Cachonda, me volví a tirar a mi hermano José

Como ya saben algunos, siempre me gustó mi hermano José. Ya desde pequeña, cuando empecé a sentir atracción sexual por los hombres, él empezó a parecerme un chico atractivo. La segunda vez que vi a mi hermano follando No recuerdo si era sábado o domingo, pero fue en un fin de semana, en el que mi familia iba a la playaContinuar leyendo »

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3.1. Tania e Iván: La noche de los amantes… (Final Alternativo)

Este final es alternativo y no representa el final verdadero de la historia.

Lo he escrito para contentar a los muchos fans de la serie que me han escrito pidiendo una mayor participación de Erika. Muchas gracias a todos por seguir esta serie con tanta pasión.

Mi madre nunca pudo entenderme. Entendernos a los dos.

Desde que nos separaron a mi hermano Iván y a mí, yo me consideraba un espectro. Alguien triste, fría. Incapaz de sentir ninguna emoción positiva. Nada me importaba a excepción quizá de mi hermana Erika, quien aportó algo de luz al pozo en el que estaba atrapada.

Pero mi madre…

Ella nunca pudo entender la clase de amor que sentíamos el uno por el otro. Tampoco es que le importara mucho ya que para ella la verdadera perversión residía en que dos hermanos tuvieran sexo.

El día que nos sorprendió juntos pude verlo en sus ojos. El asco, el miedo y el sin sentido que representaba para ella. Al día siguiente, su mirada solo reflejaba odio y ese odio apagó mi mundo.

Pero un día mi mundo volvió a brillar. El día en que volví a verle…

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Corrí en su dirección tanto como él en la mía hasta que nos alcanzamos fundiéndonos en un abrazo enorme. Bueno, para ser sincera he de decir que literalmente salté sobre él y lo atrapé con brazos y piernas haciendo que estuviésemos a punto de caer al suelo. Pero de alguna forma Iván resistió la embestida y me sostuvo sobre él.

Después de tanto tiempo, volví a sentir su olor, su tacto… Su calor. Volví a llorar de alegría.

Cuando Erika llegó a nosotros también lloraba, pero con una expresión alegre en el rostro.

Se acercó tímidamente para no romper la magia de nuestro momento, pero Iván y yo acabamos atrapándola en nuestro abrazo y así permanecimos un buen rato. Al menos hasta que un conductor pitó para hacernos salir de la calzada.

Mientras llegábamos a la acera, el instinto hizo que Iván y yo entrelazásemos los dedos tímidamente solo para soltarlos bruscamente cuando Erika se giró para mirarnos. No fuimos lo bastante rápidos.

– ¿Pero qué hacéis? – Preguntó extrañada. Iván y yo nos pusimos algo nerviosos temiendo que se hubiese enfadado.

– ¿Estáis tontos?… – Dijo agarrando nuestras manos y volviéndolas a unir.

– Pensaba que ya os había quedado claro. ¡A mí no me importa lo vuestro! – Aquello nos desconcertó. Era una situación extraña y nueva que nuestra propia hermana nos animase a estar juntos.

– Chica, como no le plantes un beso en los morros… Le meto en un tren de vuelta a Barcelona. Tú verás… –  Aquello me hizo soltar una risa nerviosa que se cortó cuando mi hermano se encaró hacia mí también algo nervioso. Mi corazón se disparó.

Tenía ganas de besarle, claro. Pero siempre lo habíamos hecho en privado mientras que ahora estábamos en plena calle y con nuestra hermana mayor mirando.

Iván también parecía estar repasando excusas en su mente pero al final, como a mí, se le acabaron y el deseo pudo con la timidez.

Di un paso al frente y posé mis manos en su cintura mientras me estiraba para alcanzar sus labios. Fue un beso rápido. Tímido. Pero tras él, nuestros rostros se quedaron a pocos centímetros el uno del otro con nuestras miradas atrapadas en medio, chocando la una contra la otra y expresando con dureza la suma de todos los sentimientos que bailaban en nuestro interior.

Entonces se produjo ese momento en el que todo parece detenerse y apagarse, como si estuviésemos en medio de una pista de baile con un enorme foco de luz sobre nosotros, mientras suena una de esas canciones lentas que te incitan a seguir abrazados. Imagínatelo…

No puedes hablar, por que la canción y vuestras miradas lo dicen todo. Y entonces, sin previo aviso, se produce la magia.

Nuestros labios chocan lentamente mientras el beso nace poco a poco.

Al principio, te contienes por miedo a romper la atmósfera, pero poco a poco ganas confianza y te vuelves más osada. Cuando no sólo notas tu amor por él saliendo de tu pecho, sino que también te dejas atrapar por el suyo.

Durante los segundos siguientes, el beso se prolonga. Tus sentidos se disparan. Notas su respiración, su olor, su sabor. La presión de su boca tratando de devorarte lentamente…

Al final la canción se acaba, pero no te importa. Sólo quieres seguir besándole un poco más. Mientras el mundo que te rodea vuelve a reaparecer poco a poco hasta convertirse en un concierto caótico dejándote la sensación de que el momento se escapa y nunca volverás a vivir nada semejante.

Volvíamos a estar en aquella calle.

Cuando mi hermano y yo nos separamos, Erika nos observaba en silencio, sorprendida y con los ojos empañados.

– Os teníais ganas ¿Eh? – Preguntó al final secándose las lágrimas con los dedos. Aquello hizo que me ruborizara, pero había ganado confianza. Agarré la mano de Iván y no volví a soltársela en toda la tarde.

Erika nos llevó a su piso para dejar el escaso equipaje y después nos mantuvo toda la tarde ocupados yendo de compras. Aprovechamos para ponernos al día de nuestros asuntos y de paso regañar a Iván por no estudiar en condiciones. Bueno, la verdad es que también yo me llevé mi rapapolvo por lo mismo. Era evidente que nuestra hermana se mantenía informada de todo.

Al final, después de cenar en un restaurante italiano volvimos a casa. Erika nos había cedido su cuarto que tenía baño propio. Mientras, ella dormiría en el de su compañera de piso. Algo más pequeño y con una cama menos amplia. Se despidió de nosotros con un abrazo y el silencio inundó el cuarto cuando cerró la puerta tras de sí.

Saqué de mi pequeña maleta un pijama azul bastante viejo pero que era uno de mis favoritos. Durante unos segundos dudé sobre si debía cambiarme en el baño ya que me embargó la vergüenza repentinamente.

Era absurdo, él me había visto desnuda cientos de veces. ¡Habíamos hecho el amor otras tantas! Pero tras un año éramos de nuevo como dos desconocidos. o lo más parecido. Bueno, no tenía ni idea… estaba hecha un lío tremendo.

Al final, le di la espalda y comencé a desnudarme en silencio mientras él encendía una lámpara de noche y apagaba la luz del cuarto. Luego se sentó en la cama para observar el espectáculo. Su mirada era como una carga pesada sobre mis hombros pero no dejé de desnudarme.

Primero fue mi chaqueta rosa con capucha mientras me sacaba las zapatillas con los pies. Luego me desabroché los botones del pantalón vaquero blanco, pero acabé quitándome la camiseta negra ajustada y desabrochando el sostén dejando mi espalda al descubierto.

Después de quitarme el sostén eché mano de la parte superior del pijama pero…

– Espera… ¿Puedo verte? – Preguntó nervioso. Me giré lentamente a pesar de la vergüenza. Su mirada se encendió y casi pude sentir su calor.

– Ven… – Dijo tendiéndome una mano.

Tras unos segundos me acerqué a el y me agarró por la cintura para sentarme sobre su pierna izquierda mientras sus labios comenzaron a asediar mi hombro y mi cuello.

Le amaba. Le deseaba. Quería volver a hacerle el amor. Pero por algún motivo aún esperaba que todo fuese una broma cruel y me mantenía a la defensiva con un brazo cruzado tratando inútilmente de cubrirme los pechos. Estaba muy tensa.

– ¿Estás bien?… – Preguntó.

– Si, si… Es sólo que… Me cuesta creerlo. Esta mañana mi vida era un asco y ahora… Estás aquí… – Dije acariciando su rostro.

Nuestras cabezas quedaron unidas cuando apoyé mi frente sobre la suya.

– ¿Y cuál es el problema?… – Dijo agarrando mi mano y besándola.

– ¡Ninguno! De verdad… Sólo que… No quiero volver a perderte. El domingo tienes que irte y no… –

– Eh eh eh… No me vas a perder. Ahora sabes que nos estaremos esperando el uno al otro. Además, Erika nos está ayudando… – Dijo interrumpiéndome.

– Pero es que sólo es un fin de semana… – Insistí.

– ¡Pues no lo desaproveches!. Tania… Estamos aquí, ahora. Juntos… Es más de lo que ninguno de los dos hubiese soñado… – Sentenció besándome.

En ese instante la puerta sonó un par de veces justo antes de abrirse.

– Por cierto chicos se me ha olvidado… – Me puse en pie de un salto cubriéndome el pecho con el pijama cuando Erika entró. Su cara reflejó la vergüenza que la invadió en ese instante y comenzó a retroceder.

– ¡Oh! ¡Mierda! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! No pensaba que… Bueno, que miréis en el segundo cajón por si… ¡Adiósbuenasnoches! – Dijo finalmente cerrando la puerta apresurada.

Una vez pasado el susto inicial, Iván arrancó a reír contagiándome la risa. Me dejé caer sobre la cama mientras él rebuscaba en el segundo cajón.

Al sacar una caja de preservativos, nos miramos en silencio y poco después volvimos a reírnos con más fuerza. Aquello cada vez parecía más surrealista pero de alguna forma comenzaba a aportarme algo de seguridad.

Al final, más calmados, acabamos tumbados uno frente al otro. Observándonos con ternura entre caricias.

– Tienes razón… Estamos aquí. Ahora… Juntos… – Dije justo antes de besarle. No tenía sentido darle vueltas ahora. Después de un año, tenía la oportunidad de volver a tenerle y estaba dispuesta a aprovecharlo.

Me coloqué sobre su cuerpo mientras  devoraba su boca y quemaba su piel con mis manos. Cuanto más le besaba, más me excitaba. Cuanto más me excitaba, más le acariciaba el cuerpo buscando excitarle a él. Cosa que no me costó demasiado. Hay cosas que no se olvidan nunca y yo conocía todos los secretos de su cuerpo.

Le ayudé a quitarse su camiseta rápidamente mientras mis manos redescubrían su pecho. Estaba caliente, Acelerado y su corazón era como un martillo golpeando mi mano.

Las suyas se lanzaron a mis pechos. Sabía que se había fijado en que me habían crecido un poco en todo este tiempo. Probablemente no me crecerían mucho más, pero no importaba, para mí eran perfectas y también parecían serlo para él, que comenzó a devorarlas con avidez.

Sentirme deseada de nuevo era increíblemente excitante. A penas me había masturbado pensando en él unas cuantas veces durante ese año pero no se podía comparar con esto.

Sus manos suaves y calientes exploraban mi torso desnudo prendiendo fuego a mi piel mientras sus labios acosaban mis pezones sin cesar hasta conseguir erizarlos.

Para entonces, yo ya no aguantaba más y reclamé su atención volviendo a lanzarme a sus labios mientras trataba impaciente de desabrochar su pantalón. Al final, tuvo que ayudarme con el último botón mientras comencé a dar tirones para arrancárselo. Cuando lo conseguí, lancé su pantalón estrellándolo contra la mesilla de noche, creando un pequeño caos de fotos caídas, perfumes volcados y papeles revueltos.

Luego llegó el turno del mío que costó un poco más por que era ajustado y además no podíamos dejar de besarnos. Pero por fin, con media cama deshecha y los labios enrojecidos por el roce, mi pantalones salieron llevándose con ellos mi ropa interior. No había hueco para las sutilezas. Estábamos acelerados y no queríamos parar. Le echaba tanto de menos…

Cuando lancé mi mano bajo su ropa interior encontré su pene totalmente erecto. Ardía bajo el suave movimiento de mi mano al masturbarle lentamente.

Quise lanzarme sobre él y practicarle el mejor sexo oral que le había hecho nunca, pero me lo impidió tirando de mí y volviendo a poner mis labios al alcance de los suyos.

Esta vez fue él el que lanzó su mano entre mis piernas buscando prenderme fuego definitivamente.

– Te… Te he echado tan… to, ¡aaah…! tanto… de menos… Iván… ¡aaah… Dios…! – Dije mientras sus dedos se dedicaban a provocar el caos. No era sutil ni paciente, pero tampoco lo esperaba. Éramos dos volcanes en erupción constante que acumulaban presión antes de explotar.

Pronto, mi clítoris se convirtió en el punto débil que atacaba sin cesar obligándome a someterme completamente a él.

Cuando sus dedos comenzaron a penetrarme, me lancé para alcanzar un preservativo pero desistí. Estaban muy lejos.

Acabé descargando mi impaciencia y mi excitación sobre su cuello cuando estiró su brazo para tratar de alcanzar la caja de preservativos que acabó tirando por accidente al suelo y fuera de nuestro alcance. Eso colmó mi paciencia y directamente le arranqué su ropa interior como había hecho con su pantalón. Después, me puse sobre él con las rodillas a ambos lados de sus caderas y sujetando firmemente su pene, me dejé caer lentamente.

Cuando comenzó a abrirse camino, aun estaba bastante apretada y me pareció algo molesto. Pero me daba igual, no pensaba parar. El placer llegaría tarde o temprano.

Por suerte estaba bastante bien lubricada y no tardé en dilatar permitiendo que entrara completamente. El placer llegó sin más y me arrancó un profundo gemido que expresaba no sólo mi excitación sino en cierto modo, mi liberación. El fin de todas mis dudas y preocupaciones. A decir verdad, estaba tan excitada que ello hizo que no me importara nada más que tenerle dentro de mí.

– ¡Dios!… – dije mordiéndome el labio mientras mi cuerpo avanzaba y retrocedía cada vez más rápido.

Iván se dedicaba sólo a respirar. Para él parecía ser un trabajo increíblemente duro ya que el placer le desbordaba. Eso me animó a seguir moviéndome buscando darle más placer. Pero faltaba algo.

Mi hermano me sorprendió incorporándose hasta sentarse en la cama y rodeándome con sus brazos, se  levantó conmigo a cuestas y me llevó hasta la pared más alejada a la cama. El choque contra el mueble fue violento pero a penas dolió. Acabó sentándome sobre él tras apartar las cosas que había con un manotazo. Algunas cayeron al suelo pero no nos detuvimos a mirar qué eran.

No había elegido ese punto al azar. El mueble tenía la altura perfecta. Abrió mis piernas y volvió a penetrarme con fuerza arrancándome otro gemido fugaz que fue más un pequeño grito que otra cosa.

Lo que vino después fue algo que conocía bien. Una sucesión de embestidas violentas que comenzaron a desmontar toda mi iniciativa y que me convirtieron en una simple muñeca de trapo a su merced. Esa era una de sus posturas favoritas y se entregaba a fondo en ella, eso estaba claro.

Mi respiración se mezclaba con los gemidos que lograban escapar a mi control mientras su ritmo lejos de ceder, aumentaba. Mis manos y mis labios se volvieron torpes a causa de las descargas de placer, pero me las apañé para sobrevivir un buen rato mientras mi interior parecía estar a punto de explotar. Ni siquiera me importaba ya contener los gemidos. A esas alturas Erika debía de estar alucinando.

– Iva… Iv… Iván… Dios, no… Pue… – En ese instante me sorprendió un orgasmo que me hizo doblarme tratando de alejar a mi hermano de mí inconscientemente. Pero no lo conseguí así que simplemente me quedé con la cabeza apoyada en su hombro mientras seguía penetrándome sin compasión.

Sus embestidas disminuyeron cuando mi interior comenzó a desbordarse empapando su pene como pocas veces me había ocurrido.

Mis gemidos se estrellaban contra su hombro mientras una de mis manos se aferraba a su nuca y la otra clavaba las pocas uñas que tenía en su espalda. Podía notar aquella humedad goteando y resbalando por mi vagina hasta fundirse con el mueble. Pero mi hermano no estaba dispuesto a darme tregua y comenzó a acelerar el ritmo de sus embestidas otra vez haciéndome  suplicar para que parara. Pero no lo hizo y eso volvió a llevarme al limite otra vez.

Sin haber empezado siquiera a recuperarme del primero, un segundo orgasmo me hizo bufar como una gata enfadada mientras mantenía los dientes apretados con todas mis fuerzas. Si llegué a manchar esa vez no estaba segura, mi cabeza daba vueltas y era consciente de pocas cosas. Solo supe que comencé a sentir cada milímetro de mi piel ardiendo hipersensible mientras mi cerebro se saturaba.

Mi vagina ardía con el roce de su pene, mi piel se erizaba con sus embestidas y mis muslos, aferrados a su cuerpo, comenzaron a arder por el esfuerzo. Las últimas embestidas ni siquiera las sentí justo antes de correrse en mi interior. Podía ver su pene entrando y saliendo de mí completamente empapado en semen. Como ya sabía, algunas cosas no cambian nunca y esa era una de ellas. Su primera corrida siempre era inmensa.

– Joder… enana… No sabes como echaba de menos esto… – Dijo tratando de recuperar el aliento mientras me besaba.

– No… Ya… Ya lo veo… – Dije sarcástica. Luego le di una fuerte palmada en el pecho fingiendo estar enfadada.

– ¡Y Ahora no me llames enana! – Escuchar “nuestra frase” hizo que comenzara a reírse mientras me abrazaba. Yo le abracé a él aún exhausta por los dos orgasmos consecutivos pero sin perder de vista la leonera en la que habíamos convertido el cuarto de Erika. Me parecía increíble que dos personas pudieran provocar tal desorden, pero por otro lado siempre nos había ocurrido lo mismo.

Cuando retiró su pene de mi interior me ayudó a bajar del mueble. Lo habíamos dejado pringado de semen y fluidos además de haber descolocado todas las cosas que había encima. Incluida una foto vieja de toda la familia de cuando aún éramos felices todos juntos.

Cuando la cogí para verla de cerca Iván me abrazó por detrás y apoyó su barbilla en mi clavícula.

– ¿Lo echas de menos? ¿Cuando éramos una familia normal? – Pregunté.

– mmmm… No mucho – Contestó tras varios segundos. No era la respuesta que esperaba.

– ¿Por qué? – Pregunté extrañada.

– Por que cuando éramos una familia “normal” tú y yo aún no… No habíamos “empezado” – Contestó haciéndome cosquillas en el estómagos.

– ¡Venga ya! Hablo en serio… – Me quejé divertida.

– Y yo… Si pudiese elegir cambiar algo y supiese que hacerlo me impediría estar aquí, ahora. Dejaría todo igual – Sus palabras me sorprendían tanto por el tono como por el significado. Parecía más seguro que nunca a la hora de hablar. Como si fuese más maduro. Giré la cabeza para besarle.

Tras unos segundos noté como sus manos comenzaban a volverse más descaradas y supe que trataba de encandilarme.

– Eh eh… Antes vamos a limpiar esto – Mi hermano gruñó disgustado pero le recompensé con otro beso.

Fui al baño a por papel y me fijé en que el semen de Iván corría por mi muslo recordándome la imprudencia que habíamos cometido. No era la primera vez y nunca me había quedado embarazada, pero no por ello dejaba de estar mal.

Salí del baño y le entregué el rollo de papel.

– Toma. Te toca limpiar mientras me lavo un poco – Dije intentando escabullirme.

– ¿Cómo? ¿Por qué? – Se quejó. Yo puse mi mejor cara de seductora y me acerqué a él lentamente.

– Por que sabes que luego… te lo voy a compensar… Por que harías cualquier cosa por mí… Por qué me quieres… – Cuando llegué hasta él agarré su pene y lo acaricié mientras besaba sus labios con picardía haciendo que comenzara a excitarse.

– Y por que si te vuelves a correr dentro de mí sin condón… Te la corto por la mitad – Dije simulando con mis dedos una tijera que trataba de cortar su pene. Pareció entender el mensaje y no volvió a protestar.

Cuando salí del baño 15 minutos después, Iván estaba a oscuras con la televisión encendida. Parecía estar a punto de quedarse dormido pero al verme con la toalla no dudó en arrancármela y volver a encenderse.

Sonreí al recordar aquellos días antes de que nos pillaran. Cuando aprovechábamos cada momento a solas para hacer el amor. Recordé que solía dejarme agotada mientras que a él aún le quedaban ganas. Era insaciable. Pero esa noche era yo quien estaba dispuesta a agotarle a él aunque tuviese que gastar hasta el último preservativo o dejarle seco a manadas.

Dos horas y tres orgasmos después caímos en la cama exhaustos. Le había acabado agotando, si. Pero me había costado lo mío. Al final, empapados en sudor, fundidos en un abrazo, acabamos quedándonos dormidos.

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Cuando desperté, aún eran las 04:45 de la madrugada. No había dormido más de un par de horas y estaba cansadísima, pero el sueño me eludía por lo que encendí la televisión.

Mi hermano dormía plácidamente con una expresión graciosa. Era increíble tenerle a mi lado. Pero más increíble aún era sentir la felicidad que me aportaba. Ahora más que nunca podía apreciarla.

No aguanté mucho en la cama. Temía ponerle volumen a la televisión y despertarle, por lo que ver la imagen sin sonido se volvió un aburrimiento. Sin mucho más por hacer, decidí ir a la cocina a picar algo, así que me puse unas braguitas y mi camiseta negra ajustada.

Mi cuerpo olía bastante a sexo aunque no esperaba encontrarme con Erika a esas horas.

La casa estaba a oscuras y algo fría y además, reconozco que soy un poco miedosa para esas cosas, por lo que me costó acercarme lentamente a la cocina sin ir encendiendo todas las luces de la casa. El suelo estaba terriblemente frío y me obligaba a caminar de puntillas.

Acabé volviendo sobre mis pasos apresuradamente tras coger unas cuantas lonchas de jamón ibérico y otro par de queso. Entonces, me fijé en que la puerta del cuarto donde dormía Erika no estaba cerrada completamente y bajo ella, se filtraba una fina línea de luz que parpadeaba. Empujé la puerta levemente esperando no hacer mucho ruido, pero ésta crujió un segundo después de asomarme y ver a mi hermana metida en la cama junto a su ordenador portátil.

Al escucharme, se irguió sobresaltada con una mano sobre el pecho. Llevaba puesta una camiseta de tirantes blanca sin sujetador debajo.

Tenía su pequeña melena rubia suelta  y enmarañada, pero incluso así, se mantenía desgarradoramente atractiva provocándome una envidia sana terrible.

También llevaba sus elegantes gafas de pasta negras y sus increíbles ojos verdes resaltaban con el brillo de la pantalla.

No había tenido la oportunidad de agradecerle lo que había hecho por nosotros. Verla, me hacía sentir afortunada por tenerla en mi vida y me provocaba una admiración como persona como ninguna otra que conociera. ¿Podía alguien más ser tan bueno como lo era ella?.

– Perdona, no quería asustarte… – Susurré haciendo una mueca de culpabilidad.

– ¡Uuuuf! Casi me matas tía… ¿Ocurre algo…? – Su rostro pasó del susto a la sonrisa enseguida.

– No no… Es que he visto tu puerta abierta y la luz y… – Señalé a la televisión que permanecía encendida pero en silencio. Más para alumbrar el cuarto que otra cosa.

– ¡Anda, ven! Dame un beso… – Me interrumpió lanzándome el brazo.

Quería acercarme para darle un beso y un abrazo enormes pero me sentía sucia para estar a su lado. Ni siquiera me había lavado los dientes y en mi boca habían entrado  cosas poco… habituales…

– ¡No! Si yo sólo quería comprobar si Dormías… – Dije nerviosa y tratando de irme.

– ¡Oye niña! ¡Que vengas a darle un beso a tu hermana! – Como ya dije en mi primer relato, Erika era de un carácter alegre y simpático. Pero cuando se ponía seria podía intimidar a cualquiera. Por suerte, esta vez estaba fingiendo, pero aún así me sentí obligada.

Entré de puntillas tirando de mi camiseta para cubrir mi ropa interior mientras con la otra sujetaba la comida. Al llegar a su altura le di un beso fugaz en la mejilla, pero me atrapó rodeándome con su brazo y sentándome a su lado en una especie de abrazo. Tras unos segundos se apartó pero no dijo nada de mi piel sudada, mi olor a sexo o mi aspecto desaliñado. Aunque yo estaba terriblemente cortada.

– ¿No puedes dormir? – Me preguntó peinándome el pelo con los dedos. Debía de tenerlo hecho un desastre.

– La verdad es que no… – Contesté incómoda.

– ¿Iván se ha dormido? – Me robó un poco de jamón y aproveché para comer yo otro poco mientras asentía con la cabeza. Al menos así el aliento no tendría un olor extraño.

– Pues hazme compañía un rato… – Decidió retirando un poco el edredón. Me levanté apresurada.

– No no no, me voy a mi cuarto que… – Me levanté nerviosa.

– Porfi… Sólo un ratito – insistió poniéndome cara de pena.

– Erika… Es que… – Hice un gesto señalando mi cuerpo y tratando de explicarle sin palabras lo que parecía evidente.

– Tonterías – Sentenció al comprenderlo. No me quedó otra que entrar en su cama un poco avergonzada. Era más pequeña que la que compartía con Iván, pero aún cabíamos perfectamente las dos sin incomodarnos. Aunque se empeñó en mantenerse pegada a mí.

En la parte de abajo solo llevaba unas braguitas rosas por lo que aumentó mi incomodidad.

El jamón y el queso duraron poco mientras hablábamos de todo. Estudios, amigos, familia, futuro, etc. Pero acabó por sacar el tema que más me podía incomodar en ese momento.

– Espero que no me hayáis desmontado el cuarto… ¡Qué golpes! ¡Qué gemidos! ¡Qué…! – Le tapé la boca avergonzada pero se moría de la risa mientras se retorcía tratando de liberarse.

– ¡Schhhhhh! ¡Calla! Forcejeaba con ella mientras su risa me contagiaba poco a poco.

Durante un minuto o dos, traté de contener sus obscenidades cada vez más fuertes mientras nos partíamos de risa completamente extasiadas. Pero entonces, me sorprendió soltándome en los labios un beso tierno y cargado de deseo mientras me quedaba inmóvil con la boca abierta.

Permanecí quieta mientras lentamente y sin soltar mis labios fue tendiéndome sobre la cama dejándome atrapada entre ésta y su torso… Mi corazón entró en pánico. “Estoy soñando” Me dije asustada.

– Erika… – Susurré haciendo presión sobre sus hombros con mis manos.

Eso pareció encenderla más y se arrancó las gafas para después volver a besarme con más intensidad. Pero no aflojé. El instinto no me lo permitía.

– ¡Erika! – Grité cuando su mano se aferró a mi pecho izquierdo. Esta vez sí reaccionó y su expresión pasó de pura excitación al pánico mas absoluto.

Ya fuese por mi respiración temblorosa o mi cara de susto, pegó un salto liberándome de su peso y haciendo que su ordenador portátil cayese al suelo en un estruendo.

Se tapaba la cara avergonzada mientras su precioso pelo rubio caía suavemente sobre sus manos. Tardé casi diez segundos en ceder ante aquel silencio incómodo por lo que me levante y me fui cerrando la puerta tras de mí. Ella se quedó allí. Con su rostro enterrado en las manos y tal vez comenzando a llorar. No estaba segura.

Cuando llegué a mi cuarto, Iván dormía profundamente bajo la parpadeante luz de la tele. El silencio era total y me permitía escuchar el zumbido de mi pecho o mi respiración acelerada.

Lo que acababa de pasar no me lo esperaba, cierto. Pero por algún motivo, mi mente trabajaba a toda velocidad intentando minimizarlo, relativizarlo y quizás hasta comprenderlo. Al final, conseguí calmarme un poco.

Di vueltas por el cuarto recogiendo y colocando en silencio mientras decidía qué hacer para afrontar esa situación.

“Haz como que no ha ocurrido. Si, será lo más fácil…

¡No no no no! ¡Si lo hago, no podré mirarla más a la cara! ¡O será ella quien no me mire a mí!

Está bien… Esperaré a mañana por si… ¡No! ¡No puedo dejarla así toda la noche! ¡Mierda…!¿Qué hago…?

¿Y si se lo cuento a Iván? Seguro que… ¡No! ¡Ni de coña!.

Dios, tengo que hablar con ella… “

Mi mente estaba tan aturdida que me sorprendí saliendo de mi cuarto instintivamente.

Su puerta estaba ahí, justo en frente mía, pero me tomé mi tiempo para pensar. Al final, abrí sin llamar y la hallé en la misma posición. Sentada con la espalda en el cabecero de la cama. Debía llevar casi diez minutos sin moverse.

Me miró tímidamente y volvió a enterrar su rostro enrojecido en las manos, mientras yo me acercaba a la cama escuchándola suspirar y lamentarse entre sollozos leves y resignados.

No sabía muy bien qué decir así que simplemente entré en la cama de nuevo, retiré las manos de su rostro enrojecido y besé su mejilla con ternura e insistencia, dejándome un sabor salado en los labios a causa de las lágrimas. Luego la obligué a aceptarme en su pecho y rodearme con sus brazos. Estuvimos un buen rato sin hablar mientras mi oído, que estaba posado justo encima de su corazón, la escuchaba calmarse lentamente.

– … Háblame… – Susurré con cariño.

– Buuuf… Tania, lo siento… Yo… – Dijo en tono deprimido.

– ¿Qué…? Háblame… Dime lo que ocurre… – Le insistí con timidez.

– No lo entenderías… – Intentó evadir.

– Si que lo haré… De verdad… No soy una niña… – Insistí. Dejó pasar unos segundos.

– Verás… La gente piensa que soy simpática por naturaleza. Que les sonrió por que me caen bien o quiero agradarles yo a ellos… Pero la verdad es que soy así por qué… me dan miedo – Dijo.

– ¿Por Qué…? – Pregunté sin comprender.

– Por que me pueden hacer daño… – Me quedé pensando en su tono y sus palabras y me quedó la terrible sensación de que alguien, en algún momento, le había hecho algo malo. Algo que aún le hacía sufrir.

– Llevo años huyendo de la gente y ya no sé qué se siente cuando alguien te mira como os miráis vosotros. Cuando te quieren como le quieres tú a él… No puedo evitar preguntarme… si en vuestros corazones habría sitio para mí… Un pequeño hueco en el que refugiarme de vez en cuando para sentirme segura… – Dijo más para si misma.

– Erika yo… – No supe muy bien que decir.

– ¡No! ¡Si lo sé…! Olvídalo. Es… Una locura. Sólo que… Sería… Olvídalo… – Por un lado, me resultaba muy triste saber que la persona más buena y alegre del mundo podía estar sufriendo tanto. Que se sentía tan sola. Pero por el otro…

¿Dónde está el límite? Mi hermano y yo nos habíamos acostado cientos de veces, nos habíamos enamorado el uno del otro. Habíamos roto todas las reglas y habíamos pagado por ello cuando nos separaron. Pero gracias a nuestra hermana mayor ahora volvíamos a estar juntos. Se lo debíamos todo.

“Le daré todo lo que necesite de mí… Podré soportarlo… Además, es muy guapa…” Pensé tratando de disipar mis dudas y tratando de convencerme.

Cuando lancé mis primeros besos sobre su pecho aún no fue consciente de lo que me proponía. Pero cuando una de mis manos se deslizó bajo su camiseta se tensó.

– Tania… ¿Qué haces?… – Preguntó nerviosa. Alcé la cara para mirarla. “Es preciosa…” Pensé. Mis manos comenzaron a masajear torpemente sus pechos.

– Tú me has hecho feliz… Y por una vez quiero hacerlo yo… – Le susurré justo antes de besar sus labios. Sus protestas o dudas al respecto murieron en su garganta pocos segundos después.

Su respiración se volvió mas profunda a medida que sus besos se volvían mas osados. Su corazón se aceleró con el intercambio de caricias y su piel, comenzó a arder por la excitación.

Aquello era más soportable de lo que esperaba e incluso estaba comenzando a gustarme.

Pudo ser por que estaba borracha de amor aquel día. Por que mi cuerpo se había convertido en un volcán imposible de contener o simplemente, por que había encontrado algo nuevo que desconocía y me gustaba. Fuera por lo que fuere, mi excitación creció permitiendo que me soltase y me concentrase en apreciar sus besos.

Su forma de besar era completamente diferente a la de Iván. Mientras que él siempre trataba de devorarme con cada beso, ella se tomaba su tiempo con bocados más tiernos y suaves. Su lengua era más tímida y se sometía a la mía con facilidad.

Sus caricias por el contrario eran más certeras y sensuales. Como si estuviese esculpiendo mi cuerpo en arcilla húmeda. Dándome forma con delicadeza.

Iván era pasión, impaciencia, violencia desgarradoramente excitante… Pero Erika era pura y dura sensualidad. De la que se te cuela por cada fibra y no necesita tocarte para volverte loca.

Casi ni fui consciente cuando me quitó la camiseta dejando mi torso desnudo. Me encontré lanzando mis labios y mis manos a la parte de su cuerpo que estuviese más cerca mientras me tumbaba sobre la cama y comenzaba a chupar mis pechos erizados.

Tras notar mi impaciencia acarició mi rostro sudoroso, pero atrapé su mano y la besé, la lamí impregnándome de su sabor mientras su otra mano se abría paso bajo mis braguitas. Aquello disparó mis sentidos.

– Aaaah Dios, esp… Espera… Estoy sucia… Déjame que… Aaaah me… Lave… Aaaaaaaaah dios! – Tras decirlo, sus dedos dejaron de jugar y dos de ellos entraron de golpe en mi interior arrancándome un gemido instintivo.

Su mirada era desconocida para mí. Sus ojos me desarmaron completamente mientras sus dedos salían de mi vagina empapados. No tardó en lamerlos y dejarme inmóvil por el asombro. Luego me los introdujo en la boca y varios segundos después, comenzó a alejarse para acabar lamiendo mi entrepierna.

– Me encanta tu sabor… Enana… – tras quitarse su camiseta apresuradamente, mis braguitas también desaparecieron y varios segundos después. Sus dedos, su lengua y sus labios, me arrancaban gemidos cada vez mayores. Era indescriptible lo que me estaba haciendo y no tardé en percatarme de que ella tenía experiencia con las chicas.

Gemía con fuerza. Tal vez no me importaba que Iván se enterase o incluso puede que lo deseara. Que se despertase y encontrase a sus dos hermanas haciendo esas cosas. Se uniría, podría convencerle. Aquella idea me sedujo.

Pero casi cinco minutos más tarde, Iván seguía sin aparecer.

Mi mirada vidriosa y anhelante se clavaba en la puerta mientras el asedio de Erika daba sus frutos, provocándome un orgasmo increíble que saturó mi mente de nuevo.

Con una sonrisa satisfecha y los labios enrojecidos, mi hermana contemplaba mi vagina desbordarse levemente mientras mi cuerpo se retorcía tratando de recuperar el aliento.

En ese instante la puerta se abrió a toda velocidad mostrándonos a un Iván vestido sólo con su ropa interior y una leve erección bajo ella. Nos contemplaba asombrado y con la boca entreabierta.

Erika salto sentándose en la cama asustada y cubriéndose el pecho con las manos.

Ahí estaba yo. Aún sufriendo los efectos de aquel orgasmo mientras contemplaba a mis hermanos inmóviles. Era mi oportunidad para tomar el control o todo cuanto habíamos logrado ese día se perdería.

-Ven… Cariño, ven… – Le dije aún sin aliento tendiéndole una mano. Iván dudó.

– No pasa nada… Ven, porfi… – Mi hermano dio un par de tímidos pasos sin perder de vista a Erika que le miraba suplicando su perdón. Estaba confuso, pero mi voz sinuosa y morbosa siempre conseguía dominarle.

– Todo está bien, Iván… – Insistí arrancándole otro par de pasos que me permitieron alcanzar su mano y captar su atención. Comencé a incorporarme y ponerme de rodillas sobre la cama. Estaba torpe y desorientada, pero lo conseguí.

– Todo está bien… – Le atraje hasta mí para besar sus labios y acariciar su calzoncillo ajustado. En poco tiempo, su erección comenzó a hacerse más y más evidente hasta que comencé a masturbarle sin mucho reparo.

Erika observaba en silencio. Inmóvil y excitada. Comencé a descender con mis besos por el cuerpo de mi hermano rumbo a su entrepierna.

Iván se relajó en cuanto comencé a lamer su pene con avidez y a penas fue consciente de que yo había agarrado la mano de Erika y tiraba de ella para obligarla a acercarse. Ella se resistió al principio, pero acabó cediendo y se acercó tímidamente.

La recompensé con un beso apasionado que hizo las delicias de Iván.

– Vamos… Lánzate… A él no le importa… – Le susurré dejándole sitio frente a nuestro hermano. Ella le miró avergonzada.

– ¿Verdad, cielo? – Le pregunté a Iván sin dejar de masturbarle. Asintió levemente y aún confuso por la situación y le recompensé con otro beso.

Entonces Erika suspiró para armarse de valor y agarró su pene justo bajo mi mano, siguiendo el compás del movimiento con el que le masturbaba. Al fin, dejó de tratar de cubrir sus preciosos pechos y se concentró en lo que hacía. Cada vez con más confianza, pero sin atreverse aún a utilizar su boca.

– Dale un beso… – Susurré al oído de Iván con toda la sensualidad que pude reunir.

Nuestra hermana nos miró extrañada tratando de descifrar lo que le había dicho mientras mantenía el movimiento de su mano, ahora en solitario.

Me bajé de la cama y dirigí a mi hermano para sentarlo junto a ella que seguía masturbándole nerviosa y avergonzada. Ninguno de los dos se lanzaba.

Me agaché para besarla a ella mientras acariciaba las cabezas de ambos, luego le besé a él y me retiré. Les sorprendí a los dos haciendo que se acercaran más hasta que se produjo el choque. Sus labios se encontraron con cierta timidez.

No tardaron en coger el ritmo y la confianza suficiente como para acariciarse con deseo.

Cuando Iván se lanzó a sus pechos y se tumbaron sobre la cama, supe que ya no había marcha atrás. Mis dos hermanos iban a hacer el amor gracias a mí.

Me tumbé al otro lado de Erika dejándola prisionera entre ambos. Con cada uno de sus hermanos asediando su cuerpo con besos y caricias. Aquello se convirtió en un fuego cruzado entre los tres, en el que cada uno trataba de “herir” tanto como le herían a él. Lo nuestro no era una relación normal, pero era pura y sacaba lo mejor de cada uno.

– Estáis locos… – Dijo excitada. Su cuerpo ardía por la intensidad de los latidos de su corazón y a mí cada vez me parecía más atractiva y excitante. Aún se mantenía aferrada al pene de Iván y no parecía tener muchas ganas de querer soltarlo.

Mi hermano le arrancó un gemido a mi hermana Erika cuando su mano se lanzó como un rayo bajo su ropa interior y sus dedos comenzaban a estimularla. Observé con atención como se hacía tras quitarle sus braguitas y arrodillarme en el suelo.

Estaba tan húmeda como yo a esas alturas.

Iván acabó haciendo que yo chupase sus dedos impregnados, para después volver a introducírselos a ella. Era un sabor agridulce muy parecido al mío propio que tantas veces había probado. Después me acercó el rostro para que continuara con mi boca y mis dedos lo que él había empezado. Pero tenía miedo de no estar a la altura.

Su interior era muy cálido, húmedo y suave. Desprendía un olor y un sabor más intensos pero no me detuve. Comencé a hacer lo que tantas veces me había hecho Iván. Resultó que no se me daba tan mal.

A juzgar por la cara de Erika y sus gemidos, tenía que estar haciéndolo muy bien. Iván la obligó a sentarse en la cama y acercó su pene a sus labios. Ella ni siquiera lo pensó y se la metió entera en la boca mientras tiró de mí, poniéndome a su altura. Quería que yo también se la chupara.

Conocía muy bien a mi hermano y sabía que iba a correrse pronto. Aquella situación debía de estar volviéndole loco. Su liquido preseminal era muy abundante y escurría por la barbilla de Erika que trataba desesperadamente, de hacer que le entrara entera en la boca.

Detrás de cada arcada, se detenía para respirar y soltar mas liquido que yo recogía directamente besando y lamiendo su barbilla húmeda y pegajosa. Mis dedos seguían masturbándola suavemente al compás de sus gemidos desesperados.

Después llegó mi turno de chupársela mientras ella se recuperaba de la última arcada con el rostro enrojecido. Pero no paré de penetrarla con mis dedos.

– ¡Aaaaah! ¡Dios! ¡Aaaaaah! ¡Noooooo! – Gritó Erika deteniendo mi mano. En ese instante, la noté desbordarse provocando que unas leves gotas escurrieran y cayesen al suelo. Sofocó sus gemidos dando un leve mordisco a mi mejilla mientras contenía su respiración. Aquello fue demasiado para él.

Obligó a nuestra hermana a girar su rostro y acercar su boca justo antes de correrse. La mayor parte del semen cayó en su boca abierta por el placer que aún la estaba sobreviviendo. Apenas hubo premio para mí. Pero estaba decidida a robárselo.

Me lancé a sus labios impidiendo que se deshiciese de él y robé cuanto pude.

Iván se apartó acariciándose el pene mientras ella y yo nos derrumbábamos sobre las sábanas aún mezcladas en semen, saliva y sudor.

– Jolín con mis hermanitos… – Dijo tras unos segundos tragando semen.

Yo aún besaba y acariciaba su cuerpo pero aún estaba caliente, así que me puse encima suyo con las rodillas a los lados. Ofreciéndome a mi hermano con sensualidad en mis movimientos, deseo en mi expresión y provocación en la mirada.

Puede que ella fuese más guapa, pero yo contaba con su amor y conocía todas las formas posibles de excitarle. En poco tiempo le tenía detrás mío acariciando mi trasero y mi espalda. Cogiendo fuerzas para cabalgarme por última vez aquella noche… O tal vez la penúltima…

Mi hermana aún se retorcía debajo mía. Me miraba con ternura y una sonrisa vergonzosa en sus preciosos labios. La recompensé con un beso mientras mi pelo caía desbocado ofreciéndonos cierta intimidad. Mi hermano comenzaba a hurgar en mi vagina con sus dedos.

– Erika… Esto… Aaaaah… no ha… aca…bado… – Le dije cayendo víctima de la excitación. Se movió para observar a nuestro hermano masturbándose mientras me profanaba con sus dedos.

– Créeme… Aaaaah… Es insaciable este capullo… Aaaaah… – Dije con una sonrisa. Su pene se endureció lo suficiente como para tratar de penetrarme. Ella observaba en silencio con la boca abierta ofreciéndome su fino y delicado cuello. Comencé a devorarlo mientras las caricias de nuestro hermano sobre su vagina comenzaban a encenderla de nuevo.

Su pene entró en mí lentamente y aún algo blando. Pero cuando comenzó a acelerar el ritmo, noté como se tensaba en mi interior poco a poco, acrecentando el placer y los gemidos.

El cuello de mi hermana ya estaba en carne viva cuando trató de detenerme con un beso en los labios. Iván la masturbaba al mismo ritmo que me penetraba a mí por lo que los tres estábamos perfectamente sincronizados. Pero entonces, Erika me dio un pequeño mordisco involuntario en el labio inferior tras meterle Iván tres dedos en su vagina.

– ¡Lo Siento enana! ¡Losientolosientolosiento…! – Calmé su disgusto besándola de nuevo y dejando su boca impregnada de un poco de sangre. El dolor era molesto pero soportable, y en poco tiempo, ni siquiera le prestaba atención.

Pero la sangre siguió ahí un rato, atrapada bajo nuestros besos y dejándonos un sabor metálico en la boca.

Los gemidos iban y venían entre las dos, acompañados de caricias y mordiscos. Mi interior ardía cada vez más mientras nuestro hermano comenzaba a acelerar el ritmo con el que nos daba placer.

– ¡Dios…! ¡Me corro, me corro otra vez! – Sujetó mi rostro con ambas manos a pocos centímetros del suyo. Ella también estaba muy excitada y su mirada estaba tan húmeda como la mía, pero aún no estaba para correrse.

Nuestras miradas se cruzaron creando un vínculo entre las dos imposible de romper. Mientras, llegaba al clímax y mi interior se desbordaba por mis muslos mientras todos los músculos de mi cuerpo se tensaban. Iván me ofreció una tregua y yo ahogué mis ganas de gritar en los labios de mi hermana.

La cabeza me daba vueltas, pero su mirada se mantenía fija en mi cabeza. Apenas me di cuenta de que entre los dos me habían tumbado en la cama a su lado. Estaba al borde del desmayo pero aún podía verles. Aunque mis oídos apenas escuchaban nada que no fuesen mi respiración jadeante y mis propios gemidos.

Iván se había colocado sobre ella y la penetraba bruscamente. Erika gemía apretando mi mano y mirándome cuando él la liberaba de sus besos apasionados.

Estaba roja por el esfuerzo. Su respiración acelerada y sus gemidos estaban dejándola afónica. Su piel sudaba casi tanto como la de Iván dejando perlas brillantes sobre su frente, sus mejillas y su pecho. Sus labios, aún manchados de sangre estaban entreabiertos tratando de llevar aire a sus pulmones.

La observé zarandearse sobre las sábanas. Sus pechos perfectos eran presas frecuentes de los labios y caricias de Iván. Parecía al límite.

Supe que se estaba corriendo cuando cogió aire y su mirada se giró a mí derramando un par de lágrimas. Si la excitación hubiese tenido un rostro, hubiese sido el suyo.

Se quedó inmóvil, tensa, con una enorme bocanada de aire aún en sus pulmones, mientras Iván aún la penetraba unos segundos más antes de correrse en su interior.

El círculo estaba completo. Los tres nos mirábamos y nos acariciábamos como hermanos, como amantes, como tres personas que se entendían y se complementaban.

Cuando vieron la sonrisa en mis labios no tardaron en devolvérmela. Estábamos completamente agotados y nos tumbamos en la cama, cada una a un lado de nuestro hermano, sobre su cuerpo desnudo. Erika y yo comenzamos a quedarnos dormidas cruzando nuestras miradas y una enorme sonrisa en el rostro.

– Te quiero – Dijo sin emitir ningún sonido.

– Te quiero… – Respondí en un susurro.

Pero en ese instante, la mano de mi hermano comenzó a acariciarme sensualmente la espalda y por la sonrisa de mi hermana, a ella también le estaba haciendo lo mismo.

Ambas miramos bajo las sábanas y comprobamos cómo su pene se mantenía medio tenso. Me sonrió mordiéndose el labio inferior y yo hice lo mismo. Nos estábamos desafiando.

“¿Por qué no? aún quedan un par de horas para amanecer…” pensé.

Lentamente y sin perder la sonrisa, ambas nos perdimos bajo las sábanas dispuestas a exprimir aquella noche al máximo. Nos esperaba un fin de semana muy entretenido y por primera vez, a ninguno nos preocupaba el futuro.

Fin.

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