La primera vez de Ricky

Ricky estaba muy asustado cuando Maggie lo llamó aquella noche. No porque supiera que iban a pelear o porque hubiera hecho algo malo. No. Ricky estaba nervioso porque, esa noche, Maggie había decidido convertirlo en hombre. Esa iba a ser la primera vez de Ricky.

Recapituló antes de golpear la puerta:

Maggie le llevaba cinco años, era la hermana mayor de su mejor amigo y, ¡Dios! Él lo sabía muy bien: ¡La muchacha era una bomba!

De piel canela y piernas largas, llevaba el cabello castaño y largo y los ojos marrones cargados de placer. Sus pechos se dejaban imaginar grandes y turgentes, su vientre liso y bien marcado, y sus nalgas redondas y firmes. Completando lo que para él era una imagen divina.

Sí. Maggie era el sueño de todo chico y él estaba a punto de volverlo realidad la primera vez que iba a tener sexo. Tragó saliva.

Ya no recordaba cuántas veces se había masturbado viéndola. Pero si tenía grabado a fuego en su mente aquella vez que ella lo descubrió mientras tomaba sol tumbada de espaldas en el patio y, en lugar de escandalizarse y regañarle, se puso en cuatro patas levantando su culito y contoneándolo, como si se lo estuviera ofreciendo. Pero Rycky no pudo dejar de masturbarse y apuró el roce de su mano en su pene para largar su contenido. A partir de ese día, supo que solo era cuestión de tiempo. Por eso no se sintió para nada sorprendido cuando Maggie le escribió informándole de que sus padres y su hermano habían salido, que volverían tarde y que quería verlo cuanto antes. Al principio se sintió intrigado, pero su curiosidad se volvió una mezcla de miedo y excitación cuando le oyó decir:

-No te olvides de traer unos cuantos forros.

Así que ahí estaba él, el joven y virgen Ricky, a un golpe en la puerta de cambiar su vida y volverse hombre. Tocó tres veces.

Maggie lo recibió envuelta en una bata rosa clara y con una sonrisa por demás juguetona. Ricky entró tímidamente y fue conducido hasta la cocina.

-No tengas miedo, relájate. –le dijo Maggie al tiempo que le servía una copa de vino. –Créeme, nos vamos a divertir mucho.

La primera vez de Ricky, un sueño hecho realidad

Sin mayores preámbulos, Maggie tomó a Ricky de la mano y lo condujo hasta la habitación de sus padres. Rápidamente tiró al muchacho sobre la confortable y enorme cama. Se acostó a su lado y, sonriéndole abiertamente, comenzó a besarlo.

Sus labios y sus lenguas danzaban apasionadamente al tiempo que la muchacha lo tomaba por la espalda, acercándolo hacia su cuerpo. En su inexperiencia y desesperación, Ricky buscaba bruscamente acariciar cada centímetro de la muchacha, desde sus nalgas hasta su espalda y cabellos.

-Mmmmm, veo que alguien ya está preparado. –comentó grácilmente Maggie al tiempo que frotaba la pelvis de Rick por sobre su pantalón y notaba cómo su bulto iba creciendo y creciendo. –Abrí bien los ojos pendejo, que esto te va a encantar.- Añadió guiñándole un ojo.

Y ante la sorprendida y fogosa mirada de Ricky, Maggie se quitó la bata quedando completamente desnudo.

-¿Te gusta lo que ves? –le preguntó entre jadeos al tiempo que le acercaba los pechos a la cara y le tomaba las manos para que se los apretase. –Apriétalos y chúpalos, dale… Mmmm sí, así. –Comenzó a gemir cuando Ricky comenzó a apretar y masajear sus pechos mientras le daba largas lamidas y chupadas.

El éxtasis del joven comenzó a crecer cuando Maggie lo liberó de sus pantalones y dejó a la vista su pene totalmente duro y erguido.

-Mmmm qué grande es –comentó la joven tocándole la cabecita con la lengua y haciendo que se doblara de placer sobre la cama. Sonrió. –Despacito, que quiero saborearlo entero, entero.-Añadió dándole suaves lamidas y frotándolo con la mano lentamente.

Una fina capa de sudor comenzó a recorrer el cuerpo de Ricky mientras acariciaba a Maggie en las mejillas y esta se tragaba dispuesta y hambrienta todo su pene. No podía creer que se lo estaban chupando. Sentía el paladar de la muchacha en la punta de su miembro y una suave lengua recorriéndole por los costados. Sus huevitos duros y redondos, masajeados por finos y suaves dedos, amenazaban con descargarse.

-Llegó la hora de hacerte hombre. –Dijo Maggie a su oído, incorporándose y sentándose sobre él.

La muchacha comenzó a frotarle el pene mientras le ponía un preservativo y lentamente se sentó sobre él haciendo que su conchita se lo tragara por completo. Dejó escapar un gemido seco y comenzó a moverse lentamente.

Las manos de Ricky iban de las piernas de la muchacha a sus dulces nalgas. Su respiración se agitaba y se entrecortada al tiempo que una electricidad recorría su espalda y un leve hormigueo invadía sus caderas al sentir cómo Maggie lo rozaba con cada pequeño saltito que daba sobre su pene. Sus ojos estaban hipnotizados por el bailecito que hacían esos rebosantes pechos con cada sacudida y solo quería tenerlos en su boca. Pensamiento que Maggie debió adivinar, pues se agachó y le colocó los pechos en el rostro, moviéndolos de lado, al tiempo que aumentaba la velocidad de su cabalgada.

Ricky comenzó a mover su pelvis también, automáticamente, al tiempo que comenzaba a ser consciente de la sensación tan plácida de calor y humedad que invadía a su pene y de cómo este se iba pelando en el interior de la muchacha.

-¡Sí, sí, así! –gimió Maggie, al tiempo que Ricky se llevaba uno de sus pezones a la boca y apretaba el otro con dedos un poco más expertos.

La joven se incorporó un poco y lo besó apasionadamente, introduciéndole la lengua hasta la garganta, al tiempo que aumentaba la velocidad de sus movimientos y roce. Los gemidos de ambos comenzaron a entremezclarse. La muchacha dejó escapar un agudo grito en el mismo momento en el que Ricky sentía cómo su semen abandonaba su pene y se desparramaba, caliente y espeso, en el interior del condón. Era la primera vez que Ricky experimentaba aquella inolvidable sensación.

La muchacha le dio un cálido beso y se recostó a su lado.

 -¿Te gustó volverte hombre? –le preguntó besándole una oreja.

 Ricky no pudo responderle con palabras, solo atinó a volver a besarla.

 

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La Donacion de Semen 2

Capitulo anterior: La donacion

Nuevamente la mas explosiva enfermera, de 110 centímetros/36DD de senos, ayuda a un paciente a donar semen

Otro día en la clínica habilitada para donaciones de semen. Sentada en ante su mostrador esta la enfermera de senos generosos. Leyendo una revista, con algunos cheques por 50U$S sobre la mesa para los donantes y una lista de esto y la hora a la que debían arribar.

Desde hace varios días son pocos los voluntarios. Por lo que la enfermera no ha tenido mucho que hacer. Tras leer el mismo articulo por segunda vez, la señorita mira su reloj y la lista de donantes. Ya debería llegar uno…y así lo hace.

Es un hombre joven y bien parecido. Tras comprobar la identidad (siempre con el máximo de los respetos y preservando la privacidad) la mujer le da un frasquito y le pide que vaya al cuarto para donaciones. Inevitablemente el hombre no puede disimular su mirada clavada en el pecho de la enfermera que, ademas, gracias a su ajustada ropa hace que sus senos resalten mas. Ella se da cuenta de como el lo mira y lo observa con intereses mientras ingresa a la habitación para donaciones.

Lleva nada más que un minuto dentro del cuarto para donaciones, apenas ha destapado el frasco, y lo mira con curiosidad. Cuando de repente la tetona enfermera ingresa en el lugar. Ella lo mira con interés y levanta las cejas. El esta extrañado. La mujer dirige su mirada al frasco y dice “Puedo ayudarte a llenar eso”. El hombre se sorprende aún más y, ni hablar, cuando la mujer lo empuja recostándolo boca arriba. Acto seguido, y ras ponerse unos guantes de latex, le quita las prendas para dejar al descubierto su pene semi erecto…en un rato está completamente erecto. Primero lo acaricia un poco con su mano derecha. Después comienza a masturbarlo, tomándolo entre sus dedos y subiendo de arriba hacia abajo. El donante se recuesta y cierra los ojos. Durante unos dos minutos la masturbación es constante. La enfermera alterna entre una mano y otra. Cuando la mano se le “cansa”, ella le pide que, por favor, le avise cuando este a punto de eyacular.

Llegado el momento, coloca el pene en posición casi horizontal y el frasco debajo. Con la mano derecha de la mujer con el falo entre sus dedos y la otra tomando el frasco. El donante eyacula llenando el frasco. Mientras la mujer tapa el frasco y lo deja en el lavamanos, el hombre, suspirando, se dispone a vestirse y retirarse. Pero ella le advierte que “Aún no hemos terminado”.

Obediente, él se queda en su lugar y observa cómo ella tira los guantes de latex en un tacho para basura médica y saca un frasco de un bolsillo. Se da la vuelta y le dice:

Aún no hemos terminado señor. Primero es donar esperma para la institución y ahora…-se desabrocha la ropa y quita el corpiño- para mí.

Él se queda mirando absorto esos grandes, redondos y firmes senos, que parecen salidos del mejor de los sueños. Ella se arrodilla e introduce el miembro flácido (pues acaba de eyacular) en la boca. Lo recorre con la lengua, lo envuelve en el calor de su boca, lo llena de saliva. Lo quita de su boca, su lengua afuera, y lo toma con sus manos, lo vuelve a masturbar.

Cuando el pene vuelve a estar firme, después de unos minutos de sexo oral y masturbación, la mujer toma el frasco que llevaba consigo. En su interior hay lubricante sexual. Coloca bastante entre sus senos y le aclara:

Esto es para que la fricción con la piel no sea molesta. Y, en cambio, sea muy agradable.

Lo mira lascivamente, toma el pene con su mano derecha y lo apoya entre sus senos. Lleva amabas manos a sus pechos y presiona con ambas el pene. El hombre emite un largo gemido. Las tetas son suaves, y con el lubricante, la fricción es hiperplacentera. Con movimientos, de su torso y las manos, los senos se mueven de abajo hacia arriba masturbándolo.

Para él cada vez se pone mejor: Primero masturbación, ahora masturbación con senos. Una enfermera de ensueño en una situación de ensueño. A pesar de que no hace mucho que eyaculó, su pene vuelve a estar erecto y él (como en todo momento) muy excitado. Cierra los ojos y siente el calor de la piel de ella y la lubricada piel de su pecho.

Cada vez más excitado, cada vez más cerca de volver a eyacular. Y, más aún, cuando los labios de ella le rodean el glande. Y, es así, que la parte del miembro viril que no esta entre las tetas está dentro de la boca de la enfermera.

Él decide apoyar una mano en la nuca de ella, acompañando el ritmo de la felacion. Emite un largo gemido, está a punto de acabar…Otra vez. Por fin eyacula. Dentro de su boca entra semen. Cuando su orgasmo termina, la lasciva mujer lame de arriba a abajo todo el pene y se pone de pie. El hombre la observa: De pie ante él con el pecho descubierto y empapado en el lubricante. Nota el movimiento de la garganta cuando traga…el semen. Le sonríe y, tomando su corpiño, comienza a cubrir su desnudez. Él hace lo propio y se viste también.

La enfermera bebe algo de agua del lavamanos y se enjuaga la boca. Cuando acaba, y con ambos ya vestidos, se dirige al donante y le dice, con una forzada formalidad:

Gracias por su donación señor…-Le guiña un ojo- Por sus dos donaciones.

Él no puede evitar sonreír- Ha sido todo, todo, un placer.

No lo dudo…señor. Ahora le doy su cheque

La mujer se dirige a la puerta, pero se detiene un segundo antes de salir, y se da la vuelta para encararlo.

Quizás, más adelante, podría donar directamente…aquí. -Le dice mientras señala su propio y femenino vientre.

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Pude correrme en la boca de mi novia

Por fin pude correrme en la boca de mi novia. Hacía mucho tiempo que deseaba llenarle la boca con mi semen, pero ella nunca me lo había permitido, así que quiero compartir este relato porno con toda esta comunidad de relatos porno.
Fue el pasado día 30 de abril. Ese día estuve cachondo desde que me levanté con una erección brutal. Intenté persuadir a mi novia, que se llama Karina, para hacer el amor mediante caricias e insinuaciones, pero ella estaba muy cansada y al final no logré más que pillar un calentón aún más grande del que ya tenía al despertar.

Al volver a casa después del trabajo todo fue bien, aunque yo seguía teniendo muchas ganas de follar. Pensé en masturbarme, pero la verdad es que me apetecía mucho más penetrar a mi novia y sentir su húmedo y apretadito coño. Sin embargo, ella seguía sin dar muestras de tener ganas de follar y no quise insistirle porque eso solo conlleva discusiones de pareja, así que me fui a la ducha para darme un baño de agua fría a ver si se me pasaba la calentura.
Después de ducharme cenamos y nos pusimos a ver la tele. Ella estaba recostada con su cabeza en mi pierna izquierda. Cuando ya me estaba entrando sueño, noté cómo su mano empezó a acariciarme el muslo de forma muy disimulada, a lo cual no di importancia, pero poco a poco fue acercando su mano a mi paquete. Al instante, mi polla empezó a recibir toda la sangre posible en cada una de sus venas y capilares, por lo que pronto mi falo empezó a buscar su sitio. Karina, al notar mi bulto dijo en tono sarcástico:

-Vaya, ¿esto qué es? Parece que se anima la cosa, ¿verdad, cariño?
-Sí, eso parece bonita. Hoy te ha estado echando de menos todo el día…
-Bueno, habrá que hacer algo, ¿no?

Y diciendo eso, me sacó la polla del pijama y empezó a chuparme la punta del pene erecto. La verdad es que Karina es una diosa realizando mamadas. Siempre me ha contado que empezó a hacer mamadas de polla desde los catorce años, pero que no empezó a follar hasta los dieciocho…así que se hizo una experta para satisfacer a todos los novios con los que estuvo, lo cual a mí me viene muy bien, jejeje.

Me comió la polla como suele hacerlo, centrándose en el glande mientras me pajea suave y acompasadamente la polla: arriba y abajo, arriba y abajo, lubricando bien mi miembro con su abundante saliva.

Se bajó del sofá y se puso en el suelo para comerme la polla mientras yo la miraba casi sin poder respirar. Tenía el falo tan duro que casi me dolía. Para retardar mi eyaculación, Karina empezó a comerme los huevos, primero el derecho, luego el izquierdo. Los succionaba alternativamente mientras yo sentía un placer indescriptible. Había merecido la pena estar todo el día cachondo gracias a la mamada de mi novia.

No tardé mucho en empezar a gemir, a lo que ella reaccionó aminorando la succión y mirándome a los ojos desde ahí abajo. Se recreaba deleitándose con las gotitas preseminales que emanaban de mi polla, lo cual me hacía subir al séptimo cielo. En respuesta, le cogí la cabeza para hincarla en mi entrepierna, tratando así de dominar un poco la situación. La dirigía de arriba abajo sin parar y poco a poco fue cogiendo ella sola una velocidad que a dura penas podía yo seguir con mis manos, así que desistí y me centré en disfrutar del inmenso placer. Yo no sabía si ella quería que me la follase o si quería que me corriese en sus tetas, pues nunca me había dejado correrme en su boca.

De pronto, dejó de subir y bar para succionar solamente mi glande al mismo tiempo que me hacía la madre de todas las pajas. Todo mi cuerpo se estremeció, hasta el último músculo y noté cómo me sobrevenía sin remisión un orgasmo que iba a ser brutal.

-Me corro, cui…da…do, me co…rroooo. Ya viene, quita…

Ella, lejos de aminorar o de quitarse, dejó de succionar para posar mi polla en la entrada de su boca, situándola justo encima de su lengua, y sin parar de pajearme. Me miraba con una cara de auténtico vicio mientras yo a duras penas podía mantener los ojos abiertos.

-¡Me vengo, me corro, ya…ya…uuuuffff, me corrooooooo!
-Mmm.

De mi polla empezaron a salir borbotones de leche caliente, inundándole la boca y la garganta. No hizo ni el más mínimo gesto de rechazo. Se tragó absolutamente todo mi semen, lo cual me dejó sin palabras. Ver cómo se tragó toda mi leche después de correrme en la boca de mi novia fue algo espectacular, indescriptible.

-Cariño, este ha sido el premio por haber sido tan comprensivo conmigo hoy, pero no te acostumbres…

Después me dio un beso que me supo a semen, pero la verdad es que mereció mucho la pena. Ojalá me dé más premios de ese tipo. ¡Ya os contaré más relatos eróticos!

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Las dosis de Iraina – I

Este relato ya se subió hace tiempo pero, supongo que durante el cambio de look del blog, ha desaparecido. Lo vuelvo a subir, para que pueda leerse ;)

-I-


¿Que por qué me ponía Iraina? No lo podría aclarar. Es decir, sí, me ponía su cara; Sus ojos, ojazos, sus labios tan, tan carnosos, la tersura y el color de su piel, pero es que... ¿cuántas mujeres valdrían más que ella en aquel aspecto? Quizás millones. E Iraina, sin tener un cuerpazo, ni tetas de escándalo, ni piernas esculturales, me ponía más que todas ellas... juntas.

¿Qué tienes, Ira?



El secreto estaba, o al menos así lo creo, en su “simple” forma de ser. Nacida y crecida en Bilbao, su forma de hacer las cosas, y también de entenderlas, lo convertía todo en sencillo. En agradable. Y en excitante.

La conocí en New York, donde ambos dos vivíamos en aquel entonces. Se había introducido en nuestro grupo de amigos a base de liarse con uno de ellos en un romance que, de primeras, nos chocó un poco a todos. Un poco gordita (un poco), con dificultades para el inglés, y sin aficiones ni gustos resaltables, se había llevado al “triunfador” de la plantilla, Andrew, a quien todas nuestras amigas vacilaban por promiscuo, y también al que todas, llámalo cinismo, se habían tirado en más de un encuentro. Guapo galán, adinerado ejecutivo, joven y seductor, y... ¿te quedas con la chica vasca? Es decir, era maja, muy maja, y bastó conocerla para saber que, pasase lo que pasase en aquella relación, había pasado a formar parte de nuestro grupo de amigos; no hubiera sido extraño que se hubiese liado con cualquiera del resto de nosotros, pero es que... ¿Andrew? ¿Andrew el aventurero? ¿El “espíritu libre” Andrew? No sé, no encajaban.

Los rumores, por supuesto, se dispararon al instante: Que si fingían para darle celos a alguien, que si Iraina había quedado embarazada en una noche de borrachera y habían escogido esa opción, cienmil chorradas del estilo... La posibilidad de que Ira volviera loco al chaval no apareció nunca como una ellas.



Mi punto de vista cambiaría completamente cuando un día llegué a casa, cansado del trabajo, y me abandoné en el sofá completamente decidido a entregarme a un viejo ritual que hacía tiempo que no me permitía, y que prometía relajarme a base de suministrarme un pequeño placer. Desabroché la cremallera de mi pantalón, que bajé lo justo para que no me molestase, y dispuse mi mano sobre mi pene para lo que mi ex llamaba “darse un homenaje”. ¿Y por qué no?

No tardó en erguirse; pero antes de deleitarme había de decidir quién iba a complacerme. Qué chica, qué belleza estaba por entregarse a mi mente. "Podía ser Susie, mi compañera de trabajo. Nah, demasiado usada, lo siento Susie, fue bonito mientras duró, pero tu piel ya no se siente tan dulce. ¿Quizás Carla, el bombón de clase de mis tiempos de universidad?" Nada, el recurso también estaba gastado, quizás desde aún antes. Y no sé, no era excitante.
Comencé a probar a mis amigas. Aquello fue más divertido, siempre tiene su gracia imaginar a una chica con la que tienes cierta intimidad gimiendo y entregándose al contacto de tu polla, pero aun así no me daban lo suficiente. Una por una, todas fueron fracasando. Si me pudiesen dejar en el pene una marca de su pintalabios creo que tendría una colección de arte moderno envidiable pero, para mi desgracia, de morbo, ni rastro.

Y entonces se me ocurrió Ira. ¿Por qué no? Podía al menos probarla... Ya me estaba quedando sin alternativas, y ella contaba con al menos una cosa: Era la nueva; y era simpática, no sé...

Iraina me miró, sonriente, juguetona. Arrodillada entre mis piernas, recorría sus labios con su lengua mientras no dejaba de mirarme con lascivia. Bajo su cara, un enorme y sexy escote me deleitaba. Me vio mirándolo, sonrió, y se quitó la camiseta...

(...y de momento ya me había durado más que ninguna de las otras...)

...y allí salieron sus tetas, preciosas. Ella, por su parte, no dejaba de sonreírme en su lascivia. Casi parecía que se estaba metiendo conmigo, jugando con mi forma de admirarla, y era extraño, porque jamás había imaginado a ninguna de mis fantasías en una disposición similar. Aquello me calentó. Ira, creo que hay algo en ti. Algo excitante. Y una alegría muy tonta me entró en el cuerpo, ¿podía ser el morbo segregándose en mi venas? Sí, ¡joder, me apeteces, Iraina!

Dejé temporalmente tranquila mi polla para buscar en mi portátil alguna foto en las que saliera la chica que, inconsciente, estaba a punto de entregarme su tacto. Me costó encontrar alguna en la que estuviera sin el estúpido Andrew, pero encontré un par de ellas, que coloqué en la pantalla tan grandes como me fue posible.

En una salía riendo, en pose caricaturizada hacia la cámara, y en la otra sus labios ponían “morritos”, resaltando su naturaleza carnosa y volviendo a Iraina bastante guapa. "Qué maja."

Decididas las fotos, me fui a la bañera y encendí el grifo del agua caliente, sumando algunos aceites para que quedasen diluidos, e incluso encendí un poco de incienso, dejándome llevar por la intuición. También aquello fue raro, porque nunca había montado algo así para masturbarme, pero yo qué sé; Como ha quedado escrito, estaba cansado, y necesitaba relajarme con un regalo que, por desgracia, ninguna mujer me iba a obsequiar.

Me metí en la bañera, y el calor reconfortante me inundó en un agradable abandono a la tranquilidad. Encontré que, sin que yo se lo pidiera, mis manos habían buscado entre mis piernas, enamorándose de aquel que aún me llamaba sin doblegarse, tan ansioso como yo por conocer a mi nueva amiga. La fantasía merecía ahora comenzar de nuevo...


Me estaba duchando, cuando alguien abrió la puerta del baño. Era Iraina. ¡Perdón! gritó de inmediato cerrando la puerta. Como si me hubieras molestado, Ira.

Volvió a abrir.

-Lo siento, lo siento muchíiiisimo, pero voy con mucha prisa y necesito ducharme! Estoy con los ojos cerrados -era cierto, se los estaba tapando con una mano -no miro nada, dime donde puedo alcanzarte una toalla y déjame la ducha a mí, por favor!

Reí



-jaja, pues me doy cuenta de que no tengo ni una mísera toalla a mano en el baño, y aún ni siquiera me enjabonado el pelo, así que me temo que tu plan es un poco insostenible. Pero en la ducha cabemos los dos, Ira, no seas tonta y ven aquí...


(En efecto, fantasear es algo tan, taaan fácil...)




Ella abrió los ojos. En mi ducha no había mamparas, y se encontró con mi cuerpo desnudo, sin nada que nos interpusiera. Pude ver cómo lo miraba de arriba a abajo haciéndose la distraída. Más abajo que arriba, desde luego.

-Pues joe, si no te importa... lo siento, pero es que llego tarde!
-Estaré encantado de que lo hagas, Ira... -respondí tratando de poner una voz cómoda y atractiva, estilo caballero.

PhotobucketSe desnudó corriendo, como si de verdad tuviera prisa. Su cuerpo, tan impresionante como mi imaginación podía permitirse, quedó enseguida libre ante mis ojos. El vapor que inundaba el baño le daba un toque húmedo que le quedaba perfecto, y ella estaba flamante, preciosa. Incluso mi pene se irguió entonces para no perdérsela.

-Jaja, vaya con el nene- dijo riendo ante mi erección y vacilándome -a ver si ahora no vamos a caber los dos en la ducha...!
-Jaja, lo siento, Ira, parece que me excitas un poquito
-¿Sí no? Ya lo veo ya, pero me meto igual, que llevo prisa, no te importa no?

Y sí, se metió, desnuda, junto a mí. Por mi parte, no pude evitar centrar de inmediato mi vista en sus preciosas tetas. Soy un hombre, yo que sé, no puedo escoger mis prioridades, ni tengo por qué hacerlo en los momentos a solas conmigo. Y ahora, a diez centímetros de mí, podía oler a esa mujer. Y admirarla. Y morirme en la visión de esos pezones que nada evitaría que lamiera en unos segundos. Y excitarme como si nunca hubiera probado a una mujer en mi vida.

-Nene, ya que te veo lanzado, ¿me harías un favor? ¿te importa enjabonarme? Es que necesito ganar tiempo, y tendría que estar saliendo ya...


Mi imaginación no es de lo más sorprendente. Ni me importa.

-Claro. Te enjabonaré, Ira -respondí galantemente.

Y así, ella me dio la espalda mientras la ducha seguía humedeciéndole pelo y piel. Comencé por sus hombros, poco a poco, su culo, sus piernas... De alguna manera, imaginaba que lo hacía despacio, conociéndola, experimentando su tacto en mis manos, pero en mi mente todo pasaba muy rápido, demasiado concentrado en la idea de llegar al final. Aun así, el calor de esa chica inundó mis dedos. Después de enjabonar su vientre, por fin, me atreví a subir hasta sus senos, los senos que llevaba “tanto” tiempo esperando; despacio, con delicadeza, deleitándome en su tacto... alcancé sus pezones, suaves, mojados, excitantes... envolví sus preciosas tetas... para comenzar a masajearlas...

-Joder, pero...-exclamó con cierto tono de reparo -me estás tocando las tetas?
-Hombre... te las enjabono, no? -respondí con una voz más masculina que la que saldría nunca de mi boca en el mundo real
-Sí ya, un poco listo tú eh? Me estás sobando las tetas! -mantenía el tono de reparo, pero se empezaba a notar un fondo de “te vacilo hombre, tócamelas joder”
-Sólo un poquito, Iraina...
-Jaja, claro hombre, idiota...! -se acabó rindiendo y sonriendo. Estaba sobando sus pechos, y aun así me hacía sentir inocente!

Photobucket

Se volvió hacia mí.

-Anda, pero solo un poquito eh? Que llevo mucha prisa...

Gracias al cielo. Eran suaves, sexys, enormes. Eran unas tetas geniales. Acerqué mi boca hasta ellas para proceder a lamerlas..

-Oh, nene -gimió -sí, gracias por pedirme permiso para lamerme las tetas. Podía haberme importado -la mofa inundaba el tono de su voz mientras mi lengua lamía por vez primera la piel de Iraina, los pechos de Ira, sus voluminosas y calientes tetazas, que sabían a dulce, sabían a sed y agua, a cielo después de tierra. Sabían a placer.

-Oh dios, nene, creo me está gustando... -susurró ella con un ligero gemido
-Soy muy exigente cuando enjabono a alguien, Ira... -vacilé yo, cómo no, con voz sexy y atractiva



-Nene... -me susurró -no sabía que las lenguas limpiasen...

Sus pezones, empapados, se tersaron entre mis labios, y yo llevé una de sus manos hasta la parte de mi cuerpo que más la reclamaba... Sin importarle, sus dedos encontraron mi polla, la rodearon...

-Aunque, claro... -me miraba riendo -tenía que haber caído, si no lo hicieran, gastarías demasiado jabón para limpiar ese... ese...

Su mano agarró mi polla y comenzó a moverla, mientras ella se agachaba hasta quedar arrodillada ante él, quedando sus labios más cerca de mi placer que de cualquier otra cosa en el universo, y de su boca salió una mueca de sonrisa. Me miró.

-Tendré que ayudarte, no?

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Y así llegó el momento en el que mi mente decidía no hacerlo más largo y sus labios, húmedos, calientes, rodeaban mi glande para dejar que mi polla deslizase a continuación por su lengua y dándome a probar a la más espectacular de las Irainas. La Iraina desnuda, la Iraina mojada inundando mi cuerpo de ardor con sus labios y dedicándome una felación increíble. Me la estaba chupando...

Y fue entonces cuando lo sentí. Cuando sentí por primera vez el tremendo poder morboso de la boca de Iraina. Al imaginar sus labios en mi polla, me inundó un sentimiento de excitación, de bienestar, mientras sentía un pequeño “picor” en el glande calentándome y volviéndome loco. Era una sensación que había tenido de adolescente, cuando había comenzado a masturbarme, y que había olvidado mucho, muchísimo tiempo atrás. Dios mío, ¡Iraina!

El agua nos empapaba e Iraina, desnuda y arrodillada, recorría con sus labios mi pene y lo sorbía y lamía como si lo necesitase. Agua y saliva se fundían en su boca mientras mi corazón se aceleraba, mi mente desaparecía y mi cuerpo se abandonaba a la increíble experiencia vasca. Comenzó a frotarse las tetas con las manos, gimiendo. Su lengua me recorría, arriba y abajo, lamiendo mi miembro entero, mientras su mirada atacaba a la mía y me desarmaba. Aún parecía estar vacilándome. Llamándome “nene”, metiéndose conmigo. Mas de su boca no salían palabras de mofa. Su boca se centraba en saborear mi placer con ansia, con deleite. Le encantaba, le ponía, lo disfrutaba. “Mmmm...” me soltó deshaciéndose de mi pene para morderse un labio, recorrer mi polla con la lengua y regresar a su escandalosa mamada.

Mi orgasmo dio pronto muestras de acercarse. Ella lo notó y comenzó a besar con más y más ansia. Su mirada ya no me criticaba, sus ojos estaban cerrados, en cara de concentración, de disfrute. Llevó una de sus manos a su vagina mientras su boca aceleraba el movimiento, y sus tetas respondieron bailando y matándome de excitación mientras el agua seguía lloviendo sobre nuestros cuerpos.
No pude evitar correrme en su boca mientras ella seguía comiéndome la polla...

...y me maldije a continuación mientras el esperma saltaba sobre mi vientre. Me maldije por no haberlo hecho más largo. Desearía haber bebido más de esos pechos, me gustaría haber besado sus labios, joder, habérmela follado y oírla gritar de placer mientras se olvidaba de sus “prisas”. Pero estaba hecho. Y lo cierto es que había quedado satisfecho. Y relajado. Pronto descubriría que la definición exacta de mi estado era aún más potente.

Estaba... drogado. Drogado de Iraina.

El pecado original


Laura era apenas mayor de edad. Una cría mimada más con ganas de ser rebelde, aunque a veces su inteligencia y arrojo asustaran. O... eso acostumbraba yo a pensar; Quizás no fuesen su inteligencia y arrojo. Tal vez eran sus labios, sus ojos, lo sexy de sus maneras y su cuerpo de mujer los que hacían que hablar con Laurita te dejase, no sé, intimidado.


Qué más daba, el caso es que era mi alumna, y sería además la chica que habría de condenar, por siempre, mi concepto de la determinación humana.

-Javi... ¿tú qué tal me ves?


Eran unas clases particulares. En su habitación. A mis 36 años, había trabajado para sus padres en otras ocasiones, y confiaban seriamente en mí. Claro, que también confiaban en la niña...

-¿Cómo te voy a ver? Bastante mal, Laura. El examen es mañana. Y tú, chica de costumbres, apareces hoy aquí sin haber estudiado nada... -le reprendí.
-Joe, no hablaba del examen -bufó ella demostrando que la prueba no le quitaba el sueño -decía... como mujer, ya sabes. ¿Cómo me ves? -insistió levantándose y dando una vuelta de tinte sutil.


La pregunta me impactó más de lo debido; no era nada en lo que no hubiera reflexionado ya antes. Pasa que te veo como un queso, Laura, como un trozo de pan dulce y caliente deseando ser untado, pero eres mi alumna, ¿sabes? Y, pese a que también de cabeza estés más desarrollada que muchas de las que tienen el título de mujeres adultas, no dejas de ser una niña. Una niña a la que tendría que ver así, como una niña. No como a la mujer que, de facto, estás hecha.

Vestía un generoso escote, siempre un voluminoso escote, del que se hubiera avergonzado en la universidad, en camisetas de tirantes que no conocían de frío o calor, y que marcaban siempre su sujetador con una definición casi insultante a ojos de quien no pretendiera notarlo.


"¿Cómo me ves?"

Debería haberle respondido con una sonrisa. Con un convencido "me temo que eso tendrás que dejarlo en manos de gente de tu edad, mi papel aquí es conseguir que estudies". Sí, aquello hubiera bastado. Mas la cabeza juega malas pasadas y, como pocas mujeres, Laura... me intimidaba.

-Pues... bastante bien -respondí nervioso, arrepintiéndome al instante -no sé...
-¿Bastante bien en plan "no estás mal"? ¿O bastante bien en plan "me pones bastante"?

Vaya, joder con la boquita de la cría.

-En plan ninguno, déjalo ya, Laura. Tienes un examen que estudiar, ¿recuerdas?
-Sí, ya lo sé, el examen... -resopló asqueada.


Las cosas, a partir de entonces, parecieron volver a su cauce, pero jamás terminaron de hacerlo. Fuera nuestra relación un río, su caudal estaba desbordado. En parte por mí: Quizás fuera una idiotez, pero ahora me costaba más no fijarme en aquella belleza, por mal que me pareciera. El placer con una chica casi menor siempre me ha parecido algo... rastrero, aprovechado. Igual que había renegado a acostarme con amigas en sus momentos de debilidad, las chicas tan jóvenes viven inmersas en la confusión, en una época que recordarán para siempre, y en la que tú no pintas nada; una mancha desluciendo belleza; no, no es tu sitio, Javi. Mas, mientras no llegase a tocarla, tampoco hacía ningún mal, ¿no? Es decir, esa chica, por la calle, aparentaba más que algunas de mis adultas conocidas... ¿Qué tenía de malo fijarme un poco en ella?



Por su parte, Laura se mostraba más activa en conseguir llevar las cosas a otro nivel. Pequeña Carolina, se agachaba constantemente, haciendo que su camiseta colgase y dejándome sus pechos prácticamente a la vista, costándome rechazar tal regalo o al menos disimularlo; acercándose a mí al hablar, desprendiendo calor y perfume, poniendo sus casuales poses sexys... y con ropas cada vez más provocativas, habiéndose convertido la minifalda ceñida en su uniforme habitual. Sus piernas, por supuesto, eran fantásticas y, si bien menos atractivas que sus ojos, sus labios o sus pechos, la vista se dejaba agradecer en la fantástica piel que conformaba sus muslos y que se convertía, más allá de la luz, en nalga de mujer. Increíble. Excitante.

Pasamos tres clases moviendo nuestras fichas, cada uno lo mejor posible, yo queriendo evitarla hasta un punto que desconocía, ella queriendo jugar hasta un punto que tampoco podía tener claro, y bando atacante derrotando por instantes al bando defensor. No sería hasta esa tercera clase cuando la imponente reina de corazones lanzaría un primer y agresivo jaque. Al peón.


-Oye, Javi... ¿podrías enseñarme algo? -bufó, aburrida entre sus estudios, ofendiéndome.
-Vaya -intercedí entendiendo su desidia como una crítica a mi trabajo -¿es que acaso no te estoy enseñando nada?
-No, no, tonto, no me refiero a eso, tonto. Quisiera aprender algo más... algo más concreto, ¿sabes?
-¿Algo más concreto que las ciencias exactas? ¿Como qué? No sé, creo que no te sigo...
-Javi, con confianza... no te cortes, ¿vale? ¿podrías decirme cómo... cómo se chupa una polla?

¿Pero...?

-¿...QUÉ? -respondí atónito
-Bueno, es que... hay un chico por el que estoy interesada... uno de mi edad digo... y, no sé, quizás si pudiera impresionarle así...
-La..Laura, ¿te estás escuchando?
-Ya, ya, vale chico, perdona. Creí que no te importaría hablarme algo de sexo, ¡ni que fuera esto el colegio!

Algo se le iluminó en la cara tras decirme aquello.

-Y... ¿Por qué te importa tanto hablarme de estas cosas? ¿Es que te gusto? ¿Te inquieta hablarme de temas de sexo? -incidió, sonriendo.
-¿Cómo vas a gustarme? Laura, ¡eres una cría! -me revolví yo cortándole, atónito e indeciso a partes iguales.
-Ya, ¿y por qué ibas a ponerte de esa manera si no? Jaja, ¡claro que sí, te gusto!
-Laura, Laura, escúchame. No me gustas, por supuesto que no me gustas, y tus padres me han pagado por darte una clase que estamos perdiendo. Saca los libros, anda.
-Tú también me gustas, Javi...

Aquella cría iba a volverme loco. Se mordió el labio inferior, vacilándome, y demostrándome la cantidad de horas que había pasado practicando poses atractivas ante el espejo, con éxito. Laura, estás... ¿jugando?

-Te gustan mis tetas, ¿verdad? -soltó la muy maldita acariciándoselas por encima de la camiseta -me gusta que te gusten, Javi... yo las quisiera aún más grandes... pero sé que están bastante bien...-quedó callada un rato, mirándome en aquella postura vacilante, hasta decir resuelta -¿quieres verlas?
-Laura, en serio, deja todo esto ya -le corté con tono amargo mientras hacía que me ponía a anotar cosas en mi cuaderno. Pero ella se quitó la camiseta y, no contenta con ello, desabrochó su sujetador, dejándolo caer. Dejando, en cuestión de segundos, sus tetas desnudas al alcance de mi mirada.
-Dime la verdad, Javi -repitió buscando mi mirada al tiempo que sus manos buscaban esas dos perlas preciosas -¿te gustan?

Y vaya si me gustaban. Eso no eran pechos, eran jugosos melones, dulces sandías, eran impresionantes, increíbles. Preciosas. Calientes. Sensuales.

-Laura, por favor, ponte inmediatamente la camiseta, o llamaré a tu madre -me estás poniendo muy nervioso, Laurita.
-Son bonitas, ¿verdad? -jugueteó a modo de única respuesta mientras las juntaba con sus brazos, haciéndolas resaltar.
-Mira, lo siento, pero no puedo con esto. Me v... -

"voy". Mas ella se lanzó sobre mí, besándome, sin dejar que me escapase. Dulce. Excitante. No se puede decir que yo le devolviera el beso. Tampoco que se lo rechazara. Sentándose sobre mis piernas, sus labios se enamoraron de los míos, y su lengua salió a pasear. Dios mío, socorro. Apenas recordaba cómo eran los besos en la adolescencia. Esos besos que, pese a dar menos calor... eran mucho más calientes. De inmediato, se despegó de mi boca y me plantó sus tetas desnudas en la cara. Era demasiado. Ya no podía resistirme a responder, a probarlas. Se las besé. Laura... Se las lamí. Las saboreé. Y aún ahora, con todas las consecuencias, me cuesta arrepentirme. La chica había conseguido desatarme. Estaba... embelesado, hundiéndome en la tersura de unos pechos suaves, libres, deliciosos, mientras mi saliva se dejaba abandonar entre sus tersos pezones, que ella apretaba en mi boca con fuerza, acariciándose.

-Oh dios, sí... qué bien... -susurró mi alumna -Javi...

Una sonrisa inundó de nuevo su boca, y volvió a hablar del chico que no sabía lo que estaba por gozar.



-Entonces, Javi... -murmuró en un tono bajo -cuando le chupe la polla... a ese chico... ¿da más morbo vestida o desnuda?
-Desnuda -le respondí sin apenas dejar de lamerla, sin cortarme.
-Gracias... -sonrió de nuevo, y gimió un poco, volviendo a empujar sus tetas contra mi lengua.
-Y cuando se la esté mamando... me la meto entera... ¿o no hace falta?
-No hace falta... -respondí, empezando a cobrar la noción de la realidad. ¿Pero qué estaba haciendo?
-Y, oye... ¿me pinto los labios? ¿o no? ¿la pintura más seca, o quizás no le importe que le deje... una marca?

Joder. ¡Joder! Tanta desinhibición me devolvió el sentido del ridículo.

-Por dios, Laura... -me puse serio, despegándome de aquel manjar que me había perturbado -¿qué coño me pasa? Lo siento, pero debo marcharme a casa.
-No... pero... Javiii... -se quejó mientras, efectivamente, yo recogía mi cuaderno, me ponía mi chaqueta, y me marchaba.

Su madre estaba en la cocina. Salió a despedirme.

-¿Ya te vas, Javier? ¿Tan pronto?
-Sí, hoy la chica estaba especialmente inspirada -solté con sagacidad.
-Bueno, pues nada, nos vemos la semana que viene entonces no?
-Por supuesto.

Para eso me pagaban.

Laura, vestida, apareció justo cuando me marchaba. "Oye, entonces eso, ¿mejor lo llevo pintado o sin pintar?". Por todos los cielos, Laura... "pintado" le respondí asfixiado, mientras su madre imagino se preguntaba qué coño tenía que pintar una chica de la edad de Laura "no conozco a nadie a quien le moleste pintado, más bien al contrario. No importa que manches un poco". Toma dosis de respuesta, de perdidos al río, pensé para mis adentros.


La semana pasó. En mi cabeza, las cosas se distorsionaron. Necesitaba tranquilizarme.
De algún modo conseguí maquillar el recuerdo y me inventé que la había rechazado, que la había dejado jugar un poco tan solo para que se arrepintiera, que la había sabido parar a tiempo, y que todo estaba bajo mi control. Incluso me dije que la experiencia no me había conseguido excitar, y me sentí orgulloso. Miserias de la conciencia humana, y lo bien que se le da el sutil arte del disfraz. Creo que fue este camino, que mi cerebro tomó por cómodo, el que me conduciría directamente a mi perdición.

En la siguiente clase, Laura venía equipada. Me esperaba directamente en su habitación. Tenía los labios pintados en color rojo carmín, brillantes, calientes. Vestía minifalda, una camisa blanca, abierta, que dejaba intuir sus senos y denotaba la ausencia de sujetador, y llevaba una pequeña corbata negra. La chica parecía estar a punto de protagonizar el papel de colegiala en una película porno. Todas sus cartas estaban sobre la mesa. En su boca, un chupa-chups le servía para jugar. Estaba más que morbosa, increíble. Y yo, tonto de mí, me creía inmune.

-Acabo de pintarme los labios -dijo sin cortarse, mirándome de lado -supongo que mancharán mucho... si se me ocurre chupar algo...
-Saca los libros, Laura
-Sácate la polla, Javi

La chica quería jugar. Se merecía un órdago que, de nuevo, la pusiera en su sitio. Como lo había hecho la semana pasada.

-¿Eso es lo que quieres? -respondí sin dudar, creyéndome preparado -¿verme la polla? Pues bien, aquí tienes -respondí mientras desabrochaba mis pantalones, apartaba los calzoncillos y sacaba en efecto mi pene, flácido, ante su sorprendida mirada -ya está, sí, es una polla, ¿estás contenta? -le dije a punto de desenmascarar su farol de adolescente -tengo una polla, como todo el mundo. Y como puedes comprobar, no tiene ganas de nada. Ahora, vamos a estudiar.
-Javi...!! -me respondió ella sobresaltada.

Anodadada, o fingiéndolo, se dejó caer sobre sus rodillas, frente a mi polla. Una de sus manos, tímida, se acercó. "No la pares" pensé para mis adentros "es importante que se frene ella sola".

La mano sostuvo mi pene, aún no erecto, pero con intenciones, mientras ella, arrodillada, lo miraba hipnotizada. Jugó con su chupachups, con su lengua, excitándome sin despegar los ojos del músculo que acariciaba. La erección se fue fraguando, poco a poco, entre sus dedos. Lejos de intimidarla, parecía divertirle. Pero yo tenía que ser fuerte; Lo tenía todo controlado.

-¿De verdad puedo chupártela? -insinuó, más vacilona que vacilante.

Pero era el momento. Ella llevaba un farol. Yo, mi mano segura, con comodín y dos ases. No podía echarme atrás, tenía que acobardarla.

-Adelante -sonó mi voz, esperanzada.

Ella me miró a los ojos, dejando el chupachups a un lado, se inclinó sobre mi glande, dejó que un poco de saliva cayera sobre mi pene (-uff.. -) mientras se quitaba la camisa, quedando en tetas y corbata. La besó con timidez, mirándome. Pidiéndome permiso. Pequeños y húmedos besitos de niña adolescente. Su lengua, tímida, escapó de entre sus labios para pasear. Para conocer, explorar. Alcanzó mi glande, lamiéndolo mientras lo envolvía entre sus labios, como una profesional. Javi... ¿hasta qué punto llegaba el plan?

Y finalmente bajó la cabeza, devorando todo el falo, lanzándose a mamármela. Póker. Sus labios pintaban carmín. Su lengua ofrecía calor. Sus tetas pedían a gritos mis manos. Y yo, yo me rendía a la evidencia, disolviendo mi concencia en su saliva y aceptando que llevaba tiempo soñando a Laura de aquella manera. Desnuda. Sin necesidad de engullir la polla entera. Y con los labios pintados.


Lo más amazónico era la pasión con que se entregaba al tacto. Como si fuera algo natural, sencillo, una función más de sus labios. Algo que mi generación se perdió en su momento. "Es una felación", me dije. "Sólo una felación; ¿qué puede tener de malo? Está claro que no es la primera vez que lo hace...".

-¿Te gusta? -me preguntó, satisfecha. Desde luego que me gusta, Laura, me derrite. Pero no esperes que mi boca lo diga. Sería aceptarlo... demasiado. Y no puedo hacerlo. No puedo.
-Laura, -rogué con los ojos cerrados y la cara hacia el techo -tienes que parar, no podemos hacer esto...

Ella movió la cabeza hacia los lados en un gesto de negación. -Cállate -me dijo mientras volvía a emplear su boca en aquel increíble placer, hundiéndose en mí, comiéndome, besándome, lamiéndome, matándome en un éxtasis en el que todo era perfecto, pero nada estaba bien. Mi cuerpo no respondía. Las piernas me temblaba. Aquello era el máximo exponente del placer. Era una pena que fuese... Laura.



La improvisada felatriz decidió improvisar entonces, y abrazó sus tetas con sus brazos mientras su lengua seguía explorando en mí, juntando aquellos pechos y convirtiéndolos en irresistibles. Mas con su cabeza bailando por medio, me costaba ver el espectáculo, y empecé a hacer algunos aspavientos con el cuello, tratando de encontrar el mejor ángulo: necesitaba adorar esas tetas. Ella se dio cuenta, se rió, y me dijo "tienes un espejo ahí" señalándome, en efecto, la puerta espejada de un armario cuya visión resultaba increíble. Podía verme a mí. Podía verla a ella, entre mis piernas, con mi pene en su boca, en aquel ritmo con su cabeza, que subía y bajaba, conduciéndome al orgasmo. Podía ver sus rodillas clavadas en el suelo. Y, desde luego, podía ver sus preciosos pechos de diosa, escapando turgentes de sus brazos. El espejo estaba demasiado oportunamente colocado. ¿Cuántas pollas habrán pasado por tus labios aquí mismo, Laurita?

-¿Sabes? -le dije, lanzado ya, olvidándome de la inhibición -es muy, muy sexy, que un espejo te deje admirar el baile de una chica cuando te la está chupando.
-¿Sabes? -respondió ella, ácida -no creo que tengas mucho que enseñarme sobre cómo comer una polla. Mis preguntas pretendían calentarte, creo que ya he mamado demasiado.
-La verdad -me rendí sin importarme su confesión -es increíble lo bien que me la estás chupando...

Un impulso eléctrico recorrió mi espina dorsal al pronunciar en alto que me la estaba chupando. Y Laura lo noto.

-¿Te pone, verdad?
-Sí, me pone mucho como lo haces, Laura...
-No... digo que te pone pronunciar que te la estoy chupando...

Recorría todo el pene con su lengua, vacilaba, se la comía, la mamaba, la devoraba, entregada a su trabajo.

-Dilo otra vez... -me pidió -di en voz alta que te la estoy mamando
-Me la estás chupando, Laura... -obedecí provocando de nuevo aquel calambre
-Pídeme que te la sigua chupando... -me rogó sin dejar de comerme la polla
-Sigue chupándomela, Laura... -dios, me volvía loco
-Recuérdame que soy tu alumna... y que te estoy practicando la mejor mamada de tu vida...

Laura, lo manejas demasiado bien. Demasiado.

-Tienes dieciocho años, Laura... Eres mi alumna... Estás desnuda... y me estás haciendo la mejor mamada que me han hecho jamás... -murmuré sin mentir, sintiéndome un desgraciado.

-Dime que quieres correrte...
-Joder, joder, desde luego que quiero correrme...
-Y córrete

Simplemente increíble.

Su boca se lanzó a terminar con ansia aquel trabajo mientras mi orgasmo se acercaba. Mi mirada no se separaba del espejo, donde veía el afán con que se movía, con que me devoraba, la forma en que aquella chica me la chupaba, era demasiado bueno, demasiado...

-¡Me corro! -grité tratando de que su madre, que estaba en casa, no lo escuchara -me corro!!!...

Ella hundió su boca, untándome en su lengua, mientras el semen la inundaba, y antes de que terminara de correrme se dedicó a besarme el glande, untándolo de un esperma que se lanzaba contra su labios y goteaba por su comisura mientras Laura, la joven Laura, no dejaba de besarme.

Tras el orgasmo, la cordura regresó a mi cabeza. -Por dios, ¿qué he hecho? -susurré. Laura se subió sobre mí, sus manos buscaron mi camiseta y, quitándomela, murmuró.

-Empezar

Marta y la Luna – Prólogo


Olía a canela. Entre aparatos quirúrgicos, incomodidades, colores inocuos y elementos esterilizados, el ambiente se teñía con una suave y cariñosa fragancia a canela, hipnotizando en dulzura. Un sensual olor para una mujer, pensó Rodríguez, que ejercía de paciente sentado en aquella silla recostable, con la boca abierta y mirando hacia un cielo encerrado en forma de tejado; Un maravilloso perfume para una dentista. Además, la chica también desprendía calor sobre cuanto le rodeaba. Era algo más que un aroma, era una esencia desbordada que lo inundaba todo en su camino en un auténtico derroche de femineidad.


Ella, más cercana que otros médicos, indagaba en su boca, dejándolo descansar de cuando en cuando y, aunque sin decir nada, dedicándole una mirada cómplice a cada pausa, una cálida mirada pintada en ojos marrones que provocaba que, en su primera visita a la consulta, Alfonso Rodríguez ya se planteara escusas de cara a un regreso. Él sabía que su boca estaba perfecta, pero la profesional no dejaba de mirarlo y, por increíble que aquello supusiese en una consulta médica, lo prefería así. Era tan fácil de describir como de entender: No quería que la presencia de aquella chica se acabara.

-Dame un segundo, cielo -murmuró con voz tenue la fonía joven de la médico mientras ésta se marchaba a lo que parecía su pequeño despacho, que quedaba frente a él. Tendría... ¿26 años? Quizás menos. Las profesionales tan jóvenes bullían erotismo, pensó para sí el paciente, que ya pasaba los cuarenta, sufriendo el goteo de un tiempo insensible a la vida sana que trataba de llevar. Esta dentista, en concreto, era capaz de hacerte soñar incluso, al tiempo que velaba por la salud de tu boca.

Ella regresó tal y como se había marchado, con su bata, sin mascarilla y con su pelo suelto, y estaba radiante, caliente. Dulce. No podía dejar de buscar aquellos ojos. Ojos de color canela, a juego con su perfume.

-Ya casi está, Alfonso - Rodríguez no entendía que los nuevos médicos llamasen a los atendidos por su nombre, pero en esta ocasión casi lo prefería, porque la hacía sentir más cercana y, con ello, aún más atractiva -nos quedan dos minutitos y listo. Te voy a pedir que te enjuagues la boca, ¿vale?

La ortodoncista se inclinó en un gesto sexy sobre la butaca del paciente para coger una especie de flúor, que le quedaba al otro lado. Al hacerlo, su bata colgaba en respuesta a la gravedad, y un botón desabrochado se escapaba de los demás dejando nacer un pliegue a la vista del paciente, que se aferró a su silla cuando, sin querer evitar buscar en él con curiosidad, no encontró tela, una camiseta, o un jersey: encontró piel. La piel de su preciosa dentista, libre bajo su bata, una piel aterciopelada y cariñosa. No podía ser. Estaba desnuda. Tan solo aquella fina tela blanca lo separaba de su desnudez. La doctora, inclinada, tardaba en encontrar lo que fuera que buscaba, y él no dudó en recrearse en el increíble cuerpo de su médico desnuda para su mirada. Sí, desde luego que era su piel. Podía verse incluso gran parte de uno de sus pechos, suave, también desnudo, tambaleándose en los aspavientos que hacía aquella belleza en su lenta búsqueda entre aparatos. Si no estaba loco, merecía enloquecer, porque su agitación se convirtió en una excitación exacerbada a una velocidad enfermiza incluso para un cerebro de hombre, adquiriendo una erección dispuesta a combatir cualquier barrera y empujando en la cremallera de su bragueta sin intención de desfallecer.

-Aquí está -dijo al fin ella distraída agarrando una botella de plástico en la que se veía un líquido de color verde, y Alfonso no podía creerse nada. Creyó haberse vuelto loco cuando, para ponerse en pie, la dentista fue a buscar apoyo y su mano se dirigió a su entrepierna, donde se encontraba su pene, erecto, excitado. Notándolo, la médico volvió su cara y susurró un sensual "uy...", tardando en quitar de allí su mano e incluso permitiéndose una leve caricia con la punta de los dedos al tiempo que grababa a fuego su mirar en lo más profundo de los ojos del paciente, atónito.

Dispuso una pequeña ración del flúor, que olía a fuerte menta, en un pequeño vaso de plástico, y se lo dio a beber. "Con cuidado, cariño", le advirtió con ternura, "puede ser bastante desagradable. Enjuágalo bien, ¿vale?". Por su parte él, sin pretenderlo, seguía con su mente en la tersura del incipiente seno que acababa de contemplar, mientras su cuerpo se limitaba a reaccionar como lo haría el de un ser hipnotizado, o un robot. Por desgracia, el líquido demostró ser efectivamente infernal, estallando entre sus dientes, y notarlo lo sacó de su aletargo, teniendo que hacer un gran esfuerzo para no expulsarlo de su boca de inmediato y aferrándose a la silla sin poder evitar reflejar como rostro una notable cara de rechazo.

-Pobre... -dijo la voz de ella al tiempo que no podía evitar que una ligera sonrisa iluminara su rostro -te hago estar tan incómodo...

Dios, aquello se parecía demasiado a una fantasía ajustada a las reglas de un guión, a alguna de las aventuras forzadas del mundo del porno. Lo que venía entonces habría de dejar cualquier historieta erótica por los suelos. La dentista, aún sonriendo, pasó su mano por la entrepierna del paciente, acariciando una polla que exploraba los límites de su erección, por encima de la tela de sus pantalones.

-Debería quitarte esto... -insinuó, sensual, al tiempo que llevaba sendas manos hasta la cremallera que sujetaba la prenda y con natural habilidad la desabrochaba -total, soy médico, no voy a asustarme ni nada...- cada vez sonreía más pícaramente; sin expresar sus ojos deseo, sí se reflejaba intención en sus miradas, y Rodríguez aprovechaba el flúor en su boca para no tener que responder, porque no hubiera sabido cómo hacerlo.

Dos hábiles manos de fémina le desprendieron de la parte inferior de su traje, accedieron al elástico de sus calzoncillos, y se deshicieron en un solo tiempo de ellos castigándolos al olvido, mientras un torreón de deseo se desataba, quedando la polla del paciente liberada y mostrando la magnitud con que cuatro movimientos de mujer podían excitarle.

-¡Vaya! -exclamó sin ya poder evitar reír la doctora al tiempo que con una mano se la sujetaba, haciendo que su glande apuntara al cielo y que su paciente lo alcanzara -¡...pobre! ¿Como no ibas a estar incómodo? -con la otra mano se tapaba la boca, tratando de disimular el gesto que combinaba dulcemente exclamación y carcajada.

No podía ser. ¿De verdad estaba aquella médico tocándole la polla? ¡Socorro! No contenta con eso, se atrevió con un leve movimiento de muñeca, distraído, que la masturbaba.

-¿Qué tal? ¿se te pasa?

Él asintió, tratando de recordar lo que se le tenía que pasar, sin éxito.

-Perfecto -respondió ella soltando la verga y sacudiéndose las manos -pues ahora marcho a revisar unos papeles mientras terminas de enjuagarte, tienes que estar unos cinco minutitos más, y luego devolver el líquido al vaso, ¿de acuerdo?

Sin comprender nada, con el pene al aire, volvió a asentir en ausencia de alternativa, persiguiendo con sus ojos a la doctora mientras ésta regresaba a su oficina, con algo erótico en sus andares. ¿Cómo podía haber pasado todo aquello? Se preguntaba un Rodríguez desconcertado. ¿Serían así de fáciles las chicas jóvenes? Sus pensamientos no tardarían en interrumpirse: La dentista no había cerrado la puerta de su despacho, y pronto se sorprendería al ver cómo su brazo desvestido cruzaba su marco a su vista, con la bata arrugada en la mano, colgándola en un perchero, significando que, aunque no pudiese verla a ella, la pasión hecha mujer se había desnudado. Se percató de que nada le impedía masturbarse, y no pudo evitar aprovecharlo, repitiendo un movimiento que en su larga edad tenía ya bastante asimilado. Se derretía como la mantequilla en el fuego con solo imaginarla sin ropa, y de repente nada más importaba; ¿en serio podía desearla tanto?

Los segundos se sucedían mientras los sucesos seguían envileciéndose. Rodríguez alcanzaba a ver una parte de una mesa, aparentemente grande, en mitad de aquel cuarto apodable como despacho que ahora quedaba medio a su vista. Una pierna -de mujer- firme, que no musculada sino más bien tierna, apareció en la escena, deslizándose en excitantes tiempos sobre la superficie barnizada del escritorio. La mano con que se masturbaba Rodríguez aceleró el ritmo, y él, enfermo de calor, se apuró a colocarse lo más al extremo posible de aquella butaca recostada, en pos del mejor punto de vista, consciente de que se perdía alguna forma de expresión de la mayor maravilla, a su entender, del universo. Descubriría que aquella ninfa se encontraba demasiado oportunamente colocada.

Lo que podía vislumbrar, más allá de su imaginación, era la pierna casi entera, reluciente en sensual piel, hasta más de medio muslo, y el brazo derecho de la ortodoncista. que terminaba en un amazónico hombro desnudo, excitante. Incluso, o al menos eso quería creer, se notaba junto al quicio que separaba pared y cielo una pequeña parte, poco más de un centímetro, de pecho desnudo. Era demasiado; no podía estar pasando, enloquecía el paciente. El morbo se hacía tremendo, le superaba, su masturbación se convulsionaba, y se iniciaba la tortura del varón que se muere por eyacular pero sabe que hacerlo le podría alejar de algo que lo mereciera con mayor categoría. De una experiencia única, en su caso.

Atendiendo, fue capaz de captar que el brazo de mujer que se veía tras el marco de la puerta se dirigía directamente al candor de entre sus piernas, ardiente, y que estaba bailando en un gesto similar al de su masturbación, pero mucho más delicado. Alfonso hubo de dejar de frotarse para evitar correrse cuando comprendió que también ella se estaba masturbando. No podía ser real. Atendió con fascinación al milenario mito de la autosatisfacción femenina, estudiando el ritmo casi constante de su brazo, que cuando se permitía hacer cambios los hacía para encontrar algún otro son al que aferrarse, paciente. Escupió el mentolado líquido de su boca para dejar de enjuagarse, queriendo evitar cualquier ruido que distrajese su atención, y el silencio le guió con completa claridad hasta una melodía de callados gemidos contenidos ("mm...") a ritmo con una respiración entrecortada, que le permitía ilustrar en fantasía la imagen que quedaba oculta tras aquella pared sin misericordia. El volumen de los gemidos ascendió en una mareante espiral hacia el placer de dos personas, hombre y mujer, desembocando en un ligero gritito, agudo pero entrecortado, y el cuerpo de Rodríguez se echó a temblar cuando entendió (por el ruido) que la dentista se reincorporaba, hurgaba en algún cajón o armario, y caminaba hacia el encuentro de ambos. Esperaba que saliera directamente desnuda, la bata seguía colgada. Esperaba que la fantasía cumpliese una miserable parte de sus promesas, y que aquella mujer lo llevara pronto al orgasmo.

Su figura, deslumbrante, apareció en el marco de la puerta. No estaba desnuda. Tampoco vestida. Volvía a llevar una bata, blanca, pero aquella prenda no había sido diseñada pensando en la medicina, sino que ejercía de forma idónea un papel de lujuria que solo inducía a sentir la que, por otro lado, era la mejor de las curas. Ceñida, apenas cubría las nalgas, mostrando así la dentista sus piernas desnudas, jóvenes, y tampoco el escote quedaba cubierto; más bien resarcido. Estaba increíble.

La dentista, contra todo pronóstico, no hizo gesto ni insinuación ninguna que la diferenciase de cualquier otro profesional. Con naturalidad, como si nada hubiera cambiado, se dirigió con expresión neutral hasta la cama del paciente, que exigía por piedad una muestra de certeza en cualquiera de las cosas que le estaban pasando. "Has terminado ya con el flúor, ¿no?" Rodríguez asintió, descubriendo que se sentía tan mudo como cuando se enjuagaba. "¿Seguro?", siguió vacilona la médico, "no me estarás engañando, ¿verdad?" "No... no... qué va..."

Ella le observó con un enfatizado gesto de sospecha, teatralizando, y se inclinó hacia su boca. La canela inundó de nuevo la habitación. La médico, cercana, simuló inhalar el aliento de su cliente. Acercando sus dos bocas, movió sus labios a escasos centímetros de los del paciente para pronunciar: "¿De verdad no me engañas?"

Alfonso, inmóvil, sentía cómo los demonios agitaban su alma, exigiéndole convulsionarse e imponiéndole inmovilidad, jugando con sus nervios a ridiculizarle, y la boca de la médico estaba demasiado cerca, y su polla demasiado dura, y las tetas de aquel seductor escote quedaban colgantes frente a su cara, y un terso culo en pompa dejaba demasiado pequeño el uniforme, y lo único que él conseguía hacer era responder:

"Seguro"

"Mira que puedo descubrir si me mientes..." le respondería ella, jugando, con su boca sensiblemente aún más cerca de los límites del tacto.

"No..No... No te miento..." tartamudeó él.

"Ya...". Excitante... "A ver..."

Una joven lengua femenina se escapó sobre sus labios, mucho más duros, recorriéndolos con paciencia. Más caliente piel, sabor canela, la perseguía. Dos bocas se juntaron, explorando la humedad de un beso, que no su significado y el cliente, consciente de su inexperiencia, decidió abandonarse a la doctora, que besaba, bebía a un ritmo paciente, mojado, atreviéndose a lamer sin pudor una boca con sabor a menta, y despegándose en un rastro de saliva.

-Sé que es un flúor fuerte, pero me encanta su sabor... -descendió una voz desde los cielos -es tan... fresco...

Le lamió de nuevo los labios, que le temblaban, con un lamer muy sensual. Volvió a hacerlo. Y lo repitió, una vez tercera. Era cierto que su lengua, tras el beso, se sentía más fría, con mayor frescura. "Lo notas, ¿verdad?"

La dentista pasó una de sus piernas por encima del paciente, y se sentó encima suyo, sobre aquella silla que él ya no podría olvidar. Erguida, ofrecía una visión de espectáculo. Era demasiado poderosa. Se llevó uno de sus propios dedos hasta su boca, introduciéndolo en ella, y cerrando sus labios alrededor en unos morritos encandiladores, mientras Alfonso se dejaba matar. Lo chupó, cerrando los ojos y expresando placer. La frescura de la menta ejercía el papel de excusa.

-Mmm... -gimió mientras el dedo era besado en el vaivén en que, suavemente, entraba y salía. Un poco de saliva escapó de su boca, cayendo por su labio inferior, ardiendo en la retina de su único espectador.

Abandonando su boca, sus pequeñas manos se fueron directas a por sus tetas, aún cubiertas por tela, juntándolas y sujetándolas, manejando lo visual, como si un titiritero excitado las estuviese dirigiendo. Desabrocharon un botón del batín. Otro. Su espalda se contrajo, acercando los hombros, acentuando sus pechos, y la bata se desligó por fin desde su cuello, deslizándose por sus brazos y dejándose caer hasta debajo de sus senos, que quedaron, al fin, desnudos. Alfonso, mero espectador, babeaba en el deja vú de encontrarse con unas tetas tan lascivas y sexuales como las había imaginado. Definitivamente tenía que estar soñando. Eran... eran maravillosas...

Las manos de la dentista se adhirieron de nuevo a sus pechos, ahora desnudos, conociéndolos a caricias, amándolos con el tacto. Parecían tan duros, tan tiernos, tan excitantes... El dedo que acababa de recorrer la lengua de la médico, aún húmedo, fue conducido hasta un pezón, que acarició hasta tersar, mojándolo en el candente líquido que emanaba entre sus labios. Repetiría su labor en el segundo pecho, complaciente, y las manos de doctora volverían a juntar aquellos fantásticos senos, entes del deseo, que resarcían aprisionados entre las palmas de sus manos, sintiéndose acariciados entre los dedos de aquella deliciosa escultura con forma de mujer.

Rodríguez se atrevió a alzar uno de sus brazos con la intención de alcanzar sus tetas, de acariciarla. La doctora se lo impediría con una autoritaria mano, sujetándole una muñeca, y llevándose su otra mano a la boca en gesto de silencio.

"Chssst..." insinuó, sexy.

Condujo el brazo capturado de Alfonso hacia su tez, acariciándose en sus dedos y dirigiendo el índice hasta su boca, para introducirlo en la manera en que lo hiciera antes con el suyo. La otra mano de la dentista, que ahora jugaba entre sus tetas, impartiéndole lecciones a la belleza, olvidó el tacto de su fina piel para dirigirse a la parte del paciente que más apreciaba su despliegue de encantos, consciente de que su magia le debía todo el poder a la atracción de lo sexual. Mientras su boca le lamía un dedo, la otra apareció para acariciarle el falo, agarrándolo, sin masturbar.

"Socorro..." alcanzó a murmurar la víctima.

Ella llevó las dos manos de él hacia sus pechos, y éstas comenzaron a experimentarlos con necesidad, desenfrenadas, en contraste con la paciencia que manejaba siempre la fémina. Consciente de que aquellas manos no habrían de despegarse, la doctora se inclinó sobre el paciente, haciendo que sus tetas colgasen cada vez más entre los dedos, hasta acercar su boca hasta el cuello de la presa.

"Si quieres seguir, cielo..." le dijo al oído mientras se aseguraba de que la verga del cliente se encontraba con sus piernas y se deslizaba hasta una vagina desnuda, acabando con cualquier resquicio de su voluntad "...lo tendrás que pagar"

"¿Pagar?" le respondería el hombre, confundido, "¿cómo pagar?"

"Doscientos euros por un francés," cortó su voz con tono inalterable, sin dejar de ser cariñosa, "trescientos si quieres follarme..."

"Dios..." se derritió el paciente "...¿y qué... ¿qué es un francés?"

Ella rió. "Mis labios y lengua en tu polla, cariño..." murmuró entre sonrisas "...una mamada".

"Joder..." murmuró él, aparentemente inseguro. La médico se alzó de nuevo, haciéndole recordar su figura, sentándose en la cadera del cliente y restregando el calor que emanaba de sus piernas a lo largo de su verga. Él la miraba, sin decir nada, indeciso ante el siguiente paso.

Una explosión de la amada canela tiñó la habitación cuando la médico agarró una de sus tetas y la alzó para lamerla, siempre despacio, irremediablemente sensual. Paseaba su lengua mientras su otra mano se metía entre sus piernas y, cerca del fugitivo glande de un indefenso Alfonso, acariciaba su vagina, obligándole a notarlo.

Fue la misma mano la que indagó entre el calor de ambos, oculto aún de la luz por lo que quedaba de bata, aún colgando en sus caderas, hasta encontrar y sujetar el pene del paciente, que utilizaría para masturbarse, sumergiéndolo en la humedad de su vagina y haciéndole ensoñarse en una penetración que no llegaba.

"¿Podrías chupármela y después follarme por esos trescientos euros?" se atrevió al fin a combatir Alfonso ante la fiebre. Una sonrisa inundó la cara de su dentista, que enseguida respondió:

"Desde luego".


La médico se dejó deslizar pícara en la silla, cual serpiente. Sus rodillas alcanzaron el suelo; sus labios quedaron a la altura del aparato, erguido. La ternura desapareció, y la sensualidad comenzó a evolucionar a medida que desaparecían las insinuaciones y la dentista se disponía a practicar su pequeño trabajo. "Que lo disfrutes, cielo", le insinuó inocente, cómplice y cerda, poniéndole a cien. Aprisionó el falo entre sus manos, mirándolo atenta. Lo paseó por el canal de placer que se conformaba entre sus tetas, despacio. Lo besó con la humedad que caracterizaba su maravilloso besar.

Alfonsó cerró los ojos, aún sin poder creerlo, consciente de que el momento conformaba una insensatez, pero dispuesto a disfrutar hasta el fondo de la insensatez más caliente de su existencia. La lengua de la dentista inició su lamer, chupándosela, empapándola en aquella esencia mientras una de sus manos masturbaba la base de la fálica fuente de éxtasis, con su tacto de mujer, y aquel calor de diosa. De diosa dispuesta a ser ensuciada. Los labios, carnosos, aprisionaron el glande con que estaban jugando, provocando más sabor en el amante que en su boca, y sumergieron el indefenso pene en el placer, procediendo a mamar, como la zorra que sabía ser, como la princesa que en realidad era. La chupaba con ritmo, con ansia, con técnica y con dedicación, haciendo gala del precio de su boca.

El paciente no podía aguantar más, se corría, y no lo deseaba, no deseaba que su dentista dejara aquella mamada, quería seguir follándose su boca, y quería follársela después a ella, necesitaba de todas aquellas endorfinas, que su cuerpo casi había olvidado cómo segregar. Sin embargo, cuando la guerra está precedida de una larga confrontación, los planes están trazados, las armas preparadas, y las victorias y derrotas se producen con celeridad. Aquella cerda se la estaba comiendo demasiado bien, era demasiado joven, y su leche con sabor a esperma se disparó inmediatamente en la boca de ella, que no se lo esperaba, no tan rápido. La pobre chica, confundida, fue incapaz de reaccionar, y el semen superó su boca y se escapó de entre sus labios, aún adheridos a la polla de su cliente, deslizándose en un lento resbalar por un aún firme pene.

Aquella veinteañera dentista, con los labios empapados en el fruto de su boca, se decidió por sonreír y, mirando a su paciente, le guiñó un ojo y le dijo "parece que al final serán doscientos, ¿no?" Rodríguez no supo cómo reaccionar. Se incorporó, y la miró. Aún mantenía la pequeña bata atrapada por sus caderas, lo que no impedía admirar su ted, sus hombros, sus piernas y sus pechos. Era preciosa.

"Quítate eso" le dijo señalando la bata. Ella obedeció, dejándola caer sobre sus muslos, quedando completamente desnuda. Al hacerlo, se convirtió inmediatamente en una chica mucho más mundana. "Lo que la hace aún más bonita", pensó Alfonso, descubriéndose mucho más resuelto de lo que estaba. Quizás como efecto del orgasmo. Más probablemente, perder la bata, aunque llevase tanto tiempo sin ocultar nada, había despojado a la dentista de su autoridad. Se había convertido, en un instante, en una chica más. En una chica normal. Y así, tan sexy, ofreciendo su sexo a cambio de dinero, tan joven y tan ordinaria, tan sólo aparentaba ser otra prostituta de club de carretera que no merecía, en absoluto, lo que cobraba.

No obstante, Rodríguez la deseaba. Aún más: la necesitaba.
"Serán trescientos euros", respondió serio. "Has sido una auténtica puta entre mis piernas, y me has hecho disfrutar, pero un hombre necesita más que eso, muchacha. Y yo he pagado para penetrarte, no sé si a ti, pero sí a tu cuerpo. Merezco follarte"
Ella echó un ojo hacia la verga del cliente, la cual seguía firme, como una roca, sorprendiéndola. Se había excitado ligeramente mamándosela a un desconocido, y estaba más que predispuesta a verse ensartada; pero estaba detestando la nueva aptitud del paciente, y dudaba. La pérdida del poder. Sin embargo, admiraba la maestría con la que Alfonso mantenía su falo en pie de guerra, preparado para atravesarla. Y su vagina ya estaba contratada.

"Por supuesto" le respondió, muy dócil, dirigiendo su boca hasta la polla aún manchada de semen, para limpiarla. El la puso en pie con violencia, sujetándola por los brazos, y se colocó en su espalda. ¿Qué diantres...? Pensó la doctora. "Dios, preciosa..." murmuró la voz de Alfonso en su oreja.

La situó frente a la butaca para pacientes, donde recientemente ocurriera la magia, y la empujó contra ella, haciéndola caer encima y dejándola tumbada de espaldas. Como si de una muñeca se tratara, le agarró por las nalgas, levantándolas, y le obligó a separar las piernas. Si ella no hubiera estado algo caliente, tan solo habría conseguido asustarla. Pero lo estaba. Y la violencia con la que el hombre prometía penetrarla la estaba excitando. "Oh...!" sonó su voz, que sabía estar cachonda, aferrándose a la silla con sus manos. "Sí, cielo, fóllame", oportunaba decir. No hacía falta.

El cliente colocó la polla en la entrada de su vagina. "Dios, nena..." se derritió al sentir tanta humedad. Realmente se moría porque todo aquello pasara. La sintió. Sintió todo su calor, toda su juventud, su magia. Se recreó en las piernas esculturales que le rodeaban, las dulces nalgas que iba a cabalgar, aquellas tetazas aplastadas. No hubo resistencia que se opusiera a su viril espada. El pene se adentró como un torrente de fuerza en aquella cavidad concebida para el placer, el sexo se inició, y Alfonso no podía creerse la espectacular visión de aquella chica con el culo en pompa y expresión de placer en su cara mientras era violentamente penetrada. Penetrada por él, por su verga. Follada, joder, follada.

La médico sentía que el aparato era enorme, porque le llenaba, la completaba, rozaba sin miramientos las paredes de su vagina mojada, provocándole un eléctrico fuego que inundaba su entrepierna y se exhalaba hasta su boca, que lo dejaba marchar sin poder evitar gritarlo.

"Oh!" rompió su voz. "Ah!" "Dios!"

Sus nalgas se enfrentaban a cada embestida con el cuerpo de su violador, como olas rompiéndose en un acantilado, poniéndole enferma, y mucho más enfermo a él, que no dejaba de admirarlas. Aquel falo la inundaba, haciéndole sudar, y ambos lo disfrutaban, ella por la sorpresa provocada, él por estar follándose a una médico que no llegaba a la treintena, de piel fina y tersa. Las manos de Alfonso, secas por el tiempo, agarraban a la chica desde las caderas, manejándola con facilidad, mientras ella, que no dejaba de ser la puta, se dejaba follar impune. Sus nalgas, sin poder abandonar el baile, empezaron a sudar, y el amante, excitado, no se resistió a acariciarlas, primero buscando el tacto, luego tratando de abarcarlas, terminando con un azote, que se transformaría en una sonrisa excitante en la tez de la chica que follaba. Para ella era caliente. Para él, increíble.

Se permitió sacar su verga, excitado, y se lanzó a besarle aquel maravilloso culito de veinteañera. "Oh, nene..." gimió la dentista ante su afán. Cada vez se volvía más loco. Parecía beber tras un mes en el desierto, adhiriendo sus labios en ansiosos e inexpertos besos, besando a toda costa la carne que relucía alzada. Con sus manos, separó las nalgas y, sin habérselo planteado nunca, se atrevió con un beso negro. Para ella, preparada por su condición de prostituta, limpia, no era el primero, y se divirtió al disfrutarlo. Le producía unas ligeras cosquillas que se convertían en auténticos calambres en sus piernas y, sinceramente, conseguía perturbarla.

"¿Cuánto me cobrarías por el culo?" exclamó entonces el cliente, cuya voz se había adelantado a su propio pensamiento, contrariándole y haciéndole pedir algo que no se había planteado. No se hubiera atrevido. Ella no tenía una tarifa para aquello, prefería no tenerla, era demasiado complicado, pero se sentía cachonda, se sentía dilatada, y decidió darle aquel lujo, siempre que lo pagara...

"Doscientos más. Serían quinientos" murmuró con voz angelical.

"Hecho" agradeció él, que no tardo en acercar el falo sobre su entrada, mirándola, agarrándola con fuerza, como si así impidiera que se escapara, como si necesitase que todos sus sentidos le confirmaran que era real. No era aquel un agujero caliente, pero sí era morboso. Era mancharla, era agotarla, saber que no había un paso que le pudiera prohibir, haberle practicado el sexo anal. Era genial. "Despacio", pidió la chica cuando lo empezó a notar. Él no sabía de velocidades, y se limitó a empujar sin ansia, despreocupado por lo que pasase por la mente de aquella mujer. Había pagado por eso, y merecía que lo dejaran en paz. Aun así, la cara de ella no fue de desagrado, más bien todo lo contrario, la vio cerrar los ojos, notó que se concentraba, se abandonaba a lo que quisiera hacer el amante, mas su esperanza estaba en disfrutar la cabalgada. "Jodeeer..." fue muriendo de morbo el paciente mientras conseguía adentrarse en el ano de su jovencita doctora, a lo que ella respondió con un timido "oh!", haciendo notar que en su concentración había encontrado lo que buscaba.

Alfonsó la sacó. La volvió a meter. Le pareció que aquello de follar por el culo era mucho más sencillo de lo que esperaba. Estaba auténticamente dilatada. Y le gustaba, le gustaba muchísimo. La chica abría más y más la boca sin abandonar la expresión de concentración, expulsando un placer mayor que cuando se la follaban.

"Sí..." murmuró con su sexy voz, "síiii!!!", al tiempo que un emocionado Alfonso se aceleraba gritando "vamos!! vamos!!!"

La médico se volvió para mirarlo. No sabía por qué le gustaba. "El sexo sería mucho mejor si los hombres fuesen más conscientes de su propio placer", supuso. "Si supieran calentarnos y, una vez preparadas, dedicarse a disfrutar de nosotras. Son muchísimo más sexys cuando se convierten en hombres, y no cuando se limitan a ser niños buscando no molestarnos...". A aquél cliente, desde luego, le importaba una mierda lo que ella pensara, había descubierto el culo, el placer de golpear directamente las nalgas, la piel que, menos mojada, era más prieta, y la excitación de sentir que la mujer lo disfrutaba. La embestía sin descanso, como un toro, aumentando aquel cosquillear en su ano, haciéndola temblar.

Sin dejar de follarla, se recostó sobre ella, dejándola aprisionada. Estaba descontrolado. Buscó sus tetas con las manos, encontrándolas y disfrutándolas, al tiempo que con su boca le lamía sin pudores la espalda. "Te está dejando completita", se dijo irónicamente la dentista para sus adentros mientras la verga de aquel paciente inundaba su intimidad anal. Se descubrió a sí misma acompañándolo, moviendo el culo en busca del propio placer. "No creo que te importe, ¿verdad cielo?", se imaginó diciendo. Él no la hubiera escuchado.

"Me corro!" exclamó el paciente entonces, "me corro!!! Dios!!!!". "Córrete!" gritó ella, con el fin de excitarle. "No!" gritó el paciente, "No así!!"

Sacando el pene de su culo, la agarró y volteó con facilidad, volviendo a dejar sus piernas abiertas. Volvió a lanzarse en busca de follarse su vagina, que seguía húmeda, dejándose penetrar con facilidad al tiempo que su boca buscaba el maná deleitándose en llegar hasta lamer sus senos de mujer, besando aquellas tetas con impunidad.

"Noo!" gritó entonces la dentista "En la vagina no!! Eso son cien euros más!!!"

El paciente puso cara de horror. "Joder!" gritó. "Necesito correrme ya!!"

"Te ofrezco la boca por cincuenta!" escupió ella, sabiendo que abusaba de su cartera.

"Hecho!!!" gritó el paciente, temblando de terror ante la idea de correrse en ningún lugar. Ella corrió a arrodillarse en busca el falo, ardiente, que mamó desesperada hasta volver a notar el brotar de su semen, para el que esta vez sí estaba preparada, y que engulló sin pestañear.

"Dios..." murmuró el cliente al tiempo que se relajaba y se sentaba en la silla. Tenía los ojos abiertos, incrédulo. También algo arrepentido. Había una mujer esperándole en casa.
Tras una breve pausa, buscó con sus ojos a la médico, que acudía a su despacho para alcanzar y ponerse su bata, la bata de verdad, profesional. "¿Eres al menos dentista?", le preguntó el paciente. "Claro que lo soy", le respondió la chica, suelta, mientras se ponía unas bragas para calmar el terremoto en que había quedado entre sus piernas tras las embestidas animales de aquel hombre. "Pero también soy puta" "No tendrás ninguna enfermedad rara, no?" siguió él, cada vez más arrepentido, buscando cuanta luz cupiera en su mente, que se nublaba. "No", rió ella, poniéndose un sujetador. "Acceder a los historiales médicos de mis clientes me permite bastante control sobre eso" "Ya... entiendo..."

"Sobretodo", siguió hablando la doctora al tiempo que se calzaba, "mi negocio me obliga a ser discreta". Guiñó un ojo al paciente. "Pues la cosa no estaba tan mal", pensó Rodríguez. "Es una pena que sea tan cara".

Registraron en su cuenta una complicada intervención con un cargo total de quinientos cincuenta euros, que a Alfonso le dolió en el alma. Algún día reflexionaría lo poco que vale el dinero, y lo mucho que importan las experiencias de cama. La puta, una vez uniformada de nuevo como ortodoncista, parecía otra. Igual de guapa.

Pese al asalto económico, a medida que las dudas se despejaban Alfonso Rodríguez se iba sintiendo feliz. Tanto, que al salir por la puerta de la clínica no pudo evitar volverse, echar un último vistazo a aquella belleza, y murmurar:

"Gracias".

Textos siguientes: I

Las Puertas del Cielo


Arrodillado, el joven monje se guardaba para consigo la peor de sus confesiones, y sor Ada podía leerlo en las expresiones de su compañero, mas no comprender por qué había de guardarse secreto alguno, cuando ambos dos eran humanos, hijos de Dios, imperfectos, como él los creo, sucios, mas por ello perdonados en su arrepentimiento.




Bien era verdad que una confesión para con una monja era algo no sacramental; y mucho menos a una novicia; Pero este tipo de actos eran habituales entre compañeros, en especial entre los más jóvenes. Si bien confesarse con una mujer de Dios  no constituía su perdón, sí que te otorgaba en muchas ocasiones consuelo, paz interior, y, desde luego, una amiga. Sor Ada tenía, además, un especial encanto: Sabía escuchar, empatizar, comprender, y nada le sorprendía, pues los caminos de Dios... solo Dios debe entenderlos. El hombre ha de vivirlos acorde a las lecciones sagradas, la vida de Jesucristo, y consciente de su impulcritud mas obligado al arrepentimiento. ¿Qué puede ser, hermano Dorian, lo que tanto te aflige?


-Dorian, sé que has venido a contarme algo, algo que te duele, que te quema, y de lo que te encuentras arrepentido. Pero de tu boca no surgen palabras que den forma al demonio que ahora mismo empapa tu alma. ¿Qué sucede? ¿Ya no puedes contar conmigo?
-Ada... es algo complicado.
-Lo sé. Mas no te duele lo complicado de su naturaleza. Es saber que el demonio lo carga lo que está acabando con tu siempre férrea resistencia, ¿no es así?
-Hermana... tú y la sabiduría de tu mente preclara... En efecto, es algo maligno lo que entorpece mi rectitud a ojos del Señor. Me siento sucio, marcado; tal vez castigado. ·Estoy atravesando por el momento más difícil de mi vida y... me temo que nuestro dios no se posicionaría, si yo hoy muriera, de mi lado.
-¡...Dorian!! Estás blasfemiando y desvariando por igual, en la confusión más completa que nunca te ha asediado. ¡Deja que salga! Bien sabes que es Dios quien te ha llevado hasta mis brazos, y si ahora murieras, lo harías cumpliendo su voluntad, así que no dejes de hacerlo y confiésate conmigo, monje iniciado. De sobra sabes que soy yo, Ada...

Dorian sonrió. Era cierto. Era Ada.

-Júrame que no me odiarás por esto.
-Es el acto el que castiga al ser humano, pero jamás su palabra ni pensamiento, sólo por haber errado. Así lo dicen las escrituras... Y yo, que no soy sino una humilde ignorante, con honor y servidumbre las acato. Además, la amistad que nos une bastaría por sí sola para que nada excepto nuestra fe pudiera separarnos... Puedes contar conmigo, Dorian.
-Muchas gracias, hermana.

Lo que habría de escuchar la sierva de Dios habría, en verdad, de dejarla impresionada. Dorian, como muchos monjes jóvenes, se enfrentaba a la sexualidad y el poder que la misma ejerce sobre el hombre. Hasta aquí nada era extraño, formaba parte de la rutina de una catedral, por desgracia. Era parte del camino. Lo que hirió los oídos de monja de la pobre Ada fue conocer las cotas de desesperación que el pobre confesado alcanzaba...

-Se dice que entre las monjas este problema no es tan grave... pero nosotros, los monjes más jóvenes, lo pasamos realmente mal y... bueno... algunos...
-... algunos...?
-...algunos experimentan su sexualidad entre ellos, hermana.
-¡No!!
-Adita... tú no sabes lo que se sufre. No conoces nuestras noches de angustia, nuestra obsesión continua, nuestra distancia hacia lo correcto. Muchos opinan que pecar así les compensa a la hora de, en su rutina, ser mejores cristianos. Y si el Señor lo ha dispuesto así, ¿quienes somos nosotros para contrariarlo?
-No, Dorian, no hablas en serio...
-No lo he probado nunca, hermana. Pero no creo que pueda aguantar mucho más.

Así, el joven monje habló a la novicia de sus noches sin sueño, del escaso control de su mente sobre su cuerpo, y también de un tremendo dolor de testículos que era ya casi continuo. En verdad estás siendo castigado por algo maligno, pensó la monja. Y no creo que merezcas tal tormento.
Sor Ada preguntó por cómo podía ser que dos monjes practicasen el sexo, estando ambos dotados de pene, e imaginando las cosas más estrafalarias. Dorian tuvo que hablarle de las felaciones, de las que algo había escuchado ya Adita, sin imaginar que tal cosa pudiese darse dentro de su propia catedral. Acostumbraba a aguantar inquebrantable las confesiones más sinceras, pero, en aquel momento, quedó trastocada.

-Pero Dorian... te conozco ya bien. Jamás me has ocultado nada en tus confesiones, y sé que eres un hombre de fe. Si conoces el camino, ¿cómo dudas del trayecto? Bien sabes que sólo Dios puede salvarte del tormento que acoges, y no tus actos. No trates de engañarle. Acógele con fuerza. Si tan grande es la prueba, quizás estés siendo probado. Quizás tengas un destino importante que cumplir, y vayas a necesitar de esta fuerza para afrontarlo.
-Pero esto no es vida, Adita... Si Dios nos ama, por qué nos fustiga así? ¿Por qué nos condena a precipitarnos sobre pensamientos tan... antinatura?
-Recuerda que su propio hijo fue sacrificado, hermano. Nada hay más duro que eso.
-No dirías lo mismo si conocieses mis lunas...
-Deja... deja que recapacite, Dorian. Tu problema en verdad me ha sobresaltado. ¿Podrás aguantar hasta mañana?
-Es más de un día lo que a mí me queda hasta lo que tú llamas mañana, pero lo intentaré. Gracias por escucharme, dulce Ada...
-Que Dios te bendiga por tu arrojo de valor para contármelo, hermano.


Y así se despidieron, sin poder cambiar de tema. Llegaría la noche, y sor Ada, intrépida, se aventuraría en la oscuridad de la catedral para conocer mejor la situación que atravesaban sus hermanos. No le costó. Pasando puerta por puerta, alcanzó a escuchar unos gemidos, y se atrevió a mirar por el ojo de la cerradura que los albergaba. Lo que encontró, sin ser sorpresa, consiguió sorprenderle. Tal y como Dorian le había contado, un monje se encontraba de pie. Junto a él, otro hermano, arrodillado. Ada quedó impactada por los cuerpos de aquellos chicos, que ella ya conocía de la vida en la catedral, pero que no se había imaginado tan moldeados. Se preguntaba si se debería a los trabajos de agricultura que realizaban... o si se cuidaban para complacerse más en sus momentos de agravio. El monje que se encontraba erguido gemía de más que comprensible placer, pero Adita quedó sorprendida por la actitud del arrodillado: Aferrado a la polla de su compañero, chupaba como si la salvación le esperara al otro lado y... lo disfrutaba. Desde luego que lo disfrutaba, se recreaba en su mamada. ¿Qué clase de voluntad del demonio podía ser responsable de corrupción semejante? Condenar tu alma... ¿por chupar un pene? Hermano Néstor... ¿qué te aliena? ¿cuanto tiempo llevarás haciendo esto sin que nadie en la comunidad haya sospechado nada?

La situación empeoró aún más. Desde el otro lado de la puerta, Ada, la pulcra e inocente Ada, sintió como nunca había sentido una subida de temperatura, mientras un calambre repentino la obligaba a aferrarse en la puerta: Se estaba excitando. Le excitaba ver aquellos cuerpos de hombre, el placer del sujeto pasivo, y aún más el del que estaba mamando. Y sentía que no era la curiosidad o el ansia de conocer lo que le mantenía mirando. ¿Estaría haciendo algo incorrecto con aquella escapada nocturna? ¿Serían aquellos sentimientos de castigo?


Algo estaba claro. Aquellos monjes se avocaban a una eternidad de torturas en el infierno por, según Dorian, ser buenos cristianos. No era justo. Quizás fuese Dios quien la había conducido después de todo. Quizás fuese Ada quien estaba destinada a salvarlos...

Fue después hasta la habitación de Dorian; la luz estaba encendida, sobresaliendo por debajo de su puerta. ¿Cómo no preguntarse qué habría al otro lado? Ada no podía evitar temerse lo peor: Encontrar a Dorian aferrado a algún otro monje, en aquel pecaminoso acto antinatura. Pero por fortuna, no fue lo que vio. Lo que se encontró fue a un amigo, a un buen cristiano, sufriendo por cumplir la voluntad de Dios. Al Dorian de siempre.

Estaba desnudo. Nervioso y agitado, paseaba por su celda. Entre sus piernas, su miembro en erección reclamaba una mujer, que no un hombre, y quién sabe qué pensamientos recorrían su mente. Con expresión de dolor en su cara, se masajeaba los testículos. Estaba sufriendo. Lo pasaba realmente mal. Fue más que suficiente para que Ada dejase atrás su sobreimpresión para volver a ser la Ada de siempre: La monja que escuchaba, comprendía, asentía y normalizaba. La chica con el don de saber mirar con los ojos de Dios. O eso se decía...

Se decía que los monjes no podían realizar prácticas antinaturales; lo natural es obra del Señor, y es hermoso. Mas habían de pasar por el celibato... Porque eran monjes, y habían de entregarse a Dios. El resultado, aquella monstruosidad que la misma Ada estaba observando mientras Dorian, su amigo y hermano, la padecía. ¿Qué había de natural en aquello? ¿Por qué no era natural responder a tu cuerpo y sí que lo era dejar que el mismo te llevase al borde de la locura? ¿Había diseñado realmente el Creador una tortura así para los más fieles de sus súbditos? ¿No era más lógico imaginar que las escrituras...? Se acercaba a la herejía, pero ¿no podían haber sido las escrituras mal interpretadas?

"Toc, toc" sonó la puerta.

¿Sí? -respondió el monje, sobresaltado
"Soy yo" -sonó la cálida voz de Ada
¿Ada? Dame un segundo...
Sé que estás desnudo, Dorian, te acabo de observar por la cerradura. No importa. De verdad, puedes abrir la puerta.
Pero...
Ábreme, por favor. Te lo ruego.

Le abrí, inseguro. Temí que pudiera estar acompañada, pero no lo estaba. Me miró con inquietud, cerrando la puerta tras de sí, y buscando mis ojos en una actitud tan segura como indecisa. "Siéntate", me pidió. Encantado, mi preciosa Ada.

Era una belleza. Rubia, esbelta, caliente. A veces me costaba pasar los ratos que compartíamos. Es muy duro ver una escultura semejante y recordar que te condenaría el mero hecho de recordarla con lascivia. Pero la deseaba, desde luego que la deseaba. La deseaba como deseaba el cielo. Y quizás sentirme así me alejase de esta meta tanto como ya lo estaba de compartir lecho con ella. Pero... era mi vida, y tendría que intentarlo.

Ada miró hacia la puerta cerrada a sus espaldas, y se volvió hacia mí.

-Has de prometerme que jamás le contarás a nadie lo que esta noche va a pasarte, a pasarnos, ¿de acuerdo?
-Pero Ada, sabes que no puedo prometerte eso. El sacramento de la confesión...
-No vas a cometer ningún pecado, ¿vale? Será la voluntad de Dios lo que estás por experimentar. Lo que experimentaremos ambos -dijo pensando en los monjes que acababa de ver practicando sexo oral.
-Pero... Eres tú, Ada... ¿Qué te traes entre manos?

Y entonces, Ada... se quitó su ropa! Su ropa de convento! Dios, no, Ada, pretendes matarme? Había determinación en su cara. Quedó desnuda ante mí. Creía que jamás vería a una mujer desnuda...
Su cuerpo era el de la perfección, la musa que los artistas buscaban, la prueba de que, si Dios es la criatura más bella que existe, no podía ser el hombre quien fue creado a su imagen y semejanza.

-No pretenderás que... que compartamos cama, no? -le interrumpí sin muchas razones para hacerlo.
-No, Dorian. Quiero respetar el celibato de ambos. Al menos esta noche. Tengo mucho que pensar. Pero no pienso marcharme de aquí abandonándote a tu suerte con tus demonios.

-...y qué harás, entonces?

La novicia me sorprendió entonces poniendo cara de picantona...



Me sonrió. Me sentó en mi cama.

...y se arrodilló ante mi polla. Yo me derretí. Si aquella era la prueba definitiva que mis creencias me imponían, hacía tiempo que la había fallado. Si por contra fuera una recompensa por los malos ratos sufridos... si aquella era la forma en que el señor recomensaba... entonces me moría por conocer su recompensa eterna. Sufrir una eternidad entera bien se merecía aquella experiencia.

La agarró, mirándola, insegura. Era una monja, tenía prohibido dar aquel paso. Y sí, allí estaba, desnuda, ante mí. Ada la responsable, la buena cristiana, mirando hacia el falo que se planteaba saborear. Se santiguó, y verla haciendo eso desnuda me calentó muchísimo. Pequeña novicia...

-Ada, si tú decides dar este paso, será cristiano el hacerlo. Eres tú. Eres Ada. Por favor, chúpamela...

Diría que se planteó el echarse atrás. Pero no lo hizo. La engulló. Se metió el pene entre sus labios en un gesto de determinación, y comenzó a mamarlo. Y, no sé por qué, sabía cómo hacerlo.

-Ada!!! -grité. Dios! Aquello era increíble! Era mágico! Bajé mis manos hasta sus tetas, de cuyo hechizo no podía escapar.

-Por favor... deja en paz mis senos. Quier hacer esto lo más sencillo posible. -me dijo contrariada, como si le molestase que lo disfrutara. Pero no importaba.

La sensación era maravillosa. Su lengua se paseaba por mi pene, volviéndome loco. Adita, entre mis piernas, me la chupaba con dedicación. Me miró, cómplice. Como diciendo "lo que hacemos está bien". Desde luego que lo estaba.

Un picor recorrió toda mi polla diciéndome que necesitaba más velocidad en el vaivén de Ada. "Por favor, hazlo un poco más rápido" le rogué. Obediente, su ritmo aceleró. Aquello me disparó: "Ada, trata de hacer que sienta más tu lengua" "Dame más saliva, Adita..." "Trata de dejar que tus labios resbalen sin despegarlos"
Sumisa, Ada obedecía mis peticiones con precisión, volviéndome majareta. Jamás hubiera esperado sentir sensación alguna en mi pene. Jamás lo hubiese imaginado tan dulce. Jamás me hubiese planteado el celibato de haberlo experimentado primero. Y aquí estás, Ada, corrigiendo mis errores. Mi polla estaba tan húmeda por su saliva que sus labios se desenvolvían con total libertad, patinando, provocando en mí sensaciones increíbles. Le ponía empeño, dedicación.

Sentí como el primer orgasmo de mi vida me inundaba. Mis manos se arrojaron a por sus tetas, sin que en esta ocasión me lo impidiera. Sigue chupándomela, Adita... Ella estaba tan guapa... tan sexy... tan entregada... chúpamela joder, no sé por qué una monja sabe hacer mamadas, pero es colosal, increíble, pensaba y reproducía en voz alta. Me volvía tan loco ver cómo se aferraba como su lengua la lamía, cómo sus labios la besaban...

El calor estalló y yo, sin saber que iba a hacerlo, me corrí. Ninguno de los dos lo esperábamos. La primera corrida inundó su boca, tras lo que intentó apartarse; en vano, quedó cubierta de esperma. Se rió un poco. Daba la sensación... sí... lo has disfrutado, Ada?

Cómo nunca llegué a ser un ángel -IV-

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-IV-


Tras un rato enjuagando mi boca y limpiando mi cara, me sentí extraña. ¿Qué había hecho? Un sabor agrio había quedado atrapado en mi garganta. Y la noche aún no había comenzado...



Por fin, Raúl apareció, y aquello consiguió, inesperadamente y por difícil que fuera, terminar de amargarme la jodida velada. Su ropa era ajustada, algo que le quedaba muy bien (su cuerpo era auténtica carne) pero entre su polo de color rosita (jamás lo entenderé), su pelo mal engominado y, atención, ¡gafas de sol en mitad de la noche!, la líbido cayó por los suelos.
Me pregunté si lo estaba haciendo bien. Si aquello sería un buen paso. Yo sólo quería dar placer a este tío para impresionar al escritor... ¿Estaría llevándome al catre al mayor pringao de la pandilla y perdiendo imagen ante el resto? Sinceramente, no me convenía nada hacer eso... ni me apetecía tampoco, qué coño.

Sin embargo, recordé por qué mi cita era con el cortado. Era el escritor quien lo había elaborado todo. Quien había animado la maniobra, escrito las calientes palabras, acompañado a su amigo en el ataque. Sí, aquello le importaba... No sé. Qué coño, el plan era el plan. Y el cortado tenía un cuerpazo; si el maromo de la noche pasada me lo había hecho pasar tan bien, pues esta noche la diversión estaba asegurada, no? Además, sin un poco de buen sexo tras el desafortunado affair con el camarero, igual hasta se me quitaban las ganas y pasaba a formar parte del club de secas que mis amigas tenían montado... Raúl, Raulito, ya puedes ser un amante de los que merecen la pena, porque esta ardiente súcubo está llegando al límite de su paciencia.

-Hola- me dijo en un tono algo apagado -qué... ¿qué tal y eso?-

¿Qué tal y eso? Jaja. Pobre. Eres realmente cortado ah?

-Aquí- le respondí un poco de forma desenfadada -admirando el romanticismo del lugar al que me traes a cenar y tal-

No pilló el tono. Tendré que resignarme a borrar la ironía del vocabulario de esta noche...

-Oye- le dije, cogiendo el timón, antes de que se hundiera un barco que acababa de zarpar y comenzaba a hacer aguas -¿qué te parece si dejamos lo de la cena y nos vamos a dar un paseo por la playa? Tan vacía y tal... está una noche romántica. No sé... ¡Realmente me apetece! Eso sí sería una cita romántica!

(Y me alejaría del camarero que acaba de correrse en mi lengua, y de la chica que ha presenciado el espectáculo...)

-Pero... bueno...- farfulló él, poco convencido -me parece bien eh? Pero... tenía una mesa reservada, no sé...

Puaf... Seguro que para estas alturas de la noche Lucía ya se encontraba en algún baño público follándose a lo loco a algún desconocido con un cuerpo de impresión. Debo de ser idiota... Así que me puse dura.

-Mira, cariño, hacemos esto... te olvidas de que habías reservado una mesa en este antro, me acompañas en un paseo por la playa, y quizás folles esta noche, de acuerdo? -sonreí. ¿Pillaría la ironía esta vez?

Paralizado, no me llegó a responder. Le cogí la mano, dejé de sonreir, y lo arrastré fuera de aquel asqueroso lugar.



Una vez en la playa, por fin cambió el tono de la cita. El tío era tranquilo, agradable, su voz era bastante bonita. Seguía haciendo honores a su mote, “el cortado”, pero casi mejor. Necesitaba un poco de comodidad. Hablamos de mil cosas tontas, lo maleducados que son muchos turistas por lo asquerosa que habían dejado la playa, el buen tiempo, lo mucho que nos importaba el cambio climático, etc. Luego empezó a contarme que él y sus amigos practicaban surf, parecen majos tus amigos, argumenté buscando algo de información, sí bueno, un poco macarras y eso, dijo él, ¿macarras? No seréis muy macarras si me escribiste un mensaje tan bonito... ¿Te gustó? Pues claro que me gustó, tonto, ¿no ves que a unas horas de ese mensaje estoy a solas contigo en esta romántica playa? Sí bueno, supongo que sí, respondió ruborizado.

-La verdad...- dijo entonces -tenía miedo de que no te gustase, más que nada por el de tu amiga, que seguro que era mejor...
-¿El de mi amiga?- respondí perpleja.
-Sí... vaya... no sé, Ángel siempre ha escrito muy bien...

¿?

No. No puede ser. Socorro.

-¿Qu... quién es Ángel?- pregunté, evidentemente asustada
-Joe, pos mi amigo, el que le dejó el papelito a Lucía...

¡Puta zorra desgraciada!

-Pero... ¿te refieres al chico con novia?
-Sí, sí, claro, joe, Ángel. ¿Es que tu amiga no te ha contado nada?
-Bueno... sí... algo me ha contado, pero no te creas que mucho... sabes, como íbamos borrachas y apenas nos hemos visto desde entonces... -(mentí)
-Ah, ya... Bueno, Ángel le escribió aquello a tu amiga por mí, que soy un poco tímido, y me daba cosa entraros... ya sabes... si era capaz de hacerlo él, que tiene novia y tal, pues me demostraba un poco que no importaba...
-Ajá, qué mono... oye, ¿y cómo es que me dejaste el papelito a mí? ¿No te gustaba también Lucía?
-Bueno...- dijo mirando hacia otro lado -me gustabas más tú...

Sentí algo de calor en mi interior. Un calor inesperado. La sonrisa que surgió esta vez fue agradablemente sincera.

Allí, a la orilla del mar, la brisa nos refrescaba y la marea, calmada, azotaba vez tras vez a la orilla. Era romántico.

-¿Oye... te atreverías a meterte al agua?- le desafié -me... bueno, me resultaste muy atractivo en el mar.- mi voz sonaba cómplice. No sé, aquel chico me estaba gustando un poco, y todo.
-Pero... si estoy vestido...
-Vamos hombre, la vida está para vivirla, chico cortado. Date un baño para mí...

Le cogí la cabeza. Un pequeño beso juntó nuestras bocas. Pequeño, pero húmedo. Agradecí que no se percatase de lo último que habían tocado mis labios y le guié un ojo.

-Me gusta recompensar a los hombres que hacen cosas que me gustan...- susurré con mirada tierna.
-Claro...- respondió, no muy convencido.

Le besé en la mejilla. Comenzó a quitarse la ropa. Una vez en calzoncillos le dije, casi más como amiga que como amante, que tenía un cuerpo tremendo. Me lo agradeció, y se echó al agua. Pobre infeliz...


Acto seguido, cogí su ropa. Su móvil. Había varios Ángel en su agenda, pero uno en concreto aparecía con el mote de “el escritor”. Cómo no. Anoté su número. Sus pantalones también guardaban una pequeña petaca rellena del líquido que me había emborrachado en la playa. La llevé hasta mis labios, y alcé la cabeza para beber. Lucía, eres una puta. Una puta que de nuevo me lleva ventaja. ¿Cómo pudiste no decirme nada? Pero esta vez no dejaré que te salgas con la tuya. Ese escritor es el hombre de mis sueños. Lo siento, pero voy a llegar hasta el final, y si tiene que haber guerra...

...la habrá.

Raúl estaba saliendo del agua. Despeinado, sin ropa, sin gafas de sol, mojado y en calzoncillos, se convertía en un chico bastante caliente. Un Clark Kent transformado en Superman, ¡qué bien! Le miré. Eché otro trago de su petaca...

Le miré, desafiante. El quedó quieto, contemplándome. Pasé un dedo por mis labios, y lo mordí ligeramente, calentándole. Siguió admirándome...

Me quité calmadamente mi vestido y me lancé a por él, a besarle sin mediar palabra. Allí, a la orilla del mar. El cortado, que parecía no explicarse nada, se limitó a devolverme el beso. Una chica desnuda te abraza y te besa en una noche de playa a la orilla del mar, ¿y ni siquiera te dignas a, yo qué sé, meterle mano, sobarla, acariciarla? ¿qué clase de hombre eres tú? ¿te suena la palabra pasión? Me sentí un poco desgraciada... “Sigue con el plan, Anita” pensé para mis adentros.

Lo tumbé sobre la arena y me recosté encima suyo. Con mi boca cerca de sus ojos, le susurré:

-Cariño... no sé por qué, pero me vuelves loca... me gustas mucho... y no sé si tendré otra ocasión tan romántica para.. no sé... me gustaría hacerte feliz esta noche...

Su respiración se aceleró.

-Me gustaría... me gustaría que me recordases como fantasía... como a un ángel... como a un sueño... quiero que me desees, quiero que me toques, que me beses... quiero acariciarte y entregarme a ti... no es que suela hacer esto pero, ver tu cuerpo saliendo del mar en una noche ta romántica... eres caliente, nene... quiero follarte, cariño. Follarte como nunca...

El chico estaba nervioso, me miraba, miraba hacia todas partes, pero apenas se movía. Lo tenía todo, estábamos solos, en una playa vacía, se estaba tirando a una desconocida, a una desconocida que además era un auténtico bombón, joder, y nada, debía de ser de sangre fría, porque no reaccionaba... Metí la mano en sus calzoncillos. Premio, allí estaba... su pene, ardiendo, concentrando toda la capacidad sexual de mi amante en su erección. Él cerró los ojos.

Me estaba poniendo nerviosa. No sé, no terminaba de encontrar el punto. El feeling. Y aquello me importaba mucho. Jodido cortado, ¿ahora vas a estropearme la noche? Por un chico que se fija en mí en vez de en Lucía, ¿tiene que ser un chico que no sabe follar? Empecé a impacientarme... ¿Puede que lo hayas hecho demasiado rápido, Anita? Coño, ¿pero es que este tío no es un hombre? ¿No les gusta así?

Le bajé los calzoncillos. Estuve a punto de entregarme a otra felación, pero no me apetecía mucho y, visto lo visto, el chico no daría muestra de expresión hasta correrse. Ni de coña. Completamente incapaz, coloqué su pene en la entrada de mi vagina para probar a ver si follando el calor de mi cuerpo conseguía activarle... y me miraba... y no reaccionaba...

Utilicé aquel falo para acariciarme, para masturbarme... Me pegué a él... Me froté con él... Dejé que su pene se introdujese en mi cuerpo... Ya me estás follando, chaval, te estás follando a tu cita...

...Pero nada. Él cerraba los ojos, miraba hacia atrás, ponía cara de concentración, pero no hacía nada. Ahí me tenía, encima suyo, sintiendo cómo entraba y salía de mí mientras mi cuerpo montaba el suyo, sin gran efecto. Comencé a sentir ganas de llorar.

Se corrió. Se corrió antes de lo imaginable. Se corrió dentro mío como si no pudiera importarme. Me estaba arruinando el plan. Bajé hasta su pene y comencé a mamársela. No quería que la noche acabara tan pronto, y sabía que era la única forma de despertar aquello una vez se considera satisfecho. Recuerda la técnica, Anita... la envolví con mis labios, la unté con mi lengua... chup, chup, chup... Era un pene grande... Algo es algo. El chico (hombre, si hay alguien ahí...!) gimió un poco. Bueno, al menos eres capaz de aguantar más de un orgasmo... Así que allí estaba, de nuevo chupando una polla que no era la deseada para no recibir más reacción que la que me ofrecería un puto cadáver. Hacía que me sintiera fuera. Como quien friega su casa, como un copiloto de coche, mi mente quería pensar en otras cosas, sin tener en qué concentrarse. No me sentía en el sexo.

-A.. Ana...- dijo su voz desde las alturas -¿de verdad quieres hacerme feliz?-

¿Qué? Uf... aquello me sonaba demasiado mal. Pero el plan era el plan, pensé... ¿Desde cuando las cosas tienes que ser fáciles?

-Desde luego...- respondí con la voz más sexy que me podía permitir. Volví a meter su polla en mi boca mientras me hablaba.

-Te... te importaría que te diera por... bueno... por...

Joder, algo me lo había dicho, pero no me lo creía. Sospechaba como terminaba esa frase...

-...culo?- dije completándole mientras mis temores se fraguaban en dura realidad. ¿Será el karma respondiendo duramente por mi desliz como prostituta? ¿Serían los trescientos euros que llevaba en el bolso?
-S..Sí... dios, por favor, sí...

Nunca lo había hecho nadie. Nadie me lo había llegado a pedir, y a mí no me había llegado a apetecer. Sólo una de las condiciones cambiaban ahora. Manda narices que seas tú, el cortado, el muerto al que mis mejores cartas no han conseguido despertar, el que me lo pida. Y mi mil veces desgraciado plan me obliga a ponerme a cuatro patas delante tuyo, a sonreirte ocultando un poco de miedo, y a responderte con voz picantona:

-Sírvete, vaquero...- mientras contoneo mis caderas para convertir ese ano en algo aún más apetecible de lo que ya debe resultarte.

Inmediatamente, Raúl se arrodilló detrás de mí y comenzó a sobarme. A sobarme por doquier. El culo, las caderas, las tetas... ¿Tanto te pone, cortadito? ¿Es esto lo único que activa tu sangre? Mientras tanto, yo preparaba mis mejores dotes interpretativas mientras rezaba porque aquello no doliese demasiado.

Sacó un pequeño botecito de sus pantalones. Era vaselina. El cabrón llevaba vaselina encima. Comenzó a untármela embaucado por mi pequeño agujero. Después, me lanzó su petaca.

-Te gustará más si te terminas eso- se atrevió a decir. Como prefieras, me lo metí de un trago. Serás capullo...

Comenzó a meter su pene entre mis deliciosas nalgas, poco a poco. Por lo menos tenía técnica en eso. Me pregunto, Raúl, qué clase de trauma te llevó a que te gustase tanto el sexo anal. Estoy convencida de que alguna novia o exnovia te ha ayudado a no hacer demasiado daño. O tal vez novio, visto lo visto...

-Oh... joder...- gimió su voz. Y es que lo peor de todo era lo caliente que se había vuelto para él la noche de repente. En mi interior, aburrida, no tardó en asediar mi cabeza la imagen de Lu tirándose al escritor. Quizás lo estuviera haciendo en ese mismo momento. Más ganas de llorar me atacaron. De nuevo, como respuesta, comencé a gemir y a dar pequeñas muestras de placer. Pese al alcohol y la vaselina, me estaba haciendo algo de daño. Mi vida es una mierda, pensé para mis adentros mientras, una bonita noche, a la luz de la luna y en la romanticidad de la playa, un virus se introducía en mí con, eso sí, buena técnica.

El cortado fue dilatándome el culo hasta metérmela entera. El tío estaba calientísimo. Dios mío, ¿tenías el ano virgen? Me preguntó sin cortarse. Lo estaba guardando para un hombre de verdad, respondí sin mentir. Comenzó a darle ritmo Y la verdad es que lo hacía bien. Quizás en otro contexto, yo lo estaría gozando. Pero no lo hacía. Sólo disponía la virginidad de mi ano a placer de aquel individuo mientras fingía que me gustaba. Ya puedes contarle esto al escritor, capullo. Estás haciéndote con una virginidad que quizás con él hubiera sido inolvidable.

-Joder, cómo te bailan las tetas! Oh, joder, joder!- dijo ante el bamboleo con que éstas respondían a sus embestidas... ¿Ahora me vienes con las tetas? Córrete ya, tío raro, por favor. Esto me escocerá mañana, sabes?

-Oh, mi culo... sí... -gemí

-Sí, sí, sí, deja que te de por culo, deja que te de por culo!! Joder, te la estoy metiendo por el puto culo, sí!!!-

Wow, enhorabuena, veo que tienes un gran dominio del lenguaje, Raulito... y yo te tengo que seguir el juego:

-Oh, sí, dame por culo cariño, dame por culo, socorro joder, me gusta, me encanta!!!- simulaba yo gritar desconsolada. Gemía como una loca. En algunas ocasiones, había empezado así y había terminado disfrutando de verdad. Pero no iba a ser el caso.
-Sí dame tu culo!!! Sí Lucía, sí, sigue, sigue!!!-

Sentí como el corazón se me hacía pedazos, y respondí.

-Oh sí, imagina que le estás dando por culo a Lucía, que le estás dando por culo a mi amiga, que le rompes el culo, y métemela, métemela, métemela!!!-

Una pareja de novios pasó por delante nuestro. Genial, testigos del momento más triste de mi vida desde que mi hermano me grabase en vídeo y lo colgara en internet. Les mostré mis dos preciosos dedos medios mientras se iban a paso apresurado.

Raúl se recostó sobre mí y comenzó a sobar mis pechos, sus embestidas aumentaban el ritmo, yo era Lucía, comenzábamos a sudar, y nada tenía sentido. Cómo estaba disfrutando el muy imbécil mientras me daba más y más por detrás.

Entonces la sacó, me subió para arrodillarme y me la metió violentamente en la boca mientras se corría. “Lucía...” murmuró... Yo me aferré a su pene, le miré de forma lasciva y le sonreí. Lamí hasta cerciorarme de que aquel glande no expulsaría más semen.

Extasiado, me miró. Me sonrió. Yo le sonreí. “Dios, eres un auténtico hombre”, le mentí.

Socorro. De vuelta al hotel, pasamos por el Mojito”s Pub. Mi íntimo camarero se había quedado limpiando las mesas.

-Déjame aquí, he quedado con una amiga. Espero que te lo hayas pasado bien... -le vacilé sin perder la compostura. El culo me dolía. Frustrante...

-S.. sí claro... ¿volveremos a vernos? -él, por su parte, volvía a ejercer de cortado.
-Desde luego... -le sonreí.

Cuando por fin se marchó, me metí en el bar, para sobresalto del camarero, que comprobé se encontraba solo. Saqué los trescientos euros de mi bolso, y se los devolví, esperando que a mi karma le llegara la señal. Por si no era suficiente, desabroché la cremallera de su pantalón y, de nuevo, se la comí. Le ofrecí sexo, pero me decepcionó pidiéndome que, por favor, no dejase de chupársela. Dicho y hecho, sobredosis de esperma que me estaba asqueando.


Al volver al hotel, me sentía deprimida, destrozada. ¿Qué estás haciendo, Ana? El sexo... empezaba a sentarme raro. Mi tripa estaba revuelta. Mi alma, rota.

Sin saber muy bien por qué, entré en la habitación de Lucía. Estaba vacía. Me deshice de mi vestido, que me hacía sentir como una guarra, pero no quería andar con mis pechos desnudos, y alcancé uno de los sujetadores de mi amiga. Cómo no, me quedaba grande.

Socorro. Me eché sobre su cama. Sobre la cama de mi amiga. Dejé que la frustración me invadiera...

Y lloré hasta quedar dormida y desconsolada. ¿Ángel, por qué me dejas así? ¿Por qué... por qué no vienes... y me rescatas?

Cómo nunca llegué a ser un ángel – III

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-III- 



“Mojito's Pub”, el garito donde mi cita me había enviado no era nada del otro mundo. Sí que estaba junto a la playa, que por la noche quedaba vacía y acogedora, pero su limpieza y su aspecto, bueno... dejaban que desear. El menú, grasiento a más no poder, culminaba el ambiente de seducción, definiéndolo como el lugar más antierótico al que me hayan invitado nunca. Para colmo, Raúl, el Cortado, llegaba tarde. Vaya una noche.



Mi ropa procedía del más valiente de mis armarios, se trataba de un vestido rojo, ajustado y de textura similar al látex, comprado en una tienda especializada en ropa para gogós. Tan atrevido que apenas me solía atrever a sacarlo por la calle, ahora tenía que aguantar a toda la clientela del bar, y aún más a su servicio, mirándome sin perder detalle. Los chicos de forma más disimulada, las chicas descaradamente... todos probablemente criticándome en lo que para mí no era más que una muestra de lo cínica que puede llegar a ser la gente. Sin sujetador, era el propio vestido el que se encargaba de sujetar mi escote. Se trataba básicamente de enseñarlo todo sin enseñar nada...

Pero coño, no esperaba que fuese a hacerlo para tanta gente joder!

-Disculpe, ¿le importaría que usara el baño?- pregunté a uno de los camareros con intención de esconderme allí mientras esperaba. Era el clásico mozo simple, no parecía demasiado espabilado, y llevaba ya rato sumándose al deporte de observarme del que en aquel local sabían tanto.
-N.. no, lo siento, solo para clientes -nervioso, quiso hacerse el interesante, rollo maitre o algo, sin que le saliera, y sin dejar de mirar hacia mis tetas, como si fuesen ellas las que se lo habían pedido, y ahora estuvieran discutiendo. Ni siquiera apartó la vista al terminar de hablarme.
-Mm.. bueno... no sé... Dame un segundo... -rectificó mientras miraba a ambos lados -anda corre, pasa al fondo, procura que no te vean mis compañeros vale?
-Gracias guapo -le recompensé agradecida por aquella ruta de escape mientras tomaba la dirección que me indicaba. "Buen trabajo, chicas", reí para mis adentros consciente de que mi talla de sujetador era la razón última de la decisión del camarero.

Una vez en el lavabo, me encendí un cigarro para llevarlo a mis labios. Siempre reconfortante, dulce tabaco, espero que no le moleste a mi cita de esta noche.
Con el canutillo en la boca, y como cada vez que fumaba delante de un espejo, me descubrí jugando sola a poner poses atractivas, elegantes, morritos... tonterías, cuando escuché que la puerta se abría, y decidí correr hacia un baño a encerrarme. Si algo pretendía, era estar sola.

La expresión de mi cara cambió cuando escuché que, quienfuera, cerraba la puerta... con llave!

-Em... disculpa? -aquella era la voz del camarero, que evidentemente sabía que yo seguía en el baño; Lo que me daba un poco de mal rollo.
-...¿Sí? -respondí sin creer que tuviese otra opción.
-Sí, hola... oye... perdona... quería preguntarte... -bueno, el tono no era malo, ¿pero qué coño querría? -cuánto sueles cobrar cuando... bueno, a tus clientes, ya sabes...
-A... mis clientes?

Dios, ese tío realmente había creído... que yo era una prostituta! Abrí la puerta.

-Oye... creo que te has confundido. No soy ninguna puta ni nada eh? Es solo un vestido ajustado...

-¿No? Venga ya, ¡claro que eres una puta!
-¿Disculpa?
-Por favor, mírate, y por esta zona, tienes que ser una puta!
-Pero serás gilipollas...??? -respondí ofendida mientras me iba hacia la puerta. Traté de abrirla, airada. Pero fue en vano, estaba cerrada con llave, claro.
-Vamos, nena...

El tío se atrevió a bajarse pantalones y calzoncillos, quedando su pene al aire. Cerdamente, empezó a acariciárselo y procedió a masturbarse para que quedase erecto, apuntándome. Cómo podían pasarme estas cosas a mí? Por dios...

-Escucha... no sé cuanto cobras... pero es que ese vestido me pone muchísimo, y aún no he conseguido que una nena me la chupe. Hoy he cobrado. Estoy dispuesto a dejarme el dinero que debería haberme gastado en putas todos estos años en esa experiencia. Es en serio... Joder nena, me pones tanto...
-Ya... ¿y de cuánto dinero estaríamos hablando?

¡Ana Mar! ¿A ti qué coño te importa? ¡Si es un idiota perdido! y, ¿recuerdas que no eras una puta? ¿Por qué coño has tenido que decir eso? Al chico, por supuesto, se le iluminó la cara...

-De doscientos euros...

¡Doscientos euros! ¡En verdad era una pasta!... Pero, por suerte o por desgracia, yo no quería dar ese paso.

-Lo... lo, lo siento, pero no soy puta... de verdad, por favor, ábreme la puerta...
-Está bien, cerda. Que sean trescientos...
-...Trescientos? ...Podría verlos?

¡Joder Ana Mar!

-Claro... -en efecto el chico se sacó de los pantalones caídos su cartera, y allí dentro había muchísimo dinero. Colocó seis billetes de cincuenta sobre el lavabo. Demasiado real. Hora de marcharse.
-Ya... lo siento, de verdad, pero no puedo hacer eso. En serio, me abres? -ahora le hablaba sin dejar de mirar hacia su pene. ¿Trescientos euros por una mamada? Aquello era una burrada... y yo se la había chupado a tíos más feos, sólo por divertirme... y a ese tío no se la habían chupado nunca...

-Vamos... chúpamela por favor... cómeme la polla... tienes que ser una puta...

...y no me convenía caerle mal al camarero que nos iba a servir... y no me estaba abriendo la puerta, y yo no quería pelea...

...podría practicar una última mamada antes de impresionar a mi cita...

y... me acerqué a él. Le miré. Me sentía nerviosa, como alienada.

Me arrodillé, sin dejar de mirarle. Serios, uno frente al otro, sin mediar palabra. Trescientos euros... Su pene, erecto, quedó justo a la altura de mis labios, que relamí con mi lengua, sexy. Seguía sin estar segura de querer dar aquel paso, cuando quizás ya no cupiera la marcha atrás. Sin querer decidirlo, me acababa de ofrecer a esa felación, no sé hasta qué punto planeada. Y aquello convertía el momento en algo muy, muy caliente...

-joooder, sí... -gimió el chaval que no dejaba de mirarme, incrédulo

Excitada, dejé que mi mano agarrara su polla. La moví. Me sentí sexy mientras lo hacía. Y poderosa. Trescientos eurazos, me sentía muy, muy poderosa. El chico se adelantó, para llevar su glande hasta mi boca, que no aparté. Acarició mis labios. Saqué un poco mi lengua para devolverle la caricia... y aquello me calentó, me excitó... pero, por alguna razón, no me salía engullir ese miembro, y la mamada no comenzaba...





Impaciente, mi "cliente" agarró mi cabeza y, sujetándola, introdujo su pene, suspirando, paseando por mi boca y llenándola de aquel pene. Hasta entonces algo en mí había dado el paso, pero no lo había considerado dado. Aquel momento lo cambió todo. No había forma de excusar que se la estuviera chupando, entre mis dos mejillas había un pene que me llenaba hasta la garganta. Y lo peor, la forma en que lo hizo me volvía loca. Lo lamí.

Su pelvis se decidió a bailar, follándose mi boca. Gemí ante el arrebato del chaval, diciéndome "estás enferma, Anita" al tiempo que me aferraba a la polla que se encontraba entre mis dientes y la chupaba, acompañando con mi cabeza el baile mientras una de mis manos la masturbaba. Decidí probar una vieja técnica, idea de mi hermanito que había vuelto locos a cuantos hombres la habían experimentado. Consistía en ensalivar bien la boca, envolviendo el pene, y dejar después sonar esa saliva en un continuo "chup, chup, chup...". Sabía que me dejaba como una zorra, como una puta de las felaciones; en aquel momento, esa barrera estaba ya traspasada, así que sería perfecto...

No tardó en comenzar a sonar... Chup... chup... chup, chup... y joder, sonaba excitante...

-Dios... sí... -alcanzó a murmurar el hombre que se escondía tras el falo -me la estás chupando... oh, me estás haciendo esa mamada... sí...!!!

Sí chaval. Estoy comiéndome tu polla por trescientos eurazos. Aún no sé cómo he caído en todo esto. También me tienes encerrada. De alguna forma, también me estás violando. Mientras no llegues mas lejos, es caliente...

Chup, chup, chup... Ese pene se deslizaba cada vez mejor a través de mis labios, que se estaban llenando de mi propia saliva. Acuérdate de usar bien la lengua, Anita. Tus labios le calientan, tu saliva le excita, pero es tu lengua lo que le derrite. Y tú sabes bien cómo derretir a un hombre... Y así llegó el equilibrio, una puta mamada increíble, o al menos a mí me lo estaba pareciendo, que hizo que las piernas del chico se tambaleasen... que su corrida se acercase... y yo me excitaba en mi propia mamada... estás siendo una puta, Anita... una maldita puta...

Pero no quería ser una puta.

Si el chico se corría, todo estaría hecho. Habría sido una prostituta aquella noche. Y... y... sabría a semen cuando besase al cortado que ya debía estar esperándome... y... dios... estaba mal...

Vi que sus llaves sobresalían del pantalon que estaba tirado en el suelo...

-Oh sigue... sigue zorra... cómemela, puta... sigue...!!!

Como si hubiese entendido lo contrario, la puta no siguió. No era una puta. Mi mamada se detuvo dejando al chaval allí a las puertas del cielo, separando su pene de mi lengua mientras un poco de saliva goteaba de la comisura de mis labios, saliva que me quité pronto con la mano. Me miró. Puso cara de espanto. Jaja, el pobre estaba gracioso. Comenzó a masturbarse, en vano. Después de lo que le había dado, no conseguía hacer nada él solito. Comenzó a farfullar y a medio llorar. Yo saqué las llaves de su pantalón y, sin que él luchara por evitarlo, abrí la puerta del baño para marchar en busca de la auténtica presa de la noche. Es un mundo cruel, lo siento. Y esos trescientos euros hubieran sido un buen trofeo...
 
Sí... la experiencia me había puesto a cien, era cierto... y la mamada me estaba excitando... desde luego...

Quizás me gustaría haberla terminado... dios... me estaba apeteciendo tanto esa corrida cuando te he cortado...

Haber sido una puta... joder, qué excitante... qué ocasión...

Definitivamente, tenía que haber dado el paso... un affair transformada en prostituta... terminar esa mamada... me apetecía probar ese semen... no podría explicarlo...!!!

 Qué guarra eres, Anita.

Volví a entrar en el baño. El camarero seguía tratando de sustituirme con su mano. Me miró. Le sonreí. Me acerqué. Una de mis rodillas se clavó en el suelo. La otra, obediente, la imitó. Mis labios se encontraron de nuevo ante su pene, que besaron. Me bajé los hombros del vestido, hasta dejar descubiertas mis tetas. Las mismas que lo habían seducido. El chico se seguía masturbando; todo terminará pronto, cliente mío. Espero que te haya merecido el dinero...

Volví a besar el miembro que me exigía más labios, lo ensalivé para envolverlo con mi boca, haciéndole dar gracias al cielo... Con mi lengua, bombeé... Y ahora no me importaba hacer por completo de zorra... Una puta, Anita... ¿Habría hecho Lu alguna vez aquello? ...Chup, chup... chup...

Una clienta entró entonces, no había reparado en volver a cerrar el baño con llave. Me encontró arrodillada, con mis tetas fuera, adherida aquella polla, en ese movimiento de cabeza bombeante. Me volví para mirarla. Fue torpe por mi parte.

-Joder, me corro, me corro!!! -gritó el camarero.

Joder Ana, claro que se corre, lo estabas notando, ¿quién te mandaba dejar de chupar? Si había una cosa que no deseaba, era que su semen me manchase la cara, y traté de evitarlo. Dirigí mis labios de nuevo a finalizar su trabajo. Demasiado tarde. Su corrida brotó desenfrenada saltando sobre mis párpados hasta que mis labios, como pudieron, consiguieron alcanzar aquel glande y dejar así que mi boca engulliese el resto. Un gran espectáculo para nuestra invitada... Torpe Anita, me dije con aquel semen resbalando por mi cara o escapando de mi boca...

Torpe y puta, Ana.

El sexo con Karen

Karen... Cómo sabes hacerlo. Cómo sabes hacerme disfrutar...

Karen era la típica chica con la que desearías pero no esperarías acostarte. Guapa, pero no en exceso, sexy, pero no en exceso, y morbosa, esta vez sí en exceso, hasta límites insospechados. Una amiga, de esas que te alegran la noche con su compañía. No sé bien como explicarlo, es como si derrochase calor, comodidad, como si acostarse con ella fuese, simplemente, un cómodo placer del que no tienes por qué ocultarte. Sin embargo, también parecía una meta imposible. A sus 26 años, estaba prometida. Prometida con un buen amigo.



Fue el día de su cumpleaños. Fiesta privada y abarrotada en su casa. Borracha perdida como iba, se mostraba especialmente cariñosa. Abrazos, besos. Miradas. Muchas miradas. Al menos hacia mí. No sé si eran cosas mías, pero diría que siempre había existido una tensión sexual entre los dos, una complicidad por fraguar. Sólo en mi mente había conseguido poseerla, pero la había disfrutado a fondo, la había experimentado a placer. Era tan fácil imaginarse a Karen actuando para ti, para tú cuerpo, para tu sexo...

Imaginarla dedicándote una mamada resultaba tan... real... natural... caliente...

Pero lo peor de tomarte algo con tanta cercanía viene en los momentos en los que toca evidenciar que es exactamente lo contrario.

Yo había llegado tarde a la fiesta, y todavía no me había encontrado con ella, lo cual era un mal gesto por mi parte, ya que llevaba largo rato por allá. El alcohol también estaba haciendo efecto en mi cuerpo, yo empezaba a decir mis tonterías de borracho, cuando vi que marchaba hacia la cocina. Sin maliciosa intención, por supuesto, la seguí para encontrarme con ella.

-¡Hombre, Darien! ¡Cóooomo estáas! -tono de borrachera, cómo no, Karen
-¡Felicidades cumpleañera! -por supuesto, mi voz no era precisamente la de alguien sereno tampoco -¿Qué tal sienta eso de celebrar tu último cumpleaños de soltera?
-Pues como cada cumpleaños, llevo peor lo de ser más vieja! -me dijo riendo -Ven aquí hombre! Dame un par de besos!

Amistad. Me acerco a ella. Calor. El primer beso en la mejilla. Comodidad. Un beso de verdad, uno de los que se hacen con los labios, y no uno de esos «cara contra cara» tan difíciles de entender. El segundo beso; sin intención, se dirige demasiado cerca de la comisura de mis labios. Los míos, también sin yo pretenderlo, de verdad, se desvían lo justo para encontrarse con los suyos. Y, extraño, entonces, tacto. Tacto cálido, labio con labio. Humedad maravillosa. Una sacudida eléctrica recorre mi cuerpo entero. Aunque beso involuntario, un beso. Karen me mira a los ojos.

-¿Te ayudo a llevar algo? -interrumpo pretendiendo hacer que no ha pasado nada
-No, no, tranquilo hombre! -responde su boca en agradable posición forzada -puedo sola, pásatelo bien en mi fiesta eh?

Podéis imaginaros el resto de la noche. Conversaciones banales, situaciones cómicas que no te interesan nada, hombres ridiculizándose para tener compañía esa noche, y las ganas de acostarme con Karen brillando y renunciando a quedar relegadas. Guau!

No nos cruzamos en toda la noche. Nos vimos. Nos miramos. Ella de forma más descarada, supongo que más consciente de mis intenciones que yo de las suyas. La música bien alta, los bailes absurdos, y toda la incongruencia de una fiesta cuando no intentas disfrutarla.

El final de la velada me pilló por sorpresa en el baño. Consciente de que era hora de ir despejándose, aunque sin imaginar que la fiesta terminase tan rápido, había ido a lavarme un poco la cara con agua fría, componer mi imagen en el espejo y esas cosas. La comodidad de estar solo había alargado mi estancia en el cuarto. Pero era hora de salir, antes de dejar que tu ausencia quedase explicada mediante la imaginación de los borrachos invitados.

Cuando salí, la gente se estaba marchando. Karen los despedía.

-Darien, no te encontraba. Javi -su prometido -trabaja mañana, y siendo tan tarde, pues cuando se ha ido hemos decidido terminarlo. Nos vemos en la boda, ¿vale?
-¿Cómo, ya tan rápido? Ostras...
-Jaja, Darien, ni que tuvieras alergia a tu casa
-Jaja, no Karen no, es que aún voy algo bebido, y he traído el coche. Pero bueno, ya me meteré algún CD hasta que se me pase.
-Ya, vaya... Joe, tú también, con la de autobuses de noche que pasan por mi casa, tenías que venir en coche eh?
-Ya sabes Karen, me va fardar, ser independiente y esas cosas
-Sí, bueno, tranquilo

El último invitado terminó de salir (-felicidades Karen!-). Ella se fue a cerrar la puerta, y me miró otra vez con esos ojos de gata que tan mal se le daba contener.
El beso regresó a mi mente. A cada segundo lo imaginaba más increíble. En aquel momento, sentía que su lengua había explorado a la mía. Como si fuese poco haber besado sus labios...

-Anda Darien, no vayas al coche, ni que fuera a echarte de mi casa, descansa un rato en el sofá vale?

Me cogió de la mano y me llevó hasta su sofá. Karen, fantástica. No vaciló. No hubo excusas, ni tensión, ni miedo a nada. Quizás demasiado alcohol. Me sentó, me envolvió con sus rodillas, subiéndose encima mío, deslizó sus manos por mi cuello hasta enredarse en mi cabello, y dejó que nuestras bocas se acercasen hasta fundirse de nuevo. Sin errores. Sin disculpas. Karen, sobre mí, me comía la boca provocándome la sensación de haberla besado desde siempre mientras me llevaba a un placer que hacía tiempo no me daba un beso. Su calor me inundó, su boca me humedecía mientras acrecentaba mi sed, mi sed de sus labios, de su piel, de Karen...

Mis manos la envolvieron. Ella no se incomodó. Exploré la ropa que la envolvía. Su lengua entró entonces entre mis labios permitiéndome saborearla, sentirla, y jugar con ella. No había palabras. Las palabras sólo atienden a lógicas y razones. Aquello era un beso, sin más sentido que el de ser un beso, y las palabras nos hubieran impedido seguir sintiéndonos. Mis manos seguían haciendo su trabajo. Una camiseta, un sujetador, una minifalda, unas mallas y presumiblemente un tanga me separaban de su piel. La idea me calentó. No me hubiera atrevido a pedirle a aquella noche más de lo que me estaba dando, pero sólo imaginar a mi amiga dejándose follar por mí elevó mi temperatura, aceleró mi corazón, y le dio esperanzas a un pene que ya estaba en erección.
Karen envolvió mi cabeza con fuerza, y su boca se despegó de mi para empezar a jugar con mi cuello.

-Pero... Oh, Karen...
-Hmm... -gimió mientras me comía la oreja y me hacía temblar -dios, Darien, tenía muchas ganas de probarte...

Su lengua actuaba como si mi mente la manejase. Sin pudor, sin complejos, sólo recorriéndome.

Sin despegarse de mí, comenzó a levantarme mi camiseta. Parecía querer deshacerla, olvidarla, encontrarse a mi piel, y yo no dudé en quitármela. Se detuvo a mirar mi torso, y se lanzó de nuevo hacia mi cuello, esta vez cerca del hombro, dispuesta a dejarme un recuerdo, mientras sus manos parecían necesitar exprimir mi tórax. Mi mente, pese a seguir drogada en la saliva de mi amiga, consiguió hacer un par de cavilaciones. Pensé en Javi. Él tenía 38 años, que es una edad. Nunca había sido un chico de gimnasio. Tenía que ser un cuerpo bastante ordinario el que le servía a Karen en sus noches de calor. Yo tenía tan sólo 23, y adoraba el deporte. Me alegré de poder servirle a esa chica un plato que no acostumbraba a comer.

Pensar en aquello me llevó un paso más allá. Mi amiga había comenzado a desnudarme sin pudor, y me estaba besando de forma desesperada. El paso estaba dado. Estaba hecho. Iba a follármela. Mi pene luchó entonces por romper mi cremallera, asegurándose de que el cuerpo de mujer de Karen lo notara. Su lengua volvió a producirme un calambre y a separarme de mi cerebro. Dios, nena...

Su boca bajó hacia mi tórax comenzando a darle pequeños besos que contrataban con la brutalidad con que sus suaves manos me recorrían. Yo me cansé de su camiseta, y empecé a levantársela. Se rió un poco y se la quitó ella misma, sin sensualidad, sin pudores, como si no estuviese dándome paso a una de las pocas sensaciones que hacen que la vida merezca la pena. Y así, mis manos, aunque aún impelidas por su sujetador, conocieron sus voluminosas tetas.

Sus ojos buscaron los míos en una mirada burlona que parecía decir «tan sólo son dos tetas». Los míos le respondieron con admiración y deleite, sin poder esconder lo que esos pechos provocaban en mí. Subió su boca de nuevo hasta la mía. Cuando nuestros labios volvieron a juntarse, tuve la sensación de que llevaba mil años separado de ellos, y mi boca no hubiese tenido sentido hasta entonces. Beber de Karen era tan, tan caliente...

Sus manos envolvieron mi pelo, y su cuerpo se alzó mientras conducía mi cabeza hacia su escote, hundiéndome entre aquellos senos tan sensuales. El sujetador alzaba esas tremendas tetas otorgando a la vista la sensación de un manjar que mi boca no quiso quedar sin probar, lanzándose contra ellas mientras mi amiga, provocativa, alzaba la cabeza cerrando los ojos con la boca entreabierta en pose de concentración. Cuando llevó sus manos hacia su espalda y desabrochó su sujetador, terminó de derretirme. Sentí mi cuerpo arder. Era sencillamente increíble. Así, el sujetador se deslizó cayendo entre nuestros cuerpos y sus maravillosas, preciosas, esculturales tetas quedaron completamente a mi placer. Me lancé hacia ellas, casi con desesperación. Las tetas de Karen, estaba besando las tetas de Karen, y apenas me lo podía creer. Si hubiera podido, hubiera pensado en Javi. Pero las manos de mi amiga apretaban mi cabeza contra su cuerpo, casi obligándome a dejar invadir mi lengua por sus pezones que se alteraban y sabían a ángel. No, a ángel no. Sabían a sexo. A mujer, a persona. A un sabor que el placer debería llevar por costumbre. No sé por qué no todos los pechos saben como este, pero sé que deberían hacerlo. Me encantaba pasar la lengua por su carne, adoraba lamerla, besarla, mientras mis brazos le impedían despegarse.

Agarró mi cabeza para volver a besarme. Maldije no poder besar todo su cuerpo a un mismo tiempo. Maldije cada centímetro de ella que pasaba un segundo sin recorrer. Me abrazó fuerte, juntando nuestros cuerpos. Y comenzó a quitarse la ropa que aún le quedaba, como si no importara. La minifalda. Las mallas... Ver cómo se deslizaban aquellas mallas entre sus muslos desnudos parecía la expresión misma de la seducción, hasta el punto que quise quitárselas yo con mis propias manos. Por nada del mundo me iba a perder ese momento de exploración de sus suaves piernas. Volvió a untar sus pechos en mi boca.

-Darien, dios mío, no sabes las ganas que tenía de ti -soltó sin rubor
-Ni tú tampoco Karen. Joder, me he imaginado tantas veces tu cuerpo... Tu cuerpo caliente...
-Sí? Me imagino que me imaginabas con unas tetas más turgentes
-No podía imaginar su tacto, ni su sabor, ni tampoco el de tu lengua lengua, y maldigo la desgracia que así me condenaba -respondí caliente

Nuestros cuerpos se acariciaron, rozándose, sintiéndose. La sentía tan suave, tan cómoda, tan... tan cercana a mis divagaciones...

-Ya, así que tu cabezita me ha obligado a hacerte cosas guarras, eh nene? -dijo lasciva. Karen, borracha...
-No -me defendí -En mi mente tan sólo hacías lo que deseabas, Karen.

Me volvió a besar

-Joder, Darien -dijo -joder... te deseo... dios, te deseo mucho...

Tanta saliva iba a acabar conmigo. Y tanto calor, también. Allí, en el sofá de la casa de Karen, ella, desnuda, me estaba metiendo la lengua tanto como podía mientras su cuerpo, morboso, insistía en no despegarse de mí mientras se movía, tocándome, acariciándome y rozándose.

Volvió a dejar que su boca bajara, para volver a sus pequeños besitos en el torso... Dejó que sus piernas bajaran del sofá, quedando arrodillada en el suelo, y se puso entre las mías mientras con sus manos atacó la cremallera que mantenía a mis vaqueros en su sitio... Por supuesto, la imagen de aquella amiga comiéndome la polla inundó enseguida mi cabeza, y omnubilado dejé de poder pensar en otra cosa...

Hábiles manos, enseguida bajaron mis pantalones hasta mis muslos y se lanzaron hasta el calzoncillo. Despegó sus labios de mi cuerpo. Bajó la goma de mi ropa interior y allí apareció, luchando por conocerla, el pene que sólo la conocía por mi cabeza. Sus manos lo agarraron. Joder, Karen. Lo haces tan placentero... y a la vez tan natural...

Su cara se acercó hasta él. Lo miraba. Lo masturbaba. Me miraba a mí con cara de lascivia. También de chica haciéndose la tonta. Algo de actuación en tu simplicidad, Karen. Algo de actuación que te convierte, si cabe, en una experiencia aún más caliente.

-Así que en tu mente... -dijo muy sexy con la boca pequeña, haciéndose la despistada -en mi mente deseaba comértela... no Darien? Porque no te veo capaz de impedir que tu imaginación me haya conducido, quien sabe cuantas veces -sonrió soltando una pequeña risa -hasta tu bonita amiga...
-Kaaaren... -conseguí susurrar, abandonándome.

Se acercó. Le dio un besito en el glande. Juraría que sentí un leve contacto su lengua. Me estaba volviendo loco.

-Así que mi amiguito, que tantas veces se ha hecho el tonto, ha practicado en su mente el juego de agarrar mi cabecita y conducirla entre sus piernas... -en cuanto lo dijo ardí en deseos de reproducir sus palabras, pero algo me lo impidió. Aquél era su juego -y yo, por supuesto, me moría por hacerte una mamada...
-Kaaaren... -repetí en lo que sonaba a ruego
-Si, Darien? -respondió con sus ojos de tonta
-Dios, Karen...

Me liberó por completo de pantalones y calzoncillos, y volvió a quedar arrodillada, desnuda, entre mis piernas, mientras sus manos me acariciaban masturbándome, con su boca a centímetros de saciarme, y sus ojos clavados en la expresión de mi cara. Continuamente me parecía que se decidía. Que me hacía esa mamada con la que desde luego que tantas veces me había ensoñado. Pero no lo hacía. Seguía desafiando a mi polla, y mirándome...

-Karen... -volví a susurrar
-Si Darien? -reprodujo ella de nuevo, esta vez con ojos atrevidos...

Una de mis manos envolvió su cara alcanzó su pelo. La otra la imitó.

-Darien... -dijo en tono de rendida -me muero comértela...

Apliqué un poco de fuerza para llevar su cabeza hasta mi polla...

-Chúpamela, Karen...

Su mano aún seguía masturbándome. Hizo un gesto de satisfacción, mientras yo guiaba su boca hasta mi glande, y ella empezó a darle pequeños, calientes besitos...

-Joder, Karen...

Seguí empujando su cabeza, despacio. Mi pene atravesó la comisura de sus labios, que seguían haciendo un movimiento similar a besarme... y conseguí encontrar su lenga, que se empezó a mover para mí... Oh, sí...

Mi amiga estaba consiguiendo hacerme consciente del momento. De cada segundo de ese momento. Del momento en el que su boca lamía mi pene...

Seguí empujando, dejando que su lengua fuese deslizándose... Oh, dios, joder...

-Oh, Karen!! -grité

Entonces separó un poco la cabeza y me dijo:
-Acaso en tu mente no te daba algo así?

Y comenzó a chupármela. A metérsela en la boca y bombear, con su mano masturbando la base de mi pene.

-Dios! Karen!! Dios!!!

Glup, sonaba su saliva. Me concentré en sentir su boca. Quiero sentir como se mueve tu lengua. Quiero sentir el roce de tus labios. Quiero conocer hasta el último milímetro. Y disfrutarlo, Karen.

Bombeaba, allí, arrodillada ante mí y besando, lamiendo y comiéndose mi pene, con todo su cuerpo desnudo y mis manos acariciando su cabeza. Sus brazos me envolvieron, para empezar a acariciarme, a acariciar mis abdominales, a sobarme el culo...

-Cariño -me dijo, caliente y autoritaria -vas a follarme
-Desde luego que voy a hacerlo, Karen

No dejaba de llamarla por su nombre, como si necesitase hacerlo para adquirir la consciencia de que aquel momento era real, y de que todo estaba sucediendo. Karen.

Me levanté del sofá. Ella se aferró a mi culo y volvió a chupármela.
-Oh dios! -grité al tiempo que la agarraba. La tiré sobre el sofá. Abrí sus piernas. Quité su tanga mientras la excitación me envolvía y metí mi cabeza entre mis muslos para proceder a compensar su mamada.

-Oh dios mío -dijo ella en tono de diversión

Le lamí su vagina, y aproveché para dejar que mis manos terminasen de conocer su cuerpo. Sus piernas, su culo, sus caderas, sus tetas, Karen gemía.

-Oh dios, síiii!!!

La agarré por las nalgas, y me alcé. La besé en el beso más paciente que podía otorgarle, y me separé para admirarla por última vez. Estaba allí, medio sentada y recostada sobre su sofá, con sus preciosos pechos desnudos ante mis ojos y a disposición de mis manos, con sus cálidas piernas abiertas y envolviéndome, con su vagina pidiéndome ser violada y con sus ojos rogando que me la follase.

-Oh, nena...

No pude esperar más. Era el momento. La empujé cuanto pude contra el sofá. Pegué mi cuerpo contra el suyo mientras sus manos se aferraban a mi espalda y las mías sujetaban sus piernas.

-Rooober... -gimió siendo esta vez ella la que no aguantaba

Puse mi pene a la entrada de su vagina, sentí su calor, el calor de su cuerpo, su calor de mujer, su tacto, su sabor su todo.

-Dios, Karen...

Y la penetré hasta el límite.

-Oh sí Darien! Oh dios Darien! Ohhhh!

«Eres tan caliente, amiga mía. Tan excitante. Te estoy disfrutando tanto...» pensaba mientras el sexo comenzaba y me rendía a aquel placer. Su lengua atacó mi boca.

-Karen... -le susurré --no sabes como me pone estar follándote...
-Oh -dijo ella elevando la cara, cerrando los ojos y dejando mi boca en su cuello -pues sigue follándome joder, sigue follándome...

Las embestidas cobraron fuerza, y la tumbé sobre el sofá para seguir follándola. Sus manos empezaron a acariciar mis brazos, como si le excitaran... El calor nos envolvía, nos subyugaba, aquella casa ardía, y comenzábamos a sudar.

-Dios, preciosa, sentirte aprisionada bajo mis brazos y desnuda...

Sus ojos estaban cerrados, también su boca, y estaba muy, muy sexy.

-Jamás te había visto tan guapa...

Sus manos agarraron mi trasero, como tratando de meter más mi pene.

-Oh dios... -gimió -fóllame, Darien!!
-Te estoy follando, Karen...
-Sí, sí, me estás follando, me estás follando!!! --gritó

Me miró, me dio un pequeño beso y me empujó, invitándome a levantarme. Así, ella hizo lo mismo y me empujó sobre el sofá, colocándose encima mío..

-Ooohhh... -dije derritiéndome -Kaaaren...

Con sus piernas abrazandome, ahora era ella la que me follaba a mí, sin permitir que nuestros cuerpos se despegaran, cerrando los ojos, y mirando hacia el tejado. Noté que cada vez le gustaba más, le excitaba más, mientras su rostro adquiría unas expresiones tan morbosas que me daban ganas de follármela, como si no estuviese haciéndolo, de llevarme al límite

-Ooohhh Darien, Ohhh...-
-Dios, eres tan sexy...-
-Sí, soy sexy... fóllame Darien... sigue metiéndomela...

Todo era tan cálido, tan increible... Sus tetas, redondas, suaves, bailaban frente a mi cara, y me lancé a por ellas. Una de las manos de Karen se aferró a mi pelo de inmediato..

-Sí Darien... Oh sí... Sí Darien... Sigue... Sigue... Sigue por dios, sigue...-

La sensación de no estar follándola del todo regresó a mi cabeza. Era la posición, que lo impedía. Y yo, calentándome por sus gemidos, derritiéndome con sus caras de placer y sus tetas envolviéndome, necesité darle más duro, necesitaba follarla más, necesitaba llegar hasta el límite...

Sin pensarlo, sin pretenderlo, mis brazos se posicionaron bajo sus piernas y la levantaron junto a mí haciendo todo lo posible por seguir metiéndosela. Mi polla se introdujo hasta el fondo mientras la satisfacción me invadía. Ahora sí que te estoy follando, nena.

-Oh dios!!!!!!- empezó a gritar descontrolada -Oh dios, sigue!!! Sigue!!!-

La pared estaba cerca, y la apoyé contra ella. Sus manos me envolvieron, sus uñas se clavaron, su cara seguía en aquella sexy mirada al cielo, y mi pene entraba por completo, calentándome.

-Dios!!!!!- gritó -Dios, dios, dioooos!!! Rooober...-

Su cuerpo ardía, sus pechos sudaban, ella estaba calentísima, y mi orgasmo comenzó a acercarse, descontrolándome del todo y follándome a aquella chica como si el fin del mundo nos atacara.

-Karen!- grité -me voy a correr, me voy a correr!!-
-Oh dios sí!!!- gimió -dios, córrete Darien, córrete!!-
-Dios Karen...- jadeé -no llevo puesto el condón...!!-
-Tomo la pastilla, nene- respondió decidida -vas a follarme ahora mismo y te vas a correr- lamió mi oreja -te vas a correr!!-

Jamás lo había hecho. Jamás había eyaculado dentro de nadie. Y hacerlo dentro de Karen hizo que el morbo me invadiera.

Siéntela, Darien... Siéntela por última vez... Siente su piel, resbalando en la tuya, siente sus tetas contra tí, siente a Karen desnuda y practicando contigo el sexo más increíble que jamás hayas sentido...

Sentí pequeñas convulsiones en la entrepierna de mi amante. Estaba llegando al orgasmo. Pequeñas lagrimas salieron de su rostro, y una sonrisa inundaba su cara...

-Si Darien sí...- dijo en un tono que sonaba a un mismo tiempo a triunfo y a rendición, a risa y a llanto, a placer y condena...

Mi orgasmo también estaba descontrolado. La pegué del todo contra la pared. Sus manos se aferraron a mí. Se la metí de una forma salvaje, levantándola a cada embestida. Y las embestidas cobraron fuerza mientras el semen era eyaculado en el cuerpo de la chica más caliente que haya existido nunca...

-Oh, dios...- dijo ella en tono calmado, satisfecho. Las mujeres así me hacían sentir genial. Caímos sentados sobre el suelo, de espaldas a la pared

-Ha sido increíble, Karen...- le dije mientras la calma invadía mi cuerpo
-Ya lo creo...- dijo ella cerrando de nuevo los ojos y volviéndose aún más sexy que en el mejor de mis sueños.

Entonces me miró. Agarró mi cabeza. Me besó. Me levantó. Me llevó hasta el sofá, empujándome contra él de nuevo. Caí sentado, perplejo, y miré su cara. Sus ojos ardían de nuevo. Se arrodillo entre mis piernas, otra vez.

-Karen, qué... qué estas haciendo?-
-Darte más sensaciones con que deleitarte cuando me recuerdes cielo...-

Directa, sin contemplaciones, se metió mi pene, aún flacido, en la boca, y su lengua comenzó a lamerlo.

-Ya me la has chupado antes, Karen...- le rebatí. No quería explotarla más de lo que ya lo había hecho... y estaba más que saciado...

-Una mamada es una mamada, lo siento- me dijo ella, bastante seria. -Tienes que correrte. Tienes que conocer la sensación de correrte en mi boca, cielo... estoy seguro de que le darás buen uso...-

Dios. Mi pene dio muestras de respuesta, recuperando la erección perdida en la boca de Karen, que me la estaba lamiendo. Cómo me pones, zorra...

Y así empezó a chupármela. A chupármela como sólo ella sabía hacerlo. A tragarla, besarla, devorarla, masturbarla entre sus labios, tan calientes y húmedos. Se alzó un poco, y aprisionó mi pene entre sus tetas para masturbarme con ellas...

-Joder Karen. Joder!-
-Te gusta, cariño?- me dijo sonriendo
-Tú me gustas, Karen, tú me gustas!-

Volvió a lamérmela. Javi, eres un capullo afortunado. Aunque las ganas de polla que tenía esta chica... quizás contigo no sea tan placentera. El sexo con Karen es el sexo de verdad. Es sexo auténtico. Y su calor, su calor es el cielo.

-Cariño...- me susurró -quieres correrte en mi boca, o orefieres hacerlo entre mis tetas?-

Cómo puedes ser así, Karen. Como puedes poner tanto a un hombre? Cómo has hecho para meterte en mi cabeza...?

-Oh...- gemí -me gustaría... me gustaría comenzar a correrme entre tus tetas... y terminar en tu boca, Karen...-

Exigir era excesivo por mi parte, pero no sé, era Karen, no era mi novia, y quién sabe si volvería a tener la ocasión de hacerlo...

-Me parece una gran elección, caballero... -dijo sonriendo

Así, sus tetas envolvieron su polla de nuevo dejándome sentirlas, suaves, aterciopeladas, calientes, excitantes, morbosas. Pero aún más que su masturbación lo que me estaba poniendo era verla. Verla a ella, allí, ante mí, dedicándose a mí, a mi polla, a mi placer, agarrando sus tetas y actuando con su cara para poner poses sexys...

-Cierra los ojos Karen... -hazlo, por favor... -entrecierra la boca, mira hacia arriba, y pon esas caras tan morbosas que ponías cuando te acercabas al orgasmo...-

Ellá me sonrió, el juego tle divertía, y reprodujo mi descripción con total fidelidad. Sus tetas seguían masturbando mi polla, arriba y abajo, increíbles. La expresión de su cara, ahora que estaba puesta a voluntad y con la intención de excitarme, era condenadamente caliente, mejor incluso que las no fingidas. Y para colmo, pequeños gemidos salieron de su boca.

-Oh... mmm...-

Mi cadera se agitó. No pude evitar mover violentamente mi polla entre sus senos.

-Sí Karen, sí!!!!!-

Sacó su lengua humedeciendo sus labios...

-Sí joder, síiiii!!!! Me corro, Karen, me corro!!!-

Y llegó. Una embestida de esperma salió sobre mi amiga cubriéndola, y ella se lanzó corriendo a comérmela para que yo terminase de eyacular en una deliciosa mamada...

-Joder Karen... Eres tan... perfecta...-
-Un gran regalo, eh Darien?-
-Jaja, sí, una pena que fuese tu cumpleaños y no el mío, verdad?-
-Bueno... -respondió vacilante -si yo lo estaba deseando...- rio

Cuando me despidió, yo me había puesto mi ropa, y ella se había vestido con un pijama holgado. «Natural», pensé.

-Nos vemos en la boda, Darien-
-Pues hasta la boda, entonces- respondí resignado

Abrí la puerta. Ella vino corriendo hacia mí, y me dio un último caliente beso de despedida... Respondí con ansia. Otra vez igual, parecía que llevase siglos sin besarla...

-Hasta luego, Darien- me dijo ya decidida
-Hasta pronto en mis sueños -fue mi respuesta...

Y marché a casa. Apenas había conocido la sensación de vida hasta ese momento. Apenas la he vuelto a sentir desde entonces.

Cómo nunca llegué a ser un ángel (I y II)

-I-



Tener amigas que estén como un tren tiene más inconvenientes que ventajas. Sobretodo si tú eres también una chica que, noche tras noche, ha de acostarse con cualquier hombre de cuantos conozcan que no sea “el que está bueno”, el que ella disfrutará. La muy zorra...

Da igual que tengas unas tetas jóvenes y suaves, y que casi las regales con tu escote. No importa que tus palabras insinúen abiertamente que tu boca se vende fácil a las pollas, como si fueses una ninfómana desesperada. Porque los tíos, mil veces odiosos, ya han decidido que “el premio” es mi amiga mucho antes de entrarnos. Y yo, que a mi parecer estoy de muy buen ver, no tengo mayor alternativa que convertir en afortunado a algún segundo plato que, encima, hubiera preferido acostarse con ella. Es tan odioso!!!!


Tan sólo en una ocasión nos cruzamos con un grupo de tíos en el que fueran dos, y no sólo uno, los pivones que estaban para comérselos. Y se los llevó, cómo no, ella. Sí, a los dos. Aquella noche le romperían el culo en una de tantas fantasías que yo sólo experimentaré cuando ella me las cuente. No he conocido hombre con el que valga la pena el sexo anal, pero es que aquellos dos tíos... Uf!! En fin, socorro.


Su nombre es Lucía, el mío Ana Mar, y sería esta “rivalidad” de la que ni siquiera sé si ella era consciente la que nos adentraría en la mayor aventura de sexo a la desesperada de nuestras vidas.

Todo comenzó un muy caluroso Martes del mes de Julio, en la playa. Habíamos decidido marcharnos juntas de vacaciones, las dos, solas. La mayoría de nuestras amigas tenían ya pareja estable, y estaba un poco de moda criticar nuestra costumbre de no dormir solas. Allá ellas. Rodeadas de sus “chicos encantadores”, me figuro que la condena de un sexo con dos miembros pasivos había caído sobre todas, y se les notaba en el humor.

Tumbadas en una hamaca, pronto nos sentimos devoradas a miradas (lo que, Dios lo sabe, nos encantaba). Las dos morenas, Lucía escultural, ojos verdes, labios finos, cuerpo en forma, y aquellas piernas maravillosas, y yo, de desgraciados ojos marrones, menos delgada, aunque mis piernas tampoco estaban mal; sabíamos que todos estos detalles pasaban desapercibidos. Miré con envidia los pechos del ángel que estaba tomando el sol a mi lado. Eran enormes. Parecían duros, como si la gravedad no los derrotase, redondos, ardientes, alucinantes. Recordé la ocasión en la que, borrachas como nunca las dos, comenzamos a besarnos en mi casa, calientes perdidas. Continuamos desnudándonos, y, loca de morbo, empecé a lamérselos. Dios, me sentí MUY lesbiana. Ella acabaría tirándose al capullo de mi hermano pequeño en mis jodidas narices, sin que casi me importara. Recordé cómo, sentados ambos en el sofá, Lucía lo cabalgaba de aquella forma salvaje. Cómo le bailaban esas tetas. Arriba, abajo, hipnotizantes, mágicas, embelesando a mi afortunado hermanito, que cumplía los 18 años y apenas le duró unos minutos. Jaja, fue incluso gracioso cómo, después de haberse corrido, le pidió completamente arrepentido de haber dejado pasar la ocasión que intentase chupársela, que sólo un poquito, mientras ella pasaba completamente del tema. Creedme que os gustaría saber cómo terminó todo, como le gustó a él también... pero no he venido a contar esa historia.

Detrás de nosotras, un grupo de chicos un poco más mayores, de unos veintitrés o veinticuatro años, jugaban a una especie de “mini-fútbol” playero y nos miraban de una forma descarada. Me volví un poquito, por curiosidad. No estaban mal, bastante atléticos. Dos de ellos se encontraban apartados, uno estaba escribiendo algo. La incertidumbre me invadió, quería atenderles mejor. Me puse, disimuladamente, a hacer que tomaba el sol boca abajo, con las gafas de sol puestas, para poder así mirarles de una forma discreta.

El chico que escribía, sentado en una especie de banco de piedra que marcaba los lindes de la playa, estaba tremendísimo, tenía un “algo” que me atraía, y el chico que le acompañaba, de pie, tampoco se quedaba atrás. Vi que nos miraban, en especial el segundo. Me entró un pelín de excitación, no sexual, eran nervios, ya sabéis, y me desabroché el bikini para corresponderles, sin dejar de quedarme boca abajo. Tenía que combatir de alguna manera contra la delantera con que Lucía les deleitaba. Puta.

Pronto pude comprender más o menos la escena. El escritor parecía animar a su amigo, que se veía cortado, a algo, y me figuré que mi amiga, yo y nuestros cuerpos tenían algo que ver. Ya lo creo, pronto pasarían a nuestro lado, y el cortado se agacharía un poco para dejar a mi lado la nota que yo sabía que había salido de manos del escritor. Discretos, se metieron al agua sin mirar atrás, dejando que cogiese el papelito sin tener que cohibirme, un detalle. La nota decía:

“Sería capaz de recorrer un mundo entero si supiese que, al llegar, me estuviera esperando tu precioso cuerpo de mujer, así, desnudo, cubierto por, afortunadas las manos, la crema que ahora te nutre, bajo este sol que te deslumbra, y en esta playa que te acoge. Pero tú estás aquí, y, por hoy, no necesito de hazañas para convertirme en el hombre más afortunado del planeta.”

-Jaja, tía- no pude evitar contárselo a Lu (Lucía) -mira lo que acaba de dejarme ese pavo-

Lo leyó, y no tardó en poner cara de rechazo -Mira que algunos están salidos, ¿eh? ¿cuál de los dos ha sido?-

Dios, increíble. Creo que ella se había fijado ya en ellos. Probablemente en el escritor, el chico con ese “algo” que no sabría cómo describir pero que parecía capaz de convertir en realidad todos tus sueños, o al menos los húmedos. Y que esa cara de rechazo se debía a, no sé cómo no me había percatado, ¡que me hubiesen dejado la nota a mí! ¡a mí, a Ana Mar, a la chica-que-no-estaba-al-nivel, mientras Lu se tumbaba al sol con todos sus encantos destacando! Estaba decidido: El chico me había encandilado. El escritor, claro. Y por nada del mundo iba a dejar que Lu se lo anotase esta vez.

-El más rubio, el alto- respondí señalando al cortado y omitiendo el resto de la historia
-¿El rubio? ¿Sí? Oye, pues no está nada mal eh?-
-No, la verdad es que no, ¿no crees?- Le seguí el rollo, aunque su tono ahora me desconcertaba. Por favor, estaba claro que el Escritor era carne de polvazo, pero ella parecía, de verdad, no fijarse.
-¿No vas a devolverle una nota tú, o algo?- me lanzó -tía, esas palabras tienen morbazo.-
-No lo sé, tía, no lo sé! Me lo pensaré. La verdad es que parece divertido!- hablábamos como locas, formaba parte del rollo.
-Deberías volver a ponerte boca arriba- me dijo -las tetas siempre atraen más que las espalda, Anita, que pareces nueva!-
-Jaja, tú y tu mente calenturienta, guarrona! Quizás tengas razón!-

Comencé a abrocharme de nuevo el bikini...

-No! Tía, no seas tonta!- me interrumpió -desmelénate, Anita, que estás en una playa joer!-
-Jaja, pero tía, me pides que deje todas las tetas fuera ahí? Cómo te pasas no?- (sí, la idea me encantaba)
-Oye, pero dijimos que veníamos a disfrutar o qué? Caliéntales con esas tetazas tuyas, que tienes ya una edad, y esa belleza hay que aprovecharla!-

Recordé por qué éramos amigas, sonreí y pensé que, acabara como acabara la cosa, la idea de que no sólo el escritor y el cortado, sino tantos otros desconocidos que nos rodeaban, se pasasen la mañana muertos de ganas por sentir mi senos y soñando con follarme hasta extasiarme sudada, se me antojaba divertida. Claro que sí. Me volví con mis pechos desnudos. No serían los de Lucía, pero no estaban nada mal. Ahora me moría de ganas porque el escritor regresase a la playa para encontrarse con su carnoso regalo.

Los minutos pasaron con los chicos en el agua, el sol me relajaba demasiado, y no pude evitar caer dormida. ¡Maldita tonta!

-Tía!- me despertaría Lu -tía, tía, despierta! No te lo vas a creer! Los chicos nos han traído bebida!-

Desperté. Apenas pude creerme lo que me esperaba. Inclinada sobre mí, despertándome, estaba Lucía. Su pelo negro, que caía sobre su espalda. Sus ojazos verdes. Aquella nariz moldeada, aquella boca tan sexy y... sus increíbles tetas, bailando desnudas, sin bikini como las mías. Arpía, ¿cómo no iban a traernos nada con aquellos melones seduciéndolos? Así como estaba, inclinada sobre mí, sus pechos, morenos, colgaban arrejuntados, y sus pezones, mágicos, quedaban a unos centímetros de mi cara. ¿Lo peor? Que me encantaban. Que me parecían una forma genial de despertarme. Que me moría por besárselos. Por lamérselos. Por dejar mi boca a su servicio y dar a mi lengua su contacto. La envidia me corroía, me sentía traicionada por saber que Lu había seducido a mi aventura, pero también, y esta vez sin estar borracha, me sentía un tanto lesbiana.

-Bua, Anita, estabas tan espectacular ahí con las tetas al aire que me has dao envidia y me he quitao yo también el bikini- me dijo haciéndose la tonta. En su mano, la bebida. Martini. Así, en botella. ¿Cómo podía haberlo aceptado? No era propio de Lucía.
-Mira, es martini. Iba a rechazárselo, ha venido el rubio a traértelo con bastante desparpajo, supongo que ellos también se han metido alguna, pero me he acordado de que te estaba molando, de que éste es nuestro verano y, jiji, le he dicho que sí!- dijo como leyéndome la mente

Joder, Lucía. Si se estaba haciendo la tonta, lo hacía muy bien. ¿Cómo podía no haberse fijado ella en el guapo escritor? Y, sobretodo, ¿cómo montármelas para tirármelo sin que ella se fijase por el camino? No podía permitirlo. El hecho de que centrase su atención en el cortado me daba cierta ventaja: tendría que explotarlo.

-Trae aquí!- le dije cogiendo la botella -puta locura!-

Comenzamos a beber. En la botella no nos esperaba martini. No sé qué habrían metido, pero estaba casi tan bueno como el escritor. Después comprobamos lo rápido que se subía, mientras los chicos nos miraban ya descaradamente y descojonándose. Lu y yo comenzamos a decir cosas tontas y a morirnos de la risa. Aún sonrío al pensar en lo que pasaría por las cabezas de la gente que nos rodeaba, allí, un martes por la mañana, con aquellas dos chicas borrachas y desnudas diciendo tonterías y riéndose. El espectáculo estaba por comenzar.

-Oye Anita! Que me doy cuenta de que llevo más de una hora aquí con las tetas de paseo y se me ha olvidado darme crema!- dijo con especial tono de tonta
-Joder! Y a mí! Dónde tienes la crema?- no era momento de que se me quemasen, no era el puto momento!
-Aquí, en la bolsa!-

Cogió la crema, y se echó un chorrito sobre una de ellas.

-Tía...- me dijo entonces, con un tono muy, muy sexy -¿no quieres calentar un poco a tu ligue?-
-jaja, tía, qué dices...-
-bueno... digo que...- su voz era sensual -podíamos darnos la crema la una a la otra...-
-jajaja, tía!!!!!- dije escandalizada. Teníamos que estar muy, muy borrachas. Para colmo, hablábamos muy alto, y la gente nos miraba.
-Vamos... Como si no tuvieras confianza ya con ellas... eh, Anita?-

Joder, qué picante. Aquellos senos, con un poco de crema en uno de ellos, pidiéndome que los sintiera. Me llamaban, me atraían, me gustaban.
-Está bien, pero si lo hacemos sexy... lo hacemos sexy- le dije sonriendo. En ese momento no estaba pensando en calentar a los chicos. Estaba pensando en las tetas de Lu. En tocarlas. En masajearlas. Y quería hacerlo, quería hacerlo a conciencia, quería disfrutarlo. Cualquier excusa que me ayudase me iría de lujo.

Me arrodillé sobre ella. Sobre su cuerpo tostándose al sol. Ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás. Estaba metida en su papel... Y la confianza con la que se abandonaba a mis manos me encantaba. Comencé a tocárselas en un tórrido masaje. Suaves y firmes, cómo las envidiaba, su sólo tacto ya me estaba volviendo loca. Pero quería más. Quería volvérselas a besar. Como aquella noche en que mi boca había conocido por vez primera los pechos de una mujer y la polla de mi hermanito. Sabía que era imposible, rodeados de gente, y cubiertas ya de crema, pero quería lamérselas otra vez. Lucía, además, ponía cara de concentración, como si lo disfrutara. “Finge por el jueguecito del rollo sexy” pensé, pero no. No, había caras muchísimo más sexys, y Lu las dominaba todas. Estaba sintiéndome. Estaba disfrutanto, como yo también hacía.

Me acerqué a su boca. Sentí sus labios cercanos a los míos. Quería besarla. Quería besar a Lucía. A la mujer de ensueño que hipnotizaba. Sentí incluso celos por cuantos hombres habían pasado por esos labios. Quería sentirlos. Pero no estaba tan borracha.

-Lu, no sabes cómo me encanta tocarte las tetas...- parece que sí que estaba suficientemente borracha como para soltar eso. Me arrepentí enseguida... Me miró raro.
-Pero qué dices tía?-
-Joe, no sé, tan blanditas, tan...-
-Jaja, tía, estamos hechas unas lesbianas que lo flipas...- me respondió

Un momento: ¿Cómo? ¿Estaba declarándome abiertamente que no le molestaba? ¿Incluso que, a su manera, a ella también le excitaba? Joder, tenía sentido, era ella la que me había propuesto todo este lío de sobarnos, pero... uf, sería demasiado caliente.

-Es tu turno, Anita-

Me levantó y me hizo tumbarme en mi hamaca. Sus ojos brillaban. Humedeció un poco los labios con su lengua. Lu, me estás poniendo a cien. A mil. A cienmil. Joder, Lucía, si fueras un hombre, comenzaría a chupártela ahora mismo. Lo disfrutaría. Fingiría que lo disfrutaría aún más. Te destrozaría con mis ojos, te follaría con mi lengua, y después... por dios, desearía que tuvieses ganas de mí. De metérmela, de hacérmelo, de cabalgarme, de torturarme a placer. De escucharme gemir como una puta, sobar mis tetas, sujetarme contra la pared y terminar con tu boca en mi vagina. Y ambos seríamos felices. Pero eres una mujer, y no sé qué hacer contigo. No sé jugar como lo hago con los tíos. Ni como tú lo haces conmigo.

En lugar de arrodillarse a mi lado, se subió también en mi hamaca, colocando sus piernas a ambos lados de mi cadera. Su cara expresaba deseo. No pretendía “darme crema”. Tampoco fingía ante los chicos. Quería meterme mano. Quería conocer mis tetas como yo lo había hecho con las suyas. Estaba deseando mi cuerpo. Lu, la chica increíble, me consideraba a su nivel... y yo me sentía feliz. El atrevimiento con el que me trataba indicaba que se le había subido más aquel “martini” que a mí, pero no me importaba. Quería disfrutar con aquello.

Imagináosla. Se echó crema en una mano. Comenzó a masajearme con las dos. Sus brazos, en esa postura, aprisionaban sus tetas que salían, turgentes, deslumbrantes. Sus manos me estaban acariciando a placer. Cerró los ojos, mirando hacia el cielo en una expresión de placer.

-Anita... no sabes cómo me estás poniendo...-

Como me pones tú a mí, jodida.

-Anita... me estás matando...- decía aquella especie de sueño que se sentaba sobre mis caderas.

Comencé a humedecer la parte inferior del bikini. Lucía...

Se inclinó sobre mí. Apoyó sus codos sobre la hamaca. No hace falta mucha imaginación para saber que sus senos se encontraron con los míos. Wow. Nuestras tetas, húmedas por la crema que acabábamos de ponernos, se conocían ahora por vez primera. Lucía seguía con sus ojos cerrados, y comenzó a mover esas tetas maravillosas. Hacia arriba, hacia abajo, en círculos...

Cerré los ojos. Nuestros espectadores estaban ya atónitos. La sentí. La sentí con todo el placer del mundo. Nuestras tetas se estaban besando. Se estaban deleitando. Joder, Lucía y sus tetas. No me cansaba de pensar en esa palabra. Las tetas de Lu. Las enormes e increíbles tetas de Lu.

Sentí su aliento cerca de mi boca. Abrí los ojos, y allí estaban los suyos, encendidos. Mi vagina se humedeció más si cabe. Y así, con su cuerpo desnudo recostado sobre el mío, comenzó a besarme. Esa boca, Lu... no puedes imaginarte cómo me gustó. Primero juntaba sus labios con los míos, en cálidos besos. Luego comenzaba a jugar con cada uno de mis labios. Cuando fue su lengua la que entró al juego, quedé desarmada. Quería que aquel beso nunca terminara. Mi lengua estaba disfrutando la suya, mis labios también, y no podía dejar de pensar en el roce entre nuestros pechos. Nos besábamos, nos saboreábamos. El beso era cálido, era suave, dulce cómodo, excitante. Un beso de mujer.

Entonces Lu comenzó a lamer la comisura de los labios. Sentí cómo me derretía. Mi amiga era una profesional. Y su juego no había terminado.

Se apartó un poco, se recostó a mi lado, sin dejar de pasar su lengua por mis labios. Una de sus manos quedó libre, y comenzó a acariciarme el ombligo. Lu, dime que no estás pensando en eso...

Su mano siguió acariciándome. Tranquila, paciente, como nunca lo había hecho la de ningún hombre. Lu...

Alcanzó la braguita del bikini. Lucía, acabarás conmigo...

Y así, metió su mano y comenzó, suavemente, a masturbarme

-Joder Anita, guardas un trozo de mar aquí abajo?- dijo al sentir la humedad en mi vagina
-No me separes de tu lengua, Lucía- dije lanzándome de nuevo a reclamársela, loca

-Eh! Vosotras!!! Joder, dónde coño os creéis que estáis???-

La voz de un tío, alta, poderosa, nos devolvió a la realidad. No era otro de nuestros espectadores, ya idiotizados. Parecía una especie de guarda o algo. Se acercó hasta nosotras.

-Dios mío, sois lo que me faltaba por ver. Si supierais la multa que os puede caer por esto... Mirad, escuchadme, a vuestro alrededor no hay más que tíos jóvenes, y os voy a perdonar porque no creo que les hayáis molestado precisamente, pero quiero que os larguéis ahora mismo de mi playa, vale chicas?-
-S..Sí, sí señor agente (no creo que fuese ningún agente, pero es lo que me salió), ahora mismo... por supuesto...- me moría de envidia. No así la borracha de mi amiga.
-Pero señor agente... si está empalmadísimo!-

En un rápido movimiento, Lu bajó los pantalones del agente. Desde luego que estaba empalmado, estaba empalmadísimo, cómo no iba a estarlo. Lucía soltó una risita y se metió su pene en la boca. De inmediato, comenzó a mamársela. Maldita profesional. La aparté enseguida como pude.

-Dis... ¡Disculpe señor agente! Es que mi amiga está... está muy borracha... y...-

El guarda no reaccionó, se había quedado paralizado. Así, me apuré en levantar a mi amiga, coger la bolsa y, con las tetas al aire aún las dos, salir de la playa. Una vez fuera, me dijo picantona:

-Espera! Espera!- Se puso a hurgar en la bolsa. Cogió la nota del chico y un boli, y corriendo, anotó mi número de teléfono y se fue corriendo hacia el cortado
-Lucía no!!-

Tarde. El cortado me miró como diciendo “no pasa nada”. La verdad es que, sin ser el escritor, no estaba nada mal. Entonces recordé a mi amor del día. El masculino, al menos. El que tenía “algo”. Ya lo creo que lo tenía. Tenía novia. A su lado, una chica que parecía acabar de llegar lo abrazaba mientas nos miraba con cara de asco. Una maldita novia. Sonará mal, pero este es un relato de confesiones: aquello me enamoró del todo de aquel desconocido. Del escritor. De mi escritor.



-II-


El cortado me llamó al día siguiente. Su nombre era Raúl. Quería saber si me gustaría tomar algo con él. Valiente gesto, llamarme después de un día de borrachera en el que era consciente de que me había visto montándomelo con mi amiga. Tuve que hacerme la tonta, no estaba sola en el hotel. No es que durmiera con Lucía...

Cuando salimos de la playa, estábamos mojadísimas. Y aún en tetas. No sabía si Lucía querría seguir con el juego en la habitación, pero ahora me daba algo de corte y ni siquiera sabía si lo deseaba. Dos tíos pasaron, mirándonos, como toda la calle. Uno de ellos estaba bastante bien, el otro era más bien feote.

-Tía, necesito polla- me dijo Lu, pedo perdida -y este señor tiene pinta de tener una bien deliciosa- dijo agarrándose (sí, desnuda) al guapo. Me resigné. Yo también la necesitaba. No había dónde elegir, así que me quedé con el feo. Una vez en la habitación, desinhibida por el alcohol, le dejé las cosas claras.

-Si estás aquí, es porque mi amiga me ha puesto a cien y necesito desfogarme. Eres un cabrón afortunado, y tu papel esta noche es el de darme placer. Me parece bien que lo disfrutes, por qué no, pero esto es para mí, no trates de cumplir todos tus sueños ahora. Apagaré la luz. Me comerás el coño. Lo harás a conciencia, además, más te vale hacerlo bien, porque pienso correrme mientras lo haces. Si después me apetece, follaremos. Tú te pondrás encima, y me trabajarás. No me beses en la boca, no me gustas. Bésame lo que quieras, excepto la boca-

Puede sonar duro aquí escrito, no lo sé. Sé que estaba pedo, y que a él le sonó a cielo. Un gemido de mujer llegó desde la habitación de Lucía.

Apagué la luz. Me desnudé, cerca suyo. Sin tocarle, haciéndole sentir que me desnudaba. Desabroché su camisa, botón a botón. Seguía sin tocarle en exceso. Sus pantalones... Hacía mucho que no desabrochaba unos pantalones sin proceder a una mamada. Cuando follaba por impulso, por calentón, que eran las ocasiones en los que no cabía el sexo oral, solían desabrochárselos los tíos solitos. Creo que mi invitado lo notó, y supongo que cruzó los dedos. No, no estaba para comerle la polla ahora, estaba decidido. Le cogí la cabeza.

-Ven aquí- le dije, tumbándome en la cama y hundiendo su cabeza entre mis piernas. Intuitivo el chico, se puso a lamer. No lo hacía muy bien. Le cogí la cabeza. No pensaba quedarme sin disfrutar de aquello, y comencé a movérsela según me apetecía. Una vez comencé a disfrutar, el calentón olvidado en la playa regresó instantáneamente. Pensé en Lucía. Pensé en Lucía y en su lengua. La imaginé entre mis piernas. Sí, no era el desconocido el que me estaba dando aquel momento. Era Lucía. Vamos, Ana, concéntrate. Ví sus ojos de mujer mirándome, lujuriosos. Sus labios. Su lengua recorriendo el interior de mis muslos. Comencé a calentarme. Arriba, abajo, Lu besaba mi vagina con deseo, con placer, y su lengua jugaba conmigo. Sus tetas bailaban mientras lo hacía, sus ojos contemplaban bailar a las mías.

-Sí, Lucía, sí, por Dios, sigue...-

Aquello calentó al tipo, que aceleró el ritmo. Lucía había cerrado los ojos, comía con ansia mi coño, con placer. Me miró. Sonrió. Siguió lamiendo. Su lengua, arriba, abajo, húmeda, suave, como el beso, pero en un lugar muchísimo más increible, lamía, me miraba, sonreía, sus tetas seguían bailando, Lucía se excitaba, se entregaba a esa vagina.

-Sigue!! Sigue!!!! Sigue!!!!!-

Su cara lujuriosa se hundió por completo entre mis muslos lamiendo con ansia. Me moría. Bajé mis dedos para ayudar. Pero no eran mis dedos. Eran los de Lucía. Loca, me besaba, me enloquecía, me disfrutaba. “Joder Anita..” dijo antes de volver a lanzar su boca para comerme el clítoris, los labios, para meterme sus dedos, para masturbarme, qué manos, qué boca, dios mío, Lucía, sigue.. sigue...

-Ah!! Ahhh!!! Sí!! Síiiiiiii!!!!!-

Me corrí. Me corrí con ansia, con fuerza. No había sido la mejor comida que me habían hecho, pero mi imaginación había puesto el resto. No sabía si ahora me apetecía que aquel tipo me follara. Me pareció mal cortarle. Supongo que sintió mi invitación, porque subió y comenzó a besarme las tetas. Definitivamente, su boca no tenía ningún don.

-Cariño, si no quieres que se me vaya la líbido por los suelos, creo que es el momento de que me la...-

“Metas”. No me dio tiempo ni a terminar la frase. Su polla me penetró casi sin permiso, vulnerando toda intimidad. ¿Polla? Pollón. Joder. Joder! Me la sacaba y me la metía, vaya miembro! Dios! Quedaba alucinada a cada viaje. Aquel tío había conseguido sorprenderme, y fue una sorpresa más que maravillosa. Sí, sí... Miré hacia mi amante. A oscuras, no se le veía la cara. Pero yo sabía quién era. Era el escritor. Era aquel pedazo de hombre que había dejado en la playa, sobre mí, rozándome, deseándome, metiéndomela, acostándose conmigo. Echaba en falta más violencia, quería que me destrozara, pero el cielo sabe que aquella polla me lo estaba haciendo gozar.

-Dios, sí...- dijo el hombre.
-Cállate- su voz no le quedaba bien al escritor -y sigue follándome, cabronazo, sigue follándome!-

Eso le animó, y sus embestidas cobraron más fuerza.
-Sí joder, sí. Métemela! Métemela! Métemela!!!!- gritaba como una desgraciada. El escritor, con ojos profundos, disfrutaba de mi cuerpo, pero lo hacía a un nivel diferente. Tranquilo, reposado, y violento de igual manera, dejaba que mis piernas le abrazaran, que mi voz le sedujera, que mis pechos le traspasaran, mientras me miraba con complicidad. Era increíble. Era un hombre. Un hombre, como no había conocido a ninguno.

Comenzó a besarme las tetas. Sí, por favor, sí. A chuparlas, a lamerlas. No lo hacía de la forma en que lo hacía el escritor en mi mente, pero no me importaba. Subió por mi cuello. Su pene seguía entrando y saliendo de mi cuerpo, calentándome, disfrutándome, follándome. Follándome, siempre me encantaba esa palabra. Follándome como solo el escritor sabía hacerlo. La temperatura subió. Comenzó a besarme el cuello, la oreja. Era guapísimo, diferente, masculino. Su polla, enorme. Y me estaba follando!!

Me besó en la boca. Se saltó las normas. Pero era el escritor, y me volvió loca que lo hiciera. Loca.
Solté un gemido de placer mientras le devolvía el beso. Le abracé. Le sentí. Sentí su musculado cuerpo, sentí su deseo, sentí sus brazos, sus piernas, su culo. Y esa polla, por favor, esa polla que me estaba matando, que no paraba de entrar y salir de mí.

-Sí!! Por favor, sí!!! por favor!!!-

El orgasmo llegaba, deslumbrando sobre cualquier otra parte de mi ser. Mi lengua estaba en su boca. Mis tetas se frotaban con su cuerpo. Mis piernas envolvían su cadera. Y así, en una increíble explosión de placer. Llegó. Me corrí. Me corrí con toda mi alma, entre gemidos. Sí, escritor. Desde luego que es amor lo que me estás dando. Y lo que te daré yo a ti.

Insatisfecho, el pene de mi amante seguía reclamando mi cuerpo. Encendí la luz. Se lo había ganado. Sin embargo, para mí no dejaría de ser el escritor. Lo senté en la cama. Me arrodillé ante él. Obediente, seguía sin decir una palabra. Pude ver su pene. No era tan grande, después de todo, quizás la imaginación hubiese puesto lo demás. Comencé a chupársela. Capullo afortunado, mi amante se deleitaba en mi entrega al escritor., y si algo sabía hacer, era mamar una polla. Demasiada práctica. Demasiados hombres, demasiados penes, demasiada confianza con mi hermano como para no repetir, y siempre las mismas reacciones. Mi lengua se entregó. Acariciaba su capullo, lo chupaba, lo lamía, lo mamaba. Me entregaba a mi Shakespeare con la intención de inspirarle más que sus letras. Chupaba, humedecía, seguía chupando. Volví a calentarme. Tumbé aquel cuerpo.

Empeñada en no ver otra cara que la de mi escritor, me senté sobre el, de espaldas, y me estiré hasta que mis tetas quedaron a la altura de su polla y mi culo frente a su cara. Así, mis senos envolvieron aquel pene, haciendo que mi acompañante se derritiera en el acto. Ver mi culo bailando mientras lo hacía no solía desagradar tampoco a nadie...

Me recosté más. Ahora, su pene quedaba bajo mis labios, y mi vagina sobre los suyos. Lo que son los escritores, no tardó en acudir a él la inspiración. Comenzamos el sesentaynueve. Yo chupaba y chupaba, como si algo me atrajese en aquel miembro erecto. Lamía, lo recorría, lo conocía. Lo saboreaba. Mi boca subía y bajaba, enloqueciéndole. Sentí que su eyaculación se acercaba. Jodido tío feo, apuesto a que no olvidarás esta noche. Comenzó a correrse, y dejé que su semen se lanzase sobre mis tetas. Les encantaba. Pero había algo que les gustaba aún más. Hice que necesitaba quedarme algo de aquel semen, lamerlo, y lancé de nuevo mi boca sobre la polla de mi Oscar Wilde, terminando mi mamada mientras él terminaba de correrse. Aquello me calentó muchísimo, y sentí acercarse a mi tercer orgasmo de la noche. Comencé a mover mi entrepierna, restregándola contra su lengua con mayor habilidad de la que él tenía para lamérmela. Sí, así sí, así sí!!. Se acercaba. Venía. Tras los dos anteriores, casi parecía algo natural. Alcé la cabeza. Gemí. Grité. Y me corrí.



El tío amaneció en mi cama. De repente, me parecía aún más feo. Y entonces llamó Raúl, el cortado. No sabía muy bien cómo encarar aquello.

-Sí, claro que quedaremos, por qué no?- le respondí -pero tú y yo solos, vale?-

Accedió. Yo ya tenía un plan. No iba a cejar en mi empeño por que mi aventura con el escritor trascendiese la imaginación. Pero iba a ser complicado. Tenía novia. Sin embargo, eso lo convertía en un hombre heterosexual. Sabía cómo lidiar con esa especie. No tan bien como Lu, pero sabía hacerlo. Y, con el cortado de trampolín, Shakespeare acabaría deseando mis tetas antes de que terminasen las vacaciones. Encantada.

El ligue de la noche anterior se había metido ahora en la ducha. Seguía sin decirle palabra. Me metí en el baño. Apagué la luz. Me metí en la ducha. Me arrodillé. Comencé otra mamada. Pero esta no era de premio. Ni el resultado de un calentón. Sería una mamada lenta. Una mamada profesional. Mi lengua se quedaría sin un centímetro que besar, y su pene sin una sensación que conocer. Lo haría delicioso. También me gustaba esa palabra: Delicioso. Sí, simularía que el pene lo era, y le correspondería. Llamadme puta, pero saber hacer aquello formaba parte del plan. Con la luz apagada, no tenía que preocuparme por la expresión facial. Era un error. Encendí la luz. El pobre chico estaba perplejo. Retomé mi mamada. Esta vez no dejé de mirarle. De sonreirle. Sería una mamada larga. Sería una mamada increíble. Al mirarle, no dejé de ver al escritor. Sí, se la estaba chupando a mi amante, y se la chupaba de vicio. La envolví entre mis tetas. El chico gimió. El agua caía sobre nuestros cuerpos, haciéndolo todo mucho más placentero. Me la metía, me la sacaba, jugaba con ella, sin darle tregua. Gemí. Chupé. Sentí cómo se acercaba su orgasmo. No quería que la ducha de ese tío se extendiera, y opté por, esta vez, devorarlo todo. Lo tragué. Él se dejó caer sobre el suelo. Me sentí satisfecha. Tenía la habilidad con un pene entre mis labios. La necesitaría si quería alcanzar mi meta.