Mi primer trío con mi mujer

Os quiero contar un nuevo relato erótico de experiencias sexuales con mi mujer. Concretamente en este relato porno os quiero contar la primera vez que hice un trío con mi mujer, vez en la que me di cuenta de que mi mujer es bisexual.

Efectivamente, desde hacía un tiempo yo quería hacer un trío con mi mujer, pues cada vez que veíamos vídeos porno notaba cómo lo que más le gusta a ella son los tríos en los que dos mujeres se devoran mutuamente mientras un tío afortunado tiene para él solito seis agujeros a los que rellenar sin ningún tipo de limitaciones. No obstante, de ver películas porno a hacer un trío va un abismo, por lo que me costó un tiempo convencer a mi mujer.

Por fortuna, Maite y yo somos muy liberales, nos gusta tanto el sexo hardcore, como el sexo anal, oral, en público… Sinceramente, desde que me confesó una infidelidad, ha accedido a hacer todo lo que le he pedido, aunque eso de proponerle un trío mujer, hombre, mujer no iba a ser sencillo, pues mi temor era que pensase que ya no la quiero o algo así. Sin embargo, después de unas semanas de indirectas, me preguntó que si quería decirle algo, cosa que aproveché para comentarle la posibilidad de hacer un trío con otra mujer. Imaginaos mi sorpresa cuando, sonrisa picarona de por medio, me dijo que “podríamos probar, a ver qué tal”. Quedamos en que sería mejor contratar una scort, una profesional del sexo para así no meter a conocidos o gente con la que luego quisieran tener contacto en caso de que les gustase. La única condición que me puso fue que sería ella quien elegiría a la puta, cosa que me pareció genial ya que mi mujer siempre busca lo mejor para mí…o no.

Una scort para un trío con mi mujer

Así fue cómo Bárbara, pues ese era el nombre de la scort, entró en mi casa acompañada por mi mujer, quien se encargó de buscarla a través de internet y de quedar con ella. En el precio de nuestra invitada lo único que no entraba era la penetración sin condón. El resto estaba permitido, según me dijo al oído Maite en la cocina mientras preparábamos unas bebidas para ir entrando en calor. A pesar de no saber aún cuánto incluía ese “todo”, me puse muy cachondo con tan solo imaginar la noche de sexo que me esperaba.

De vuelta en el salón, Bárbara estaba sentada en el sofá de tres plazas esperándonos como si de una amiga cualquiera se tratase. Mi mujer se sentó en el sillón que está junto al de tres plazas, dejando que yo me sentase al lado de la scort. Estuvimos hablando sobre por qué había decidido hacer un trío con mi mujer, sobre el tipo de sexo que nos gusta más y de cosas por el estilo. De repente, Bárbara planteó una cuestión que no me había planteado jamás.

-¿Y si resulta que a Maite le gusta más hacerlo conmigo que contigo? –dijo Bárbara, echándole una mirada rápida, con sonrisa pícara y mordaz incluida, a mi mujer.

-No…no…sé, no me lo he planteado –logré balbucear-. Pero no creo, ¿verdad, cariño? –pregunté a mi mujer intentando disimular mi desconfianza.

-¿No? –preguntó de forma retórica Bárbara, con esa sonrisa de puta experta, mordaz y sexy a la vez, que llevaba exhibiendo unos segundos de manera ininterrumpida. Acto seguido, la scort miró fijamente a mi mujer, quien le contuvo la mirada sin decir nada, para a continuación cogerle la cabeza con una mano por detrás y con la otra por la barbilla, atrayendo para sí su boca, comenzándosela a comer con ansias, metiéndole la lengua hasta la mismísima campanilla.

Aunque estábamos ahí para eso, para hacer un trío con mi mujer y follar como posesos, jamás pensé que mi mujer pudiese besar a otra tía. No supe cómo reaccionar al ver ese tremendo beso de tornillo que mi esposa estaba recibiendo y que, para mi sorpresa, estaba siendo prolongado, caliente, apasionado y, sobre todo, correspondido. En efecto, Maite no tardó en empezar a meterle mano a la scort mientras le comía la boca con auténtico frenesí, logrando que Bárbara le cediese su lengua fina y alargada para que se la comiese como si de una buena polla se tratase, succionándola por completo. No tardaron en llegar los primeros gemidos por parte de ambas, mientras que yo seguía con cara de gilipollas frente a ellas, con mi copa en la mano y una gran erección que estaba abultando mi pantalón hacia la derecha.

Entre gemidos y risas se desvistieron la una a la otra rápidamente, colocando Bárbara a mi mujer con las piernas bien abiertas en el sillón en el que estaba sentada, frente a mí, para facilitar de este modo la tremenda comida de coño que le iba a regalar -¿o mejor dicho vender?- la scort a la viciosa de mi mujer, quien abriéndose bien el coño con una mano, mientras que con la otra se cogía los senos, me dirigía miradas de vicio y, quién sabe, de revancha. No obstante, el centro de su atención era Bárbara y su diestra lengua afilada, quien sabía a la perfección cómo comerle el coño de tal modo que, casi de inmediato, Maite empezaba a exhibir unas mejillas sonrosadas, síntoma inequívoco del orgasmo que estaba por venir.

A esas alturas yo quería sacarme la polla y ensartar a alguna de esas dos putas, pero no había sido invitado aún, por lo que ni siquiera me saqué el rabo del pantalón, limitándome a ser un mero voyeur mientras otra tía se follaba a mi mujer.

Con la respiración entrecortada, gimiendo como una auténtica zorra y experimentando unos espasmos que me eran muy familiares, la pervertida de mi mujer tuvo su primer orgasmo gracias a la habilidosa lengua y un par de dedos de Bárbara. Cuando terminó de correrse, estando aún su putita limpiándole los jugos vaginales, Maite me miró sonriendo y, con tan solo un gesto, me sugirió follarme por detrás a Bárbara. Sin pensarlo dos veces, solté la copa, me quité los pantalones y el bóxer, me puse el preservativo y, mojándome los dedos con saliva, lubriqué el ya de por sí lubricado coño de la scort. Ella, al ver mis intenciones, se abrió bien de piernas, se abrió ligeramente los labios del coño y se preparó para recibir toda mi polla.

-Tranquila, tú también te mereces pasarlo bien –le dije a nuestra puta con voz tranquilizadora para que se relajase, buscando así sorprenderla segundos después.

En efecto, esa puta se había follado a mi mujer delante de mí, sin pedir permiso, logrando que se corriese y, sobre todo, había insinuado que le gustaría más que mis folladas. Así que, una vez sentí la relajación de su abdomen, por donde la tenía bien sujeta, la ensarté por completo con mi endurecida verga, sin compasión ni miramientos.

-Aaaah, mmmm, despacito… -imploraba nuestro juguete-, por favor, despacio.

No le di oportunidad para seguir pidiendo clemencia, pues cogiéndola del pelo la puse sobre el coño de Maite, cuya cara de vicio no había hecho más que acentuarse. La visión de su macho follándose por detrás a otra hembra, mientras esta no paraba de comerle el coño y de masturbarla con maestría debías ser una experiencia igual de morbosa que para mí era el ver cómo una tía le comía la rajita a mi mujer mientras recibía mis furiosos embistes. Sus tetas chocaban contra el sofá con cada embestida mía, ese sonido, junto con el de mis piernas chocando contra su trasero y sus gemidos ahogados en la rajita de mi mujer, unido todo ello a los gemidos de placer de mi propia mujer me estaban llevando a un auténtico éxtasis que, de no ser por el preservativo, me habría llevado peligrosamente al orgasmo. Sin embargo, ese trocito de látex me permitía seguir taladrando el coñito de nuestra invitada sin temor a correrme.

-Yo también quiero polla, -dijo mi mujer mirándome con lascivia-.

En ese instante salí de Bárbara, quien agradeció la tregua, aunque casi no podía levantarse por la tremenda cogida que había recibido arrodillada.

-Cari, siéntate ahí –me ordenó mi mujer, señalándome el centro del sofá de tres plazas.

-Vamos a ver qué te gusta más –le dije, en clara alusión al comentario de Bárbara-.

-Quítate el condón, anda, que eres tontito –me dijo, intentando apaciguar mis ánimos-.

Maite sabe que esa es una de mis posturas favoritas, el ver cómo me cabalga mientras aprieta su vagina y me da sus senos para que los succione cual bebé es algo que acaba con todos mis enfados y preocupaciones. Y ella es plenamente consciente. Por ello, una vez sentado, se tomó con tranquilidad venir hasta mí, sentarse a horcajadas sobre mí muy lentamente, ofrecerme sus senos y, con mucho cuidado, meterse poco a poco la cabeza de mi polla e ir bajando poco a poco. Su coño estaba húmedo y caliente, muy caliente. Cada centímetro de mi verga hacía que se retorciera de gusto, encorvándose hacia atrás y segregando más y más fluidos vaginales.

Bárbara me lamía con delicadeza los huevos, que los tenía duros como piedras debido a la excitación.

-Cómele el coño –me ordenó mi mujer mientras me cabalgaba-.

Y cogiendo del pelo a Bárbara hizo que se pusiera de pie, entre ella y yo, ofreciéndome la scort un chochito completamente rasurado, muy húmedo y que, ciertamente, me pareció muy apetecible a pesar de ser de una puta. A fin de cuentas, mi mujer había dicho que era de confianza.

Comencé a comerle el coño mientras mi mujer seguía cabalgándome. Así, mientras yo me follaba a Maite, Bárbara se estaba follando mi boca con su vagina, cogiéndome la cabeza para hincarla mejor en su entrepierna. Llevados unos minutos, mi mujer exclamó:

-¡Vamos, haz que se corra como me haces a mí!

Obedeciendo órdenes, empecé a comerle el coño igual que hago con mi mujer, metiéndomelo entero en la boca, succionándolo, metiéndole la lengua en la vagina y combinando esos movimientos con mis dedos, metiendo y sacando los dedos corazón y anular estimulando en punto G. Noté cómo mi mujer redujo su cabalgada sobre mí, pero seguí empeñado en que Bárbara se corriese para satisfacerlas así a las dos cuando, sin esperármelo, le di un golpe a algo que no era el culo de la scort… Era la barbilla de mi mujer, que le estaba comiendo el culo.

En efecto, mientras yo le comía el coño y masturbaba, mi mujer se afanaba en lamerle y perforarle el culo a nuestra puta.

-Ammm, uffff, sí, sí, uffff, -decía Bárbara mientras se relamía los labios y nos sujetaba las cabezas para mantenernos trabajándole sus orificios-.

Por fin, la experta profesional estalló en mi boca, recayendo el peso de su cuerpo sobre mi cabeza al flaquearle las fuerzas. Yo iba a explotar de un momento a otro dentro de mi mujer, quien, una vez hubo quedado fuera de juego la scort, me comió la boca mientras me cabalgaba con fuerzas renovadas. Cuando sentí que no podía aguantar más, frené a mi mujer, la bajé y la coloqué junto con Bárbara para bañarlas a las dos con un torrente de leche caliente que salió a raudales de mi verga. Ambas recibieron el baño de semen entre risas, disponiéndose a comerse mutuamente con la excusa de limpiarse a lametones mi leche.

Esta fue la primera vez que hice un trío con mi mujer, donde descubrí que mi mujer es bisexual. Nos queda pendiente probar hacer más tríos con amigos o gente no profesional, porque hasta ahora solo hemos hecho tríos contratando scorts, algo que no resulta demasiado barato.

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