Orgía en clase: Actividades extraescolares (1)

La orgía de un conserje… Llevaba trabajando como conserje en aquel centro de estudios para mayores casi siete años, siendo de natural solitario y silencioso. Viendo a profesores y alumnos ir y venir sin darle demasiado apego a aquel trabajo, que a fin de cuentas me había caído casi a modo de caridad, ya que para poco más parecía servir aContinuar leyendo »

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Relatos XXX: Evolución de mi Señora PRIMERA PARTE

Tengo muchos años de estar con mi mujer. De hecho, comenzamos desde que ella era bastante joven, siendo yo mayor que ella.
Yo no sabía que cuando todavía no era mi novia, salía con sus vecinos a la calle y en algún momento, debido a sus edades, dejaron de llegar a sus casas a la hora que sus padres querían, tardando más de lo habitual debido a la exploración de nuevos límites en su sexualidad.

Ahí, los juegos dejaron de ser simples besitos para pasar a ser algo más en los que ella era la protagonista. Primero se turnaban. Se iba uno de ellos con ella a un rincón de un desvencijado y abandonado edificio y al principio tan solo se besaban torpemente. Primero uno, y luego otro. Y así, todas las tardes, en un momento dado, dejaban sus juegos infantiles para ir a besarse con ella, complaciente para todos.

En algún momento, alguno de ellos la comenzó a tocar en sus infantiles pechos que apenas comenzaban a brotar. Aunque ella se resistía al principio, su resistencia no era muy efectiva ni era muy convencida, así que uno de ellos tuvo acceso a sus pechos.

Sin que ella lo supiese, ese chico lo comentó a los demás, y pronto todos buscaban tener acceso a sus pechos. Al igual que con el primero, ella se resistía un poco pero sin mucha convicción. En poco tiempo, tocar, manosear y besar sus pechitos ya era parte de la rutina y ella ni se oponía ya.

Después, uno de ellos, que pudo haber sido el primero en tocar sus pechos o quizá pudo haber sido otro, comenzó a tocarle el sexo. Aquí, la resistencia inicial fue más enérgica que cuando tocaban sus pechos las primeras veces, pero terminó siendo ineficaz. Al poco tiempo, todos la tocaban toda. Como esos juegos escondidos se comenzaron a dilatar un poco más, casi todos comenzaron a tener problemas en sus casas.

Los castigos que resultaron para muchos, y afortunadamente no para todos, no la incluyeron a ella porque en su casa no notaron nada inusual, provocaron que ella, por las noches, sintiera urgencias que no sabía resolver, pero que resultaban en tremendas humedades en su intimidad y que accidentalmente descubriera algún alivio al tocarse…

Más que una jovencita, la protagonista de relatos XXX

Sin embargo, en poco tiempo aquellos juegos se reanudaron en aquel oculto rincón. Pero algo había cambiado. El hecho que ya todos tenían acceso a su vulva, sumado al hecho que todos debían apurarse para que no notaran sus ausencias, produjo que en algún momento, los demás se asomaran a invadir la privacidad que tenía cada uno para besarse con ella y con tocarla a discreción.

Así que por necesidad primero, empezaron a asomarse y a ver cómo el chico de turno la manoseaba y cómo ella se dejaba.

¿Consecuencia? Empezaron, primero dos o tres, a manosearla, todos al mismo tiempo, y ella respondió al estímulo de un ataque grupal de manera favorable al deseo que todos sentían.

Así que, todas las tardes, ella podía ser encontrada en las ruinas de un edificio cercanas a su casa, desnuda, con varios chicos de su edad semidesnudos y otros masturbándose en público, mientras todos la tocaban.

La inexperiencia y torpeza de todos ellos protegió de momento su virginidad, porque aunque hubo uno o dos que intentaron montarla, los nervios de todos impidió que se concretara la penetración que fallidamente intentaron.

De más está decir que semejantes cambios en aquellos juegos provocaron tremendos cambios en las urgencias y necesidades que sentía ella durante la oscura soledad del momento de dormir, todo un mundo con el que escribir miles de relatos XXX.

¿Cómo la llevaron esos juegos a ella hacia mi cama? Podrán saberlo si leen esta primera parte de esta serie de relatos XXX. ¡Espero vuestros comentarios!

 

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Relato porno: sexo grupal en casa

Sexo grupal en casa después de que hace unas semanas mi pareja y yo hicimos una fiesta en nuestra casa con unos amigos. En realidad era una fiesta de parejitas.
Hacía mucho tiempo que no coincidíamos todos por los típicos temas de trabajos, niños y esas cosas que todos tenemos. Hasta ese día, en el que por fin nos organizamos y se vinieron todos a casa porque era la mejor opción.
Quedamos a media tarde para ponernos al día unos con otros y luego cenar y lo que diera la noche. En nuestra casa por suerte hay espacio para que se queden. Con el paso de las horas nos fuimos contando historias mientras iban cayendo cervezas. En la cena el vino fue el triunfador de la noche. Bueno, y un hallazgo muy placentero.
A medida que fuimos hablando descubrimos que todos nos habíamos vuelto más o menos liberales en cuanto al sexo. Y para animar la noche, decidimos jugar al strip-pocker. Empezamos bien, pero a partir de la segunda tercera mano, eso ya tornó a ver quién se quitaba la ropa antes. En esa situación de estar desnudos comenzaron las revelaciones de; “pues fulanita desnuda gana mucho”. Antes de seguir, aviso de que no diré nombres para que nuestros amigos no se sientan incomodados ni traicionados.
Sigo por donde iba, empezaron los comentarios calientes. Después de la pregunta a la pareja de; “¿seguro que no te importa?” Empezamos a elegir cada persona con quien quería tener algo esa noche. Como éramos 3 parejas, nos pusimos cada una en un sofá a dar rienda suelta a la imaginación. Era una situación muy morbosa, el estar teniendo sexo con otra persona y escuchar de fondo los gemidos de los demás, incluyendo los de tu pareja sentimental. ¡Qué decir si encima podías ver como tenía sexo con otra persona!
De estar cada 2 disfrutando del sexo nos pasamos a hacer juegos para divertirnos y así ir cogiendo confianza sexual entre todos.

Sexo grupal en casa: intercambio de parejas

Después de los preliminares para ir conociéndonos, pasamos a lo divertido, hacer juegos sexuales para así participar todos y tener sexo grupal en casa. Lo primero que hicimos fue el círculo del placer que llamamos. Nos tumbamos en el suelo intercalándonos chico, chica, chico, chica. Así, todos teníamos que practicarle sexo oral a la persona que teníamos “encima” mientras la que estaba “debajo” nos lo hacía a nosotros. Para darle emoción dijimos que perdía la persona que antes llegara al orgasmo. De esta forma todas y todos nos esforzábamos en hacerlo bien para no ser la persona que perdiera. Después, jugamos a averiguar quién era tu pareja solo por el sexo. Ya fuera el hombre o la mujer, se tenía que vendar los ojos, y las otras 2 personas más su pareja sentimental, le tenían que follar durante 2 minutos, y todos en la misma posición para que no hubiera posibles trampas. Y así teníamos que descubrir quién de las 3 opciones era nuestra pareja sentimental. Este juego dio mucho de sí, y como no podía ser de otra forma, la noche terminó desembocando en una intensa sesión de sexo grupal en casa. Sexo grupal libre donde se aceptan tríos, trenecitos, picar de flor en flor… todo era válido menos el sexo homosexual, porque aunque algunos de los presentes éramos bisexuales, se decidió así para que los heteros no se sintieran incómodos.
La verdad es que esto terminó un poco deformado. Porque empezó con un trío a raíz de que una de las chicas quería aprovechar la ocasión para tener una doble penetración. Y vamos si la tuvo. Mientras estaba ese trío en cuestión funcionando, las otras 3 personas estábamos en otro trío para no aburrirnos. Me coincidió a mí con las otras dos chicas. Una cosa fantástica, disfruté del placer de una felación a dos lenguas, de poder meterla a placer en cualquiera de las dos, de penetración mientras practicaba sexo oral. Una maravilla.
Pero lo mejor fue el final. La otra chica que estaba disfrutando de la doble penetración quería más. Quería sentirse llena por todos sus agujeros, y solo le faltaba la boca. Decidí ayudarla a cumplir su fantasía. Mientras las otras dos chicas se dedicaban a restregarse con nosotros, susurrarnos al oído, o directamente buscar la postura para que les pudiéramos masturbar con nuestras manos o practicarles sexo oral.
Y así pasamos la noche de sexo grupal en casa. Viéndolo a posteriori creo que fue una noche de reencuentros muy íntimos y donde nos pusimos muy al día. Y sobre todo una noche que disfrutamos muchísimo todos, que no hemos dudado en decidir que debemos hacer reunión de amigos más a menudo y no esperar varios años para vernos.

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Compartida en una fiesta

  Hola a todos/as.

Soy una mujer de 39 años en la actualidad, felizmente casada desde hace 14  y con dos hijos preciosos. Podéis llamarme Gloria, aunque evidentemente ese no es mi nombre verdadero.

Lo que voy a contar es la historia de la experiencia más salvaje y más brutal que me haya sucedido nunca. Todo es absolutamente verídico aunque supongo que algunos/as no me creeréis. Me da igual, porque yo sé que todo es cierto y que, lamentablemente, hay bastantes personas que lo conocen.

Todo sucedió cuando tenía 21 años y estudiaba en la Universidad de mi localidad, una bonita pero no muy grande ciudad.  Por aquel entonces yo ya me había acostado con varios chicos desde que a los 17 años perdiera la virginidad con mi primer novio, un chico del instituto. Debo dejar claro que yo no era ninguna ninfómana pero sí una chica muy liberada,  liberal y feminista;  una chica a la que le gustaba sentirse dueña de su cuerpo y que se rebelaba contra el hecho comúnmente aceptado -y  que por desgracia sigue siendo así para mucha gente-  de que la mujer que dispone libremente de su sexualidad es una “zorra” mientras que el hombre que hace lo propio con la suya es un “machote”.

Aquel curso, unos compañeros de Facultad  -Juan, Luis y Ramiro-  decidieron hacer una fiesta en el piso que compartían  para celebrar la llegada de las vacaciones de Navidad.  Yo ya había estado allí, ciertamente, pues Ramiro era un chico con el que ya me había acostado un par de veces después de alguna de esas locas noches de juega propias de la juventud. Era un chico razonablemente guapo, agradable, aunque un poco pijo y engreído.   Pero no estaba nada mal como compañero ocasional de cama.

El caso es que decidí presentarme en su fiesta con mis amigas Elvira y Ana. Cuando llegamos yo ya iba bastante “puesta” de alcohol luego de haber estado  tomando con ellas varias mistelas.. Estábamos de celebración e íbamos bastante desatadas, al menos yo.

Cuando llegamos al piso habría allí alrededor de 20 personas, más o menos mitad y mitad  de chicos y chicas aunque no recuerdo haberlos contado. El ambiente ya se notaba bastante caldeado, la gente bailaba, fumaba cigarrillos -algunos algo más “fuerte”-  y en la mesa del salón había una enorme ponchera con algún tipo de cóctel de color rojizo y bastante espeso.  Ramiro comenzó a centrar su atención casi exclusivamente en mí y empezó a llenar mi copa cada poco con aquel brebaje dulzón y sumamente fuerte. Yo no era tonta, sabía de sobra lo que pretendía, pero no me importaba en absoluto.  Yo también estaba lanzada e iba dispuesta a tener un nuevo revolcón con él.

Entre cóctel y cóctel Ramiro me pasaba alguno de los porros que corrían de mano en mano hasta que llegó el momento que yo sabía que tenía que llegar: empezó a manosearme y a besarme, primero con una cierta delicadeza, hasta que vio que yo no sólo no oponía resistencia sino que me entregaba a él y participaba activamente mientras me dejaba hacer. En un momento dado, como quien no quiere la cosa, me fue empujando hacia su habitación, la misma que yo conocía bien de mis “visitas” anteriores. Entonces, ya sin asomo de delicadeza, empezó a quitarme toda la ropa hasta dejarme completamente desnuda. Así estaba yo,  tumbada en la cama preparada y dispuesta para recibirlo, cuando me percato de que Juan y Luis…también estaban allí. Mirando con una expresión de lujuria imposible de disimular

En un primer momento no me lo podía creer, y traté de taparme como pude con las manos mientras me incorporaba y exclamaba algo así como “pero…¡qué coño!…”

Entoces Ramiro se sentó junto a mí y mientras me sujetaba por lo hombros me dijo:

-Mira, Gloria, déjame que te lo explique…Sé que eres una chica abierta y sin complejos, a la que le gusta follar, no me digas que no porque nos conocemos. Y eso está bien, que todos disfrutemos de nuestros cuerpos con libertad.; para eso somos jóvenes y debemos aprovechar mientras podamos hacerlo.  El caso es que Juan y Luis siempre te han deseado y se me ocurrió que tal vez no te importaría darles una oportunidad. La verdad es que a los tres nos pone mucho la idea de compartir una chica, lo hemos hablado varias veces, y es algo que no hicimos nunca. Y seguro que tú tampoco has estado nunca con más de uno.  Seguro que te apetece probar por una vez…. no me digas que no ahora.

  Yo estaba atónita. Lo que estaba escuchando, lo que me decía Ramiro ante la mirada ávida de los otros dos era algo que nunca podía haber esperado que sucediera en realidad. Y entonces, sin saber cómo, empecé a humedecerme y a sentirme excitada como jamás lo había estado. Llevada por esa increíble excitación que sentía, además de por el alcohol que había ingerido en cantidad y los porros que había fumado, me escuché decir:

– ¡Sí, sí, qué diablos! ¿Por qué no? ¡Folladme los tres, cabrones! ¡Uno detrás de otro!

Se lanzaron sobre mí como lobos hambrientos, se desnudaban sobre la marcha mientras no dejaban de manosearme las tetas y competían entre sí por masajearme el sexo ya húmedo e introducir sus dedos frenéticos en él. Después todo se iría haciendo confuso,  no podría recordar quién ni en qué orden, ni cuantas veces me hizo esto o lo otro, pero recuerdo perfectamente que el primero que estuvo listo fue Luis quien, adelantándose a los otros, se me tiró encima y me penetró sin preámbulos. Empezó a sacudirme con fuerza, sin la menor delicadeza, mientras murmuraba entre jadeos:

– Una diosa, eso es lo que eres, una diosa del sexo…¡Oh, dios!

Eso me excitó aún más si cabe y me dio por pensar que, en efecto, eso era yo ahora: una diosa del sexo que oficiaba en el altar de la Lujuria ante sus devotos. Yo los tenía a los tres en mi poder, a mi disposición, sometidos a mi voluntad.  Aquellos falos erectos, el que me penetraba y los que disputaban por captar mi atención para que me los metiera en la boca, estaban así por mí, porque era yo la que despertaba en ellos aquel descomunal deseo. ¡Cómo me sentí de poderosa  en aquellos momentos!

De pronto Luis, sin parar de follarme, dijo:

-Hostia, no me he puesto condón con las prisas

-No importa -dijo Ramiro-  Gloria está acostumbrada a follar y toma la píldora. Es una chica prevenida, limpia y sana. Podemos corrernos en ella con toda confianza.

-¿De verdad que no te importa, Gloria? -dijo Luis entre jadeos- ¿Puedo correrme dentro?

– ¡Sí, Sí, Sí, correros todos dentro de mí! -dije yo sin reconocerme a mí misma y mientras me sacaba de la boca la polla de uno de los otros-  ¡Llenadme bien!

– Joder, no me lo puedo creer -dijo Juan mientras volvía a llenarme la boca- ¿Y en tu boca…también podemos? ¿También tragas?

– ¡Sí, Sí! -seguía diciendo yo completamente enloquecida-  Haced conmigo lo que os plazca salvo por el culo, que es algo que no soporto, me duele…

– Se me había olvidado deciros eso -dijo Ramiro sonriendo- pero tampoco es una contrariedad teniendo a nuestra disposición los otros dos agujeros, ¿verdad chicos?

Y debo decir que en eso se comportaron y respetaron mi virginidad trasera.

Después de que  Luis se hubo corrido con un rugido  en mi interior, me pusieron a cuatro patas en la cama. Juan fue el siguiente en entrar como una fiera  en mi sexo por detrás mientras Luis me ofrecía su polla pringosa para que yo se la chupara y la limpiara de sus jugos y los míos.  Y así, cuando estaba en esa posición “atendiendo” a Juan y a Luis, miré hacia la puerta y por un momento me volví a quedar helada:

La puerta estaba abierta de par en par y allí, mudos de asombro, se agolpaban varios de los demás asistentes a la fiesta dándose codazos unos a otros, empujándose para hacerse sitio,  elevando sus cabezas por encima de los demás para ver mejor.  Vi a Ana y a Elvira con los ojos completamente abiertos de incredulidad y ¿espanto? mientras al menos una de ellas se tapaba la boca con la mano.
– ¡No puede ser!  ¿Pero qué es esto?
– Por dios, ¡Se la están follando entre todos!
– Gloria, ¿qué haces?, ¡Qué vergüenza!, ¿Te has vuelto loca?
Y los tíos se reían y miraban alucinados mientras se decían entre sí:

– ¡Qué pasada, tío! ¡Le están dando por detrás mientras se la chupa a otro, joder!
– Menuda guarra la tía, si no lo veo no lo creo, jo, jo jo…¡es como una peli porno pero en vivo!

Al verlos allí, turnándose para ver mejor, escuchándolos decir esas cosas, sentí que  me invadía una sensación de profunda vergüenza. Pero instantáneamente me di cuenta de que hiciera lo que hiciera el mal ya estaba hecho, el espectáculo ya había sido visto. ¡Y yo me lo estaba pasando tan bien! ¡Me sentía tan excitada y “perversa” allí expuesta, completamente desnuda, siendo follada por un tío a la vista de todos mientras le chupaba el miembro a otro! Era la sensación más increíblemente  morbosa que había experimentado jamás y no quería parar. No podía parar. Todo me daba igual en ese momento.

 Fue entonces cuando Ramiro dijo que si había algún voluntario más que quisiera unirse a la “fiesta” era libre de hacerlo, que no se cortara.  En cuanto lo dijo vi que algunos chicos que yo no conocía se apresuraron a entrar en la habitación, aunque no supe el número exacto hasta después. Supongo que si no entraron más fue porque estaban con sus novias, o temían que estas  se enterasen o simplemente les daba vergüenza “faenar” delante de los demás. O porque no estaban lo suficientemente borrachos. Al día siguiente daría gracias de que hubiera sido así y no hubiera habido más “voluntarios”.

De los tres últimos que entraron sólo recuerdo con claridad a uno tremendamente grande, gordo y seboso, con unas greñas sudadas y  barba de tres días, un tipo al que en condiciones normales nunca hubiera dejado que me pusiera la mano encima.  No puedo olvidar cómo cuando me obligaba a mamársela sujetando mi cabeza contra su polla, entre que trataba de metérmela lo más adentro posible de la boca y que mi nariz se hundía en su flácido y abultado vientre, yo casi me ahogaba y tenía que hacer esfuerzos para respirar. En realidad aquel bruto me follaba la cara más que chuparle la polla yo a él.  Y así fue como me abandoné definitivamente a la lujuria desatada que me poseía y durante no sé cuánto tiempo dejé que los seis se turnaran en mí a su antojo, me tomaran como quisieran, me poseyeran de todas las formas que se les ocurrió y se corrieran en mi boca y mi sexo todas las veces que pudieron.  Ahora a puerta cerrada, gracias a Dios.

Cerca de las ocho de la mañana sentí que alguien me despertaba. Delante de mí estaba Ramiro en calzoncillos, ofreciéndome una toalla.  Me dijo que no quería despertarme y que no le importaba si quería quedarme más tiempo, pero que tal vez debería llamar a casa para que no se preocuparan.  En medio de la resaca y el malestar que tenía recordé con alarma de que efectivamente no había avisado a mis padres de que iba a tardar tanto, así que  sin coger siquiera  la toalla que me ofrecía, completamente desnuda como estaba, corrí al teléfono y le dije a mi preocupada madre que la fiesta se había alargado y me había quedado a dormir en casa de una mis amigas, que pronto regresaría.

Me di cuenta  de que me costaba hablar,  de que tenía la voz pastosa  y  un mal sabor de boca imposible de describir. Aún así lo primero que le pregunté a Ramiro  en cuanto colgué el teléfono fue.  “¿Cuántos?“.

– ¿No te acuerdas? -dijo como avergonzado-  verás, fuimos seis en total. Pero todos con tu pleno consentimiento, ¿eh?, nadie participó ni hizo nada que tú no quisieras hacer…hay…hay testigos. Y tú sabes que lo disfrutaste tanto como nosotros.

El cabrón se estaba curando en salud  por si a mí se me ocurría alegar que me forzaron o algo así. Pero yo sabía de sobra que él decía la verdad. Nadie me había obligado a comportarme como lo había hecho. Si me comporté como una auténtica zorra,  pues así me sentía, fue porque quise hacerlo. Para mi vergüenza.

No me hacía falta ver el estado en el que había quedado la cama, toda revuelta y llena de manchas secas perfectamente reconocibles, para tomar conciencia de lo que había sucedido. Me bastaba con ver el estado en que me hallaba yo misma:  Ahora me daba cuenta de que notaba mi sexo tremendamente irritado, pringoso y pegajoso; que tenía las ingles doloridas y que me costaba andar si no llevaba las piernas un poco separadas. También notaba la mandíbula entumecida de haber tenido la boca abierta y ocupada tanto tiempo.
Cuando me miré al espejo en el baño vi mis muslos, mi vientre, mi vello púbico, mi pecho, mi cuello y mi cara llenos de restos secos de semen.  Incluso en mi cabello había cuajarones apelmazados de la leche de aquellos seis que me habían poseído.  Me duché, restregándome todo lo que pude, y regresé a la habitación para vestirme y marcharme de allí lo antes posible. No encontré mis bragas por ningún sitio pero no me molesté en preguntarle por ellas a Ramiro:  supe de inmediato que alguno de ellos se las había quedado de recuerdo, como un trofeo. Y me sentí todavía peor. Así que me vestí sin ellas y,  sin despedirme de Ramiro ni de los otros dos que dormían exhaustos, me marché a toda prisa.

  Cuando llegué a casa, tras explicar otra vez a mis padres el retraso como pude, me encerré de nuevo en el baño y me sumergí en la bañera durante mucho tiempo. Allí a solas, por fin, pude pensar en lo que había hecho en un momento de locura, excitación, alcohol y porros.  Entonces lloré sintiéndome infinitamente avergonzada, humillada, mancillada, emputecida. Me sentía absolutamente usada y sucia por más que me enjabonara una y otra vez, por más que pasara la esponja por mi cuerpo dolorido y utilizado.  Me había comportado como la más desatada de las putas y como tal había sido tratada.

  Pero probablemente lo que me hacía sentir peor era tener que admitir que yo había disfrutado como una loca con aquello, que había gozado como nunca antes lo había hecho. No podía engañarme a mí misma. Yo pude pararlo y sin embargo les di carta blanca. Incluso los alenté a hacerme todo aquello.

  Me acordé entonces de mis amigas, de mis compañeros, del resto de los que habían mirado desde la puerta…y a la  tremenda vergüenza se añadió ahora la certidumbre de lo que estaba por venir. Y lloré más, con amargura.

  Porque lógicamente, después de las vacaciones navideñas, la noticia corrió como la pólvora por toda la Facultad.  Yo era consciente de  que la gente cuchicheaba a mis espaldas y que sonreían maliciosamente cuando creían que yo no los veía. Y como suele pasar en estos casos lo que era un hecho cierto se fue convirtiendo en un bulo que iba creciendo de tamaño: lo que había sido una sola vez con seis chicos se transformó en que yo era una ninfómana adicta a las orgías y que me había acostado en varias ocasiones  con diez, veinte o un equipo de fútbol al completo. Incluso supe que algunos me habían puesto un mote: “La viciosilla“. Debo reconocer que puestos a ponerme uno, aunque me humillara, no me pusieron el peor que podían haber elegido.  Pero de todas formas yo sentía que me había convertido en algo sí como la “puta oficial” de la Facultad, la “chica fácil” a la que todos se creían con licencia para intentar follársela. Se me empezaron a acercar más chicos de lo acostumbrado, pero yo sabía que lo que  pretendían era acostarse conmigo lo más rápidamente posible. Una vez un miserable al que contesté de mala manera ante sus insinuaciones me soltó que quién me creía yo para hacerme la estrecha cuando todos sabían que me acostaba con tíos de diez en diez. Incluso mis amigas comenzaron a distanciarse poco a poco de mí, como quien no quiere la cosa, tal vez pensando que si andaban con una “zorra” alguien podría pensar que algo compartirían con ella.

En esa situación me encontraba cuando un día se me acercó en la cafetería un chico del último curso al que no conocía y me dijo: “¿Eres Gloria, verdad? ¿Me permites que te pague el café?”  Yo me puse en guardia pensando que sería otro cabrón que venía buscando lo mismo que todos,  pero él me tranquilizó enseguida. Me dijo que había escuchado los rumores que algunos difundían sobre mí, que no le importaba si era cierto o no pero que le parecía muy mal lo que me estaban haciendo, que entendía que debía estar pasando por un mal rato, que si quería un amigo con el que desahogarme podía contar con él,  que hacía tiempo que se había fijado en mí, que le diera una oportunidad para conocerme y demostrarme que él no era como los demás y que no buscaba  de mí lo mismo que los otros.  Creo que fue allí mismo cuando comencé a enamorarme del que luego se convertiría en mi marido.

El caso es que a su lado, con su amor y comprensión, pude rehacerme poco a poco de la humillación que sentía. Nos casamos unos años después y las circunstancias laborales nos llevaron a otra ciudad distinta de la nuestra.  Eso fue un alivio para mí porque todavía es el día de hoy que no me siento a gusto paseando por aquella pequeña ciudad nuestra. Siempre tengo la incómoda sensación de que alguien me puede reconocer, de que puedo encontrame en cualquier sitio con alguno de los que me vieron desde la puerta en aquella situación y no digamos ya con alguno de los que me poseyeron de aquella manera. De hecho, hará un par de años, durante un viaje que hicimos para visitar a la familia, nos encontramos en un bar con mi antigua amiga Ana. Ella estaba en una mesa con otras cinco o seis personas y me saludó al reconocerme con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Yo hice lo mismo y eso era más de lo que se merecía. Después no pude evitar mirar hacia su mesa con disimulo para ver que ella estaba hablando animadamente con los otros, señalándome, mientras todos me observaban fijamente. Pude ver en sus miradas, en sus sonrisillas, que les estaba contando la historia de “la viciosilla“. Aparté la vista y no le dije nada a mi marido, para que no se sintiera tan mal como me sentía yo.

Algunos se preguntarán por qué ahora rememoro por escrito y de forma pública, si bien desde el anonimato, esta historia que tanto daño me hizo. Con el riesgo añadido de que lo puedan leer algunos de los que tomaron parte directa o indirectamente en ella y me puedan reconocer bajo el seudónimo.  La respuesta es que ni yo misma lo sé muy bien. Tal vez lo hago como un intento de conjurar definitivamente un mal recuerdo, una mala experiencia que me marcó profundamente. O como una manera de alertar a otras mujeres, a otras chicas, de las consecuencias indeseadas que todavía hoy nos acarrea a nosotras el sucumbir a un momento de desenfreno y desinhibición sin control en comparación con lo que le sucede a los hombres.  Y también puede ser que, después de todo, sí que me gustaría que leyera esta confesión alguna de aquellas “amigas”, alguno de aquellos “compañeros”. Que supieran así el  daño que me hicieron. Y no me refiero exactamente a los seis que disfrutaron en grupo de mi cuerpo, pues a esos es a los que menos tengo que reprocharles a pesar de que se hubieran aprovechado de mi estado de embriaguez. Yo sé que lo que hicieron fue con mi pleno consentimiento.

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Probé sexo anal con tres amigos y me rompieron el culo (1)

El sexo anal puede ser una experiencia inolvidable…y por eso quiero compartir un relato porno sobre cómo tuve sexo anal con tres amigos hace unos meses ya. Fue una experiencia muy morbosa e inolvidable, aunque no creo que vuelva a repetirla nunca más.

Mi marido y yo casi no tenemos relación porque él hace tiempo que dejó de confiar en mí, tal y como ya os he comentado en otro relato erótico. A mí me parece que él me es infiel desde hace años, porque hacemos el amor muy poco. Es verdad que trabaja mucho y que viaja mucho por su trabajo y por eso tal vez no tenga siempre ánimos para hacerlo, pero creo que en realidad en sus viajes se va de putas o algo.

Resulta que a principios de año conocí a un chaval en el gimnasio que se llama Iván. Tiene unos 27 años y está muy musculado porque le encanta hacer deporte. Nos hicimos amigos porque solíamos coincidir en clase de spinning y en la cinta de correr, por lo que cogimos mucha confianza hablando de temas, por lo general, un poco picantes. Él suele presumir de que folla muy bien y de que cada fin de semana está con una diferente porque, según él, todas somos unas putas. Yo siempre le digo que es un fantasma y que tendría que demostrarme eso que dice.

Yo, por mi parte, le digo cosas como que los tíos me duran muy poco en la cama y que necesito a varios para satisfacerme. Siempre en tono de broma, pues yo nunca he follado con más de un tío por vez.

Un día, Iván volvió a sacar el tema sexual y al final, no sé cómo, terminamos retándonos mutuamente para quedar él y yo junto con algún amigo y así demostrar quién decía la verdad. Claro que jamás pensé que fuese a cumplir con su promesa. Así que el fin de semana, el sábado, quedamos para ir a dar una vuelta aprovechando que mi marido no estaría en casa hasta el lunes, por lo menos…

Una tarde de cervezas y pollas

Fuimos a tomar unas cervezas y allí conocí a Rubén y a Darío, que eran dos amigos suyos y compañeros del gimnasio. Pronto empezó Iván con las bromas, las cuales se acentuaron a medida que el alcohol se nos iba subiendo a los tres.

-Entonces, dices que no tienes bastante con tu marido…-comentó Iván-.

-Jaja, bueno, ni con mi marido ni con ningún tío, que sois todos muy gallitos solo de palabra.

-Pero mujer, -intervino Rubén-, ¿es que te acuestas con más tíos aparte de tu marido? No me digas que le pones los cuernos…

Al  decir esto, todos nos reímos mucho, porque era obvio que sí, aunque yo seguía sin ser muy consciente de si íbamos a follar o no, pues no parecía que tuviesen prisa por ir a mi casa.

-Algún que otro cuerno sí que le he puesto, aunque creo que yo tengo más cuernos que él.

-No te preocupes, tú puedes cobrártelas todas juntas –afirmó Dario-. Eres muy guapa y tienes unas tetas…uish, ¡perdón! Jajaja.

-Por no hablar de ese culito… –dijo Iván-.

-Jajajaja, ¡Iván, tío, estás obsesionado con su culo! –Dijo a voces mientras reía Dario-.

-Es que sueño y todo con tu culo Marta. Cuando te veo en la cinta de correr con tus leggins no sabes cómo me pongo. Dime, ¿alguna vez has tenido sexo anal?

-¡Pero bueno! ¿Qué pregunta es esa? Jajajaja.

-¡Venga mujer, no seas así!

-Una vez…con un tipo que conocí por casualidad. Estaba muy cachonda y quise sentirlo en todos mis agujeros.

-¿Y te gustaría repetir?

-Sí.

-¿Estás preparada? Quiero decir, ¿tienes los preparos para tener sexo anal…hoy mismo?

-No te entiendo…¿qué preparos?

-Si no estás acostumbrada al sexo anal, y si quieres que te duela menos…lo suyo es utilizar determinados juguetes para dultos…una pera para limpieza anal, un plug anal, cosas así.

Me quedé pasmada, pues Iván estaba muy interesado en el tema. Ahí empecé a ser consciente de que esa tarde iba a ser una tarde-noche muy interesante.

Seguimos hablando de sexo y de cómo se lo pasan los fines de semana, con orgías y visitas a locales de gente liberal y sitios de ese estilo.  Cuando ya habíamos reposado un poco las cervezas de toda la tarde, les pregunté que si querían ver mi casa y cenar allí, a lo que el graciosillo de Rubén dijo que solo si había un buen postre.

Cuando llegamos, Iván nos soltó en mi portal, y le dije cuál era mi puerta para cuando viniese después de aparcar el coche. Mientras tanto, Rubén, Darío y yo subimos a mi apartamento. Estaban muy confiados, se intercambiaban miradas y sonrisas, pero sin decir nada. Eso me inquietaba al mismo tiempo que me ponía muy cachonda.

Una vez en mi salón, les serví unos cubatas mientras esperábamos a Iván, que estaba tardando en encontrar aparcamiento. Sus dos amigos bromeaban conmigo diciendo tonterías sin mucho sentido y metiéndose con ellos mismos. La verdad es que son graciosos, son como niños grandes a los que no podría parar de follarme.

Todo bien preparado para el sexo anal

Iván tocó a la puerta, y fui corriendo a abrirle, pero de repente, sin esperármelo, me cogió de la cintura y empezó a comerme la boca al tiempo que cerraba la puerta. Mientras, sus amigos le vitoreaban y aplaudían desde el salón. Yo no pude reaccionar más que correspondiéndole con un apasionado beso que casi me deja sin respiración.

-Llévame al cuarto de baño, -me ordenó Iván-.

-¿Y eso?

-No preguntes. Llévame.

Al entrar en el cuarto de baño, me quitó la ropa en un segundo, me metió en la bañera y, sin mediar palabra, me enseñó una pera de limpieza anal. Me dio por reír de lo absurdo que me parecía aquello. Se había molestado en ir a una sexshop para comprarme aquellas…herramientas para dejarme a punto. Verdaderamente tenía ganas de follarme el culo, cosa que me hizo mucha gracia, sobre todo por el alcohol que había ingerido durante todo el día.

-Reserva tus risas para cuando termine de ponerte el enema. Te voy a dejar bien limpia para lo que te espera…

-Ok, ok.

Iván se esmeró en ponerme aquel enema para dejarme el recto más limpio que una patena. Podíamos oír a sus amigos gritando de broma cosas como “¡déjanos algo a nosotros, cabrón!”.

Después de terminar con su particular preparativo, me secó, me miró de arriba abajo, me dio la vuelta y me dio un sonoro cachete en el culo.

-Ahora vamos a ver si te podemos dejar satisfecha.

Me llevó hasta el salón cogiéndome la mano, como si él fuese el anfitrión y yo un regalo para sus amigos. Estos empezaron a aplaudir y a vitorearme. Estaban disfrutando como niños mientras Iván me exhibía como un trofeo para ellos. Volvió a comerme la boca y yo, con los ojos cerrados, empecé a notar su mano, luego sus dos manos, tres, cuatro, cinco manos… Me estaban sobando los tres al mismo tiempo y enseguida empecé a mojarme entera. Era sumamente excitante estar rodeada de tres tíos que parecían modelos y que estaban ansiosos por follarme.

En ese momento decidí tomar la iniciativa y los senté a los tres después de bajarles los pantalones. Me arrodillé y empecé a mamársela a Iván, que estaba en el centro, mientras a Rubén y Darío les acariciaba sus rabos. Iván puso sus manos sobre mi cabeza, acompasando sus manos con el movimiento de mi cabeza. Poco a poco intentaba que su polla llegase más y más adentro de mi garganta hasta casi provocarme una arcada.

Empecé a comérsela a Darío, que suspiraba  y miraba al cielo con cara de felicidad. O yo lo estaba haciendo muy bien, o nunca antes se la habían comido por lo profundo de sus suspiros, cosa que me puso más cachonda aún. Ya estaba deseando ser bien penetrada por alguno de ellos, pero quería ponerlos muy cachondos para tener en todo momento la iniciativa y hacer que se corriesen cuando yo quisiera

Mientras le comía la polla a uno y a otro, Iván empezó a masajearme el ano, cosa que me gustó mucho, por lo que yo misma sentí cómo se me relajaba el esfínter por sí solo. De esta forma, empezó a meterme el dedo corazón, metiéndolo y sacándolo con suavidad. Yo no paraba de lamer esas tres vergas que ya estaban duras y bien dispuestas para penetrarme.

Iván se levantó y me quedé con sus dos amigos cuando, de repente, me colocó a cuatro patas y empezó a introducirme un plug anal bien embadurnado con lubricante. No era la primera vez que me metían algo en el ano, pero jamás me habían preparado tan bien para la ocasión, así que lo estaba disfrutando de lo lindo, sintiendo cómo entraba y salía con facilidad ese juguete erótico.

-Bueno Martita, esto ya está listo. Vamos a ver si te portas bien –dijo Iván-.

Yo intenté portarme lo mejor que pude durante aquella jornada de sexo desenfrenado, pero ellos no fueron tan buenos conmigo…Ya os contaré el resto cuando tenga algo más de tiempo.

¡Un besazo a todos!

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