Las dosis de Iraina – I

Este relato ya se subió hace tiempo pero, supongo que durante el cambio de look del blog, ha desaparecido. Lo vuelvo a subir, para que pueda leerse ;)

-I-


¿Que por qué me ponía Iraina? No lo podría aclarar. Es decir, sí, me ponía su cara; Sus ojos, ojazos, sus labios tan, tan carnosos, la tersura y el color de su piel, pero es que... ¿cuántas mujeres valdrían más que ella en aquel aspecto? Quizás millones. E Iraina, sin tener un cuerpazo, ni tetas de escándalo, ni piernas esculturales, me ponía más que todas ellas... juntas.

¿Qué tienes, Ira?



El secreto estaba, o al menos así lo creo, en su “simple” forma de ser. Nacida y crecida en Bilbao, su forma de hacer las cosas, y también de entenderlas, lo convertía todo en sencillo. En agradable. Y en excitante.

La conocí en New York, donde ambos dos vivíamos en aquel entonces. Se había introducido en nuestro grupo de amigos a base de liarse con uno de ellos en un romance que, de primeras, nos chocó un poco a todos. Un poco gordita (un poco), con dificultades para el inglés, y sin aficiones ni gustos resaltables, se había llevado al “triunfador” de la plantilla, Andrew, a quien todas nuestras amigas vacilaban por promiscuo, y también al que todas, llámalo cinismo, se habían tirado en más de un encuentro. Guapo galán, adinerado ejecutivo, joven y seductor, y... ¿te quedas con la chica vasca? Es decir, era maja, muy maja, y bastó conocerla para saber que, pasase lo que pasase en aquella relación, había pasado a formar parte de nuestro grupo de amigos; no hubiera sido extraño que se hubiese liado con cualquiera del resto de nosotros, pero es que... ¿Andrew? ¿Andrew el aventurero? ¿El “espíritu libre” Andrew? No sé, no encajaban.

Los rumores, por supuesto, se dispararon al instante: Que si fingían para darle celos a alguien, que si Iraina había quedado embarazada en una noche de borrachera y habían escogido esa opción, cienmil chorradas del estilo... La posibilidad de que Ira volviera loco al chaval no apareció nunca como una ellas.



Mi punto de vista cambiaría completamente cuando un día llegué a casa, cansado del trabajo, y me abandoné en el sofá completamente decidido a entregarme a un viejo ritual que hacía tiempo que no me permitía, y que prometía relajarme a base de suministrarme un pequeño placer. Desabroché la cremallera de mi pantalón, que bajé lo justo para que no me molestase, y dispuse mi mano sobre mi pene para lo que mi ex llamaba “darse un homenaje”. ¿Y por qué no?

No tardó en erguirse; pero antes de deleitarme había de decidir quién iba a complacerme. Qué chica, qué belleza estaba por entregarse a mi mente. "Podía ser Susie, mi compañera de trabajo. Nah, demasiado usada, lo siento Susie, fue bonito mientras duró, pero tu piel ya no se siente tan dulce. ¿Quizás Carla, el bombón de clase de mis tiempos de universidad?" Nada, el recurso también estaba gastado, quizás desde aún antes. Y no sé, no era excitante.
Comencé a probar a mis amigas. Aquello fue más divertido, siempre tiene su gracia imaginar a una chica con la que tienes cierta intimidad gimiendo y entregándose al contacto de tu polla, pero aun así no me daban lo suficiente. Una por una, todas fueron fracasando. Si me pudiesen dejar en el pene una marca de su pintalabios creo que tendría una colección de arte moderno envidiable pero, para mi desgracia, de morbo, ni rastro.

Y entonces se me ocurrió Ira. ¿Por qué no? Podía al menos probarla... Ya me estaba quedando sin alternativas, y ella contaba con al menos una cosa: Era la nueva; y era simpática, no sé...

Iraina me miró, sonriente, juguetona. Arrodillada entre mis piernas, recorría sus labios con su lengua mientras no dejaba de mirarme con lascivia. Bajo su cara, un enorme y sexy escote me deleitaba. Me vio mirándolo, sonrió, y se quitó la camiseta...

(...y de momento ya me había durado más que ninguna de las otras...)

...y allí salieron sus tetas, preciosas. Ella, por su parte, no dejaba de sonreírme en su lascivia. Casi parecía que se estaba metiendo conmigo, jugando con mi forma de admirarla, y era extraño, porque jamás había imaginado a ninguna de mis fantasías en una disposición similar. Aquello me calentó. Ira, creo que hay algo en ti. Algo excitante. Y una alegría muy tonta me entró en el cuerpo, ¿podía ser el morbo segregándose en mi venas? Sí, ¡joder, me apeteces, Iraina!

Dejé temporalmente tranquila mi polla para buscar en mi portátil alguna foto en las que saliera la chica que, inconsciente, estaba a punto de entregarme su tacto. Me costó encontrar alguna en la que estuviera sin el estúpido Andrew, pero encontré un par de ellas, que coloqué en la pantalla tan grandes como me fue posible.

En una salía riendo, en pose caricaturizada hacia la cámara, y en la otra sus labios ponían “morritos”, resaltando su naturaleza carnosa y volviendo a Iraina bastante guapa. "Qué maja."

Decididas las fotos, me fui a la bañera y encendí el grifo del agua caliente, sumando algunos aceites para que quedasen diluidos, e incluso encendí un poco de incienso, dejándome llevar por la intuición. También aquello fue raro, porque nunca había montado algo así para masturbarme, pero yo qué sé; Como ha quedado escrito, estaba cansado, y necesitaba relajarme con un regalo que, por desgracia, ninguna mujer me iba a obsequiar.

Me metí en la bañera, y el calor reconfortante me inundó en un agradable abandono a la tranquilidad. Encontré que, sin que yo se lo pidiera, mis manos habían buscado entre mis piernas, enamorándose de aquel que aún me llamaba sin doblegarse, tan ansioso como yo por conocer a mi nueva amiga. La fantasía merecía ahora comenzar de nuevo...


Me estaba duchando, cuando alguien abrió la puerta del baño. Era Iraina. ¡Perdón! gritó de inmediato cerrando la puerta. Como si me hubieras molestado, Ira.

Volvió a abrir.

-Lo siento, lo siento muchíiiisimo, pero voy con mucha prisa y necesito ducharme! Estoy con los ojos cerrados -era cierto, se los estaba tapando con una mano -no miro nada, dime donde puedo alcanzarte una toalla y déjame la ducha a mí, por favor!

Reí



-jaja, pues me doy cuenta de que no tengo ni una mísera toalla a mano en el baño, y aún ni siquiera me enjabonado el pelo, así que me temo que tu plan es un poco insostenible. Pero en la ducha cabemos los dos, Ira, no seas tonta y ven aquí...


(En efecto, fantasear es algo tan, taaan fácil...)




Ella abrió los ojos. En mi ducha no había mamparas, y se encontró con mi cuerpo desnudo, sin nada que nos interpusiera. Pude ver cómo lo miraba de arriba a abajo haciéndose la distraída. Más abajo que arriba, desde luego.

-Pues joe, si no te importa... lo siento, pero es que llego tarde!
-Estaré encantado de que lo hagas, Ira... -respondí tratando de poner una voz cómoda y atractiva, estilo caballero.

PhotobucketSe desnudó corriendo, como si de verdad tuviera prisa. Su cuerpo, tan impresionante como mi imaginación podía permitirse, quedó enseguida libre ante mis ojos. El vapor que inundaba el baño le daba un toque húmedo que le quedaba perfecto, y ella estaba flamante, preciosa. Incluso mi pene se irguió entonces para no perdérsela.

-Jaja, vaya con el nene- dijo riendo ante mi erección y vacilándome -a ver si ahora no vamos a caber los dos en la ducha...!
-Jaja, lo siento, Ira, parece que me excitas un poquito
-¿Sí no? Ya lo veo ya, pero me meto igual, que llevo prisa, no te importa no?

Y sí, se metió, desnuda, junto a mí. Por mi parte, no pude evitar centrar de inmediato mi vista en sus preciosas tetas. Soy un hombre, yo que sé, no puedo escoger mis prioridades, ni tengo por qué hacerlo en los momentos a solas conmigo. Y ahora, a diez centímetros de mí, podía oler a esa mujer. Y admirarla. Y morirme en la visión de esos pezones que nada evitaría que lamiera en unos segundos. Y excitarme como si nunca hubiera probado a una mujer en mi vida.

-Nene, ya que te veo lanzado, ¿me harías un favor? ¿te importa enjabonarme? Es que necesito ganar tiempo, y tendría que estar saliendo ya...


Mi imaginación no es de lo más sorprendente. Ni me importa.

-Claro. Te enjabonaré, Ira -respondí galantemente.

Y así, ella me dio la espalda mientras la ducha seguía humedeciéndole pelo y piel. Comencé por sus hombros, poco a poco, su culo, sus piernas... De alguna manera, imaginaba que lo hacía despacio, conociéndola, experimentando su tacto en mis manos, pero en mi mente todo pasaba muy rápido, demasiado concentrado en la idea de llegar al final. Aun así, el calor de esa chica inundó mis dedos. Después de enjabonar su vientre, por fin, me atreví a subir hasta sus senos, los senos que llevaba “tanto” tiempo esperando; despacio, con delicadeza, deleitándome en su tacto... alcancé sus pezones, suaves, mojados, excitantes... envolví sus preciosas tetas... para comenzar a masajearlas...

-Joder, pero...-exclamó con cierto tono de reparo -me estás tocando las tetas?
-Hombre... te las enjabono, no? -respondí con una voz más masculina que la que saldría nunca de mi boca en el mundo real
-Sí ya, un poco listo tú eh? Me estás sobando las tetas! -mantenía el tono de reparo, pero se empezaba a notar un fondo de “te vacilo hombre, tócamelas joder”
-Sólo un poquito, Iraina...
-Jaja, claro hombre, idiota...! -se acabó rindiendo y sonriendo. Estaba sobando sus pechos, y aun así me hacía sentir inocente!

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Se volvió hacia mí.

-Anda, pero solo un poquito eh? Que llevo mucha prisa...

Gracias al cielo. Eran suaves, sexys, enormes. Eran unas tetas geniales. Acerqué mi boca hasta ellas para proceder a lamerlas..

-Oh, nene -gimió -sí, gracias por pedirme permiso para lamerme las tetas. Podía haberme importado -la mofa inundaba el tono de su voz mientras mi lengua lamía por vez primera la piel de Iraina, los pechos de Ira, sus voluminosas y calientes tetazas, que sabían a dulce, sabían a sed y agua, a cielo después de tierra. Sabían a placer.

-Oh dios, nene, creo me está gustando... -susurró ella con un ligero gemido
-Soy muy exigente cuando enjabono a alguien, Ira... -vacilé yo, cómo no, con voz sexy y atractiva



-Nene... -me susurró -no sabía que las lenguas limpiasen...

Sus pezones, empapados, se tersaron entre mis labios, y yo llevé una de sus manos hasta la parte de mi cuerpo que más la reclamaba... Sin importarle, sus dedos encontraron mi polla, la rodearon...

-Aunque, claro... -me miraba riendo -tenía que haber caído, si no lo hicieran, gastarías demasiado jabón para limpiar ese... ese...

Su mano agarró mi polla y comenzó a moverla, mientras ella se agachaba hasta quedar arrodillada ante él, quedando sus labios más cerca de mi placer que de cualquier otra cosa en el universo, y de su boca salió una mueca de sonrisa. Me miró.

-Tendré que ayudarte, no?

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Y así llegó el momento en el que mi mente decidía no hacerlo más largo y sus labios, húmedos, calientes, rodeaban mi glande para dejar que mi polla deslizase a continuación por su lengua y dándome a probar a la más espectacular de las Irainas. La Iraina desnuda, la Iraina mojada inundando mi cuerpo de ardor con sus labios y dedicándome una felación increíble. Me la estaba chupando...

Y fue entonces cuando lo sentí. Cuando sentí por primera vez el tremendo poder morboso de la boca de Iraina. Al imaginar sus labios en mi polla, me inundó un sentimiento de excitación, de bienestar, mientras sentía un pequeño “picor” en el glande calentándome y volviéndome loco. Era una sensación que había tenido de adolescente, cuando había comenzado a masturbarme, y que había olvidado mucho, muchísimo tiempo atrás. Dios mío, ¡Iraina!

El agua nos empapaba e Iraina, desnuda y arrodillada, recorría con sus labios mi pene y lo sorbía y lamía como si lo necesitase. Agua y saliva se fundían en su boca mientras mi corazón se aceleraba, mi mente desaparecía y mi cuerpo se abandonaba a la increíble experiencia vasca. Comenzó a frotarse las tetas con las manos, gimiendo. Su lengua me recorría, arriba y abajo, lamiendo mi miembro entero, mientras su mirada atacaba a la mía y me desarmaba. Aún parecía estar vacilándome. Llamándome “nene”, metiéndose conmigo. Mas de su boca no salían palabras de mofa. Su boca se centraba en saborear mi placer con ansia, con deleite. Le encantaba, le ponía, lo disfrutaba. “Mmmm...” me soltó deshaciéndose de mi pene para morderse un labio, recorrer mi polla con la lengua y regresar a su escandalosa mamada.

Mi orgasmo dio pronto muestras de acercarse. Ella lo notó y comenzó a besar con más y más ansia. Su mirada ya no me criticaba, sus ojos estaban cerrados, en cara de concentración, de disfrute. Llevó una de sus manos a su vagina mientras su boca aceleraba el movimiento, y sus tetas respondieron bailando y matándome de excitación mientras el agua seguía lloviendo sobre nuestros cuerpos.
No pude evitar correrme en su boca mientras ella seguía comiéndome la polla...

...y me maldije a continuación mientras el esperma saltaba sobre mi vientre. Me maldije por no haberlo hecho más largo. Desearía haber bebido más de esos pechos, me gustaría haber besado sus labios, joder, habérmela follado y oírla gritar de placer mientras se olvidaba de sus “prisas”. Pero estaba hecho. Y lo cierto es que había quedado satisfecho. Y relajado. Pronto descubriría que la definición exacta de mi estado era aún más potente.

Estaba... drogado. Drogado de Iraina.

El pecado original


Laura era apenas mayor de edad. Una cría mimada más con ganas de ser rebelde, aunque a veces su inteligencia y arrojo asustaran. O... eso acostumbraba yo a pensar; Quizás no fuesen su inteligencia y arrojo. Tal vez eran sus labios, sus ojos, lo sexy de sus maneras y su cuerpo de mujer los que hacían que hablar con Laurita te dejase, no sé, intimidado.


Qué más daba, el caso es que era mi alumna, y sería además la chica que habría de condenar, por siempre, mi concepto de la determinación humana.

-Javi... ¿tú qué tal me ves?


Eran unas clases particulares. En su habitación. A mis 36 años, había trabajado para sus padres en otras ocasiones, y confiaban seriamente en mí. Claro, que también confiaban en la niña...

-¿Cómo te voy a ver? Bastante mal, Laura. El examen es mañana. Y tú, chica de costumbres, apareces hoy aquí sin haber estudiado nada... -le reprendí.
-Joe, no hablaba del examen -bufó ella demostrando que la prueba no le quitaba el sueño -decía... como mujer, ya sabes. ¿Cómo me ves? -insistió levantándose y dando una vuelta de tinte sutil.


La pregunta me impactó más de lo debido; no era nada en lo que no hubiera reflexionado ya antes. Pasa que te veo como un queso, Laura, como un trozo de pan dulce y caliente deseando ser untado, pero eres mi alumna, ¿sabes? Y, pese a que también de cabeza estés más desarrollada que muchas de las que tienen el título de mujeres adultas, no dejas de ser una niña. Una niña a la que tendría que ver así, como una niña. No como a la mujer que, de facto, estás hecha.

Vestía un generoso escote, siempre un voluminoso escote, del que se hubiera avergonzado en la universidad, en camisetas de tirantes que no conocían de frío o calor, y que marcaban siempre su sujetador con una definición casi insultante a ojos de quien no pretendiera notarlo.


"¿Cómo me ves?"

Debería haberle respondido con una sonrisa. Con un convencido "me temo que eso tendrás que dejarlo en manos de gente de tu edad, mi papel aquí es conseguir que estudies". Sí, aquello hubiera bastado. Mas la cabeza juega malas pasadas y, como pocas mujeres, Laura... me intimidaba.

-Pues... bastante bien -respondí nervioso, arrepintiéndome al instante -no sé...
-¿Bastante bien en plan "no estás mal"? ¿O bastante bien en plan "me pones bastante"?

Vaya, joder con la boquita de la cría.

-En plan ninguno, déjalo ya, Laura. Tienes un examen que estudiar, ¿recuerdas?
-Sí, ya lo sé, el examen... -resopló asqueada.


Las cosas, a partir de entonces, parecieron volver a su cauce, pero jamás terminaron de hacerlo. Fuera nuestra relación un río, su caudal estaba desbordado. En parte por mí: Quizás fuera una idiotez, pero ahora me costaba más no fijarme en aquella belleza, por mal que me pareciera. El placer con una chica casi menor siempre me ha parecido algo... rastrero, aprovechado. Igual que había renegado a acostarme con amigas en sus momentos de debilidad, las chicas tan jóvenes viven inmersas en la confusión, en una época que recordarán para siempre, y en la que tú no pintas nada; una mancha desluciendo belleza; no, no es tu sitio, Javi. Mas, mientras no llegase a tocarla, tampoco hacía ningún mal, ¿no? Es decir, esa chica, por la calle, aparentaba más que algunas de mis adultas conocidas... ¿Qué tenía de malo fijarme un poco en ella?



Por su parte, Laura se mostraba más activa en conseguir llevar las cosas a otro nivel. Pequeña Carolina, se agachaba constantemente, haciendo que su camiseta colgase y dejándome sus pechos prácticamente a la vista, costándome rechazar tal regalo o al menos disimularlo; acercándose a mí al hablar, desprendiendo calor y perfume, poniendo sus casuales poses sexys... y con ropas cada vez más provocativas, habiéndose convertido la minifalda ceñida en su uniforme habitual. Sus piernas, por supuesto, eran fantásticas y, si bien menos atractivas que sus ojos, sus labios o sus pechos, la vista se dejaba agradecer en la fantástica piel que conformaba sus muslos y que se convertía, más allá de la luz, en nalga de mujer. Increíble. Excitante.

Pasamos tres clases moviendo nuestras fichas, cada uno lo mejor posible, yo queriendo evitarla hasta un punto que desconocía, ella queriendo jugar hasta un punto que tampoco podía tener claro, y bando atacante derrotando por instantes al bando defensor. No sería hasta esa tercera clase cuando la imponente reina de corazones lanzaría un primer y agresivo jaque. Al peón.


-Oye, Javi... ¿podrías enseñarme algo? -bufó, aburrida entre sus estudios, ofendiéndome.
-Vaya -intercedí entendiendo su desidia como una crítica a mi trabajo -¿es que acaso no te estoy enseñando nada?
-No, no, tonto, no me refiero a eso, tonto. Quisiera aprender algo más... algo más concreto, ¿sabes?
-¿Algo más concreto que las ciencias exactas? ¿Como qué? No sé, creo que no te sigo...
-Javi, con confianza... no te cortes, ¿vale? ¿podrías decirme cómo... cómo se chupa una polla?

¿Pero...?

-¿...QUÉ? -respondí atónito
-Bueno, es que... hay un chico por el que estoy interesada... uno de mi edad digo... y, no sé, quizás si pudiera impresionarle así...
-La..Laura, ¿te estás escuchando?
-Ya, ya, vale chico, perdona. Creí que no te importaría hablarme algo de sexo, ¡ni que fuera esto el colegio!

Algo se le iluminó en la cara tras decirme aquello.

-Y... ¿Por qué te importa tanto hablarme de estas cosas? ¿Es que te gusto? ¿Te inquieta hablarme de temas de sexo? -incidió, sonriendo.
-¿Cómo vas a gustarme? Laura, ¡eres una cría! -me revolví yo cortándole, atónito e indeciso a partes iguales.
-Ya, ¿y por qué ibas a ponerte de esa manera si no? Jaja, ¡claro que sí, te gusto!
-Laura, Laura, escúchame. No me gustas, por supuesto que no me gustas, y tus padres me han pagado por darte una clase que estamos perdiendo. Saca los libros, anda.
-Tú también me gustas, Javi...

Aquella cría iba a volverme loco. Se mordió el labio inferior, vacilándome, y demostrándome la cantidad de horas que había pasado practicando poses atractivas ante el espejo, con éxito. Laura, estás... ¿jugando?

-Te gustan mis tetas, ¿verdad? -soltó la muy maldita acariciándoselas por encima de la camiseta -me gusta que te gusten, Javi... yo las quisiera aún más grandes... pero sé que están bastante bien...-quedó callada un rato, mirándome en aquella postura vacilante, hasta decir resuelta -¿quieres verlas?
-Laura, en serio, deja todo esto ya -le corté con tono amargo mientras hacía que me ponía a anotar cosas en mi cuaderno. Pero ella se quitó la camiseta y, no contenta con ello, desabrochó su sujetador, dejándolo caer. Dejando, en cuestión de segundos, sus tetas desnudas al alcance de mi mirada.
-Dime la verdad, Javi -repitió buscando mi mirada al tiempo que sus manos buscaban esas dos perlas preciosas -¿te gustan?

Y vaya si me gustaban. Eso no eran pechos, eran jugosos melones, dulces sandías, eran impresionantes, increíbles. Preciosas. Calientes. Sensuales.

-Laura, por favor, ponte inmediatamente la camiseta, o llamaré a tu madre -me estás poniendo muy nervioso, Laurita.
-Son bonitas, ¿verdad? -jugueteó a modo de única respuesta mientras las juntaba con sus brazos, haciéndolas resaltar.
-Mira, lo siento, pero no puedo con esto. Me v... -

"voy". Mas ella se lanzó sobre mí, besándome, sin dejar que me escapase. Dulce. Excitante. No se puede decir que yo le devolviera el beso. Tampoco que se lo rechazara. Sentándose sobre mis piernas, sus labios se enamoraron de los míos, y su lengua salió a pasear. Dios mío, socorro. Apenas recordaba cómo eran los besos en la adolescencia. Esos besos que, pese a dar menos calor... eran mucho más calientes. De inmediato, se despegó de mi boca y me plantó sus tetas desnudas en la cara. Era demasiado. Ya no podía resistirme a responder, a probarlas. Se las besé. Laura... Se las lamí. Las saboreé. Y aún ahora, con todas las consecuencias, me cuesta arrepentirme. La chica había conseguido desatarme. Estaba... embelesado, hundiéndome en la tersura de unos pechos suaves, libres, deliciosos, mientras mi saliva se dejaba abandonar entre sus tersos pezones, que ella apretaba en mi boca con fuerza, acariciándose.

-Oh dios, sí... qué bien... -susurró mi alumna -Javi...

Una sonrisa inundó de nuevo su boca, y volvió a hablar del chico que no sabía lo que estaba por gozar.



-Entonces, Javi... -murmuró en un tono bajo -cuando le chupe la polla... a ese chico... ¿da más morbo vestida o desnuda?
-Desnuda -le respondí sin apenas dejar de lamerla, sin cortarme.
-Gracias... -sonrió de nuevo, y gimió un poco, volviendo a empujar sus tetas contra mi lengua.
-Y cuando se la esté mamando... me la meto entera... ¿o no hace falta?
-No hace falta... -respondí, empezando a cobrar la noción de la realidad. ¿Pero qué estaba haciendo?
-Y, oye... ¿me pinto los labios? ¿o no? ¿la pintura más seca, o quizás no le importe que le deje... una marca?

Joder. ¡Joder! Tanta desinhibición me devolvió el sentido del ridículo.

-Por dios, Laura... -me puse serio, despegándome de aquel manjar que me había perturbado -¿qué coño me pasa? Lo siento, pero debo marcharme a casa.
-No... pero... Javiii... -se quejó mientras, efectivamente, yo recogía mi cuaderno, me ponía mi chaqueta, y me marchaba.

Su madre estaba en la cocina. Salió a despedirme.

-¿Ya te vas, Javier? ¿Tan pronto?
-Sí, hoy la chica estaba especialmente inspirada -solté con sagacidad.
-Bueno, pues nada, nos vemos la semana que viene entonces no?
-Por supuesto.

Para eso me pagaban.

Laura, vestida, apareció justo cuando me marchaba. "Oye, entonces eso, ¿mejor lo llevo pintado o sin pintar?". Por todos los cielos, Laura... "pintado" le respondí asfixiado, mientras su madre imagino se preguntaba qué coño tenía que pintar una chica de la edad de Laura "no conozco a nadie a quien le moleste pintado, más bien al contrario. No importa que manches un poco". Toma dosis de respuesta, de perdidos al río, pensé para mis adentros.


La semana pasó. En mi cabeza, las cosas se distorsionaron. Necesitaba tranquilizarme.
De algún modo conseguí maquillar el recuerdo y me inventé que la había rechazado, que la había dejado jugar un poco tan solo para que se arrepintiera, que la había sabido parar a tiempo, y que todo estaba bajo mi control. Incluso me dije que la experiencia no me había conseguido excitar, y me sentí orgulloso. Miserias de la conciencia humana, y lo bien que se le da el sutil arte del disfraz. Creo que fue este camino, que mi cerebro tomó por cómodo, el que me conduciría directamente a mi perdición.

En la siguiente clase, Laura venía equipada. Me esperaba directamente en su habitación. Tenía los labios pintados en color rojo carmín, brillantes, calientes. Vestía minifalda, una camisa blanca, abierta, que dejaba intuir sus senos y denotaba la ausencia de sujetador, y llevaba una pequeña corbata negra. La chica parecía estar a punto de protagonizar el papel de colegiala en una película porno. Todas sus cartas estaban sobre la mesa. En su boca, un chupa-chups le servía para jugar. Estaba más que morbosa, increíble. Y yo, tonto de mí, me creía inmune.

-Acabo de pintarme los labios -dijo sin cortarse, mirándome de lado -supongo que mancharán mucho... si se me ocurre chupar algo...
-Saca los libros, Laura
-Sácate la polla, Javi

La chica quería jugar. Se merecía un órdago que, de nuevo, la pusiera en su sitio. Como lo había hecho la semana pasada.

-¿Eso es lo que quieres? -respondí sin dudar, creyéndome preparado -¿verme la polla? Pues bien, aquí tienes -respondí mientras desabrochaba mis pantalones, apartaba los calzoncillos y sacaba en efecto mi pene, flácido, ante su sorprendida mirada -ya está, sí, es una polla, ¿estás contenta? -le dije a punto de desenmascarar su farol de adolescente -tengo una polla, como todo el mundo. Y como puedes comprobar, no tiene ganas de nada. Ahora, vamos a estudiar.
-Javi...!! -me respondió ella sobresaltada.

Anodadada, o fingiéndolo, se dejó caer sobre sus rodillas, frente a mi polla. Una de sus manos, tímida, se acercó. "No la pares" pensé para mis adentros "es importante que se frene ella sola".

La mano sostuvo mi pene, aún no erecto, pero con intenciones, mientras ella, arrodillada, lo miraba hipnotizada. Jugó con su chupachups, con su lengua, excitándome sin despegar los ojos del músculo que acariciaba. La erección se fue fraguando, poco a poco, entre sus dedos. Lejos de intimidarla, parecía divertirle. Pero yo tenía que ser fuerte; Lo tenía todo controlado.

-¿De verdad puedo chupártela? -insinuó, más vacilona que vacilante.

Pero era el momento. Ella llevaba un farol. Yo, mi mano segura, con comodín y dos ases. No podía echarme atrás, tenía que acobardarla.

-Adelante -sonó mi voz, esperanzada.

Ella me miró a los ojos, dejando el chupachups a un lado, se inclinó sobre mi glande, dejó que un poco de saliva cayera sobre mi pene (-uff.. -) mientras se quitaba la camisa, quedando en tetas y corbata. La besó con timidez, mirándome. Pidiéndome permiso. Pequeños y húmedos besitos de niña adolescente. Su lengua, tímida, escapó de entre sus labios para pasear. Para conocer, explorar. Alcanzó mi glande, lamiéndolo mientras lo envolvía entre sus labios, como una profesional. Javi... ¿hasta qué punto llegaba el plan?

Y finalmente bajó la cabeza, devorando todo el falo, lanzándose a mamármela. Póker. Sus labios pintaban carmín. Su lengua ofrecía calor. Sus tetas pedían a gritos mis manos. Y yo, yo me rendía a la evidencia, disolviendo mi concencia en su saliva y aceptando que llevaba tiempo soñando a Laura de aquella manera. Desnuda. Sin necesidad de engullir la polla entera. Y con los labios pintados.


Lo más amazónico era la pasión con que se entregaba al tacto. Como si fuera algo natural, sencillo, una función más de sus labios. Algo que mi generación se perdió en su momento. "Es una felación", me dije. "Sólo una felación; ¿qué puede tener de malo? Está claro que no es la primera vez que lo hace...".

-¿Te gusta? -me preguntó, satisfecha. Desde luego que me gusta, Laura, me derrite. Pero no esperes que mi boca lo diga. Sería aceptarlo... demasiado. Y no puedo hacerlo. No puedo.
-Laura, -rogué con los ojos cerrados y la cara hacia el techo -tienes que parar, no podemos hacer esto...

Ella movió la cabeza hacia los lados en un gesto de negación. -Cállate -me dijo mientras volvía a emplear su boca en aquel increíble placer, hundiéndose en mí, comiéndome, besándome, lamiéndome, matándome en un éxtasis en el que todo era perfecto, pero nada estaba bien. Mi cuerpo no respondía. Las piernas me temblaba. Aquello era el máximo exponente del placer. Era una pena que fuese... Laura.



La improvisada felatriz decidió improvisar entonces, y abrazó sus tetas con sus brazos mientras su lengua seguía explorando en mí, juntando aquellos pechos y convirtiéndolos en irresistibles. Mas con su cabeza bailando por medio, me costaba ver el espectáculo, y empecé a hacer algunos aspavientos con el cuello, tratando de encontrar el mejor ángulo: necesitaba adorar esas tetas. Ella se dio cuenta, se rió, y me dijo "tienes un espejo ahí" señalándome, en efecto, la puerta espejada de un armario cuya visión resultaba increíble. Podía verme a mí. Podía verla a ella, entre mis piernas, con mi pene en su boca, en aquel ritmo con su cabeza, que subía y bajaba, conduciéndome al orgasmo. Podía ver sus rodillas clavadas en el suelo. Y, desde luego, podía ver sus preciosos pechos de diosa, escapando turgentes de sus brazos. El espejo estaba demasiado oportunamente colocado. ¿Cuántas pollas habrán pasado por tus labios aquí mismo, Laurita?

-¿Sabes? -le dije, lanzado ya, olvidándome de la inhibición -es muy, muy sexy, que un espejo te deje admirar el baile de una chica cuando te la está chupando.
-¿Sabes? -respondió ella, ácida -no creo que tengas mucho que enseñarme sobre cómo comer una polla. Mis preguntas pretendían calentarte, creo que ya he mamado demasiado.
-La verdad -me rendí sin importarme su confesión -es increíble lo bien que me la estás chupando...

Un impulso eléctrico recorrió mi espina dorsal al pronunciar en alto que me la estaba chupando. Y Laura lo noto.

-¿Te pone, verdad?
-Sí, me pone mucho como lo haces, Laura...
-No... digo que te pone pronunciar que te la estoy chupando...

Recorría todo el pene con su lengua, vacilaba, se la comía, la mamaba, la devoraba, entregada a su trabajo.

-Dilo otra vez... -me pidió -di en voz alta que te la estoy mamando
-Me la estás chupando, Laura... -obedecí provocando de nuevo aquel calambre
-Pídeme que te la sigua chupando... -me rogó sin dejar de comerme la polla
-Sigue chupándomela, Laura... -dios, me volvía loco
-Recuérdame que soy tu alumna... y que te estoy practicando la mejor mamada de tu vida...

Laura, lo manejas demasiado bien. Demasiado.

-Tienes dieciocho años, Laura... Eres mi alumna... Estás desnuda... y me estás haciendo la mejor mamada que me han hecho jamás... -murmuré sin mentir, sintiéndome un desgraciado.

-Dime que quieres correrte...
-Joder, joder, desde luego que quiero correrme...
-Y córrete

Simplemente increíble.

Su boca se lanzó a terminar con ansia aquel trabajo mientras mi orgasmo se acercaba. Mi mirada no se separaba del espejo, donde veía el afán con que se movía, con que me devoraba, la forma en que aquella chica me la chupaba, era demasiado bueno, demasiado...

-¡Me corro! -grité tratando de que su madre, que estaba en casa, no lo escuchara -me corro!!!...

Ella hundió su boca, untándome en su lengua, mientras el semen la inundaba, y antes de que terminara de correrme se dedicó a besarme el glande, untándolo de un esperma que se lanzaba contra su labios y goteaba por su comisura mientras Laura, la joven Laura, no dejaba de besarme.

Tras el orgasmo, la cordura regresó a mi cabeza. -Por dios, ¿qué he hecho? -susurré. Laura se subió sobre mí, sus manos buscaron mi camiseta y, quitándomela, murmuró.

-Empezar

Cómo nunca llegué a ser un ángel (I y II)

-I-



Tener amigas que estén como un tren tiene más inconvenientes que ventajas. Sobretodo si tú eres también una chica que, noche tras noche, ha de acostarse con cualquier hombre de cuantos conozcan que no sea “el que está bueno”, el que ella disfrutará. La muy zorra...

Da igual que tengas unas tetas jóvenes y suaves, y que casi las regales con tu escote. No importa que tus palabras insinúen abiertamente que tu boca se vende fácil a las pollas, como si fueses una ninfómana desesperada. Porque los tíos, mil veces odiosos, ya han decidido que “el premio” es mi amiga mucho antes de entrarnos. Y yo, que a mi parecer estoy de muy buen ver, no tengo mayor alternativa que convertir en afortunado a algún segundo plato que, encima, hubiera preferido acostarse con ella. Es tan odioso!!!!


Tan sólo en una ocasión nos cruzamos con un grupo de tíos en el que fueran dos, y no sólo uno, los pivones que estaban para comérselos. Y se los llevó, cómo no, ella. Sí, a los dos. Aquella noche le romperían el culo en una de tantas fantasías que yo sólo experimentaré cuando ella me las cuente. No he conocido hombre con el que valga la pena el sexo anal, pero es que aquellos dos tíos... Uf!! En fin, socorro.


Su nombre es Lucía, el mío Ana Mar, y sería esta “rivalidad” de la que ni siquiera sé si ella era consciente la que nos adentraría en la mayor aventura de sexo a la desesperada de nuestras vidas.

Todo comenzó un muy caluroso Martes del mes de Julio, en la playa. Habíamos decidido marcharnos juntas de vacaciones, las dos, solas. La mayoría de nuestras amigas tenían ya pareja estable, y estaba un poco de moda criticar nuestra costumbre de no dormir solas. Allá ellas. Rodeadas de sus “chicos encantadores”, me figuro que la condena de un sexo con dos miembros pasivos había caído sobre todas, y se les notaba en el humor.

Tumbadas en una hamaca, pronto nos sentimos devoradas a miradas (lo que, Dios lo sabe, nos encantaba). Las dos morenas, Lucía escultural, ojos verdes, labios finos, cuerpo en forma, y aquellas piernas maravillosas, y yo, de desgraciados ojos marrones, menos delgada, aunque mis piernas tampoco estaban mal; sabíamos que todos estos detalles pasaban desapercibidos. Miré con envidia los pechos del ángel que estaba tomando el sol a mi lado. Eran enormes. Parecían duros, como si la gravedad no los derrotase, redondos, ardientes, alucinantes. Recordé la ocasión en la que, borrachas como nunca las dos, comenzamos a besarnos en mi casa, calientes perdidas. Continuamos desnudándonos, y, loca de morbo, empecé a lamérselos. Dios, me sentí MUY lesbiana. Ella acabaría tirándose al capullo de mi hermano pequeño en mis jodidas narices, sin que casi me importara. Recordé cómo, sentados ambos en el sofá, Lucía lo cabalgaba de aquella forma salvaje. Cómo le bailaban esas tetas. Arriba, abajo, hipnotizantes, mágicas, embelesando a mi afortunado hermanito, que cumplía los 18 años y apenas le duró unos minutos. Jaja, fue incluso gracioso cómo, después de haberse corrido, le pidió completamente arrepentido de haber dejado pasar la ocasión que intentase chupársela, que sólo un poquito, mientras ella pasaba completamente del tema. Creedme que os gustaría saber cómo terminó todo, como le gustó a él también... pero no he venido a contar esa historia.

Detrás de nosotras, un grupo de chicos un poco más mayores, de unos veintitrés o veinticuatro años, jugaban a una especie de “mini-fútbol” playero y nos miraban de una forma descarada. Me volví un poquito, por curiosidad. No estaban mal, bastante atléticos. Dos de ellos se encontraban apartados, uno estaba escribiendo algo. La incertidumbre me invadió, quería atenderles mejor. Me puse, disimuladamente, a hacer que tomaba el sol boca abajo, con las gafas de sol puestas, para poder así mirarles de una forma discreta.

El chico que escribía, sentado en una especie de banco de piedra que marcaba los lindes de la playa, estaba tremendísimo, tenía un “algo” que me atraía, y el chico que le acompañaba, de pie, tampoco se quedaba atrás. Vi que nos miraban, en especial el segundo. Me entró un pelín de excitación, no sexual, eran nervios, ya sabéis, y me desabroché el bikini para corresponderles, sin dejar de quedarme boca abajo. Tenía que combatir de alguna manera contra la delantera con que Lucía les deleitaba. Puta.

Pronto pude comprender más o menos la escena. El escritor parecía animar a su amigo, que se veía cortado, a algo, y me figuré que mi amiga, yo y nuestros cuerpos tenían algo que ver. Ya lo creo, pronto pasarían a nuestro lado, y el cortado se agacharía un poco para dejar a mi lado la nota que yo sabía que había salido de manos del escritor. Discretos, se metieron al agua sin mirar atrás, dejando que cogiese el papelito sin tener que cohibirme, un detalle. La nota decía:

“Sería capaz de recorrer un mundo entero si supiese que, al llegar, me estuviera esperando tu precioso cuerpo de mujer, así, desnudo, cubierto por, afortunadas las manos, la crema que ahora te nutre, bajo este sol que te deslumbra, y en esta playa que te acoge. Pero tú estás aquí, y, por hoy, no necesito de hazañas para convertirme en el hombre más afortunado del planeta.”

-Jaja, tía- no pude evitar contárselo a Lu (Lucía) -mira lo que acaba de dejarme ese pavo-

Lo leyó, y no tardó en poner cara de rechazo -Mira que algunos están salidos, ¿eh? ¿cuál de los dos ha sido?-

Dios, increíble. Creo que ella se había fijado ya en ellos. Probablemente en el escritor, el chico con ese “algo” que no sabría cómo describir pero que parecía capaz de convertir en realidad todos tus sueños, o al menos los húmedos. Y que esa cara de rechazo se debía a, no sé cómo no me había percatado, ¡que me hubiesen dejado la nota a mí! ¡a mí, a Ana Mar, a la chica-que-no-estaba-al-nivel, mientras Lu se tumbaba al sol con todos sus encantos destacando! Estaba decidido: El chico me había encandilado. El escritor, claro. Y por nada del mundo iba a dejar que Lu se lo anotase esta vez.

-El más rubio, el alto- respondí señalando al cortado y omitiendo el resto de la historia
-¿El rubio? ¿Sí? Oye, pues no está nada mal eh?-
-No, la verdad es que no, ¿no crees?- Le seguí el rollo, aunque su tono ahora me desconcertaba. Por favor, estaba claro que el Escritor era carne de polvazo, pero ella parecía, de verdad, no fijarse.
-¿No vas a devolverle una nota tú, o algo?- me lanzó -tía, esas palabras tienen morbazo.-
-No lo sé, tía, no lo sé! Me lo pensaré. La verdad es que parece divertido!- hablábamos como locas, formaba parte del rollo.
-Deberías volver a ponerte boca arriba- me dijo -las tetas siempre atraen más que las espalda, Anita, que pareces nueva!-
-Jaja, tú y tu mente calenturienta, guarrona! Quizás tengas razón!-

Comencé a abrocharme de nuevo el bikini...

-No! Tía, no seas tonta!- me interrumpió -desmelénate, Anita, que estás en una playa joer!-
-Jaja, pero tía, me pides que deje todas las tetas fuera ahí? Cómo te pasas no?- (sí, la idea me encantaba)
-Oye, pero dijimos que veníamos a disfrutar o qué? Caliéntales con esas tetazas tuyas, que tienes ya una edad, y esa belleza hay que aprovecharla!-

Recordé por qué éramos amigas, sonreí y pensé que, acabara como acabara la cosa, la idea de que no sólo el escritor y el cortado, sino tantos otros desconocidos que nos rodeaban, se pasasen la mañana muertos de ganas por sentir mi senos y soñando con follarme hasta extasiarme sudada, se me antojaba divertida. Claro que sí. Me volví con mis pechos desnudos. No serían los de Lucía, pero no estaban nada mal. Ahora me moría de ganas porque el escritor regresase a la playa para encontrarse con su carnoso regalo.

Los minutos pasaron con los chicos en el agua, el sol me relajaba demasiado, y no pude evitar caer dormida. ¡Maldita tonta!

-Tía!- me despertaría Lu -tía, tía, despierta! No te lo vas a creer! Los chicos nos han traído bebida!-

Desperté. Apenas pude creerme lo que me esperaba. Inclinada sobre mí, despertándome, estaba Lucía. Su pelo negro, que caía sobre su espalda. Sus ojazos verdes. Aquella nariz moldeada, aquella boca tan sexy y... sus increíbles tetas, bailando desnudas, sin bikini como las mías. Arpía, ¿cómo no iban a traernos nada con aquellos melones seduciéndolos? Así como estaba, inclinada sobre mí, sus pechos, morenos, colgaban arrejuntados, y sus pezones, mágicos, quedaban a unos centímetros de mi cara. ¿Lo peor? Que me encantaban. Que me parecían una forma genial de despertarme. Que me moría por besárselos. Por lamérselos. Por dejar mi boca a su servicio y dar a mi lengua su contacto. La envidia me corroía, me sentía traicionada por saber que Lu había seducido a mi aventura, pero también, y esta vez sin estar borracha, me sentía un tanto lesbiana.

-Bua, Anita, estabas tan espectacular ahí con las tetas al aire que me has dao envidia y me he quitao yo también el bikini- me dijo haciéndose la tonta. En su mano, la bebida. Martini. Así, en botella. ¿Cómo podía haberlo aceptado? No era propio de Lucía.
-Mira, es martini. Iba a rechazárselo, ha venido el rubio a traértelo con bastante desparpajo, supongo que ellos también se han metido alguna, pero me he acordado de que te estaba molando, de que éste es nuestro verano y, jiji, le he dicho que sí!- dijo como leyéndome la mente

Joder, Lucía. Si se estaba haciendo la tonta, lo hacía muy bien. ¿Cómo podía no haberse fijado ella en el guapo escritor? Y, sobretodo, ¿cómo montármelas para tirármelo sin que ella se fijase por el camino? No podía permitirlo. El hecho de que centrase su atención en el cortado me daba cierta ventaja: tendría que explotarlo.

-Trae aquí!- le dije cogiendo la botella -puta locura!-

Comenzamos a beber. En la botella no nos esperaba martini. No sé qué habrían metido, pero estaba casi tan bueno como el escritor. Después comprobamos lo rápido que se subía, mientras los chicos nos miraban ya descaradamente y descojonándose. Lu y yo comenzamos a decir cosas tontas y a morirnos de la risa. Aún sonrío al pensar en lo que pasaría por las cabezas de la gente que nos rodeaba, allí, un martes por la mañana, con aquellas dos chicas borrachas y desnudas diciendo tonterías y riéndose. El espectáculo estaba por comenzar.

-Oye Anita! Que me doy cuenta de que llevo más de una hora aquí con las tetas de paseo y se me ha olvidado darme crema!- dijo con especial tono de tonta
-Joder! Y a mí! Dónde tienes la crema?- no era momento de que se me quemasen, no era el puto momento!
-Aquí, en la bolsa!-

Cogió la crema, y se echó un chorrito sobre una de ellas.

-Tía...- me dijo entonces, con un tono muy, muy sexy -¿no quieres calentar un poco a tu ligue?-
-jaja, tía, qué dices...-
-bueno... digo que...- su voz era sensual -podíamos darnos la crema la una a la otra...-
-jajaja, tía!!!!!- dije escandalizada. Teníamos que estar muy, muy borrachas. Para colmo, hablábamos muy alto, y la gente nos miraba.
-Vamos... Como si no tuvieras confianza ya con ellas... eh, Anita?-

Joder, qué picante. Aquellos senos, con un poco de crema en uno de ellos, pidiéndome que los sintiera. Me llamaban, me atraían, me gustaban.
-Está bien, pero si lo hacemos sexy... lo hacemos sexy- le dije sonriendo. En ese momento no estaba pensando en calentar a los chicos. Estaba pensando en las tetas de Lu. En tocarlas. En masajearlas. Y quería hacerlo, quería hacerlo a conciencia, quería disfrutarlo. Cualquier excusa que me ayudase me iría de lujo.

Me arrodillé sobre ella. Sobre su cuerpo tostándose al sol. Ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás. Estaba metida en su papel... Y la confianza con la que se abandonaba a mis manos me encantaba. Comencé a tocárselas en un tórrido masaje. Suaves y firmes, cómo las envidiaba, su sólo tacto ya me estaba volviendo loca. Pero quería más. Quería volvérselas a besar. Como aquella noche en que mi boca había conocido por vez primera los pechos de una mujer y la polla de mi hermanito. Sabía que era imposible, rodeados de gente, y cubiertas ya de crema, pero quería lamérselas otra vez. Lucía, además, ponía cara de concentración, como si lo disfrutara. “Finge por el jueguecito del rollo sexy” pensé, pero no. No, había caras muchísimo más sexys, y Lu las dominaba todas. Estaba sintiéndome. Estaba disfrutanto, como yo también hacía.

Me acerqué a su boca. Sentí sus labios cercanos a los míos. Quería besarla. Quería besar a Lucía. A la mujer de ensueño que hipnotizaba. Sentí incluso celos por cuantos hombres habían pasado por esos labios. Quería sentirlos. Pero no estaba tan borracha.

-Lu, no sabes cómo me encanta tocarte las tetas...- parece que sí que estaba suficientemente borracha como para soltar eso. Me arrepentí enseguida... Me miró raro.
-Pero qué dices tía?-
-Joe, no sé, tan blanditas, tan...-
-Jaja, tía, estamos hechas unas lesbianas que lo flipas...- me respondió

Un momento: ¿Cómo? ¿Estaba declarándome abiertamente que no le molestaba? ¿Incluso que, a su manera, a ella también le excitaba? Joder, tenía sentido, era ella la que me había propuesto todo este lío de sobarnos, pero... uf, sería demasiado caliente.

-Es tu turno, Anita-

Me levantó y me hizo tumbarme en mi hamaca. Sus ojos brillaban. Humedeció un poco los labios con su lengua. Lu, me estás poniendo a cien. A mil. A cienmil. Joder, Lucía, si fueras un hombre, comenzaría a chupártela ahora mismo. Lo disfrutaría. Fingiría que lo disfrutaría aún más. Te destrozaría con mis ojos, te follaría con mi lengua, y después... por dios, desearía que tuvieses ganas de mí. De metérmela, de hacérmelo, de cabalgarme, de torturarme a placer. De escucharme gemir como una puta, sobar mis tetas, sujetarme contra la pared y terminar con tu boca en mi vagina. Y ambos seríamos felices. Pero eres una mujer, y no sé qué hacer contigo. No sé jugar como lo hago con los tíos. Ni como tú lo haces conmigo.

En lugar de arrodillarse a mi lado, se subió también en mi hamaca, colocando sus piernas a ambos lados de mi cadera. Su cara expresaba deseo. No pretendía “darme crema”. Tampoco fingía ante los chicos. Quería meterme mano. Quería conocer mis tetas como yo lo había hecho con las suyas. Estaba deseando mi cuerpo. Lu, la chica increíble, me consideraba a su nivel... y yo me sentía feliz. El atrevimiento con el que me trataba indicaba que se le había subido más aquel “martini” que a mí, pero no me importaba. Quería disfrutar con aquello.

Imagináosla. Se echó crema en una mano. Comenzó a masajearme con las dos. Sus brazos, en esa postura, aprisionaban sus tetas que salían, turgentes, deslumbrantes. Sus manos me estaban acariciando a placer. Cerró los ojos, mirando hacia el cielo en una expresión de placer.

-Anita... no sabes cómo me estás poniendo...-

Como me pones tú a mí, jodida.

-Anita... me estás matando...- decía aquella especie de sueño que se sentaba sobre mis caderas.

Comencé a humedecer la parte inferior del bikini. Lucía...

Se inclinó sobre mí. Apoyó sus codos sobre la hamaca. No hace falta mucha imaginación para saber que sus senos se encontraron con los míos. Wow. Nuestras tetas, húmedas por la crema que acabábamos de ponernos, se conocían ahora por vez primera. Lucía seguía con sus ojos cerrados, y comenzó a mover esas tetas maravillosas. Hacia arriba, hacia abajo, en círculos...

Cerré los ojos. Nuestros espectadores estaban ya atónitos. La sentí. La sentí con todo el placer del mundo. Nuestras tetas se estaban besando. Se estaban deleitando. Joder, Lucía y sus tetas. No me cansaba de pensar en esa palabra. Las tetas de Lu. Las enormes e increíbles tetas de Lu.

Sentí su aliento cerca de mi boca. Abrí los ojos, y allí estaban los suyos, encendidos. Mi vagina se humedeció más si cabe. Y así, con su cuerpo desnudo recostado sobre el mío, comenzó a besarme. Esa boca, Lu... no puedes imaginarte cómo me gustó. Primero juntaba sus labios con los míos, en cálidos besos. Luego comenzaba a jugar con cada uno de mis labios. Cuando fue su lengua la que entró al juego, quedé desarmada. Quería que aquel beso nunca terminara. Mi lengua estaba disfrutando la suya, mis labios también, y no podía dejar de pensar en el roce entre nuestros pechos. Nos besábamos, nos saboreábamos. El beso era cálido, era suave, dulce cómodo, excitante. Un beso de mujer.

Entonces Lu comenzó a lamer la comisura de los labios. Sentí cómo me derretía. Mi amiga era una profesional. Y su juego no había terminado.

Se apartó un poco, se recostó a mi lado, sin dejar de pasar su lengua por mis labios. Una de sus manos quedó libre, y comenzó a acariciarme el ombligo. Lu, dime que no estás pensando en eso...

Su mano siguió acariciándome. Tranquila, paciente, como nunca lo había hecho la de ningún hombre. Lu...

Alcanzó la braguita del bikini. Lucía, acabarás conmigo...

Y así, metió su mano y comenzó, suavemente, a masturbarme

-Joder Anita, guardas un trozo de mar aquí abajo?- dijo al sentir la humedad en mi vagina
-No me separes de tu lengua, Lucía- dije lanzándome de nuevo a reclamársela, loca

-Eh! Vosotras!!! Joder, dónde coño os creéis que estáis???-

La voz de un tío, alta, poderosa, nos devolvió a la realidad. No era otro de nuestros espectadores, ya idiotizados. Parecía una especie de guarda o algo. Se acercó hasta nosotras.

-Dios mío, sois lo que me faltaba por ver. Si supierais la multa que os puede caer por esto... Mirad, escuchadme, a vuestro alrededor no hay más que tíos jóvenes, y os voy a perdonar porque no creo que les hayáis molestado precisamente, pero quiero que os larguéis ahora mismo de mi playa, vale chicas?-
-S..Sí, sí señor agente (no creo que fuese ningún agente, pero es lo que me salió), ahora mismo... por supuesto...- me moría de envidia. No así la borracha de mi amiga.
-Pero señor agente... si está empalmadísimo!-

En un rápido movimiento, Lu bajó los pantalones del agente. Desde luego que estaba empalmado, estaba empalmadísimo, cómo no iba a estarlo. Lucía soltó una risita y se metió su pene en la boca. De inmediato, comenzó a mamársela. Maldita profesional. La aparté enseguida como pude.

-Dis... ¡Disculpe señor agente! Es que mi amiga está... está muy borracha... y...-

El guarda no reaccionó, se había quedado paralizado. Así, me apuré en levantar a mi amiga, coger la bolsa y, con las tetas al aire aún las dos, salir de la playa. Una vez fuera, me dijo picantona:

-Espera! Espera!- Se puso a hurgar en la bolsa. Cogió la nota del chico y un boli, y corriendo, anotó mi número de teléfono y se fue corriendo hacia el cortado
-Lucía no!!-

Tarde. El cortado me miró como diciendo “no pasa nada”. La verdad es que, sin ser el escritor, no estaba nada mal. Entonces recordé a mi amor del día. El masculino, al menos. El que tenía “algo”. Ya lo creo que lo tenía. Tenía novia. A su lado, una chica que parecía acabar de llegar lo abrazaba mientas nos miraba con cara de asco. Una maldita novia. Sonará mal, pero este es un relato de confesiones: aquello me enamoró del todo de aquel desconocido. Del escritor. De mi escritor.



-II-


El cortado me llamó al día siguiente. Su nombre era Raúl. Quería saber si me gustaría tomar algo con él. Valiente gesto, llamarme después de un día de borrachera en el que era consciente de que me había visto montándomelo con mi amiga. Tuve que hacerme la tonta, no estaba sola en el hotel. No es que durmiera con Lucía...

Cuando salimos de la playa, estábamos mojadísimas. Y aún en tetas. No sabía si Lucía querría seguir con el juego en la habitación, pero ahora me daba algo de corte y ni siquiera sabía si lo deseaba. Dos tíos pasaron, mirándonos, como toda la calle. Uno de ellos estaba bastante bien, el otro era más bien feote.

-Tía, necesito polla- me dijo Lu, pedo perdida -y este señor tiene pinta de tener una bien deliciosa- dijo agarrándose (sí, desnuda) al guapo. Me resigné. Yo también la necesitaba. No había dónde elegir, así que me quedé con el feo. Una vez en la habitación, desinhibida por el alcohol, le dejé las cosas claras.

-Si estás aquí, es porque mi amiga me ha puesto a cien y necesito desfogarme. Eres un cabrón afortunado, y tu papel esta noche es el de darme placer. Me parece bien que lo disfrutes, por qué no, pero esto es para mí, no trates de cumplir todos tus sueños ahora. Apagaré la luz. Me comerás el coño. Lo harás a conciencia, además, más te vale hacerlo bien, porque pienso correrme mientras lo haces. Si después me apetece, follaremos. Tú te pondrás encima, y me trabajarás. No me beses en la boca, no me gustas. Bésame lo que quieras, excepto la boca-

Puede sonar duro aquí escrito, no lo sé. Sé que estaba pedo, y que a él le sonó a cielo. Un gemido de mujer llegó desde la habitación de Lucía.

Apagué la luz. Me desnudé, cerca suyo. Sin tocarle, haciéndole sentir que me desnudaba. Desabroché su camisa, botón a botón. Seguía sin tocarle en exceso. Sus pantalones... Hacía mucho que no desabrochaba unos pantalones sin proceder a una mamada. Cuando follaba por impulso, por calentón, que eran las ocasiones en los que no cabía el sexo oral, solían desabrochárselos los tíos solitos. Creo que mi invitado lo notó, y supongo que cruzó los dedos. No, no estaba para comerle la polla ahora, estaba decidido. Le cogí la cabeza.

-Ven aquí- le dije, tumbándome en la cama y hundiendo su cabeza entre mis piernas. Intuitivo el chico, se puso a lamer. No lo hacía muy bien. Le cogí la cabeza. No pensaba quedarme sin disfrutar de aquello, y comencé a movérsela según me apetecía. Una vez comencé a disfrutar, el calentón olvidado en la playa regresó instantáneamente. Pensé en Lucía. Pensé en Lucía y en su lengua. La imaginé entre mis piernas. Sí, no era el desconocido el que me estaba dando aquel momento. Era Lucía. Vamos, Ana, concéntrate. Ví sus ojos de mujer mirándome, lujuriosos. Sus labios. Su lengua recorriendo el interior de mis muslos. Comencé a calentarme. Arriba, abajo, Lu besaba mi vagina con deseo, con placer, y su lengua jugaba conmigo. Sus tetas bailaban mientras lo hacía, sus ojos contemplaban bailar a las mías.

-Sí, Lucía, sí, por Dios, sigue...-

Aquello calentó al tipo, que aceleró el ritmo. Lucía había cerrado los ojos, comía con ansia mi coño, con placer. Me miró. Sonrió. Siguió lamiendo. Su lengua, arriba, abajo, húmeda, suave, como el beso, pero en un lugar muchísimo más increible, lamía, me miraba, sonreía, sus tetas seguían bailando, Lucía se excitaba, se entregaba a esa vagina.

-Sigue!! Sigue!!!! Sigue!!!!!-

Su cara lujuriosa se hundió por completo entre mis muslos lamiendo con ansia. Me moría. Bajé mis dedos para ayudar. Pero no eran mis dedos. Eran los de Lucía. Loca, me besaba, me enloquecía, me disfrutaba. “Joder Anita..” dijo antes de volver a lanzar su boca para comerme el clítoris, los labios, para meterme sus dedos, para masturbarme, qué manos, qué boca, dios mío, Lucía, sigue.. sigue...

-Ah!! Ahhh!!! Sí!! Síiiiiiii!!!!!-

Me corrí. Me corrí con ansia, con fuerza. No había sido la mejor comida que me habían hecho, pero mi imaginación había puesto el resto. No sabía si ahora me apetecía que aquel tipo me follara. Me pareció mal cortarle. Supongo que sintió mi invitación, porque subió y comenzó a besarme las tetas. Definitivamente, su boca no tenía ningún don.

-Cariño, si no quieres que se me vaya la líbido por los suelos, creo que es el momento de que me la...-

“Metas”. No me dio tiempo ni a terminar la frase. Su polla me penetró casi sin permiso, vulnerando toda intimidad. ¿Polla? Pollón. Joder. Joder! Me la sacaba y me la metía, vaya miembro! Dios! Quedaba alucinada a cada viaje. Aquel tío había conseguido sorprenderme, y fue una sorpresa más que maravillosa. Sí, sí... Miré hacia mi amante. A oscuras, no se le veía la cara. Pero yo sabía quién era. Era el escritor. Era aquel pedazo de hombre que había dejado en la playa, sobre mí, rozándome, deseándome, metiéndomela, acostándose conmigo. Echaba en falta más violencia, quería que me destrozara, pero el cielo sabe que aquella polla me lo estaba haciendo gozar.

-Dios, sí...- dijo el hombre.
-Cállate- su voz no le quedaba bien al escritor -y sigue follándome, cabronazo, sigue follándome!-

Eso le animó, y sus embestidas cobraron más fuerza.
-Sí joder, sí. Métemela! Métemela! Métemela!!!!- gritaba como una desgraciada. El escritor, con ojos profundos, disfrutaba de mi cuerpo, pero lo hacía a un nivel diferente. Tranquilo, reposado, y violento de igual manera, dejaba que mis piernas le abrazaran, que mi voz le sedujera, que mis pechos le traspasaran, mientras me miraba con complicidad. Era increíble. Era un hombre. Un hombre, como no había conocido a ninguno.

Comenzó a besarme las tetas. Sí, por favor, sí. A chuparlas, a lamerlas. No lo hacía de la forma en que lo hacía el escritor en mi mente, pero no me importaba. Subió por mi cuello. Su pene seguía entrando y saliendo de mi cuerpo, calentándome, disfrutándome, follándome. Follándome, siempre me encantaba esa palabra. Follándome como solo el escritor sabía hacerlo. La temperatura subió. Comenzó a besarme el cuello, la oreja. Era guapísimo, diferente, masculino. Su polla, enorme. Y me estaba follando!!

Me besó en la boca. Se saltó las normas. Pero era el escritor, y me volvió loca que lo hiciera. Loca.
Solté un gemido de placer mientras le devolvía el beso. Le abracé. Le sentí. Sentí su musculado cuerpo, sentí su deseo, sentí sus brazos, sus piernas, su culo. Y esa polla, por favor, esa polla que me estaba matando, que no paraba de entrar y salir de mí.

-Sí!! Por favor, sí!!! por favor!!!-

El orgasmo llegaba, deslumbrando sobre cualquier otra parte de mi ser. Mi lengua estaba en su boca. Mis tetas se frotaban con su cuerpo. Mis piernas envolvían su cadera. Y así, en una increíble explosión de placer. Llegó. Me corrí. Me corrí con toda mi alma, entre gemidos. Sí, escritor. Desde luego que es amor lo que me estás dando. Y lo que te daré yo a ti.

Insatisfecho, el pene de mi amante seguía reclamando mi cuerpo. Encendí la luz. Se lo había ganado. Sin embargo, para mí no dejaría de ser el escritor. Lo senté en la cama. Me arrodillé ante él. Obediente, seguía sin decir una palabra. Pude ver su pene. No era tan grande, después de todo, quizás la imaginación hubiese puesto lo demás. Comencé a chupársela. Capullo afortunado, mi amante se deleitaba en mi entrega al escritor., y si algo sabía hacer, era mamar una polla. Demasiada práctica. Demasiados hombres, demasiados penes, demasiada confianza con mi hermano como para no repetir, y siempre las mismas reacciones. Mi lengua se entregó. Acariciaba su capullo, lo chupaba, lo lamía, lo mamaba. Me entregaba a mi Shakespeare con la intención de inspirarle más que sus letras. Chupaba, humedecía, seguía chupando. Volví a calentarme. Tumbé aquel cuerpo.

Empeñada en no ver otra cara que la de mi escritor, me senté sobre el, de espaldas, y me estiré hasta que mis tetas quedaron a la altura de su polla y mi culo frente a su cara. Así, mis senos envolvieron aquel pene, haciendo que mi acompañante se derritiera en el acto. Ver mi culo bailando mientras lo hacía no solía desagradar tampoco a nadie...

Me recosté más. Ahora, su pene quedaba bajo mis labios, y mi vagina sobre los suyos. Lo que son los escritores, no tardó en acudir a él la inspiración. Comenzamos el sesentaynueve. Yo chupaba y chupaba, como si algo me atrajese en aquel miembro erecto. Lamía, lo recorría, lo conocía. Lo saboreaba. Mi boca subía y bajaba, enloqueciéndole. Sentí que su eyaculación se acercaba. Jodido tío feo, apuesto a que no olvidarás esta noche. Comenzó a correrse, y dejé que su semen se lanzase sobre mis tetas. Les encantaba. Pero había algo que les gustaba aún más. Hice que necesitaba quedarme algo de aquel semen, lamerlo, y lancé de nuevo mi boca sobre la polla de mi Oscar Wilde, terminando mi mamada mientras él terminaba de correrse. Aquello me calentó muchísimo, y sentí acercarse a mi tercer orgasmo de la noche. Comencé a mover mi entrepierna, restregándola contra su lengua con mayor habilidad de la que él tenía para lamérmela. Sí, así sí, así sí!!. Se acercaba. Venía. Tras los dos anteriores, casi parecía algo natural. Alcé la cabeza. Gemí. Grité. Y me corrí.



El tío amaneció en mi cama. De repente, me parecía aún más feo. Y entonces llamó Raúl, el cortado. No sabía muy bien cómo encarar aquello.

-Sí, claro que quedaremos, por qué no?- le respondí -pero tú y yo solos, vale?-

Accedió. Yo ya tenía un plan. No iba a cejar en mi empeño por que mi aventura con el escritor trascendiese la imaginación. Pero iba a ser complicado. Tenía novia. Sin embargo, eso lo convertía en un hombre heterosexual. Sabía cómo lidiar con esa especie. No tan bien como Lu, pero sabía hacerlo. Y, con el cortado de trampolín, Shakespeare acabaría deseando mis tetas antes de que terminasen las vacaciones. Encantada.

El ligue de la noche anterior se había metido ahora en la ducha. Seguía sin decirle palabra. Me metí en el baño. Apagué la luz. Me metí en la ducha. Me arrodillé. Comencé otra mamada. Pero esta no era de premio. Ni el resultado de un calentón. Sería una mamada lenta. Una mamada profesional. Mi lengua se quedaría sin un centímetro que besar, y su pene sin una sensación que conocer. Lo haría delicioso. También me gustaba esa palabra: Delicioso. Sí, simularía que el pene lo era, y le correspondería. Llamadme puta, pero saber hacer aquello formaba parte del plan. Con la luz apagada, no tenía que preocuparme por la expresión facial. Era un error. Encendí la luz. El pobre chico estaba perplejo. Retomé mi mamada. Esta vez no dejé de mirarle. De sonreirle. Sería una mamada larga. Sería una mamada increíble. Al mirarle, no dejé de ver al escritor. Sí, se la estaba chupando a mi amante, y se la chupaba de vicio. La envolví entre mis tetas. El chico gimió. El agua caía sobre nuestros cuerpos, haciéndolo todo mucho más placentero. Me la metía, me la sacaba, jugaba con ella, sin darle tregua. Gemí. Chupé. Sentí cómo se acercaba su orgasmo. No quería que la ducha de ese tío se extendiera, y opté por, esta vez, devorarlo todo. Lo tragué. Él se dejó caer sobre el suelo. Me sentí satisfecha. Tenía la habilidad con un pene entre mis labios. La necesitaría si quería alcanzar mi meta.