TARDE-NOCHE SUPERMORBOSA DEL VIERNES

Queridos lectores y lectoras,como adelanto de mis próximos relatos,que el primero ya lo tengo a punto de caramelo para mandarlo a Revisión,Titulado EL PRINCIPIO DEL CAMBIO,que espero no os lo perdáis. Os mando este relato corto,que disfrutamos mi rubia y un servidor este viernes pasado.Por ultimo os pediría que por favor me mandaseis vuestras opiniones,de si os gusta o no,deContinuar leyendo »

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Relato erótico: Déjame poseerte una vez más…

Relato erótico: Cuerpo de sirena, dulce mujer de ojitos celestes, hoy te he soñado como nunca, recordando en silencio tu cuerpo desnudo de curvas apetecibles, que solo verlo me excita en demasía. Tu piel blanca, fina, suave, tus pechos hermosos, adornados de pezones duros y paraditos que esperan ser besados, chupados, mordidos y acariciados sin pausa. Y acaso mi recuerdoContinuar leyendo »

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Fin de semana con Isabel 1ª parte

Conocí a Isabel en un chat de sexo gratis, en el cual estuvimos muchos días hablando y hablando hasta altas horas de la noche para así conocernos mejor. Hasta que no la vi, de verdad no sabía la clase de mujer que era, cariñosa, amable, sensual, etc. Una vez que nos conocimos mejor ya que por el Skype solo nos veíamosContinuar leyendo »

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Relato erótico: Tras las cortinas

Hace un día precioso, prístino y diáfano como la curva de tu espalda. Apenas se mueve una brizna de aire entre las dos piezas de la cortina que me oculta. Quizás ella podría vislumbrarme desde la acera si adivinara lo que estoy haciendo. Estoy seguro de que no le gustaría y eso hace nacer en mi interior ansias de venganza. Cuántas veces habré sitiado esa fortaleza… La hembra inexpugnable, invencible, distante, inquebrantable. Tenía que ser tu mejor amiga, son cosas que dicta el destino.

Estate quieto. Apenas un murmullo sólo a mí destinado, mientras ella pregunta si irás hoy a la peluquería. Al principio me lo pienso, pero se hace difícil renunciar a las amplias curvas de tus posaderas, nada disimuladas por las braguitas blancas. La charla sigue. Tú apoyada en el alféizar de la ventada y ella cambiando el peso del cuerpo a uno y otro lado, en la acera. La miro, oculto tras la cortina, mientras los dedos siguen el contorno cálido de tus nalgas. Sueño el cuerpo de abajo mientras recorro con los dedos el que descansa justo delante de mi entrepierna, donde la temperatura sube rápidamente haciendo nacer volúmenes que antes no existían.

Pero qué pesaditoooo… Me divierte ver cómo me hablas con disimulo, torciendo apenas la cabeza, y me pregunto si ella lo notará. Dejo bajar las manos por tus muslos.

– Puede que vaya por la tarde, sí. A eso de las seis.

Mientras ella responde noto un cierto estremecimiento en tu espalda. Acaricio despacio los muslos, aproximando los dedos a su cara interior, rozándolos apenas. Joseeeee… Te ha temblado la voz.

– Ha venido un peluquero nuevo que está muy bien.

– ¿Ah, sí?

Esta voz se hará trémula en unos segundos. Sólo tengo que dejar caer el calzoncillo, apoyarme delicadamente en tu grupa e iniciar un lento y sensual vaivén.

– Sí, claro.

Tus respuestas empiezan a ser algo inexpresivas y se te ha erizado la piel de la espalda, bajo la camiseta. Me adapto a tu contorno y abrazo tu cintura. Ella espera tu respuesta que no llega, incapaz de percibir como tu respiración se acelera poquito a poco. Continúa la charla como si tuviera miedo de los silencios mientras mis dedos rozan apenas tu entrepierna. Conozco bien ese suspiro profundo y el modo en que echas la cabeza hacia atrás. Dices algo sobre los precios y noto ese temblor, ya franco… me pregunto si ella lo notará también.

Deslizo tus braguitas blancas hacia atrás, lentamente y a medida que las nalgas asoman las acaricio despacio con lo que tengo más cerca, arriba y abajo, con toda lentitud. Eres un cabronazo… Lo has dicho con esa voz cavernosa que tan bien reconozco, como reconozco el movimiento circular apenas perceptible que han iniciado tus caderas. Llevo una brasa entre las piernas que sólo necesitaba esa señal. Haces una pregunta, escueta, con la voz a punto de descomponerse y ella entiende por fin que algo no encaja. La conversación se ha interrumpido.

– ¿Estás bien?

Mientras la pregunta llega a la ventana, hago descender las bragas por tus piernas largas y recorro el camino entre las nalgas con la lengua, con una lentitud que te arranca un pequeño estertor en cuanto me acerco al delicado orificio.

– Sí… Claro…

Ahora desearías estar en otro sitio pero ella sigue ahí abajo, mirándote, seguramente con cierta expresión de incredulidad.

– ¿Estás segura?

Se te escapa un pequeño gritito cuando la lengua vibra como una mariposa sobre el pozo sonrosado.

– Sí… Es que…

Recupero la posición y tanteo entre tus piernas hasta que el enrojecido capullo encuentra tu delicado y tibio pozo. Encuentro tu vagina sorprendentemente húmeda para el tiempo que llevamos en esta situación y no lo dudo.

– Es que… es que…

Veo la mirada estupefacta abajo, en la acera, mientras embisto desde atrás un par de veces, suavemente, divertido por tu fracasado intento de disimular lo que ya no puede disimularse. Por fin te has erguido lo suficiente para dejarme llegar al fondo de este delicioso infierno, así que empujo con la furia de un arma de repetición, mientras tu melena oscila en el aire. Observo su boca abierta, estupefacta, el rostro contraído en una expresión de sorpresa infinita mientras tus pechos se agitan convulsivamente dentro de la camiseta de algodón. Hasta que me apartas de un empellón y huyes dejando en el aire un veredicto.

– ¡¡Cabronazo!!

¡Sí, eso exactamente! ¡Venga, lárgate, date prisa! No puedo negar que disfruto de cada uno de los golpes que producen tus pasos desbocados sobre los escalones de madera. Pero al final duele la urgencia con la que has ido a buscarla. Te importa tanto que te has olvidado de ponerte los pantalones. Jamás habrías hecho lo mismo por mí.

 

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Sexo con Juliette

La conocí una tarde soleada en la que nada hacía presagiar la futura sesión de sexo intenso que tendríamos. Aquella tarde, el sol enviaba ya inclinados sus rayos de color dorado-atardecer, pintando todo aquello que me rodeaba con su brillo semejante al del oro, realzando toda belleza y contrastando la vivacidad de todas las flores que en maravillosas maceteras estaban ubicadas por todas partes.

Las flores estaban dispuestas de muchas maneras. Algunas colgaban desde las vigas de los toldos de madera que protegían las mesas de los cafés. Otras habían sido colocadas sobre el suelo, formando senderos entre espacios, y otras, en pequeñas macetitas sobre las mesas, daban un acento a cada rincón dando paz a mi atribulado interior.

Ahí estaba ella, sola, sentada a una mesa cercana a la mía. No sabía cómo no la había visto antes, porque era inevitable que la viera. Pero después comprendí que ella no había competido con la belleza de su entorno. Más bien su hermosura encajaba en perfecta armonía con la de aquel encantador lugar.

Viéndola maravillado, recorrí con mi vista todas las imágenes que me rodeaban, y volviendo a verla en el preciso instante cuando mis ojos se posaban nuevamente en ella, ella también me miró a mí. De manera espontánea y natural, ambos sonreímos. Fue un flechazo de primera vista.

Su sonrisa, fácil y natural destacó aún más la belleza de sus rasgos. No me fue posible notar detalles individuales de su persona. Su vestimenta, sus modales, su peinado, sus colores, toda ella debía ser vista en su conjunto y, así lo supe más adelante, amada con plenitud.

Garabateé una nota sobre una servilleta y al pasar un mesero, le pedí se la entregara. Ella, divertida por tan natural y discreta iniciativa, sonrió al recibirla y con una sonrisa más que preciosa, me dijo sin pronunciar sonido alguno más que con un gesto de manos y moviendo sus labios para formar las palabras “claro que sí” respondió a mi petición escrita de poder unirme a ella en su mesa.

Nuestra plática comenzó como entre viejos amigos. Desinhibida y sin temores, me enfrascó en la más deliciosa conversación. Quedé fascinado con ella. El tono de su voz, la claridad de su dicción y el buen gusto con el que se maquillaba y se vestía me hicieron saber de inmediato que estaba ante una dama muy de sus tiempos; educada y elegante.

Tras conversar sobre música, actualidad y arte, y notando por mi acento que yo era extranjero, me preguntó qué hacía yo en su país. Al enterarse de mi interés personal y artístico por su ciudad me habían llevado hasta ella, sonrió de nuevo con su maravillosa sonrisa y tomando un lápiz y una libretita de su cartera, garabateó una lista de lugares con sus direcciones para que considerase incluirlas en mis recorridos.

Su generosidad para indicarme lugares de los que yo no sabía su existencia me encantó, y encontré la oportunidad perfecta: le pregunté si ella estaría dispuesta a mostrarme su ciudad. Supe por su sonrisa que ella esperaba esa pregunta y mientras yo celebraba en mi interior mi suerte, ella garabateó algo en otro papelito que al dármelo encontré que era un número telefónico.

No dijimos más nada sobre el tema y charlamos brevemente un poquito sobre temas de irrelevante actualidad hasta que hizo señas al mesero para que le trajera la cuenta. Sin permitir discusión alguna, pagó la mía y la suya. No recuerdo si nos despedimos o no con un apretón de manos, pero recuerdo perfectamente su mirada, y cómo en sus ojos encontré genuina anticipación por nuestro próximo encuentro.

Me llevó a conocer su ciudad, incluyendo sitios que en ninguna guía para turistas aparecían. Recorrimos durante tres días cafés, museos, parques y jardines y por las noches bailamos, jugamos mil en los parques recreativos.

Enterada de mi carrera como fotógrafo, me preguntó si hacía retratos. Le dije que no los hago, pero que alguna remota experiencia tuve y le pregunté para quién los quería y me respondió que los quería de ella.

Me alegré mucho y le prometí hacerle la mejor colección de sus propias fotografías que pudiese haber tenido jamás y con su fácil manera de reír, y me dijo que lo creía. A mi pregunta, respondió que en su apartamento había la luz perfecta y los entornos que ella prefería para que sirviesen de fondo.

En efecto, con grandes ventanales como lo comprobé esa misma tarde, ella tenía un estudio al natural, con preciosas vistas de la ciudad, así que hice mis mediciones y acordamos encontrarnos ahí al día siguiente, a mediodía para almorzar y aprovechar la luz de la tarde, que en esa época del año era la mejor del día.

El día siguiente llegué con alguna anticipación para montar mi equipo y hacer que el tiempo rindiera. Ella no se molestó en absoluto con mi llegada antes de tiempo, sino que se adaptó rápidamente, preparándome un refrescante licuado con frutas, una bandeja con trozos de fruta recién cortada y algunas galletitas.

Comenzamos la sesión y ella posó de manera muy natural y encantadora. Posó de diversas maneras, lució sus prendas más bonitas y se cambiaba con increíble rapidez para lucir otra pieza o alguna joya que la embellecía aún más.

No había notado que a medida que la sesión avanzaba, ella utilizaba prendas más ligeras cada vez. Concentrado en los aspectos técnicos de la toma, no presté tanta atención al sutil cambio que ocurría ante mis ojos.

Lo noté hasta que ella salió con una bata de seda rojo vino con bordes violetas en una tonalidad muy oscura. Me fijé simplemente que el escote era un poco más pronunciado y no me había percatado del tipo de prenda que vestía.

Estando ya listo detrás de la cámara principal para comenzar a disparar, sin mover sus brazos sino que con un simple movimiento de sus hombros, la bata cayó a sus pies, quedando completamente desnuda.

Deteniéndose mi respiración, me puse lentamente de pie, olvidando la cámara, las luces, los telones de fondo, todo.

Un cuerpo que prometía sexo y pasión

Creo que con la boca abierta, contemplé aquella bella figura. Su piel blanca, con rubores naturales en sus mejillas y sus hombros, se veía sana, completamente limpia y un aroma fino y apenas perceptible llegaba hasta mí.

Su cabello, castaño y ligeramente ondulado hasta sus hombros enmarcaba su rostro en el que resaltaban sus ojos enormes y oscuros. Sus labios, carnosos sonreían en conjunto con su mirada, pícara y provocadora.

Sus medianos pechos eran del tamaño perfecto para las más bellas fotografías… y para saborearlos durante un buen rato de sexo intenso. Podían encajar con la copa de mi mano siendo apenas un poco más grandes que lo que podían cubrir. Firmes, vi cómo sus pezones, de un color rosado muy tenue pero lo suficientemente encendido para contrastar con la blancura de su piel, se encogieron y endurecieron ante mi vista, al entrar una ráfaga de aire frío por la ventana. La piel de sus brazos y sus pechos maravillosos se encogieron también, firmes y con  sus vellitos erectos, disfrutando su desnudez y desafiando el frío.

Su abdomen, firme y tonificado no mostraban musculatura que disminuyese su femineidad. Era simplemente la parte de su cuerpo de la que manaba gran parte de su fortaleza física y su ombligo, alargado de norte a sur, era testimonio fiel de su imponente estado de bienestar.

Sus caderas eran deliciosamente amplias. Daban la sensación de sexo, de fertilidad, de fecundidad en espera, de anhelo de hombre, preñez e hijo. Y aún así, su condición general era propia de una mujer joven que no requiere ni necesita de hombre alguno más que para satisfacer sus designios.

Sus muslos, símbolos de su intimidad y femineidad, eran perfectos, largos y torneados, con la forma que puede verse tan solo en las revistas de las mujeres más bellas, terminaban en sus rodillas que en esta mujer eran tan bellas como sus pechos mismos y sus pantorrillas, extendiéndose hasta sus tobillos, completaban sus largas y elegantes piernas decoradas tan solo por una fina cadena de oro alrededor de su tobillo izquierdo, eran la única prenda que portaba.

Admirándola, recorriéndola con mi mirada, sorprendido y maravillado por ella, no hice sino provocar su sonora risa y me preguntó con esa voz tan femenina y provocadora,

-“¿Te vas a quedar ahí parado? ¿Tomarás las fotos o vendrás a mí?

Como despertando de un brinco, bajé nuevamente hacia mi cámara, no sabiendo qué fotografiar. Logré captar una imagen de su rostro, a perfil de tres cuartos, sonriendo con un gesto juguetón y coqueto, mostrando únicamente la desnudez de sus hombros.

Riendo de manera pícara y divertida me preguntó,

-“¿Acaso esa cámara funciona únicamente si está montada sobre su trípode?

En un acto reflejo, desmonté la cámara de su pedestal y avancé hacia ella, cámara en mano, disparando a discreción mientras ella posaba y mostraba más de su desnudez, no sé si para mí o para la posteridad.

En medio de aquella frenética secuencia fotográfica, ella se sentó sobre un discreto sillón que permanecía junto al improvisado estudio y separó sus piernas para que yo pudiese captar (y deleitarme con,) su fruta prohibida.

Cubierto su pubis con una capa fina de castaño pelambre, nítido, cuidadosamente retocado y escasamente cubriendo el triángulo amoroso apenas lo suficiente para mostrar que es mujer y no niña, su vellosidad terminaba justo donde comenzaba su intimidad más oculta pero hoy, expuesta ante mí y para mí.

Sin embargo, a pesar de tener ante mí una modelo perfecta y de belleza tal que es el sueño de todo fotógrafo tener para retratar, la sesión no podía continuar más. El deseo de tener sexo era mutuo e irrefrenable.

Sexo en un arrebato no premeditado

Aprovechando ella que yo estaba de rodillas, rápidamente se movió hacia adelante y me desabrochó el cinturón. Como mi posición le impedía avanzar para desnudarme, acepté su pauta y me puse de pie para desvestirme lo más rápidamente que pude.

No había terminado de quitarme mi camisa por encima de mi cabeza, cuando ella se encaramó encima de mí, casi haciéndome perder el equilibrio para sin mayor dificultad para ambos, acomodó la extensión de mi hombría en su intimidad.

Así, penetrada, casi colgando en el aire, apenas sostenida al haber envuelto mi cintura con sus delgadas piernas y abrazándome como desesperada, nos enfrascamos en un beso agitado por sus movimientos y cadencias, gozando su interior con la presencia de mi macho invasor tuvimos el sexo más apasionado que se pueda tener.

Gimiendo con locura y placer, besándome, enredando su lengua con la mía, encontró el justo equilibrio, perfecto para que entre ambos pudiésemos enfrascarnos en aquella danza eterna e inmemorial.

Como pudo, sin dejar de gemir y elevarse para hundirse ensartando así mi falo en su preciosa y tersa cavidad, me indicó para que la llevase al balcón aledaño al salón.

La llevé así, a horcajadas, montada en su macho, metiéndose mi carne, duro como un hueso hasta su más profundo fondo, y avanzamos lentamente, sacudiéndonos y a menudo desequilibrándonos en medio de risas, jadeos y arrumacos, hasta el salón donde a la vista de aquella maravillosa ciudad con su cordillera nevada, cogimos frente a todo el mundo.

Ahí, mientras la ensartaba sin misericordia con la ciudad a nuestros pies, extendió sus brazos brevemente instantes antes de que con un intenso alarido, se derritió en un clímax de sexo épico, palpitante y húmedo; muy húmedo, ligándome así, con ella, para siempre.

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Relato XXX: Suplicándome un orgasmo

Al despertar esta mañana aquellos labios tuyos que se movían sensualmente sobre mi piel, despertaron en mí un deseo de placeres intensos, que me desbordaron completamente.

Tus manos traviesas se deslizaron por mi vientre con una lentitud que me quemaba, hasta que llegaron a su destino apretando suavemente mi orgullo, lo sentiste tan tuyo que recuerdo cómo tu boca se abrió golosamente para devorarlo en ese momento.

En un instante mi cuerpo era puro fuego, tenía mi mano sobre tu monte Venus, golpeando suavemente tu clítoris con un dedo. Luego retiré mi mano, te miré  a la cara y pasee mi dedo todo bañado de jugos por tu boca. Lo succionabas, saboreabas, lamias hasta la última gota de mi dedo, uhmm la calentura hizo que te pusiera mi miembro en tu boca, lo chupaste sonriendo y gimiendo de placer, me hacías temblar, hacías que mi respiración se agitase, y claro… mi miembro carnudo crecía en tu boca, mojabas tu vagina, mamabas mi pene duro con tanta intensidad que te agarré del cabello, y mientras nos mirábamos te la hundía más, mucho más, moviéndome en tu boca de prisa, sin pausa hasta llenarte la garganta de leche.

Regalando un orgasmo intenso

Con una sonrisa en mis labios me senté a recuperar fuerzas, te acariciaba suavemente los muslos. Te sentía caliente porque movías tus caderas con desparpajo; apenas sentiste el roce de mi dedo en tu clítoris te estremeciste demasiado. Yo sabía que tenía ganas de correrte, pero quería que suplicaras.

-Por favor… -me dijiste.

-Por favor… ¿qué? -Entonces volví acariciarte tu clítoris, que lo tenías enrojecido… -Por favor, ¿qué? -Te volví a preguntar.

-Por favor, méteme los dedos, -me respondiste con voz suplicante…- tócame, haz que me corra ya, -querías tu orgasmo con impaciencia-.

Te masturbé con caricias firmes y largas para darte tu orgasmo, te hundí mis dos dedos y te follé con ellos cada vez más fuerte, cada vez más rápido, muy rápido con un descontrol total, hundiéndote mis dedos con vehemencia, sin tregua hasta que no pudiste contener tus gritos y gemiste como una hembra en celo mojando copiosamente mis dedos con tu orgasmo…

Cierro mis ojos para volver a verte en ese instante mágico teniendo un orgasmo tan intenso y tan fuerte…

 

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Sexo pecador en domingo de Gracia

Sexo pecador, el mejor antídoto frente a fanáticos

C. siempre ha odiado a esos religiosos que vienen a molestar los domingos en casa, su torpe forma de explicar a dios, sus frasecitas mal interpretadas de la Biblia, su auto convencimiento de tener autoridad moral sobre todos los que sean diferentes.

Hace poco alguien fundó una iglesia de garaje en el barrio de C, y desde entonces las visitas de estas personas en los domingos, se habían hecho más regulares, y tal parece su influencia, que de a poco han logrado dividir al barrio entre los católicos ortodoxos y ellos. En el caso particular de C, este tipo de visitas se volvían una especial molestia, dada su firme creencia pagana en el “sexo pecador”, relacionada a la adoración de dios a través del placer, y que casi todas las conversaciones que estos portadores de la palabra de “dios” intentaban entablar, estaban relacionadas a privarse del sexo, o como él lo interpretaba, “a negarse a expandir el espíritu”. Por eso en el barrio lo tenían de ateo “irremediable”.

Un día, la hermana V, se dispuso a recuperar al ateo, sentía muy en el fondo de su ser, que nadie debe quedarse sin experimentar algo divino, aquella cosa trascendental que va más allá del humano,  aquella cosa digna y amorosa que lo perdona todo, y creo al humano en su infinita sabiduría. Se preparó con los mejores discursos, de la Biblia sacó los pasajes más hermosos, y los más fieros, como para cautivar y dominar el espíritu pagano, que aquella casa habitaba. se vistió con la falda más atractiva y ligera, se peinó con una trenza, se maquilló levemente, y usó el sombrero mas elegante de su closet, caminó hacia la puerta, la abrió con la seguridad que dios -cualquier dios- le da a un creyente, y sin detenerse caminó hacía la puerta de su vecino para tocar seis veces el timbre, porque el vecino se negaba a contestar.

Sexo pecador por sor-presa

Jamás imaginó la hermana V  lo que le iba a pasar; tenía la certeza de encontrar a un hombre solitario y degradado, sin amor alguno por sí mismo, así que al abrirse la puertas se quedó sorprendida con lo que vio: un hombre en bóxer y camiseta acomodándose los lentes, con el pelo suelto totalmente-estaba largo como una melena-, y una mirada somnolienta. Ella lo contempla estupefacta, la piel canela, los muslos fuertes, la espalda ancha y panza de casado, brazos fuertes, cuello y quijada afeitada, ojos negros que se empiezan a abrir completamente, todo le parece como sacado de un lugar oculto en lo más remoto de su mente, era que la hermana V, deseaba en ese preciso momento tocar la entrepierna de su vecino, tenerla entre sus manos y sentirla suya.

-¿Qué quieres?-

-Hola soy V, soy…soy…-

-No me digas qué me despiertas en domingo, día sagrado para conversar conmigo-

-No, bueno sí…sí quiero conversar, sobre dios…-

-Ay, vuelve la burra al trigo…¿ustedes jamás se cansan verdad?-

-Solo queremos que entiendas la palabra de dios…-

-Pasa a la sala y ahí conversaremos con más certeza.-

V entró a la casa motivada por algo que no era su sentido de ética, era que estaba tratando de convencerse a sí misma que ese evento no escapa a su comprensión, es decir, no sabía lo que hacía. Al sentarse sintió algo distinto en el aire, vio libros regados por todo el estudio -sala, y de pronto sintió estar en un lugar donde habitaban las ideas, casi como si estuviese en una iglesia, tomo un cuaderno abierto a su lado y leyó:

“Entre más rienda suelta le des a tu capacidad de producir placer más cerca estarás  de algo divino, porque el placer sexual máximo, expresado el orgasmo, es la unión de dos almas, de dos conciencias…pero no te estoy hablando solo del placer sexual, te estoy hablando de todo tipo de placer, que se yo, escuchar música, ver lacrosse, comer y beber bien, no hacer nada…”. La idea que había leído se le quedó grabada en la mente, no podía parar de intentar interpretarla, por eso la leía una y otra vez.

-Vienes a mi casa sin ser invitada, y ahora lees mis cosas sin pedir permiso.-

-Perdona yo…-

-No pasa nada, déjalo donde lo encontraste, y dime de qué quieres hablar.-

-Quiero hablarte de dios, y de como lo vemos desde mi congregación.-

En ese momento C, se recoge el pelo, se quita los lentes y se acomoda frente a ella abriendo las piernas, ella vuelve a sentir aquella sensación de querer tener el sexo de su vecino en sus manos.

-¿Puedo yo primero hablarte sobre mi forma irrevocable de ver a dios?-

-Está bien-

-Mira, yo creo que hay tres verdades solamente, la vida, la muerte y el placer, el resto es solamente una ficción con la que le damos sentido al hecho de vivir…en mi ficción, dios está en el placer, en eso que otros llaman sexo pecador, por el mero hecho de que generar vida es placentero, y el momento máximo de unión con dios no es el rezar, confinado en el aislamiento, es en la unión, la entrega a la experiencia fantasiosa de la muerte que representa el orgasmo…-

V lo mira con las labios entre abiertos, no había logrado entender lo que intentaba comunicarle, ningún versículo audaz, ningún proverbio, salmo o parábola encajaba en su cabeza para poder responder, solo veía la entrepierna de C atentamente.

De pronto C se quita el bóxer, le expone su sexo medio estimulado a V, lo toma con sus manos y lo estimula.

-No lo entenderías si en este momento no te dejas llevar…

Los caminos del sexo pecador son inescrutables

V, no lo pudo resistir, tomó el pene de su vecino en sus manos y lo apretó muy fuerte, -tranquila- le increpó él, y luego tomó la mano de V para enseñarle a masturbar a un hombre, agarrándola por la nuca la atrajo hacia su boca y la beso de golpe, atrapando sus labios en su boca para soltarlos una y otra vez ; lenguas que se agitan la una a la otra, bocas que quedan atrapadas en otras bocas, V se quedó en esa posición por varios minutos hasta que sintió de forma más intensa la lengua de C, su respiración mas agitada y profunda, en su propio aliento, hasta que poniéndose en encima de ella, bañó su abdomen con su venida.

-Voy a venirme-

-Hazlo, por favor, aquí-, quitándose la blusa.

Después se vieron fijamente, ella se limpió el cuerpo y el aterrizó su cabeza bajo la falda.

-No ahí no…-

Pero ya era muy tarde, C estaba mordiendo los muslos desnudos de V, recorriéndolos con apetito casi caníbal, luego besando el nacimiento de su culo desde la mitad, subió toda la falda hasta las caderas, V respiraba entre cortada, como interrumpiéndose la vida a sí misma, entre mordida y morida del canalillo que formaban sus dos nalgas apretadas, por las manos toscas de aquel pagano.

-Por favor…por favor…para.

Vencida ante el emisario del sexo pecador

C abrió las nalgas de V, metiendo sus dedos desde lo más bajo del culito, luego miró fijamente a los ojos de ella, sacando la lengua, se acerco poco a poco a esa abertura, le lengua moviéndose de un lado al otro mojó la piel entre el ano y la vagina de una sobre excitada V, que ya no tenía cabeza ni para continuar con su lamentable y falso ruego para parar el acto. Luego, C encontró la vagina de la muchacha, una piel muy canela bañada en fluidos, la cual devoró poco a poco, mordiendo y chupando, moviéndose de un lado al otro mientras la tenía en la boca presionada, ella solo atinaba a empujar su culito hacia el rostro de C, gemir y retorcerse mordiéndose el puño para no gritar de placer, los pulgares de C entrando y saliendo de sus entrepiernas, la volvían loca, hasta que en un momento simple y complejo al mismo tiempo, V se dejó caer sobre el sillón empujando unos libros y enviándolos al piso, se había desplomado del placer porque había tenido su primer orgasmo, volviéndose irremediablemente adicta a esa sensación que acaba de vivir.

C se levantó, y se colocó sobre la espalda de V, puso su pene duro entre las nalgas de ella, y empezó a masturbarse impulsándose hacia arriba y abajo, apretando las caderas de ella contra sí mismo y hundiendo su sexo sin penetrarla, ella gemía lentamente, descansaba de la explosión de placer recientemente experimentada dejando llevar por el movimiento del cuerpo de C.

-No, eso sí que no…-, dijo V, cuando sintió la punta del pene de C entrando en su vagina, luego intentó alejarse, pero él la siguió sin despegarse mucho, estuvieron así por el sofá, jugando escapar y a encontrase, hasta que en un descuido de V, C la tomó por el pelo, luego la inmovilizó de una muñeca y sin ningún reparo, la penetró con toda su fuerza, empujándose hasta el fondo, sin retirarla y apoyando sus manos sobre las caderas de V, se incorporó apoyando todo su peso en un solo movimiento, al hacerlo V levantó el culo y comenzó a gemir sin control, mientras  C se empujaba cada vez más, luego tomándola de las muñecas, la sometió y empezó a mover sus caderas de adentro para fuera, con un ritmo muy particular, logrando que el culito de ella se estrellase contra su pelvis causando un ruido particular y continuo.

-No, ya no…-, continuaba repitiendo V entre gemido y gemido, mientras sin notarlo movía las caderas al ritmo que marcaba C, -no me hagas pecar…

C continuaba en silencio, la penetraba con devoción, con una intensidad profunda, motivado por el placer que se tiene cuando se pervierte a un alma pura, una y otra vez empujó se pene a través de la vagina de V, luego aumentando la velocidad y apretando con más fuerza las muñecas, se montó sobre ella y comenzó una danza salvaje y más furiosa, V no lo soportó y cayó en el cama entregada totalmente al placer, ya solo se dedicaba a intentar respirar, entre gemido profundo y sus intentos por no gritar lo que su alma sentía: que no existía experiencia en el mundo más deliciosa o placentera que aquella, que nada de lo vivido, ni siquiera en la misa cuando creía que el amor de dios la bañaba con su invisible manto, se le podía comparar.

Para cuando C terminó, V estaba ya exhausta, solo sintió una última profunda embestida que la levanto contra el espaldar de la cama, su cabeza golpeando allí, y el gemido fuerte de C en su oído, sonido que desde ese momento sería su favorito.

-¿Has entendido a mi dios?

-Sí, pero igual no lo acepto-, comenzó a vestirse lentamente, algo había cambiado en ella, era que en su alma comenzaba una lucha interna por saber a qué deidad se encomendaría   el resto de su vida, V se vestía lentamente, acomodó toda la ropa que en el acto se le había desacomodado, en su cabeza los versículos que condenaban la fornicación se repetían mientras recordaba con placer cada embestida que había recibido hacía poco, sin poderse explicar a sí misma, cómo algo tan placentero es a la vez un pecado: sexo pecador.

El sexo pecador no entiende de prohibiciones

C no se vistió, fue detrás de ella y acarició sus muslos, ella lo permitió reflexionando, luego dijo “Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo.” 1 Corintios 6:13.

-De todos los dioses del universo, decides seguir al dios prohibicionista…

Entonces se giró y besando a C de una forma pasional dijo -ahora por lo menos sé que hay más dioses.

Se fue de esa casa en un estado espiritual que nunca antes había experimentado, estaba convencida de que hay ese algo sagrado del que siempre hablan en las reuniones de los sábados en el grupo juvenil, pero al mismo tiempo estaba indecisa sobre creer cuál era el camino que esa existencia suprema quiere para ella. Sin embargo, no se hallaba preocupada, después de todo siempre estarán los domingos para aprender más de su nuevo espiritual en eso del sexo pecador.

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Relato erótico: Hoy vas a sentirme como ayer…

Sé que estás ahí, curiosa con esos ojitos vivaces recorriendo cada letra, cada palabra mía. Hoy me acerco a ti como tantas veces, muy despacio rozando nuestras bocas,  mezclándose en alientos ardientes, mientras nos respiramos.

Vas a sentirme subiendo por tu espalda con la yema de mis dedos y con la punta de mi lengua; acaso al sentirlo experimentarás un escalofrío que te haga temblar.

Hummm! Tu  aroma me ha llegado muy adentro, casi puedo olerlo. Con caricias me envuelves, me pones inquieto cuando tus pechos se aplastan en los míos y entonces me acerco a tu oído para susurrarte: “voy a penetrarte duro hasta que mis huevos salten en tus nalgas, y cuando me chupes mi pene duro y carnoso vas a desear que te entre por esa vagina tan apretada que tienes“. Al escuchar eso, sentirás humedecerte acompañado de un cosquilleo intenso en todo tu cuerpo, desde tu sexo exquisito hasta los dedos de tus manos.

Veo tus ojos brillar, mientras me muevo en ti, con tu sonrisa abierta cálida, tan bella. No puedo apartar de tu rostro mi mirada, cada gesto que haces cuando entro en ti me enciende más.

Me muevo en ti avanzando y retirando, abrazándote con descaro, moviendo mi cuerpo contra el tuyo, abriéndote las piernas, apretándote más y más. Mientras te estremeces y gimes, nuestros cuerpos se sacuden como descargas y en esa lucha pasional nuestras bocas se juntan besándose otra vez.

Como en un baile nos movemos sedientos e imparables: yo empujando, tú empujando, ahogando nuestros gemidos en nuestras bocas… Yo llenándote por dentro y tú mojándome todo… así quiero que me sientas hoy, tan dulce, tan inquieto, tan deseoso de ti…

 

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Relato XXX: La mejor alumna de sexo

¡Hola amigos de sexo escrito! Como ya se habrán dado cuenta soy nueva. Estos días he leído sus relatos eróticos y me encantan, por eso quiero contarles cómo me convertí en la mejor alumna de sexo de mi profesor favorito.

Bien, tengo 22 años, actualmente voy a la universidad, entré a la carrera esperando destacar siendo la mejor alumna, y vaya que sí lo he hecho, aunque no me ser la mejor alumna de sexo: Estoy saliendo con mi profesor, puede ser que ahora sea algo común, pero yo jamás pensé que a mí algo así me pasaría.
En fin, él es un hombre de 50 años, es guapo y me imagino que lo era aún más de joven, y por cierto muy culto (realmente atractivo). Desde el primer día morí por él y por eso me convertí en su mejor alumna de sexo.
Empezó en las horas de receso mientras yo estaba con mis amigos, él se acercaba para fumar con nosotros y las miradas eran evidentes, en los exámenes me dejaba notas como “Buen examen” “Excelente alumna” etc.
Los jueves salimos hasta las 22hrs y mi madre me mando un mensaje diciéndome que no podría pasar por mí, que tenia guardia, que iba llegar en la tarde del siguiente día. En fin, yo iba a tomar el colectivo, cuando por inercia mire hacia mi lado y estaba él junto a mí. Me preguntó si podía me llevar a casa, sonrojada le dije que no, que tomaría el colectivo, a lo que él me respondió: “vamos no seas tontita, ¿no crees que siendo tan guapa, no te pueda pasar algo?”, yo solamente me reí estúpidamente.
Me subí a su camioneta, yo llevaba un vestido muy corto realmente y todo el camino se la paso viendo mis piernas, cuando el semáforo paró en rojo, sé que no se resistió más, me tocó las piernas subiendo, hasta que llegó a mi clítoris, yo estaba mojadísima, solo me dejé, sentía sus dedos entre mis labios, que entraban y salían mientras mis jugos vaginales bajaban por sus manos, yo solo podía gemir.
No pude más cuando le dije: “Mira, mi madre no estará esta noche, ¿te parece quedarte un rato en mi casa?”, me dijo que sí, se bajó el cierre del pantalón y sacó su gran pene, me agachó la cabeza y empecé a follármelo
 con la boca. Así fue el camino hacia casa.
Cuando llegamos me tomó por detrás, manoseando mis pechos, mientras yo sentía su erección, fue increíble, subimos a mi habitación, me aventó a la cama, me bajo las bragas y enseguida empezó a chupar mi clítoris, mis, labios y metiéndome la lengua, a lo que yo le respondía masturbándolo lo mejor que podía, nos desnudamos, él besaba mi cuerpo entero, mordía mis pezones, me daba algunas nalgadas y yo 
me comía su pene a besos chupando hasta que él ya no pudiese más, después me puse en posición de perrito, él me empezó a penetrar con gran fuerza, tomando mi pechos, jalando mi cabello, lo hacía con delicadeza, pero rudo y fuerte a la vez. Cuando se iba a correr, sacó su pene, me besó con fuerza, nalgueándome, yo saqué mi lengua para recibir su leche, la cual salpicó mis pechos y mi cara, pero al fin de todo deliciosa, esa fue la primera vez que me corrí.
Después de convertirme en la mejor alumna de sexo, ahora 
somos pareja por decirlo así, (no nos gustan los títulos) por supuesto que todo lo escribí con su consentimiento. Después escribiré más relatos XXX de nuestras aventuras. ¡Un beso!

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Relato XXX: La mejor alumna de sexo

¡Hola amigos de sexo escrito! Como ya se habrán dado cuenta soy nueva. Estos días he leído sus relatos eróticos y me encantan, por eso quiero contarles cómo me convertí en la mejor alumna de sexo de mi profesor favorito.

Bien, tengo 22 años, actualmente voy a la universidad, entré a la carrera esperando destacar siendo la mejor alumna, y vaya que sí lo he hecho, aunque no me ser la mejor alumna de sexo: Estoy saliendo con mi profesor, puede ser que ahora sea algo común, pero yo jamás pensé que a mí algo así me pasaría.
En fin, él es un hombre de 50 años, es guapo y me imagino que lo era aún más de joven, y por cierto muy culto (realmente atractivo). Desde el primer día morí por él y por eso me convertí en su mejor alumna de sexo.
Empezó en las horas de receso mientras yo estaba con mis amigos, él se acercaba para fumar con nosotros y las miradas eran evidentes, en los exámenes me dejaba notas como “Buen examen” “Excelente alumna” etc.
Los jueves salimos hasta las 22hrs y mi madre me mando un mensaje diciéndome que no podría pasar por mí, que tenia guardia, que iba llegar en la tarde del siguiente día. En fin, yo iba a tomar el colectivo, cuando por inercia mire hacia mi lado y estaba él junto a mí. Me preguntó si podía me llevar a casa, sonrojada le dije que no, que tomaría el colectivo, a lo que él me respondió: “vamos no seas tontita, ¿no crees que siendo tan guapa, no te pueda pasar algo?”, yo solamente me reí estúpidamente.
Me subí a su camioneta, yo llevaba un vestido muy corto realmente y todo el camino se la paso viendo mis piernas, cuando el semáforo paró en rojo, sé que no se resistió más, me tocó las piernas subiendo, hasta que llegó a mi clítoris, yo estaba mojadísima, solo me dejé, sentía sus dedos entre mis labios, que entraban y salían mientras mis jugos vaginales bajaban por sus manos, yo solo podía gemir.
No pude más cuando le dije: “Mira, mi madre no estará esta noche, ¿te parece quedarte un rato en mi casa?”, me dijo que sí, se bajó el cierre del pantalón y sacó su gran pene, me agachó la cabeza y empecé a follármelo
 con la boca. Así fue el camino hacia casa.
Cuando llegamos me tomó por detrás, manoseando mis pechos, mientras yo sentía su erección, fue increíble, subimos a mi habitación, me aventó a la cama, me bajo las bragas y enseguida empezó a chupar mi clítoris, mis, labios y metiéndome la lengua, a lo que yo le respondía masturbándolo lo mejor que podía, nos desnudamos, él besaba mi cuerpo entero, mordía mis pezones, me daba algunas nalgadas y yo 
me comía su pene a besos chupando hasta que él ya no pudiese más, después me puse en posición de perrito, él me empezó a penetrar con gran fuerza, tomando mi pechos, jalando mi cabello, lo hacía con delicadeza, pero rudo y fuerte a la vez. Cuando se iba a correr, sacó su pene, me besó con fuerza, nalgueándome, yo saqué mi lengua para recibir su leche, la cual salpicó mis pechos y mi cara, pero al fin de todo deliciosa, esa fue la primera vez que me corrí.
Después de convertirme en la mejor alumna de sexo, ahora 
somos pareja por decirlo así, (no nos gustan los títulos) por supuesto que todo lo escribí con su consentimiento. Después escribiré más relatos XXX de nuestras aventuras. ¡Un beso!

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Relato erótico: Hoy vas a sentirme como ayer…

       Sé que estás ahí, curiosa con esos ojitos vivaces recorriendo cada letra, cada palabra mía. Hoy me acerco a ti como tantas veces, muy despacio rozando nuestras bocas,  mezclándose en alientos ardientes, mientras nos respiramos.

Vas a sentirme subiendo por tu espalda con la yema de mis dedos y con la punta de mi lengua; acaso al sentirlo experimentarás un escalofrío que te haga temblar.

Hummm! Tu  aroma me ha llegado muy adentro, casi puedo olerlo. Con caricias me envuelves, me pones inquieto cuando tus pechos se aplastan en los míos y entonces me acerco a tu oído para susurrarte: “voy a penetrarte tan duro hasta que mis huevos salten en tus nalgas y cuando me chupes mi pene duro y carnoso vas a desear que te entre por esa vagina tan apretada que tienes“. Al escuchar eso, sentirás humedecerte acompañado de un cosquilleo intenso en todo tu cuerpo, desde tu sexo exquisito hasta los dedos de tus manos.

Veo tus ojos brillar, mientras me muevo en ti, con tu sonrisa abierta cálida, tan bella. No puedo apartar de tu rostro mi mirada, cada gesto que haces cuando entro en ti me enciende más.

Me muevo en ti avanzando y retirando, abrazándote con descaro, moviendo mi cuerpo contra el tuyo, abriéndote las piernas, apretándote más y más. Mientras te estremeces y gimes, nuestros cuerpos se sacuden como descargas y en esa lucha pasional nuestras bocas se juntan besándose otra vez.

Como en un baile nos movemos sedientos e imparables: yo empujando, tú empujando, ahogando nuestros gemidos en nuestras bocas… Yo llenándote por dentro y tú mojándome todo… así quiero que me sientas hoy, tan dulce, tan inquieto, tan deseoso de ti…

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Relato erótico: La mejor alumna de sexo

¡Hola amigos de sexo escrito! Como ya se habrán dado cuenta soy nueva. Estos días he leído sus relatos eróticos y me encantan, por eso quiero contarles cómo me convertí en la mejor alumna de sexo de mi profesor favorito.

Bien, tengo 22 años, actualmente voy a la universidad, entré a la carrera esperando destacar siendo la mejor alumna, y vaya que sí lo he hecho, aunque no me ser la mejor alumna de sexo: Estoy saliendo con mi profesor, puede ser que ahora sea algo común, pero yo jamás pensé que a mí algo así me pasaría.
En fin, él es un hombre de 50 años, es guapo y me imagino que lo era aún más de joven, y por cierto muy culto (realmente atractivo). Desde el primer día morí por él y por eso me convertí en su mejor alumna de sexo.
Empezó en las horas de receso mientras yo estaba con mis amigos, él se acercaba para fumar con nosotros y las miradas eran evidentes, en los exámenes me dejaba notas como “Buen examen” “Excelente alumna” etc.
Los jueves salimos hasta las 22hrs y mi madre me mando un mensaje diciéndome que no podría pasar por mí, que tenia guardia, que iba llegar en la tarde del siguiente día. En fin, yo iba a tomar el colectivo, cuando por inercia mire hacia mi lado y estaba él junto a mí. Me preguntó si podía me llevar a casa, sonrojada le dije que no, que tomaría el colectivo, a lo que él me respondió: “vamos no seas tontita, ¿no crees que siendo tan guapa, no te pueda pasar algo?”, yo solamente me reí estúpidamente.
Me subí a su camioneta, yo llevaba un vestido muy corto realmente y todo el camino se la paso viendo mis piernas, cuando el semáforo paró en rojo, sé que no se resistió más, me tocó las piernas subiendo, hasta que llegó a mi clítoris, yo estaba mojadísima, solo me dejé, sentía sus dedos entre mis labios, que entraban y salían mientras mis jugos vaginales bajaban por sus manos, yo solo podía gemir.
No pude más cuando le dije: “Mira, mi madre no estará esta noche, ¿te parece quedarte un rato en mi casa?”, me dijo que sí, se bajó el cierre del pantalón y sacó su gran pene, me agachó la cabeza y empecé a follármelo con la boca. Así fue el camino hacia casa.
Cuando llegamos me tomó por detrás, manoseando mis pechos, mientras yo sentía su erección, fue increíble, subimos a mi habitación, me aventó a la cama, me bajo las bragas y enseguida empezó a chupar mi clítoris, mis, labios y metiéndome la lengua, a lo que yo le respondía masturbándolo lo mejor que podía, nos desnudamos, el besaba mi cuerpo entero, mordía mis pezones, me daba algunas nalgadas y yo me comía su pene a besos chupando hasta que él ya no pudiese más, después me puse en posición de perrito, él me empezó a penetrar con gran fuerza, tomando mi pechos, jalando mi cabello, lo hacía con delicadeza, pero rudo y fuerte a la vez. Cuando se iba a correr, sacó su pene, me besó con fuerza, nalgueándome, yo saqué mi lengua para recibir su leche, la cual salpicó mis pechos y mi cara, pero al fin de todo deliciosa, esa fue la primera vez que me corrí.
Después de convertirme en la mejor alumna de sexo, ahora somos pareja por decirlo así, (no nos gustan los títulos) por supuesto que todo lo escribí con su consentimiento❤❤ . Después escribiré más de nuestras aventuras. ¡Un beso!

 

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Relato erótico: Más que un beso

Hola amigos, este ya es mi segundo relato, pero quiero hacer algo distinto. Generalmente siempre contamos experiencias o fantasías que hemos tenido o imaginado, hacemos una descripción bastante gráfica del deseo carnal, pero dejamos de lado la imaginación, perdiendo el rumbo al concentrarnos en la idea del sexo. Hoy quise corregir esto, por lo que mi relato erótico va más hacia una categoría softcore, pero conserva el erotismo y la lujuria como para prender la llama de pasar las manos libremente por donde más nos gusta hacerlo ya sean chicos o chicas. Este relato erótico va en especial para aquellas chicas que a veces desean leer algo dulce, dejar a un lado el porno e imaginar una escena que las haga sonrojarse y esbozar una sonrisa con los ojos cerrados. Espero que les guste este relato erótico.

Mientras, cubierta por su suéter hecho a mano color azul y unos shorts ya un tanto gastados, la chica sostiene la taza de café contemplando el vidrio golpeado por las diminutas gotas de agua de la habitual brisa de otoño. Da sorbos a su taza de café mientras el gélido clima lucha contra el líquido caliente por dominar la temperatura en su cuerpo. Mientras tanto, piensa en lo que tanto añora, ese beso que la transportará a un plano distinto, que la volverá momentáneamente etérea y la hará soltar un suave gemido que expresa una gran timidez e inocencia.
Siente cómo lentamente su hombro es tocado por aquellas firmes y fuertes manos, aquellas que han luchado por abrazarla y estrujarla pero también por tomar sus mejillas y hacer el intérprete de un pianista, acariciando sus pómulos lentamente y sintiendo aquella suavidad envidiable. Esas manos ahora se desplazan a sus ojos, sus orejas, sus labios y finalmente a su cuello, donde acarician tímidamente el punto donde su cara empieza. Después se van a su cabello, un tanto húmedo por el baño tomado previamente pero bastante lindo y con un olor exquisito, lo toma entre sus dedos y suavemente se dirige hasta su cuero cabelludo, desde allí empieza a descender desenmarañando poco a poco los cabellos cruzados para después tomarla delicadamente de la mejilla y levantarla hacia la cama.
Sentados, ambos conectan una breve mirada, para luego agacharla y sonrojarse esbozando pequeñas risas ante la incómoda pero envidiable escena. Él procede entonces a tomarla del lado derecho de la cara y la acerca hacia la suya, sus labios carnosos, su aliento. Ella mientras siente cómo la toma lo imagina en haces de ideas que le llegan rápidamente, lo visualiza en su mente. Él lleva puesto un buzo negro, el cual denota su constante asistencia al gimnasio, dejando en claro que se esfuerza en aquellos brazos que ahora quiere desnudar, luego piensa en sus pantalones, aquellos que le quedan apretados y que marcan bastante bien su trasero y sus pantorrillas, un tanto tensadas por el deseo de hacerla sentir bien. Recuerda todo esto mientras sus caras se acercan y dejan de lado aquel clima frío para empezar a crear un poco de calor en lo que pronto va a ser algo seguro. Mientras los labios de ambos están más cerca el la visualiza, visualiza su suéter azul el cual se levanta un poco en la zona de sus senos, aquellos que son blancos como la leche con esos pezones rosados que en silencio ha añorado besar, pellizcar y morder, se queda un rato en esa figura que delata lujuria y ternura, imaginando como se verían cuando entre suaves roces retirase la prenda, luego pensaba en sus shorts negros, pensando en cómo estos dejaban al descubierto cierta parte de sus firmes nalgas cuando ella se agachaba levemente, pensaba en sus largos calcetines que cubrían sus piernas, aquellas que pronto se estrujarían entre las suyas y el colchón, esto solo alimentaba el deseo de fundir sus labios despacio y lento, deteniendo las milésimas hasta convertirlas en horas.
Ya de la forma más inevitable el encuentro sucede, ambas bocas un tanto húmedas se encuentran y no se separan, se encuentran hasta estar una en la otra, se encuentran hasta que dan luz verde a sus lenguas para que visiten a la otra y se abracen en el gran beso, suben a un labio y bajan al otro. Mordida aquí y allá, la delicadeza de cada beso sumado a los suaves gemidos capturan cualquier posible mirada oculta que deja ver cierta envidia ante tal escena, ambos cuerpos en calor fundiendo sus bocas entre desesperados intentos de sentirse y llegar más allá, trascender la realidad hasta sentir que falta el aire y buscarlo en la lengua del otro. Ambos saben que ese es un verdadero beso…

Si les gustó este relato erótico solo díganlo, en ese caso les prometo seguir la historia 😉 recuerden que trato de hacer algo con erotismo pero suave, que no sea siempre la misma historia predecible y que se conecte con ustedes. ¡Gracias!

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