Strip Poker con mi hermanastro

Nota: escribo este relato erótico para plasmar de alguna forma mi fantasía filial. No quiere decir que todo ocurriese tal y como a continuación lo cuento. Espero que disfruten de esta pequeña historia de sexo en familia.

Lo que se suponía iba a ser una gran noche de fiesta con mi hermanastro(a partir de ahora hermano) y mis dos primos, saliendo con nuestros amigos de fiesta por la ciudad, acabó siendo una noche un tanto extraña y es que pronto se cancelaron los planes de salir de fiesta debido a que el tiempo no acompañaba.

Una fuerte tormenta empezó a caer en nuestro barrio, lloviendo como pocas veces había visto. Lluvia acompañada de un fuerte viento y truenos. Por lo que al final los cuatro optamos por no salir esa noche y quedarnos en casa.

Mis padres ya habían salido a cenar fuera con mis tíos, avisándonos que esa noche llegarían tarde a casa, y mi hermano y yo, al ver como se había truncado el plan de salir con nuestros amigos, esa noche decidimos quedarnos en casa y llamar para pedir unas pizzas(Nuestros padres nos habían dejado algo de dinero).

Esa noche nos tocaba cuidar de nuestros primos Juan y Laura, los cuales estaban de visita el fin de semana. Pese a vivir en otra ciudad venían a visitarnos de vez en cuando ya que tienen una edad parecida a la nuestra y ya desde pequeños jugábamos mucho juntos. Podría decirse que nos hemos criado los cuatro juntos.

Tras pedir un par de pizzas para cenar, nos pusimos a hacer tiempo viendo la tele. Pasando de canal en canal sin nada que nos gustase ver. No tardó mi primo Juan en decir que se aburría y que iba a ser una noche muy larga, tras lo cual, mi prima Laura propuso de jugar a algun juego de cartas.

A mi nunca me gustaron demasiado los juegos de cartas pero esa noche no había otra cosa que hacer, así que le seguí la corriente a mi prima y enseguida empezamos los cuatro a decir nombres de juegos de cartas que se nos pasaban por la cabeza. Sorprendentemente mi hermano Rafa fue el que más nombres de juegos propuso y eso que yo pensaba que, al igual que a mi, el no jugaba prácticamente nada a juego de cartas.

Tras un par de minutos de discusión sobre a qué jugaríamos, sin tener claro un juego que conociéramos los cuatro, sonó el timbre de la puerta. Finalmente habían llegado las pizzas y las cervezas.

Mi prima Laura y yo corrimos a coger el dinero y a abrir al pizzero mientras mi primo Juan y mi hermano Rafa aún seguían discutiendo en el salón a qué juego jugaríamos después de cenar.

El repartidor de pizzas y las cervezas

Mi prima que pese a ser la menor de los cuatro siempre había sido muy espabilada y picarona, fue la que habló con el pizzero pagándole las pizzas y una buena propina para que no dijese nada al ver para quién eran las cervezas que habíamos pedido(Mi prima y yo por poco no éramos menores de edad pero lo aparentábamos).

Tras hablar con nosotras durante unos minutos, al recibir su propina el pizzero se marchó muy contento y algo cachondo por culpa de la forma picarona de hablar que solía usar mi prima con los chicos.

De vuelta al salón, ya con las pizzas bien calientes y las cervezas bien frías, mi prima empezó a preguntarme.

-¿Te has fijado en la espalda del pizzero?- Con cara de cachonda y una gran sonrisa. A lo que respondí.

-Claro que me he fijado, pero no sin antes fijarme en su culo- empezamos a reír las dos, y es que el muchacho que nos trajo las pizzas estaba bastante bien.

Al llegar al salón y ver a mi hermanastro y mi primo callados(algo que ya me pareció bastante raro entonces), esperando que llegásemos, pusimos las pizzas en la mesa del salón y nos sentamos a comer los cuatro.

Mientras comíamos, mi primo que es el mayor de todos, empezó a explicar a qué íbamos a jugar al poker texas holdem, juego de cartas al que los cuatro sabíamos jugar y que no habría que explicar demasiado.

Seguíamos comiendo mientras hablábamos de algunos de nuestros amigos y amigas mientras mi hermano, apoyado por mi primo, no paraba de meterse con mi prima por un amigo que tenemos en común y que a ella le gustaba de pequeña.

En uno de los comentarios de mi hermano mi prima se cansó levantándose de la mesa, llamándole idiota y pidiéndome que la acompañase al baño. Yo la apoyé, diciendo a mi hermano lo imbécil que podía llegar a ser a veces y que ya le valía.

La seguí al baño, donde nada más llegar cambió su cara de enfado por una ligera sonrisa, y es que ya estaba maquinando algún tipo de plan para ser ella quien se riera de ellos.

Entramos las dos al baño, cerrando la puerta con llave, tras lo cual empezamos a hablar sobre lo tontos y simples que son los chicos a veces(podíamos oírles de fondo haciendo ruidos infantiles, imitando la voz del chico que siempre le gustó a mi prima acompañado de besos y frases del tipo “Siempre me has gustado Laura”).

Mi prima cabreada decidió reírse de ellos a su manera. Empezó a decirme que no me preocupara por ella, que se encontraba bien, pero para devolverles la gracia les haría ver que tan machitos eran. Me propuso que jugásemos con ellos no al poker de toda la vida si no a un Strip Poker. Lo dijo riendo, pensando en las caras que pondrían. Sobretodo la de mi hermano, que es quien siempre se metía con ella por ser la más pequeña.

Tras volver del baño a la mesa, donde aún seguían haciendo el tonto, mi prima llamándolos infantiles, les propuso lo siguiente:

-El juego de poker en sí es algo aburrido, además que no disponemos de dinero para apostar. Así que si os atrevéis, podríamos jugar a Strip Poker- poniendo cara de chula y desafiante a los dos graciosillos.

Al mencionar la palabra Strip Poker, pude ver como la cara de mi hermano y mi primo se transformaba en un poema. Yo empecé a reír diciéndole a mi prima que eso sonaba bastante divertido, y que seguro esa noche las cartas estaban del lado de las chicas, convirtiéndolo en una guerra de sexos.

Tras unos segundos de silencio mientras nosotras terminábamos de comer y de beber(ellos habían terminado mientras estábamos en el baño) ambos se miraron con cara de incrédulos y seguidamente mi hermanastro, que seguía con idea de meterse con mi prima aceptó el desafío por él y mi primo. Jugaríamos a Strip Poker, ya estaba decidido(a los pocos días me enteré que mientras nosotras estábamos en el baño, ellos también habían pensado en proponernos jugar a Strip Poker).

Tras cenar y recoger la mesa mientras habríamos más cervezas, los cuatro discutíamos sobre las reglar, acordando que perderían los dos primeros en quedarse en ropa interior y ganarían los otros dos. En todo momento mi hermano y mi primo hablaban muy seguros del resultado, en el cual ellos iban a ganar y nos iban a hacer pasar vergüenza. Nada más lejos de la realidad…

La importancia de una buena mano en el Strip Poker

Recuerdo que empezamos a jugar los cuatro en la mesa redonda, unos enfrente de otros. Yo tenía a mi primo enfrente y mi hermano a mi prima. Tocándome a mi ser la primera en decidir en jugar o pasar, apostar una prenda de más o hacer Check.

No era una buena mano, por lo que hice check y, tras volverme el turno, pasar ya que mi prima había subido una prenda en su apuesta(Se la veía con ganas de humillar a mi hermano y mi primo). Esa mano la terminó ganando mi prima la cual quedaba jugando contra mi hermano. Este, que no podía creerse la suerte de la doble pareja de mi prima, entre refunfuños se quitó el reloj y los zapatos.

Dos manos más y ya estábamos los cuatros sin tenis o calcetines, eran las primeras prendas que nos atrevíamos a apostar. Los cuatro cada vez más picados los unos con los otros debido a que la suerte esa noche estaba bastante repartida.

Una ronda en la que quedamos mi prima y yo apostando contra mi primo hasta dos prendas, seguras de nuestra buena mano, terminamos perdiendo. Quedándonos yo en bragas y ella en sujetador. Ya quedaban pocas prendas para que hubiese un claro ganador.

No sabría decir si era porque ya llevábamos unas cuantas manos jugadas y nos quedaba poca ropa o si era porque llevábamos unas cuantas rondas de cerveza, pero se notaba que la actitud había empezado a cambiar y la vergüenza empezaba a desvanecerse. Ya no peleábamos por si eran las chicas las que ganarían o los chicos, cada uno quería dejar desnudo al resto y no ser el que quedaba en ropa interior. Ya no había piques o insultos entre mi prima y mi hermano, ya solo reíamos cuando alguien se atrevía a apostar una prenda de más y animábamos a postar al resto. Fue en ese momento en que todo fue a más.

Desnudada y castigada por su hermano

Mi prima a punto de perder, se atrevió a apostar contra su hermano que también estaba a solo una prenda de perder. Y tras sacar las 3 cartas de la mesa se declaró como oficial, que la primera persona en perder había sido mi prima. La cual sin pensárselo quedó únicamente en braguitas y sujetador, teniendo que levantarse de la mesa y dar una vuelta a la mesa para que todos la viéramos. Era el castigo para los dos perdedores.

Mi prima algo triste por verse obligada a dejar de jugar, justo cuando todo estaba tan reñido(Solos les quedaba una prenda para perder a mi primo y a mi hermano. A mi dos prendas) siguió bebiendo mientras me animaba a ganarles a los dos gracisillos.

La siguiente ronda tuve suerte y con un Full destrocé la mano de mi primo, el cual solo tenía una mísera pareja de reyes. Derrotado quedó en boxers y con vergüenza dió una vuelta a la mesa tal como había tenido que hacer su hermana una mano antes. Todos pudimos ver como se marcaba en su boxer una ligera erección, seguramente debida a la excitación de aquella situación. No podía imaginar que mi primo tuviese semejante paquete. Un buen bulto que sin duda llamó la atención incluso de su hermana, la le señalaba riéndose de él, humillándole delante del resto.

Nada más sentarse mi primo Juan, mi prima Laura se levantó de la silla y dijo:

-Esto es un rollo, justo cuando la cosa estaba más interesante he perdido, y aun me queda ropa. Es injusto.- quedaba claro en la forma de pronunciar las palabras que el alcohol de la cerveza estaba haciendo efecto en nosotros. Seguidamente se quitó el sujetador delante de nosotros, dejando ver su pequeños y preciosos pechos, colocándolo sobre la mesa al grito de: -Esta es mi siguiente apuesta. Entro de nuevo a la partida, no seáis unos rajados- con voz desafiante a mi hermano y mi primo.

Mi primo Juan no se lo pensó dos veces y prometió que él haría lo mismo con la prenda que le quedaba pero solo si valía tanto como las dos partes de la prenda femenina. Apuesta de unos boxers por un sujetador y unas braguitas, lo cual lo vimos todos algo justo. Seguimos jugando nuevamente los cuatro, ésta vez hasta quedar completamente desnudos.

Alguien quedaría completamente desnudo

La siguiente mano era más delicada ya que había que pensarse mejor el apostar una prenda, sobretodo mi primo y mi prima que estaban a solo una prenda de quedarse desnudos allí delante de todos.

La siguiente mano recuerdo que la perdí contra mi hermano Rafa y mi primo Juan apostando las dos prendas que me quedaban antes de quedarme en ropa interior, aunque sabía que podría seguir jugando con el sujetador y las braguitas. Ellos sacaron la misma escalera al rey de picas mientras que yo, que buscaba color, no lo conseguí.

Me quedé en braguitas y di la vuelta a la mesa. Fue entonces cuando al pasar por al lado de mi primo pude ver su enorme polla, bastante dura y recostada a un lado bajo los apretados boxers. No hacía por esconderla e incluso diría que entonces quería que la viese. Y mi hermano, pese a que no hice por fijarme en él, pude ver que estaba tocándose ligeramente sobre el pantalón, prenda que aún le quedaba por perder. Al pasar junto a mi prima le susurré al oído:

-Vaya polla tiene tu hermano tía, no me había fijado nunca- entre risas de ambas, volví a mi silla y seguimos jugando. ¡Solo ganarían los que no quedasen desnudos!

Siguiente ronda y 3 jugadores con tan solo una prenda y mi hermano aun con dos. Decidimos ponernos en su contra. Incluso mi primo parecía haber dejado de apoyarlo e iba contra él.

Yo podía notar perfectamente como mi hermano no quitaba ojo a mi prima, como la miraba con deseo cada vez más cachondo con aquella situación. Y es que todos estábamos bastantes cachondos a esa alturas del juego.

De repente mi hermano se arriesgó con un trío de corazones y perdió. Mi prima le había sacado un full en su cara, tras lo que se rió de él, y éste picado se quedó en boxers. Empezó a dar su vuelta a la mesa, como todos habíamos hecho ya. La vuelta a la mesa de la vergüenza. Pero al llegar a la altura de mi prima, mientras ésta se reía y le animaba a caminar más despacio antes de llegar a su silla de nuevo, mi hermano se le acercó y le dejó ver su pene delante de todos. No era tan grande como el de mi primo Juan, pero tampoco estaba nada mal. Rasurado y bien duro se lo acercó a mi prima diciéndole:

-¿Ves? para que veas lo hombre que es tu primo y dejes de reírte- mi prima callada acercó su mano a mi hermano tocándole su duro rabo, a la vez que mi hermano, caliente pero quizás aún cortado, volvía a su silla para poder seguir jugando.

Ahora todos estábamos a una sola prenda de quedar desnudos. No había marcha atrás, solo dos podían ganar, y teníamos que ser las chicas.

El siguiente Dealer me tocaba a mi y sería yo la que repartía las cartas. Una pareja de sietes para mi, una pareja de cuatros para mi hermano Rafa, un As de picas y un tres de diamantes para mi primo Juan y para mi prima Laura un As de copas y una dama de corazones. La suerte estaba echada y en la mesa comenzaban a salir las cartas.

¿Adivináis qué cartas salieron? Fue increíble pero salieron un siete, un As de trébol y una dama de picas. Todos empezamos a apostar creyendo tener nuestra mano ganadora, pensando que la suerte ahora si estaba de nuestro lado e íbamos a ver al resto desnudos. Todo decidimos apostar y arriesgarnos.

Esa noche tuve suerte

Salieron dos cartas más en la mesa. Otro siete y otra dama. Ya tenía mi Poker cuando todos decidimos en voz alta jugar el todo o nada. Levantamos cartas y empezamos a reir todos. Ellos por vergüenza quizás, pero yo porque era la ganadora y los vería a todos desnudos por perder una partida de Strip Poker, algo que les recordaría el resto de sus vidas.

Mientras yo permanecía sentada, entre ellos se pusieron de acuerdo por quien sería el primero en dar una nueva vuelta a la mesa, esta vez desnudos. Comenzó mi prima, la más picante y cachonda de todos(nunca tuvo demasiada vergüenza).

Mientras reía empezaba a girar alrededor de la mesa lentamente hasta llegar al lado donde estaba mi hermano. Allí le puso sus manos sobre los hombros de mi hermano Rafa y girando levemente a mi hermano se le sentó sobre en las piernas, tocando suavemente su duro pene, mientras mi primo y yo flipábamos al ver la escena.

Cachondos y mientras reían, mi hermano y prima animaban a mi primo a dar el la vuelta a la mesa. Era su turno por haber perdido junto al resto.

Mi primo, algo más tímido que su hermana pero con un gran pene que pedía algo de guerra, empezó a girar alrededor de la mesa pasando primero por el lado donde estaba mi hermano y su hermana. Ésta al pasar desnudo junto a ellos le dió entre risas un bofetón en el culo a su hermano, animándolo a llegar hasta mi. Una vez lo tenía delante, no podía quitar ojo a aquella increíble y viríl polla. No había visto todavía muchas, pero aquella sin duda era al más grande hasta el momento.

Lo agarré de la cintura hasta tenerlo más cerca y sin pensármelo dos veces mientras le agarraba el culo, que quedaba casi a la altura de mi cabeza(yo seguía sentada, esperando  en mi imaginación aquel momento hacía rato) y le empujaba su enorme polla hasta mi boca. A esas horas de la  noche y tras un juego de calentamiento bastante alargado entre cerveza y risas, estaba muy cachonda.

Empecé a chupársela poco a poco. Notaba como casi no me cabía en la boca de lo gruesa y dura que la tenía. Y mientras más se la chupaba podía notar como me agarraba más fuerte la cabeza, acompañando mis movimientos. Chupar pollas es algo que siempre me ha gustado, he de admitirlo.

De fondo, mientras me concentraba en hacerle la mamada más perfecta a mi primo, podía oír como mi hermano y mi prima murmuraban mientras se dirigían al sofá que estaba a un par de pasos de la mesa donde estábamos nosotros.

Entre mamada y mamada pude ver de reojo como mi hermano se tumbada en el sofá y mi prima se colocaba encima de él. Colocando con su mano la dura polla de mi hermano e introduciendola con suavidad. Podía apreciar perfectamente en ese momento la expresión de placer en sus caras. Como si llevasen toda la noche esperando ese momento.

Mantuvimos el ritmo por un rato hasta que mi primo, cansado de esperar y ardiente en deseo de darme placer a mi, me hizo levantarme de la silla, agarrándome del brazo y llevándome al sofá donde estaban mi prima y hermano, follando desde hacía rato. El sofá era bastante grande, de estos en forma de L y lleno de cojines grandes, por lo que los cuatro cabíamos perfectamente.

Me tumbó boca arriba junto a mi prima, que estaba también tumbada boca arriba siendo follada por mi hermano. Y justo cuando mi primo se echaba encima mía, yo agarraba a mi prima de la mano, entrelazando nuestros dedos cada vez más fuerte a la vez que notaba como la gran polla de mi primo me penetraba poco a poco. Mi primo comenzó entonces a follarme con suavidad, prácticamente apoyando su pecho sobre mi pecho, y con su boca cerca de mi oreja pude escuchar como me susurraba lo cachondo que le tenía desde hacía tiempo.

En el piso no se escuchaba otra cosa que mis gemidos y los de mi prima entrelazados. Mi hermano y mi primo, concentrados en hacer bien su trabajo, apenas jadeaban cuando de repente mi prima gritó fuertemente de placer, un gemido que seguro había podido escuchar algún vecino, y que sin duda era debido al fuerte osgasmo que acababa de tener.

Mientras estaba mi prima gimiendo a la vez que se corría, empezamos tanto mi hermano, mi primo y yo a reír. Fue una risa un tanto cómplice, de aquel buen rato que estábamos pasando los cuatro juntos.

Mi primo me cogió de la cintura y con fuerza me dio la vuelta, colocándome de rodillas a cuatro patas sobre el sofá. Me quedé con mi cara sobre la de prima la cual aun seguía con los ojos cerrados, cara de placer y ligeros espasmos, inmersa en aquel gran orgasmo.

No pude resistirme al verla tan cerca y le di un beso, uniendo nuestras bocas mientras mis hermano seguía follándola con suavidad a la vez que mi primo me lo hacía a mi bien duro, como buscando correrse rápido. Me comí la boca con mi prima durante un buen rato mientras disfrutábamos aquel momento de placer. Algo que me llevó a tener un orgasmo a mi también.

Mi hermano fue el primero en correrse de los chicos y lo hizo dentro del chochito de mi prima. Mi prima no lo dejaba salir, agarrándolo fuerte de la cintura, estaba como poseída por la lujuria.

Mi primo poco después, que avisó con correrse, sacó su enorme polla de mi cálido y mojado coñito y se corrió sobre mi culo y espalda. Yo a la vez que él, y frotándome fuertemente el clítoris con mi mano derecha, lo tuve también. Empecé a correrme mientras aun notaba a mi primo restregando su dura polla entre mi coño y mi ano, esparciendo su semen sobre mi.

Por lo que podría decirse que fue una noche bastante completa. Todos llegamos al orgasmo, unos detrás de otros.

Tras quedar exhaustos, limpiarnos y vestirnos, pasamos a recoger la mesa que aún seguía con trozos de pizza y latas de cerveza. No queríamos que al llegar nuestros padres viesen que habíamos estado bebiendo alcohol. Reímos y bromeamos sobre cosas que no tendrían que ver con aquel momento de sexo en grupo. Nunca más volveríamos a hablar de aquel momento. Haciendo como si nunca hubiese pasado, pero todos guardaríamos el recuerdo de aquella noche de Strip Poker en familia.

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Familia Perfecta 4

Un buen rato después de salir de la ducha, me había enrollado una toalla al cuerpo y había fregado el pasillo dejándolo limpio de vómito y orina. Luego me dediqué a secar y cepillar a conciencia la melena de mi hermana mientras ella, trataba de hallarse en el espejo empañado que cubría más de media pared. Hacía rato que ya no lloraba. De hecho, se limitaba a estar allí de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, sujetándose el Albornoz de nuestro padre que le quedaba enorme. Apenas parpadeaba.

– Cielo… Ya he terminado – No contestó.

Me puse frente a ella sujetando sus manos con las mías y dándole tiernos y cariñosos besos captando su atención.

– Escucha… Sé que estás enfadada y asustada… Pero quiero que sepas que Javi te quiere. Sabes que él no te haría daño. Lo de antes… A sido por culpa del alcohol… y puede que tú no estuvieses preparada y a lo mejor todo esto a sido un enorme error y… y creo que todo es culpa mía… y… – De nuevo, como siempre que estaba nerviosa, me aceleré sin poder dejar de hablar hasta que ella me interrumpió.

– ¿Por qué querías que se la chupara? – Sus palabras eran tan repentinas y su expresión era tan impasible que al principio me hizo dudar si realmente me había hablado o era mi imaginación.

– Sandra… Es que… –

– Lo hubiese hecho al final Sonia. Por ti. Y lo peor es que lo volvería a hacer, porque te quiero. Pero no me esperaba que me obligases… Eso es lo que más daño me ha hecho – Su mirada taladraba mi rostro y a mi se me hacía imposible levantar la mirada por encima de su cintura. En mi estómago se agitaban un montón de sensaciones haciéndome sentir avergonzada, asustada, triste y confusa.

– Lo siento… El alcohol me… –

– ¿Y sabes que es lo que más me jode? ¡Que lo estabas disfrutando como una salida!. Conmigo no te pusiste así – Volvió a interrumpirme. No sabía muy bien que decirle y dejé pasar los segundos sintiéndome miserable.

– Nunca me vas a querer igual que te quiero yo a ti ¿no? – Su rostro comenzó a perder toda la serenidad que tenía al tiempo que sus ojos se humedecían. Su labio inferior temblaba levemente como cada vez que se ponía a llorar. Pero esta vez mi hermana luchó con todas sus fuerzas para reprimir sus lágrimas mientras apartaba sus manos de las mías.

– Cielo… De verdad, me encantaría sentir lo mismo… Es bonito, tierno, sincero y… y… No se… ¡Especial!. Pero… No puedo… – Yo seguía esperando que mi hermana liberase en cualquier momento las lágrimas que tanto se esforzaba reprimir, pero su autocontrol me sorprendía y de alguna forma incluso me cabreaba un poco.

Sin decir nada, se giró haciendo un esfuerzo titánico para no echarse a llorar y abrió la puerta. Podía dejar que se marchara a su cuarto, podía yo marcharme al mío y tumbarme a oscuras para aclarar mis ideas. Pero en todo este jaleo ella había sido la más sincera de las dos y ya que le estaba partiendo el corazón, al menos se merecía saber por que lo hacía. Me crucé bloqueando la puerta y la cerré apoyando todo mi peso en ella para evitar que la abriese. Sandra volvió a girarse para impedirme ver como las primeras lágrimas escapaban de sus ojos. La había visto llorar muchas veces “¿Por qué ahora se esconde de mí?” pensé. Era una actitud que por algún motivo me molestaba muchísimo. Quizás por qué Sabía que en el fondo ya no quería confiar en mí. Que trataba de alejarme de ella.

– Cariño escúchame… Yo no puedo quererte así porque… Así es como quiero yo a Javi…

– Mi hermana se giró levemente para mirarme de reojo sorprendida. Luego su cara se endureció en un gesto de enfado y se volvió para encararse a mí. Estaba furiosa.

– ¡Pues espero que seáis muy felices juntos! – Gritó apartándome de la puerta de un empujón. Traté de detenerla sujetando su brazo pero se desprendió del Albornoz y salió del baño desnuda y apresurada.

Durante un segundo pensé que correría al cuarto de nuestro hermano pero no fue así. Entró en su cuarto y cerró de un portazo echando el seguro justo antes de que yo pudiese abrir.

– ¡Sandra! ¡Sandra! Cielo abre… Vamos a hablar porfi… – Le decía entre susurros. Pero no hubo respuesta y no abrió.

Me giré lamentándome por mi bocaza y preguntándome si había maneras más sutiles de habérselo dicho. Recogí el baño en poco tiempo y cuando terminé me acerqué al cuarto de Javi que tenía la puerta entreabierta.

A pesar de que el pasillo estaba a oscuras y la luz de su lamparilla llegaba a duras penas hasta la puerta, me asomé con cuidado de que no me viese.

Estaba sentado sobre su cama con los codos en las rodillas y masajeándose las sienes. Se había puesto un pantalón de deporte largo y negro. De vez en cuando soltaba algún suspiro y murmuraba algo en voz baja que no llegaba a entender.

“Voy a arrepentirme de esto” Pensé mientras llamaba a la puerta y entraba. Ni siquiera sabía por que lo hacía, ni si quería regañarle, consolarle o echarme a sus brazos. De hecho, mi corazón comenzó a desbocarse en mi pecho al quedarme plantada frente a él sin saber bien que decir. Por suerte para mí, mi hermano rompió el silencio tras unos segundos.

– Escucha So… Sonia, yo… No quería… Lo de antes, pensé que ella… ¡Mierda! – Dijo lamentándose y ocultando su cara entre sus manos.

Yo corrí a sentarme a su lado siguiendo el impulso de rodear sus hombros con mi brazo derecho tratando de consolarme.

– Javi, tranquilo… También a sido culpa mía. Se… Se me fue la cabeza totalmente y había bebido… Yo… Yo no sabía muy bien lo que hacía y yo convencí a Sandra para hacerlo… ¡Joder! ¡hasta dejé que se bebiera dos cubatas! ¡No ha bebido alcohol en su vida Javi! – Sorprendentemente ahora era él quien me consolaba a mí. Quería llorar, pero también estaba enfadada. Por todo, por nada. Quizás por sentirme culpable con mi hermana o por que estar tan cerca de Javi estaba resucitando mi excitación  y tenía que utilizar toda mi fuerza de voluntad para no lanzarme a sus labios.

– Que asco de noche… Primero la bronca con Alba, ahora esto… Me lo estoy cargando todo… – Mi hermano parecía a punto de echarse a llorar y eso sólo hacía que sintiera más lástima por él. Sin darme cuenta estaba acercándome peligrosamente a su mejilla.

– ¿Por qué habéis discutido? – Dije apenas en un susurro y sin que me importara demasiado. Mi atención estaba exclusivamente centrada en él, en esa fuerza invisible que me empujaba hacia su rostro mientras en mi interior trataba desesperadamente de reaccionar. Sabía que estaba a punto de cometer uno de los mayores errores de mi vida, fuese cual fuese el resultado. Pero su aroma, su tacto y su calor eran tan irresistibles que acabé por dejarme arrastrar.

– Por que no le caen bien mis amigos y cada vez que quedo con ellos se enfa… – Un profundo beso en su mejilla hizo que se detuviese en seco girando su rostro para encararlo al mío, quedando a un centímetro el uno del otro.

– Que idiota… – Le solté justo antes de estrellar mis labios contra los suyos. Nuestras bocas se fundieron en una sola durante unos segundos en los que contuve la respiración y mis latidos me golpeaban como un mazo tratando de abrir mi pecho. Mi piel ardía, sudaba y resbalaba mientras acariciaba su rostro. Por fin podía mostrarle todo mi amor sin miedo ni dudas. Todo era perfecto… O al menos lo fue al principio.

De repente Javi me apartó de un empujón lanzándome de espaldas a la cama mientras él se ponía en pie con las manos en la cabeza. Me incorporé con un repentino sentido del ridículo quedándome sentada mirando mis rodillas. Él me miraba con una expresión dolida. Después avanzó hacia mí pero se dio la vuelta enseguida para dirigirse a la puerta y a medio metro de ella volvió a girarse indeciso.

– Javi, lo siento… No… No… No se en que estaba pensan… – En ese momento él fue en mi dirección con paso decidido y cuando le tenía a pocos centímetros me encogí pensando que me golpearía.

Pero para mi sorpresa no me golpeó, sino que se echó sobre mí obligándome a tumbarme mientras descargaba en mis labios un profundo beso y daba un tirón a mi toalla dejándome desnuda.

Devoraba mi boca con pasión mientras su lengua sometía a la mía con cada movimiento. Una de sus manos acarició mi rostro unos segundos pero enseguida comenzó a descender hasta alcanzar mi pecho. Lo acarició, lo pellizcó y lo apretó provocándome un leve quejido de dolor que ahogué mordiendo su hombro.

Esa sensación pasajera de dolor disparó mi excitación volviéndome más osada y lancé mi mano derecha para explorar el interior de su pantalón. No llevaba ropa interior por lo que deduje que se vistió a toda prisa con lo primero que encontró cuando salimos de su cuarto corriendo.

Hallé su pene húmedo, pegajoso y ardiente que crecía a cada segundo en mi mano con cada subida y bajada.

– Sonia… Para tú esto por que yo no puedo… – Me susurró mientras sus besos descendían por mi cuello hasta llegar a mis tetas. Las lamía, las chupaba y mordía los pezones provocándome escalofríos. Era un dolor leve y excitante que hacía que me ardieran y se volviesen más sensibles a medida que se erizaban.

Su pene ya comenzaba a soltar líquido preseminal en mi mano cuando decidió quitarse la camiseta y el pantalón rápidamente. Su piel húmeda y caliente brillaba bajo el reflejo de la luz de su escritorio, desprendiendo un aroma cálido que era una mezcla de desodorante y sudor que penetraba dentro de mí con cada respiración. No era desagradable ni mucho menos. De hecho, su olor me gustaba, me excitaba y hacía que me metiera más en el papel de la amante ardiente de mi hermano.

Cuando regresó a mí, volvió a besarme con avidez mientras frotaba su pene con mis labios vaginales y hacía que me abriese de piernas colocándose en medio. De repente fui más consciente de lo que íbamos a hacer de lo que lo había sido hasta ahora.

– Javi… Ponte un condón… – Le dije aprovechando que separaba su rostro del mío un instante. Notaba la cabeza de su miembro presionando la misma entrada de mi vagina y alcé la mirada justo para ver como con su mano derecha tiraba de la piel hacia atrás tensándolo.

– No tengo… – Susurró mientras empujaba lentamente.

Su pene se abrió camino provocándome oleadas de escalofríos mezclados con un leve dolor que enseguida quedaba eclipsado por una excitación increíble. Su primera penetración fue lenta pero profunda y ahogó en mi garganta cualquier protesta o duda que me generara practicar sexo sin condón.

Cuando retiró su pene, lo sacó por completo dejándome una sensación de vacío en mi interior y dándome un respiro para reorientarme.

– Estás loco… aaaah… uuuuf… Javi… – En ese momento volvió a penetrarme mas rápida y más profundamente arrancándome un gemido que retumbó en las paredes del cuarto. Tras esa embestida vino otra y otra y tras unos segundos perdí todas las ganas de quejarme ya que mi mente no lograba pensar con claridad.

Su pene me llenaba por completo llegando prácticamente hasta lo más profundo de mí. Mi respiración era acelerada y caótica que a menudo culminaba en gemidos largos y ruidosos.

Ni siquiera pensé que nuestra hermana pudiese oírlos. De hecho, no pensé en ella ni en nada que no fuese el cuerpo de Javi penetrándome una y otra vez con una cadencia a la que me acabé acostumbrando poco a poco. Ahora podía centrarme en volver a acariciar su piel y buscar con ansia sus besos.

Aquello por fin estaba tomando la forma que yo deseaba. La que me permitía expresarle mi amor completamente sin perder ni un ápice de placer.

Nuestros ojos habían conectado, nuestras respiraciones se habían acompasado y nuestros cuerpos se habían fundido en uno solo.

No sé cuánto tiempo permanecimos en esa situación ya que todo parecía haberse detenido a nuestro alrededor. Si, como sucede en las películas y los libros. Pero por mucho que lo deseara, sabía que no podía durar para siempre. Noté como Javi comenzaba a acelerarse de nuevo y supe que le quedaba poco para correrse. Mi cuerpo reaccionó al suyo al instante e instintivamente levanté mis piernas para rodear su cintura.

Si antes había sentido su miembro llenando todo mi interior, lo que comencé a sentir en ese momento fue indescriptible.

Todo mi interior ardía en pequeñas explosiones con cada roce de su pene en mis paredes. Los gemidos volvieron al instante, más profundos y más largos que antes mientras mis manos se aferraban a sus hombros con fuerza. Me costaba entender como era posible que llegase tan adentro en esa posición.

– Di-Dios… Javi aaaah aaaah aaaah ya no aguanto… Ya no me… – Y aquél orgasmo golpeó mi mente como un martillo dejándome en blanco. Mis piernas apretaron con fuerza su cuerpo convirtiéndolo en mi prisionero hasta que los músculos de mis muslos comenzaron a fallarme. Javi no tardó en seguirme corriéndose en abundancia en mi interior.

Mi piel se erizó de golpe provocándome un escalofrío que me cortó la respiración y cualquier posibilidad de articular palabra.  Durante los largos segundos que vinieron después, sólo podía limitarme a retorcerme jadeando mientras las fuerzas me abandonaban lentamente.

Cuando mi mirada se centró en la puerta del cuarto había pasado un rato en el que los dos nos limitamos a acariciarnos y quedarnos al borde de un tranquilo y profundo sueño.

Recorrí el cuarto con la mirada. Sumiéndome en el silencio, pero repentinamente hallé a Sandra contemplándonos desde la oscuridad del pasillo. No podía ver bien su rostro, pero no me hacía falta para saber que lloraba amargamente bajo sus elegantes gafas. Al incorporarme torpemente indecisa y asustada, ella debió darse cuenta de que la había visto y se marchó sin hacer apenas ruido.

– ¿Qué pasa? – Preguntó Javi mirando en la misma dirección.

– Nada… Es… Creía que había cerrado la puerta… – Pude haberme levantado para ir tras ella y tratar de consolarla, explicarle la situación. y quizás hubiese sido lo correcto. Pero al ver el rostro de Javi a pocos centímetros del mío… Mi juicio volvió a nublarse. Nada me importaba excepto estar junto a él, allí y en ese momento.

Cuando volvió a tumbarse a mi lado observando mi cuerpo desnudo no pudo evitar una reacción natural de su pene. Una risita maliciosa se me escapó al instante.

– Mierda, ¿crees que nos ha visto? ¿Y si nos ha escuchado?… – Me dijo preocupado.

– ¿El soldadito aún quiere guerra? – Le susurré poniéndome bocabajo y reptando por las sábanas en dirección a su boca. Justo cuando mis labios rozaron los suyos él se apartó. Una sonrisa malvada se dibujó en mi rostro y volví a lanzarme para obtener el mismo resultado. “¿Quieres jugar?” Pensé.

Saqué mi lengua todo lo que pude y lamí la piel de su pecho mientras le dirigía una mirada lasciva. Fui descendiendo rápidamente cubriendo su cuerpo con mi saliva todo lo que podía hasta llegar a su pene.

Lo agarré con fuerza y lo lamí con la punta de mi lengua con una sonrisa morbosa que hizo que Javi dejara de resistirse. El olor a semen era intenso y proporcional al sabor, pero me había acostumbrado a él.

“Ahora mando yo” Me dije complacida.

En pocos segundos no quedó ni un solo milímetro de su miembro que no hubiese lamido, provocando que se pusiera tan erecto como antes. Entonces lo metí todo lo que pude en mi boca hasta casi provocarme una arcada y lo mantuve  ahí. Observé su expresión sorprendida cuando fui presionando con fuerza mis labios mientras lo sacaba y enseguida me di cuenta. “Nunca te la han chupado en condiciones”.

Volví a repetir el mismo procedimiento una y otra vez durante los siguientes minutos mientras el pene de Javi cada vez estaba más cerca de estallar en mi boca.

“Hazlo… Venga Javi… Aún no has visto nada” Me dije. Aquella actitud me sorprendió incluso a mí. Pero en el fondo me gustaba sentirme tan “guarra” con él.

Su rostro se fue transformando a medida que se acercaba el momento que tanto deseaba hasta que finalmente su esperma inundó mi boca. Era bastante pero manejable. Aunque al principio dudé, acabé por tragarlo todo de golpe para su sorpresa. Su sonrisa fascinada me hizo sentir satisfecha de mí misma convencida de que le tenía completamente atrapado en mi red.

– Tu hermanita se lo ha tragado todo – Le dije juguetona. Pero entonces su sonrisa despareció de golpe. Se giró de costado y aprovechó para sacarse mi cuerpo de encima sin mucha delicadeza.

Contemplé atónita como se ponía en pie y comenzaba a vestirse.

– Cariño… ¿que pasa? – Algo marchaba terriblemente mal.

– Sonia, es mejor que te vayas… – Dijo esquivando mi mirada. Aquello me sentó como una bofetada y antes de darme cuenta estaba de pie a su lado.

– ¿Por qué? Quiero quedarme contigo Javi… – Dije tratando de abrazarle. El volvió a rechazarme.

– Esto se nos ha ido de las manos – Ya se había puesto el pantalón de deporte.

– No, no, no… Javi… No lo estropees ahora… Porfa… – Mi insistencia tratando de abrazarle desesperadamente me avergonzaba tanto como le molestaba a él. De pronto toda mi fantasía hecha realidad comenzaba a difuminarse a cada segundo que pasaba haciéndome llorar de impotencia.

Cuando terminó de ponerse una camiseta azul cogió la toalla de la cama y trató de cubrirme con ella. Pero se la arrebaté y la tiré al suelo suplicándole.

– Javi… No me hagas esto… Por favor. No lo hagas… Te quiero… – Pero mi hermano estaba decidido. Sabía por la expresión de su rostro que le dolía hacer lo que estaba haciendo y por eso mi última esperanza residía en encontrar la mirada que tanto se esforzaba por ocultarme.

Paso a paso, su cuerpo infinitamente más fuerte que el mío me fue conduciendo fuera de su cuarto mientras era presa de un llanto inconsolable.

Incapaz de articular palabra y apoyada contra la pared del pasillo observé la puerta cerrándose y dejándome sumida en la oscuridad.

De nada sirvió llamarle, rogarle o dar golpes en la puerta enfadada. Mi hermano no iba a abrir y comenzaba a darme cuenta. Me derrumbé en el frío suelo deseando morirme pero entonces, la luz del pasillo se encendió y mi hermana Sandra apareció vestida con un bonito pijama azul de ositos estampados. Se arrodilló a mi lado y acarició mi cabeza mientras besaba mi mejilla.

– Sonia, ya está… Ven, ven conmigo cariño… – Instintivamente me lancé a abrazarla y me refugié en ella ahogando mi llanto en su suave y fino cuello.

– Me quiero morir Sandra… No quiero vivir sin él… – Le gritaba a la camisa de su pijama. Ella se limitó a abrazarme y darme tiernos besos que después de un buen rato me fueron calmando.

No sé cómo, pero al final logró levantarme del suelo y llevarme hasta mi cama. Abrió las sábanas y antes de darme cuenta, yo me había tumbado con la cabeza entre su hombro y su pecho escuchando los latidos de su corazón y su respiración lenta y profunda. Mis lágrimas empaparon su camisa en poco tiempo dejándome la mejilla fría.

– Le quiero Sandra… Le quiero… Le quiero muchísimo… y él nunca me va a querer… – Repetía una y otra vez.

– Lo sé mi vida. Lo sé. Ahora me entiendes… – Fue su respuesta hasta que pasados unos minutos ya no tenía fuerzas ni para llorar.

Latido a latido, respiración tras respiración, mi mente fue serenándose entre caricias y besos, mientras mi cuerpo se lanzaba desesperadamente sobre un profundo y cálido sueño. Por primera vez en aquella noche alcancé paz y tranquilidad gracias a mi hermana Sandra.

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3.1. Tania e Iván: La noche de los amantes… (Final Alternativo)

Este final es alternativo y no representa el final verdadero de la historia.

Lo he escrito para contentar a los muchos fans de la serie que me han escrito pidiendo una mayor participación de Erika. Muchas gracias a todos por seguir esta serie con tanta pasión.

Mi madre nunca pudo entenderme. Entendernos a los dos.

Desde que nos separaron a mi hermano Iván y a mí, yo me consideraba un espectro. Alguien triste, fría. Incapaz de sentir ninguna emoción positiva. Nada me importaba a excepción quizá de mi hermana Erika, quien aportó algo de luz al pozo en el que estaba atrapada.

Pero mi madre…

Ella nunca pudo entender la clase de amor que sentíamos el uno por el otro. Tampoco es que le importara mucho ya que para ella la verdadera perversión residía en que dos hermanos tuvieran sexo.

El día que nos sorprendió juntos pude verlo en sus ojos. El asco, el miedo y el sin sentido que representaba para ella. Al día siguiente, su mirada solo reflejaba odio y ese odio apagó mi mundo.

Pero un día mi mundo volvió a brillar. El día en que volví a verle…

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Corrí en su dirección tanto como él en la mía hasta que nos alcanzamos fundiéndonos en un abrazo enorme. Bueno, para ser sincera he de decir que literalmente salté sobre él y lo atrapé con brazos y piernas haciendo que estuviésemos a punto de caer al suelo. Pero de alguna forma Iván resistió la embestida y me sostuvo sobre él.

Después de tanto tiempo, volví a sentir su olor, su tacto… Su calor. Volví a llorar de alegría.

Cuando Erika llegó a nosotros también lloraba, pero con una expresión alegre en el rostro.

Se acercó tímidamente para no romper la magia de nuestro momento, pero Iván y yo acabamos atrapándola en nuestro abrazo y así permanecimos un buen rato. Al menos hasta que un conductor pitó para hacernos salir de la calzada.

Mientras llegábamos a la acera, el instinto hizo que Iván y yo entrelazásemos los dedos tímidamente solo para soltarlos bruscamente cuando Erika se giró para mirarnos. No fuimos lo bastante rápidos.

– ¿Pero qué hacéis? – Preguntó extrañada. Iván y yo nos pusimos algo nerviosos temiendo que se hubiese enfadado.

– ¿Estáis tontos?… – Dijo agarrando nuestras manos y volviéndolas a unir.

– Pensaba que ya os había quedado claro. ¡A mí no me importa lo vuestro! – Aquello nos desconcertó. Era una situación extraña y nueva que nuestra propia hermana nos animase a estar juntos.

– Chica, como no le plantes un beso en los morros… Le meto en un tren de vuelta a Barcelona. Tú verás… –  Aquello me hizo soltar una risa nerviosa que se cortó cuando mi hermano se encaró hacia mí también algo nervioso. Mi corazón se disparó.

Tenía ganas de besarle, claro. Pero siempre lo habíamos hecho en privado mientras que ahora estábamos en plena calle y con nuestra hermana mayor mirando.

Iván también parecía estar repasando excusas en su mente pero al final, como a mí, se le acabaron y el deseo pudo con la timidez.

Di un paso al frente y posé mis manos en su cintura mientras me estiraba para alcanzar sus labios. Fue un beso rápido. Tímido. Pero tras él, nuestros rostros se quedaron a pocos centímetros el uno del otro con nuestras miradas atrapadas en medio, chocando la una contra la otra y expresando con dureza la suma de todos los sentimientos que bailaban en nuestro interior.

Entonces se produjo ese momento en el que todo parece detenerse y apagarse, como si estuviésemos en medio de una pista de baile con un enorme foco de luz sobre nosotros, mientras suena una de esas canciones lentas que te incitan a seguir abrazados. Imagínatelo…

No puedes hablar, por que la canción y vuestras miradas lo dicen todo. Y entonces, sin previo aviso, se produce la magia.

Nuestros labios chocan lentamente mientras el beso nace poco a poco.

Al principio, te contienes por miedo a romper la atmósfera, pero poco a poco ganas confianza y te vuelves más osada. Cuando no sólo notas tu amor por él saliendo de tu pecho, sino que también te dejas atrapar por el suyo.

Durante los segundos siguientes, el beso se prolonga. Tus sentidos se disparan. Notas su respiración, su olor, su sabor. La presión de su boca tratando de devorarte lentamente…

Al final la canción se acaba, pero no te importa. Sólo quieres seguir besándole un poco más. Mientras el mundo que te rodea vuelve a reaparecer poco a poco hasta convertirse en un concierto caótico dejándote la sensación de que el momento se escapa y nunca volverás a vivir nada semejante.

Volvíamos a estar en aquella calle.

Cuando mi hermano y yo nos separamos, Erika nos observaba en silencio, sorprendida y con los ojos empañados.

– Os teníais ganas ¿Eh? – Preguntó al final secándose las lágrimas con los dedos. Aquello hizo que me ruborizara, pero había ganado confianza. Agarré la mano de Iván y no volví a soltársela en toda la tarde.

Erika nos llevó a su piso para dejar el escaso equipaje y después nos mantuvo toda la tarde ocupados yendo de compras. Aprovechamos para ponernos al día de nuestros asuntos y de paso regañar a Iván por no estudiar en condiciones. Bueno, la verdad es que también yo me llevé mi rapapolvo por lo mismo. Era evidente que nuestra hermana se mantenía informada de todo.

Al final, después de cenar en un restaurante italiano volvimos a casa. Erika nos había cedido su cuarto que tenía baño propio. Mientras, ella dormiría en el de su compañera de piso. Algo más pequeño y con una cama menos amplia. Se despidió de nosotros con un abrazo y el silencio inundó el cuarto cuando cerró la puerta tras de sí.

Saqué de mi pequeña maleta un pijama azul bastante viejo pero que era uno de mis favoritos. Durante unos segundos dudé sobre si debía cambiarme en el baño ya que me embargó la vergüenza repentinamente.

Era absurdo, él me había visto desnuda cientos de veces. ¡Habíamos hecho el amor otras tantas! Pero tras un año éramos de nuevo como dos desconocidos. o lo más parecido. Bueno, no tenía ni idea… estaba hecha un lío tremendo.

Al final, le di la espalda y comencé a desnudarme en silencio mientras él encendía una lámpara de noche y apagaba la luz del cuarto. Luego se sentó en la cama para observar el espectáculo. Su mirada era como una carga pesada sobre mis hombros pero no dejé de desnudarme.

Primero fue mi chaqueta rosa con capucha mientras me sacaba las zapatillas con los pies. Luego me desabroché los botones del pantalón vaquero blanco, pero acabé quitándome la camiseta negra ajustada y desabrochando el sostén dejando mi espalda al descubierto.

Después de quitarme el sostén eché mano de la parte superior del pijama pero…

– Espera… ¿Puedo verte? – Preguntó nervioso. Me giré lentamente a pesar de la vergüenza. Su mirada se encendió y casi pude sentir su calor.

– Ven… – Dijo tendiéndome una mano.

Tras unos segundos me acerqué a el y me agarró por la cintura para sentarme sobre su pierna izquierda mientras sus labios comenzaron a asediar mi hombro y mi cuello.

Le amaba. Le deseaba. Quería volver a hacerle el amor. Pero por algún motivo aún esperaba que todo fuese una broma cruel y me mantenía a la defensiva con un brazo cruzado tratando inútilmente de cubrirme los pechos. Estaba muy tensa.

– ¿Estás bien?… – Preguntó.

– Si, si… Es sólo que… Me cuesta creerlo. Esta mañana mi vida era un asco y ahora… Estás aquí… – Dije acariciando su rostro.

Nuestras cabezas quedaron unidas cuando apoyé mi frente sobre la suya.

– ¿Y cuál es el problema?… – Dijo agarrando mi mano y besándola.

– ¡Ninguno! De verdad… Sólo que… No quiero volver a perderte. El domingo tienes que irte y no… –

– Eh eh eh… No me vas a perder. Ahora sabes que nos estaremos esperando el uno al otro. Además, Erika nos está ayudando… – Dijo interrumpiéndome.

– Pero es que sólo es un fin de semana… – Insistí.

– ¡Pues no lo desaproveches!. Tania… Estamos aquí, ahora. Juntos… Es más de lo que ninguno de los dos hubiese soñado… – Sentenció besándome.

En ese instante la puerta sonó un par de veces justo antes de abrirse.

– Por cierto chicos se me ha olvidado… – Me puse en pie de un salto cubriéndome el pecho con el pijama cuando Erika entró. Su cara reflejó la vergüenza que la invadió en ese instante y comenzó a retroceder.

– ¡Oh! ¡Mierda! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! No pensaba que… Bueno, que miréis en el segundo cajón por si… ¡Adiósbuenasnoches! – Dijo finalmente cerrando la puerta apresurada.

Una vez pasado el susto inicial, Iván arrancó a reír contagiándome la risa. Me dejé caer sobre la cama mientras él rebuscaba en el segundo cajón.

Al sacar una caja de preservativos, nos miramos en silencio y poco después volvimos a reírnos con más fuerza. Aquello cada vez parecía más surrealista pero de alguna forma comenzaba a aportarme algo de seguridad.

Al final, más calmados, acabamos tumbados uno frente al otro. Observándonos con ternura entre caricias.

– Tienes razón… Estamos aquí. Ahora… Juntos… – Dije justo antes de besarle. No tenía sentido darle vueltas ahora. Después de un año, tenía la oportunidad de volver a tenerle y estaba dispuesta a aprovecharlo.

Me coloqué sobre su cuerpo mientras  devoraba su boca y quemaba su piel con mis manos. Cuanto más le besaba, más me excitaba. Cuanto más me excitaba, más le acariciaba el cuerpo buscando excitarle a él. Cosa que no me costó demasiado. Hay cosas que no se olvidan nunca y yo conocía todos los secretos de su cuerpo.

Le ayudé a quitarse su camiseta rápidamente mientras mis manos redescubrían su pecho. Estaba caliente, Acelerado y su corazón era como un martillo golpeando mi mano.

Las suyas se lanzaron a mis pechos. Sabía que se había fijado en que me habían crecido un poco en todo este tiempo. Probablemente no me crecerían mucho más, pero no importaba, para mí eran perfectas y también parecían serlo para él, que comenzó a devorarlas con avidez.

Sentirme deseada de nuevo era increíblemente excitante. A penas me había masturbado pensando en él unas cuantas veces durante ese año pero no se podía comparar con esto.

Sus manos suaves y calientes exploraban mi torso desnudo prendiendo fuego a mi piel mientras sus labios acosaban mis pezones sin cesar hasta conseguir erizarlos.

Para entonces, yo ya no aguantaba más y reclamé su atención volviendo a lanzarme a sus labios mientras trataba impaciente de desabrochar su pantalón. Al final, tuvo que ayudarme con el último botón mientras comencé a dar tirones para arrancárselo. Cuando lo conseguí, lancé su pantalón estrellándolo contra la mesilla de noche, creando un pequeño caos de fotos caídas, perfumes volcados y papeles revueltos.

Luego llegó el turno del mío que costó un poco más por que era ajustado y además no podíamos dejar de besarnos. Pero por fin, con media cama deshecha y los labios enrojecidos por el roce, mi pantalones salieron llevándose con ellos mi ropa interior. No había hueco para las sutilezas. Estábamos acelerados y no queríamos parar. Le echaba tanto de menos…

Cuando lancé mi mano bajo su ropa interior encontré su pene totalmente erecto. Ardía bajo el suave movimiento de mi mano al masturbarle lentamente.

Quise lanzarme sobre él y practicarle el mejor sexo oral que le había hecho nunca, pero me lo impidió tirando de mí y volviendo a poner mis labios al alcance de los suyos.

Esta vez fue él el que lanzó su mano entre mis piernas buscando prenderme fuego definitivamente.

– Te… Te he echado tan… to, ¡aaah…! tanto… de menos… Iván… ¡aaah… Dios…! – Dije mientras sus dedos se dedicaban a provocar el caos. No era sutil ni paciente, pero tampoco lo esperaba. Éramos dos volcanes en erupción constante que acumulaban presión antes de explotar.

Pronto, mi clítoris se convirtió en el punto débil que atacaba sin cesar obligándome a someterme completamente a él.

Cuando sus dedos comenzaron a penetrarme, me lancé para alcanzar un preservativo pero desistí. Estaban muy lejos.

Acabé descargando mi impaciencia y mi excitación sobre su cuello cuando estiró su brazo para tratar de alcanzar la caja de preservativos que acabó tirando por accidente al suelo y fuera de nuestro alcance. Eso colmó mi paciencia y directamente le arranqué su ropa interior como había hecho con su pantalón. Después, me puse sobre él con las rodillas a ambos lados de sus caderas y sujetando firmemente su pene, me dejé caer lentamente.

Cuando comenzó a abrirse camino, aun estaba bastante apretada y me pareció algo molesto. Pero me daba igual, no pensaba parar. El placer llegaría tarde o temprano.

Por suerte estaba bastante bien lubricada y no tardé en dilatar permitiendo que entrara completamente. El placer llegó sin más y me arrancó un profundo gemido que expresaba no sólo mi excitación sino en cierto modo, mi liberación. El fin de todas mis dudas y preocupaciones. A decir verdad, estaba tan excitada que ello hizo que no me importara nada más que tenerle dentro de mí.

– ¡Dios!… – dije mordiéndome el labio mientras mi cuerpo avanzaba y retrocedía cada vez más rápido.

Iván se dedicaba sólo a respirar. Para él parecía ser un trabajo increíblemente duro ya que el placer le desbordaba. Eso me animó a seguir moviéndome buscando darle más placer. Pero faltaba algo.

Mi hermano me sorprendió incorporándose hasta sentarse en la cama y rodeándome con sus brazos, se  levantó conmigo a cuestas y me llevó hasta la pared más alejada a la cama. El choque contra el mueble fue violento pero a penas dolió. Acabó sentándome sobre él tras apartar las cosas que había con un manotazo. Algunas cayeron al suelo pero no nos detuvimos a mirar qué eran.

No había elegido ese punto al azar. El mueble tenía la altura perfecta. Abrió mis piernas y volvió a penetrarme con fuerza arrancándome otro gemido fugaz que fue más un pequeño grito que otra cosa.

Lo que vino después fue algo que conocía bien. Una sucesión de embestidas violentas que comenzaron a desmontar toda mi iniciativa y que me convirtieron en una simple muñeca de trapo a su merced. Esa era una de sus posturas favoritas y se entregaba a fondo en ella, eso estaba claro.

Mi respiración se mezclaba con los gemidos que lograban escapar a mi control mientras su ritmo lejos de ceder, aumentaba. Mis manos y mis labios se volvieron torpes a causa de las descargas de placer, pero me las apañé para sobrevivir un buen rato mientras mi interior parecía estar a punto de explotar. Ni siquiera me importaba ya contener los gemidos. A esas alturas Erika debía de estar alucinando.

– Iva… Iv… Iván… Dios, no… Pue… – En ese instante me sorprendió un orgasmo que me hizo doblarme tratando de alejar a mi hermano de mí inconscientemente. Pero no lo conseguí así que simplemente me quedé con la cabeza apoyada en su hombro mientras seguía penetrándome sin compasión.

Sus embestidas disminuyeron cuando mi interior comenzó a desbordarse empapando su pene como pocas veces me había ocurrido.

Mis gemidos se estrellaban contra su hombro mientras una de mis manos se aferraba a su nuca y la otra clavaba las pocas uñas que tenía en su espalda. Podía notar aquella humedad goteando y resbalando por mi vagina hasta fundirse con el mueble. Pero mi hermano no estaba dispuesto a darme tregua y comenzó a acelerar el ritmo de sus embestidas otra vez haciéndome  suplicar para que parara. Pero no lo hizo y eso volvió a llevarme al limite otra vez.

Sin haber empezado siquiera a recuperarme del primero, un segundo orgasmo me hizo bufar como una gata enfadada mientras mantenía los dientes apretados con todas mis fuerzas. Si llegué a manchar esa vez no estaba segura, mi cabeza daba vueltas y era consciente de pocas cosas. Solo supe que comencé a sentir cada milímetro de mi piel ardiendo hipersensible mientras mi cerebro se saturaba.

Mi vagina ardía con el roce de su pene, mi piel se erizaba con sus embestidas y mis muslos, aferrados a su cuerpo, comenzaron a arder por el esfuerzo. Las últimas embestidas ni siquiera las sentí justo antes de correrse en mi interior. Podía ver su pene entrando y saliendo de mí completamente empapado en semen. Como ya sabía, algunas cosas no cambian nunca y esa era una de ellas. Su primera corrida siempre era inmensa.

– Joder… enana… No sabes como echaba de menos esto… – Dijo tratando de recuperar el aliento mientras me besaba.

– No… Ya… Ya lo veo… – Dije sarcástica. Luego le di una fuerte palmada en el pecho fingiendo estar enfadada.

– ¡Y Ahora no me llames enana! – Escuchar “nuestra frase” hizo que comenzara a reírse mientras me abrazaba. Yo le abracé a él aún exhausta por los dos orgasmos consecutivos pero sin perder de vista la leonera en la que habíamos convertido el cuarto de Erika. Me parecía increíble que dos personas pudieran provocar tal desorden, pero por otro lado siempre nos había ocurrido lo mismo.

Cuando retiró su pene de mi interior me ayudó a bajar del mueble. Lo habíamos dejado pringado de semen y fluidos además de haber descolocado todas las cosas que había encima. Incluida una foto vieja de toda la familia de cuando aún éramos felices todos juntos.

Cuando la cogí para verla de cerca Iván me abrazó por detrás y apoyó su barbilla en mi clavícula.

– ¿Lo echas de menos? ¿Cuando éramos una familia normal? – Pregunté.

– mmmm… No mucho – Contestó tras varios segundos. No era la respuesta que esperaba.

– ¿Por qué? – Pregunté extrañada.

– Por que cuando éramos una familia “normal” tú y yo aún no… No habíamos “empezado” – Contestó haciéndome cosquillas en el estómagos.

– ¡Venga ya! Hablo en serio… – Me quejé divertida.

– Y yo… Si pudiese elegir cambiar algo y supiese que hacerlo me impediría estar aquí, ahora. Dejaría todo igual – Sus palabras me sorprendían tanto por el tono como por el significado. Parecía más seguro que nunca a la hora de hablar. Como si fuese más maduro. Giré la cabeza para besarle.

Tras unos segundos noté como sus manos comenzaban a volverse más descaradas y supe que trataba de encandilarme.

– Eh eh… Antes vamos a limpiar esto – Mi hermano gruñó disgustado pero le recompensé con otro beso.

Fui al baño a por papel y me fijé en que el semen de Iván corría por mi muslo recordándome la imprudencia que habíamos cometido. No era la primera vez y nunca me había quedado embarazada, pero no por ello dejaba de estar mal.

Salí del baño y le entregué el rollo de papel.

– Toma. Te toca limpiar mientras me lavo un poco – Dije intentando escabullirme.

– ¿Cómo? ¿Por qué? – Se quejó. Yo puse mi mejor cara de seductora y me acerqué a él lentamente.

– Por que sabes que luego… te lo voy a compensar… Por que harías cualquier cosa por mí… Por qué me quieres… – Cuando llegué hasta él agarré su pene y lo acaricié mientras besaba sus labios con picardía haciendo que comenzara a excitarse.

– Y por que si te vuelves a correr dentro de mí sin condón… Te la corto por la mitad – Dije simulando con mis dedos una tijera que trataba de cortar su pene. Pareció entender el mensaje y no volvió a protestar.

Cuando salí del baño 15 minutos después, Iván estaba a oscuras con la televisión encendida. Parecía estar a punto de quedarse dormido pero al verme con la toalla no dudó en arrancármela y volver a encenderse.

Sonreí al recordar aquellos días antes de que nos pillaran. Cuando aprovechábamos cada momento a solas para hacer el amor. Recordé que solía dejarme agotada mientras que a él aún le quedaban ganas. Era insaciable. Pero esa noche era yo quien estaba dispuesta a agotarle a él aunque tuviese que gastar hasta el último preservativo o dejarle seco a manadas.

Dos horas y tres orgasmos después caímos en la cama exhaustos. Le había acabado agotando, si. Pero me había costado lo mío. Al final, empapados en sudor, fundidos en un abrazo, acabamos quedándonos dormidos.

————————————————————

 

Cuando desperté, aún eran las 04:45 de la madrugada. No había dormido más de un par de horas y estaba cansadísima, pero el sueño me eludía por lo que encendí la televisión.

Mi hermano dormía plácidamente con una expresión graciosa. Era increíble tenerle a mi lado. Pero más increíble aún era sentir la felicidad que me aportaba. Ahora más que nunca podía apreciarla.

No aguanté mucho en la cama. Temía ponerle volumen a la televisión y despertarle, por lo que ver la imagen sin sonido se volvió un aburrimiento. Sin mucho más por hacer, decidí ir a la cocina a picar algo, así que me puse unas braguitas y mi camiseta negra ajustada.

Mi cuerpo olía bastante a sexo aunque no esperaba encontrarme con Erika a esas horas.

La casa estaba a oscuras y algo fría y además, reconozco que soy un poco miedosa para esas cosas, por lo que me costó acercarme lentamente a la cocina sin ir encendiendo todas las luces de la casa. El suelo estaba terriblemente frío y me obligaba a caminar de puntillas.

Acabé volviendo sobre mis pasos apresuradamente tras coger unas cuantas lonchas de jamón ibérico y otro par de queso. Entonces, me fijé en que la puerta del cuarto donde dormía Erika no estaba cerrada completamente y bajo ella, se filtraba una fina línea de luz que parpadeaba. Empujé la puerta levemente esperando no hacer mucho ruido, pero ésta crujió un segundo después de asomarme y ver a mi hermana metida en la cama junto a su ordenador portátil.

Al escucharme, se irguió sobresaltada con una mano sobre el pecho. Llevaba puesta una camiseta de tirantes blanca sin sujetador debajo.

Tenía su pequeña melena rubia suelta  y enmarañada, pero incluso así, se mantenía desgarradoramente atractiva provocándome una envidia sana terrible.

También llevaba sus elegantes gafas de pasta negras y sus increíbles ojos verdes resaltaban con el brillo de la pantalla.

No había tenido la oportunidad de agradecerle lo que había hecho por nosotros. Verla, me hacía sentir afortunada por tenerla en mi vida y me provocaba una admiración como persona como ninguna otra que conociera. ¿Podía alguien más ser tan bueno como lo era ella?.

– Perdona, no quería asustarte… – Susurré haciendo una mueca de culpabilidad.

– ¡Uuuuf! Casi me matas tía… ¿Ocurre algo…? – Su rostro pasó del susto a la sonrisa enseguida.

– No no… Es que he visto tu puerta abierta y la luz y… – Señalé a la televisión que permanecía encendida pero en silencio. Más para alumbrar el cuarto que otra cosa.

– ¡Anda, ven! Dame un beso… – Me interrumpió lanzándome el brazo.

Quería acercarme para darle un beso y un abrazo enormes pero me sentía sucia para estar a su lado. Ni siquiera me había lavado los dientes y en mi boca habían entrado  cosas poco… habituales…

– ¡No! Si yo sólo quería comprobar si Dormías… – Dije nerviosa y tratando de irme.

– ¡Oye niña! ¡Que vengas a darle un beso a tu hermana! – Como ya dije en mi primer relato, Erika era de un carácter alegre y simpático. Pero cuando se ponía seria podía intimidar a cualquiera. Por suerte, esta vez estaba fingiendo, pero aún así me sentí obligada.

Entré de puntillas tirando de mi camiseta para cubrir mi ropa interior mientras con la otra sujetaba la comida. Al llegar a su altura le di un beso fugaz en la mejilla, pero me atrapó rodeándome con su brazo y sentándome a su lado en una especie de abrazo. Tras unos segundos se apartó pero no dijo nada de mi piel sudada, mi olor a sexo o mi aspecto desaliñado. Aunque yo estaba terriblemente cortada.

– ¿No puedes dormir? – Me preguntó peinándome el pelo con los dedos. Debía de tenerlo hecho un desastre.

– La verdad es que no… – Contesté incómoda.

– ¿Iván se ha dormido? – Me robó un poco de jamón y aproveché para comer yo otro poco mientras asentía con la cabeza. Al menos así el aliento no tendría un olor extraño.

– Pues hazme compañía un rato… – Decidió retirando un poco el edredón. Me levanté apresurada.

– No no no, me voy a mi cuarto que… – Me levanté nerviosa.

– Porfi… Sólo un ratito – insistió poniéndome cara de pena.

– Erika… Es que… – Hice un gesto señalando mi cuerpo y tratando de explicarle sin palabras lo que parecía evidente.

– Tonterías – Sentenció al comprenderlo. No me quedó otra que entrar en su cama un poco avergonzada. Era más pequeña que la que compartía con Iván, pero aún cabíamos perfectamente las dos sin incomodarnos. Aunque se empeñó en mantenerse pegada a mí.

En la parte de abajo solo llevaba unas braguitas rosas por lo que aumentó mi incomodidad.

El jamón y el queso duraron poco mientras hablábamos de todo. Estudios, amigos, familia, futuro, etc. Pero acabó por sacar el tema que más me podía incomodar en ese momento.

– Espero que no me hayáis desmontado el cuarto… ¡Qué golpes! ¡Qué gemidos! ¡Qué…! – Le tapé la boca avergonzada pero se moría de la risa mientras se retorcía tratando de liberarse.

– ¡Schhhhhh! ¡Calla! Forcejeaba con ella mientras su risa me contagiaba poco a poco.

Durante un minuto o dos, traté de contener sus obscenidades cada vez más fuertes mientras nos partíamos de risa completamente extasiadas. Pero entonces, me sorprendió soltándome en los labios un beso tierno y cargado de deseo mientras me quedaba inmóvil con la boca abierta.

Permanecí quieta mientras lentamente y sin soltar mis labios fue tendiéndome sobre la cama dejándome atrapada entre ésta y su torso… Mi corazón entró en pánico. “Estoy soñando” Me dije asustada.

– Erika… – Susurré haciendo presión sobre sus hombros con mis manos.

Eso pareció encenderla más y se arrancó las gafas para después volver a besarme con más intensidad. Pero no aflojé. El instinto no me lo permitía.

– ¡Erika! – Grité cuando su mano se aferró a mi pecho izquierdo. Esta vez sí reaccionó y su expresión pasó de pura excitación al pánico mas absoluto.

Ya fuese por mi respiración temblorosa o mi cara de susto, pegó un salto liberándome de su peso y haciendo que su ordenador portátil cayese al suelo en un estruendo.

Se tapaba la cara avergonzada mientras su precioso pelo rubio caía suavemente sobre sus manos. Tardé casi diez segundos en ceder ante aquel silencio incómodo por lo que me levante y me fui cerrando la puerta tras de mí. Ella se quedó allí. Con su rostro enterrado en las manos y tal vez comenzando a llorar. No estaba segura.

Cuando llegué a mi cuarto, Iván dormía profundamente bajo la parpadeante luz de la tele. El silencio era total y me permitía escuchar el zumbido de mi pecho o mi respiración acelerada.

Lo que acababa de pasar no me lo esperaba, cierto. Pero por algún motivo, mi mente trabajaba a toda velocidad intentando minimizarlo, relativizarlo y quizás hasta comprenderlo. Al final, conseguí calmarme un poco.

Di vueltas por el cuarto recogiendo y colocando en silencio mientras decidía qué hacer para afrontar esa situación.

“Haz como que no ha ocurrido. Si, será lo más fácil…

¡No no no no! ¡Si lo hago, no podré mirarla más a la cara! ¡O será ella quien no me mire a mí!

Está bien… Esperaré a mañana por si… ¡No! ¡No puedo dejarla así toda la noche! ¡Mierda…!¿Qué hago…?

¿Y si se lo cuento a Iván? Seguro que… ¡No! ¡Ni de coña!.

Dios, tengo que hablar con ella… “

Mi mente estaba tan aturdida que me sorprendí saliendo de mi cuarto instintivamente.

Su puerta estaba ahí, justo en frente mía, pero me tomé mi tiempo para pensar. Al final, abrí sin llamar y la hallé en la misma posición. Sentada con la espalda en el cabecero de la cama. Debía llevar casi diez minutos sin moverse.

Me miró tímidamente y volvió a enterrar su rostro enrojecido en las manos, mientras yo me acercaba a la cama escuchándola suspirar y lamentarse entre sollozos leves y resignados.

No sabía muy bien qué decir así que simplemente entré en la cama de nuevo, retiré las manos de su rostro enrojecido y besé su mejilla con ternura e insistencia, dejándome un sabor salado en los labios a causa de las lágrimas. Luego la obligué a aceptarme en su pecho y rodearme con sus brazos. Estuvimos un buen rato sin hablar mientras mi oído, que estaba posado justo encima de su corazón, la escuchaba calmarse lentamente.

– … Háblame… – Susurré con cariño.

– Buuuf… Tania, lo siento… Yo… – Dijo en tono deprimido.

– ¿Qué…? Háblame… Dime lo que ocurre… – Le insistí con timidez.

– No lo entenderías… – Intentó evadir.

– Si que lo haré… De verdad… No soy una niña… – Insistí. Dejó pasar unos segundos.

– Verás… La gente piensa que soy simpática por naturaleza. Que les sonrió por que me caen bien o quiero agradarles yo a ellos… Pero la verdad es que soy así por qué… me dan miedo – Dijo.

– ¿Por Qué…? – Pregunté sin comprender.

– Por que me pueden hacer daño… – Me quedé pensando en su tono y sus palabras y me quedó la terrible sensación de que alguien, en algún momento, le había hecho algo malo. Algo que aún le hacía sufrir.

– Llevo años huyendo de la gente y ya no sé qué se siente cuando alguien te mira como os miráis vosotros. Cuando te quieren como le quieres tú a él… No puedo evitar preguntarme… si en vuestros corazones habría sitio para mí… Un pequeño hueco en el que refugiarme de vez en cuando para sentirme segura… – Dijo más para si misma.

– Erika yo… – No supe muy bien que decir.

– ¡No! ¡Si lo sé…! Olvídalo. Es… Una locura. Sólo que… Sería… Olvídalo… – Por un lado, me resultaba muy triste saber que la persona más buena y alegre del mundo podía estar sufriendo tanto. Que se sentía tan sola. Pero por el otro…

¿Dónde está el límite? Mi hermano y yo nos habíamos acostado cientos de veces, nos habíamos enamorado el uno del otro. Habíamos roto todas las reglas y habíamos pagado por ello cuando nos separaron. Pero gracias a nuestra hermana mayor ahora volvíamos a estar juntos. Se lo debíamos todo.

“Le daré todo lo que necesite de mí… Podré soportarlo… Además, es muy guapa…” Pensé tratando de disipar mis dudas y tratando de convencerme.

Cuando lancé mis primeros besos sobre su pecho aún no fue consciente de lo que me proponía. Pero cuando una de mis manos se deslizó bajo su camiseta se tensó.

– Tania… ¿Qué haces?… – Preguntó nerviosa. Alcé la cara para mirarla. “Es preciosa…” Pensé. Mis manos comenzaron a masajear torpemente sus pechos.

– Tú me has hecho feliz… Y por una vez quiero hacerlo yo… – Le susurré justo antes de besar sus labios. Sus protestas o dudas al respecto murieron en su garganta pocos segundos después.

Su respiración se volvió mas profunda a medida que sus besos se volvían mas osados. Su corazón se aceleró con el intercambio de caricias y su piel, comenzó a arder por la excitación.

Aquello era más soportable de lo que esperaba e incluso estaba comenzando a gustarme.

Pudo ser por que estaba borracha de amor aquel día. Por que mi cuerpo se había convertido en un volcán imposible de contener o simplemente, por que había encontrado algo nuevo que desconocía y me gustaba. Fuera por lo que fuere, mi excitación creció permitiendo que me soltase y me concentrase en apreciar sus besos.

Su forma de besar era completamente diferente a la de Iván. Mientras que él siempre trataba de devorarme con cada beso, ella se tomaba su tiempo con bocados más tiernos y suaves. Su lengua era más tímida y se sometía a la mía con facilidad.

Sus caricias por el contrario eran más certeras y sensuales. Como si estuviese esculpiendo mi cuerpo en arcilla húmeda. Dándome forma con delicadeza.

Iván era pasión, impaciencia, violencia desgarradoramente excitante… Pero Erika era pura y dura sensualidad. De la que se te cuela por cada fibra y no necesita tocarte para volverte loca.

Casi ni fui consciente cuando me quitó la camiseta dejando mi torso desnudo. Me encontré lanzando mis labios y mis manos a la parte de su cuerpo que estuviese más cerca mientras me tumbaba sobre la cama y comenzaba a chupar mis pechos erizados.

Tras notar mi impaciencia acarició mi rostro sudoroso, pero atrapé su mano y la besé, la lamí impregnándome de su sabor mientras su otra mano se abría paso bajo mis braguitas. Aquello disparó mis sentidos.

– Aaaah Dios, esp… Espera… Estoy sucia… Déjame que… Aaaah me… Lave… Aaaaaaaaah dios! – Tras decirlo, sus dedos dejaron de jugar y dos de ellos entraron de golpe en mi interior arrancándome un gemido instintivo.

Su mirada era desconocida para mí. Sus ojos me desarmaron completamente mientras sus dedos salían de mi vagina empapados. No tardó en lamerlos y dejarme inmóvil por el asombro. Luego me los introdujo en la boca y varios segundos después, comenzó a alejarse para acabar lamiendo mi entrepierna.

– Me encanta tu sabor… Enana… – tras quitarse su camiseta apresuradamente, mis braguitas también desaparecieron y varios segundos después. Sus dedos, su lengua y sus labios, me arrancaban gemidos cada vez mayores. Era indescriptible lo que me estaba haciendo y no tardé en percatarme de que ella tenía experiencia con las chicas.

Gemía con fuerza. Tal vez no me importaba que Iván se enterase o incluso puede que lo deseara. Que se despertase y encontrase a sus dos hermanas haciendo esas cosas. Se uniría, podría convencerle. Aquella idea me sedujo.

Pero casi cinco minutos más tarde, Iván seguía sin aparecer.

Mi mirada vidriosa y anhelante se clavaba en la puerta mientras el asedio de Erika daba sus frutos, provocándome un orgasmo increíble que saturó mi mente de nuevo.

Con una sonrisa satisfecha y los labios enrojecidos, mi hermana contemplaba mi vagina desbordarse levemente mientras mi cuerpo se retorcía tratando de recuperar el aliento.

En ese instante la puerta se abrió a toda velocidad mostrándonos a un Iván vestido sólo con su ropa interior y una leve erección bajo ella. Nos contemplaba asombrado y con la boca entreabierta.

Erika salto sentándose en la cama asustada y cubriéndose el pecho con las manos.

Ahí estaba yo. Aún sufriendo los efectos de aquel orgasmo mientras contemplaba a mis hermanos inmóviles. Era mi oportunidad para tomar el control o todo cuanto habíamos logrado ese día se perdería.

-Ven… Cariño, ven… – Le dije aún sin aliento tendiéndole una mano. Iván dudó.

– No pasa nada… Ven, porfi… – Mi hermano dio un par de tímidos pasos sin perder de vista a Erika que le miraba suplicando su perdón. Estaba confuso, pero mi voz sinuosa y morbosa siempre conseguía dominarle.

– Todo está bien, Iván… – Insistí arrancándole otro par de pasos que me permitieron alcanzar su mano y captar su atención. Comencé a incorporarme y ponerme de rodillas sobre la cama. Estaba torpe y desorientada, pero lo conseguí.

– Todo está bien… – Le atraje hasta mí para besar sus labios y acariciar su calzoncillo ajustado. En poco tiempo, su erección comenzó a hacerse más y más evidente hasta que comencé a masturbarle sin mucho reparo.

Erika observaba en silencio. Inmóvil y excitada. Comencé a descender con mis besos por el cuerpo de mi hermano rumbo a su entrepierna.

Iván se relajó en cuanto comencé a lamer su pene con avidez y a penas fue consciente de que yo había agarrado la mano de Erika y tiraba de ella para obligarla a acercarse. Ella se resistió al principio, pero acabó cediendo y se acercó tímidamente.

La recompensé con un beso apasionado que hizo las delicias de Iván.

– Vamos… Lánzate… A él no le importa… – Le susurré dejándole sitio frente a nuestro hermano. Ella le miró avergonzada.

– ¿Verdad, cielo? – Le pregunté a Iván sin dejar de masturbarle. Asintió levemente y aún confuso por la situación y le recompensé con otro beso.

Entonces Erika suspiró para armarse de valor y agarró su pene justo bajo mi mano, siguiendo el compás del movimiento con el que le masturbaba. Al fin, dejó de tratar de cubrir sus preciosos pechos y se concentró en lo que hacía. Cada vez con más confianza, pero sin atreverse aún a utilizar su boca.

– Dale un beso… – Susurré al oído de Iván con toda la sensualidad que pude reunir.

Nuestra hermana nos miró extrañada tratando de descifrar lo que le había dicho mientras mantenía el movimiento de su mano, ahora en solitario.

Me bajé de la cama y dirigí a mi hermano para sentarlo junto a ella que seguía masturbándole nerviosa y avergonzada. Ninguno de los dos se lanzaba.

Me agaché para besarla a ella mientras acariciaba las cabezas de ambos, luego le besé a él y me retiré. Les sorprendí a los dos haciendo que se acercaran más hasta que se produjo el choque. Sus labios se encontraron con cierta timidez.

No tardaron en coger el ritmo y la confianza suficiente como para acariciarse con deseo.

Cuando Iván se lanzó a sus pechos y se tumbaron sobre la cama, supe que ya no había marcha atrás. Mis dos hermanos iban a hacer el amor gracias a mí.

Me tumbé al otro lado de Erika dejándola prisionera entre ambos. Con cada uno de sus hermanos asediando su cuerpo con besos y caricias. Aquello se convirtió en un fuego cruzado entre los tres, en el que cada uno trataba de “herir” tanto como le herían a él. Lo nuestro no era una relación normal, pero era pura y sacaba lo mejor de cada uno.

– Estáis locos… – Dijo excitada. Su cuerpo ardía por la intensidad de los latidos de su corazón y a mí cada vez me parecía más atractiva y excitante. Aún se mantenía aferrada al pene de Iván y no parecía tener muchas ganas de querer soltarlo.

Mi hermano le arrancó un gemido a mi hermana Erika cuando su mano se lanzó como un rayo bajo su ropa interior y sus dedos comenzaban a estimularla. Observé con atención como se hacía tras quitarle sus braguitas y arrodillarme en el suelo.

Estaba tan húmeda como yo a esas alturas.

Iván acabó haciendo que yo chupase sus dedos impregnados, para después volver a introducírselos a ella. Era un sabor agridulce muy parecido al mío propio que tantas veces había probado. Después me acercó el rostro para que continuara con mi boca y mis dedos lo que él había empezado. Pero tenía miedo de no estar a la altura.

Su interior era muy cálido, húmedo y suave. Desprendía un olor y un sabor más intensos pero no me detuve. Comencé a hacer lo que tantas veces me había hecho Iván. Resultó que no se me daba tan mal.

A juzgar por la cara de Erika y sus gemidos, tenía que estar haciéndolo muy bien. Iván la obligó a sentarse en la cama y acercó su pene a sus labios. Ella ni siquiera lo pensó y se la metió entera en la boca mientras tiró de mí, poniéndome a su altura. Quería que yo también se la chupara.

Conocía muy bien a mi hermano y sabía que iba a correrse pronto. Aquella situación debía de estar volviéndole loco. Su liquido preseminal era muy abundante y escurría por la barbilla de Erika que trataba desesperadamente, de hacer que le entrara entera en la boca.

Detrás de cada arcada, se detenía para respirar y soltar mas liquido que yo recogía directamente besando y lamiendo su barbilla húmeda y pegajosa. Mis dedos seguían masturbándola suavemente al compás de sus gemidos desesperados.

Después llegó mi turno de chupársela mientras ella se recuperaba de la última arcada con el rostro enrojecido. Pero no paré de penetrarla con mis dedos.

– ¡Aaaaah! ¡Dios! ¡Aaaaaah! ¡Noooooo! – Gritó Erika deteniendo mi mano. En ese instante, la noté desbordarse provocando que unas leves gotas escurrieran y cayesen al suelo. Sofocó sus gemidos dando un leve mordisco a mi mejilla mientras contenía su respiración. Aquello fue demasiado para él.

Obligó a nuestra hermana a girar su rostro y acercar su boca justo antes de correrse. La mayor parte del semen cayó en su boca abierta por el placer que aún la estaba sobreviviendo. Apenas hubo premio para mí. Pero estaba decidida a robárselo.

Me lancé a sus labios impidiendo que se deshiciese de él y robé cuanto pude.

Iván se apartó acariciándose el pene mientras ella y yo nos derrumbábamos sobre las sábanas aún mezcladas en semen, saliva y sudor.

– Jolín con mis hermanitos… – Dijo tras unos segundos tragando semen.

Yo aún besaba y acariciaba su cuerpo pero aún estaba caliente, así que me puse encima suyo con las rodillas a los lados. Ofreciéndome a mi hermano con sensualidad en mis movimientos, deseo en mi expresión y provocación en la mirada.

Puede que ella fuese más guapa, pero yo contaba con su amor y conocía todas las formas posibles de excitarle. En poco tiempo le tenía detrás mío acariciando mi trasero y mi espalda. Cogiendo fuerzas para cabalgarme por última vez aquella noche… O tal vez la penúltima…

Mi hermana aún se retorcía debajo mía. Me miraba con ternura y una sonrisa vergonzosa en sus preciosos labios. La recompensé con un beso mientras mi pelo caía desbocado ofreciéndonos cierta intimidad. Mi hermano comenzaba a hurgar en mi vagina con sus dedos.

– Erika… Esto… Aaaaah… no ha… aca…bado… – Le dije cayendo víctima de la excitación. Se movió para observar a nuestro hermano masturbándose mientras me profanaba con sus dedos.

– Créeme… Aaaaah… Es insaciable este capullo… Aaaaah… – Dije con una sonrisa. Su pene se endureció lo suficiente como para tratar de penetrarme. Ella observaba en silencio con la boca abierta ofreciéndome su fino y delicado cuello. Comencé a devorarlo mientras las caricias de nuestro hermano sobre su vagina comenzaban a encenderla de nuevo.

Su pene entró en mí lentamente y aún algo blando. Pero cuando comenzó a acelerar el ritmo, noté como se tensaba en mi interior poco a poco, acrecentando el placer y los gemidos.

El cuello de mi hermana ya estaba en carne viva cuando trató de detenerme con un beso en los labios. Iván la masturbaba al mismo ritmo que me penetraba a mí por lo que los tres estábamos perfectamente sincronizados. Pero entonces, Erika me dio un pequeño mordisco involuntario en el labio inferior tras meterle Iván tres dedos en su vagina.

– ¡Lo Siento enana! ¡Losientolosientolosiento…! – Calmé su disgusto besándola de nuevo y dejando su boca impregnada de un poco de sangre. El dolor era molesto pero soportable, y en poco tiempo, ni siquiera le prestaba atención.

Pero la sangre siguió ahí un rato, atrapada bajo nuestros besos y dejándonos un sabor metálico en la boca.

Los gemidos iban y venían entre las dos, acompañados de caricias y mordiscos. Mi interior ardía cada vez más mientras nuestro hermano comenzaba a acelerar el ritmo con el que nos daba placer.

– ¡Dios…! ¡Me corro, me corro otra vez! – Sujetó mi rostro con ambas manos a pocos centímetros del suyo. Ella también estaba muy excitada y su mirada estaba tan húmeda como la mía, pero aún no estaba para correrse.

Nuestras miradas se cruzaron creando un vínculo entre las dos imposible de romper. Mientras, llegaba al clímax y mi interior se desbordaba por mis muslos mientras todos los músculos de mi cuerpo se tensaban. Iván me ofreció una tregua y yo ahogué mis ganas de gritar en los labios de mi hermana.

La cabeza me daba vueltas, pero su mirada se mantenía fija en mi cabeza. Apenas me di cuenta de que entre los dos me habían tumbado en la cama a su lado. Estaba al borde del desmayo pero aún podía verles. Aunque mis oídos apenas escuchaban nada que no fuesen mi respiración jadeante y mis propios gemidos.

Iván se había colocado sobre ella y la penetraba bruscamente. Erika gemía apretando mi mano y mirándome cuando él la liberaba de sus besos apasionados.

Estaba roja por el esfuerzo. Su respiración acelerada y sus gemidos estaban dejándola afónica. Su piel sudaba casi tanto como la de Iván dejando perlas brillantes sobre su frente, sus mejillas y su pecho. Sus labios, aún manchados de sangre estaban entreabiertos tratando de llevar aire a sus pulmones.

La observé zarandearse sobre las sábanas. Sus pechos perfectos eran presas frecuentes de los labios y caricias de Iván. Parecía al límite.

Supe que se estaba corriendo cuando cogió aire y su mirada se giró a mí derramando un par de lágrimas. Si la excitación hubiese tenido un rostro, hubiese sido el suyo.

Se quedó inmóvil, tensa, con una enorme bocanada de aire aún en sus pulmones, mientras Iván aún la penetraba unos segundos más antes de correrse en su interior.

El círculo estaba completo. Los tres nos mirábamos y nos acariciábamos como hermanos, como amantes, como tres personas que se entendían y se complementaban.

Cuando vieron la sonrisa en mis labios no tardaron en devolvérmela. Estábamos completamente agotados y nos tumbamos en la cama, cada una a un lado de nuestro hermano, sobre su cuerpo desnudo. Erika y yo comenzamos a quedarnos dormidas cruzando nuestras miradas y una enorme sonrisa en el rostro.

– Te quiero – Dijo sin emitir ningún sonido.

– Te quiero… – Respondí en un susurro.

Pero en ese instante, la mano de mi hermano comenzó a acariciarme sensualmente la espalda y por la sonrisa de mi hermana, a ella también le estaba haciendo lo mismo.

Ambas miramos bajo las sábanas y comprobamos cómo su pene se mantenía medio tenso. Me sonrió mordiéndose el labio inferior y yo hice lo mismo. Nos estábamos desafiando.

“¿Por qué no? aún quedan un par de horas para amanecer…” pensé.

Lentamente y sin perder la sonrisa, ambas nos perdimos bajo las sábanas dispuestas a exprimir aquella noche al máximo. Nos esperaba un fin de semana muy entretenido y por primera vez, a ninguno nos preocupaba el futuro.

Fin.

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3. Tania e Iván: El Amante Recuperado (Final)

Mi madre nunca pudo entenderme. Entendernos a los dos.

Desde que nos separaron a mi hermano Iván y a mí, yo me consideraba un espectro. Alguien triste, fría. Incapaz de sentir ninguna emoción positiva. Nada me importaba a excepción quizá de mi hermana Erika, quien aportó algo de luz al pozo en el que estaba atrapada.

Pero mi madre…

Ella nunca pudo entender la clase de amor que sentíamos el uno por el otro. Tampoco es que le importara mucho ya que para ella la verdadera perversión residía en que dos hermanos tuvieran sexo.

El día que nos sorprendió juntos pude verlo en sus ojos. El asco, el miedo y el sin sentido que representaba para ella. Al día siguiente, su mirada solo reflejaba odio y ese odio apagó mi mundo.

Pero un día mi mundo volvió a brillar. El día en que volví a verle…

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Corrí en su dirección tanto como él en la mía hasta que nos alcanzamos fundiéndonos en un abrazo enorme. Bueno, para ser sincera he de decir que literalmente salté sobre él y lo atrapé con brazos y piernas haciendo que estuviésemos a punto de caer al suelo. Pero de alguna forma Iván resistió la embestida y me sostuvo sobre él.

Después de tanto tiempo, volví a sentir su olor, su tacto… Su calor. Volví a llorar de alegría.

Cuando Erika llegó a nosotros también lloraba, pero con una expresión alegre en el rostro.

Se acercó tímidamente para no romper la magia de nuestro momento, pero Iván y yo acabamos atrapándola en nuestro abrazo y así permanecimos un buen rato. Al menos hasta que un conductor pitó para hacernos salir de la calzada.

Mientras llegábamos a la acera, el instinto hizo que Iván y yo entrelazásemos los dedos tímidamente solo para soltarlos bruscamente cuando Erika se giró para mirarnos. No fuimos lo bastante rápidos.

– ¿Pero qué hacéis? – Preguntó extrañada. Iván y yo nos pusimos algo nerviosos temiendo que se hubiese enfadado.

– ¿Estáis tontos?… – Dijo agarrando nuestras manos y volviéndolas a unir.

– Pensaba que ya os había quedado claro. ¡A mí no me importa lo vuestro! – Aquello nos desconcertó. Era una situación extraña y nueva que nuestra propia hermana nos animase a estar juntos.

– Chica, como no le plantes un beso en los morros… Le meto en un tren de vuelta a Barcelona. Tú verás… –  Aquello me hizo soltar una risa nerviosa que se cortó cuando mi hermano se encaró hacia mí también algo nervioso. Mi corazón se disparó.

Tenía ganas de besarle, claro. Pero siempre lo habíamos hecho en privado mientras que ahora estábamos en plena calle y con nuestra hermana mayor mirando.

Iván también parecía estar repasando excusas en su mente pero al final, como a mí, se le acabaron y el deseo pudo con la timidez.

Di un paso al frente y posé mis manos en su cintura mientras me estiraba para alcanzar sus labios. Fue un beso rápido. Tímido. Pero tras él, nuestros rostros se quedaron a pocos centímetros el uno del otro con nuestras miradas atrapadas en medio, chocando la una contra la otra y expresando con dureza la suma de todos los sentimientos que bailaban en nuestro interior.

Entonces se produjo ese momento en el que todo parece detenerse y apagarse, como si estuviésemos en medio de una pista de baile con un enorme foco de luz sobre nosotros, mientras suena una de esas canciones lentas que te incitan a seguir abrazados. Imagínatelo…

No puedes hablar, por que la canción y vuestras miradas lo dicen todo. Y entonces, sin previo aviso, se produce la magia.

Nuestros labios chocan lentamente mientras el beso nace poco a poco.

Al principio, te contienes por miedo a romper la atmósfera, pero poco a poco ganas confianza y te vuelves más osada. Cuando no sólo notas tu amor por él saliendo de tu pecho, sino que también te dejas atrapar por el suyo.

Durante los segundos siguientes, el beso se prolonga. Tus sentidos se disparan. Notas su respiración, su olor, su sabor. La presión de su boca tratando de devorarte lentamente…

Al final la canción se acaba, pero no te importa. Sólo quieres seguir besándole un poco más. Mientras el mundo que te rodea vuelve a reaparecer poco a poco hasta convertirse en un concierto caótico dejándote la sensación de que el momento se escapa y nunca volverás a vivir nada semejante.

Volvíamos a estar en aquella calle.

Cuando mi hermano y yo nos separamos, Erika nos observaba en silencio, sorprendida y con los ojos empañados.

– Os teníais ganas ¿Eh? – Preguntó al final secándose las lágrimas con los dedos. Aquello hizo que me ruborizara, pero había ganado confianza. Agarré la mano de Iván y no volví a soltársela en toda la tarde.

Erika nos llevó a su piso para dejar el escaso equipaje y después nos mantuvo toda la tarde ocupados yendo de compras. Aprovechamos para ponernos al día de nuestros asuntos y de paso regañar a Iván por no estudiar en condiciones. Bueno, la verdad es que también yo me llevé mi rapapolvo por lo mismo. Era evidente que nuestra hermana se mantenía informada de todo.

Al final, después de cenar en un restaurante italiano volvimos a casa. Erika nos había cedido su cuarto que tenía baño propio. Mientras, ella dormiría en el de su compañera de piso. Algo más pequeño y con una cama menos amplia. Se despidió de nosotros con un abrazo y el silencio inundó el cuarto cuando cerró la puerta tras de sí.

Saqué de mi pequeña maleta un pijama azul bastante viejo pero que era uno de mis favoritos. Durante unos segundos dudé sobre si debía cambiarme en el baño ya que me embargó la vergüenza repentinamente.

Era absurdo, él me había visto desnuda cientos de veces. ¡Habíamos hecho el amor otras tantas! Pero tras un año éramos de nuevo como dos desconocidos. o lo más parecido. Bueno, no tenía ni idea… estaba hecha un lío tremendo.

Al final, le di la espalda y comencé a desnudarme en silencio mientras él encendía una lámpara de noche y apagaba la luz del cuarto. Luego se sentó en la cama para observar el espectáculo. Su mirada era como una carga pesada sobre mis hombros pero no dejé de desnudarme.

Primero fue mi chaqueta rosa con capucha mientras me sacaba las zapatillas con los pies. Luego me desabroché los botones del pantalón vaquero blanco, pero acabé quitándome la camiseta negra ajustada y desabrochando el sostén dejando mi espalda al descubierto.

Después de quitarme el sostén eché mano de la parte superior del pijama pero…

– Espera… ¿Puedo verte? – Preguntó nervioso. Me giré lentamente a pesar de la vergüenza. Su mirada se encendió y casi pude sentir su calor.

– Ven… – Dijo tendiéndome una mano.

Tras unos segundos me acerqué a el y me agarró por la cintura para sentarme sobre su pierna izquierda mientras sus labios comenzaron a asediar mi hombro y mi cuello.

Le amaba. Le deseaba. Quería volver a hacerle el amor. Pero por algún motivo aún esperaba que todo fuese una broma cruel y me mantenía a la defensiva con un brazo cruzado tratando inútilmente de cubrirme los pechos. Estaba muy tensa.

– ¿Estás bien?… – Preguntó.

– Si, si… Es sólo que… Me cuesta creerlo. Esta mañana mi vida era un asco y ahora… Estás aquí… – Dije acariciando su rostro.

Nuestras cabezas quedaron unidas cuando apoyé mi frente sobre la suya.

– ¿Y cuál es el problema?… – Dijo agarrando mi mano y besándola.

– ¡Ninguno! De verdad… Sólo que… No quiero volver a perderte. El domingo tienes que irte y no… –

– Eh eh eh… No me vas a perder. Ahora sabes que nos estaremos esperando el uno al otro. Además, Erika nos está ayudando… – Dijo interrumpiéndome.

– Pero es que sólo es un fin de semana… – Insistí.

– ¡Pues no lo desaproveches!. Tania… Estamos aquí, ahora. Juntos… Es más de lo que ninguno de los dos hubiese soñado… – Sentenció besándome.

En ese instante la puerta sonó un par de veces justo antes de abrirse.

– Por cierto chicos se me ha olvidado… – Me puse en pie de un salto cubriéndome el pecho con el pijama cuando Erika entró. Su cara reflejó la vergüenza que la invadió en ese instante y comenzó a retroceder.

– ¡Oh! ¡Mierda! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! No pensaba que… Bueno, que miréis en el segundo cajón por si… ¡Adiósbuenasnoches! – Dijo finalmente cerrando la puerta apresurada.

Una vez pasado el susto inicial, Iván arrancó a reír contagiándome la risa. Me dejé caer sobre la cama mientras él rebuscaba en el segundo cajón.

Al sacar una caja de preservativos, nos miramos en silencio y poco después volvimos a reírnos con más fuerza. Aquello cada vez parecía más surrealista pero de alguna forma comenzaba a aportarme algo de seguridad.

Al final, más calmados, acabamos tumbados uno frente al otro. Observándonos con ternura entre caricias.

– Tienes razón… Estamos aquí. Ahora… Juntos… – Dije justo antes de besarle. No tenía sentido darle vueltas ahora. Después de un año, tenía la oportunidad de volver a tenerle y estaba dispuesta a aprovecharlo.

Me coloqué sobre su cuerpo mientras  devoraba su boca y quemaba su piel con mis manos. Cuanto más le besaba, más me excitaba. Cuanto más me excitaba, más le acariciaba el cuerpo buscando excitarle a él. Cosa que no me costó demasiado. Hay cosas que no se olvidan nunca y yo conocía todos los secretos de su cuerpo.

Le ayudé a quitarse su camiseta rápidamente mientras mis manos redescubrían su pecho. Estaba caliente, Acelerado y su corazón era como un martillo golpeando mi mano.

Las suyas se lanzaron a mis pechos. Sabía que se había fijado en que me habían crecido un poco en todo este tiempo. Probablemente no me crecerían mucho más, pero no importaba, para mí eran perfectas y también parecían serlo para él, que comenzó a devorarlas con avidez.

Sentirme deseada de nuevo era increíblemente excitante. A penas me había masturbado pensando en él unas cuantas veces durante ese año pero no se podía comparar con esto.

Sus manos suaves y calientes exploraban mi torso desnudo prendiendo fuego a mi piel mientras sus labios acosaban mis pezones sin cesar hasta conseguir erizarlos.

Para entonces, yo ya no aguantaba más y reclamé su atención volviendo a lanzarme a sus labios mientras trataba impaciente de desabrochar su pantalón. Al final, tuvo que ayudarme con el último botón mientras comencé a dar tirones para arrancárselo. Cuando lo conseguí, lancé su pantalón estrellándolo contra la mesilla de noche, creando un pequeño caos de fotos caídas, perfumes volcados y papeles revueltos.

Luego llegó el turno del mío que costó un poco más por que era ajustado y además no podíamos dejar de besarnos. Pero por fin, con media cama deshecha y los labios enrojecidos por el roce, mi pantalones salieron llevándose con ellos mi ropa interior. No había hueco para las sutilezas. Estábamos acelerados y no queríamos parar. Le echaba tanto de menos…

Cuando lancé mi mano bajo su ropa interior encontré su pene totalmente erecto. Ardía bajo el suave movimiento de mi mano al masturbarle lentamente.

Quise lanzarme sobre él y practicarle el mejor sexo oral que le había hecho nunca, pero me lo impidió tirando de mí y volviendo a poner mis labios al alcance de los suyos.

Esta vez fue él el que lanzó su mano entre mis piernas buscando prenderme fuego definitivamente.

– Te… Te he echado tan… to, ¡aaah…! tanto… de menos… Iván… ¡aaah… Dios…! – Dije mientras sus dedos se dedicaban a provocar el caos. No era sutil ni paciente, pero tampoco lo esperaba. Éramos dos volcanes en erupción constante que acumulaban presión antes de explotar.

Pronto, mi clítoris se convirtió en el punto débil que atacaba sin cesar obligándome a someterme completamente a él.

Cuando sus dedos comenzaron a penetrarme, me lancé para alcanzar un preservativo pero desistí. Estaban muy lejos.

Acabé descargando mi impaciencia y mi excitación sobre su cuello cuando estiró su brazo para tratar de alcanzar la caja de preservativos que acabó tirando por accidente al suelo y fuera de nuestro alcance. Eso colmó mi paciencia y directamente le arranqué su ropa interior como había hecho con su pantalón. Después, me puse sobre él con las rodillas a ambos lados de sus caderas y sujetando firmemente su pene, me dejé caer lentamente.

Cuando comenzó a abrirse camino, aun estaba bastante apretada y me pareció algo molesto. Pero me daba igual, no pensaba parar. El placer llegaría tarde o temprano.

Por suerte estaba bastante bien lubricada y no tardé en dilatar permitiendo que entrara completamente. El placer llegó sin más y me arrancó un profundo gemido que expresaba no sólo mi excitación sino en cierto modo, mi liberación. El fin de todas mis dudas y preocupaciones. A decir verdad, estaba tan excitada que ello hizo que no me importara nada más que tenerle dentro de mí.

– ¡Dios!… – dije mordiéndome el labio mientras mi cuerpo avanzaba y retrocedía cada vez más rápido.

Iván se dedicaba sólo a respirar. Para él parecía ser un trabajo increíblemente duro ya que el placer le desbordaba. Eso me animó a seguir moviéndome buscando darle más placer. Pero faltaba algo.

Mi hermano me sorprendió incorporándose hasta sentarse en la cama y rodeándome con sus brazos, se  levantó conmigo a cuestas y me llevó hasta la pared más alejada a la cama. El choque contra el mueble fue violento pero a penas dolió. Acabó sentándome sobre él tras apartar las cosas que había con un manotazo. Algunas cayeron al suelo pero no nos detuvimos a mirar qué eran.

No había elegido ese punto al azar. El mueble tenía la altura perfecta. Abrió mis piernas y volvió a penetrarme con fuerza arrancándome otro gemido fugaz que fue más un pequeño grito que otra cosa.

Lo que vino después fue algo que conocía bien. Una sucesión de embestidas violentas que comenzaron a desmontar toda mi iniciativa y que me convirtieron en una simple muñeca de trapo a su merced. Esa era una de sus posturas favoritas y se entregaba a fondo en ella, eso estaba claro.

Mi respiración se mezclaba con los gemidos que lograban escapar a mi control mientras su ritmo lejos de ceder, aumentaba. Mis manos y mis labios se volvieron torpes a causa de las descargas de placer, pero me las apañé para sobrevivir un buen rato mientras mi interior parecía estar a punto de explotar. Ni siquiera me importaba ya contener los gemidos. A esas alturas Erika debía de estar alucinando.

– Iva… Iv… Iván… Dios, no… Pue… – En ese instante me sorprendió un orgasmo que me hizo doblarme tratando de alejar a mi hermano de mí inconscientemente. Pero no lo conseguí así que simplemente me quedé con la cabeza apoyada en su hombro mientras seguía penetrándome sin compasión.

Sus embestidas disminuyeron cuando mi interior comenzó a desbordarse empapando su pene como pocas veces me había ocurrido.

Mis gemidos se estrellaban contra su hombro mientras una de mis manos se aferraba a su nuca y la otra clavaba las pocas uñas que tenía en su espalda. Podía notar aquella humedad goteando y resbalando por mi vagina hasta fundirse con el mueble. Pero mi hermano no estaba dispuesto a darme tregua y comenzó a acelerar el ritmo de sus embestidas otra vez haciéndome  suplicar para que parara. Pero no lo hizo y eso volvió a llevarme al limite otra vez.

Sin haber empezado siquiera a recuperarme del primero, un segundo orgasmo me hizo bufar como una gata enfadada mientras mantenía los dientes apretados con todas mis fuerzas. Si llegué a manchar esa vez no estaba segura, mi cabeza daba vueltas y era consciente de pocas cosas. Solo supe que comencé a sentir cada milímetro de mi piel ardiendo hipersensible mientras mi cerebro se saturaba.

Mi vagina ardía con el roce de su pene, mi piel se erizaba con sus embestidas y mis muslos, aferrados a su cuerpo, comenzaron a arder por el esfuerzo. Las últimas embestidas ni siquiera las sentí justo antes de correrse en mi interior. Podía ver su pene entrando y saliendo de mí completamente empapado en semen. Como ya sabía, algunas cosas no cambian nunca y esa era una de ellas. Su primera corrida siempre era inmensa.

– Joder… enana… No sabes como echaba de menos esto… – Dijo tratando de recuperar el aliento mientras me besaba.

– No… Ya… Ya lo veo… – Dije sarcástica. Luego le di una fuerte palmada en el pecho fingiendo estar enfadada.

– ¡Y Ahora no me llames enana! – Escuchar “nuestra frase” hizo que comenzara a reírse mientras me abrazaba. Yo le abracé a él aún exhausta por los dos orgasmos consecutivos pero sin perder de vista la leonera en la que habíamos convertido el cuarto de Erika. Me parecía increíble que dos personas pudieran provocar tal desorden, pero por otro lado siempre nos había ocurrido lo mismo.

Cuando retiró su pene de mi interior me ayudó a bajar del mueble. Lo habíamos dejado pringado de semen y fluidos además de haber descolocado todas las cosas que había encima. Incluida una foto vieja de toda la familia de cuando aún éramos felices todos juntos.

Cuando la cogí para verla de cerca Iván me abrazó por detrás y apoyó su barbilla en mi clavícula.

– ¿Lo echas de menos? ¿Cuando éramos una familia normal? – Pregunté.

– mmmm… No mucho – Contestó tras varios segundos. No era la respuesta que esperaba.

– ¿Por qué? – Pregunté extrañada.

– Por que cuando éramos una familia “normal” tú y yo aún no… No habíamos “empezado” – Contestó haciéndome cosquillas en el estómagos.

– ¡Venga ya! Hablo en serio… – Me quejé divertida.

– Y yo… Si pudiese elegir cambiar algo y supiese que hacerlo me impediría estar aquí, ahora. Dejaría todo igual – Sus palabras me sorprendían tanto por el tono como por el significado. Parecía más seguro que nunca a la hora de hablar. Como si fuese más maduro. Giré la cabeza para besarle.

Tras unos segundos noté como sus manos comenzaban a volverse más descaradas y supe que trataba de encandilarme.

– Eh eh… Antes vamos a limpiar esto – Mi hermano gruñó disgustado pero le recompensé con otro beso.

Fui al baño a por papel y me fijé en que el semen de Iván corría por mi muslo recordándome la imprudencia que habíamos cometido. No era la primera vez y nunca me había quedado embarazada, pero no por ello dejaba de estar mal.

Salí del baño y le entregué el rollo de papel.

– Toma. Te toca limpiar mientras me lavo un poco – Dije intentando escabullirme.

– ¿Cómo? ¿Por qué? – Se quejó. Yo puse mi mejor cara de seductora y me acerqué a él lentamente.

– Por que sabes que luego… te lo voy a compensar… Por que harías cualquier cosa por mí… Por qué me quieres… – Cuando llegué hasta él agarré su pene y lo acaricié mientras besaba sus labios con picardía haciendo que comenzara a excitarse.

– Y por que si te vuelves a correr dentro de mí sin condón… Te la corto por la mitad – Dije simulando con mis dedos una tijera que trataba de cortar su pene. Pareció entender el mensaje y no volvió a protestar.

Cuando salí del baño 15 minutos después, Iván estaba a oscuras con la televisión encendida. Parecía estar a punto de quedarse dormido pero al verme con la toalla no dudó en arrancármela y volver a encenderse.

Sonreí al recordar aquellos días antes de que nos pillaran. Cuando aprovechábamos cada momento a solas para hacer el amor. Recordé que solía dejarme agotada mientras que a él aún le quedaban ganas. Era insaciable. Pero esa noche era yo quien estaba dispuesta a agotarle a él aunque tuviese que gastar hasta el último preservativo o dejarle seco a manadas.

Dos horas y tres orgasmos después caímos en la cama exhaustos. Le había acabado agotando, si. Pero me había costado lo mío. Al final, empapados en sudor, fundidos en un abrazo, acabamos quedándonos dormidos.

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Cuando desperté, aún eran las 04:45 de la madrugada. No había dormido más de un par de horas y estaba cansadísima, pero el sueño me eludía por lo que encendí la televisión.

Mi hermano dormía plácidamente con una expresión graciosa. Era increíble tenerle a mi lado. Pero más increíble aún era sentir la felicidad que me aportaba. Ahora más que nunca podía apreciarla.

Aun así, cuanto más pensaba en ello más fácilmente me acosaban los malos recuerdos de aquel día en el que mi madre nos pilló.

Hacía tiempo que no tenía valor suficiente para afrontarlos pero allí, junto a Iván, me sentía la chica más fuerte del mundo. Era hora de plantar cara a mis miedos.

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Un año antes.

 

Llegué a casa empapada por la lluvia y con ganas de darme una ducha caliente. Aquel temporal que duraba una semana deprimía a cualquiera, pero a mí no.

Mi padre llevaba dos meses sin dormir en casa después de que nos anunciaran que iban a “darse un tiempo”. Las broncas diarias por la custodia fueron duras y nos afectaron muchísimo. Pero nos decantamos por nuestra madre para no tener que irnos a Barcelona con nuestro padre.

También hacía poco que Erika se había marchado a estudiar, vivir y trabajar a Toledo. No estaba lejos, pero no verla a diario también me afectó muchísimo.

Por todo ello, mi madre comenzó a hundirse en un circulo vicioso de amargura, odio y mal humor tras ver que su matrimonio naufragaba y su hija predilecta se marchaba de su lado.

Tal vez yo debí haberme puesto en su lugar, haber comprendido por lo que pasaba y haber estado a su lado. Pero no lo hice. Sólo era una adolescente con las hormonas revolucionadas y enamorada de su propio hermano. Que aprovechaba la menor oportunidad para tener sexo con él y que aquella tarde se había saltado la academia para llegar a casa antes de tiempo.

Tras dejar las cosas en mi cuarto fui a la ducha y comencé a desnudarme mientras mordisqueaba una manzana. Tenía poco tiempo para ducharme antes de que llegara mi hermano así que me di bastante prisa.

Resultó que llegó a casa mientras me duchaba y acabé lavándome a toda velocidad. Cuando salí del baño envuelta en una toalla, con el pelo chorreando y apurando lo que quedaba de manzana fui directa a su cuarto.

Vi su chaqueta y la bolsa de deporte sobre su cama junto a una camiseta dejada de cualquier forma. Sobre el suelo había más ropa pero de él no había ni rastro.

– ¿Iván? – Dije en voz alta. Pasé por todas las habitaciones de la casa y el salón buscándole y comencé a pensar que se habría marchado nada más llegar. Pero al entrar en la cocina para tirar la manzana a la basura, una mano surgió de detrás de la puerta arrebatándome la toalla.

El susto hizo que la manzana volara hasta la encimera y sin pensarlo ni un segundo grité mientras salía corriendo hacia mi cuarto. A mitad de camino ya sabía que era mi hermano y me dejé atrapar entre risas. Solamente tenía puesta su ropa interior y adivinaba un gran bulto bajo ella.

Sin ni siquiera decirme hola, sus labios atropellaron a los míos sorprendiéndome por su impaciencia.

– Eh eh… ¿Por qué tanta prisa? Hoy tenemos dos horas más que ayer… – Dije tratando de escapar.

– Pues por eso enana… Así nos da tiempo a más… Y quiero dejarte seca… – Dijo empujándome hacia su cuarto.

– ¿En serio? Prométemelo… – Contesté con tono provocativo.

Sus manos recorrían mi cuerpo como si trataran de desgarrarme la piel a medio secar. No hacía falta mucho para encenderme en aquel momento así que decidí no perder más el tiempo y dejé en su cuello un buen chupeton.

– ¿Anoche por donde lo dejamos? – Pregunté juguetona.

Sabía lo que me contestaría perfectamente. Me había colado en el baño para darle “las buenas noches” rápidamente y de alguna forma acabé haciéndole una felación que decidí concluir prematuramente por miedo a que nos descubrieran. Prometiéndole, eso sí, acabar al día siguiente.

– Pues… – Comenzó a decir mientras le tumbaba de un empujón en la cama.

Me arrodillé a su lado y tras retirar su ropa interior comencé a lamer su pene como si de un helado se tratara mientras que con mi mano masajeaba más abajo. Luego, simplemente la sostuve erguida ante mí y traté de meterla entera en la boca. Me faltó poco.

Durante un buen rato acompañé a mi boca con un par de dedos que recorrían su tronco de arriba a abajo resbalando sobre mi saliva.

No solía hacerle felaciones completas muy a menudo, pero aquella vez me apetecía sentirme sucia. Ya fuese por el morbo de tener la casa para nosotros solos tanto tiempo o simplemente que me había despertado así, estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera.

Sabía por la abundancia de su líquido preseminal que estaba a tope pero no me precipité. No quería estropear su “regalo” antes de tiempo y relenticé el ritmo.

Sabía que le ponía ver como mi boca se desbordaba de saliva y comencé a babear literalmente mientras seguía chupando con un ritmo suave pero intenso. Ya me había acabado acostumbrando a su sabor por lo que no tenía el menor reparo en tragar lo que iba soltando y durante un buen rato soltó bastante… Pero tenía que acabar tarde o temprano ya que yo también quería empezar a disfrutar mi ración de sexo, así que aumenté el ritmo provocando que comenzara a hiperventilar y dos minutos más tarde, su esperma inundó mi boca entre jadeos obligándome a tragar descarga tras descarga.

– Jijiji… ¿No te quejarás no…? – Dije juguetona mientras retiraba todo el esperma sobrante con mi lengua. El se limitó a resoplar.

Poco después fui al baño a lavarme la cara y la boca mientras dejaba que él se recuperase. Pero mientras bebía un poco de agua directamente del grifo una mano se coló entre mis piernas haciendo que me irguiera de golpe. Otra sujetó mi cabeza obligándome a mirar a través del espejo como mi hermano se situaba detrás de mí.

– Iván… Ponte un condón porfa… – Le sugerí mientras su pene se rozaba con mis labios vaginales.

– Porfa enana… Sólo un poco… – Comenzó a presionar con la punta. En aquellos días teníamos sexo casi a diario y alguna vez la locura nos llevaba a hacerlo sin preservativo. Supongo que cuando eres una cría conoces los riesgos pero piensas que estás por encima de ellos.

– Buuuff… Pero no te vayas a correr dentro que te conozco… Que entre unas cosas y otras cada pocos di… ¡Aaah! ¡Capulloooh! Uuuff… – Su pene había entrado de golpe en mi interior provocándome un pequeño latigazo de placer que acabó por hacerme gemir mientras esperábamos a que mi interior se acostumbrase a él.

Luego comenzó a moverse tímidamente como si esperase mi aprobación y se la di cuando comencé a buscar deliberadamente que me penetrara echando mi cuerpo hacia atrás. Pero más que por eso, la obtuvo por mi mirada a través del espejo cargada de deseo, impaciencia y un toque de sumisión.

Cuando comenzó a tomárselo en serio, sus embestidas empezaron a ser cada vez más profundas y pronto comenzaron a arrancarme gemidos que no me molestaba en ocultar.

No había nadie en casa, debajo nuestra no vivía nadie desde hacía tiempo y la vecina de arriba era medio sorda y vivía con un hijo deficiente. No. Gemí con fuerza para alimentar mi propio placer que obtenía de sus embestidas que me estaban volviendo loca.

– Tío… Aaah… Aaah… Aaaaaaah… ¿Cómo… Comolohaces…? Aaah… Aaah… – Dije entre gemidos. Sus manos se habían aferrado a mis pechos y los agarraban con fuerza. No es que siempre practicásemos el sexo directo y agresivo. Más bien iba por rachas y estaba claro que estábamos atravesando una. Pero fuera como fuera si yo le conocía a la perfección, también él a mí. Tenía una facilidad pasmosa para llevarme al delirio.

Después de varios minutos mi garganta estaba reseca de tanto gemir y sabía que en cualquier momento uno de los dos se correría. Resulté ser yo.

Con un profundo y sonoro gemido seguido de un rápido escalofrío que retumbó en los azulejos del baño, mis muslos comenzaron a empaparse de mis propios fluidos que dejaron la alfombrilla perdida. Las rodillas apenas lograban sujetarme mientras mis muslos tenían leves espasmos y mi estómago se contraía y relajaba sin parar.

Aún me penetró tres o cuatro veces más arrancándome alguna súplica hasta que sacó su pene repentinamente y un fino chorro de esperma se estrelló contra mis labios vaginales. Un segundo chorro calló en la parte posterior de mi muslo derecho y el resto de esperma goteó sobre la alfombrilla.

Aún entre jadeos me lamenté por que no teníamos remedio. Siempre acabábamos dejándolo todo perdido. Pero al menos Iván había cumplido su promesa y no se había corrido dentro, aunque no tenía duda de que mi interior estaba empapado de líquido preseminal.

Acabé por darme la vuelta y abrazar el cuerpo sudado de mi hermano. Yo también sudaba profusamente y no tardó en secarme la frente y las mejillas con su mano.

– Te quiero enana… – Dijo antes de besarme. Últimamente lo decía bastante y sin muchos reparos. A mí me costaba un poco más por qué de alguna forma subconsciente todo aquello me parecía mal. Aquella vez no dije nada y me apresuré a limpiar el baño.

El tiempo debió pasar mientras mi hermano y yo volvíamos a su cuarto y gastábamos el primer preservativo. Estaba siendo un día maravilloso y no teníamos prisa. Incluso habíamos puesto música bien alta mientras esperábamos entre cada “revolcón” tumbados en la cama y desgastando nuestros labios con tanto beso.

Había oscurecido bastante y tan sólo nos iluminaba la pantalla de su portátil cuando comprobé que su pene parecía estar resucitando.

– Venga Iván… ¡El último…! – Le susurré abriéndome de piernas. Estaba agotada pero aún no me había dejado seca como me había prometido.

– Con una condición… Dime que me quieres… Ya hace mucho que no lo dices – Contestó serio.

– Iván… No. Ya sabes lo que pienso… Eso no me parece bien… – Contesté en tono molesto.

– ¿Y esto si? ¿Qué diferencia hay? – Insistió.

– No. Esto tampoco… Pero… Esto no es amor… Es sólo sexo y está mal pero es… – Acabó silenciándome con el beso más tierno que me había dado en varios días y consiguió derretirme en pocos segundos cuando su pene comenzó a entrar de nuevo en mí sin condón.

– Esto es amor Tania… Te guste o no… – Dijo comenzando a moverse lenta y profundamente mientras sus besos dejaban marcas en mi cuello y sus manos acariciaban con suavidad mis pechos y mis piernas. Este iba a ser lo que nosotros llamábamos “un polvo romántico“. Lento y cargado de ternura.

Sabía que tenía razón., por supuesto que yo también le quería. Le amaba más que a mi propia vida. Como hermano, novio, amigo y amante. Era el amor de mi vida y él lo sabía. Pero me resistía a decirlo en voz alta aunque a veces se me escapara de los labios.

Tal vez no me atreviera a decirle que le amaba. Pero podía mostrárselo con mis besos y mis gemidos al son de “El talismán“. Un tema de Rosana y que era una de las cantantes preferidas de mi hermano. Aquella canción nos atrapó tanto que perdimos la noción del tiempo y el espacio mientras continuaba dándome placer a un ritmo lento y suave que me encantaba y me hacía sentir en el cielo.

Tan atrapados estábamos el uno en el otro que tardamos en darnos cuenta varios segundos de que se había encendido la luz y nuestra madre nos observaba desde la puerta horrorizada y tapándose la boca con una mano.

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En el presente.

Poco a poco el fin de semana se consumía ante mis ojos que no perdían detalle de cada gesto, sonrisa o palabra que salía de mi hermano. No quería perderle nuevamente sin antes grabar a fuego en mi mente cada segundo que pasaba a su lado.

Los días eran increíbles y las noches se consumían casi tan rápido como la caja de preservativos. Pero a pesar de nuestros “show nocturnos” Erika nunca dijo nada. Sólo se limitaba a lanzar indirectas con una sonrisa pícara con el único objetivo de ruborizarnos.

Al final, llegó el temido domingo por la mañana. En pocas horas él tendría que marcharse en el tren y no sabía cuando podría recuperarle. Eso me había costado toda la noche sin dormir. Bueno, eso y otras cosas… Pero lo cierto es que estaba aterrada.

Dormía a mi lado plácidamente pero me había propuesto despertarle para aprovechar el día. Ambos estábamos completamente desnudos. El cuarto brillaba con un sol cegador que se colaba bajo la persiana a medio bajar.

– Despierta dormilón… – Dije abrazándole. Comenzó a desperezarse bajo el asedio de mis besos.

– Buenos días… – Susurró.

– Buenos días – Respondí devolviéndole la sonrisa.

– ¿Por qué estás tan contenta? – Preguntó.

– Por que te quiero… –  Me puse algo seria.

– Iván… Esta vez no quiero que te vayas sin saberlo… Eres lo que más quiero en este mundo… – Dije.

– Eh eh… Enana. No te ralles. Esto no es un despedida ¿vale? –  Me besó al momento de notar que estaba al borde de las lágrimas.

– Pero no se cuándo voy a volver a verte… – Insistí.

– Cuando Erika vuelva a hacer “magia” – Dijo sonriente y guiñándome un ojo. Aquello me animó. Era cierto, teníamos a nuestra hermana.

Pronto comenzamos a jugar y forcejear bajo las sábanas y una cosa llevó a la otra… Y acabamos irremediablemente enredados.

Me había hecho su prisionera sujetando mis muñecas contra el colchón y colocándose encima mío. Su pene no tardó en estar completamente erecto y tentando con entrar dentro de mí mientras yo fingía intentar liberarme. Era un juego.

Cuando comenzó a invadirme yo ya le estaba esperando con una expresión provocativa.

Habíamos gastado el último preservativo antes de dormir pero no me importaba en absoluto. Cuanto más tiempo pasábamos juntos menos nos preocupaban los riesgos. Sólo había espacio para el amor.

Mis piernas apretaban sus caderas con fuerza indicándole el ritmo lento y pausado que demandaba el momento.

No había besos, sólo miradas cruzadas en un silencio roto por su respiración y mis leves gemidos. No sabíamos que decir pero de alguna forma se respiraba cierto tono de despedida en el cuarto. No una despedida triste, más bien una despedida cargada de promesas. De sueños por cumplir. Haciéndonos conscientes de que sólo sería cuestión de tiempo y un día, por fin libres de ataduras, acabaríamos juntos para no volver a separarnos.

El tiempo se detuvo para nosotros y como un oleaje lento que trae una marea cada vez más alta fuimos llegando al clímax sin dejar de mirar nuestros rostros. Fue entonces cuando vi sus lágrimas desbordándose sobre mí. Atrapé una con mis labios y su sabor salado inundó mi boca. Se estaba derrumbando por primera vez desde nuestro reencuentro, pero no dejé que se detuviera.

– Soy tuya Iván… Siempre… – Enterró su rostro en mi cuello y comenzó a acelerarse.

También lo hacían su llanto y mi excitación que tras varios segundos se desbordó por mi vagina siguiendo al semen que descargaba en mi interior.

Esa fue nuestra verdadera despedida. No la de la estación de tren en la que nos esforzamos en vano por no llorar. Fue esa. Una despedida solo nuestra…

El resto de la mañana fue agridulce incluso para Erika que se escondía para echar unas lágrimas mientras ayudábamos a Iván a preparar su maleta. Pero cuando llegamos a la estación se mantuvo fuerte, quizás para que yo tuviese un hombro sobre el que apoyarme cuando el tren comenzó a moverse y perdíamos de vista la ventanilla de nuestro hermano.

Una vez en su casa tras dejarle marchar, me eché a llorar desconsoladamente en el sofá.

Erika se tumbó sobre mí arropándome con su calor y sus besos  pero tras ver que no había nada que pudiese hacer por consolarme, no tardó en ir a su cuarto y volver con una pequeña bolsa de papel con florecillas estampadas.

– Enana… No quería dártelo hasta llegar a Madrid pero no pensé que te pondrías así… – Dijo arrodillándose en el suelo junto a mí. Me negué a moverme y optó por retirarme el pelo de la cara empapada sustituyéndolo por más besos y caricias.

– Anda mi niña… Ábrelo. Fíate de mí… Cuando lo veas vas a llorar otra vez… ¡Pero de alegría! – Insistió poniéndome el regalo literalmente en la cara. Al final accedí a verlo para que me diera un respiro.

La bolsa contenía una cajita del tamaño de mi mano y envuelta en papel de regalo con dibujitos de Disney… Erika solía ser cursi para esas cosas y me obligué a sonreír levemente. Luego retiré el papel de regalo y descubrí que era la caja de un teléfono móvil a estrenar.

– Bueno… Él seguramente no verá el suyo hasta que deshaga la maleta… Así que tienes unas cuantas horas para aprender a utilizarlo… – Mis manos temblaban mientras mi mente trataba de procesar todo aquello.

– ¡Y mira! ¡Esta tarjeta tiene un número apuntado con varios corazoncitos… ¿De quién será? jijiji – Su tono era divertido y juguetón. Le arrebaté la tarjeta de las manos con la boca abierta por la sorpresa.

Resultó ser cierto que iba a llorar de alegría. Mi cabeza daba vueltas y no me salían las palabras así que directamente me arrojé sobre ella y la abracé con tanto ímpetu que creí que sus costillas cederían en cualquier momento. Ella sólo se limitó a reír, llorar compartiendo mi felicidad y fingir muy mal que le hacía daño. No se cuanto tiempo estuvimos así.

– ¿Por qué has hecho todo esto por nosotros? – Pregunté cuando conseguí calmarme un poco.

– Por que sois mis hermanitos y os quiero “tonta“… Y por que aunque no lo parezca, yo también sé lo que es sufrir por amor… ¿Sabes? – Contestó.

– ¡Anda vamos! ¡Ábrelo que quiero verlo bien! – Me apresuró.

– Eres increíble… – Dije suspirando.

– Increíble es la fiesta que montáis vosotros por las noches… – Contestó con tono juguetón.

– ¡Erika! – Grité avergonzada.

– No, en serio. ¿Qué es lo que te hace para que te pongas así? Mira que yo soy escandalosa chica, pero… –

– ¡Dios! ¡Para ya que me da muchísima vergüenza! – Supliqué. Pero no paró y fui objeto de sus burlas un buen rato. Supongo que era un precio pequeño a pagar por todo lo que había hecho por mí.

Me había abierto una puerta a la felicidad que creía cerrada para siempre. Pero ahora además, sostenía en mi mano su regalo. El cual suponía un rayo de esperanza para nosotros.

Erika cambió mi vida, y gracias a ella por primera vez en mucho tiempo, ya no tenía miedo a nada, excepto a volverme loca esperando a que mi nuevo teléfono móvil sonara trayéndome su voz.

Fin.

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