Una Compañera de Lujo 2

Anteriormente en “Una compañera de lujo“ Era un hombre de unos 30 años y soltero, nada fornido, que acostumbraba usar lentes y llevar la barba de dos o tres días de largo. Había quedado con un amigo para “pasar un rato” con una conocida de él. Una mujer de gran belleza, atrevimiento y pechos muy generosos. Para ello, y que laContinuar leyendo »

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Relato porno: sexo grupal en casa

Sexo grupal en casa después de que hace unas semanas mi pareja y yo hicimos una fiesta en nuestra casa con unos amigos. En realidad era una fiesta de parejitas.
Hacía mucho tiempo que no coincidíamos todos por los típicos temas de trabajos, niños y esas cosas que todos tenemos. Hasta ese día, en el que por fin nos organizamos y se vinieron todos a casa porque era la mejor opción.
Quedamos a media tarde para ponernos al día unos con otros y luego cenar y lo que diera la noche. En nuestra casa por suerte hay espacio para que se queden. Con el paso de las horas nos fuimos contando historias mientras iban cayendo cervezas. En la cena el vino fue el triunfador de la noche. Bueno, y un hallazgo muy placentero.
A medida que fuimos hablando descubrimos que todos nos habíamos vuelto más o menos liberales en cuanto al sexo. Y para animar la noche, decidimos jugar al strip-pocker. Empezamos bien, pero a partir de la segunda tercera mano, eso ya tornó a ver quién se quitaba la ropa antes. En esa situación de estar desnudos comenzaron las revelaciones de; “pues fulanita desnuda gana mucho”. Antes de seguir, aviso de que no diré nombres para que nuestros amigos no se sientan incomodados ni traicionados.
Sigo por donde iba, empezaron los comentarios calientes. Después de la pregunta a la pareja de; “¿seguro que no te importa?” Empezamos a elegir cada persona con quien quería tener algo esa noche. Como éramos 3 parejas, nos pusimos cada una en un sofá a dar rienda suelta a la imaginación. Era una situación muy morbosa, el estar teniendo sexo con otra persona y escuchar de fondo los gemidos de los demás, incluyendo los de tu pareja sentimental. ¡Qué decir si encima podías ver como tenía sexo con otra persona!
De estar cada 2 disfrutando del sexo nos pasamos a hacer juegos para divertirnos y así ir cogiendo confianza sexual entre todos.

Sexo grupal en casa: intercambio de parejas

Después de los preliminares para ir conociéndonos, pasamos a lo divertido, hacer juegos sexuales para así participar todos y tener sexo grupal en casa. Lo primero que hicimos fue el círculo del placer que llamamos. Nos tumbamos en el suelo intercalándonos chico, chica, chico, chica. Así, todos teníamos que practicarle sexo oral a la persona que teníamos “encima” mientras la que estaba “debajo” nos lo hacía a nosotros. Para darle emoción dijimos que perdía la persona que antes llegara al orgasmo. De esta forma todas y todos nos esforzábamos en hacerlo bien para no ser la persona que perdiera. Después, jugamos a averiguar quién era tu pareja solo por el sexo. Ya fuera el hombre o la mujer, se tenía que vendar los ojos, y las otras 2 personas más su pareja sentimental, le tenían que follar durante 2 minutos, y todos en la misma posición para que no hubiera posibles trampas. Y así teníamos que descubrir quién de las 3 opciones era nuestra pareja sentimental. Este juego dio mucho de sí, y como no podía ser de otra forma, la noche terminó desembocando en una intensa sesión de sexo grupal en casa. Sexo grupal libre donde se aceptan tríos, trenecitos, picar de flor en flor… todo era válido menos el sexo homosexual, porque aunque algunos de los presentes éramos bisexuales, se decidió así para que los heteros no se sintieran incómodos.
La verdad es que esto terminó un poco deformado. Porque empezó con un trío a raíz de que una de las chicas quería aprovechar la ocasión para tener una doble penetración. Y vamos si la tuvo. Mientras estaba ese trío en cuestión funcionando, las otras 3 personas estábamos en otro trío para no aburrirnos. Me coincidió a mí con las otras dos chicas. Una cosa fantástica, disfruté del placer de una felación a dos lenguas, de poder meterla a placer en cualquiera de las dos, de penetración mientras practicaba sexo oral. Una maravilla.
Pero lo mejor fue el final. La otra chica que estaba disfrutando de la doble penetración quería más. Quería sentirse llena por todos sus agujeros, y solo le faltaba la boca. Decidí ayudarla a cumplir su fantasía. Mientras las otras dos chicas se dedicaban a restregarse con nosotros, susurrarnos al oído, o directamente buscar la postura para que les pudiéramos masturbar con nuestras manos o practicarles sexo oral.
Y así pasamos la noche de sexo grupal en casa. Viéndolo a posteriori creo que fue una noche de reencuentros muy íntimos y donde nos pusimos muy al día. Y sobre todo una noche que disfrutamos muchísimo todos, que no hemos dudado en decidir que debemos hacer reunión de amigos más a menudo y no esperar varios años para vernos.

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Relato erótico: Más que un beso

Hola amigos, este ya es mi segundo relato, pero quiero hacer algo distinto. Generalmente siempre contamos experiencias o fantasías que hemos tenido o imaginado, hacemos una descripción bastante gráfica del deseo carnal, pero dejamos de lado la imaginación, perdiendo el rumbo al concentrarnos en la idea del sexo. Hoy quise corregir esto, por lo que mi relato erótico va más hacia una categoría softcore, pero conserva el erotismo y la lujuria como para prender la llama de pasar las manos libremente por donde más nos gusta hacerlo ya sean chicos o chicas. Este relato erótico va en especial para aquellas chicas que a veces desean leer algo dulce, dejar a un lado el porno e imaginar una escena que las haga sonrojarse y esbozar una sonrisa con los ojos cerrados. Espero que les guste este relato erótico.

Mientras, cubierta por su suéter hecho a mano color azul y unos shorts ya un tanto gastados, la chica sostiene la taza de café contemplando el vidrio golpeado por las diminutas gotas de agua de la habitual brisa de otoño. Da sorbos a su taza de café mientras el gélido clima lucha contra el líquido caliente por dominar la temperatura en su cuerpo. Mientras tanto, piensa en lo que tanto añora, ese beso que la transportará a un plano distinto, que la volverá momentáneamente etérea y la hará soltar un suave gemido que expresa una gran timidez e inocencia.
Siente cómo lentamente su hombro es tocado por aquellas firmes y fuertes manos, aquellas que han luchado por abrazarla y estrujarla pero también por tomar sus mejillas y hacer el intérprete de un pianista, acariciando sus pómulos lentamente y sintiendo aquella suavidad envidiable. Esas manos ahora se desplazan a sus ojos, sus orejas, sus labios y finalmente a su cuello, donde acarician tímidamente el punto donde su cara empieza. Después se van a su cabello, un tanto húmedo por el baño tomado previamente pero bastante lindo y con un olor exquisito, lo toma entre sus dedos y suavemente se dirige hasta su cuero cabelludo, desde allí empieza a descender desenmarañando poco a poco los cabellos cruzados para después tomarla delicadamente de la mejilla y levantarla hacia la cama.
Sentados, ambos conectan una breve mirada, para luego agacharla y sonrojarse esbozando pequeñas risas ante la incómoda pero envidiable escena. Él procede entonces a tomarla del lado derecho de la cara y la acerca hacia la suya, sus labios carnosos, su aliento. Ella mientras siente cómo la toma lo imagina en haces de ideas que le llegan rápidamente, lo visualiza en su mente. Él lleva puesto un buzo negro, el cual denota su constante asistencia al gimnasio, dejando en claro que se esfuerza en aquellos brazos que ahora quiere desnudar, luego piensa en sus pantalones, aquellos que le quedan apretados y que marcan bastante bien su trasero y sus pantorrillas, un tanto tensadas por el deseo de hacerla sentir bien. Recuerda todo esto mientras sus caras se acercan y dejan de lado aquel clima frío para empezar a crear un poco de calor en lo que pronto va a ser algo seguro. Mientras los labios de ambos están más cerca el la visualiza, visualiza su suéter azul el cual se levanta un poco en la zona de sus senos, aquellos que son blancos como la leche con esos pezones rosados que en silencio ha añorado besar, pellizcar y morder, se queda un rato en esa figura que delata lujuria y ternura, imaginando como se verían cuando entre suaves roces retirase la prenda, luego pensaba en sus shorts negros, pensando en cómo estos dejaban al descubierto cierta parte de sus firmes nalgas cuando ella se agachaba levemente, pensaba en sus largos calcetines que cubrían sus piernas, aquellas que pronto se estrujarían entre las suyas y el colchón, esto solo alimentaba el deseo de fundir sus labios despacio y lento, deteniendo las milésimas hasta convertirlas en horas.
Ya de la forma más inevitable el encuentro sucede, ambas bocas un tanto húmedas se encuentran y no se separan, se encuentran hasta estar una en la otra, se encuentran hasta que dan luz verde a sus lenguas para que visiten a la otra y se abracen en el gran beso, suben a un labio y bajan al otro. Mordida aquí y allá, la delicadeza de cada beso sumado a los suaves gemidos capturan cualquier posible mirada oculta que deja ver cierta envidia ante tal escena, ambos cuerpos en calor fundiendo sus bocas entre desesperados intentos de sentirse y llegar más allá, trascender la realidad hasta sentir que falta el aire y buscarlo en la lengua del otro. Ambos saben que ese es un verdadero beso…

Si les gustó este relato erótico solo díganlo, en ese caso les prometo seguir la historia 😉 recuerden que trato de hacer algo con erotismo pero suave, que no sea siempre la misma historia predecible y que se conecte con ustedes. ¡Gracias!

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Relato erótico: Más que un beso

Hola amigos, este ya es mi segundo relato, pero quiero hacer algo distinto. Generalmente siempre contamos experiencias o fantasías que hemos tenido o imaginado, hacemos una descripción bastante gráfica del deseo carnal, pero dejamos de lado la imaginación, perdiendo el rumbo al concentrarnos en la idea del sexo. Hoy quise corregir esto, por lo que mi relato erótico va más hacia una categoría softcore, pero conserva el erotismo y la lujuria como para prender la llama de pasar las manos libremente por donde más nos gusta hacerlo ya sean chicos o chicas. Este relato erótico va en especial para aquellas chicas que a veces desean leer algo dulce, dejar a un lado el porno e imaginar una escena que las haga sonrojarse y esbozar una sonrisa con los ojos cerrados. Espero que les guste este relato erótico.

Mientras, cubierta por su suéter hecho a mano color azul y unos shorts ya un tanto gastados, la chica sostiene la taza de café contemplando el vidrio golpeado por las diminutas gotas de agua de la habitual brisa de otoño. Da sorbos a su taza de café mientras el gélido clima lucha contra el líquido caliente por dominar la temperatura en su cuerpo. Mientras tanto, piensa en lo que tanto añora, ese beso que la transportará a un plano distinto, que la volverá momentáneamente etérea y la hará soltar un suave gemido que expresa una gran timidez e inocencia.
Siente cómo lentamente su hombro es tocado por aquellas firmes y fuertes manos, aquellas que han luchado por abrazarla y estrujarla pero también por tomar sus mejillas y hacer el intérprete de un pianista, acariciando sus pómulos lentamente y sintiendo aquella suavidad envidiable. Esas manos ahora se desplazan a sus ojos, sus orejas, sus labios y finalmente a su cuello, donde acarician tímidamente el punto donde su cara empieza. Después se van a su cabello, un tanto húmedo por el baño tomado previamente pero bastante lindo y con un olor exquisito, lo toma entre sus dedos y suavemente se dirige hasta su cuero cabelludo, desde allí empieza a descender desenmarañando poco a poco los cabellos cruzados para después tomarla delicadamente de la mejilla y levantarla hacia la cama.
Sentados, ambos conectan una breve mirada, para luego agacharla y sonrojarse esbozando pequeñas risas ante la incómoda pero envidiable escena. Él procede entonces a tomarla del lado derecho de la cara y la acerca hacia la suya, sus labios carnosos, su aliento. Ella mientras siente cómo la toma lo imagina en haces de ideas que le llegan rápidamente, lo visualiza en su mente. Él lleva puesto un buzo negro, el cual denota su constante asistencia al gimnasio, dejando en claro que se esfuerza en aquellos brazos que ahora quiere desnudar, luego piensa en sus pantalones, aquellos que le quedan apretados y que marcan bastante bien su trasero y sus pantorrillas, un tanto tensadas por el deseo de hacerla sentir bien. Recuerda todo esto mientras sus caras se acercan y dejan de lado aquel clima frío para empezar a crear un poco de calor en lo que pronto va a ser algo seguro. Mientras los labios de ambos están más cerca el la visualiza, visualiza su suéter azul el cual se levanta un poco en la zona de sus senos, aquellos que son blancos como la leche con esos pezones rosados que en silencio ha añorado besar, pellizcar y morder, se queda un rato en esa figura que delata lujuria y ternura, imaginando como se verían cuando entre suaves roces retirase la prenda, luego pensaba en sus shorts negros, pensando en cómo estos dejaban al descubierto cierta parte de sus firmes nalgas cuando ella se agachaba levemente, pensaba en sus largos calcetines que cubrían sus piernas, aquellas que pronto se estrujarían entre las suyas y el colchón, esto solo alimentaba el deseo de fundir sus labios despacio y lento, deteniendo las milésimas hasta convertirlas en horas.
Ya de la forma más inevitable el encuentro sucede, ambas bocas un tanto húmedas se encuentran y no se separan, se encuentran hasta estar una en la otra, se encuentran hasta que dan luz verde a sus lenguas para que visiten a la otra y se abracen en el gran beso, suben a un labio y bajan al otro. Mordida aquí y allá, la delicadeza de cada beso sumado a los suaves gemidos capturan cualquier posible mirada oculta que deja ver cierta envidia ante tal escena, ambos cuerpos en calor fundiendo sus bocas entre desesperados intentos de sentirse y llegar más allá, trascender la realidad hasta sentir que falta el aire y buscarlo en la lengua del otro. Ambos saben que ese es un verdadero beso…

Si les gustó este relato erótico solo díganlo, en ese caso les prometo seguir la historia 😉 recuerden que trato de hacer algo con erotismo pero suave, que no sea siempre la misma historia predecible y que se conecte con ustedes. ¡Gracias!

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Sexo con la practicante después de la oficina

Hola amigas y amigos. Aquí estamos de vuelta contándoles cómo tuve sexo con la practicante ESTHER ese día después de la oficina.

Ella salió a las 5:00. Como saben, por ser practicante no se puede aprovechar uno de su horario de trabajo. Ese día, yo salí a las 7:00 de la oficina con rumbo a su casa, pase comprando unos preservativos por aquello de la seguridad y pasé a buscarla. Al estar fuera de su casa, le avisé y no tardó en salir: wawwww qué hermosa! Había salido con un vestido negro tallado a su hermoso cuerpo, tacones altos y maquillaje perfecto. En ese momento me la quería coger en el carro.

Sexo con la practicante en un motel

Entró al carro y me preguntó que adónde íbamos, yo le respondí todavía en estado de shock que la quería llevar a un lugar privado donde nadie nos interrumpiera, a lo que ella accedió.

La llevé a un motel que queda en las afueras de Tegucigalpa por la carretera del sur, entramos al cuarto mientras yo no me aguantaba las ganas de hacerle el amor… Nos empezamos a besar de manera tan apasionada que ella gemía en cada beso mientras mi lengua se unía con la de ella… poco a poco fui bajando hacia sus pechos bajando si brassier y succionando esos ricos meloncitos, apretándolos y mordiéndolos mientras ella me decía que no parara de hacerlo.

La acosté en la cama y le quité completamente su vestido; qué hermosura de mujer, viéndola solo con su cachetero de encajes color negro, mostrando sus curvas y sus pechos sin que nada la tapara… me abalancé sobre ella y empecé a besarle sus labios, su cuello y sus pechos mientras mi mano bajaba y la metía por debajo de su ropa interior y sintiendo su cuquita totalmente depilada y sobre todo mojada.

Me bajé a su cuquita quitándole su cachetero y le empecé a hacer un oral con unas grandes ganas saboreando sus jugos vaginales, su cuquita era chiquita bien formadita pero resaltada wawww. En ese momento tuvo un orgasmo solo haciéndole sexo oral, al terminar ella me dijo que le tocaba que quería saborear esa verga y sentir mi leche en su boca. Me desvistió y me practicó una mamada como nunca nadie me la había hecho, de tal forma que hizo que acabara en su boca en cuestión de minutos.

Después de eso nos relajamos tomándonos unas cervezas para recuperarnos, nos acariciamos y por fin pude penetrar esa hermosa cuquita que estaba tan apretadita: primero hicimos el misionero, luego estuvimos de lado con su pierna abrazada por mis brazos haciendo apoyo para bombearla con más fuerza, luego ella se colocó de perrito y me dijo que era la posición que más le gustaba, ver esas nalgas, ese culo y esa cuquita que sobresalían por atrás me hizo darle con unas grandes fuerzas logrando que ella tuviera su segundo orgasmo mientras yo buscaba terminar y llenarle su cuquita de semen ya que tanta fue la excitación que dejé los preservativos en el carro, terminamos saciados y complacidos, nos fuimos a duchar con agua caliente, nos besamos y en el baño me hizo otra mamada increíble.

La fui a dejar a su casa y desde ese día hacemos cada vez que podemos más locuras que con gusto compartiré con ustedes en nuevos relatos porno teniendo sexo con la practicante.

 

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Sexo con la practicante después de la oficina

Hola amigas y amigos. Aquí estamos de vuelta contándoles cómo tuve sexo con la practicante ESTHER ese día después de la oficina.

Ella salió a las 5:00. Como saben, por ser practicante no se puede aprovechar uno de su horario de trabajo. Ese día, yo salí a las 7:00 de la oficina con rumbo a su casa, pase comprando unos preservativos por aquello de la seguridad y pasé a buscarla. Al estar fuera de su casa, le avisé y no tardó en salir: wawwww qué hermosa! Había salido con un vestido negro tallado a su hermoso cuerpo, tacones altos y maquillaje perfecto. En ese momento me la quería coger en el carro.

Sexo con la practicante en un motel

Entró al carro y me preguntó que adónde íbamos, yo le respondí todavía en estado de shock que la quería llevar a un lugar privado donde nadie nos interrumpiera, a lo que ella accedió.

La llevé a un motel que queda en las afueras de Tegucigalpa por la carretera del sur, entramos al cuarto mientras yo no me aguantaba las ganas de hacerle el amor… Nos empezamos a besar de manera tan apasionada que ella gemía en cada beso mientras mi lengua se unía con la de ella… poco a poco fui bajando hacia sus pechos bajando si brassier y succionando esos ricos meloncitos, apretándolos y mordiéndolos mientras ella me decía que no parara de hacerlo.

La acosté en la cama y le quité completamente su vestido; qué hermosura de mujer, viéndola solo con su cachetero de encajes color negro, mostrando sus curvas y sus pechos sin que nada la tapara… me abalancé sobre ella y empecé a besarle sus labios, su cuello y sus pechos mientras mi mano bajaba y la metía por debajo de su ropa interior y sintiendo su cuquita totalmente depilada y sobre todo mojada.

Me bajé a su cuquita quitándole su cachetero y le empecé a hacer un oral con unas grandes ganas saboreando sus jugos vaginales, su cuquita era chiquita bien formadita pero resaltada wawww. En ese momento tuvo un orgasmo solo haciéndole sexo oral, al terminar ella me dijo que le tocaba que quería saborear esa verga y sentir mi leche en su boca. Me desvistió y me practicó una mamada como nunca nadie me la había hecho, de tal forma que hizo que acabara en su boca en cuestión de minutos.

Después de eso nos relajamos tomándonos unas cervezas para recuperarnos, nos acariciamos y por fin pude penetrar esa hermosa cuquita que estaba tan apretadita: primero hicimos el misionero, luego estuvimos de lado con su pierna abrazada por mis brazos haciendo apoyo para bombearla con más fuerza, luego ella se colocó de perrito y me dijo que era la posición que más le gustaba, ver esas nalgas, ese culo y esa cuquita que sobresalían por atrás me hizo darle con unas grandes fuerzas logrando que ella tuviera su segundo orgasmo mientras yo buscaba terminar y llenarle su cuquita de semen ya que tanta fue la excitación que dejé los preservativos en el carro, terminamos saciados y complacidos, nos fuimos a duchar con agua caliente, nos besamos y en el baño me hizo otra mamada increíble.

La fui a dejar a su casa y desde ese día hacemos cada vez que podemos más locuras que con gusto compartiré con ustedes en nuevos relatos porno teniendo sexo con la practicante.

 

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Sexo en un motel

Era mi cumpleaños. Entramos al cuarto del motel y la tomé de la cintura y levanté su vestido hasta donde sus nalgas quedaran descubiertas hacia el espejo que estaba frente a mí. Tenía puesto el cachetero negro que yo le compré.
Apreté, golpeé, levanté sus nalgas y le di el beso más suave, el más enamorado en la boca, mientras mis dedos peleaban con la enredadera que cubría su monte de Venus y su vulva, buscando la humedad de su interior, hasta que -sin dejar de besarla- encontré la entrada, pasé acariciando sus labios mayores un par de minutos, cuando su mano tomó la mía suplicándole que entrara; y dos dedos obedecieron. Con su mano abrió mi pantalón, y de mis bóxers sacó -con la violencia que caracteriza al deseo- mi verga, para masturbarme, mientras yo la masturbaba y jugaba con mi otra mano al rededor de su culo.

En la cama del motel

Me recosté y le pedí que se parara en la cama, que se quitara el vestido, el brassiere, que me mostrara sus tetas; que se diera vuelta, e inclinándose hacia mis pies, desnudara su culo y su pucha, y con sus manos me dejara verlos.

Entonces, se acostó encima de mí para besarme y hacer los movimientos propios de coger, hasta que tomé mi verga, la puse en su entrada, y ella -empapada en fluidos propios- se sentó para metérsela entera con un grito de placer y los ojos y los dientes apretados. Sus manos en mi pecho y sus gritos y sus gemidos y su amplitud que ya no siente nada si no es conmigo, y sus tetas que aprieto yo y aprieta ella y mis dedos que lame y chupa simulando que es mi verga; y me pide, me ordena, que le diga “puta” y obedezco, y la volteo y sus nalgas me golpean el abdomen y veo su culo y la llamo “puta” de nuevo y le escupo y le meto dos dedos… Y le doy nalgadas y grita más, hasta que se viene y aprieto su cuello y no puede hablar; balbucea, y entre el orgasmo que se provoca jugando con su clítoris y el que le propino yo con la verga entrando y saliendo de su pucha y con mis dedos en su culo, solo puede murmurar “vente en mi boca las veces que quieras”, y se tiende, desnuda y sudorosa, masturbándose para mí; yo pongo mi verga en su boca y me la mama y me la jala y el semen se dispersa en su lengua, sus labios, su mejilla, y se lo traga; con sus dedos lo junta y lo embarra en sus tetas y en su vulva, y tendidos y exhaustos, nos acariciamos mientras nos miramos a los ojos en la cama de aquel motel.

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De cómo empecé dándole clases a una compañera y acabé metiéndosela por el culo

Era el verano de hace 4 años, una compañera de clase había suspendido una asignatura, la cual yo mismo había aprobado con bastante buena nota, así que me pidió que la ayudara a estudiar para los exámenes de septiembre. Yo estaba en mi pueblo pasando el verano, pero venía todos los días a Madrid porque trabajaba de verano de portero en una finca, así que como estaba de mañana llegué al acuerdo con ella de que después de comer me pasaría por su casa para darle clase.

Así lo hice, y así fueron pasando los días. Esta chica siempre había sido cariñosa conmigo, y cuando dábamos clase, a lo mejor me ponía una pierna encima mientras hacía algún ejercicio o me pasaba una mano por los hombros o alguna cosa así, hasta que un buen día, cuando llegué a su casa, me abrió la puerta vestida muy ligerita, tan solo una especie de top muy suelto que dejaba adivinar sus tetas, bastante grandes y apetecibles, y unos shorts de tela de estos que se ve la mitad del culo. Aquí ya empecé a sospechar, porque habíamos tenido nuestras confidencias y sabía que, aunque me parecía de guarras, me ponían muchísimos esos pantaloncillos enseñaculos. Como todos los días, me tenía preparada una botella de nestea bien fría, así que primero pasamos a su cocina para beberme un vaso rápido antes de empezar con los números. Cuando me puso el vaso, al cerrar la botella, se le cayó el tapón al suelo, y al agacharse a recogerlo, se le apretaron mucho los shorts en la piel y pude adivinar que llevaba un tanga de triangulito, que en alguna ocasión también había comentado que me gustaban. Aquí ya tuve que disimular para que no se me notara la polla, que se estaba empezando a hacer notar con un bulto serio. Me puse la mochila delante, terminamos con la bebida y nos fuimos a su cuarto a dar la clase, como siempre. Me di cuenta de que estaba sola, cosa que me extrañó, ya que sus padres son muy católicos y son de los de dejar la puerta abierta mientras está con un chico en casa y de no dejarla sola.

Dimos la clase, yo bastante cardíaco por su ropa y por la forma que estaba teniendo de tocarme y actuar ese día, que al principio no di importancia ya que las achaqué al calentón que tenía por la escenita de la cocina. Por fin terminamos la clase, yo estaba sentado en una silla en su cuarto de espaldas a la puerta esperándola, ya que ella había salido un momento al baño o algo así, estaba con los ojos cerrados abanicándome (hacía un calor horrible aquel año y ni con la ventana abierta de par en par hacíamos casi nada) y, de repente, noto que me empieza a tocar los hombros. Hasta aquí nada raro, porque la finca donde trabajaba era muy pija y yo muchas veces llegaba a su casa con mucha tensión en el cuerpo, y no era la primera vez que me daba un masaje. El susto me lo llevé cuando noto que me empieza a besar y a chupar muy sensualmente el cuello. Aquí abrí los ojos y dije en voz alta:

-“¿Qué haces Nunu?” (La muchacha se llama Nuria).

-“¿Qué pasa que no te gusta?”

Y según estaba diciendo esto, dio la vuelta hasta ponerse delante de mí. Dios, nunca me podré olvidar de esa imagen. Una chica pelirroja, con los ojos verdes más bonitos que yo he visto en mi vida, con unas tetas espectacularmente bien puestas y un cuerpazo alucinante, de pie delante de mí solo con un tanga rojo.

Me fui a levantar de la silla, pero ella se me adelantó y empujándome suavemente por los hombros me obligó a volver a sentarme, al tiempo que se ponía de rodillas delante de mí. A esas alturas no tenía fuerzas para resistirme a nada, y menos aún a lo que iba a pasar. Yo estaba con una erección de caballo y ella de rodillas casi entre mis piernas, me acariciaba la polla con la mano por encima del pantalón con una sonrisa pícara. Sin cambiar la expresión de su cara, me bajó la bragueta, metió la mano y esquivando mi bóxer me la sacó y se la metió en la boca entera. Qué mala es. Sabía que me encantaban esas mamadas profundas por nuestras interminables charlas sobre el sexo con nuestras respectivas parejas, igual que lo del tanga y los shorts culeros. Se metía mi polla en la boca y se la sacaba, subiendo y bajando la cabeza, rodeándomela con esos labios gruesos que tiene, masturbándome con su boca, de repente, empezó a subir el ritmo y a mover la cabeza cada vez más deprisa, se la sacó de la boca y me dijo:

-“No te corras aún, que tengo otra sorpresa para ti”.

Metiéndosela por el culo a petición propia

Y antes de que pudiese decir ni media palabra, se la volvió a tragar enterita moviendo la cabeza arriba y abajo como si le fuese la vida en ello. Yo estaba a punto de correrme y ella al darse cuenta, paró, se sacó mi polla de la boca brillante de su saliva, se puso de pie y cogiéndome de la mano, me hizo levantarme detrás de ella. Cuando llegamos a la puerta de su habitación, se bajó el tanga y se agachó diciéndome:

-“Nunca he follado por el culo, quiero que tú seas el primero que me la mete por ahí”

-“¿Estás segura?”. -Le pregunté muy cachondo, pero con cierta preocupación, porque no las tenía todas conmigo de no hacerla daño, debido al considerable grosor de mi pene.

-“Sí, sí. Métemela, despacio, pero hazlo”.

Después de decirme esto, la hice un breve masaje en el ano con mis dedos, metiéndole algunos para dilatárselo un poco, hasta que decidí acercar mi polla a su culo y, apoyando primero la punta, le oí decir:

-“Métemela ya”.

Empecé a metérsela, primero despacio, hasta que le entró la punta. Ahí me detuve un poco para que se le acostumbrase, porque aunque no se quejaba, notaba cómo su cuerpo se tensaba y sus manos se crispaban. Cuando se relajó, le metí otro poco y repetí el mismo proceso que antes, y así hasta que la tenía metida entera dentro de su precioso y caliente culo. Cuando la tenía toda dentro, giró un poco la cabeza y entre jadeos me dijo:

-“Ya no me duele, fóllame de una vez”.

Dicho esto, empecé a bombearla, suavemente pero con firmeza y noté cómo su cuerpo se tensaba ante mí y cómo gemía y se retorcía de placer, igual que yo, que apenas me tenía en pie, debido al placer de estar metiéndosela por el culo a una de las mejores chicas que conocía. Poco a poco, fuimos subiendo el ritmo, hasta que yo la dije:

-“Me voy a correr preciosa”.

Cuando le dije esto, se separó de mí sacándosela del culo y, girándose y mirándome con esa sonrisa otra vez, y su pelo rojo alborotado, se puso en cuclillas delante de mí y volvió a chupármela, esta vez usando las manos para empujársela mas dentro de la boca, hasta casi convertirlo en una garganta profunda. No tardé mucho en volver a estar a las puertas de la corrida, pero esta vez, después de decírselo no hubo ningún cambio, solamente subió el ritmo y me hizo correrme en su boca. Jamás había tenido un orgasmo tan sumamente devastador, ni me había corrido de una forma tan abundante. Recuerdo que se le llenó la boca y los últimos latigazos fueron a parar a su preciosa cara, que sonriente los recibía con los ojos cerrados y una expresión de satisfacción plena. Después de esto, fue al baño a escupir, porque nunca le ha gustado tragárselo, aunque siempre deja que se le corran en la boca. Cuando volvió, estuvimos un buen rato tumbados en la cama, desnudos, hasta que llegó la hora de que me fuese.

Estuvimos así todo el verano. Por suerte, ella aprobó el examen y yo pude seguir viéndola.

Este es mi relato erótico de cómo terminé metiéndosela por el culo a mi alumna. Es la primera vez que escribo algo en SexoEscrito.com. Agradezco las felicitaciones y también las críticas que estén dirigidas a ayudarme a mejorar mi forma de escribir. Espero que os guste.

 

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La Profesora de Piano 2

Anteriormente: La Profesora de Piano

María, la profesora de piano, y Ana, su pupila, vuelven a entregarse al placer entre mujeres.

Otra semana, otro día y otra lección. Cada tecla que tocaba era una nota que emitía. Cada nota era parte una partitura. Una partitura para una música que invadía el departamento.

Al llegar al final la música acabo y reino el silencio por un instante. Hasta que lo invadió el sonido del aplauso de una única persona.

-Muy bien Ana, lo has hecho bien, -Felicitó María a su querida alumna.

-Gracias profe…María-Dijo La aludida sonriendo tímidamente.

Hacia solo dos semanas que habían hecho el amor por primera vez. Durante siete días no habían tenido contacto alguno. Tiempo en el que Ana dudo de volver a las clases. Tomo la decisión, tras mucho meditarlo, de faltar a la clase de la semana anterior. Con la idea de cortar y no ver más a María. A pesar del maravilloso sexo y la complicidad, se sentía rara, culpable y en falta.

Al día, la veinteañera, recibió un correo electrónico de su profesora (para ella ex-profesora) con las simples dos palabras de “Vuelve Ana”.

Esas solas palabras le hicieron gritar de alegría y casi saltar. Tanto, que su hermana le preguntó qué le pasaba. No pudo contenerse y la abrazó con fuerza mientras le decía “María me quiere de vuelta, María no me cortó, ¡María me ama!”.

A ella no pudo evitar contarle lo sucedido con la profesora. Después de que la hallara, tras varios minutos, de estar sentada con las piernas apoyadas en el pecho y mirando el mismo metro cuadrado de pared blanca.

En cambio a sus padres no les había contado. No por que fueran a rechazar su homosexualidad. Si no que, como a todos los padres, les costaría asimilar la idead de que su “pequeña princesa” tenía algo llamado “sexo”.

La joven (más bien “la más joven” ya que la profesora aun lo era) vivió con gran ansiedad, cada uno de, los seis días antes de poder volver a ver a su profesora.

Normalmente demoraba cinco minutos en bañarse. Pero la noche anterior había demorado quince. Mientras estaba debajo de la ducha no pudo evitar bajar su mano hasta su pelvis. Cerró los ojos e imaginó la sonrisa de la mujer, su belleza, delicadas manos y su abultado pecho, mientras se masturbaba debajo del agua cálida. Fue un orgasmo delicioso.

Con la clase ya concluida, María invitó a Ana a tomar té. Ambas se sentaron en el sofá mientras, entre sorbos, charlaban de temas mundanos (el clima, la política, la música).

Al terminar la pupila se desperezo. Por lo que su maestra le sugirió que se recostara. Ella lo hizo recostándose…en las piernas de la otra mujer. Durante un rato, la treintañera se dedico a acariciar el rostro y cabello de la veinteañera.

Cuando la alumna tenía los ojos pesados, teniéndolos más tiempos cerrados que abiertos, la profesora tomo una de las tazas de té vacía y la miro. Levanto una ceja como si hubiera descubierto algo.

-No le puse leche al te-Comento la mujer.

-Mmm…-Fue todo lo que respondió la chica.

-¿Te gustaría un poco de leche?

-Mmm… sí… no estaría mal-Levanto su mano y la apoyo en el pecho izquierdo de María.

La maestra le siguió el juego a su pupila. Abriéndose la camisa y quitándose el corpiño/sostén (que termino tirado en el suelo) dejando al desnudo su pecho izquierdo.

Tras contemplarlos un momento, mientras le subía la temperatura, Ana se acerco y se prendió, con la boca, al seno como un niño al de una madre que le amamanta. Chupaba y apretaba con la boca. No salía leche… ¿pero qué importancia tenía?

La mujer se acomodo mejor. Tomándola entre sus brazos y apoyando su mano izquierda en la nuca de la chica. Tras un rato desnudo su otro su otro seno. Sus pechos eran de talla generosa, blandos y de grandes pezones.

-Ahora el otro-Le pidió María a Ana con suavidad. Ella obedeció y se prendió al otro pecho.

La mujer echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Sentía como le chupaba y lamia el pecho. Recorriendo con la lengua alrededor del pezón. Empapando en saliva. Sus labios y alientos eran cálidos. Sus manos tibias le tocaban y apretaban ambos pechos.

A cada segundo que pasaba su vagina se humedecía más. Se excitaba más. Empezó a gemir y a decir el nombre de su alumna-amante “Ana, Ana, Ana,…”.

No pudo resistir bajar una hasta debajo de la bombacha/bragas de su pupila para masturbarla. Al comenzar se prendió a su pecho con más intensidad y apretujar, ambos, con más fuerza.

María bajo la mirada y se cruzo con la de Ana, cargada de lascivia. Mientras la mano derecha de la más joven le tomaba el pecho izquierdo y la boca con la aureola y piel de alrededor dentro. Mientras la mujer la masturbaba.

Cuando la maestra llego al orgasmo apretó con fuerza el pubis de su pupila. Ella gritó un poco. Se dio cuenta del orgasmo de la más joven cuando esta, de repente, hundió su rostro entre sus senos gimiendo.

Cuando el éxtasis de ella había acabado, quitó la mano de debajo de la ropa interior de su amante. Notó que los dedos estaban mojados y los chupó.

Ana aún tenía la cabeza hundida entre los pechos de María. Con la máxima suavidad y lentitud del mundo le separó el rostro de su pecho. Dedicaron un rato a mirarse para después unirse en un beso.

Se besaban con intensidad. Una se sorprendió al sentir la lengua de la otra dentro de su boca, y le correspondió. Se abrazaron con fuerza y se acariciaron la una a la otra.

Ana cortó el beso, solo lo suficiente, para abrirse la prenda superior y tirar su corpiño/sostén al costado. Quería sentir sus senos contra los de María. Pecho contra pechos, latidos contra latidos, calor contra calor, mujer contra mujer.

Se siguieron besando mientras cada par de manos recorría, de arriba a abajo la espalda de la otra. El corazón les latía a mil a ambas.

En el último momento la maestra-amante tomo con fuerza el rostro de su pupila-amante. Le dio un beso tan largo que casi la dejó sin aire. Cuando el interminable beso acabo juntaron sus frentes y cerraron los ojos. Solo se escuchaba la respiración de las dos.

María por fin hablo.

-Nunca, nunca jamás creas que puedo llegar a estar molesta contigo.-Ana abrió los ojos y miro sus bellos ojos, su hermosa mirada- Eres tierna, eres amorosa, eres dulce, eres amable, eres inteligente, eres tan buena. Me gusta charlar contigo. Me gusta escuchar tu música. Me gusta tanto ser tu profesora. Me gusta tanto tenerte cerca… Me gustas tanto. -Remató esas palabras con otro beso en los labios.

-Vos también me gusta.-Respondió la pupila- Digo lo mismo de vos… Y me gusta ser tu amante y me gusta hacer el amor con vos.

Se sentaron lado a lado abrazadas, con sus pechos desnudos y el cabello revuelto.

-¿Sabes una cosa Ana? Después de tu turno tengo más alumnos. Pero hoy decidí decirles que no iba a poder darles clase.

-Claro. Ibas a estar muy, pero muy, ocupada.

-Si quieres puedo pasarte al último turno. Tendremos todos los días, después de clase, solo para nosotras dos… ¿Qué te parece?

-La verdad que no…Me queda bien este horario, no tengo ganas de tener clases más tarde. Además no quiero que hacer el amor, con vos, se vuelva una rutina horaria, como una clase.

-¿No te gustan mis clases?-Pregunto sorprendida la mujer.

-¡¿Qué?! Obvio que me gustan tus clases. Pero me gusta más hacer el amor.

-En ese caso, lo haremos más desestructurado.

-Como tiene que ser. El sexo debe ser sin rutinas ni reglas.

-Detalle…entre vos y yo habrá una regla al tener relaciones.

-¿Cual?-pregunto la chica levantado las cejas.

-Que la pasemos muy bien las dos.

-Jajaja.

La profesora de piano pasó un brazo por detrás de los hombros de la joven. A lo cual ella apoyo la cabeza en el hombro de ella y María su cabeza sobre la de Ana.-La próxima ves que nos veamos, si podemos, me gustaría hacer el amor en la ducha. Bajo la lluvia de agua caliente.

-¿Después de que me enjabones?

-Por supuesto

-¿Sexo oral?

-También.

-En ese caso más me vale estar atenta a mi correo electrónico-Dijo en tono jocoso.

María le dio un beso en la mejilla a Ana. Apoyó su frente en la cabeza de ella. Y dedicó el siguiente rato a oler el aroma perfumado de su cabello.

 

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Silencio. Sólo gemidos.

Son las 5 de la mañana. Me despierto agitada, recordando lo sucedido la tarde anterior con él.

El día anterior la biblioteca estaba abarrotada, cada mesa la llenaban apuntes, libros, bolígrafos, portátiles… Y en una de esas mesas lo encontré a él, mordiendo la capucha de un boli Bic azul. No entiendo como aún le quedaban existencias de capuchas, ya que siempre lo encontraba de la misma forma. Su nombre creo recordar que es Pedro, pero no me gusta ponerle nombre a las cosas hasta que no son mías.

Su mirada solía cruzarse con la mía en aquel habitáculo lleno de estanterías con libros. Mi cuerpo irradiaba un calor que no conseguía controlar cuando pasaba por su lado y sus ojos escrutaban mi cuerpo, deseosos de contemplarlo en su total desnudez.

En una de esas veces que acostumbraba a pasar por su lado, le dejé caer una nota sobre la mesa con el contenido de mi dirección y una hora en concreto. Antes de nada me cercioré de que la casa estuviera vacía a esa hora y unas cuantas más. Vivo con una amiga desde hace unos meses, lo que me da casi total libertad en algunos aspectos íntimos.

Sin saber con exactitud si él iba a venir o no, me apresé en el baño durante un rato hasta quedar, lo que yo consideraba, perfecta para la ocasión.

La hora se acercaba y decidí recibirlo con un conjunto de lencería que resucitaba a cualquiera.

18:45. Suena el timbre.

Mientras esperaba a que subiera, me coloqué una bata con motivos orientales, corta y un poco transparente, por encima. Mis tacones de diez centímetros hacían que mi figura se entreviera más sexy, a la vez que me daban esos centímetros para colocarme a su altura.

Cuando tocó a la puerta, mi pulso se aceleró por un momento hasta que logré controlarlo.

Le abrí y le hice una seña con la cabeza para que entrara. Cuando estuvo dentro, me acerqué contoneando la cintura y jugando con el cinturón de la bata a deshacer el nudo que la mantenía pegada a mi cuerpo o no, hasta que llegué hasta él y tiré de su pantalón tras de mí.

Lo llevé a mi habitación y lo empujé contra la cama. Me acerqué lo máximo posible a ella, de manera que a él lo tenía de frente y ahora sí, deshice el nudo de la bata y la dejé caer al suelo. Pude percatarme que mi conjunto de lencería le encantó por la hinchazón que acababa de crecer en el interior de sus jeans apretados. Eso me acrecentó  el ego y decidí subir el tono del encuentro. Me situé de cuclillas en la cama, frente a él, y me acerqué a gatas hasta colocarme encima. Siquiera nos habíamos dicho una palabra cuando mi lengua ya estaba explorando cada rincón de su boca. Guié sus manos hasta mi cintura y di rienda suelta a las mías, que comenzaron a arrancarle la camiseta con fervor. Hundí la yema de mis dedos en cada recoveco de su torso desnudo y una oleada de calor comenzó a instalarse en mi cuerpo perdiendo totalmente el control de la situación. Con sus manos aún en mis caderas, me levantó y se colocó encima de mí, bloqueó mis manos con las suyas y sus labios se apoderaron de mi cuello, besando cada rincón de él, provocando en mí leves gemidos y en mis bragas una sensación de humedad. Cogió mis piernas y colocó mis pies en sus hombros. Me comenzó a tocar por el interior de los muslos, sin llegar a la entrepierna, eso hizo que mis ganas de tenerlo dentro aumentaran. Se desabrochó los botones del pantalón y con un gesto casi fugaz se desprendió de ellos, dejando unos bóxers blancos que poco dejaban a la imaginación. Se coloca encima y mis bragas chocaron con sus bóxers notando la dureza que debajo de ellos escondía.

Se deshizo de mi sujetador con un movimiento experto y su boca comenzó a succionar, lamer y mordisquear mis pezones. Los gemidos de ambos se hicieron notar y se mezclaron con el silencio de la habitación. Se detuvo a juguetear con mi ombligo hundiendo la punta de la lengua y con las manos aprisionó el interior de los muslos más cercano a mi sexo. Deslizó poco a poco lo que se interponía entre mi sexo y él y hundió su boca en lo más hondo de mi ser, en aquello que hace que me retuerza y estremezca de pura excitación. Los girones de su lengua en mi entrepierna me hicieron convulsionar de placer y sus dedos entrando y saliendo de mi hendidura, alborotaron mi interior.

Terminamos con toda la ropa que separaban nuestros cuerpos acalorados y que impedían que éstos se fundieran en uno solo. Acto seguido comenzó a penetrarme, su intención era hacerse de rogar introduciendo solo la puntita pero coloqué la planta de los pies en la cama y levanté mis caderas introduciéndola de una sola vez dentro de mí, nuestros gemidos se sincronizaron por aquella embestida provocada y una sonora carcajada de ambos retumbó en las cuatro paredes. Entraba y salía sin piedad, provocando dolor y excitación a la vez, una mezcla arrolladora. Ya no era consciente de nada, mi mente totalmente en blanco, bloqueaba todo recuerdo que a ella se abalanzara, inclusive la imagen de su actual pareja. Entre embestidas y caricias salvajes nuestros cuerpos llegaron al clímax haciéndose eco con un sonoro orgasmo que liberaba cada tensión acumulada.

Ya que con eso solo no me bastaba, sacié mis ganas de hacer que él solo estallara para mí y me arrodillé ante él succionando su miembro con ímpetu, llevándolo entero a la boca y lamiendo hasta su más profundo rincón. Mis manos agarraban su trasero y atraían su cuerpo entero hacia mí, quería tragar su excitación y así fue, su orgasmo se quedo totalmente en mi boca, estalló solo para mí.

Aquello me puso más cachonda que nunca y para volver a excitarlo cogí un vibrador del cajón de mi mesita, lo introduje a merced de mi sexo y me masturbé solo para él, sin apartar mi vista de la suya y acariciando mis pezones con ansia de más. Me coloque a cuatro patas frente a él y me introduje el utensilio analmente a lo que su pene respondió de forma suculenta y se posó detrás de mí en un segundo. Me apartó el vibrador e introdujo su sexo donde éste había estado hasta ahora. Todo mi cuerpo se contrajo deseoso de más y él respondió a ello con fervor. Por segunda vez explotó en mi interior y ambos nos dejamos caer en la cama sin aliento, sin nada más que el silencio que solo nuestros gemidos rompieron.

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Sexo a fin y comienzo de año

31 de diciembre y como siempre he hecho, viajo a mi pueblo natal a pasar esa fecha, no con familiares como mucha gente lo hace, sino con amigos en una casa alquilada netamente para esa fecha con motivo de siempre celebrar con mucho licor y con música “extraña”.

Esta vez fuimos mi novia y yo con otros amigos a los cuales no les llamaba mucho la atención estar ahí con el resto de gente, pues ellos son de un ambiente diferente, aun así, en medio del licor y la música empezamos a bailar y hablar entre nosotros. En algunas ocasiones mi novia se quedaba un poco retirada de mí, bailando y eran esas ocasiones en las que por alguna razón (que yo desconocía) ella se retiró del grupo y fue al segundo piso de la casa, pero duraba poco, no pasa más de un minuto para verla llegar de nuevo al círculo de amigos, pasaban varios minutos y ella volvía a hacer lo mismo, separarse del grupo, subir al segundo piso y volver a bajar. El licor en mi entendimiento ya empezaba a hacer su trabajo, cosa que hacía que los límites de imaginación empezaran a esfumarse, ya los celos empezaban a surgir dentro de mí, imaginando quizás cosas que no debería.

El tiempo trascurrió y con franqueza no sé cuánto, en medio del bullicio, el trago, los amigos y mi novia, recuerdo las “miles”  de veces en que me dejó solo para ir al segundo piso donde (en extrañas circunstancias para mí) ella no tardaba y bajaba de nuevo. Lo más extraño que sucedió en esos momentos fue el hecho de que ella hubiese subido, bajado, me tomó de la mano y me dijo: –vamos- con un afán que te haría dudar de todo lo que estuviese pasando a tu alrededor.

Sexo en privado para recibir el nuevo año

De la mano con ella subí las escaleras, siguiendo su vestido rojo y sus piernas que hacen fugar tu mente de tu cabeza y estrellarse contra ellas, sentir sus manos era algo que adoraba, que me hacía sufrir de delirios por sentir quererla tanto; llegamos al segundo piso donde estaban muchos de nuestros conocidos, y, sin mirar a ningún lado ni saludar o hablar con nadie, me hizo entrar a un cuarto vacío, donde frente a la puerta estaba una ventana que hacía pensar que estaba cubierta de un manto negro, pues no se veía nada por la oscuridad de la noche; cerró la puerta tras nosotros haber entrado, se recostó contra ella, me cogió de las manos y me dio un beso que por efectos alcohólicos se convirtió rápidamente en pasión, una tan desenfrenada que las manos de ella acariciando mi cabello, lo despojaron de todo arreglo previo. Mis manos, por otro lado, buscaron sus piernas, su cintura y su busto, tocando cada parte de ella porque sabía con exactitud lo que quería, lo que queríamos ambos.

Entre besos y caricias bajé mis manos, alcé su vestido y metí mis manos en su entrepierna, tocándola y sintiendo sus húmedas bragas. Ella tenía unas medias veladas, a las cuales con un poco de esfuerzo pude bajarlas y por fin meter mis manos entre sus piernas para tocar y manosear su vagina que ya estaba húmeda por la pasión desenfrenada; los besos se hacían más fuertes y ella tiraba de mi jean para que me lo quitara, lo desabroché, bajé la cremallera y ella pudo por fin saciar su gusto por tocarme mientras yo lo hacía con ella. Me agaché, acerqué mi lengua a su clítoris y lo chupé, lo lamí, jugué con él, jugué con los húmedos deseos de mi novia. Quería metérsela, pero éramos precavidos aun estando ebrios, y en ese momento no llevábamos preservativos; pero la imaginación y la creatividad están en constante relación con la sexualidad, así que metí mi miembro erecto entre sus piernas (pero no en su vagina) y lo sacaba, lo metía con fuerza haciendo manifestarse en gemidos el placer que experimentaba de nuestra masturbación mutua, nuestro roce de su sexo y el mío. Ella con su brasier rojo a medio quitar, las medias veladas a medio bajar, sus bragas a un lado; yo chupando sus pezones deliciosos y a la vez metiendo y sacando mi pene sentíamos el placer a flor de piel, y más aún por la sensación de poder ser descubiertos por cualquiera de nuestros amigos. Nos vinimos ambos en un júbilo de sensaciones, de eyaculaciones y besos apasionados mientras ya era un nuevo año, mientras atrás de la puerta la fiesta seguía.

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Sexo duro: Educando y exhibiendo a Marta

Mi boca hizo una mueca de súbita sonrisa incontrolada. Marta estaba allí. Había accedido finalmente. Había comprendido la realidad: que hoy, y quizás por más tiempo, sería mía sin remedio.

Me acerqué a recibirla. Habíamos estado hablando el día anterior. Si accedía a venir, lo haría en condición de sumisión a las formas de placer en las que yo la quisiera introducir. Nada desagradable para ella, pues de sobra sabía que cada vez que se abandonó a lo que mi voluntad juzgase oportuno, el resultado no fue otro que placer a raudales y una total confianza en el bienestar de su sexo junto a mí. Yo, por mi parte, casi no cabía en mí de gozo cuando recibí su mensaje de confirmación. Así pues, avancé, observándola.

Sus pantalones blancos bien llenados por la casi divina abundancia de sus muslos titubearon brevemente, antes de aproximarse a mí. Me recibió con timidez.

–Has venido –afirmé, más en actitud de dejar claras las consecuencias que en la de preguntar.

–… Sí. Aquí estoy, parece…

–No, no tengas tantas dudas. Ven, mira. Déjame enseñarte.

Me situé a una distancia agresivamente mínima, de golpe además. Le besé la boca. Una vez. Y otra después. Despacio, pero con intensidad creciente, suave, pero con firmeza constante y bien medida. Mi lengua pasó entonces a la acción y empezó a comportarse de forma demandante, pidiendo, exigiendo más besos de los gruesos labios de Marta, y de la sensualidad de su boca que siempre se entreabría al excitarse. Me separé apenas lo suficiente como para echar un vistazo: entreabierta. El proceso ya había comenzado. Seguí besándola, sin freno, y planté mis dos manos en su trasero, de tal forma que ella sintiera dos manazas sobándole toda la amplitud de su redondo culo aunque yo fuera persona de manos más bien delgadas y acaso algo estilizadas. Su boca se entreabrió más.

– ¿Estás contenta de estar aquí?

–… Sí. Sí. Mucho. Hhhh… –suspiró, tras sentir que apretujaba todo lo que se marcara en su pantalón.

–Bien –aseveré, y sin más preámbulos aproveché la relativa apertura de su boca e introduje un dedo en su interior. Ella me miró con gesto interrogante; gesto que ignoré deliberadamente. Deslicé mi índice por esa abertura que tanto placer me había dado otras veces, y lo moví en la actitud de quien examina a un animal de monta recién adquirido para confirmar su calidad. Le hice formas, antes de sacar el dedo y de susurrarle:

–Esta boca… Tan amplia, tan jugosa, tan ansiosa. Le cabrían muchas cosas dentro. Podría estar devorando una polla, firme, tiesa y mojada por ti.

Después saqué el dedo, dejándolo frente a su lengua. No era más que una insinuación para que ella lo lamiera; y lo hizo. Sentí el tacto de su lengua húmeda sobre mi piel. Me excitó sobremanera.

–A esta boca… Le quedaría muy bien una buena polla, ¿verdad?

–Por supuesto.

–Dilo.

–Polla.

–Otra vez.

–Polla… Verga…

Introduje mi índice de nuevo, haciéndole de nuevo formas explícitas.

–Dilo ahora.

–Hooo… laa… –susurró ella, sin apenas poder vocalizar.

–Muy bien, Marta. Muy bien, putita mía. Mi zorra exclusiva y querida.

Saqué el dedo, y volví a besarla. Se estaba calentando cada vez más. Miró alrededor, como buscando cerciorarse de que estábamos solos en la estación. No era así. Ella no parecía haberse dado cuenta, pero dos hombres habían aparecido por la parte trasera de la estación, y aunque se dirigían a su destino y no pararon ni se acercaron a nosotros, sí que observaron con total curiosidad, mirándose entre ellos. Marta los vio y en ese instante se sintió confusa y avergonzada.

–Pero, cariño, creí… Creí que era sólo tuya. Me has hecho quedar como una puta…

–Lo que eres. ¿Es que no es así?

–Sí. Tuya.

–Exacto, Marta. Mi puta. Pero antes de usarte en privado, de darle a tu cuerpo lo que se merece, quería que los demás supieran lo que voy a follarme esta noche. La pedazo de mujer, de fémina, hembra en celo a la que voy a penetrar.

–Ah… Pero, Héctor… Aunque me ponga cachonda haciendo cosas cuando nos pueden descubrir, no me… No me gusta cuando me descubren. El sólo el morbo de…

-Shhh, shh shh. Calla, Marta, calla. Lo sé muy bien. Un buen hombre conoce a su zorra. Por eso, aunque te muestre en público, no te preocupes: te follaré en privado. Eres una presa a exhibir en multitudes y reclamar en solitario.

Comienza una noche de sexo duro…

Ella no objetó más. La cogí de la cintura y la conduje rumbo a mi casa, a unos 15 minutos a pie. Habríamos parecido la pareja ideal de enamorados, con la diferencia de que en muchas ocasiones metí mano por donde pude sin consideración. Pronto había ya desabrochado dos de los botones del pantalón blanco para hacerlo descender muy levemente, mostrando así parte de su culo por debajo del jersey. Apenas destacaba en la vía pública, pero cualquiera que la mirase por detrás con atención podría verlo, bamboleándose, apretado por mí. Marta se limitó a ir con la cabeza relativamente agachada mientras soltaba tímidos gemidos y miraba insegura alrededor de vez en cuando. Yo la alentaba dándole buenos apretones. Pronto habíamos llegado a mi portal.

La hice pasar, casi empujándola, con cariño pero con una urgencia no disimulada. Nos introdujimos en el ascensor, y tras pulsar el botón saqué todo su hermoso y enorme culo a relucir, mientras manoseaba una de sus tetas; la que tenía perforada con un piercing negro. Salimos de la estrecha estancia que constituía el ascensor y la planté frente a mi puerta, como si fuera una prisionera y acabara de reducirla. Con la mano que me quedaba, extraje las llaves de mi bolsillo -al tiempo que me daba unos toquecitos en la punta de mi rabo, que me hacía forma en los pantalones y, de lado, llegaba a abultar en el bolsillo. Todo para comprobar que estaba tan dura como a Marta le gustaba recibir su ración de falo-, y abrí la puerta. Una vez introduje a Marta al interior, pues ella apenas avanzó por sí misma, terminé de sacarle los pantalones, firmemente, imponiéndome.

–De rodillas –ordené con severidad.

–… Claro…

– ¿Sabes lo que vas a hacer?

–Sí…

–Dilo.

–Chupar polla.

–Exacto, Marta, cariño. Eres una comepollas y tienes que vaciarme los huevos. Empieza. No esperes, o tendré que follarte la boca.

Ella obedeció, aunque supe que la alternativa que le ofrecí también le resultaba tentadora.

Dejé que engullera mi miembro, muy tieso a estas alturas, venoso, palpitante. Cimbreaba en su boca, con sus lengüetazos apresurados. Llenaba aquel agujero como sólo podía hacerlo algo que encajase a la perfección. A los pocos segundos, saqué mi polla de su boca y golpeé varias veces las mejillas de Marta, a ambos lados. Después, asiéndola de la nuca y la cabeza, hice que restregase su cara por toda mi barra de carne. La volví a dejar mamar, después de apretarme la base y el tronco del pene para que ella lo sintiera a punto de explotar. Cuando empezaba a gemir con toda la forma de la verga en la cara, la puse en pie, sólo para arrojarla -con cuidado e incluso cierta precisión- a la pared más cercana y empezar a jodérmela allí mismo. La embestí, suave al principio, con todas mis fuerzas después. La pasión desgarradora con la que me introducía en su coño pronto hizo que la pared resultara limitadora e incómoda, por lo que la conduje a mi habitación, oscura y con decoración de colores fríos. Se me ocurrió que, dado que ya la había exhibido, podía terminar follándomela frente a la ventana abierta, de modo que su cara, extasiada por el placer, asomase a la calle desde aquel tercer piso. No opuso resistencia. Sólo cuando no podía controlar sus gemidos ni su expresión, pareció preocuparse por un momento, arguyendo:

– ¿Y si nos ve alguien?

–No nos verán a estas horas, Pero, dime… –conseguí decir entre jadeos–. Dime, ¿qué crees que pasará si nos ve alguien?

–Ahhh… Que… Que se… Tocarán. Y se pajearán, mirando cómo se la hincas a tu guarra.

–Eso es, Marta, zorrita mía. Eso es lo que harán. ¿Algún problema?

Ella no respondió. Se había perdido. Sus ojos estaban cerrados y su boca muy abierta no paraba de gemir.

-¿Algún problema? –repetí.

–N-no… No. Que nos vean. Que se pajeen si quieren.

–Y que derramen sus fluidos viéndote.

Sonreí. La había emputecido cuanto quería esa noche. Aunque quizás, todavía hiciera falta un poco más. Al cabo de largos minutos, salí de su coño y la arrodillé ante mí. Me corrí en toda la cara de Marta, tres chorros cargados de semen. Volví a levantarla y, aún con la cara cubierta de esperma, la abracé desde un lado, situándome a su derecha… Mientras dejaba que cualquiera que estuviera mirando, llegase a contemplar el resplandor blanquecino con el que las luces de ciudad bañaron la cara de Marta, ahora cubierta de mi semilla recién exprimida.

Y después, la besé tiernamente. Con amor. La noche aún no había llegado a su fin…

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Sexo duro: Educando y exhibiendo a Marta

Mi boca hizo una mueca de súbita sonrisa incontrolada. Marta estaba allí. Había accedido finalmente. Había comprendido la realidad: que hoy, y quizás por más tiempo, sería mía sin remedio.

Me acerqué a recibirla. Habíamos estado hablando el día anterior. Si accedía a venir, lo haría en condición de sumisión a las formas de placer en las que yo la quisiera introducir. Nada desagradable para ella, pues de sobra sabía que cada vez que se abandonó a lo que mi voluntad juzgase oportuno, el resultado no fue otro que placer a raudales y una total confianza en el bienestar de su sexo junto a mí. Yo, por mi parte, casi no cabía en mí de gozo cuando recibí su mensaje de confirmación. Así pues, avancé, observándola.

Sus pantalones blancos bien llenados por la casi divina abundancia de sus muslos titubearon brevemente, antes de aproximarse a mí. Me recibió con timidez.

–Has venido –afirmé, más en actitud de dejar claras las consecuencias que en la de preguntar.

–… Sí. Aquí estoy, parece…

–No, no tengas tantas dudas. Ven, mira. Déjame enseñarte.

Me situé a una distancia agresivamente mínima, de golpe además. Le besé la boca. Una vez. Y otra después. Despacio, pero con intensidad creciente, suave, pero con firmeza constante y bien medida. Mi lengua pasó entonces a la acción y empezó a comportarse de forma demandante, pidiendo, exigiendo más besos de los gruesos labios de Marta, y de la sensualidad de su boca que siempre se entreabría al excitarse. Me separé apenas lo suficiente como para echar un vistazo: entreabierta. El proceso ya había comenzado. Seguí besándola, sin freno, y planté mis dos manos en su trasero, de tal forma que ella sintiera dos manazas sobándole toda la amplitud de su redondo culo aunque yo fuera persona de manos más bien delgadas y acaso algo estilizadas. Su boca se entreabrió más.

– ¿Estás contenta de estar aquí?

–… Sí. Sí. Mucho. Hhhh… –suspiró, tras sentir que apretujaba todo lo que se marcara en su pantalón.

–Bien –aseveré, y sin más preámbulos aproveché la relativa apertura de su boca e introduje un dedo en su interior. Ella me miró con gesto interrogante; gesto que ignoré deliberadamente. Deslicé mi índice por esa abertura que tanto placer me había dado otras veces, y lo moví en la actitud de quien examina a un animal de monta recién adquirido para confirmar su calidad. Le hice formas, antes de sacar el dedo y de susurrarle:

–Esta boca… Tan amplia, tan jugosa, tan ansiosa. Le cabrían muchas cosas dentro. Podría estar devorando una polla, firme, tiesa y mojada por ti.

Después saqué el dedo, dejándolo frente a su lengua. No era más que una insinuación para que ella lo lamiera; y lo hizo. Sentí el tacto de su lengua húmeda sobre mi piel. Me excitó sobremanera.

–A esta boca… Le quedaría muy bien una buena polla, ¿verdad?

–Por supuesto.

–Dilo.

–Polla.

–Otra vez.

–Polla… Verga…

Introduje mi índice de nuevo, haciéndole de nuevo formas explícitas.

–Dilo ahora.

–Hooo… laa… –susurró ella, sin apenas poder vocalizar.

–Muy bien, Marta. Muy bien, putita mía. Mi zorra exclusiva y querida.

Saqué el dedo, y volví a besarla. Se estaba calentando cada vez más. Miró alrededor, como buscando cerciorarse de que estábamos solos en la estación. No era así. Ella no parecía haberse dado cuenta, pero dos hombres habían aparecido por la parte trasera de la estación, y aunque se dirigían a su destino y no pararon ni se acercaron a nosotros, sí que observaron con total curiosidad, mirándose entre ellos. Marta los vio y en ese instante se sintió confusa y avergonzada.

–Pero, cariño, creí… Creí que era sólo tuya. Me has hecho quedar como una puta…

–Lo que eres. ¿Es que no es así?

–Sí. Tuya.

–Exacto, Marta. Mi puta. Pero antes de usarte en privado, de darle a tu cuerpo lo que se merece, quería que los demás supieran lo que voy a follarme esta noche. La pedazo de mujer, de fémina, hembra en celo a la que voy a penetrar.

–Ah… Pero, Héctor… Aunque me ponga cachonda haciendo cosas cuando nos pueden descubrir, no me… No me gusta cuando me descubren. El sólo el morbo de…

-Shhh, shh shh. Calla, Marta, calla. Lo sé muy bien. Un buen hombre conoce a su zorra. Por eso, aunque te muestre en público, no te preocupes: te follaré en privado. Eres una presa a exhibir en multitudes y reclamar en solitario.

Comienza una noche de sexo duro…

Ella no objetó más. La cogí de la cintura y la conduje rumbo a mi casa, a unos 15 minutos a pie. Habríamos parecido la pareja ideal de enamorados, con la diferencia de que en muchas ocasiones metí mano por donde pude sin consideración. Pronto había ya desabrochado dos de los botones del pantalón blanco para hacerlo descender muy levemente, mostrando así parte de su culo por debajo del jersey. Apenas destacaba en la vía pública, pero cualquiera que la mirase por detrás con atención podría verlo, bamboleándose, apretado por mí. Marta se limitó a ir con la cabeza relativamente agachada mientras soltaba tímidos gemidos y miraba insegura alrededor de vez en cuando. Yo la alentaba dándole buenos apretones. Pronto habíamos llegado a mi portal.

La hice pasar, casi empujándola, con cariño pero con una urgencia no disimulada. Nos introdujimos en el ascensor, y tras pulsar el botón saqué todo su hermoso y enorme culo a relucir, mientras manoseaba una de sus tetas; la que tenía perforada con un piercing negro. Salimos de la estrecha estancia que constituía el ascensor y la planté frente a mi puerta, como si fuera una prisionera y acabara de reducirla. Con la mano que me quedaba, extraje las llaves de mi bolsillo -al tiempo que me daba unos toquecitos en la punta de mi rabo, que me hacía forma en los pantalones y, de lado, llegaba a abultar en el bolsillo. Todo para comprobar que estaba tan dura como a Marta le gustaba recibir su ración de falo-, y abrí la puerta. Una vez introduje a Marta al interior, pues ella apenas avanzó por sí misma, terminé de sacarle los pantalones, firmemente, imponiéndome.

–De rodillas –ordené con severidad.

–… Claro…

– ¿Sabes lo que vas a hacer?

–Sí…

–Dilo.

–Chupar polla.

–Exacto, Marta, cariño. Eres una comepollas y tienes que vaciarme los huevos. Empieza. No esperes, o tendré que follarte la boca.

Ella obedeció, aunque supe que la alternativa que le ofrecí también le resultaba tentadora.

Dejé que engullera mi miembro, muy tieso a estas alturas, venoso, palpitante. Cimbreaba en su boca, con sus lengüetazos apresurados. Llenaba aquel agujero como sólo podía hacerlo algo que encajase a la perfección. A los pocos segundos, saqué mi polla de su boca y golpeé varias veces las mejillas de Marta, a ambos lados. Después, asiéndola de la nuca y la cabeza, hice que restregase su cara por toda mi barra de carne. La volví a dejar mamar, después de apretarme la base y el tronco del pene para que ella lo sintiera a punto de explotar. Cuando empezaba a gemir con toda la forma de la verga en la cara, la puse en pie, sólo para arrojarla -con cuidado e incluso cierta precisión- a la pared más cercana y empezar a jodérmela allí mismo. La embestí, suave al principio, con todas mis fuerzas después. La pasión desgarradora con la que me introducía en su coño pronto hizo que la pared resultara limitadora e incómoda, por lo que la conduje a mi habitación, oscura y con decoración de colores fríos. Se me ocurrió que, dado que ya la había exhibido, podía terminar follándomela frente a la ventana abierta, de modo que su cara, extasiada por el placer, asomase a la calle desde aquel tercer piso. No opuso resistencia. Sólo cuando no podía controlar sus gemidos ni su expresión, pareció preocuparse por un momento, arguyendo:

– ¿Y si nos ve alguien?

–No nos verán a estas horas, Pero, dime… –conseguí decir entre jadeos–. Dime, ¿qué crees que pasará si nos ve alguien?

–Ahhh… Que… Que se… Tocarán. Y se pajearán, mirando cómo se la hincas a tu guarra.

–Eso es, Marta, zorrita mía. Eso es lo que harán. ¿Algún problema?

Ella no respondió. Se había perdido. Sus ojos estaban cerrados y su boca muy abierta no paraba de gemir.

-¿Algún problema? –repetí.

–N-no… No. Que nos vean. Que se pajeen si quieren.

–Y que derramen sus fluidos viéndote.

Sonreí. La había emputecido cuanto quería esa noche. Aunque quizás, todavía hiciera falta un poco más. Al cabo de largos minutos, salí de su coño y la arrodillé ante mí. Me corrí en toda la cara de Marta, tres chorros cargados de semen. Volví a levantarla y, aún con la cara cubierta de esperma, la abracé desde un lado, situándome a su derecha… Mientras dejaba que cualquiera que estuviera mirando, llegase a contemplar el resplandor blanquecino con el que las luces de ciudad bañaron la cara de Marta, ahora cubierta de mi semilla recién exprimida.

Y después, la besé tiernamente. Con amor. La noche aún no había llegado a su fin…

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