meterme la polla, me ordena que me quede en la postura, quietecita y con las nalgas abiertas, mientras él, sentado en el sofá, me observa o mira la tele durante un rato que a mí me parece un siglo.

Esto último me hace sentir muy humillada y a veces me cae alguna lágrima silenciosa mientras siento que hoy no he sido tan de su agrado como otros días. Aún así mi calentura crece más y más durante ese rato.

En otro relato os contaré cómo me exhibe y utiliza en público. Espero que te guste lo que he escrito, mi amo. Y que de paso también guste a los lectores de SexoEscrito.com.

Esposa sumisa.

 

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Fantasía erótica oscura. La eterna mirada

Más que verlo o escucharlo, lo sentí llegar. Apenas cruzó el umbral, su presencia lo llenó todo como una corriente de aire helado, erizando mi piel ante la expectativa, una sombra que envolvía todo a mi alrededor.

Tirada en el sillón, levanté la vista para observarlo mientras se acercaba. Descaradamente lo recorrí con la mirada. Puedo sentir las llamas de la excitación lamiéndome toda desde adentro. A su lado me siento pequeña, casi frágil, eso no es fácil de conseguir en mi caso. Los dedos me cosquillean con las ansias de arrancarle la ropa allí mismo, no dejarlo dar un paso más y tomarlo para mí. Cuando llego a sus ojos veo el hastío y el odio, espejos para los demonios que me susurran historias sobre las promesas de esa oscuridad. Sostengo la mirada y no hago nada por contener la sonrisa dibujándose en mis labios mientras mis perversidades se retuercen de felicidad, desatando un latigazo de escalofrío por mi espalda. Esto no es un juego, no hay papel que representar, es lanzarse al abismo sin saber qué hay al fondo.

Había mirado al vacío de sus ojos y me encontré con el infierno, pero no es como me lo habían contado. No era un lugar de fuego y azufre, en vez de eso me había topado con un oscuro bosque lleno de murmullos que me prometían mil formas de agonía y éxtasis. Placer, instinto, dolor, orgasmos. Todo junto. No soy nada, no tengo que ser nada, solo dejarme llevar y recibir y estar a través del instinto. Ya no hay más allá de estas cuatro paredes, no hay antes ni después, no hay nada que no sea él. Lamo mis labios con codicia. Por el momento, todo él, todo su odio y su ira y su repulsión es para mí.

El escalofrío regresó cuando sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello para levantarme, pero esta vez venía teñido de miedo. Cada nervio de mi cuerpo se puso en alerta conforme la adrenalina corría, quemándome las venas y acelerando los latidos, podía escucharlos, el corazón se me desbocaba y yo me sentía tan viva. Dejé que el miedo se extendiera hasta convertirse en la lujuria más pura, recordando la única ocasión en que alguien había aprovechado mi ingenuidad para satisfacer su egoísmo, mostrándome sin querer la delicia de ser objeto de placer. Una presa fácil que decidió volverse la cazadora que desea convertirse en presa otra vez.

Estaba totalmente indefensa, podía sentir cómo mi clítoris se hinchaba, cada vez más sensible al roce de los pantalones. Casi nunca llevaba bragas, sabía que le gustaba más así. Tampoco llevaba sostén, por lo que mis pezones endurecidos se veían a través de la camiseta blanca, la cual acabó hecha jirones cuando me la arrancó. Bajó mis pantalones, dejando mi trasero y mi concha empapada expuestos. Moví un poco las piernas para que cayeran más, aprovechando para tallar mis muslos y apretarlos para masajear mi clítoris, pero dos bofetadas me detuvieron enseguida.

La adrenalina volvió a correr por mi cuerpo, pero esta vez llena de ira que dolía en la parte baja de la espalda. El deseo de tomar el control me hizo levantarme sobre la punta de los pies para besarlo, pero su mano en mi cuello se apretó solo un poco más, deteniendo mi ataque tan cerca que podía sentir su respiración pausada sobre mi rostro. Solo unos centímetros más…

Más que una fantasía erótica

Súbitamente me lanzó al sillón. No voy a bajar la mirada, no me voy a rendir. En este momento eres tan mío cómo yo soy tuya, aunque no te guste, y te lo voy a recordar. Me levanté y lo besé, pero fue como besar a una estatua, su indiferencia solo avivó la ira, así que bajé mi mano para buscar su verga. Vamos a ver si no reaccionas con eso.

Ahogué un grito cuando sus dedos se enredaron por sorpresa en mi cabello y me jalaron para ponerme de rodillas, sacando su verga frente a mi rostro. Verla me hizo agua la boca. Quería chuparla, olerla, lamerla toda, hasta hacerlo cerrar los ojos y gemir de placer. Una nueva oleada de humedad escurrió de mi coño cuando tomé su polla y acerqué la punta a mi boca. De nuevo me detuvo una bofetada.

–Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?

–Mmm, sí. Pero quiero que…

–Cállate. No me importa lo que quieras. Solo mírala y siéntela.

Las caricias de su verga en mi cara me interrumpieron. Entreabrí los labios para poder probarlo cuando pasaba por mi boca y respiré profundamente para embriagarme de su olor, dejándome levantar de golpe para atraparme entre la fría pared y este ser oscuro que me fascina. Puedo sentir cómo se masturba a mi lado, sin soltarme, endureciendo su verga sin dejarme participar. Cuando pasa la punta por mi raja, levanto instintivamente la cadera para darle mejor acceso. Apenas me roza el cuello con su respiración cuando siento sus dientes incrustarse profundamente en mi piel una y otra vez, sometiéndome mientras me penetra con facilidad de lo mojada que estoy. Me sorprende no haberme corrido justo en el momento en que me ensartó.

–Uuufff! Así…sigue, así…

Una enorme mano tapó mi boca, ahogando mis gemidos y protegiéndome la cara del frío de la pared. Su verga incrustada hasta el fondo de mis entrañas, los movimientos eran cada vez más bruscos, las embestidas más violentas, levantándome del suelo. Gritos morían entre sus dedos mientras mi cuerpo se dejaba hacer más allá de mi propia voluntad, la razón nublada por el placer de perder el control, de dejar ir el ego, estallándolo en un orgasmo de esos que hacen que tu consciencia se pierda por unos instantes. Sentí todos los músculos de mi pelvis contraerse sin control, haciendo temblar mis piernas. No caí al suelo porque seguía siendo penetrada con fuerza contra el muro. Por supuesto, se dio cuenta, así que el ataque continuó sin piedad, alargando así las oleadas de placer un poco más, entremezclándose con el dolor conforme la humedad iba desapareciendo, alejándose poco a poco del éxtasis del placer para oscurecerse con la agonía de esta posesión inclemente. Había liberado por fin mi boca, pero jalaba mi cabello otra vez, dejando de nuevo vulnerable mi cuello, sosteniéndome firmemente por la cintura, imposibilitándome cualquier movimiento.

Volvió a arrodillarme, su mano dejó mi cintura para aprisionar mis muñecas, levantando mis brazos sobre mi cabeza, y sentí su polla incrustarse hasta el fondo de mi garganta, cortando mi respiración. El coño me ardía después de que me follara contra la pared hasta secarme y los brazos empezaban a dolerme por la posición elevada. Sentía las lágrimas correr por mi cara y mezclarse con la saliva. Cuando me tapó la nariz, lo miré directamente a los ojos mientras luchaba por liberarme, hasta que sentí por un momento que el mundo desaparecía a mi alrededor. No había más, solo el silencio, sin pasado ni futuro. Podía dejar de luchar. Todo pasó a cámara lenta.

Regresé a la realidad cuando me levantó para llevarme al sofá. No había terminado conmigo y yo no tenía que hacer nada más que rendirme al placer y al dolor, mi coño hinchado se volvía a mojar ante la expectativa. Lo vi levantarse, su polla en la mano volvía a crecer, aún podía sentir su sabor en la garganta. Me pisó la cara contra el sillón al tiempo que metía tres dedos de golpe en mi coño. Los primeros embistes de sus dedos fueron latigazos de dolor que recorrían mi cuerpo, confirmándome que seguía viva y muy presente, así que cuando puso su pie frente a mí para que lo lamiera, me concentré en hacerlo para relajarme, dejándome embestir con violencia hasta que volví a estallar en un orgasmo que hizo temblar todo mi cuerpo.

Puso su mano frente a mi cara para que limpiase mis jugos de sus dedos. Aprovecho para volver a mirarlo a los ojos. La oscuridad sigue allí, me llama. Mis demonios me provocan a provocarla, paseando mi lengua por cada dedo, recordándole todo el placer que puedo darle si se deja llevar, tentándolo. Cruza mi rostro con otra bofetada.

– No me mires. Solo chupa. ¡Chupa!

De nuevo su mano frente a mi rostro. Bajo la mirada, pero intensifico los esfuerzos, imaginando las mil y una formas en que quiero saborear su verga. Mi deseo se hace realidad.

– Toma, ahora cómete mi polla.

Me trago todo lo que puedo, hasta sentir la punta en la garganta y voy sacándola poco a poco, envolviendo todo lo que puedo con mi lengua, cuando de pronto estoy ahogándome de nuevo con su verga, atrapada ahora por la nuca. Lágrimas y saliva mezcladas gotean en mis senos, en mis muslos, puedo sentirlas recorrer mi piel cuando saca su polla y golpea mi cara con ella, cada vez más fuerte, hasta partir mi labio inferior. El sabor de la sangre hace que el instinto desplace totalmente a la razón.

Lo miro directo a los ojos otra vez mientras acaricio la pequeña herida, retándolo a agotarme, a sobrepasar mis límites, aún no me he rendido. En respuesta, me coloca en cuatro patas, empujando todo su peso sobre mí para incrustar su verga en lo más profundo de mis entrañas sin previo aviso, haciéndome gritar. Callo cuando sus dedos jalan las comisuras de mi boca como un arnés y apenas puedo gemir. Siento cómo mi coño se hincha con cada embestida y no pasa mucho tiempo hasta que me hace estallar de nuevo, oleadas de placer rematadas por una suave espuma de dolor que lo intensifica, dejándome agotada y sin fuerzas. El movimiento se detiene, deja su polla metida en mí y comienza a darme fuertes nalgadas, sustituyendo poco a poco el placer por dolor, descargando su ira contra mi trasero, tapando mi boca para no permitirme gritar.

De nuevo, sin previo aviso, detiene todo y se sale de mí. Giro para sentarme en el piso, el frío alivia un poco el ardor en mis nalgas y veo que se guarda la polla en el pantalón mientras me observa, vaya espectáculo que he de ser en este momento. Su expresión es tan neutra que no puedo leer nada. No logré que se viniera. Me choca que haga eso pero está bien, en esta ocasión, la batalla le pertenece a él. Tomo la mano que me ofrece para levantarme y me abrazo a él, recargando mi cabeza contra su pecho para escuchar sus latidos regresar a su ritmo normal. Aprieto un poco más fuerte y siento cómo tensa los músculos. “Volverá”, me susurran suavemente mis demonios a modo de despedida, ocultándose en la oscuridad de mis pensamientos.

Cuando se va, me dejo caer al piso. Acostada boca arriba, cierro los ojos hundiendo mi consciencia en la oscuridad y dejando que mi piel se consuele del castigo recibido contra el frío suelo, mi cuerpo empapado en sudor, saliva, lágrimas y mis jugos escurriendo por mis muslos. Tiemblo aún de placer, pequeños estremecimientos como descargas eléctricas que nacen en mi coño destrozado, haciéndome temblar brevemente. Agotada y derrotada, me levanto y logro llegar a la regadera para darme un baño. El agua caliente va limpiando mi cuerpo y relajando mi alma. Apenas estoy consciente cuando llego a la cama. Sé que esta noche, por fin, no voy a soñar.

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A mi Señor, con cariño

La espera me estaba matando. Mi señor llegaría en cualquier momento, pero parecía que los segundos se alargaban eternidades, así que salí a fumarme un cigarrillo al balcón para distraerme. El aire estaba helado y yo solo llevaba puestos los jeans y una playera negra, mis pies se quejaron del frío inmediatamente. Apenas había dado un par de fumadas cuando escuché la puerta abrirse, así que me volví para verlo entrar. Recargada en el barandal, seguí fumando sin hacer ningún intento por volver a entrar, al menos no hasta que recibiera mi sorpresa. Cruzó la estancia en dirección a mí sin quitarme la vista de encima, pero una dulce voz, con un muy obvio tono de lujuria, lo detuvo en seco a mitad de la sala.

– Tenías razón. Es todo un macho.

Aún me miraba, así que vi cómo abría los ojos con sorpresa y cómo apenas se dibujaba una sonrisa en sus labios cuando escuchó los pasos de mi amiga acercándose. Se detuvo justo a sus espaldas y acarició sus hombros, bajando por los brazos, dándole la vuelta para quedar frente a frente. Estaba de pie allí sin moverse, dejándose tocar por esta desconocida. Más baja que yo, de una piel tan blanca que con solo apretarla un poco, los dedos se quedan marcados en rojo brillante. Con el cabello castaño claro, corto hasta el mentón, enmarcando un rostro de facciones muy finas, grandes ojos color miel y unos labios carnosos pintados de un rojo brillante que acentuaba más su forma de corazón. Delgada y delicada como una bailarina de porcelana, llevaba un vestido corto negro de una sola pieza que escondía mi elección de atuendo para la noche, un liguero y medias de red negras, nada más. Giró para mirarme.

– ¿Aguantará?

– Seguro que sí.

Maté el cigarrillo en un cenicero para entrar de nuevo, pero esta vez directo hacia ella. Tomé su cintura, mi brazo le daba la vuelta completa y casi le saco una cabeza completa, aún cuando ella trae tacones y yo voy descalza. Pero uno no debe confiarse del tamaño, los venenos más letales vienen en frascos pequeños. Rodeó mi cuello con sus brazos y pegó su cuerpo al mío, ofreciéndome su boca para comerla. Él seguía a nuestro lado, inmóvil, viendo cómo mi mano subía por la espalda de esta pequeña bailarina para bajar por su costado, dibujando la curva de su seno. Volteamos a verlo al mismo tiempo, atacamos al mismo tiempo, un par de leonas perfectamente coordinadas para la cacería.

Mientras yo apretaba mis senos contra su espalda para poder rodearlo y desabrochar su camisa, mi amiga se encargaba de desabrochar los pantalones de mi señor. Sabía perfectamente que se estaba dejando hacer, que en cualquier momento mi amiga y yo quedaríamos sometidas a sus deseos si él quisiera, aprisionadas por esas enormes manos. Pero por ahora, nosotras queríamos divertirnos un poco y él parecía bastante dispuesto, así que entre las dos fuimos empujándolo hacia la cama. Casi parecía que estaba jugando, poniendo un poco de resistencia. Bien sé que sí quisiera, no podríamos moverlo ni un centímetro, pero bueno, somos dos contra uno y la sonrisa que trata de esconder lo delata.

Lo tiramos sobre la cama a medio vestir para que pudiera seguir viendo cómo atrapaba yo a mi amiga por la espalda, una mano en su largo cuello y la otra recorriéndole la parte interna de los muslos, subiendo hasta llegar a la orilla de sus medias. Podía sentir que ya estaba bastante caliente, la humedad ya empezaba a escurrir en su rajita depilada así que levanté el vestido para que mi Señor pudiera ver el regalo que le había traído su perra. Abrí suavemente los labios para dejar expuesto su clítoris mientras apretaba un poco más su cuello. Sus manos se enredaron en mi cabello y giró la cabeza para poder lamerme los labios mientras mis dedos acariciaban el pequeño botón rosado entre sus piernas.

No le había quitado los ojos de encima y vi que, una vez más, no tendría el gusto de ponérsela dura yo. Terminó de quitarse la ropa mientras nos observaba y estaba tirado sobre la cama masturbándose. Empujé a mi amiga hacia la cama para que quedara en cuatro patas sobre mi señor y, ofreciéndome todo el culo para chuparlo, ella se encargaba de mamarle la verga. La vi inclinarse para tragársela casi completa al tiempo que yo acariciaba su rajita suavemente para extender sus jugos hasta el culo. Cuando metí dos dedos en su coño y mi lengua en su culo la escuché gemir, con la polla aún metida bien profundo en su garganta. Dibujando pequeños círculos con la punta de mi lengua en su apretado ano, mis dedos girando mientras entraban y salían, no tardó mucho en tratar de levantar su cara para decirme que se iba a venir, pero unas enormes manos la detuvieron para evitar que interrumpiera su labor de chuparse esa polla. Escuché cómo se ahogaba mientras mi señor se la follaba por la boca sin piedad, así que seguí mi trabajo, pellizcándole y acariciándole el clítoris con una mano, mientras mi lengua daba paso a mis dedos empapados por sus jugos, para irle abriendo un poco el culo. Estaba tan apretado que sabía que muy pronto se iba a correr, así que me acomodé para poder meterle la lengua en el coño y comérmela mientras se venía, limpiando los jugos que rebozaban mezclados con mi saliva, escurriéndome la cara.

Era mi turno, así que me acosté para dejar que él se pusiera sobre mí y metiera su verga en mi boca, empalando mi cabeza contra las almohadas mientras mi amiga me quitaba los pantalones y abría mis piernas para acomodarse entre ellas. Yo también iba toda depilada, su lengua acariciaba mis labios sin abrirlos todavía, la yema de su dedo lentamente acarició la entrada de mi coño. Podía sentirme escurrir hasta las nalgas, seguro que mi culo ya estaba todo empapado, así que no le costaría trabajo penetrarme. Su dedo pulgar jugaba con mi culo, su lengua exploraba suavemente los pliegues entre mis labios hasta encontrar mi clítoris mientras me metía dos dedos en la vagina para devolverme el favor. Atrapada contra las almohadas, con el peso del semental sobre mi pecho y su verga metida hasta mi campanilla, las lágrimas corrían. Mi amiga había abierto mis piernas y las sostenía en esa posición con más fuerza de la que parecía tener. Estallé en un orgasmo en sus dedos y su lengua, gruñendo de placer con la boca llena de su polla, que no sacó hasta que dejé de temblar.

La delicada figura de mi amiga se dibujaba contra la púrpura colcha cuando fue a tirarse junto a mí. Cuando por fin mi boca fue liberada, recuperé el aliento y volteé a verla. La blancura de sus senos quedaba coronada por unas rozadas puntas, sus duros pezones, que eran una franca invitación a ser devorados como la cereza del pastel. Me escurrí hacia ella, entre sus piernas, respirando suavemente por su entrepierna, lamiendo la parte de adentro de sus muslos y subiendo por su vientre, decidida a conquistar esa cima del placer al tiempo que levantaba las caderas para ofrecerme a mi Señor.

Las nalgadas resonaron por la habitación. Una, dos, tres. Volteé a verlo sorprendida pero me topé con que casi se reía.

– Las invitadas primero, perra.

Las carcajadas de mi amiga rompieron el silencio.

– Mira tú, te salió más cabrón que bonito.

– Si no fuera así, no me lo estaría cogiendo.

Liberé las piernas de mi amiga para montarla sobre el vientre, de esa forma, los coños de las dos quedaban a disposición de él, para que follara a su gusto. Además, de esta forma podía darme a placer ese par de tetas que se me antojaban tanto. Llenaban mi mano, con los pezones escapándose entre mis dedos para ser acariciados por la punta de mi lengua. Interrumpí mi disfrute para voltear a verlo, de pie atrás de nosotras con toda la polla escurriendo nuestra saliva.

– ¿Te gustó mi sorpresa?

Por supuesto, la respuesta de mi señor no se hizo esperar. Jalándome del cabello hacia atrás, estrelló mi espalda contra su pecho, metiendo su mano entre mis piernas para masturbarme tan lentamente que era casi una tortura. Mordió mi cuello con fuerza, un recordatorio nada más. Mi amiga abrió los ojos con temor cuando la miró fijamente mientras me decía al oído:

– Voy a follarme a tu amiga hasta destrozarla, y tú lo vas a ver todo. Y luego te voy a follar igual a ti.

Sentí el escalofrío recorrer mi espalda de nuevo, pero despertando otro tipo de perversiones por parte de mi señor. Esta vez iba a ser diferente…

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Sexo salvaje con la señora Fabiola

Hola, mi nombre es Alexander. Este es mi primer relato erótico, así que empezare haciendo una breve descripción sobre mí: tengo 22  mido, 1.90 de alto, soy blanco, cabello chino largo, soy de complexión atlética diría yo, juego al fútbol americano desde los 6 y tengo ojos grises claros. Después de esta breve descripción, empezaré con mi relato erótico.

Todo empezó el viernes, 6 de noviembre del año 2015. Yo estaba afuera de casa lavando el auto de mi papá, ya que, para que me lo preste, primero tengo que lavarlo, pulirlo, etc.  Como esa noche saldría con mi linda novia, llamada Marizas -de ella les contare en otro relato erótico-, estaba casi por terminar cuando veo que va pasando la señora Fabiola, mi vecina, una mujer hecha y derecha, como de 1,60 m de altura, con un cuerpo de tentación: con un 93 de pecho, 63 cintura y 95 de cadera… toda una muñeca morena clara, de unos 60 a 62 kilos de peso, muy bien conservada a pesar de sus 35 años y 1 hijos, pues se la pasa en el gym, que está cerca de mi casa. Es la única de mis vecinas que, cuando me piropea, sí me hace ruborizarme. No es que alardee de ser guapo, pero por lo menos de mi calle sí soy el más guapo!! Jajaja, ya que todos los demás chavos son más bajos y morenos.

Bueno, continúo.  Ya estaba terminando de lavar el auto, cuando siento un toque en la espalda, seguido de un “buenas tardes vecinito, ¿cómo estás?” Al voltear, vi a esa mujer viéndome, ya que para lavar el auto solo lo hago en pantalones cortos, y lo hago porque sé que a mis vecinas les agrada… desde la más chica hasta las más grandes, y eso me excita un poco. Me voltee para contestar al saludo, y vi a mi vecina: traía puesto unos leggins negros súper gustos, que hacían resaltar su bien conservado culo grande y redondo, una blusa blanca, también muy justa, y un escote que dejaba ver su grandes pechos, los cuales invitaban al deseo, y con unos tacones altos, que afilaban su ya buena figura.

-¿Qué tal señora, cómo le va? –Respondí.

Ella, haciendo un gesto, me dijo que no le dijera señora, que la llamara solo  Fabiola porque le hacía sentir vieja. Después de eso estuvimos charlando como unos 30 min de cosas triviales hasta que salió a tema que esa noche saldría con mi chica, que iríamos a cenar y después a una fiesta con unos amigos. Ella me dijo que hacía tiempo que no salía a una fiesta, ya que su esposo se la pasa trabajando y que cuando salen solo van a fiestas infantiles por su niño, o a restaurantes donde hay juegos, también por su hijo, que tiene 7 años. Yo, en tono de juego, le dije que cuando quisiera yo la invitaba a salir, a lo cual respondió con una sonrisa y me dijo “pero que sea verdad”.

Entré a casa para darme un baño para ir a por mi chica, y al llegar a casa de mi novia me dijo que no podría ir, ya que tenía una terminar una tarea de la universidad. Me dijo que fuera con mis amigos y que me divirtiera, que ella saldría al día siguiente conmigo, así que me dispuse a ir a la fiesta con mis amigos y ponerme a beber y charlar de cosas de hombres; pero vi que entre las prisas había olvidado mi dinero en casa, por lo que volví a casa, tomé mi cartera y se me vino a la cabeza lo que mi vecina me había dicho, y  pensé que esa era mi oportunidad.

Me dirigí a casa de mi vecina y toqué el timbre. Ella abrió la puerta casi enseguida, diciéndome “hola vecino, pasa”.  Yo pasé con algo de miedo y, al entrar, me preguntó que si quería algo de beber, a lo cual yo contesté que sí.  Se fue a la cocina; yo, por mi parte, tomé asiento. Al regresar de la cocina me le dije lo de mi novia y que venía a cumplir mi promesa de invitarla a salir. Ella dijo que sí, que solo tenía que llevar a su hijo con su hermana.

Sexo salvaje con mi vecina, en un hotel

Nos subimos a mi auto, la llevé a casa de su hermana y después nos fuimos. Pasamos a un lugar al que me gusta ir, pedimos vino y empezamos a charlar. Llevábamos una hora conversando hasta que le pregunté que por qué había aceptado tan fácil a mi invitación. Ella se sonrojó y me dijo que no era de todos los días que el chico más lindo de la colonia le invitara a salir. Yo, al escuchar esto, me puse súper rojo, no sabía que más decir.

Después de un rato terminamos la botella de vino y de comer, cuando le dije que si quería ir a la fiesta con mis amigos. Ella me dijo que sí, pero que le gustaría mejor ir a otro lugar más privado. Al escuchar esto, mi pene se levantó de inmediato. Ella lo notó y dijo: “¿qué te parece si vamos a un hotel?” Eso solo hizo que mi pene quisiera romper el pantalón y salir. Le respondí que sí, así que tomamos rumbo al hotel más cercano.

Ya en la habitación, empezamos a conversar hasta que ella empezó a sobar mi pene por encima del pantalón. Yo respondí apretándole levemente los muslos; comenzamos a besarnos como un par de locos, después ella se subió encima de mí dejándome sus grandes tetas en la cara, y seguimos besándonos  por un rato, hasta que ella se bajó, se puso de rodillas frente a mí y me empezó a quitar el cinturón y a bajar mi cremallera dejando salir a mi pene erecto. Sin decir nada, lo comenzó a chupar poco a poco hasta agarrar ritmo y terminar con toda mi virilidad en la boca. Yo quedé asombrado. ya que mi novia siempre lo había intentado y nada más, no podía. Después de eso se levantó, se empezó a quitar la ropa y cuando quedó desnuda se montó sobre mí; su vagina estaba súper mojada, así que no le costó mucho entrar a mi pene. Cuando la tuvo dentro me empezó a besar y a morder el cuello sin dejar de moverse de arriba hacia abajo. Yo mientras tanto manoseaba su culo grande y firme; estaba en el cielo. Después de un rato en esa posición le pedí que se pusiera a cuatro patas. Ella de inmediato se colocó como le pedí mientras se tocaba los senos con una mano y con la otra se tocaba la vagina. Yo estaba buscando el condón, a lo que ella  respondió que sin el condón era mejor, que quería sentir mi semen en su interior. Al escuchar eso no lo dudé y empecé a bombear: ella solo decía “¡¡sí papi, más fuerte, así, así!!” Yo estaba maravillado viendo sus grandes nalgas chocar contra mis muslos; pasado un rato cambiamos a nuestra posición final, yo acostado y ella arriba de mí. No podía creerlo, estaba con la vecina más buena mientras se aceleraba más el ritmo. Sus tetas se movían de forma suculenta, yo solo las apretaba y chupaba… cuando sentí que me venía, empecé a bombear muy fuerte, dándole tan fuerte que ella solo gemía de placer. Gritaba “¡Sí, más, más, así papi, así!” Terminamos juntos, sentí cómo mi semen llenaba esa vagina. Ella me besó y se cayó encima de mí. Estaba exhausta, y después de eso nos quedamos recostados, pedimos una botella de vino y nos quedamos esa noche en el hotel, teniendo sexo salvaje en la cama, en el baño, parados, acostados, etc. Desde ese día, cada vez que quiero voy a por ella y nos vamos a ese mismo hotel o hasta en su misma casa a pasarla de lo lindo.

Espero y les agrade mi relato erótico, pronto les contaré sobre mi novia Marisa y su amiga Paola, así como de mis múltiples encuentros con la señora Fabiola. Estoy convenciéndola para que me deje darle por el culo, ya que su culo es virgen. En realidad es como que quiere y no, pues dice que le da miedo, pero cada día da su brazo a torcer un poco más. Espero que les haya gustado estas experiencias sexuales de sexo salvaje.

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Sexo duro por misantropía. Segunda parte

Como os comentaba en la primera parte de “sexo duro por misantropía”, mi pasión por el sexo duro nació años atrás de la indiferencia, el odio e incluso la repulsión que siento hacia el ser humano y mi realidad. Y justamente eso hizo que no me diese cuenta del brutal orgasmo que le había sobrevenido a la incauta, quedándose sin fuerzas por unos instantes mientras seguía con mi polla bien adentro de su vagina, de pie los dos y con ella contra la pared. Verla disfrutar no hace más que acrecentar mi odio. Nadie merece que le haga disfrutar, así que no paré de penetrarla apretándola aún más contra la pared, aunque esta vez ninguna mano tapaba su boca, pues ahora le jalaba del pelo mientras que con la otra mano la atraía hacia mí por la cintura. Simplemente tenía la intención de transformar su placer en dolor.

Pronto dejó de tener lubricado el coño. Mejor así, más dolor para ambos. Sin parar de follarla y de agarrarla por el pelo, despegué su cara de la pared para ver su expresión. Con los ojos medio cerrados y la boca abierta, un largo y enrojecido cuello como de cisne esperaba a ser devorado nuevamente.

Aaaah!! –Gritó- ¡uuuff!

Saqué mi polla enrojecida por la fricción y puse de rodillas a mi perra. Cogí sus dos manos y alcé sus brazos al máximo con una de mis manos. Con la otra mano me cogí la polla y se la metí en la boca. Sujeté su cabeza y llevé la punta de mi polla hasta su mismísima campanilla. Arcada tras arcada mi excitación empezó a aumentar, sobre todo por verla indefensa pese a sus intentos por respirar, e incluso por zafarse de la prisión sin rejas en la que se encontraba.

-Glup, glup, glup…-era todo lo que se oía en el salón mientras resbalaban lágrimas de sus ojos, los mismos que minutos antes pedían más fuerte, ahora pedían más clemencia. Siempre más-.

Le metí la polla lo más adentro que pude y la dejé ahí mientras que la mano que antes sujetaba la cabeza pasaba a taparle la nariz, de la cual la atraía para mí. Su cara completamente morada y sus esfuerzos por intentar salir airosa me hicieron aflojar. No quería romper a mi juguete…o al menos no quería hacer más pedazos de él.

Sexo duro sin descanso

Sin soltarle los brazos, pegué su cara contra el sofá. No la penetré. Solo quería verla sometida a mis designios. Solo quería verla rendida. Me senté frente a ella admirando la belleza del sometimiento, expresado este en tan bello cuerpo esperando su destino: una espalda estilizada e inmaculada, unas nalgas puestas a mi gusto y un chochito que volvía a rezumar unos fluidos por los que más de uno mataría. Maravillado ante tan magnífica estampa, me levanté del sillón masajeándome la polla y, al llegar a su altura, le pisé la cara al mismo tiempo que le metía de golpe tres dedos en su raja. Le quité el pie de la cara y se lo puse al lado para que empezase a chuparlo y a lamerlo como la perra que es. Con tanto ímpetu le metía los dedos que podía ver cómo sus rodillas se despegaban del suelo. Sus gemidos ahogados certificaban el inmenso placer que mi perra estaba experimentando, así que intensifiqué la fuerza del movimiento buscando destrozar la mejor herramienta de sometimiento que existe en el mundo: la vagina de una mujer. Sin embargo, aquello la llevó inexorablemente a un nuevo orgasmo que llenó mis manos de su espeso y blanquecino magma de placer, emanado de tan nefasto volcán.

Cada orgasmo suyo la hace un poco más mía; y cada intento por adentrarse en mi mente la deja más perdida aún. Sin apenas fuerza en sus extremidades debido a su resistencia y a sus orgasmos, queda completamente a mi merced. Le doy sus propios fluidos para que los chupe de mi mano, y lo hace con deleite, mirándome a los ojos con esa mirada desafiante tan suya… Es valiente y persistente después de todo, me digo a mí mismo, y eso es lo que la hace merecedora de estos momentos. Y pienso esto mientras vuelven mis demonios a musitarme al oído que vuelva a ahogarla, que tienen ganas de volver a ver cómo se torna esa mirada desafiante en una súplica de clemencia ¡Plas! Suena una nueva bofetada con la mano recién limpia por su lengua, aún mojada de saliva.

No me mires –le ordeno-. Solo chupa –vuelvo a ordenarle, mientras le pongo la mano a la altura de su cara para que pueda olerme la mano, como la perra que sabe que es-. ¡Chupa!

Y sigue chupando creyendo que me importa lo más mínimo lo que está haciendo. Se afana por complacerme sin saber que no puedo lograr complacerme, haga lo que haga.

Toma, ahora cómete mi polla –le ordeno mientras le ofrezco mi dura verga-.

Se hincó todo lo que pudo de mi endurecido miembro. Metía y sacaba cada centímetro de carne con delicadeza hasta rozar su campanilla. Le cogí la cabeza y empecé a incrementar más y más el ritmo. No tardó en llenarme la polla, los huevos y el pantalón de saliva, incluso de lágrimas que se le escapaban al tropezar la cabeza de mi polla contra su garganta. Glup, glup, glup… Cogiéndola de nuevo por el pelo eché para atrás su cabeza, pudiendo contemplar una cara bonita, enrojecida, con el rímel corrido y la boca llena de saliva, que le caía hasta las tetas. Me cojo la polla y le doy golpes cada vez más fuertes en la boca, llegando a salpicar algo de sangre de su labio inferior. En ese momento, se toca el labio agrietado mientras me mira. La más oscura lujuria hace aparición en sus ojos, que ahora piden más sangre y más dolor. Se relame los dedos ensangrentados. Yo te daré dolor, pienso. La vuelvo a colocar a cuatro patas y le clavo mi polla por completo, dejándole caer todo el peso de mi metro noventa de estatura y más de 120 kilos. Un fuerte alarido de dolor sale de su boca, pero no le doy oportunidad para que se repita, pues le cojo la boca con las dos manos y jalo de las comisuras de sus labios, como si se tratase del bocado que se le pone a los caballos. Así seguimos durante unos minutos, sin parar de bombear su dolorido coño mientras sus gemidos se deshacen como el humo tras un nuevo orgasmo que la hace desfallecer sobre el suelo. Por un instante barajo la posibilidad de romperle el culo sin previo aviso, pero solo me limito a darle fuertes nalgadas manteniendo su boca tapada con mi mano. Doy rienda suelta a mi ira con fuertes embistes y nalgadas. Sus glúteos, completamente rojos y con líneas de sangre marcadas, no admiten más dolor.

Aaaaahh –grita, entre sollozos, sangre y lágrimas derramadas-, basta, por favor. Uuuaahh, mmm, por favor, -es lo que alcanzo a entender, pues aún seguía tapándole la boca-.

De pronto, paro de darle nalgadas. Paro de penetrarla. Paro de taparle la boca. Simplemente me salgo de ella, que se da la vuelta mirándome desde el suelo, con el culo apoyado en el frío suelo, como buscando mitigar el dolor con él. La miro fijamente mientras me guardo la polla en el pantalón. Solo veo un despojo con alma, derrotada y con la incertidumbre dibujada en esos ojos que siempre piden más. No he tenido suficiente, ambos lo sabemos, pero el poder nunca estuvo en quien abusa de él, sino en quien lo ostenta sin necesitarlo.

Le invito a levantarse, pues mis demonios guardan silencio. Ella se levanta y se apoya en mi pecho. Su dueño ya se ha ido, y solo le consuela abrazar a un ser indiferente a la espera de que la indiferencia se vuelva a transformar en ira y odio, para volver a tener su dosis de sexo duro.

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Sexo duro por misantropía. Primera parte

Algunos dirán que se trata de un relato erótico de sexo duro, otros dirán que es una fantasía oscura de sexo. Sin embargo, solo quienes somos capaces de adentrarnos en las profundidades del alma y de la mente sabemos que es mucho más que sexo duro o prácticas morbosas.

En ocasiones, los demonios más sádicos del averno me visitan. El odio y el hastío que me provoca la inmundicia humana hacen que, de repente, mis más oscuros pensamientos salgan a flote con la seria intención y necesidad de dejar huella en mí…y en quienes me rodean.

Ella lo sabe, y le gusta. Su agradable rostro tiene la facultad de encerrar la más perversa de las miradas, el más oscuro de los vicios y el más negro de los universos. Es una lucha constante, donde ella pretende sumergirse en los rincones más recónditos de mi mente, pero mis demonios no emanan por voz y orden de nadie. Ni siquiera el dulce susurro de la mismísima Perséfone sería capaz de gobernar sobre ellos.

Aquella noche me esperaba feliz, cómodamente sentada en el salón mientras leía. Verla feliz no le pareció correcto a los seres que habitan en mí. O tal vez sí, y por eso quisieron salir para poseerla, para hacerla de ellos, para someterla. O quizás solo querían robarle esa felicidad para sí mismos, y por ello me invitaron a dirigirme a ella.

Ambos nos conocemos demasiado bien como para andar poniéndonos límites. No hay un juego en el que interpretar un papel. No hay una palabra clave que ponga freno o fin a nuestra locura. A ella siempre le gustó la contradicción de dominar y sentirse presa. Y a mí los sentimientos y gustos de los demás siempre me fueron indiferentes. Ni siquiera me importan mis propios sentimientos más allá del placer de ver sufrir a quien disfruta con el binomio dolor-placer.
Al llegar a su altura le agarré del cuello con la presión justa como para levantarla y quedarme fijamente mirándola a los ojos. Esos ojos que tienen la capacidad de someter a la mayoría, pero que bajo mi mirada solo aciertan a ser la viva voz del miedo y el placer. Esos ojos que, temerosos, piden más. Más fuerte, más rudo, más adentro, más violento…pero también más clemencia, más compasión. Siempre más.

Sin mediar palabra, ya sabía que su dueño había vuelto. Infinitos recuerdos se agolpaban en su mente: recuerdos inconfesables, o tal vez solo fantasías. Experiencias al fin y al cabo. Mientras permanecía sujeta por el cuello, apenas pudiendo respirar mientras contenía la mirada de su amo, recordó la primera vez que la pusieron sobre la mesa de despacho, con la boca tapada por una perversa mano y con la falda bien subida para no impedir la penetración brutal. Recordó esa primera vez en que se convirtió en un juguete, en un mero instrumento de placer egoísta para un ser depravado que buscaba en la juventud de su presa el elixir y la ambrosía de su estrecha e inexplorada cueva. Recordó también el modo en que le excitaba todo aquello, pese a sentirse humillada, vejada, ultrajada y usada a tan tierna edad.

Aquel juguete creció y quiso jugar con quien se le cruzó en el camino. Sabía que esa cueva era un lugar en el que todo hombre querría adentrarse al precio que fuese, incluso intuyendo muchos de ellos las nefastas consecuencias de dejarse seducir por los cantos de sirena. Sin embargo, eso solo le pasa a quienes aman…y el amor no tiene cabida en una mente perturbada como la nuestra, ni en un corazón tan negro. El amor que había en mí murió asesinado una y otra vez, convirtiéndose sus restos en mero rencor. Un rencor que florecía en forma de demonios que ahora tenían bien sujeta a su presa por el cuello, disfrutando al ver la dificultad con la que respiraba, esos labios carnosos entreabiertos y esa mirada, entre desafiante y temerosa.

Sexo duro. Preliminares

De un tirón le hice girones la camiseta. A continuación, le desabroché el pantalón y se lo bajé hasta debajo del culo para que fuese cayendo por sí solo. Iba sin bragas, como a mí me gusta.

¡Plas! Sonó la primera bofetada a la incauta ¡Plas! Sonó la segunda, con el revés de la mano. Los ojos seguían en contacto, su cuello seguía preso y mis ansias de venganza empezaban a asomar. Al cabo de unos segundos, intentó acercarse poniéndose de puntillas para besarme, pero la mantuve a escasos centímetros de mis labios. Podía sentir su respiración entrecortada, incluso la aceleración de su corazón en mi mano. La tiré sobre el sofá y, aprovechando su libertad, se acarició el cuello sin dejar de mirarme. De nuevo, sus ojos pedían más. Se puso de pie, colocó sus manos detrás de mi cabeza y me besó. Mis labios ni se inmutaron mientras ella se afanaba en besarme con los suyos y con su lengua. Pronto llevó una mano a mi polla para hacerla partícipe de todo aquello.

Contuve la respiración para controlar la erección que buscaba mi presa. Nunca permito que una perra llegue a ponérmela dura, pues eso les concederle un poder y un privilegio que solo a mí me pertenece, así que, tras unos instantes de caricias y besos, la cogí por su largo cabello tirando hacia atrás del mismo con violencia. De esta forma la coloqué de rodillas frente a mi polla, la cual me saqué del pantalón para que la viese. Como acto reflejo fue a cogerla para empezar a mamarla ¡Plas! Sonó una nueva bofetada.

Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?
Mmm, sí. Pero quiero que…-empezó a decir-.
Cállate, -dije bruscamente-. No me importa lo que quieras –le espeté-. Solo mírala y siéntela –le ordené, mientras comencé a acariciar su rostro con mi polla-.

Estaba domando a mi indómita perra. Siempre fue así, uno domina y otro sucumbe. Esa lección me la enseñaron bien desde temprano. Ese aprendizaje me hizo no pensar en nadie ni en nada, excepto en la muerte y el sufrimiento. Si a la muerte no podía dominarla, al menos sí al sufrimiento. Haría del dolor y el sufrimiento mis mejores compañeros de viaje y de sexo. Podríamos llamarlo sexo duro, otros le llamarán BDSM, pero para mí no es más que la forma en que se expresan mis odios. Odio por lo que fui y por lo que no llegué a ser, odio por quienes pasaron por mi vida y por los que están ella, odio por todo y por todos.

Volví a tirarle del pelo para levantarla de un golpe, la puse de espaldas llevándola frente a la pared, donde puse su cara apretándola fuerte contra la misma. Con la mano que me quedaba libre endurecí mi verga, luego le acaricié su húmeda raja y me pegué a ella para que sintiese todo el esplendor de mi miembro. Me acerqué a su cuello, sentí cómo se le erizaba hasta el último vello de su piel y, sin previo aviso, comencé a morderle con furia el cuello.

Aaahh, ufff, síí…-exclamaba tímidamente ella-.

Me eché para atrás, cogí mi polla y ensarté con facilidad su más que lubricada vagina.

Uuufff! Así…sigue, así…

Al oír cómo estaba disfrutando le tapé la boca. De nuevo volvieron sus recuerdos, de nuevo aquella pérfida mano acallándola. Aunque era otra persona, era la misma mano. Volvía a ser un juguete, solo que esta vez ni siquiera servía para satisfacer a un ser oscuro. Mientras sus recuerdos se agolpaban queriendo salir en forma de súplicas y gemidos, mi polla seguía taladrando a placer aquel coño tan mojado, cada vez con más violencia, quedando ambos cuerpos completamente rectos, golpeando sus tetas y pelvis contra la pared. Su bello rostro quedaba a salvo del frío muro gracias a la mano que la estaba atormentando física y psicológicamente.

El sexo duro en su más amplio espectro estaba por llegar. Ambos lo sabíamos, y vosotros seguiréis siendo testigos en la segunda parte de “sexo duro por misantropía”.

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Sexo duro como recompensa

El sexo duro, o sexo hardcore, es algo que mucha gente –sobre todo mujeres- ve con recelo. Yo, por mi parte, encuentro en el sexo duro un plus de excitación en mis experiencias sexuales, aunque siempre he respetado a aquellas tías que no hayan accedido a experimentar el morbo del sexo hardcore.

Tal es el caso de mi actual pareja, Virgi, a quien le gusta mucho el sexo en pareja, el típico polvo de besitos, caricias y te quiero. A mí, todo lo que sea follar me parece de puta madre, pero claro, la cabra tira al monte y después de varios meses de relación le saqué el tema del sexo duro y le pregunté qué le parecía el tema, a lo cual ella me respondió con un sonoro “ni lo pienses”. La verdad es que me imaginaba de antemano esa respuesta, así que a partir de ahí, cada vez que follábamos intentaba introducir pequeñas variantes para ir tanteando el terreno…Un día probé a darle un par de nalgadas bien sonoras, a lo cual no le dio demasiada importancia –más bien podría decir que pareció gustarle, aunque no me dijo nada-. Otro día intenté ponerla a cuatro patas, pero se negó… Incluso un día me atreví a masajearle el ano, cosa a la que no puso impedimentos, pero cuando intenté introducirle un dedo… ¡Por poco me mata!

A pesar de la poca variedad de experiencias sexuales con Virgi, la seguía queriendo por la forma de ser que tiene y por cómo se comporta conmigo, así que traté de seguir siendo el novio perfecto. De este modo, estuve en todo momento con ella dándole clases de conducir, pues no es muy diestra en eso de manejar vehículos. Si me hubieran dicho los buenos frutos de mi conducta, creo que no me lo habría creído jamás. En efecto, Virgi aprobó el examen práctico de coche, por lo que estaba realmente feliz y motivada…”cuando llegue a casa te voy a dar lo tuyo”. Esas fueron sus palabras exactas, por lo que lo dispuse todo para un magnífico recibimiento.

Nada más llegar, sin mediar palabra, me dio un largo beso que dio lugar a besos más cortos, casi inocentes, pero muy seguidos y sin parar de mirarme con una cara de lujuria que nunca antes le había visto. Pronto notó que mi paquete iba creciendo, por lo que mientras me besaba de esa forma tan ardiente empezó a acariciarme la polla por encima del pantalón. Mis manos se fueron directamente a por ese tremendo culo respingón y apretado, entrenado a base de spinning en el gimnasio. A pesar de sus vaqueros y de su culotte, podía escuchar con claridad el sonido de su concha húmeda al juntar y separar sus glúteos, cosa que me encendió aún más.

Cuando me disponía a llevarla en brazos hasta la cama para hacer lo mismo de siempre, Virgi paró de besarme, sin dejar de masajearme la polla, y me dijo:

-Ahora me toca a mí darte tu premio…

-Qué pre…pre…miooo?? –mientras le hacía la pregunta, sin perder ni un segundo, sacó mi polla del pantalón y empezó a hacerme una mamada algo torpe, insegura, pero con una cara de vicio y una dulzura en la forma de comérmela que hicieron de esa mamada la mejor que jamás me hayan hecho.

-Te gusta, eh, te gusta? –decía cada vez que salía mi polla de su boca.

-Sí, sí, sigue así cariño…sigue, mmmm.

De forma instintiva le cogí la cabeza para guiarla a mi antojo. Como no puso ninguna pega, seguí dirigiendo la situación a mi antojo hasta que sin darme cuenta le estaba follando la boca con ímpetu. Ella se dejaba hacer, aunque me paraba poniendo sus manos en mis piernas de forma discreta, como pidiendo un respiro. Le miré a los ojos y vi cómo le lagrimeaban. Se estaba portando como una campeona. A continuación la puse de pie.

-Déjame ver a qué sabe mi polla, -le dije mientras la ponía de pie y le comía la lengua para saborear mi propia polla en su boca. Ella no dejaba de pajearme mientras tanto.

Así, de pie, la puse de espaldas a mí, apoyando sus manos contra la pared y haciéndole ofrecerme su tremendo culazo. Le metí el dedo corazón hasta el fondo, comprobando así lo mojada y cachonda que estaba. Le metí también el dedo anular y empecé a pejearla desde atrás con un ritmo intenso y constante mientras le comía el cuello con lamidas, mordiscos y chupetones, lo cual incrementaba todavía más el estado de excitación de ambos hasta que, sin esperarlo, dejó de gemir durante unos segundos…Ahí estaba, ya venía su primer orgasmo, y se hizo notar mediante un tremendo alarido mientras todo su cuerpo se quedaba sin fuerzas, con mis dos dedos bien adentro y mi polla preparada para ensartar a mi novia.

-Aaaahh, uuuffff, aaaaahh, mmmmm, diooooossss… -gritaba a la par que jadeaba-.

Saqué mis dedos empapados –y arrugados- por sus jugos vaginales y, mirándola a los ojos, me metí en la boca el dedo corazón. Al hacer el gesto para introducirme el dedo anular, Virgi me cogió la mano, sacándome el dedo de la boca, y se metió ambos dedos en la suya. Me chupaba y lamía los dedos como si de mi polla se tratase, manteniéndome la mirada con un aire de auténtica zorra en celo, lo cual hacía que mi polla palpitase, deseosa por llevarse su parte.

Así, con los dedos mojados tanto por el coño de mi novia como por su saliva, me humedecí la polla, atraje para mí el culo de Virgi y me abrí camino a través de su chochito. Empecé el mete y saca atrayéndola por las caderas, pero me di cuenta de que tenía carta blanca, así que la cogí por los pelos con la mano izquierda, mientras que con la derecha le daba nalgadas. Sabía que pegarle en el culo la ponía más cachonda, así que no había nada que temer. Después de pocas embestidas, ya me la estaba follando con dureza. Con el culo rojo por las nalgadas, el cuello morado por los muerdos y el coño completamente abierto por la tremenda follada que le estaba dando, mi recatada novia se había transformado en una auténtica máquina de follar.

Sin soltarla de los pelos y sin sacarle la polla, la retiré de la pared para ponerla a cuatro patas en el suelo. Con una visión espectacular de su trasero, continué cabalgándola cogiéndola de la cadera y de los pelos, tirándole hacia atrás para poder comerle la boca, ahogando así sus gemidos y aumentando todavía más el clímax. Sin sacarle el rabo en ningún momento, la tumbé bocabajo, notando así su culo en mi pelvis y comiéndole la boca por la comisura de los labios desde atrás.

-Esta es mi putita. Así me gusta…

-Mmmm, oooooaaaaahhh, síííí…sigue, sigue, me corro otra veeez, sigueee!

Y seguí dándole, metiendo y sacando mi verga de ese agujero tan placentero y apetitoso. Como no se corría, salí de ella, la volteé y empecé a comerle el coño con avaricia.

-Ooooaaaahhh, sííí, qué rico cariño, sigue, no pares!!

Tras una buena comida de coño a la par que la masturbaba nuevamente, llegó su segundo orgasmo entre más espasmos y tirones de pelo…aunque esta vez me tocó a mí sufrirlos.

-Quiero polla. Métemela. Quiero tu polla. Fóllame.

Al oír eso me abalancé encima de ella y empecé a follarla en esa postura que tan poco me gusta, pero con un nuevo matiz. Ahora me la estaba follando con violencia mientras ella no paraba de gritar de placer y de pedir que le diera más y más fuerte. Cuando estuve a punto de correrme, le metí la polla en la boca para que probase sus propios jugos. A juzgar por su forma de chupármela diría que le encantaron. Mientras me la chupaba, yo le daba pequeños guantazos en la mejilla por donde abultaba mi polla en su boca.

-Te lo tenías muy calladito, eh. La chupas como una puta. Como mi puta, porque eso es lo que eres.

Para no darle tiempo a pensar, volví a comerle le lengua y la puse de nuevo en pompa.

Mi verga entraba y salía sin dificultad. Nos lo estábamos pasando como nunca teniendo esa primera experiencia de sexo duro, así que me humedecí la yema de los dedos y empecé a darle un masaje anal con la idea de romperle el culo. De esta forma, logré un nuevo hito con Virgi, meterle un dedo en su ano. Le metí más o menos la mitad del dedo índice, y luego un poco ambos dedos pulgares. Todo parecía listo, así que humedecí su ano y mi polla, que estaba llena de sus fluidos, y me dispuse a ensartarle el culo.

-Me dueleee…no sigas, por favor, no sigas…

-Un poquito más cariño, solo un poquito más…-le contesté mientras hacía lo posible por introducirle al menos el glande.

-Ya está, por favor…no puedo, me duele, uuuufff –Imploraba Virgi mientras se echaba hacia adelante.

Contrariado por el pequeño contratiempo, la levanté, la llevé hasta la cocina en brazos, la coloqué encima de la mesa y empecé a follármela con dureza mientras la atraía hacia mí por las piernas. Ver su boba entreabierta, sus ojos bizcos por el placer y sus gemidos ahogados, sin fuerzas, me incitaban a follarla con mayor énfasis para arrancarle gemidos más sonoros, aunque ya no le quedaba aliento. Estaba exhausta, y yo también, por lo que el reflejo de eyacular pronto se hizo inaguantable.

-Uuuoooooh, me corro, me corrooo!-Exclamé justo antes de dar rienda suelta a mi torrente de esperma.

Virgi me dio un empujón para que me saliera de ella y, cogiéndose las tetas me las ofrecía con mirada de auténtica zorra. No me lo pensé dos veces y descargué toda mi leche sobre sus tetas, aunque algún borbotón de esperma le cayó en la cara y el pelo.

Cuando terminé de correrme, con una sonrisa medio pícara, medio inocente, se empezó a lamer mi leche mientras yo le refregaba mi rabo por sus tetas y su boca. Luego nos dimos un gran abrazo y me dijo…

-Otro día intentaremos que puedas probar el culo de tu putita, ¿sí?

Estos fueron los inicios del sexo duro con mi mujer, al cabo de unas semanas probamos con el sexo anal y a partir de ahí solemos tener bastante sexo hardcore…pero sexo hardcore verdad.

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Sexo intenso con Tauro

Desde que lo vi en la cabina de DJ supe que tenía que cogerme a ese hombre a como diera lugar. Aún a metros de él y entre toda la gente que había en la disco esa noche, juraba que podía olerlo. Cerraba los ojos, pensaba en encerrarme con él en la cabina, abrirle los pantalones y darle la mamada de su vida.

Por fin logré acercarme, el profundo escote de la pequeña pieza de tela que decía ser un top era una clara invitación para que lo hiciera a un lado y pudiera chuparme las tetas. Solo pensarlo me ponía duros los pezones. Sé que hablábamos de algo pero no estoy segura de qué, solo podía pensar en abrir las piernas para que me empalara con su verga hasta el fondo, solo podía pensar en tener sexo intenso con él. Al terminar la noche, mi amiga y yo habíamos sido invitadas a su casa de playa para celebrar su cumpleaños el siguiente fin de semana.

Su amigo y él pasaron por nosotras y llegamos a la casa por la tarde de un viernes. Todo estaba listo para tres días de fiesta continuos. El lugar era enorme, frente a la playa y con un jardín trasero que se extendía hasta la selva. Era un paraíso para perderse y cumplir toda clase de fantasías  y en la recámara principal, un balcón con una alberca interior con vista al mar era como un sueño.

El lugar estaba a reventar para cuando llegamos así que aventamos las maletas en su cuarto, me puse un bikini negro minúsculo y un pareo rojo, él nada más se puso un traje de baño azul con grandes flores hawaianas blancas y salimos a la fiesta. Un grupo local tocaba música tropical y para mi sorpresa me invitó a bailar. Me tomó de la cintura, apretándome contra su cuerpo. Es un hombre enorme, a su lado me siento tan pequeña. Quiero sentirlo encima de mí, quiero sentir su peso mientras me la mete. Bailamos, fajamos, nos tocábamos al ritmo de la música. Su mano que había empezado en mi espalda ya estaba casi a media nalga. Al terminar una canción me apretó contra su pelvis, pude sentir su verga inflamada de ganas. Bajó más la mano y la metió entre mis nalgas, la punta de su dedo rozando mi coño húmedo.

Tallé mis senos contra su pecho, deseaba tanto meterme su verga entre los senos y lamerla. Me besó con ganas, su lengua seguía el suave movimiento de su dedo, me hizo gemir en sus labios.

“Quiero comerte toda, ahora.”

Me dejé llevar a la recámara y en cuanto cerró la puerta me puso de frente contra el espejo del tocador. Parado atrás de mi me hizo ver como hacía a un lado los pequeños triángulos que tapaban mis pezones. Los tomó entre sus dedos, apretándolos y acariciándolos hasta que se pusieron duros, entonces los pellizcó más fuerte hasta que me hizo gemir casi de dolor. Subió una mano y metió sus dedos a mi boca, me hizo chupárselos mientras con la otra mano me quitaba el pareo y deshacía los nudos de la parte de abajo de mi bikini, dejándome así frente al enorme espejo, atrapada con una mano en mi boca y otra en mi entrepierna.

Vi cómo iba abriendo mis labios exteriores para dejar expuesto mi clítoris. Me empujó la cadera y me abrió las piernas para que pudiera ver mejor cómo me masturbaba. Sacó sus dedos de mi boca y regresó a mis senos. Ni siquiera me había penetrado y ya me iba a venir. De pronto paró y me aventó sobre la cama.

“Mastúrbate para mí.”

Se sentó en un sillón a los pies de la cama, así que me acomodé en la orilla para que pudiera ver todo el espectáculo. Con una mano empecé a separar mis labios y con la otra, a acariciar la entrada de mi coño como él lo hizo mientras bailábamos. Estaba tan mojada que se escurría todo hasta mi culo, así que lo acaricié también, mientras me masturbaba con la otra mano.

Él estaba muy cerca, podía sentir su respiración, soplaba suavemente mientras yo me metía el dedo medio en el coño. Estaba tan caliente y apretado adentro, húmedo, ya estaba lista para su verga, pero me dijo que me metiera otro dedo. Acariciaba mis muslos y jugaba suavemente con mi culo, así que le obedecí. Podía escucharlo jadear mientras me veía meterme los dedos. “Otro más.” Tenía ya tres dedos metidos en mi coño, iba a estallarle en la cara, empezó a lamerme alrededor de los dedos y cuando no pude más, los saqué para que él metiera su lengua hasta el fondo, comiéndose todos mis jugos.

“Sabes delicioso. Podría estar aquí por siempre.”

Empezó a chuparme, metía la cara completa entre mis piernas, me lamía y me mordisqueaba el clítoris, haciéndome temblar de placer, haciéndome venir de nuevo en su boca. Cuando por fin me dejó ir me paré junto a él. “Es mi turno” le dije, y lo tiré sobre la cama. Le bajé el traje de baño y dejé expuesta su deliciosa verga. Tenía que lamerla, desde los testículos hasta la punta. Era como una deliciosa paleta y cada que daba un lenguetazo, podía escucharlo gemir de placer. Me la metí en la boca completa, hasta que toqué su vello y pude llenarme de su olor mientras lo hacía arquearse de placer. Agarró mi cabello y me bajó de la cama, haciéndome hincar, se sentó en la orilla con su verga frente a mí, me la talló en toda la cara y me la metió en la boca hasta el fondo. Mientras me hacía mamársela con fuerza levanté la vista y lo vi sonreír. “Me voy a venir en tu boca, preciosa. Y te lo vas a tragar todo.”

Fue cuando sentí como estallaba y me llenaba la boca de su leche, me la tragué toda y lo limpié con la lengua. Nos subimos a la cama y me hizo acostarme. Levantó mi cadera hasta que mis piernas quedaron en sus hombros y se volvió a meter entre mis piernas.

“Te dije que quería comerte toda.” Su lengua se movía suave entre mi coño y mi culo, acariciando mi clítoris y haciendo que me mojara de nuevo. Me metió la lengua suavemente, moviéndola dentro de mi.

“Necesito que me cojas.” suspiré. “Necesito tener sexo intenso contigo.”

Levantó la cabeza de mi concha, “Cómo gustes y mandes, preciosa.” Me acostó de nuevo y puso la punta en la entrada. “Voy a hacerte gritar.” Me empaló tan fuerte que solté un alarido de placer. Sentirlo encima, probar mi sabor en su boca mientras me tiene con las piernas en el aire, cogiéndome con fuerza, como un toro. Su verga ancha me abría, se deslizaba haciéndome gritar hasta venirme, las piernas me temblaban.

Me puso boca abajo, se acomodó entre mis nalgas y me la metió en el culo. Estaba tan excitada que gemí de placer. “Qué apretadita estás, preciosa. Vamos a abrirte un poquito más.”, y empezó a hacer círculos metido en mi, abriéndome y haciendo que parara más las nalgas de placer, para darle mejor acceso. Metió su mano bajo mi cadera y encontró la punta de mi clítoris excitado. “Vamos a venirnos juntos, ya te llené la boca, ahora te voy a llenar el culo.” Empezó a meterla y sacarla con más velocidad, yo sentía como sí me fuera a desgarrar pero al mismo tiempo como sí fuera a estallar de placer. Sentí como me pulsaba por dentro, me masturbaba, nos íbamos a correr los dos y fue cuando su leche empezó a escurrir por mis muslos.

“Qué sabrosa estás. Y qué rico coges, preciosa.”

Tomamos una pausa, abrimos otra botella y nos tiramos en la cama, pero pronto su mano empezó a acariciarme la pierna, el muslo. Sabía a dónde iba y abrí un poco más las piernas. Sus dedos fríos por el trago contra mi piel caliente. Tomó un hielo del vaso y lo pasó por mi rajita, me hizo sacudirme. Bajó a lamer el agua que había dejado el hielo y a ver que tan mojada estaba para volver a cogerme. Abrió más mis piernas para dejar mi coño expuesto y metió el hielo, lo empujó hasta el fondo con su dedo y empezó a moverlo para buscar mi punto G. Su lengua jugaba con mis pezones, los lamía, los mamaba. Eso me prendía aún más.

Cuando se puso boca arriba me monté en él. El agua fría del hielo derretido en mi coño escurría cuando me senté en su verga. Subía y bajaba lentamente para poder sentirla toda entrando en mi, para irlo prendiendo cada vez más. Casi estaba recargada en él y mis senos se mecían contra su pecho. Puso sus manos en mi cadera para empujarme más hasta el fondo, haciéndome arquear de placer. Fue llevándome así, primero suave, sintiéndolo bien adentro, en círculos. Luego me subía y bajaba muy despacio, bien profundo. No pude más y empecé a mover la cadera para sentirlo dentro de mí, él me apretó más, aumentó el ritmo, me fue llevando cada vez más al límite, me hacía gemir cada vez más fuerte.

“Grita, disfrútalo, quiero que grites y que te dejes sentir todo el placer del sexo intenso.”

Me vine con un casi alarido de placer, sus manos deteniendo mi cadera, arqueada sobre él. Todo mi cuerpo se sacudía en oleadas de placer y sentía cómo me corría. Justo en ese momento me levantó, me acostó a su lado y se vino sobre mi vientre.

La fiesta seguía, de pronto me di cuenta de la música, la gente. Podía escuchar gemidos provenientes de la alberca interior. Cuando volteé, encontré a mi amiga con el amigo y otra pareja viéndonos, se estaban tocando entre ellos.  Entonces se acercó a mi oído y susurró: “Preciosa, el sexo intenso apenas va a comenzar…”.

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Relato Erótico: El amanecer de los muertos

zombieEl cielo amaneció rojo. Era el preámbulo de la batalla, la señal de que aquellas hermosas tierras verdes pronto se teñirían con la sangre escarlata de amigos y enemigos por igual. Desde lo alto de la colina, de pie en primera lÍnea de batalla, Kasumi observó el horizonte teñirse poco a poco de luz carmesí sin emoción, ni arrepentimientos. Al grito de guerra despertaron los guerreros, uno a uno desenvainaron sus espadas y entre relinchos de caballo y jadeos humanos cargaron contra el enemigo. El sol incendió su katana. Sabía que había sido enviado allí a morir por lo que no cabía lugar para la esperanza, pero se llevaría con él tantos hombres como pudiera a la tumba. Su espada no conocería misericordia.

No hay guerrero más mortal ni peligroso que un hombre que ha dado su vida por perdida. El metal pronto se tiñó de rojo sangre. Cuerpo tras cuerpo se fueron apilando a sus pies caballeros sin nombre y con un rostro que jamás recordaría. En los años venideros sería conocido como El Demonio Rojo y su nombre sería temido y admirado por todos. No es que fuera a vivir para recordarlo. Muerto a muerto, herida a herida que besaba su piel y mordía su cuerpo… el dolor se disipaba en el ardor de la batalla y en el amargo sabor de la desesperanza. Cuando la noche fría y oscura cayó sobre él no quedaban más que cadáveres a sus pies. Amigos y enemigos por igual amortajados en el silencio. ¿Quién había vencido? No le importaba. Sus rodillas se doblaron rendidas bajo el peso del cansancio, las heridas y el sueño. Hincó la espada ensangrentada en la tierra roja y se dejó caer sin miramientos, jadeante. Tendido de espaldas sobre el frío suelo solo podía sentir la calidez de la sangre. ¿De quién? ¿Suya? ¿De sus muertos? No importaba. El cielo era hermoso aquella noche, la luna palidecía ante las millares de relucientes estrellas que con su luz titilante parecían llamarle.

“Al fin ha llegado mi hora”-pensó sin tristeza. Al fin y al cabo había sido enviado a morir, siempre lo había sabido.

Una sombra cubrió las estrellas. Kasumi parpadeó sorprendido para apartar el hilo de sangre de sus ojos y alzó la vista. El fantasma de un rostro lo miraba. Era un hombre joven, aunque mayor que él, de tez pálida y un atractivo y varonil rostro alargado enmarcado por una larga y sucia melena oscura. Estaba cubierto de sangre y se apoyaba agotado sobre su katana. El joven reconoció la armadura del enemigo. No tenía fuerzas para intentar ponerse en pie y menos aún para alcanzar su espada y presentar batalla; de modo que aguardó pacientemente a la muerte con cara de enemigo. El desconocido ladeó la cabeza para mirarlo.

-De modo que sigues vivo-comentó, había un extraño deje en su voz. Casi sonaba alegre.

Kasumi entrecerró los ojos como única respuesta. El hombre sonrió.

-Mi nombre es Takeshi. ¿Te importa si me siento contigo?

El muchacho negó suavemente con la cabeza y Takeshi se dejó caer pesadamente a su lado. Dejó escapar un largo suspiro.

-Es un hermoso cielo nocturno.-murmuró para sí.

-Es el pacífico cielo después de una cruenta batalla- replicó Kasumi con voz monocorde- De algún modo las estrellas se burlan de la estupidez humana, pero al menos la luna parece triste.

-Tienes razón-concedió el hombre.

Ambos observaron el firmamento en silencio por largos segundos.

-¿Y tú no estás triste?-inquirió Takeshi de nuevo sin volverse a mirarle.

-¿Por qué iba a estarlo?-las estrellas parecían hacerle guiños simpáticos- ¿Debería estar triste por afrontar mi destino? Al fin y al cabo fui criado para esto, para matar y puede que también para morir. Tal vez que ahora pueda al fin descansar en paz-cerró los ojos-o puede que tenga que pagar por las vidas que ha arrebatado mi espada y que los fantasmas de los muertos vengan a darme caza. Sea como sea no importa, porque ya terminó.

-Es una lástima enviar a un muchacho tan joven y apuesto a la guerra-dejó escapar el extraño en un largo suspiro.

Kasumi sintió tras sus párpados cerrados como se inclinaba a mirarlo. “Qué enemigo tan extraño”-pensó con una amarga sonrisa.

-Según parece mis hermanos no eran de la misma opinión.-rió con suavidad-Tengo la suerte de ser el hijo bastardo de mi noble y ahora difundo padre y mis hermanastros encontraban mi existencia molesta y peligrosa para su noble y lujoso futuro.

Abrió los ojos lentamente. Takeshi se había arrodillado sobre él, su rostro a apenas unos centímetros del suyo, pudo apreciar por primera vez sus hermosos y brillantes ojos oscuros, similares al cielo estrellado sobre sus cabezas. Durante un largo instante quedó irreversiblemente prendido en aquellos ojos y se preguntó si la muerte habría tomado forma de hombre para llevárselo.

-¿Y estás de acuerdo con eso?-inquirió el hombre con suavidad-¿Estás conforme con aceptar el destino que otros te han impuesto?

Kasumi lo miró directamente a los ojos.

-¿Y qué más puedo hacer? Pelear es todo lo que sé y aunque hubiera huido antes de la batalla me habrían encontrado y ajusticiado por desertor. Prefiero morir honorablemente en la guerra que darles el placer de asesinarme con deshonra como a un cobarde.

Takeshi lo miró pensativo con tristeza. Eran palabras tan tristes en boca de alguien tan joven…

-Como sea, yo creo que no estás dispuesto a aceptarlo tan fácilmente.-concluyó- Te he visto pelear y despachar enemigo tras enemigo con tu katana y teniendo en cuenta la cantidad de muertes que has infligido tus heridas son escasas, aunque suficientes para matarte si no son bien tratadas. Eso es sin duda debido a tu deseo de seguir viviendo aunque sea un poco más, hasta ver el cielo nocturno.

Kasumi observó con más atención los rasgos del hombre. Era alto, fuerte y en cierto modo atractivo, y a pesar de estar cansado y cubierto de sangre, poca parecía ser suya. Apenas había recibido herida alguna, debía de ser un guerrero excepcional.

-¿Quién eres?- le preguntó en apenas un susurro.

El hombre sonrió y su sonrisa era asombrosamente amable y se reflejaba con calidez en sus ojos negros.

-Al amanecer era tu enemigo y ahora soy tu amigo-contestó enigmáticamente- Pero si preguntas por mi nombre ya te lo he dicho, soy Takeshi. ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre?

-Kasumi- dijo el chico automáticamente.

-Kasumi…-repitió el fuerte guerrero saboreando cada sílaba- Significa niebla. Es un nombre hermoso y apropiado para ti, joven, liviano y rápido que desciende fugaz sobre los hombres y los ciega y después se esfuma en la noche como si nunca hubiera existido.

No encontró palabras para responder, nunca antes le habían hecho un cumplido, ni alabado su nombre; y cuando Takeshi se inclinó sobre él atravesándolo con su mirada de medianoche y posó sus labios sobre los suyos no supo reaccionar. Fue un beso largo y suave que lo cegó por completo, como la niebla de su nombre. La piel de las mejillas del hombre eran ásperas por el comienzo de barba y sus labios sabían a la sangre y el metal del campo de batalla. Y sin embargo, una desconocida sensación de calidad inundó su pecho y se deslizó en su corazón. No le desagradaba.

-¿Por qué?- jadeó entre dientes cuando sus labios se separaron.

-Porque me he enamorado de ti desde el momento en que te he visto bailar la danza de la muerte con tu espada, tanta desesperación y tanta belleza juntas en un cuerpo tan joven y hermoso- susurró Takeshi con voz enronquecida por la emoción.- Porque ahora que he hablado contigo no quiero dejarte marchar, no quiero dejarte morir y para ello debo darte una razón para vivir. Permíteme ser tu razón para vivir, Kasumi.

-P…pero somos hombres-el muchacho tartamudeó confuso.

-¿Qué importa eso? Somos hombres muertos, a nadie le importa el sexo de los espíritus.

Kasumi lo miró sin comprender.

-No estamos muertos. ¿No has dicho que serías mi razón para vivir? Y si vivo mis hermanos vendrán a buscarme y me ajusticiarán bajo cargo de traidor.

El guerrero revolvió cariñosamente el oscuro cabello del muchacho, un gesto íntimo y sorprendentemente lleno de amor. La calidez se desbordó dentro de su pecho ante un gesto tan simple por el que había estado esperando una vida. ¿Era aquello el amor? Nunca lo había sentido antes por lo que no podía saberlo a ciencia cierta, pero fuera lo que fuera era cálido, agradable y por alguna misteriosa razón algo nostálgico. Hacía que su corazón solitario suspirara por más. Kasumi pensó que no le importaría morir siendo amado.

-Estamos muertos para el resto del mundo-le susurró Takeshi al oído- Observa a tu alrededor, hay cientos de cuerpos en este campo de batalla. Sin duda alguno debe parecerse a nosotros, si le damos nuestras pertenencias y desfiguramos su rostro seremos dados por muertos sin duda y podremos volver a empezar en otro lugar, un lugar tranquilo lejos de la guerra. Renacer de nuestras cenizas los dos juntos ¿Qué te parece?

El joven cerró los ojos durante un momento y se imaginó un cuerpo con su ropa y su katana, una tumba con su nombre y una pequeña casa con jardín en una aldea sin nombre alejada del mundo donde dos hombres sin pasado podían vivir en paz.

-Suena agradable-murmuró sumergido en la fantasía.

-Bien, entonces…

Takeshi deslizó sus dedos suavemente bajo su armadura y sintió como desataba cada pieza con dedos expertos.

-¿Qué estás haciendo?- exclamó Kasumi alarmado abriendo los ojos de par en par.

El hombre le sonrió.

-Voy a echar un vistazo a tus heridas y a cuidar de ellas como mejor pueda para que podamos marcharnos de este maldito lugar- explicó con amabilidad aunque la sonrisa de sus labios era traviesa.- ¿Qué pensabas que iba a hacer?

El muchacho apartó la mirada sonrojado. Sí-se reprochó a si mismo- ¿Qué se había imaginado?

No tuvo tiempo para responder, el último pedazo de armadura cayó al suelo y bajó la incesante mirada de las estrellas Takeshi deslizó sus dedos sobre la piel desnuda de su torso y sus brazos con manos rápidas y diligentes, con cuidado de no causarle dolor. Con sorprendente habilidad y precisión comenzó a encargarse de sus heridas.

-¿Eres médico?-preguntó Kasumi cerrando los ojos con suavidad- Creía que eras guerrero.

-Quien sabe curar también sabe matar-contestó Takeshi con dulzura.

Kasumi se sorprendió por la delicadeza con que aquellas grandes y callosas manos podían acariciar su piel, la gentileza con la que traían alivio tanto a su cuerpo como a su corazón herido. Puede que siempre hubiera estado esperando por alguien que se preocupara por él, alguien que quisiera cuidarlo y protegerlo, alguien para llenar el vacío de su corazón solitario. Quién iba a decirle que habría de encontrarlo el día de su muerte y que habría de renacer de sus cenizas con renovada esperanza. Puede que existieran los milagros después de todo. Puede que hubiera un lugar para un hijo bastardo si había alguien dispuesto a aceptarlo, a amarlo y a perdonar los pecados que él nunca podría perdonarse. Sus manos estarían por siempre manchada con la sangre de las vidas que había arrebatado para seguir viviendo, pero era la primera vez que su corazón estaría lleno de amor.

Al día siguiente descubrirían dos cadáveres entre centenares con sus ropas y sus armas y sus rostros desfigurados, y sus cuerpos serían enterrados en tumbas con nombres falsos; uno con el honor de los héroes vencedores y el otro con la vergüenza de los perdedores y traidores. El nombre del Demonio Rojo habría de resonar durante largos años de boca en boca como el nombre de un héroe temible o de un villano sangriento, una pobre compensación por parte de los asesinos que habían entregado a su propio hermano a la muerte.

Mientras lejos de aquel campo maldito de batalla donde la tierra fue teñida con la sangre de los hombres, a las afueras de una pequeña aldea sin nombre, en una casita con jardín que siempre huele a hierbas medicinales, viven un médico fuerte y musculoso de manos gentiles y ojos de medianoche, acompañado por su silencioso pero amable ayudante, un joven atractivo que tiene locas a las muchachas del pueblo. Nadie sabe que en realidad ellos son amantes ya que a nadie le importa lo que los muertos hacen y menos estos espíritus pacíficos que ayudan a salvar vidas y curar enfermedades como mísera compensación por las vidas que arrebataron en una lejana guerra sin causa.

Mara Aguinaga


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