Autorretrato mientras me masturbo

La decisión está tomada y busco acomodarme sobre mi cama. Desnudo, cierro los ojos mientras acaricio mi escroto. Me encanta sentir cómo la piel se encoge y se mueve hacia no sé dónde mientras me masturbo, juntando todos sus pliegues para presionar suavemente a los gemelos.
Masturbo con suavidad mi pene, desde el punto donde se extiende hacia afuera. Lo aprieto un poco y siento lentamente cómo se endurece. Dejo mi falo encendido y estiro el brazo hacia el frasco con crema lubricante. Saco un poco y froto con ella mi glande.
Es una sensación deliciosa, y extiendo el aceitoso fluido por toda la longitud de mi falo. Mientras lo recorro con mi mano, siento cómo se endurece más cada vez, y la sensación del frote sobre mi piel se incrementa a medida que me concentro en mi glande, disminuye un poco al alejarme de él y me dirijo hacia el fondo y así, nuevamente.
Dependo de esa crema lubricante. Sin prepucio que me permita una sensación de frote de piel con húmeda piel, necesito sentir que mi mano se desliza sobre mi verga y la recorre cuando me masturbo, llevando placer que se interrumpe tan solo de vez en cuando para apretar con suavidad mis huevos.
Veo, con mis ojos cerrados, cómo se reproducen en mi memoria recuerdos recientes y lejanos. Aún mis fantasías se pueden ver mientras mi sensación es la de una penetración real al cuerpo de mi amante.
Aprieto más, sin proponérmelo, cuando imagino que entro por el ano de alguien o por la novísima gruta de una joven que me ha entregado su virginidad.
Continúo frotándome, sin sacudirme. Simplemente me froto, subiendo y bajando con mayor intensidad. Sé que pronto explotaré y así lo dejo ser.
Aunque sé que la explosión se acerca, no me entero del instante último sino hasta que está ya encima y me entero de los espasmos que me sacuden mientras de mi se escupen, con potencia aún, hasta mi pecho y casi hasta mi rostro, los escupitajos de mi semen, espeso y cálido, que dejan charcos húmedos sobre mi pecho y mi abdomen deslizándose, lentamente, hacia el colchón.

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La primera vez de Ricky

Ricky estaba muy asustado cuando Maggie lo llamó aquella noche. No porque supiera que iban a pelear o porque hubiera hecho algo malo. No. Ricky estaba nervioso porque, esa noche, Maggie había decidido convertirlo en hombre. Esa iba a ser la primera vez de Ricky.

Recapituló antes de golpear la puerta:

Maggie le llevaba cinco años, era la hermana mayor de su mejor amigo y, ¡Dios! Él lo sabía muy bien: ¡La muchacha era una bomba!

De piel canela y piernas largas, llevaba el cabello castaño y largo y los ojos marrones cargados de placer. Sus pechos se dejaban imaginar grandes y turgentes, su vientre liso y bien marcado, y sus nalgas redondas y firmes. Completando lo que para él era una imagen divina.

Sí. Maggie era el sueño de todo chico y él estaba a punto de volverlo realidad la primera vez que iba a tener sexo. Tragó saliva.

Ya no recordaba cuántas veces se había masturbado viéndola. Pero si tenía grabado a fuego en su mente aquella vez que ella lo descubrió mientras tomaba sol tumbada de espaldas en el patio y, en lugar de escandalizarse y regañarle, se puso en cuatro patas levantando su culito y contoneándolo, como si se lo estuviera ofreciendo. Pero Rycky no pudo dejar de masturbarse y apuró el roce de su mano en su pene para largar su contenido. A partir de ese día, supo que solo era cuestión de tiempo. Por eso no se sintió para nada sorprendido cuando Maggie le escribió informándole de que sus padres y su hermano habían salido, que volverían tarde y que quería verlo cuanto antes. Al principio se sintió intrigado, pero su curiosidad se volvió una mezcla de miedo y excitación cuando le oyó decir:

-No te olvides de traer unos cuantos forros.

Así que ahí estaba él, el joven y virgen Ricky, a un golpe en la puerta de cambiar su vida y volverse hombre. Tocó tres veces.

Maggie lo recibió envuelta en una bata rosa clara y con una sonrisa por demás juguetona. Ricky entró tímidamente y fue conducido hasta la cocina.

-No tengas miedo, relájate. –le dijo Maggie al tiempo que le servía una copa de vino. –Créeme, nos vamos a divertir mucho.

La primera vez de Ricky, un sueño hecho realidad

Sin mayores preámbulos, Maggie tomó a Ricky de la mano y lo condujo hasta la habitación de sus padres. Rápidamente tiró al muchacho sobre la confortable y enorme cama. Se acostó a su lado y, sonriéndole abiertamente, comenzó a besarlo.

Sus labios y sus lenguas danzaban apasionadamente al tiempo que la muchacha lo tomaba por la espalda, acercándolo hacia su cuerpo. En su inexperiencia y desesperación, Ricky buscaba bruscamente acariciar cada centímetro de la muchacha, desde sus nalgas hasta su espalda y cabellos.

-Mmmmm, veo que alguien ya está preparado. –comentó grácilmente Maggie al tiempo que frotaba la pelvis de Rick por sobre su pantalón y notaba cómo su bulto iba creciendo y creciendo. –Abrí bien los ojos pendejo, que esto te va a encantar.- Añadió guiñándole un ojo.

Y ante la sorprendida y fogosa mirada de Ricky, Maggie se quitó la bata quedando completamente desnudo.

-¿Te gusta lo que ves? –le preguntó entre jadeos al tiempo que le acercaba los pechos a la cara y le tomaba las manos para que se los apretase. –Apriétalos y chúpalos, dale… Mmmm sí, así. –Comenzó a gemir cuando Ricky comenzó a apretar y masajear sus pechos mientras le daba largas lamidas y chupadas.

El éxtasis del joven comenzó a crecer cuando Maggie lo liberó de sus pantalones y dejó a la vista su pene totalmente duro y erguido.

-Mmmm qué grande es –comentó la joven tocándole la cabecita con la lengua y haciendo que se doblara de placer sobre la cama. Sonrió. –Despacito, que quiero saborearlo entero, entero.-Añadió dándole suaves lamidas y frotándolo con la mano lentamente.

Una fina capa de sudor comenzó a recorrer el cuerpo de Ricky mientras acariciaba a Maggie en las mejillas y esta se tragaba dispuesta y hambrienta todo su pene. No podía creer que se lo estaban chupando. Sentía el paladar de la muchacha en la punta de su miembro y una suave lengua recorriéndole por los costados. Sus huevitos duros y redondos, masajeados por finos y suaves dedos, amenazaban con descargarse.

-Llegó la hora de hacerte hombre. –Dijo Maggie a su oído, incorporándose y sentándose sobre él.

La muchacha comenzó a frotarle el pene mientras le ponía un preservativo y lentamente se sentó sobre él haciendo que su conchita se lo tragara por completo. Dejó escapar un gemido seco y comenzó a moverse lentamente.

Las manos de Ricky iban de las piernas de la muchacha a sus dulces nalgas. Su respiración se agitaba y se entrecortada al tiempo que una electricidad recorría su espalda y un leve hormigueo invadía sus caderas al sentir cómo Maggie lo rozaba con cada pequeño saltito que daba sobre su pene. Sus ojos estaban hipnotizados por el bailecito que hacían esos rebosantes pechos con cada sacudida y solo quería tenerlos en su boca. Pensamiento que Maggie debió adivinar, pues se agachó y le colocó los pechos en el rostro, moviéndolos de lado, al tiempo que aumentaba la velocidad de su cabalgada.

Ricky comenzó a mover su pelvis también, automáticamente, al tiempo que comenzaba a ser consciente de la sensación tan plácida de calor y humedad que invadía a su pene y de cómo este se iba pelando en el interior de la muchacha.

-¡Sí, sí, así! –gimió Maggie, al tiempo que Ricky se llevaba uno de sus pezones a la boca y apretaba el otro con dedos un poco más expertos.

La joven se incorporó un poco y lo besó apasionadamente, introduciéndole la lengua hasta la garganta, al tiempo que aumentaba la velocidad de sus movimientos y roce. Los gemidos de ambos comenzaron a entremezclarse. La muchacha dejó escapar un agudo grito en el mismo momento en el que Ricky sentía cómo su semen abandonaba su pene y se desparramaba, caliente y espeso, en el interior del condón. Era la primera vez que Ricky experimentaba aquella inolvidable sensación.

La muchacha le dio un cálido beso y se recostó a su lado.

 -¿Te gustó volverte hombre? –le preguntó besándole una oreja.

 Ricky no pudo responderle con palabras, solo atinó a volver a besarla.

 

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Tarde de invierno

Era una tarde de invierno muy lluviosa, y en su despacho se encontraba ella, una maestra de universidad que con sus 45 años despertaba todas las miradas y fantasías de los alumnos del campus universitario. De repente llaman a la puerta y ella procede a abrir. Es uno de sus alumnos, el cual se presenta ante ella con un último trabajo para no perder el semestre. El aguacero era torrencial, y él, empapado de pies a cabeza,  le pide una toalla mientras se quita la camisa para secarse. Por instinto, ella se acerca a él y seca su pecho admirando su figura atlética y joven; y de pronto sus miradas se clavan fijamente. Él tímidamente acerca sus labios a los de ella besándola sutilmente. Mientras ella queda estática sin saber cómo reaccionar, él la toma de la cintura y la besa decididamente sin oposición alguna. De repente, ella reacciona y sus manos se posan en su espalda, subiendo así la temperatura empieza en sus cuerpos. Los besos ahora son apasionados, los labios de él recorren todo su cuello mientras sus manos desabrochan cada botón de su blusa, y ella hace lo propio con el broche de su pantalón.

La efervescencia del momento aumenta sin parar, y él la lleva con afán al escritorio, donde todo lo que está encima queda en el suelo. Sus manos suben su falda y sus piernas son separadas, sus pechos son liberados por encima de su sostén y su boca se posa en uno de ellos succionando, lamiendo, mordiendo con locura. Los gemidos de ella no se hacen esperar mientras él baja muy despacio por su abdomen, su lengua queda atrapada en su ombligo mientras sus manos masajean sus pezones con delicadeza. Siguiendo su camino hacia abajo, él sube por completo su falda, su lengua se desliza por sus bragas, las cuales se encuentran muy húmedas, las corre hacia un lado y sus dedos abren sus labios vaginales y su lengua se sumerge en sus fluidos moviéndose con habilidad, y los gemidos de ella son delirantes cuando uno de sus dedos la penetra moviéndose con cadencia. En un instante es ella quien quiere tomar el control, y con desesperación le quita el pantalón junto con la ropa interior, quedando y su miembro totalmente erecto en sus manos. Masturbándolo suavemente lo lleva a su boca y con mamadas suaves y profundas la respiración de él se agita.

Nuevamente él es quien toma el control, la tiende a ella sobre el escritorio, separa sus piernas y la penetra  con fuerza, las uñas de ella se clavan en su espalda con un gemido sonoro mientras su ritmo aumenta con destreza. Cada embestida es más profunda, con fuerza su ritmo aumenta  y tomándola de la cintura la embiste salvajemente hasta que ella, con sus gemidos desesperados, alcanza el clímax. Él se detiene por un instante  y retoma nuevamente el ritmo con embestidas profundas y certeras, y ella nuevamente entra en delirio, él no se detiene, los gemidos de ella lo excitan tanto que ya no puede más y lleva su miembro hasta sus senos, donde termina con una abundante eyaculación. El momento de éxtasis llega a su fin, aún no para de llover y ellos tendidos en el sofá se funden en una serie de besos apasionados queriendo que la tarde jamás llegue a su fin…

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Mientras te follas a tu jefe

El plan era perfecto. Las obras en la oficina habían dado la excusa para colocar aquel pequeño escondite en la oficina de tu jefe. A la hora acordada, me cuelo en ese pequeño rincón y observo a través del espejo falso, listo para el espectáculo…

Tu jefe está sentado en su silla según entras. No puedo dejar de admirarte, andando sobre tus tacones, meneando ese culito perfecto dentro de tu falda negra de tubo, mientras tus tetas están solo retenidas por tu blusa blanca, ligeramente abierta, mostrando ese maravilloso escote. Dejas unos papeles sobre la mesa, echando tu culito hacia atrás, haciendo que tu jefe no pueda sino percatarse de su maravillosa forma. Te acercas un segundo al espejo, con la excusa de atusarte el pelo. Aunque no me veas, sabes que estoy al otro lado, observándote. Desde detrás del cristal de tus gafas de bibliotecaria me echas esa mirada de loba en celo que tanto sabes que me pone y relames tus labios. Comienza el juego.

Tu técnica es admirable. Con la excusa de que te enseñe cómo hacer un Excel, te acercas más a él. Sabes que te ha mirado anteriormente, que ha posado su mirada sobre tus curvas, intentando disimular, pero incapaz de que no se notara su excitación. Casi sin querer, un dedo te roza una teta, y tú sonríes descarada. Te desabrochas otro botón de la blusa, tus tetas amenazan con salirse de la misma. ¿Estará tu jefe tan excitado como yo ahora mismo? Acaricio el bulto que se forma en mi pantalón, y pienso en lo mucho que disfrutas con lo que se oculta debajo. Mi mente se escapa un instante a esas noches en un hotel escondido, en tus gritos de placer mientras te follaba en el balcón, a la vista de los vecinos, pidiéndome más…

Pero vuelvo al presente, al espectáculo que me ofreces ahora. Has pasado al siguiente nivel, y tu mano se posa repentinamente en el paquete de tu jefe. Durante todo este tiempo te ha creído una mosquita muerta. Es hora de que descubra a la gata viciosa que tan bien conozco. Su cara es un poema, no sabe qué esperar. Es casi incapaz de reaccionar cuando bajas su cremallera, y sacas su polla, bien erecta, de su pantalón. Casi sin articular palabra, la comienzas a lamer, lentamente, recorriendo el falo desde la pinta hasta la base, sin parar. Oigo tus suaves gemidos mientras lo haces. ¿Te excita el sabor de la polla de tu jefe? ¿O es tal vez el saber que te estoy mirando mientras te comes esa verga, a escasos metros, oculto, y poniéndome más y más cachondo? Casi respondiendo a mis preguntas, colocas tu culito cara a mí, y levantas tu falda. Tu tanga se hunde en tu sexo, empapado de tus jugos. Eres tan viciosa… Has estado pensando antes en esta situación, ¿verdad? Te has calentado tanto antes siquiera de empezar que has tenido que masturbarte usando tu propia ropa interior. Veo cómo te follas a tu jefe metiéndote su polla en la boca, poco a poco, desde la punta, y centímetro a centímetro dejar que se cuele entre tus labios. Acaricio mi verga, abriendo mi cremallera, mientras casi puedo notar la humedad de tu saliva, los movimientos de tu lengua sobre ella. Y entonces veo que apartas la tela sobre tu coño, mostrando que no solo has jugado con tu tanga en él, sino que además llevas metidas tus bolitas. Juegas con ellas, las empujas y mueves disimuladamente mientras tu jefe no deja de gemir mientras le haces la mamada de su vida. Las sacas, una a una, disimuladamente, mientras pegas un pequeño gritito de placer al salir cada una, y luego las ocultas en un rincón bajo la mesa, que no las vean.

Te das la vuelta, ofreciendo tu coñito a tu jefe, apoyándote sobre la mesa, tus tetas ya desnudas de cara a donde me encuentro. Te relames y me guiñas un ojo disimuladamente, mientras tu jefe se incorpora y empieza a meter su polla en tu coño, poco a poco, cada vez un poco más fuerte, un poco más rápido. Gimes, más fuerte, más y más y más, relamiéndote, disfrutando de todo aquello. Tu mirada se clava en la mía a través de ese falso cristal, con un mensaje claro: “Todo esto es para ti… esta excitación, este placer, son todo tuyos”. Mi pene está en mi mano, lo masturbo al ritmo de tu follada, incapaz de contenerme. Mueves tus caderas, clavándote la polla de tu efe aún más dentro, mientras él no deja de gemir cada vez más fuerte. Eres magnífica, capaz de darle a cualquier hombre un placer que nunca ha conocido.

Tu jefe se envalentona. La saca de tu coño y amaga meterla en tu culo. Pero tú le frenas. La sujetas con tu mano, la acaricias delicadamente y la vuelves a meter en tu almejita empapada. Sonrío ante esto y me recuerdo destrozando tu ano mientras gritas, mientras juras que ese agujerito es solo mío, que nadie más va a penetrártelo, a reventarlo, hasta hacerte chillar de placer y dolor. Nunca sabrá tu jefe de la estrechez del mismo, de cómo te da tanto placer y dolor que no puedes dejar de gritar…

Te levantas, y avanzas hacia el espejo tras el que me escondo, todavía con tus taconazos puestos, y te aprietas contra el mismo, tus tetas a centímetros de mí. Tu jefe acepta la invitación y te folla entrando por detrás en tu coño, mientras oigo tus gemidos casi a mi lado. Está a punto de reventar y se le nota en la cara. Tú también estás a punto, puedo notarlo, en tus gemidos, en tu respiración… Acelero mi masturbación, acompasándola a tu ritmo. Me acerco más al espejo. Clavo mi mirada en la tuya a través del cristal. Sé que me miras. Que me imaginas al otro lado masturbándome por ti. A punto de reventar. Susurro, casi deseando que me oigas “esto es para ti, mi gata… mi viciosa… mi zorra…” Tu boca abierta, gimiendo… tu lengua relamiendo tus labios… el sonido de tu excitación… No aguanto más, y mientras de tu garganta sale un grito de placer, de clímax, exploto en mi escondite, me vacío sobre el cristal que nos separa, llenándolo de mi semen, caliente y espeso, cubriéndolo entero. Tu jefe se aparta, también reventado por un orgasmo brutal. Se gira, y mientras no te mira, besas el espejo, lo lames y me sonríes de nuevo.

Una vez no hay nadie en el despacho, salgo y busco bajo la mesa de tu jefe. Encuentro tus bolitas. Las voy a guardar… pero antes las lamo, saboreando tu delicioso coño en ellas. Me retiro hacia la zona donde hemos quedado, pero antes de que llegue, recibo un mensaje. Es un video tuyo, dentro del escondite, frente al cristal, lamiendo cada gota del semen de mi corrida anterior, disfrutándolo. Nos vamos a ver en unos minutos y entonces podrás volver a probarlo, a llenarte de él …