Orgía con cinco chicas y un chico

Este es un relato de, así lo asegura, una vivencia real de una chica de nombre Aurora. Donde cuenta como ella y sus cuatro amigas tienen un momento de travesura con un amigo en comun.   Esta es la historia de como yo junto a mis cuatro amigas mantuvimos sexo con nuestro mejor amigo, y como el logro dominar a casi todasContinuar leyendo »

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Orgía en el cine de mi mujer por mi culpa

Orgía en el cine de mi mujer por mi culpa. Sí, por mi culpa. Si me lo permitís, os voy a contar la historia de sexo real más deleznable que me ha ocurrido en esta vida. Y que sepáis que admito que me pongáis los adjetivos que os vengan a la mente, me los merezco todos. Solo deciros que, aContinuar leyendo »

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Orgía en clase: Actividades extraescolares (1)

La orgía de un conserje… Llevaba trabajando como conserje en aquel centro de estudios para mayores casi siete años, siendo de natural solitario y silencioso. Viendo a profesores y alumnos ir y venir sin darle demasiado apego a aquel trabajo, que a fin de cuentas me había caído casi a modo de caridad, ya que para poco más parecía servir aContinuar leyendo »

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Relatos XXX de sexo anal: usada como pago

Mi pareja comenzó a jugar póker lo que para mí es quedarme sentarme frente a la TV, y servir tragos a ratos para no dormirme. Por suerte solo juega a veces. Con él nos vemos los fines de semana que viajamos a la capital a su departamento. Este fin de semana jugaron él y tres compañeros del trabajo, 45, 50 años, mineros, de pelo tieso, grandes y camionetas 4×4. Estaban bastante bien los tres, pensé cuando los vi. Ellos me dejaban la mirada en mi cola y me decían alguna broma por mi vestido que era abotonado todo adelante, pero nada más, y claro, habían pasado 20 días solos en la mina; después me senté en el sillón a ver TV y creo me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”.

Yo seguí durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido.

– He perdido mucho -me dijo-, no me queda nada, y Eusebio que está ganando todo dice que si te sientas en sus piernas me deja seguir ¿qué dices Peladita?

Jorge me dice Peladita cuando anda en algo malo. No sabía si echarle unos garabatos o hacerle cariño: ganó lo segundo…

– Si es solo sentarme, y tú estás acá… bueno, -le dije.

Ellos se dieron vuelta a mirarme cuando volví, el que se llamaba Eusebio echó la silla atrás y me dijo “acá linda”. Me senté con cuidado en sus piernas, con las rodillas juntas, y giré las piernas para ponerlas bajo la mesa. Sentí inmediatamente el bulto en mi trasero. Me rodeó con sus brazos, olió mi cuello y dejó las cartas vueltas abajo. Jorge pidió cartas. Yo no entiendo mucho el juego, pero sabía que estaba siendo usada como pago por la deuda de Jorge, por lo que seguí sentada allí y no tardó en poner la mano sobre mi pierna bajo la mesa y comenzó lentamente a subirla.

Yo estaba incómoda sintiéndome usada, y Jorge se daba cuenta, pero no decía nada. No sabía si los demás se daban cuenta de que me metía mano. Me iba a parar, pero la cara de Jorge era de “quédate ahí”, aunque igual me levanté y me fui a encerrar al dormitorio. Estaba entre la indignación y la excitación, una mezcla de enojo, rabia y deseo (si la que me lee es mujer va a entender). A los pocos minutos Jorge abrió la puerta.

– Peladita -me dijo-, te toca irte a sentar allá. Y por cómo lo dijo era una orden.

– Pero, ¿y los demás? -le pregunté.

– Los demás no importan. Ya se van. Tú sabes, acá nadie nos conoce… y tú sabes cómo son las cosas.

Cuando decía: “tú sabes cómo son las cosas” debía de obedecer, obedecer o mandarme a cambiar, irme, desaparecer de su vida.

– Bueno, -le dije muy despacio-, pero tú estás ahí, ¿sí?

– Sí, por supuesto Peladita, ya nunca te dejo sola, anda tranquila.

Me alisé el pelo, el vestido y volví humilde y callada al living al lugar donde estaba sobre Eusebio. Y siguieron jugando mientras él me metía la mano por mi vestido hacia arriba. Yo tenía mis dos manos con las puntas de los dedos afirmadas en el borde de la mesa, los demás atentos a las cartas me repasaban de reojo y veían cómo me agitaba. Ya era obvio lo que hacía y los tres estaban pendientes a cómo reaccionaría yo.

En un momento Eusebio me dijo al oído: “anda al baño y te sacas toda la porquería de ropa que tienes debajo y te vienes a sentar acá de nuevo”. Realmente no esperaba ni ese tono para hablarme ni que se refiriera así a mi ropa, pero obedecí, en esas circunstancias estoy aprendiendo a ser sumisa, pierdo la voluntad y obedezco consciente de que me hago daño… pero igual obedezco. “Es mi naturaleza”, como le dice el escorpión a la rana. En el baño me arreglé el pelo, me sequé la entrepierna, me quité el brasier y el colales que tenía, me estiré el vestido y regresé despacio. Él se puso de lado y yo me subí a sus piernas con las rodillas bien juntas sin decir nada y quedé atrapada nuevamente entre su cuerpo y la mesa, al lado de Jorge, frente a Luis y a mi otro lado el Chico Nano, otro compañero de trabajo.

De ser usada, a ser follada

Repartieron cartas y con la mano derecha medio las levantaba y con la otra desabrochaba mi vestido hasta mi entrepierna, luego palpaba mis labios, haciendo que me estremeciera. Los demás al poco rato se dieron cuenta, no podía evitar apretar mis manos cuando pasaba un dedo un poco más adentro de mí, e imploraba “húndeme tierra”. Ellos me miraban socarrones, satisfechos de verme allí incómoda, de sentir mi respiración que se alteraba, del pelo que se me caía sobre la frente y de cómo me iba hacia adelante de la mesa tratando de doblarme sobre mi cuando uno de sus dedos ingresaba en mi rajita. En un instante intenté bajar mi mano para detener la de él pero me ordenó al oído, seco, duro: “deja las manos sobre la mesa, ni pienses en sacarlas de allí”. Pero en ese momento me dio un respiro.

Pensaba miles de cosas en esos segundos: si me mojo mucho le voy a mojar los pantalones, no puede ser que me deje hacer esto, si aún tendré perfume, ¿cómo llegué acá Dios mío, estaré muy despeinada? Mientras, Eusebio les dijo a los tres con que jugaba:

– A ver… si pierdo abro dos botones de acá, y mostró la pechera de mi vestido.

– ¿Y si ganas?

– Gano monedas, -dijo.

– Veamos, “pago por ver”, -dijo Luis frente a mí, y se rieron.

Ganó esa vez, pero perdió la próxima y abrió dos botones, dejando mi pecho al descubierto. Sin embargo, mis pezones permanecieron tapados por el borde del vestido. Su mano regresó a mi entrepierna, a mis labios ya mojadísimos y sus dedos comenzaban a penetrarme levemente, yo estaba retraída, avergonzada, pero me manejaban los dedos de ese hombre haciendo removerme en el asiento y sentir su sexo más y más duro bajo mis piernas. El pelo se me vino a los ojos y levanté una mano para subírmelo, pero me susurró al oído: “te dije que dejaras esa mano sobre la mesa, no la saques de allí. ¿O no entiendes?”.

Jorge me miraba interesado y sonriente. Los demás me miraban atentos ahora a cada detalle, habían dejado de jugar y estaban pendientes de mí, sabían que estaba en las últimas. Yo volvía a echarme hacia adelante y ahora exhibiendo mis pequeños pechos sobre la mesa, pero no era momento para remilgos. “Que va, me dije, somos todos adultos y no es la primera vez que van a ver un par de tetas pequeñas”, pero al irme hacia adelante le permitía clavarme mejor los dedos y jadeando volvía atrás. Luis y el Chico se echaban adelante casi tocando sus rostros con el mío, mirándome curiosos, con la maldad en sus ojos. Yo jadeaba apretando y estirando los dedos de mi mano sobre la mesa, sentía el aliento a ron de sus bocas al lado de mi mejilla y comenzaba a jadear.

En un momento sentí que Eusebio me empujaba hacia abajo dejándome a mí de pie con las manos sobre la mesa y sin atreverme a volver la cara, solo miraba la superficie de la mesa esperando expectante asesando, presintiendo a los otros a mi lado y tratando de recuperar mi respiración normal.  Pero se volvió a sentar, corrió la silla hasta dejarla junto a la mesa, lo que hizo que tuviera que volverme a sentar sobre él, pero me levantó la falda y sentí su sexo duro y caliente entre mis nalgas.

– Ábrete, -me ordenó-, que te vas a sentar sobre él y quedarte quietita.

Yo obedecí. Separé mis nalgas con ambas manos y me relajé para dejarme penetrar, cuando sentí su cabeza en el anillo de mi ano me dejé caer lentamente, por suerte lo tenía húmedo y eso facilitó que resbalara algo hacia mi interior. Volví a poner las manos sobre la mesa y sentí cómo me levantaba, me abría fuerte y cuando me traspasaba su verga dura hasta mis riñones no pude evitar un grito de dolor, apreté con mis manos el mantel tirándolo y algo cayó. “Dale tío”, gritó, quizás, Luis. Ya estaba empalada, luego dejó de doler, solo un poco de ardor y sentía palpitar su cabeza dentro, muy dentro de mí. Yo me estaba quietita pensando que cualquier movimiento me haría gritar de nuevo. Entonces, sus dedos volvieron por mi vagina, buscando mi clítoris, que estaba duro de inflamado. Yo no quería ver nada, solo sentía el olor del alcohol, un perfume de hombre muy dulce, y cómo me metía dedos y me humedecía que era una vergüenza, quería morir allí, pero quería también que siguiera y era tan fuerte el deseo que me eché adelante y comencé ya entregada a jadear lentamente, las manos agarradas al mantel. Era inevitable que se dieran cuenta de cómo estaba de caliente, pensé, estaban muy cerca. Me tenía abierta por atrás, apenas moviéndose, pero sentía que me partía en dos y sus dedos me entraban y salían llenos de sabia mía, rodeaban mi botón, lo pellizcaban y comenzaba ese nudo en el bajo vientre que me hacia gemir. Me estiré enderezándome y volví a echarme adelante en la mesa permitiendo que me clavara aún más profundamente, los brazos estirados hacia Luis que estaba frente a mí y las manos como garras doblando el mantel, ahora sí que estaba jadeando a más no poder, volví a estirarme para evitar sus dedos dentro y al agacharme nuevamente me terminó de empalar y yo grité de dolor y placer, me iba cuando sacó los dedos de mi vagina muy muy mojados y me dijo “chupa puta” y yo sumisa lo hice, los otros se rieron. Dejé de hacerlo y volvió a repetirlo: “chupa”, miré su mano, sus dedos juntos y volví a chuparlos y sentí mi sabor dulzón de mujer caliente.

– ¿Quién quiere ver el orgasmo de esta Peladita? -preguntó.

– ¡Vamos tío, reviéntala! ¡Que está lista…!

– No señores, es mía por esta noche la Peladita, así que si quieren verla terminar, lo jugamos a la carta mayor. Entonces me sacó de encima de él, me dejó atónita, pasmada. Y me ordenó sentarme en el suelo en una esquina, “y cuidadito con dedearte”. Yo estaba como ida, obedecí sin decir palabra y me senté en suelo con la espalda a la pared. El suelo estaba frío, mi cuerpo jadeaba aún, por mi pierna corrían mis fluidos hasta mojar el vestido.

Ganó otro y me llamó, yo me enderecé con dificultad y cuando estaba a su lado me dijo, anda a traer crema. Yo me volví y le traje una de manos que tenía. Me puso delante de él frente a la mesa me levantó el vestido y puso sus dedos en mi ano untados en la crema.

– Espero que sea sin alcohol -me dijo.

-No es sin alcohol -le respondí tímidamente, mientras sentía cómo me entraba esa suavidad.

Él tenía ya los pantalones bajados, por lo que me sentó encima abriéndome con sus dos manos. Yo relajé mi ano y esperé abierta a ser usada clavándome su verga dura y estirada. Esta vez resbaló sin dolerme, diría que hasta mi cintura, se acercó más a la mesa dejándome aprisionada allí entre su pecho y el borde de ella, el vestido arrugado en la cintura y abierto delante me dejaba desnuda junto a Jorge y al tal Chico y frente a Luis que me miraba vivaracho. “Ahora te vas a correr perrita, delante de mí”, me dijo riéndose.

El maldito ahora puso crema en sus dedos, que pasó por mi clítoris y mi vagina, una crema helada, fresca y que resbalaba como espuma y me devolvía a la calentura anterior sin preámbulos. Mi resistencia a ser usada duró segundos, sus dedos helados pellizcaban mi vulva inflada como globo, me penetraba los dedos y los sacaba deseando que los volviera a clavar, lo hizo tres, cinco, diez veces mientras yo me doblaba hacia adelante de la mesa… ya no jadeando, roncaba, emitía un ruido como gutural de mi garganta y sabia que de un momento a otro me iba a correr delante de todos. Allí sobre la mesa, a centímetros de las caras de esos dos que me daban vuelta, con el pelo revuelto mojado de transpiración mientras sentía una gota caerme por el cuello, mi respiración se volvió entrecortada, el corazón se me apuró, me bajaba algo del estómago hacia mis piernas cuando se detuvo. Yo tenía los brazos estirados sobre la mesa y quede palpitando, vibrando, tensa como cuerda de violín.

– ¿Quieres que siga, Peladita? -me preguntó.

Yo no podía decir palabra por lo sorprendente de su pregunta, y no me podía imaginar cómo estaba allí entregada como un corderito y usada como un juguete.

– Peladita, ¿quieres que siga, o que te mande a sentar a la esquina de nuevo?

– Sigue, le contesté.

– No te escucho.

– Sigue por favor, -le dije apocada, humilde. Y ahora, acá escribiéndolo, debo decir, debo de reconocer, o de reconocerme a mí misma que eso me excitaba más, que me tuvieran así, allí, me hacía sentirme mujer, femenina, una hembra que les daba lo que ninguna otra les daba, el placer de sentirse machos, poderosos. Que ninguna por mina que fuese, por muy mujer que se creyera, llegaba allí donde yo estaba. Siendo usada por un macho y con esos cuatro hombres mirándome, pendientes de cada detalle mío. Y quizás por eso le rogué, le supliqué, le imploré que me hiciera terminar.

Entonces volvió al juego del mete y saca y en segundos sentía que volvía ese fuego dentro de mi estomago, sola le acomodaba mi ano, le movía mis caderas y jadeaba como una perra, como a cuadras de distancia escuchaba que uno de ellos decía “está roja esta mina”, “se le abren las narices”. Luis, que estaba delante de mí al otro lado de la mesa, me tomó de las manos y yo apreté las suyas como garras, tiritando. Estaba corriéndome cuando alguien me pellizcó el pezón hasta casi rompérmelo, pero fue terriblemente excitante mientras convulsionaba uno, dos minutos. Boqueaba y tenía espasmos como pescado recién sacado del agua, según me dijeron después. Cuando sentía que terminaba, que se me salía todo por mi entrepierna, que me abandonaba parte de mi cuerpo, me dejé caer sobre la mesa exhausta. Fue el orgasmo más grande que he tenido, incluso más que uno en que me masturbaran en una casa en la playa.

Pasaron varios minutos en que se volvieron a sentar y yo me enderecé y eché la cabeza atrás dejándola descansar en el cuello de Eusebio y me topé con su cara. Si me hubiera besado lo hubiera aceptado. Aunque Jorge estuviera a mi lado, total, él me puso en esta situación. Pero no lo hizo, me dijo “vamos al baño para que me limpies” y con dificultad me levanté separándome de su sexo y lo seguí cabizbaja al baño mientras mi vestido caía al suelo y los demás me miraban desnuda riéndose sentados a la mesa.

En el baño le lavé ese fierro que aún estaba duro con el agua fría corriendo y bastante jabón y se le puso más duro, luego lo sequé y me dijo que me sentara en la taza del baño, me lo metió en la boca y se masturbó en mis labios, yo también permanecía aún excitada y me tocaba, hasta que iba a terminar y me separó y escupió todo su semen en la cara, en el pelo, era mucho, mucho, que me chorreó por el cuello por el hombro por la frente. Se guardó la polla aún sucia y me tomó del brazo a la altura del hombro y así, casi colgando de su mano, (él mide más de 1.80 y yo me empino a 1,50, y pesa seguro el doble de mis 47 kilos) así, casi en el aire me sacó afuera, donde estaban los otros sentados todavía en la mesa de póker. Yo hice el ademán de limpiarme, pero me lo impidió.

Usada para dar placer a todos…

– Ya está bautizada, -les dijo, casi colgada por mi brazo mostrándome a los tres, y me sentó en el sillón.

– Si alguien quiere darse el gusto con la Peladita, ahí está.

– ¿Para todo uso?

– Ya viste… para todo uso

Luis se puso de pie, se abrió la bragueta y se sacó su sexo, que estaba parado como un palo y se sentó a mi lado, luego me montó encima de cara a él y me dijo “mastúrbate“. Yo comencé a acariciarme frente a él hasta que sentí que terminaba dentro de mí inundándome de semen.

– Sale con cuidado que me ensucias los pantalones -me dijo, y me sacó en el aire casi hacia atrás, dejándome de pié desnuda frente a esos cuatro hombres vestidos y hasta con zapatos. El que le dicen el Chico Nano se paró y con una mano en mi espalda me empujó hacia el baño, allí me hizo lavarme la entrepierna y en el mismo baño me puso frente a la pared y comenzó desde atrás a darme duro, yo afirmada con una mano contra la pared, con la otra me logré tocar y terminar una vez más poco antes de que él me llenara nuevamente de semen. Terminó y me dejó allí. Yo recuperé mi vestido, me lo puse y volví a sentarme en la esquina del sillón con los ojos que se me cerraban de cansancio.

Creo que me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”. Lo seguí casi durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido, “he perdido mucho” me dijo. Entonces, ahora sí bien despierta, le contesté:

– Sí, y ya sé lo que quiere Eusebio…

– Y, Peladita, ¿me vas a ayudar?

 

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El día que descubrí que soy una puta

Eran las 11 de la noche y la excitación corría por todo mí ser mientras mi maestro de pintura me chupaba la vagina desenfrenadamente. Apenas tenía 17, pero ya conocía el sexo, no en su esplendor, sino algo básico con uno o dos noviecillos que había tenido.

 Con este hombre era diferente, desde el primer momento me di cuenta de que soy una puta muy caliente. Con tan solo mirarme hacía que me mojara y bailara mi boca de imaginarme con su pene en ella. Él me despertaba sensaciones que apenas identificaba, pero me encantaba hasta que caí y empezamos a tener el sexo más delicioso de mi vida hasta ese momento. Ese día en concreto me citó más temprano, me dio vino tinto y me esposó a una camilla multiposicional.

Me dijo que me tenía una sorpresa y yo rendida ante lo grave de su voz solo asentía cual sumisa ante su amo y empezó la tan magnifica sesión de sexo oral a las cuales ya me tenía acostumbrada. De repente, giró mi cuerpo aún esposada y me metió su gran pene de 22 centímetros en mi pobre vagina de la manera más fuerte que jamás había sentido. Yo escurría como un río, y gritaba de placer cada vez que empujaba su gran pene con tal fuerza en mi estrecha vagina. Cada penetración era más fuerte que la anterior, siendo yo una multiorgásmica descubierta por él, me rendía ante la magnitud de tan deliciosa forma de cogerme, y me venía una y otra vez hasta no soportarlo más.

Él, sin clemencia, seguía perforándome con tan exquisito pene. De pronto, entran dos hombres a la habitación y me dice que ese es mi regalo. Yo al principio me asusté, pero siendo consciente de que soy una puta, poco después solo tenía la inmensa curiosidad de saber qué se siente al ser bien cogida por todos los agujeros a la vez, y lo deseaba. Se dedicó a preparar mi estrecho culo, el cual solo él había penetrado, y me la metió toda mientras yo gritaba de placer.

Me la metía fuerte y rápido, y me decía:

-Toma perra, siente mi verga en tu culo niñita deliciosa. ¿Quieres más, puta, quieres más!

– ¡Sí señor, por favor dame más! -decía yo-.

Soy una puta y ellos lo disfrutan

Uno de los hombres que miraba mientras mi profesor me reventaba el culo se acercó y empezó a lamer mis pezones y por ende a chupar mis tetas; el otro, que se masturbada, se acercó e introdujo su pene en mi boca, haciéndomelo tragar todo, cosa que me encanta porque soy una puta, y me excitaba aún más. Solo quería más y más. Llegados es este punto, todos pararon, pues  era el momento de cogerme los tres al mismo tiempo: mi profesor se quedó con mi culo, se metió debajo de mi y metió su verga hasta que no quedó ni medio milímetro por fuera; uno de los hombres se puso encima y penetró mi vagina, gracias a lo cual sentí lo mas delicioso del mundo.

Así, empezaron a meter y sacar sus vergas por mis todavía solo dos agujeros ocupados, alegrándome de lo puta que soy, porque de otro modo no habría disfrutado tanto. Solo recuerdo esa sanción de deleite y mis gritos de ¡oh, por DIOS, qué delicia! ¡Quiero más duro! Y ellos me daban más duro. El que quedaba se acercó para meter su pene en mi boca. Todos mis agujeros estaban ya copados con vergas que entraban y salían duro y sin compasión. Recuerdo que el culo me ardía, pero como soy una puta insaciable yo quería más. Me encantaba ese dolor, cambiaron de sitio y siguieron metiéndome sus vergas aún con más fuerza hasta golpear mi útero yo me sentía en el cielo. El primero se vino en mi boca, el segundo en mi culo y el profesor fue el primer hombre que se vino dentro de mi vagina, mirándome fijamente a los ojos mientras se venía. Yo le suplicaba que me llenara de su leche hasta desbordarme con su semen delicioso… eso duró dos horas, de las más maravillosas de mi vida.

Después de eso descansaron rato. Yo todavía estaba esposada a aquella camilla multiposicional. Cuando abrí los ojos, uno de ellos estaba sobre mí, metiendo su pene en mi vagina y me folló brutalmente durante unos 20 minutos, tras lo cual echó su semen en mis senos. Luego estaba el otro, que también cogió mi vagina y metió su rico pene en ella y me  folló salvajemente. Se corrió en mi abdomen tras unos 15 minutos de cogida intensa. Mi profesor volvió a coger mi culo y empezó a darme duro con su gran pene como unos 20 minutos sin descanso, sin ir más lento, solo era más fuerte y más fuerte hasta que por fin se corrió dentro de mi culo…  después de eso me siguieron cogiendo hasta el amanecer, de a dos y otra vez los tres,  y de uno en uno, pero siempre en un agujero diferente. Yo, como soy una puta, no me cansaba, quería más y más todo el rato. Fue una de las mejores noches de mi vida… me llevaron a casa, mamá aun dormía. No me esperaba, pues creía que estaba con Alicia, mi mejor amiga, quien sabía mi amorío con el profesor y me cubrió para que yo tuviera sexo sin medida, porque soy una puta insaciable desde aquella vez…

Después de ese día supe que amo los pones y que no quiero uno solo, los quiero todos, uno la vez o todos a la vez pero el día que muera quiero estar cogiendo…

 

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Relatos XXX: Evolución de mi Señora PRIMERA PARTE

Tengo muchos años de estar con mi mujer. De hecho, comenzamos desde que ella era bastante joven, siendo yo mayor que ella.
Yo no sabía que cuando todavía no era mi novia, salía con sus vecinos a la calle y en algún momento, debido a sus edades, dejaron de llegar a sus casas a la hora que sus padres querían, tardando más de lo habitual debido a la exploración de nuevos límites en su sexualidad.

Ahí, los juegos dejaron de ser simples besitos para pasar a ser algo más en los que ella era la protagonista. Primero se turnaban. Se iba uno de ellos con ella a un rincón de un desvencijado y abandonado edificio y al principio tan solo se besaban torpemente. Primero uno, y luego otro. Y así, todas las tardes, en un momento dado, dejaban sus juegos infantiles para ir a besarse con ella, complaciente para todos.

En algún momento, alguno de ellos la comenzó a tocar en sus infantiles pechos que apenas comenzaban a brotar. Aunque ella se resistía al principio, su resistencia no era muy efectiva ni era muy convencida, así que uno de ellos tuvo acceso a sus pechos.

Sin que ella lo supiese, ese chico lo comentó a los demás, y pronto todos buscaban tener acceso a sus pechos. Al igual que con el primero, ella se resistía un poco pero sin mucha convicción. En poco tiempo, tocar, manosear y besar sus pechitos ya era parte de la rutina y ella ni se oponía ya.

Después, uno de ellos, que pudo haber sido el primero en tocar sus pechos o quizá pudo haber sido otro, comenzó a tocarle el sexo. Aquí, la resistencia inicial fue más enérgica que cuando tocaban sus pechos las primeras veces, pero terminó siendo ineficaz. Al poco tiempo, todos la tocaban toda. Como esos juegos escondidos se comenzaron a dilatar un poco más, casi todos comenzaron a tener problemas en sus casas.

Los castigos que resultaron para muchos, y afortunadamente no para todos, no la incluyeron a ella porque en su casa no notaron nada inusual, provocaron que ella, por las noches, sintiera urgencias que no sabía resolver, pero que resultaban en tremendas humedades en su intimidad y que accidentalmente descubriera algún alivio al tocarse…

Más que una jovencita, la protagonista de relatos XXX

Sin embargo, en poco tiempo aquellos juegos se reanudaron en aquel oculto rincón. Pero algo había cambiado. El hecho que ya todos tenían acceso a su vulva, sumado al hecho que todos debían apurarse para que no notaran sus ausencias, produjo que en algún momento, los demás se asomaran a invadir la privacidad que tenía cada uno para besarse con ella y con tocarla a discreción.

Así que por necesidad primero, empezaron a asomarse y a ver cómo el chico de turno la manoseaba y cómo ella se dejaba.

¿Consecuencia? Empezaron, primero dos o tres, a manosearla, todos al mismo tiempo, y ella respondió al estímulo de un ataque grupal de manera favorable al deseo que todos sentían.

Así que, todas las tardes, ella podía ser encontrada en las ruinas de un edificio cercanas a su casa, desnuda, con varios chicos de su edad semidesnudos y otros masturbándose en público, mientras todos la tocaban.

La inexperiencia y torpeza de todos ellos protegió de momento su virginidad, porque aunque hubo uno o dos que intentaron montarla, los nervios de todos impidió que se concretara la penetración que fallidamente intentaron.

De más está decir que semejantes cambios en aquellos juegos provocaron tremendos cambios en las urgencias y necesidades que sentía ella durante la oscura soledad del momento de dormir, todo un mundo con el que escribir miles de relatos XXX.

¿Cómo la llevaron esos juegos a ella hacia mi cama? Podrán saberlo si leen esta primera parte de esta serie de relatos XXX. ¡Espero vuestros comentarios!

 

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Compartida en una fiesta

  Hola a todos/as.

Soy una mujer de 39 años en la actualidad, felizmente casada desde hace 14  y con dos hijos preciosos. Podéis llamarme Gloria, aunque evidentemente ese no es mi nombre verdadero.

Lo que voy a contar es la historia de la experiencia más salvaje y más brutal que me haya sucedido nunca. Todo es absolutamente verídico aunque supongo que algunos/as no me creeréis. Me da igual, porque yo sé que todo es cierto y que, lamentablemente, hay bastantes personas que lo conocen.

Todo sucedió cuando tenía 21 años y estudiaba en la Universidad de mi localidad, una bonita pero no muy grande ciudad.  Por aquel entonces yo ya me había acostado con varios chicos desde que a los 17 años perdiera la virginidad con mi primer novio, un chico del instituto. Debo dejar claro que yo no era ninguna ninfómana pero sí una chica muy liberada,  liberal y feminista;  una chica a la que le gustaba sentirse dueña de su cuerpo y que se rebelaba contra el hecho comúnmente aceptado -y  que por desgracia sigue siendo así para mucha gente-  de que la mujer que dispone libremente de su sexualidad es una “zorra” mientras que el hombre que hace lo propio con la suya es un “machote”.

Aquel curso, unos compañeros de Facultad  -Juan, Luis y Ramiro-  decidieron hacer una fiesta en el piso que compartían  para celebrar la llegada de las vacaciones de Navidad.  Yo ya había estado allí, ciertamente, pues Ramiro era un chico con el que ya me había acostado un par de veces después de alguna de esas locas noches de juega propias de la juventud. Era un chico razonablemente guapo, agradable, aunque un poco pijo y engreído.   Pero no estaba nada mal como compañero ocasional de cama.

El caso es que decidí presentarme en su fiesta con mis amigas Elvira y Ana. Cuando llegamos yo ya iba bastante “puesta” de alcohol luego de haber estado  tomando con ellas varias mistelas.. Estábamos de celebración e íbamos bastante desatadas, al menos yo.

Cuando llegamos al piso habría allí alrededor de 20 personas, más o menos mitad y mitad  de chicos y chicas aunque no recuerdo haberlos contado. El ambiente ya se notaba bastante caldeado, la gente bailaba, fumaba cigarrillos -algunos algo más “fuerte”-  y en la mesa del salón había una enorme ponchera con algún tipo de cóctel de color rojizo y bastante espeso.  Ramiro comenzó a centrar su atención casi exclusivamente en mí y empezó a llenar mi copa cada poco con aquel brebaje dulzón y sumamente fuerte. Yo no era tonta, sabía de sobra lo que pretendía, pero no me importaba en absoluto.  Yo también estaba lanzada e iba dispuesta a tener un nuevo revolcón con él.

Entre cóctel y cóctel Ramiro me pasaba alguno de los porros que corrían de mano en mano hasta que llegó el momento que yo sabía que tenía que llegar: empezó a manosearme y a besarme, primero con una cierta delicadeza, hasta que vio que yo no sólo no oponía resistencia sino que me entregaba a él y participaba activamente mientras me dejaba hacer. En un momento dado, como quien no quiere la cosa, me fue empujando hacia su habitación, la misma que yo conocía bien de mis “visitas” anteriores. Entonces, ya sin asomo de delicadeza, empezó a quitarme toda la ropa hasta dejarme completamente desnuda. Así estaba yo,  tumbada en la cama preparada y dispuesta para recibirlo, cuando me percato de que Juan y Luis…también estaban allí. Mirando con una expresión de lujuria imposible de disimular

En un primer momento no me lo podía creer, y traté de taparme como pude con las manos mientras me incorporaba y exclamaba algo así como “pero…¡qué coño!…”

Entoces Ramiro se sentó junto a mí y mientras me sujetaba por lo hombros me dijo:

-Mira, Gloria, déjame que te lo explique…Sé que eres una chica abierta y sin complejos, a la que le gusta follar, no me digas que no porque nos conocemos. Y eso está bien, que todos disfrutemos de nuestros cuerpos con libertad.; para eso somos jóvenes y debemos aprovechar mientras podamos hacerlo.  El caso es que Juan y Luis siempre te han deseado y se me ocurrió que tal vez no te importaría darles una oportunidad. La verdad es que a los tres nos pone mucho la idea de compartir una chica, lo hemos hablado varias veces, y es algo que no hicimos nunca. Y seguro que tú tampoco has estado nunca con más de uno.  Seguro que te apetece probar por una vez…. no me digas que no ahora.

  Yo estaba atónita. Lo que estaba escuchando, lo que me decía Ramiro ante la mirada ávida de los otros dos era algo que nunca podía haber esperado que sucediera en realidad. Y entonces, sin saber cómo, empecé a humedecerme y a sentirme excitada como jamás lo había estado. Llevada por esa increíble excitación que sentía, además de por el alcohol que había ingerido en cantidad y los porros que había fumado, me escuché decir:

– ¡Sí, sí, qué diablos! ¿Por qué no? ¡Folladme los tres, cabrones! ¡Uno detrás de otro!

Se lanzaron sobre mí como lobos hambrientos, se desnudaban sobre la marcha mientras no dejaban de manosearme las tetas y competían entre sí por masajearme el sexo ya húmedo e introducir sus dedos frenéticos en él. Después todo se iría haciendo confuso,  no podría recordar quién ni en qué orden, ni cuantas veces me hizo esto o lo otro, pero recuerdo perfectamente que el primero que estuvo listo fue Luis quien, adelantándose a los otros, se me tiró encima y me penetró sin preámbulos. Empezó a sacudirme con fuerza, sin la menor delicadeza, mientras murmuraba entre jadeos:

– Una diosa, eso es lo que eres, una diosa del sexo…¡Oh, dios!

Eso me excitó aún más si cabe y me dio por pensar que, en efecto, eso era yo ahora: una diosa del sexo que oficiaba en el altar de la Lujuria ante sus devotos. Yo los tenía a los tres en mi poder, a mi disposición, sometidos a mi voluntad.  Aquellos falos erectos, el que me penetraba y los que disputaban por captar mi atención para que me los metiera en la boca, estaban así por mí, porque era yo la que despertaba en ellos aquel descomunal deseo. ¡Cómo me sentí de poderosa  en aquellos momentos!

De pronto Luis, sin parar de follarme, dijo:

-Hostia, no me he puesto condón con las prisas

-No importa -dijo Ramiro-  Gloria está acostumbrada a follar y toma la píldora. Es una chica prevenida, limpia y sana. Podemos corrernos en ella con toda confianza.

-¿De verdad que no te importa, Gloria? -dijo Luis entre jadeos- ¿Puedo correrme dentro?

– ¡Sí, Sí, Sí, correros todos dentro de mí! -dije yo sin reconocerme a mí misma y mientras me sacaba de la boca la polla de uno de los otros-  ¡Llenadme bien!

– Joder, no me lo puedo creer -dijo Juan mientras volvía a llenarme la boca- ¿Y en tu boca…también podemos? ¿También tragas?

– ¡Sí, Sí! -seguía diciendo yo completamente enloquecida-  Haced conmigo lo que os plazca salvo por el culo, que es algo que no soporto, me duele…

– Se me había olvidado deciros eso -dijo Ramiro sonriendo- pero tampoco es una contrariedad teniendo a nuestra disposición los otros dos agujeros, ¿verdad chicos?

Y debo decir que en eso se comportaron y respetaron mi virginidad trasera.

Después de que  Luis se hubo corrido con un rugido  en mi interior, me pusieron a cuatro patas en la cama. Juan fue el siguiente en entrar como una fiera  en mi sexo por detrás mientras Luis me ofrecía su polla pringosa para que yo se la chupara y la limpiara de sus jugos y los míos.  Y así, cuando estaba en esa posición “atendiendo” a Juan y a Luis, miré hacia la puerta y por un momento me volví a quedar helada:

La puerta estaba abierta de par en par y allí, mudos de asombro, se agolpaban varios de los demás asistentes a la fiesta dándose codazos unos a otros, empujándose para hacerse sitio,  elevando sus cabezas por encima de los demás para ver mejor.  Vi a Ana y a Elvira con los ojos completamente abiertos de incredulidad y ¿espanto? mientras al menos una de ellas se tapaba la boca con la mano.
– ¡No puede ser!  ¿Pero qué es esto?
– Por dios, ¡Se la están follando entre todos!
– Gloria, ¿qué haces?, ¡Qué vergüenza!, ¿Te has vuelto loca?
Y los tíos se reían y miraban alucinados mientras se decían entre sí:

– ¡Qué pasada, tío! ¡Le están dando por detrás mientras se la chupa a otro, joder!
– Menuda guarra la tía, si no lo veo no lo creo, jo, jo jo…¡es como una peli porno pero en vivo!

Al verlos allí, turnándose para ver mejor, escuchándolos decir esas cosas, sentí que  me invadía una sensación de profunda vergüenza. Pero instantáneamente me di cuenta de que hiciera lo que hiciera el mal ya estaba hecho, el espectáculo ya había sido visto. ¡Y yo me lo estaba pasando tan bien! ¡Me sentía tan excitada y “perversa” allí expuesta, completamente desnuda, siendo follada por un tío a la vista de todos mientras le chupaba el miembro a otro! Era la sensación más increíblemente  morbosa que había experimentado jamás y no quería parar. No podía parar. Todo me daba igual en ese momento.

 Fue entonces cuando Ramiro dijo que si había algún voluntario más que quisiera unirse a la “fiesta” era libre de hacerlo, que no se cortara.  En cuanto lo dijo vi que algunos chicos que yo no conocía se apresuraron a entrar en la habitación, aunque no supe el número exacto hasta después. Supongo que si no entraron más fue porque estaban con sus novias, o temían que estas  se enterasen o simplemente les daba vergüenza “faenar” delante de los demás. O porque no estaban lo suficientemente borrachos. Al día siguiente daría gracias de que hubiera sido así y no hubiera habido más “voluntarios”.

De los tres últimos que entraron sólo recuerdo con claridad a uno tremendamente grande, gordo y seboso, con unas greñas sudadas y  barba de tres días, un tipo al que en condiciones normales nunca hubiera dejado que me pusiera la mano encima.  No puedo olvidar cómo cuando me obligaba a mamársela sujetando mi cabeza contra su polla, entre que trataba de metérmela lo más adentro posible de la boca y que mi nariz se hundía en su flácido y abultado vientre, yo casi me ahogaba y tenía que hacer esfuerzos para respirar. En realidad aquel bruto me follaba la cara más que chuparle la polla yo a él.  Y así fue como me abandoné definitivamente a la lujuria desatada que me poseía y durante no sé cuánto tiempo dejé que los seis se turnaran en mí a su antojo, me tomaran como quisieran, me poseyeran de todas las formas que se les ocurrió y se corrieran en mi boca y mi sexo todas las veces que pudieron.  Ahora a puerta cerrada, gracias a Dios.

Cerca de las ocho de la mañana sentí que alguien me despertaba. Delante de mí estaba Ramiro en calzoncillos, ofreciéndome una toalla.  Me dijo que no quería despertarme y que no le importaba si quería quedarme más tiempo, pero que tal vez debería llamar a casa para que no se preocuparan.  En medio de la resaca y el malestar que tenía recordé con alarma de que efectivamente no había avisado a mis padres de que iba a tardar tanto, así que  sin coger siquiera  la toalla que me ofrecía, completamente desnuda como estaba, corrí al teléfono y le dije a mi preocupada madre que la fiesta se había alargado y me había quedado a dormir en casa de una mis amigas, que pronto regresaría.

Me di cuenta  de que me costaba hablar,  de que tenía la voz pastosa  y  un mal sabor de boca imposible de describir. Aún así lo primero que le pregunté a Ramiro  en cuanto colgué el teléfono fue.  “¿Cuántos?“.

– ¿No te acuerdas? -dijo como avergonzado-  verás, fuimos seis en total. Pero todos con tu pleno consentimiento, ¿eh?, nadie participó ni hizo nada que tú no quisieras hacer…hay…hay testigos. Y tú sabes que lo disfrutaste tanto como nosotros.

El cabrón se estaba curando en salud  por si a mí se me ocurría alegar que me forzaron o algo así. Pero yo sabía de sobra que él decía la verdad. Nadie me había obligado a comportarme como lo había hecho. Si me comporté como una auténtica zorra,  pues así me sentía, fue porque quise hacerlo. Para mi vergüenza.

No me hacía falta ver el estado en el que había quedado la cama, toda revuelta y llena de manchas secas perfectamente reconocibles, para tomar conciencia de lo que había sucedido. Me bastaba con ver el estado en que me hallaba yo misma:  Ahora me daba cuenta de que notaba mi sexo tremendamente irritado, pringoso y pegajoso; que tenía las ingles doloridas y que me costaba andar si no llevaba las piernas un poco separadas. También notaba la mandíbula entumecida de haber tenido la boca abierta y ocupada tanto tiempo.
Cuando me miré al espejo en el baño vi mis muslos, mi vientre, mi vello púbico, mi pecho, mi cuello y mi cara llenos de restos secos de semen.  Incluso en mi cabello había cuajarones apelmazados de la leche de aquellos seis que me habían poseído.  Me duché, restregándome todo lo que pude, y regresé a la habitación para vestirme y marcharme de allí lo antes posible. No encontré mis bragas por ningún sitio pero no me molesté en preguntarle por ellas a Ramiro:  supe de inmediato que alguno de ellos se las había quedado de recuerdo, como un trofeo. Y me sentí todavía peor. Así que me vestí sin ellas y,  sin despedirme de Ramiro ni de los otros dos que dormían exhaustos, me marché a toda prisa.

  Cuando llegué a casa, tras explicar otra vez a mis padres el retraso como pude, me encerré de nuevo en el baño y me sumergí en la bañera durante mucho tiempo. Allí a solas, por fin, pude pensar en lo que había hecho en un momento de locura, excitación, alcohol y porros.  Entonces lloré sintiéndome infinitamente avergonzada, humillada, mancillada, emputecida. Me sentía absolutamente usada y sucia por más que me enjabonara una y otra vez, por más que pasara la esponja por mi cuerpo dolorido y utilizado.  Me había comportado como la más desatada de las putas y como tal había sido tratada.

  Pero probablemente lo que me hacía sentir peor era tener que admitir que yo había disfrutado como una loca con aquello, que había gozado como nunca antes lo había hecho. No podía engañarme a mí misma. Yo pude pararlo y sin embargo les di carta blanca. Incluso los alenté a hacerme todo aquello.

  Me acordé entonces de mis amigas, de mis compañeros, del resto de los que habían mirado desde la puerta…y a la  tremenda vergüenza se añadió ahora la certidumbre de lo que estaba por venir. Y lloré más, con amargura.

  Porque lógicamente, después de las vacaciones navideñas, la noticia corrió como la pólvora por toda la Facultad.  Yo era consciente de  que la gente cuchicheaba a mis espaldas y que sonreían maliciosamente cuando creían que yo no los veía. Y como suele pasar en estos casos lo que era un hecho cierto se fue convirtiendo en un bulo que iba creciendo de tamaño: lo que había sido una sola vez con seis chicos se transformó en que yo era una ninfómana adicta a las orgías y que me había acostado en varias ocasiones  con diez, veinte o un equipo de fútbol al completo. Incluso supe que algunos me habían puesto un mote: “La viciosilla“. Debo reconocer que puestos a ponerme uno, aunque me humillara, no me pusieron el peor que podían haber elegido.  Pero de todas formas yo sentía que me había convertido en algo sí como la “puta oficial” de la Facultad, la “chica fácil” a la que todos se creían con licencia para intentar follársela. Se me empezaron a acercar más chicos de lo acostumbrado, pero yo sabía que lo que  pretendían era acostarse conmigo lo más rápidamente posible. Una vez un miserable al que contesté de mala manera ante sus insinuaciones me soltó que quién me creía yo para hacerme la estrecha cuando todos sabían que me acostaba con tíos de diez en diez. Incluso mis amigas comenzaron a distanciarse poco a poco de mí, como quien no quiere la cosa, tal vez pensando que si andaban con una “zorra” alguien podría pensar que algo compartirían con ella.

En esa situación me encontraba cuando un día se me acercó en la cafetería un chico del último curso al que no conocía y me dijo: “¿Eres Gloria, verdad? ¿Me permites que te pague el café?”  Yo me puse en guardia pensando que sería otro cabrón que venía buscando lo mismo que todos,  pero él me tranquilizó enseguida. Me dijo que había escuchado los rumores que algunos difundían sobre mí, que no le importaba si era cierto o no pero que le parecía muy mal lo que me estaban haciendo, que entendía que debía estar pasando por un mal rato, que si quería un amigo con el que desahogarme podía contar con él,  que hacía tiempo que se había fijado en mí, que le diera una oportunidad para conocerme y demostrarme que él no era como los demás y que no buscaba  de mí lo mismo que los otros.  Creo que fue allí mismo cuando comencé a enamorarme del que luego se convertiría en mi marido.

El caso es que a su lado, con su amor y comprensión, pude rehacerme poco a poco de la humillación que sentía. Nos casamos unos años después y las circunstancias laborales nos llevaron a otra ciudad distinta de la nuestra.  Eso fue un alivio para mí porque todavía es el día de hoy que no me siento a gusto paseando por aquella pequeña ciudad nuestra. Siempre tengo la incómoda sensación de que alguien me puede reconocer, de que puedo encontrame en cualquier sitio con alguno de los que me vieron desde la puerta en aquella situación y no digamos ya con alguno de los que me poseyeron de aquella manera. De hecho, hará un par de años, durante un viaje que hicimos para visitar a la familia, nos encontramos en un bar con mi antigua amiga Ana. Ella estaba en una mesa con otras cinco o seis personas y me saludó al reconocerme con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Yo hice lo mismo y eso era más de lo que se merecía. Después no pude evitar mirar hacia su mesa con disimulo para ver que ella estaba hablando animadamente con los otros, señalándome, mientras todos me observaban fijamente. Pude ver en sus miradas, en sus sonrisillas, que les estaba contando la historia de “la viciosilla“. Aparté la vista y no le dije nada a mi marido, para que no se sintiera tan mal como me sentía yo.

Algunos se preguntarán por qué ahora rememoro por escrito y de forma pública, si bien desde el anonimato, esta historia que tanto daño me hizo. Con el riesgo añadido de que lo puedan leer algunos de los que tomaron parte directa o indirectamente en ella y me puedan reconocer bajo el seudónimo.  La respuesta es que ni yo misma lo sé muy bien. Tal vez lo hago como un intento de conjurar definitivamente un mal recuerdo, una mala experiencia que me marcó profundamente. O como una manera de alertar a otras mujeres, a otras chicas, de las consecuencias indeseadas que todavía hoy nos acarrea a nosotras el sucumbir a un momento de desenfreno y desinhibición sin control en comparación con lo que le sucede a los hombres.  Y también puede ser que, después de todo, sí que me gustaría que leyera esta confesión alguna de aquellas “amigas”, alguno de aquellos “compañeros”. Que supieran así el  daño que me hicieron. Y no me refiero exactamente a los seis que disfrutaron en grupo de mi cuerpo, pues a esos es a los que menos tengo que reprocharles a pesar de que se hubieran aprovechado de mi estado de embriaguez. Yo sé que lo que hicieron fue con mi pleno consentimiento.

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La verga de mi negrito me hizo swinger

Me encantó verte, gracias por darme el mail y poder seguir en contacto. Me gustó mucho tu novia, muy maja. Sé que cuando dijiste que te contase con pelos y señales todo lo que me ha pasado desde que dejamos de estar juntos, no te referías a cosas banales, sino a sexo, sexo y sexo, en fin, sé lo que tienes en la cabeza constantemente, pues estuve contigo mucho tiempo.
Vamos al grano. Como dirían los antiguos, yo sólo te tuve a ti como hombre hasta que nos separamos. Sólo te probé a ti, como te gustaba decir a ti, sólo probé tu “rabo”. Al que adoraba, por cierto, al principio de mi soledad echaba muchísimo de menos tenerlo dentro de mí, dentro de mi boca, adoraba su olor, su sabor, todo.

Pasado un tiempo de pura agonía de dolor, en un viaje a Madrid por trabajo decidí contratar un scort que me quitase mi necesidad de sexo. Contraté una habitación doble y por internet conseguí el tf de un negrito al que ponían por las nubes sus clientas, le llamé y quedé con él antes de ir al hotel, le contraté la noche entera, un pastón. Apareció muy elegante y subimos a la habitación. Yo me quise dar una ducha y estar limpita, me metí en el baño y al poco rato apareció él sin que yo le dijese nada y se metió conmigo. Me estuvo enjabonando y acariciando, sobre todo las tetas, esas de las que tanto presumías con los amigotes “todo natural”, estuvo dedicado a ellas el mismo tiempo que yo me dediqué a tener en mi mano su creciente sexo, tenía el aparato más grande que había pasado por mis manos. Lo lavé y aquello fue creciendo y creciendo. Me lo metí en la boca allí mismo, una sola vez y casi no pude. Acabamos de ducharnos agarrados. Nos servimos una copa del minibar desnudos y luego pasó lo que tenía que pasar, me devoró el coño (seré un poco grosera, me cuesta poner palabras suaves para describir esto) hasta que me hizo rebotar del colchón como si me estuviese dando un ataque de epilepsia. Me corrí de una forma deliciosa. La primera vez acompañada desde que me dejaste. Por cierto, esa época de soledad me estuve masturbando compulsivamente mientras estaba en casa. A lo mejor dos veces antes de ir a currar y luego otras dos veces cuando volvía a casa. Tengo unos cuantos aparatitos (ahora ya no los uso sola) empecé con un consolador y acabé con unos vibradores extraordinarios. Hubo un sábado que me masturbaría unas diez veces.

Sigamos con mi primer negrito. Después estuvimos un rato abrazados, mientras él me volvía a magrear las tetas. Me comí un rato la verga de mi negrito y me puso a vivir con su martillo pilón, impresionante, se corrió dentro de mí y gocé extraordinariamente.

Descansamos otro rato, medio dormidos, y mi negrito me volvió a martillear con su cosa descomunal. No se corrió y nos dormimos. Al levantarnos le pregunté si en el precio venía un polvo mañanero, me dijo que sí y me puse a comerle la polla, quería que se corriese dentro de mi boca pero me quitó, me puso encima de él y me sugirió que le cabalgase. Me corrí muy pronto porque puso uno de sus dedos en mi clítoris y no pude más. Le sugerí que se corriese con una comida de polla pero me dijo que no, que mejor dentro de mí. Volví a la carga y se corrió. Una delicia. Nos duchamos juntos otra vez y me estuvo magreando las tetas constantemente. Incluso dentro del ascensor, por dentro del sujetador metió sus manos imparables. Fin del primer encuentro.

Tuve encuentros parecidos a éste cada vez que salía por trabajo fuera. Tuve que pasar una semana en Madrid por una convención y contraté cuatro de los cinco días que estuve allí a cuatro chicos, miento, contraté a tres porque repetí domingo y jueves con el mismo, con el negrito de mi primer encuentro. En el encuentro del domingo me propuso ir con él para una fiesta que quería hacer una pareja, le contrataban a él con una pareja, o sea, a mí. Como nos íbamos a ver el jueves le dije que me lo pensaría. Me dijo que debería acostarme con el señor por lo menos, el resto era cosa mía. Me habló fenomenal de la pareja.

El domingo merece una especial mención, cuando le llamé le dije que quería probar el sexo anal, suavecito le dije. Me dijo que perfecto, que a él le encantaba hacerlo. Seguía siendo la polla más grande que me había comido y con la que se había divertido mi vagina, y fue la polla primera que me rompió el culo. Él me llevó fenomenal y cuando estaba supercaliente le dije que si quería dejar de ser suavecito que podría hacerlo como a él le gustase. Y le gustaba rapidito y fuerte. Me corrí como en mi vida bajo su dedo constante en mi clítoris mientras me martilleaba el culo. Mi negrito es un cielo.

Le dije que sí a su proposición de hacer un intercambio de parejas.

Me llamó a la semana siguiente y me dijo que el encuentro con la otra pareja sería en un chalet de la sierra de Madrid, la noche del sábado. Me fue a buscar al AVE y me llevó en su coche hasta el sitio acordado. Yo me imaginaba que abrirían la puerta y estarían medio desnudos y en ropa interior con mucho encaje, pero nada más lejos de la realidad. Estaban los dos en camiseta y vaqueros, muy informales. Nos propusieron picar algo y darnos un baño después. Como estábamos contratados no había más cáscaras. Cenamos y nos fuimos a tomar una copa en la piscina de la casa, donde hacía una temperatura perfecta. Nos desnudamos todos y ya no volvimos a ponernos la ropa hasta que salimos de su casa después de comer el domingo. Eran encantadores. Él era un tanto regordete con una pequeña tripita cervecera y ella era directamente gordita, con unos pechos inmensos. El momento inicial fue dentro de la piscina como cabía esperar. Después de un baño previo, el señor de la casa se acercó por detrás y me cogió las tetas sin decirme ni mu. Se acercó un poco más y pegó toda su entrepierna en mi culo. Mi negrito ya estaba fuera de la piscina, tumbado en la hierba y la señora de la casa estaba haciéndole una mamada. Yo, de la forma más natural del mundo, me di la vuelta y le agarré el sexo a mi pareja, acariciándolo. Nos empezamos a besar. Al rato estábamos fuera viendo cómo le hacía un perrito mi negrito a la señora. Se conocían mucho de otras veces porque él la cogía con dureza del pelo forzándola a mirar hacia arriba y la taladraba sin piedad. Hice lo que me salió de dentro, le cogí el sexo al señor y me le meti en la boca. Estuve mamándole hasta que me quitó y me dio para el pelo a perrito también, parecía que era la norma de la casa. Me encantó la cabalgada del señor. Una verdadera delicia, sabía qué teclas tocar en cada momento. Después de corrernos los cuatro volvimos al salón a tomarnos otra copita y charlar. Mi negrito estuvo todo el rato magreando las tetas de la señora y el señor no paró de hacer lo mismo con las mías entre sorbo y sorbo de alcohol.

Vi que el miembro del señor volvía a despuntar, así que empecé a acariciarlo. Al rato estaba completamente erecto y le hice una mamada que trajo como recompensa semen para mi estómago, no le dejé gotita por limpiar. Los otros dos continuaban follando cuando les volví a mirar. Ella le cabalgaba suavemente hasta que se corrió. Nos dijeron que nos quedáramos a dormir y aceptamos.

Inesperadamente sólo dormimos. No tuvimos sexo durante la noche. Me desperté y bajé a la cocina, la mujer se estaba tomando un café. Como no había más tazas limpias, decidí fregar algunas para poder desayunar. En estas estaba cuando bajó el señor totalmente erecto. Saludó a su esposa: ¡buenos días cariño¡ y se puso detrás de mí, me acarició intentando lubricar mi vagina y me ensartó la polla. Su mujer acertó a decir que era una estampa perfecta y un ¡Me gusta verte disfrutar, cielo¡ Cuando se corrió dentro de mí, yo no me conseguí correr, ella dijo que estaba recaliente y que iba a despertar al negrito. Al poco se la escuchaba gemir (por no decir gritar) como una loca disfrutando de la verga de mi negrito.

Mientras desayunamos el señor y yo, me dijo que ellos solían hacer fiestas con otras parejas, sin pagar, claro, y que si me apetecería ir a alguna de ellas. Así comencé a entrar en el mundo swinger, en el que vivo desde hace unos cuantos años ya. El final de fiesta fue tomando el sol, mi negrito me hizo volar bajo la dictadura de su lengua. Luego el señor me estuvo comiendo el sexo otra vez mientras los otros hacían lo mismo. La señora me comió la boca y ciertamente me gustó. Nos corrimos casi a la vez enganchadas nuestras lenguas. Luego antes de comer me subí a duchar a la habitación, la señora entró también sin avisar y estuvimos disfrutando un buen rato de nuestros sexos mientras ellos hacían la comida. Nos secamos, nos tumbamos en la cama y nos estuvimos comiendo el coño mutuamente hasta que nos corrimos.

Mi negrito me dijo que si volvía de vez en cuando a ir con él a estas sesiones que no me cobraría cada vez que esté con él. De hecho, a la semana siguiente me llamó y vino a verme, fui a buscarle a la estación y lo llevé a mi casa. Le dije que a partir de ahora, sin dinero de por medio, no debía hacerse lo que yo quisiera únicamente. Desde que le dije que me lo hiciese como quisiera (cuando lo del suavecito) mis relaciones con él fueron más placenteras si cabe. Era lo que queríamos hacer los dos, no yo. Empezó a tener fijación con darme por el culo, pero es que a mí ahora me encanta. Dice que eyacular dentro de mi culo es lo más placentero del mundo y eso a mí me encanta porque dedicándose a lo que se dedica es un gran cumplido. Cuando viene por aquí suelen ser dos tipos de días, si viene a principios de semana está conmigo normal, con esa tranca grande y recta que tiene me suele llenar todos mis orificios dejando su semillita en cada uno de ellos (a veces está de lunes a jueves en mi casa) y si es antes del fin de semana suele cuidar mucho su eyaculación, pero con su lengua mitiga realmente mi necesidad de tener su sexo dentro de mí. En estas ocasiones me lame el coño constantemente, sin parar. Algún jueves he contado yo que me he corrido seis veces sobre todo con su lengua.

He ido con él a otros encuentros con parejas de cierto nivel, sólo me ha invitado a cosas que sabe que me gustaría. Gente maja y me avisa de si la señora quiere también guerra. Tiene llave de mi casa y viene cuando quiere. Digamos que con él yo sólo lo hago entre semana y si es fin de semana es que hemos ido a alguna fiesta, aunque pocas veces lo hacemos entre nosotros porque cada uno suele estar con uno de los clientes. Cuando voy a Madrid me suelo reservar con él un lunes para que se pueda ocupar de mí su inmensa, gorda y recta verga. Me muero por la verga de mi negrito, que lo sepas, pero tengo muchas más pululando a mi alrededor.

Exactamente me muero por su verga en mi vagina, para el culo prefiero la de un amigo de mis amigos de Madrid, inglés, negro también, la tiene grande, no como la de mi negrito, pero es inmensamente ancha y adoro como me lo rompe, según le veo en una fiesta me pego a él y no paro hasta que me taladra el ojete. Mi otro negro tiene además una peculiaridad y es que me presiona los botoncitos de mis areolas a la vez mientras me da por el culo subiendo de intensidad según se va poniendo a tono. Eso provoca en mí una intensidad superpotente, pues estoy a la vez repleta de su ancho miembro con un ligero atisbo de dolor que va desapareciendo, mientras en el que me provoca en los pezones va subiendo. Me corro que no veas.

Para hacer lamiditas la de mis negros no suelo abarcarlas y prefiero otras más pequeñas que me las pueda comer enteritas y que se me corran como locos, como la de mi amigo de la sierra. Para comerme a mí, prefiero una chica, mi amiga de la sierra me lo hace fenomenal.

Te contaré uno de mis episodios con esta señora y otra tipa estupenda, levantina ella, con la que nos embarcamos en una aventura un tanto peligrosilla pero que al final no lo fue tanto. Con mis amigos fui a una fiesta en Alicante, a bordo de un yate de unos amigos suyos. Follamos a saco como casi siempre y acabamos comiendo al día siguiente en la casa de esta nueva amiga levantina con su marido, mis amigos, un conocido ruso y yo. El ruso nos habló de que tenía que preparar una reunión con unos exmilitares rusos en una visita que harían a Mallorca. Vendrían chicos, alguno con alguna jovencita rusa, pero sobre todo casados sin esposa, serían unos quince en total y querían chicas que sólo hablaran español, pero que no fuesen putas. Nos invitaba a ser esas chicas. Entre el señor de la sierra y el de la amiga levantina nos animaron, el ruso nos prometió que nos tratarían muy bien. Sería un fin de semana en un yate en el que ellos harían negocio y nos follarían y nosotras tomaríamos el sol y follaríamos. Fuimos al yate, al final fueron dos rubias escuálidas de tetas operadas y nosotras tres, 5 para 15. Sólo podríamos vestirnos si teníamos frío y tendríamos que obedecer cuando quisieran tener sexo. Para ponerte un ejemplo, nos tocó hacer una mamada a tres rusos, los más gordos, mientras ellos veían un partido en la tele con una copa en la mano. Nos follaron a saco, las pobres jovencitas estuvieron recibiendo casi todo el tiempo. A una no la recuerdo sin estar follando. Con alguno de los más jóvenes, totalmente fibrosos y musculosos, fue realmente delicioso, disfruté mucho con aquellos tipos. A mí me eyacularon los 15, mis compañeras de fatigas estuvieron con alguno menos, pero casi todos. Fue como un maratón.

A fuerza de ir entrando en el mundo swinger he ido conociendo a mucha gente, y ahora ya selecciono muchísimo con quién voy. Normalmente tengo la agenda ocupada de reuniones de este tipo, casi todos los fines de semana me apunto a un festival y si no lo tengo me voy con las amigas que andan un tanto mosqueadas. A veces se creen que tengo novio y otras que no me como una rosca, yo sólo les digo que he quedado con unos amigos. No digo ni mú.

Soy bastante requerida, porque saben que suelo ir sola a las reuniones, que doy buen aspecto, que mis enormes tetas enamoran a los chicos, que no tengo prejuicios a hacérmelo con quien sea y que me lo paso bomba con el sexo anal.

Bueno, esto es todo, seguro que te has relamido leyendo cómo la verga de mi negrito me hizo swinger.

Un beso

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