Sexo duro con voyeurs mirando

Es blanco pero tostado y de ojos verdes, de 50 años quizás, se ve duro, bajo, pelo corto y tieso y todos lo tratan con respeto. De verdad siempre me gustó. Sus manos son toscas, pero cuidadas.

Esa noche, después de jugar a las cartas con otros amigos, salimos a la terraza de la casa de la playa a tomar un trago. Nos dimos unos besitos y entramos a su dormitorio por la cocina. Se sentó en el borde de la cama, me puso de pie frente a él y comenzó a desabrocharme la blusa, a sacarme el brasier. Yo sentía sus manos acariciarme la espalda y su lengua y sus dientes en mis pezones me daban escalofríos de rico. Me hizo atrás, me desabrochó el pantalón y me dejó frente a él, sola con mis pantaletas. Pensé si estarían húmedas, pues no tenía protección… Luego me tomó de la cintura, me recostó en la cama, encendió unas velas, apagó las luces y se sentó a mi lado acariciándome; yo estaba algo mareada por los dos wiskys, pero me encantaba cómo me recorría esa mano áspera y subía hasta mi entrepierna. Nada me hacía presagiar la intensa sesión de sexo duro con voyeurs que me esperaba.

– Estas mojándote, Putina -me dijo, aunque a mí me pareció una ordinariez que me llamase así.

– Zarina, le dije molesta.

– Putina -me dijo. Y siguió acariciándome, me dio la vuelta y metió su mano entre mis piernas, me sacó las pantaletas y quedé desnuda en la cama, y ya a punto. Él se dio cuenta de ello y acomodó una almohada bajo de mis caderas que levantaron mi trasero. Yo ya estaba a cien, levantaba mis glúteos para que los tomara y el paseaba su dedo por mi hoyito, luego bajaba su mano a mi rajita que estaba muy, muy mojada.

– Sigo? -me susurró con sus dedos presionando mi clítoris.

– Síííí, por favor… -le pedí entre suspiros.

– Viste que eres putita. Mi putina-me dijo-, reconócelo. Dilo… -mientras me magreaba el sexo.

– Putina, le dije en silencio, siguiendo sus movimientos.

– Más fuerte, que no te escucho amor. -Me gustó que me dijera amor.

– Soy tu putina -le dije, y sonreí.

Y siguió. Yo movía mis caderas buscando el contacto de mis labios mojados con su mano. Estaba muy, muy excitada ya; solo quería que se sacara su ropa y entrara en mí.

Te mueves mucho Putina, me dijo, y me puso bocarriba, acostada en la cama y ató mis manos a cada esquina de la cabecera. Luego separó mis piernas y las amarró por encima de las rodillas a los bordes de la cama, impidiendo que las juntara. Dejándome abierta a él, mojada e hinchada, cualquier roce me aceleraba, me hacía jadear. Luego me vendó los ojos. Afuera se escuchaban las voces de los demás, que continuaban jugando a las cartas y olí las velas que alumbraban la habitación. Su mano continuó jugando con mi cuerpo, lo rozaba, lo pellizcaba, buscaba mi boca o se colaba entre mi cola, la enredaba en mi pelo, así por un largo rato que me hacía padecer. ¿Por qué no me monta de una vez? me preguntaba impaciente a mí misma. Luego su mano comenzó a bajar por mi estómago, lenta, y se acercó a mi clítoris. Pensé que si me lo tocaba no iba a poder reprimir el orgasmo. Estaba lista. Pero en el momento que lo hacía sentí que se me quemaba mi pezón y no pude evitar dar un grito de dolor, parecía que un cuchillo lo hubiera atravesado, me retorcí pero las correas de las manos y piernas me inmovilizaban, era un dolor de agujas que entraban por mi piel y se confundía el dolor con su mano que se acercaba a mi entrepierna nuevamente. En el momento que abría mis labios buscando mi vulva y yo levantaba hasta donde podía mi cadera buscando el roce para llegar, la cera caliente volvió a clavarme como miles de agujas en mi otro pezón, esta vez solo emití un grito ahogado, un quejido que se confundía con gemido de placer. Yo acezaba y la transpiración me pegaba el cabello a la frente. Su mano en mi pierna devolvía mi excitación, jadeaba de caliente que estaba, creo que si hubiera soplado mi clítoris me habría hecho eyacular como a una jovencita.

– Tienes calor Putina… -me dijo, más que preguntarme.

Sexo duro con voyeurs mirando sin mi permiso

Luego sentí sus pasos que se alejaban y una brisa bañó mi piel desnuda sobre la cama con mis caderas allí levantadas. Su mano buscó nuevamente mi entrepierna, se hundió en ella y llegó a mi ano, que sintió que sus dedos penetraban en él. Yo levanté las caderas facilitando su clavada por atrás y un escalofrío me recorrió… había dejado de sentir el murmullo en la otra pieza… la brisa era de la puerta entrejunta…  y quedé helada: maldito, pensé, maldito maricón este, huevón, bestia. Había dejado la puerta entreabierta y ahora seguro miraban, veían cómo tenía dos dedos metidos en mi hoyito y jadeaba y me retorcía toda caliente sobre la cama. Iba a llorar. Pero sentí cómo me abría y penetraban sus dedos ahora en mi vagina, y los sacaba y me los volvía a encajar. Quizás son ideas mías, pensé, y dejé que mi cintura se alzara buscando esa penetración, no, seguro se han asomado a la puerta, si no… ¿por qué el silencio? Pero mi clítoris hinchado y duro como un pequeño volcán que quiere reventar no me dejaba pensar, y en el momento que sentía que desde mi estómago me bajaba un dulce escalofrío, un río de fuego me quemó entre las piernas provocándome un ahogado grito de dolor, eran miles de agujas que me taladran la pelvis. Tiritaba de dolor, resoplaba, sentía mis sudor reunirse con mis lágrimas y gotear juntas desde mi sien hacia el colchón en que me tenía. Respiraba solo por la boca, jadeaba de placer y sufrimiento, de vergüenza por exhibirme allí. Presentía sus miradas cómplices, de burla, sus sonrisitas de “mírala, tan puestecita”, o “tan digna que se creía”, “ella que se las daba de señora”, pero mi sexo y esa mano podían más que yo. Pensé que, por suerte, me había depilado porque mis caderas buscaban de nuevo el contacto, sudaba entre mis pechos, en el cuello, las axilas, la boca estaba seca de jadear como una perra y nuevamente sus dedos entre mis piernas. Mis pezones sufrían con la cera aún tibia y la cera sobre mi coxis se endurecía. Nuevamente me llevaba hacia el suspiro del éxtasis y la cera hirviendo lo anulaba justo en el último momento, cuatro, cinco, ocho veces, perdí el sentido del tiempo, mareada, ida en esa cama, la vista en blanco, no tenía voluntad, estaba abandonada a lo que ÉL dispusiera.

– Si me dices que eres mi Putina te hago terminar -me dijo al oído ese al cual ahora sabía por qué los demás lo respetaban y por qué le decían “viento frío”.

– Soy tu Putina, -me escuché murmurar.

– Más fuerte -me dijo,- que no escucho -y se rió.

– Soy tu Putina, -le dije ahora en un tono normal.

– No te escucho, mi amor -me volvió a decir.

– Soy tu Putina, -le dije, ya entregada.

– No eres mi Putina, eres una Putina… ¡dilo!

– Soy una Putina, -lo dije mientras me caían las lágrimas de vergüenza, y el sudor de la calentura por mis sienes-.

– No te llamas Zarina, te llamas Putina… dilo.

– No me llamo Zarina, me llamo Putina -le dije entre sollozos.

– Y qué quiere esta Putina? … .

– Que me hagas terminar…

– Por favor…

– Por favor, hazme terminar.

Y sentí que algo fresco, una mano helada y delicada me tocaba donde antes me ardía como el infierno y había hecho que casi me desmayara. Esos delicados dedos rodearon mi botoncito suavemente y este obedeció sumiso, lo acarició y sentí cómo desde sobre mis rodillas atadas y desde mi estómago un dulce escalofrío comenzaba a transformarse en delicioso calambre que se concentraba en mi volcán. Eché la cabeza atrás y se soltó la venda, levanté en una contorsión mi cintura y mi cuerpo dio un largo estertor, me iba, me iba en ese calor que escapaba por entre mis piernas, exhalaba en un grito ahogado mi placer, y entre ese dulce morir presentí que era observada y ello hizo que esta dulce muerte fuera más intensa aún. Y junto a un gemido ronco dejé de saber de mí por unos instantes, quizás unos minutos. Volví con la cabeza doblada al lado, ida, abandonada entre sudor, lágrimas y el flujo de mi vagina que esa mano delicada me restregó por la cara cuando volvía en mí.

Estaba hecha un bulto, un fardo sobre la cama y sentí que la puerta se cerraba mientras él me desataba. Me dio vuelta y me puso en cuatro en el borde de la cama, de espaldas a él, yo apenas me sostenía, mi cuerpo aún tiritaba, me sujetó las caderas y sentí que me penetraba por atrás. Sentí el dolor de mi carne que se abría. “Me duele, me duele mucho” le supliqué en un murmullo. Sentí que metía sus dedos en mi vagina y me los restregaba en mi ano y comenzaba nuevamente a perforarme. Me sujetaba las caderas para que no me cayera. El dolor disminuyó algo y sentía que me rasgaba por atrás. Puso su mano en mi clítoris que aún palpitaba y me dijo si aún quería más…

– Lo que tú quieras -le susurré, totalmente entregada a sus deseos.

– Quién eres?  -me preguntó seguro, sonriéndose mientras sentía cómo disfrutaba el empalarme así, arrodillada de espaldas a él, abierta entera a su disposición total.

– La Putina -le dije, asumiéndolo-, la putina.

– Bien -me dijo-, voy a terminar dentro de ti -me dijo-, acá atrás. -Y sentí cómo me llenaba mis riñones con su generoso semen.

Se salió de mí, se recostó en la cama y me dijo:

-Párate allí -señalando a unos pasos de la cama-, vas a ponerte de espaldas a mí y de frente al ropero, con las piernas abiertas, agachándote un poco, y apoyas las manos en él para que no te vayas para delante, quiero ver cómo chorreas.

Lo hice obediente, mareada, tiritando, con las piernas que apenas me sostenían. Él se paró y me tapó los ojos nuevamente y un escalofrío me hizo presentir lo que vendría. Desnuda allí, apoyada semirrecostada contra el ropero, como una niña que ha hacho mal la tarea, sentí cómo su semen comenzaba a escurrirse desde mi colita y mis líquidos bajaban bordeando mis piernas.

– Voy a buscar un trago -me dijo-, y no te muevas. Putina.

Sentí que salía, y el aire frío bañó la pieza nuevamente… y los pasos se acercaron, los presentía, me rodeaban, sentía sus sonrisas, sentía sus miradas, su desprecio. Yo me atrevía apenas a respirar… creo que el pañuelo que me cubría la vista debió haberse mojado igual, no lo sé. Pero sí sé que me miraban, miraban cómo chorreaba un líquido viscoso desde mi ano y desde mi vagina hasta manchar el piso. Miraban las huellas de la cera, mis piernas separadas con las marcas aún de las correas que las habían mantenido abiertas, la huella de la transpiración bajo mis brazos, mi pelo pegoteado por la transpiración y las lágrimas.

Comenzaba a darme frío y escuchaba el chocar de los hielos en los vasos de whiskys.

Sentí que me quedaba sola de nuevo y los dedos de Viento Frío enredarse en mi cabello y tomada así me llevaba a la cama donde me recostaba. Tomó un largo trago de whisky, que pasó de su boca a la mía y me ayudó a sentirme mejor. Me quitó la cera que extrañamente casi no me dolió al retirármela.

– Tu marido te habría regalado un orgasmo como el de hoy? -Me preguntó.

– No, -le reconocí-. Pero tampoco una vergüenza como la de hoy. ¿Qué van a decir después, qué van a…? -y no pude seguir porque los sollozos no me dejaban.

– Pero si no pasó nada -me dijo-, cínico. Y aunque pasara. No van a decir nada, porque el que dice algo se va de la mina y en su vida vuelve a encontrar un trabajo como el que tiene, para eso soy jefe y con buenos contactos. Y de las mujeres que había tampoco. Aunque nadie les va a creer si dijeran algo.

– Y no me gusta que me digas Putina, -le dije bajito…

– Noooo, si te gusta, porque eres una Putina, te gusta que te miren, te gusta que te controlen, te gusta que el otro sea responsable, te gusta servir, complacer. Tienes 25 años perdidos de matrimonio, tienes que recuperarlos luego Putina, y yo te voy a hacer gozar como no te imaginas que se pueda gozar, putina. Porque eres una putina putita, ¿verdad? -Y se rió.

Me quedé en silencio, me tenía, me controlaba, era más fuerte que yo.

– Sí, una putita, eso soy: una putita, -le dije casi en un murmullo.

– Ahora te vas a masturbar de pie acá, delante de mí, y cuando termines, me la mamas y te tomas todo.

Lo hice obedientemente, luego me dormí en su cama. Al otro día, la vergüenza no me dejaba abrir los ojos al pensar en la sesión de sexo duro con voyeurs mirándonos, pero sin preguntarme me sacó y me bajó a la playa junto a los demás. Las miradas a mis espaldas eran socarronas y las sonrisas de ellas de superioridad, de desprecio; pero ninguno ni ninguna dijo nada, almorzamos y volvimos a la ciudad al atardecer. Me fue a dejar uno de los chicos que había estado la noche anterior jugando a las cartas. Uno de los que me había visto, “en eso”. Cuando se despedía me sorprendió preguntándome si me podía llamar cuando volviera a bajar de la mina, que le gustaría invitarme a comer, que había un restaurante recién abierto, de moda.

Los hombres son una sorpresa.

 

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Fantasía erótica oscura. La eterna mirada

Más que verlo o escucharlo, lo sentí llegar. Apenas cruzó el umbral, su presencia lo llenó todo como una corriente de aire helado, erizando mi piel ante la expectativa, una sombra que envolvía todo a mi alrededor.

Tirada en el sillón, levanté la vista para observarlo mientras se acercaba. Descaradamente lo recorrí con la mirada. Puedo sentir las llamas de la excitación lamiéndome toda desde adentro. A su lado me siento pequeña, casi frágil, eso no es fácil de conseguir en mi caso. Los dedos me cosquillean con las ansias de arrancarle la ropa allí mismo, no dejarlo dar un paso más y tomarlo para mí. Cuando llego a sus ojos veo el hastío y el odio, espejos para los demonios que me susurran historias sobre las promesas de esa oscuridad. Sostengo la mirada y no hago nada por contener la sonrisa dibujándose en mis labios mientras mis perversidades se retuercen de felicidad, desatando un latigazo de escalofrío por mi espalda. Esto no es un juego, no hay papel que representar, es lanzarse al abismo sin saber qué hay al fondo.

Había mirado al vacío de sus ojos y me encontré con el infierno, pero no es como me lo habían contado. No era un lugar de fuego y azufre, en vez de eso me había topado con un oscuro bosque lleno de murmullos que me prometían mil formas de agonía y éxtasis. Placer, instinto, dolor, orgasmos. Todo junto. No soy nada, no tengo que ser nada, solo dejarme llevar y recibir y estar a través del instinto. Ya no hay más allá de estas cuatro paredes, no hay antes ni después, no hay nada que no sea él. Lamo mis labios con codicia. Por el momento, todo él, todo su odio y su ira y su repulsión es para mí.

El escalofrío regresó cuando sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello para levantarme, pero esta vez venía teñido de miedo. Cada nervio de mi cuerpo se puso en alerta conforme la adrenalina corría, quemándome las venas y acelerando los latidos, podía escucharlos, el corazón se me desbocaba y yo me sentía tan viva. Dejé que el miedo se extendiera hasta convertirse en la lujuria más pura, recordando la única ocasión en que alguien había aprovechado mi ingenuidad para satisfacer su egoísmo, mostrándome sin querer la delicia de ser objeto de placer. Una presa fácil que decidió volverse la cazadora que desea convertirse en presa otra vez.

Estaba totalmente indefensa, podía sentir cómo mi clítoris se hinchaba, cada vez más sensible al roce de los pantalones. Casi nunca llevaba bragas, sabía que le gustaba más así. Tampoco llevaba sostén, por lo que mis pezones endurecidos se veían a través de la camiseta blanca, la cual acabó hecha jirones cuando me la arrancó. Bajó mis pantalones, dejando mi trasero y mi concha empapada expuestos. Moví un poco las piernas para que cayeran más, aprovechando para tallar mis muslos y apretarlos para masajear mi clítoris, pero dos bofetadas me detuvieron enseguida.

La adrenalina volvió a correr por mi cuerpo, pero esta vez llena de ira que dolía en la parte baja de la espalda. El deseo de tomar el control me hizo levantarme sobre la punta de los pies para besarlo, pero su mano en mi cuello se apretó solo un poco más, deteniendo mi ataque tan cerca que podía sentir su respiración pausada sobre mi rostro. Solo unos centímetros más…

Más que una fantasía erótica

Súbitamente me lanzó al sillón. No voy a bajar la mirada, no me voy a rendir. En este momento eres tan mío cómo yo soy tuya, aunque no te guste, y te lo voy a recordar. Me levanté y lo besé, pero fue como besar a una estatua, su indiferencia solo avivó la ira, así que bajé mi mano para buscar su verga. Vamos a ver si no reaccionas con eso.

Ahogué un grito cuando sus dedos se enredaron por sorpresa en mi cabello y me jalaron para ponerme de rodillas, sacando su verga frente a mi rostro. Verla me hizo agua la boca. Quería chuparla, olerla, lamerla toda, hasta hacerlo cerrar los ojos y gemir de placer. Una nueva oleada de humedad escurrió de mi coño cuando tomé su polla y acerqué la punta a mi boca. De nuevo me detuvo una bofetada.

–Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?

–Mmm, sí. Pero quiero que…

–Cállate. No me importa lo que quieras. Solo mírala y siéntela.

Las caricias de su verga en mi cara me interrumpieron. Entreabrí los labios para poder probarlo cuando pasaba por mi boca y respiré profundamente para embriagarme de su olor, dejándome levantar de golpe para atraparme entre la fría pared y este ser oscuro que me fascina. Puedo sentir cómo se masturba a mi lado, sin soltarme, endureciendo su verga sin dejarme participar. Cuando pasa la punta por mi raja, levanto instintivamente la cadera para darle mejor acceso. Apenas me roza el cuello con su respiración cuando siento sus dientes incrustarse profundamente en mi piel una y otra vez, sometiéndome mientras me penetra con facilidad de lo mojada que estoy. Me sorprende no haberme corrido justo en el momento en que me ensartó.

–Uuufff! Así…sigue, así…

Una enorme mano tapó mi boca, ahogando mis gemidos y protegiéndome la cara del frío de la pared. Su verga incrustada hasta el fondo de mis entrañas, los movimientos eran cada vez más bruscos, las embestidas más violentas, levantándome del suelo. Gritos morían entre sus dedos mientras mi cuerpo se dejaba hacer más allá de mi propia voluntad, la razón nublada por el placer de perder el control, de dejar ir el ego, estallándolo en un orgasmo de esos que hacen que tu consciencia se pierda por unos instantes. Sentí todos los músculos de mi pelvis contraerse sin control, haciendo temblar mis piernas. No caí al suelo porque seguía siendo penetrada con fuerza contra el muro. Por supuesto, se dio cuenta, así que el ataque continuó sin piedad, alargando así las oleadas de placer un poco más, entremezclándose con el dolor conforme la humedad iba desapareciendo, alejándose poco a poco del éxtasis del placer para oscurecerse con la agonía de esta posesión inclemente. Había liberado por fin mi boca, pero jalaba mi cabello otra vez, dejando de nuevo vulnerable mi cuello, sosteniéndome firmemente por la cintura, imposibilitándome cualquier movimiento.

Volvió a arrodillarme, su mano dejó mi cintura para aprisionar mis muñecas, levantando mis brazos sobre mi cabeza, y sentí su polla incrustarse hasta el fondo de mi garganta, cortando mi respiración. El coño me ardía después de que me follara contra la pared hasta secarme y los brazos empezaban a dolerme por la posición elevada. Sentía las lágrimas correr por mi cara y mezclarse con la saliva. Cuando me tapó la nariz, lo miré directamente a los ojos mientras luchaba por liberarme, hasta que sentí por un momento que el mundo desaparecía a mi alrededor. No había más, solo el silencio, sin pasado ni futuro. Podía dejar de luchar. Todo pasó a cámara lenta.

Regresé a la realidad cuando me levantó para llevarme al sofá. No había terminado conmigo y yo no tenía que hacer nada más que rendirme al placer y al dolor, mi coño hinchado se volvía a mojar ante la expectativa. Lo vi levantarse, su polla en la mano volvía a crecer, aún podía sentir su sabor en la garganta. Me pisó la cara contra el sillón al tiempo que metía tres dedos de golpe en mi coño. Los primeros embistes de sus dedos fueron latigazos de dolor que recorrían mi cuerpo, confirmándome que seguía viva y muy presente, así que cuando puso su pie frente a mí para que lo lamiera, me concentré en hacerlo para relajarme, dejándome embestir con violencia hasta que volví a estallar en un orgasmo que hizo temblar todo mi cuerpo.

Puso su mano frente a mi cara para que limpiase mis jugos de sus dedos. Aprovecho para volver a mirarlo a los ojos. La oscuridad sigue allí, me llama. Mis demonios me provocan a provocarla, paseando mi lengua por cada dedo, recordándole todo el placer que puedo darle si se deja llevar, tentándolo. Cruza mi rostro con otra bofetada.

– No me mires. Solo chupa. ¡Chupa!

De nuevo su mano frente a mi rostro. Bajo la mirada, pero intensifico los esfuerzos, imaginando las mil y una formas en que quiero saborear su verga. Mi deseo se hace realidad.

– Toma, ahora cómete mi polla.

Me trago todo lo que puedo, hasta sentir la punta en la garganta y voy sacándola poco a poco, envolviendo todo lo que puedo con mi lengua, cuando de pronto estoy ahogándome de nuevo con su verga, atrapada ahora por la nuca. Lágrimas y saliva mezcladas gotean en mis senos, en mis muslos, puedo sentirlas recorrer mi piel cuando saca su polla y golpea mi cara con ella, cada vez más fuerte, hasta partir mi labio inferior. El sabor de la sangre hace que el instinto desplace totalmente a la razón.

Lo miro directo a los ojos otra vez mientras acaricio la pequeña herida, retándolo a agotarme, a sobrepasar mis límites, aún no me he rendido. En respuesta, me coloca en cuatro patas, empujando todo su peso sobre mí para incrustar su verga en lo más profundo de mis entrañas sin previo aviso, haciéndome gritar. Callo cuando sus dedos jalan las comisuras de mi boca como un arnés y apenas puedo gemir. Siento cómo mi coño se hincha con cada embestida y no pasa mucho tiempo hasta que me hace estallar de nuevo, oleadas de placer rematadas por una suave espuma de dolor que lo intensifica, dejándome agotada y sin fuerzas. El movimiento se detiene, deja su polla metida en mí y comienza a darme fuertes nalgadas, sustituyendo poco a poco el placer por dolor, descargando su ira contra mi trasero, tapando mi boca para no permitirme gritar.

De nuevo, sin previo aviso, detiene todo y se sale de mí. Giro para sentarme en el piso, el frío alivia un poco el ardor en mis nalgas y veo que se guarda la polla en el pantalón mientras me observa, vaya espectáculo que he de ser en este momento. Su expresión es tan neutra que no puedo leer nada. No logré que se viniera. Me choca que haga eso pero está bien, en esta ocasión, la batalla le pertenece a él. Tomo la mano que me ofrece para levantarme y me abrazo a él, recargando mi cabeza contra su pecho para escuchar sus latidos regresar a su ritmo normal. Aprieto un poco más fuerte y siento cómo tensa los músculos. “Volverá”, me susurran suavemente mis demonios a modo de despedida, ocultándose en la oscuridad de mis pensamientos.

Cuando se va, me dejo caer al piso. Acostada boca arriba, cierro los ojos hundiendo mi consciencia en la oscuridad y dejando que mi piel se consuele del castigo recibido contra el frío suelo, mi cuerpo empapado en sudor, saliva, lágrimas y mis jugos escurriendo por mis muslos. Tiemblo aún de placer, pequeños estremecimientos como descargas eléctricas que nacen en mi coño destrozado, haciéndome temblar brevemente. Agotada y derrotada, me levanto y logro llegar a la regadera para darme un baño. El agua caliente va limpiando mi cuerpo y relajando mi alma. Apenas estoy consciente cuando llego a la cama. Sé que esta noche, por fin, no voy a soñar.

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Sexo duro por misantropía. Segunda parte

Como os comentaba en la primera parte de “sexo duro por misantropía”, mi pasión por el sexo duro nació años atrás de la indiferencia, el odio e incluso la repulsión que siento hacia el ser humano y mi realidad. Y justamente eso hizo que no me diese cuenta del brutal orgasmo que le había sobrevenido a la incauta, quedándose sin fuerzas por unos instantes mientras seguía con mi polla bien adentro de su vagina, de pie los dos y con ella contra la pared. Verla disfrutar no hace más que acrecentar mi odio. Nadie merece que le haga disfrutar, así que no paré de penetrarla apretándola aún más contra la pared, aunque esta vez ninguna mano tapaba su boca, pues ahora le jalaba del pelo mientras que con la otra mano la atraía hacia mí por la cintura. Simplemente tenía la intención de transformar su placer en dolor.

Pronto dejó de tener lubricado el coño. Mejor así, más dolor para ambos. Sin parar de follarla y de agarrarla por el pelo, despegué su cara de la pared para ver su expresión. Con los ojos medio cerrados y la boca abierta, un largo y enrojecido cuello como de cisne esperaba a ser devorado nuevamente.

Aaaah!! –Gritó- ¡uuuff!

Saqué mi polla enrojecida por la fricción y puse de rodillas a mi perra. Cogí sus dos manos y alcé sus brazos al máximo con una de mis manos. Con la otra mano me cogí la polla y se la metí en la boca. Sujeté su cabeza y llevé la punta de mi polla hasta su mismísima campanilla. Arcada tras arcada mi excitación empezó a aumentar, sobre todo por verla indefensa pese a sus intentos por respirar, e incluso por zafarse de la prisión sin rejas en la que se encontraba.

-Glup, glup, glup…-era todo lo que se oía en el salón mientras resbalaban lágrimas de sus ojos, los mismos que minutos antes pedían más fuerte, ahora pedían más clemencia. Siempre más-.

Le metí la polla lo más adentro que pude y la dejé ahí mientras que la mano que antes sujetaba la cabeza pasaba a taparle la nariz, de la cual la atraía para mí. Su cara completamente morada y sus esfuerzos por intentar salir airosa me hicieron aflojar. No quería romper a mi juguete…o al menos no quería hacer más pedazos de él.

Sexo duro sin descanso

Sin soltarle los brazos, pegué su cara contra el sofá. No la penetré. Solo quería verla sometida a mis designios. Solo quería verla rendida. Me senté frente a ella admirando la belleza del sometimiento, expresado este en tan bello cuerpo esperando su destino: una espalda estilizada e inmaculada, unas nalgas puestas a mi gusto y un chochito que volvía a rezumar unos fluidos por los que más de uno mataría. Maravillado ante tan magnífica estampa, me levanté del sillón masajeándome la polla y, al llegar a su altura, le pisé la cara al mismo tiempo que le metía de golpe tres dedos en su raja. Le quité el pie de la cara y se lo puse al lado para que empezase a chuparlo y a lamerlo como la perra que es. Con tanto ímpetu le metía los dedos que podía ver cómo sus rodillas se despegaban del suelo. Sus gemidos ahogados certificaban el inmenso placer que mi perra estaba experimentando, así que intensifiqué la fuerza del movimiento buscando destrozar la mejor herramienta de sometimiento que existe en el mundo: la vagina de una mujer. Sin embargo, aquello la llevó inexorablemente a un nuevo orgasmo que llenó mis manos de su espeso y blanquecino magma de placer, emanado de tan nefasto volcán.

Cada orgasmo suyo la hace un poco más mía; y cada intento por adentrarse en mi mente la deja más perdida aún. Sin apenas fuerza en sus extremidades debido a su resistencia y a sus orgasmos, queda completamente a mi merced. Le doy sus propios fluidos para que los chupe de mi mano, y lo hace con deleite, mirándome a los ojos con esa mirada desafiante tan suya… Es valiente y persistente después de todo, me digo a mí mismo, y eso es lo que la hace merecedora de estos momentos. Y pienso esto mientras vuelven mis demonios a musitarme al oído que vuelva a ahogarla, que tienen ganas de volver a ver cómo se torna esa mirada desafiante en una súplica de clemencia ¡Plas! Suena una nueva bofetada con la mano recién limpia por su lengua, aún mojada de saliva.

No me mires –le ordeno-. Solo chupa –vuelvo a ordenarle, mientras le pongo la mano a la altura de su cara para que pueda olerme la mano, como la perra que sabe que es-. ¡Chupa!

Y sigue chupando creyendo que me importa lo más mínimo lo que está haciendo. Se afana por complacerme sin saber que no puedo lograr complacerme, haga lo que haga.

Toma, ahora cómete mi polla –le ordeno mientras le ofrezco mi dura verga-.

Se hincó todo lo que pudo de mi endurecido miembro. Metía y sacaba cada centímetro de carne con delicadeza hasta rozar su campanilla. Le cogí la cabeza y empecé a incrementar más y más el ritmo. No tardó en llenarme la polla, los huevos y el pantalón de saliva, incluso de lágrimas que se le escapaban al tropezar la cabeza de mi polla contra su garganta. Glup, glup, glup… Cogiéndola de nuevo por el pelo eché para atrás su cabeza, pudiendo contemplar una cara bonita, enrojecida, con el rímel corrido y la boca llena de saliva, que le caía hasta las tetas. Me cojo la polla y le doy golpes cada vez más fuertes en la boca, llegando a salpicar algo de sangre de su labio inferior. En ese momento, se toca el labio agrietado mientras me mira. La más oscura lujuria hace aparición en sus ojos, que ahora piden más sangre y más dolor. Se relame los dedos ensangrentados. Yo te daré dolor, pienso. La vuelvo a colocar a cuatro patas y le clavo mi polla por completo, dejándole caer todo el peso de mi metro noventa de estatura y más de 120 kilos. Un fuerte alarido de dolor sale de su boca, pero no le doy oportunidad para que se repita, pues le cojo la boca con las dos manos y jalo de las comisuras de sus labios, como si se tratase del bocado que se le pone a los caballos. Así seguimos durante unos minutos, sin parar de bombear su dolorido coño mientras sus gemidos se deshacen como el humo tras un nuevo orgasmo que la hace desfallecer sobre el suelo. Por un instante barajo la posibilidad de romperle el culo sin previo aviso, pero solo me limito a darle fuertes nalgadas manteniendo su boca tapada con mi mano. Doy rienda suelta a mi ira con fuertes embistes y nalgadas. Sus glúteos, completamente rojos y con líneas de sangre marcadas, no admiten más dolor.

Aaaaahh –grita, entre sollozos, sangre y lágrimas derramadas-, basta, por favor. Uuuaahh, mmm, por favor, -es lo que alcanzo a entender, pues aún seguía tapándole la boca-.

De pronto, paro de darle nalgadas. Paro de penetrarla. Paro de taparle la boca. Simplemente me salgo de ella, que se da la vuelta mirándome desde el suelo, con el culo apoyado en el frío suelo, como buscando mitigar el dolor con él. La miro fijamente mientras me guardo la polla en el pantalón. Solo veo un despojo con alma, derrotada y con la incertidumbre dibujada en esos ojos que siempre piden más. No he tenido suficiente, ambos lo sabemos, pero el poder nunca estuvo en quien abusa de él, sino en quien lo ostenta sin necesitarlo.

Le invito a levantarse, pues mis demonios guardan silencio. Ella se levanta y se apoya en mi pecho. Su dueño ya se ha ido, y solo le consuela abrazar a un ser indiferente a la espera de que la indiferencia se vuelva a transformar en ira y odio, para volver a tener su dosis de sexo duro.

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