La dama enamorada. Día primero parte 1.

Prólogo: leer. 


Día primero
Parte 1


Leonore se asió de las sábanas temiendo caer irremediablemente. Las sábanas, curtidas por tanto uso, resbalaron con ella, amortiguando la caída pero retrasando su despertar. Atrapada debajo, Leonore demoró en reconocer la realidad; la luz se colaba, blanquecina y pálida, a través de la vieja tela, y el fresco aire de la mañana apenas había alcanzado a rozar su piel pero, al hacerlo, la mitad de sus miedos desaparecieron, abrigados por la reconfortante calidez de la monotonía que manipulaba todos los días de su vida desde que había comenzado a trabajar en esa vieja casona de campo. Se puso de pie tan pronto como le fue posible, dobló las sábanas con la maestría que a fuerza de repetición había adquirido, y buscó su ropa: el vestido más viejo y desgastado de los tres que poseía, y su delantal, igual de curtido pero tan leal como cualquiera; para así, sin más demora, abandonar la habitación y sumergirse en sus labores domésticas.
—¡Ay, niña! —exclamó el ama de llaves al verla. Era ahora tan común: demacrada unos días, tan silenciosa otros; ya no había palabras de consuelo sinceras, pues la costumbre se había encargado de palidecer cualquier rastro de verdadero interés—. ¿Otra vez el insomnio?
—Eso creo.
—Vamos, ve enseguida a la cocina, dile a la vieja Tata que te de algo de pan y leche tibia endulzada, para que te regrese el color a las mejillas. Y sólo encárgate del viejo salón. Luego sal a tomar un poco de aire. Cierto que la mañana está fría, pero el clima ha estado de locos últimamente, y para el mediodía todos estaremos bañados en sudor, ya verás —suspiró—. Ay, si mi Julio te viera así…
—Julio anda en sus cosas, y no creo que me note mucho.
—¡Bah! Tonterías. Nervios, eso es. Se le ponen las mejillas coloradas con sólo verte. Está que no cabe de felicidad. Y tú vienes y dices que anda en sus cosas. Ah, los jóvenes, los jóvenes. Pero vamos, no te entretengas más. A comer y a trabajar. Más lueguito te mando a Julio para que te haga compañía. Una muchacha a punto de casarse, y más una tan linda como tú, no debería andar caminando sola por ahí. Ni dios lo quiera.
—Pues nunca ha pasado nada.
—Y esperemos que así se quede. No queremos tentar al demonio —se persignó—. Dios no lo quiera.
—Seguro que dios no lo quiere —suspiró.
Leonore a veces sentía que Dios ya no llegaba a ese lugar, pero no quiso decirlo. Hannah, la vieja ama de llaves, ya era demasiado creyente y supersticiosa sin ayuda de nadie, y animar su condición soltando comentarios despreocupados no parecía buena idea considerando lo solitario del lugar y la obligada cercanía entre todos los habitantes de la casona; una cercanía tan frágil como traicionera que se había establecido a base de costumbre más que de genuina cordialidad, y en la que había aprendido a desconfiar luego del incidente con la pipa desaparecida del señor Karl, suceso que le costó el puesto al viejo y pobre guardabosque pese a los casi cincuenta años que llevaba trabajando para los Palestones. A veces pensaba lo mismo de su relación con Julio, pero era apenas una sirvienta sin aspiraciones; una inculta muchacha de campo a la que, en toda su vida, siquiera se le había permitido dirigirse a los demás, así que aprisionaba sus pensamientos para luego intercambiarlos por escobas viejas y sacudidores que terminaban repletos de polvo; un intercambio justo que no le hacía daño a nadie.
A pesar de la insistencia de Hannah, Leonore nunca llegó a la cocina, en su lugar, se apresuró al viejo salón, pues desempolvar los muebles sin uso era una tarea rutinaria que exigía una meticulosidad abrumadora. No sólo estaba tratando con muebles carísimos de materiales que ni siquiera podía nombrar, sino que formaban parte del patrimonio de los Palestones desde hacía tantos años ya, que era más el orgullo y una falsa conexión familiar la que hacía que todavía se mantuvieran en la casa, más que su practicidad y su estética que, bien visto, desentonaba por completo con esos aires de modernidad que aunque tardíamente ya se hacían notar en la casona; y mucho más desde que el amo Karl, debido a cuestiones de salud, decidiera hospedarse en el lugar de manera indefinida.
Leonore suspiró pero, sin renegar, comenzó con la tarea de todas las mañanas. Era una forma sencilla de olvidarse de todo lo que atravesaba en las noches. El sólo recuerdo bastaba para erizarle la piel, incluso se sentía tentada a copiar una que otra maña a Hannah, tan religiosa y supersticiosa, dado que ya no sabía qué hacer, y, al mismo tiempo, temía tanto sonar como una loca paranoica que se guardaba todo, y se excusaba alegando nerviosismo por la boda, y aunque estos episodios habían comenzado mucho después de su compromiso, nadie pareció notarlo en ese entonces, y las excusas resultaban tan válidas como verdaderas.
Pero no era inventar excusas lo que la agotaba, podía limpiar la casona completa sin derramar más que una o dos gotas de sudor, a eso estaba acostumbrada y no le suponía esfuerzo alguno, sólo requería tiempo; las noches, las noches sí conseguían agotarla, esos sueños, tan irreales que de alguna forma se adueñaban de su piel, y el calor, insoportable, tan poco familiar y a la vez tan extrañamente anhelado. Sentir el roce de las sábanas al escapar de ellas, luego el de su ropa interior, el de sus vestidos, y por último, las tiras del delantal que anudaba en torno a su cintura y su cuello… jamás había experimentado sensaciones como esas, y eso la desconcertaba, naturalmente, haciendo que miedo fuera lo único capaz de sentir. Había un deje amenazante danzando a su alrededor después de estas situaciones, la impresión de que no había pasado la noche tan sola como creía no la abandonaba.
Al estornudar, todos estos pensamientos se esparcieron por la habitación. Hannah había tenido razón: hacía calor. Las motas de polvo relucían a contraluz, danzarinas, y Leonore se permitió observarlas con una pizca de infantil curiosidad. Eran tan bonitas, tan libres. No era más que polvo, al fin y al cabo, pero se veían tan cálidas, tan…
No pudo completar su impresión al ser interrumpida por el abrupto sonido de la puerta al ser abierta sin cuidado alguno. Leonore se volteó, y fue tremenda la sorpresa que se llevó al ver al viejo señor Karl, todavía con su bata de dormir, y con un puro que humeaba, sereno, y cuyo aroma pronto comenzó a incomodarla; hábito en él que desmentía por completo el interés antaño profesado por su propia salud.
—Buenos días, señor Palestone —saludó con una inclinación demasiado apresurada. No debió hacer eso, no debió hablar, sólo inclinarse, saludar con una reverencia, y nada más. Para su fortuna, al señor Karl apenas pareció importarle su torpeza, y tampoco hizo esfuerzo por recordar el nombre de la sirvienta, aun así, al notar que la habitación todavía no había sido atendida del todo, con voz ronca y lejana, le ordenó:
—Termina pronto. Tendremos visitas.
¡Cómo era posible que Hannah no le hubiera comunicado semejante noticia! Leonore volvió a inclinarse, y una vez escuchó la puerta cerrarse, retomó sus tareas con una velocidad y una meticulosidad demasiado influenciadas por la impresión del encuentro y el nerviosismo resultado de éste.
—¡Si ni yo misma sabía, niña! —exclamó Hannah tiempo después. Se le veía agotada, con la piel de las mejillas enrojecidas. Las arrugas en su rostro parecían intensificadas por la tensión en la que el repentino aviso había sumido a toda la servidumbre—. Además, rara vez utilizan esa habitación. Fue una simple coincidencia que yo te mandara a limpiarla hoy precisamente, cuando generalmente es una tarea de los fines de semana. Creí que un poco de espacio y soledad serían buenos para… Y que buena ocurrencia, si me lo permites —agregó, aliviada—. ¡Pero qué hago! La cocina, tengo que estar pendiente de la cocina. No tenemos idea de quiénes serán los invitados, cómo haremos para… Pero vamos, anda niña, ya, sal. Estaremos bien sin ti. Están tan pálida, dios mío. Tal vez después de todo no fue buena idea mandarte al viejo salón. Toma un poco de aire y regresa en unos veinte minutos. Peor será si te desmayas aquí adentro, tan ocupados como estamos no podríamos cargarte y sólo nos estorbarías. ¡Vamos, fuera, fuera! Y no busques a Julio, está ocupado en las caballerizas, otro capricho repentino del señor Karl, ya sabes cómo son estos señores.
Leonore dejó la casona con un dolor de cabeza que amenazaba la estabilidad de sus pasos. ¡Hannah hablaba tanto a veces! Pero como no parecía hacerlo con mala intención, no le molestaba mucho en realidad. Sin embargo, aunque no fuera este el caso, no podía evitar que su cabeza demostrara lo contrario.
El pasto se sentía suave bajo sus pasos, y el aroma y los susurros que sus pisadas le arrancaba la reconfortaba de alguna tonta manera. No que aliviara su dolor de cabeza, pero al menos conseguía distraerla. Siguió avanzando con paciencia, ignorando conscientemente el correr del tiempo. A unos cuantos metros de la casona el terreno comenzaba a inclinarse, presentaba irregularidades un tanto incómodas para esas frívolas pero tan comunes caminatas abordadas en ocasiones por las raras visitas de su amo. Cabalgar resultaba todavía más peligroso, pero pocos parecían verlo de esta manera, y menos aún habían llegado a accidentarse, así que cualquier preocupación siempre parecía mal fundamentada.
Avanzó un poco más; la húmeda tierra y el suave pasto desaparecían paulatinamente para darle paso a una línea de sotobosque ensombrecido por las copas de los árboles bajo cuyos pies descansaban. El bosque se alzaba de repente, enorme, oscuro y silencioso, y se extendía a lo largo y ancho con un autoritarismo tan lleno de misticismo que no hacía sino espantarla. Rara vez se internaba más que un un par de metros, sin embargo, en esta ocasión, avanzó mucho más.
Lo primero que experimentó fue el súbito cambio en la temperatura y la humedad del ambiente. No estaba tan oscuro, pero el juego de sombras conseguía sacarle uno que otro espanto repentino a los que no parecía poder acostumbrarse. El viento apenas soplaba, de ahí el silencio que tan fuertemente la abrigaba. Al levantar la vista se percató en las imponentes pero serenas copas de los árboles; se alzaban tan altas sobre su cabeza que ni siquiera se sentía capaz de calcular su altura, la mareaba el simple hecho de imaginar que se encontraba allá arriba, tan por encima de todos como jamás lo había estado. Tan lejos de todo lo que significaba seguridad para ella.
Se abrazó a sí misma al ser sorprendida por un escalofrío únicamente inesperado por la prolongación del mismo. Fue como si literalmente la piel comenzara a dolerle, pesada y caliente, totalmente ajena. No se asemejaba a nada que hubiera sentido antes, y sin embargo, la emoción experimentada en ese preciso instante hizo que  los recuerdos y pensamientos de esas noches en las que despertaba totalmente desorientada, sin noción alguna del espacio y del tiempo, regresaran a ella y la empaparan como un balde de agua fría. Se refugió en sí misma, entregándose a la fortaleza de sus piernas, mientras envuelta en sus propios brazos, buscaba el camino de regreso.
Tendría que haber sido una tarea fácil, pero el ruido incesante de lo que parecían cascos así como una vibración que se extendía por todo el suelo consiguieron paralizarla sin remedio. Leonore cerró los ojos, sintiendo no menos que un terror absoluto que se prolongaba e interiorizaba en tanto el sonido y las vibraciones no cesaban. Tomó una gran bocanada de aire que contuvo fuertemente hasta que no pudo más, liberándolo con una sonoridad que hizo que se reprendiera a sí misma. Abrió los ojos, asustada, temiéndose descubierta, no obstante, lo único que percibió fue lo que ya debía saber de antemano: estaba sola. Alguien debía estar cabalgando cerca, cosa que no le concernía en lo más mínimo y menos aún debía preocuparla. Se avergonzó por lo desproporcionado de su reacción y se dedicó entonces a arreglarse el cabello y a secar sus sudorosas manos en el delantal que no se había molestado en quitarse. No había sido nada.
El camino de regreso a la casona fue infinitamente más simple. Dejó atrás la espesura del bosque para internarse en ese paisaje mucho más cotidiano pero no por ello más soportable. No tenía noción alguna del tiempo transcurrido y temía que su ausencia se hubiera prolongado más de lo permitido. Agitó la cabeza, contrariada consigo misma. ¿Por qué últimamente sólo era capaz de sentir temor? Tenía que hacer algo al respecto, no podía vivir así.
Justo estaba a punto de entrar por la puerta de la servidumbre cuando nuevamente se vio sorprendida por el sonido de unos cascos. Alguien se acercaba y la curiosidad le ganó.  Rodeó la casona tan rápido como pudo y al llegar al frente se resguardó en una de las esquinas para así esconder su imprudente curiosidad de los visitantes.
Los visitantes eran tres personas que descendieron con maestría de los caballos los cuales dejaron al cuidado de Julio, quien entre una mezcla de reserva y torpeza, trataba de guiar a las bestias hasta las caballerizas, tomándolas por las riendas aunque las manos no le ajustaran. Leonore se hubiera reído de esto de no ser porque la presencia de los tres extraños la tenía más interesada.
Eran dos hombres y una mujer. Los dos caballeros, vestidos galantemente con ropa de montar, conversaban entre ellos con una jovialidad que desmentía por completo esos destellos plateados que les teñía la cabeza casi por completo. La dama, que no aparentaba más de treinta, llevaba ropa menos adecuada para la actividad que había estado desempeñando hasta hacía apenas unos minutos: un entallado vestido de satén en un tono púrpura que desentonaba enormemente con la monotonía típica de la moda de campo. Leonore no pudo evitar ver su propia vestimenta y reconocer lo triste de su colorido, pero no era algo que en lo que pensara mucho, así que siguió observando. Otra cosa que desentonaba era el extraño peinado que la mujer lucía. Lo llevaba suelto, medio arremolinado quizá por el viento. Leonore encontró que incluso así le lucía, de la misma manera que le pareció gracioso los vanos esfuerzos de la mujer por intentar acomodarlo.
—¡Perdí el maldito sombrero en algún lugar! —exclamó la mujer, con una voz ronca, destruyendo por completo la imagen que poco a poco Leonore había construido de ella.
—Y se llevó parte de tu encanto con él —comentó uno de los hombres, el de las botas negras—, al igual que tus buenos modales.
La dama sonrió, dándole la razón a su interlocutor, para después soltarse el cabello de una sola vez, rendida tal vez de sus vanos intentos por acomodarlo.
—¡No los esperaba tan pronto! —gritó alguien. Leonore se sobresaltó al reconocer la voz del señor Karl, así que retrocedió un poco.
—Algo tiene el campo que rejuvenece —dijo el otro hombre—. Decidimos montar, nada de carruajes; estamos viejos pero no es para tanto.
—Esperemos que no sea un hueso roto el que también rompa tu ilusión. Te engañas como siempre, John —bromeó el señor Karl—. Pero veo que no vienen solos, ¿a qué debo tan agradable compañía?
—Es mi sobrina Isabelle —respondió el hombre de las botas negras—. ¡Pero qué vida tan enclaustrada ha de llevar usted, amigo mío! La joven aquí presente merodea por estos campos desde hace poco menos de tres meses. Tiene un trote violento pero seguro, y el espíritu aventurero de una amazona; me extraña que no la hayas escuchado hasta ahora, con lo silenciosa que es la vida en el campo.
—No seas tan severo, August —intervino el señor John—, que tu sobrina tampoco vino a hospedarse por razones de salud —sonrió pícaro—. Tiene tanta culpa ella como Karl.
—¡Qué va! —exclamó Karl—. Pero qué importa. Está aquí y su presencia por sí misma ya resulta agradable. ¿Acaso no le molesta viajar con estos dos insolentes? ¿Qué pensará su esposo de tan malas compañías? —dijo, dirigiéndose a ella.
—Que mi tío y su amigo son dos insolentes es algo que no negaré  —contestó Isabelle—. Por fortuna, no me espera en casa esposo alguno que me reprenda, y tengo completa libertad no sólo para soportar y compartir sus insolencias, sino para cometerlas también, y tanto como me plazca.
—Que no te engañe su apariencia —rió August, cómplice—, que esta niña es la oveja negra de la familia. Con casi treinta y sin esposo, y con una reputación que nos dejaría a ti y a mí en vergüenza —continuó—. Y déjame advertirte: si tienes alguna criada bonita lo será mejor que la encierres mientras dure nuestra estadía en esta casa, que si no, la pobre morirá enfebrecida por los delirios del amor que mi sobrina tan gustosamente prodiga.
—Una advertencia exagerada, si me permite defenderme; después de todo, no hay nada mejor que la vida de campo para moderar las malas costumbres —replicó Isabelle, riendo a su vez, mientras teatralizaba una reverencia.
—¡Y yo que pensaba que ya no quedaba nada interesante por descubrir aquí!
Luego de este ameno intercambio, el señor Karl instó a pasar a sus invitados, disculpándose de antemano por lo poco agraciado del lugar. Leonore, por su parte, seguía en su escondite, incapaz de salir de él y de su asombro. Martilleaba incesante su corazón vaticinando una advertencia más que extraña, inaudita. Pero no había engaño. Encontró a la dama tan natural como el bosque que rodeaba la zona, por lo mismo le pareció fría, tenebrosa e inalcanzable pese a su aparente sentido del humor y a esa lozanía tan común en aquellos a los que ya nada les molesta. Adicional a esto era hermosa: su cabello negro, aunque despeinado, brillaba aprisionado entre sus dedos, creando una ilusión de palidez casi fantasmagórica en una piel que por lo demás se veía bastante fresca. Los rasgos el rostro le parecieron a Leonore, aún en la distancia, delicados pero bien definidos; un rostro de proporciones armoniosas portador de una belleza poco propia para esos parajes campestres. Ni qué mencionar sus modales corteses a la par de su lenguaje poco formal e inusitadamente directo y jovial que no llegaba a ensombrecer su presencia en absoluto. Todo esto fue capaz de recordar Leonore con tan solo un vistazo. Resultaba extraño que tan buenos cumplidos más que admiración le causaran desconfianza, y se permitió preguntarse a sí misma si la monotonía de la vida era la responsable del nacimiento de ideas tan poco propias en ella. Nunca había albergado verdadero rencor hacia aquellos mejor posicionados, siempre había sido de mentalidad simple y ni siquiera se había detenido, en toda su vida, a cuestionar su lugar en el mundo. Era inútil comenzar ahora, aunque reconocía muy en el fondo que era poco probable que esta fuera la razón por la que la presencia de la dama le había resultado tan amenazante.
Leonore agitó la cabeza y suspiró. Había perdido la noción del tiempo y sus temores volvieron a tener como fuente esa cotidianidad que tan amablemente la abrigaba. Consciente de que su ausencia ya pesaría entre los sirvientes y las mil tareas que apresuradamente tendrían que completar debido a la repentina visita, Eleanor se echó a correr, regañándose en su interior por esa maldita curiosidad. Tal parecía que estaba tan aburrida como para buscar problemas por su propia cuenta.
—¡Pero niña! —gritó Hannah al verla. Rápidamente se limpió las manos en el delantal y salió a su encuentro—. A punto estuvimos todos de dejar nuestras tareas para ir a buscarte, pensamos que el bosque te había tragado, ¡Dios santo!
Casi, pensó Leonore, pero en su lugar respondió:
—Me he detenido un momento a descansar debido a un dolor de cabeza y he perdido el tiempo sin darme cuenta. Lo siento, Hannah.
—Ya resolveremos eso después —suspiró Hannah resentida pero no verdaderamente molesta—. Lávate y ponte a ayudar en lo que sea. Tú habrás perdido el tiempo, pero a los demás se nos viene encima. Vamos, anda.
Las buenas atenciones de Hannah tuvieron su origen en ese compromiso que ella misma había ideado y llevado a cabo. Julio, su nieto, había tenido una vida pesada al lado de su padre alcohólico, soportando sus maltratos y las promiscuidades de una madre que tenía más dotes como cerdo de engorde que como ser humano. En este abandono, cuando parecía no haber un futuro más brillante, la muerte, tan poco apreciada en cualquier otra circunstancia, se hizo presente, arrebatándole a la vida a esos dos seres que tan poco significaban, sellando así el destino de Julio al lado de su abuela, quien hasta ese entonces había desconocido la realidad de esa familia a la que daba por pobre pero feliz.
Hannah sabía que su nieto merecía cosas buenas que compensaran su nefasta infancia, e incluso antes de llegar a la edad adecuada, se dio a la tarea de buscar prospectos para él; muchachas jóvenes y sanas con un ligero toque de belleza, buenos modales y mucho instinto maternal. Viviendo donde vivían, las opciones eran limitadas. Todo se reducía a sirvientas de casonas de campo siempre a disposición de los caprichos de sus amos. Y cuando comenzó a vislumbrar la posibilidad de renunciar para irse a un lugar mejor, todo en beneficio de su adorado nieto, apareció Eleanor.
La chiquilla tímida y delgaducha apenas tenía trece años. Pero era bonita, obediente, y su vocecita de pajarillo era tan débil que conversar con ella representaba un verdadero desafío. E incluso siendo su voz más fuerte, ya resultaba difícil por sí sólo sacarle conversación. Apenas llegó se sumergió en sus tareas sin oponer mucha resistencia, aprendiendo rápido, cometiendo tan pocos errores, respetando a sus mayores y alejándose de los problemas de los más jóvenes.
Pero no fue sino hasta que vio a su nieto y a la chiquilla juntos que decidió no mudarse más; parecía no haber razón para ello. Eligió no intervenir demasiado, o al menos no de manera demasiado activa. Quería que entre ambos jóvenes surgiera el cariño necesario para garantizar una convivencia pacífica.
El compromiso se selló cuando Julio tenía diecinueve y Leonore acababa de cumplir los dieciséis. Sin embargo, la humilde ceremonia  fue postergada debido al repentino regreso del dueño de la mansión. Y desde entonces casi un año de incertidumbres y desazones había retrasado el asunto, aunque ya todos daban por sentado dicha unión.
Cuando Hannah vio a Leonore incorporarse en las tareas de la cocina, se sintió agradecida con el cielo por enviarla a tan entrañable criatura. Siempre tenía tan poco que decir, y en la cabeza de Hannah, con un marido difunto y un matrimonio que apenas duró lo suficiente para dejarle dos hijos, este era el ingrediente principal para convertirse en una buena esposa. No le preocupaba en lo más mínimo el triste ánimo en el que Leonore se había sumido en las últimas semanas, lo creyó pena más que una dolencia física; pena porque la boda con Julio siempre era pospuesta debido más a caprichos del señor Karl que a otra cosa; y una jovencita tan poco parlanchina tenía que exponer sus dramas al mundo de alguna manera, aunque no fuera la convencional.

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NO AL PLAGIO

La dama enamorada (relato lésbico +13)

Proyecto nuevo, ¡yey! Y no sólo nuevo, sino casi completo. Este relato (que en wattpad publicaré en partes como una novela corta) me ha andado rondando desde que leí la colección de relatos fantásticos la cual incluía «La muerta enamorada» de Téophile Gautier. Fue precisamente este relato el que me dio la idea, y de ahí también decidí tomar la pauta para el título. Por el momento sólo dejaré el resumen y el prólogo, ya muy pronto subiré lo demás. Espero puedan darle una oportunidad.


Título: LA DAMA ENAMORADA
Paranormal, erótico, lésbico.
Resumen:
Leonore lleva una vida monótona como sirvienta en una vieja casona de campo. La única cosa con la que intenta desafiar esta monotonía es su compromiso con el joven nieto de Hannah, la supersticiosa ama de llaves. Pero el matrimonio, por razones completamente ajenas a ellos, ha sido postergado una y otra vez, haciendo que todos crean que es esto lo que tiene a Leonore en tan precaria situación: pesadillas, insomnio, cansancio repentino... Leonore siente que ya no se pertenece a sí misma. Intenta darle forma a lo que pasa a su alrededor, pero esto sólo es posible cuando conoce a Isabelle, una aparentemente refinada pero voluntariosa dama que esconde más de lo que Leonore hubiera querido descubrir.

Advertencias: leve contenido sexual.
Lo recomiendo para mayores de 13 años.



La dama enamorada
Por Seiren Nemuri

Prólogo

Últimamente algo le estaba pasando. Esas noches en las que se dormía después de dos o tres parpadeos, despertaba no sólo acalorada, sino también sintiendo una extrañeza inexplicable reptar por su piel. El cuerpo, durante un momento, uno que ella jamás llegaba a cronometrar, dejaba de pertenecerle, pasaba a ser el objeto de uso de alguien más, o más que un objeto, una forma de vida incompleta que se transformaba según sus caprichos. Este ser desconocido, abstracto para todos sus sentidos, la abandonaba al amanecer, dejándola agotada y sudorosa, con el pecho rechinando ante la presión de sus propios deseos inconclusos, como una puerta que nunca cierra del todo. No quedaba más que esperar que el frescor de la mañana serenara su cuerpo, para así enfrentarse a un nuevo día, ignorando el temor que cada mañana se sacudía sólo para regresar más fuerte, y al azar, esas noches que parecían tranquilas y silenciosas.


Lista de capítulos:





No al plagio.

Incluso en la distancia. Relato lésbico +18

Incluso en la distancia

Atascada en el tráfico, dentro de un autobús atestado de gente cansada y molesta, sólo podía pensar en que quería llegar a casa. Oportunidades como esa no se le presentaban a menudo, y como se había enterado con anticipación que ese martes quedaría totalmente sola, incluso había concertado una cita, con promesas incluidas. Estaba cansada de no hacer todo lo que podía por temor a que alguien llamara a su puerta en el momento menos oportuno. De nada servía que lo hiciera en silencio o que le pusiera seguro a la puerta, siempre sucedía algo… siempre.
Suspiró y revisó el reloj en su muñeca; todavía tenía tiempo, con que el autobús avanzara de un momento a otro estaría bien. Echó una mirada por la ventana; estaba oscureciendo demasiado deprisa, y había nubarrones en el cielo que le erizaban la piel. Quería verlo con optimismo, pero igual parecía que todo saldría mal sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Impaciente, comenzó a retorcerse en su asiento.
Lo imaginó en el momento que supo la noticia: «el martes iremos…» Quedaría sola. No había podido dejar de pensar en eso, en la soledad, en el espacio y el tiempo que serían sólo para ella.
Descubrió, de mala manera, que el tiempo no es de nadie, y que ya habían pasado quince minutos desde la última vez que había revisado el reloj. No pudo más. Le pidió permiso al pasajero que iba a su lado, pese a su mirada huraña, luego, con incomodidad, se hizo paso entre el gentío apretujado que la separaba de la salida. Disculpas por aquí, y por allá, una sobada totalmente intencional de parte de alguno de los aprovechados que se negaba a darle espacio para pasar, y por fin, el aire libre. Suspiró una vez más y sin mirar el cielo, comenzó a caminar.
El bolso en su hombro pesaba y la cansaba. El ambiente también estaba pesado, húmedo y cálido, y enseguida comenzó a sudar. Caminaría al menos treinta minutos para llegar a su casa, pero al ver que el tráfico seguía prácticamente inmóvil, no se arrepintió de su decisión. Revisó la hora una última vez y apresuró el paso.
Entonces, a medio camino, gotas de lluvia comenzaron a caer, pero ella no se sorprendió, las estaba esperando. Su paso ni disminuyó y ni siquiera intentó limpiarse el agua del rostro. Con cada segundo, el agua arreciaba, y en menos de lo que parpadeaba charchas se formaron a lo largo y ancho de las calles y las aceras; pero le molestaba mucho más el constante pitido de los autos varados en la penumbra, con sus luces cada vez más ofensivas bañando la lluvia y el pavimento.
No permitió que esto la molestara más de la cuenta, no quería arruinar su buen humor. De hecho, de camino a casa, se iba mentalizando, para no llegar y de plano parecer una completa y muy extenuada insensible incapaz de cumplir con lo que había prometido. No era la primera vez que lo hacía, se dijo, y no era precisamente pena lo que sentía cuando lo hacía, de ser así, no estaría tan expectante, tan deseosa por cumplir con la cita concertada. Tan sólo imaginarlo la había entusiasmado, excitado casi. Había dejado un bonito conjunto preparado para la ocasión. Todo saldría bien. Llegaría a tiempo, se dijo… y así fue.
Pero apenas fue con unos segundos de ventaja. Para no parecer una impuntual maleducada encendió la computadora, incluso antes de quitarse la ropa mojada y de secarse, o de revisar siquiera que no llevara el cabello hecho un desastre (el cual, efectivamente, era el caso) o de que en su rostro no se reflejaran todas las ganas que sentía. No daba para más. Estaba todo bien claro y no quería disimularlo.
Accedió casi en tiempo récord a Skype, pero para no parecer demasiado apresurada, se limitó a escribir un sencillo «hola» para después colocarse los auriculares (los inalámbricos que había comprado para más comodidad) y esperó. Ni siquiera sentía el frío, ni el aire del ventilador que le helaba la piel todavía más.
»Hola —le respondieron. Melissa sonrió al ver la foto de perfil de Daiana. En la foto sonreía, y se le veía un poquito más joven. No que fuera vieja, simplemente era mayor que Melissa, aunque sólo un poco.
»Me das unos minutos —respondió Melissa con prontitud, sus dedos parecían obrar magia sobre el teclado—, me ha caído semejante tormenta encima. Parezco un pez moribundo.
»Uno muy lindo, imagino. —Melissa sonrió al notar el emoticón, la típica carita coqueta y sugerente—. ¿Ya tienes puesto los audífonos?
»¿Por qué?
»No me vayas a rechazar.
Melissa casi se va de espaldas al escuchar el tono de la notificación y el cambio en la pantalla. Por un momento se sintió tan nerviosa que ni siquiera se percató de que ya había aceptado la vídeollamada. La voz de Daiana la sacó de su estado de shock.
—Estás empapada —sonrió Daiana en la pantalla.
—Espera que me arregle un poco —balbuceó Melissa, menos nerviosa pero igual sorprendida.
—¿Y para qué? ¿Acaso igual no quedarás desnuda?
Melissa no pudo defenderse, porque era verdad. Simplemente le daba pena porque había planeado arreglarse y hasta había comprando un lindo conjunto. Ya no daba para más, se dijo, lo tendría que dejar para otra ocasión.
—Me haces bullying—sonrió.
—Nada de eso —se defendió Daiana—, es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, y no me parece justo. Es por mi bienestar emocional y físico. Sé buena conmigo, por favor.
—Dramática, eso es lo que eres —volvió a sonreír Melissa. El cabello le seguía chorreando por montones, pero su piel ya se había acostumbrado a la temperatura de la habitación, ventilador incluido.
—¿Entonces…?
—¿Sí…?
—Definitivamente ha pasado demasiado tiempo —bufó Daiana. Se acomodó en su asiento y por un momento la pantalla sólo la mostró hasta la altura de su cuello. Melissa notó entonces que ella ya estaba desnuda, que sus senos, con los pezones tan sugerentes a la altura de su vista, hasta parecían solitarios y necesitados, y que Daiana, tan juguetona como era, la había estado esperando. Al menos eso quería creer. Creerlo la excitaba.
Sólo vio sus senos y sus pezones endurecidos y no puedo evitar excitarse. Melissa se mordió el labio, gesto que no le pasó desapercibido a Daiana, y con voz ronca, le dijo:
—Te pones de pie un segundo, ¿por favor?
Daiana obedeció y tal como Melissa sospechó, estaba desnuda; completamente desnuda.
—¿Te gusta? —preguntó Daiana, había algo de timidez en su voz, una urgencia mal disimulada que la erosionaba.
—Sabes que sí.
—Es tu turno.
Melissa suspiró, Daiana volvió a su posición inicial, pero acomodó un poco la cámara, para que tanto su rostro como sus senos fueran visibles.
Melissa comenzó a desabotonar su blusa, esa que, por ser oscura, no se había transparentado ni un poquito. Cuando lo hizo dejó al descubierto una bonita pieza de lencería negra, que escondía, no sin cierta malicia, la excitación que ya se dibujaba en la piel de sus senos. Levantó la vista y vio a Daiana fijamente, mientras, con ambas manos, se acariciaba por encima de la ropa interior.
—Dios, Melissa —gimió Daiana directamente en sus oídos. A Melissa le ecantaba. Las probabilidades de que Daiana la tocara en la vida real eran muy pocas, pero igual ella conseguía meterse en su interior como ninguna otra —. ¿Quieres continuar?
—Dime qué quieres que haga, y lo haré para ti —respondió Melissa, excitada.
Daiana sintió una urgencia repentina, pero esta no era como esas otras ocasiones en que por temor tenían que hacerlo rápido, así que se contuvo.
—Termina de quitarte esa ropa mojada, quédate en ropa interior.
—Sí…
—¿Tienes frío? Desde aquí puedo ver cómo se te eriza la piel.
—Eso es por otra cosa —sonrió Melissa.
—Bien, ahora aléjate un poco, quiero verte completita.
Melissa retrocedió un par de pasos. No le daba pena exponerse, de hecho, era todo lo contrario. La excitaba, la volvía loca. Daiana la miraba y eso bastaba para encenderla por completo, sin remedio, sin ganas de mirar atrás y detenerse a pensar en lo que estaba haciendo, en los riesgos… Una mirada, tan simple como eso. Dos pasos más atrás, luego la vuelta. El rostro de Daiana en la pantalla y su cuerpo, casi desnudo, a su vista. Le preocupaba a veces, ¿la miraba bien? ¿Lo miraba todo?
—Te veo bien, Meli, estás preciosa, como siempre. Me vuelves loca.
—Daia, me estoy excitando demasiado.
—Eso me encanta.
—No quiero que esto termine tan rápido.
—Yo sólo quiero que nos sintamos bien, el tiempo es lo de menos —respondió para tranquilizará—. Muy bien, ahora… gira, hazlo lentamente… —Melissa lo hizo sin rechistar; y con la voz de Daiana todavía fresca en sus sentidos, comenzó a mover su cuerpo, a girarse para mostrarlo con esa paciencia tan mal disimulada que le estaba carcomiendo las entrañas y humedeciéndola locamente—. No puedo dejar de verte, Meli; demonios, muero por tocarte, por recorrerte enterita. Estás preciosa. No puedo soportar esta distancia.
Melissa se sonrojó, también se excitó más con estas palabras, pero sobre todo, con el hecho de que Daiana se encargara de recalcarle que la estaba viendo, que no podía dejar de mirarla. A veces quería gritar, ¡mírame, mírame más!, pero se contenía, su voz se ahogaba en las suplicas que su garganta aprisionaba. ¿Pero acaso no se había prometido que esta vez sería diferente?
—Mírame más, Daia. Quiero que me mires. Me excita que me mires.
—Lo sé, hermosa —dijo Daiana, conteniendo un suspiro—. Ahora, preciosa, acércate otra vez. Acerca la cámara a tus senos. Quiero ver cómo te quitas el brá, quiero que lo hagas lentamente, que lo hagas sólo para mí.
Obedeció quizá con demasiada prisa, pero Melissa ya no estaba dispuesta a disimular lo que sentía. Se acercó a la computadora, se sentó en la silla e hizo lo que Daiana le había pedido. Su respiración comenzó a acelerarse cuando llevó las manos hasta su espalda, para soltar los broches, y contuvo la respiración cuando, lentamente, fue despojándose de la prenda. La piel se le fue erizando, y Daiana lo notó, se mordió los labios mientras, impaciente, esperaba que Melissa por fin le mostrara su piel.
—Dios, Melissa —gimió Daiana al ver los senos de Melissa. Los pezones, claros y pequeños, estaban completamente erectos; y la piel pálida y suave, erizada por la excitación, resultaba todavía más llamativa—. Quiero ponerlos en mi boca, quiero morderlos…
—Hazlo, hazlo por favor —suplicó. Estaba a punto de acariciarse ella misma, de pellizcar sus pezones con urgencia, cuando la voz de Daiana la detuvo.
—No, preciosa, todavía no.
—Sabes que no aguanto más.
—Sólo déjame verte otro ratito. Vamos, retira las manos…
Melissa suspiró y lo hizo. Daiana se quedó en silencio y esto la martirizaba. La estaba viendo, eso parecía, pero ¿qué estaría pensando? La incertidumbre la excitaba, la misma ignorancia la excitaba, incluso más que el riesgo o lo que pudiera pasar a partir de ahí.
—¿Me ves?
No hubo respuesta. ¡Estaba volviéndola loca! Quería que le dijera algo, o siquiera escuchar un suspiro. Se lo había dicho, haría todo lo que ella quisiera, pero eso era hasta agonizante, placenteramente agonizante, por supuesto, y no miraba su impaciencia como algo precisamente malo, le gustaba sentir como esa excitación desmedida controlaba su cuerpo, haciéndola rogar y esperar por más, pero al mismo tiempo, no quería esperar, quería que todo sucediera ya. Eran sensaciones demasiado contradictorias las que había estado experimentando desde que encendió la computadora.
—Daia, por favor…
—Hermosa, ¿qué tan húmeda estás?
—Mucho, no puedo más, Daia, me vuelves loca. No me hagas esto.
—Pero qué dices, si yo sé que te encanta —sonrió, complacida—. Ahora aléjate un poco, déjame ver ese bonito rostro.
—¿Así?
—Así —suspiró. Le gustaba tanto ver a Melissa que no necesitaba más para pasarla bien—. ¿Quieres tocarte ya?
Melissa no esperó la orden, y sin consideración alguna, pellizcó sus pezones, para luego ser más delicada, acariciando la aureola, deslizando la yema de los dedos por todo el contorno; y así capturar sus senos entre sus manos. Apretó con ligereza al inicio, ya después de manera más pausada, con mucha más fuerza. Sus pezones estaban demasiado sensibles, y cuando volvió a pellizcarlos un pequeño gemido se escapó de sus labios. Daiana la veía y la escuchaba y podía sentir entre sus piernas esa excitación que ya con tanta anterioridad se había apoderado de su cuerpo. Había estado esperando eso con muchas ganas, y no quería perderse ni un minuto.
—Apriétalos un poco más —ordenó, excitada. Melissa cumplió la orden, más que dispuesta—. Sí, así. Acércate un poco más, déjame saborear tus pezones. Dios, estás preciosa.
—Quiero más, mucho más.
—Pero es que antes quiero verte hasta el cansancio, ¿no te gustaría eso?
—No sé si podré aguantar.
—Sé que lo harás, por mí —dijo con seguridad—. Me encantan tus senos, y como te tocas, pero, ¿sabes que hay una parte de ti que nunca he visto, al menos no con claridad?
Melissa supo de lo que le hablaba, e inmediatamente una placentera corriente se extendió por toda su espalda.
—¿Cómo quieres que lo haga?
—Acerca un poco la silla… Sí, así está bien. No hagamos un ritual de la ropa interior; te queda preciosa, Meli, pero muero por verte. Sólo quítatela. Bien, así—decía Daiana mientras veía cómo Melissa acataba todas sus órdenes—. Ahora… ponte de rodillas sobre la silla…
—¿Así?
—No te preocupes, te veo bien, hermosa, te veo perfectamente. Haz lo que te digo… bien. Así.
—¿Me ves?
—Te veo.
—¿Te gusta?
—Me encanta, estás preciosa así. Ahora, separa un poco más las piernas… dios, perfecta —jadeó—. Estás tan húmeda, Melissa, por dios, estás preciosa. Lo veo todo.
—Eso me gusta…
—¿Puedes separar un poco los labios con tus dedos?
No respondió, simplemente lo hizo, ahogando un leve gemido cuando sus dedos al fin hicieron contacto con su vulva y con esa humedad tan cálida que la abrigaba. Daiana estaba viendo su sexo claramente, esto la volvía loca, hacía que perdiera los sentidos de una manera que jamás había experimentado.
—No, hermosa, no te toques más que eso.
—Daia… estoy tan húmeda, tan excitada. Deja que lo haga, por favor.
—Está bien, pero sólo un poco… Vamos, roza tu clítoris, con un dedo nada más, y sólo acarícialo, no hagas presión, no por ahora.
—Ah…
—No te contengas, quiero escucharte.
—Ah, Daia, esto es tan…
—Puedo verlo, hermosa. Acaríciate más.
En esa posición, Melissa no podía ver a Daiana, lo que resultaba un tanto inconveniente, pero Daiana la estaba viendo, y esto era más importante, más excitante. Cada una disfrutaba a su manera y no la cambiarían por nada. Además, aunque no la estaba viendo, Melissa sabía que Daiana ya había comenzado a tocarse, lo intuía con la naturalidad con las que sus sesiones se llevaban a cabo, esa misma naturalidad con la que habían comenzado a experimentar, sin miedo, a pesar de lo absurdo que les resultó al inicio la idea de jamás poder tocarse. Con el tiempo aprendieron que se podía disfrutar, incluso en la distancia, sin dejar vacíos, sin incumplir promesas, sin mentirse.
A través de los auriculares sólo podían escuchar los gemidos de cada una. Melissa, con las piernas agotadas pero incapaz de detenerse; Daiana, con la mano entre sus piernas y un dedo en su interior, masturbándose lentamente sin despegar la vista del cuerpo de Melissa, de su vulva húmeda y de esos dedos que tanta envidia le provocaban. Esa urgencia tan placentera había vuelto a aparecer. Se penetraba ahora con más fuerza, acariciando sus senos, pellizcándose los pezones, la mirada siempre fija en la pantalla, ida en esos dulces gemidos que rozaban tan delicadamente sus oídos.
—Detenme —gimió Melissa—, dios, Daiana, no puedo más…
La misma Daiana no creyó posible detenerse, y sin embargo, lo hizo; moduló su respiración y le ordenó a Melissa que hiciera lo mismo.
—¿Estuviste cerca?
—Demasiado —sonrió Melissa, acomodada ahora en la silla, viendo fijamente el rostro acalorado de Dainana.
—¿Melissa?
—¿Dime?
—Quiero verte todavía más de cerca —confesó, cautelosa—. Quiero ver tu vulva. Muero por ver cómo te penetras con los dedos, cómo entras y sales de ti misma…
—También… también quiero eso.
—¿Sí? —suspiró aliviada—. ¿Puedes acomodarte en tu cama?
—Espera… cortaré esto un momento, no te vayas.
—Ni loca lo haría.
Melissa tomó una gran bocanada de aire, para enseguida buscar entre los cajones de su escritorio. Allí encontró no sólo su tablet, sino también el juguete, debidamente guardado, con el que solía masturbarse desde antes de conocer a Daiana en uno de esos chats que sólo auguran malas cosas, pero en el que ella había tenido la fortuna de conocerla. Sobra decir, nunca más volvió a visitar esos chats. Ni siquiera se sintió tentada.
Encendió la tablet, enseguida sincronizó los auriculares e ingresó a Skype para reanudar la sesión.
—Se me ocurrió… —comenzó a balbucear.
—¿Es tu tablet?
—Lo es.
—Perfecto.
—Entonces… ¿qué querías?
—Un primer plano de tu bonita y húmeda vulva —rió.
—No empieces —Melissa también rió, contagiada por la risa de Daiana y las tonterías que a veces decía.
—¿No quieres?
—Sabes que sí, sabes que siempre quiero que me veas completita. Llega a ser hasta insoportable lo mucho que quiero que me veas.
—Muéstrame, entonces.
Melissa descubrió, tal vez un poco tarde, que no era todo lo cómodo que había imaginado. Se acostó sobre su cama, apoyando la cabeza en una almohada, para luego, lentamente, separar las piernas. Entonces, sin saber muy bien cómo hacerlo, colocó el aparato a una distancia prudente, esperando que en el primer intento lograr su cometido.
—¿Me ves?
—Demonios, sí —respondió Daiana con la voz entrecortada—. Separa un poco los labios… —Melissa lo hizo casi al instante—, dios, sí… así. Estás hermosa. Ahora… acaríciate un poco… sí, el clítoris… Demonios, Melissa, esto es… esto es…
Melissa escuchaba, humedeciéndose todavía más con cada suspiro, con cada “demonios”, con cada expresión de admiración que Daiana le regalaba. Apenas rozaba su clítoris con un dedo, pero la sensación que esto le provocaba era inmensa, todo porque sabía que Daiana la estaba viendo bien de cerca. Casi podía sentirla en la misma habitación.
—Penétrate, hermosa… despacio. Sólo con un dedo… sí, así.
—¿Lo ves? ¿Se ve bien? —gimió Melissa.
—Casi siento que son mis dedos los que te penetran.
—Lo son —volvió a gemir—, y también es tu lengua. Esto es delicioso, Daia, ya no podré detenerme.
—Y no quiero que lo hagas, Melissa. Yo tampoco quiero detenerme.
Daiana estaba ahora recostada, con los dedos de una mano se penetraba mientras con los de la otra se acariciaba el clítoris, ignorándolo a veces para pellizcar sus pezones. Le encantaba lo que veía. La humedad y esa penetración lenta, aparentemente superficial. Ella notaba el entusiasmo con que Melissa se penetraba, esa intención de introducir sus dedos tan profundo como pudiera, sabiendo de antemano que era algo que conseguiría volverla loca en segundos.
—Mete otro —apenas alcanzó a susurrar, pero Melissa, tan atenta a sus pedidos, lo hizo de inmediato. Y no sólo esto, sino que también comenzó a acariciarse con más fuerza y velocidad. Sus gemidos inundaron los oídos de Daiana con un placer inimaginable hasta el momento—. No te contengas, déjame escucharte.
Melissa estaba envuelta en un frenesí interminable, se penetraba cada vez con más fuerzas, entre pausas intermitentes para volver a humedecer sus dedos y extender esa humedad por toda su vulva, descansando ligeramente sobre su clítoris, presionando, rozando, acariciando, para luego volver a penetrarse. Pero por más sumida que estuviera en estas contemplaciones tan placenteras, la noción de que Daiana estaba viendo todo lo que hacía no había dejado su mente ni por un segundo. Era imposible tener la mente en blanco en ese momento.
—¿Cómo te tocas, Daia? Dime.
—Como tú —gimió Daiana—. Tengo dos dedos en mi interior, y también acaricio mi clítoris… ah…
—No dejes de verme…
—No podría…
—Daia —titubeó—, me miras, eso me vuelve loca. Mírame más, no te detengas.
Siguieron así un rato, hasta que el tedio disminuyó entonces su excitación. Parecía demasiado y a la vez muy poco.
—Tengo algo aquí… quiero usarlo —dijo Melissa.
—De acuerdo —suspiró Daiana—. Está bien.
Daiana sintió una pequeña incomodidad cuando vio como los dedos de Melissa abandonaban su propio sexo en busca de ese algo que, aunque intuía lo que era, no podía visualizar. Cuando Melissa acercó el juguete a su vulva y comenzó a humedecerlo, pensó que no sentiría la gran cosa, pero no fue así. Que a ella no le gustaran esas cosas no significaba que no le gustara que otras disfrutaran con ellas. Ahogo un pequeño gemido, mientras esperaba que Melissa por fin se penetrara con él.
Y así lo hizo. Lentamente el inicio, rozando y tanteando, pendiente de la forma en que Daiana podía estar viendo todo eso que hacía, demasiado interesada en hacerlo bien, y no de manera obscena, aunque todo el acto así podría parecerle obsceno a cualquiera. Acercó la punta, jugó con la presión al inicio, para luego, poco a poco, ir introduciéndolo en su interior. No se contuvo. Con esa intromisión, tan diferente a la de sus propios dedos, su cuerpo se tensó todavía más, y de sus labios se escapó un gemido tan agotador como placentero. Y así lo siguió introduciendo, para luego retirar la mano y demostrarle a Daiana que lo tenía todo adentro.
—Ábrete más —gimió Daiana—, sólo un poco más. Déjame ver cómo te llena.
Melissa obedeció. Al sepearar las piernas se vio obligada a apoyar más la espalda para sostenerse. No era del todo incómodo, pero al hacer el movimiento, sintió una presión tan placentera en su interior que ya no quiso quedarse quieta. Sus caderas comenzaron a moverse, mientras con una mano favorecía una penetración pausada pero profunda, y la otra sostenía la cámara que era la única ventana que la conectaba en realidad con Daiana.
—Hazlo más rápido —ordenó Daiana. Ella misma ya no podía más, no dejaba de penetrarse, de acariciarse, sentía la tensión apoderarse casi por completo de su cuerpo buscando esa tan anhelada liberación. A veces le parecía tonto verlo así, pero no siempre era capaz de describir todas las sensaciones que experimentaba, el deleite que le proporcionaba el ver a una mujer desnuda, masturbándose y gimiendo de placer, del placer el que le proporcionaba saber que ella la estaba viendo.
—Ya no puedo más… —gimió. Melissa había dejado el consolador en su interior, y ahora únicamente se dedicaba a acariciar su clítoris con una impaciencia que podía escucharse en su voz.
—Está bien, hermosa, termina —gimió Daiana a su vez—. Termina para mí, quiero verlo, quiero escucharte…
La voz de Melissa se deshizo en sus sentidos. Ese último gemido, tan bullicioso y a la vez tan íntimo, la capturó por completo y la envolvió en un estado de sopor terriblemente placentero. Sentía, en su propio pecho, el ir y venir del pecho de Melissa, su voz ahora acallada por esa respiración acelerada, ese cansancio, a la vez ligero y pesado, y el placer, hecho uno, en sus cuerpos tan injustamente separados. Entonces vino su orgasmo, más silencioso pero no menos placentero, y luego el silencio, el espacio y el tiempo.
—Muéstrame tu rostro, hermosa —suspiró Daiana, exhausta pero complacida.
Melissa, no sin algo de esfuerzo, se acomodó de lado y colocó el aparato justo en frente de su rostro, a poca distancia, para cumplir con lo que Daiana le había pedido. Al verse, ambas sonrieron. Ambas se sonrojaron. Ambas se excitaron otra vez.
—Estás toda sudada —comentó Daiana, al tiempo que se acomodaba para ver mejor a Melissa.
—Tú también —suspiró—. Sudada y hermosa.
—Esto ha sido… no sé cómo decirlo.
—Entiendo eso —sonrió—. ¿Te pareció bien que usara el…? Digo, recuerdo que me habías mencionado…
—Lo que sea que te haga feliz, Meli. Lo que me excita a mí es verte excitada, verte disfrutando. Y que no me guste no significa que no haya disfrutado viéndote usándolo. De hecho, me ha encantado.
—Estás toda sonrojada.
—Tú también.
Volvieron a reír. Ahora, algo en el cuerpo les pesaba, no era simple cansancio, era también ese estado de relajación que sumerge el cuerpo tan fielmente después de una experiencia verdaderamente placentera.
—Ya quiero repetir.
—También yo —rió Daiana—. ¿Cuándo se podrá…?
—Ojalá pronto. O más tarde, después de una siestecita. No está mal desvelarse. Lo vales. Aunque también estoy tan pero tan relajada, que podría dormir una semana entera.
—Tomate una ducha antes, te has empapado, ¿recuerdas? Me refiero a la lluvia —aclaró enseguida entre risas.
—Siento que me quedaré dormida en la ducha y me ahogaré.
—¡Exagerada!
—Además, quiero sentir esta humedad entre mis piernas un poquito más, porque esta humedad es tuya —suspiró.
—Lo es —sonrió.
—Oye, ¿ya es muy tarde allá?
—Más bien temprano.
—Siento haber hecho que te desvelaras.
—Tú misma lo has dicho. Lo vale, ¿no? Igual todavía puedo dormir un par de horas, no te preocupes.
—Entonces no te detengo más. Ve a dormir.
—¿Segura?
—Sí. Ya hablamos luego, ¿de acuerdo?
—Ya pronto será un año.
—Lo sé, no se me olvida.
—Eso está bien.
—Sí.
—Hablamos pronto, hermosa. Buenas noches.
—Buenas noches.
La comunicación se interrumpió y la noche por fin tomó forma. Melissa no apagó su tablet, aun con los auriculares en los oídos, decidió escuchar música hasta quedarse dormida.
Nunca hablaban de imposibles, estaban en paz con su extraña relación, la distancia y el tiempo que las separaba. Las dos tenían forma en puntos opuestos del orbe, con sus vidas separadas, con sus gustos diferentes; y aún así, en ocasiones parecía que miraban todo con los mismos ojos aunque a veces también en direcciones opuestas. Melissa no sabía lo que sentía, ni Daiana tampoco. Pero todos, sin importar en el lugar en que se encuentren, merecen su fantasía. Esto pensaban ambas y por eso estaban en paz, sin reclamos, sin celos tontos, sin falsas promesas.
Cuando Melissa despertó sintió un poco de la humedad de la noche anterior. Se estiró sobre su cama, como si fuera un gato, y bostezó sonoramente. Necesitaba un baño y  lo necesitaba ya. Antes de levantarse de la cama, sin embargo, una notificación, silenciosa pero luminosa, acaparó su atención. Abrió el mensaje sin fijarse y cuando leyó: «Apuesto a que vienes despertando. Ten un lindo día»; sólo sonrió. Nunca la había tocado, pero Daiana, de alguna manera poco común, formaba parte de su vida. Y, en ese preciso instante, sólo eso importaba.



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Espero les haya gustado.
Los comentarios siempre son bienvenidos.
Saludos. 


La mujer del otro lado de la habitación (Relato lésbico).

Semana Santa, oh, Semana Santa... ¡Felices vacaciones! Para los que tienen vacaciones, y para los que no: ¡ánimos!
Esta vez vengo con un breve relato (erótico, espero) lésbico que se me ocurrió no sé cómo. O sí sé, pero no quiero decirles, ¡ajá! :P En todo caso, es corto, así que léanlo si es lo suyo, y luego comenten qué les pareció. Está recién salido del horno (?)
Tengan una buena semana.
Saludos.

PD: En serio, los comentarios siempre SIEMPRE son bienvenidos.

ADVERTENCIAS: Contenido sexual. +16



La mujer del otro lado de la habitación.





Kara veía a una mujer al otro lado de la habitación: una mujer desnuda, con las piernas abiertas y la mirada fría. Sintió calor, rubor en las mejillas, y el deseo de cerrar los ojos.
La nombró. Comenzaba con A, quizá con C, era difícil precisarlo, el pecho le ardía y se sentía solitario. Tenía la boca seca mientras el ánimo se avivaba. Se deshizo de su propia ropa, se tendió de lleno sobre la cama, con la cabeza ligeramente apoyada sobre un almohadón que la recibió con delicadeza.
La mujer del otro lado de la habitación no se había movido ni un centímetro desde que ella notó su presencia. Tenía algo a medias dibujado en el rostro que no parecía ni querer desvanecerse ni completarse. A lo mejor si cerraba los ojos... Sintió que cerrar los ojos era jugar con la vida. La mujer parpadeó. Se llamaba K o Q, y quizá era extranjera, lo parecía por su piel, su piel morena casi como el azúcar.
La cama se sentía cómoda bajo su cuerpo, pero una ligera tensión la mantenía aprisionada, la mujer seguía allí, un tanto más relajada ahora, las piernas igual de abiertas, ligeramente húmeda. Kara colocó la mano sobre su estómago, no estaba tan plano, y se levantaba hambriento; separó un poco las piernas, suspiró y se dejó ir sabiendo que la mujer la miraba.
Se hizo camino entre los pliegues, se entretuvo un rato en el calor que se hundía acelerado. Con los dedos, con paciencia. La mujer le sonrió y Kara sintió mariposas en el pecho. Se agarró un seno, jugó con el pezón, los dos se endurecieron. La mujer la seguía viendo, la manos ahora entre las piernas.
Su aliento olía a menta y dibujaba espirales invisibles en al aire. Kara había cerrado los ojos, pero se veía a sí misma con los ojos de la mujer del otro lado de la habitación. Vio con claridad cuando sus propias caderas comenzaron a torcerse, demandantes. Se hundía en su interior, insuficiente, con gritos silenciosos que ocupaban dedos más hábiles para ser liberados.
La mujer dijo algo. Kara gimió. La mujer cerró las piernas. Kara volvió a gemir. La mujer se quedó en silencio. Kara apretó los ojos para mantenerlos cerrados.
La cama se meció un poco. Kara sintió su pecho tensarse, salió de sí misma, alejando las manos por completo de su cuerpo. Un aliento comenzó a rozarle las rodillas, más arriba, el vientre, los senos, los pezones endurecidos, la piel sensible del cuello, los labios deseosos, y las mejillas, hasta ir a posarse eternamente sobre sus párpados. Recibió dos besos, una caricia en el cabello y el calor de la piel ajena que recibía de lleno con la suya, dos dedos insistentes y dientes delicados.
Kara gimió, su espalda se arqueó, casi sintió dolor entre el calor y la humedad que la abrigaban. Decía nombres, uno tras otro, unos iniciaban con A, otros con C, y con L y M y N y el alfabeto completo. Todos eran devorados por la boca de la mujer que ya no se encontraba del otro lado de la habitación, y le eran regresados, tatuados en el cuerpo con saliva y moratones.
La mujer la abandonó, susurró algo contra la piel del vientre de Kara que se perdió entre sus poros. Kara sonrió. Extendió sus manos, como si esperara recibir un castigo. Le temblaban las rodillas. Sentía el sudor en su espalda. Los minutos, la demora.
Recordó un episodio de su adolescencia, una visita a un lago, muchas chicas, pocas conocidas, sólo una, una sola. Cerca, siempre cerca, buscando debajo del agua, debajo de su traje de baño, encontrando algo, robándole las gotas de agua de los labios. Y la besaba y besaba, y abajo no sabía lo que sentía, era entre pena y calor y un deseo enorme de gritar. Esos dedos curiosos que Kara siempre quería comerse a besos cuando hacían lo que tenían que hacer. La dueña de los dedos sonriendo. Las desapariciones, la desnudez, ese vientre blanco... sus labios ahora en lugar de sus dedos, la lengua, el calor y el aliento.
Kara enterró los dedos en los cortos risos de la mujer. El cabello era suave pero enredadizo, olía a sándalo, a lago y bosque. Kara separó las piernas, contuvo el aliento, su pecho empequeñecía de a poco mientras los ojos agotados parpadeaban, erráticos; algo rasgó el aire frente a sus estos, se deslizó a través de su garganta y le contrajo los pulmones y el vientre. Sus manos ahora jugaban con las sábanas, asiéndolas y arañándolas entre presurosa y serena. Sus dedos se deslizaban entre los pliegues de la tela, arrugada por los pies que sostenían sus piernas separadas. Sus caderas, reaccionando, su respiración, compitiendo. Kara no pudo evitar abrir los ojos, aguantar la respiración, abrir la boca entre hambrienta y desdeñosa.
No había mucho que pudiera decir. Comenzó a moverse, impaciente, bochornosa, sentía la espalda empapada y pegajosa, las sábanas reclamando un espacio que jamás conseguirían.
No, no, no, se dijo Kara, quería cambiar de posición, sentir otro roce, que su aliento se hundiera en la almohada. Quería tener las rodillas sobre la tela, los codos acompañándolas, la cabeza ligeramente inclinada, hacia adelante y hacia atrás, ese ir y venir de todo su cuerpo, de parte del cuerpo de la mujer. Pero seguía sobre su espalda, con las piernas separadas y medio orgasmo en la boca.
No, no, no, seguía pensando. Así no, quiero más.
La mujer se alejó, había mantenido los dedos ocupados en ella misma y su condición rivalizaba con la de Kara, la sobrepasaba, casi, por muy poco. Tomó a Kara del brazo y la haló con fuerza, despegando su espalda sudorosa de las sábanas. Quedaron frente a frente, con el sudor perlándoles la piel, cortándoles el rubor que se extendía en sus mejillas.
Kara, sin mediar palabra, acercó sus dedos, al tocar, una corriente se deslizó por todo su cuerpo hasta que desapareció en sus labios. La mujer era ahora quien tenía los ojos cerrados mientras acariciaba sus propios senos delicadamente. Kara rozó con la lengua los pezones ya endurecidos, los rozó con los dientes para luego perderse entre los hombros y el cuello. La mujer se agitaba en silencio, moviendo las caderas, apoyándose en los hombros de Kara, mientras las rodillas se le hundían por completo en la cama. A punto estuvo, y de un impulso regresó a Kara a su posición inicial. Ésta gimió de disgusto, intentó levantarse, se volteó, volvió a hincarse, a separarse. La mujer le tomó una pierna, la separó. Alejó la otra, la haló para acercarla, y con dedos y lengua continuó.
Kara comenzaba a agotarse, a sumirse en ese soporífero deleite que anticipa un descanso más prolongado. Su voz se liberó, rasgó el aire que separaba sus labios de lo que había más arriba. Se hizo a un lado y al otro, casi combatiendo, y entonces, de pronto, sintió la derrota que se extendía, que traicionaba su cuerpo entre agitaciones que pronto se convirtieron en suspiros que desaparecerían para siempre.
Se acurrucó. El cuerpo temblaba todavía, y a su lado, uno ajeno que en cuestión de segundos desaparecería.
Parpadeó. Bostezó. Le pareció incómoda la humedad entre sus piernas, pero levantarse...
Los párpados siempre pesan y la respiración se relaja, la piel absorbe el sudor y el cabello se enreda y oscurece. No quedan nombres en los labios de nadie, y los dedos arden, acalorados y húmedos. Hay tranquilidad cuando el placer se desvanece atrapado bajo la piel. Kara durmió, soñó y despertó. Nunca había una mujer del otro lado de la habitación.