Sexo con mi psicologa: sesión 1

El día después de mi cumpleaños número 17 (un domingo), que supuestamente tenía la casa sola, decidí invitar a una “amiga” a celebrar mi nacimiento con una botella de vino, en una cita más íntima. La verdad es que entre los dos existía una atracción muy erótica, y pensé sacar provecho de eso.

Elli (mi amiga) llegó a casa vestida de una forma poco provocativa, tenía puesto un overol ancho de tela jean, unas zapatillas y una camiseta blanca pegada a su delgado y sensual cuerpo. Tan pronto llegó y abrimos la botella, no pude evitar hacerle una serie de comentarios sobre sus grandes ojos marrones, le hablaba sobre lo hermosa que era y cuánto deseaba ser su novio, es decir, me declaré como lo hubiese hecho un niño.

Elli tenía en ese entonces mi edad, un pelo abultado, azabache y muy rizado que llegaba hasta sus hombros, su piel demasiado pálida se ajustaba perfectamente a su delgado rostro alargado y alegre. A su edad, su mirada (algo achinada) expulsaba una sensualidad que buscaba florecer, así que no me pude resistir besar sus delgados y alargados labios rosas, acaricié su rostro con mis manos toscas y grandes, tumbándome sobre ella suavecito, besándola torpemente comencé a acariciar sus recientemente y muy poco expandidas caderas sobre la ropa, me temblaba el cuerpo y sentía que lo estaba haciendo mal hasta que ella gimió y me mordió el cuello apenas me descuidé. De pronto estaba yo desabrochando su overol por adelante y ya nos habíamos acabado el vino, y toqué por encima de su camiseta blanca sus dos pequeños pechos como dos medias manzanas que buscan separarse la una de la otra se me presentaban, luego, al sentirlas entre mis dedos perdí el control de mi pensamiento. El sentido de la palabra “carne” había adquirido otro rumbo para mí; masajeaba sus pequeños pechos con fuerza mientras ella buscaba desesperadamente quitarme el pantalón, gemía con fuerza cuando la yema de mis pulgares se metían sin discreción en medio de los pechos y empujaban sus pezones contra su propia existencia. Todo parecía perfecto, a pesar de que ya no era virgen, porque mi prima me había hecho el favor hacía algún tiempo, esta experiencia se presentaba tan nueva para mí, era como empezar de nuevo y con la mujer que quería para ser mi novia, pero mi madre entró justo cuando Elli sostenía mi pene erecto en su mano apretándolo con mucha fuerza.

-¡Por dios mi hijo fornicando en mi propia casa!-, dijo mi mamá agarrándose la boca y a punto de tener ese ataque de pánico/rabia/indignación que tienen los papás cuando nos descubren con las manos en la masa o haciendo algo “muy malo”. Fiel seguidora de sus dos religiones: el adventismo y el psicoanálisis, se puso a maldecir a Elli “condenándola” a todos los círculos del infierno, le dijo “ramera” y casi se le sale el calificativo “puta”, luego recobró el decoro, me dio una bofetada y echó a mi amiga de la casa para llevarme inmediatamente adonde nuestro pastor local.

-Hijo, ¿qué te lleva a desear tener relaciones sexuales fuera del matrimonio?-, me preguntó enfrente de mi madre como si ambos ignoraran el placer que conlleva lo mismo, creyendo que yo, en mi enojo y frustración le iba a dirigir la palabra siguió tratando de descubrir una verdad simple: me gustaba coger. Pasamos dos horas así, intercambiando miradas incomodas, en silencio yo, mi madre llorando como víctima, y el pastor con cara de no saber cómo tratar con el tema. -Mira, si no quieres hablar conmigo está bien, podemos pedirle a otro hermano de la congregación…- intentó abordarme el pastor, pero yo solo dije,  -déjeme en paz, usted no sabe nada- en tono muy desafiante, a lo que mi madre respondió con otra bofetada y más llanto.

-¿Y si tratamos con un psicólogo?-, sugirió mi madre al borde de perder la compostura por mi constante mirada desafiante ante ella y el pastor. El religioso no se opuso y me despidió de su oficina sin antes recordarme que la fornicación me llevaría al infierno.

Sexo con mi psicologa, la mejor terapia

La cita con la psicoanalista de mi mamá, la doctora Jimena, se programó para dos días después. Primero entramos los dos (yo casi a rastras) al elegante consultorio, nos sentamos y mi madre comenzó:

-Este niño está fuera de control, primero las bajas notas, luego las peleas y ahora fornica en ¡mi casa!, desde que me separé siento que ya no puedo controlarlo…doctora ayúdeme…-, se puso a llorar.

-Por favor Esther, déjeme a solas con él, usted está muy alterada-, increíblemente obedeció, mi madre una mujer tan necia y tan mal arrebatada se paró, se fue al estacionamiento a encerrarse a seguir llorando y maldiciendo en su auto.

La doctora, en ese entonces, lucía como una señora de 40 aproximadamente, un poco gordita (se le veía una llanta pequeña a través de la blusa), con un pecho de copa B muy junto y levantado por el bra, pero bien cubierto por la blusa, poseía unas caderas amplias que terminaban en sus gruesos muslos cruzados uno sobre otro. Ese día llevaba ropa de oficina, muy elegante y pegada a su cuerpazo. Se levantó de su sillón y yo no pude evitar sentirme inquieto al ver en su faldita que embutía, un culito en forma de corazón invertido (tan bien cuidado por el gym seguramente). Instantáneamente me entró una excitación tan poderosa como la que me produjo Elli hace un tiempo, me senté (ya me había recostado en el diván), y también crucé la pierna para que no noté mi erección a través de mi ropa deportiva, que lo único que hacía era remarcar el bulto en medio de mis piernas.

-Toma, quiero que dibujes a tu madre mientras me cuentas lo que pasó-, me dijo extendiéndome un tablero pequeño de plástico, un lapicero y unas cuantas hojas en blanco.

-Mire, lo que pasó fue que me agarró haciéndole el amor a la que iba a ser mi chica (yo había dibujado un humano simple con falda, tal como la haría un niño), y luego se puso histérica, quiere que todo mundo me hable de sexo y de lo irresponsable que soy, que me voy al infierno, que soy el peor hijo de todos…-, ya había dejado el tablero a un lado y me esforzaba por no dejarle ver mi erección a la doctora, era que ella se movía de un lado al otro y mordisqueaba la punta de su bolígrafo mientras ponía especial atención a mis palabras sin anotar nada. Luego calle y me dediqué a observar su hermoso pecho bien levantado y amenazante, su caderas me provocaban de una forma intensa, sentía que podía saltar cualquier momento sobre ella para hacerla mía, su cabellera rubia (teñida) estaba un poco desaliñada, pero se veía tan sexy. Muy en el fondo creo que esa era la razón por la que no atendía pacientes hombres, porque ya había tenido cierto problema antes y tuvo que pelear su licencia en un juicio ante el colegio de profesionales, sin embargo me había aceptado como su paciente por la súplicas de mi madre y talvés porque veía en mi un niño más.

-¿Qué es hacer el amor?-, me preguntó tajante.

-Ya sabe…-, le dije blanco, -Es…-

-Cómo dices que le hacías el amor a tu novia, si ni siquiera sabes qué es eso-

-¡Yo si sé lo que es hacer el amor!-, le respondí enojado.

-Bueno entonces explícamelo-.

En ese momento no sé que me pasó, cerré los ojos y comencé a describirle lo mismo que sentí cuando Elli comenzó a apretarme el pene y cuando mi prima dirigió ese mismo miembro a su vagina, -es algo que no se puede describir…- sin darme cuenta a abrír las piernas y le deje ver todo sin ninguna vergüenza, comencé a mover la cadera suavemente como bailando conmigo mismo, luego continúe hablándole -es llegar a ese momento tan intenso que te olvidas de todo, que no le tienes miedo a nada…te consume el placer, las ganas de “besarte y morderte”-, movía la cadera con más intensidad si haber siquiera entendido que le hice una propuesta, con los ojos cerrados me dejé llevar no sé por qué fuerza, -es entregarte a lo ani…-, luego me callé cuando un pie se puso encima de mi entrepierna y frotaba mi pene de arriba abajo.

-Sigue, no te detengas, dime cómo quieres morderme-, me dijo mientras se soltaba el cabello y me masajeaba. Yo seguía moviendo mi cadera y sin entenderlo tomé su tobillo, lo levanté y me dediqué a besarla por encima del nylon, llegué hasta su falda y le clavé mi mirada desafiante, ella solo supo levantarse la falda y entre abrir la boca.

Comenzó a gemir ruidosamente cuando mis manos agarraron su entrepierna y la apretaba, era un consultorio privado y aislado de todo ruido, las ventanas eran reflectantes, es decir se podía ver lo que pasaba fuera, pero no se podía ver lo que pasaba adentro. Comencé a masajearle la entrepierna con las palmas abiertas y con los pulgares sobre su vulva masajeaba sus labios vaginales, estaba tan excitado que solo trataba de hacer lo que me enseñó mi prima aquel verano en la playa, su mojado sexo comenzaba a ceder mientras ella mordía el bolígrafo con intensidad.

Su ropa interior de viejita se deslizó abajo, no le quité las media nylon porque se veían demasiado sexis, luego puse mi boca sobre su pelvis y comencé a besarla por todo lado hasta que me encontré con la parte más de arriba de su vulva, respire profundo antes de entrar ahí, tan potente era el olor que no supe cuando tenía ese espectacular culo en mis manos apretándolo con fuerza y mi cabeza se había girado para besarle apasionadamente (pero lento) sus labios vaginales (los exteriores). Mi boca movía sus gruesos pedazos de piel entre mis labios, y mi lengua se adentraba de vez en cuando, en medio de su sexo apretándola con la punta, luego impulsé mi cabeza hasta el fondo y comencé chupar como un bebe, distintos espacio de alrededor de su vulva. Ella estaba en otra dimensión y yo había comenzado a descubrir algo que ni siquiera mi prima o Elli podían generar en mí.

Luego metí dos de mi dedos en su vagina y comencé a moverlos de lado a lado suavecito mientras besaba sus muslos, mi dedo pulgar escarbaba vagamente entre sus labios vaginales interiores. La doctora me miro y entonces supe que debía hacer algo que la desatara, saqué mis dedos y me los llevé a la boca, los chupe con ganas mirándola a los ojos, ella solo supo lanzarme una mueca rara y decirme -tómame carajo- en un tono nacido con fuerza pero ahogado por el placer. Me levanté, me quité toda la ropa de abajo y le dejé ver mi pene, que es esencialmente largo y recto, gordo en la mitad y un poco pequeño en la punta. Ella abrió la piernas excitadísima, me dijo -ya no aguanto más…ven- ahogándose en su voz, yo puse sus piernas en mis hombros, le quité a la fuerza la blusa, ella me detuvo un poco, tomo el teléfono, llamó a su recepcionista, le pidió que cancele sus próximas dos citas y que le diga a mi madre que mi test se alargó un poco, que puede venirme  recogerme en una hora.

Luego me miró, me tomó del rostro y me comenzó a besar como ninguna otra mujer me había besado hasta ese entonces, apretó sus labios en mi labios, me mordió con fuerza mientras yo ya había metido la mitad de mi sexo en su interior, me jaló más le labio inferior y empujé con todo para finalizar el beso en un grito de ella en mi boca. En ese momento había agradecido todas las sesiones de masturbación previa a esto que me di pensando en Elli, sino hubiese terminado hace ya mucho rato. Luego comencé a embestirla con suavidad, sacaba mi pene de su vagina hasta la mitad y luego la embestía con fuerza para quedarme pegado a ella y moverme de arriba abajo empujando mi cadera con toda la fuerza que me permitía mi cuerpo.

La doctora gemía y gemía, movía la cadera como incitándome a que yo me tumbara contra ella y se lo diera con toda la rapidez posible, la levanté del culo (siempre he sido muy fuerte) y la tumbe sobre el diván (estábamos en su incomodo asiento), abrió las piernas para mí y me dijo -qué esperas papi-, más como un reclamo que como una pregunta. Me semi tumbe sobre ella, me rodeó  con sus piernas y me pego a ella, yo dirigí la punta de mi pene por medio de sus labios vaginales empujando duro para ver esa carita de golosa reprimida se retorcía mientras me pedía que la penetrara “ya”. Mis caderas comenzaron a moverse rápido y esta vez tomando sus pechos entre mis dedos desde abajo, apreté sus pezones con mucha intensidad entre los mismos, ella respondió en un alarido intenso, comenzó a retorcerse al tiempo que yo me aseguraba de rozar toda mi pelvis en su pelvis mientras la penetraba.

El intercambio de gemidos de boca a boca se dio cuando me tumbé sobre mi terapeuta y la besaba torpemente, para ser sinceros ella tampoco estaba en sus cabales así que me besaba desesperadamente mientras decía “papi” sin parar, sentíamos un placer tal, que luego comencé a embestirla con tanta fuerza hasta lograr que su piel suene cada vez que se la metía hasta el fondo con todo lo que tenía, “más” comenzó a gritar mientras me jalaba el pelo, pero yo ya estaba a punto, no se lo dije y me vine con todas mi fuerzas mientras la doctora extendía los brazos para sostenerse del espaldar del diván al tiempo que decía groserías a viva voz y se sacudía en mi cadera logrando que mi pene dormido vague por su vulva mojada. Permanecimos así, gimiendo en la boca del otro por un rato hasta que notamos la hora.

Nos separamos y ni cuenta nos dimos del público que ignoraba lo que hacíamos. Nos arreglamos, ella guardó la compostura, y me programó una cita por semana en su consultorio por tiempo indefinido…yo era lo que ella había descrito en el expediente como “ignorante patológico de las reglas sociales más básicas”.

Nos vestimos, ella reía en secreto, me programó otras citas, pero esta vez me habló de terapia especial en casa los días sábados, cosa que discutiríamos luego, me estrechó una mano y con la otra extremidad me sujetó el pene muy duro recomendándome al oído: pórtate bien con tu mamá. Y esta fue la primera sesión de terapia de sexo con mi psicologa, pero no la última…

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