El culito de Rocio

Uno de los recuerdos más fuertes de mi infancia, fue cuando me excité por primera vez con el cuerpo de una mujer. Rocío y yo teníamos la misma edad e íbamos al mismo jardín, fuimos vecinos por muchos años durante mi niñez, y de hecho se puede decir que ella fue la primera mujer de mi vida, pues cuando éramos niños nos besábamos en su cuarto y luego frotábamos nuestros sexos desnudos, sólo porque se sentía “rico”.

Sin embargo los años pasaron, yo me mudé de barrio, ella también, yo fui a un colegio estatal a desgastar mi juventud, ella fue a una escuela de danza tradicional para hacerse artista, yo me fui de la cuidad tras graduarme y ella se quedó allí para hacer su vida. Dejamos de hablarnos completamente, pero nuestras madres nunca dejaron de ser amigas.

Un día que estaba en mi ciudad natal trabajando en un artículo para la universidad, mi madre me pidió que la acompañase “por favor” a una fiesta, lo cual me pareció extraño, pues traía en sus manos un traje formal para mí. De camino me comentó que era la fiesta de quince años de la hermana de Rocío, cuando ella pronunció ese nombre, entonces volvieron a mi cabeza los recuerdos de cuando fuimos niños y nos desnudamos el uno frente al otro por primera vez, en su casa. La verdad no sabía cómo reaccionar, que hacer, o como darle la cara a Rocío, ni siquiera la había buscado en Facebook, o alguna red social, en ese momento era realmente el desconocido con el que solía jugar a la casita.

No tenía la más mínima idea de qué hacía Rocío, o cómo lucía. Yo había subido de peso, hago lucha olímpica y la verdad estoy rellenito, pero soy muy fuerte eso sí, además parecía un hombre salido de las cavernas, con una barba espesa y corta alrededor de la quijada, bigote ralo y abultado, además mi rostro es amplio, fuerte y delgado, con mi pelo un poco largo peinado para atrás, me hacían parecer más bien un guardaespaldas. Al llegar, yo me senté a beber whiskey a sorbos, aislado porque no conocía a nadie más que mi madre, ésta se había ido a saludar a sus amigas y a chismear hasta que comenzó la fiesta y tuve que salir a bailar con ella.

Pensé que la noche sería aburrida, hasta que vi en la pista a Rocío. Estaba usando un vestido apretado y cortito de color gris, dejaba ver unas piernas fuertes por los años de danza, y un culo impresionante en forma de corazón invertido, un culito tan bien terminado en cada cachete, gordo y alto, que me quitó el aliento de golpe. Mientras subía por sus caderas un poco abultaditas, me fijé en sus pechos pequeños, que parecían tan indefensos en comparación con ese culito, para terminar en el rostro que tanto me gustaba de niño; todas las veces que nos bañamos juntos de juego, desnudos, regresaron a mi mente enseguida, entonces sin dudarlo dos veces le clavé la mirada, y sus ojos, un poco rasgados y de color negro, me miraron. Creo que también me reconoció, porque se quedó quieta y no sabía si saludarme o no, entonces yo me adelanté, levanté la mano, dejé a mi madre un rato en la mesa y me fui a saludarla.

-Hola…-, ella me interrumpió dándome un beso en la mejilla diciendo- cuánto tiempo, pensé que jamás te volvería a ver…-, sin darme cuenta, le puse mi mano en las caderas, motivado por algo inconsciente, y al sentirme ella me abrazó tan fuerte que no nos dimos cuenta de que éramos los únicos quietos en la pista de baile.

-¿Bailas conmigo?

-Sí, claro.

En ese momento sus ojos se quedaron en mí, me sentía incómodo, pero no dejé de mirarla, le sonreí y le pregunté: ¿qué pasa?, ella volvió a responder “es que en serio nunca pensé en volver a verte”. Entonces sonó una bachata, y decidí hacer mi jugada, la tomé por las caderas rodeándola con fuerza y pegando mi pelvis a la suya; entonces, ella metió su pierna en mi entrepierna y me rozaba el pene mientras bailábamos esa bachata de una forma tan sensual, que todos nos miraban admirados, pero no nos importaba, solo seguíamos bailando y ella entonces me abrazó fuerte, me besó el oído y dijo:

-Pensé que no te acordabas…

Cuando paró la música, ella se fue al baño, y supe entonces que debía actuar sigilosamente. Aprovechando que se venía el vals de la quinceañera, me escabullí detrás de Rocío. Al entrar al baño ella estaba de salida, Rocío se metió a una caseta en el baño de hombres, era mi llamado, y justo cuando yo me iba a meter detrás de ella entraron unos niños tontos a querer tomarse unas selfies, pero yo estaba a mil, los miré y les dije seriamente: “¡afuera ya!”, se fueron sin chistar.

Entré en la caseta, Rocío estaba esperando y temblaba, “no quiero que pienses mal de mí…es que…bailando…yo…”, le cerré la boca acariciando sus labios con mis dedos pulgares mientras mis otros dedos le acariciaba la nuca, ella no sabía qué hacer, estaba fría hasta que la besé, despacio primero, luego con más intensidad abriendo sus labios con mis labios y atrapándolos entre mi boca cuando los cerraba. De pronto, ella me sorprendió cuando metió su lengua hasta el fondo de mi garganta y me pegó del cabello para ella para a continuación decirme:

-Aquí no se puede…-, pero yo ya había levantado su falda y tenía mis dedos acariciándola allí; solo con la yema de los dedos, presionando levemente su vulva sobre su tanga, la recorría moviéndolos sin parar una y otra vez, acariciándola rápido mientras ella se tumbaba sobre mí tratando de que parase, diciendo entre gemidos “aquí no”, pero yo no paraba hasta que me empujó fuerte. Enojado le pregunté que dónde, y con una mirada de lujuria respondió: en mi auto, busca un  **** blanco en el estacionamiento, y entonces se fue.

Yo salí después del baño, me estaba acomodando la erección en los pantalones, me fui a la mesa y me serví una gran porción de whisky sin nada de hielo, que bajó por mi garganta quemándome, y me dio la serenidad como para esperar esos cinco minutos. Después me levanté y, sin decirle nada a nadie, me dirigí al estacionamiento, caminaba de manera decidida, había perdido mi erección pero tenía toda la voluntad del mundo para recuperarla, era que solo pensar en el culito de Rocío embutido en ese vestido me provocaba una sensación salvaje, incontenible. Caminaba mirando todas las ventanas de los coches de forma rápida hasta que, en una de ellas, se puso una mano de forma dura. Era Rocío, que se estaba tocando de forma brusca y gimiendo, tan pronto sonó la alarma desactivando el seguro de la puerta la abrí y me metí en el asiento del chófer, encima de ella.

Estábamos incómodos, así que empujé el asiento hacia atrás con mucha fuerza  y lo recliné a todo mientras ella me desataba la correa como podía, entonces se dio la vuelta de una forma fiera, me impresionó cómo me entregaba ese delicioso culito, con los pies sobre el asiento y de pecho contra el mismo, respingándolo a todo lo que daba, bien puesta en cuatro y pegada al asiento. Sin tardar le subí el vestido y de pronto, sorpresa: su culito firme se caía, ya no parecía ese corazón invertido y firme de antes, “culito con trampa”, pensé para mí mismo mientras sostenía mi pene duro a punto de penetrarla por la vagina, rozándole ese pedazo de piel entre la entrada de la vagina y el ano, entonces espabilé cuando ella grito “¡métemela ya!”, la tomé por las caderas duro, y entonces se la metí con toda mi fuerza enviándola de rostro contra la parte dura de arriba del asiento, la tomé por los cabellos y supe cómo le gustaba cuando gritó “¡así!” al jalarle del cabello.

De pronto, tras un minuto de tenerla contra el asiento dándole con todo, sentí algo que me llevó al cielo, ella me hizo soltarla del pelo y, agarrándose bien del asiento, me empujó con todo desde el culo. Entonces, comenzó a moverse como una auténtica experta, primero de arriba abajo, sin sacarla, diciendo entre gemidos “apriétame… apriétame… más duro -seguido de una serie de palabrotas-“. A continuación me tumbé sobre ella y la empujé con todo, cuando ella comenzó a moverse en círculos, pero como nunca antes lo había sentido. Yo estaba a mil, gemía tan duro en su oído, con toda mi fuerza tratando de meterle mi lengua en el tímpano, hasta que, sin darme  cuenta, me vine con todo lo que tenía gimiendo a gritos en su oído, no me da vergüenza decir que fueron tres minutos tan intensos, porque ella no permitió que la sacase ni un momento mientras movía sus caderas al ritmo de quién sabe qué canción que me estuviese bailando en ese momento.

Ella se fue contra el asiento y se dio la vuelta, me abrazó muy fuerte por cuello y me besó mientras lloraba diciendo “por qué te olvidaste de mí, yo te amaba”. Yo solo atiné a quedarme callado. Entonces, la besé en los labios despacito, como cuando éramos niños, dejando mis labios sobre los de ella. Luego abrí mi boca atrapando sus labios entre mis labios y chupándolos suavemente y soltándolos una y otra vez; mi lengua se metió en su boca buscando su lengua, comenzando un juego en el que ella buscaba rozarme con locura mientras yo escapaba para lanzarme contra su boca de nuevo. Apenas busqué descansar, mientras que ella comenzó a chupar mi lengua con todo al tiempo que yo masajeaba sus pechos.

En cierto modo sabía que tenía que compensarla de alguna manera, sólo duré tres minutos, así que bajé de su boca a su pelvis, y abriendo sus piernas levemente comencé a chupar sus muslos por la parte interna mordisqueándolos suavemente. De pronto, cuando llegué a su entrepierna, abrí bien la boca para chupar con todas mis fuerzas esa parte de su piel, metiéndole dos dedos en la vagina y moviéndolos de un lado al otro suavemente, entonces ella se arqueó tanto que me levantó del rostro, de modo que, con malicia, le mordí la entrepierna empujándola yo esta vez; como respuesta, me agarró de los cabellos con fuerza apretando contra su entrepierna, gritando otra serie de insultos combinados con “más duro”. Entre palabrota y palabrota golpeaba con furia mi espalda tratando de sentarse inútilmente.

Para cerrar el momento, la tomé por las piernas y, poniéndolas sobre mis hombros, me fui directo sobre su vagina abriéndola con mis dedos a todo lo que daba, puse la punta de mi lengua sobre su sexo abierto -ella solo atinaba a mirarme desde su posición con esos ojos llenos de lujuria, respirando como loca-, y luego, abrí despacio mi boca… para comenzar a succionar chupándolo como un bebé con su chupón, pero con fuerza, moviendo mi cabeza de un lado al otro mientras tenía su sexo abierto en mi boca. Esta vez con tres dedos en su interior comencé a penetrarle con fuerza, y ella estaba que se sofocaba, hasta que se vino de una forma intensa en mi rostro, maldiciendo y gritando palabrotas mientras movía las caderas golpeando mi rostro contra sus entrepierna una y otra vez.

Después, cuando nos calmamos y recuperamos la compostura,  nos dedicamos a caminar de la mano por los jardines de la casa. Dentro, la fiesta continuaba, los adultos que no estaban ebrios se dedicaban a conversar o bailar, los muchachos de la fiesta estaban robando alcohol para embriagarse a escondidas de sus padres, o estaban jugando a darse besos y manosearse debajo de las mesas. Rocío me miró fijamente, no sabíamos qué iba a pasar, ella me preguntaba constantemente “ahora, ¿qué se supone que somos?”, yo le respondía de la misma forma “lo que tú quieras linda… lo que tú quieras…”

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Me follé a mi mejor amiga tras seducirla

¿Se puede tener sexo con tu mejor amigo(a) y seguir teniendo la misma amistad?…… Sí, sí se puede si ambos están en sintonía y piensan de la misma forma. Esto me sucedió hace algunos años, en aquel tiempo tenía una buena amiga Adriana* con la que compartía mucho tiempo.

El mayor atractivo de mi mejor amiga eran sus enormes tetas. No exagero, eran grandes, voluminosas y tan blancas como ella misma, con pezones rosados pequeños pero puntiagudos, que se marcaban en su camiseta atrayendo mis ojos y despertando mis más oscuros deseos por probarlos.
Pero a pesar de que hablábamos de todo sin tapujos y hasta en doble sentido, Adriana siempre me repetía que yo para ella era -en sus palabras- asexual, pues me veía como su hermano, que me quería con ternura y no le despertaba el más mínimo deseo. Eso claro, llegaba a herir mi orgullo de hombre pues a todos nos gusta sentirnos deseados, admirados, aunque sepas que eso no pasará a mayores.
Pues mis amigos, las afirmaciones de Adriana causaron que me obsesionara por hacerle comer sus palabras, aquello era una mezcla de mis deseos ocultos por su cuerpo y las ganas de verla tener un húmedo orgasmo provocado por mí, su “tierno hermano”. Así inicié mi perverso plan… la haría desearme hasta que a gritos me pidiera que la penetrara.
Pues bien, los dos nos utilizábamos comúnmente como acompañantes de rumba, así que en una de esas salidas decidí actuar. Eran las 2 am y ya de regreso ninguno de los dos teñía sueño, sugerí entonces “inocentemente” a Adriana que compráramos una botella de ron y nos la tomáramos en su casa. A ella le gusto la idea y paramos a comprarla.
Esa noche, mi mejor amiga llevaba puesta una camiseta de Mickey Mouse y les juro que las orejas del ratón parecían hechas en 3D, gracias a sus grandes y apetitosas tetas. Ya en la sala de su casa, los vasos de ron se desocupaban rápido mientras hablábamos, y yo le decía lo mucho que me gustaba cómo se le veía la camiseta.

 Tenía que follarme a mi mejor amiga

Adriana se reía socarronamente, pero le gustaba sentirse deseada por su mejor amigo, además sabía de sobra lo hipersexual que soy. Tal vez por los tragos o por el cansancio ella se acostó en el sofá y me pidió que le acercara el vaso, al acercárselo pasé rozando su teta derecha con el dorso de mi mano y no dijo nada, solo dejo salir sin intención un pequeño suspiro que la delató. La suerte estaba echada, nuestra conversación se fue al tema sexual y comencé a alabarle esas hermosas tetas. Ella me decía que se me notaba como quería comérmelas con los ojos y sin siquiera pensarlo le propuse que me dejara tocárselas sobre la camiseta. Seria el efecto de los tragos pero Adriana no dudó mucho antes de responderme que las acariciara suavemente. Al tacto me sorprendió cómo la calidez que desprendían sus tetas traspasaba la tela, por fin estaba sintiendo la redondez de sus senos, era todo un sueño hecho realidad. Mis manos viajaban deslizándose despacio sobre aquellas turgentes montañas que dibujaban una perfecta curva, apenas interrumpida por sus prominentes pezones que ya despiertos se alzaban tentadores, imponentes como deseando romper aquella tela. Los labios de Adriana se abrieron un poco y su respiración aumentó un poco, mis caricias causaban los efectos deseados en ella. Mi boca se acercó a la suya y sin arrebatos comencé a besarla lento, con sensualidad más que con pasión para no desentonar con mis caricias.
Cada beso se hacía más algo que el anterior, nuestras lenguas se fundían en una sola boca de labios entrelazados. Mi mejor amiga besaba delicioso. Pero yo no perdía de vista mi objetivo, así que mientras disfrutaba de sus besos las yemas de mis dedos se apoderaron de sus pezones y haciendo círculos los pellizcaba suavemente, crecían entre mis dedos. De pronto, siento cómo la mano derecha de mi mejor amiga acaricia mi pierna  casi sin quererlo, subiendo lento hacia el bulto que crecía bajo mi cremallera. No fue difícil para ella encontrarlo con sus ojos cerrados, pues bajo la tela de mi pantalón se marcaba el palpitante volumen de mi sexo, despierto ahora solo para ella. Las manos de Adriana liberaron con habilidad a mi pene de su prisión de tela. Su tacto era cálido y su mano abraza con descaro el tronco venoso y rosado de mi sexo, la humedad que fluía desde la punta roja de mi verga le mojaba los dedos y facilita el movimiento cadente de su caricia desde la base hasta la punta.
Esta es la primera vez que pensé: “conque no te despertaba ningún deseo” y me sonreía al besarla. Decidí entonces subir su camiseta y acariciar sus tetas directamente, al descubrirlas tan suaves y cálidas no pude mas que seguir con mi boca lo que mis manos habían empezado, y pasé a chupar sus pezones como el dulce más esperado. Primero uno, luego los uní para meterlos al tiempo en mi boca. La punta de mi lengua acariciaba sus pezones, giraba dibujando su forma, sintiendo su textura rugosa, succionando hasta ponerlos rojos. Ahora, los ojos de Adriana permanecían cerrados y su boca abierta respirando jadeante sin parar de masturbarme.
Yo seguía besando, lamiendo, chupando esas desbordantes tetas que tanto había deseado, era un niño en una dulcería, y tras no sé cuánto tiempo en esas, mi mejor amiga musita las primeras palabras desde que habíamos empezado… “espera un momento”.
Quedé congelado, ella se levantó para subir al segundo piso dejándome en la sala con una tremenda erección que apuntaba al techo y la idea de que se había arrepentido de tener sexo con su mejor amigo. Pero no, ella se fue a cambiar y llegó en un pantalón de sudadera y una camiseta suelta. Como me encontraba sentado en la mitad del sofá, al llegar no dudo en poner sus piernas una a cada lado y sentarse sobre mi. El sexo ardiendo de Adriana quedo sobre mi verga apenas separados por la tela de su pantalón, así que no demoré en subir su camiseta y volver a sentir la piel blanca de sus tetas en mi rostro.
Mientras ella subía y bajaba sintiendo la punta empujando la tela, que ya comenzaba a mojarse, dentro de tu interior.  Baje mi mano por su espalda hasta meterse en su pantalón y descubrir que no llevaba ropa interior y que mis dedos podía jugar entre sus nalgas, hasta llegar a su hirviente vagina.
En ese camino pasé despacio mis yemas por su rosado ano, dando Adriana un pequeño brinco, luego me dirigí hacia sus labios vaginales. Explore entonces el interior de la Cuquita de mi mejor amiga con dos dedos, y al hacerlo ella me quería arrancar la lengua con su boca.
La sala de la casa de Adriana no tenía cortinas y se encontraba en el primer piso de la casa, así que desde la calle a esa hora de la madrugada nos podían ver perfectamente. Pero por mi parte eso le ponía mas sabor a lo que hacíamos, mientras que ella no creo que hubiera caído en la cuenta.
Con la arrechera de ambos en su máxima expresión, mis caricias en su cuquita no bajaban en intensidad, es mas cada vez más eran profundas y ahí escuche esas palabras que tanto deseaba que Adriana dijera: “no aguanto más, métemela de una vez” y, quién dijo miedo, le bajé el pantalón de un solo jalón, con algo de su ayuda por aquello de su posición sobre mí.
Mi mejor amiga se volvió a subir sobre mí, lista para cabalgarme. Así que agarré mi verga y le puse la punta entre los labios abiertos de su cuquita. Ahora, Adriana se dejó caer, clavándosela sola y sintiendo cómo mi tronco venoso y brillante abría su vagina, introduciéndome lentamente dentro de ella, hasta que mi sexo quedó incrustado desde la base hasta la punta dentro del suyo.
Mi mejor amiga inició un salvaje mete y saca brincando sobre mi verga, tragándosela por completo y sacándola cada vez más mojada en su lubricación. Nos mirábamos con morbo a los ojos, y yo, claro, con la satisfacción de haberla hecho caer en la tentación.
Mis manos abrían las grandes nalgas de Adriana para facilitar que mi verga le llegara más profundo y para controlar la velocidad de sus clavadas. Fue fácil aprovechar el desorden para deslizar mi dedo anular hasta la entrada de su apretado ano, y así comenzar a penetrarla con la primera falange en un masaje circular al ritmo del movimiento. Cuando ya tenía la mitad del dedo dentro del culo de mi mejor amiga podía sentir mi verga entrando en ella y en mi rostro sus enormes tetas dándome golpes en las mejillas. Era el paraíso, era el mismo infierno, era mi sueño más morboso hecho realidad.
En medio de la culiada que nos estábamos dando, lo siguiente que le escuché decir a Adriana entre gemido y grito fue: “Me voy a venirrrr”. Las contracciones de su vagina que me apretaban la verga, como queriendo chuparla hacia su interior, junto con su cara de arrechera hicieron que también me viniera a chorros contra las paredes de su vagina.
Al recobrarnos de aquel devastador orgasmo simultáneo mi mejor amiga y yo nos miramos un largo rato sin decirnos nada. Ahí estábamos los dos desnudos en el sofá de su sala, ella empotrada sobre mi, con mi cara entre sus enormes tetas y mi dedo anular enterrado en su culo. Una imagen que nunca hubiera soñado.
Con la complicidad mas íntima que alguna vez haya tenido con cualquier otra mujer en mi vida, nos dimos un beso húmedo y cargado de lujuria que ninguno de los dos quería terminar.
Y así, sin vestirnos subimos a su habitación y dormimos en cucharita hasta el otro día, cuando nos despertaron unos fuertes golpes en la puerta, era la mamá de Adriana que preguntaba enojada por el reguero de ropa que había en la sala y la mancha que decoraba la mitad del sofá.
* Nombre cambiado

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