Las Puertas del Cielo


Arrodillado, el joven monje se guardaba para consigo la peor de sus confesiones, y sor Ada podía leerlo en las expresiones de su compañero, mas no comprender por qué había de guardarse secreto alguno, cuando ambos dos eran humanos, hijos de Dios, imperfectos, como él los creo, sucios, mas por ello perdonados en su arrepentimiento.




Bien era verdad que una confesión para con una monja era algo no sacramental; y mucho menos a una novicia; Pero este tipo de actos eran habituales entre compañeros, en especial entre los más jóvenes. Si bien confesarse con una mujer de Dios  no constituía su perdón, sí que te otorgaba en muchas ocasiones consuelo, paz interior, y, desde luego, una amiga. Sor Ada tenía, además, un especial encanto: Sabía escuchar, empatizar, comprender, y nada le sorprendía, pues los caminos de Dios... solo Dios debe entenderlos. El hombre ha de vivirlos acorde a las lecciones sagradas, la vida de Jesucristo, y consciente de su impulcritud mas obligado al arrepentimiento. ¿Qué puede ser, hermano Dorian, lo que tanto te aflige?


-Dorian, sé que has venido a contarme algo, algo que te duele, que te quema, y de lo que te encuentras arrepentido. Pero de tu boca no surgen palabras que den forma al demonio que ahora mismo empapa tu alma. ¿Qué sucede? ¿Ya no puedes contar conmigo?
-Ada... es algo complicado.
-Lo sé. Mas no te duele lo complicado de su naturaleza. Es saber que el demonio lo carga lo que está acabando con tu siempre férrea resistencia, ¿no es así?
-Hermana... tú y la sabiduría de tu mente preclara... En efecto, es algo maligno lo que entorpece mi rectitud a ojos del Señor. Me siento sucio, marcado; tal vez castigado. ·Estoy atravesando por el momento más difícil de mi vida y... me temo que nuestro dios no se posicionaría, si yo hoy muriera, de mi lado.
-¡...Dorian!! Estás blasfemiando y desvariando por igual, en la confusión más completa que nunca te ha asediado. ¡Deja que salga! Bien sabes que es Dios quien te ha llevado hasta mis brazos, y si ahora murieras, lo harías cumpliendo su voluntad, así que no dejes de hacerlo y confiésate conmigo, monje iniciado. De sobra sabes que soy yo, Ada...

Dorian sonrió. Era cierto. Era Ada.

-Júrame que no me odiarás por esto.
-Es el acto el que castiga al ser humano, pero jamás su palabra ni pensamiento, sólo por haber errado. Así lo dicen las escrituras... Y yo, que no soy sino una humilde ignorante, con honor y servidumbre las acato. Además, la amistad que nos une bastaría por sí sola para que nada excepto nuestra fe pudiera separarnos... Puedes contar conmigo, Dorian.
-Muchas gracias, hermana.

Lo que habría de escuchar la sierva de Dios habría, en verdad, de dejarla impresionada. Dorian, como muchos monjes jóvenes, se enfrentaba a la sexualidad y el poder que la misma ejerce sobre el hombre. Hasta aquí nada era extraño, formaba parte de la rutina de una catedral, por desgracia. Era parte del camino. Lo que hirió los oídos de monja de la pobre Ada fue conocer las cotas de desesperación que el pobre confesado alcanzaba...

-Se dice que entre las monjas este problema no es tan grave... pero nosotros, los monjes más jóvenes, lo pasamos realmente mal y... bueno... algunos...
-... algunos...?
-...algunos experimentan su sexualidad entre ellos, hermana.
-¡No!!
-Adita... tú no sabes lo que se sufre. No conoces nuestras noches de angustia, nuestra obsesión continua, nuestra distancia hacia lo correcto. Muchos opinan que pecar así les compensa a la hora de, en su rutina, ser mejores cristianos. Y si el Señor lo ha dispuesto así, ¿quienes somos nosotros para contrariarlo?
-No, Dorian, no hablas en serio...
-No lo he probado nunca, hermana. Pero no creo que pueda aguantar mucho más.

Así, el joven monje habló a la novicia de sus noches sin sueño, del escaso control de su mente sobre su cuerpo, y también de un tremendo dolor de testículos que era ya casi continuo. En verdad estás siendo castigado por algo maligno, pensó la monja. Y no creo que merezcas tal tormento.
Sor Ada preguntó por cómo podía ser que dos monjes practicasen el sexo, estando ambos dotados de pene, e imaginando las cosas más estrafalarias. Dorian tuvo que hablarle de las felaciones, de las que algo había escuchado ya Adita, sin imaginar que tal cosa pudiese darse dentro de su propia catedral. Acostumbraba a aguantar inquebrantable las confesiones más sinceras, pero, en aquel momento, quedó trastocada.

-Pero Dorian... te conozco ya bien. Jamás me has ocultado nada en tus confesiones, y sé que eres un hombre de fe. Si conoces el camino, ¿cómo dudas del trayecto? Bien sabes que sólo Dios puede salvarte del tormento que acoges, y no tus actos. No trates de engañarle. Acógele con fuerza. Si tan grande es la prueba, quizás estés siendo probado. Quizás tengas un destino importante que cumplir, y vayas a necesitar de esta fuerza para afrontarlo.
-Pero esto no es vida, Adita... Si Dios nos ama, por qué nos fustiga así? ¿Por qué nos condena a precipitarnos sobre pensamientos tan... antinatura?
-Recuerda que su propio hijo fue sacrificado, hermano. Nada hay más duro que eso.
-No dirías lo mismo si conocieses mis lunas...
-Deja... deja que recapacite, Dorian. Tu problema en verdad me ha sobresaltado. ¿Podrás aguantar hasta mañana?
-Es más de un día lo que a mí me queda hasta lo que tú llamas mañana, pero lo intentaré. Gracias por escucharme, dulce Ada...
-Que Dios te bendiga por tu arrojo de valor para contármelo, hermano.


Y así se despidieron, sin poder cambiar de tema. Llegaría la noche, y sor Ada, intrépida, se aventuraría en la oscuridad de la catedral para conocer mejor la situación que atravesaban sus hermanos. No le costó. Pasando puerta por puerta, alcanzó a escuchar unos gemidos, y se atrevió a mirar por el ojo de la cerradura que los albergaba. Lo que encontró, sin ser sorpresa, consiguió sorprenderle. Tal y como Dorian le había contado, un monje se encontraba de pie. Junto a él, otro hermano, arrodillado. Ada quedó impactada por los cuerpos de aquellos chicos, que ella ya conocía de la vida en la catedral, pero que no se había imaginado tan moldeados. Se preguntaba si se debería a los trabajos de agricultura que realizaban... o si se cuidaban para complacerse más en sus momentos de agravio. El monje que se encontraba erguido gemía de más que comprensible placer, pero Adita quedó sorprendida por la actitud del arrodillado: Aferrado a la polla de su compañero, chupaba como si la salvación le esperara al otro lado y... lo disfrutaba. Desde luego que lo disfrutaba, se recreaba en su mamada. ¿Qué clase de voluntad del demonio podía ser responsable de corrupción semejante? Condenar tu alma... ¿por chupar un pene? Hermano Néstor... ¿qué te aliena? ¿cuanto tiempo llevarás haciendo esto sin que nadie en la comunidad haya sospechado nada?

La situación empeoró aún más. Desde el otro lado de la puerta, Ada, la pulcra e inocente Ada, sintió como nunca había sentido una subida de temperatura, mientras un calambre repentino la obligaba a aferrarse en la puerta: Se estaba excitando. Le excitaba ver aquellos cuerpos de hombre, el placer del sujeto pasivo, y aún más el del que estaba mamando. Y sentía que no era la curiosidad o el ansia de conocer lo que le mantenía mirando. ¿Estaría haciendo algo incorrecto con aquella escapada nocturna? ¿Serían aquellos sentimientos de castigo?


Algo estaba claro. Aquellos monjes se avocaban a una eternidad de torturas en el infierno por, según Dorian, ser buenos cristianos. No era justo. Quizás fuese Dios quien la había conducido después de todo. Quizás fuese Ada quien estaba destinada a salvarlos...

Fue después hasta la habitación de Dorian; la luz estaba encendida, sobresaliendo por debajo de su puerta. ¿Cómo no preguntarse qué habría al otro lado? Ada no podía evitar temerse lo peor: Encontrar a Dorian aferrado a algún otro monje, en aquel pecaminoso acto antinatura. Pero por fortuna, no fue lo que vio. Lo que se encontró fue a un amigo, a un buen cristiano, sufriendo por cumplir la voluntad de Dios. Al Dorian de siempre.

Estaba desnudo. Nervioso y agitado, paseaba por su celda. Entre sus piernas, su miembro en erección reclamaba una mujer, que no un hombre, y quién sabe qué pensamientos recorrían su mente. Con expresión de dolor en su cara, se masajeaba los testículos. Estaba sufriendo. Lo pasaba realmente mal. Fue más que suficiente para que Ada dejase atrás su sobreimpresión para volver a ser la Ada de siempre: La monja que escuchaba, comprendía, asentía y normalizaba. La chica con el don de saber mirar con los ojos de Dios. O eso se decía...

Se decía que los monjes no podían realizar prácticas antinaturales; lo natural es obra del Señor, y es hermoso. Mas habían de pasar por el celibato... Porque eran monjes, y habían de entregarse a Dios. El resultado, aquella monstruosidad que la misma Ada estaba observando mientras Dorian, su amigo y hermano, la padecía. ¿Qué había de natural en aquello? ¿Por qué no era natural responder a tu cuerpo y sí que lo era dejar que el mismo te llevase al borde de la locura? ¿Había diseñado realmente el Creador una tortura así para los más fieles de sus súbditos? ¿No era más lógico imaginar que las escrituras...? Se acercaba a la herejía, pero ¿no podían haber sido las escrituras mal interpretadas?

"Toc, toc" sonó la puerta.

¿Sí? -respondió el monje, sobresaltado
"Soy yo" -sonó la cálida voz de Ada
¿Ada? Dame un segundo...
Sé que estás desnudo, Dorian, te acabo de observar por la cerradura. No importa. De verdad, puedes abrir la puerta.
Pero...
Ábreme, por favor. Te lo ruego.

Le abrí, inseguro. Temí que pudiera estar acompañada, pero no lo estaba. Me miró con inquietud, cerrando la puerta tras de sí, y buscando mis ojos en una actitud tan segura como indecisa. "Siéntate", me pidió. Encantado, mi preciosa Ada.

Era una belleza. Rubia, esbelta, caliente. A veces me costaba pasar los ratos que compartíamos. Es muy duro ver una escultura semejante y recordar que te condenaría el mero hecho de recordarla con lascivia. Pero la deseaba, desde luego que la deseaba. La deseaba como deseaba el cielo. Y quizás sentirme así me alejase de esta meta tanto como ya lo estaba de compartir lecho con ella. Pero... era mi vida, y tendría que intentarlo.

Ada miró hacia la puerta cerrada a sus espaldas, y se volvió hacia mí.

-Has de prometerme que jamás le contarás a nadie lo que esta noche va a pasarte, a pasarnos, ¿de acuerdo?
-Pero Ada, sabes que no puedo prometerte eso. El sacramento de la confesión...
-No vas a cometer ningún pecado, ¿vale? Será la voluntad de Dios lo que estás por experimentar. Lo que experimentaremos ambos -dijo pensando en los monjes que acababa de ver practicando sexo oral.
-Pero... Eres tú, Ada... ¿Qué te traes entre manos?

Y entonces, Ada... se quitó su ropa! Su ropa de convento! Dios, no, Ada, pretendes matarme? Había determinación en su cara. Quedó desnuda ante mí. Creía que jamás vería a una mujer desnuda...
Su cuerpo era el de la perfección, la musa que los artistas buscaban, la prueba de que, si Dios es la criatura más bella que existe, no podía ser el hombre quien fue creado a su imagen y semejanza.

-No pretenderás que... que compartamos cama, no? -le interrumpí sin muchas razones para hacerlo.
-No, Dorian. Quiero respetar el celibato de ambos. Al menos esta noche. Tengo mucho que pensar. Pero no pienso marcharme de aquí abandonándote a tu suerte con tus demonios.

-...y qué harás, entonces?

La novicia me sorprendió entonces poniendo cara de picantona...



Me sonrió. Me sentó en mi cama.

...y se arrodilló ante mi polla. Yo me derretí. Si aquella era la prueba definitiva que mis creencias me imponían, hacía tiempo que la había fallado. Si por contra fuera una recompensa por los malos ratos sufridos... si aquella era la forma en que el señor recomensaba... entonces me moría por conocer su recompensa eterna. Sufrir una eternidad entera bien se merecía aquella experiencia.

La agarró, mirándola, insegura. Era una monja, tenía prohibido dar aquel paso. Y sí, allí estaba, desnuda, ante mí. Ada la responsable, la buena cristiana, mirando hacia el falo que se planteaba saborear. Se santiguó, y verla haciendo eso desnuda me calentó muchísimo. Pequeña novicia...

-Ada, si tú decides dar este paso, será cristiano el hacerlo. Eres tú. Eres Ada. Por favor, chúpamela...

Diría que se planteó el echarse atrás. Pero no lo hizo. La engulló. Se metió el pene entre sus labios en un gesto de determinación, y comenzó a mamarlo. Y, no sé por qué, sabía cómo hacerlo.

-Ada!!! -grité. Dios! Aquello era increíble! Era mágico! Bajé mis manos hasta sus tetas, de cuyo hechizo no podía escapar.

-Por favor... deja en paz mis senos. Quier hacer esto lo más sencillo posible. -me dijo contrariada, como si le molestase que lo disfrutara. Pero no importaba.

La sensación era maravillosa. Su lengua se paseaba por mi pene, volviéndome loco. Adita, entre mis piernas, me la chupaba con dedicación. Me miró, cómplice. Como diciendo "lo que hacemos está bien". Desde luego que lo estaba.

Un picor recorrió toda mi polla diciéndome que necesitaba más velocidad en el vaivén de Ada. "Por favor, hazlo un poco más rápido" le rogué. Obediente, su ritmo aceleró. Aquello me disparó: "Ada, trata de hacer que sienta más tu lengua" "Dame más saliva, Adita..." "Trata de dejar que tus labios resbalen sin despegarlos"
Sumisa, Ada obedecía mis peticiones con precisión, volviéndome majareta. Jamás hubiera esperado sentir sensación alguna en mi pene. Jamás lo hubiese imaginado tan dulce. Jamás me hubiese planteado el celibato de haberlo experimentado primero. Y aquí estás, Ada, corrigiendo mis errores. Mi polla estaba tan húmeda por su saliva que sus labios se desenvolvían con total libertad, patinando, provocando en mí sensaciones increíbles. Le ponía empeño, dedicación.

Sentí como el primer orgasmo de mi vida me inundaba. Mis manos se arrojaron a por sus tetas, sin que en esta ocasión me lo impidiera. Sigue chupándomela, Adita... Ella estaba tan guapa... tan sexy... tan entregada... chúpamela joder, no sé por qué una monja sabe hacer mamadas, pero es colosal, increíble, pensaba y reproducía en voz alta. Me volvía tan loco ver cómo se aferraba como su lengua la lamía, cómo sus labios la besaban...

El calor estalló y yo, sin saber que iba a hacerlo, me corrí. Ninguno de los dos lo esperábamos. La primera corrida inundó su boca, tras lo que intentó apartarse; en vano, quedó cubierta de esperma. Se rió un poco. Daba la sensación... sí... lo has disfrutado, Ada?

El sexo con Karen

Karen... Cómo sabes hacerlo. Cómo sabes hacerme disfrutar...

Karen era la típica chica con la que desearías pero no esperarías acostarte. Guapa, pero no en exceso, sexy, pero no en exceso, y morbosa, esta vez sí en exceso, hasta límites insospechados. Una amiga, de esas que te alegran la noche con su compañía. No sé bien como explicarlo, es como si derrochase calor, comodidad, como si acostarse con ella fuese, simplemente, un cómodo placer del que no tienes por qué ocultarte. Sin embargo, también parecía una meta imposible. A sus 26 años, estaba prometida. Prometida con un buen amigo.



Fue el día de su cumpleaños. Fiesta privada y abarrotada en su casa. Borracha perdida como iba, se mostraba especialmente cariñosa. Abrazos, besos. Miradas. Muchas miradas. Al menos hacia mí. No sé si eran cosas mías, pero diría que siempre había existido una tensión sexual entre los dos, una complicidad por fraguar. Sólo en mi mente había conseguido poseerla, pero la había disfrutado a fondo, la había experimentado a placer. Era tan fácil imaginarse a Karen actuando para ti, para tú cuerpo, para tu sexo...

Imaginarla dedicándote una mamada resultaba tan... real... natural... caliente...

Pero lo peor de tomarte algo con tanta cercanía viene en los momentos en los que toca evidenciar que es exactamente lo contrario.

Yo había llegado tarde a la fiesta, y todavía no me había encontrado con ella, lo cual era un mal gesto por mi parte, ya que llevaba largo rato por allá. El alcohol también estaba haciendo efecto en mi cuerpo, yo empezaba a decir mis tonterías de borracho, cuando vi que marchaba hacia la cocina. Sin maliciosa intención, por supuesto, la seguí para encontrarme con ella.

-¡Hombre, Darien! ¡Cóooomo estáas! -tono de borrachera, cómo no, Karen
-¡Felicidades cumpleañera! -por supuesto, mi voz no era precisamente la de alguien sereno tampoco -¿Qué tal sienta eso de celebrar tu último cumpleaños de soltera?
-Pues como cada cumpleaños, llevo peor lo de ser más vieja! -me dijo riendo -Ven aquí hombre! Dame un par de besos!

Amistad. Me acerco a ella. Calor. El primer beso en la mejilla. Comodidad. Un beso de verdad, uno de los que se hacen con los labios, y no uno de esos «cara contra cara» tan difíciles de entender. El segundo beso; sin intención, se dirige demasiado cerca de la comisura de mis labios. Los míos, también sin yo pretenderlo, de verdad, se desvían lo justo para encontrarse con los suyos. Y, extraño, entonces, tacto. Tacto cálido, labio con labio. Humedad maravillosa. Una sacudida eléctrica recorre mi cuerpo entero. Aunque beso involuntario, un beso. Karen me mira a los ojos.

-¿Te ayudo a llevar algo? -interrumpo pretendiendo hacer que no ha pasado nada
-No, no, tranquilo hombre! -responde su boca en agradable posición forzada -puedo sola, pásatelo bien en mi fiesta eh?

Podéis imaginaros el resto de la noche. Conversaciones banales, situaciones cómicas que no te interesan nada, hombres ridiculizándose para tener compañía esa noche, y las ganas de acostarme con Karen brillando y renunciando a quedar relegadas. Guau!

No nos cruzamos en toda la noche. Nos vimos. Nos miramos. Ella de forma más descarada, supongo que más consciente de mis intenciones que yo de las suyas. La música bien alta, los bailes absurdos, y toda la incongruencia de una fiesta cuando no intentas disfrutarla.

El final de la velada me pilló por sorpresa en el baño. Consciente de que era hora de ir despejándose, aunque sin imaginar que la fiesta terminase tan rápido, había ido a lavarme un poco la cara con agua fría, componer mi imagen en el espejo y esas cosas. La comodidad de estar solo había alargado mi estancia en el cuarto. Pero era hora de salir, antes de dejar que tu ausencia quedase explicada mediante la imaginación de los borrachos invitados.

Cuando salí, la gente se estaba marchando. Karen los despedía.

-Darien, no te encontraba. Javi -su prometido -trabaja mañana, y siendo tan tarde, pues cuando se ha ido hemos decidido terminarlo. Nos vemos en la boda, ¿vale?
-¿Cómo, ya tan rápido? Ostras...
-Jaja, Darien, ni que tuvieras alergia a tu casa
-Jaja, no Karen no, es que aún voy algo bebido, y he traído el coche. Pero bueno, ya me meteré algún CD hasta que se me pase.
-Ya, vaya... Joe, tú también, con la de autobuses de noche que pasan por mi casa, tenías que venir en coche eh?
-Ya sabes Karen, me va fardar, ser independiente y esas cosas
-Sí, bueno, tranquilo

El último invitado terminó de salir (-felicidades Karen!-). Ella se fue a cerrar la puerta, y me miró otra vez con esos ojos de gata que tan mal se le daba contener.
El beso regresó a mi mente. A cada segundo lo imaginaba más increíble. En aquel momento, sentía que su lengua había explorado a la mía. Como si fuese poco haber besado sus labios...

-Anda Darien, no vayas al coche, ni que fuera a echarte de mi casa, descansa un rato en el sofá vale?

Me cogió de la mano y me llevó hasta su sofá. Karen, fantástica. No vaciló. No hubo excusas, ni tensión, ni miedo a nada. Quizás demasiado alcohol. Me sentó, me envolvió con sus rodillas, subiéndose encima mío, deslizó sus manos por mi cuello hasta enredarse en mi cabello, y dejó que nuestras bocas se acercasen hasta fundirse de nuevo. Sin errores. Sin disculpas. Karen, sobre mí, me comía la boca provocándome la sensación de haberla besado desde siempre mientras me llevaba a un placer que hacía tiempo no me daba un beso. Su calor me inundó, su boca me humedecía mientras acrecentaba mi sed, mi sed de sus labios, de su piel, de Karen...

Mis manos la envolvieron. Ella no se incomodó. Exploré la ropa que la envolvía. Su lengua entró entonces entre mis labios permitiéndome saborearla, sentirla, y jugar con ella. No había palabras. Las palabras sólo atienden a lógicas y razones. Aquello era un beso, sin más sentido que el de ser un beso, y las palabras nos hubieran impedido seguir sintiéndonos. Mis manos seguían haciendo su trabajo. Una camiseta, un sujetador, una minifalda, unas mallas y presumiblemente un tanga me separaban de su piel. La idea me calentó. No me hubiera atrevido a pedirle a aquella noche más de lo que me estaba dando, pero sólo imaginar a mi amiga dejándose follar por mí elevó mi temperatura, aceleró mi corazón, y le dio esperanzas a un pene que ya estaba en erección.
Karen envolvió mi cabeza con fuerza, y su boca se despegó de mi para empezar a jugar con mi cuello.

-Pero... Oh, Karen...
-Hmm... -gimió mientras me comía la oreja y me hacía temblar -dios, Darien, tenía muchas ganas de probarte...

Su lengua actuaba como si mi mente la manejase. Sin pudor, sin complejos, sólo recorriéndome.

Sin despegarse de mí, comenzó a levantarme mi camiseta. Parecía querer deshacerla, olvidarla, encontrarse a mi piel, y yo no dudé en quitármela. Se detuvo a mirar mi torso, y se lanzó de nuevo hacia mi cuello, esta vez cerca del hombro, dispuesta a dejarme un recuerdo, mientras sus manos parecían necesitar exprimir mi tórax. Mi mente, pese a seguir drogada en la saliva de mi amiga, consiguió hacer un par de cavilaciones. Pensé en Javi. Él tenía 38 años, que es una edad. Nunca había sido un chico de gimnasio. Tenía que ser un cuerpo bastante ordinario el que le servía a Karen en sus noches de calor. Yo tenía tan sólo 23, y adoraba el deporte. Me alegré de poder servirle a esa chica un plato que no acostumbraba a comer.

Pensar en aquello me llevó un paso más allá. Mi amiga había comenzado a desnudarme sin pudor, y me estaba besando de forma desesperada. El paso estaba dado. Estaba hecho. Iba a follármela. Mi pene luchó entonces por romper mi cremallera, asegurándose de que el cuerpo de mujer de Karen lo notara. Su lengua volvió a producirme un calambre y a separarme de mi cerebro. Dios, nena...

Su boca bajó hacia mi tórax comenzando a darle pequeños besos que contrataban con la brutalidad con que sus suaves manos me recorrían. Yo me cansé de su camiseta, y empecé a levantársela. Se rió un poco y se la quitó ella misma, sin sensualidad, sin pudores, como si no estuviese dándome paso a una de las pocas sensaciones que hacen que la vida merezca la pena. Y así, mis manos, aunque aún impelidas por su sujetador, conocieron sus voluminosas tetas.

Sus ojos buscaron los míos en una mirada burlona que parecía decir «tan sólo son dos tetas». Los míos le respondieron con admiración y deleite, sin poder esconder lo que esos pechos provocaban en mí. Subió su boca de nuevo hasta la mía. Cuando nuestros labios volvieron a juntarse, tuve la sensación de que llevaba mil años separado de ellos, y mi boca no hubiese tenido sentido hasta entonces. Beber de Karen era tan, tan caliente...

Sus manos envolvieron mi pelo, y su cuerpo se alzó mientras conducía mi cabeza hacia su escote, hundiéndome entre aquellos senos tan sensuales. El sujetador alzaba esas tremendas tetas otorgando a la vista la sensación de un manjar que mi boca no quiso quedar sin probar, lanzándose contra ellas mientras mi amiga, provocativa, alzaba la cabeza cerrando los ojos con la boca entreabierta en pose de concentración. Cuando llevó sus manos hacia su espalda y desabrochó su sujetador, terminó de derretirme. Sentí mi cuerpo arder. Era sencillamente increíble. Así, el sujetador se deslizó cayendo entre nuestros cuerpos y sus maravillosas, preciosas, esculturales tetas quedaron completamente a mi placer. Me lancé hacia ellas, casi con desesperación. Las tetas de Karen, estaba besando las tetas de Karen, y apenas me lo podía creer. Si hubiera podido, hubiera pensado en Javi. Pero las manos de mi amiga apretaban mi cabeza contra su cuerpo, casi obligándome a dejar invadir mi lengua por sus pezones que se alteraban y sabían a ángel. No, a ángel no. Sabían a sexo. A mujer, a persona. A un sabor que el placer debería llevar por costumbre. No sé por qué no todos los pechos saben como este, pero sé que deberían hacerlo. Me encantaba pasar la lengua por su carne, adoraba lamerla, besarla, mientras mis brazos le impedían despegarse.

Agarró mi cabeza para volver a besarme. Maldije no poder besar todo su cuerpo a un mismo tiempo. Maldije cada centímetro de ella que pasaba un segundo sin recorrer. Me abrazó fuerte, juntando nuestros cuerpos. Y comenzó a quitarse la ropa que aún le quedaba, como si no importara. La minifalda. Las mallas... Ver cómo se deslizaban aquellas mallas entre sus muslos desnudos parecía la expresión misma de la seducción, hasta el punto que quise quitárselas yo con mis propias manos. Por nada del mundo me iba a perder ese momento de exploración de sus suaves piernas. Volvió a untar sus pechos en mi boca.

-Darien, dios mío, no sabes las ganas que tenía de ti -soltó sin rubor
-Ni tú tampoco Karen. Joder, me he imaginado tantas veces tu cuerpo... Tu cuerpo caliente...
-Sí? Me imagino que me imaginabas con unas tetas más turgentes
-No podía imaginar su tacto, ni su sabor, ni tampoco el de tu lengua lengua, y maldigo la desgracia que así me condenaba -respondí caliente

Nuestros cuerpos se acariciaron, rozándose, sintiéndose. La sentía tan suave, tan cómoda, tan... tan cercana a mis divagaciones...

-Ya, así que tu cabezita me ha obligado a hacerte cosas guarras, eh nene? -dijo lasciva. Karen, borracha...
-No -me defendí -En mi mente tan sólo hacías lo que deseabas, Karen.

Me volvió a besar

-Joder, Darien -dijo -joder... te deseo... dios, te deseo mucho...

Tanta saliva iba a acabar conmigo. Y tanto calor, también. Allí, en el sofá de la casa de Karen, ella, desnuda, me estaba metiendo la lengua tanto como podía mientras su cuerpo, morboso, insistía en no despegarse de mí mientras se movía, tocándome, acariciándome y rozándose.

Volvió a dejar que su boca bajara, para volver a sus pequeños besitos en el torso... Dejó que sus piernas bajaran del sofá, quedando arrodillada en el suelo, y se puso entre las mías mientras con sus manos atacó la cremallera que mantenía a mis vaqueros en su sitio... Por supuesto, la imagen de aquella amiga comiéndome la polla inundó enseguida mi cabeza, y omnubilado dejé de poder pensar en otra cosa...

Hábiles manos, enseguida bajaron mis pantalones hasta mis muslos y se lanzaron hasta el calzoncillo. Despegó sus labios de mi cuerpo. Bajó la goma de mi ropa interior y allí apareció, luchando por conocerla, el pene que sólo la conocía por mi cabeza. Sus manos lo agarraron. Joder, Karen. Lo haces tan placentero... y a la vez tan natural...

Su cara se acercó hasta él. Lo miraba. Lo masturbaba. Me miraba a mí con cara de lascivia. También de chica haciéndose la tonta. Algo de actuación en tu simplicidad, Karen. Algo de actuación que te convierte, si cabe, en una experiencia aún más caliente.

-Así que en tu mente... -dijo muy sexy con la boca pequeña, haciéndose la despistada -en mi mente deseaba comértela... no Darien? Porque no te veo capaz de impedir que tu imaginación me haya conducido, quien sabe cuantas veces -sonrió soltando una pequeña risa -hasta tu bonita amiga...
-Kaaaren... -conseguí susurrar, abandonándome.

Se acercó. Le dio un besito en el glande. Juraría que sentí un leve contacto su lengua. Me estaba volviendo loco.

-Así que mi amiguito, que tantas veces se ha hecho el tonto, ha practicado en su mente el juego de agarrar mi cabecita y conducirla entre sus piernas... -en cuanto lo dijo ardí en deseos de reproducir sus palabras, pero algo me lo impidió. Aquél era su juego -y yo, por supuesto, me moría por hacerte una mamada...
-Kaaaren... -repetí en lo que sonaba a ruego
-Si, Darien? -respondió con sus ojos de tonta
-Dios, Karen...

Me liberó por completo de pantalones y calzoncillos, y volvió a quedar arrodillada, desnuda, entre mis piernas, mientras sus manos me acariciaban masturbándome, con su boca a centímetros de saciarme, y sus ojos clavados en la expresión de mi cara. Continuamente me parecía que se decidía. Que me hacía esa mamada con la que desde luego que tantas veces me había ensoñado. Pero no lo hacía. Seguía desafiando a mi polla, y mirándome...

-Karen... -volví a susurrar
-Si Darien? -reprodujo ella de nuevo, esta vez con ojos atrevidos...

Una de mis manos envolvió su cara alcanzó su pelo. La otra la imitó.

-Darien... -dijo en tono de rendida -me muero comértela...

Apliqué un poco de fuerza para llevar su cabeza hasta mi polla...

-Chúpamela, Karen...

Su mano aún seguía masturbándome. Hizo un gesto de satisfacción, mientras yo guiaba su boca hasta mi glande, y ella empezó a darle pequeños, calientes besitos...

-Joder, Karen...

Seguí empujando su cabeza, despacio. Mi pene atravesó la comisura de sus labios, que seguían haciendo un movimiento similar a besarme... y conseguí encontrar su lenga, que se empezó a mover para mí... Oh, sí...

Mi amiga estaba consiguiendo hacerme consciente del momento. De cada segundo de ese momento. Del momento en el que su boca lamía mi pene...

Seguí empujando, dejando que su lengua fuese deslizándose... Oh, dios, joder...

-Oh, Karen!! -grité

Entonces separó un poco la cabeza y me dijo:
-Acaso en tu mente no te daba algo así?

Y comenzó a chupármela. A metérsela en la boca y bombear, con su mano masturbando la base de mi pene.

-Dios! Karen!! Dios!!!

Glup, sonaba su saliva. Me concentré en sentir su boca. Quiero sentir como se mueve tu lengua. Quiero sentir el roce de tus labios. Quiero conocer hasta el último milímetro. Y disfrutarlo, Karen.

Bombeaba, allí, arrodillada ante mí y besando, lamiendo y comiéndose mi pene, con todo su cuerpo desnudo y mis manos acariciando su cabeza. Sus brazos me envolvieron, para empezar a acariciarme, a acariciar mis abdominales, a sobarme el culo...

-Cariño -me dijo, caliente y autoritaria -vas a follarme
-Desde luego que voy a hacerlo, Karen

No dejaba de llamarla por su nombre, como si necesitase hacerlo para adquirir la consciencia de que aquel momento era real, y de que todo estaba sucediendo. Karen.

Me levanté del sofá. Ella se aferró a mi culo y volvió a chupármela.
-Oh dios! -grité al tiempo que la agarraba. La tiré sobre el sofá. Abrí sus piernas. Quité su tanga mientras la excitación me envolvía y metí mi cabeza entre mis muslos para proceder a compensar su mamada.

-Oh dios mío -dijo ella en tono de diversión

Le lamí su vagina, y aproveché para dejar que mis manos terminasen de conocer su cuerpo. Sus piernas, su culo, sus caderas, sus tetas, Karen gemía.

-Oh dios, síiii!!!

La agarré por las nalgas, y me alcé. La besé en el beso más paciente que podía otorgarle, y me separé para admirarla por última vez. Estaba allí, medio sentada y recostada sobre su sofá, con sus preciosos pechos desnudos ante mis ojos y a disposición de mis manos, con sus cálidas piernas abiertas y envolviéndome, con su vagina pidiéndome ser violada y con sus ojos rogando que me la follase.

-Oh, nena...

No pude esperar más. Era el momento. La empujé cuanto pude contra el sofá. Pegué mi cuerpo contra el suyo mientras sus manos se aferraban a mi espalda y las mías sujetaban sus piernas.

-Rooober... -gimió siendo esta vez ella la que no aguantaba

Puse mi pene a la entrada de su vagina, sentí su calor, el calor de su cuerpo, su calor de mujer, su tacto, su sabor su todo.

-Dios, Karen...

Y la penetré hasta el límite.

-Oh sí Darien! Oh dios Darien! Ohhhh!

«Eres tan caliente, amiga mía. Tan excitante. Te estoy disfrutando tanto...» pensaba mientras el sexo comenzaba y me rendía a aquel placer. Su lengua atacó mi boca.

-Karen... -le susurré --no sabes como me pone estar follándote...
-Oh -dijo ella elevando la cara, cerrando los ojos y dejando mi boca en su cuello -pues sigue follándome joder, sigue follándome...

Las embestidas cobraron fuerza, y la tumbé sobre el sofá para seguir follándola. Sus manos empezaron a acariciar mis brazos, como si le excitaran... El calor nos envolvía, nos subyugaba, aquella casa ardía, y comenzábamos a sudar.

-Dios, preciosa, sentirte aprisionada bajo mis brazos y desnuda...

Sus ojos estaban cerrados, también su boca, y estaba muy, muy sexy.

-Jamás te había visto tan guapa...

Sus manos agarraron mi trasero, como tratando de meter más mi pene.

-Oh dios... -gimió -fóllame, Darien!!
-Te estoy follando, Karen...
-Sí, sí, me estás follando, me estás follando!!! --gritó

Me miró, me dio un pequeño beso y me empujó, invitándome a levantarme. Así, ella hizo lo mismo y me empujó sobre el sofá, colocándose encima mío..

-Ooohhh... -dije derritiéndome -Kaaaren...

Con sus piernas abrazandome, ahora era ella la que me follaba a mí, sin permitir que nuestros cuerpos se despegaran, cerrando los ojos, y mirando hacia el tejado. Noté que cada vez le gustaba más, le excitaba más, mientras su rostro adquiría unas expresiones tan morbosas que me daban ganas de follármela, como si no estuviese haciéndolo, de llevarme al límite

-Ooohhh Darien, Ohhh...-
-Dios, eres tan sexy...-
-Sí, soy sexy... fóllame Darien... sigue metiéndomela...

Todo era tan cálido, tan increible... Sus tetas, redondas, suaves, bailaban frente a mi cara, y me lancé a por ellas. Una de las manos de Karen se aferró a mi pelo de inmediato..

-Sí Darien... Oh sí... Sí Darien... Sigue... Sigue... Sigue por dios, sigue...-

La sensación de no estar follándola del todo regresó a mi cabeza. Era la posición, que lo impedía. Y yo, calentándome por sus gemidos, derritiéndome con sus caras de placer y sus tetas envolviéndome, necesité darle más duro, necesitaba follarla más, necesitaba llegar hasta el límite...

Sin pensarlo, sin pretenderlo, mis brazos se posicionaron bajo sus piernas y la levantaron junto a mí haciendo todo lo posible por seguir metiéndosela. Mi polla se introdujo hasta el fondo mientras la satisfacción me invadía. Ahora sí que te estoy follando, nena.

-Oh dios!!!!!!- empezó a gritar descontrolada -Oh dios, sigue!!! Sigue!!!-

La pared estaba cerca, y la apoyé contra ella. Sus manos me envolvieron, sus uñas se clavaron, su cara seguía en aquella sexy mirada al cielo, y mi pene entraba por completo, calentándome.

-Dios!!!!!- gritó -Dios, dios, dioooos!!! Rooober...-

Su cuerpo ardía, sus pechos sudaban, ella estaba calentísima, y mi orgasmo comenzó a acercarse, descontrolándome del todo y follándome a aquella chica como si el fin del mundo nos atacara.

-Karen!- grité -me voy a correr, me voy a correr!!-
-Oh dios sí!!!- gimió -dios, córrete Darien, córrete!!-
-Dios Karen...- jadeé -no llevo puesto el condón...!!-
-Tomo la pastilla, nene- respondió decidida -vas a follarme ahora mismo y te vas a correr- lamió mi oreja -te vas a correr!!-

Jamás lo había hecho. Jamás había eyaculado dentro de nadie. Y hacerlo dentro de Karen hizo que el morbo me invadiera.

Siéntela, Darien... Siéntela por última vez... Siente su piel, resbalando en la tuya, siente sus tetas contra tí, siente a Karen desnuda y practicando contigo el sexo más increíble que jamás hayas sentido...

Sentí pequeñas convulsiones en la entrepierna de mi amante. Estaba llegando al orgasmo. Pequeñas lagrimas salieron de su rostro, y una sonrisa inundaba su cara...

-Si Darien sí...- dijo en un tono que sonaba a un mismo tiempo a triunfo y a rendición, a risa y a llanto, a placer y condena...

Mi orgasmo también estaba descontrolado. La pegué del todo contra la pared. Sus manos se aferraron a mí. Se la metí de una forma salvaje, levantándola a cada embestida. Y las embestidas cobraron fuerza mientras el semen era eyaculado en el cuerpo de la chica más caliente que haya existido nunca...

-Oh, dios...- dijo ella en tono calmado, satisfecho. Las mujeres así me hacían sentir genial. Caímos sentados sobre el suelo, de espaldas a la pared

-Ha sido increíble, Karen...- le dije mientras la calma invadía mi cuerpo
-Ya lo creo...- dijo ella cerrando de nuevo los ojos y volviéndose aún más sexy que en el mejor de mis sueños.

Entonces me miró. Agarró mi cabeza. Me besó. Me levantó. Me llevó hasta el sofá, empujándome contra él de nuevo. Caí sentado, perplejo, y miré su cara. Sus ojos ardían de nuevo. Se arrodillo entre mis piernas, otra vez.

-Karen, qué... qué estas haciendo?-
-Darte más sensaciones con que deleitarte cuando me recuerdes cielo...-

Directa, sin contemplaciones, se metió mi pene, aún flacido, en la boca, y su lengua comenzó a lamerlo.

-Ya me la has chupado antes, Karen...- le rebatí. No quería explotarla más de lo que ya lo había hecho... y estaba más que saciado...

-Una mamada es una mamada, lo siento- me dijo ella, bastante seria. -Tienes que correrte. Tienes que conocer la sensación de correrte en mi boca, cielo... estoy seguro de que le darás buen uso...-

Dios. Mi pene dio muestras de respuesta, recuperando la erección perdida en la boca de Karen, que me la estaba lamiendo. Cómo me pones, zorra...

Y así empezó a chupármela. A chupármela como sólo ella sabía hacerlo. A tragarla, besarla, devorarla, masturbarla entre sus labios, tan calientes y húmedos. Se alzó un poco, y aprisionó mi pene entre sus tetas para masturbarme con ellas...

-Joder Karen. Joder!-
-Te gusta, cariño?- me dijo sonriendo
-Tú me gustas, Karen, tú me gustas!-

Volvió a lamérmela. Javi, eres un capullo afortunado. Aunque las ganas de polla que tenía esta chica... quizás contigo no sea tan placentera. El sexo con Karen es el sexo de verdad. Es sexo auténtico. Y su calor, su calor es el cielo.

-Cariño...- me susurró -quieres correrte en mi boca, o orefieres hacerlo entre mis tetas?-

Cómo puedes ser así, Karen. Como puedes poner tanto a un hombre? Cómo has hecho para meterte en mi cabeza...?

-Oh...- gemí -me gustaría... me gustaría comenzar a correrme entre tus tetas... y terminar en tu boca, Karen...-

Exigir era excesivo por mi parte, pero no sé, era Karen, no era mi novia, y quién sabe si volvería a tener la ocasión de hacerlo...

-Me parece una gran elección, caballero... -dijo sonriendo

Así, sus tetas envolvieron su polla de nuevo dejándome sentirlas, suaves, aterciopeladas, calientes, excitantes, morbosas. Pero aún más que su masturbación lo que me estaba poniendo era verla. Verla a ella, allí, ante mí, dedicándose a mí, a mi polla, a mi placer, agarrando sus tetas y actuando con su cara para poner poses sexys...

-Cierra los ojos Karen... -hazlo, por favor... -entrecierra la boca, mira hacia arriba, y pon esas caras tan morbosas que ponías cuando te acercabas al orgasmo...-

Ellá me sonrió, el juego tle divertía, y reprodujo mi descripción con total fidelidad. Sus tetas seguían masturbando mi polla, arriba y abajo, increíbles. La expresión de su cara, ahora que estaba puesta a voluntad y con la intención de excitarme, era condenadamente caliente, mejor incluso que las no fingidas. Y para colmo, pequeños gemidos salieron de su boca.

-Oh... mmm...-

Mi cadera se agitó. No pude evitar mover violentamente mi polla entre sus senos.

-Sí Karen, sí!!!!!-

Sacó su lengua humedeciendo sus labios...

-Sí joder, síiiii!!!! Me corro, Karen, me corro!!!-

Y llegó. Una embestida de esperma salió sobre mi amiga cubriéndola, y ella se lanzó corriendo a comérmela para que yo terminase de eyacular en una deliciosa mamada...

-Joder Karen... Eres tan... perfecta...-
-Un gran regalo, eh Darien?-
-Jaja, sí, una pena que fuese tu cumpleaños y no el mío, verdad?-
-Bueno... -respondió vacilante -si yo lo estaba deseando...- rio

Cuando me despidió, yo me había puesto mi ropa, y ella se había vestido con un pijama holgado. «Natural», pensé.

-Nos vemos en la boda, Darien-
-Pues hasta la boda, entonces- respondí resignado

Abrí la puerta. Ella vino corriendo hacia mí, y me dio un último caliente beso de despedida... Respondí con ansia. Otra vez igual, parecía que llevase siglos sin besarla...

-Hasta luego, Darien- me dijo ya decidida
-Hasta pronto en mis sueños -fue mi respuesta...

Y marché a casa. Apenas había conocido la sensación de vida hasta ese momento. Apenas la he vuelto a sentir desde entonces.