Iniciando en el BDSM a Tania

Iniciando en el BDSM a mi nueva empleada del hogar fue como quise terminar el día nada más conocerla. Ciertamente, no terminé iniciando en el BDSM a Tania, que así es como se llama, ese mismo día, aunque no tardaría mucho en interesarse por tan inquietante mundo. En efecto, Tania era una joven de 18 años que llegó a laContinuar leyendo »

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Humillada por mi amo para educarme

Soy humillada por mi amo para educarme, sí. Según él la humillación me hace más humilde y me enseña cuál es mi naturaleza y mi lugar.Este es mi primer relato y lo escribo por orden de mi amo para que me sirva para entenderme mejor a mí misma. Por supuesto, es enteramente real y lo que vivo día a día desde que acepté ser su aprendiz de sumisa.En otro relato contaré cómo llegamos a este punto pero ahora solo hablaré de la humillación.

La primera forma de en la que fui humillada fue cuando tiró todas mis bragas, tangas y sujetadores. En casa debo estar siempre desnuda o, si vienen visitas con una batita de raso corta, como mucho. En la calle mi obligación es llevar faldas muy cortas, camisetas ajustadas y nada debajo por supuesto.

Solo el hecho de permanecer todo el día sin ropa interior me hace sentir completamente vulnerable y, sobre todo, en la calle me da vergüenza que la gente lo note. Yo sé que lo hacen porque en muchas ocasiones al agacharme en el supermercado o al subir escaleras mi culo queda totalmente expuesto. Pero lo importante es el sentimiento encontrado de vergüenza y excitación. Mi amo dice que me excita exigirle porque en el fondo siempre he sido muy puta y siempre he sido una sumisa reprimida a la que le encanta que su amo le ordene comportarse así.

Como he dicho antes en casa tengo que estar desnuda y desde hace unos días (llevamos una semana con mi educación) con un plug anal desde que me levanto hasta que el llega a casa. Esto es debido a que la penetración anal me dolía muchísimo y él tenía que pasarse un buen rato cada vez que le apetecía dilatándome el agujero para poder entrar. Como su idea no es hacerme daño físico, sino hacerme entender que soy suya por todos mis agujeros y que además me gusta serlo, decidió este método de dilatación. Así que ahora me levanto por la mañana, me ducho y aseo bien mi culo y después de poner lubricante en mi dedo lo introduzco para lubricar, después lubrico el plug y me lo inserto. Así me paso la mañana haciendo las tareas y sintiendo mi culo lleno a cada movimiento. Mmmmm, enseguida mi coño empieza a mojarse y tras un rato mis jugos empapan hasta mis muslos.

A la hora de comer siempre llega un mensaje a mi wasap:

“Acabo de aparcar. Ponte en posición que en cinco minutos estoy en casa”

Lo que toca entonces es esperarlo en el salón de pie, con las piernas abiertas y las manos agarrando los tobillos. Lo siguiente es la llave entrando en la cerradura y al momento oír: “ahora tocan tus azotes, que quiero ese culo rojo como un tomate”. Me azota las dos nalgas con la palma de la mano, no sé cuántas veces porque varía según el resultado de para cuando mi culo está bien rojo.

El primer día me explicó que no era un castigo y que no iba a doler en exceso, pero que mis nalgas después de ser azotadas lo volvían loco y por tanto yo debía soportarlo y me aseguró que acabaría por gustarme. Tenía razón. Sólo escuece un poco, pero me excita mucho que lo haga porque sé que eso le da placer y a mí me hace sentir más humilde. Soy suya, estoy a su lado para darle todo el placer que quiera, y es lo que intento día a día.

Después de eso me quita el plug, jugando con él. Una vez fuera me manda separar las nalgas con las manos para ver cómo está de abierto mi culo. Llegados a este punto me dice: “mi putita está cada día más abierta”, y si tiene ganas se saca la polla ya lista tras los azotes y me la mete en el culo sin más preparación. “Para eso estás preparándote toda la mañana guarra, para tratar mi polla entera sin quejidos, mira cómo estás de caliente, eres una perra en celo”, y cosas de ese tipo. Siempre me recalca que soy muy puta porque ser humillada me excita, y mi coño está permanentemente empapado y abierto.

Cuando no le apetece meterme la polla, me ordena que me quede en la postura, quietecita y con las nalgas abiertas, mientras él, sentado en el sofá, me observa o mira la tele durante un rato que a mí me parece un siglo.

Esto último me hace sentir muy humillada y a veces me cae alguna lágrima silenciosa mientras siento que hoy no he sido tan de su agrado como otros días. Aún así mi calentura crece más y más durante ese rato.

En otro relato os contaré cómo me exhibe y utiliza en público. Espero que te guste lo que he escrito, mi amo. Y que de paso también guste a los lectores de SexoEscrito.com.

Esposa sumisa.

 

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Sexo duro con voyeurs mirando

Es blanco pero tostado y de ojos verdes, de 50 años quizás, se ve duro, bajo, pelo corto y tieso y todos lo tratan con respeto. De verdad siempre me gustó. Sus manos son toscas, pero cuidadas.

Esa noche, después de jugar a las cartas con otros amigos, salimos a la terraza de la casa de la playa a tomar un trago. Nos dimos unos besitos y entramos a su dormitorio por la cocina. Se sentó en el borde de la cama, me puso de pie frente a él y comenzó a desabrocharme la blusa, a sacarme el brasier. Yo sentía sus manos acariciarme la espalda y su lengua y sus dientes en mis pezones me daban escalofríos de rico. Me hizo atrás, me desabrochó el pantalón y me dejó frente a él, sola con mis pantaletas. Pensé si estarían húmedas, pues no tenía protección… Luego me tomó de la cintura, me recostó en la cama, encendió unas velas, apagó las luces y se sentó a mi lado acariciándome; yo estaba algo mareada por los dos wiskys, pero me encantaba cómo me recorría esa mano áspera y subía hasta mi entrepierna. Nada me hacía presagiar la intensa sesión de sexo duro con voyeurs que me esperaba.

– Estas mojándote, Putina -me dijo, aunque a mí me pareció una ordinariez que me llamase así.

– Zarina, le dije molesta.

– Putina -me dijo. Y siguió acariciándome, me dio la vuelta y metió su mano entre mis piernas, me sacó las pantaletas y quedé desnuda en la cama, y ya a punto. Él se dio cuenta de ello y acomodó una almohada bajo de mis caderas que levantaron mi trasero. Yo ya estaba a cien, levantaba mis glúteos para que los tomara y el paseaba su dedo por mi hoyito, luego bajaba su mano a mi rajita que estaba muy, muy mojada.

– Sigo? -me susurró con sus dedos presionando mi clítoris.

– Síííí, por favor… -le pedí entre suspiros.

– Viste que eres putita. Mi putina-me dijo-, reconócelo. Dilo… -mientras me magreaba el sexo.

– Putina, le dije en silencio, siguiendo sus movimientos.

– Más fuerte, que no te escucho amor. -Me gustó que me dijera amor.

– Soy tu putina -le dije, y sonreí.

Y siguió. Yo movía mis caderas buscando el contacto de mis labios mojados con su mano. Estaba muy, muy excitada ya; solo quería que se sacara su ropa y entrara en mí.

Te mueves mucho Putina, me dijo, y me puso bocarriba, acostada en la cama y ató mis manos a cada esquina de la cabecera. Luego separó mis piernas y las amarró por encima de las rodillas a los bordes de la cama, impidiendo que las juntara. Dejándome abierta a él, mojada e hinchada, cualquier roce me aceleraba, me hacía jadear. Luego me vendó los ojos. Afuera se escuchaban las voces de los demás, que continuaban jugando a las cartas y olí las velas que alumbraban la habitación. Su mano continuó jugando con mi cuerpo, lo rozaba, lo pellizcaba, buscaba mi boca o se colaba entre mi cola, la enredaba en mi pelo, así por un largo rato que me hacía padecer. ¿Por qué no me monta de una vez? me preguntaba impaciente a mí misma. Luego su mano comenzó a bajar por mi estómago, lenta, y se acercó a mi clítoris. Pensé que si me lo tocaba no iba a poder reprimir el orgasmo. Estaba lista. Pero en el momento que lo hacía sentí que se me quemaba mi pezón y no pude evitar dar un grito de dolor, parecía que un cuchillo lo hubiera atravesado, me retorcí pero las correas de las manos y piernas me inmovilizaban, era un dolor de agujas que entraban por mi piel y se confundía el dolor con su mano que se acercaba a mi entrepierna nuevamente. En el momento que abría mis labios buscando mi vulva y yo levantaba hasta donde podía mi cadera buscando el roce para llegar, la cera caliente volvió a clavarme como miles de agujas en mi otro pezón, esta vez solo emití un grito ahogado, un quejido que se confundía con gemido de placer. Yo acezaba y la transpiración me pegaba el cabello a la frente. Su mano en mi pierna devolvía mi excitación, jadeaba de caliente que estaba, creo que si hubiera soplado mi clítoris me habría hecho eyacular como a una jovencita.

– Tienes calor Putina… -me dijo, más que preguntarme.

Sexo duro con voyeurs mirando sin mi permiso

Luego sentí sus pasos que se alejaban y una brisa bañó mi piel desnuda sobre la cama con mis caderas allí levantadas. Su mano buscó nuevamente mi entrepierna, se hundió en ella y llegó a mi ano, que sintió que sus dedos penetraban en él. Yo levanté las caderas facilitando su clavada por atrás y un escalofrío me recorrió… había dejado de sentir el murmullo en la otra pieza… la brisa era de la puerta entrejunta…  y quedé helada: maldito, pensé, maldito maricón este, huevón, bestia. Había dejado la puerta entreabierta y ahora seguro miraban, veían cómo tenía dos dedos metidos en mi hoyito y jadeaba y me retorcía toda caliente sobre la cama. Iba a llorar. Pero sentí cómo me abría y penetraban sus dedos ahora en mi vagina, y los sacaba y me los volvía a encajar. Quizás son ideas mías, pensé, y dejé que mi cintura se alzara buscando esa penetración, no, seguro se han asomado a la puerta, si no… ¿por qué el silencio? Pero mi clítoris hinchado y duro como un pequeño volcán que quiere reventar no me dejaba pensar, y en el momento que sentía que desde mi estómago me bajaba un dulce escalofrío, un río de fuego me quemó entre las piernas provocándome un ahogado grito de dolor, eran miles de agujas que me taladran la pelvis. Tiritaba de dolor, resoplaba, sentía mis sudor reunirse con mis lágrimas y gotear juntas desde mi sien hacia el colchón en que me tenía. Respiraba solo por la boca, jadeaba de placer y sufrimiento, de vergüenza por exhibirme allí. Presentía sus miradas cómplices, de burla, sus sonrisitas de “mírala, tan puestecita”, o “tan digna que se creía”, “ella que se las daba de señora”, pero mi sexo y esa mano podían más que yo. Pensé que, por suerte, me había depilado porque mis caderas buscaban de nuevo el contacto, sudaba entre mis pechos, en el cuello, las axilas, la boca estaba seca de jadear como una perra y nuevamente sus dedos entre mis piernas. Mis pezones sufrían con la cera aún tibia y la cera sobre mi coxis se endurecía. Nuevamente me llevaba hacia el suspiro del éxtasis y la cera hirviendo lo anulaba justo en el último momento, cuatro, cinco, ocho veces, perdí el sentido del tiempo, mareada, ida en esa cama, la vista en blanco, no tenía voluntad, estaba abandonada a lo que ÉL dispusiera.

– Si me dices que eres mi Putina te hago terminar -me dijo al oído ese al cual ahora sabía por qué los demás lo respetaban y por qué le decían “viento frío”.

– Soy tu Putina, -me escuché murmurar.

– Más fuerte -me dijo,- que no escucho -y se rió.

– Soy tu Putina, -le dije ahora en un tono normal.

– No te escucho, mi amor -me volvió a decir.

– Soy tu Putina, -le dije, ya entregada.

– No eres mi Putina, eres una Putina… ¡dilo!

– Soy una Putina, -lo dije mientras me caían las lágrimas de vergüenza, y el sudor de la calentura por mis sienes-.

– No te llamas Zarina, te llamas Putina… dilo.

– No me llamo Zarina, me llamo Putina -le dije entre sollozos.

– Y qué quiere esta Putina? … .

– Que me hagas terminar…

– Por favor…

– Por favor, hazme terminar.

Y sentí que algo fresco, una mano helada y delicada me tocaba donde antes me ardía como el infierno y había hecho que casi me desmayara. Esos delicados dedos rodearon mi botoncito suavemente y este obedeció sumiso, lo acarició y sentí cómo desde sobre mis rodillas atadas y desde mi estómago un dulce escalofrío comenzaba a transformarse en delicioso calambre que se concentraba en mi volcán. Eché la cabeza atrás y se soltó la venda, levanté en una contorsión mi cintura y mi cuerpo dio un largo estertor, me iba, me iba en ese calor que escapaba por entre mis piernas, exhalaba en un grito ahogado mi placer, y entre ese dulce morir presentí que era observada y ello hizo que esta dulce muerte fuera más intensa aún. Y junto a un gemido ronco dejé de saber de mí por unos instantes, quizás unos minutos. Volví con la cabeza doblada al lado, ida, abandonada entre sudor, lágrimas y el flujo de mi vagina que esa mano delicada me restregó por la cara cuando volvía en mí.

Estaba hecha un bulto, un fardo sobre la cama y sentí que la puerta se cerraba mientras él me desataba. Me dio vuelta y me puso en cuatro en el borde de la cama, de espaldas a él, yo apenas me sostenía, mi cuerpo aún tiritaba, me sujetó las caderas y sentí que me penetraba por atrás. Sentí el dolor de mi carne que se abría. “Me duele, me duele mucho” le supliqué en un murmullo. Sentí que metía sus dedos en mi vagina y me los restregaba en mi ano y comenzaba nuevamente a perforarme. Me sujetaba las caderas para que no me cayera. El dolor disminuyó algo y sentía que me rasgaba por atrás. Puso su mano en mi clítoris que aún palpitaba y me dijo si aún quería más…

– Lo que tú quieras -le susurré, totalmente entregada a sus deseos.

– Quién eres?  -me preguntó seguro, sonriéndose mientras sentía cómo disfrutaba el empalarme así, arrodillada de espaldas a él, abierta entera a su disposición total.

– La Putina -le dije, asumiéndolo-, la putina.

– Bien -me dijo-, voy a terminar dentro de ti -me dijo-, acá atrás. -Y sentí cómo me llenaba mis riñones con su generoso semen.

Se salió de mí, se recostó en la cama y me dijo:

-Párate allí -señalando a unos pasos de la cama-, vas a ponerte de espaldas a mí y de frente al ropero, con las piernas abiertas, agachándote un poco, y apoyas las manos en él para que no te vayas para delante, quiero ver cómo chorreas.

Lo hice obediente, mareada, tiritando, con las piernas que apenas me sostenían. Él se paró y me tapó los ojos nuevamente y un escalofrío me hizo presentir lo que vendría. Desnuda allí, apoyada semirrecostada contra el ropero, como una niña que ha hacho mal la tarea, sentí cómo su semen comenzaba a escurrirse desde mi colita y mis líquidos bajaban bordeando mis piernas.

– Voy a buscar un trago -me dijo-, y no te muevas. Putina.

Sentí que salía, y el aire frío bañó la pieza nuevamente… y los pasos se acercaron, los presentía, me rodeaban, sentía sus sonrisas, sentía sus miradas, su desprecio. Yo me atrevía apenas a respirar… creo que el pañuelo que me cubría la vista debió haberse mojado igual, no lo sé. Pero sí sé que me miraban, miraban cómo chorreaba un líquido viscoso desde mi ano y desde mi vagina hasta manchar el piso. Miraban las huellas de la cera, mis piernas separadas con las marcas aún de las correas que las habían mantenido abiertas, la huella de la transpiración bajo mis brazos, mi pelo pegoteado por la transpiración y las lágrimas.

Comenzaba a darme frío y escuchaba el chocar de los hielos en los vasos de whiskys.

Sentí que me quedaba sola de nuevo y los dedos de Viento Frío enredarse en mi cabello y tomada así me llevaba a la cama donde me recostaba. Tomó un largo trago de whisky, que pasó de su boca a la mía y me ayudó a sentirme mejor. Me quitó la cera que extrañamente casi no me dolió al retirármela.

– Tu marido te habría regalado un orgasmo como el de hoy? -Me preguntó.

– No, -le reconocí-. Pero tampoco una vergüenza como la de hoy. ¿Qué van a decir después, qué van a…? -y no pude seguir porque los sollozos no me dejaban.

– Pero si no pasó nada -me dijo-, cínico. Y aunque pasara. No van a decir nada, porque el que dice algo se va de la mina y en su vida vuelve a encontrar un trabajo como el que tiene, para eso soy jefe y con buenos contactos. Y de las mujeres que había tampoco. Aunque nadie les va a creer si dijeran algo.

– Y no me gusta que me digas Putina, -le dije bajito…

– Noooo, si te gusta, porque eres una Putina, te gusta que te miren, te gusta que te controlen, te gusta que el otro sea responsable, te gusta servir, complacer. Tienes 25 años perdidos de matrimonio, tienes que recuperarlos luego Putina, y yo te voy a hacer gozar como no te imaginas que se pueda gozar, putina. Porque eres una putina putita, ¿verdad? -Y se rió.

Me quedé en silencio, me tenía, me controlaba, era más fuerte que yo.

– Sí, una putita, eso soy: una putita, -le dije casi en un murmullo.

– Ahora te vas a masturbar de pie acá, delante de mí, y cuando termines, me la mamas y te tomas todo.

Lo hice obedientemente, luego me dormí en su cama. Al otro día, la vergüenza no me dejaba abrir los ojos al pensar en la sesión de sexo duro con voyeurs mirándonos, pero sin preguntarme me sacó y me bajó a la playa junto a los demás. Las miradas a mis espaldas eran socarronas y las sonrisas de ellas de superioridad, de desprecio; pero ninguno ni ninguna dijo nada, almorzamos y volvimos a la ciudad al atardecer. Me fue a dejar uno de los chicos que había estado la noche anterior jugando a las cartas. Uno de los que me había visto, “en eso”. Cuando se despedía me sorprendió preguntándome si me podía llamar cuando volviera a bajar de la mina, que le gustaría invitarme a comer, que había un restaurante recién abierto, de moda.

Los hombres son una sorpresa.

 

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Zofia Prisionera y Maniatada 2

 Anteriormente…

La sesión de sexo entre Claudio y Zofia sigue. Ahora con más correas, collares y nalgadas.

Claudio abrió, de una patada, la puerta de la habitación. Las ventanas cerradas le hacían que la misma estuviera bastante oscura. Sobre su hombro, como si fuera una bolsa, cargaba a Zofia. Con la boca tapada, las manos atadas detrás de la espalda, sin bombacha/bragas ni calzado.

Zofia dio un vistazo a la habitación. Junto a la puerta una mesa con unas correas, pañuelos, esposas y unas cajas. Contra la pared de la izquierda, apenas entrar, una cama y al lado una colchoneta en el suelo. La pared de enfrente estaba, en una gran parte, acolchada y tenía clavada una serie de argollas y barras horizontales y verticales. Contra la pared de la derecha, en frente de la de la cama, había un potro de gimnasia. Y en el suelo del centro varias argollas y, también, en la sección del techo encima.

Claudio le desato las muñecas. Solo para llevarla al centro de la habitación, hacerle levantar las manos y volvérselas a atar pasando la correa por la argolla del techo. Después hizo lo mismo atándole los tobillos y pasando la atadura por una argolla del piso.

La rubia estaba totalmente a merced de su compañero. De pie, con los brazos extendidos e incapaz de moverse.

Claudio se paro delante de él y, mientras le tocaba los pechos, dijo “Ahora sí que estas a mi merced”. Acto seguido le quito la mordaza y beso los labios. Se ubico detrás de ella.

Veamos que tenemos aquí– Le toco el trasero-mmm…me gusta-Le metió la mano debajo de la falda y le apretó y pellizco las nalgas-¿Te gusta?-Ella asintió. Le daba cosquillas.

Al momento paso a tocarle el pubis, también metiendo la mano bajo la pollera.-A ver si esta húmedo-Introdujo un dedo dentro de la vagina, haciendo gemir a Zofia.-Todavía no.

Se ubico delante de ella y apoyo sus manos sobre el pecho.- ¿Sabes? Tengo ganas de probar tus pechos– La chica se pregunto como lo haría ya que estaba atada y con la remera puesta, tendría que desatarla para quitársela.

No fue necesario. Ya que se dirigió a la mesa para tomar unas tijeras, y como si nada, cortarle la remera verticalmente y después en torno a los brazos para dejarle el torso descubierto. Acto seguido le quito el corpiño/sostén. La rubia hizo un sonido de protesta por sus remeras hecha jirones a lo que su compañero respondió que “No te preocupes. Te comprare otra.

Dedico un buen rato a acariciarles los senos, morderlos y succionarlos con fuerza. “Tienes unas tetas ricas. Pero pueden saber mejor.”. Se retiro y volvió un momento después con un recipiente…tenía chocolate liquido. Derramo un poco en los pezones. La chica sintió el frió del dulce y los pezones poniéndose duros. Después la lengua de el retirándole el chocolate y mojándolos con su saliva. Le daba calor y la iba excitando.

De un tirón le bajo la falda para después cortarla con una tijera. Ahora le debía remplazar dos prendas. Le quito la mordaza de la boca. Con lo que ella pudo hablar.

La verdad que estoy a tu merced Claudio.

-Cierto. Pero de ahora en más te comportaras como mi prisionera y yo seré tu carcelero, Amo o lo que se te ocurra. Pero quien está al mando aquí soy yo.

Como tú quieras Mi Amo y Carcelero.

El Carcelero volvió a bajar su mano hasta el pubis de la Prisionera para masturbarla mientras le chupaba las tetas. Ella gemía (“Si, si, si…ah, ah, ah”) y se humedecía mas. Saco el dedo de dentro de ella y lo lamió (“Tienes un sabor fuerte”). Volvió a introducirlo dentro de la vagina, para sacarlo, y hacer que la Sumisa probara el sabor de su propio sexo.

Cuando llevaba un buen rato masturbándola le desato las muñecas y pies. Ella agradecida ya que empezaba a molestarle la posición.

Al piso Perra-Le ordeno. A lo que obedeció. Para que él le pusiera un collar al cuello y una correa.

Dio un pequeño recorrido junto a cada objeto de la habitación. El Carcelero de pie explicando cada cosa y la Prisionera moviéndose en cuatro patas guiándola con la correa.

Te diré para que es cada cosa.-Señalo en dirección a la cama-La cama es para hacer el amor en forma más “convencional”. Y la colchoneta para cuando, de ganas, de hacerlo en el piso. -Al pasar junto a la mesa- En la mesa hay un monto de juguetitos con los que nos divertiremos. Y el potro y las pared acolchada para tenerte bien sometida.

¿Que haré contigo? Hay tanto para elegir. Y esas tetas lindas que tienes.

No es mi culpa ser tan linda.

Presumida.

Jajaja.

El Amo se quedo pensativo por un rato hasta que por fin se decidió. Hizo que la sumisa recostara su torso, boca abajo sobre el potro de gimnasia, con los pies en el suelo. Y ato las muñecas al potro. El contemplo como quedaba expuesto su trasero y vagina.

Se ubico al lado de ella y comenzó a darle nalgadas.

¿Sabes por qué te doy nalgadas?

Ah…no…ah…ah…

Para castigarte por las, seguro, muchas cosas malas que has hecho en tu vida.

¡Sí!…ah…soy una chica…ah…muy mala.

Exacto. Una guarra entregada. ¡Confiésalo!

¡Siii! Castígame…ah…así…ah…ah…ah…porque soy una puta…ah…una perra…ah…una zorra…ah…

Claudio azotaba, con la mano, una nalga a la vez y alternando cada tanto. Zofia gozaba con el juego de ser “castigada”.

Eres muy mala.

Soy muy mala.

Puta.

Soy una puta…ah…soy tu esclava…ah…castígame…ah.

¡Soy tu amo!

Soy tu sumisa…ah… ¡hazme tuya!…ah… ¡soy tuya!

El se excitaba y ella se humedecía. La Esclava alcanzo a ver como se abultaba bajo su pantalón. De pronto el grito “¡No aguanto más!”.

Para acto seguido bajarse la ropa y dejar al descubierto su pene erecto y firme (por segunda vez). Y por segunda vez la penetro por la vagina. Esta vez con más fuerza, apoyándole las manos en la parte baja de la cintura. Mientras le gritaba lo puta que era y ella le daba la razón.

Evidentemente estaba tan excitado que no tardo en acabar y, por segunda vez, derramar su semen dentro de la vagina.

Cuando se separo de ella la desato. Zofia noto como sudaba su frente y suspiraba. Ella, entre risas comento.

Jajaja…No esperaba que pudieras eyacular dos veces en tan poco tiempo.

Es que eres una muy buena perra.

Lo hago lo mejor que puedo. Ahora mismo tengo el corazón a mil, ardo por dentro y los pezones bien duros– Había entrado en calor y sentía su corazón golpeando con fuerza dentro de su pecho. Todavía le quedaba energía para mucho mas.

Bien. Pues ahora serás aun una mejor perra.

Se volteo y fue hasta la mesa donde tomo algo. Para volver con las manos detrás de la espalda. Besó los labios la chica. La mujer cerró sus ojos para enfocarse en los labios de él.

Cuando el beso terminó supo que llevaba detrás de la espalda. Un bozal, de esos que son una bola con correas. Se lo puso en la boca. Lo miró algo sorprendida (o eso pareció ya que el objeto resaltaba sus ojos).

Ahora serás una mejor Perra…y Esclava-Mientras la tomaba del brazo y la llevaba contra la pared acolchada. Donde le ato las muñecas y tobillos en las argollas con el pecho contra la pared.

Cuando por fin estaba inmovilizada con algo que se asemejaba a una fusta…

Ahora sí que estas a mi merced y que eres toda, toda mía.

 

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Sexo duro: Educando y exhibiendo a Marta

Mi boca hizo una mueca de súbita sonrisa incontrolada. Marta estaba allí. Había accedido finalmente. Había comprendido la realidad: que hoy, y quizás por más tiempo, sería mía sin remedio.

Me acerqué a recibirla. Habíamos estado hablando el día anterior. Si accedía a venir, lo haría en condición de sumisión a las formas de placer en las que yo la quisiera introducir. Nada desagradable para ella, pues de sobra sabía que cada vez que se abandonó a lo que mi voluntad juzgase oportuno, el resultado no fue otro que placer a raudales y una total confianza en el bienestar de su sexo junto a mí. Yo, por mi parte, casi no cabía en mí de gozo cuando recibí su mensaje de confirmación. Así pues, avancé, observándola.

Sus pantalones blancos bien llenados por la casi divina abundancia de sus muslos titubearon brevemente, antes de aproximarse a mí. Me recibió con timidez.

–Has venido –afirmé, más en actitud de dejar claras las consecuencias que en la de preguntar.

–… Sí. Aquí estoy, parece…

–No, no tengas tantas dudas. Ven, mira. Déjame enseñarte.

Me situé a una distancia agresivamente mínima, de golpe además. Le besé la boca. Una vez. Y otra después. Despacio, pero con intensidad creciente, suave, pero con firmeza constante y bien medida. Mi lengua pasó entonces a la acción y empezó a comportarse de forma demandante, pidiendo, exigiendo más besos de los gruesos labios de Marta, y de la sensualidad de su boca que siempre se entreabría al excitarse. Me separé apenas lo suficiente como para echar un vistazo: entreabierta. El proceso ya había comenzado. Seguí besándola, sin freno, y planté mis dos manos en su trasero, de tal forma que ella sintiera dos manazas sobándole toda la amplitud de su redondo culo aunque yo fuera persona de manos más bien delgadas y acaso algo estilizadas. Su boca se entreabrió más.

– ¿Estás contenta de estar aquí?

–… Sí. Sí. Mucho. Hhhh… –suspiró, tras sentir que apretujaba todo lo que se marcara en su pantalón.

–Bien –aseveré, y sin más preámbulos aproveché la relativa apertura de su boca e introduje un dedo en su interior. Ella me miró con gesto interrogante; gesto que ignoré deliberadamente. Deslicé mi índice por esa abertura que tanto placer me había dado otras veces, y lo moví en la actitud de quien examina a un animal de monta recién adquirido para confirmar su calidad. Le hice formas, antes de sacar el dedo y de susurrarle:

–Esta boca… Tan amplia, tan jugosa, tan ansiosa. Le cabrían muchas cosas dentro. Podría estar devorando una polla, firme, tiesa y mojada por ti.

Después saqué el dedo, dejándolo frente a su lengua. No era más que una insinuación para que ella lo lamiera; y lo hizo. Sentí el tacto de su lengua húmeda sobre mi piel. Me excitó sobremanera.

–A esta boca… Le quedaría muy bien una buena polla, ¿verdad?

–Por supuesto.

–Dilo.

–Polla.

–Otra vez.

–Polla… Verga…

Introduje mi índice de nuevo, haciéndole de nuevo formas explícitas.

–Dilo ahora.

–Hooo… laa… –susurró ella, sin apenas poder vocalizar.

–Muy bien, Marta. Muy bien, putita mía. Mi zorra exclusiva y querida.

Saqué el dedo, y volví a besarla. Se estaba calentando cada vez más. Miró alrededor, como buscando cerciorarse de que estábamos solos en la estación. No era así. Ella no parecía haberse dado cuenta, pero dos hombres habían aparecido por la parte trasera de la estación, y aunque se dirigían a su destino y no pararon ni se acercaron a nosotros, sí que observaron con total curiosidad, mirándose entre ellos. Marta los vio y en ese instante se sintió confusa y avergonzada.

–Pero, cariño, creí… Creí que era sólo tuya. Me has hecho quedar como una puta…

–Lo que eres. ¿Es que no es así?

–Sí. Tuya.

–Exacto, Marta. Mi puta. Pero antes de usarte en privado, de darle a tu cuerpo lo que se merece, quería que los demás supieran lo que voy a follarme esta noche. La pedazo de mujer, de fémina, hembra en celo a la que voy a penetrar.

–Ah… Pero, Héctor… Aunque me ponga cachonda haciendo cosas cuando nos pueden descubrir, no me… No me gusta cuando me descubren. El sólo el morbo de…

-Shhh, shh shh. Calla, Marta, calla. Lo sé muy bien. Un buen hombre conoce a su zorra. Por eso, aunque te muestre en público, no te preocupes: te follaré en privado. Eres una presa a exhibir en multitudes y reclamar en solitario.

Comienza una noche de sexo duro…

Ella no objetó más. La cogí de la cintura y la conduje rumbo a mi casa, a unos 15 minutos a pie. Habríamos parecido la pareja ideal de enamorados, con la diferencia de que en muchas ocasiones metí mano por donde pude sin consideración. Pronto había ya desabrochado dos de los botones del pantalón blanco para hacerlo descender muy levemente, mostrando así parte de su culo por debajo del jersey. Apenas destacaba en la vía pública, pero cualquiera que la mirase por detrás con atención podría verlo, bamboleándose, apretado por mí. Marta se limitó a ir con la cabeza relativamente agachada mientras soltaba tímidos gemidos y miraba insegura alrededor de vez en cuando. Yo la alentaba dándole buenos apretones. Pronto habíamos llegado a mi portal.

La hice pasar, casi empujándola, con cariño pero con una urgencia no disimulada. Nos introdujimos en el ascensor, y tras pulsar el botón saqué todo su hermoso y enorme culo a relucir, mientras manoseaba una de sus tetas; la que tenía perforada con un piercing negro. Salimos de la estrecha estancia que constituía el ascensor y la planté frente a mi puerta, como si fuera una prisionera y acabara de reducirla. Con la mano que me quedaba, extraje las llaves de mi bolsillo -al tiempo que me daba unos toquecitos en la punta de mi rabo, que me hacía forma en los pantalones y, de lado, llegaba a abultar en el bolsillo. Todo para comprobar que estaba tan dura como a Marta le gustaba recibir su ración de falo-, y abrí la puerta. Una vez introduje a Marta al interior, pues ella apenas avanzó por sí misma, terminé de sacarle los pantalones, firmemente, imponiéndome.

–De rodillas –ordené con severidad.

–… Claro…

– ¿Sabes lo que vas a hacer?

–Sí…

–Dilo.

–Chupar polla.

–Exacto, Marta, cariño. Eres una comepollas y tienes que vaciarme los huevos. Empieza. No esperes, o tendré que follarte la boca.

Ella obedeció, aunque supe que la alternativa que le ofrecí también le resultaba tentadora.

Dejé que engullera mi miembro, muy tieso a estas alturas, venoso, palpitante. Cimbreaba en su boca, con sus lengüetazos apresurados. Llenaba aquel agujero como sólo podía hacerlo algo que encajase a la perfección. A los pocos segundos, saqué mi polla de su boca y golpeé varias veces las mejillas de Marta, a ambos lados. Después, asiéndola de la nuca y la cabeza, hice que restregase su cara por toda mi barra de carne. La volví a dejar mamar, después de apretarme la base y el tronco del pene para que ella lo sintiera a punto de explotar. Cuando empezaba a gemir con toda la forma de la verga en la cara, la puse en pie, sólo para arrojarla -con cuidado e incluso cierta precisión- a la pared más cercana y empezar a jodérmela allí mismo. La embestí, suave al principio, con todas mis fuerzas después. La pasión desgarradora con la que me introducía en su coño pronto hizo que la pared resultara limitadora e incómoda, por lo que la conduje a mi habitación, oscura y con decoración de colores fríos. Se me ocurrió que, dado que ya la había exhibido, podía terminar follándomela frente a la ventana abierta, de modo que su cara, extasiada por el placer, asomase a la calle desde aquel tercer piso. No opuso resistencia. Sólo cuando no podía controlar sus gemidos ni su expresión, pareció preocuparse por un momento, arguyendo:

– ¿Y si nos ve alguien?

–No nos verán a estas horas, Pero, dime… –conseguí decir entre jadeos–. Dime, ¿qué crees que pasará si nos ve alguien?

–Ahhh… Que… Que se… Tocarán. Y se pajearán, mirando cómo se la hincas a tu guarra.

–Eso es, Marta, zorrita mía. Eso es lo que harán. ¿Algún problema?

Ella no respondió. Se había perdido. Sus ojos estaban cerrados y su boca muy abierta no paraba de gemir.

-¿Algún problema? –repetí.

–N-no… No. Que nos vean. Que se pajeen si quieren.

–Y que derramen sus fluidos viéndote.

Sonreí. La había emputecido cuanto quería esa noche. Aunque quizás, todavía hiciera falta un poco más. Al cabo de largos minutos, salí de su coño y la arrodillé ante mí. Me corrí en toda la cara de Marta, tres chorros cargados de semen. Volví a levantarla y, aún con la cara cubierta de esperma, la abracé desde un lado, situándome a su derecha… Mientras dejaba que cualquiera que estuviera mirando, llegase a contemplar el resplandor blanquecino con el que las luces de ciudad bañaron la cara de Marta, ahora cubierta de mi semilla recién exprimida.

Y después, la besé tiernamente. Con amor. La noche aún no había llegado a su fin…

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Sexo duro: Educando y exhibiendo a Marta

Mi boca hizo una mueca de súbita sonrisa incontrolada. Marta estaba allí. Había accedido finalmente. Había comprendido la realidad: que hoy, y quizás por más tiempo, sería mía sin remedio.

Me acerqué a recibirla. Habíamos estado hablando el día anterior. Si accedía a venir, lo haría en condición de sumisión a las formas de placer en las que yo la quisiera introducir. Nada desagradable para ella, pues de sobra sabía que cada vez que se abandonó a lo que mi voluntad juzgase oportuno, el resultado no fue otro que placer a raudales y una total confianza en el bienestar de su sexo junto a mí. Yo, por mi parte, casi no cabía en mí de gozo cuando recibí su mensaje de confirmación. Así pues, avancé, observándola.

Sus pantalones blancos bien llenados por la casi divina abundancia de sus muslos titubearon brevemente, antes de aproximarse a mí. Me recibió con timidez.

–Has venido –afirmé, más en actitud de dejar claras las consecuencias que en la de preguntar.

–… Sí. Aquí estoy, parece…

–No, no tengas tantas dudas. Ven, mira. Déjame enseñarte.

Me situé a una distancia agresivamente mínima, de golpe además. Le besé la boca. Una vez. Y otra después. Despacio, pero con intensidad creciente, suave, pero con firmeza constante y bien medida. Mi lengua pasó entonces a la acción y empezó a comportarse de forma demandante, pidiendo, exigiendo más besos de los gruesos labios de Marta, y de la sensualidad de su boca que siempre se entreabría al excitarse. Me separé apenas lo suficiente como para echar un vistazo: entreabierta. El proceso ya había comenzado. Seguí besándola, sin freno, y planté mis dos manos en su trasero, de tal forma que ella sintiera dos manazas sobándole toda la amplitud de su redondo culo aunque yo fuera persona de manos más bien delgadas y acaso algo estilizadas. Su boca se entreabrió más.

– ¿Estás contenta de estar aquí?

–… Sí. Sí. Mucho. Hhhh… –suspiró, tras sentir que apretujaba todo lo que se marcara en su pantalón.

–Bien –aseveré, y sin más preámbulos aproveché la relativa apertura de su boca e introduje un dedo en su interior. Ella me miró con gesto interrogante; gesto que ignoré deliberadamente. Deslicé mi índice por esa abertura que tanto placer me había dado otras veces, y lo moví en la actitud de quien examina a un animal de monta recién adquirido para confirmar su calidad. Le hice formas, antes de sacar el dedo y de susurrarle:

–Esta boca… Tan amplia, tan jugosa, tan ansiosa. Le cabrían muchas cosas dentro. Podría estar devorando una polla, firme, tiesa y mojada por ti.

Después saqué el dedo, dejándolo frente a su lengua. No era más que una insinuación para que ella lo lamiera; y lo hizo. Sentí el tacto de su lengua húmeda sobre mi piel. Me excitó sobremanera.

–A esta boca… Le quedaría muy bien una buena polla, ¿verdad?

–Por supuesto.

–Dilo.

–Polla.

–Otra vez.

–Polla… Verga…

Introduje mi índice de nuevo, haciéndole de nuevo formas explícitas.

–Dilo ahora.

–Hooo… laa… –susurró ella, sin apenas poder vocalizar.

–Muy bien, Marta. Muy bien, putita mía. Mi zorra exclusiva y querida.

Saqué el dedo, y volví a besarla. Se estaba calentando cada vez más. Miró alrededor, como buscando cerciorarse de que estábamos solos en la estación. No era así. Ella no parecía haberse dado cuenta, pero dos hombres habían aparecido por la parte trasera de la estación, y aunque se dirigían a su destino y no pararon ni se acercaron a nosotros, sí que observaron con total curiosidad, mirándose entre ellos. Marta los vio y en ese instante se sintió confusa y avergonzada.

–Pero, cariño, creí… Creí que era sólo tuya. Me has hecho quedar como una puta…

–Lo que eres. ¿Es que no es así?

–Sí. Tuya.

–Exacto, Marta. Mi puta. Pero antes de usarte en privado, de darle a tu cuerpo lo que se merece, quería que los demás supieran lo que voy a follarme esta noche. La pedazo de mujer, de fémina, hembra en celo a la que voy a penetrar.

–Ah… Pero, Héctor… Aunque me ponga cachonda haciendo cosas cuando nos pueden descubrir, no me… No me gusta cuando me descubren. El sólo el morbo de…

-Shhh, shh shh. Calla, Marta, calla. Lo sé muy bien. Un buen hombre conoce a su zorra. Por eso, aunque te muestre en público, no te preocupes: te follaré en privado. Eres una presa a exhibir en multitudes y reclamar en solitario.

Comienza una noche de sexo duro…

Ella no objetó más. La cogí de la cintura y la conduje rumbo a mi casa, a unos 15 minutos a pie. Habríamos parecido la pareja ideal de enamorados, con la diferencia de que en muchas ocasiones metí mano por donde pude sin consideración. Pronto había ya desabrochado dos de los botones del pantalón blanco para hacerlo descender muy levemente, mostrando así parte de su culo por debajo del jersey. Apenas destacaba en la vía pública, pero cualquiera que la mirase por detrás con atención podría verlo, bamboleándose, apretado por mí. Marta se limitó a ir con la cabeza relativamente agachada mientras soltaba tímidos gemidos y miraba insegura alrededor de vez en cuando. Yo la alentaba dándole buenos apretones. Pronto habíamos llegado a mi portal.

La hice pasar, casi empujándola, con cariño pero con una urgencia no disimulada. Nos introdujimos en el ascensor, y tras pulsar el botón saqué todo su hermoso y enorme culo a relucir, mientras manoseaba una de sus tetas; la que tenía perforada con un piercing negro. Salimos de la estrecha estancia que constituía el ascensor y la planté frente a mi puerta, como si fuera una prisionera y acabara de reducirla. Con la mano que me quedaba, extraje las llaves de mi bolsillo -al tiempo que me daba unos toquecitos en la punta de mi rabo, que me hacía forma en los pantalones y, de lado, llegaba a abultar en el bolsillo. Todo para comprobar que estaba tan dura como a Marta le gustaba recibir su ración de falo-, y abrí la puerta. Una vez introduje a Marta al interior, pues ella apenas avanzó por sí misma, terminé de sacarle los pantalones, firmemente, imponiéndome.

–De rodillas –ordené con severidad.

–… Claro…

– ¿Sabes lo que vas a hacer?

–Sí…

–Dilo.

–Chupar polla.

–Exacto, Marta, cariño. Eres una comepollas y tienes que vaciarme los huevos. Empieza. No esperes, o tendré que follarte la boca.

Ella obedeció, aunque supe que la alternativa que le ofrecí también le resultaba tentadora.

Dejé que engullera mi miembro, muy tieso a estas alturas, venoso, palpitante. Cimbreaba en su boca, con sus lengüetazos apresurados. Llenaba aquel agujero como sólo podía hacerlo algo que encajase a la perfección. A los pocos segundos, saqué mi polla de su boca y golpeé varias veces las mejillas de Marta, a ambos lados. Después, asiéndola de la nuca y la cabeza, hice que restregase su cara por toda mi barra de carne. La volví a dejar mamar, después de apretarme la base y el tronco del pene para que ella lo sintiera a punto de explotar. Cuando empezaba a gemir con toda la forma de la verga en la cara, la puse en pie, sólo para arrojarla -con cuidado e incluso cierta precisión- a la pared más cercana y empezar a jodérmela allí mismo. La embestí, suave al principio, con todas mis fuerzas después. La pasión desgarradora con la que me introducía en su coño pronto hizo que la pared resultara limitadora e incómoda, por lo que la conduje a mi habitación, oscura y con decoración de colores fríos. Se me ocurrió que, dado que ya la había exhibido, podía terminar follándomela frente a la ventana abierta, de modo que su cara, extasiada por el placer, asomase a la calle desde aquel tercer piso. No opuso resistencia. Sólo cuando no podía controlar sus gemidos ni su expresión, pareció preocuparse por un momento, arguyendo:

– ¿Y si nos ve alguien?

–No nos verán a estas horas, Pero, dime… –conseguí decir entre jadeos–. Dime, ¿qué crees que pasará si nos ve alguien?

–Ahhh… Que… Que se… Tocarán. Y se pajearán, mirando cómo se la hincas a tu guarra.

–Eso es, Marta, zorrita mía. Eso es lo que harán. ¿Algún problema?

Ella no respondió. Se había perdido. Sus ojos estaban cerrados y su boca muy abierta no paraba de gemir.

-¿Algún problema? –repetí.

–N-no… No. Que nos vean. Que se pajeen si quieren.

–Y que derramen sus fluidos viéndote.

Sonreí. La había emputecido cuanto quería esa noche. Aunque quizás, todavía hiciera falta un poco más. Al cabo de largos minutos, salí de su coño y la arrodillé ante mí. Me corrí en toda la cara de Marta, tres chorros cargados de semen. Volví a levantarla y, aún con la cara cubierta de esperma, la abracé desde un lado, situándome a su derecha… Mientras dejaba que cualquiera que estuviera mirando, llegase a contemplar el resplandor blanquecino con el que las luces de ciudad bañaron la cara de Marta, ahora cubierta de mi semilla recién exprimida.

Y después, la besé tiernamente. Con amor. La noche aún no había llegado a su fin…

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Fantasía erótica oscura. La eterna mirada

Más que verlo o escucharlo, lo sentí llegar. Apenas cruzó el umbral, su presencia lo llenó todo como una corriente de aire helado, erizando mi piel ante la expectativa, una sombra que envolvía todo a mi alrededor.

Tirada en el sillón, levanté la vista para observarlo mientras se acercaba. Descaradamente lo recorrí con la mirada. Puedo sentir las llamas de la excitación lamiéndome toda desde adentro. A su lado me siento pequeña, casi frágil, eso no es fácil de conseguir en mi caso. Los dedos me cosquillean con las ansias de arrancarle la ropa allí mismo, no dejarlo dar un paso más y tomarlo para mí. Cuando llego a sus ojos veo el hastío y el odio, espejos para los demonios que me susurran historias sobre las promesas de esa oscuridad. Sostengo la mirada y no hago nada por contener la sonrisa dibujándose en mis labios mientras mis perversidades se retuercen de felicidad, desatando un latigazo de escalofrío por mi espalda. Esto no es un juego, no hay papel que representar, es lanzarse al abismo sin saber qué hay al fondo.

Había mirado al vacío de sus ojos y me encontré con el infierno, pero no es como me lo habían contado. No era un lugar de fuego y azufre, en vez de eso me había topado con un oscuro bosque lleno de murmullos que me prometían mil formas de agonía y éxtasis. Placer, instinto, dolor, orgasmos. Todo junto. No soy nada, no tengo que ser nada, solo dejarme llevar y recibir y estar a través del instinto. Ya no hay más allá de estas cuatro paredes, no hay antes ni después, no hay nada que no sea él. Lamo mis labios con codicia. Por el momento, todo él, todo su odio y su ira y su repulsión es para mí.

El escalofrío regresó cuando sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello para levantarme, pero esta vez venía teñido de miedo. Cada nervio de mi cuerpo se puso en alerta conforme la adrenalina corría, quemándome las venas y acelerando los latidos, podía escucharlos, el corazón se me desbocaba y yo me sentía tan viva. Dejé que el miedo se extendiera hasta convertirse en la lujuria más pura, recordando la única ocasión en que alguien había aprovechado mi ingenuidad para satisfacer su egoísmo, mostrándome sin querer la delicia de ser objeto de placer. Una presa fácil que decidió volverse la cazadora que desea convertirse en presa otra vez.

Estaba totalmente indefensa, podía sentir cómo mi clítoris se hinchaba, cada vez más sensible al roce de los pantalones. Casi nunca llevaba bragas, sabía que le gustaba más así. Tampoco llevaba sostén, por lo que mis pezones endurecidos se veían a través de la camiseta blanca, la cual acabó hecha jirones cuando me la arrancó. Bajó mis pantalones, dejando mi trasero y mi concha empapada expuestos. Moví un poco las piernas para que cayeran más, aprovechando para tallar mis muslos y apretarlos para masajear mi clítoris, pero dos bofetadas me detuvieron enseguida.

La adrenalina volvió a correr por mi cuerpo, pero esta vez llena de ira que dolía en la parte baja de la espalda. El deseo de tomar el control me hizo levantarme sobre la punta de los pies para besarlo, pero su mano en mi cuello se apretó solo un poco más, deteniendo mi ataque tan cerca que podía sentir su respiración pausada sobre mi rostro. Solo unos centímetros más…

Más que una fantasía erótica

Súbitamente me lanzó al sillón. No voy a bajar la mirada, no me voy a rendir. En este momento eres tan mío cómo yo soy tuya, aunque no te guste, y te lo voy a recordar. Me levanté y lo besé, pero fue como besar a una estatua, su indiferencia solo avivó la ira, así que bajé mi mano para buscar su verga. Vamos a ver si no reaccionas con eso.

Ahogué un grito cuando sus dedos se enredaron por sorpresa en mi cabello y me jalaron para ponerme de rodillas, sacando su verga frente a mi rostro. Verla me hizo agua la boca. Quería chuparla, olerla, lamerla toda, hasta hacerlo cerrar los ojos y gemir de placer. Una nueva oleada de humedad escurrió de mi coño cuando tomé su polla y acerqué la punta a mi boca. De nuevo me detuvo una bofetada.

–Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?

–Mmm, sí. Pero quiero que…

–Cállate. No me importa lo que quieras. Solo mírala y siéntela.

Las caricias de su verga en mi cara me interrumpieron. Entreabrí los labios para poder probarlo cuando pasaba por mi boca y respiré profundamente para embriagarme de su olor, dejándome levantar de golpe para atraparme entre la fría pared y este ser oscuro que me fascina. Puedo sentir cómo se masturba a mi lado, sin soltarme, endureciendo su verga sin dejarme participar. Cuando pasa la punta por mi raja, levanto instintivamente la cadera para darle mejor acceso. Apenas me roza el cuello con su respiración cuando siento sus dientes incrustarse profundamente en mi piel una y otra vez, sometiéndome mientras me penetra con facilidad de lo mojada que estoy. Me sorprende no haberme corrido justo en el momento en que me ensartó.

–Uuufff! Así…sigue, así…

Una enorme mano tapó mi boca, ahogando mis gemidos y protegiéndome la cara del frío de la pared. Su verga incrustada hasta el fondo de mis entrañas, los movimientos eran cada vez más bruscos, las embestidas más violentas, levantándome del suelo. Gritos morían entre sus dedos mientras mi cuerpo se dejaba hacer más allá de mi propia voluntad, la razón nublada por el placer de perder el control, de dejar ir el ego, estallándolo en un orgasmo de esos que hacen que tu consciencia se pierda por unos instantes. Sentí todos los músculos de mi pelvis contraerse sin control, haciendo temblar mis piernas. No caí al suelo porque seguía siendo penetrada con fuerza contra el muro. Por supuesto, se dio cuenta, así que el ataque continuó sin piedad, alargando así las oleadas de placer un poco más, entremezclándose con el dolor conforme la humedad iba desapareciendo, alejándose poco a poco del éxtasis del placer para oscurecerse con la agonía de esta posesión inclemente. Había liberado por fin mi boca, pero jalaba mi cabello otra vez, dejando de nuevo vulnerable mi cuello, sosteniéndome firmemente por la cintura, imposibilitándome cualquier movimiento.

Volvió a arrodillarme, su mano dejó mi cintura para aprisionar mis muñecas, levantando mis brazos sobre mi cabeza, y sentí su polla incrustarse hasta el fondo de mi garganta, cortando mi respiración. El coño me ardía después de que me follara contra la pared hasta secarme y los brazos empezaban a dolerme por la posición elevada. Sentía las lágrimas correr por mi cara y mezclarse con la saliva. Cuando me tapó la nariz, lo miré directamente a los ojos mientras luchaba por liberarme, hasta que sentí por un momento que el mundo desaparecía a mi alrededor. No había más, solo el silencio, sin pasado ni futuro. Podía dejar de luchar. Todo pasó a cámara lenta.

Regresé a la realidad cuando me levantó para llevarme al sofá. No había terminado conmigo y yo no tenía que hacer nada más que rendirme al placer y al dolor, mi coño hinchado se volvía a mojar ante la expectativa. Lo vi levantarse, su polla en la mano volvía a crecer, aún podía sentir su sabor en la garganta. Me pisó la cara contra el sillón al tiempo que metía tres dedos de golpe en mi coño. Los primeros embistes de sus dedos fueron latigazos de dolor que recorrían mi cuerpo, confirmándome que seguía viva y muy presente, así que cuando puso su pie frente a mí para que lo lamiera, me concentré en hacerlo para relajarme, dejándome embestir con violencia hasta que volví a estallar en un orgasmo que hizo temblar todo mi cuerpo.

Puso su mano frente a mi cara para que limpiase mis jugos de sus dedos. Aprovecho para volver a mirarlo a los ojos. La oscuridad sigue allí, me llama. Mis demonios me provocan a provocarla, paseando mi lengua por cada dedo, recordándole todo el placer que puedo darle si se deja llevar, tentándolo. Cruza mi rostro con otra bofetada.

– No me mires. Solo chupa. ¡Chupa!

De nuevo su mano frente a mi rostro. Bajo la mirada, pero intensifico los esfuerzos, imaginando las mil y una formas en que quiero saborear su verga. Mi deseo se hace realidad.

– Toma, ahora cómete mi polla.

Me trago todo lo que puedo, hasta sentir la punta en la garganta y voy sacándola poco a poco, envolviendo todo lo que puedo con mi lengua, cuando de pronto estoy ahogándome de nuevo con su verga, atrapada ahora por la nuca. Lágrimas y saliva mezcladas gotean en mis senos, en mis muslos, puedo sentirlas recorrer mi piel cuando saca su polla y golpea mi cara con ella, cada vez más fuerte, hasta partir mi labio inferior. El sabor de la sangre hace que el instinto desplace totalmente a la razón.

Lo miro directo a los ojos otra vez mientras acaricio la pequeña herida, retándolo a agotarme, a sobrepasar mis límites, aún no me he rendido. En respuesta, me coloca en cuatro patas, empujando todo su peso sobre mí para incrustar su verga en lo más profundo de mis entrañas sin previo aviso, haciéndome gritar. Callo cuando sus dedos jalan las comisuras de mi boca como un arnés y apenas puedo gemir. Siento cómo mi coño se hincha con cada embestida y no pasa mucho tiempo hasta que me hace estallar de nuevo, oleadas de placer rematadas por una suave espuma de dolor que lo intensifica, dejándome agotada y sin fuerzas. El movimiento se detiene, deja su polla metida en mí y comienza a darme fuertes nalgadas, sustituyendo poco a poco el placer por dolor, descargando su ira contra mi trasero, tapando mi boca para no permitirme gritar.

De nuevo, sin previo aviso, detiene todo y se sale de mí. Giro para sentarme en el piso, el frío alivia un poco el ardor en mis nalgas y veo que se guarda la polla en el pantalón mientras me observa, vaya espectáculo que he de ser en este momento. Su expresión es tan neutra que no puedo leer nada. No logré que se viniera. Me choca que haga eso pero está bien, en esta ocasión, la batalla le pertenece a él. Tomo la mano que me ofrece para levantarme y me abrazo a él, recargando mi cabeza contra su pecho para escuchar sus latidos regresar a su ritmo normal. Aprieto un poco más fuerte y siento cómo tensa los músculos. “Volverá”, me susurran suavemente mis demonios a modo de despedida, ocultándose en la oscuridad de mis pensamientos.

Cuando se va, me dejo caer al piso. Acostada boca arriba, cierro los ojos hundiendo mi consciencia en la oscuridad y dejando que mi piel se consuele del castigo recibido contra el frío suelo, mi cuerpo empapado en sudor, saliva, lágrimas y mis jugos escurriendo por mis muslos. Tiemblo aún de placer, pequeños estremecimientos como descargas eléctricas que nacen en mi coño destrozado, haciéndome temblar brevemente. Agotada y derrotada, me levanto y logro llegar a la regadera para darme un baño. El agua caliente va limpiando mi cuerpo y relajando mi alma. Apenas estoy consciente cuando llego a la cama. Sé que esta noche, por fin, no voy a soñar.

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Zofia “prisionera” y maniatada

 

Zofia es maniatada y puesta a merced (voluntariamente) por su amigo/amante/compañero Claudio.

 

Esta historia comienza en un dormitorio. De momento vacío. De un lado una cama, al lado un escritorio y una mesa de noche (contra la pared donde se halla la ventana que da al exterior), en la pared enfrente a la cama hay un armario, y en la última (frente al escritorio) la puerta de entrada.

Se escuchan ruidos afuera y risas…la puerta se abre de repente y entras dos personas. Zofia una chica de estatura media, cabello rubio, pechos medianos y buen trasero y su novio/amante/amigo con derechos Claudio. Se están besando apasionadamente y acariciando. Él la toma en brazos y la sienta sobre el escritorio donde se siguen besando. Ella le mira y dice:

Me haces arder.

Tu mas Zofi. Estoy muy caliente. Pero ahora lo estarás un poco mas

¿Qué tienes en mente?.

Parate en medio de la habitación, con las manos detrás de la cintura y de espaldas a mí.

 

Zofia obedecía. De reojo observa cómo abría un cajón del escritorio y sacaba una caja, y de las misma unas sogas.

Al momento se entera para que son cuando las uso para atarle las muñecas detrás de la cintura. Las ataduras eran firmes, pero no como para incomodarla e, inclusive, si quisiera, a la rubia no le costaría nada desatarse. Era un juego que estaba dispuesta a jugar.

Claudio, tras atarla, le dijo al oído –Ahora serás mi prisionera.

 

Acto seguido le rodeó con el brazo izquierdo, por encima del pecho, y tras darle un beso descendió su mano derecha hasta debajo de la falda y comenzar a masturbarla. Ella empezó a gemir mientras el estimulaba su sexo. Echó la cabeza hacia atrás recostándola sobre su hombro.

Lentamente la masturbación la llevó a que se “mojara”, que su vagina se humedeciera. Cuando Zofia se lo dijo, él se detuvo y, para su sorpresa, pasó otra soga alrededor de los antebrazos y el torso. Ahora con los brazos inmovilizados por ambas ataduras, Claudio hace que ella se recueste sobre el escritorio. De pie ante el mueble, boca abajo y con el torso apoyado sobre la superficie del mismo, ve cómo su amigo saca varios dildos/consoladores de la caja, para después bajarle la bombacha (llevaba una falda puesta).

 

Zofia cierra los ojos cuando Claudio le introduce un dildo/consolador no rígido de unos 15 centímetros en la vagina. Él lo mueve adelante hacia atrás con la mano izquierda mientras la derecha se apoya en la parte baja de la espalda de ella. La rubia se ríe mientras el suave juguete le hace cosquillas dentro.

Un rato después cambia de dildo/consolador por uno de 20 centimetros y más rígido. Él se ubica directamente detrás de ella, la toma de la cintura con la mano izquierda y con la derecha la comienza a penetrar. Ella suelta pequeños gemidos mientras el dildo/consolador entra y sale dentro suyo. Se va humedeciendo cada vez más. Le toma un glúteo y lo aprieta un poco.

Llevan así un rato hasta que decide darle vuelta. Zofi se siente “vulnerable” con las piernas abiertas, recostada sobre el escritorio bocarriba y maniatada. Lo observa y se miran fijamente a los ojos por un momento, hasta que él se arrodilla y comienza a practicarle sexo oral. Le pasa la lengua por el clítoris y la entrada de su ya humedecida vagina. Ella comienza a gemir.

Claudio se detiene para sacar un tercer dildo/consolador de 25 centímetros de lo largo y se lo comienza la penetrar mientras prosigue con el oral. El juguete firme y la lengua de su hombre la enloquecen. Ella gime constantemente.

 

¿Sabes Zofi…prisionera?-Comenta él-Tus gemidos…me distraen– Para acto seguido taparle la boca con la mano izquierda mientras con la derecha la seguía penetrando con el dildo/consolador.

Estuvieron un buen rato así. Ella totalmente inmovilizada y de piernas abiertas. Mientras que él, de pie enfrente, introducía en su sexo el juguete al mismo tiempo que le tapaba la boca.

Claudio estaba tan excitado como ella. Viéndola sonrojada, sudando, escuchando algún gemido de placer (a pesar de la boca tapada) y sus ojos cerrados para sentir con los otros sentidos.

Sacó el dildo/consolador y observó lo bien húmedo que estaba.

 

¿La estás pasando bien?”- le preguntó. A lo que ella asintió con la cabeza.

 

Le quitó la mano de la boca para dejarla respirar un poco, mientras sacaba un largo pañuelo de caja. Tras un minuto le amordazó la boca con él y la alzó en brazos para arrodillarla delante de la cama, con el torso recostado sobre la misma bocabajo. Zofia se volteó y alcanzó a ver cómo se bajaba el pantalón y después dejaba al descubierto su firme y erecto pene. “Ahora me toca a mí gozar un poco más”, dijo Claudio antes de tomarla de la cintura y penetrarla.

Adelante y hacia atrás, era el movimiento de la cadera de él. Zofia totalmente maniatada se dejaba hacer sintiendo el calor del pene dentro de ella. La penetración se extendió por un rato mientras con la vagina lubricada, por toda la previa, haciendo todo más placentero.

Cuando llegó al orgasmo y eyaculó, Claudio emitió un suspiro de placer. Derramó cada gota dentro de Zofia hasta que no quedó más.

Unos segundos después se separó de ella y se levantó el pantalón. Zofia volteó y lo miró a los ojos, su frente estaba perlada por el sudor y respiraba algo agitada. El tener la boca cubierta por el pañuelo hacía que sus ojos, sus hermosos ojos, resaltaran. Algo en su mirada pareció indicar que esperaba que su compañero le quitara el pañuelo y liberara los brazos.

 

Claudio lo percibió- ¿Crees que esto acabó prisionera?-. A lo que ella levantó una ceja expresando algo de confusión-. Aún no hemos terminado señorita.

 

Acto seguido la levantó y la cargó sobre un hombro. Y así, maniatada y sin bombacha, Claudio se la llevó a otra habitación “más privada”. Mientras le decía:

La diversión…acaba de comenzar.

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Sexo duro por misantropía. Segunda parte

Como os comentaba en la primera parte de “sexo duro por misantropía”, mi pasión por el sexo duro nació años atrás de la indiferencia, el odio e incluso la repulsión que siento hacia el ser humano y mi realidad. Y justamente eso hizo que no me diese cuenta del brutal orgasmo que le había sobrevenido a la incauta, quedándose sin fuerzas por unos instantes mientras seguía con mi polla bien adentro de su vagina, de pie los dos y con ella contra la pared. Verla disfrutar no hace más que acrecentar mi odio. Nadie merece que le haga disfrutar, así que no paré de penetrarla apretándola aún más contra la pared, aunque esta vez ninguna mano tapaba su boca, pues ahora le jalaba del pelo mientras que con la otra mano la atraía hacia mí por la cintura. Simplemente tenía la intención de transformar su placer en dolor.

Pronto dejó de tener lubricado el coño. Mejor así, más dolor para ambos. Sin parar de follarla y de agarrarla por el pelo, despegué su cara de la pared para ver su expresión. Con los ojos medio cerrados y la boca abierta, un largo y enrojecido cuello como de cisne esperaba a ser devorado nuevamente.

Aaaah!! –Gritó- ¡uuuff!

Saqué mi polla enrojecida por la fricción y puse de rodillas a mi perra. Cogí sus dos manos y alcé sus brazos al máximo con una de mis manos. Con la otra mano me cogí la polla y se la metí en la boca. Sujeté su cabeza y llevé la punta de mi polla hasta su mismísima campanilla. Arcada tras arcada mi excitación empezó a aumentar, sobre todo por verla indefensa pese a sus intentos por respirar, e incluso por zafarse de la prisión sin rejas en la que se encontraba.

-Glup, glup, glup…-era todo lo que se oía en el salón mientras resbalaban lágrimas de sus ojos, los mismos que minutos antes pedían más fuerte, ahora pedían más clemencia. Siempre más-.

Le metí la polla lo más adentro que pude y la dejé ahí mientras que la mano que antes sujetaba la cabeza pasaba a taparle la nariz, de la cual la atraía para mí. Su cara completamente morada y sus esfuerzos por intentar salir airosa me hicieron aflojar. No quería romper a mi juguete…o al menos no quería hacer más pedazos de él.

Sexo duro sin descanso

Sin soltarle los brazos, pegué su cara contra el sofá. No la penetré. Solo quería verla sometida a mis designios. Solo quería verla rendida. Me senté frente a ella admirando la belleza del sometimiento, expresado este en tan bello cuerpo esperando su destino: una espalda estilizada e inmaculada, unas nalgas puestas a mi gusto y un chochito que volvía a rezumar unos fluidos por los que más de uno mataría. Maravillado ante tan magnífica estampa, me levanté del sillón masajeándome la polla y, al llegar a su altura, le pisé la cara al mismo tiempo que le metía de golpe tres dedos en su raja. Le quité el pie de la cara y se lo puse al lado para que empezase a chuparlo y a lamerlo como la perra que es. Con tanto ímpetu le metía los dedos que podía ver cómo sus rodillas se despegaban del suelo. Sus gemidos ahogados certificaban el inmenso placer que mi perra estaba experimentando, así que intensifiqué la fuerza del movimiento buscando destrozar la mejor herramienta de sometimiento que existe en el mundo: la vagina de una mujer. Sin embargo, aquello la llevó inexorablemente a un nuevo orgasmo que llenó mis manos de su espeso y blanquecino magma de placer, emanado de tan nefasto volcán.

Cada orgasmo suyo la hace un poco más mía; y cada intento por adentrarse en mi mente la deja más perdida aún. Sin apenas fuerza en sus extremidades debido a su resistencia y a sus orgasmos, queda completamente a mi merced. Le doy sus propios fluidos para que los chupe de mi mano, y lo hace con deleite, mirándome a los ojos con esa mirada desafiante tan suya… Es valiente y persistente después de todo, me digo a mí mismo, y eso es lo que la hace merecedora de estos momentos. Y pienso esto mientras vuelven mis demonios a musitarme al oído que vuelva a ahogarla, que tienen ganas de volver a ver cómo se torna esa mirada desafiante en una súplica de clemencia ¡Plas! Suena una nueva bofetada con la mano recién limpia por su lengua, aún mojada de saliva.

No me mires –le ordeno-. Solo chupa –vuelvo a ordenarle, mientras le pongo la mano a la altura de su cara para que pueda olerme la mano, como la perra que sabe que es-. ¡Chupa!

Y sigue chupando creyendo que me importa lo más mínimo lo que está haciendo. Se afana por complacerme sin saber que no puedo lograr complacerme, haga lo que haga.

Toma, ahora cómete mi polla –le ordeno mientras le ofrezco mi dura verga-.

Se hincó todo lo que pudo de mi endurecido miembro. Metía y sacaba cada centímetro de carne con delicadeza hasta rozar su campanilla. Le cogí la cabeza y empecé a incrementar más y más el ritmo. No tardó en llenarme la polla, los huevos y el pantalón de saliva, incluso de lágrimas que se le escapaban al tropezar la cabeza de mi polla contra su garganta. Glup, glup, glup… Cogiéndola de nuevo por el pelo eché para atrás su cabeza, pudiendo contemplar una cara bonita, enrojecida, con el rímel corrido y la boca llena de saliva, que le caía hasta las tetas. Me cojo la polla y le doy golpes cada vez más fuertes en la boca, llegando a salpicar algo de sangre de su labio inferior. En ese momento, se toca el labio agrietado mientras me mira. La más oscura lujuria hace aparición en sus ojos, que ahora piden más sangre y más dolor. Se relame los dedos ensangrentados. Yo te daré dolor, pienso. La vuelvo a colocar a cuatro patas y le clavo mi polla por completo, dejándole caer todo el peso de mi metro noventa de estatura y más de 120 kilos. Un fuerte alarido de dolor sale de su boca, pero no le doy oportunidad para que se repita, pues le cojo la boca con las dos manos y jalo de las comisuras de sus labios, como si se tratase del bocado que se le pone a los caballos. Así seguimos durante unos minutos, sin parar de bombear su dolorido coño mientras sus gemidos se deshacen como el humo tras un nuevo orgasmo que la hace desfallecer sobre el suelo. Por un instante barajo la posibilidad de romperle el culo sin previo aviso, pero solo me limito a darle fuertes nalgadas manteniendo su boca tapada con mi mano. Doy rienda suelta a mi ira con fuertes embistes y nalgadas. Sus glúteos, completamente rojos y con líneas de sangre marcadas, no admiten más dolor.

Aaaaahh –grita, entre sollozos, sangre y lágrimas derramadas-, basta, por favor. Uuuaahh, mmm, por favor, -es lo que alcanzo a entender, pues aún seguía tapándole la boca-.

De pronto, paro de darle nalgadas. Paro de penetrarla. Paro de taparle la boca. Simplemente me salgo de ella, que se da la vuelta mirándome desde el suelo, con el culo apoyado en el frío suelo, como buscando mitigar el dolor con él. La miro fijamente mientras me guardo la polla en el pantalón. Solo veo un despojo con alma, derrotada y con la incertidumbre dibujada en esos ojos que siempre piden más. No he tenido suficiente, ambos lo sabemos, pero el poder nunca estuvo en quien abusa de él, sino en quien lo ostenta sin necesitarlo.

Le invito a levantarse, pues mis demonios guardan silencio. Ella se levanta y se apoya en mi pecho. Su dueño ya se ha ido, y solo le consuela abrazar a un ser indiferente a la espera de que la indiferencia se vuelva a transformar en ira y odio, para volver a tener su dosis de sexo duro.

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Sexo duro por misantropía. Primera parte

Algunos dirán que se trata de un relato erótico de sexo duro, otros dirán que es una fantasía oscura de sexo. Sin embargo, solo quienes somos capaces de adentrarnos en las profundidades del alma y de la mente sabemos que es mucho más que sexo duro o prácticas morbosas.

En ocasiones, los demonios más sádicos del averno me visitan. El odio y el hastío que me provoca la inmundicia humana hacen que, de repente, mis más oscuros pensamientos salgan a flote con la seria intención y necesidad de dejar huella en mí…y en quienes me rodean.

Ella lo sabe, y le gusta. Su agradable rostro tiene la facultad de encerrar la más perversa de las miradas, el más oscuro de los vicios y el más negro de los universos. Es una lucha constante, donde ella pretende sumergirse en los rincones más recónditos de mi mente, pero mis demonios no emanan por voz y orden de nadie. Ni siquiera el dulce susurro de la mismísima Perséfone sería capaz de gobernar sobre ellos.

Aquella noche me esperaba feliz, cómodamente sentada en el salón mientras leía. Verla feliz no le pareció correcto a los seres que habitan en mí. O tal vez sí, y por eso quisieron salir para poseerla, para hacerla de ellos, para someterla. O quizás solo querían robarle esa felicidad para sí mismos, y por ello me invitaron a dirigirme a ella.

Ambos nos conocemos demasiado bien como para andar poniéndonos límites. No hay un juego en el que interpretar un papel. No hay una palabra clave que ponga freno o fin a nuestra locura. A ella siempre le gustó la contradicción de dominar y sentirse presa. Y a mí los sentimientos y gustos de los demás siempre me fueron indiferentes. Ni siquiera me importan mis propios sentimientos más allá del placer de ver sufrir a quien disfruta con el binomio dolor-placer.
Al llegar a su altura le agarré del cuello con la presión justa como para levantarla y quedarme fijamente mirándola a los ojos. Esos ojos que tienen la capacidad de someter a la mayoría, pero que bajo mi mirada solo aciertan a ser la viva voz del miedo y el placer. Esos ojos que, temerosos, piden más. Más fuerte, más rudo, más adentro, más violento…pero también más clemencia, más compasión. Siempre más.

Sin mediar palabra, ya sabía que su dueño había vuelto. Infinitos recuerdos se agolpaban en su mente: recuerdos inconfesables, o tal vez solo fantasías. Experiencias al fin y al cabo. Mientras permanecía sujeta por el cuello, apenas pudiendo respirar mientras contenía la mirada de su amo, recordó la primera vez que la pusieron sobre la mesa de despacho, con la boca tapada por una perversa mano y con la falda bien subida para no impedir la penetración brutal. Recordó esa primera vez en que se convirtió en un juguete, en un mero instrumento de placer egoísta para un ser depravado que buscaba en la juventud de su presa el elixir y la ambrosía de su estrecha e inexplorada cueva. Recordó también el modo en que le excitaba todo aquello, pese a sentirse humillada, vejada, ultrajada y usada a tan tierna edad.

Aquel juguete creció y quiso jugar con quien se le cruzó en el camino. Sabía que esa cueva era un lugar en el que todo hombre querría adentrarse al precio que fuese, incluso intuyendo muchos de ellos las nefastas consecuencias de dejarse seducir por los cantos de sirena. Sin embargo, eso solo le pasa a quienes aman…y el amor no tiene cabida en una mente perturbada como la nuestra, ni en un corazón tan negro. El amor que había en mí murió asesinado una y otra vez, convirtiéndose sus restos en mero rencor. Un rencor que florecía en forma de demonios que ahora tenían bien sujeta a su presa por el cuello, disfrutando al ver la dificultad con la que respiraba, esos labios carnosos entreabiertos y esa mirada, entre desafiante y temerosa.

Sexo duro. Preliminares

De un tirón le hice girones la camiseta. A continuación, le desabroché el pantalón y se lo bajé hasta debajo del culo para que fuese cayendo por sí solo. Iba sin bragas, como a mí me gusta.

¡Plas! Sonó la primera bofetada a la incauta ¡Plas! Sonó la segunda, con el revés de la mano. Los ojos seguían en contacto, su cuello seguía preso y mis ansias de venganza empezaban a asomar. Al cabo de unos segundos, intentó acercarse poniéndose de puntillas para besarme, pero la mantuve a escasos centímetros de mis labios. Podía sentir su respiración entrecortada, incluso la aceleración de su corazón en mi mano. La tiré sobre el sofá y, aprovechando su libertad, se acarició el cuello sin dejar de mirarme. De nuevo, sus ojos pedían más. Se puso de pie, colocó sus manos detrás de mi cabeza y me besó. Mis labios ni se inmutaron mientras ella se afanaba en besarme con los suyos y con su lengua. Pronto llevó una mano a mi polla para hacerla partícipe de todo aquello.

Contuve la respiración para controlar la erección que buscaba mi presa. Nunca permito que una perra llegue a ponérmela dura, pues eso les concederle un poder y un privilegio que solo a mí me pertenece, así que, tras unos instantes de caricias y besos, la cogí por su largo cabello tirando hacia atrás del mismo con violencia. De esta forma la coloqué de rodillas frente a mi polla, la cual me saqué del pantalón para que la viese. Como acto reflejo fue a cogerla para empezar a mamarla ¡Plas! Sonó una nueva bofetada.

Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?
Mmm, sí. Pero quiero que…-empezó a decir-.
Cállate, -dije bruscamente-. No me importa lo que quieras –le espeté-. Solo mírala y siéntela –le ordené, mientras comencé a acariciar su rostro con mi polla-.

Estaba domando a mi indómita perra. Siempre fue así, uno domina y otro sucumbe. Esa lección me la enseñaron bien desde temprano. Ese aprendizaje me hizo no pensar en nadie ni en nada, excepto en la muerte y el sufrimiento. Si a la muerte no podía dominarla, al menos sí al sufrimiento. Haría del dolor y el sufrimiento mis mejores compañeros de viaje y de sexo. Podríamos llamarlo sexo duro, otros le llamarán BDSM, pero para mí no es más que la forma en que se expresan mis odios. Odio por lo que fui y por lo que no llegué a ser, odio por quienes pasaron por mi vida y por los que están ella, odio por todo y por todos.

Volví a tirarle del pelo para levantarla de un golpe, la puse de espaldas llevándola frente a la pared, donde puse su cara apretándola fuerte contra la misma. Con la mano que me quedaba libre endurecí mi verga, luego le acaricié su húmeda raja y me pegué a ella para que sintiese todo el esplendor de mi miembro. Me acerqué a su cuello, sentí cómo se le erizaba hasta el último vello de su piel y, sin previo aviso, comencé a morderle con furia el cuello.

Aaahh, ufff, síí…-exclamaba tímidamente ella-.

Me eché para atrás, cogí mi polla y ensarté con facilidad su más que lubricada vagina.

Uuufff! Así…sigue, así…

Al oír cómo estaba disfrutando le tapé la boca. De nuevo volvieron sus recuerdos, de nuevo aquella pérfida mano acallándola. Aunque era otra persona, era la misma mano. Volvía a ser un juguete, solo que esta vez ni siquiera servía para satisfacer a un ser oscuro. Mientras sus recuerdos se agolpaban queriendo salir en forma de súplicas y gemidos, mi polla seguía taladrando a placer aquel coño tan mojado, cada vez con más violencia, quedando ambos cuerpos completamente rectos, golpeando sus tetas y pelvis contra la pared. Su bello rostro quedaba a salvo del frío muro gracias a la mano que la estaba atormentando física y psicológicamente.

El sexo duro en su más amplio espectro estaba por llegar. Ambos lo sabíamos, y vosotros seguiréis siendo testigos en la segunda parte de “sexo duro por misantropía”.

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Oscura fantasía erótica. Deseos no revelados

– Esto no está funcionando -pensé después del prólogo de mi oscura fantasía erótica-.

Frustrada, cerré la computadora de golpe y me tallé los ojos bajo los lentes. Llevaba horas frente a la pantalla tratando de terminar los pendientes del día, pero invariablemente regresaba al sitio, donde una página en blanco se burlaba de mi incapacidad de ignorarla. Siempre me han gustado los retos, aunque definitivamente creo que es más fácil cuando tienes alguna idea de lo que se espera de ti.

La noche anterior había soñado con esa sombra enorme que me cubría. Atada a un poste, hincada, rodillas separadas y con los brazos levantados sobre mi cabeza, las cuerdas se apretaban firmemente alrededor de mi torso. Sentía una suave corriente de aire frío acariciar cada rincón de mi cuerpo expuesto, haciendo que toda mi piel se erizara expectante; podía sentir su presencia imponiéndose sobre mi voluntad, rozando apenas con una delgada vara mis pechos. Cuando dejó caer el primer azote desperté, pero la imagen de este enorme hombre con el rostro oculto en la penumbra de mi subconsciente me había perseguido todo el día. Marina levantó la vista de su pantalla. Bendita tecnología que nos permitía trabajar desde cualquier lugar con conexión a internet. Era costumbre que cuando alguna de las dos no podía concentrarse, se fuera a trabajar a casa de la otra. Estar junto a ella siempre me había ayudado a tranquilizar mi mente.

-¿Qué? ¿Volviste a trabar la computadora?

-No. Es esta idea que no me deja de dar vueltas en la cabeza.

-Sigues pensando en él.

Marina cerró su computadora y la dejó sobre la mesa. La tarde comenzaba a caer tiñendo las nubes con tonos rosas y naranjas de fantasía, que contrastaban con los púrpuras de la noche, mientras esta iba ganando terreno en el firmamento. Vi cómo se dirigía a la cocina para poner una nueva carga de café. Dejé la computadora sobre la mesa y me acerqué a la barra, tomé una galleta, la empecé a mordisquear sin poner atención, mirando fijamente a la nada mientras Milán, la gata de Marina, se tallaba contra mis piernas, pidiendo atención.

-Bueno, pues ya lo hizo, te exhibió públicamente. ¿Qué vas a hacer?

-Aún no lo sé. Supongo que seguir escribiendo. El problema es que ni siquiera sé por dónde empezar. Quiero hacer tantas cosas que no puedo poner orden en mis fantasías. La distancia le pone un algo interesante. Así puedo ser cualquier cosa que él quiera, y viceversa. Es como la máxima expresión del juego de rol.

Marina ha sido mi mejor amiga por años, podría decirse que es la persona que mejor me conoce en todo el mundo. Nos conocimos en la universidad. Ella era un par de años mayor, pero estaba cursando una materia de primer año que se había saltado por falta de tiempo. Yo acababa de empezar la carrera, pero dado que venía de estar toda la vida en una escuela pequeña, entrar a la enorme universidad había sido un gran cambio para mí. Podría decirse que ella me adoptó. Conforme pasaba el tiempo, más fascinada estaba yo por esta mujer, así que cuando en una fiesta tuve la oportunidad de besarla, no lo dudé. Su olor embriagaba mis sentidos y mis manos por fin recorrían su cintura, sintiendo el sudor de toda una noche de baile, mientras se abrían paso entre la ropa para sentir la curva de sus pequeños senos, preludio de lo que había deseado hacer por tanto tiempo.

Aún podía recordar la dulzura de su miel escurriendo por las comisuras de mis labios y lo suave de su piel. En más de una ocasión me quedaba viéndola dormir a mi lado, rozando las curvas de su espalda con mis dedos. Los años habían ido modificando nuestra relación y cada quien había tomado su camino, pero nunca dejé de soñarla. Su piel blanca como alabastro contra una cama de hojas verdes en un rincón escondido del bosque, ahogando sus gemidos con mi boca mientras mis manos recorrían su humedad, haciéndola arquearse de placer. Ella sabía que nunca iba a dejar de desearla y cada vez que me sorprendía mirándola con nostalgia, acariciaba mi rostro, me miraba con esos hermosos ojos color miel mientras sonreía dulcemente, y continuaba con lo que fuera que estuviese haciendo. Me dio mi taza humeante de café, regresó a su sillón para acomodarse recogiendo las piernas y me miró fijamente.

-Entonces esto es un juego de rol.

-No tengo ni idea de que sea. Sé que lo reté con el comentario sobre la censura, pero sinceramente no me esperaba que pasara esto.

Marina negó con la cabeza mientras soltaba un largo suspiro de resignación. Me conocía lo suficientemente bien para saber que cuando se me metía una idea (o un hombre) en la cabeza, no iba a parar hasta conseguir lo que quería, y yo no estaba de humor para seguir discutiendo el asunto. Quería saber más sobre aquel que había encontrado el modo de colarse hasta lo más profundo de mis fantasías más perversas. En cuanto terminé mi café guardé mis cosas y me despedí de mi amiga. Al salir de su casa, me detuve bajo la luz de una farola para ponerme los audífonos, dejando que la música envolviera mis pensamientos.

Caminar de regreso me daba tiempo para dejar volar mi imaginación. La noche había traído un viento helado que cortaba la piel, haciendo que casi todos los transeúntes eligieran otros métodos de transporte, dejando las calles casi vacías para disfrutarlas. Las primeras gotas de una llovizna otoñal caían sobre mis mejillas mientras buscaba calles poco transitadas, escondiéndome entre las sombras de los árboles para evitar que las pocas personas con las que me topaba vieran la sonrisa dibujada en mis labios mientras iba soñando despierta, continuando en mi imaginación el sueño de la noche anterior, dejando a los demonios abrirse paso entre mis pensamientos para susurrarme los más perversos vicios, las fantasías más oscuras de mis deseos no revelados.

Sentía el primer azote sobre mis pechos. No se había contenido, la delgada vara había dejado la marca de una profunda línea roja que cruzaba justo por debajo de mis pezones, minúsculas gotas de sangre emanaban de los poros castigados. Todo mi cuerpo se estremeció, tratando de liberarse instintivamente por un momento, temeroso de saber que esto apenas era el principio. El sonido de la vara cortando el aire rompió el silencio, descargando la fuerza del segundo azote justo por encima de mi pezones esta vez. Un tercer azote dio de lleno en ellos, arrancándome un gemido de dolor que intenté apagar entre dientes. Pude sentir el suave roce de sus dedos sobre las marcas. Levanté el pecho, ofreciéndolo a esas manos que apenas me tocaban. Detuvo su camino en mi pezón derecho, dibujando una y otra vez la línea que lo cruzaba por el centro, haciendo que se endureciera. Cuando lo apretó entre sus dedos, una descarga de excitación estalló desde mi entrepierna haciéndome abrir las piernas un par de centímetros más.

Mis tobillos cruzados estaban atados al poste, obligándome a mantener las rodillas abiertas todo el tiempo. Casi no podía sentir las piernas por la posición, pero no había forma de soltarme de mis ataduras. No es que quisiera liberarme, solo tenía que probar qué tan firmes eran los amarres. Mis movimientos se vieron frenados por una fuerte punzada de dolor al sentir la vara descargarse contra la parte interior de mi muslo izquierdo. El castigo continuó alternándose entre mis muslos, comenzando cerca de la rodilla y subiendo un par de centímetros con cada azote, deteniéndose a menos de un palmo de distancia de mi entrepierna. Levanté la mirada para verlo, sonriendo descaradamente al mirarle directo a los ojos.

-Asumo que estás esperando a que diga algo como “gracias Señor”, ¿no?

Sabía muy bien que el chistesito me iba a costar caro, definitivamente no era la clase de hombre que permitía una burla así sin castigo. No sabía qué esperar, pero no podía evitar retarlo, empujar los límites cada vez un poco más, un canto de sirena que llama a los más sádicos demonios del averno, ofreciendo el lienzo virgen de la blancura de mi piel como sacrificio en el altar de la lujuria. Esas líneas escarlata eran apenas las primeras, tan anheladas, tan deseadas.

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Sexo duro como recompensa

El sexo duro, o sexo hardcore, es algo que mucha gente –sobre todo mujeres- ve con recelo. Yo, por mi parte, encuentro en el sexo duro un plus de excitación en mis experiencias sexuales, aunque siempre he respetado a aquellas tías que no hayan accedido a experimentar el morbo del sexo hardcore.

Tal es el caso de mi actual pareja, Virgi, a quien le gusta mucho el sexo en pareja, el típico polvo de besitos, caricias y te quiero. A mí, todo lo que sea follar me parece de puta madre, pero claro, la cabra tira al monte y después de varios meses de relación le saqué el tema del sexo duro y le pregunté qué le parecía el tema, a lo cual ella me respondió con un sonoro “ni lo pienses”. La verdad es que me imaginaba de antemano esa respuesta, así que a partir de ahí, cada vez que follábamos intentaba introducir pequeñas variantes para ir tanteando el terreno…Un día probé a darle un par de nalgadas bien sonoras, a lo cual no le dio demasiada importancia –más bien podría decir que pareció gustarle, aunque no me dijo nada-. Otro día intenté ponerla a cuatro patas, pero se negó… Incluso un día me atreví a masajearle el ano, cosa a la que no puso impedimentos, pero cuando intenté introducirle un dedo… ¡Por poco me mata!

A pesar de la poca variedad de experiencias sexuales con Virgi, la seguía queriendo por la forma de ser que tiene y por cómo se comporta conmigo, así que traté de seguir siendo el novio perfecto. De este modo, estuve en todo momento con ella dándole clases de conducir, pues no es muy diestra en eso de manejar vehículos. Si me hubieran dicho los buenos frutos de mi conducta, creo que no me lo habría creído jamás. En efecto, Virgi aprobó el examen práctico de coche, por lo que estaba realmente feliz y motivada…”cuando llegue a casa te voy a dar lo tuyo”. Esas fueron sus palabras exactas, por lo que lo dispuse todo para un magnífico recibimiento.

Nada más llegar, sin mediar palabra, me dio un largo beso que dio lugar a besos más cortos, casi inocentes, pero muy seguidos y sin parar de mirarme con una cara de lujuria que nunca antes le había visto. Pronto notó que mi paquete iba creciendo, por lo que mientras me besaba de esa forma tan ardiente empezó a acariciarme la polla por encima del pantalón. Mis manos se fueron directamente a por ese tremendo culo respingón y apretado, entrenado a base de spinning en el gimnasio. A pesar de sus vaqueros y de su culotte, podía escuchar con claridad el sonido de su concha húmeda al juntar y separar sus glúteos, cosa que me encendió aún más.

Cuando me disponía a llevarla en brazos hasta la cama para hacer lo mismo de siempre, Virgi paró de besarme, sin dejar de masajearme la polla, y me dijo:

-Ahora me toca a mí darte tu premio…

-Qué pre…pre…miooo?? –mientras le hacía la pregunta, sin perder ni un segundo, sacó mi polla del pantalón y empezó a hacerme una mamada algo torpe, insegura, pero con una cara de vicio y una dulzura en la forma de comérmela que hicieron de esa mamada la mejor que jamás me hayan hecho.

-Te gusta, eh, te gusta? –decía cada vez que salía mi polla de su boca.

-Sí, sí, sigue así cariño…sigue, mmmm.

De forma instintiva le cogí la cabeza para guiarla a mi antojo. Como no puso ninguna pega, seguí dirigiendo la situación a mi antojo hasta que sin darme cuenta le estaba follando la boca con ímpetu. Ella se dejaba hacer, aunque me paraba poniendo sus manos en mis piernas de forma discreta, como pidiendo un respiro. Le miré a los ojos y vi cómo le lagrimeaban. Se estaba portando como una campeona. A continuación la puse de pie.

-Déjame ver a qué sabe mi polla, -le dije mientras la ponía de pie y le comía la lengua para saborear mi propia polla en su boca. Ella no dejaba de pajearme mientras tanto.

Así, de pie, la puse de espaldas a mí, apoyando sus manos contra la pared y haciéndole ofrecerme su tremendo culazo. Le metí el dedo corazón hasta el fondo, comprobando así lo mojada y cachonda que estaba. Le metí también el dedo anular y empecé a pejearla desde atrás con un ritmo intenso y constante mientras le comía el cuello con lamidas, mordiscos y chupetones, lo cual incrementaba todavía más el estado de excitación de ambos hasta que, sin esperarlo, dejó de gemir durante unos segundos…Ahí estaba, ya venía su primer orgasmo, y se hizo notar mediante un tremendo alarido mientras todo su cuerpo se quedaba sin fuerzas, con mis dos dedos bien adentro y mi polla preparada para ensartar a mi novia.

-Aaaahh, uuuffff, aaaaahh, mmmmm, diooooossss… -gritaba a la par que jadeaba-.

Saqué mis dedos empapados –y arrugados- por sus jugos vaginales y, mirándola a los ojos, me metí en la boca el dedo corazón. Al hacer el gesto para introducirme el dedo anular, Virgi me cogió la mano, sacándome el dedo de la boca, y se metió ambos dedos en la suya. Me chupaba y lamía los dedos como si de mi polla se tratase, manteniéndome la mirada con un aire de auténtica zorra en celo, lo cual hacía que mi polla palpitase, deseosa por llevarse su parte.

Así, con los dedos mojados tanto por el coño de mi novia como por su saliva, me humedecí la polla, atraje para mí el culo de Virgi y me abrí camino a través de su chochito. Empecé el mete y saca atrayéndola por las caderas, pero me di cuenta de que tenía carta blanca, así que la cogí por los pelos con la mano izquierda, mientras que con la derecha le daba nalgadas. Sabía que pegarle en el culo la ponía más cachonda, así que no había nada que temer. Después de pocas embestidas, ya me la estaba follando con dureza. Con el culo rojo por las nalgadas, el cuello morado por los muerdos y el coño completamente abierto por la tremenda follada que le estaba dando, mi recatada novia se había transformado en una auténtica máquina de follar.

Sin soltarla de los pelos y sin sacarle la polla, la retiré de la pared para ponerla a cuatro patas en el suelo. Con una visión espectacular de su trasero, continué cabalgándola cogiéndola de la cadera y de los pelos, tirándole hacia atrás para poder comerle la boca, ahogando así sus gemidos y aumentando todavía más el clímax. Sin sacarle el rabo en ningún momento, la tumbé bocabajo, notando así su culo en mi pelvis y comiéndole la boca por la comisura de los labios desde atrás.

-Esta es mi putita. Así me gusta…

-Mmmm, oooooaaaaahhh, síííí…sigue, sigue, me corro otra veeez, sigueee!

Y seguí dándole, metiendo y sacando mi verga de ese agujero tan placentero y apetitoso. Como no se corría, salí de ella, la volteé y empecé a comerle el coño con avaricia.

-Ooooaaaahhh, sííí, qué rico cariño, sigue, no pares!!

Tras una buena comida de coño a la par que la masturbaba nuevamente, llegó su segundo orgasmo entre más espasmos y tirones de pelo…aunque esta vez me tocó a mí sufrirlos.

-Quiero polla. Métemela. Quiero tu polla. Fóllame.

Al oír eso me abalancé encima de ella y empecé a follarla en esa postura que tan poco me gusta, pero con un nuevo matiz. Ahora me la estaba follando con violencia mientras ella no paraba de gritar de placer y de pedir que le diera más y más fuerte. Cuando estuve a punto de correrme, le metí la polla en la boca para que probase sus propios jugos. A juzgar por su forma de chupármela diría que le encantaron. Mientras me la chupaba, yo le daba pequeños guantazos en la mejilla por donde abultaba mi polla en su boca.

-Te lo tenías muy calladito, eh. La chupas como una puta. Como mi puta, porque eso es lo que eres.

Para no darle tiempo a pensar, volví a comerle le lengua y la puse de nuevo en pompa.

Mi verga entraba y salía sin dificultad. Nos lo estábamos pasando como nunca teniendo esa primera experiencia de sexo duro, así que me humedecí la yema de los dedos y empecé a darle un masaje anal con la idea de romperle el culo. De esta forma, logré un nuevo hito con Virgi, meterle un dedo en su ano. Le metí más o menos la mitad del dedo índice, y luego un poco ambos dedos pulgares. Todo parecía listo, así que humedecí su ano y mi polla, que estaba llena de sus fluidos, y me dispuse a ensartarle el culo.

-Me dueleee…no sigas, por favor, no sigas…

-Un poquito más cariño, solo un poquito más…-le contesté mientras hacía lo posible por introducirle al menos el glande.

-Ya está, por favor…no puedo, me duele, uuuufff –Imploraba Virgi mientras se echaba hacia adelante.

Contrariado por el pequeño contratiempo, la levanté, la llevé hasta la cocina en brazos, la coloqué encima de la mesa y empecé a follármela con dureza mientras la atraía hacia mí por las piernas. Ver su boba entreabierta, sus ojos bizcos por el placer y sus gemidos ahogados, sin fuerzas, me incitaban a follarla con mayor énfasis para arrancarle gemidos más sonoros, aunque ya no le quedaba aliento. Estaba exhausta, y yo también, por lo que el reflejo de eyacular pronto se hizo inaguantable.

-Uuuoooooh, me corro, me corrooo!-Exclamé justo antes de dar rienda suelta a mi torrente de esperma.

Virgi me dio un empujón para que me saliera de ella y, cogiéndose las tetas me las ofrecía con mirada de auténtica zorra. No me lo pensé dos veces y descargué toda mi leche sobre sus tetas, aunque algún borbotón de esperma le cayó en la cara y el pelo.

Cuando terminé de correrme, con una sonrisa medio pícara, medio inocente, se empezó a lamer mi leche mientras yo le refregaba mi rabo por sus tetas y su boca. Luego nos dimos un gran abrazo y me dijo…

-Otro día intentaremos que puedas probar el culo de tu putita, ¿sí?

Estos fueron los inicios del sexo duro con mi mujer, al cabo de unas semanas probamos con el sexo anal y a partir de ahí solemos tener bastante sexo hardcore…pero sexo hardcore verdad.

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