Mi Jefe

Secretaria SexyHola a todos, soy Alejandra, aca les traigo un relato nuevo, yo era muy joven y apenas comenzaba a trabajar de camarera en un camping.
Espero que les guste, comenten y escriban cosas lindas.


Durante un tiempo trabajé como camarera en un camping donde se hacían eventos grandes durante todo el fin de semana. Se hacían fiestas de casamientos, eventos políticos, de deportes, etc. Una tenía que ir bien temprano el sábado, preparar el desayuno, después limpiar, preparar el almuerzo, limpiar, preparar una merienda, o ir a atender en la pileta del lugar, después la cena, y finalmente la fiesta hasta el domingo a la madrugada. Eran muchas horas, demasiadas. Pero pagaban muy bien, y la propina era mucho mejor. Hacer eso 3 veces por mes no significaba ningún sacrificio.
Diego era el encargado del lugar. Tendría unos 32 años. Yo lo conocí por su mujer, Laura, porque íbamos juntas al mismo gimnasio, y conseguí el trabajo gracias a ella.
Diego era de aparecer poco durante la jornada laboral. Estaba en el lugar, pero casi que no nos prestaba atención a las camareras. Si podía pagarnos antes era mejor, de esa forma se evitaba tener que vernos luego. Además siempre iba con su esposa a una cabaña del camping a descansar.
Una tarde un alto dirigente político me habló que se sentía muy conforme con el servicio, y que quería felicitar en persona al encargado del lugar, por lo tanto tuve que salir a buscarlo por todas las inmediaciones del camping.
Busqué en la pileta, en los kioscos, en el salón, en la parrilla. Finalmente lo encontré, estaba en la cabaña con su esposa. Vi su silueta por la ventana, estaba de pie, de espaldas. Yo tuve que dar la vuelta, la puerta estaba del otro lado, y encima estaba casi abierta de par en par, por lo tanto no tuve la delicadeza de golpear antes de entrar.
Abrí lo que quedaba de la puerta e ingresé. El levantó su vista y antes de que yo pronunciara palabra alguna quedé muda y roja de vergüenza y muy incómoda. Laura, que por suerte no me escuchó entrar, estaba de rodillas frente a él, vestida, Diego estaba con sus jeans por las rodillas. Su mujer le estaba practicando sexo oral, y yo estaba a unos pocos metros de la situación. Yo podía oír el chasquido de la saliva de Laura cada vez que su boca chupaba el pene de su marido, acompañado por pequeños y eróticos gemidos. Diego sujetaba con ambas manos la nuca de su mujer, y me miraba con ojos de pervertido, mientras su boca hacía muecas de placer. El pelo de Laura era largo, de un rubio oscuro, y ondulado. Su cabeza se movía hacia atrás y adelante. Yo permanecí de pie, anonadada, sin saber qué hacer, ya era tarde para salir corriendo y fingir no haber visto nada. Luego de un par de minutos de ver aquella escena, me alejé caminando hacia atrás tratando de no hacer ruido, y me quedé en la puerta.
Luego de un ratito los dos salieron caminando de la cabaña. Diego me saludó como si no hubiese pasado nada, fingiendo muy bien. Yo estaba muy nerviosa. Le dije que el político lo estaba buscando y se fue, dejándome a solas con su mujer. Laura me saludó alegremente con un beso en la mejilla, pude sentir que de su boca salía un aroma a semen muy fuerte, y una parte de su mejilla estaba craquelada debido a que el semen se había derramado allí y ya estaba seco. Ella se excusó diciendo que iría al baño. Era lo más lógico, pensé, tenía que ir a lavarse.

Durante la semana, en las clases del gimnasio, cada vez que veía a Laura con sus calzas ajustadas, mi excitación se incrementaba notablemente. Le miraba con atención sus labios, su boca, donde había estado el pene de Diego. Me volvía loca el hecho que ella me hablara como si yo no supiera nada, y lo había visto todo, la había escuchado gemir de rodillas, y eso me incitaba demasiado.
Al siguiente fin de semana se hizo la reunión previa a cada evento, donde Diego nos indica que hacer a cada una, y cual será nuestra tarea. Como lo sospeché, me dejó para lo último. Quedé sola en su oficina.
- ¿Te gustó lo que viste el otro día? – me consultó.
- Ay, Diego, por favor…
- ¿Te gustó o no?
- Fue un momento incómodo.
- ¿Te gustó?
- Si.
Me indicó cual sería mi labor. Solo tenía que estar detrás de la barra para preparar los tragos de la tarde y de la noche. El resto del día solo debía hacer acto de presencia y atender a quien lo necesite, no debería armar las mesas ni lavar las vajillas. Además me puso a cargo del resto de las camareras, cosa que molestó bastante el resto de las chicas.
- Te estás cogiendo al jefe trola…- me decían, mitad en broma, mitad en serio.
Esa tarde Diego me pidió que le llevara un trago a su cabaña. Cuando entré volvió a preguntarme.
- ¿Qué tanto te gustó lo que viste el otro día?
- Diego, basta, por favor…
- ¿Cuánto?
- Diego…
- ¿¿??
- Un poco – dije mirando hacia abajo y corriéndome el flequillo.
- ¿Pensaste en eso en la semana?
- Si.
- ¿Te excitó?
- Si.
Diego se puso de pie.
- Vení – me dijo – Arrodillate.
Yo sabía lo que me pediría. Traté de poner la excusa que su mujer era mi compañera, y que me llevaba bien con ella, pero él no comprendió, volvió a exigirme que me arrodillara frente a él. Una vez que lo hice, Diego sacó su miembro, que ya estaba erecto, y lo introdujo en el vaso trago largo, mojándolo con el trago de frutilla que me había pedido.
- Chupá puta, chupá…
Yo se la chupé. Un poco porque estaba excitada por recordar lo que había visto y porque la charla previa que había mantenido con él me mojó, y otro poco porque Diego estaba muy bueno, y su pene era estéticamente hermoso. Gordo, largo, una cabeza linda, prolijamente depilado, con una vena que sobresalía en uno de sus costados.

Cuando la introduje en mi boca el sabor a frutilla me excitó más. Yo succionaba su miembro con mis labios, lo metía y lo sacaba, todavía no era el momento de jugar con mi lengua ni de masturbarlo con mis manos, una buena mamadora mama usando solo sus labios. Luego movía mi cabeza en círculos, raspando con mis labios y la parte interna de mis mejillas todo el tronco de su pene. Llegó el momento de jugar con mi lengua, con mi mano, apenas con la punta de los dedos, sujeté el pene para que quede quieto, mientras con la carne de mi lengua lamía desde la base hasta la puntita, donde me quedaba jugando en el ojito, robándole el primer gemido y su primer temblor de piernas, hice ese movimiento varias veces, cada vez comenzaba la lamida desde más abajo, desde sus testículos, desde la parte trasera de sus testículos, hasta que llegué a su ano, que por suerte estaba depilado, y permanecí allí, chupando su culo un rato largo, mientras con mi mano pajeaba su pija, y con la otra acariciaba sus huevos. Volví a lamer su tronco, me detuve con mis labios en su punta y la raspé con toda mi lengua, toda la carne tibia y húmeda de mi lengua apoyada sobre la cabeza de su pene. Él lanzó un gemido enorme y por un segundo creí que iba a eyacularme en la boca. Me alejó y comenzó a desvestirme.
Cuando empezó a chuparme las tetas mis pezones ya estaban erectos, duros, apuntando hacia el techo de la cabaña. Él los lamió, jugó con su lengua en la puntita más sensible de mis pezones, yo me estremecí, comencé a jadear, mi piel se erizó y mi vagina chorreó un pequeño hilo de flujo que recorría mis muslos. A medida que chupaba mis tetas mi jadeos se convirtieron en gemidos, él metió su mano en mi vagina, primero la estimuló con un dedo, hasta que se abrió un poquito y pudo meterme dos, los metía y los sacaba, los metía y una vez en mi interior los doblaba de tal forma que quedaban como un gancho, y al sacarlos rozaba mi clítoris, haciéndome gemir con fuerza y pasión. Me vi rápidamente moviendo mi cadera sobre su mano, masturbándome, haciéndole el amor a su mano. Finalmente acabé, lancé un gemido largo a la vez que mis piernas temblaron y de mi vagina salió un tibio y pegajoso flujo que bañó su mano.

Llegó el momento del cunnilingus. Me recostó en el sillón, yo aun tenía mis piernas y mi vagina dormidas por el orgasmo reciente. Sentí la humedad de su lengua deslizarse por mis labios vaginales, me perdí en el placer, sujeté su nuca con ambas manos y comencé a gemir a los gritos y mover mi pelvis al compás de sus lamidas, ahora le estaba cogiendo la cara, y me gustaba, era una putita entregándose a su jefe, y eso me excitó mucho. Mi clítoris estaba sensible, y no tardé en volver a llegar al orgasmo, esta vez fue su cara la que se vio bañada de mi flujo.
Conmigo aun tirada en el sillón al borde del desmayo por el placer, Diego se reposó sobre mí y comenzó a penetrarme. Su pene ingresó sin inconvenientes en mi vagina, todo estaba muy bien lubricado. Yo agarré sus glúteos con fuerza y el comenzó a jadearme en el oído, yo gritaba…
- Ahh, ahh, así, así, me gusta, ahh, así…
Sus muslos goleaban la parte interna de mis piernas, me estaba dando con bastante fuerza, eran penetraciones lentas, no rápidas, pero profundas y fuertes, él quería que yo sintiera toda su pija en mi interior. Se movía en círculos, de frente, lamía mi cuello y mis orejas y me decía al oído que era una puta…
- Que puta que sos pendeja, como te gusta…
- Sí, me encanta, no parés, así, así…
Cambiamos de pose. Me tocó a mí ir arriba suyo. Llegó mi hora de demostrar mis cualidades como amante, de mostrarle que no era una pendeja, que era una mujer que sabía cabalgar a un hombre, tenía que demostrarle que sabía coger.
Sujeté su tronco por la base y me lo froté en la entrada de mi orificio vaginal, los flujos que salían de mi cuerpo hacían ruidito. Introduje solo su puntita, la parte más sensible, él jadeó y me agarró del culo con fuerza, como tratando de mermar el placer que le estaba generando. Luego metí su pija hasta la mitad y bailé en círculos sobre ella, me meneaba, siempre sujetándolo desde la base del tronco. La saqué y volví a meterla hasta la mitad, me fascinaba ver su expresión, sus ojos se cerraban con fuerza, fruncía su frente y abría la boca, yo me encontré inconscientemente imitando esa mueca de extremo placer.
Finalmente metí su pija en su totalidad, gemí, a pesar que mi vagina ya estaba abierta y lubricada, sentí un pequeño ardor que me hizo gemir. Comencé la montada de la mejor forma que pude. Coloqué mis manos en mi propia nuca, me senté en su pija con la espalda bien derecha, como una señorita inglesa que se sienta bien en una silla, tiré el culito para atrás, y desde allí me movía hacia arriba y hacia abajo, meneándome también a la vez para adelante y para atrás, un movimiento muy desgastante desde lo físico, ya que al no apoyarme con mis brazos toda la fuerza la estaban haciendo mis muslo y mis glúteos. Eso me gustaba. Yo gemía, gritaba de placer, me mordía mis labios y entrecerraba los ojos, estaba gozando mucho. Él cada tanto me daba una nalgada y yo lanzaba al aire un grito y alguna que otra obsenidad.
- Sí, pegame papito, pegame…

Comencé a transpirar y mis piernas temblaban, mitad placer mitad por el cansancio, estaba llegando al límite, debía apoyar mis manos en su pecho o en el sillón para ayudarme, pero mi orgullo femenino me lo impidió, mis movimientos ya no eran tan sexys, sino más bien bruscos producto del cansancio. Cuando mi cuerpo ya no pudo más caí desplomada sobre su pecho, y continué haciendo pequeños movimientos desde allí, hasta que mi fatiga y mi falta de aire fue tal que permanecí quietita sobre él, aproveché para besarlo, sus labios y su lengua, su cuello.
Diego se incorporó y se paró detrás de mí, hizo que apoyara una de las rodillas en el sillón, mientras que la otra pierna estaba apoyada en el suelo, mis manos se sostenían del respaldo del sillón, quebró mi cintura haciendo que mi culito quedara bien parado. Jugó con su pija en la entrada de mi anillo anal, generándome mucho placer, jugó allí un rato, como esperando mi aprobación.
- Sí papito, damela, dame ahí…
Fue todo un caballero. Rompió mi culo con mucho cuidado. Primero me lo chupo hasta que sus glándulas salivales se secaron, luego introdujo un dedo, luego dos y los movió un círculos, haciendo una especie de cono para ir abriéndolo, luego comenzó a pujar con su pene, sentí su cabecita dentro de mí, la sacó, presionó un poco más, hasta que ese CRACK que indica que la pija ya está adentro se hizo presente. Aun así, volvió a sacarla y meterla hasta la mitad, hizo eso varias veces, hasta que mi ano ya estuvo bien abierto. Finalmente la metió toda. Yo grité, sentí un dolor inmenso, pero el placer que me genero fue terrible, sentía un palo raspándome la parte interna de mi estómago, su pija me estaba cogiendo por el culo y eso me volvió loca. Empezó a bombearme cada vez con más fuerza, con sus manos separaba mis glúteos, me sentí muy puta, muy sucia, mi jefe me estaba abriendo el culo, me estaba dejando humillar, estaba indefensa, sometida a su sano antojo, mi culo estaba cada vez más abierto, por lo tanto la penetración era cada vez más profunda, y sus nalgadas cada vez más fuertes. Mis nalgas ardían, y me las imaginé rojas debido a los golpes.
Él me habló entre chirlo y chirlo.
- Tomá puta, como te gusta la puta madre, aaarrggg……
Mi desesperación producto de la calentura fue única. Hacía rato que había dejado de gemir eróticamente y sexy para estar gritando como una perra cogida por un caballo, parecía (y me sentía) una actriz porno fingiendo. Se me cruzó por la cabeza que mis gritos seguramente se escucharían en los alrededores inmediatos de la cabaña, y eso en lugar de intimarme, me calentó aun más, y me estimuló a gritara más fuerte.
Finalmente sus movimientos se fueron desvaneciendo a la vez que sus jadeos eran más fuertes, yo estaba esperando su leche en mi espalda, pero no, prefirió acabarme adentro del culo, me di cuenta cuando por mis muslos comenzó a caer como una babosa los restos de su semen mezclado con mis flujos. Él metió y sacó su pija de mi culo un par de veces más, como para saborearme por última vez, y quedamos los dos recostados en el sillón unos momentos.
Me besó, me indicó que me vistiera y que vaya a trabajar.
Desde esa vez, durante muchos meses, cada fin de semana que yo debía trabajar de camarera, terminaba cogiendo con mi jefe, hasta que nos descubrió la esposa, pero eso es parte de otra historia.


Besitos!!!!!!!!!!!

Mi cita del sabado

Trabajo en una compañía de seguros. Estoy en atención al cliente. Al tratar con personas todo el día, con hombres especialmente, siempre estoy recibiendo alguna que otra propuesta indecente. Los más zarpados siempre resultan ser los tacheros, quienes no tienen ningún empacho en decirte con todas las letras que quieren llevarte a la cama.
Algunos son de esos típicos babosos a los que no vale la pena prestarles más atención que la debida, una sonrisita festejando cualquier ocurrencia que digan y se quedan contentos. Pero también están los otros, los que se voltean a medio mundo y tienen el levante entre ceja y ceja. A estos últimos corresponde Rubén: 40 años, casado, media docena de hijos, los reconocidos al menos, dueño de una importante flota de taxis. Aunque puede mandar a cualquier chofer a realizar el pago del seguro, todos los meses se aparece personalmente, no porque desconfíe de sus empleados, sino porque le gusta hinchar las pelotas.

Es un tipo simpático, de esos que hablan fuerte y cada dos o tres palabras te meten un chiste subido de tono o una frase con doble sentido. Ya me había tirado los galgos más de una vez, y aunque siempre estaba al borde de la grosería, se las arreglaba para salir siempre bien parado.
-¿Y flaca, te decidiste? Convéncete de que la vamos a pasar bien, nada de complicaciones, un polvo y cada uno a su casa- me decía cada vez que se sentaba frente a mí, guiñándome un ojo, sonriéndome como si fuera una broma aunque sabía que lo estaba diciendo en serio.
Supongo que su estrategia sería: “Si pica, pica, y sino, por lo menos le tiro onda”. Hasta el momento nunca había funcionado. No porque yo no quisiera o no me tentara la propuesta, sino que en algún momento había decidido que no iba a encamarme con socios de la compañía. Estaba dispuesta a no mezclar el trabajo con el placer, aunque… ¿conocen ese refrán que dice nunca digas nunca? Bueno, algo así sucedió esta vez.

Hacia ya un tiempo que venía con ganas de pasar una noche fuera de casa, algo así como una velada romántica, no con mi marido, obvio, para eso me quedo en casa, compro velas y todo eso que una hace cuándo quiere agasajar a su media naranja, esta vez la idea era estar con alguien más, con alguien que me hiciera pasar un buen momento y hacerme olvidar por algunas horas de algunos problemitas que vengo teniendo.
El sexo casual me satisface plenamente, por eso lo sigo practicando, créanme que no hay nada mejor que echarse un polvo furtivo a espaldas de todo el mundo para recargar las pilas, pero esta vez quería algo distinto, algo que fuera sin apuro, sin las típicas urgencias de quién esta haciendo algo a contramano de su propio matrimonio.
Cuánto más vueltas le daba al asunto y más candidatos evaluaba para que me acompañaran en ese gustito que deseaba darme, Rubén aparecía como el más indicado. Claro que si decidía aceptar de una vez por todas sus propuestas, debía hacerlo de una forma que mis compañeras de la compañía no se dieran cuenta. Me moriría de vergüenza si se enteraban que había salido con el zarpado de Rubén. Sobre todo por las promesas que me hacía el guacho.
-Dale flaquita- me decía a boca de jarro –No te vas a arrepentir, te aseguro que hasta el momento no tuve ninguna queja-
-Soy una mujer casada, Rubén- le decía yo, como si eso fuera un impedimento.
-¿Y? Yo también estoy casado, pero todavía no me castraron eh, siempre que pinta me doy algún gusto- insistía.
Yo me reía mientras le preparaba los recibos de los distintos autos. Aunque no lo demostraba, todo lo que me decía me incitaba en una forma que hasta había llegado a considerarlo como un potencial amante en algún futuro cercano. Pero por el momento seguía atada a ese mandamiento que me había hecho a mí misma: “No fornicarás con los socios de la compañía”.

Hasta que un buen día me dije, ¿Por qué no hacer una excepción? La verdad es que le tenía muchas ganas y en mi interior sabía que el era el hombre indicado para darme ese gusto que tanto necesitaba.
Tuve que esperarlo, por suerte esa semana, apareció puntualmente, cerca del mediodía. Como siempre me buscó a mí para que le cobrara las cuotas.
-¿Y flaquita, ya te decidiste a ponerle los cuernos a tu marido?- volvió a preguntarme.
-Dale Rubén no te pongas pesado, ya sabes mi respuesta- le dije del mejor modo posible.
-Bueno, te hago caso, pero cuándo te decidas ya sabes a quién recurrir- me dijo con una sonrisa.
Se sirvió un café y mientras yo preparaba los recibos hablamos de cualquier otro tema.
Al rato me levante para sacar los recibos de la impresora, debo aclarar que mi impresora esta a unos cuántos pasos de mi escritorio, por lo que debo caminar un trecho no muy largo, pero si lo suficiente como para que los ojos de Rubén se pasearán por toda mi retaguardia. Lo sorprendí mirándome cuándo saque los recibos y me di la vuelta rápidamente. Él solo se rió y siguió con lo que me estaba diciendo. Volví a mi escritorio, sellé los recibos, y se los dí guardando el dinero que me entregaba. Antes de irse me preguntó algo sobre los remolques, respondí su pregunta y ahora si nos despedimos hasta el próximo mes, con un beso en la mejilla, como siempre.

Mientras él saludaba a las demás chicas, tirándoles onda también, hice como que volvía a lo mío, aunque estaba atenta a sus movimientos. A toda prisa anoté algo en un papel y esperé a que saliera de la compañía. Cuándo lo hizo agarré el papel y haciendo como que era algo que se había olvidado corrí tras él. Lo alcancé justo cuándo estaba abriendo la puerta de su auto.
-Rubén te olvidaste un recibo- le dije a los gritos por si alguien me escuchaba.
-¿Estás segura?- me preguntó chequeando los que tenía en la mano.
-Si, te lo olvidaste- enfaticé al acercarme y le di el papel que antes había preparado –Toma y miralo cuándo te vayas- le dije en voz baja, casi en un susurro.
Me di la vuelta y volví a entrar en la compañía. Por suerte me hizo caso, ya que enseguida se subió a su auto y se puso en marcha. En el papel había anotado mi número de celular y una frase que prácticamente era una súplica: “¡¡¡Sé discreto por favor!!!”
Por la tarde recibí su llamado.

-¡Así que te decidiste mamita! Mira que me engatusaste bien, te hacía una esposita modelo- me dijo.
-Todas tenemos nuestro lado oscuro- le dije.
En ese momento estaba sola por lo que podía hablar con tranquilidad.
-¿Entonces? ¿Me vas a permitir el honor de hacer cornudo a tu marido?-
-Mira, no voy a arriesgar mi matrimonio por un polvo así nomás, yo busco otra cosa- le dije.
-¿Y que buscás, flaquita?- quiso saber.
-No sé… pasarla bien… tener una noche inolvidable- respondí.
-Estás hablando con la persona indicada, mamita, si me dejás te voy a dar la mejor noche de tu vida- me prometió.
-Mira que te tomo la palabra- le dije.
-Tomame todo lo que quieras, flaquita, pero te aseguro que de esa noche no te vas a olvidar más-
Seguimos hablando por un rato más, más que nada arreglando los detalles de lo que sería nuestro encuentro. La fecha sería este sábado 21.

-¿Y vas a poder zafar de tu marido?- se preocupó.
-No hay drama, invento algo y ya está- le aseguré.
-Flor de guachita resultaste- se rió.
-De las que te gustan, ¿no?- repuse.
-De las que me gusta coger- afirmó.
-Ya te vas a sacar las ganas- le dije y me despedí con un beso.
Quedamos en encontrarnos ese sábado a las nueve de la noche en la esquina de Independencia y Entre Ríos. Lo suficientemente alejado de mi casa como para que no me viera ningún conocido.
Esa misma tarde, al salir de la compañía, me fui de compras. Quería comprarme algo especial para estrenar, un conjuntito de ropa interior, algo sexy, lo adecuado para una ocasión tan especial. Luego de la compra me fui a casa. Durante la cena le comenté a mi marido que una compañera de trabajo cumplía años y que había decidido hacer una salida de solo chicas. La supuesta salida sería el sábado… el sábado 21.

-No te vayas a poner en pedo- bromeó.
-Jajaja…- me reí –Sabés que no tomó mi amor-
-¿Queres que te pase a buscar por algún lado?- se ofreció.
-No hace falta, si terminamos tarde me quedo en lo de Mariana y me vengo en cuánto amanezca- le dije.
-Dale, pero anda llamándome para saber que está todo bien- me pidió.
-No te preocupes mi vida- le dije levantándome de la mesa y acercándome a él para abrazarlo por detrás –Te voy a llamar-
Me senté en sus piernas y lo besé. Enseguida sentí su erección latiendo debajo de mi cola.
-¿Dejamos todo como esta?- le pregunté.
-Más vale…- me respondió.
Nos levantamos y fuimos derecho al dormitorio. Nos desvestimos e hicimos el amor con la misma intensidad de siempre. Pese a lo que muchos puedan suponer, disfruto cada vez que hago el amor con mi marido, lo disfruto mucho, el problema es que también disfruto con otros hombres, creo que ahí radica el origen de mis infidelidades.

Pero bueno, siguiendo con el tema, durante la conversación telefónica que habíamos tenido, habíamos arreglado que de ahí en más nos comunicaríamos solo mediante mensajes de texto. Tengo el celular en modo vibrador para los mensajes por lo que no correríamos los mismos riesgos que con una llamada.
El sábado, cerca de las siete de la tarde, comencé a prepararme. Me di una ducha, me afeité la conchita, me puse un poco de cremita para la irritación, me maquillé, y me tomé mi tiempo para seleccionar la ropa que habría de ponerme. No podía ir muy de gata porque mi marido sospecharía, aunque me moría de ganas por vestirme bien provocativa y revelar de una vez por todas a la puta que llevo adentro.
Primero me puse el conjuntito íntimo que había comprado para la ocasión. Corpiño y culote de seda color fucsia con encajes blancos. Me miré en el espejo y me felicité por la elección. El corpiño comprimía mis pechos y los mantenía afirmados como si fueran a explotar en cualquier momento, en tanto que el culote… bueno… resaltaba lo que tenía que resaltar.

Finalmente elegí como vestuario algo no muy llamativo, después de todo hacía frío y arriba tendría que ponerme un saco. Además quería que Rubén siguiera pensando que era esa esposita modelo que él había idealizado, la que por fin se decidía a aceptar sus tentadoras propuestas.
A las nueve menos cuarto me despedí de mi marido con un beso prometiéndole que estaría llamándolo continuamente. Salí a la calle y tomé un taxi. Ni bien le indiqué la dirección al taxista saqué mi celular y le mandé un mensaje a Rubén: “Estoy en camino”.
“Muero por verte mi Reina”, me respondió enseguida. Por lo visto ya estaba entonado. Cuándo me bajé en la esquina de Independencia y Entre Ríos, le mandé otro mensaje: “Ya llegué”.
“Te veo, estás hermosa”, me contestó. En ese mismo momento una 4 x 4 se detiene a mi lado.
-¿Te llevo flaquita?- me pregunta el conductor por la ventanilla. Es Rubén. Le sonrío y me subo por la puerta del acompañante. Cierro y lo saludo con un beso en la mejilla.
-Pero flaca…- me reclama –Me parece que esta noche estamos para más que un simple beso en la mejilla-
-Tenes razón- le digo.
Me acerco y nos besamos en la boca, no con un chupón, sino con un pico, apenas un leve anticipo de lo que vendría después.
-¿Ves? Así está mejor- me dice y se pone en marcha.
Cenamos en Puerto Madero, y luego fuimos a tomar unos tragos en “Asia de Cuba”. Ahí fue que comenzó realmente la noche para nosotros. Hasta el momento habíamos estado hablando como dos buenos amigos, sin que pasara nada aún, pero ya en el boliche, nos dejamos llevar por el frenesí del ambiente y terminamos, o mejor dicho, yo terminé, de espalda contra una pared, con él apoyándome, y comiéndome la boca con una avidez que delataba las ganas que me tenía.
-¿Nos vamos?- me preguntó luego de ese enfervorizado y caliente chupón.
-Dale, vamos- asentí.
La humedad en mi conchita me decía que ya era el momento apropiado.

Salimos del boliche y fuimos a buscar la camioneta que todavía estaba en el estacionamiento del restaurante. Antes de subir le pedí por favor a Rubén que me diera un minuto para hacer una llamada. Saqué el celular y llamé a mi marido. Todavía estaba despierto.
-Hola… si… recién terminamos de cenar… si, estuvo rico… ahora no sé, creo que vamos a ir a tomar algo… si, por mi parte agua mineral, jajaja… después por ahí vamos a la casa de alguna de las chicas, ya veremos… cualquier cosa te aviso… te mando otro mi amor, y dormí que ya es tarde… becho…- me despedí haciendo el ruido de un beso y corté.
Rubén se me acercó y me abrazó por detrás.
-¡Que turra sos… y como me gusta que seas así de perra!- me susurró a la vez que me apoyaba y me hacía sentir su inquieto paquete entre las nalgas.
La falda de mi vestido se ceñía a mi cintura, de modo que la dureza de su pija se hacía aún más notoria y palpable.

Subimos a la camioneta y salimos del estacionamiento. Tardamos apenas unos minutos en llegar a “Osiris”, un albergue transitorio que, según parece, Rubén frecuenta asiduamente.
La suite egipcia estaba disponible y debo decir que me sentí Cleopatra al verme rodeada por aquella ambientación, aunque en un primer momento no pude disfrutarla demasiado, ya que ni bien cerramos la puerta empezamos a besarnos y a acariciarnos por todos lados, tocando esas partes de nuestros cuerpos que hasta entonces, por haber estado en público, no habíamos podido reconocer.
Luego de unos cuántos besos le dije que se pusiera cómodo mientras yo me preparaba. Entré entonces al baño y me desvestí, quedándome tan solo en ropa interior. Me miré al espejo y me arregle el pelo, el cuál había quedado algo alborotado después de aquel reciente desborde pasional. Cuándo ya estuve lista, salí del baño y… Rubén se había tomado en serio lo de ponerse cómodo.
El zarpado ya estaba en bolas, en la cama, la espalda apoyada contra el respaldo, sobándose la pija. Mientras caminaba hacia él pude observar con mayor atención los detalles de la habitación. Las columnas que rodeaban el lecho, los espejos en forma de pirámide, los motivos egipcios, todo era un encanto, aunque lo que más atraía mi atención era lo que Rubén ostentaba entre sus manos.
Así que haciéndome la gata, me subí a la cama y fui gateando hacia él, ronroneando dulcemente, mirándolo a los ojos, cuidando que mis pechos, todavía contenidos por el corpiño, le ofrecieran el mejor panorama. Mis labios buscaron los suyos y se fundieron en un beso rebosante de saliva y pasión.
Mientras nos besábamos le agarre la pija y me puse a frotársela sintiendo enseguida como la palma de la mano se me humedecía con el líquido que le salía por aquel “tercer ojo” que supuraba ya de excitación.
De a ratos dejaba de besarlo para lamerme en forma incitante la mano y los dedos, tras lo cuál volvía enseguida a su boca, ya que él no tenía problema en seguir besándome pese a que mis labios estaban empapados con su virilidad.
Yo seguía sacudiéndole la poronga, arriba, abajo, endureciéndola, sintiendo como crecía, como aumentaba de volumen, como engordaba, como el glande se transformaba en un corazón pulsante a punto de estallar. De su boca fui bajando lentamente, siempre con besos y lamiditas, lo besaba aquí y allá, le mordía despacito las tetillas y seguía bajando, le hurgaba el ombligo con la lengua, y así hasta encontrarme de frente con el astro de la velada: una verga de contundentes proporciones, con una incitante comba en el medio que hacía que se torciera hacia un costado.

No me hice de rogar, enseguida apliqué mis labios sobre esa tersa superficie, besándola a lo largo y a lo ancho, acariciándola con la lengua, subiendo y bajando, sintiendo como la piel se le tensaba mucho más todavía. Estaba caliente, jugosa, rebosante, ideal para una mamada. Sin soltársela abrí la boca y me la fui comiendo despacio, de a poco, chupando cada vez un poquito más, sorbiendo con avidez hasta el último trozo de tan elemental atributo.
-¿Es la primera vez que se la chupás a alguien que no sea tu marido?- quiso saber Rubén mientras su candente pedazo se deslizaba entre mis labios.

-¡Mmmmmhhhhh…siiiiiii…!- asentí sin soltársela, mamándola con el mayor de los entusiasmos.
Si supiera…, pensaba. Garganta profunda es un poroto al lado mío… jajaja. Aunque creí que lo mejor era que siguiera pensando que aquella era mi primera infidelidad. El hecho de que creyera que él era mi corruptor, el que me había incitado a ponerle por primera vez los cuernos a mi marido le agregaba a esa ya de por si excitante noche un morbo especial.
Se la seguí chupando por un buen rato más, segregando la mayor cantidad de saliva posible, la que mezclándose con sus propios fluidos formaba un caldito de lo más delicioso. Cada vez que me separaba de su verga para recuperar el aliento, un hilo de ese fluido quedaba colgando uniendo mi boca con su sexo, entonces se lo escupía y esparcía la escupida por todo el contorno, volviendo a prenderme como una ventosa de esa carne turgente y viril que parecía prenderse fuego, sorbía y succionaba prácticamente sin respiro cada pedazo, bajando cada tanto hasta las bolas, las que también atendía con el mayor de los gustos. Rubén tiene unas bolas preciosas, gordas, peludas, calientes, que en ese crucial momento estaban bien cargadas de leche, se las besaba, lamía, chupaba, y hasta mordía, para luego subir por el tronco, con la lengua, siguiendo siempre la sinuosidad de la curvatura, llegar así a la punta y volver a chuparla sin descanso. Él, por supuesto, no se quedaba quieto. Mientras yo se la chupaba aprovechaba para manosearme las tetas, para apretármelas, para amasármelas, poniéndome los pezones en punta, como dos dardos a punto de ser lanzados.

Entonces se incorporó, buscó mi boca y me la comió. Me senté sobre sus piernas y deje que jugara con mis pechos. No me quitó el corpiño, tan solo lo bajó un poco para liberar apenas la carne que este contenía, y ahí empezó a devorarme las tetas, me las mordía y chupaba con fuerza, estaba segura de que iba a dejarme las marcas de sus chupones, en ese momento no me hice problema, ya me preocuparía por eso más tarde, así que mientras él se empalagaba con mis pechos yo seguía bien aferrada a su manubrio de carne, se lo agarraba como si del mango de mi felicidad se tratara, no lo soltaba, más que dispuesta a irme con él adonde hiciera falta.

Dispuesto a compensarme Rubén me recostó de espalda en la cama, me abrió de piernas y se lanzó a la captura de mi atributo más íntimo. Tampoco me sacó el culote, lo hizo a un lado, apartándolo levemente, lo suficiente como para dejar al descubierto esa herida natural de mi cuerpo cuyo ardor se hacía más intenso a cada instante. Su lengua hizo estragos en esa zona. Rubén sabe realmente como complacer a una mujer sin tener que recurrir necesariamente a la penetración, creo que si hubiera querido me habría hecho acabar solo proporcionándome sexo oral. Su lengua me punteaba en el sitio exacto, ni más allá, ni más acá, justo en el centro, regalándome unas sensaciones exquisitas, de esas que te sitúan al borde mismo del delirio.
Sus dedos no se quedaban atrás, sin dejar de lengüetearme en esa zona tan álgida, alcanzaba a meterme un par bien adentro, y los revolvía como si hubiera perdido algo y esperara encontrarlo en lo más profundo de mi concha. El jugo que me salía de adentro era incontenible y él lo degustaba sin reservas.
Para entonces yo ya estaba desesperada, me salía de la vaina porque me cogiera, y debió darse cuenta de ello, ya que entonces se levantó y sacándome ahora sí el culote, enfiló su rígido miembro hacia mi caliente abertura.
Previamente lo charlamos y de común acuerdo decidimos hacerlo sin preservativo, aquella noche así lo ameritaba. Así que antes de que me la metiera se la agarré en carne viva y se la froté con una mano, acomodándola justo en la entrada, un sutil empujón y la pija se me clavó hasta lo más profundo. La humedad de mi concha era tal que la verga de Rubén se deslizó hasta los huevos en mi interior, llenándome de una sola vez en esa forma que nos resulta tan satisfactoria. Al sentirla eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido que debió de escucharse en todo el hotel. Las piernas me temblaron y la humedad de mi sexo se hizo aún más fluida. Recién me la había metido y ya estaba teniendo mi primer orgasmo. Por suerte Rubén no se apuró, dándose cuenta de la situación me la dejo ahí quietita, dejándome disfrutar el momento, tras lo cuál si, empezó a moverse, lento primero, mucho más fuerte después, haciéndome sentir en todo momento esa consistencia que desde el vamos prometía una noche a puro polvo.

Cada clavada me arranca un suspiro, cada clavada repercute en mi cabeza, mareándome de placer, embriagándome con esas sensaciones que se multiplican por millares. Cuándo me cogen me gusta ver como la pija entra y sale de mi concha, por eso de a ratos levantaba la cabeza para ver el continuo fluir de ese trozo de carne por entre mis labios vaginales.
Las mujeres que lean esto me sabrán entender, resulta estimulante ver como tu hombre te la mete, como la pija entra y sale de tu cuerpo, como tu sexo se abre para recibir aquello por lo que tanto se humedece y calienta. Resulta algo mágico… ahora esta, ahora no, aparece y desaparece, como si de un prestidigitador se tratara. Adentro y afuera, la saca y me refriega el glande por sobre los labios y me la vuelve a ensartar, de nuevo hasta lo más profundo, rubricando cada ensarte con un empujoncito final con el que parece llegarme más adentro todavía. Él esta ubicado de rodillas, mis piernas a ambos lados de su cuerpo, yo también me muevo con él, no me gusta quedarme inerte en un momento así, y cuándo él se queda quieto me ensarto con todo en esa vigorosa arma buscando por mí misma la tan necesaria penetración.
-¡Así flaquita… así… clavátela toda… es toda tuya… gozála…!- me decía Rubén, agarrándome de la cintura, acompañándome en mis excitados movimientos.

De mi cintura sus manos subían hasta mis pechos, amasándomelos con furor, apretándome la carne, como dispuesto a deshacerla, y aunque me dolía yo seguía y seguía, empujaba hacia delante, ensartándome una y otra vez, golpeando su pelvis con mi sexo, rebotando contra su cuerpo, hasta que me aferró fuertemente de la cintura y manteniéndome bien sujeta se tumbó de espalda, colocándome sobre él, haciendo que lo montara. Bien acomodada ahí arriba empecé a subir y bajar, con más ímpetu cada vez. Ahora si, me solté el corpiño y liberé mis pechos para que saltaran y se sacudieran de un lado a otro ya sin contención alguna. Subía, bajaba, subía, bajaba, meciéndome con gusto en esa vigorosa montura sobre la cuál iba en busca de un nuevo estallido.

Las manos de Rubén se paseaban por todo mi cuerpo, libre e impunemente, acariciándome, manoseándome obscenamente, de nuevo aprisionaba mis tetas, me las estrujaba, me tiraba de los pezones, llevaba un dedo a mi boca y hacia que se lo chupara, para luego volver a mi cintura y aferrándome de ella ayudarme con tan empeñosa cabalgata. Yo estaba como en trance, no dejaba de moverme, seguía subiendo y bajando, sin respiro, sin detenerme, hasta que… el chorro de leche que me soltó pareció llegarme hasta la garganta. Quería sentir ese momento, así que me detuve.
-¡Ahhhhhhhhhhhhh…!- suspiró largamente Rubén mientras acababa.
La leche se filtraba por cada resquicio de mi concha mientras yo me quedaba bien clavada a él, frotándome rítmicamente, sintiendo el lento y sinuoso discurrir de su esencia por todo mi interior.
-¡Me… llenaste de leche!- alcancé a suspirar, derrumbándome sobre su pecho entre jadeos cada vez más pausados.
-¡Flaquita… flor de cogedora resultaste!- exclamó mirándome como si recién me estuviera conociendo.
-Todo gracias al acompañante, sabelo- le dije.
Volvimos a besarnos con frenesí, mordiéndonos prácticamente los labios, frotándonos el uno contra el otro, entonces sucedió, lo que en un momento fue algo apenas perceptible fue haciéndose mucho más nítido cada vez. Sin haberla sacado todavía, la verga de Rubén volvía a ostentar una dureza considerable, la ideal para seguir fifando casi sin interrupciones. Reinicié entonces la cabalgata, retomando el ritmo perdido, volviendo a sentir esas pulsaciones latiendo en lo más profundo de mi intimidad.
Al rato me la sacó, me puso de costado, se tendió tras de mí, y levantándome una pierna me la volvió a clavar. De nuevo aquellas mismas sensaciones volvían a renacer en mí, extendiéndose por todo mi cuerpo, más aún cuándo sus movimientos se hicieron más intensos y acelerados.
-¡Ahhhhh… ahhhhhh… ahhhhhh… ahhhhhh…!- gemía yo, acompañando cada clavada con una exclamación.
Desde atrás, y sin dejar de penetrarme, me amasaba las tetas, me las apretaba en esa forma suya, tan violenta y enérgica, ya tenía algunos moretones de un rato antes, pero él seguía sobándome con violento frenesí, retorciéndome los pezones como si quisiera arrancármelos.
Yo me abría toda para él y hasta empujaba la colita hacía atrás, frotándome contra su pelvis cada vez que me la metía bien adentro. Me gusta sentirme llena de esa manera, a rebosar, sentir sus huevos rebotando contra mis labios. El ruido húmedo de la penetración dominaba el ambiente, junto con nuestros suspiros, los que se iban intensificando a medida que nos acercábamos a un nuevo orgasmo. Ya podía sentir esa deliciosa vibración, ese furioso palpitar que presagia tan sublime momento, pero esta vez quería llegar junto a él, quería poder disfrutar de su acabada al mismo tiempo que yo disfrutaba de la mía.
-¡Más… más… más…!- le pedí a la vez que comenzaba a frotarme el clítoris.
Rubén entendió perfectamente lo que le estaba reclamando y aumentó de repente el ritmo, haciendo resonar la carne de mis nalgas con cada golpe de su pelvis.
-¡Si… siiiii… siiiiiiiiiii…!- estallé poco después fundiéndome con él en un polvo de proporciones épicas y majestuosas, acorde a la ambientación egipcia de la habitación.
Dejándomela clavada bien adentro Rubén acabó en una forma por demás cuantiosa, podía sentir el torrente de semen derramándose en mi interior, mezclándose con mi propio flujo, formando un solo caudal, el que parecía llegarme hasta las entrañas.
-Por Dios Mariela… no te voy a mentir… hacia rato que no me echaba dos al hilo- me aseguró mientras disfrutábamos de los últimos espasmos de ese nuevo y rotundo orgasmo.

No le respondí, me limité a girar la cabeza hacia él y buscar su boca para besarlo con la misma avidez que habíamos degustado durante toda esa noche.
Ya era tiempo de un relax. Nos metimos en el hidromasaje y brindamos con unas copas de “Moet Chandon”, gentileza del hotel. Cuándo salimos, un buen rato después, llame a mi marido y le dije que como ya era tarde me iba a dormir a lo de Mariana. No me puso reparos.
-Buenas noches mi amor- le dije al despedirme.
Aquella situación, que en plena situación de infidelidad, en un telo y luego de habernos echado dos polvos, estuviera llamando a mi marido, pareció estimular a Rubén, que de un momento a otro volvía a hacer gala de una erección prodigiosa
La habitación tiene junto al hidromasaje una especie de trono, con bordes de madera y detalles egipcios a los costados, Rubén hizo que me sentara en el mismo, como una Cleopatra reencarnada, y abriéndome de piernas se sitúo entre ellas, penetrándome limpiamente. Apoyé la cabeza en el respaldo y lo recibí con el mismo gusto de la primera vez, enlacé mis piernas alrededor de su cuerpo y disfruté de los empujes que inició a continuación, moviéndome con él, dejando que me cogiera con un ritmo vertiginoso y enardecido. Me sujeté entonces de un par de anillos que había al costado y entre a darle, los dos nos agitábamos con violencia, los jadeos y gemidos se hacían más intensos, se exacerbaban a cada instante, de nuevo volvíamos a situarnos al borde del colapso.
-Avisame cuándo estés por llegar… ¿si?- le pedí.
Unos cuántos ensartes más y ya Rubén estuvo a punto caramelo.
-¡Ya… ya voy a llegar!- me anunció.
Sus palpitaciones me lo corroboraban. No perdí tiempo, ahí mismo lo empujé, me bajé del trono y postrándome de rodillas ante él me metí la pija en la boca, una par de sacudidas y la leche se disparó en mi paladar. Mi orgasmo llegó cuándo sentí su semen derramándose por mi garganta. No me tragué todo, retuve un poco, el cuál me dedique a saborear haciendo buchecitos para luego escupirlo sobre mis pechos y esparcirlo por sobre mi piel, impregnando mis pezones con ese fluido que ya en su tercer eyaculación aún seguía espeso y caudaloso.

Rubén me miraba embelesado, como no pudiendo creer que la empleada de la compañía de seguros, esa mina que todos los meses le cobraba y atendía sus reclamos, pudiera ser tan pero tan perra. Luego de habérsela dejado bien limpia, me ayudo a levantarme, me tomó de la mano y me llevó a la cama.
Pernoctamos en el hotel y por la mañana bien temprano, tras ducharnos juntos, salimos en su camioneta. Rubén me dejo en la misma esquina en donde me había levantado. De ahí me tomé un taxi hasta mi casa. Cuándo llegué mi marido aún dormía. Me saque la ropa, me puse el camisón y me metí en la cama. Apenas me sintió me abrazó y me hizo cucharita.
-¿Y… como dormiste?- me preguntó entre dormido.
-Mal… es que te extrañaba, por eso vine temprano- le dije acurrucándome contra su cuerpo.
-Bueno, ya estás acá- me susurró abrazándome todavía más fuerte.
-Si mi amor, ya estoy acá- le dije y me dormí.
Mi cita del sábado había resultado perfecta.

La hija del jefe

Relatos EroticosHace ya algo de tiempo que dejé de trabajar en aquella empresa. La verdad es que nunca he contado esta experiencia tan fuerte porque vivo en un lugar pequeño, y todo esto siempre se llega a saber. Te puedo asegurar que esto es real, y aprovecho el anonimato que me da este relato para contar mi pequeño triunfo. Era una empresa un tanto grande y yo trabajaba como administrativo en el departamento contable. Llevaba trabajando unos dos años cuando destinaron a la hija del jefe en nuestro departamento. Nadie sabia en realidad de que se ocupaba y aunque se suponía que era una curranta cualquiera, pero al ser hija de quien era, la tía tenia un despacho propio mientras nosotros compartíamos un garito para varias personas. Te cuento como era la chica. Debía tener 28 años, bajita, con el pelo teñido ligeramente de rubio, unas buenas tetas, y un culo que sin ser nada especial me gustaba mucho por lo redondo que era.

Vamos, seguro que lo has visto de esos que asoman como piedras cuando los miras de perfil. Sus labios tampoco estaban nada mal y siempre que me hablaba me hacían sentir que era una comedora de pollas de primera. La verdad es que hasta aquí quizás puedas pensar que no era nada del otro mundo pero la verdad es que despertaba el morbo en mi y sensaciones muy fuertes. Los motivos eran claros, era la hija del mayor cabrón que he conocido, y además era la típica niña pija con aires de tirarse pedos con olor a violeta. Siempre pensé de alguna manera sacar a la guarra que aquella niña de papa llevaba dentro. Esta vez una de mis fantasías se iba a hacer realidad cuando nunca lo hubiese esperado.

Teníamos una relación un tanto superficial y la verdad es que nunca se me hubiese ocurrido haberme insinuado. Si que me había fijado que muchas veces al girarme al pasar ella me estaba mirando mientras paseaba aquel culo. Algo me decía que mi persona no le pasaba desapercibida. Un día su padre vino y me pidió que realizase un trabajo en el archivo que estaba situado en la planta superior, un sitio polvoriento y lleno de trastos. Tenia que pasar por la trituradora de papel unos documentos viejos, y hacer espacio para meter más cosas. Nada una mierda de trabajo que me iba a ocupar varios días cuando era el mes de Mayo y el calor ya iba a hacer más insoportable el encargo. 
 Nada empecé el día indicado y estaba media mañana trabajando lleno de mierda como no te puedes imaginar cuando me paré a tomarme una coca-cola fumarme un cigarro, y desabrocharme la camisa para refrescarme un poco. Allí arriba no iba a subir nadie porque era el culo de las oficinas y me podía escaquear un rato. Cuando estaba unos minutos la vi aparecer por la puerta y pegué un salto del susto, más que nada porque sabia que aquella puta me iba a tirar una bulla. Cuando ya estaba poniendo cara de cordero degollado dispuesto a recibir el puro cuando, me empezó a pedir unos documentos.

Me quedé muy sorprendido por su reacción y me fijé que iba bastante más provocativa que lo normal. Recuerdo que llevaba una muy falda muy cortita y un top de lycra que le sostenía a duras penas aquellas dos tetas, y aquellas plataformas que hacían que su culo mirase muy alto. Le dije donde podía encontrar lo que buscaba y que yo mismo se lo bajaba porque estaba en lo alto de una estantería. Ella sorprendentemente me dijo que ella mismo los cogería aunque yo me presté a ayudarla a subir. Al verla encima de la escalera la muy guarra me dejó ver las minúsculas braguitas que llevaba y que dejaban salir los mofletes de aquel culo. La polla se me puso al mil, y se me marcaba descara-damente en el fino pantalón. La tía lo hizo increíblemente largo para asegurarse que no me perdía nada y la verdad es que no la defraudé.

Cuando bajó se arrimó demasiado cerca y notó el pollón que tenia. Me puso una mirada de perra en celo y me pregunto que pasaba, a lo que le contesté que me había puesto muy caliente. No me dejó acabar la frase porque se me abalanzó me cogió del culo y se apretó contra mi cuerpo para sentir mi barra de fuego. Le empecé a besar por el cuello y empezó a suspirar como un fuelle cuando le sobé las tetas. La pija me apartó y se fue hacia unas cajas que estaban unos metros atrás. Se subió encima y me miró con ojos de loba y las piernas abiertas. No pude aguantar más y me lancé hacia ella y le arranqué de un tirón las bragas y me bajé los pantalones. Ella ya estaba como una moto porque se ve que le iba el rollo violento.

La verdad es que a mi no me va ese rollo aunque dada la situación y por ser ella el objeto del cariño que sentía por su papá, y con ganas de domar a una niña pija, me porté como un verdadero bestia. Empecé por lo que más me gusta de una mujer: su coñito. Al principio no pude verlo bien porque empecé a chuparlo como si me fuese la vida en ello y pudiéndolo sentir todo en la boca con un sabor y un olor que me volvía loco. Estuve un rato haciéndole este trabajo y ella suspiraba y se retorcía, aunque me dediqué a hacer mejor mi chupada y le abrí al máximo las piernas apoyándolas en las cajas. Aquella hembra me ofrecía ahora su chocho en todo su esplendor y podía ver sus labios entreabiertos y muy rosados por la excitación. Me dediqué a recorrer los pliegues de aquel aromático coño con mi lengua de arriba a bajo una y otra vez. Me paraba en clítoris y ella gemía de manera un poco exagerada y cerraba algo las piernas para que no me despegase de allí. Me estaba poniendo las botas y tenia que hacer esfuerzos para que mi polla al máximo de su tamaño no tocase con nada porque me podía correr de la excitación. Lo mejor iba a llegar entonces porque cuando no lo esperaba baje mi lengua llena de su flujo hasta su agujerito del culo.

No se esperaba esa caricia y se corrió al introducir mi dura lengua en su ano y presionar toda mi cara en su coño. Fue una buena corrida porque ella se cogió a mi cabeza como si estuviese al borde de un precipicio. Ahora era mi turno y me incorporé yo para dejarla buena. La verdad es que entonces la picha me dolía de la excitación pero cuando la vi abierta de piernas, sudorosa, su faldita remangada, y con todo aquel coño dilatado delante mío me llegaron a temblar las piernas. Su gesto de perra viciosa, mordiendose el labio, sudorosa y despeinada me incitó a una penetrada total. Se la metí de un golpe con mucha facilidad porque estaba mojadísima, y fui yo quien soltó ahora un gemido porque aquel coño era una delicia. Estrechito y muy mojado, y lo que más me gustaba, era que parecía que había metido la polla en el mismo infierno.

No te puedes imaginar lo caliente que estaba el coño aquel. Empecé a empujar y ella se movía como una marioneta porque las cajas se movían bastante con mis embestidas. Le levanté las piernas todo lo que pude para sentir aun más su coño, mire hacia abajo y vi mi reluciente picha mojada por su flujo y me corrí solo con verlo. Ella se dio cuenta y me apretó contra ella para que no escapase ni una gota de mi leche. Fue una corrida brutal y nos quedamos un rato parados recuperando el aire pero a los pocos minutos ella todavía quería más. Saqué la polla y de su coño salió un borbotón de mi semen ella se levantó se quitó la falda y se fue hacia su bolso. Sacó un paquete de pañuelos y algo más que no vi lo que era. Se limpió el coño de mi semen y vino hacia mí, se agachó y también me dejó la picha limpia.

Entonces me demostró que aun tenia más ganas de guerra, porque empezó a besuquear mi polla. Me lo hacia como a mí me gustaba chupadas lentas, y húmedas a la punta de mi pene. Costó un poco ponerme en forma porque la excitación anterior había sido muy fuerte y larga. De todas maneras ver aquellos morritos que tanto me gustaban trabajar con tanta voluntad me pusieron a cien. La incorporé para colocarla encima de las cajas otra vez para perforarla cuando me pidió que quería jugar a algo. Me dijo que le había gustado porque tenia una cara de vicioso total y que quería que le hiciese una cosita especial. La muy zorrona me pidió al oído que utilizase su juguetito y dándome un lametazo en la oreja eliminó cualquier posibilidad de que yo dijera que no.

Me enseñó entonces aquello que había extraído de su bolso y que tenia escondido, un estrecho y pequeño vibrador de látex. Me dispuse a no defraudar a aquella zorra de primera y me dediqué a admirar aquel culete redondo cuando ella se puso a cuatro patas. Me arrimé y le comencé a chupar el ojo del culo, mientras ella me lo agradecía con grandes suspiros. Pasaba mi lengua por los alrededores del agujero donde la zona es tan sensible, y luego lentamente introducía mi lengua todo lo que podía en aquella cueva. Cuando hacia eso la muy zorra hacia fuerza para ayudarme y decía entre susurros cochinadas que no llegaba a entender del todo. Me chupé un dedo lo pasé por su coño mojado y se lo metí en el culo. Joder no había visto a una tía tan encendida y se mordía la mano para no gritar.

Le dije que si quería que utilizase su vibrador lo que tenia que chupar muy bien. Se lo puse en la boca y lo succionó como una niña un polo mientras mi dedo hacia movimientos para dilatar aquel agujero. Cuando ya la vi bastante excitada me puse detrás puse en marcha el vibrador y se introduje con delicadeza. Le hice algo de daño porque la lubricación no era la perfecta pero una vez se había acoplado al esfínter lo pude meter y sacar con más facilidad. Aquel culito se movía de manera muy sugerente y me cambié de postura para encañonarla por detrás. Esta vez se la metí más despacio para disfrutar aún más del calor de aquella cueva. Quería sentir cada centímetro de su coño y que mi polla la llenaba por completo. Ella comenzó a mover su culito en lentos movimientos circulares y yo cogí su ritmo acompañando sus movimientos. No le hice el típico mete y saca porque me excitaba sentirla mía al llenarla al completo con mi polla.

Por supuesto mi mano derecha no paraba con aquel consolador en su culo aunque ahora lo movía de manera circular para que las paredes de su culo sintiesen las vibraciones del juguete. Ella se puso muy cachonda con esa sensación en su culo y aceleró su respiración. Cuando noté que estaba a punto de venirse le introduje el vibrador en toda su extensión y empecé a meter y sacar mi polla de su coño con verdadera furia. Ella se corrió entre estertores y gruñidos. Yo al comprobar su orgasmo me puse ya demasiado excitado y después de penetrarla durante unos minutos me corrí apretando con fuerza mi polla dentro de su coño para llenarla de leche hasta el útero. Ella se limpió de nuevo y se puso la ropa que había quedado desperdigada por varios rincones. Se arregló el pelo en una coleta me dijo que había estado muy bien y se marchó sin decir nada más. Yo mientras también me había vestido y la verdad es que la situación era un poco violenta y yo no sabia donde mirar. Yo comprendí que aquello no volvería a repetirse y que ella se avergonzaba un poco de mostrarse tan puta.

Pasaron tres días y aunque me obsesionaba la idea de aquel polvazo y no podía evitar recordarlo a todas horas. De todas maneras durante esos días ella me esquivaba completamente y cuando se dirigía a mí era con una indiferencia total y con muy mala leche. Hasta los compañeros se dieron cuenta de esto y me preguntaban que le había hecho para que me tratase de aquella manera. Yo capté el mensaje e intenté apartarla de mi cabeza, y pensar en que me había vengado en su cuerpo de su papi. Que equivocado estaba porque era entonces cuando iba a venir lo mejor, algo que yo nunca hubiese esperado en aquellas circunstancias.
Habían pasado ya cinco días de aquel encuentro en el archivo cuando salió como una furia de su despacho y diciendo mi nombre con un grito. Me empezó a tirar una bulla tremenda y me di cuenta de cómo mis compañeros agachaban la cabeza pero no perdían nada de lo que me estaba diciendo. Me decía no sé que sobre unas gestiones que no se habían hecho y que iban a suponer un pastón para la empresa. Yo me sentí tremendamente humillado al ser reñido de aquella manera delante de todos mis compañeros y me hubiese levantado para pegarle un puñetazo a aquella niñata. Me contuve y me fui con ella a su despacho cuando me lo ordenó. Ella entró primero y yo la seguí cerrando la puerta una vez pasé.

Cual fue mi sorpresa al girarme para tomar asiento que se abalanzó sobre mí dándome un abrazo. Me dio un morreo con su húmeda lengua y me pidió que la follase. Yo me puse bastante caliente porque con el cabreo que había pillado después de la bulla delante de toda la gente quería portarme como un animal con ella. Sin embargo el poco sentido común que me quedaba en aquellos momentos, me decía que no debía hacerlo porque su despacho estaba pegado a la oficina y allí fuera estaban mis compañeros que podían oir perfectamente todo lo que pasase allí dentro. La puerta no se podía cerrar por dentro y era muy fácil que alguien entrase en la habitación sin llamar. Además en aquel despacho había una ventana que daba a la oficina y solo estaba pasada por una cortina. Yo le dije que no podía ser, y que hiciésemos algo para irnos al servicio y hacer allí guarradas. Ella estaba encendida a tope y me dijo que no, que lo quería allí y en ese momento. Se separó de mí, se fue hacia la ventana y pasó la cortina, se colocó encima de la mesa, se subió la falda y abrió completamente sus piernas.

No llevaba bragas la muy guarra y pude ver la misma y excitante imagen de aquel coñito tierno y carnoso de excitación. Desde donde estaba podía ver su humedad y me dejé llevar cuando me susurró que fuese. Nos dimos unos ardientes besos y me bajó la cabeza hacia aquel coñito. Aspiré aquel olor a hembra de verdad que tanto me había gustado la otra vez y me dispuse a hacerle otra vez una comida de primera. Le abrí las piernas por completo para ver aquellos labios y su clítoris en toda su belleza y me llevé una gran sorpresa. De su vulva salía un cordel y de ano otro, yo tonto de mí le pregunté si tenia la regla y se había puesto un tampón. Ella con aquella mirada de perra en celo me dijo que lo averiguase yo mismo. Comencé a estira del cordel del coño y note como sus labios se iban abriendo y por su vagina aparecía algo blanco. Al estirar por completo salió una bola del tamaño de una pelota de ping pong. Ella dio un profundo suspiro cuando hice esto y entonces lo comprendí, llevaba un buen rato unas bolas chinas en su coño de esas que estimulan tanto a una mujer. Saqué la segunda bola y volvió a pegar un pequeño grito y yo levanté aquel juguete a la altura de mi cabeza para que ella lo viese también. Lo chupé sin pensarlo dos veces dejándolo bien limpio porque debía haberlo llevado durante toda la mañana y estaba embadurnado de flujo, y melo guardé.

A ella le gustó ese gesto que aumentó más su excitación. Ahora iba a buscar que sorpresa se escondía en su culo, y al tirar de la cuerdecilla también salió una bola pero de un tamaño mucho menor. Eran una ristra de unas bolas del tamaño de una canica que se introducen en el ano. Viendo aquello le hice un trabajo del cual me siento orgulloso. Le paseé mi lengua por su coño con mucho cuidado de no tocar su clítoris, y cuando menos lo esperaba presionaba mi lengua en aquel botoncito con mucha fuerza mientras que mi mano tiraba del cordel y sacaba bruscamente una bola de su ano. Ella acompañaba cada uno de estos movimientos con un grito y se mordía el dorso de la mano para que no nos escuchasen fuera. Su excitación era total porque recuerdo que mi cara estaba toda mojada de su flujo. Cuando acabé este juego me levanté con las piernas temblando de excitación y con mi polla dispuesta a romper aquella zorra. Me desabroché el pantalón y allí mismo, subida cara a mí encima de la mesa, la penetré sin emplear ni las manos de lo mojada que estaba. De nuevo el meter bruscamente mi polla en aquella vagina que era un horno, y el sentir las paredes de su coño que me aprisionaban me hizo soltar un profundo gemido de placer.

Ella me tapó la boca para evitar que nos oyesen fuera, y empecé a bombear con furia. No te puedes imaginar el clímax que se alcanza tirándote a la zorra del cabrón de tu jefe, en un sitio que te pueden ver desde fuera o cualquiera puede entrar en el momento más inesperado. Una fuerza diabólica se apropió de mi persona y en muy poco tiempo se me nubló la vista y apreté aquel cuerpo descargando mi leche hasta en el último rincón de su coño. Tardé un minuto en recuperar el aliento, quedando como muerto encima de ella, pero ella pronto me movió porque no se había corrido y quería recibir su parte. Le dije que no podía echarle otro polvo en tan poco tiempo. Ella no se cortó ni un pelo y me hizo sentar en un sillón, se puso medio desnuda delante mío, levantó una pierna y la puso entre mis piernas.

A continuación tomo las bolas pequeñas y se las introdujo con furia en el culo. Cuando las tuvo todas dentro se monto a horcajadas sobre mi pierna y empezó a restregar y apretar su coño en mi muslo. Yo mientras ella hacia ese movimiento de masturbación le había subido la blusa y le chupaba los pezones, mientras mis dedos cogían su culo y acariciaban su ano. Esto le gustaba mucho porque esa zona debía ser muy sensible para ella. Busqué el extremo de del cordel y lo tomé con fuerza, ella me cogía la cabeza para hacer mas fuerza en su movimiento y suspiraba como una loca en mi oreja. Cuando por su respiración noté que se corría estiré con fuerza el cordel y saqué las bolas de su culo. Ella tuvo un orgasmo con una furia increíble y me marcó sus uñas en mis hombros semidesnudos. Recobramos el aliento y nos arreglamos la ropa, aunque se volvió a repetir lo mismo de la anterior vez. A ella le gustaba como le follaba pero era claro que entre nosotros había un mundo y yo no era el tipo que le convenía. Salí de allí sin decir nada pero contento porque había descargado mi cabreo con ella. Entonces vino lo peor, salir fuera sin que mis compañeros notasen el tomate que había tenido en esa habitación. Puse lo mejor que pude cara de cordero degollado y dando a entender que estaba derrumbado por la supuesta bulla que había recibido. Por suerte nadie pareció notar nada y en cuanto pude me escapé al lavabo para limpiarme y comprobar que mi aspecto no delatase mi gloriosa follada. Aquellos encuentros no se volvieron a repetir nunca más pero guardo muy buenos recuerdos de ellos. Al par de meses, por varios motivos, me marché de aquella empresa para entrar en otra. Todavía conservo las bolas que le robé a aquella zorra y alguna vez oliéndolas me he vuelto a excitar recordando aquello y me he masturbado. No las pienso lavar nunca porque todavía guardan el aroma. En la empresa que trabajo ahora, también hay una chica que es la hija del jefe. Éste es muy majo y agradable pero su hija es una cabrona de primera, y tiene un orgullo increíble. Esta chica tiene un cuerpo de verdadero infarto y es verdaderamente guapa, aunque estoy planeando algo para poder domarla como a la otra. Espero pronto te pueda contar otra experiencia como esta.