Como hojas secas (Gay)

He tenido abandonado todos mis trabajos pero aquí vengo con uno bastante viejito que por fin me dio por compartir. Espero les guste porque, aunque sencillo, lo escribí con mucho cariño.

Título: COMO HOJAS SECAS
Advertencias: Ninguna.
Sinopsis: Un encuentro fortuito entre un joven y uno de sus antiguos profesores inicia una serie de citas absurdas en su cotidianidad y en la calidad tan aparentemente superficial de sus conversaciones. Pero con el tiempo transcurriendo y la comodidad asentándose, este joven y su antiguo maestro iniciarán una relación, relación que se verá amenazada cuando uno de ellos vea perdido su propósito en la vida.
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Te estaré eternamente agradecida.
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Saludos.

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El caballero plateado (relato gay – vampiros)

Este relato ya lo había subido en el blog pero haciendo limpia lo borré por error y aquí está otra vez. A pesar del tiempo transcurrido, me sigue gustando, y no es algo que pueda decir de muchos de mis trabajos xD Espero les guste.
Título: El caballero plateado.
Sinopsis: Lucile se ve en una encrucijada al percatarse de que su mejor amigo, Johann, está siendo perseguido por una  pálida  criatura que se disfraza con  rayos de luna para apoderarse de la vida de sus presas.
Advertencias: ninguna.
Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0
Código de registro: 1602286708565




El caballero plateado
Seiren Nemuri

«Vivo en tu cálida vida, y tú morirás…
morirás, dulcemente morirás… en la mía».
Carmilla.
Joseph Sheridan le Fanu.


Su lividez era obvia al igual que el ligero temblor que sacudía su cuerpo. También estaba un poco pálido, pero por lo demás, tan completo como cuando nos dejó y se internó en el bosque. No pasaba de ser una broma que se nos había salido de las manos, y aunque muy en el fondo intuí peores consecuencias que las que su cuerpo aparentaba, me obligué a simular templanza, serenidad. Quise encubrir mi inquietud apelando a la poca valentía de mi amigo, pero lo cierto era que Johann, como muy pocos, tenía una osadía nada comparable con la que cualquiera de nosotros ostentábamos tan superficialmente. 
Aparté a los demás para que recibiera algo de aire. Escuchaba el cuchicheo, los chistes e insultos, reía y era partícipe de ellos, nuevamente, en ese vano intento por calmar al joven que tenía en mis brazos, tan mudo como muerto, con los ojos abiertos, reflejando en su iris gris el resplandor mortecino y frío de la luna que ya coronaba la noche. Sus labios estaban morados, pero, gracias al cielo, la palidez de su rostro iba desapareciendo debido a la oportuna atención de mis brazos. Lo acerqué más a mi pecho, le susurré palabras tiernas al oído. Era del conocimiento de todos mi predilección por él, aunque nadie conocía la verdadera naturaleza de este favorecimiento.
—¡Shhh! Será que ya se callan —los amonesté cuando me pareció escuchar que de los labios de Johann un susurro intentaba escaparse. Lo acerqué todavía más, hasta que sus labios rozaron deliciosamente mi piel, tentándome a proferirle esa clase de atenciones que sólo pueden ofrecerse en privado.
Mi anhelo resultó en desilusión. Johann no dijo nada, y de su boca sólo escapó un ligero suspiro que me heló la piel al reconocer en él, sin razón alguna que sustentara tal creencia, el olor de la muerte. Ya no fui capaz de mantener la calma. En voz alta, quebrando la serenidad de esa noche despejada con sus hilos plateados iluminando el paisaje, comencé a dictar órdenes. Al ser el mayor, pocas veces mi mandato era puesto en tela de juicio, pero en ese momento atribuí la prontitud de sus acciones al hecho de que ellos también estaban asustados.
Joseph, Christian y yo nos encargamos de transportar a Johann hasta el molino abandonado. Improvisamos una suerte de lecho con paja vieja y retazos de tela que colgaban de las vigas. A los pocos minutos apareció William con un tarro de leche tibia y una manta. Acomodamos a Johann tan bien como nos resultó posible, y en una especie de vigilia mal elaborada, lo rodeamos, en espera de que recobrara plenamente los sentidos.
—Bien dije yo que no era mentira —intervino William, tembloroso, al tiempo que se santiguaba repetidamente.
—Debió haber caído de regreso —comentó Joseph, incrédulo—. Su tonto entusiasmo lo empujó fuera del bosque, y seguramente fue hasta ese momento que se dio cuenta de lo mal que estaba, y cayó.
—¿Y en dónde está el dichoso golpe, si me lo permites? —habló ahora Christian, confundido. Miraba a Will y a Joseph sin tener la menor idea de qué posición tomar—. ¿Y qué pasa con sus ojos? ¿Duerme o está despierto? No puedo verlo sin que se me erice la piel.
—El golpe ha de estar por ahí —continuó Joseph. Nos miró a todos, recriminándonos por nuestras tontas supersticiones. Johann no era el primero en internarse en el bosque para luego salir mal herido de él; pero ni las circunstancias eran las mismas que en el pasado ni el estado de nuestro amigo similar al de esos otros osados ingenuos que se internaban en la espesa oscuridad de esas secas noches de verano con tan sola una vaga idea de lo que podían encontrar, y peor aún, del camino que les esperaba transitar. Todo camino se reescribe a sí mismo en la oscuridad, había dicho alguien alguna vez… Joseph suspiró, malhumorado, y poniéndose de cuclillas al lado del cuerpo inerte de Johann, dijo—: Ya lo demostraré.
Algo en mí se retorció al ser testigo de la forma un tanto brusca con la que Joseph inspeccionaba ese cuerpo joven y atlético que yo mismo con tanto anhelo ya había acariciado apenas unos minutos antes. Tuve que disimular no sólo esos tontos celos que no tenían espacio aquí, sino también la preocupación que ya me tenía al borde de un ataque nervioso. Como la cosa siguiera así tendría que abandonar mi testarudo orgullo juvenil para correr al pueblo en busca de ayuda, ¡a mi padre, si era necesario! No sería la primera vez que me doblegaba ante una necesidad.
—No es un muñeco de trapo, ¡por dios santo! —intervino Will, para mi fortuna.
Joseph lo miró con recelo, se puso de pie y retrocedió unos pasos.
—Debió golpearse la cabeza —dijo—. La inflamación ya debe haber pasado.
—¿Y sólo eso? —preguntó Christian—. ¿Cuánto tiempo más estará así?
—¡Y para saber! —se encogió de hombros. Joseph me quedó viendo. Yo era el único que no había participado con ninguna conjetura. Honestamente, la preocupación me había privado de todo signo de sensatez, y en mi mente sólo podía calcular el tiempo que me tomaría correr hasta la casa del doctor Schooles—. ¡Lucile! —exclamó.
—Lo revisaré yo —dije al fin.
Insté a los chicos a que se apartaran. William, siempre tan atento, me acercó una vela antes de retirarse a una esquina, demasiado asustado con la extraña apariencia de Johann como para ser partícipe de algún nuevo descubrimiento incluso más desconcertante.
Joseph había tratado a Johann con total desconsideración, noté cuando me arrodillé a su lado, que de no sentirme tan preocupado me habría enojado aún más. Me preparaba a inspeccionar su rostro cuando una ligera brisa hizo que la luz de la vela se tambaleara trazando una fría sombra sobre las inexpresivas facciones de mi amigo. La piel se me erizó por completo y los latidos de mi corazón se aceleraron vaticinando un temor que no estaba dispuesto a aceptar. Agité la cabeza con premura, tomé una enorme bocanada de aire, y con toda la paciencia que pude reunir, levanté su cabeza con la intención de encontrar hasta la prueba más insignificante en una piel que me gustaría fuera tan familiar como la propia.
Con delicadeza tanteé con la yema de los dedos. Su cabello suave y liso no representó obstáculo alguno. Internamente rezaba para encontrar el más ligero trauma, una pequeña protuberancia que delatara la verdadera naturaleza de su estado. No encontré nada. Al regresarlo a su postura inicial me vi acosado por sus ojos grises y muertos, y me pregunté si en algún momento había parpadeado y simplemente había tenido la desgracia de ignorarlo.
—Nada —comuniqué. Los chicos no se movieron—. Que alguien vaya por el doctor.
—Nos meteremos en problemas —replicó Joseph—. Tú más que nadie, de hecho.
—No lo dejaremos morir.
—Si no es que está muerto ya —interrumpió Christian—. Su estado no es normal.
—Es mejor que nos mantengamos alejados de él hasta el amanecer. Podría despertar en cualquier momento —agregó William.
—¡Tonterías! —grité—. Johann no es ningún…
—El caballero plateado existe, su piel se torna carmesí con la sangre de sus víctimas. ¡Johann ya no tiene salvación! —gritó Will. La estúpida manía que tenía de santiguarse tan rápidamente me sacó de quicio, pero prevaleció la serenidad en mí al reconocer que era simplemente el miedo lo que lo obligaba a hacerlo.
—Seguiré buscando —dije, con calma—. Si ya no encuentro nada, iremos por el doctor.
—Muy educadito y todo, pero al final también eres un tonto supersticioso —escupió Joseph, divertido.
Lo ignoré y seguí con mi tarea.
Acuné el rostro de Johann entre mis manos. Seguía frío, pero menos pálido. Acerqué mi rostro a sus labios; su aliento seguía ahí, constante y cálido, vivo para todo lo que él significaba para mí. Lo seguí examinando con la misma meticulosidad. Revisé detrás de sus orejas, su cuello, debajo de la barbilla, por la clavícula… me tomé un segundo para aflojar su camisa. Tuve a disposición su pecho suave y blanco, y encontré consuelo en su ir y venir sereno. Suspiré. «Regresa a nosotros, Johann, por lo que más quieras…» Y entonces lo vi. Dos puntos apenas perceptibles, amoratados y fríos.
—Hay algo aquí —susurré—. ¡Creo que encontré algo! —repetí con más intensidad.
Jospeh fue el primero en acercarse, triunfante, pero al inclinarse para presenciar mi descubrimiento, arrugó la cara y achicó los ojos. Parecía no poder ver nada.
—Aquí —señalé—. Justo aquí.
No era mi imaginación. Dos puntos limpios, pequeños pero azules y levemente inflamados, se dibujaban sobre el pecho de Johan, ligeramente hacia su brazo izquierdo, unos diez centímetros debajo de la clavícula. Acerqué la vela para que pudieran apreciarlo mejor, y en un descuido hice que, sobre la piel mortecina de Johann, se derramaran unas cuentas gotas de caliente esperma blanca. Sentí el ardor como propio, y me apresuré a consolar la piel herida. Me descorazonó el hecho de que este accidente no le hubiera arrancado ni una tan sola mueca de dolor y ni el más leve estremecimiento.
—Lo veo —se espantó Will.
Christian casi adhirió su rostro al pecho de Johann para observar mejor, y cuando se alejó vi en éste la más insondable de las perplejidades.
—También lo veo —dijo.
—Para lo que sabemos, puede ser la picadura de algún insecto —nos contrarió Joseph.
—Es suficiente —los interrumpí a todos—. Que alguien vaya por el doctor. Johann no puede esperar más.
—Voy sólo si alguien me acompaña—se ofreció Will—. También hay que buscar al cura.
—Iré contigo —aceptó Christian.
—Pues yo me voy a casa. Ya estoy grandecito para estas estupideces.
—Hagan lo que quieran, pero hagan algo, ¡maldita sea! —grité. Los chicos me miraron entre asustados y confundidos, y con esta misma reserva nos abandonaron a Johann y a mí en la profundidad de una noche cuyo tiempo parecía estancado.
Reacomodé la camisa de Johann. No tenía explicación para esos dos pequeños puntos así que me pareció que sería más recomendable ignorarlos mientras Will y Christian iban por ayuda. Mantener la calma es de vital importancia en situaciones desconcertantes, y aunque no fueron pocos los malos pensamientos que amenazaron con apoderarse de mi mente, los ahuyentaba tan pronto aparecían, motivado por una sensación de fortaleza que no era más que miedo disfrazado. El miedo a la realidad.
En la falsa seguridad del viejo molino, la poca brisa de esa agonizante noche de verano apenas llegaba a rozarnos la piel. La frente de Johann comenzó a perlarse con gotitas pálidas, en un sudor frío que intensificó el inestable temblor de su cuerpo. Tomé su mano, primero la acerqué a mis labios, contra los cuales los sostuve en un beso prolongado con el que me jugaba el alma; ya luego la estreché contra mi pecho, contra mi corazón atemorizado que rezaba en silencio una plegaria que temía no sería escuchada a tiempo.
—No te atrevas a dejarnos, Johann —supliqué.
La luz de la vela volvió a agitarse. Tembló de manera extraña, alargándose y encogiéndose pero sin apagarse. Se mantuvo así buen rato. Alerta, miraba de un lado a otro, tratando de adelantarme a lo que fuera que estuviera por pasar. El vaivén de la vela se detuvo, y sin quererlo me dispuse a observarla: la mecha se quemaba normalmente, pero la cera se derretía a una velocidad poco común. Una sombra pareció atravesar la estancia. La vela por fin se apagó.
—¿Lucile?
Abrí los ojos sintiéndome condenado. La vela volvía a brillar no tan consumida como había imaginado, y la pesadez repentina que me había paralizado parecía haber desaparecido ahora junto con la sombra que ya no se encontraba en el lugar. Me incliné hacia Johann, aliviado, y lo envolví con mis brazos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Oh Johann, me tenías tan asustado. ¿Acaso no recuerdas nada?
—La apuesta y el bosque, por supuesto; un claro entre grandes árboles, extraño pero sereno. Recuerdo que me atrajo, no podía hacer nada para evitarlo, y… nada más.
—Tiene que haber algo más, Johann. Todavía temo por tu bienestar. Tienes que decírmelo todo. Intenta recordar, por mí.
—¿Y qué no sería capaz de hacer por ti, Lucile, dime?
—Entonces demuéstramelo ahora, por favor.
—Primero algo de beber. Estoy sediento y muero de frío.
Le serví algo de leche en la que vertí unas pocas gotas de licor de la petaca que tan fielmente cargaba conmigo. Acerqué el recipiente a sus labios, no sin antes advertirle que el líquido ya estaba frío, y lo sostuve mientras bebía, pausado pero con sorbos profundos que muy dificultosamente atravesaron su garganta.
Todo el temor que era capaz de experimentar palideció a la par del alivio que me invadió al notarlo tan vivo, al sentirlo tan cálido y despierto, y al notar su atención recuperada. Quise abrazarlo, estrecharlo con fuerza contra mi pecho para consolarlo hasta el cansancio y hacerle olvidar esa mala experiencia que, pese a todo lo descrito, todavía parecía dueña de su semblante. Alejé el vaso de sus labios y con el pulgar limpié una perla blanca que amenazaba con resbalarse, y en un arrebato de la más insondable honestidad, me incliné sobre Johann, para hacerle saber con mis labios pero sin palabras, la importancia que su vida tenía sobre la mía.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó, sorprendido.
—¿No te atreves a adivinar?
—Mi cabeza se siente pesada todavía.
—¿Y el frío?
—Ya casi como una segunda piel.
—Y no debería ser así —dije, acercándome. Lo rodeé con mis brazos para ver mi deseo realizado—. ¿Mejor?
—Los chicos se resentirán al notar cómo me favoreces.
—No niego que siempre intentan acaparar mi atención, pero puedo asegurarte de que es de la forma más inocente que puedas imaginar. No paso de ser una novedad para ellos. «El citadino en el campo». Por otro lado, no eres tú quien suele buscarme, Johann, todo lo contrario. Pero siempre juegas al desentendido.
—Y mis razones son válidas para hacerlo.
—Lo sé —respondí, depositando un beso en su cuello—, pero cuando estamos solos pierden toda validez. ¿No tomarías el riesgo por mí?
—¿Y no es eso lo que estoy haciendo en este momento?
—Y sólo porque todavía estás ausente. ¿Cómo va esa memoria?
—Dispersa. Parece una pesadilla. Tuvo que haber sido una pesadilla —agitó la cabeza, asustado—. Es de noche todavía, y en ese sueño… Vi dos puestas de sol y tres amaneceres, ¿cómo explicas tal cosa, Lucile?
—Ya lo has dicho tú: un sueño.
—Me resulta tan difícil convencerme.
—A mí sólo me basta el tenerte sano y salvo en mis brazos.
—Con tan poco te conformas.
—Sólo porque soy paciente —respondí, estrechándolo con más fuerza—. Aunque la verdad, deseo saber qué te sucedió, Johann. No podría dormir con la idea de que tu vida, por alguna u otra razón, todavía corre peligro.
—Ya te dije que es todo muy vago.
—Al menos deja que el doctor te examine. Mandé a los chicos por él. Han de estar en camino.
—¿Me dejarás dormir mientras tanto?
—Preferiría que no. No podría con el miedo.
—No me pasará nada, Lucile. Ya estoy a salvo —dijo, inclinándose hacia mí, favoreciendo de esta forma nuestra cercanía.
Para mi buena o mala suerte, soy un joven difícil de convencer. Por más que Johann insistiera en su bienestar y en su completa recuperación, el miedo que atenazaba mis sentidos no había desaparecido, ni siquiera buscaba disminuir. La luz de la vela a la que tanto le había temido estaba ahora quieta, y la cera casi por completo consumida. Me aferré al resplandor azulado que marcó su final mientras en silencio esperaba que los hilos plateados de la noche tejieran nuevas figuras en la oscuridad.
El viento dejó de ser una brisa. Las viejas tablas del molino comenzaron a agitarse, golpeándose entre ellas y enterrando el silencio sepulcral que hasta ahora nos había envuelto. Había algo macabro en ese rechinar presuroso y seco, algo que pronto me invadió en forma de una horrenda corazonada que se me adhirió al pecho hasta hacerlo arder. En el fondo, intensificado tal vez por la soledad, el constante relinchar de un caballo que, esperaba de todo corazón fuera el del Dr. Schooles, se apoderó de todos mis sentidos. Por un instante no fui capaz de distinguir si era Johann quien descansaba tan plácidamente en mis brazos. Como pude alcancé a acariciar sus mejillas, las cuales ya no encontré frías. Coloqué ambas manos sobre su pecho y me reconforté con el cálido golpeteo de su corazón. Todo dentro de Johann era tranquilidad y calma, todo fuera de mí era caos y miedo.
Suspiré. Acaricié mis labios contra su piel una última vez. Dejé su cuerpo dormido sobre el lecho, mientras con mi falsa valentía salía al encuentro del jinete que esperaba montara a ese torpe animal al que la noche había asustado. Escuchaba su relinchar y los cascos violentos y rápidos contra el suelo. Con la claridad proporcionada por la luna pude posicionarme en dirección al pueblo, pero para mí desgracia, el sonido no parecía provenir de ahí. En un intento de razonamiento apresurado me dije que era el bosque, el que se encontraba a varios metros de distancia, el que aprisionaba el sonido que luego liberaba con un eco un tanto distorsionado que se movía en varias direcciones a la vez. No conseguí convencerme con esto, pero no desistí en el intento. Me sentía completamente desamparado ahí, desnudo, incapaz de proteger a Johann del peligro que presentía se avecinaba.
Todo lo que ocurrió a partir de ahí fue demasiado apresurado, demasiado desconcertante, demasiado salvaje y extraño. Algo me tiró al suelo. Caí con un sonido seco que me hizo creer que algunos de mis huesos habían resultado dañados. En vano intenté levantarme, pero la fuerza de mi desconocido atacante me superaba, el solo peso de su cuerpo ya resultaba demasiado sorprendente por sí mismo. Forcejeaba inútilmente mientras unas manos frías y secas tanteaban mi piel con violencia, casi temía que lo hacía con la intención de arrancármela de tajo. Y entonces, en un arrebato que debió haber sido regalo de la fortuna, pude liberarme. Y así lo vi… Con un tono carmesí apenas a medias… El caballero plateado, tal como había dicho William.
—¿En dónde está? —siseó.
El miedo me petrificó, el aliento se me quedó congelado en la garganta haciendo imposible la articulación de cualquier sonido. No hubo violencia en sus palabras, y el ataque que recién había recibido no podía justificar su procedencia de un cuerpo tan delgado y delicado y menos de un rostro tan sereno y andrógino. Su porte aristocrático resultaba similar al de algunos de mis compañeros de la universidad que se jactaban de su sangre noble, sin embargo, su presencia sí conseguía resultar intimidante, incluso respetable, con un aire más de nobleza que de simple adinerado. Al igual que Johann, debía encontrarme en un sueño, me dije. Uno demasiado real, y de ahí el temor y mi inhabilidad para escapar de él.
—¿En dónde está? —repitió.
Agité la cabeza, confundido. Su voz ahora era menos tenebrosa, pero no del todo humana. Me pareció notar que las facciones de su rostro se habían torcido en un gesto doloroso, pero debió haber sido mi imaginación otra vez.
Resultaba natural mi poca capacidad para leer sus facciones, cualquier muestra de lucidez era rápidamente remplazada por el asombro, incluso más que el miedo y el desconcierto. Había una naturalidad sombría en la apariencia del caballero; y ahora, en su prudente distancia, me pareció distinguir un arrebato de reserva, como si, efectivamente, esperase mi respuesta tal como la cortesía lo demandaba.
Su apariencia no podía ser más extraña, era lo único que no me pasaba desapercibido. Todo en él se asemejaba al resplandor mortecino de la luna, salvo por su boca, tan roja como la sangre. Había cierto brillo en la mirada, una especie de brillo que tal vez tenía su origen en el anhelo por la vida que seguramente ya no poseía. En otro tiempo quizá podría habérsele arrancado la tristeza de los ojos, pero en ese momento era la mirada de la muerte misma. La muerte, supuse yo en un último instante, que desesperadamente buscaba a Johann.
La ferocidad del caballero tal vez tenía su origen en eso; en la pérdida de su presa por circunstancias que ni el tiempo me permitía conjeturar ni yo mismo me alentaba a adivinar. La preocupación volvió a invadirme y con ella la sensación de derrota, y la certeza de que, ante tal presencia sobrenatural, mi fortaleza no era más que un pequeño engaño.
No supe cómo proceder a partir de ahí, y en mi ineptitud, mi cuerpo se quedó paralizado. Imaginé, por un segundo, a Johann, todavía recostado recuperando las fuerzas. Debía estar lo suficientemente exhausto como para que mis gritos no lo despertaran, y aunque quisiera advertirle, no podría hacerlo sin revelar su posición, lo que de igual manera resultaría inútil porque dudaba mucho que tuviera los ánimos para levantarse y huir a expensas de mi propia seguridad.
No vislumbré más alternativa que echarme correr en dirección contraria, con la clara intención de desviar la atención del monstruo mientras Will y Christian llegaban con ayuda, lo que no debía demorar mucho. Para mi decepción, la reacción del caballero no fue la esperada, pues éste en lugar de perseguirme, se quedó quieto. Levantó la mirada y olfateó el aire, para luego sonreír.
—¡Qué esperas! —le grité.
En un segundo, o en menos tiempo, quizá; desapareció. Se desvaneció en el aire con una delicadeza poco acorde al salvajismo con el que había aparecido para derrumbarme, y en una reacción totalmente descontrolada, me eché a correr en dirección al molino.
Lo que vi estuvo a punto de detenerme el corazón, pero mi reacción resultó apremiante; al percatarse de mi presencia el monstruo se alejó de mi amigo dormido, y torciendo una mueca de descontento se mimetizó con la oscuridad, haciendo que el terror que ya le profesaba aumentara. No pensé en más que sacar a Johann de ahí, pese a las limitaciones de tal empresa, sin embargo, no veía más opciones que esa.
Me acerqué a Johann con cautela, tan atento al entorno como me fue posible. Intenté despertarlo con delicadeza, pero la prisa me obligó a propinarle una bofetada que pronto consiguió despertarlo de su sueño.
—Tenemos que irnos —dije con prisa—. Levántate, Johann. No hay tiempo.
—Cualquiera diría que has visto un fantasma, mi querido Lucile —bostezó, al tiempo que se sobaba la mejilla enrojecida.
—Y más que eso —respondí, apresurándolo.
Johann parecía empecinado en poner a prueba mi paciencia, sus ademanes torpes y sus constantes bostezos no hacían sino desmentir la razón por la cual yo me encontraba tan preocupado por su bienestar. Yo estaba tan dispuesto a sacrificar incluso mi vida, de presentarse el caso, con tal de verlo sano y salvo; y él no hacía sino observarme con infantil curiosidad.
—No hay tiempo para esto, Johann. Por lo que más quieras, hazme el favor de ponerte de pie. Si tienes energía para burlarte de mí haz de tener de sobra para levantarte y echarte a correr.
—Y lo dices con tanta seriedad —sonrió.
—¡Por lo que más quieras, Johann!
—Sólo porque me encanta complacerte —dijo, para segundos después ponerse de pie con una facilidad que ni se me había ocurrido estimar.
Verlo tan recuperado hizo que recobrara parte de mi ánimo, pero la verdad seguía siendo otra: un monstruo nos acosaba, y no podía yo suponer siquiera qué debía hacer para ponernos a salvo. Si bien ya no sentía su presencia, no podía subestimarlo puesto que desconocía la totalidad de sus habilidades, y ni siquiera me atrevía a imaginar la magnitud de éstas. No había razón para empeorar mi estado cuando lo creía recuperado, porque esto podía entorpecer mi forma de reaccionar ante futuros predicamentos.
Nuestra intención era abandonar el molino con prisa, pero nuestro paso ni siquiera llegaba a ser un trote. Seguía preocupado por su bienestar físico, pero lo cierta era que Johann parecía tan despreocupado como si se encontrara en un viaje de campo un agradable día de verano. No voy a negar que su comportamiento consiguió enfurecerme, pero esa no era mi prioridad. Seguimos avanzando en silencio hasta que me sentí lo suficientemente a salvo para hablar.
—Con un poco de suerte encontraremos a los demás de camino. El pueblo apenas está a veinte minutos, no pueden demorar más —dije más para mí que para Johann, que parecía seguir perdido en la luna.
—Eso si es que no están esperando al doctor —comentó Johann, divertido—. Se te ha olvidado, Lucile, que el Doctor Schooles no es ningún ocioso, y que disfruta tanto de su profesión como para descuidar su propio hogar durante días. Y si los chicos no lo hallaron, ¿no es mejor suponer que no los encontraremos de camino, dado que todavía deben estar esperándolo?
—Mal momento escogiste para hacerme partícipe de tus suposiciones, Johann, pero al menos me alegra notarte tan lúcido.
—Y yo insisto: pareces haber visto un fantasma.
A punto estuve de responderle cuando el caballero en cuestión, la fuente de todos mis temores, nos interceptó. Su figura resaltaba más clara ahora, sus ojos menos oscuros y sus manos y labios pálidos otra vez. Intuí que venía a reclamar la vida que había dejado en Johann, y sin pensarlo mucho me interpuse en su camino.
—¿Qué pasa? —preguntó Johann. Su voz dejó entrever un deje de desconcierto.
—Cuando te de la señal, échate a correr como si el mismísimo diablo te persiguiera.
—¿Y eso para qué? —rió—. Querido Lucile, ¿acaso has perdido la razón?
—¿Qué no lo ves? —inquirí, confundido.
—¿Ver qué?
—No es tiempo para una de tus bromas, por amor al cielo —gruñí, asustado. El monstruo seguía en su posición, sin moverse, pero con la sonrisa cada vez más ancha y tétrica.
—Ya basta, Lucile. Me estás asustando.
Y eso fue lo que noté en la voz, y lo que debió notar el caballero, puesto que cuando la última sílaba fue pronunciada por los labios de Johann, éste hizo el ademán de abalanzarse sobre nosotros. No supe cuándo reaccioné, sólo sentí la mano de Johann firmemente enlazada con la mía y la torpeza con la que nuestras piernas corrían, a ciegas, por un camino cada vez más oscuro, sin dirección aparente, y sin tener la certeza de que todavía éramos perseguidos.
Mis pulmones pronto comenzaron a reclamarme la falta de cortesía, sacando a la luz esas malas mañas citadinas antes las cuales ni la eminente amenaza a nuestras vidas podrían hacerle frente. Poco a poco la falta de aliento fue entorpeciendo mi trote, convirtiendo mis piernas en pesados plomos, hasta que el insoportable cansancio hizo que ambos nos detuviéramos.
El temor aumentó en mí, cosa que ya no creía posible, pero que se reflejaba en el sudor frío que empapaba mi piel y en los latidos de mi corazón que amenazaron con hacerme explotar el pecho en ese brevísimo instante en que fui consciente de nuestra posición: el bosque. Estábamos perdidos.
Miré a Johann, sentí un calor reconfortante al notar que, cuando se percató de mi mirada, una sonrisa se dibujó en sus labios. Con la poca energía que me quedaba corrí hacia él y lo estreché en mis brazos con toda la desesperación que sólo un hombre enamorado puede evocar ante la idea de la pérdida de la persona dueña de sus sentimientos. El sólo hecho de imaginarlo muerto me desconsolaba, pero en lugar de enfundarme el valor necesario para protegerlo me sofocaba, ahogando toda última señal de esperanza.
—Dime con total honestidad, Johann —le rogué, al tiempo que sostenía su rostro entre mis manos—, ¿no mientes cuando me dices que no lo ves?
—¿Ver qué, Lucile? Dímelo. No necesito verlo para creerte —asintió. Sus ojos ya eran como los míos y estaban llenos de terror. La luna había escapado de su prisión y ahora brillaba sobre nosotros con tal intensidad, como si en un acto de crueldad tratara que el desconcierto de Johann, el que gracias a ella apreciaba con claridad, me marcara irremediablemente.
—Es él… no sé lo que sea —balbuceé—. Tiene el cabello plateado, la tez blanca como la de un fantasma. Viste como un caballero, como un viejo noble, en un tono gris oscuro, pero anda descalzo y sus labios son rojos como la sangre. Sus ojos parecen hermanos de la muerte misma, y su sonrisa una hoz letal. ¿No has visto nada parecido en tu vida? ¿Ni siquiera en pesadillas?
—Si en pesadillas me acosara un ser como el que acabas de describir, hace mucho habría perdido la cordura. ¿Estás seguro de que no es todo el simple jugueteo de tu imaginación? ¿No es el miedo que adopta ante tus ojos esa forma al no reconocer su verdadera naturaleza?
—Quisiera tanto que fuera así, mi querido Johann, pero ya no puedo convencerme. Esa criatura te persigue a ti, amigo. Y no puedo soportarlo.
—¿A mí? —preguntó, sorprendido—. ¿Y por qué a mí? ¿Qué he hecho para ganarme esta maldición?
—¿No lo sientes en tu pecho? —pregunté, colocando la mano donde recordaba yacía la marca. Con delicadeza comencé a aflojar su camisa. La piel de Johann se erizó producto de mi súbita atención, pero cuando tanteé con la yema de los dedos sobre su piel hasta encontrar la herida, éste dejó escapar un quejido sordo. Entonces, casi en un hilo de voz, le dije—: Te ha marcado.
—No me asustes así, Lucile. Esto no es gracioso.
—Dime, ¿por qué habría de torturarte con una broma así de cruel? ¿Qué ganaría yo con eso? ¿Acaso crees que intento que busques mis brazos a fuerza de temor? ¿Tan desalmado me crees? ¿Tan superficial te resulta mi afecto sabiendo que no te he mostrado más que paciencia a pesar de tus constantes rechazos?
—Ni una cosa ni la otra, por supuesto —se apresuró en aclarar—. Pero no puedes negar que ni tu estado ni tus palabras cargan la seriedad suficiente para convencerme. Cualquiera te tomaría por loco, y si yo no lo hago es porque te estimo demasiado para ofenderte.
—Es porque me conoces —repliqué—, siempre te jactas de ello. Jamás te mentiría deliberadamente, y si alguna vez se me ocurriera hacerlo sería con el convencimiento de que tal mentira podría asegurar tu bienestar y felicidad. Todo esto lo sabes. Sólo tienes miedo de aceptar la verdad. Y la verdad es que has sido marcado por un monstruo, Johann, y que tu vida corre peligro —suspiré—. Y probablemente yo no sea capaz de hacer nada y la simple idea de perderte me tortura. Así que recupera el aliento y no reniegues ni me cuestiones cuando te pido que te eches a correr con todas tus fuerzas —culminé con un tono más serio. Un asentimiento de su parte dio la discusión por zanjada—. Ahora, vámonos; ya hemos perdido demasiado tiempo aquí.
No era mi intención matarlo de miedo pero si esto terminaba convirtiéndose en un efectivo aliciente no pensaba disculparme en caso de que saliéramos vivos de esa. Tomé la mano de Johann con seguridad. No dejé que el desconocer la posición exacta en la que nos encontrábamos resultara un impedimento. De todas formas, creía firmemente en que el supuesto caballero tenía la capacidad para localizar a Johann sin importar dónde se encontrara, así que daba igual la posición, sólo faltaba correr para mantener la distancia. Con suerte, la luz del sol lo ahuyentaría y ya con más tiempo y espacio, y sobre todo, con mucha más calma y lucidez, seríamos capaces de idear un mejor escape.
El bosque, naturalmente, era una inmensa maraña de sombras y susurros. Las copas de los árboles bailaban sobre nuestras cabezas agitando sus ramas y sofocándonos con los efectos que, junto a la luz de la luna, provocaban sobre el suelo. Mientras corríamos tomados de las manos, una extraña calma se fue apoderando de mí. Extraña, por supuesto, dadas las circunstancias, pues debía mantenerme alerta, atento a cualquier señal de peligro. Sin embargo, por más que me resistiera, algo había en ella que me arrastraba, casi incitaba a creer que la persecución por fin había concluido y ya nos encontrábamos fuera de todo peligro. Apelando a toda mi fuerza de voluntad no me detuve, pero no dejó de incomodarme el hecho de que una batalla de tal magnitud comenzara a abrirse paso en mi interior. Resultaba tan inoportuno que mis inseguridades y mis anhelos confluyeran en mi interior y casi al mismo ritmo, confundiéndome. Si me dejaba convencer la vida de Johann correría un peligro tremendo, y no podría vivir con la idea de haber sido el único culpable de ese desenlace.
Aparte de la sensación de apacibilidad había otra mucho más peligrosa: la sensación de que corríamos en círculos. No había nada en el camino que nos ayudara a medir la distancia recorrida, y con la prisa que nos movíamos mucho menos éramos capaces de intentar recordar la ruta tomada, los desvíos y atajos. Así que podría tratarse de una simple falta de percepción y no debía considerarlo un hecho real. Pero resultaba cada vez más difícil convencerme, y el que la luna aparentara total quietud sobre el cielo también me hacía creer que era muy poco el tiempo transcurrido, lo que tampoco ayudaba en absoluto. No alarmé a Johann con estas observaciones pero era cada vez más difícil no creer que todo lo hacíamos en vano.
Entonces, como si mis ruegos para encontrar una señal que desmintiera mis creencias hubieran sido escuchados, llegamos a un claro en el bosque, completamente bañado por la luz de la luna, y lo suficientemente amplio para sentirme expuesto. Claro que no pensaba descansar mucho tiempo ahí por las razones ya citadas, pero al menos servía de prueba para comprobar que nuestra carrera no había resultado en vano. Intenté normalizar mi respiración y recuperar un poco el aliento, y cuando estuve a punto de decirle a Johann que lo mejor era retomar el paso, él me soltó la mano.
—Es aquí —dijo con incredulidad—. Reconozco este lugar.
—Johann, hemos estado muchas veces en este bosque, es natural —dije, aunque yo no encontraba el lugar familiar en lo más mínimo—. Ahora, no perdamos el tiempo en esto…
—No entiendes —me interrumpió—. Lo recuerdo.
—Johann —lo apremié.
—El sueño, Lucile. Tres puestas de sol y dos amaneceres… La atracción.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Es hermoso —sonrió—. Lo recuerdo ahora.
—¡Johann! —exclamé, confundido.
—Por eso siempre me encuentra.
—Por favor, dame la mano. Marchémonos ya.
—No lo recordaba, por eso no lo veía, y por eso me busca.
—Ya es suficiente. Basta, por favor —supliqué, temeroso. La piel me ardía en un copioso sudor frío que pronto me empapó sin remedio. Todo a mí alrededor parecía en calma y hasta el viento y el siseo de las ramas habían muerto. Corrí hacía él. ¡Estaba todo tan claro! Podía verlo, cada una de sus facciones, su sonrisa torcida, su piel nuevamente pálida y sus ojos abiertos de par en par como si… No pude aceptar la idea. Corrí a su dirección y lo estreché con fuerza—. ¡Johann! —grité. Tomé su rostro entre mis manos y presa de un pánico tan insoportable como esclarecedor, lo besé. Si habría de morir en sus manos, me llevaría algo de él conmigo, aunque tuviera que arrancárselo a la fuerza.
—Ya es tarde —sonrió.
—Todavía podemos huir.
—No. Ya está aquí.
—Los otros deben estar buscándonos. Sólo un poco más, querido Johann, por favor. No me hagas esto. Si tu afecto por mí es al menos la mitad de intenso que el que te profeso, no me hagas esto.
—Mi querido Lucile —dijo. Me miró con tanta complacencia que creí que había conseguido hacerlo mudar de parecer—. Está detrás de ti.
Mi respiración se detuvo ese instante en que su mirada y la mía se encontraron. Pude ver en él la profundidad de la muerte misma, el anhelo a un amor sombrío y la delicadeza de esa belleza que no puede explicarse con palabras. Me di por vencido. Mi cuerpo se dejó dominar por la apacible calidez de la muerte traída a este mundo por manos frías y secas. Ya no había nada que pudiera hacer más que cerrar los ojos y dejarme caer para que los brazos de ambas criaturas me retuvieran en ese rito de amor que se tiene que atravesar para llegar al otro mundo…
En mi resignación, sin embargo, olvidé que no era a mí a quien perseguía, y cuando abrí los ojos, el dolor, uno tan inmenso como inimaginable, terminó de quitarme la vida.
El caballero ahora parecía más humano. Su cabello ligeramente oscurecido en un tono casi rojizo, su piel menos pálida y sus facciones más hermosas. Verlo con tanta claridad no me pareció cosa de este mundo, como tampoco me lo pareció el hecho de que el cuerpo de Johann se encontrara a sus pies, completamente frío, desprovisto de cualquier señal de vida, pálido y seco. Sus ojos grises abiertos, como lagos gemelos que atrapan en sus aguas el resplandor de la luna. Su pecho cubierto por el rojo hilo de la vida…
El caballero no me había tocado, pero, negándome la existencia de Johann, ¿no me había matado por igual? Me levanté solo para avanzar un par de pasos y caer de rodillas. Podía sentir las lágrimas en mi rostro, pero no quería ni podía aceptarlas como reales. Entonces él se acercó, tomó mi rostro entre sus manos y me observó con un cariño que, de no ser por las circunstancias, habría calificado como honesto y verdadero. No rehuí de su mirada, ni dejé que sus manos frías congelaran mi determinación. Al igual que Johann, yo debía morir ahí, sólo así él se encontraría completo.
Asentí.
Sentí sus dientes en mi pecho, finos, y el calor de mi sangre, la vehemencia con la que sus labios la absorbían, y luego, casi en su última gota, esa lengua cálida que no atrevía a desperdiciar nada. Mi vida colgaba de un hilo, de un fino hilo plateado que debió desprenderse de su cabellera antes de que ésta se tornara por completo rojiza. Entonces una sonrisa y un beso, y por último, Johann muerto, a mí lado, y yo… yo muerto también. El resplandor de la luna al fin desapareció.
Cuál no sería mi sorpresa al abrir los ojos y sentir el ardor que produjo en estos la luz del sol, mostrándome de esta manera la vida que todavía parecía poseer. Totalmente desconcertado traté de reincorporarme, pero el cuerpo me pesaba y mi garganta estaba tan seca que ardía con la intensidad suficiente para que lágrimas afloraran de mis irritados ojos. ¿En dónde estaba? ¿Qué había pasado…?
—¡Jo…!
Fue en vano. La garganta no me dio para nombrarlo, y el recuerdo trajo consigo más lágrimas y más dolor.
—¡Lucile! —gritó alguien. Su voz me resultó tan ofensiva que a punto estuve de llamar su atención, y lo habría hecho si mi ánimo y mi voz lo hubieran permitido.
—¡Christian, Joseph! —volvió a gritar—. ¡Lucile has despertado!
William. Sin duda era William. Sólo su humildad era capaz de guardar el lecho de un moribundo con tanta delicadeza para luego destrozar este esfuerzo con su desentonada voz. Se acercó a mí con cautela, pero yo seguía tan poco lúcido que además de reconocer su presencia no pude hacer nada.
—Lucile —me llamó una nueva voz. ¿Christian?
—¿Qué demonios te pasó, amigo? —Otra voz. ¿Joseph?
Los miraba a todos con incredulidad… podía ser… ¿podía albergar la más mínima esperanza a pesar de haber presenciado el fatal destino de…?
William rápidamente me acercó un vaso del que apenas pude distinguir sabor y menos beber con facilidad. Con sorbos casi secos fui sintiendo la garganta recuperada, aunque por poco, pero al menos lo suficiente para que balbucir no me resultara tan doloroso.
—¿Johann? —carraspeé—. ¿Johann?
Todos sonrieron.
—No cambias —dijo William—. Johann duerme. No ha parado de buscarte. Fue el último en rendirse y, naturalmente, fue él quien te encontró. Ahora descansa en su hogar Está exhausto. Tres días de búsqueda dejan rendido a cualquiera. Hasta al más valiente de todos.
—¿Tres días? —inquirí. Comencé a negar. ¿Llevaba tres días dormido?
—No llevas ni un día dormido —se encargó de aclarar Joseph—; tres días duró tu búsqueda.
—No entiendo —balbuceé.
—¿Recuerdas el reto? —intervino Christian—. Le había tocado a Johann pero tú no lo permitiste. «Este chico es muy valiente, sólo será una broma para él», dijiste. Entonces lo decidimos otra vez y te tocó a ti. Curioso que no defiendas tu valentía como lo hiciste con la de tu querido amigo —bromeó.
—Aceptaste el reto y cerca de medianoche te internaste en el bosque —continuó William—. Tenías que permanecer ahí hasta el amanecer. ¿Cómo crees que nos sentimos cuando, en pleno mediodía, todavía no te habías dignado en aparecer?
Nada de lo que decían tenía sentido. Yo no había tomado el reto, ese había sido Johann, y fue a él a quien encontramos tendido en la entrada, completamente inconsciente… todo lo que había pasado a partir de ahí…
—La gente del pueblo se volvió loca —prosiguió Joseph con su típico tono bufón; despreciaba tanto la superstición como a la gente supersticiosa y no perdía oportunidad para burlarse de ellos—. Ni que se diga de buscarte. Nadie quiso. «La mansión en el bosque. El caballero. El caballero plateado se lo llevó, se lo llevó», decían, como borregos. «Se lo llevó y ahora está marcado de por vida. Su vida y la de él son una, inseparables, atadas en la muerte, en la vida en la oscuridad y en la sangre; uno de día, el otro de noche y blablablá» —rió—. Fue tan gracioso, que de no ser por la preocupación me habría reído durante meses.
—La búsqueda sólo la llevamos a cabo Will, Joseph, Johann y yo —relató Christian—. Pero imaginarás que era demasiado terreno el que debía cubrirse. El primer día la pasamos verdaderamente mal, y para el segundo se nos ocurrió enviar una carta a tu casa de campo exponiendo la situación con la esperanza de que tu padre, o quien la recibiera, no lo creyera una de tus tantas tonterías y se dignara en mandar ayuda, o al menos dinero, para convencer a alguna de estas personas a ayudar en la búsqueda.
—No hizo nada —sonreí yo. Conocía demasiado a mi padre y las ideas que tenía sobre mí.
—Pero nosotros igual no nos rendimos —intervino Will.
—Pero al menos nosotros tomábamos uno que otro descanso —agregó Joseph—. Johann no paró en absoluto, de ahí que ahora duerma. Bien caro pagó el que no nos concedieras la gracia de tu presencia a la hora estipulada —bromeó en medio de una falsa reverencia.
¿Cómo decirles que me jugaba la vida si no lo veía? Como mis amigos, no dudaba de sus palabras, pero había una necesidad diferente en mí, y el anhelo era tan fuerte como insoportable, y la sensación sólo sería aplacada cuando yo mismo comprobara con mis ojos y con mis manos que Johann se encontraba bien.
—Te encontró y te trajo a cuestas —dijo Will—. Estabas muy mal.
—¡Y sigues viéndote tan mal! —bromeó Joseph—. Por suerte el doctor Schooles dijo que no pasaba de una insolación y una leve deshidratación, y que con reposo y líquidos saldrías de esta como nuevo.
—Y no estamos ayudando mucho en la parte del reposo —intervino Will nuevamente—. Lo mejor es que sigas descansando, Lucile. Cuando Johann despierte lo pondremos al tanto de todo. Te aseguro que él está bien. No debes preocuparte.
—Gracias, muchachos —murmuré.
Estaba vivo, mis amigos lo aseguraban y no vi nada en ellos que me hiciera creer que no fuera verdad. Sin embargo, ¡qué difícil es convencerse cuando has experimentado todos tus miedos más profundos en una sola noche! ¿Acaso no podría ser que ahora mismo me encontrara en un sueño y la realidad seguía siendo esa noche de luna llena y de monstruos infernales? A raíz de esta idea me rehusé a cerrar los ojos. Si era así, me negaba a despertar. Si esa pesadilla era mi verdadera vida no quería retomarla, y mientras pudiera, no iba a retomarla. Johann estaba vivo aquí, y esa era la única vida que yo podía tener. Mi padre podría afanarse en enojos ante mi supuesto desenfreno, era mejor que me creyera un osado, un tonto derrochador, y hasta un muerto, que un enamorado; de todas formas, jamás comprendería ese anhelo de pasar las vacaciones en este remoto pueblo, entre amigos que no pertenecían al mismo estrato social.
Me reincorporé con dificultad y tomé el vaso que Will me había tendido con anterioridad. Debía tratarse de alguna infusión, mi paladar seguía inservible y sólo bebía por la necesidad que sentía de recuperarme a la brevedad posible. Entre más fuerza tuviera menos sueño sentiría y podría permanecer así hasta saciarme por completo de la presencia de Johann. No podía arriesgarme. Me desconsolaba la idea de volver a perderlo, tanto que si seguía pensando en ello corría el riesgo de perder la cabeza.
Lo cierta era, sin embargo, que la fortaleza de mi determinación y la de mi cuerpo no iban de la mano. Y por mucho que intentara no dormir, al final, no pude evitarlo. Con un tremendo dolor en el pecho vi los últimos rayos del sol antes que desaparecieran, al igual que la luna, esa noche…
Abrir los ojos se había convertido en una auténtica aventura por sí sola. No fue tanta la sorpresa el verme despierto en la misma habitación, sino tener a Johann —¡y con qué facilidad pude distinguirlo!—, a mi lado. Dormía, apretado contra mi costado, y sólo su calor me proporcionó el alivio necesario para mil vidas. Enterré los dedos en su cabello y con un poco de dificultad comencé a llamarlo.
—Gracias —le dije.
—¿Y eso por qué?
—Por estar vivo.
—¿Y no debería ser yo quien de esas gracias? —sonrió.
—¿Hay algo en mi existencia que te haga sentir agradecido?
—Y bien lo sabes —bostezó—, únicamente preguntas porque quieres que me deshaga en halagos hacia ti.
—Es que ya no quiero guardar silencio, Johann.
—Hay cosas que no pueden ser.
—Si supieras por todo lo que pasé ya no pensarías lo mismo.
—¿Y crees que yo no tuve mi dosis de sufrimiento? —inquirió, dolido—. ¿O es que crees que no corrí desesperado a través de todo ese estúpido bosque con el temor siempre acosándome con tu cuerpo sin vida?
—Pero me encontraste vivo, ¿qué más consuelo que ese? —repliqué—. Yo te vi morir. Vi como robaban cada gota de tu sangre, Johann. ¿Cómo puedo llegar a sobreponerme a eso?
—¿De qué hablas?
—Una pesadilla, espero.
—Y ahora tiemblas.
—Fue insoportable, no quiero recordarlo.
—¿Me lo contarás algún día?
—Por ahora prefiero olvidar —respondí, convencido.
Entonces Johann buscó mi mano, e hizo que, entrelazada con la suya, descansaran ambas sobre mi pecho. No podría haberme sentido más cerca de él que en ese momento, y tendría que haberme bastado. Sin embargo, no fue así.
—Johann, ¿me besas antes de despertar?
—El sol te ha hecho perder la razón. Deliras —bufó—. ¿Acaso no estás despierto ya? ¿Es esta otra de tus tontas bromas? Pues permíteme anunciarte que no caeré. Desde hoy tus artimañas no surtirán efecto en mí.
—Tengo miedo —susurré—. Tengo tanto miedo de que lo sea que no me atrevo a perder la oportunidad.
—¿De que sea qué? Me desconciertas.
—Que este sea el sueño y aquella la realidad.
—Basta, Lucile, ya no es gracioso.
Cerré los ojos. Había hablado demasiado ya y la garganta volvía a arderme por el esfuerzo. Pero no iba a rendirme, iba a insistir hasta conseguir algo porque la idea de perderme esa última oportunidad no me dejaría en paz hasta verla realizada. Pensaba en esto cuando la mano que sostenía la mía se liberó. A punto estuve de renegar y entonces, en una acción todavía más sorpresiva, sentí el peso del cuerpo de Johann sobre el mío. Se había sentado a horcajadas sobre mí, y ahora me veía con el dolor que anteriormente, intuí, se había esforzado en disimular.
Tomó mis manos y la estrechó contra su pecho, contra sus labios. Estaba fascinado con sus atenciones. ¿Quién era yo para cuestionar su experiencia? Me regañé internamente y luego, con cierto esfuerzo, salí en su encuentro, envolviéndolo débilmente con mis brazos, buscando sus labios, los que primero me negó pero que luego entregó con total consciencia. No podría haberme hecho más feliz, y esperaba despertar en él, sino una emoción más intensa, al menos una bastante similar. En cuestión de minutos nos despojamos de nuestra ropa, y en arrebato totalmente ajeno al intercambio que realizábamos, busqué en su pecho la herida que lo había marcado para la muerte.
Fue inmensa mi alegría al no encontrarla, y me entregué a él con el consuelo de saberme despierto al fin, y lejos de todo mal. Su cuerpo y sus atenciones fueron lo único que pudieron terminar de convencerme. Ni en mis sueños más locos habría esperado semejante intensidad, entonces, ¿cómo podría tratarse este de un sueño? ¿Cómo un sueño habría permitido que rozara su piel con mis manos, con mis labios…? ¿Cómo su voz habría resultado tan real de no serlo; y sus suspiros, tan míos como suyos? Y esa deliciosa extenuación que casi conduce al delirio, al desenfreno… Ver mi propia debilidad traducida en caricias cada vez más pobres, pero en atenciones más intensas. Sus atenciones, esas que siempre busqué y me fueron negadas; y sus sentimientos, apresados en su piel, que gracias a nuestro contacto ahora resultaban familiares en la mía. Si era mío no era un sueño, porque en sueños ya lo había tenido, pero nunca así.
—No tengo palabras —susurré, cansado.
—¿No es lo que esperabas? —preguntó Johann, acariciándome el pecho.
—Mucho más —respondí, tomando su mano.
—Gracias —volví a decirle.
—¿Otra vez? —sonrió—. ¿Y ahora por qué?
—Por estar vivo.
—Agradéceselo a mi madre —bromeó.
—No me faltan ganas, sólo espera que me recupere.
Rió y esto bastó para que renaciera en mí el deseo de abrazarlo y besarlo. Sin bien tenía la ligera sospecha que, al recuperarme, todas sus atenciones quedarían en el olvido al verme ya dispuesto a enfrentar la vida tal y como era en realidad, ahora albergaba la pequeña esperanza de recibir algo de él siempre y cuando fuera con total discreción. Esto haría de mis días en la ciudad un martirio, martirio que se vería recompensado de la mejor manera siempre y cuando todo viniera de él.
—¿Ahora si dormirás? —continuó—. Deberías seguir descansando.
—¿Para perderme esto?
—Debes descansar, Lucile. Falta tiempo para tu partida —susurró—. Así que descansa ahora antes de que sea demasiado tarde.
—Y sólo porque tú me lo pides.
—Los otros se enfadarán si se enteran de lo mucho que me favoreces.
—Ya lo saben —sonreí—. Y me parece que hace unos minutos no te importaba mucho.
El miedo ya me había abandonado por completo cuando esta vez me permití cerrar los ojos con la intención de no abrirlos en mucho, mucho tiempo. La calidez del cuerpo de Johann a mi lado contribuía a esta paz, y el deseo de descansar para volver a tenerlo hizo que todo fuera más fácil. ¿Pero acaso nuestros deseos no son engañosos? En ese poco lapso, en ese interminable ir y venir de minutos y días, de días y de noches, ¿cuántas veces me había engañado ya? ¿Estaba dormido en realidad? ¿Volvía a caer en la trampa de la vigilia y el sueño?
Me pareció despertar. Era de noche. La luz de la luna se colaba por la ventana y la única cosa que impidió que perdiera la cabeza fue la presencia de Johann a mí lado. Suspiré, aliviado. El viento había comenzado a susurrar cerca de la ventana. La estancia estaba tan iluminada que era como si la luna misma hubiera entrado en ella sin nuestro permiso. Fue extraña, esa luminosidad, esa claridad tan copiosa que le daba forma a todo lo que se encontraba en la habitación. Había algo frío en ella, y una pesadez que provocó de todo en mí, aunque mi cuerpo sólo alcanzó a demostrarlo con la forma descontrolada en que se me erizó la piel. La familiaridad que me embargó empeoró mi estado, al punto que me pareció ver realizado lo que tanto había temido al despertar. Difícil sería convencerme otra vez de que ese era un falso despertar, y que volvía a estar atrapado en una pesadilla.
Como si se tratara de una premonición, supe donde guiar la mirada para encontrarme eso a lo que tanto le temía. Nunca quise haber estado más equivocado en mi vida, pero ya no había nada que hacer. Él estaba ahí, y me miraba. Su cabello seguía rojizo y de no ser por su mirada y su sonrisa, lo habría creído un humano. Lo había visto tan de cerca ya que no había manera de que no lo reconociera. Me quedé quieto y apesarado. No podía marcharme sin dejar a Johann en sus garras, y aunque hubiera querido gritar para advertirle, de mi garganta apenas se escapó un silbido seco que me condenó como el más cobarde de todos los hombres. Agachando la cabeza me resigné, pero no permanecí mucho en este estado. Algo en él me obligaba a verlo, y así lo hice.
El caballero sonrió, llevó el dedo índice hasta sus labios indicando que hiciera silencio. ¡Cómo si hubiera podido decir algo! Por tonto que parezca, esto me indignó, mi cobardía era así de grande y esta era su manera de burlarse de mí. Yo me había dejado enteramente dispuesto no sólo para que me arrebatara la vida sino también para que me condenara con su desprecio, con sus aires de aristocrática superioridad, con la grandeza de aquel quien no obedece a nadie. Entonces volvió a sonreír, esta vez casi con complicidad, mientras con ese mismo dedo se dedicaba ahora a señalar a Johann. Me estremecí. Negué rápidamente. Le mostré mi pecho convencido de que podía escuchar mi corazón palpitante hacía unas pocas horas feliz y ahora aterrorizado por su presencia y lo que significaba. Tenía que bastarle. Johann ya no estaba marcado, yo mismo lo había comprobado.
Para mi sorpresa, durante largo rato la criatura no hizo nada. Se limitó a verme a Johann y a mí intercaladamente, hasta que por último, después de verlo a él, se tocó el pecho, señalando ese lugar que tan fácilmente habría aprendido a localizar. Fue su forma de decirme: te equivocas. No tienes control sobre nada.
Inmediatamente me incliné sobre Johann y temiendo despertarlo inspeccioné delicadamente pecho: no encontré marcas. ¿Es que la marca yacía ahora en otro lugar? Afligido, me volví hacía la criatura, a la que encontré negando; ahora me señaló a mí.
No me estremecí cuando, al palpar mi pecho, un ligero dolor se extendió por éste, concediéndome así la certeza de lo que en realidad estaba pasando. El caballero me vio, con su sonrisa plateada, y se acercó a mí para robarme un beso. Sentí la sangre arder, y mi vida desperdiciarse, pero en ese momento, al recordar lo que había pasado, lo que me habían dicho al despertar… Johann ya no descansaba a mi lado, sino frente a mí.
El caballero me había atado, convenciéndome a través de Johann, y yo lo había aceptado, bajo la luna llena cuando, habiendo perdido la que creía era mi vida, asentí para que me diera la suya.
Y como en él se reflejaba la existencia de aquel a quien amaba, me resigné, albergando en mi pecho la esperanza de que, habiéndose saciado de su capricho, me liberaría al fin, en una vida que esperaba yo, esta vez si se tratara de un sueño.

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Los comentarios siempre son bienvenidos.
¡GRACIAS POR LEER!

¿Irías sin mí? (Relato gay juvenil)

¡Hola a todxs! Relato nuevo, después de no sé cuánto tiempo. Lo escribí de un tirón, pero igual dejé pasar el tiempo para poder corregirlo mejor. Igual, si encuentran errores, me disculpo humildemente.
Título: ¿Irías sin mí? (Relato gay juvenil)
Resumen: Noé le pide a Lorenzo ir al río el fin de semana. Lorenzo se empecina en llevarle la contraria. (Soy mala en esto de los resúmenes, ¡por qué permiten que los someta a esta tortura xD).
Advertencias: ninguna.

Espero disfruten la lectura. Si es o no es así, igual hagánmelo saber. Los comentarios son amor, son vida (¿) Ok. No. Pero lo hacen a uno feliz, eso no se niega.
Tengan una linda tarde.
Saludos. 
PD: Es la portada más idiota que se me ha ocurrido nunca, pero como no encontraba imagen, y no quería dejar la entrada sin imagen... u.u 
Todos los derechos reservados. No al plagio. (Pero si alguna vez algo les gusta tanto que quieren compartirlo en algún blog, foro, etc., con que me lo hagan saber es suficiente)



¿Irías sin mí?

  
Hay algo en el cielo tormentoso que es reconfortante. Incluso cuando parpadea iluminándolo todo no puedes sentir miedo. Y luego, cuando por fin retumba el primer trueno, sientes que eres todo lo pequeño que puedes ser. No hay para más. Una vez encuentras el fondo del embace, sabes que ya no queda nada, y si ya no tienes nada, todo lo que suceda a partir de ahí resultará una especie de ganancia.
Si estas cerca de una ventana descubrirás que no sólo tu piel vibra con cada retumbar seco, y que no sólo tus párpados se entrecierran ante cada resplandor. Creo que uno se siente realmente vivo cuando la piel se eriza. Estás sintiendo con todo tu cuerpo algo que ni siquiera sabía que podías o querías sentir. Al mismo tiempo, durante una tormenta eléctrica notas que incluso las cosas inanimadas reaccionan de forma no muy distinta a la tuya, y otra vez te sientes pequeño, y siendo tan pequeño lo natural es que, a partir de ahí, sólo te queda crecer.
Creo que mi mamá se refiere a esto como «el consuelo del tonto», pero yo prefiero verle el lado más optimista.
Cuando le expongo este tipo de pensamientos a mi novio, pese a que sé que me quiere mucho, me ve de manera extraña. Frunce el ceño fingiendo que está analizando lo que acabo de decirle, pero bien sé yo que apenas me ha prestado atención. Así es él y así me gusta. Aunque no puedo negar que a veces quisiera notar algo de interés y no sólo miradas dubitativas.
—Oye, Lore —susurró—, ¿vamos al río este fin de semana?
—Dicen que el fin de semana habrá mucha lluvia —respondí yo con medio bostezo en la boca. Sonreí al notar su estómago rugir, me pareció mal el que mi cabeza siguiera descansando sobre su estómago, con lo vacío y necesitado que parecía—. ¿No has almorzado?
—¿Y desde cuándo acá estás tan pendiente del pronóstico del tiempo? —preguntó Noé, divertido, ignorando mi pregunta.
—Por eso dije: «dicen» —bufé—. Los del tiempo le atinan a todo menos al clima.
Yo no suelo llevar paraguas, pero sí sombrilla. Antes creía que a la larga el sol era mucho más dañino, y prefería un resfriado a una enfermedad en la piel. Aunque esto no es del todo cierto, por supuesto. Sin embargo, encuentro algo romántica esta concepción tan inocente e infantil. Pensé así como hasta el séptimo grado. Desafortunadamente, en la clase de Ciencias Naturales me tocó hablar sobre la lluvia ácida, y desde entonces, siento que uno es más feliz viviendo en el engaño. Pero, con todo y todo, no me siento triste. Dejo pasar dos o tres tormentas, y a la siguiente, salgo al patio y corro como loco, sin importar que los pies se me llenen de lodo o que el agua sucia me cubra los tobillos por completo. Sonaré todavía más loco ahora, pero incluso hay ocasiones en las que recuerdo la canción de Barney. Yo alcancé a Barney ya muy tarde, cuando el pobre dinosaurio púrpura ya estaba agonizando y pocos niños lo buscaban. Es más, si le pregunto a un adulto sobre él, fingen no haberlo conocido. Pobre animalito púrpura, tan solitario.
La canción va algo así: «si las gotas de lluvia fueran de caramelo…» y creo que es de libre composición. Es decir, creo que uno tiene permitido agregar cualquier cosa que te guste, sin importar que no vaya en la letra original.
«Pues deberían ser de cerveza —comentó Noé una vez, al tiempo que le daba un nuevo sorbo a su soda. Le gustaba su soda con cinco gotas de limón, por eso siempre se la servía en un vaso, luego, metódicamente, rodeaba el vaso con una servilleta. Decía que no le gustaba que las manos se le humedecieran cuando estaba bebiendo soda—. O de vodka, aunque la verdad no me gusta tanto».
Hay quienes creen que la cerveza es una cosa de machos.

—Como te decía —continuó—, se me apetece ir al río. El lugar que encontramos la última vez me pareció estupendo. Además, hay privacidad, si me entran ganas de comerte la boca en pleno jugueteo, nadie nos quedará viendo mal ni nos gritarán estupideces.
Mi cabeza seguía apoyada en su estómago, así que pude sentir la ligera vibración que produjo su risa. Me volteé un poco; mi oreja derecha pudo captarlo todo con más claridad: seguía rugiendo.
—Bueno, pero es que casi nunca te contentas sólo con la boca —dije.
—Y tú tampoco.

Mamá le dijo una vez a mí papá que sospechaba que yo era gay. Se lo dijo en la cocina, cuando ambos lavaban los platos sucios. Yo me quedé cerca precisamente porque cuando mamá le pide a papá que le ayude a lavar los platos es porque tiene algo serio que decirle.
«—¿Tú crees? —inquirió papá, dubitativo.
—A veces eso parece.
—Tendrás mucha experiencia.
—Para nada.
—Ya —murmuró—. ¿Y entonces?
—Ese chico, Noé, lo visita demasiado.
—Yo casi vivía en la casa de mi mejor amigo cuando tenía esa edad. Lorenzo nunca ha sido de salir mucho, así que tal vez le toca a Noé visitarlo, ¿qué tiene de malo?
—No sé, sólo quería decírtelo.
—Mmm, ya. En todo caso, de serlo, tampoco tiene nada de malo.
—Pues sí, pero ¿sabes? Me duele un poco su falta de confianza.
—No lo había visto de esa manera—murmuró papá. Sus murmullos fueron devorados por el chorro de agua que despedía el grifo, mientras yo escondía una sonrisa detrás del marco de la puerta».

—Pero el clima no está tan caluroso como para que quieras pasar toda una tarde bañando. —Esta vez fui yo quien continuó la conversación.
—Sólo se me ha ocurrido —bufó, molesto—. Si no quieres ir, no tienes que hacerlo. Puedo ir yo solito sin problema. Ni me harás falta.
—No te creo —sonreí.
—Me caes mal —soltó. Y aunque no lo veía, supe que también sonreía.
El cielo de la casa de Noé es como de un color crema, el de su habitación, sin embargo, está lleno de bichos; sí, insectos. No los había pintado él, por supuesto. Noé y yo somos dos personas normales, y cosas como el arte y sus distintas expresiones nos resultan igual de lejanas que el universo. Los insectos en su techo eran stickers que se ganó jugando al tiro al blanco. De eso ya mucho, pero aunque descoloridos, siguen adheridos al cielo como si no quisieran desprenderse jamás. Cuando descansamos sobre su cama, y mi cabeza, a la vez, descansa sobre su estómago, me quedo ido en esos bichos moribundos. Con el tiempo los he ido distinguiendo: un escarabajo, una cucaracha, una mariposa, y un par de hormigas. Al inicio me costó acostumbrarme a ellos.
Siempre que llego a la habitación de Noé, lo primero que hago es levantar la cabeza para ver ese cielo plagado de bichos, esperando que todos sigan igual. Entonces él me dice que un día de estos limpiará y se deshará de ellos. La primera vez que me lo dijo fue la primera vez que visité su casa, de eso casi un año ya. Creo que si llega a removerlos me sentiré incluso más extraño que al inicio.

—¿Llevamos comida? —pregunté.
—¿Y no que no querías ir?
—Sólo estaba comprobando si en verdad estabas convencido.
—Lo dices como si cambiara de opinión muy a menudo.
—Bueno, lo normal, creo.
—Ni lo normal ni nada —volvió a bufar—. Si no quieres ir, sólo dímelo.
—Quiero ir —le dije—. Contigo iría hasta el fin del mundo.
—No digas esas cosas —susurró, serio. Supe entonces que había cerrado los ojos. También supe que ya los había abierto cuando me dijo—: ven aquí.
Despegué la mejilla de su estómago y acerqué mi rostro al suyo. Noé se había sonrojado. Siempre lo hace cuando yo le digo algo cursi. Creo que es porque sabe muy bien que, a pesar de ser algo verdaderamente cursi, lo digo sintiéndolo completamente. Y si yo le digo: «contigo iría hasta el fin del mundo» él sabe que es algo que indudablemente cumpliré.
La primera expresión cursi que le dije fue «Te quiero más que a mí mismo», él me respondió de la misma manera: «no digas esas cosas». En ese momento lo dije en serio, pero con el tiempo descubrí que tenía que quererme mucho para así poder quererlo a él en igual magnitud. Entonces, la segunda cosa cursi que le dije fue: «te quiero tanto como me quiero a mí». Esa vez sólo sonrió. Su sonrisa podía traducirse en un «así está mejor». La tercera cosa cursi que le dije fue durante nuestra primera vez. Aunque no la recuerdo muy bien, por eso no la diré.

—Ni siquiera sabes dónde queda el fin del mundo —dijo, al tiempo que me sobaba la mejilla. Lo suyo no era tan tierno como una caricia, porque su mano era pesada y ruda y ni intentándolo con todo el corazón le saldría así.
—Por eso es que iremos los dos juntos —respondí—. Y si no llegamos al fin del mundo, al menos quedaremos algo cerca. Quedaremos lo más cerca del fin del mundo que podamos.
Noé frunció el ceño a lo «otra vez estás diciendo estupideces». Yo sonreí y lo besé. Él enterró los dedos en mi cabello. Yo dejé que cargara con mi peso. Es algo que sólo hago cuando estamos en la cama. Por más que Noé me quiera, y por más que yo lo sepa, jamás dejaría que el cargara con todo lo que soy yo. Tenemos que caminar el uno al lado del otro, y no encima o detrás.
Después de hacer el amor, nos quedamos dormidos.
¡Ah! Creo que esa fue la tercera cosa cursi que le dije.

***

La primera vez que fuimos al río terminamos bañándonos desnudos. El lugar no era el más solitario, pero sabíamos que no seríamos los primeros en hacerlo. Con tal de que no apareciera ninguna chica pudorosa, no había problema. Siempre me ha resultado extraño el que las chicas finjan ser tan pudorosas. En el fondo me parece que en realidad no lo son, pero que esa fuerza invisible que es la sociedad las obliga a guardar las apariencias. Era la misma fuerza que nos hacía pensar más de dos veces si darnos un beso a la salida del instituto o si caminábamos con las manos tomadas  no. Todavía nos faltaba hacernos más fuertes.
Ya desnudos me acerqué a él por detrás. No lo hice a modo de broma o por malicia. Cierto es que tenía una erección, pero no me acerqué a él para que la aliviara. No sé muy bien por qué lo hice, pero no fue por nada de eso. Cuando él me sintió, se sonrojó, yo me disculpé rápidamente y me alejé un poco. Creo que también me sonrojé. No sé. Entonces Noé se volteó, me agarró el rostro, y me plantó tremendo beso ahí, en la orilla del río, con el agua hasta la cintura, y el murmullo de la corriente acariciándonos la piel. Lo que yo hice fue rodearlo con mis brazos. Lo acerqué tanto a mi cuerpo que pronto descubrí que ambos estábamos igual. «¡Vaya problema!», seguramente pensamos al mismo tiempo. Y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, salimos del agua, cogimos nuestra ropa, nos vestimos y caminamos río arriba.
Entre más caminábamos, más frondosa se hacía la vegetación y más desolado parecía todo. El río se ensanchaba y encogía, se ensanchaba y encogía. Por un momento creímos que tendríamos que regresar, porque el río se había ensanchado tanto que no había vereda por la cual seguir caminando. A esa altura, el agua corría con más fuerza, y no nos aventuramos a cruzar nadando. No sabíamos en dónde se arremolinaba el agua, y no nos apetecía para nada morir ahogados. Nos regresamos. Con algo de suerte, encontraríamos un cruce. No, de hecho, nos regresamos porque nos pareció que habíamos visto uno. Así fue. Por fin cruzamos y seguimos caminando. Y seguimos caminando hasta que por fin encontramos un lugar que nos llamó la atención. Nos enamoró. El agua corría suave pero firme, y el suelo parecía estar lleno de hojas secas. El agua era verde, verde, y el resplandor del sor le arrancaba destellos plateados. Parecía de ensueño. Un frondoso árbol proporcionaba algo de sombra; era tan grande que a pesar de estar a varios metros de la orilla, sus ramas casi rozaban el agua. Seguramente las hojas en el fondo eran de ese árbol.
Realizamos una ligera inspección. No parecía haber vida humana en los alrededores, lo que nos resultó refrescante. Nos volvimos a desnudar. De poco fuimos tanteando el agua y la profundidad de la misma. Encontramos varias hondonadas, pero la corriente no era pesada y no parecían tan peligrosas. Igual decidimos guardar distancia. Se sentía muy bien pisar las hojas secas en el fondo, pero al tiempo que lo hacía no pude evitar pensar en todas las clases de organismos que a la vez podía estar pisando. Esperaba que fueran lo suficientemente pequeños para no aplastarlos. Aunque lo cierto es que los organismos dejaron de importante cuando Noé comenzó a tocarme. El sabernos solos activo nuestros cuerpos casi al instante. Cuando Noé me tomó en su mano, yo ya estaba completamente erecto. Algo me decía que no debíamos eyacular dentro del río, pero, cuando sentí que el orgasmo estaba por llegar, instintivamente también dejó de importarme.

***

Llegó el lunes y el martes, pero fue hasta el miércoles que recordé que Noé seguía queriendo pasar el fin de semana bañando en el río. Durante la hora del almuerzo lo busqué. Parecía no recordarlo. Fijé tanto mi mirada en su rostro, tratando de descifrarlo, que, sin quererlo, hice que recordara su resolución. Fue un momento bastante simpático. Me reí mucho de mí mismo.
Cuando llevé a Noé a casa por primera vez y lo presenté como mi novio, fue papá quien se puso más nervioso. Recordé su: «Mmm, ya. En todo caso, de serlo, tampoco tiene nada de malo». ¿Acaso había cambiado de opinión en tan poco tiempo? Mientras la velada se desarrollaba con aparente tranquilidad, yo trataba de descifrar qué era lo que sentían mis padres en ese momento. Noé parecía sorpresivamente cómodo. Me pareció que yo no era su primer novio, pero en lugar de entristecerme o sentir celos, me alegré. Me alegró saber que no había estado desperdiciando su vida en cuanto a relaciones se refiere. Y no que me parezca que las personas que no piensan en relaciones estén desperdiciando su vida, para nada. Lo pensé así únicamente guiado por su carácter. Noé parecía una persona que disfrutaba mucho de otras personas, y no en un sentido estrictamente sexual ni sentimental. Noé no parecía una persona enamoradiza, y sin embargo igual sentía que era como esas personas que, cuando se enamoran, se enamoran en serio, sin importar cuántos enamoramientos hayan tenido ya. En otras palabras, sentí que Noé tenía un corazón tan pero tan grande, y con todo ese tamaño, no tenía espacio para el rencor. Esperaba no descubrir lo contrario.
«Así que ¿son compañeros? —Fue lo primero que dijo mi padre. Noé y yo asentimos».
A partir de ahí el hielo se rompió por completo. El resto de la noche resultó agradable. Mis padres se fueron a dormir con una enorme sonrisa en sus rostros.

—¿Pensaste que lo había olvidado? —me dijo Noé al salir de clases—. Como si no me conocieras.
—Estaba probando mi suerte, nada más.
—Pero ya te dije, si no quieres ir, puedo ir solo. No hay problema.
—Me da miedo dejarte ir sólo —confesé.
—Ya estoy mayorcito —bufó—, además, conocemos el lugar. Y además —enfatizó—, nunca he sido tan temerario. No entiendo por qué te da miedo. A ver, ¿por qué te da miedo?
—¿Y qué tal que le gustes tanto al río que ya después no te deje salir? —inquirí, preocupado.
Noé resopló, divertido, a lo: «ya empezaste con tus rarezas».
La primera cosa rara que le dije a Noé no resulta tan rara en verdad.
Estábamos en nuestra tercera cita, almorzábamos en un restaurante de comida rápida. Había sido todo improvisado. Entramos al local y no nos fijamos en que lo estaban preparando para una fiesta de cumpleaños. Cuando vimos los globos y las piñatas ya era demasiado tarde, así que decidimos seguir comiendo sin prisas.
Noé se llevaba un par de papas fritas a la boca cuando yo le pregunté:
«—¿Qué crees que pase cuando el cielo y la tierra por fin se cansen de nosotros? ¿Qué tal que el océano decida unírseles? Qué bueno que no vivimos cerca del mar, ¿verdad? Pero del cielo y de la tierra sí que no nos salvamos.
El ceño fruncido, y las papas a medio morder. Eso vi en Noé.
—No sé de qué me estás hablando —dijo con la boca llena. Quise regañarlo, pero en su lugar, continué.
Ya sabes—dije. Entonces coloqué ambas manos frente a mi rostro. La derecha, con la palma hacía abajo, y la izquierda, con la palma hacia arriba. Cuando noté que Noé me miraba fijamente, las junté fuertemente, tanto que me hice daño; cuando choqué las palmas no fue como un aplauso, fue más como un manotazo. Noé incluso llegó a sobresaltarse. La gente en la mesa cercana me quedó viendo, pero pronto apartaron la mirada.
Ya —asintió».
Creo que Noé al menos llegó a imaginar a los titanes mitológicos luchando por su pedacito de universo, los humanos los habíamos desplazados y ahora se esforzaban por recuperar su lugar; pero lo mío había sido un comentario medioambiental. Calentamiento global y esas cosas. Trato de reducir mis tendencias antropomorfistas.

—Aunque llueva, iré —continuó.
—Pues ve —le dije—, si ya me dijiste que ni te haré falta.
—Y ahora te enojarás tú, qué bonito.
Me crucé de brazos e hice un puchero. Se me hacía muy difícil contener la risa, pero lo hice lo mejor que pude.
—Dijiste que irías conmigo hasta el fin del mundo —prosiguió.
—Eso dije —asentí.
—Pues se nota que no crees que en ese río podremos encontrar el fin del mundo.
Fruncí el ceño esperando que notara el «ahora eres tú el que dice cosas raras».
Noé sólo bufó y comenzó a caminar.
Noé y yo ya no estábamos en el mismo salón de clases, así que no supe cómo fue que sus compañeros se enteraron de que estaba saliendo conmigo. Lo molestaron mucho y yo me enfadé todavía más. Me enfadé tanto que me gané una expulsión de ocho días y una bonita mancha en mi expediente. Noé me visitó toda esa obligatoria semana de vacaciones sin demora. Llegaba con el uniforme del instituto y los deberes. Gracias a él, no me atrasé. Lo mejor de todo fue que, cuando teníamos la suerte de quedarnos solos, hacíamos el amor. Lo hicimos mucho durante toda esa semana. Creo que mis padres llegaron a un tácito acuerdo y por eso me facilitaron tales libertades. Entonces, tal vez gracias a ellos (por inquietante que suene), le hice el amor a Noé muchas veces, y él me lo hizo a mí muchas veces también. No pensé que pudiéramos soportar tanto, y la verdad no sé cómo le hizo él, puesto que tenía que asistir al instituto. Yo, en cambio, podía quedarme en casa durmiendo, mis papás no me habían castigado tampoco porque no consideraron que lo mereciera, y mientras respetara las horas de la tarde para ponerme al día, todo iba bien. A los jóvenes modernos se nos confiere una vitalidad que en realidad no poseemos, pero mis padres siempre han tenido bien clarito que soy un completo haragán.

—¿En serio irás sin mí? —le pregunté a Noé. Estábamos cerca de mi casa, y todavía seguía pensando si invitarlo a cenar o no.
—Bueno, y si no quieres ir, ¿qué le voy a hacer?
—Convénceme —sonreí.
—Esto ya no me resulta divertido —masculló.
—¿Y si llueve? —insistí.
—No lloverá —suspiró.
—Pero sería bonito que lloviera —comenté.
—Con tal que no sea una tormenta.
—Ah, pero es que las tormentas son todavía más bonitas.
—Porque tú sólo piensas en las nubes oscuras, el agua, los relámpagos, los truenos y la vibración. Jamás piensas en la destrucción.
—Pero es que las tormentas no tienen la culpa —dije, convencido—. Ya había tormentas antes de que el hombre llegara a la tierra, y seguirá habiéndolas incluso después de que dejemos de existir.
—Tú morirías feliz debajo de una tormenta  —dijo al fin.
La verdad es que creo que sí moriría feliz así, aunque al mismo tiempo me parece que sería demasiado doloroso. Las tormentas son bonitas pero dolorosas. Comprendí un poco más a Noé.
—Pero, ¿sabes? No todas las tormentas son tormentas eléctricas.
Noé no se quedó a cenar ese día.

***

Cuando el viernes apareció, supe que ya no tenía salida. No almorcé con Noé a la hora del almuerzo porque no lo localicé, pero al terminar las clases me lo encontré en el portón principal, esperándome.
—No debí evitarte —se disculpó.
Le tomé la mano rápidamente, ya no nos importaba que los chicos del instituto nos miraran.
—Era en serio cuando te dije que contigo iría hasta al fin del mundo —murmuré—. Me he pasado con la broma. Lo siento.
—Sí, te has pasado —asintió—. Y yo también —Sonrió. Cuando sonrió, sentí ganas de llorar.
Corrimos hasta su casa, nos encerramos en su habitación, nos desnudamos, e hicimos el amor. Creo que a Noé no le gusta mucho la expresión «hacer el amor», me parece que es de los que cree que el amor es como la energía, no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Para mí es casi lo mismo, pero bueno, él cree que cuando tenemos sexo no hacemos el amor, sólo lo encontramos. Es una bonita idea, pero cuando intento hacerla mía me doy cuenta de que en mi cabeza sólo hay cabida para la expresión «hacer el amor». Por muy genérica, tonta y cursi que pueda parecer, para mí «hacer el amor» es una expresión que sólo puedo asociar con Noé.
Se lo dije ese viernes después de decirle que me gustaba mucho hacer el amor con él. Noé rió y puso una cara a lo: «las cosas raras hasta a la cama te las traes». Asentí y lo besé. Lo seguí besando hasta que volvimos a hacer el amor. Parece que el viernes es el mejor día para eso.

El cumpleaños número dieciséis de Noé también cayó un día viernes. Ese día amaneció lloviendo y continuó así hasta bien avanzada la tarde. A mí me parecía una idea estupenda pasar el día en casa tomando cosas calientes, bien arropaditos y juntitos mientras escuchábamos el murmullo de la lluvia en la ventana. Pero, por razones obvias, a Noé no le entusiasmó la idea, y no lo pasamos así. Salimos, enfundados hasta los huesos por sendos capotes, y corrimos debajo de la lluvia hasta la estación de autobuses. Ya ahí, esperamos en silencio. Yo sacaba la mano de tanto en tanto para que la lluvia me mojara. Noé seguía de mal humor. Cuando llegó el autobús, no lo tomamos. Decidimos ir hasta el supermercado para gastar el dinero destinado para ese día en todo lo que se nos ocurriera. Compramos puras golosinas y dulces, además de jugo y sodas. Regresamos a casa con la intención de iniciar un maratón de películas de terror, pero cuando Noé intentó introducir la llave en la cerradura de la puerta principal, fuimos sorprendidos por un apagón. Las tormentas a veces causan eso, y son tan inesperados como molestos. Pensamos que la energía eléctrica sería restablecida pronto, pero cuando pasaron dos horas nos resignamos. Tomamos linternas portátiles y subimos a la habitación de Noé.
Noé tiene una bonita voz, no sé por qué no lo he mencionado. Apenas iluminados por las linternas portátiles, comenzó a cantar. Era una canción suave y lenta que me erizó la piel en un santiamén. Me erizó la piel incluso con más intensidad que la lluvia y los truenos. Me quedé quieto, como paralizado. Sentí miedo, mucho miedo. También sentí como si quisiera acercarme a él para abrazarlo, pero no agarré la fuerza suficiente para hacerlo.
«—¿Sabes, Noé? Te quiero mucho —fue lo único que alcancé a decir.
Noé terminó la canción.
—Lo sé —me respondió. Con su canción ya me había dicho lo mismo».

***

—Entonces, ¿ésta cuenta como nuestra primera gran pelea? —pregunté. El agua me llegaba hasta la cintura, mis pies se deleitaban pisando hojas secas.
—No lo creo —respondió Noé casi a gritos, estaba en una parte más honda, donde el agua dejaba de ser verde para ser casi negra; él flotaba como una ramita frágil y temía que la corriente lo arrastrara demasiado lejos de mí—. Fue una broma que se nos salió de control—. Como si me hubiera escuchado, se volteó y nadó hacía mí, se prendó de mi cuello y me besó los labios.
—No volveré a bromear así en un tiempo —comenté.
—Ya veremos.
Nos sumergimos un rato. Debajo del agua, pese a tener los ojos abiertos, veíamos más bien poco; por supuesto teníamos la certeza de que estábamos el uno en frente del otro, así que, a pesar de no poder vernos, no sentimos miedo. Incluso sabía que, de extender las manos, podría tocarlo, pero no necesité hacerlo. La certeza que sentía era inmensa, y sabía que al buscar la superficie, lo encontraría ahí. Él no estaría esperándome, claro, sino que emergeríamos al mismo tiempo, porque poco a poco habíamos conseguido marcar nuestros ritmos. Cuando por fin emergimos notamos que el cielo comenzaba a oscurecerse. Las nubes ya estaban aglomeradas y oscuras, el viento frío, poco faltaba para que comenzara a relampaguear. Tal vez los del servicio meteorológico le habían atinado al fin, pensé. Quién sabe qué estaba pensando Noé.
—¿En realidad ibas a venir sin mí? —pregunté sin despegar la vista del cielo.
Noé se encogió de hombros.
—En realidad no tenía planeado nada —respondió.
Me quedé en silencio un rato. Pronto se escucharon los primeros truenos.
—Me gustan muchos las tormentas —dije—, pero no quiero que esta nos agarre aquí.
Noé sólo sonrió.



"Búscame" (Relato gay juvenil)

Saludos, terrícolas. Aquí estoy actualizando el blog otra vez, esta vez con un relato de temática gay, algo corto y azucarado que medio trata ese tema del bullying. No diré más. Sólo les recuerdo que pueden leerlo donde les resulte más cómodo:

Visualizacion en Línea (Google Drive): AQUÍ
Descarga directa PDF: AQUÍ
Wattpad: AQUÍ
Amor yaoi: AQUÍ
O a continuación en esta misma entrada del blog.

Datos.

Título: Búscame.
Sinopsis: Andy conoce a Ian después de clases, cuando casi no queda nadie, cuando todo está oscuro y da miedo y sólo se escuchan las risas y los llantos. Ian siente vergüenza, se culpa a sí mismo por no saber defenderse, por siempre mostrarse tan lamentable, por estar esperando que alguien lo rescate, por preocupar a su padres. Andy sabe que Ian puede, que siempre ha podido, porque es la persona más fuerte que jamás ha conocido, es sólo que lo ha olvidado, es solo que esos chicos se han encargado de que lo olvide. Pero Andy no quiere presionar a Ian porque también sabe que para cada persona el tiempo transcurre diferente, así que no le queda de otra más que permanecer a su lado, y es esto lo único en que Andy es realmente bueno, o eso piensa él, pero a veces esos pequeños gestos son necesarios, por inútiles que parezcan.
Advertencias: ninguna (no describo maltrato alguno, aunque si algunas consecuencias de ello).
Género: gay, romántico, juvenil.
Recuerda que: Puedes compartir e imprimir el relato, pero no alterarlo ni distribuirlo con fines de lucro. (Nunca está de más colocar este tipo de cosas xD).

***


Búscame



Escuché una obscenidad y me detuve. Sentí un aire frío, amenazante, horriblemente incómodo, como si alguien rozara mi garganta con una navaja estando yo atrapado contra la pared. Me detuve y quise gritar, sintiéndome atacado, indignado, mutilado, sintiendo mi humanidad arrancada de tajo.
El pasillo estaba oscuro. Me había quedado castigado por regañar a una compañera cuando ésta trató de «niña» a un amigo. «Si serás tonta —le dije—, es como que te estuvieras insultando a ti misma». Seguramente cayó en cuenta y se sintió ofendida por ello, así que para salir mejor librada de la «humillación» (siendo colegial, cuando te llevan la contraria sólo puede considerarse como eso), me fue a delatar. «No puedes andar gritándole a tus compañeras, ya tienes dieciséis, compórtate como un hombre». Claro, porque el machismo es mucho más pasable. Suspiré y acepté mi castigo. Me quedé dormido sobre el pupitre, pensando que tenía que ordenar ciertos archivos en la computadora. Desastroso. No soportaba el desorden dentro de un aparato.
Todo eso recordé cuando me detuve. La sensación de frialdad ya había desaparecido, dejando atrás un par de sollozos tan lastimeros que algo en mi pecho se encogió. Me quedé otro rato, quieto. Pensé, por un segundo, y más por conveniencia moral, que todo lo había imaginado. No fue así. Escuché risas burlonas que se alejaban junto con el zapateo insistente de todo eso que se llama humano por una mera formalidad. Suspiré. Conté hasta diez. Continué.
Fue revisando salón tras salón. Unos los encontré cerrados, otros quietos, muertos, con sus almas desperdigadas y libres, vagando lejos, por toda la ciudad. Quedaba el eco de las quejas y los lamentos, y los gritos «¡Otra vez no trajiste la tarea!»¿Cuántas vidas habían iniciado su final ahí? Llegué al salón de arte, pasé al de música, a la par estaban los servicios, adornados por esos muñequitos falsos. Ingresé en el de varones. Los sollozos eran más fuertes.
Había un chico ahí, tal vez de trece o catorce, menudo, de rasgos finos. Tenía una ceja partida de donde caía sangre, moderadamente, como lágrimas espesas. El labio, también partido, temblaba ligeramente. La camisa del uniforme tenía roto el bolsillo, y casi todo él de pies a cabeza estaba mojado. Su primera reacción fue de temor, de vergüenza. Volteó la cabeza, se encogió más en sí, buscando protegerse. Era delgado, lo vi, veía las pequeñas venas azules traslucirse en su piel.
Te llevo a casa —le dije. Revisé el bolsillo de mi pantalón, la llave del seguro de mi bicicleta seguía sana y salva ahí.
Estoy bien, gracias.
El miedo seguía en su voz. Todo su cuerpo era una gran masa de miedo y de dolor y de desesperación e impotencia. «La gente es idiota—pensé—, la gente que lastima a otra gente es la más idiota de este planeta”.
Me acerqué, él intentó alejarse, pero no había más espacio para hacerlo. Me senté a su lado, no dije más nada, sólo me quedé con él. Pasado no sé cuánto tiempo comenzó a temblar. La poca seguridad (o lo que sea que mi presencia le hubiera causado) fue desapareciendo. Retenía algo, con fuerza, al mismo tiempo que con la misma fuerza trataba de dejarlo salir.
No puedo llegar así a casa —soltó al fin —, no otra vez.
¿Quieres quedarte en la mía?
Me miró con asombro. Sus ojos se iluminaron. No nos conocíamos, y sin embargo, por primera vez vi en los ojos de alguien más una confianza tan genuina como avasallante. La piel se me erizó, mi corazón retumbó secamente. Relamí mis labios, me ordené el cabello detrás de las orejas. Y todo esto, sólo para al final dejar escapar una sonrisa cuyo reflejo apenas alcancé a notar en los labios de ese muchacho.
Cuando fuimos por mi bicicleta, ya casi todo estaba oscuro. No se escuchaban ni risas burlonas ni gritos inquietos. No había ni un tan solo auto en el aparcamiento, y las ventanas de los distintos salones parecían esconder los espectros de los alumnos condenados por las matemáticas y las letras. Me subí y lo invité a hacer lo mismo.
Sostente bien —le recomendé.
Sus delgados y temblorosos brazos me rodearon la cintura. Sentí paz. Y comencé a pedalear.
El viento de noviembre era frío. Los árboles se tambaleaban al unísono, al compás del constante siseo del viento. Los autos transitaban a prisa, buscando sus casas y lo que los esperaba dentro de ellas. Las luces de los locales comerciales destellaban con los colores de esa festividad que todavía no llegaría. Mi cabello revoloteaba, rebelde, no lo amarré antes de comenzar a pedalear, como siempre lo hacía. Sentí el cálido aliento del muchacho contra mi espalda, y la fría humedad de su camisa. «Hay que pasar por la farmacia —pensé».
Me detuve. Lo dejé afuera cuidando la bicicleta, compré lo adecuado y al salir le pregunté si se le antojaba algo: un jugo, un dulce, un helado. Negó tímidamente, como si tantas atenciones le hicieran sentir vergüenza de sí mismo y su incapacidad para defenderse. «A algunos, esto de patear y golpear simplemente no se nos da»quise decirle. Me guardé el comentario, metí las cosas en mi mochila, la que presioné contra mi pecho, y monté la bicicleta.
Mejor me voy a casa —dijo, confundido.
Si es lo que quieres, está bien —respondí. Se quedó un rato quieto y volvió a tomar su lugar.
Ya había anochecido por completo. Sólo podía pensar en que ojalá mamá hubiera hecho suficiente comida. «Debí avisarle». Pero siempre podía salir a comprar, así que no seguí pensando en ello. También pensé en que cómo se iba a tomar mi madre la visita.
Introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta. Me recibió el olor del pollo frito.
¡Bienvenido! —gritó mamá desde la cocina.
En la mesita de la sala de estar vi su maletín y un reguero de papeles desperdigados, como hojas secas.
¡Tengo visitas! —grité —. ¡Y también necesito ayuda!
Mamá apareció de repente, preocupada, me vio y dejó escapar un suspiro al verme bien, pero debió sentir culpa al notar al muchacho que me acompañaba, con la ropa sucia y llena de sangre.
Primero que tome un baño —me dijo a mí, luego se dirigió a él —: ¿Puedo tener el número de tus padres? Creo que se sentirán mejor si saben que estás en casa de un amigo y con un adulto responsable —sonrió.
El muchacho tomó el teléfono y marcó, saludó a su padre, el «hola, papá», lo delató. Luego mamá tomó el auricular. Nosotros nos dirigimos a mi habitación.
No era la primera vez que llevaba a un muchacho lastimado a casa. No lo hacía muy a menudo, pero a lo largo de mi vida había ocurrido dos o tres veces, quizá cuatro. Mamá pensaba que era una especia de proyección, sólo que no sabía precisamente de qué. Hasta el momento llevábamos una vida pacífica, y a mí sólo solían atribuirme la madurez propia de los hijos de padres solteros.
Le tendí una toalla y una muda de ropa. Le iba a quedar grande, pero pensé que se vería lindo así, entre tanta tela con un cuerpo tan menudito y delicado. Por eso lo molestaban, porque parecía de porcelana, y hay personas que simplemente sienten repentinamente que tienen que quebrar todo lo que se les atraviesa, y entre más fácil, mejor, menos esfuerzo, porque hace que se sientan fuertes cuando sólo son unos cobardes resentidos.
Antes de cerrar la puerta, lo detuve.
Me llamo Andrés, todos me dicen Andy —me presenté tardíamente.
Soy Ian.
Ian cenó con paciencia. Se sentó derechito y acercó la servilleta a su cuerpo, como una especie de escudo protector. Platicó poco. Hizo uno que otro comentario acerca de lo buena que estaba la comida. Terminó de comer y se levantó y lavó su plato a pesar de que mamá le dijo que no lo hiciera. No se le veía incómodo, sólo preocupado. Me pregunto si lo que le preocupaba era lo que mamá y yo podríamos llegar a pensar de él. Yo sólo podía pensar en el «no otra vez».
Le presté mi consola portátil mientras yo ordenada archivos en la computadora. Eran tan metódico y las carpetas tan específicas que me llevaba bastante tiempo ordenar las cosas. No sabía cómo explicarlo. No era así con mi habitación, o mis materiales del colegio, sólo no podía ver los íconos de los archivos y programas desperdigados como grava suelta sobre pavimento.
Escuchaba el sonido de la consola portátil, el ruido de los botones al ser presionados, el chasquido de los labios de Ian cuando perdía o no lograba pasar alguna misión a la primera. Tal vez al dejarlo solo no estaba siendo buen anfitrión, pero me parece mucho más rudo intentar indagar en la vida de una persona que apenas y conoces, menos si no sabes en qué dirección se encaminarán las cosas. Podríamos, a partir de ahí, platicar más seguido, hacernos amigos o algo parecido; o podría ser que no, iríamos juntos al colegio al día siguiente y no nos volveríamos a hablar. Yo dejaría el Instituto e ingresaría en la universidad y él quedaría, tal vez recordando al muchacho que lo ayudó una tarde, o tal vez sólo recordando a los abusones que lo habían lastimado.
Oye —susurró —, estoy atorado.
Dejé la computadora en paz y me acerqué. Me senté a su lado y vi la pantalla del aparato con paciencia. No recordaba muy bien esa parte, pero al final, ambos pudimos superar el nivel. Entonces Ian bostezó. Sus labios seguían algo enrojecidos, pero tanto estos como el corte en su ceja ya habían sido atendidos por mamá.
Algo en Ian me gustaba. Físicamente, digo, porque en realidad no lo conocía. Su piel era bastante bonita, y sus ojos medio achinados resaltaban, brillosos, como si siempre estuvieran húmedos. Hasta donde sabía, podría ser que siempre estaban llorando, pero la tristeza no debería verse tan hermosa en alguien. Es cruel simplemente pensarlo. Nunca debería verse así.
Pasé mis dedos por su cabello. Revisé la bendita en su frente, el rojo de sus labios. Ian cerró los ojos, tal vez esperaba otro tipo de maltrato. «Yo no te golpearía ni aunque me obligaran. No lo haría ni aunque no me agradaras. La gente no debería estar pensando en cosas malas todo el tiempo, ni en cosas malas ni en cosas terribles». Junté mi frente con la suya. Me apreté con fuerza contra él. Quería disipar el frío que lo rodeaba, o al menos arrebatárselo y jamás devolvérselo. No había sido así con los otros chicos que había ayudado. Y, de todas formas, los otros chicos no habían sido tan cerrados, me lo habían contado todo, sobre todo lo cansados que estaban por tanto abuso. «Pero yo no soy un héroe, nunca lo soy, no hago más, debería hacer más
Vamos a dar una vuelta en la bici —le dije, sonriendo.
Me sonrió de vuelta, e, intentando hacer el menor ruido posible, salimos de casa.
Había luna, cuarto menguante. Las farolas en las calles bañaban el pavimento con un tenue dorado. Las calles vecinas estaban oscuras, oleosas. El viento soplaba con menos fuerza ahora. Las llantas hacían un sonido bastante peculiar al girar sobre la carretera. Tal vez fuese el peso extra. Ian se sostenía de mi cintura. Yo sentía un cosquilleo hermoso a la altura de mi pecho. Podría sonreír toda la noche, lo sabía, porque Ian a mi espalda ya no se sentía frío ni tembloroso, su agarre era más firme y su calidez más humana. «La gente no debería hacer creer a otra gente que no son humanos».
Hay una tienda de 24 por aquí cerca. Se me apetece helado —grité.
Ian apretó mi cintura con fuerza. Tomé eso como un sí.
En la tienda sólo estaba el dependiente. Pasamos de un solo hasta los congeladores, escogí yo y escogió él, pagué, y nos quedamos sentados en la acera de enfrente. Quizá pasaban de las once, no lo sabía.
Ian comía con paciencia. Había cierta delicadeza hasta en la manera en que mordía el helado, se me erizaba la piel cuando lo veía y escuchaba el crujido, eso no era lo mío, se me congelaba toda la boca del estómago.
A la próxima, invito yo —me dijo. Me volteé a verlo, sorprendido. Ambos reímos.

***

En la mañana desayunamos panqueques. Mamá tenía listo y remendado el uniforme de Ian. Nos tendió la merienda del día y salimos a clases. Al llegar a la entrada nos separamos. El piso de Ian era otro, recordé de pronto que le llevaba un par de años.
Búscame —le pedí, como si fuera yo el chico abusado.
Lo esperé al terminar las clases, me quedé sólo, sosteniendo mi bicicleta mientras veía los edificios en frente de mí, con sus infinitas ventanas y los ecos de los gritos de los estudiantes que todavía seguían atrapados, de alguna u otra manera, en el instituto. «Ahora las escuelas son como cementerios, como casas embrujadas, algo siempre pena dentro de ellas, aunque todos estén vivos».
Me marché. Llegué a casa y mamá me sonrió, tal vez notando mi decepción. Me pasé toda la noche pensando en que quizá debí irlo a buscar. Me quedé dormido. No soñé con nada.
La tarde siguiente hice lo mismo y nada. Recordé que su número seguía en el registro de llamadas, y corrí a casa.
Ian está fuera, haciendo unos mandados.
Entiendo. Por favor dígale que Andy lo llamó.
Colgué. La voz había sido la de una mujer adulta, noté cierta candidez, cierta soledad.
Me quedé pegado al teléfono, pasada las nueves, timbró.
¿Aló?
Soy Andy —dije de pronto.
Lo sé —rió Ian, y me pareció tan refrescante y tan revitalizante su risa, que todas las preocupaciones desaparecieron de pronto —. Y yo soy Ian.
Te he estado esperando, con la bicicleta. Déjame llevarte a casa —solté de pronto, y me pareció tan absurdo porque sonó como una gran confesión. No lo conocía, habíamos pasado una noche juntos, una noche silenciosa, pero que nos había convertido en cómplices secretos, pero nada más. «El amor a primera vista no existe—me dije».
Nos vemos mañana —fue lo único que contestó, para luego terminar la llamada.
Cuando lo vi, al terminar las clases, casi me entran ganas de llorar, de gritar, de patalear como niño chiquito cuando no consigue lo que quiere, porque yo lo único que quería es que dejaran de lastimarlo, pero justo eso había sucedido.
Sucedió eso el día siguiente de nuestra noche juntos. Lo volvieron a acorralar, les molestó verlo tan en paz, tan a gusto consigo mismo. Tenía el ojo morado, el labio inflamado y tanta pena y tanta vergüenza en sus mejillas, porque probablemente se culpaba a sí mismo por no poder defenderse, porque lo intentaba y siempre perdía, porque a veces deseaba que alguien llegara a salvarlo cuando muy en el fondo sabía que sólo él podría salvarse.
Quiero un helado —sonrió. No esperó a que yo le contestara, sólo tomó su lugar en la bicicleta y yo comencé a pedalear. Lo llevé a otro lugar, a uno apartado, casi en las afueras de la ciudad. Pedaleé y pedaleé hasta quedar completamente empapado de sudor, pero me gustaba sentir sus brazos alrededor de mi cintura.
Ron con pasas y chocolate —ordenó. La chica que nos atendió se encargó de que su helado fuera mucho más grande que el mío, pero no me sorprendió, se lo agradecí en silencio.
El local tenía un espacio abierto, no había gente afuera por lo fresco del clima y el correr del viento, ni siquiera había mucha gente adentro, pero nosotros salimos. Caminamos y nos regocijamos al notar el crujir de las hojas secas. Olía delicioso, a humedad y tierra.
¿Te duele al comer? —le pregunté.
No —respondió —, se siente bien, lo frío disminuye el dolor.
Seguimos disfrutando nuestros helados en silencio. Ya estaba todo oscuro cuando dejamos el lugar. Parecía que sólo podíamos vernos en la oscuridad.
Pero no fuimos a casa directamente, pasamos por el parque. El agua del lago estaba llena de ondas y líneas provocadas por el viento y lo que arrastraba. El agua era negra negra, acentuando la ilusión de profundidad. La luz del puente colgante del otro lado de la calle se reflejaba entrecortada por las ondas sobre la superficie. Tenía las mejillas completamente heladas. Me volteé para ver las de Ian, parecían igual, enrojecidas.
Búscame.
¿Por qué?
¡Sólo búscame!
Negó, negó y volvió a negar. Movía la cabeza como si tratara de negarse las cosas más a él que a mí. «Sí, lo sé, apenas nos conocemos y estoy siendo ridículamente sobre-protector, pero a veces, a veces casi nunca, cosas como éstas pasan, y si pasan no deberían negarse, no deberíamos negarnos».
No...
Pero a veces, a veces casi nunca... pero pasan... pasan. Nos está pasando.
Ian siguió negando, nervioso, sintiéndose observado y juzgado. «Sólo estoy yo, y claro que te estoy viendo, lo hago porque quiero, porque me gusta verte. Tienes algo, un no sé qué que no sabía que necesitaba, un no sé qué que no sabía que quería».
No quería adelantarme, a sus oídos, cualquier cosa sonaría superficial. Y con razón. No nos conocíamos. Habíamos pasado dos noches juntos, como ocho kilómetros en bicicleta, sintiendo su peso en los pedales y sus manos en mi cintura, compartiendo cama, a pesar de ser desconocidos, y helados, con lo frío que se estaba poniendo el clima. Tal vez él sólo me veía como un entrometido, alguien que no debió buscarlo en los lavados de la escuela. Pero él que sabría de lo que yo sentí cuando escuché sus sollozos, los sollozos de una voz que nunca en mi vida había escuchado y que ahora apenas y me dirigía la palabra.
Por favor...
Su mano se resistió a la mía, se cerró, estaba sellada y no permitía que mis dedos y los suyos se enredaran en esa calidez tan reconfortante que a veces despide otro ser humano.
Seamos algo, lo que tú quieras.
Tembló. ¿Por qué siempre tenía que estar en guardia? ¿Qué tanto había sufrido para que mis acciones y mis palabras, tan pausadas como podían serlo, le causaran semejantes sobresaltos?
¿Soy muy mayor para ti? —inquirí, preocupado.
Tengo catorce —dijo, apenado.
Yo dieciséis —mascullé —. No soy tan grande, sólo lo aparento.
Yo no lo sé. No sé nada.
Está bien, sólo vayamos de paseo en bicicleta, después de la escuela, o cuando quieras, cómo quieras. Tal vez comienzo a agradarte. Nunca se sabe.
Días después, al recordar esa conversación, me sentiría muy apenado al reconocer lo desesperado que había sonado. ¿Pero por qué me iba a detener? A mí nadie me detenía, mamá lo sabía, habíamos hablado de eso.
«Mamá, a veces me gustan las chicas, a veces los chicos. Mamá, ¿por qué la gente siempre piensa que soy una broma, no soy un indeciso, no “no existo”, no soy una etapa, mamá, soy bisexual, mamá. Mamá. Mamá... ¿te decepcioné?»
Un año de eso, un año de apoyo, un año de: «te amo, mi amor, eres mi todo». ¿Cómo serían los padres de Ian? ¿Y si algún día se atreviera a presentarme? Me estaba adelantando. Pero me dolía, me dolía el pecho, porque el amor a primera vista no existe, Ian era otra cosa, una que no reconocía.
Ya me agradas —susurró. Pero luego soltó mi mano, comenzó a correr y se perdió.
No intenté hablarle esa noche, me metí a la cama sin cenar. Había olvidado por completo que era un estudiante de secundaria.

***

Lo esperé el día siguiente, y el día después de éste. «Ten más dignidad —, me regañé». Apareció una semana después, con el ojo y la piel sanos. Me regaló una sonrisa amplia y sincera. A partir de ese día comenzamos a salir con más frecuencia. No tocábamos el tema, a pesar que con el tiempo la naturalidad entre ambos fue requiriendo cada vez menos esfuerzo, hasta que se normalizó por completo. Ahora ya no podía decir que no lo conocía, ni siquiera podía creer antes no fuésemos más que dos desconocidos. Nos conocíamos, pequeñas cosas al inicio, luego más, compartiendo más, diciéndonos más, tocándonos más, queriéndonos más. Todo esto era esa otra cosa que al inicio no reconocía.
Pero Ian seguía sintiendo miedo, naturalmente, y la desconfianza no desaparecía del todo, mucho menos conmigo, yo podría lastimarlo, de una forma diferente pero tal vez más dolorosa. Hay cosas sobre las que tenemos poco control, los temores de las personas es una de ellas. Y frustra. A veces, por más que uno lo intente, las palabras suenan tan vacías y ligeras, tan livianas e insignificantes; se pueden soplar, doblar, pedalear sobre ellas, quemar, ahogar, se puede hacer tanto con las palabras, con una sola, sobre todo cuando se intenta ocasionar dolor, pero cuando se trata de consolar, de hacer creer...
Ian sólo sonreía, ladeaba la cabeza y luego simplemente cambiaba el tema. Llegaba más a casa y se quedaba a dormir más seguido (sobre todo durante las vacaciones). Dos o tres días a la semana me buscaba después de clases. Salíamos a pasear en mi bicicleta, siempre sosteniéndose de mí, compartiendo el calor que el frío viento ahora de enero intentaba arrebatarnos antes de desaparecer por completo.
Dos semanas después de volver de vacaciones volví a verlo lastimado. El daño era menor comparado con ocasiones anteriores, pero el dolor parecía ser el mismo, o peor. Había vivido en una burbuja que le otorgó, durante un periodo, cierta inmunidad, cierta seguridad. La burbuja se rompió y los puños cayeron volando otra vez. Y sin embargo, no se quejó, no trataba de desahogarse conmigo hablando pestes de los chicos que lo molestaban. «Eres muy bueno, Ian, demasiado bueno. Y yo soy sólo un cobarde».
¿Pero cómo iba a resolverlo? ¿De la misma manera? A algunos no se nos da bien eso de golpear, a veces a algunos sólo se nos da bien acompañar a las personas cuando la pasan mal. Es un súperpoder inútil. Yo era un inútil.

¿Y cuando el clima es cálido, comes cosas calientes? —inquirió. Tenía los labios medio azulados, pero era por el helado y el frío que hacía afuera.
No, no me gustan mucho las cosas calientes —respondí —. No me gusta el sol de verano, ni el pavimento en verano, ni los autos en verano. El verano es terrible. Apenas puedo andar en bicicleta, me parece que me derretiré.
Rió. Mordió su paleta y entrecerró los ojos. Su rostro otra vez era suyo, sin moretes y sin cortes.
Y yo que iba invitarte a la playa.
Solté una gran carcajada.

***

Fui acorralado. Los chicos eran menores que yo, jamás los había visto en mi piso. De estaturas varias, tenían expresiones entre sosas y amenazantes. Ocurrió porque otra vez me había quedado castigado, todo por no haber hecho dos tareas. Lo había olvidado por completo por pasarme la noche platicando con Ian. «No importa, es lo de menos». Y los chicos simplemente aparecieron, como si pusieran pie en su propia casa, con una seguridad tan falsa como inquietante. Daba ganas de golpearlos, la verdad, porque algo me dijo que un sermón bien elaborado ni taladrado podría entrar en sus cerebros.
Me acomodé la mochila, pero en ningún momento bajé la vista. No les tenía miedo, ¿qué me podrían hacer aparte de golpearme? Además, intuía cierta intimidación de su parte, algo que yo causaba. El abuso a Ian disminuyó desde que se nos comenzó a ver juntos en el comedor. Y yo era grande, no me veía muy rudo, pero siempre estaba serio, como si los asuntos del mundo no fueran lo mío.
No me hicieron nada, ni siquiera me dijeron nada, tal como aparecieron se fueron, y yo respiré, confundido. Ian no apareció ese día, no lo tomé a mal, tal vez me había estado esperando, no sabía lo de mi castigo, y mucho menos que había sido acorralado. Lo llamé de casa, me contestó él, lo saludé como siempre, le pregunté si me había esperado, me dijo que no, que se había ido directo a casa, me despedí. «Nos vemos mañana», pero llegó mañana y él no.
Vi a los chicos en el patio, se reían de algo, me veían de tanto en tanto pero no les presté más atención. Era un grupo más grande que el del día anterior, me pregunté por qué en el ritual de intimidación que montaron en frente mío, no se habían presentado todos sus matones. «Solos no hacen nada, ni levantar la voz».
Llegué a la casa y llamé a Ian, me volvió a contestar él, me dijo que estaba bien, medio resfriado, aunque no noté nada extraño en su voz. Lo mismo dijo el día siguiente, pero ya el próximo dijo que se había dormido, el medicamento, la holgazanería, que sentía la nariz medio pegada todavía. Mentira. No le creí, no le creí y no le creí, no podía.
Al salir de clases lo fui a buscar a casa. Su madre me recibió, titubeó un momento. De hecho, se quedó en la entrada, con la puerta entreabierta, tratando de decir algo. Ian estaba ahí dentro, en su habitación, lo sabía, su madre no podía negarme la visita, jamás lo había hecho.
No creo... —titubeó.
¿Sucedió algo?
Él se avergüenza tanto —dijo casi a punto de llorar —. Ya no sabemos qué hacer. No es su culpa, pero no sabemos qué hacer.
Abrió la puerta al fin, la saludé con un beso y un medio abrazo, estaba temblando.
La puerta de la habitación de Ian estaba cerrada, pero igual podía escuchar la música del otro lado. Giré el pomo de la puerta con delicadeza, me recibió la oscuridad que abrigaba a Ian en ese momento. No encendí la luz, simplemente me acerqué sigilosamente y me acosté a su lado. Él dormía. Sentí su respiración acompasada, casi tan tímida como él. Quería acariciarlo, pero no despertarlo, que descansara bien para platicar bien, pero no pude evitarlo. Deslicé mi mano desde su hombro, y de pronto dejé de sentir su piel, ya no era su piel, era algo duro y rugoso y molesto, porque me negaba una parte de él.
¿Ian? —susurré.
Su respiración se detuvo, se puso rígido.
«Él se avergüenza tanto...».
Me levanté y encendí la luz. Ian ni siquiera quiso voltearse para verme, pero bien podía yo ver su brazo y la escayola que lo cubría. Me enfurecí. Me enfurecí pero no sabía con quién. ¿Con los abusadores? ¿Conmigo mismo? ¿Con Ian por no buscarme? ¿Con sus padres y con el Instituto por no hacer nada? ¡Y qué más daba! El daño ya estaba hecho, era palpable, lo respiraba, me ahogaba en él, y ni siquiera era enteramente mío.
Mamá le ha pedido a papá que me cambie de escuela —confesó —. Me parece bien. Yo estoy de acuerdo.
¿Por qué no me dijiste nada?
Porque no quería que me vieras así. No otra vez.
Pero si lo único que quiero hacer es verte —dije con la voz entrecortada —. Aunque duela, Ian, sólo quiero verte.
Pero yo no quiero que me veas así —sollozó—, ¡soy tan patético!
¡No lo eres! —grité. Estaba a punto de llorar —. ¿Pensaste que yo te vería así? ¿Acaso no confías en mí?
Me detuve. No era sobre mí, ni sobre mis sentimientos, era sobre los suyos, sobre su desconfianza, sus miedos e inseguridades. Me acerqué a él y me senté en la orilla de la cama. Él siguió dándome la espalda, la que apenas me atreví a rozar.
No voy a presionarte, Ian —murmuré—, sólo quiero que recuerdes, y que nunca nunca olvides, que soy tu amigo, ¿sí?
Bajé a la cocina, la madre de Ian preparaba la cena. Le pedí prestado el teléfono, llamé a mamá y le dije que bien podía llegar tarde o no llegar, que estaba en casa de Ian, que comiera sin mí. Mamá se preocupó por él, pero no quise prolongar la llamada, así que le prometí que se lo diría todo al llegar a casa.
¿Me ayudas a poner la mesa? —me preguntó la madre de Ian. Acepté gustoso. Ella comenzó entonces a relatarme lo sucedido, o lo poco que sabía —. Llegó a casa con el brazo roto, debió dolerle tanto. Nadie en la escuela lo atendió. Nadie le ofreció ayuda. Fue durante una hora libre, el Instituto estaba lleno de alumnos, de profesores, y nadie hizo nada.
No supe qué decir, sólo me encogí de dolor al ver las lágrimas de impotencia que sus ojos derramaban.
Y todo por ser como es —continuó—. No tiene sentido. No le ha hecho nada a nadie. No entiendo. Su papá y yo estamos bien, tú estás bien, él mismo está bien, por qué no simplemente...
La gente es idiota —dije—. La gente es tremendamente idiota, egoísta, ciega. Los odio a todos.
En ese momento los odié en verdad. No los conocía y nunca lo haría, probablemente jamás me dirigirían ni yo les dirigiría la palabra, y sin embargo, había tanto rencor dentro de mí, tanto como para hacer estallar una ciudad entera. «Pero, ¿y qué hay de los inocentes?» Tal vez ya no existían, quizá los habían ido matando de a poco, dejándolos en unpunto en el que ellos mismos se encargaban de su propia desaparición. Y yo podría intentar todo lo humanamente posible, pero si Ian no volvía a encontrarse consigo mismo, era bastante posible que también desapareciera.
Subí nuevamente a su habitación, pero esta vez para avisarle que la cena ya estaba lista. Lo vi tan pequeño y temeroso, pero él me sonrió y sentí esperanza.
He sido un tonto —susurró.
Negué. No podía moverme, también tenía miedo. Pero él volvió a sonreír, sacó algo de una de las gavetas y me lo tendió:
Fírmame el yeso —rió.
Tomé el marcador, tomé su mano completita e hice que se sentara a mi lado en la cama. Sentí con la yema de mis dedos la rugosidad de la superficie, ese color blanco que apenas contrastaba con la piel de Ian. «Tuviste que haber elegido una de color». Destapé el marcador, con la punta alcancé a tocar el yeso, el olor del lápiz había inundado toda la habitación. No sabía qué escribir. Levanté la mirada sólo para encontrarme con sus ojos, con sus labios inflamados. Siempre el rostro, siempre todo él. De pronto la punta del marcador comenzó a deslizarse con facilidad, fue un mensaje corto que esperaba fuese certero. «Ojalá no se vayan a burlar más de ti por esto —pensé», tal vez ya era demasiado tarde, pero no me arrepentía del todo.
Tapé el marcador y volví a levantar la vista. Ian me miraba con cierta incredulidad, pensé que se molestaría, que me pediría que borrara ese mensaje dibujándole algún diseño extraño encima. Pero no dijo nada, simplemente de a poco fue inclinándose, más y más, tan lento pero tan seguro, buscándome, buscándome como siempre se lo había pedido, como yo siempre hacía cuando se trataba de él, y entonces, tan repentino como inesperado, Ian me besó. Apenas pude reaccionar, acaricié su mejilla tan delicadamente como pude, y pronto volví a sentir sus labios, sus labios inflamados, esos que tenía que esperar que sanaran para poder morder.
Yo también —dijo, tomando mi mano y acercándola a su pecho.
Chicos... —interrumpió el padre de Ian de repente. La cercanía entre Ian y yo era tal que sólo había una explicación para ello, él la reconoció, pero sólo sonrió —. La cena está lista.
Había un lugar en la mesa para mí, con el vaso que sólo yo usaba, era como una parte de mí en esa casa. Mientras comíamos, noté que la madre de Ian se esforzaba por leer lo que estaba escrito en la escayola. Me avergoncé muchísimo, pero ya no había nada más qué hacer. Tarde o temprano lo terminaría leyendo, y con eso sólo confirmarían lo que ya venían sospechando sobre ambos.

***

Ian volvió al instituto sólo para terminar el curso, pero los planes de traslado ya estaban casi realizados. Me hacía falta el esperarlo al terminar las clases, ahora se iba más temprano, era la única medida que había tomado el Instituto, que saliera más temprano para que no se topara con sus torturadores. «Idiotas». Muy pocos conocían a Ian, así que era natural que nadie supiera nada. Ian era así de reservado, a pesar del tiempo que lo llevaba conociendo jamás se había quejado, y yo sabía que le dolía, que siempre ardía, que el malestar no desaparecía del todo, que lo seguiría siempre.
Comencé a coleccionar fotos, Ian me ayudó a recolectar material, pero la idea había sido completamente suya. Me lo dijo una noche, se miraba el brazo roto fijamente, estaba lleno de miedo, pero ¡y qué más daba! Se iría otra escuela, una en la que no había garantía de que todo fuera diferente, pero definitivamente no podía irse con las manos vacías, no después de todo lo que había sufrido. Podía ser que las cosas apenas y cambiaran, pero él ya había tomado una decisión, se sentía fuerte por primera vez en mucho tiempo, y supo que tenía que aprovechar la oportunidad para darse un buen impulso y salir adelante. Comenzamos con él porque ya habían unas cuantas fotografías suyas, sus padres habían documentado ciertas cosas, de esas que duelen pero que se tienen que tomar para que el mundo las crea. Eso era lo único que queríamos lograr: vi-si-bi-li-dad. No hay paredes protectoras que impiden ver las cosas, a veces es uno el que no quiere ver. Y puede que no consiguiéramos nada, pero para Ian, para el desconocido Ian que apenas era una manchita en el cielo...
Durante la hora del almuerzo comencé a tomar fotografías. El padre de Ian me había prestado su cámara fotográfica semi-profesional. La atesoré como nunca antes había atesorado un objeto. Faltaban pocas semanas para la ceremonia de despedida de curso, luego vendría la despedida general «Espero que durante las vacaciones no olviden que son estudiantes de este prestigioso instituto... bla, bla, blá». Todos estábamos emocionados, los exámenes ya habían terminado, seguíamos asistiendo a clases por una mera formalidad. Ian y yo trabajábamos en otras cosas. Él a veces dudaba, pero luego, secretamente (según él, porque yo lo veía todito) leía el único mensaje escrito en su escayola. ¿Se habrían burlado de él sin yo enterarme? Entonces me buscaba y me besaba, que rico me besaba, que tierno. Lo detenía en ese momento, y le acariciaba los labios y las mejillas, «Qué rico sabes, Ian, sabes delicioso, como a helado en invierno, pero más caliente, y a mí no me gusta lo caliente, pero me gustas tú, y dejaría que me derritieras hasta hacerme desaparecer, así de mucho me gustas, Ian, así de fuerte te quiero».
Antes del día esperado me quedé a dormir en su casa. Nos desnudamos y nos metimos en la cama, en silencio, tan quedito como si no existiéramos. Todo se traslucía en su piel. La música sonaba suave, recogí fragmentos de canciones, las recité contra su oído. No eran canciones románticas, Ian no escuchaba música con mensajes así, pero su piel se erizó, buscó mis labios, me tiró su pesado brazo encima, dos semanas más y tendría el brazo libre «tanto daño para nada»; me acerqué, lo sentí, tenía los pies fríos, pero sólo eso, las mejillas y hasta las orejas le ardían, sus labios estaban rojos porque yo no podía dejar de besarlo. Y pensar que alguna vez fuimos desconocidos... Me acomodó el cabello detrás de la oreja, yo coloqué la mano sobre su cintura. Había ganado peso, ya no estaba tan pálido, pero su piel seguía igual de suave.
Ian me obligó a verlo, había algo en sus ojos y en sus labios, todo a medio pronunciar, pero tan claro. Se aferró a mí cuando lo toqué por primera vez. Mordió sus labios, se quedó quieto, incluso detuvo su respiración. Se iba a hogar en mí como siguiera así. Y yo me iba a derretir en él, tan cálido. Me acomodé para que ambos nos rozáramos, su aliento entrecortado se enredó en mi cabello, junto con sus dedos y su sudor. Mordí su hombro, dije su nombre, busqué sus labios y me escondí en su pecho, en su «pum, pum» acelerado que gritaba mi nombre.
Despertamos con el olor del desayuno, una prudente llamada del otro lado de la puerta y los buenos días más buenos en toda una vida.

***

Hubo silencio en la sala, miradas atónicas llenas de vergüenza, de indignación, tan falsas la mayoría, tan superficiales las restantes, sólo hubo unas cuantas que parecían mostrar un completo entendimiento. Apenas había pasado la ceremonia de Excelencia Académica, uno de los abusadores de Ian había subido al escenario a recibir su reconocimiento, y de pronto, nuestro vídeo, sin preámbulos ni presentaciones.
El contraste mostrado en la presentación no fue sensacionalista, no buscamos apelar al sentimentalismo falso de la mayoría de los alumnos y profesores, sino a los verdaderos sentimientos de las personas que sufrían ese tipo de abuso: no estás sólo y no es tu culpa, no te sientas mal por no poder defenderte.
Avanzaba el vídeo, las fotos de Ian lastimado, de sus abusadores riendo felices, contentos con el mundo en el que vivían mientras lastimaban a los demás. El brazo roto de Ian, las manos llenas de pintura de los otros; los ojos amoratados de Ian, los ojos azules y brillantes, verdes y vivos de esos otros chicos; los raspones y los cortes en sus codos y rodillas, y ellos, corriendo en su uniforme deportivo, con las mejillas coloradas y una gran sonrisa. Nos cortaron el vídeo antes de que terminara. Lo habíamos transmitido sin permiso, aprovechando la poca supervisión, lo habíamos montado todo en secreto, porque en el fondo no queríamos descubrir el poco apoyo que recibiríamos.
Y después del silencio, las quejas, los padres de esos chicos, gritando: ¡de qué se trata todo esto! ¡Qué tiene que ver mi hijo en todo esto! ¡Qué clase de broma es esta! Ian y yo estábamos en medio del escenario, entonces subió mamá, y sus padres. Plantaron cara por nosotros, porque nosotros éramos los rebeldes allí, mostrando una realidad que nadie quería aceptar. El director se acercó también, pero para que bajáramos. Nos negamos. Pensé que todo iba a ser bastante difícil para mí, porque a diferencia de Ian no planeaba cambiarme de escuela, pero no me importó. Ian temblaba, ya no volvería a ver a esos chicos pero les seguía teniendo miedo. Y yo sentía miedo también, pero jamás me retractaría. Sabía que las cosas no iban a cambiar de la noche a la mañana, pero mientras más gente supiera...
Los gritos de los padres de Ian en su acalorada discusión con el director se escuchaban del otro lado de la puerta, donde Ian y yo permanecíamos en silencio. ¡Y qué más podíamos hacer! ¡Varias veces nos quejamos y nunca hicieron nada! ¡Le rompieron el brazo, por dios santo! ¡He perdido la cuenta de cuántas veces ha llegado a casa con los ojos morados! Y la defensa: los chicos son chicos, o tal vez debería aprender a defenderse, si no se viera así, tan delicado, si tuviera amigos, si hablara más, en mis tiempos había que plantar cara así que si, y si,si, si, si si, ¡si! Como si todo fuera culpa de Ian, como si llevara letreros por todo el cuerpo: «Golpéame» «Rómpeme» «Córtame» «Tírame» Ian tomó mi mano, más padres llegaron, nos vieron con indiferencia, con molestia. Y varios de esos chicos también llegaron, esos chicos hijos de esos padres enojados, y nos vieron con odio; de haber estado solos nos hubiesen molido a golpes. Los adultos simplemente nos apartaron de la puerta, Ian todavía llevaba el yeso pero ni eso les importó, se hicieron camino, comenzaron a discutir sobre demandas, sobre ridiculeces, sobre lo mismo «los chicos son chicos» Sí, somos chicos, ¡chicos!, y nos duele, nos hace daño. Era un chico, pero nunca se me metió en la cabeza la idea de andar golpeando a otros chicos simplemente por serlo. Las cosas no deberían funcionar así. No deberían justificarse así.
Se nos hizo la noche en el instituto, los padres de Ian seguían insistiendo, repitiendo cuántas veces habían puesto la queja, de cuántas veces le habían pedido ayuda a las autoridades del Instituto. No se llegó a nada. Dejaron esa oficina completamente agotados. Ian los recibió y los tres se abrazaron fuertemente.
Pensándolo bien, yo no sabía cuándo había comenzado el abuso, si Ian había hecho todo para ocultarselo a su padres, o de cuándo se enteraron estos, ¿qué le habrían dicho al inicio? ¿Lo mismo que todos: tienes que aprender a defenderte? ¿Cómo te defiendes ante alguien que no entiende con palabras? ¿Con golpes? Pero si no a todos se nos da bien eso de golpear, ni siquiera nos nace intentarlo. ¿Somos débiles por eso? ¿Por qué yo nunca había puesto mi cuerpo entre Ian y sus abusadores? ¿Era un cobarde como ellos? Me dolía la cabeza y todo me daba vueltas, ¿que podría haber hecho? Pero si mi súperpoder sólo era uno: permanecer al lado de Ian. Nunca había podido hacer nada más. Pensé que en lugar de lamentarme tenía que comenzar a buscar eso en lo que era bueno. Tenía que comenzar por algún lugar, pero todo sin alejarme de Ian.

***

Mamá nos llevó a todos a casa. Menos afectados ahora, comimos con ganas todo lo que ella había cocinado. Era nuestra celebración. Pusimos música y platicamos y bailamos. Se alargó la noche, llegó la madrugada, ellos compartieron copas, Ian y yo compartimos espacio, uno chiquito, cerrado y oscuro donde nadie nos podía ver. La música seguía sonando, yo le cantaba a Ian, quedito.
Que bonita voz —me decía de tanto en tanto. «Qué bonito tú—le contestaba yo».
Su nueva escuela quedaba más lejos, tendría que tomar el autobús más temprano, y lógicamente ni aunque yo pedaleara con todo lo que podía, podría llegar a tiempo para recogerlo al terminar las clases. En teoría la nueva escuela era mejor, tenían una política de cero tolerancia, eso decía el folleto, sólo quedaba creer y seguir esforzándonos.
Me regalarán una bicicleta —comentó de repente —. La escuela queda lejos, pero creo que pedalear me hará bien, y... si nos encontramos en un punto intermedio... podemos ir juntos a casa, o a comer helados en invierno, y sopa ramen en verano.
Acepté gustoso, me hizo mucha ilusión.
Gracias por todo, Andy, sin ti no había podido.
No quise discutir, sólo lo abracé y lo besé. Ya no temblaba, ya no temía que yo fuera a lastimarlo. Ian confiaba en mí, no sabía qué había hecho yo para que todo eso fuera posible, pero no me importó, mientras él estuviera bien, todo estaría bien.

Recibió la bicicleta cuando le removieron el yeso, llegó a mi casa en ella, me gritó para que saliera y lo acompañara. Ian se miraba diferente, más activo y animado. Yo no había hecho mucho para eso, por supuesto, todo había salido de él, tan fuerte sin saberlo... Pero yo no salí con la mía, claro que no, le tocaba pagarme, llevarme como yo siempre lo había llevado, y sí, hasta las afueras de la ciudad, para comer helados y para que se acostumbrara a pedalear.
¡Me derretiré! —se quejó.
Me planté enfrente de él. Se le veía tan bien, tan vivo, tan sano. Por fin salía el Ian que siempre había llevado dentro, ese que yo conocí antes que todos. Mientras me veía fijamente reduje toda la distancia entre ambos, lo besé con fuerza, le mordí los labios en varias ocasiones, como hubiese querido hacerlo la primera vez que lo besé; ahora, si iba a llevar los labios inflamados, iba a ser por mi culpa, y por la suya, por esos besos tan ricos que me daba.
Sube —se sonrojó.
Me subí y me sujeté de su cintura. Ian comenzó a pedalear. El sol estaba fuerte y hacia mucho calor. Comenzamos a sudar enseguida.
Lo guardé, ¿sabes?
¿Qué cosa?
El trozo del yeso en el que me escribiste «Te amo» No puedo creer que anduve con eso tanto tiempo, ¡incluso en el instituto!
Te encantó, no lo niegues.
Me fascinó —rió, luego, más calmado, agregó —: me dio fuerzas.
Lo apreté. ¿Sentiría Ian una mínima parte de lo que sentía yo cuando él hacía lo mismo, o cómo lo sentiría él? ¿Cómo traduciría su cuerpo y sus emociones mis gestos, mis caricias y mis palabras?
Lo hiciste todo tú solito. Eres fuerte Ian, mucho más fuerte de lo que yo nunca seré.
No se lo creyó, o al menos no quiso contestarme. Ian siguió pedaleando, cansado, sudado, pero vivo y sonriente. Las llantas sonaban raro contra el pavimento, tal vez por el peso extra, mi peso; el viento apenas soplaba, apenas alcanzaba a revolverme el cabello, y eso que íbamos rápido, tan rápido que todo se distorsionaba. Su respiración comenzó a hacerse más pesada y dificultosa, pero no se detuvo, no me pidió ayuda, y supe entonces que conmigo o sin mí, Ian seguiría pedaleando, que iría seguro por la vida, y que terminaría el recorrido él sólo o de la manera que él eligiera. Porque al final, yo nunca fui un súper héroe para Ian, mi único súperpoder era estar a su lado, todo lo demás había sido y sería siempre cosa suya, porque Ian podía, siempre había podido. Yo sólo aparecí para recordárselo.

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Notas finales
El relato no es un retrato real del maltrato que sufren muchos chicos y chicas, sé que apenas logré reflejar una mínima parte de esas experiencias tan terribles. Sólo quería escribir una historia con una final feliz, o con un inicio feliz; además de tocar todas esas tontas excusas que el mundo siempre pone para justificar el maltrato entre chicos. Ya. Es todo. Espero haber hecho un trabajo decente. Y también espero que hayan disfrutado la lectura.

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¡Hasta la próxima!