Sexo duro por misantropía. Segunda parte

Como os comentaba en la primera parte de “sexo duro por misantropía”, mi pasión por el sexo duro nació años atrás de la indiferencia, el odio e incluso la repulsión que siento hacia el ser humano y mi realidad. Y justamente eso hizo que no me diese cuenta del brutal orgasmo que le había sobrevenido a la incauta, quedándose sin fuerzas por unos instantes mientras seguía con mi polla bien adentro de su vagina, de pie los dos y con ella contra la pared. Verla disfrutar no hace más que acrecentar mi odio. Nadie merece que le haga disfrutar, así que no paré de penetrarla apretándola aún más contra la pared, aunque esta vez ninguna mano tapaba su boca, pues ahora le jalaba del pelo mientras que con la otra mano la atraía hacia mí por la cintura. Simplemente tenía la intención de transformar su placer en dolor.

Pronto dejó de tener lubricado el coño. Mejor así, más dolor para ambos. Sin parar de follarla y de agarrarla por el pelo, despegué su cara de la pared para ver su expresión. Con los ojos medio cerrados y la boca abierta, un largo y enrojecido cuello como de cisne esperaba a ser devorado nuevamente.

Aaaah!! –Gritó- ¡uuuff!

Saqué mi polla enrojecida por la fricción y puse de rodillas a mi perra. Cogí sus dos manos y alcé sus brazos al máximo con una de mis manos. Con la otra mano me cogí la polla y se la metí en la boca. Sujeté su cabeza y llevé la punta de mi polla hasta su mismísima campanilla. Arcada tras arcada mi excitación empezó a aumentar, sobre todo por verla indefensa pese a sus intentos por respirar, e incluso por zafarse de la prisión sin rejas en la que se encontraba.

-Glup, glup, glup…-era todo lo que se oía en el salón mientras resbalaban lágrimas de sus ojos, los mismos que minutos antes pedían más fuerte, ahora pedían más clemencia. Siempre más-.

Le metí la polla lo más adentro que pude y la dejé ahí mientras que la mano que antes sujetaba la cabeza pasaba a taparle la nariz, de la cual la atraía para mí. Su cara completamente morada y sus esfuerzos por intentar salir airosa me hicieron aflojar. No quería romper a mi juguete…o al menos no quería hacer más pedazos de él.

Sexo duro sin descanso

Sin soltarle los brazos, pegué su cara contra el sofá. No la penetré. Solo quería verla sometida a mis designios. Solo quería verla rendida. Me senté frente a ella admirando la belleza del sometimiento, expresado este en tan bello cuerpo esperando su destino: una espalda estilizada e inmaculada, unas nalgas puestas a mi gusto y un chochito que volvía a rezumar unos fluidos por los que más de uno mataría. Maravillado ante tan magnífica estampa, me levanté del sillón masajeándome la polla y, al llegar a su altura, le pisé la cara al mismo tiempo que le metía de golpe tres dedos en su raja. Le quité el pie de la cara y se lo puse al lado para que empezase a chuparlo y a lamerlo como la perra que es. Con tanto ímpetu le metía los dedos que podía ver cómo sus rodillas se despegaban del suelo. Sus gemidos ahogados certificaban el inmenso placer que mi perra estaba experimentando, así que intensifiqué la fuerza del movimiento buscando destrozar la mejor herramienta de sometimiento que existe en el mundo: la vagina de una mujer. Sin embargo, aquello la llevó inexorablemente a un nuevo orgasmo que llenó mis manos de su espeso y blanquecino magma de placer, emanado de tan nefasto volcán.

Cada orgasmo suyo la hace un poco más mía; y cada intento por adentrarse en mi mente la deja más perdida aún. Sin apenas fuerza en sus extremidades debido a su resistencia y a sus orgasmos, queda completamente a mi merced. Le doy sus propios fluidos para que los chupe de mi mano, y lo hace con deleite, mirándome a los ojos con esa mirada desafiante tan suya… Es valiente y persistente después de todo, me digo a mí mismo, y eso es lo que la hace merecedora de estos momentos. Y pienso esto mientras vuelven mis demonios a musitarme al oído que vuelva a ahogarla, que tienen ganas de volver a ver cómo se torna esa mirada desafiante en una súplica de clemencia ¡Plas! Suena una nueva bofetada con la mano recién limpia por su lengua, aún mojada de saliva.

No me mires –le ordeno-. Solo chupa –vuelvo a ordenarle, mientras le pongo la mano a la altura de su cara para que pueda olerme la mano, como la perra que sabe que es-. ¡Chupa!

Y sigue chupando creyendo que me importa lo más mínimo lo que está haciendo. Se afana por complacerme sin saber que no puedo lograr complacerme, haga lo que haga.

Toma, ahora cómete mi polla –le ordeno mientras le ofrezco mi dura verga-.

Se hincó todo lo que pudo de mi endurecido miembro. Metía y sacaba cada centímetro de carne con delicadeza hasta rozar su campanilla. Le cogí la cabeza y empecé a incrementar más y más el ritmo. No tardó en llenarme la polla, los huevos y el pantalón de saliva, incluso de lágrimas que se le escapaban al tropezar la cabeza de mi polla contra su garganta. Glup, glup, glup… Cogiéndola de nuevo por el pelo eché para atrás su cabeza, pudiendo contemplar una cara bonita, enrojecida, con el rímel corrido y la boca llena de saliva, que le caía hasta las tetas. Me cojo la polla y le doy golpes cada vez más fuertes en la boca, llegando a salpicar algo de sangre de su labio inferior. En ese momento, se toca el labio agrietado mientras me mira. La más oscura lujuria hace aparición en sus ojos, que ahora piden más sangre y más dolor. Se relame los dedos ensangrentados. Yo te daré dolor, pienso. La vuelvo a colocar a cuatro patas y le clavo mi polla por completo, dejándole caer todo el peso de mi metro noventa de estatura y más de 120 kilos. Un fuerte alarido de dolor sale de su boca, pero no le doy oportunidad para que se repita, pues le cojo la boca con las dos manos y jalo de las comisuras de sus labios, como si se tratase del bocado que se le pone a los caballos. Así seguimos durante unos minutos, sin parar de bombear su dolorido coño mientras sus gemidos se deshacen como el humo tras un nuevo orgasmo que la hace desfallecer sobre el suelo. Por un instante barajo la posibilidad de romperle el culo sin previo aviso, pero solo me limito a darle fuertes nalgadas manteniendo su boca tapada con mi mano. Doy rienda suelta a mi ira con fuertes embistes y nalgadas. Sus glúteos, completamente rojos y con líneas de sangre marcadas, no admiten más dolor.

Aaaaahh –grita, entre sollozos, sangre y lágrimas derramadas-, basta, por favor. Uuuaahh, mmm, por favor, -es lo que alcanzo a entender, pues aún seguía tapándole la boca-.

De pronto, paro de darle nalgadas. Paro de penetrarla. Paro de taparle la boca. Simplemente me salgo de ella, que se da la vuelta mirándome desde el suelo, con el culo apoyado en el frío suelo, como buscando mitigar el dolor con él. La miro fijamente mientras me guardo la polla en el pantalón. Solo veo un despojo con alma, derrotada y con la incertidumbre dibujada en esos ojos que siempre piden más. No he tenido suficiente, ambos lo sabemos, pero el poder nunca estuvo en quien abusa de él, sino en quien lo ostenta sin necesitarlo.

Le invito a levantarse, pues mis demonios guardan silencio. Ella se levanta y se apoya en mi pecho. Su dueño ya se ha ido, y solo le consuela abrazar a un ser indiferente a la espera de que la indiferencia se vuelva a transformar en ira y odio, para volver a tener su dosis de sexo duro.

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Sexo duro por misantropía. Primera parte

Algunos dirán que se trata de un relato erótico de sexo duro, otros dirán que es una fantasía oscura de sexo. Sin embargo, solo quienes somos capaces de adentrarnos en las profundidades del alma y de la mente sabemos que es mucho más que sexo duro o prácticas morbosas.

En ocasiones, los demonios más sádicos del averno me visitan. El odio y el hastío que me provoca la inmundicia humana hacen que, de repente, mis más oscuros pensamientos salgan a flote con la seria intención y necesidad de dejar huella en mí…y en quienes me rodean.

Ella lo sabe, y le gusta. Su agradable rostro tiene la facultad de encerrar la más perversa de las miradas, el más oscuro de los vicios y el más negro de los universos. Es una lucha constante, donde ella pretende sumergirse en los rincones más recónditos de mi mente, pero mis demonios no emanan por voz y orden de nadie. Ni siquiera el dulce susurro de la mismísima Perséfone sería capaz de gobernar sobre ellos.

Aquella noche me esperaba feliz, cómodamente sentada en el salón mientras leía. Verla feliz no le pareció correcto a los seres que habitan en mí. O tal vez sí, y por eso quisieron salir para poseerla, para hacerla de ellos, para someterla. O quizás solo querían robarle esa felicidad para sí mismos, y por ello me invitaron a dirigirme a ella.

Ambos nos conocemos demasiado bien como para andar poniéndonos límites. No hay un juego en el que interpretar un papel. No hay una palabra clave que ponga freno o fin a nuestra locura. A ella siempre le gustó la contradicción de dominar y sentirse presa. Y a mí los sentimientos y gustos de los demás siempre me fueron indiferentes. Ni siquiera me importan mis propios sentimientos más allá del placer de ver sufrir a quien disfruta con el binomio dolor-placer.
Al llegar a su altura le agarré del cuello con la presión justa como para levantarla y quedarme fijamente mirándola a los ojos. Esos ojos que tienen la capacidad de someter a la mayoría, pero que bajo mi mirada solo aciertan a ser la viva voz del miedo y el placer. Esos ojos que, temerosos, piden más. Más fuerte, más rudo, más adentro, más violento…pero también más clemencia, más compasión. Siempre más.

Sin mediar palabra, ya sabía que su dueño había vuelto. Infinitos recuerdos se agolpaban en su mente: recuerdos inconfesables, o tal vez solo fantasías. Experiencias al fin y al cabo. Mientras permanecía sujeta por el cuello, apenas pudiendo respirar mientras contenía la mirada de su amo, recordó la primera vez que la pusieron sobre la mesa de despacho, con la boca tapada por una perversa mano y con la falda bien subida para no impedir la penetración brutal. Recordó esa primera vez en que se convirtió en un juguete, en un mero instrumento de placer egoísta para un ser depravado que buscaba en la juventud de su presa el elixir y la ambrosía de su estrecha e inexplorada cueva. Recordó también el modo en que le excitaba todo aquello, pese a sentirse humillada, vejada, ultrajada y usada a tan tierna edad.

Aquel juguete creció y quiso jugar con quien se le cruzó en el camino. Sabía que esa cueva era un lugar en el que todo hombre querría adentrarse al precio que fuese, incluso intuyendo muchos de ellos las nefastas consecuencias de dejarse seducir por los cantos de sirena. Sin embargo, eso solo le pasa a quienes aman…y el amor no tiene cabida en una mente perturbada como la nuestra, ni en un corazón tan negro. El amor que había en mí murió asesinado una y otra vez, convirtiéndose sus restos en mero rencor. Un rencor que florecía en forma de demonios que ahora tenían bien sujeta a su presa por el cuello, disfrutando al ver la dificultad con la que respiraba, esos labios carnosos entreabiertos y esa mirada, entre desafiante y temerosa.

Sexo duro. Preliminares

De un tirón le hice girones la camiseta. A continuación, le desabroché el pantalón y se lo bajé hasta debajo del culo para que fuese cayendo por sí solo. Iba sin bragas, como a mí me gusta.

¡Plas! Sonó la primera bofetada a la incauta ¡Plas! Sonó la segunda, con el revés de la mano. Los ojos seguían en contacto, su cuello seguía preso y mis ansias de venganza empezaban a asomar. Al cabo de unos segundos, intentó acercarse poniéndose de puntillas para besarme, pero la mantuve a escasos centímetros de mis labios. Podía sentir su respiración entrecortada, incluso la aceleración de su corazón en mi mano. La tiré sobre el sofá y, aprovechando su libertad, se acarició el cuello sin dejar de mirarme. De nuevo, sus ojos pedían más. Se puso de pie, colocó sus manos detrás de mi cabeza y me besó. Mis labios ni se inmutaron mientras ella se afanaba en besarme con los suyos y con su lengua. Pronto llevó una mano a mi polla para hacerla partícipe de todo aquello.

Contuve la respiración para controlar la erección que buscaba mi presa. Nunca permito que una perra llegue a ponérmela dura, pues eso les concederle un poder y un privilegio que solo a mí me pertenece, así que, tras unos instantes de caricias y besos, la cogí por su largo cabello tirando hacia atrás del mismo con violencia. De esta forma la coloqué de rodillas frente a mi polla, la cual me saqué del pantalón para que la viese. Como acto reflejo fue a cogerla para empezar a mamarla ¡Plas! Sonó una nueva bofetada.

Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?
Mmm, sí. Pero quiero que…-empezó a decir-.
Cállate, -dije bruscamente-. No me importa lo que quieras –le espeté-. Solo mírala y siéntela –le ordené, mientras comencé a acariciar su rostro con mi polla-.

Estaba domando a mi indómita perra. Siempre fue así, uno domina y otro sucumbe. Esa lección me la enseñaron bien desde temprano. Ese aprendizaje me hizo no pensar en nadie ni en nada, excepto en la muerte y el sufrimiento. Si a la muerte no podía dominarla, al menos sí al sufrimiento. Haría del dolor y el sufrimiento mis mejores compañeros de viaje y de sexo. Podríamos llamarlo sexo duro, otros le llamarán BDSM, pero para mí no es más que la forma en que se expresan mis odios. Odio por lo que fui y por lo que no llegué a ser, odio por quienes pasaron por mi vida y por los que están ella, odio por todo y por todos.

Volví a tirarle del pelo para levantarla de un golpe, la puse de espaldas llevándola frente a la pared, donde puse su cara apretándola fuerte contra la misma. Con la mano que me quedaba libre endurecí mi verga, luego le acaricié su húmeda raja y me pegué a ella para que sintiese todo el esplendor de mi miembro. Me acerqué a su cuello, sentí cómo se le erizaba hasta el último vello de su piel y, sin previo aviso, comencé a morderle con furia el cuello.

Aaahh, ufff, síí…-exclamaba tímidamente ella-.

Me eché para atrás, cogí mi polla y ensarté con facilidad su más que lubricada vagina.

Uuufff! Así…sigue, así…

Al oír cómo estaba disfrutando le tapé la boca. De nuevo volvieron sus recuerdos, de nuevo aquella pérfida mano acallándola. Aunque era otra persona, era la misma mano. Volvía a ser un juguete, solo que esta vez ni siquiera servía para satisfacer a un ser oscuro. Mientras sus recuerdos se agolpaban queriendo salir en forma de súplicas y gemidos, mi polla seguía taladrando a placer aquel coño tan mojado, cada vez con más violencia, quedando ambos cuerpos completamente rectos, golpeando sus tetas y pelvis contra la pared. Su bello rostro quedaba a salvo del frío muro gracias a la mano que la estaba atormentando física y psicológicamente.

El sexo duro en su más amplio espectro estaba por llegar. Ambos lo sabíamos, y vosotros seguiréis siendo testigos en la segunda parte de “sexo duro por misantropía”.

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