La prueba de acceso a la Universidad de una madurita

Esta historia ocurrió hace hoy justo un año. Aunque seguimos teniendo contacto, echo de menos su boca, su olor y sus besos. Sus ansias de comerme y de hacerme suyo.

Por aquel entonces, tenía unos 25, terminé mi carrera en Historia y no conseguía encontrar trabajo. Así que puse varios anuncios por Internet en el que me ofrecía como profesor de clases particulares. Fue pasando el tiempo y parecía que no iba a conseguir ni un alumno, cuando una tarde recibo una llamada.

-¿Dígame? – Pregunté

-¡Hola! – Era una mujer quien estaba al otro lado del teléfono – ¡Me llamo Carmen! llamaba por el anuncio. Verás estoy haciendo el acceso de la Universidad para mayores de 25 y necesito ayuda con la historia, sobre todo en la parte de comentario de texto.

– ¡Mucho gusto Carmen! Yo soy Juan. ¡Sí claro! puedo ayudarla sin problema alguno. ¿Cuándo le vendría bien?

  • ¿Puede ser esta tarde?- Preguntó ella
  • ¡Desde luego! – respondí- Tengo un pequeño estudio cerca del centro, si quieres te paso la dirección por un mensaje y quedamos aquí. ¿Te viene bien a las 5?
  • ¡Sí claro! Hasta esta tarde. ¡Mucho gusto!

Llegaron las cinco en punto y el timbre sonó al unísono con el reloj de cuco que colgaba en la pared. Abrí la puerta y allí estaba. Nunca pensé que pudiera pasarme pero me sentí atraído por ella. No era una diosa pero nada tenía que envidiarlas. 40 años, 1,60, algún kilo de más y una enorme sonrisa capaz de apagar al mismo sol. No solía fijarme en maduritas hasta que la vi.

La invité a pasar. Llevaba una blusa blanca y una falda vaquera. No tenía mal tipo para su edad. Muchas de veinte ya quisieran tenerlo. Nos sentamos cada uno en un extremo de la mesa mirándonos de frente. Acordamos el precio por hora y vendría el miércoles de cada semana. El resto de la tarde intenté explicarle el temario y cómo realizar un comentario de texto, digo intenté porque, la verdad, aquella tarde no pude dejar de mirarle su escote.

Cada miércoles que pasaba, me parecía más atractiva. Incluso me di cuenta de que vestía algo más provocativa: camisetas más ajustadas y escotadas y establecía un mayor contacto físico que al principio: nos tuteábamos, “chocábamos los cinco”, nos mirábamos más a los ojos, etc.

Una mañana me llamó por teléfono.

-¡Hola Juan!

-¡Hola Carmen! ¿Dime, qué ocurre?

-Verás, ayer tarde sufrí un accidente con el coche. Vamos a tener que dejar la clase para otro día, pues no veo forma alguna de desplazarme.

  • Si quieres puedo ir a tu casa. A mí no me importa.
  • Pues si puedes hacerme el favor te estaré muy agradecida, porque están empezando a ponerme textos más complicados y me vendría bien tu ayuda.
  • Esta tarde a las cinco estoy en tu casa.
  • ¡Muchas gracias Juan!

Carmen, más que una madurita

Acudí a su casa. Era una casa de una planta baja. Llamé al timbre y me abrió ella. Vestía con ropa cómoda, de andar por casa. Aunque yo seguía viéndola atractiva.

-¡Hola Juan! – Me dijo- Pasa y siéntate.

Entré y me senté en el sofá. De repente salió una muchacha de mi edad de una de las habitaciones dando voces. Supuse que era su hija porque era un calco exacto a Carmen, salvo con unos 15 o 20 años menos.

-¡Mira mamá, me voy a ver a mi novio te guste o no!

-Menchu, ¿has perdido la cabeza? – Le replicó su madre- ¿No ves que es un sinvergüenza?

-¡Adiós!- Dijo ella y salió dando un portazo.

Carmen se quedó mirándome, como esperando a que yo dijera algo.

-Perdona el comportamiento de mi hija. Está loca por su novio y no ve que él no le conviene. La trata mal, bebe…

  • Ya abrirá los ojos, no te preocupes por eso- intenté tranquilizarla.

-¿tienes novia? – Me preguntó

  • No, llevo soltero desde hace dos años
  • Pues no me lo puedo creer, ¿las chicas de ahora parecen tontas o qué?
  • ¡Gracias por el piropo!
  • Vamos si tuviera la edad de mi hija te tiraba los tejos, porque eres un buen partido.
  • No hace falta que tengas la edad de tu hija para tirarme los tejos – Le respondí yo.

Ella enmudeció por mi respuesta y yo también.

Me acerqué a ella lentamente y le dije:

-¿puedo besarte?

-Sí – respondió ella.

No lo dudé un segundo siquiera. Abalancé mi boca contra la suya. Nos fundimos en un beso. Y a éste le siguieron otros muchos. La más exquisita de la dulzura hecha carne. Nuestras lenguas empezaron a enredarse mutuamente. La abracé con fuerza contra mí. Quería sentir su calor, su esencia, cómo se estremecía.

Separé mi boca de la suya, y entonces fue ella quien las volvió a unir. Me empujó contra el sofá y puso sobre mí. Mientras intercambiábamos besos cada vez más húmedos sus manos entraron por debajo de mi camiseta para acariciarme el torso y yo agarré sus glúteos aprendo su sexo sobre el mío.

Notaba cómo se excitaba. Algún gemido se escapaba de su entrecortada respiración. Comenzamos a desvestirnos. Deslicé mi lengua por su cuello, su pecho, le quité el sostén y comencé a jugar con sus pezones. Los gemidos sonaban con mayor frecuencia e intensidad.

  • ¡Uf! – gemía ella- ¡Qué bien lo haces!

La senté en el sofá y metí la mano entre las piernas hasta llegar a tu clítoris. Lo toqué despacito. Muy suave. Poco a poco noté como se iba mojando cada vez más. Le quité el pantalón. Cogí sus piernas y pasé mi lengua desde los tobillos hasta las ingles. Me detuve en su sexo y me dispuse a lamerlo, empezando por el clítoris y cada vez más metiendo la lengua por la vagina.

Ella solo podía sucumbir al placer y la excitación. Volví hacia su boca deslizando la mía por sus caderas, su vientre… llegué a su pecho y lo lamí. Mordí los pezones y los saboreé. De nuevo nuestras bocas se juntaron. Mis manos seguían sin estar quietas y continuaban acariciando su clítoris. Fui metiendo mis dedos por su sexo en sentido a las agujas del reloj.

Ella deslizó mis manos a mi sexo y comenzó a acariciarlo. Estaba casi tan excitado como ella.

¿Te apetece hacer el amor? – Me preguntó ella

Sí- Me encantaría.

Nuestros sexos juntaron nuestros cuerpos en uno solo. Empezamos a balancearnos como las olas del mar. Nos besamos. Subimos la intensidad. Los movimientos cada vez van siendo más bruscos hasta que un grito acabó en un magnífico orgasmo, poniendo así fin a una maravillosa tarde de sexo, que no sería la última.

 

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