YO (relato corto)


YO

He terminado convencida:
—No te queda de otra.
—No, pero no quiero. —Y el cuerpo se me caliente por una angustia, sólo una, provocada por muchos miedos que a lo mejor no debería ignorar.
—Pero es cierto, ¿qué te queda?
Una extraña comenzón me empieza en la garganta seguida de una tos seca que no son más que palabras mutiladas.
Mi propio cuerpo se rehúsa a hablar.

Y llega el lunes y me dijo que el martes sin falta y entre martes y miércoles he llago a jueves y oh, alivio, porque el viernes no hay nada y menos el sábado y el domingo.
Mientras tanto sigo muda e inútil y más inútil que viva y este calor que no deja de agobiarme a veces me parece que me pide que me tire a la pila y me ahogue.
—Y una pila común, con el agua llegándote al cuello, para que tengas que flexionar las rodillas, ¡para que hagas algo!
Por un momento el ocio del olvido, o el olvido que se torna ocioso para que pueda divertirme. Los días desaparecen y sólo reaparecen para gritar: ¡lunes!
—Y sí, bueno, pero a lo mejor el martes...
Y entonces el martes se pierde y resulta que ya es domingo.
Siempre hay dos manchas fijas en el espejo que ensombrecen mis ojos y una media luna tardía reclamándole a la gravedad que siempre la hace ir hacia abajo.
—Pero se eleva la marea y así a lo mejor te ahogas más rápido.
—No, no creo que funcione así.
—Entonces toma un paraguas, párate en medio de la nada y espera una tormenta.
Hay que girar la cabeza para las manecillas del reloj corran siempre en ángulos de noventa grados, en esos cuatro cuartos, cuatro estados en los que se enfría y calienta el cuerpo y se vacía y llena el estómago.
—Son tres.
—¡Cuatro!
El día tiene dos tonos y la noche igual, luego a la inversa pero algo inclinados para más tarde convertirse en uno, cuando Tic llama a Tac.
—Te estás perdiendo.
—¿Y no siempre?
—Se te olvidó darle cuerda al reloj.
—Ya, entonces gírame la cabeza otro poco.
Porque cuando la cabeza está en su lugar, nada tiene sentido.
Y yo no soy yo.


En el mar (Relato corto)

Después de mucho tiempo sin escribir ningún relato corto, traigo este. Lo escribí en la tarde, es que llovió y me dejaron sin energía eléctrica. Espero les guste :)
Gracias por leer y por comentar (si comentan xD)



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En el mar



Tenía los ojos fijos en mí, apenas se movía. En el último segundo bajó la mirada, vio sus huellas en la arena, caminó dándole la espalda al horizonte y se perdió en el mar.
Me dijo algo antes, o eso me pareció. Me froté los ojos. El mar no era mar, era un cementerio. Las lápidas ondeaban con el viento.
Corrí tan rápido como pude. Caía agua del cielo como si el mismísimo mar la escupiera. Un extraño ardor se apoderó de mis ojos, no veía, pero  no me detuve, seguí corriendo. Algo había dicho, algo había susurrado sólo para mí, ¿podría repetirlo?
Con el vestido empapado llegué a la casona; el enorme pasillo, el cabello goteando y los pies deshechos.
¡Pero qué te has hecho, niña! —exclamó la vieja nana mientras se limpiaba las manos en su delantal—. Con este aguacero, con este tiempo...
¡Nana, nana, escucha!
La lluvia repiqueteaba contra el tejado, su ronroneo de gato enfermo ahogó mis palabras.
Niña, corra a secarse, corra a cambiarse. ¡Su mamá nos matará a las dos! ¡A las dos le digo! Vamos, no se demore.
No corría, no hablaba, no recordaba; no podía. ¿Qué era lo que me había dicho? No nana, él. Algo fue, por eso todavía me zumbaban los oídos.
Niña, venga, no se haga la tonta, vaya a cambiarse; vaya, vaya.
No quería secarme ni vestirme, lo justo era que permaneciera empapada para siempre, como todo en ese momento, como su piel.
La lluvia no amainaba. Los relampagos relucían en el espejo y quedaban atrapados allí, en silencio. El mar seguía ondeando a los lejos, llevaba espíritus consigo, espíritus y peces plateados, peces plateados que ahora nadaban en mi pecho.
Eso es lo que se agita,  me dije, eso es lo que me duele.
En mi garganta enterré un dedo índice, caí de rodillas y vomité aire. Palabras buscaba, las suyas. Un trueno envolvió mi piel. La ventana se abrió y me empapó con las últimas gotas de la tormenta. Ya no estaba seca. Era libre.
¿En dónde está? —comenzaron a preguntar.
¡Aquí! —grité.
No, no tú. ¿En dónde está?
¡Aquí, aquí! —Y me apreté la garganta, y me apreté el pecho.
Con este tiempo, ¡si ya es de noche!
¡Está aquí! —grité. Me golpeé el estómago hasta vomitar, pero no estaba ahí, seguía atorado en mi garganta, como las lágrimas en mis ojos.
Niña, ¿qué es eso? ¿Qué haces?
Había un niño más allá, mucho más allá, y era mudo. Extendía sus brazos, movía los labios. Caminaba de espaldas y sonreía. Era grande, era guapo, era mío, pero se perdió en el mar, el mar se lo llevó con mi permiso. Y yo no debía decir nada.

...

¿Irías sin mí? (Relato gay juvenil)

¡Hola a todxs! Relato nuevo, después de no sé cuánto tiempo. Lo escribí de un tirón, pero igual dejé pasar el tiempo para poder corregirlo mejor. Igual, si encuentran errores, me disculpo humildemente.
Título: ¿Irías sin mí? (Relato gay juvenil)
Resumen: Noé le pide a Lorenzo ir al río el fin de semana. Lorenzo se empecina en llevarle la contraria. (Soy mala en esto de los resúmenes, ¡por qué permiten que los someta a esta tortura xD).
Advertencias: ninguna.

Espero disfruten la lectura. Si es o no es así, igual hagánmelo saber. Los comentarios son amor, son vida (¿) Ok. No. Pero lo hacen a uno feliz, eso no se niega.
Tengan una linda tarde.
Saludos. 
PD: Es la portada más idiota que se me ha ocurrido nunca, pero como no encontraba imagen, y no quería dejar la entrada sin imagen... u.u 
Todos los derechos reservados. No al plagio. (Pero si alguna vez algo les gusta tanto que quieren compartirlo en algún blog, foro, etc., con que me lo hagan saber es suficiente)



¿Irías sin mí?

  
Hay algo en el cielo tormentoso que es reconfortante. Incluso cuando parpadea iluminándolo todo no puedes sentir miedo. Y luego, cuando por fin retumba el primer trueno, sientes que eres todo lo pequeño que puedes ser. No hay para más. Una vez encuentras el fondo del embace, sabes que ya no queda nada, y si ya no tienes nada, todo lo que suceda a partir de ahí resultará una especie de ganancia.
Si estas cerca de una ventana descubrirás que no sólo tu piel vibra con cada retumbar seco, y que no sólo tus párpados se entrecierran ante cada resplandor. Creo que uno se siente realmente vivo cuando la piel se eriza. Estás sintiendo con todo tu cuerpo algo que ni siquiera sabía que podías o querías sentir. Al mismo tiempo, durante una tormenta eléctrica notas que incluso las cosas inanimadas reaccionan de forma no muy distinta a la tuya, y otra vez te sientes pequeño, y siendo tan pequeño lo natural es que, a partir de ahí, sólo te queda crecer.
Creo que mi mamá se refiere a esto como «el consuelo del tonto», pero yo prefiero verle el lado más optimista.
Cuando le expongo este tipo de pensamientos a mi novio, pese a que sé que me quiere mucho, me ve de manera extraña. Frunce el ceño fingiendo que está analizando lo que acabo de decirle, pero bien sé yo que apenas me ha prestado atención. Así es él y así me gusta. Aunque no puedo negar que a veces quisiera notar algo de interés y no sólo miradas dubitativas.
—Oye, Lore —susurró—, ¿vamos al río este fin de semana?
—Dicen que el fin de semana habrá mucha lluvia —respondí yo con medio bostezo en la boca. Sonreí al notar su estómago rugir, me pareció mal el que mi cabeza siguiera descansando sobre su estómago, con lo vacío y necesitado que parecía—. ¿No has almorzado?
—¿Y desde cuándo acá estás tan pendiente del pronóstico del tiempo? —preguntó Noé, divertido, ignorando mi pregunta.
—Por eso dije: «dicen» —bufé—. Los del tiempo le atinan a todo menos al clima.
Yo no suelo llevar paraguas, pero sí sombrilla. Antes creía que a la larga el sol era mucho más dañino, y prefería un resfriado a una enfermedad en la piel. Aunque esto no es del todo cierto, por supuesto. Sin embargo, encuentro algo romántica esta concepción tan inocente e infantil. Pensé así como hasta el séptimo grado. Desafortunadamente, en la clase de Ciencias Naturales me tocó hablar sobre la lluvia ácida, y desde entonces, siento que uno es más feliz viviendo en el engaño. Pero, con todo y todo, no me siento triste. Dejo pasar dos o tres tormentas, y a la siguiente, salgo al patio y corro como loco, sin importar que los pies se me llenen de lodo o que el agua sucia me cubra los tobillos por completo. Sonaré todavía más loco ahora, pero incluso hay ocasiones en las que recuerdo la canción de Barney. Yo alcancé a Barney ya muy tarde, cuando el pobre dinosaurio púrpura ya estaba agonizando y pocos niños lo buscaban. Es más, si le pregunto a un adulto sobre él, fingen no haberlo conocido. Pobre animalito púrpura, tan solitario.
La canción va algo así: «si las gotas de lluvia fueran de caramelo…» y creo que es de libre composición. Es decir, creo que uno tiene permitido agregar cualquier cosa que te guste, sin importar que no vaya en la letra original.
«Pues deberían ser de cerveza —comentó Noé una vez, al tiempo que le daba un nuevo sorbo a su soda. Le gustaba su soda con cinco gotas de limón, por eso siempre se la servía en un vaso, luego, metódicamente, rodeaba el vaso con una servilleta. Decía que no le gustaba que las manos se le humedecieran cuando estaba bebiendo soda—. O de vodka, aunque la verdad no me gusta tanto».
Hay quienes creen que la cerveza es una cosa de machos.

—Como te decía —continuó—, se me apetece ir al río. El lugar que encontramos la última vez me pareció estupendo. Además, hay privacidad, si me entran ganas de comerte la boca en pleno jugueteo, nadie nos quedará viendo mal ni nos gritarán estupideces.
Mi cabeza seguía apoyada en su estómago, así que pude sentir la ligera vibración que produjo su risa. Me volteé un poco; mi oreja derecha pudo captarlo todo con más claridad: seguía rugiendo.
—Bueno, pero es que casi nunca te contentas sólo con la boca —dije.
—Y tú tampoco.

Mamá le dijo una vez a mí papá que sospechaba que yo era gay. Se lo dijo en la cocina, cuando ambos lavaban los platos sucios. Yo me quedé cerca precisamente porque cuando mamá le pide a papá que le ayude a lavar los platos es porque tiene algo serio que decirle.
«—¿Tú crees? —inquirió papá, dubitativo.
—A veces eso parece.
—Tendrás mucha experiencia.
—Para nada.
—Ya —murmuró—. ¿Y entonces?
—Ese chico, Noé, lo visita demasiado.
—Yo casi vivía en la casa de mi mejor amigo cuando tenía esa edad. Lorenzo nunca ha sido de salir mucho, así que tal vez le toca a Noé visitarlo, ¿qué tiene de malo?
—No sé, sólo quería decírtelo.
—Mmm, ya. En todo caso, de serlo, tampoco tiene nada de malo.
—Pues sí, pero ¿sabes? Me duele un poco su falta de confianza.
—No lo había visto de esa manera—murmuró papá. Sus murmullos fueron devorados por el chorro de agua que despedía el grifo, mientras yo escondía una sonrisa detrás del marco de la puerta».

—Pero el clima no está tan caluroso como para que quieras pasar toda una tarde bañando. —Esta vez fui yo quien continuó la conversación.
—Sólo se me ha ocurrido —bufó, molesto—. Si no quieres ir, no tienes que hacerlo. Puedo ir yo solito sin problema. Ni me harás falta.
—No te creo —sonreí.
—Me caes mal —soltó. Y aunque no lo veía, supe que también sonreía.
El cielo de la casa de Noé es como de un color crema, el de su habitación, sin embargo, está lleno de bichos; sí, insectos. No los había pintado él, por supuesto. Noé y yo somos dos personas normales, y cosas como el arte y sus distintas expresiones nos resultan igual de lejanas que el universo. Los insectos en su techo eran stickers que se ganó jugando al tiro al blanco. De eso ya mucho, pero aunque descoloridos, siguen adheridos al cielo como si no quisieran desprenderse jamás. Cuando descansamos sobre su cama, y mi cabeza, a la vez, descansa sobre su estómago, me quedo ido en esos bichos moribundos. Con el tiempo los he ido distinguiendo: un escarabajo, una cucaracha, una mariposa, y un par de hormigas. Al inicio me costó acostumbrarme a ellos.
Siempre que llego a la habitación de Noé, lo primero que hago es levantar la cabeza para ver ese cielo plagado de bichos, esperando que todos sigan igual. Entonces él me dice que un día de estos limpiará y se deshará de ellos. La primera vez que me lo dijo fue la primera vez que visité su casa, de eso casi un año ya. Creo que si llega a removerlos me sentiré incluso más extraño que al inicio.

—¿Llevamos comida? —pregunté.
—¿Y no que no querías ir?
—Sólo estaba comprobando si en verdad estabas convencido.
—Lo dices como si cambiara de opinión muy a menudo.
—Bueno, lo normal, creo.
—Ni lo normal ni nada —volvió a bufar—. Si no quieres ir, sólo dímelo.
—Quiero ir —le dije—. Contigo iría hasta el fin del mundo.
—No digas esas cosas —susurró, serio. Supe entonces que había cerrado los ojos. También supe que ya los había abierto cuando me dijo—: ven aquí.
Despegué la mejilla de su estómago y acerqué mi rostro al suyo. Noé se había sonrojado. Siempre lo hace cuando yo le digo algo cursi. Creo que es porque sabe muy bien que, a pesar de ser algo verdaderamente cursi, lo digo sintiéndolo completamente. Y si yo le digo: «contigo iría hasta el fin del mundo» él sabe que es algo que indudablemente cumpliré.
La primera expresión cursi que le dije fue «Te quiero más que a mí mismo», él me respondió de la misma manera: «no digas esas cosas». En ese momento lo dije en serio, pero con el tiempo descubrí que tenía que quererme mucho para así poder quererlo a él en igual magnitud. Entonces, la segunda cosa cursi que le dije fue: «te quiero tanto como me quiero a mí». Esa vez sólo sonrió. Su sonrisa podía traducirse en un «así está mejor». La tercera cosa cursi que le dije fue durante nuestra primera vez. Aunque no la recuerdo muy bien, por eso no la diré.

—Ni siquiera sabes dónde queda el fin del mundo —dijo, al tiempo que me sobaba la mejilla. Lo suyo no era tan tierno como una caricia, porque su mano era pesada y ruda y ni intentándolo con todo el corazón le saldría así.
—Por eso es que iremos los dos juntos —respondí—. Y si no llegamos al fin del mundo, al menos quedaremos algo cerca. Quedaremos lo más cerca del fin del mundo que podamos.
Noé frunció el ceño a lo «otra vez estás diciendo estupideces». Yo sonreí y lo besé. Él enterró los dedos en mi cabello. Yo dejé que cargara con mi peso. Es algo que sólo hago cuando estamos en la cama. Por más que Noé me quiera, y por más que yo lo sepa, jamás dejaría que el cargara con todo lo que soy yo. Tenemos que caminar el uno al lado del otro, y no encima o detrás.
Después de hacer el amor, nos quedamos dormidos.
¡Ah! Creo que esa fue la tercera cosa cursi que le dije.

***

La primera vez que fuimos al río terminamos bañándonos desnudos. El lugar no era el más solitario, pero sabíamos que no seríamos los primeros en hacerlo. Con tal de que no apareciera ninguna chica pudorosa, no había problema. Siempre me ha resultado extraño el que las chicas finjan ser tan pudorosas. En el fondo me parece que en realidad no lo son, pero que esa fuerza invisible que es la sociedad las obliga a guardar las apariencias. Era la misma fuerza que nos hacía pensar más de dos veces si darnos un beso a la salida del instituto o si caminábamos con las manos tomadas  no. Todavía nos faltaba hacernos más fuertes.
Ya desnudos me acerqué a él por detrás. No lo hice a modo de broma o por malicia. Cierto es que tenía una erección, pero no me acerqué a él para que la aliviara. No sé muy bien por qué lo hice, pero no fue por nada de eso. Cuando él me sintió, se sonrojó, yo me disculpé rápidamente y me alejé un poco. Creo que también me sonrojé. No sé. Entonces Noé se volteó, me agarró el rostro, y me plantó tremendo beso ahí, en la orilla del río, con el agua hasta la cintura, y el murmullo de la corriente acariciándonos la piel. Lo que yo hice fue rodearlo con mis brazos. Lo acerqué tanto a mi cuerpo que pronto descubrí que ambos estábamos igual. «¡Vaya problema!», seguramente pensamos al mismo tiempo. Y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, salimos del agua, cogimos nuestra ropa, nos vestimos y caminamos río arriba.
Entre más caminábamos, más frondosa se hacía la vegetación y más desolado parecía todo. El río se ensanchaba y encogía, se ensanchaba y encogía. Por un momento creímos que tendríamos que regresar, porque el río se había ensanchado tanto que no había vereda por la cual seguir caminando. A esa altura, el agua corría con más fuerza, y no nos aventuramos a cruzar nadando. No sabíamos en dónde se arremolinaba el agua, y no nos apetecía para nada morir ahogados. Nos regresamos. Con algo de suerte, encontraríamos un cruce. No, de hecho, nos regresamos porque nos pareció que habíamos visto uno. Así fue. Por fin cruzamos y seguimos caminando. Y seguimos caminando hasta que por fin encontramos un lugar que nos llamó la atención. Nos enamoró. El agua corría suave pero firme, y el suelo parecía estar lleno de hojas secas. El agua era verde, verde, y el resplandor del sor le arrancaba destellos plateados. Parecía de ensueño. Un frondoso árbol proporcionaba algo de sombra; era tan grande que a pesar de estar a varios metros de la orilla, sus ramas casi rozaban el agua. Seguramente las hojas en el fondo eran de ese árbol.
Realizamos una ligera inspección. No parecía haber vida humana en los alrededores, lo que nos resultó refrescante. Nos volvimos a desnudar. De poco fuimos tanteando el agua y la profundidad de la misma. Encontramos varias hondonadas, pero la corriente no era pesada y no parecían tan peligrosas. Igual decidimos guardar distancia. Se sentía muy bien pisar las hojas secas en el fondo, pero al tiempo que lo hacía no pude evitar pensar en todas las clases de organismos que a la vez podía estar pisando. Esperaba que fueran lo suficientemente pequeños para no aplastarlos. Aunque lo cierto es que los organismos dejaron de importante cuando Noé comenzó a tocarme. El sabernos solos activo nuestros cuerpos casi al instante. Cuando Noé me tomó en su mano, yo ya estaba completamente erecto. Algo me decía que no debíamos eyacular dentro del río, pero, cuando sentí que el orgasmo estaba por llegar, instintivamente también dejó de importarme.

***

Llegó el lunes y el martes, pero fue hasta el miércoles que recordé que Noé seguía queriendo pasar el fin de semana bañando en el río. Durante la hora del almuerzo lo busqué. Parecía no recordarlo. Fijé tanto mi mirada en su rostro, tratando de descifrarlo, que, sin quererlo, hice que recordara su resolución. Fue un momento bastante simpático. Me reí mucho de mí mismo.
Cuando llevé a Noé a casa por primera vez y lo presenté como mi novio, fue papá quien se puso más nervioso. Recordé su: «Mmm, ya. En todo caso, de serlo, tampoco tiene nada de malo». ¿Acaso había cambiado de opinión en tan poco tiempo? Mientras la velada se desarrollaba con aparente tranquilidad, yo trataba de descifrar qué era lo que sentían mis padres en ese momento. Noé parecía sorpresivamente cómodo. Me pareció que yo no era su primer novio, pero en lugar de entristecerme o sentir celos, me alegré. Me alegró saber que no había estado desperdiciando su vida en cuanto a relaciones se refiere. Y no que me parezca que las personas que no piensan en relaciones estén desperdiciando su vida, para nada. Lo pensé así únicamente guiado por su carácter. Noé parecía una persona que disfrutaba mucho de otras personas, y no en un sentido estrictamente sexual ni sentimental. Noé no parecía una persona enamoradiza, y sin embargo igual sentía que era como esas personas que, cuando se enamoran, se enamoran en serio, sin importar cuántos enamoramientos hayan tenido ya. En otras palabras, sentí que Noé tenía un corazón tan pero tan grande, y con todo ese tamaño, no tenía espacio para el rencor. Esperaba no descubrir lo contrario.
«Así que ¿son compañeros? —Fue lo primero que dijo mi padre. Noé y yo asentimos».
A partir de ahí el hielo se rompió por completo. El resto de la noche resultó agradable. Mis padres se fueron a dormir con una enorme sonrisa en sus rostros.

—¿Pensaste que lo había olvidado? —me dijo Noé al salir de clases—. Como si no me conocieras.
—Estaba probando mi suerte, nada más.
—Pero ya te dije, si no quieres ir, puedo ir solo. No hay problema.
—Me da miedo dejarte ir sólo —confesé.
—Ya estoy mayorcito —bufó—, además, conocemos el lugar. Y además —enfatizó—, nunca he sido tan temerario. No entiendo por qué te da miedo. A ver, ¿por qué te da miedo?
—¿Y qué tal que le gustes tanto al río que ya después no te deje salir? —inquirí, preocupado.
Noé resopló, divertido, a lo: «ya empezaste con tus rarezas».
La primera cosa rara que le dije a Noé no resulta tan rara en verdad.
Estábamos en nuestra tercera cita, almorzábamos en un restaurante de comida rápida. Había sido todo improvisado. Entramos al local y no nos fijamos en que lo estaban preparando para una fiesta de cumpleaños. Cuando vimos los globos y las piñatas ya era demasiado tarde, así que decidimos seguir comiendo sin prisas.
Noé se llevaba un par de papas fritas a la boca cuando yo le pregunté:
«—¿Qué crees que pase cuando el cielo y la tierra por fin se cansen de nosotros? ¿Qué tal que el océano decida unírseles? Qué bueno que no vivimos cerca del mar, ¿verdad? Pero del cielo y de la tierra sí que no nos salvamos.
El ceño fruncido, y las papas a medio morder. Eso vi en Noé.
—No sé de qué me estás hablando —dijo con la boca llena. Quise regañarlo, pero en su lugar, continué.
Ya sabes—dije. Entonces coloqué ambas manos frente a mi rostro. La derecha, con la palma hacía abajo, y la izquierda, con la palma hacia arriba. Cuando noté que Noé me miraba fijamente, las junté fuertemente, tanto que me hice daño; cuando choqué las palmas no fue como un aplauso, fue más como un manotazo. Noé incluso llegó a sobresaltarse. La gente en la mesa cercana me quedó viendo, pero pronto apartaron la mirada.
Ya —asintió».
Creo que Noé al menos llegó a imaginar a los titanes mitológicos luchando por su pedacito de universo, los humanos los habíamos desplazados y ahora se esforzaban por recuperar su lugar; pero lo mío había sido un comentario medioambiental. Calentamiento global y esas cosas. Trato de reducir mis tendencias antropomorfistas.

—Aunque llueva, iré —continuó.
—Pues ve —le dije—, si ya me dijiste que ni te haré falta.
—Y ahora te enojarás tú, qué bonito.
Me crucé de brazos e hice un puchero. Se me hacía muy difícil contener la risa, pero lo hice lo mejor que pude.
—Dijiste que irías conmigo hasta el fin del mundo —prosiguió.
—Eso dije —asentí.
—Pues se nota que no crees que en ese río podremos encontrar el fin del mundo.
Fruncí el ceño esperando que notara el «ahora eres tú el que dice cosas raras».
Noé sólo bufó y comenzó a caminar.
Noé y yo ya no estábamos en el mismo salón de clases, así que no supe cómo fue que sus compañeros se enteraron de que estaba saliendo conmigo. Lo molestaron mucho y yo me enfadé todavía más. Me enfadé tanto que me gané una expulsión de ocho días y una bonita mancha en mi expediente. Noé me visitó toda esa obligatoria semana de vacaciones sin demora. Llegaba con el uniforme del instituto y los deberes. Gracias a él, no me atrasé. Lo mejor de todo fue que, cuando teníamos la suerte de quedarnos solos, hacíamos el amor. Lo hicimos mucho durante toda esa semana. Creo que mis padres llegaron a un tácito acuerdo y por eso me facilitaron tales libertades. Entonces, tal vez gracias a ellos (por inquietante que suene), le hice el amor a Noé muchas veces, y él me lo hizo a mí muchas veces también. No pensé que pudiéramos soportar tanto, y la verdad no sé cómo le hizo él, puesto que tenía que asistir al instituto. Yo, en cambio, podía quedarme en casa durmiendo, mis papás no me habían castigado tampoco porque no consideraron que lo mereciera, y mientras respetara las horas de la tarde para ponerme al día, todo iba bien. A los jóvenes modernos se nos confiere una vitalidad que en realidad no poseemos, pero mis padres siempre han tenido bien clarito que soy un completo haragán.

—¿En serio irás sin mí? —le pregunté a Noé. Estábamos cerca de mi casa, y todavía seguía pensando si invitarlo a cenar o no.
—Bueno, y si no quieres ir, ¿qué le voy a hacer?
—Convénceme —sonreí.
—Esto ya no me resulta divertido —masculló.
—¿Y si llueve? —insistí.
—No lloverá —suspiró.
—Pero sería bonito que lloviera —comenté.
—Con tal que no sea una tormenta.
—Ah, pero es que las tormentas son todavía más bonitas.
—Porque tú sólo piensas en las nubes oscuras, el agua, los relámpagos, los truenos y la vibración. Jamás piensas en la destrucción.
—Pero es que las tormentas no tienen la culpa —dije, convencido—. Ya había tormentas antes de que el hombre llegara a la tierra, y seguirá habiéndolas incluso después de que dejemos de existir.
—Tú morirías feliz debajo de una tormenta  —dijo al fin.
La verdad es que creo que sí moriría feliz así, aunque al mismo tiempo me parece que sería demasiado doloroso. Las tormentas son bonitas pero dolorosas. Comprendí un poco más a Noé.
—Pero, ¿sabes? No todas las tormentas son tormentas eléctricas.
Noé no se quedó a cenar ese día.

***

Cuando el viernes apareció, supe que ya no tenía salida. No almorcé con Noé a la hora del almuerzo porque no lo localicé, pero al terminar las clases me lo encontré en el portón principal, esperándome.
—No debí evitarte —se disculpó.
Le tomé la mano rápidamente, ya no nos importaba que los chicos del instituto nos miraran.
—Era en serio cuando te dije que contigo iría hasta al fin del mundo —murmuré—. Me he pasado con la broma. Lo siento.
—Sí, te has pasado —asintió—. Y yo también —Sonrió. Cuando sonrió, sentí ganas de llorar.
Corrimos hasta su casa, nos encerramos en su habitación, nos desnudamos, e hicimos el amor. Creo que a Noé no le gusta mucho la expresión «hacer el amor», me parece que es de los que cree que el amor es como la energía, no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Para mí es casi lo mismo, pero bueno, él cree que cuando tenemos sexo no hacemos el amor, sólo lo encontramos. Es una bonita idea, pero cuando intento hacerla mía me doy cuenta de que en mi cabeza sólo hay cabida para la expresión «hacer el amor». Por muy genérica, tonta y cursi que pueda parecer, para mí «hacer el amor» es una expresión que sólo puedo asociar con Noé.
Se lo dije ese viernes después de decirle que me gustaba mucho hacer el amor con él. Noé rió y puso una cara a lo: «las cosas raras hasta a la cama te las traes». Asentí y lo besé. Lo seguí besando hasta que volvimos a hacer el amor. Parece que el viernes es el mejor día para eso.

El cumpleaños número dieciséis de Noé también cayó un día viernes. Ese día amaneció lloviendo y continuó así hasta bien avanzada la tarde. A mí me parecía una idea estupenda pasar el día en casa tomando cosas calientes, bien arropaditos y juntitos mientras escuchábamos el murmullo de la lluvia en la ventana. Pero, por razones obvias, a Noé no le entusiasmó la idea, y no lo pasamos así. Salimos, enfundados hasta los huesos por sendos capotes, y corrimos debajo de la lluvia hasta la estación de autobuses. Ya ahí, esperamos en silencio. Yo sacaba la mano de tanto en tanto para que la lluvia me mojara. Noé seguía de mal humor. Cuando llegó el autobús, no lo tomamos. Decidimos ir hasta el supermercado para gastar el dinero destinado para ese día en todo lo que se nos ocurriera. Compramos puras golosinas y dulces, además de jugo y sodas. Regresamos a casa con la intención de iniciar un maratón de películas de terror, pero cuando Noé intentó introducir la llave en la cerradura de la puerta principal, fuimos sorprendidos por un apagón. Las tormentas a veces causan eso, y son tan inesperados como molestos. Pensamos que la energía eléctrica sería restablecida pronto, pero cuando pasaron dos horas nos resignamos. Tomamos linternas portátiles y subimos a la habitación de Noé.
Noé tiene una bonita voz, no sé por qué no lo he mencionado. Apenas iluminados por las linternas portátiles, comenzó a cantar. Era una canción suave y lenta que me erizó la piel en un santiamén. Me erizó la piel incluso con más intensidad que la lluvia y los truenos. Me quedé quieto, como paralizado. Sentí miedo, mucho miedo. También sentí como si quisiera acercarme a él para abrazarlo, pero no agarré la fuerza suficiente para hacerlo.
«—¿Sabes, Noé? Te quiero mucho —fue lo único que alcancé a decir.
Noé terminó la canción.
—Lo sé —me respondió. Con su canción ya me había dicho lo mismo».

***

—Entonces, ¿ésta cuenta como nuestra primera gran pelea? —pregunté. El agua me llegaba hasta la cintura, mis pies se deleitaban pisando hojas secas.
—No lo creo —respondió Noé casi a gritos, estaba en una parte más honda, donde el agua dejaba de ser verde para ser casi negra; él flotaba como una ramita frágil y temía que la corriente lo arrastrara demasiado lejos de mí—. Fue una broma que se nos salió de control—. Como si me hubiera escuchado, se volteó y nadó hacía mí, se prendó de mi cuello y me besó los labios.
—No volveré a bromear así en un tiempo —comenté.
—Ya veremos.
Nos sumergimos un rato. Debajo del agua, pese a tener los ojos abiertos, veíamos más bien poco; por supuesto teníamos la certeza de que estábamos el uno en frente del otro, así que, a pesar de no poder vernos, no sentimos miedo. Incluso sabía que, de extender las manos, podría tocarlo, pero no necesité hacerlo. La certeza que sentía era inmensa, y sabía que al buscar la superficie, lo encontraría ahí. Él no estaría esperándome, claro, sino que emergeríamos al mismo tiempo, porque poco a poco habíamos conseguido marcar nuestros ritmos. Cuando por fin emergimos notamos que el cielo comenzaba a oscurecerse. Las nubes ya estaban aglomeradas y oscuras, el viento frío, poco faltaba para que comenzara a relampaguear. Tal vez los del servicio meteorológico le habían atinado al fin, pensé. Quién sabe qué estaba pensando Noé.
—¿En realidad ibas a venir sin mí? —pregunté sin despegar la vista del cielo.
Noé se encogió de hombros.
—En realidad no tenía planeado nada —respondió.
Me quedé en silencio un rato. Pronto se escucharon los primeros truenos.
—Me gustan muchos las tormentas —dije—, pero no quiero que esta nos agarre aquí.
Noé sólo sonrió.



LA REUNIÓN (Relato)

¡HOLA! ¿Qué tal? Aquí ando con un nuevo relato que no tiene nada de romance ni de relaciones y que... no, no sé de qué va. Son de esos que escribo y escribo hasta terminar, sin detenerme ni nada (aunque hice una pausa esta vez).
Espero les guste.
Y espero que les guste lo suficiente como para comentar.
Muchas gracias de antemano, porque no hay nada que yo valore más que el tiempo que se toman para leer.
Saludos a todas y todos.
Se les quiere.

Título: LA REUNIÓN
Advertencias: ninguna.
Sinopsis: El salón está vacío, sólo está ella, un grupo de hormigas y una silla rota. Está vacío y la reunión está por comenzar. Aunque para ella es como si el salón estuviera lleno, con esas hormigas molestas, y siente que tiene que salir a tomar aire. Es que el salón está vacío, y aunque saliera, no perdería su lugar, ¿no? L a reunión es importante y tiene que estar ahí, no puede quedarse sin silla. Pero necesita salir, aunque sea un momento, uno pequeño. Seguro el salón sigue igual de vacío cuando regrese. Sí, seguro que sí.

“Un perro se acercó a la silla rota, comenzó a olfatearla. Podía ver su aliento húmedo adherirse a la madera para luego desaparecer. El perro era de un color aceitoso, entre verde y café, tenía las orejas largas, casi rozaban el suelo, y en la punta de su naricita descansaba una mancha blanca. Tenía los ojos fijos en sí mismo, eran amarillos y grandes y brillaban. Gruñó. Me miró. Hizo una mueca y me sacó la lengua. Me volteé, irritada, crucé las piernas y decidí no prestarle más atención.”
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***




LA REUNIÓN



—La silla está rota —comenté—. ¡He dicho que la silla está rota!
La silla se movió, se dibujó algo en la superficie, los nudos en la madera me miraron, recriminándome. Estás rota, pensé, sólo digo la verdad, de nada sirve que te enojes conmigo.
Es que estaba rota, torcida y astilladla. Una pata era más grande que todas las demás, y la pata rota estaba doblada hacía atrás, como si se hubiera quebrado una rodilla.
Viéndola estaba cuando una señora ingresó al salón, era gorda y olía a perfume barato. La atmósfera se oscureció de repente, y el piso comenzó a agrietarse después de cada tac tac de sus zapatos. Me ignoró por completo. Sí vio en mi dirección pero pronto se volteó para revisar el resto del espacio. La mujer era gorda y fea, me disgustó de inmediato, pero no le dije nada.
—La silla está rota —murmuré, cruzándome de brazos. En verdad no quería advertirle, e incluso, con enferma anticipación, esperaba que al sentarse se viniera abajo. Quería que su rechoncho cuerpo enfermo fuera perforado por las estillas de la madera. Se iba a romper, lo sabía. La silla sedería y ella caería, yo reiría y luego escondería el rostro. Oh, qué desastre. Deje que la ayude, por favor. ¿Quién habrá dejado una silla en mal estado en ese lugar? No. No sé. La silla ya estaba ahí incluso antes de que yo apareciera. ¿Por qué no me habré fijado antes?
Reí por lo bajo. Escondí los ojos. Comencé a mover una pierna, impaciente. La mujer parecía no poder decidirse. Sólo había una silla ocupada en todo el salón, y era la mía. Por lo demás, todas las sillas estaban desocupadas y limpias, pulidas, desprendían el delicioso olor de la madera y el tiempo. Salvo esa, la rota, parecían soldaditos bien uniformados listos para marchar.
Carraspeé. La señora gorda ni siquiera levantó el rostro. Se acomodó el sombrero con prisa, una pluma cayó flotando y flotando, pareció elevarse un momento pero después de uno segundos inevitablemente tocó el suelo. La mujer se asustó, su piel se encogió y sus oídos se irritaron, como si el sonido producido por la pluma al tocar el suelo hubiera sido en verdad estruendoso e insoportable. Yo no había escuchado nada, sólo vi cómo la pluma se deslizaba en el espacio hasta que ya no se deslizó más y se hizo una con el duro piso de mármol.
La mujer me miró ahora, alarmada. Hizo una pequeña reverencia en mi dirección y sin esperar más nada, se marchó. Conté las sillas que quedaban: faltaba una. Pero la rota seguía ahí.
—La silla está rota —repetí.
Un perro se acercó a la silla rota, comenzó a olfatearla. Podía ver su aliento húmedo adherirse a la madera para luego desaparecer. El perro era de un color aceitoso, entre verde y café, tenía las orejas largas, casi rozaban el suelo, y en la punta de su naricita descansaba una mancha blanca. Tenía los ojos fijos en sí mismo, eran amarillos y grandes y brillaban. Gruñó. Me miró. Hizo una mueca y me sacó la lengua. Me volteé, irritada, crucé las piernas y decidí no prestarle más atención.
El perro ladró, quedo, implorando atención. Por el rabillo del ojo noté que se había alejado de la silla rota y que ahora roía una que estaba exactamente en el extremo contrario de la que me encontraba yo. Roía y roía pero la madera no se hería. Sangraba, eso sí. El líquido manaba de la nada y formaba canales que se encontraban en una pequeña charca debajo de la pata posterior derecha. El perro dejó de morder, acercó la lengua a la charca, y bebió. Su cola se agitó intensamente, su cuerpo pareció erigirse más sano y robusto ahora, como si hubiera perdido años. Los ojos se le oscurecieron, eso sí, y de pronto su lengua se quedó seca. Me miró nuevamente, pero esta vez lo noté aturdido.
—La silla está rota —señalé. El perro agitó la cola una vez más, lentamente. Giró tres veces y se echó —. Está rota, digo. Ha estado así siempre. Creo. No sé.
El can me ignoró. Una vez se hubo echado, no se volvió a levantar.
Me estiré en mi silla y bostecé. Estaba sentada sobre una silla forrada, rellena de motas de algodón. Como estaba cómoda, no pensé en más nada que en la silla rota. ¿Me reiría si alguien se sentaba y se caía? Lo más probable era que lo haría. Pero luego disimularía mi sonrisa maliciosa detrás de una de mis manos y una tosecita falsa y rencorosa: Me has pillado riéndome de ti, animal.
Aunque lo más probable era que nadie llegara.
Es que nadie había llegado. Tenía hambre y sed, me pesaban las piernas y los brazos los tenía cansados. Todo, sólo por esperar. La señora gorda seguramente se había equivocado de salón. El perro entró porque buscaba un lugar agradable en donde descansar. Los verdaderos ocupantes del salón debieron haberse olvidado de sus responsabilidades y andaban vagando por algún lado. Yo seguiría ahí, sola, hasta que el sol se ocultara y no me quedara de otra que abandonar el lugar. Con suerte el perro me seguiría, y si no, tendría que regresar sola a casa, en la vacilante oscuridad de las calles abandonadas.
Volví a bostezar.
Si no estaban ahí es que estaban en otro lado, ese otro lado en el que yo no estaba por estar sentada en ese salón, esperando. Me rasqué la cabeza y me acomodé. ¿Qué tal que ese otro lugar fuera más agradable? El silencio es insoportable. Las sillas vacías son insoportables. Me volteé para no ver el salón, fijé mi vista en la pared a escasos centímetros de donde yo me encontraba. Estaba blanca pero agrietada.
Fijándome bien, parecía vieja. La pared estaba vieja y rasgada, pero limpia. Podía ver huellas digitales adheridas a la pintura vieja, como rasgándola a la vez a medida que naturalmente se descascaraba. Había un olor en el aire, uno gastado que se elevaba presuroso sin ritmo alguno. Me apreté la nariz con los dedos. Me volteé, el perro seguía allí. El olor siguió aumentando, y con el tiempo, ecos, pasos, pasos, pequeños pero pesados. Quise levantarme de la silla para investigar mejor, pero no quería perder mi lugar.
— ¡Hey! ¿Alguien? La silla está rota —exclamé —. Sí, esa, esa —señalé con el dedo índice —. Pasen la voz. Está rota. No sirve. Vamos, que no sirve. Sería malo que alguien se cayera.
Los pasos siguieron retumbando sobre el mármol. Yo no veía nada. Olía y escuchaba nada más, pero no bastaba. Me revolví inquieta, impaciente. Me acomodé el cabello, saqué los lentes del bolso y los acomodé pacientemente en mi rostro.
Eran hormigas, noté de inmediato. Pequeñas hormigas negras que se movían como las letras en el papel. Pude leerlas con claridad: “Sí, sabemos que la silla está rota. La silla está rota. Está rota. Rota”. Suspiré aliviada, me habían quitado una gran carga de encima. Pensé que las hormigas habían llevado para cargar la silla sobre sus pequeños y fuertes lomos. Se la llevarían y la silla rota dejaría de desentonar con el resto del espacio. Qué alivio. Con sólo pensarlo me sentí mejor.
—Gracias, gracias.
Pero las hormigas ni siquiera lo intentaron, rompieron el orden y se echaron a correr con desesperación. Rodearon el perro, tan ajeno a todo lo que estaba ocurriendo, e intentaron cargarlo. El perro debió parecerles demasiado pesado. Rompieron la formación varias veces e intentaron desde distintos ángulos y posturas, pero todo fue inútil. Se formaron nuevamente y al fin pude volver a leerlas: “Aquí como allá, da lo mismo. Es lo mismo. Lo mismo. Mismo”.
No entendí. Me acomodé los lentes sobre el puente de mi nariz, pasé un rebelde mechón de cabello detrás de la oreja, fijé la vista hasta que los ojos se me secaron, y observé.
El perro comenzó a empequeñecerse. No comprendía cómo era posible tal cosa. Su pelaje se fue tornando blanco y seco, y a su alrededor las hormigas parecían celebrar. Era todo negro primero, cuando lo rodeaban, y luego blanco y negro y rojo y luego nada, luego transparente, y el mármol se veía limpio y brillante debajo de ese algo que ya no existía. Lo primero que desapareció fue una de sus patas, luego una oreja, el hocico, la cola. Quedó palpitando su corazón, seco. Las hormigas se detuvieron y lo rodearon.
—Esto es —dijo una de las hormigas —: la prueba definitiva.
Cuchichearon y cuchichearon. Eran molestas y groseras, su lenguaje era pobre, algunas se limitaban a repetir lo que otras decían. El salón se inundó de ecos, de puntos negros y olores extraños.
El corazón del perro, lo único que quedaba de él, se esfumó de repente, como en un acto de magia. Las hormigas no se tomaron ni un momento para descansar, volvieron a formarse, aunque el cuchicheo persistía.
—Hasta los perros son malos —dijo una —. Éste era malísimo.
—Son malos, malos —repitió otra.
—Pero hay perros buenos —recordó una pequeña —, como aquel. No debimos hacerle eso a aquel.
—¿El negro?
—Sí. Ese. Era bonito y tenía los ojos negros.
—Todo negro, negro.
—Negro, negro.
—Negro, negro, negro, negro...
—¡Shhhh!
Estaba quieta y asustada. Las hormigas, todavía ordenadas, me quedaron viendo fijamente. No sabía qué tan bien me veían desde su lugar, pero yo a ellas las veía claritas. Vamos, pasen, váyanse, aquí ya no queda nada. ¡Chuu, chuu!
Una torció un gesto desagradable, se acercó a otra para susurrarle algo al oído. Esa otra hormiga sonrió, me miró y me sacó la lengua.
—No nos iremos —escuché.
Y no se fueron. Se acomodaron todas sobre una silla. Y así, las únicas sillas ocupadas eran la de las hormigas y la mía. El salón se sentía más lleno que nunca. Yo sentía que me estaba sofocando. Quería dejar el lugar, salir a tomar algo de aire, ¿qué podría pasar? El salón estaba vacío, y había muchas sillas desocupadas. Cierto que la silla rota todavía seguía ahí, pero era cuestión de tiempo antes de que alguien la remplazara. No serían las hormigas, por supuesto, pero si yo salía, y mientras me encontrara fuera alguien llegaba, este alguien notaría la silla rota y lo peligrosa que podría resultar y llamaría a alguien, otro alguien, y este otro alguien la cambiaría y el salón sería seguro otra vez y yo volvería y me sentaría en cualquier lugar, sin riesgo alguno.
Sí, estaba segura de que eso sucedería.
—¡Se va! —sisearon las hormigas. Yo todavía no me había levantado y al escucharlas perdí algo de ánimo.
—Oh, no —susurré —. Sólo será un momento, no me siento bien. Se está raro aquí, ¿no?
—¡Se va, se va, se va!
—No, no, no... sólo. Sólo será un momento. Es urgente. Vuelvo pronto. ¿Creen que podrían echarle un ojo a mi silla? Se está bien cómodo aquí y no quiero perderla, ¿lo harían por mí?
Las hormigas se formaron, leí lo que decían: “no es nuestro asunto”.
Me alejé sin despedirme. Su silla estaba lejos de la mía, de todas formas. Y quedaban tantas vacías. Sólo necesitaba un poco de aire. Si llegaba gente cuando yo no me encontrara, sin duda no sería mucha, no habría problema.
El pasillo era largo, serpenteaba cada dos metros. Era angosto y bajo, y a veces se me enredaban hilos en el cabello. Era molesto transitarlo, pero estaba vacío. Llegué al jardín después de mucho caminar, ¿cuánto tiempo había transcurrido? El reloj en mi muñeca se había detenido. Hacía calor. No soplaba el viento. Tenía el cabello adherido a la piel. ¡Y qué dolor de cabeza! El perfume de la señora, el roer del perro, el cuchicheo de las hormigas. Estaba todo tan fuera de lugar.
Me senté bajo un manzano. No quería sentarme, llevaba demasiado tiempo sentada ya, pero no había más qué hacer. A unos metros de donde me encontraba, una fuente seca chorreaba agua en desorden, salpicándolo todo. El agua salía de la punta y se desbordaba en todas direcciones, pero el fondo estaba seco, con ranas muertas —igual de secas— en el interior. Apestaba, pero no tanto como el cuchicheo de las hormigas.
Me levanté y me acerqué. Me provocó una sensación extraña ver la fuente así, chorreando agua de manera errática, sin parecer rota al mismo tiempo. La fuente no estaba rota como la silla, sólo era diferente. Se podría decir que tenía sus propias reglas. Al lado de la fuente descansaba una cubeta llena de agua, y dentro de la cubeta un pez viejo y verde, con escamas grisáceas que se erguían violentas como navajas. El pez descansaba en silencio. Sus agallas se movían de tanto en tanto, al igual que su cola larga. Algo descansaba debajo de su cuerpo inerte.
—Los peces detestan el agua, ¿sabías? —dijo lo que estaba debajo del pez —. Quieren correr y volar y estar secos todo el tiempo. De ser por ellos ni se bañarían. Pero son peces. Qué les queda.
—¿Y tú te pasas la vida escondiéndote debajo de ellos?
—¡Qué va! Simplemente amo el agua y odio el sol. Y si tienes un pez cerca, siempre habrá agua, ¿no?
—A menos que esté muerto.
—Pero es que los peces nunca mueren en realidad —burbujeó.
Y los perros no desaparecen ni las señoras se espantan con el ruido de las plumas, ¡bah!
—¿Estás aquí por la reunión? —continuó—. Este Sr. Pez también, por eso la cubeta. Su lugar es en el río, uno de esos enormes que nunca se secan. Aunque una vez casi se secó, entonces el Sr. Pez se enterró en el lodo. Por poco me asfixia, pero ambos logramos sobrevivir.
—Oye, ¿y tú cómo luces? ¿Qué eres?
—“¿Qué eres?” ¡Más respeto por favor! —volvió a burbujear. El agua en la cubeta se agitó pero el pez no se despertó —. Yo soy una sirena.
—¿Una sirena con voz de hombre?
—Una sirena con voz, con eso basta y sobra, gracias.
—¿Un tritón?
—¡Y tú qué sabes! Nunca has visto uno. Deja de darle nombre a las cosas sólo porque se parecen a otras cosas. No conoces nada, niña. Compórtate. Si alguien te dice que es una sirena, vienes tú y le crees, sin cuestionar. Si yo digo que soy una sirena es que lo soy, nadie me conoce mejor que yo misma. Simplemente no puedes ir por el mundo diciéndoles a las personas, los animales, las plantas y las cosas, qué son o qué no son. Es irrespetuoso e invasivo. Una falta total de consideración.
Me volteé, enojada. No había salido para que me regañaran, y menos una sirena que no se atrevía a mostrar la cara. Al rato escuché el crujir del agua en el  cubo y volví a centrar mi atención en él. El pez viejo, grande y verde, había abierto los ojos. Sus escamas descansaban serenas ahora.
—Lo has despertado —le dije a la sirena. Su voz masculina no llegó a salir a la superficie, no burbujeó hasta reventar. Quise acercarme más al cubo para buscar debajo del agua, pero el pez viejo me miraba amenazadoramente.
Era en verdad viejo y grande. Sus ojos se veían cansados y secos, y las agallas se le movían erráticamente, como si hubiera nadado mares enteros. Mirarlo me cansó, así que dejé de hacerlo. Una ráfaga de viento sacudió el jardín. El agua de la fuente me mojó las mejillas, el manzano dejó caer una manzana podrida; el pez viejo volvió a cerrar los ojos.
Me limpié las mejillas y esperé un rato, pensando que la sirena con voz masculina volvería a hablarme, pero no fue así, y comencé a caminar de regreso al salón. En el cielo se veía que era tarde. El pasillo ahora no serpenteaba, era liso, liso y largo, con esquinas afiladas que se perfilaban en el techo. Ronroneaban voces extrañas a lo lejos y el suelo estaba lleno de hojas verdes y pétalos coloridos. Mis pasos eran suaves y moderados, no quería parecer que llevaba prisa. Cuando al fine llegué, el salón ya no estaba vacío. Me asusté.
Sólo habían como cuatro personas y dos perros, pero sobre todas las demás sillas descansaba un pedazo de cartón doblado: “reservado”. Caminé y caminé y en todos encontré lo mismo. Reservado, reservado, reservado...
No podían estar todas las sillas reservadas. Qué ridiculez. No había dejado el salón ni por veinte minutos y sucedían tales disparates. Qué incomodidad.
Las hormigas comenzaron a reírse, estaban todas en la silla que yo había ocupado antes de salir. La silla que el perro había roído había sido cambiada y la primera que habían ocupado las hormigas estaba ahora reservada.
—La rota está vacía —murmuraron todas a la vez. Los dos perros jadearon y las personas agacharon la cabeza.
A mí no me importaba la silla rota, ¡qué no lo entendían! Las personas, las únicas cuatro, estaban posicionadas según los puntos cardinales. Desde la entrada, donde me encontraba, vi la del sur: era un niño con un traje de labrador. Cuando me acerqué a él, noté que llevaba barba, una barba larga, poblada y canosa.
—Disculpe, ¿saben quién ha reservado las demás sillas?
—Jo, jo, jo —rió el niño. Esperé a que dijera algo más, pero no lo hizo.
—Tus padres... ¿tal vez?
—Jo, jo, jo —repitió. Se metió el pulgar en la boca y comenzó a chuparlo con avidez.
Me alejé de él. Me dirigí a la persona en el extremo Oeste. Era una mujer joven con piernas largas y un vestido cuyas caderas asemejaban una sombrilla extendida. Tenía las uñas largas y llevaba el cabello corto, corto, casi al ras, pero de un tono dorado atrayente y brillante. Sus labios también eran dorados y de sus orejas colgaban dos hormigas muertas.
—Pensaron que era miel —me dijo antes de que yo me dirigiera a ella —. Pensaron que yo estaba hecha de miel e intentaron morderme. Pues, ¡zaz! A mí nadie me muerde, y menos porque parezca miel. Entonces las pisé con los tacos de mis zapatos, ¿te gustan? —preguntó levantando las piernas. Los zapatos eran verde olivo y el tacón tan fino como una aguja —. No me gusta el color negro, pero penden bien de mis orejas, ¿no? ¡Já! En grupo, ¡quién las aguanta! ¿Solas? Solas apenas te levantan la voz. Y mira, que parecen tan buenas, tan trabajadoras. ¡Sólo hacen bulto y no sirven para nada! —Se giró hacia las hormigas —: Sólo piensan en ustedes. Y creen que porque están bien organizadas todo estará bien, como si eso demostrara que se preocupan por el bienestar de todos, ¡pues no! Se organizan para hacer daño. Se tragan todo lo que se encuentran en el camino, pero igual el mundo las considera buenas. ¡Já! Ese cuento yo no me lo trago, no me lo trago, no que no.
—No que no, no que no, no que no. Que no. No. —la remedaron las hormigas.
—¡Já! Y el perro, el perro era mío y se lo han comido. Tan obediente, tan manso y sereno. Hacía todo lo que yo le decía y nada más. Qué daño podría haber cometido. Ninguno. ¡Animales!
No había caso. La chica dorada siguió cuchicheando, peleando con las hormigas.  Éstas no hacían más que reírse de ella, la remedaban e insultaban. Pero esto no parecía afectar a la chica dorada, más parecía una manera para matar el tiempo. Sus tacones eran armas letales, terminaría aplastándolas a todas. Se veía tan fácil. Las hormigas tenían la batalla perdida desde el inicio.
En el punto Este había un anciano dormido. De su cráneo pendía una trenza blanca blanca que serpenteaba bajo sus pies. Estaba enredada alrededor de una de las patas de la silla. El viejo bostezó y se acomodó, escondió ambas manos bajo sus axilas y dejó escapar un cuchicheo sordo. Me acerqué para poder escucharlo mejor.
—Trabajo, trabajo, trabajo...
Me alejé, asustada. ¿Trabajo? No, de eso, nada. Estaba dormido y haraganeando, el trabajo seguramente lo hacían otros.
—Trabajo, trabajo, trabajo... —continuó—. Dios, dios, dios... sangre negra, negra, negra...
Me dio miedo y me alejé, el pobre anciano, tan viejo ya, deliraba. Me hubiese gustado que soñara con tiempos mejores, pero sólo pesadillas parecían rondarle en la cabeza.  Supe que en tal estado no sacaría nada de él, y decidí acercarme a la persona en el lado Norte.
—Oiga, disculpe, ¿sabe usted quién ha reservado todas las sillas?
Era un joven guapo, con sonrisa encantadora, cabello negro y lustroso, y una piel tan clara como el cielo. Me dio la impresión que podía verlo todo a través de él. Justo a su lado, estaba la silla que yo había ocupado. Un cartel de “reservado” me impidió sentarme.
—Estaban así cuando llegué —me informó.
—¿Ha sido el último en llegar?
—Cuando yo vine ya estaban las hormigas, y un perro. Yo no tengo perros, yo soy una persona de gatos y de serpientes. Los gatos hacen más daño, ¿sabe?
—Pues no lo sé, yo no soy de animales —le respondí.
—Se le nota.
El joven sacó un espejo del bolsillo de su pantalón y se acomodó el cabello. En segundos, el cabello negro se tornó azulado, como el mar, luego pajizo, como el trigo.
—Tal vez no debió haberse ido —me dijo —. Yo la vi salir, y me dio la impresión de que no volvería, por eso no me molesté en guardarle un asiento. Aunque claro, como ya le dije, cuando yo vine ya estaban todos reservados. Yo la vi a usted en el pasillo.
—¿Y entonces cómo logró sentarse?
—Es que mi nombre estaba escrito aquí —contestó—. Y, oiga, ¿logró hablar con la sirena? ¡No es la cosa más hermosa que ha visto en su vida!
—Es algo malcriada —dije, luego continué —: Pero entonces quiere decir que si encuentro la silla con mi nombre, podré sentarme, ¿no?
—Bueno, pero es que yo las revisé todas, y sólo cuatro tenían nombres. Tendría que hacer lo que hicieron las hormigas, matar a alguien y adueñarse de su puesto.
—No podría —titubeé algo perturbada.
—Seguro lo ha hecho sin darse cuenta —agregó.
—¡Por supuesto que no! —exclamé, alarmada.
—Pero, por ejemplo —continuó él, parlanchín y molesto—: alguien vino aquí primero. Alguien vino cuando no había nadie y notó esa silla rota de allá —señaló—. Mire por dónde la mire, esa silla rota es un peligro. Es terrible. Una verdadera amenaza. Pero yo vine de último y la silla rota está ahí. Lo está, yo la vi, la estoy viendo. Eso quiere decir que nadie se preocupó por la persona que se sentaría ahí, al fin y al cabo, no serían ellos. Y me atrevo a creer que incluso pensaron que sería gracioso que alguien se sentara y se cayera. ¿Lo ve? Eso ya cuenta como matar a alguien.
—Es una exageración —murmuré, nerviosa —. Además, la primera persona que vino seguramente no se fijó. Y, en todo caso, ¿qué hay de la segunda y la tercera? Ellos podrían haber hecho lo mismo.
—En efecto —agregó—, es por eso que me atrevo a decir que este salón está lleno de asesinos.
—Entonces, ¿usted también lo es?
—¡Para nada!
—¿Y por qué no?
—Porque ya hice el aviso. Dentro de poco alguien vendrá y retirará la silla rota —se cruzó de brazos, complacido consigo mismo —. Todos aquí deberían agradecerme, gracias a mi acción, nadie será acusado de asesinato. Excepto las hormigas allá, por supuesto —las señaló—, pero de ellas ya se espera sea que hagan algo o no. Imagino que ya están acostumbradas.
Las hormigas sisearon a lo lejos. Se formaron, y leí: “es de los que tira la piedra y esconde la mano”.
—Pero no es justo —me volví hacia el joven, preocupada —. Apenas me he ido veinte minutos, ¡qué digo veinte! Tal vez menos. Apenas descansé bajo el manzano de las manzanas podridas, y sí, la sirena me entretuvo un momento con su palabrería, pero eso no es nada. Digo, diez, quince minutos. Sí, eso y nada más.
—Pero se ha ido —comentó el joven—, le dio la espalda a las sillas y ahora ha perdido su lugar. Si quiere uno nuevo, tendrá que pelear por él.
—Pero yo no sé pelear —murmuré cohibida.
—Entonces tendrá que marcharse, o tomar la silla rota. Tal parece que demoraran en venir a sacarla, así que, por mientras, y si no se mata en ella, puede usarla. Es la única que no está reservada.
—Pero si usted mismo ha dicho que es un peligro.
—Pero es eso o perder su lugar —Se levantó un poco la manga de su traje para leer el reloj en su muñeca —. Y ya casi va siendo hora. ¿Qué hará?
Miré en todas direcciones, me sentía acorralada y fuera de lugar. En la entrada, la señora gorda de antes veía hacía adentro, como si buscara algo. Las hormigas le gritaron improperios, ella las ignoró. Luego, pareció como si hubiera encontrado lo que buscaba, pues entró de lleno al salón. Detrás de ella venían toda clase de aves con plumajes salvajes y coloridos. El salón casi se llenó por completo. El olor de la señora gorda nos incomodó a todos.
Luego ingresó una persona, un joven apuesto de cuerpo fino y cabello largo y reluciente del color de las manzanas. Estaba desnudo, y en una mano cargaba una gran cubeta llena de agua que salpicaba de tanto en tanto.
—¡Lo mismo de siempre! —bufó—. Siempre nos dejan hasta atrás. Allá no nos ve nadie, no nos escuchan, da igual si existimos o no. Esto no puede seguir así.
—¿Qué te dije? —comentó el joven cerca de mí —. Es una sirena hermosa, ¿verdad?
—Es un tritón —murmuré.
—Hay sirenas y tritones, y sitritones y tritorenas, etc.. En estos casos es mejor preguntarles a ellos antes de etiquetarlos. No puedes ir por ahí etiquetando a las personas. Es lo que siempre digo. Hazme caso y serás querida, como yo.
—¿De casualidad eres pariente de la chica dorada del Oeste?
—¿Cómo lo has sabido? —sonrió —. Es mi protegida.
Bufé.
—Y entonces... —continuó—, ¿qué harás?
El salón ya estaba completamente lleno de mujeres, hombres, niños, de perros, de hormigas, de aves, de sirenas, tritones, sitritones y tritorenas, y otro sin fin de criaturas que en mi vida jamás había conocido. Me sentía incómoda y fuera de lugar. Sin duda alguna no quería ni debía sentarme en la silla rota, pero la reunión estaba por comenzar y si no me sentaba, me notarían y probablemente se reirían de mí y me sacarían. Y era de esperar, porque no tenía lugar, lo había perdido. Estaba perdida.
Miré la silla rota, ¿qué podría pasar? Si balanceaba bien mi peso seguro podría mantenerla de pie, no se quebraría ni se movería. Me costaría mantenerla así toda la reunión, pero tenía que hacerlo.
Miré al joven del Norte, éste me sonrió. De pronto, se levantó de su silla, tomó mi mano y con desbordante caballerosidad me llevó hasta la silla rota.
—Por favor, recuerde todo lo que he hecho por usted.
—Pero si usted no...
Ya se había ido. Cuando lo busqué, ya estaba sentado. Las sillas a su alrededor seguían vacías, con el cartel de “reservado”, desocupadas y limpias y blancas. El joven se acomodó, subió el pie a la silla que tenía en frente. Yo me enfurecí, la ensuciaría. Además, estaba ocupando un espacio que perfectamente cualquier otra persona podría ocupar. Era increíble, bufé.
De repente yo, enfrente de la silla rota, podía sentir como todo el salón me miraba. Alguien conectó un micrófono y la estática inundó el espacio. Estaba a punto de comenzar. Me agité incómoda sin moverme. Las hormigas reían, la señora gorda apestaba, estaba segura de que el niño y el anciano estaban dormidos y que la chica dorada comenzaba a bostezar.
Durante un gran tiempo, sólo fuimos la silla rota y yo. La miré fijamente, y ella a mí. Recordé nuestro primer encuentro y mis burlas y malos deseos. Yo también había avisado sobre la silla rota. Lo dije muchas veces, pero nadie me escuchó. No había hecho nada malo. Esa silla rota no debía ser para mí, alguien tendría que haberla cambiado. Yo di el aviso primero. Yo avisé.
Suspiré, cansada. Me volteé, dudosa y temerosa. El tac tac de los zapatos de la mujer gorda resonaba en todo el salón junto a la estática del sistema de sonido en preparación. Todos estaban impacientes. Todos me estaban esperando a mí. Volví a suspirar. El sudor corría por todo mi cuerpo. Si iba a sentarme, tenía que hacerlo ahora. No había más tiempo.  La reunión estaba a punto de comenzar.
Escuché un chapoteo a lo lejos, en la esquina oscura de la habitación, donde la sirena cuidada con esmero su cubo de agua. El Sr. Pez sacó su cabeza húmeda a la superficie, me miró, movió la boca y dijo algo que no entendí debido al sonido intermitente y molesto de la estática. De repente la luz desapareció. Alguien dio las buenas noches. Y yo, yo seguía de pie, en frente de la silla rota, viéndola fijamente en la oscuridad, y sin saber qué hacer.

Fin. 

Tres niños (Relato)

Relato nuevo de temática medio psicológica. Este relato lo escribí durante ese triste periodo que estuve sin internet, y pues no sé por qué no lo había publicado. Lo releí hace poco, dos veces, y me sigue gustando, así que consideraré eso como una buena señal (?)
 No olviden que con sus lecturas ya me hacen infinitamente feliz, pero si me comentaran me llevarían a otra dimensión XD Así de geniales son ustedes ;)
Sin más que decir, espero disfruten la lectura. De antemano, muchísimas gracias por su tiempo.
Saludos. 
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Tres niños.



Se detuvo al notar que llevaba sueltos los cordones de los zapatos. Respiró, resignado, se agachó, los amarró, y cuando pensó que volvería a echarse a correr, se percató de que ya no tenía ganas. Se limpió la frente con la manga de la camiseta. Agitó los brazos, intentando relajarse. La mañana estaba pesada. Apenas iba a salir el sol.
Continuó caminando por el medio de la calle. No solían transitar muchos autos por ahí, era una calle que ya no llevaba a ningún lugar. El aroma a azufre se hacía camino en tanto la niebla desaparecía. Y más allá habían árboles enormes, un bosque, y partiendo el bosque en dos un río, en todo el lugar varios riachuelos. Tendría que oler a verde, pero seguía oliendo a podrido, a azufre.
Decían que asustaban. Habían matado a tres niños ahí, cerca del vertedero de la olvidada planta química, decían. Decían que seguían allí dentro, descompuestos entre los desechos. Las plantas al rededor del vertedero seguían verdes, bastante vivas. Había leído algo al respecto, la capacidad de adaptación de la naturaleza. Y eso que él no podía ni soportar el olor.
Cuando el sol por fin se hizo notar con fuerza sintió un escalofrío. Una ráfaga repentina hizo que el bosque a lo lejos se lamentara. El vertedero estaba si tomaba hacía la izquierda. Había una reja electrizada, y casi siempre olía a muerto, animales pequeños que se enredaban y morían. Pero hacia la derecha olía a azufre, y no tenía que ver con los tres niños desaparecidos ni con animales atrapados entre rejas electrizadas. Se decía que habían termas bajo tierra. Pero el terreno era inestable. Muchas compañías habían hecho estudios, todas y cada una concluyó lo mismo: no resultaba rentable, la planta química ya llevaba demasiado tiempo ahí aunque ya no funcionara.
Creyó haber sabido los nombres de los tres niños, pero la verdad era que ni siquiera los había conocido. Eran de otro vecindario, uno pobre. Había llegado el anuncio a la escuela, los niños tenían prohibido andar solos en la calle y tenían que llegar a casa temprano y avisar si notaban a algún extraño cerca. Recordó haber visto a una mujer vestida de enfermera. Llevaba los labios pintados de rojo y al sonreír se le formaban graciosos hoyuelos en las mejillas. Era bonita y delgada, llevaba el cabello corto y un par de llaves en las manos con un llavero bastante parecido al desagradable payaso de las hamburguesas. Lo sonrió y él le sonrió de vuelta. Esa noche tuvo pesadillas. Se pasó a dormir con sus padres y estos lo abrazaron con fuerza. Y si hubiera sido él, ¿a quién habrían abrazado sus padres esa noche?
También recordó las noticias: habían encontrado ropa ensangrentada, varias extremidades y muchísimas fotografías. Los padres que las vieron todavía seguían recibiendo ayuda psicológica. Los niños desaparecidos ahora debían andar por ahí, incompletos. ¿Y si querían correr? ¿Y si querían coger algo?
Volvió a revisar los cordones de los zapatos, y se agachó para asegurar que ya no se le soltaran. Hecho esto, tomó un gran suspiro y se echó a correr. El bosque era cada vez más grande.
A veces el bosque hablaba, tenía voz de niña. A veces el bosque también lloraba, pero cuando lo hacía, lloraba como hombre, casi como un animal lastimado. Siempre se escuchaban muchos pasos dentro, como si los árboles dejaran sus raíces (como él sus zapatos al entrar en su habitación) y se fueran a pasear por ahí. Dejaban las hojas regadas, y las ramas apretujadas se quebraban y caían al suelo, revolviendo la tierra.
Los riachuelos titiritaban de frío. Fluían serenos con el calor, transportando animalitos muertos y hojas secas. En las partes más profundas el agua no era verde ni azul, era amarilla, a veces rojiza, y se podían ver rostros reflejarse, los rostros de los árboles que se inclinaban para verse. Pasaba de todo, sólo que cuando él llegaba, se detenía. El bosque tenía sus horas, y tres niños desaparecidos que jugaban cerca del agua sucia que no estaba rodeada por cercas eléctricas.
Tiempo después volvió a ver las noticias. Se habían agotado todos los recursos, no habían más pistas ni testigos. Los rostros estáticos de los niños quedaron guardados en una caja que más tarde se llenaría de polillas. Las polillas ya debieron haberse comido sus rostros. No sabían que los verdaderos niños seguían en el bosque. Para ese tiempo vio a un hombre vestido de bombero, llevaba los labios pintados de rojo y al sonreír, graciosos hoyuelos se dibujaban en sus mejillas. Llevaba las manos enguantadas y un sombrero. Lo saludó a lo lejos. No salió de casa en una semana.
Antes de adentrarse en el bosque, miró hacia atrás. La carretera estaba agrietada, con las hendiduras llenas de maleza. El sol brillaba cálido a lo lejos. Apenas había nubes en el cielo azul. Para esa hora sus padres debían estarse levantando. Le rugió el estómago al imaginarse el olor del desayuno que seguramente su madre tenía planeado para ese día. Volvió a revisar los cordones de sus zapatos. Se revolvió el cabello y continuó.
El bosque lo recibió con una enorme bocanada de silencio. Crujieron los troncos, susurrando noticias del niño intruso. Seguramente con estas noticias los tres niños desaparecidos se echarían a correr. Por suerte llevaba zapatos deportivos, podría alcanzarlos.
Olía a azufre. Una vez le pareció escuchar que a eso olía la muerte cuando no era natural. El cuerpo se ponía amarillo y arenoso y se resquebrajaba como castillo de arena. Pero él era bueno reconstruyendo cosas, tal vez, aunque fuese granito a granito, podría reparar los cuerpos de los tres niños desaparecidos, aunque no sabía en dónde estaban las extremidades que encontraron por aparte, y no podría dejarlos completos a menos que alguien le dijeran en dónde podía encontrarlas. Pero claro, ya podría hacer eso después. Dorsos, cabezas, cuellos y hombros por tres se escondían en el bosque. Y no, él ya sabía que no estaban en el vertedero de la vieja planta química.
Un tiempo después otro niño desapareció. Un vecino suyo. Doce años, cabello rizado y negro, no tan lindo como los tres niños desaparecidos, ni tan pequeño tampoco. Sus padres llegaron por él a la escuela. Todos temían que tres niños volvieran a desaparecer, y como faltaban dos, se les ordenó a los padres que cuidaran bien a sus hijos y que no los dejaran ir a ningún lado sin supervisión. Se quedó cerca de la ventana todo el día. En el televisor de la sala sonaban las caricaturas. Sus padres veían las noticias en el pequeño televisor de la cocina. Afuera de la ventana había un sujeto vestido de blanco, tenía las manos llenas de pintura y los labios teñidos de rojo. No sonreía. Comenzó a sacar cosas de su bolsillo, como un payaso, algo ligoso se escurría desde alguna parte. Él parpadeó varias veces. Se sentía sólo un niño y tenía mala vista.
Se acomodó los lentes y volvió a revisar sus zapatos. Dentro del bosque todo iba oscureciéndose, y entre más oscuro, más apestaba a azufre. En ciertas partes escuchaba el correr del agua. Saltaba entre raíz y raíz cuando el suelo se movía bajo sus pies. Tropezó una vez pero el viento lo sostuvo, lo elevó lo suficiente para que sus pies encontraran la forma adecuada de pisar el suelo lleno de ramas y hojas, y siguió avanzando.
Al niño desaparecido lo encontraron ahogado en el vertedero químico. Por eso ahora había una reja electrizada. Todo por un verdad o reto. Los amigos hablaron hasta semanas después, asustados. Nadie lo creía. Esperaban que tuviera relación con los tres niños desaparecidos para así poder reabrir el caso. Él no era tan grande, pero sabía que no tenía que acercarse a ese lugar. Lo que huele mal es malo. Y si ahora iba al bosque era porque los tres niños desaparecidos lo esperaban ahí, no era ni un verdad o reto, era simplemente una cita.
Cruzó un riachuelo, apenas era una línea de agua cristalina veteada de musgo verde. Escupió antes de saltarla. Arrastraba hilos rojos que olían a azufre, y como la fuente era tan superficial casi podía verlos, como los vasitos sanguíneos que se rompen al lastimar la piel. Los demás riachuelos eran más anchos, ¿cómo habrían hecho los tres niños desaparecidos para saltar sin piernas? Tampoco podían arrastrase porque ni manos tenían. Tal vez alguien fue lo suficientemente amable de llevarlos hasta ahí, y por eso no habían regresado a la ciudad, porque no podían.
En la escuela celebraron el aniversario de los tres niños desaparecidos. Oraron, cantaron, y admiraron su valentía. Nadie los conocía pero brindaron en su honor, sin invitarlos. Esto lo molestó. Por eso ese día ni se apareció. Se quedó en casa, junto a la ventana, viendo las calles desiertas porque los niños estaban en las escuelas. Un perro negro pasó cojeando. Se detuvo. Tenía los ojos pintados de rojo. Le faltaba un tercio de la cola y llevaba el estómago abierto, las tripas colgando como enredaderas. Su madre lo distrajo con su voz, le dijo que se fuera a lavar las manos, él sólo quería seguir viendo al extraño animal. Su madre le gritó y él al fin se lavó las manos. Esa noche durmió tarde, y soñó con los tres niños desaparecidos. Así supo que tenía que ir al bosque.
Se encontró un árbol partido a la mitad, ennegrecido y sin ramas y sin hojas. Lo tocó y las manos se le tiñeron. Despedían un olor extraño, como a cal mojada. Sabía que a partir de ahí tenía que tomar a la izquierda. A la derecha se podía ver un pequeño camino, la vegetación no crecía a su alrededor. En cambio a la izquierda todo estaba lleno de malezas, de hierbajos espinosos, con flores algunos y frutos otros. Ni las flores ni las frutas debían ser tocados, porque nacían cuando alguna espina cortaba la piel. Todas esas flores y frutas rojas no eran más que personas, y entre esas tantas debía estar él. Ya había soñado haber ido a ese lugar. Ahí tenía que estar él.
Las noches antes de huir escuchó a sus padres discutir. Se iban a mudar y no lo iban a llevar. Era su padre quien ya no lo quería, quería ingresarlo a saber donde. Y si su madre lo quería llevar consigo lo mejor era que también se quedara. Ya no los soportaba. Su padre se limpiaba las manos insistentemente, a pesar de que las tenía limpias y secas. Su madre hacía lo mismo en su delantal. Él veía a través de una hendidura en la puerta. Los labios de ambos padres se tiñeron de rojo, sonrieron y se formaron grandes hoyuelos en sus mejillas. Luego ambos los tres se abrazaron, él mismo los llevó a la cama. Después se fue a dormir, despertó en medio de una pesadilla y se fue al bosque.
Pasó otros dos arroyos y luego llegó a un campo, en medio, solitaria, descansaba una enorme roca. Tres rostros habían dibujados allí, entonces lo supo: eran los tres niños desaparecidos. Comenzó a correr con fuerza para alcanzarlos. Al acercarse se percató de que la piedra parecía un inmenso dorso desnudo. Un dorso con un cuello y tres cabezas. Cavó debajo de la piedra. Olía a azufre ahí, a humedad y a rojo. Recordó las sonrisas y los hoyuelos. El perro y las profesiones. Le zumbaron los oídos «¡lávate las manos!» Recordó sus manos pintando de rojo los labios de su madre. No olía a pintura, olía a azufre. ¿Por qué le habrían cortado las piernas y los brazos a los tres niños? Seguro que a alguien le molestaba todo el desastre que hacían con sus manos y su corretear incesante entre acera y acera.
Las uñas le comenzaron a sangrar de tanto cavar. Se encontró una piedra blanca de forma peculiar, luego otras, más pequeñas, más grandes, de varias formas, estilladas algunas, lisas otras. Los rostros en la piedra fueron desaparecieron. Sus manos ya sangraban de todas formas, así que retocó el contorno de los retratos con sus dedos. Olía a azufre. La sangre en sus dedos se había secado. Se terminó de arrancar las uñas, las frotó contra las piedras, las hizo sangrar nuevamente y continuó dibujando. Las sonrisas quedaron de último. Las pintó en rojo, y las repasó y quedaron más rojas, pero esas sonrisas no dibujaban hoyuelos, así que él metió los dedos en la tierra y los dibujó, redondos, dos en cada rostro.
Antes de todo eso, de las discusiones de sus padres, del niño ahogado, de los tres desaparecidos y antes de la escuela, salió a la acera de enfrente. Tres niños: dos niños y una niña, se habían pasado toda la tarde correteando, ahora pintaban en la acera con tizas de colores. La niña dibujó una enfermera, y los niños un bombero y un doctor. Cuando él se acercó un perro comenzó a ladrarle. Los niños se rieron de él. Él les quitó las tizas y las destruyó contra la acera. Los niños le gritaron, él gritó de vuelta. Los niños comenzaron a correr, él los siguió, pero era tan torpe que no se fijó que llevaba los cordones sueltos, y se cayó, además el perro no dejaba de ladrar. Ladraba y ladraba. Si pudiera lo callaría, le cortaría la cola y se la daría de comer para que se atragantara y se callara; y a esos niños, a esos niños le cortaría los brazos para que dejaran de rallar enfrente de su acera, y sus piernas para que no corrieran cuando debían ser castigados. Y su madre le podría decir cuantas veces quisiera que se lavara las manos, qué más daba, él se las lavaría. Se las seguiría lavando ahora que vivía en el bosque, entre tantos riachuelos, y vería como el agua se ponía amarilla, como rojiza, y tal vez de vez en cuando volvería a la ciudad. O quizás no. Había tantos niños en la ciudad, tan bulliciosos, que a él sólo le daban ganas de matarlos, y bien sabía que podía pasarse la vida lavándose las manos.


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¡Gracias por leer!

Ruptura (Relato)

Va sobre un engaño.
Advertencias: leve contenido sexual. Engaño.
PD: No encontré una imagen apropiada xD
PD2: Gracias por leer.
EN WATTPAD


Ruptura



La lata de cerveza cayó estrepitosamente y comenzó a rodar calle abajo. Las farolas del alumbrado público alcanzaban a bañar el pavimento con su tenue luz. La noche estaba cálida. Los tres habíamos bebido de más.
En el edificio de al lado, dos pisos arriba, la fiesta seguía desarrollándose con naturalidad. A través de la ventana podía verse el errático ir y venir de las luces. La cortina ondeaba a pesar de que no hacía viento. Apenas alcanzábamos a escuchar el ruido de la música. Una chica descansaba cerca del barandal, sólo era apreciable su silueta y la del vaso que sostenía en la mano y que no se había empinado ni una tan sola vez en los últimos diez minutos.
Sólo pasó —murmuré.
Simon se sobaba la quijada. Johan, en cambio, se movía de un lado a otro, de extremo a extremo del auto. Balbuceaba como loco.
Joder, Carol, estas cosas no «sólo pasan» ¡Qué demonios tienes en la cabeza! —golpeó el auto con el puño y se alejó, medio arrepentido. Se detuvo un par de metros después.
Oye, hombre...
¡Tú ni me hables! ¡Demonios!
Estamos algo colocados —intervine—, lo mejor es seguir con esto mañana.
Johan metió las manos en uno de sus bolsillos y agitó las llaves que guardaba dentro, haciéndolas titilar. Las extrajo y las quedó viendo, confundido. Luego nos miró a Simon y a mí. El odio seguía ahí, brillando en sus ojos. No dijimos nada.
Y tampoco dijimos nada cuando Johan se subió a su automóvil y lo puso a andar de repente. El sonido de las llantas sobre el asfalto consiguió asustarme, se me erizó la piel. Me abracé a mí misma y suspiré. Simon seguía sobándose.
Volví a suspirar. Tenía calor y sudaba en exceso, pero creo que fue más por el nerviosismo. Jamás me había peleado con Johan, las cosas no tenían por qué suceder así, sin embargo...
Ha sido todo culpa mía —dijo Simon. Se acomodó la ropa y se acercó a la acera. Se sentó. Escondió, un momento nada más, su rostro entre sus manos. Maldijo casi en silencio.
Si ha pasado es por algo —dije yo, acercándome a él —. ¿Te arrepientes?
Joder, no, Cary. Es sólo que... no sé, no debió enterarse así.
Habría reaccionado igual —comenté ausente —. O no sé, al menos eso creo.
Y tú... ¿te arrepientes?
Simon tenía un tatuaje en el hombro. Lo vi la noche que tuvimos sexo por primera vez. Antes de eso jamás lo había visto sin camisa. Ese día no había pasado nada en particular. Nos encontramos por pura casualidad en el centro comercial, el saludo obligatorio, había una persona que nos conectaba después de todo. Y sí, nos llevábamos bien cuando estaba Johan presente, porque nos agradábamos, pero sin él con nosotros, establecimos una distancia, como si inconscientemente supiéramos que algo podría pasar. Y entonces pasó. Comimos. Caminamos. Platicamos tanto y nos sentimos tan a gusto que decidimos seguir la fiesta a solas. No habíamos probado ni una tan sola gota de alcohol cuando comenzamos a besarnos. Cuando menos lo supe ya estaba sin ropa, ida en el tatuaje extraño que Simon tiene en el hombro. No pensé en Johan ni una tan sola vez.
Era estúpido preguntarnos el uno al otro si nos arrepentíamos, lo habíamos hecho más de veinte veces desde entonces, todo en tan solo tres meses. Pero no, si había que decirlo, ni siquiera sentí culpa la primera vez.
Claro que no, Simon.
Simon se puso de pie. Comenzó a andar erráticamente en la dirección que Johan se había ido. Vamos, que debía sentirse una mierda, eran amigos de verdad, no sólo de juerga. Los dos chicos decentes, chicos normales que jamás habían experimentado este tipo de drama.
Esta no me la va a perdonar. —Apenas alcancé a escuchar sus palabras. Simon tenía las manos hundidas en su cabello. Ya venía de regreso. Me senté y lo esperé. Hizo el amago de irse en más de una ocasión, pero al final, se sentó a mi lado —. Pero no quiero dejarte —agregó.
Le tomé las manos y le busqué los labios. Lo besé con fuerza. Al sentir su lengua la tomé entre mis dientes, pero pronto la liberé para morder su boca.
No supe cuándo dejó de gustarme Johan y comencé a interesarme en Simon, pero ahí estábamos ahora y esa era la situación. No había manera de volver al pasado para regañarnos a nosotros mismos y decirnos que no merecía la pena poner en riesgo una amistad así. Sobre todo porque yo no estaba muy segura de esto. Cuando estaba en la cama con Simon, cuando nos besábamos o cuando simplemente nos encontrábamos para comer juntos, sentía que lo valía. Por supuesto no sabía qué pensaba él.
Simon se levantó, dudó un instante, no sabía qué hacer, pero me miraba, y esto pareció bastarle. Me llevó hasta su auto, al asiento trasero. Adentro estaba todavía más caliente, pero no encendió el aire acondicionado. Olía a desodorante ambiental.
Enseguida me quité la blusa, no llevaba sostén. Mis senos brillaban humedecidos por el sudor. La primera reacción de Simon fue morderlos. Gemí y le halé el cabello, me había hecho daño.
Disculpa.
Está bien, sólo ando pre, el cuerpo se me pone como loco, todo sensible.
Él lo sabía, no tenía por qué darle explicaciones, sólo decirle: «oye, ya sabes».
Lamió un pezón y besó el otro.
Hasta toda sudorosa hueles delicioso, Cary —dijo —. Pero lo salado no te lo quita nada.
Reí.
Pronto comencé a llorar.
Simon me atrajo hacia él y me abrazó con fuerza. Sentí la erección contra mi cuerpo, quise alejarme, desnudarme por completo y decirle: oye, nada de abrazos, tengamos sexo y nada más, me llevas a casa y ya veremos mañana cómo arreglamos las cosas con Johan. Vamos, sexo, sólo sexo. Pero Simon también lloraba, lo escuché en su pecho.
Terminaré con él —sollocé—, y contigo, así seguro en un par de días vuelven a ser amigos.
Simon negó con tanta fuerza que me golpeó la cabeza. Me apretó incluso más. Me hacía daño, pero me dejé.
Yo te besé primero —dijo, tratando de tomar toda la culpa consigo.
Ya. Pero yo te devolví el beso. Además, siempre soy la primera que se desviste, si vamos a eso... un beso es inofensivo, ya, pasa a veces, ya sabes...
Esa vez, yo me desvestí primero y él comenzó a acariciarme entre las piernas. Estaba tan mojada, tan inexplicablemente excitada. De haber bebido, fácilmente hubiéramos culpado al alcohol. ¿Acaso estas cosas no suceden más cuando la gente está borracha? Pero no, nosotros estábamos mejor que sobrios, completamente hechizados con la realidad que nos envolvía. Una realidad falsa en la que no existía Johan. Por eso pudimos hacer lo que hicimos a continuación. Simon me acarició con la lengua, yo con la mano, y entonces lo sentí dentro, y abrí los ojos como nunca antes porque por un momento pensé que si al fin reconocía en verdad a la persona con la que estaba teniendo sexo, todo terminaría y no se repetiría. No fue así.
Simon ahora me acariciaba. Dentro del auto el calor era insoportable y yo estaba sudadísima, ya completamente desnuda. Otra vez habíamos dejado de pensar en Johan.
Me gusta Simon, me gusten verdad.
Yo tenía sus dedos dentro y sólo podía pensar en lo bonito que se veía su rostro acalorado. Entonces un movimiento, gemí, lo abracé, comenzó el ir y venir de mis caderas. Tomé su rostro entre mis manos, junté su frente con la mía. Escuché cómo desabrochaba el cinturón y se bajaba la cremallera, y entonces me dejé ir, apretándolo con más fuerza, arrancándoles los labios de tajo entre gemido y gemido.
Pensé que Johan habría notado algo. Llevábamos casi un mes sin sexo. Yo ya no lo buscaba en su cama, ni el placer de sus labios. ¿Me pasaría igual con Simon? ¿Pasaría de él como había pasado de Johan?
Estás pensando —masculló Simon, agitado.
Reí. Agité la cabeza. Él enterró sus dedos en mi cabello, su otra mano descansaba en mi espalda. Mis senos rosaban su pecho desnudo. Sudábamos excesivamente. Era ridículo.
Abre una ventana —reí.
Se negó. Le mordí una oreja.
Eres una escandalosa.
Y qué más da. Imagina cómo se ve el auto desde afuera, con tanto movimiento —reí otra vez. Reía mucho cuando estaba nerviosa.
Precisamente. Ya es suficiente espectáculo.
Me mordió el hombro izquierdo, luego la boca.
Ya. Pero si no hay nadie afuera.
Me apretó más, me hizo daño, pero me gustaba que me abrazara con tanta fuerza. Entonces colocó ambas manos en mis caderas, yo estaba hecha una loca sobre él, sintiéndolo con cada fibra nerviosa. Me gustaba así, concentrarme tanto, tratando de encontrar sensaciones nuevas. A veces me dolía. Se me tensaba todo el vientre, las piernas. Se me acalambraba el cuerpo, completito, quedaba hecha una masa deforme y me terminaba fundiendo en él.
Más, Sim... más... —gemí.
Me arañó la espalda.
Simon —volví a gemir —. Duele...
Le arañé los hombros. Mordí su cuello. El dolor cesó relajándome por completo. Segundos después, el terminó también.
Me quedé echa un ovillo en el asiento trasero. Simon todavía no había puesto el auto a andar.
¿Segura quieres irte ahí?
Despiértamente cuando lleguemos a tu casa.
De acuerdo.
El ronroneo del motor y el ligera vibración del auto en movimiento me relajaron bastante. Me quedé dormida un segundo, pero fue suficiente para soñar con Johan. Lo conocí en la universidad, ambos de primer ingreso, en carreras diferentes, al pasar las clases generales no nos volveríamos a ver. Me gustaba tanto Johan en ese momento, tanto como me gustaba Simon ahora. ¿Me pasaría otra vez? ¿Dejaría de gustarme Simon y me interesaría en alguien más?
Sentía las piernas pesadas y me ardía un hombro. Todavía estaba mojada. El aire entraba violentamente. Simon corría. El viento se colaba por su ventana.
A Simon lo conocí después. No iba a la misma universidad, aunque estudiaban lo mismo que Johan. Su familia no tenía para tanto, era una universidad menos prestigiosa, pero él parecía inteligente, educado, hacía comentarios certeros, me ofrecía su silla cuando no había más espacio. Los chicos no solían llevar a sus chicas a las reuniones. Yo siempre iba y él no hacía que me sintiera ignorada. Odiaba eso, odiaba quedar relegada a «una de las novias». Él nunca me miró así.
Sentía los labios inflamados, tenía el cabello revuelto, los pezones sensibles me dolían al rozarse contra la tela de la camisa de Simon.
El auto se detuvo. Esperé un momento, quería que Simon me despertara, pero se quedó quieto y no dijo nada. Podía escuchar su agitación junto con el ronroneo del motor del auto. Pero sólo eso. Sus pensamientos jamás los escucharía.
¿Me quieres, Simon? —pregunté, jugando a la dormida.
Sí —respondió, sin dudar. Se me encogió el pecho por completo. Apenas podía respirar.
Entonces pidamos perdón, pidamos perdón hasta perder la voz.
Mañana —murmuró.
Puso el auto a andar nuevamente. Ahora iba más lento, el aire no se colaba dentro con tanta violencia. Pensé en lo mucho que quería a Simon, y que no valía la pena seguir preguntándome si algún día le haría algo similar a él. Pero lo haré bien, terminaré primero, y luego, lo que sea. Da miedo querer, pero también dejar de querer, como si lo primero fuera lo natural y lo segundo el desastre.
La vida, la vida...
Cuando el auto se detuvo por segunda ocasión, por fin me quedé dormida.



El ladrón (Relato)

Relato corto. No es romance. Es... no sé. Ahí quedan las advertencias XD
Espero tengan una buena semana. Saludos. (No olviden comentar)




El Ladrón.



Había algo en el otro de la cama. Por más que quise voltearme, no pude. Mi piel era un gran escalofrío. Bajo las sábanas podía escuchar mi pulso acelerarse. La cabeza comenzó a dolerme. Tenía los pies helados. A mí lado, una respiración débil y serena casi me rosaba la nunca. Llevaba el cabello amarrado y quería soltarlo, pero ni los brazos podía mover.
Hace frío, ¿no crees? —preguntó la persona a mi lado. Por más que quise, no pude distinguir si la suya era una voz de niño, de adolescente o de un adulto, y peor aún, si era de hombre o de mujer.
Asentí, aunque no alcancé a mover la cabeza ni un milímetro.
Oye, y no me malinterpretes, es que tu cama se veía tan calentita. Qué manera de dormir, eh, contagias.
Mi exnovio me lo había dicho, por eso, para cosas ajenas del sexo, me mantenía alejada de la cama. «No me puedo pasar el día haraganeando», decía, aunque igual se quedaba dormido estuviera yo en la cama o no. Había que ver. Un completo idiota.
Afuera está insoportable, ni te lo imaginas —continuó la persona —. Y de repente me ha entrado hambre. Has dejado una ventana abierta, ¿lo sabías? Y me dije: hay que aprovechar. Pero la situación económica está perra, ¿verdad? Apenas he encontrado cosas de mi agrado en el refrigerador. Pero había sobras de comida en el microondas, espero no te moleste que las hayas tomado. No te dará mucha hambre al despertar, ¿o sí?
Negué en silencio.
Y entonces, me dije: si tomo un par de cositas para venderlas y comprar café, no estaría mal, ¿verdad? Por el frío que hace afuera, digo. Pero la verdad es que tu vida no es muy acomodada, ¿cierto? Sólo encontré baratijas por las que no me darían ni diez centavos. Y claro, de diez en diez centavos se puede juntar dinero para comprar un café, pero sería demasiado sospechoso andar por la calle con tantos trastos sueltos, ¿no te parece? Y entonces vi la puerta de esta habitación. No sé, pero algo en esta puerta me atrajo. Pensé algo así como: en esa parte de la casa ha de vivir una persona realmente excepcional. Oye, y no te conozco, pero estás tan quieta que me lo pareces.
Quería gritar. El calor del extraño a mi lado ya se me estaba adhiriendo al cuerpo, aunque era un calor vago, casi imperceptible. Los párpados me pesaban pero, por lo demás, estaba más ligera que una nube. Moví los dedos de los pies, que se rozaron con la mullida colcha que me cubría de cuerpo entero. Seguía con los pies helados. Todo parecía sacado de otro mundo, así que no me quedó más remedio que pensar que todo era un sueño, y cerré los ojos.
¿Estás desempleada? —preguntó. Abrí los ojos bruscamente, tanto que me dolieron y ni sé si esto siquiera es posible —. Vamos, no estés tan callada, de todas formas, falta poco para que amanezca, y si estás desempleada, te la puedes pasar haraganeando todo el día, ¿no? Hazlo por mí.
Algo en mi pecho se destensó. Dejé escapar un suspiro enorme y prolongado que resonó por toda la habitación.
Desde hace tres semanas —respondí. Ahora tenía el cuerpo medio acalambrado, como cuando muerdes hojas de limonaria y se te duerme la lengua.
Apesta, ¿no? —dijo la persona a su vez —. ¿Me creerías que antes de robar casas era un exitosísimo empresario? Qué curiosa es la vida, ¿no?
Pues yo era una dependiente en una tienda de ropa. Ya sabes, esas del centro. Venden ropa barata de malísima calidad, pero ya ves, la situación.
Fue un recorte de personal, imagino.
Nada que ver —suspiré apesarada —. Fue un triángulo amoroso de lo más soso. Mira, qué típico, mi vida perdió su rumbo por el amor, como si ya no bastara con ser mujer; y eso que yo ni siquiera sentía amor.
Suenas como una auténtica rompecorazones.
Para nada —sonreí.
Mi cuerpo fue recobrando su estado habitual. Ya no lo sentía ni pesado, ni dormido o acalambrado. Respiraba con más naturalidad y estaba segura de poder mover todas mis extremidades como de costumbre. A decir verdad, la curiosidad me estaba matando. Cierto era que estaba oscuro, pero por la ventana entraba algo de claridad y con algo de suerte, podría apreciar el rostro de la persona que descansaba a mi lado. Había perdido por completo el sentido del peligro.
No te molesta si me volteo, ¿verdad? —pregunté educadamente —. Se me está entumeciendo este costado del cuerpo.
En absoluto —respondió —, y de todas formas, es tu cama. De ser tú, yo a estas alturas ya te estaría corriendo —rió.
Tomé una gran bocanada de aire. Apreté la sábana con fuerza y luego la liberé. Cierto, el cuerpo ya no me pesaba, estaba ligero como una pluma, pero no quería realizar ningún movimiento brusco. Primero vi por encima de mi hombro, estaba todo oscuro del otro lado pero la luz que se colaba me ayudó adivinar un perfil, uno masculino. Al recordar sus palabras me di cuenta de que sí, efectivamente, la voz que me había estado hablando era una voz de hombre. No sé por qué no lo había descubierto antes.
Es duro dejar el lado calentito de la cama, ¿verdad? Tengo la impresión de que tu cuerpo es verdaderamente caliente y que en ese lado de la cama en el que hasta hace poco has estado descansando se ha de estar muy a gusto.
¿Te quieres pasar para acá? —pregunté.
Excepcional en serio —rió el hombre —, mira que ya lo sabía. ¿No será una molestia?
Para nada.
Me fui acercando a él para darle espacio y se pasara al lado de la cama que yo había estado ocupando. Pensé que durante el proceso nos tocaríamos, pero no ocurrió así. Sí sentí la cama hundirse cuando él se ayudó con sus manos y piernas, aunque apenas pude sentir su calor. Su cuerpo estaba presente y muy cerca del mío, pero aparte de su aliento antes, todo en él resultaba muy vago, casi inexistente.
El lado de la cama que ahora ocupaba no estaba del todo frío, pero tampoco cálido. Sentí nuevamente que me encontraba en un sueño. La presencia del hombre seguía siendo como un espejismo, o más bien, como un fantasma.
¿Te quieres arropar? —pregunté.
¿No será una molestia?
Para ser un ladrón eres bastante educado —sonreí.
Seguro estás pensando que, de ser otro, en este momento estaría abusando sexualmente de ti, ¿no? Porque no debes tenerme miedo, lo prometo.
La verdad es que no —le dije.
Pero se ve mucho en las noticias, ¿verdad? Qué bueno que no tengo un televisor, ver las noticias es en verdad deprimente.
Me han cortado el cable y el Internet, así que no sabría decirte que cuentas las noticias últimamente.
¿Y no has sentido que así vives más en paz?
La verdad era que no. No es necesario ver noticias para saber cómo está el mundo de afuera. Si él en verdad fue un empresario exitosísimo, tenía que estar más familiarizado con las cosas del mundo, eso pensé.
Aunque ya has de vivir en paz, puesto que vives sola.
Es bueno no rendirle cuentas a nadie —contesté —. Claro está que, cuando te metes en apuros, apenas tienes personas de confianza a las que recurrir. Es como si, con el hecho de vivir solo, piensas que, a partir de ahí, lo natural es seguir aislándote.
Ya veo.
Algo impactó el cristal de la ventana y me sacó un sobresalto. Parecía que afuera estaba haciendo en verdad mucho viento. Y si adentro estaba frío, no me podía imaginar cómo estaría allí. Por un momento pensé en los vagabundos que siempre me encontraba de camino al centro, cuando trabajaba, y me sumí en un pesar enorme. Pero un pesar vacío, al fin y al cabo; al despertar, incluso viendo en las noticias que uno o dos murieron por el frío, de un «¡qué terrible!» no pasaría, luego seguiría, como si en el mundo no existiera más.
Oye, y siento que tengo que aclararlo, porque has sido tan amable conmigo, pero en verdad no pensaba robar más de lo necesario.
Tengo una cadena de oro en el joyero sobre la cómoda, por si te interesa.
Eres en verdad excepcional —repitió—. Tengo que agradecértelo, si me los das por cuenta propia entonces me ayudas a no sentirme tan mal conmigo mismo. Esto de robar, ¿sabes? No se lo recomiendo a nadie. Es terrible.
Nunca he robado —comenté—, aunque una vez sí se me pasó la idea por la cabeza. Al fin y al cabo me van a despedir, ¡qué más da! Luego vi a las dos personas por las que me iban a despedir y ¡bah!, por ellos sí que no vale la pena. Dices que soy una persona excepcional, pero en verdad soy una persona irremediablemente orgullosa.
Rió. O fue como si su risa se quedara atorada en su pecho, haciéndolo ronronear. Esto, por alguna razón, me dio mucha confianza. Bajo las sábanas acerqué mis pies a los suyos. Iba descalzo.
¡Uff, qué friito! —masculló —. En realidad eres una persona de sangre fría, quién lo diría —bromeó.
He olvidado ponerme calcetas.
¿Y las manos las tienes igual de heladas?
Ahora reí yo. Froté mis manos la una con la otra y lentamente acerqué una a la mejilla del hombre. Él inmediatamente colocó su mano sobre la mía. Descubrí que en él apenas se podía sentir calidez. Era igual que antes. No lo tenía del todo cerca y apenas podía sentir algo tibio, ahora lo había tocado dos veces, y se sentía igual de tibio, como si no hubiera diferencia entre su cuerpo y lo que fuese que lo rodeaba.
¿De casualidad no serás un fantasma?
Ya. Pero es que los fantasmas no tienen pies.
¿Cómo sabes?
Una vez vi uno.
¿Y no tenía pies?
Flotaba en el aire, como una bolsa plástica al viento. No parecen tener mucho control sobre ellos mismos, supongo que a eso se refieren cuando dicen que penan.
¿Y lo conocías?
Muy perspicaz. Pues sí, era un compañero de trabajo. Entonces lo vi y me dije: ya no haré nada por esta empresa de mierda. Disculpa la palabrota —se disculpó—. Te sonará muy típico, pero es que para el tiempo que mi compañero se me apareció como un alma en pena, mi esposa me había dejado, llevándose con ella a mí único hijo varón. Hasta ese momento me di cuenta que había estado perdiendo el tiempo como si fuera un deporte olímpico. Llevaba una doble vida. Me esforzaba tanto y para nada.
Pero seguro llevabas una vida muy cómoda.
Ya. Sí. Pero cuando pienso que ella, al voltearse en la cama, se encontraba con un lado frío, me da algo, como un remordimiento.
Tal vez simplemente nunca has sido bueno calentando los otros lados de las camas.
Puede ser.
Se quedó en silencio, como si mis palabras hubieran sido tan profundas que requerían un poco más de meditación. Mientras tanto yo me acomodé boca arriba. El techo estaba sin encielar. Se veían los cables que alimentaban el foco que iluminaba la habitación, foco que no cambiaba desde hacía mucho tiempo. No recordaba si seguía funcionando o no, y aunque la curiosidad fue grande, no quise levantarme a encender el interruptor para verificarlo. Bostecé. Me rasqué la cabeza y de una vez me solté el cabello. El hombre a mí lado seguía silencioso, parecía que se había dormido, y cerré los ojos.
Pensé que al dormir soñaría con algo cotidiano dado que, durante un suceso tan cotidiano como lo es el dormir, me había sucedido algo en verdad extraño. No fue así. Soñé con girasoles parlanchines, caminos flotantes y bolsas plásticas a la deriva. Y así se veían los fantasmas, recordé. Seguí las bolsas pero éstas ascendían cada vez más y más, al punto que se confundieron con las nubes en el cielo. Pensé que me gustaría que las bolsas plásticas tuvieran rostros, al menos así decidiría con más facilidad cuáles tratar de alcanzar con toda mi fuerza. Tal vez era eso lo que me faltaba, una nueva meta, pero por lo pronto sólo quería seguir durmiendo y soñando, y eso que, hasta donde sabía, la persona que tenía al lado podría terminar estrangulándome sin que yo me percatara. Pero el sueño me pesaba de veras y mi posible muerte apenas zumbó dentro de mí como una nimiedad irreconocible.
Alguien me agitó del hombro.
Te has quedado dormida.
Ah —bostecé.
Está por amanecer.
Todo sigue oscuro.
Antes de amanecer parece que todo está más oscuro de lo normal, ¿no te parece?
Me parece que ese sólo es un cliché bastante romántico —sonreí.
Y tú no pareces ser una persona romántica, ¿o me equivoco?
Hay cosas que no se nos dan bien a todos.
Ya, pero tienes una cama doble. Es curioso.
Soy una loca para dormir. Muchas veces he terminado en el suelo.
No te creo.
Bah, tú qué sabes.
Que te he visto dormir y apenas se te han movido los párpados. Eres de lo más serena. Sonará tétrico, pero por un momento creí que te habías muerto.
Bueno, morir mientras se duerme no suena para nada mal —dije, convencida.
Pero si yo he de morir, me gustaría que fuera viendo la realidad en toda su extensión. ¿Sabes? A veces pienso que seré capaz de reconocer mi hora y, en ese instante, dejaré todo y me iré a dar una vuelta por ahí, por los lugares que más me gustan, con las personas con quienes más quiero estar.
Y si terminas con una enfermedad grave, ¿cómo te moverías?
Me la pones difícil —rió—, pero estoy seguro que me las apañaría. No sé cómo, pero igual iría al lugar en el que más quiero estar. Cuando se tiene fuerza de voluntad...
Bueno, entonces te das una vuelta por aquí —bromeé—. Recuerda con cariño a la hermosa chica que dejó que le robaras.
¿Eres hermosa?
Por supuesto que sí—reí.
La cama se agitó, sentí su codo hundirse en un costado, cerca de mi propio cuerpo.
Eres verdaderamente hermosa —comentó, casi ido en otras cosas que estaban más allá de a saber dónde —. ¿Me puedo acercar? —inquirió, temeroso —, hace mucho no duermo tan cerca de nadie.
Extendí mi brazo y a los pocos segundos él ya estaba usándolo como almohada. No sabía qué edad tenía, su voz era áspera y rugosa, bastante grave, y cierto que no parecía la de un adolescente pero tampoco pude atribuírsela a alguien muy, muy mayor. Al tenerlo tan cerca, sintiendo su respiración en mi brazo, me percaté que de él no emanaba mal olor alguno. Ni fuerte ni débil, olía más a jabón de aloe, y el cabello a champú de manzanilla. Son los olores más comunes en la gente pobre, porque se producen en masa jabones y champú con esas fragancias. Yo prefería la lavanda, aunque también me hacía oler de lo más común.
Después de un rato sentí su mano deslizándose en mi cintura. Por alguna razón, el cuerpo del extraño fue encogiéndose, o al menos así lo sentí. Luego de posar su mano en mi cintura acercó su rostro a mi pecho, casi lo restregó allí, para luego comenzar a sollozar hecho un ovillo a mi costado. Mi primera reacción fue enterrar los dedos en su cabello. Lo tenía limpio y sedoso. El olor a manzanilla se desprendió entre cada caricia.
¿En verdad vives sola? —preguntó.
Sí —respondí.
¿No te parece triste?
Sólo a veces.
¿Y tus padres?
Mamá está bien. Se ha vuelto a casar. ¿Puedes creer que tengo una hermana de siete años?
¿Y tú padre?
Ah —bostecé —. No sé. No lo sé. Nos dejó cuando yo apenas era un bebé. Mamá siempre dice que fue para bien, que él ya tenía una familia y no había sido tan idiota como para pensar que lo dejaría todo por ella, además, se dedicaba a algo, no sé a qué, pero no era nada bueno. Nunca hemos tenido dinero, bueno, ahora mamá lo tiene, con su nueva familia, pero antes, a pesar de no tenerlo, vivíamos en paz. Y aunque la mayoría de las veces el otro lado de mi cama está helada, también estoy en paz. Así que siéntete en la libertad de venir cada vez que no tengas dónde dormir.
Lo haré —susurró —. Eres una buena chica, en verdad excepcional.
Gracias —reí. Mis dedos seguían enredados en su cabello.
Oye, una última cosa, ¿está bien?
Dime.
Posiblemente, cuando despiertes, yo ya no esté en la cama, no creas que soy un maleducado, es sólo que en verdad necesito ir a un lugar, no puedo llegar tarde, así que no hay manera de que me quede más tiempo a tu lado por más que quiera. Espero sepas perdonármelo.
Descuida, comprendo a la perfección. Cuando tenía empleo, solía ir de un lado a otro con una prisa que hasta absurda me resulta ahora. Así que entiendo, no te preocupes.
Eres una buena chica, en verdad excepcional.
Si no dejas de repetirlo me lo terminaré creyendo.
Pues deberías —rió. Luego continuó —: Oye, ahora sí, una última cosa.
A ver. Dime.
¿Puedo besarte?
Me quedé de piedra un segundo, pero y ya qué. Asentí bien quedito. Temí que no lo hubiera notado así que contesté:
Sí, está bien. Adelante.
El hombre se levantó, sentí mi pecho de lo más solitario cuando apartó su rostro. Entonces, casi inesperadamente, sentí una ligera caricia en mi mejilla, una caricia casi paternal. Mis labios se curvaron. No había nada sexual en la situación, no sé por qué tengo que aclararlo, se sentía más bien como el sol de verano, cálido y reconfortante, pero que al mismo tiempo cala con muchísima fuerza. De pronto sentí el aliento del hombre cerca de mis labios «en verdad me besará», pensé, pero no lo hizo en ese momento, siguió acariciando mis mejillas. Era como si, a través del sentido del tacto, quisiera memorizar los rasgos de mi rostro. Yo sentía cosquillas y mucha tranquilidad, tenía mariposas revoloteando en el estómago, y unas ganas enormes de ser estrechada entre sus brazos. Tomé una de sus manos, la llevé hasta mis labios y la besé.
Eres en verdad excepcional —repitió.
Cerré los ojos. Hasta ese momento me había sentido bien despierta pero, de repente, todo el sueño acumulado me devoró. Él ya no estaría cuando yo despertara y esto me entristeció, pero no había más que hacer. Con suerte, se aparecería otro día, así que tenía que recordar comprar cosas de valor que él pudiera robar sin problemas.
Cuídate mucho, hermosa. Has crecido bastante bien.
Sentí sus labios varias veces en mi frente y mis mejillas hasta que por fin me dormí.
Desperté como en un sueño, pero era tan solo la realidad. El sol entraba con bastante fuerza desde la ventana abierta. El cuerpo me pesaba mares. Mi cabeza parecía de algodón.
Salí de la habitación y me sorprendió encontrar todo en orden. Todo dentro del refrigerador estaba en orden también, no faltaba ni siquiera un tomate, y todavía quedaban sobras de comida en el microondas o, más bien, parecía que nadie las había tocado. Sonreí. Regresé a la habitación y revisé la cómoda: mi cadena de oro seguía tal y cómo siempre la mantenía. Sentí ganas de echarme a reír con muchísima fuerza. Afuera ya no hacía nada de frío.
De pronto pensé en mamá. Alcancé el celular y la llamé. Del otro lado, la voz de mi madre sonaba lejana pero bastante cálida. No sé por qué sentía tanta nostalgia.
Tendré unos días libres —le dije—, me preguntaba si podía pasar el fin de semana...
Me encantaría —respondió. La sentí extraña.
Oye, si no puedes, puede ser otro día.
Oh no, no es eso, es que, me acaban de dar una noticia y...
¿Algo grave?
Bueno, no, no sé, sólo me ha dejado confundida —suspiró.
¿Ha muerto alguien?
¿Cómo lo sabes?
No sé, esa impresión me ha quedado —contesté—. ¿Era alguien importante?
A su manera... —titubeó—. Pero no importa ahora. Te espero el finde...
Eres en verdad excepcional, mamá.
Mi madre se quedó muda un buen rato.
¿Dije algo malo? —pregunté después de un tiempo en silencio en el que sólo alcancé a escuchar la respiración serena de mi madre. Por un momento me pareció que comenzaría a llorar.
No lo hizo.
Te veo pronto —se despidió. El pecho comenzó a latirme con fuerza, pero después de varias bocanadas de aire logré tranquilizarme. Hacía un buen día.


Dejé el celular a un lado y, como cuando estaba pequeña, me tiré de un solo a la cama, sintiéndome de veras muy nostálgica. La cama estaba helada, como si nadie hubiera dormido sobre ella, mucho menos dos personas. Sonreí. Me sentía tan extraña, tan ligerita, como si habitara en un sueño o me estuviera adentrando en uno todavía más profundo que el de la noche pasada; pero, sobre todo, como si una puerta se hubiera abierto mostrándome lo que yo había ignorado durante toda mi vida.