Mi vecino voyeurista. Parte 5. Final

La zorra riquilla de mi voyeurista Entonces me tomó, él, varios centímetros más bajo que yo, y muy delgado, me tomó con una fuerza increíble entre sus brazos. Me tomó y me apretó contra él, como si fuera de su propiedad. Y yo sentía esa fuerza, esa ira, ese deseo correr por sus venas. Y me sentía asustada, amedrentada, meContinuar leyendo »

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Mi vecino voyeurista 4: Una necesidad

Esa noche no pude dormir, me sentía demasiado culpable para hacerlo. Todo había llegado demasiado lejos. Sentía que ahora definitivamente le había sido infiel, paradójicamente mientras él me hacía el amor. Sentía que había traicionado su confianza, su bondad. Por eso, esa misma noche me juré que todo iba a terminar. Mire el reloj y marcaban las 5 de laContinuar leyendo »

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Mi vecino voyerista Pte.3

El shock tras mi experiencia con mi vecino voyerista

El shock después de lo sucedido con mi vecino voyerista habría de durarme casi tres días. En cualquier actividad en la que me encontrara, en la soledad de mi casa, siempre terminaba por evocar el episodio del jardín protagonizado por mi vecino voyerista.

Lo recordaba una y otra vez, con la mirada perdida y los labios entreabiertos no logrando precisar si todo había sido producto de mi cada vez más decadente cordura o si en efecto, había ocurrido. Pero no podía engañarme por más que deseara que así fuera. Las marcas en mi trasero (en mi nalga izquierda para ser más exacta), y en mi seno derecho, que ya empezaban a tornarse de un preocupante tono azul verdusco, dejaban completamente claro que de hecho, lo sucedido había sido muy real. Mi vecino voyerista me había tomado como un objeto y me había besado de la manera más sucia que jamás nadie me había besado. Su lengua invadió mi boca y soltó un veneno con saliva que hervía intensamente. Sus manos habían sido dos pinzas que me apresaron y me empujaron hacia él, casi al borde de mezclarnos en uno solo. Pero no fueron estas cosas las que lograron que estuviera tan a merced de mi vecino voyerista, sino ese oscuro y corrupto deseo hacia él que en el momento del clímax hizo que me derritiera y quedara sin fuerzas para oponerme a él. Por eso cada vez que mis pensamientos me llevaban a esto último, sacudía mi cabeza y seguía con cualquiera que fuera mi tarea en ese momento para tratar de despejar esas desoladoras conclusiones.

Durante esos días después del incidente con mi vecino voyerista, y hasta la fecha en que llegó mi marido de su viaje de trabajo, no volví a mostrarme como hasta entonces. Los primeros días fue fácil, pues como les he dicho, el shock por lo sucedido seguía latente, y una mezcla de coraje y repulsión con un ardiente deseo, seguían dentro de mí. Pero los días siguientes sí que me fue difícil seguir con ese plan de austeridad hacia mi vecino voyerista. Me lo imaginaba en su cuarto, esperando en su ventana y con sus binoculares en las manos esperando segundo a segundo a que por fin volviera a salir y pudiera verme, desearme, saborearme, reclamarme como suya mientras sus manos recordaban, reconstruían a calca perfecta en el aire, cada uno de los centímetros de mi cuerpo que acarició, reviviendo vívidamente la consistencia de mi carne bajo la mezclilla de mis shorts y el algodón de mi sostén. El aroma de mi cuerpo estaría presente aún entre sus manos, y sus labios guardarían aún el sabor de miel de los míos. Me lo imaginaba así, delirando por mí en las sombras de su morada, y poco a poco lo veía deslizando su mano hasta su sexo, rígido como aún recuerdo sentirlo contra mi vientre. Cómo comienza a tocarse por mí, poco a poco con un ritmo que me hace sudar. Y a punto estoy de desvestirme y salir corriendo al balcón. A punto de dejar que sus ojos desenfrenados me consuman solo con su mirada penetrante, a punto están de consumirme los deseos  nuevamente cuando golpeo fuerte la mesa, el sofá, o cualquier mueble donde me encuentre y me digo que esto tiene que parar, que me estoy volviendo loca.

La última vez estuve realmente cerca de salir a por él, cuando el teléfono sonó estrepitosamente en el buró. Sonó tres veces y no podía reaccionar. Estaba completamente sudada. Mis pechos en mi top deportivo estaban perlados por el sudor y se inflaban y contraían al ritmo de una agitación al respirar. Al fin reaccioné y me percaté de que había comenzado a tocarme la entre pierna.

Nancy, tienes que parar esto o vas a volverte completamente loca, me dije mientras saltaba del sofá para alcanzar a contestar el teléfono que iba ya por su sexto timbrazo. Levanté el teléfono.

-Bueno, residencia McAllister.-

– Hola amor, soy Daniel. Solo para recordarte que en un par de horas estaré llegando a casa, y me encantaría que hicieras una cena especial para celebrar que estoy de regreso. Puedes sacar aquel vino que me regalaron y que tantas ganas teníamos de abrir.

– Me parece muy bien cielo. Entonces tendré todo listo para cuando estés aquí.

– Perfecto. Te amo. Te veo en un rato.-

– Chao -colgué.

Algo de todo esto me devolvió la tranquilidad. El hecho de que mi esposo estuviera de regreso podía hacer que todos estos pensamientos terminaran por quedar de lado. Jamás lo he culpado, pero esa última vez se había ido por casi tres semanas, y la soledad estaba afectándome demasiado.

Pero no es la primera vez que estás sola, no puedes buscar excusas a tu reprobable comportamiento. Me decía mi conciencia, castigándome. Y tenía razón, pero a algo tenía que aferrarme y empezar a creer que las cosas irían mejorando. Tenían que mejorar.

Mi marido está de vuelta

-¿Y cómo te fue en estas tres semanas en mi ausencia?-

Había cocinado una pasta excelente y efectivamente estábamos dando cuenta de aquel delicioso vino que le habían regalado.

– bien, nunca he terminado por acostumbrarme a la soledad, lo sabes, pero he estado leyendo una novela que creo que será la mejor que lea este año.-

Traté de sonar lo más natural posible. Pero mi conciencia me decía que no lo estaba logrando.

Sabe que escondes algo, me decía. Tus manos, no has dejado de retorcerlas y tu frente está sudando. Además no le estás mirando a los ojos, tú siempre le miras a los ojos. Es cuestión de tiempo para que te descubra.

Pero para que te descubra ¿de qué?, me decía mi lado positivo, si ni siquiera puede decirse que lo haya engañado. Sí, sabes que el chico te mira y tú juegas un poco con eso pero, ni siquiera te muestras desnuda. Y ¿a qué mujer no le gusta que la miren? ¿A cuál?

Pero es otro hombre, estas dándote a desear a tu vecino voyerista, insistía el diablito de mi conciencia.

Tal vez, pero no has cambiado tu rutina por darte a desear, siempre has gustado de andar en lencería y vestir ropa sexy, vamos, tú te ves sexy con traje de esquimal nena. Me seguía defendiendo.

¿A no? ¿Y qué me dices del jardín? ¿No has salido solo por tu vecino voyerista?

No puedes asegurar eso. Además todas tienen caprichos como intentar hacer el jardín alguna vez. Y ese incidente no fue culpa de ella, ese chico mocoso fue el que la tomó por sorpresa y la acosó a la fuerza.

Puedes tratar de engañarte querida, pero lo que no puedes negar a ninguna de nosotras tres, es que te gustó, te encanto, te ha fascinado. No, no te gustó, ha sido la experiencia más intensa en tu vida, y mira que sabemos que no fuiste ninguna santa antes de casarte.

Pum! Knock-out. La perra del negativismo había vencido.

– ¡Amor! te hice una pregunta. ¿Que cómo es que se llama? Andas algo distraída ¿no te parece?

Sabía que su pregunta no ocultaba otras intenciones. Confiaba en mí como yo confió en que Dios existe. Y era eso lo que más me afectaba, saber que de algún modo le estaba fallando a esa confianza ciega que el depositaba en mi al dejarme sola.

– No, para nada. Bien, ya te digo que no terminará por gustarme nunca la soledad.

– Eso ya me lo has dicho jajaja. Te pregunté qué ¿cómo es que se llama esa novela que tanto esta gustándote?

– Ah! Jajaja. Pues la verdad que ahora mismo no recuerdo. Pero es de un tipo que puede saltar entre varios mundos a través de portales o cosas así.

– Genial. Deberías prestármela ahora que estaré aquí.

– Vale.

Después de cenar, me ayudó a recoger la mesa y a fregar los platos. Vimos una película juntos en la sala y a eso de las 10 pm subimos a nuestra habitación. Un sentimiento de culpa, como grilletes de acero en mis tobillos que hacían pesado mi andar, o como una nube espesa y preñada de miedos que me seguía a todas partes ensombreciendo mi rostro, no dejaba de atormentarme durante todo momento. No podía estar 5 minutos concentrándome en la cinta cuando el rostro enloquecido de mi joven vecino al momento de besarme en el jardín, golpeaba de nuevo mis pensamientos.

Al fin terminó la película y ya acostados en nuestra habitación me desvestí con mucha pesadumbre y cansancio moral. Llevaba un brassier liso color negro, con un pequeño moño color rosa entre las montañas redondas de mis senos. Y vestía una sexy braga color negro que solo dejaba ver un pequeño triángulo de tela antes de perderse en mis abultados glúteos. Él se desnudó a prisa.

– Te ves hermosa amor. Tanto tiempo he pasado pensando con estar nuevamente contigo.

– Gracias. Yo también te he extrañado.

Dije mientras dibujaba acaso la primera sonrisa honesta desde que él regresara.

– Ven, acércate. Quiero tocarte.

Me acerqué y puso su mano sobre mi mejilla. Acercó su rostro y me dio un tierno beso. Después me sentó en la cama y fue besándome más y más hasta que me empujó con su peso acostándome en la cama y quedando el sobre mí mientras seguía besándome. No tardó en recorrer sus manos limpias y pulcras sobre mi cuerpo. Acarició mi cuello con amor y fue bajando hasta mis senos, entonces bajo sus labios por mi cuello y en silencio presionó suavemente mis pechos con sus dedos. De vez en cuando paraba un poco y me decía al oído “te amo”, yo trataba de cerrar los ojos y disfrutar, de amarlo, pero siempre abría los párpados y miraba fijamente al techo de la habitación, y ponía mi mente en blanco para no dejarla carburar.

Desabrochó mi sostén con cuidado sin dejar de besarme y acariciar mis senos, mi cintura, mi vientre, mi espalda, mi trasero y más allá. Siguió besándome por los pechos hasta mis pezones, suaves, rosados y firmes, obedeciendo a las sensaciones de ser besados, lamidos, humedecidos, y desobedeciendo a mi mente que no hacía más que mandar señales muertas a cada terminal de mi cuerpo. Mis pechos le encantaban: su redondez, su peso, lo terso de su piel. Pude sentir que al besarlos y acariciarlos su sexo se hinchaba más y más. No pudo aguantar más y, agarrándome de la cintura, se impulsó un poco para arriba y colocó su ya palpitante entrepierna en la entrada de mi vagina. Entonces, empujó suavemente, con amor pero con firmeza, con deseo real. Su glande estaba más hinchado de lo normal (víctima de tantos días de abstinencia), y mi sexo no terminaba de lubricarse por completo (víctima de una mente tan perdida), por lo que la penetración resultó complicada y un tanto dolorosa. Hice una mueca de dolor cuando por fin empujó metiendo por completo su pene. Apreté mis uñas en su espalda y él volvió a repetirme que me amaba. Embistió de nuevo, ahora un poco más fuerte, y de nuevo volvió a lastimarme un poco. Siguió haciéndolo, cogiendo un ritmo lento. Su palo ardiente poco a poco hizo el trabajo que mi vagina se negaba a realizar, y sus jugos terminaron por ir lubricando mi cavidad, acabando así con la molestia al penetrarme. Sus embestidas las sentía llenas de placer, de deseo, de amor. Era todo su sexo tierno, amoroso. Todo lo que una esposa desea en su marido, todo lo que yo deseo en él.

Sin embargo, yo no podía dejar de pensar en mi vecino voyerista, de divagar en todo lo que estaba sucediendo en los últimos días. Por eso estaba con la mira de nuevo en el techo, fija, mientras él me empujaba con sus caderas y hacía que mi cabello se revolviera en mi frente tapando mi vista. Yo resoplaba y resoplaba, un poco por el esfuerzo que conlleva el ser penetrada por un macho que te dobla el peso, y un poco para apartar los cabellos de mis ojos. Logro apartarlos y me doy cuenta mientras miro al vacío, que ha pasado largo tiempo desde que comenzó a follarme y yo no he emitido ruido alguno. Solo lo abrazo y le clavo las uñas en la espalda cuando su penetración llega a lugares privilegiados. Intento gemir un poco, pero me detengo poco tiempo después al dudar si lo estoy haciendo real o si por el contrario es demasiado fingido. Él ha comenzado a acelerar el ritmo. Siempre ha sido silencioso al hacerme el amor, pero esta vez el placer lo está venciendo y empieza a gemir un poco. Besa mis senos, mi cuello, mis labios. Me repite que me ama, me muerde el labio, me muerde el seno, me muerde el pezón. Mi vagina empieza a revelarse, empieza a emitir señales de orgasmo cada vez más claras y frecuentes. El ruido de su vientre chocando en mi sexo se esparce por la callada habitación. Te amo, me dice. Lo sé, me digo. Su eyaculación está cerca, mi orgasmo quiere avanzar, pero mi mente la intenta detener. De pronto mis culpas empiezan a ceder, el placer quiere sacarlas de aquí, quieren tener un clímax pleno, perfecto. Él ha dejado de apoyarse en sus rodillas y ahora se impulsa desde la punta de sus pies, quiere penetrarme completamente, con fuerza. Su semen está listo, hirviendo en sus genitales. De repente, una imagen empuja la cortina blanca que he puesto ante mí para no perder los estribos, y puedo ver a mi joven vecino voyerista ante mí, mi espía, el chico repulsivo y con acné que tanto me desea. Besándome, oliéndome, derritiéndome con sus manos. Puedo sentir su lengua invadirme. Estamos de pie en el Jardín. Sus manos aprietan mis nalgas y mis senos. Su saliva inunda mi boca. Está tomándome, reclamándome como suya. Su sexo golpea mi vientre, quiere entrar en mi Venus, conquistar lo que es suyo. Yo estoy ahí, de pie, paralizada. Completamente aprisionada. Pero obedezco, y recorro mi mano hasta mi vientre y la colocó sobre el botón de mis shorts ajustados. Él sigue besándome, ríe por dentro sabedor de que me tiene. Desabrocho el botón y lentamente bajo la mezclilla. Mi trasero trata de evitarlo, pero un último tirón logra zafar mis glúteos de los shorts. Lentamente los bajo hasta mitad de mis torneadas piernas. Con mi mano temblando, tomo su short deportivo y su ropa interior juntos y los bajo dejando al descubierto un enorme sexo hinchado, virgen, deseoso. Separo un poco mis piernas, y mientras él sigue besándome como un depravado, tomando por igual mis tetas y mi culo, aprieto su latente extremidad y la coloco lentamente en la entrada de mi vagina. Él, como un perro intentando copular con su hembra, instintivamente comienza un ciego vaivén intentando colarse hasta el fondo. Finalmente lo logra, y siento cómo su carne me llena completamente, caliente, a punto de explotar, y grito, grito como loca. El orgasmo llega como una explosión. Me ciega aún con los ojos abiertos y grito más. Mi marido también grita, gime. Ha llegado al orgasmo junto conmigo, y sus últimas embestidas están bajando de ritmo. Los últimos espasmos pasan y cae rendido sobre mí, sudando, sonriendo. Yo estoy mirando al techo aún, pero ahora no hay pantalla blanca, ahora hay luces, estrellas. Una migraña me invade por la intensidad del momento. Estoy rendida, con una agitación notable al respirar. Él está sobre mis pechos, me besa el cuello.

Te amo, me vuelve a repetir.

Próximamente: Mi vecino voyerista  pte.4

 

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Mi vecino voyeurista 2

Segunda parte

Después del episodio del baño, empecé a caer poco a poco en su juego de manera sistematizada. En las mañanas salía con lencería de encaje de lo más sensual al balcón de mi recámara. Conjuntos de dos piezas y de colores oscuros como negro, guindo, o azules oscuros que resaltaban en mi piel extremadamente blanca, y que coronaba con una cortita bata de seda semi transparente para no parecer muy exagerada.

No quería que él se diera cuenta de que yo estaba consciente de su acoso. Ese era en resumen la parte esencial del juego, de mi juego; él debía sentirse alerta todo el tiempo, sentir la adrenalina de no ser atrapado en sus perversiones. Debía permanecer como un espía entre las sombras y nunca saber que fue descubierto. Es por eso que me divertía siendo lo más sensual que podía sin dejar de parecer natural. Pocas veces volteaba en su dirección y trataba hacer movimientos casuales que en el fondo sabía que lo estarían volviendo loco. Es esas mañanas salía con cara soñolienta y después de tomar una gran bocanada de aire matinal, en donde mis pulmones se llenaban sacando así mis abundantes senos a flote entre el escote de mi bata, procedía a realizar una serie de estiramientos que a decir verdad ya los realizaba antes de esta locura pero que ciertamente no de una manera tan provocativa como entonces, y menos en el balcón. Estos movimientos consistían primero en girar mi cuello de manera lenta en círculos, después en entrelazar mis manos y levantándolas hasta arriba, proceder a arquear mi espalda lo más posible sacando mis redondos pechos y levantando mi trasero poniéndome de puntitas; todo esto estando o bien de perfil, o bien de espaldas a la casa vecina. Otros ejercicios que tenía en esa rutina era girar mis caderas lentamente, utilizar mi elasticidad para subir ahora un pie, después el otro en él barandal del balcón inclinándome hacia enfrente para tocar la punta de mi pie y dejar salir mis senos. Y hacer sentadillas lentas y sensuales o simplemente empinarme para tocarme la punta de mis pies. Toda esta rutina no duraba más de 15 minutos pero sé que eran 15 minutos de mi tiempo que hacían arder en deseo a un joven espía, y eso, cuanto más lo pensaba, hacía que un ligero cosquilleo empezará a nacer en mi entrepierna.

El segundo encuentro visual, como ya mencioné, sucedía en el cuarto de baño. Aún con el conjunto encima, aunque algunas veces, cuando me sentía algo más divertida, sin la bata de seda encima, llegaba hasta el balcón del baño y abría las cortinas para dejar entrar la luz del sol. Después emprendía el viaje de regreso hacia la regadera caminando lo más cadenciosamente posible y moviendo mi trastero, que según mi marido, lucía espectacular con esas bragas que se escondían entre mis glúteos. No me desnudaba si no hasta ya estar dentro de la regadera, que como ya lo dije antes, era un cubículo en el centro de la habitación de un cristal transparente pero de visibilidad opaca, distorsionada, y que podía verse perfectamente desde la casa de enfrente. No me desnudaba ante él por qué quería que deseara mi cuerpo más y más cada vez. Que imaginara día y noche cada parte de mi y que construyera con su mente cada rincón de mi cuerpo que él no había alcanzado a ver aún.

Mi cuerpo a través del cristal dibujaba solamente mi silueta, e imaginaba mientras me bañaba que su sexo adolescente iba poniéndose más y más duro mientras me contemplaba. Casi podía verlo gotear por mí, y antes de reprocharme esos pensamientos tan absurdos, de un chico al que le llevaba más de 10 años de edad y que además no era para nada guapo; ya estaba con un par de dedos rozándome abajo y con la otra mano acariciando mis senos mientras el agua ardiendo, acaso no tanto como toda yo por dentro, se deslizaba por mi espalda y entre mis nalgas.

Al terminar, el vapor terminaba por dejar sin visibilidad a través del cristal. Cogía una toalla y me secaba dentro de la regadera, después la enredaba en mi cuerpo y salía de nuevo. La toalla cubría solo lo esencial; mis pechos apenas se contenían, desbordándose en cada paso que daba. Y debajo, la Tela apenas cubría la naciente marca de mis nalgas que ahora se veía y después se ocultaba ante el vaivén de mis pasos y el viento que se colaba debajo.

El jardín:

No sé absolutamente nada de jardinería. Pero después de una semana y de pensar que era muy aburrido esperar dentro de la casa sin poder mostrarme a mi admirador sin parecer muy obvia, pensé que debía de encontrar una excusa para salir donde pudiera verme sin parecer que ya había descubierto que me espiaba y que además me gustaba. Y después de darle vueltas al asunto, tuve la idea de salir al patio a simular que trabajaba en el jardín. Mi admirador tenía poco viviendo alado y supuse que no sabía aún que jamás en mi vida me había ocupado de esos asuntos y que de hecho, contábamos con un jardinero que venía cada cierto tiempo a ocuparse de esa tarea. Así que no me fue difícil arreglar la cuestión. Tome el teléfono y marque a nuestro jardinero, un hombre mexicano ya rondando los 60 años y que siempre se había portado muy decente conmigo, más allá de las miraditas discretas cuando me volteaba y él creía seguro deleitarse con mi cuerpo sin que yo me enterará. Pero las miradas pesan, y más cuando están cargadas de deseo, y eso lo he aprendido muy bien en los últimos meses. En fin, aún así sus miradas siempre las sentí con deseo, si, pero siempre con un toque inocente por su edad y nunca me llegaron a molestar.

-Felipe, habla Nancy mcallister de Chester hill.

– Ooh, hola señorita, ¿cómo ha estado?- me dijo con gusto en la voz

– Muy bien, gracias por preguntar Felipe-

– No es nada señorita. Pero, creo que no me toca ir a su casa hasta el próximo miércoles. ¿Pasó algo con el jardín? A ya se, son los rosales ¿verdad? El perro de los Ramírez se metió de nuevo al jardín ¿no es así?

– No Felipe, no son los rosales. Es solo que quería pedirte un favor- le dije con un tono coqueto, ese tono que según mi marido volvía loco a cualquier hombre

– Por supuesto que sí señorita, usted sabe que estoy a sus ordenes- dijo con sincero entusiasmo

– Sucede que he estado viendo algunos manuales de jardinería y me ha entrado una curiosidad repentina por esta. Solo quería pedirle que si podía ausentarse las próximas semanas. No se preocupe por su salario, se le pagara exactamente igual como si estuviera aquí-

– Pero señorita…-

– Señora, Felipe, señora-

– Si, si, lo siento, es que es usted tan joven y tan bonita que lo olvido y…-

– … No te preocupes Felipe-

– Claro. Pero señora ¿cómo podría hacer eso? no dudo que usted pueda tener un gran talento con esto, inclusive ser mejor que yo, con esas manos tan dulces que tiene señorit… Señora, pero, si su marido se entera que estoy cobrando sin trabajar temo que me regañe incluso me despida.- dijo con tono asustado

– No Felipe, si se llegara a enterar yo te protegeré tenlo por seguro. Pero eso no va a pasar, por qué de hecho, el no se enterará. El está muy ocupado estas semanas y solo viene un par de días entre semana y solo a dormir. Y no se enterará porque él piensa que todas esas ideas que se me ocurren repentinamente son solo caprichitos míos, así que se lo ocultaré esta vez ¿me entiendes? Así que no te preocupes que él no se enterara. Y tomate el descanso sin preocupaciones que jamás seré buena en esto como tú y cuando este caprichito como dice mi marido y que seguramente tiene razón, se me pase, volverás a trabajar aquí igual que siempre-

– Está bien señorita, cualquier cosa o duda no dude en llamarme. Qué tenga buen día-

Colgué y pensé que lo que me estaba pasando estaba llegando cada vez más lejos. Ahora está afectando a terceras personas por este demencial juego de miradas y deseo que no sabía cómo se estaba volviendo cada vez tan grande como divertido.

Salir al jardín era de hecho el momento donde podía lucir mi guardarropa. Obvio no saldría al patio vestida como una puta, pues sabía que en gran medida el deseo que él sentía por mi estaba basado, además de mi cuerpo claro está, en lo tan inalcanzable que le resultaba al chico. Sabía que el ser una mujer casada con un hombre guapo y exitoso además de rico, ser una mujer que lo tenía todo, elegante y con una pinta de rica, hacían que le fuera más deseable todavía. Por lo tanto, mientras más elegante, decente y con clase me vistiera, más volvería loco los instintos de ese mocoso. Claro, el vestir elegante no quiere decir que no fuera sexy, de hecho estaba dispuesta en convertirme en la mujer con clase más provocativa que hubiera conocido en su mocosa vida.

Para el segundo encuentro pasaron dos semanas con la misma rutina. Las mañanas en lencería, el baño de la mañana, las tardes en que salía a tomar aire fresco, el baño de las tardes y finalmente desnudarme frente la ventana de mi cuarto para ponerme ropa de dormir con las luces encendidas y dibujando mi silueta en las cortinas blancas cerradas de la ventana del balcón. Además claro está de los martes y viernes de arreglar el Jardín.

Era esta última la actividad que me estaba fastidiando más. Porque aquí yo no estaba segura de si él me estaba espiando o no. Al principio no tenía duda de que si lo hacía, el tenia tanto empeño que seguramente lo hacía.  Pero conforme fueron pasando los días llegue a dudar que fuera así. ¿Y si él no me miraba ahí? ¿Si él no tenía cómo verme de una manera cómoda? ¿Y si todas las veces en que vestía con unos shorts de mezclilla cortísimos adheridos a mi respingón trasero que terminaban en la naciente de mis glúteos, y con una camisa a cuadros de botones que parecían reventar ante la presión de mis redondos pechos, y me ponía a gatas a trabajar en los Rosales, él no estuviera tras las sombras para deleitarse? Era un pensamiento cansado, pero estaba decidía a no rendirme.

Un viernes dio resultado. Estaba vestida tan sexy como ya he dicho y estaba de pie descansando un poco bajo un árbol cuando él mocoso se atrevió a volver a mostrarse ante mí. Llevaba unos shorts deportivo holgado, y un jersey blanco. Lucía algo nervioso pero parecía tratar de actuar de lo más normal. Salió botando un balón de Soccer y cuando se puso a mi altura en su lado del patio, miró hacia mí.

-Cielos, que hermosa tarde- dijo sonriéndome y enarcando una ceja.

Yo me limité a fruncir el ceño y a poner cara de molesta. No dije nada y me dirigí de nuevo hacia dónde había estado trabajando en los rosales. Al llegar ahí me puse de rodillas y pude sentir como mi shorts se escondía entre mis nalgas. Pude imaginarme su reacción así que sonreí donde no pudiera verme hacerlo.

Volví a oír botar el balón. Yo me puse a gatas y empecé escarbar en la tierra con una pequeña pala de mano. Sabía que había desabrochado los primeros 3 botones de mi camisa, por lo que mis pechos salieron de la camisa y rejuntados por un liso sostén color blanco, se bamboleaban cada vez que escarbaba con la pala. Como ya he dicho, llevo el cabello corto a medio cuello y lacio, pero lo tengo algo abundante así que las puntas de mi rubio cabello se metían en mi boca o me cubrían la vista por lo que tenía que levantar el dorso y acomodarlo tras mis orejas de vez en cuando.

Estaba pensando en que quien me tenia inmersa en esta locura estaba viéndome en ese instante sin ocultarse de mí. Había salido de entre las sombras quien me tenía pensando tanto en el deseo la última semana. No era mi marido irónicamente, era mi vecino, un mocoso de escasos 16 años que además de ser algo feo, era la segunda vez que lo veía tan claramente desde que llegó a la casa de al lado.

Pero las cosas eran como eran. Y no podía evitar excitarme tanto. Estando pensando en esto no me percaté de que el balón había dejado de escucharse, así que voltee para ver qué ocurría y entonces vi una imagen que aún tengo grabada en mi mente. Ahí estaba el chico con su celular en la mano, aparentemente grabándome o tomándome fotos, con los ojos perdidos, casi en blanco, y con la otra mano tocándose la entrepierna donde ya se marcaba un considerable bulto. En ese momento no sé cómo pasó, pero olvidé por completo el juego, me pare tan rápido como pude y avancé hacia él con cara de enfadada. No era actuación, lo juro, el chico en mi juego, el que me tenía vuelta loca de deseo, el que lograba hacer que me tocara ardiendo por dentro no era ese que estaba observándome. El que me tenía obsesionada era invisible. Era solo un par de ojos en las sombras, tras unos binoculares, era una imagen difusa, solo era un cúmulo de deseo hacia mí.

Lo que estaba en el patio de alado, era un pervertido mocoso de 16 años que era flaco, feo, y encima grosero y estaba violando mi privacidad sacando fotos de mi culo y mis tetas.

-Hey! Tú! ¿Qué crees que haces escuincle grosero? Dije mientras me acercaba a el que estaba como en shock y con la cara roja, había dejado tocarse.

– ¿Crees que puedes sacarme fotos empinada y tocarte como un enfermo mientras me ves a plena luz del día? Le dije mientras me pare frente al él. Yo no soy muy alta, pero el solo me llegaba hasta quizá la boca o nariz.

Seguía con la mirada perdida, aunque ahora miraba mis ojos fijamente, y el celular descansaba en su mano. Volteo a mirar su celular por unos segundos, y después lo puso en su bolsillo.

-¿Pero qué crees que haces? Dame ese celular ahora mismo mocoso, vas a borrar todas esas fotos y…-

-pe,pe,pe perdón- Se veía tan frágil, no podía creer que él, que ese niño aún, me tuviera tan, pero tan caliente las últimas semanas.

-¿Perdón? Estarás de broma, acabas de acosarme jovencito, y esto lo van a saber tus padres ¿Perdón? Y tienes suerte de que no se lo diré a mi marido, por qué no quiero hacer las cosas más grandes, pero él seguro que no se conformaría con un “perdón”. ¿Crees que lo que hiciste, estar sacando fotos del culo de tu vecina se arregla con un perdón?

-n, n, n, no, no,- Decía tartamudeando mientras bajaba su vista por mis senos que estaban en su sostén blanco con los botones de mi camisa dejándolos libres, y se seguía por el resto de mi cuerpo.

-Claro que no, ¿y cómo te atreves a seguir mirándome así? Eres un grosero.

-No, no le pido, le pido perdón por, por, por eso.-

-¿Ah no? ¿Entonces por qué?, ¿por existir? Le dije realmente molesta, atrás quedaban los días de deseo, ese mocoso no era mi admirador.

-le, le, pido, pi, le pido, perdón por, perdón por esto.- Puse cara de confundida y la verdad, de verdad que no lo vi venir, dio un par de pasos y acabó con la distancia entre nosotros, después muy rápido me abrazo y me besó como un loco apuntó de explotar en deseo. Bajo una de sus manos y la deslizó hasta mi trasero, tomó uno de mis glúteos y lo apretó con tanta fuerza que me hizo daño y me dejo una marca por días que me costó ocultársela a mi marido. Después mientras seguía besándome, puso su otra mano en mi seno izquierdo y con su mano sobre mi sostén, apretó mi pecho como si fuera cualquier cosa menos una parte sensible de una mujer. El dolor era fuerte pero me sentía tan apresada que no sé por qué en un segundo, en tan solo un segundo, mientras me tenía apretada por atrás y por delante, abrí más mis labios y roce un par de veces su lengua joven con la mía, pude sentir como nuestras salivas que estaban a punto de hervir, se mezclaban y se deslizaban en partes iguales dentro de nuestras gargantas.

Después abrí mis ojos como platos, cerré mi boca y gruñí como un animal mientras me retorcía para zafarme de sus brazos. Era más pequeño que yo pero la fuerza de su deseo lo hacía muy difícil de quitar. Al fin pude zafarme de sus brazos y lo golpeé con una cachetada que soñó casi en toda la calle, le dije que estaba loco y que se arrepentiría de eso. El se alejó de mí lentamente, y recobrando la mirada inocente y de niño que tenía antes de que lo poseyera la excitación, se alejó corriendo con cara de asustado y una gigantesca erección bajo el shorts donde ya se dibujaba una mancha húmeda.

Quedé en shock y me llevé la mano al seno y a la nalga que me había lastimado segundos atrás y me sobé por el dolor que empezaba a sentir. Tendré que hablar con sus padres de esto, pensé.

Deje las herramientas donde estaban y entre a la casa convencida de que esto se tenía que terminar. Ese escuincle se estaba saliendo de control, más adelante quién sabe de qué sería capaz. Estaba totalmente obsesionado y loco por mí. Si, definitivamente esto tenía que terminar. 

Entre a la casa con la firme intención de hablar a los vecinos y acabar con esto de una vez. Pero cuando estaba sentada ante el teléfono, ya no estaba tan Segura de querer que esto terminara. De hecho, estaba empezándome a tocar entre las piernas con el teléfono, y es que la forma en la que me había apresado me parecía ahora tan caliente que en pocos segundos termine por tener un orgasmo. ¿Qué fue lo que sucedió después? Se los contaré un poco más adelante, pero créanme, sucedieron muchas cosas, y cosas que jamás pensé que sucederían.

Si te perdiste la primera parte, puedes encontrarla aquí: http://sexoescrito.com/mi-voyeur-particular/

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En el coche

Quité el contacto del coche y se apagaron las luces. La única iluminación que teníamos era la de la luna, que aunque sin estar llena, hacía que la visibilidad en el interior del coche fuera más de la deseada.
Lo habíamos hablado varias veces y nunca nos habíamos decidido a hacerlo, ni en la época de nuestros inicios, cuando no teníamos lugar para bajar la calentura que nos entraba cuando quedábamos para vernos. Nunca, quizás una vez, habíamos utilizado el coche para disfrutar el uno del otro y tras varios años juntos y después de una cena bañada por un par de botellas de vino, nos decidimos medio en broma medio en serio a coger el coche y plantarnos en el campo, entre los árboles, en un lugar en el que las parejas, más jóvenes que nosotros, solían frecuentar para desfogar sus tensiones y deseos.

Bajamos del coche y tras echar hacia adelante los asientos delanteros pasamos a la parte de atrás. Tan pronto nos acomodamos en la parte trasera nos miramos y nos comenzamos a besar juntando nuestras lenguas como queriendo comernos mutuamente. Empecé a bajar mis manos por tu espalda recorriendo la tela de ese vestido de pequeños lunares que te pusiste aquel día en Granada, aquel día que te quitaste el tanga poniéndome cachondo perdido.

Empecé a besarte el cuello de manera apasionada para continuar mordiéndotelo, dándote pequeños bocados que te hacía soltar algún que otro gemido. Aquello te estaba gustando. Tú mientras tanto pasabas una de tus manos sobre mi polla, por encima del pantalón, y notabas como ya habías provocado una erección que justificaba lo mucho que me estaba gustando aquello que me estabas haciendo y que realizabas de manera inmejorable.

La temperatura estaba empezando a subir muy rápido. Yo seguía entretenido mordiendo tu cuello y mis manos ya acariciaban tu fantástico culo; ya sabes que me vuelve loco. Tú seguías tocándome la polla por encima del pantalón y apretando de vez en cuando mis huevos. La calentura estaba en su máximo nivel, cada vez soltabas más de esos pequeños gemidos a cada mordisco que recibías en el cuello y a cada acaricia que sentías en tu culo, el cual se encontraba ardiendo debido a la excitación y a la temperatura que a cada segundo que pasaba se hacía más insoportable en el interior del coche. Poco a poco fui dejando tu cuello para ir besándote en dirección a tus tetas. Esos pezones, a pesar del calor, debían de estar a punto de caramelo, duros y listos para ser chupados y mordidos con mis labios. Allí me dirigía cuando de repente paré.

– Mmmmm, ¿qué haces? No pares ahora – me dijiste sin saber el motivo por el cual dejé de besarte.
– ¡¡Joder!! Hay alguien ahí, mirando.

Justo a unos diez metros del lateral del coche donde te encontrabas sentada, tras un pequeño arbusto, se podía distinguir la figura de un hombre observando el interior del vehículo desde la distancia, gracias a la iluminación que esa noche se encargaba de suministrar esa luna medio llena que también era testigo de aquella situación. El hombre no hizo gesto ninguno en el momento de ser “cazado” por nuestras miradas, le daba exactamente igual de que nos hubiésemos percatado de su presencia y seguía inmóvil observando a la espera de que continuáramos con lo nuestro.

– ¡¡Pero tendrá cara!! – Exclamé contrariado –Ni se inmuta el muy cabrón.

Ahí seguía, expectante, sin ningún tipo de apuro por la situación. Me comencé a sentir incómodo y contrariado. Aquel mirón nos acababa de joder el momento tan increíble y excitante que estábamos disfrutando.

– Nos vamos, no estoy tranquilo con ese tío ahí, otra vez será –te decía mientras hacía ademán de abrir la puerta para salir e ir a la parte delantera del coche para marcharnos.

De repente sentí en mi hombro izquierdo una de tus manos que me empujaba hacia abajo como queriendo impedir que abriera la puerta del coche.

– Pero…. – fue lo único que me dio tiempo a decir.

Tan pronto volví la cara para preguntarte el motivo por el que me impedías salir, me soltaste un beso introduciendo tu lengua en lo más profundo de mi boca que me dejó sin habla. En un movimiento rápido, separaste tus labios de los míos, te recostaste en el asiento del coche, te remangaste hasta tus caderas el vestido, levantaste un poco el culo y te quitaste el tanga que llevabas. Ese movimiento me cogió por sorpresa y me dejó totalmente descolocado, sin capacidad de reacción, sin saber qué hacer y sorprendido como pocas veces me había sentido. No me dejaste tiempo para reprocharte nada ni para asimilar la situación, sin apenas darme cuenta estaba recostado sobre la puerta derecha del coche con los pantalones bajados por las rodillas y mi polla, totalmente erecta, delante de tu cara.

No hablabas, solo me mirabas fijamente y te mordías el labio. Sin pensártelo te abalanzaste sobre mi polla y te la tragaste en un rápido movimiento. Así la mantuviste unos segundos dentro de tu boca, tan adentro que tus labios rozaban mi pubis. Eso me hizo soltar un gemido. La sensación de sentir toda mi polla dentro de tu boca y permanecer así unos segundos me hizo volar de placer, un placer y una sensación que solo tú sabes llevar al límite, y en ese preciso instante lo habías hecho.

Tras unos segundo con mi polla dentro, subiste tu cabeza hacia arriba liberándome de tu boca y dejando un hilo de saliva que mojaba desde la punta hasta la base toda mi erección. Me miraste fijamente con esa cara de viciosa que se te pone cuando estás cachonda perdida y sacando tu lengua, comenzaste a lamerme el frenillo y a comenzar muy lenta y magistralmente una serie de movimientos con tu lengua y labios, saboreando y sin dejar ninguna parte de mi polla sin lamer, que en esos instantes ya se encontraba totalmente empapada a causa de tu saliva y de líquido preseminal que comenzaba a asomar.

Subías y bajabas, usabas tus labios y tu lengua. Tus movimientos cada vez eran más rápidos y profundos, apareciendo y desapareciendo mi miembro en tu boca, tu caliente y húmeda boca. Cuando te pareció bien, decidiste que ya era suficiente el tiempo dedicado a mi polla, por lo que la agarraste con una de tus manos y comenzaste a bajar en dirección a mis huevos. Empezaste a besarlos poco a poco, con delicadeza, para seguidamente introducirte uno de ellos en tu boca y volver a llevarme al éxtasis. Te tomaste tu tiempo saboreando, lamiendo y jugando con mis huevos dentro de tu boca. En un momento dado decidiste cambiar de postura, apoyando tus rodillas sobre el asiento trasero, subiendo tus caderas y hundiendo tu cara entre mis piernas para lamer la parte más baja de mis huevos y comenzar a estimularme con la punta de tu lengua el perineo. Eso me hizo soltar un suspiro a la vez que cerraba los ojos y me dejaba llevar. Tuve la sensación de que se paraba el tiempo, no quería que aquello se acabara, pero comenzaba a sentir la necesidad de hacerte saber que debías bajar el ritmo pues si seguías así no iba a tardar mucho en correrme.

Abrí los ojos y lo que encontré delante fue algo que hizo que mi excitación creciera y el morbo de disparara. Lo que pude ver fue lo que se reflejaba en la ventanilla del coche, tú a cuatro patas con el vestido remangado hasta la cintura, con tu culo y tu coño en primer plano, tu coño brillante – debías de estar empapada – y tus piernas algo separadas como queriendo mostrar tus encantos. En un segundo plano y fuera del coche aparecía el mirón – que por un momento y gracias a tus habilidades me habías hecho olvidar su presencia – el cual había abandonado el arbusto donde se ocultaba y se encontraba a poco más de un metro de la ventanilla del coche donde veía justo delante de sus narices todo lo que le estabas mostrando mientras se acariciaba el voluminoso bulto que se intuía bajo el pantalón.

El mirón era un hombre de unos 45 años, alto de complexión fuerte y bien vestido. Se encontraba inmóvil justo delante de la puerta a la cual dabas la espalda. Tú seguías a lo tuyo, recreándote en mis huevos y masturbándome a la vez con una de tus manos. Yo en cambio, comencé a sentirme extraño e incómodo de nuevo, aunque el verte tan activa y viendo la brillantez de tu coño reflejado en la ventanilla de la puerta del coche, me hacía estar algo más tranquilo al observar que estabas disfrutando del momento.

Decidiste que ya me lo habías hecho pasar bastante bien por lo que te incorporaste y te sentaste. Giraste la cabeza a tu izquierda y te encontraste de bruces con nuestro inesperado “vecino”. Al ver que girabas la mirada hacia el extraño pensé que sería hora de irnos, pero mantuviste la mirada durante unos segundos para seguidamente volverte hacia mí y decirme:

– ¿Estarás contento, no?
– ¿Qué quieres decir? – Respondí algo confuso
– El de ahí afuera me acaba de ver todo el coño. Es lo que siempre has fantaseado, ¿verdad?

Tenías razón, siempre te había comentado que me ponía mucho imaginar que te veían desnuda, pero era solo eso, imaginar. Para ser sincero no me encontraba muy a gusto con el momento que estábamos viviendo en esos instantes en el coche, en medio del campo y con un extraño a unos metros de distancia. Iba a decirte como me sentía cuando volviste a tomar las riendas.

– Apóyate ahí.

Me inclinaste hacia atrás haciéndome apoyar mi espalda contra la puerta derecha del vehículo. A la vez tú también giraste hacia tu izquierda dejando caer tu espalda sobre mi pecho y quedando ambos de frente al mirón. Volvías a dejarme desconcertado nuevamente. Remangaste de nuevo tu vestido, pero esta vez lo que hiciste fue sacarlo por tu cabeza quedando solamente vestida con el sujetador y los zapatos.

– Desabróchamelo – dijiste con voz segura.

Yo estaba fuera de mí, no entendía nada y sin saber el por qué te desabroche el sujetador tal como me habías indicado. Lo dejaste caer por tus brazos y asomaron tus tetas con unos pezones que mostraban una dureza y una rigidez nunca antes vista. Cogiste mi mano derecha y la llevaste hasta tu coño. Estabas chorreando. Dejé reposar la mano donde querías y comencé a realizar rápidos movimientos circulares a la vez que ejercía cierta presión. Te comenzaste a estremecer y a mover tus caderas pidiendo más acción. Tu coño era un reguero de flujos y mi mano resbalaba sobre él al son de los movimientos cada vez más rápidos y certeros que iba realizando. Liberé mi mano izquierda que se encontraba aprisionada entre tu espalda y mi pecho, y la llevé hacia tus tetas. Comencé a acariciarlas a la vez que te daba pequeños pellizcos en los pezones. Empezaste a gemir. Empezabas a sudar. Empezábamos a perder la cabeza. A la vez que te iba masturbando y acariciándote las tetas, volví a centrare en tu cuello, besándolo y volviéndolo a morder, acción que provocó en ti un pequeño grito de placer, un espasmo y la primera corrida de la noche.

El mirón seguía ahí, a un metro del coche, inmóvil y con los ojos bien abierto. Seguía tocándose por encima del pantalón. Tú te habías dejado caer sobre mi pecho después de tu merecida corrida. Aparté mis dedos de tu ardiente coño y llevé uno de ellos hacia tus labios. Con la punta de tu lengua lamiste uno de ellos para seguidamente abrir tu boca y saborear tu excitación. Eso empezó a ponerme a mil.

– ¿Estás bien? – Te pregunté al ver que mirabas fijamente al exterior del coche
– Uffff, más que bien
– ¿Cómo puedes estar tan tranquila con ese justo ahí? – Te dije a la vez que señalaba en dirección al mirón
– Está deseando follarme, se le ve en la mirada – me dijiste sin contestar a mi pregunta – Quiero que me folles y que lo vea, que sepa que solo tú me follas, que soy tuya nada más – añadiste.

Tus palabras provocaron una reacción en mí que notaste al instante, ya que mi polla estaba aprisionada contra tu culo. Sabías lo malo que me ponían esas palabras y las pronunciaste en el momento oportuno. Te inclinaste un poco hacia adelante, hacia la ventanilla donde se encontraba el afortunado espectador, manteniendo el equilibrio entre el asiento y el suelo del coche. Echaste hacia atrás tu mano derecha agarrando mi polla con firmeza y dirigiéndola a la entrada de tu coño para una vez ahí dejarte caer sobre ella y quedar sentada de espaldas a mí y de cara al exterior de coche.

– Ahhhh!!!! – exclamaste mientras mi polla resbalaba entre tus flujos buscando lo más profundo de ti

Empezaste a moverte hacia adelante y hacia atrás, con toda mi erección en tu interior. Estabas chorreando, eras una cascada de flujos, estabas muy pero que muy cachonda.

– Fóllame bien fuerte. Que vea como me follas y como me gusta tener tu polla dentro de mí – exclamaste.

Empecé a moverme dentro de ti con movimientos fuertes y rápidos. Estaba embrutecido, habías sabido llevarme a un punto de excitación similar al que tenías, consiguiendo que me diese igual que tuviéramos un extraño a un metro de distancia viéndote desnuda y follando, como si se te fuera la vida en ello. Los movimientos eran cada vez más rápidos y tú empezaste a moverte de arriba abajo, empezando a botar sobre mi polla a la vez que te acariciabas con una mano el clítoris y te pellizcabas uno de tus pezones con la otra.

La temperatura debía haber subido varios grados en el interior del coche. Tu espalda estaba mojada debido al sudor al igual que tu canalillo. Seguías botando sobre mí a la vez que yo me movía también de arriba abajo haciendo que la penetración fuera lo más profunda posible. En uno de los movimientos hacia ti, giré la cabeza y miré hacia el exterior. El mirón seguía allí, pero ya había bajado la cremallera de su pantalón y agitaba su polla con su mano derecha. Sus movimientos eran rápidos y su expresión, seria hasta ese instante, había cambiado. Se podía notar cierto placer en su rostro, estaba disfrutando con lo que veía.

Al percatare de la polla del mirón, empezaste a moverte cada vez más rápido y a follar de forma más salvaje. Yo seguía también moviéndome rápido y metiéndote lo más adentro posible mi ya empapada polla. Bajé una de mis manos hacia tu coño y pude notar como estaba todo cubierto por tus flujos. Pasé mi mano por tu culo y con el dedo pulgar de mi mano derecha empecé a jugar con la entrada de tu culo haciendo círculos alrededor del mismo. Al sentir como jugaba con tu agujero, te inclinaste un poco más hacia delante para que mi dedo pudiera acceder con más facilidad a su objetivo. Ese movimiento hizo que tu cara quedara a escasos centímetros de la ventanilla del coche, cuyo cristal era la única barrera que había con la polla del mirón.

Desde atrás yo observaba, podía ver reflejada tu cara y al otro lado del cristal la polla del extraño que ya brillaba en su punta debido a la excitación acumulada. Abriste los ojos y miraste a los ojos del mirón para seguidamente abrir tu boca, sacar la lengua y relamerte como invitándole a hacerle una mamada. Eso ya fue demasiado para él, que de repente empezó a sacudir con más fuerza su polla hasta que ésta empezó a soltar, primero uno y seguidamente tres más, chorros de semen en dirección a tu cara y que acabaron en esa barrera que era el cristal de la ventanilla del coche.

– ¡¡¡¡¡Jodeeeeerrrr!!!!!! ¡¡¡¡Ahhhhh!!!! – Gritaste.

Al ver como el mirón se corría delante de tu cara, empezaste a convulsionarte y tu coño comenzó a soltar un reguero de flujos que empezaron recorrer mi polla desde la punta hasta perderse entre mis huevos. Durante varios segundos continuaste con los espasmos y soltando ese líquido caliente que ya mojaba parte de mis piernas y parte del asiento trasero del coche. Tu corrida estaba siendo brutal y yo ya no podía más y estaba dispuesto a descargar toda mi leche acumulada.

– Voy a correrme
– Córrete encima de mí, dame toda tu leche – me decías mientras te girabas hacia mí y te ponías en posición para recibir mi corrida.

Saqué mi polla de tu húmedo y caliente coño y sin apenas tiempo de agitarla un par de veces, comencé a soltar todo mi semen sobre tus tetas y parte de tu barbilla. La corrida fue brutal, no paraban de salir chorros de semen en tu dirección. Cuando terminé de correrme, cogiste mi polla y te la llevaste a la boca para chuparla suavemente y dejarla limpia de cualquier rastro de leche.

– Ufffff, joder – fue lo único que logré decir
– ¿Te ha gustado? – Preguntaste
– Mucho. ¿Y tú qué tal?
– Nunca me había corrido así. Ha sido increíble. Deberíamos haber follado más en el coche – contestaste a la vez que soltabas una carcajada.

Comenzamos a reírnos, te recostaste sobre mi pecho y ambos miramos al exterior del coche, viendo cómo nuestro “amigo” se marchaba tranquilamente por el mismo lugar por donde había venido.

 

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El hijo del vecino: mi voyeur particular

La princesa y la señora de sesenta y tantos años

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Sin duda alguna me arrepiento de lo sucedido. A consecuencia de ello he sufrido castigos tanto físicos como morales. Pero cuando recuerdo con detalle ese momento, no puedo evitar tocarme.

Mi nombre es Nancy McAllister. Tengo 28 años y vivo en Denver. Hace mas de cuatro años que estoy casada con un exitoso abogado. En los últimos años nuestra economía se ha visto bastante bien remunerada, y es por ello que hace poco más de dos años nos mudamos a un hermoso barrio privado a las orillas de la ciudad. El lugar se llama chester hill. Y es un lujoso conjunto de casas de estilos extravagantes. Aquí me he sentido como una Reyna. La casa cuenta con dos pisos de techo alto. Varias recamaras y baños lujosos. El patio trasero es muy bello y cuenta con una espaciosa piscina. Por todo esto, no cabe duda que de la vida que me da mi marido no me puedo quejar, y para redondear el asunto, de él tampoco. Él es un tipo bastante bueno. Es guapo a su manera. Formal, alegre, educado y me parece que no tengo dudas que también me es fiel. Me trata como a una princesa, me compra todo lo que le pido y no puedo evitar sentirme súper chiflada. Por todo esto, es que no puedo si no mas que reprocharme el porque me comporté así, el porque le fallé así.

No suelo tener muchas amigas. Y en estos momentos donde me he sentido tan confundida me he dado cuenta de que quizá no tenga ninguna. La única que recuerdo en los últimos años, o al menos la más cercana a serlo, fue una señora de sesenta y tantos años que fue mi vecina hace unos meses. Era una señora algo solitaria (a excepción de sus diez gatos), senil y sorda. Pero a pesar de ello, ahora estoy convencida de que extraño su compañía. Desde el momento que me mudé aquí, me recibió con un enorme pastel de fresa para mí y mi marido. Y regularmente me visitaba para asegurarse de que todo estuviera bien. Decía que aunque esté fuera un barrio muy seguro, siempre existía la posibilidad de que una chica tan guapa y joven corriera peligro estando sola. Y es que aveces pasaba varias noches sola cuando mi marido salía de viaje. También he extrañado lasaña as de café. Con una rebanada de pastel (para variar) sentadas en la cocina platicando de todo un poco. Su compañía era la válvula de escape a mis cavilaciones, que ahora que estoy sola, muy a menudo me asaltan para tentar la razón. Y son estas las que echan a perder el trabajo que la virtud y la moral hacen en mi, hundiendo por las noches, lo que con tanto esfuerzo elevan estas en el día.
Tales pensamientos no son otros que los de poner en tela de juicio mi satisfacción marital. Si bien he dicho ya que mi marido es un hombre intachable en todos los sentidos, es en el aspecto sexual en el que el demonio siembra sus dudas.

De ninguna manera puede decirse que mi marido es malo en la cama. Él tiene todos los aspectos que pudiera otorgarse a un llamado buen amante; buen tamaño (que a mí sí que me importa), buena duración sin ser exagerada, delicadeza, condescendencia, en fin, es un caballero. Pero como todo caballero, hay ciertos tabúes que los dogmas morales que su familia implantó en el no lo dejan romper. Actos que ahora no se si afortunada o desgraciadamente pude conocer antes de casarme con algunos de los novios que tuve. A mi marido cosas como el sexo oral o el sexo anal no le gustan. Vamos, imagino que como todo hombre deben de gustarle, pero está resuelto a no faltarme el respeto de esa manera bajo ninguna circunstancia. El sexo oral le parece un acto sucio hacia mi boca, Jamás fui muy insistente en realizárselo, pero aunque se lo pedí alguna vez, se negaba y cambiaba de tema. Ahora me doy cuenta que realmente es una necesidad en mi. Sentir la carne entre mi boca es una de las cosas que mas caliente puede ponerme. Con el sexo anal pasa igual. A él le parece una aberración. Dice que soy su esposa, no una cualquiera. Y en este caso, aunque en mi época de soltera llegué a disfrutarlo mucho con un novio, no fue algo que le pidiera tanto como el sexo oral, puesto que no lo sentía como una necesidad (ahora enteramente sí) y por eso la única vez que se lo mencioné y se negó rotundamente, no se volvió a tocar el tema.

Mi debacle como esposa comenzó hace tres meses. Mi vecina, la señora de sesenta y tantos tocó la puerta de mi casa. Abrí y la vi en el umbral como el día en que llegue a esta casa; con un pastel en las manos y 2 gatos rodeándole los pies. Minutos más tarde estaba contándome que se mudaba de la ciudad. Una casa tan grande para una señora de sesenta y tantos años era algo tanto deprimente como peligroso. Así que había llegado a la conclusión de mudarse con una sobrina. En ese momento no me sentí triste. Así que después de los protocolarios; que le vaya bien y los hipócritas; te voy a extrañar, la acompañé a la puerta y la despedí sacudiendo la mano mientras se alejaba cojeando por la banqueta.

La vecina terminó de mudarse en 3 días, eso fue un miércoles. Y la casa estuvo ocupada de nueva cuenta el domingo. Mis nuevos vecinos eran una típica familia americana. El jefe de la familia era un obeso hombre de negocios, con anteojos y severa calvicie a sus aparentes 50 años. Su mujer era una señora de unos 40 años, con una cara de culo, y unos modos de realeza que quedaban en el piso al ver el mal gusto que tenía en vestir. Al parecer eran una familia que hace no mucho tiempo que contaban con tantos recursos. El último integrante de la familia, si no contamos a un asqueroso y pulgoso perro (no me gustan los gatos, pero los prefiero a este animal), era un chico de 15 o quizá 16 años, aún no lo sé. Era esos críos que tenían toda la pinta de ser un ratón de biblioteca. Era al igual que el padre, alto. Tenía un peinado de lo más nerd, era muy delgado (contrario al papá), llevaba gafas, tenia el rostro lleno de espinillas y aunque no era un mounstro, no era muy guapo. A grandes rasgos ellos eran mis nuevos vecinos.

El mocoso voyeur

Al día siguiente, haciendo honor al recuerdo de la otrora mi vecina; la señora de sesenta y tantos. Me propuse cocinar un pastel para los nuevos vecinos como la mencionada anciana lo hubiera hecho. Como no estoy acostumbrada a cocinar, esta empresa me llevó más tiempo que a muchas personas, pero cerca de las once de la mañana, tenía en mi mesa un aceptable pastel de vainilla, que si sabía como se veía, mi ex vecina estaría orgullosa de mí. La verdad, aunque me gusta que los hombres me miren, no suelo salir a la calle con poca ropa. Pero como se trataba de la casa de al lado, y como mientras comenzaba a cocinar, cerca de las 9 de la mañana, había visto salir a el obeso vecino en su coche y aún no se veía en la terraza, decidí por pereza, ir como estaba vestida. Tenía una ropa bastante cómoda para poder relajarme mientras cocinaba. Tenía una blusa de tirantes apretada color blanca y no llevaba sostén, y unos shorts de tela color rosa bastante cortitos y que se me metían entre las nalgas apenas daba un par de pasos después de haberlo acomodado. Mi trasero no era ninguna enormidad, pero si era bastante generoso, respingón y redondeado. Mérito más por mi afición al ejercicio que a mis genes. También gracias al ejercicio, tenía unas piernas gruesas que lucían fantásticas con ese tipo de shorts. Eran de hecho los shorts que usaba para volver loco a mi marido cuando tenía ganas de sexo y quería provocarlo. No soy chaparra pero no mido mas de 1.70, y soy y he sido delgada desde niña. Esto hizo que en mi adolescencia cuando me empezaron a crecer los senos, resaltaran mucho más. Y esto, el tener unos pechos naturalmente considerables, es de las pocas cosas que no debo al ejercicio si no únicamente a el bendito A.D.N.

Me calcé unas sencillas sandalias y con pastel en mano salí al patio. Era una mañana fantástica y soleada. Era mediados de mayo pero la brisa estaba un poco fresca así que me reproche por salir tan destapada. No tengo cabello largo, mi cabello es rubio y lacio, y siempre lo he llevado corto hasta medio cuello. Aún así, el viento lo revolvía en mi rostro y por tener cargando con ambas manos el pastel, tenía que agachar el rostro para poder ver. Llegué frente a la casa de a lado que tantas veces había visitado ya antes. Me enfilé a la puerta y toqué el timbre. El sonido sonó dentro de la casa tres veces y 8 segundos después, escuché pasos rápidos bajando las escaleras. Esta mujer tiene condición la muy perra, pensé. Escuché correrse 3 cerrojos (ya había dicho antes que la antigua propietaria era muy temerosa), y se abrió la puerta frente a mí. Parado frente a mi estaba el miope y cacarizo hijo de los vecinos. Tras sus muy graduadas gafas pude ver sus ojos abrirse como platos de sorpresa y deslizó la mirada rápidamente a mis senos para volver a verme a la cara después. Me olvidé del estúpido mocoso, pensé.

– Buenos días, soy Nancy McAllister, su vecina.-

Le dije mientras maniobraba el pastel con una mano para con la otra tenderle la mano. Él me dio la mano y me saludó despacio al principio y después afanosamente de arriba abajo. Mire que volvía a verme los pechos y entonces me di cuenta. Tus senos están botando estúpida, por eso te sacude así. Así que le solté la mano y seguí hablando.

-¿se encuentra en casa tu mamá?

Le dije mientras en un acto de pudor intentaba con una mano subirme el escote, pero la gravedad y la falta de sostén hacían inútil el trabajo y volvía a bajarse quizá más que antes. Él me miraba alternando entre los ojos y los pechos y empezó a hablar entre balbuceos

-nnn, nnn, nnn-o, no se encuentra, Sa, sa, salió de compras.-

– oh! Lástima. les traje este pastel, es un regalo de parte mío y de mi marido para darles la bienvenida. Espero poder conocer a tu mamá en otra ocasión.-

-gra, gra, gracias.-
Soltó mientras miraba mis senos fijamente. Cuando notó de reojo que fruncí el ceño algo molesta, volvió a mirarme los ojos algo avergonzado y con la cara roja.

-¿y bien? ¿No vas a tomar el pastel?-

Le reclamé después de como 5 segundos donde solo estaba viéndome.

-si pe, pe, perdón. Gracias!-

Tomó el pastel y me sonrió

-de nada-

Le dije en tono molesta. Di la media vuelta y me fui sin más por el camino de entrada. Que mocoso tan desagradable me parecía aquel chico, de seguro jamás tendrá novia me dije. Seguí avanzando y al llegar a la acera voltee a la puerta y ahí estaba aún el chico ese. Estaba mirándome fijamente el trastero. Con una mano sostenía el pastel y con la otra, me pareció ver, antes de que el marco de la puerta me tapara la vista, que estaba frotándose entre las piernas donde en su pantalón, se empezaba a notar algo abultado. Ja, que chiquillo tan insolente me dije, y apreté el paso. Cuando cerré la puerta de mi casa tras de mí, pensaba que muy a pesar de quien fuera, el hecho mismo, en su más pura esencia, de ser deseada por otro, no era tan desagradable.

Quizá una de las coincidencias mas fatídicas en este caso, fuera la que representó que en este tiempo, mi marido tuvo más viajes de negocios que nunca. Y las pocas veces que estaba en casa, estaba cansado. Jamás y aun ahora lo pienso así, he llegado a pensar que me era infiel, pero lo cierto es que antes nunca dejaba pasar una oportunidad para hacerme el amor, y ahora o estaba cansado o simplemente no estaba.

No busco con esto poner una excusa, pero pasar tanto tiempo sola hacia necesario sentirme una mujer atractiva. Mi marido sabía que no tenía familia ni amigas, y que comida y todo lo que necesitaba era llevado a la casa por una asistente de él, por eso no podía salir casi nunca de la casa, porque aunque mi esposo no fuera un hombre celoso, sería sospechoso que su asistente que venia seguido sin avisar, le dijera que varias veces no me halló en casa. Además de que él podía rastrear mi teléfono celular y saber dónde me encontraba cuando él lo deseara. Por eso hice de mi único admirador a mi alcance, mi juego de distracción.

Debo reconocer que el mocoso era muy inteligente al igual que insistente. Un par de semanas después de su llegada, se atravesaron las vacaciones de verano, y él pudo dedicarse día, tarde y noche a la tarea de observarme. Para estas fechas él ya había realizado un registro exacto de todos mis horarios y rutinas, así como un mapa completo de donde poder realizar todos los contactos visuales posibles conmigo. El primero de ellos era la ventana de mi habitación. Ésta daba exactamente frente a la de su habitación (además con suerte el estúpido). Sabía muy bien que todas las mañanas entre las 8 y 8 y cuarto de hora, abría las cortinas de mi ventana. Salía tal cual me despertaba. Aveces con una bata muy escotada, o a veces solo con un diminuto sostén que se esforzaban en la titánica tarea de contener mis abundantes senos. Me asomaba en la ventana y dejaba que el viento me diera en el rostro. Tomaba aire fresco y disfrutaba la vista. Todo este ritual me llevaba cerca de 5 minutos, y estos eran para mi espía 300 segundos de oro molido. Tardé unos 4 días en darme cuenta, 4 días después de que salieran de vacaciones. Ese día me deslumbró un reflejo en el rostro. Traté de seguir el rastro del resplandor y lo encontré para mi poca sorpresa en la ventana de enfrente. Cuando sonreí en aquella dirección, las cortinas se movieron y cerraron más. Desde esa vez, no ha habido un solo día que el reflejo de sus gafas no me deslumbre el rostro por las mañanas.

Espionaje de un voyeur

No recuerdo el momento exacto en el que todo esto empezó a parecerme divertido. Solo se que cuando descubrí que también me miraba mientras estaba en el cuarto de baño, el asunto comenzó a parecerme gracioso. Sucedió dos días después dé percatarme que me espiaba en la ventana por las mañanas. Mi cuarto de baño es muy amplio y lujoso. Tiene mosaicos color beiges con vivos cafés. En una orilla tenemos un hermoso jacuzzi de mármol, en el otro extremo un w/c de el mismo material y en el centro de la habitación se sitúa nuestra regadera. Ésta está elevada por un escalón, y está cerrada por un cubículo de cristal semi transparente. Cristal del tipo de visibilidad borrosa, semejante a un espejo al empañarse. La habitación tiene un balcón de unos dos metros de ancho por medio metro de saliente. Y este balcón está detrás de una puerta corrediza horizontalmente también de cristal pero limpio y transparente. Obviamente esta puerta del balcón esta siempre cubierta por unas elegantes cortinas doradas. Pero esta obviedad estaba dejando de serlo tanto.

No solía salir al balcón mencionado, desde que dejé el vicio de fumar. Ahora solo salía muy pocas veces y ya vestida, para respirar un poco cuando el vapor me sofocaba. Ese día lo hice. Llevaba puesto un pantalla deportivo blanco y un top ajustado negro. Recién me había cambiado y salí descalza a respirar un poco. Mirando la casa que me quedaba de frente, que no era otra si no la de el insistente mocoso, pensaba en que era lo que a una mujer le parecía interesante de ser deseada. Una mujer necesita sentirse bonita es verdad, pero el ego en sí mismo seguía siendo tan misterioso en las psiques humanas para mi corta capacidad filosófica. Estando entregada a estas ideas, un rayo de luz cruzó fugaz mi memoria y abrí los ojos como globos. Recordé las mañanas de café con la señora de sesenta y tantos, en aquellos días que mi marido estaba en casa. Solía estar preocupada porque mi marido se levantara y no estuviera el desayuno listo, no es que fuera a enojarse, pero tenía tantas atenciones de su parte, que no podía bajo ninguna circunstancia fallarle yo en alguna. Después de varias veces que mi vecina me vio nerviosa, me pregunto por qué salía hacia mi casa repentinamente y regresaba tantas veces. Le expliqué el caso y el porqué no podía simplemente llamarlo por temor a despertarlo. Me preguntó cuál era su rutina y le comenté que después de despertar, tomaba una ducha y bajaba a desayunar. Perfecto, me dijo. Solo tienes que ir una vez, corre la cortina que da al balcón de tu baño, y regresa aquí. Quise replicar que eso en qué ayudaría, pero insistió en que lo hiciera y regresara. Después de hacerlo y de paso constatar que seguía dormido, regresé con la vecina y le pedí que me explicara el asunto. Ella se limitó a levantarse y a pedirme que la siguiera al piso de arriba. En la primera habitación a la derecha se encontraba el cuarto de lavado, entramos y nos dirigimos a una pequeña ventana, ella corrió la cortina y quedamos de frente al balcón y a la puerta que da al baño de mi casa. Ahí está, me dijo. Puedes ver que no hay nadie en la regadera ni en la habitación, así que solo tienes que ver por aquí de vez en cuando, y así evitas dar tantas vueltas que te harán quedar exhausta.

Cómo no se me había ocurrido antes. Volteé y entrecerré los ojos para enfocar bien. No tarde un segundo cuando pude distinguir un par de binoculares a un lado de la cortina. No quise asustarlo, así que desvíe la mirada rápido. Me parecía que ese mocoso estaba realmente enfocado en su trabajo de espionaje, así que pensé que no tenía nada de malo darle un pequeño premio por su empeño. Bajé la mirada hacia mis senos, y empecé a acomodarlos. Levanté mis dos manos y puse una en cada pecho levantándolos desde la parte de abajo. Después levante un pecho, luego lo baje y levante el otro, y repetí la operación cada vez más rápido. Sentía el peso y la carnosidad de mis pechos en mis manos. El escote de mi top era muy apretado así que no se bajaba de lugar así que me decidí a ayudar un poco. Bajé el escote con mi mano hasta que la sombra rosada de la aureola de mi pequeño pezón empezó a asomarse. Hasta ahí era suficiente. Quité las manos de mis pechos y me alisé el pantalón. Me di la vuelta y simulé que algo se me había caído, entonces muy lentamente, de la manera más excitante posible, fui doblándome hacia abajo dejando mi trasero en lo alto. Ya estando completamente empinada, balanceé de un lado a otro mis glúteos simulando ganas de hacer del baño. Después me recompuse muy despacio y desaparecí tras las cortinas.

Espero les guste. Para subir segunda parte.

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Mientras te follas a tu jefe

El plan era perfecto. Las obras en la oficina habían dado la excusa para colocar aquel pequeño escondite en la oficina de tu jefe. A la hora acordada, me cuelo en ese pequeño rincón y observo a través del espejo falso, listo para el espectáculo…

Tu jefe está sentado en su silla según entras. No puedo dejar de admirarte, andando sobre tus tacones, meneando ese culito perfecto dentro de tu falda negra de tubo, mientras tus tetas están solo retenidas por tu blusa blanca, ligeramente abierta, mostrando ese maravilloso escote. Dejas unos papeles sobre la mesa, echando tu culito hacia atrás, haciendo que tu jefe no pueda sino percatarse de su maravillosa forma. Te acercas un segundo al espejo, con la excusa de atusarte el pelo. Aunque no me veas, sabes que estoy al otro lado, observándote. Desde detrás del cristal de tus gafas de bibliotecaria me echas esa mirada de loba en celo que tanto sabes que me pone y relames tus labios. Comienza el juego.

Tu técnica es admirable. Con la excusa de que te enseñe cómo hacer un Excel, te acercas más a él. Sabes que te ha mirado anteriormente, que ha posado su mirada sobre tus curvas, intentando disimular, pero incapaz de que no se notara su excitación. Casi sin querer, un dedo te roza una teta, y tú sonríes descarada. Te desabrochas otro botón de la blusa, tus tetas amenazan con salirse de la misma. ¿Estará tu jefe tan excitado como yo ahora mismo? Acaricio el bulto que se forma en mi pantalón, y pienso en lo mucho que disfrutas con lo que se oculta debajo. Mi mente se escapa un instante a esas noches en un hotel escondido, en tus gritos de placer mientras te follaba en el balcón, a la vista de los vecinos, pidiéndome más…

Pero vuelvo al presente, al espectáculo que me ofreces ahora. Has pasado al siguiente nivel, y tu mano se posa repentinamente en el paquete de tu jefe. Durante todo este tiempo te ha creído una mosquita muerta. Es hora de que descubra a la gata viciosa que tan bien conozco. Su cara es un poema, no sabe qué esperar. Es casi incapaz de reaccionar cuando bajas su cremallera, y sacas su polla, bien erecta, de su pantalón. Casi sin articular palabra, la comienzas a lamer, lentamente, recorriendo el falo desde la pinta hasta la base, sin parar. Oigo tus suaves gemidos mientras lo haces. ¿Te excita el sabor de la polla de tu jefe? ¿O es tal vez el saber que te estoy mirando mientras te comes esa verga, a escasos metros, oculto, y poniéndome más y más cachondo? Casi respondiendo a mis preguntas, colocas tu culito cara a mí, y levantas tu falda. Tu tanga se hunde en tu sexo, empapado de tus jugos. Eres tan viciosa… Has estado pensando antes en esta situación, ¿verdad? Te has calentado tanto antes siquiera de empezar que has tenido que masturbarte usando tu propia ropa interior. Veo cómo te follas a tu jefe metiéndote su polla en la boca, poco a poco, desde la punta, y centímetro a centímetro dejar que se cuele entre tus labios. Acaricio mi verga, abriendo mi cremallera, mientras casi puedo notar la humedad de tu saliva, los movimientos de tu lengua sobre ella. Y entonces veo que apartas la tela sobre tu coño, mostrando que no solo has jugado con tu tanga en él, sino que además llevas metidas tus bolitas. Juegas con ellas, las empujas y mueves disimuladamente mientras tu jefe no deja de gemir mientras le haces la mamada de su vida. Las sacas, una a una, disimuladamente, mientras pegas un pequeño gritito de placer al salir cada una, y luego las ocultas en un rincón bajo la mesa, que no las vean.

Te das la vuelta, ofreciendo tu coñito a tu jefe, apoyándote sobre la mesa, tus tetas ya desnudas de cara a donde me encuentro. Te relames y me guiñas un ojo disimuladamente, mientras tu jefe se incorpora y empieza a meter su polla en tu coño, poco a poco, cada vez un poco más fuerte, un poco más rápido. Gimes, más fuerte, más y más y más, relamiéndote, disfrutando de todo aquello. Tu mirada se clava en la mía a través de ese falso cristal, con un mensaje claro: “Todo esto es para ti… esta excitación, este placer, son todo tuyos”. Mi pene está en mi mano, lo masturbo al ritmo de tu follada, incapaz de contenerme. Mueves tus caderas, clavándote la polla de tu efe aún más dentro, mientras él no deja de gemir cada vez más fuerte. Eres magnífica, capaz de darle a cualquier hombre un placer que nunca ha conocido.

Tu jefe se envalentona. La saca de tu coño y amaga meterla en tu culo. Pero tú le frenas. La sujetas con tu mano, la acaricias delicadamente y la vuelves a meter en tu almejita empapada. Sonrío ante esto y me recuerdo destrozando tu ano mientras gritas, mientras juras que ese agujerito es solo mío, que nadie más va a penetrártelo, a reventarlo, hasta hacerte chillar de placer y dolor. Nunca sabrá tu jefe de la estrechez del mismo, de cómo te da tanto placer y dolor que no puedes dejar de gritar…

Te levantas, y avanzas hacia el espejo tras el que me escondo, todavía con tus taconazos puestos, y te aprietas contra el mismo, tus tetas a centímetros de mí. Tu jefe acepta la invitación y te folla entrando por detrás en tu coño, mientras oigo tus gemidos casi a mi lado. Está a punto de reventar y se le nota en la cara. Tú también estás a punto, puedo notarlo, en tus gemidos, en tu respiración… Acelero mi masturbación, acompasándola a tu ritmo. Me acerco más al espejo. Clavo mi mirada en la tuya a través del cristal. Sé que me miras. Que me imaginas al otro lado masturbándome por ti. A punto de reventar. Susurro, casi deseando que me oigas “esto es para ti, mi gata… mi viciosa… mi zorra…” Tu boca abierta, gimiendo… tu lengua relamiendo tus labios… el sonido de tu excitación… No aguanto más, y mientras de tu garganta sale un grito de placer, de clímax, exploto en mi escondite, me vacío sobre el cristal que nos separa, llenándolo de mi semen, caliente y espeso, cubriéndolo entero. Tu jefe se aparta, también reventado por un orgasmo brutal. Se gira, y mientras no te mira, besas el espejo, lo lames y me sonríes de nuevo.

Una vez no hay nadie en el despacho, salgo y busco bajo la mesa de tu jefe. Encuentro tus bolitas. Las voy a guardar… pero antes las lamo, saboreando tu delicioso coño en ellas. Me retiro hacia la zona donde hemos quedado, pero antes de que llegue, recibo un mensaje. Es un video tuyo, dentro del escondite, frente al cristal, lamiendo cada gota del semen de mi corrida anterior, disfrutándolo. Nos vamos a ver en unos minutos y entonces podrás volver a probarlo, a llenarte de él …