Sexo duro con voyeurs mirando

Es blanco pero tostado y de ojos verdes, de 50 años quizás, se ve duro, bajo, pelo corto y tieso y todos lo tratan con respeto. De verdad siempre me gustó. Sus manos son toscas, pero cuidadas.

Esa noche, después de jugar a las cartas con otros amigos, salimos a la terraza de la casa de la playa a tomar un trago. Nos dimos unos besitos y entramos a su dormitorio por la cocina. Se sentó en el borde de la cama, me puso de pie frente a él y comenzó a desabrocharme la blusa, a sacarme el brasier. Yo sentía sus manos acariciarme la espalda y su lengua y sus dientes en mis pezones me daban escalofríos de rico. Me hizo atrás, me desabrochó el pantalón y me dejó frente a él, sola con mis pantaletas. Pensé si estarían húmedas, pues no tenía protección… Luego me tomó de la cintura, me recostó en la cama, encendió unas velas, apagó las luces y se sentó a mi lado acariciándome; yo estaba algo mareada por los dos wiskys, pero me encantaba cómo me recorría esa mano áspera y subía hasta mi entrepierna. Nada me hacía presagiar la intensa sesión de sexo duro con voyeurs que me esperaba.

– Estas mojándote, Putina -me dijo, aunque a mí me pareció una ordinariez que me llamase así.

– Zarina, le dije molesta.

– Putina -me dijo. Y siguió acariciándome, me dio la vuelta y metió su mano entre mis piernas, me sacó las pantaletas y quedé desnuda en la cama, y ya a punto. Él se dio cuenta de ello y acomodó una almohada bajo de mis caderas que levantaron mi trasero. Yo ya estaba a cien, levantaba mis glúteos para que los tomara y el paseaba su dedo por mi hoyito, luego bajaba su mano a mi rajita que estaba muy, muy mojada.

– Sigo? -me susurró con sus dedos presionando mi clítoris.

– Síííí, por favor… -le pedí entre suspiros.

– Viste que eres putita. Mi putina-me dijo-, reconócelo. Dilo… -mientras me magreaba el sexo.

– Putina, le dije en silencio, siguiendo sus movimientos.

– Más fuerte, que no te escucho amor. -Me gustó que me dijera amor.

– Soy tu putina -le dije, y sonreí.

Y siguió. Yo movía mis caderas buscando el contacto de mis labios mojados con su mano. Estaba muy, muy excitada ya; solo quería que se sacara su ropa y entrara en mí.

Te mueves mucho Putina, me dijo, y me puso bocarriba, acostada en la cama y ató mis manos a cada esquina de la cabecera. Luego separó mis piernas y las amarró por encima de las rodillas a los bordes de la cama, impidiendo que las juntara. Dejándome abierta a él, mojada e hinchada, cualquier roce me aceleraba, me hacía jadear. Luego me vendó los ojos. Afuera se escuchaban las voces de los demás, que continuaban jugando a las cartas y olí las velas que alumbraban la habitación. Su mano continuó jugando con mi cuerpo, lo rozaba, lo pellizcaba, buscaba mi boca o se colaba entre mi cola, la enredaba en mi pelo, así por un largo rato que me hacía padecer. ¿Por qué no me monta de una vez? me preguntaba impaciente a mí misma. Luego su mano comenzó a bajar por mi estómago, lenta, y se acercó a mi clítoris. Pensé que si me lo tocaba no iba a poder reprimir el orgasmo. Estaba lista. Pero en el momento que lo hacía sentí que se me quemaba mi pezón y no pude evitar dar un grito de dolor, parecía que un cuchillo lo hubiera atravesado, me retorcí pero las correas de las manos y piernas me inmovilizaban, era un dolor de agujas que entraban por mi piel y se confundía el dolor con su mano que se acercaba a mi entrepierna nuevamente. En el momento que abría mis labios buscando mi vulva y yo levantaba hasta donde podía mi cadera buscando el roce para llegar, la cera caliente volvió a clavarme como miles de agujas en mi otro pezón, esta vez solo emití un grito ahogado, un quejido que se confundía con gemido de placer. Yo acezaba y la transpiración me pegaba el cabello a la frente. Su mano en mi pierna devolvía mi excitación, jadeaba de caliente que estaba, creo que si hubiera soplado mi clítoris me habría hecho eyacular como a una jovencita.

– Tienes calor Putina… -me dijo, más que preguntarme.

Sexo duro con voyeurs mirando sin mi permiso

Luego sentí sus pasos que se alejaban y una brisa bañó mi piel desnuda sobre la cama con mis caderas allí levantadas. Su mano buscó nuevamente mi entrepierna, se hundió en ella y llegó a mi ano, que sintió que sus dedos penetraban en él. Yo levanté las caderas facilitando su clavada por atrás y un escalofrío me recorrió… había dejado de sentir el murmullo en la otra pieza… la brisa era de la puerta entrejunta…  y quedé helada: maldito, pensé, maldito maricón este, huevón, bestia. Había dejado la puerta entreabierta y ahora seguro miraban, veían cómo tenía dos dedos metidos en mi hoyito y jadeaba y me retorcía toda caliente sobre la cama. Iba a llorar. Pero sentí cómo me abría y penetraban sus dedos ahora en mi vagina, y los sacaba y me los volvía a encajar. Quizás son ideas mías, pensé, y dejé que mi cintura se alzara buscando esa penetración, no, seguro se han asomado a la puerta, si no… ¿por qué el silencio? Pero mi clítoris hinchado y duro como un pequeño volcán que quiere reventar no me dejaba pensar, y en el momento que sentía que desde mi estómago me bajaba un dulce escalofrío, un río de fuego me quemó entre las piernas provocándome un ahogado grito de dolor, eran miles de agujas que me taladran la pelvis. Tiritaba de dolor, resoplaba, sentía mis sudor reunirse con mis lágrimas y gotear juntas desde mi sien hacia el colchón en que me tenía. Respiraba solo por la boca, jadeaba de placer y sufrimiento, de vergüenza por exhibirme allí. Presentía sus miradas cómplices, de burla, sus sonrisitas de “mírala, tan puestecita”, o “tan digna que se creía”, “ella que se las daba de señora”, pero mi sexo y esa mano podían más que yo. Pensé que, por suerte, me había depilado porque mis caderas buscaban de nuevo el contacto, sudaba entre mis pechos, en el cuello, las axilas, la boca estaba seca de jadear como una perra y nuevamente sus dedos entre mis piernas. Mis pezones sufrían con la cera aún tibia y la cera sobre mi coxis se endurecía. Nuevamente me llevaba hacia el suspiro del éxtasis y la cera hirviendo lo anulaba justo en el último momento, cuatro, cinco, ocho veces, perdí el sentido del tiempo, mareada, ida en esa cama, la vista en blanco, no tenía voluntad, estaba abandonada a lo que ÉL dispusiera.

– Si me dices que eres mi Putina te hago terminar -me dijo al oído ese al cual ahora sabía por qué los demás lo respetaban y por qué le decían “viento frío”.

– Soy tu Putina, -me escuché murmurar.

– Más fuerte -me dijo,- que no escucho -y se rió.

– Soy tu Putina, -le dije ahora en un tono normal.

– No te escucho, mi amor -me volvió a decir.

– Soy tu Putina, -le dije, ya entregada.

– No eres mi Putina, eres una Putina… ¡dilo!

– Soy una Putina, -lo dije mientras me caían las lágrimas de vergüenza, y el sudor de la calentura por mis sienes-.

– No te llamas Zarina, te llamas Putina… dilo.

– No me llamo Zarina, me llamo Putina -le dije entre sollozos.

– Y qué quiere esta Putina? … .

– Que me hagas terminar…

– Por favor…

– Por favor, hazme terminar.

Y sentí que algo fresco, una mano helada y delicada me tocaba donde antes me ardía como el infierno y había hecho que casi me desmayara. Esos delicados dedos rodearon mi botoncito suavemente y este obedeció sumiso, lo acarició y sentí cómo desde sobre mis rodillas atadas y desde mi estómago un dulce escalofrío comenzaba a transformarse en delicioso calambre que se concentraba en mi volcán. Eché la cabeza atrás y se soltó la venda, levanté en una contorsión mi cintura y mi cuerpo dio un largo estertor, me iba, me iba en ese calor que escapaba por entre mis piernas, exhalaba en un grito ahogado mi placer, y entre ese dulce morir presentí que era observada y ello hizo que esta dulce muerte fuera más intensa aún. Y junto a un gemido ronco dejé de saber de mí por unos instantes, quizás unos minutos. Volví con la cabeza doblada al lado, ida, abandonada entre sudor, lágrimas y el flujo de mi vagina que esa mano delicada me restregó por la cara cuando volvía en mí.

Estaba hecha un bulto, un fardo sobre la cama y sentí que la puerta se cerraba mientras él me desataba. Me dio vuelta y me puso en cuatro en el borde de la cama, de espaldas a él, yo apenas me sostenía, mi cuerpo aún tiritaba, me sujetó las caderas y sentí que me penetraba por atrás. Sentí el dolor de mi carne que se abría. “Me duele, me duele mucho” le supliqué en un murmullo. Sentí que metía sus dedos en mi vagina y me los restregaba en mi ano y comenzaba nuevamente a perforarme. Me sujetaba las caderas para que no me cayera. El dolor disminuyó algo y sentía que me rasgaba por atrás. Puso su mano en mi clítoris que aún palpitaba y me dijo si aún quería más…

– Lo que tú quieras -le susurré, totalmente entregada a sus deseos.

– Quién eres?  -me preguntó seguro, sonriéndose mientras sentía cómo disfrutaba el empalarme así, arrodillada de espaldas a él, abierta entera a su disposición total.

– La Putina -le dije, asumiéndolo-, la putina.

– Bien -me dijo-, voy a terminar dentro de ti -me dijo-, acá atrás. -Y sentí cómo me llenaba mis riñones con su generoso semen.

Se salió de mí, se recostó en la cama y me dijo:

-Párate allí -señalando a unos pasos de la cama-, vas a ponerte de espaldas a mí y de frente al ropero, con las piernas abiertas, agachándote un poco, y apoyas las manos en él para que no te vayas para delante, quiero ver cómo chorreas.

Lo hice obediente, mareada, tiritando, con las piernas que apenas me sostenían. Él se paró y me tapó los ojos nuevamente y un escalofrío me hizo presentir lo que vendría. Desnuda allí, apoyada semirrecostada contra el ropero, como una niña que ha hacho mal la tarea, sentí cómo su semen comenzaba a escurrirse desde mi colita y mis líquidos bajaban bordeando mis piernas.

– Voy a buscar un trago -me dijo-, y no te muevas. Putina.

Sentí que salía, y el aire frío bañó la pieza nuevamente… y los pasos se acercaron, los presentía, me rodeaban, sentía sus sonrisas, sentía sus miradas, su desprecio. Yo me atrevía apenas a respirar… creo que el pañuelo que me cubría la vista debió haberse mojado igual, no lo sé. Pero sí sé que me miraban, miraban cómo chorreaba un líquido viscoso desde mi ano y desde mi vagina hasta manchar el piso. Miraban las huellas de la cera, mis piernas separadas con las marcas aún de las correas que las habían mantenido abiertas, la huella de la transpiración bajo mis brazos, mi pelo pegoteado por la transpiración y las lágrimas.

Comenzaba a darme frío y escuchaba el chocar de los hielos en los vasos de whiskys.

Sentí que me quedaba sola de nuevo y los dedos de Viento Frío enredarse en mi cabello y tomada así me llevaba a la cama donde me recostaba. Tomó un largo trago de whisky, que pasó de su boca a la mía y me ayudó a sentirme mejor. Me quitó la cera que extrañamente casi no me dolió al retirármela.

– Tu marido te habría regalado un orgasmo como el de hoy? -Me preguntó.

– No, -le reconocí-. Pero tampoco una vergüenza como la de hoy. ¿Qué van a decir después, qué van a…? -y no pude seguir porque los sollozos no me dejaban.

– Pero si no pasó nada -me dijo-, cínico. Y aunque pasara. No van a decir nada, porque el que dice algo se va de la mina y en su vida vuelve a encontrar un trabajo como el que tiene, para eso soy jefe y con buenos contactos. Y de las mujeres que había tampoco. Aunque nadie les va a creer si dijeran algo.

– Y no me gusta que me digas Putina, -le dije bajito…

– Noooo, si te gusta, porque eres una Putina, te gusta que te miren, te gusta que te controlen, te gusta que el otro sea responsable, te gusta servir, complacer. Tienes 25 años perdidos de matrimonio, tienes que recuperarlos luego Putina, y yo te voy a hacer gozar como no te imaginas que se pueda gozar, putina. Porque eres una putina putita, ¿verdad? -Y se rió.

Me quedé en silencio, me tenía, me controlaba, era más fuerte que yo.

– Sí, una putita, eso soy: una putita, -le dije casi en un murmullo.

– Ahora te vas a masturbar de pie acá, delante de mí, y cuando termines, me la mamas y te tomas todo.

Lo hice obedientemente, luego me dormí en su cama. Al otro día, la vergüenza no me dejaba abrir los ojos al pensar en la sesión de sexo duro con voyeurs mirándonos, pero sin preguntarme me sacó y me bajó a la playa junto a los demás. Las miradas a mis espaldas eran socarronas y las sonrisas de ellas de superioridad, de desprecio; pero ninguno ni ninguna dijo nada, almorzamos y volvimos a la ciudad al atardecer. Me fue a dejar uno de los chicos que había estado la noche anterior jugando a las cartas. Uno de los que me había visto, “en eso”. Cuando se despedía me sorprendió preguntándome si me podía llamar cuando volviera a bajar de la mina, que le gustaría invitarme a comer, que había un restaurante recién abierto, de moda.

Los hombres son una sorpresa.

 

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Sexo duro como recompensa

El sexo duro, o sexo hardcore, es algo que mucha gente –sobre todo mujeres- ve con recelo. Yo, por mi parte, encuentro en el sexo duro un plus de excitación en mis experiencias sexuales, aunque siempre he respetado a aquellas tías que no hayan accedido a experimentar el morbo del sexo hardcore.

Tal es el caso de mi actual pareja, Virgi, a quien le gusta mucho el sexo en pareja, el típico polvo de besitos, caricias y te quiero. A mí, todo lo que sea follar me parece de puta madre, pero claro, la cabra tira al monte y después de varios meses de relación le saqué el tema del sexo duro y le pregunté qué le parecía el tema, a lo cual ella me respondió con un sonoro “ni lo pienses”. La verdad es que me imaginaba de antemano esa respuesta, así que a partir de ahí, cada vez que follábamos intentaba introducir pequeñas variantes para ir tanteando el terreno…Un día probé a darle un par de nalgadas bien sonoras, a lo cual no le dio demasiada importancia –más bien podría decir que pareció gustarle, aunque no me dijo nada-. Otro día intenté ponerla a cuatro patas, pero se negó… Incluso un día me atreví a masajearle el ano, cosa a la que no puso impedimentos, pero cuando intenté introducirle un dedo… ¡Por poco me mata!

A pesar de la poca variedad de experiencias sexuales con Virgi, la seguía queriendo por la forma de ser que tiene y por cómo se comporta conmigo, así que traté de seguir siendo el novio perfecto. De este modo, estuve en todo momento con ella dándole clases de conducir, pues no es muy diestra en eso de manejar vehículos. Si me hubieran dicho los buenos frutos de mi conducta, creo que no me lo habría creído jamás. En efecto, Virgi aprobó el examen práctico de coche, por lo que estaba realmente feliz y motivada…”cuando llegue a casa te voy a dar lo tuyo”. Esas fueron sus palabras exactas, por lo que lo dispuse todo para un magnífico recibimiento.

Nada más llegar, sin mediar palabra, me dio un largo beso que dio lugar a besos más cortos, casi inocentes, pero muy seguidos y sin parar de mirarme con una cara de lujuria que nunca antes le había visto. Pronto notó que mi paquete iba creciendo, por lo que mientras me besaba de esa forma tan ardiente empezó a acariciarme la polla por encima del pantalón. Mis manos se fueron directamente a por ese tremendo culo respingón y apretado, entrenado a base de spinning en el gimnasio. A pesar de sus vaqueros y de su culotte, podía escuchar con claridad el sonido de su concha húmeda al juntar y separar sus glúteos, cosa que me encendió aún más.

Cuando me disponía a llevarla en brazos hasta la cama para hacer lo mismo de siempre, Virgi paró de besarme, sin dejar de masajearme la polla, y me dijo:

-Ahora me toca a mí darte tu premio…

-Qué pre…pre…miooo?? –mientras le hacía la pregunta, sin perder ni un segundo, sacó mi polla del pantalón y empezó a hacerme una mamada algo torpe, insegura, pero con una cara de vicio y una dulzura en la forma de comérmela que hicieron de esa mamada la mejor que jamás me hayan hecho.

-Te gusta, eh, te gusta? –decía cada vez que salía mi polla de su boca.

-Sí, sí, sigue así cariño…sigue, mmmm.

De forma instintiva le cogí la cabeza para guiarla a mi antojo. Como no puso ninguna pega, seguí dirigiendo la situación a mi antojo hasta que sin darme cuenta le estaba follando la boca con ímpetu. Ella se dejaba hacer, aunque me paraba poniendo sus manos en mis piernas de forma discreta, como pidiendo un respiro. Le miré a los ojos y vi cómo le lagrimeaban. Se estaba portando como una campeona. A continuación la puse de pie.

-Déjame ver a qué sabe mi polla, -le dije mientras la ponía de pie y le comía la lengua para saborear mi propia polla en su boca. Ella no dejaba de pajearme mientras tanto.

Así, de pie, la puse de espaldas a mí, apoyando sus manos contra la pared y haciéndole ofrecerme su tremendo culazo. Le metí el dedo corazón hasta el fondo, comprobando así lo mojada y cachonda que estaba. Le metí también el dedo anular y empecé a pejearla desde atrás con un ritmo intenso y constante mientras le comía el cuello con lamidas, mordiscos y chupetones, lo cual incrementaba todavía más el estado de excitación de ambos hasta que, sin esperarlo, dejó de gemir durante unos segundos…Ahí estaba, ya venía su primer orgasmo, y se hizo notar mediante un tremendo alarido mientras todo su cuerpo se quedaba sin fuerzas, con mis dos dedos bien adentro y mi polla preparada para ensartar a mi novia.

-Aaaahh, uuuffff, aaaaahh, mmmmm, diooooossss… -gritaba a la par que jadeaba-.

Saqué mis dedos empapados –y arrugados- por sus jugos vaginales y, mirándola a los ojos, me metí en la boca el dedo corazón. Al hacer el gesto para introducirme el dedo anular, Virgi me cogió la mano, sacándome el dedo de la boca, y se metió ambos dedos en la suya. Me chupaba y lamía los dedos como si de mi polla se tratase, manteniéndome la mirada con un aire de auténtica zorra en celo, lo cual hacía que mi polla palpitase, deseosa por llevarse su parte.

Así, con los dedos mojados tanto por el coño de mi novia como por su saliva, me humedecí la polla, atraje para mí el culo de Virgi y me abrí camino a través de su chochito. Empecé el mete y saca atrayéndola por las caderas, pero me di cuenta de que tenía carta blanca, así que la cogí por los pelos con la mano izquierda, mientras que con la derecha le daba nalgadas. Sabía que pegarle en el culo la ponía más cachonda, así que no había nada que temer. Después de pocas embestidas, ya me la estaba follando con dureza. Con el culo rojo por las nalgadas, el cuello morado por los muerdos y el coño completamente abierto por la tremenda follada que le estaba dando, mi recatada novia se había transformado en una auténtica máquina de follar.

Sin soltarla de los pelos y sin sacarle la polla, la retiré de la pared para ponerla a cuatro patas en el suelo. Con una visión espectacular de su trasero, continué cabalgándola cogiéndola de la cadera y de los pelos, tirándole hacia atrás para poder comerle la boca, ahogando así sus gemidos y aumentando todavía más el clímax. Sin sacarle el rabo en ningún momento, la tumbé bocabajo, notando así su culo en mi pelvis y comiéndole la boca por la comisura de los labios desde atrás.

-Esta es mi putita. Así me gusta…

-Mmmm, oooooaaaaahhh, síííí…sigue, sigue, me corro otra veeez, sigueee!

Y seguí dándole, metiendo y sacando mi verga de ese agujero tan placentero y apetitoso. Como no se corría, salí de ella, la volteé y empecé a comerle el coño con avaricia.

-Ooooaaaahhh, sííí, qué rico cariño, sigue, no pares!!

Tras una buena comida de coño a la par que la masturbaba nuevamente, llegó su segundo orgasmo entre más espasmos y tirones de pelo…aunque esta vez me tocó a mí sufrirlos.

-Quiero polla. Métemela. Quiero tu polla. Fóllame.

Al oír eso me abalancé encima de ella y empecé a follarla en esa postura que tan poco me gusta, pero con un nuevo matiz. Ahora me la estaba follando con violencia mientras ella no paraba de gritar de placer y de pedir que le diera más y más fuerte. Cuando estuve a punto de correrme, le metí la polla en la boca para que probase sus propios jugos. A juzgar por su forma de chupármela diría que le encantaron. Mientras me la chupaba, yo le daba pequeños guantazos en la mejilla por donde abultaba mi polla en su boca.

-Te lo tenías muy calladito, eh. La chupas como una puta. Como mi puta, porque eso es lo que eres.

Para no darle tiempo a pensar, volví a comerle le lengua y la puse de nuevo en pompa.

Mi verga entraba y salía sin dificultad. Nos lo estábamos pasando como nunca teniendo esa primera experiencia de sexo duro, así que me humedecí la yema de los dedos y empecé a darle un masaje anal con la idea de romperle el culo. De esta forma, logré un nuevo hito con Virgi, meterle un dedo en su ano. Le metí más o menos la mitad del dedo índice, y luego un poco ambos dedos pulgares. Todo parecía listo, así que humedecí su ano y mi polla, que estaba llena de sus fluidos, y me dispuse a ensartarle el culo.

-Me dueleee…no sigas, por favor, no sigas…

-Un poquito más cariño, solo un poquito más…-le contesté mientras hacía lo posible por introducirle al menos el glande.

-Ya está, por favor…no puedo, me duele, uuuufff –Imploraba Virgi mientras se echaba hacia adelante.

Contrariado por el pequeño contratiempo, la levanté, la llevé hasta la cocina en brazos, la coloqué encima de la mesa y empecé a follármela con dureza mientras la atraía hacia mí por las piernas. Ver su boba entreabierta, sus ojos bizcos por el placer y sus gemidos ahogados, sin fuerzas, me incitaban a follarla con mayor énfasis para arrancarle gemidos más sonoros, aunque ya no le quedaba aliento. Estaba exhausta, y yo también, por lo que el reflejo de eyacular pronto se hizo inaguantable.

-Uuuoooooh, me corro, me corrooo!-Exclamé justo antes de dar rienda suelta a mi torrente de esperma.

Virgi me dio un empujón para que me saliera de ella y, cogiéndose las tetas me las ofrecía con mirada de auténtica zorra. No me lo pensé dos veces y descargué toda mi leche sobre sus tetas, aunque algún borbotón de esperma le cayó en la cara y el pelo.

Cuando terminé de correrme, con una sonrisa medio pícara, medio inocente, se empezó a lamer mi leche mientras yo le refregaba mi rabo por sus tetas y su boca. Luego nos dimos un gran abrazo y me dijo…

-Otro día intentaremos que puedas probar el culo de tu putita, ¿sí?

Estos fueron los inicios del sexo duro con mi mujer, al cabo de unas semanas probamos con el sexo anal y a partir de ahí solemos tener bastante sexo hardcore…pero sexo hardcore verdad.

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