Aventuras sexuales de un ingeniero: sexo en el carro

Queridos Cofrades: Me animé a escribir este relato erótico de mis aventuras sexuales después de varios años, después de leer varios temas y experiencias de aventuras sexuales en esta página de relatos XXX, este relato porno es 100% verdadero, además de declararme como un gran fanático de Golosisima, nuestra gran forista, decidí escribirle a la cofradía mis aventuras. Espero irContinuar leyendo »

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Orgía en el cine de mi mujer por mi culpa

Orgía en el cine de mi mujer por mi culpa. Sí, por mi culpa. Si me lo permitís, os voy a contar la historia de sexo real más deleznable que me ha ocurrido en esta vida. Y que sepáis que admito que me pongáis los adjetivos que os vengan a la mente, me los merezco todos. Solo deciros que, aContinuar leyendo »

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Sexo con mis profesoras favoritas: Araceli y Marisa

Empezaba un día como otro cualquiera: por la tarde tuve clases particulares como cada semana. Llegué el primero antes que ellas.
Araceli llegó antes que Marisa, mientras que me saludaba, se puso en cuclillas para abrir la trampilla de la academia, cuando llegó Marisa y me saludó.
Ese día estaba yo y tenía dos horas seguidas clases particulares si ningún alumno, así que tanto Araceli como Marisa me dieron las clases en la misma aula.
Pasada una media hora de clase más o menos, Araceli se levantó de la silla, y me quedé mirándola varias veces de arriba a abajo. Llevaba unas sandalias, unos shorts y una camiseta de tirantes mientras que Marisa, llevaba un vestido con estampados. Nada hacía presagiar que tendría sexo con mis profesoras favoritas, así que hicimos un pequeño descanso cuando llegamos a la hora de clase cuando Marisa se levantó a buscar mi ficha y se puso en cuclillas, entonces, inmediatamente, le pregunté que si alguna vez Araceli le había tocado el culo inconscientemente, me dijo que por qué le preguntaba eso y le respondí que simplemente era mera curiosidad. Al cabo de unos segundos entró Araceli de nuevo a la clase y dejamos el tema, no dejaba de darle vueltas a esa pregunta, así que dejé la clase y hablé con las dos aprovechando que estaban en ese momento conmigo en el aula. Me levanté de la silla cuando, tanto Araceli como Marisa, se fijaron disimuladamente en que tenía el pene erecto. Más tarde, me dejaron las dos y se fueron al almacén. Entonces, escuché toda la conversación, pudiendo oír a Marisa:
¿Has visto cómo tenía Raúl el pene? -No pude escuchar la respuesta porque acto seguido empezaron a imprimir una hoja.

Sexo con mis profesoras favoritas sin esperármelo

Cuando ya me iba a mi casa, me dijeron que si podía hablar con ellas un momento y les dije que no tenía prisa. Me dijeron que entrase en el almacén y esperase. Araceli entró en el baño junto con Marisa, algo que me extrañó un poco. Cuando salieron las dos del baño, se sentaron cada una a un lado mío y me dijeron que si estaba cómodo. Me puse de pie cuando me dijeron que me quitara toda la ropa, les hice caso e hice lo que me dijeron.
Unos segundos más tarde, ambas se quedaron asombradas y me empezaron a tocar el pene, tanto Marisa como Araceli. Araceli se quitó los shorts y la camiseta de tirantes, y se quedó en ropa interior; me preguntó que si me gustaba lo que estaba viendo, y le dije que me encantaba, entonces, acto seguido, Marisa hizo la misma operación que Araceli.
Una vez que las dos estaban en ropa interior, se quitaron lo que le quedaba, Marisa aprovechando que Araceli se había puesto en cuclillas para hacerme una mamada, le hizo un dedo por la vagina mientras que Marisa me daba un beso. Más tarde, le metí el pene a Marisa por la vagina no sin antes mirarle de arriba a abajo y sonreírle, tenía la vagina completamente depilada y me preguntó que si me estaba gustando lo que veía, contestándole yo muy sorprendido que me encantaba. Un rato después de estar teniendo sexo con mis profesoras favoritas, Araceli y Marisa se pusieron las dos en cuclillas frente a mí, mientras que me hacía una paja. Finalmente, terminé de tener sexo con mis proresoras favoritas eyaculando sobre la cara de Marisa y sobre los pechos de Araceli para terminar dándome un beso tanto Marisa como Araceli.

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Calientes en el Autobus

Microrelato

Era un día de verano y mi esposa y yo nos fuimos con un grupo de excursión. Sin ninguna intención decidimos sentarnos en los últimos asientos del autobús.

Ya después de un día de playa, a la vuelta empezamos hablar de nuestras experiencias sexuales tras lo cual y casi sin darnos cuenta empezamos a tocarnos. Yo le metí la mano entre sus piernas y empecé a masturbarla metiéndole dos dedos en su raja. Pude notar que estaba bien mojada por lo que me entraron muchas ganas de chuparle todo su coño . Disimulando, todo lo que podíamos, me agaché entre sus piernas y empecé a chupárselo, mordiendo con mis labios su clítoris y metiéndole la lengua. Saboreando sus jugos hasta que logré llegar al orgasmo.

Fue una experiencia muy excitante, no sabemos si alguien se dio cuenta pero nosotros lo pasamos bien sabroso

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Sexo duro con voyeurs mirando

Es blanco pero tostado y de ojos verdes, de 50 años quizás, se ve duro, bajo, pelo corto y tieso y todos lo tratan con respeto. De verdad siempre me gustó. Sus manos son toscas, pero cuidadas.

Esa noche, después de jugar a las cartas con otros amigos, salimos a la terraza de la casa de la playa a tomar un trago. Nos dimos unos besitos y entramos a su dormitorio por la cocina. Se sentó en el borde de la cama, me puso de pie frente a él y comenzó a desabrocharme la blusa, a sacarme el brasier. Yo sentía sus manos acariciarme la espalda y su lengua y sus dientes en mis pezones me daban escalofríos de rico. Me hizo atrás, me desabrochó el pantalón y me dejó frente a él, sola con mis pantaletas. Pensé si estarían húmedas, pues no tenía protección… Luego me tomó de la cintura, me recostó en la cama, encendió unas velas, apagó las luces y se sentó a mi lado acariciándome; yo estaba algo mareada por los dos wiskys, pero me encantaba cómo me recorría esa mano áspera y subía hasta mi entrepierna. Nada me hacía presagiar la intensa sesión de sexo duro con voyeurs que me esperaba.

– Estas mojándote, Putina -me dijo, aunque a mí me pareció una ordinariez que me llamase así.

– Zarina, le dije molesta.

– Putina -me dijo. Y siguió acariciándome, me dio la vuelta y metió su mano entre mis piernas, me sacó las pantaletas y quedé desnuda en la cama, y ya a punto. Él se dio cuenta de ello y acomodó una almohada bajo de mis caderas que levantaron mi trasero. Yo ya estaba a cien, levantaba mis glúteos para que los tomara y el paseaba su dedo por mi hoyito, luego bajaba su mano a mi rajita que estaba muy, muy mojada.

– Sigo? -me susurró con sus dedos presionando mi clítoris.

– Síííí, por favor… -le pedí entre suspiros.

– Viste que eres putita. Mi putina-me dijo-, reconócelo. Dilo… -mientras me magreaba el sexo.

– Putina, le dije en silencio, siguiendo sus movimientos.

– Más fuerte, que no te escucho amor. -Me gustó que me dijera amor.

– Soy tu putina -le dije, y sonreí.

Y siguió. Yo movía mis caderas buscando el contacto de mis labios mojados con su mano. Estaba muy, muy excitada ya; solo quería que se sacara su ropa y entrara en mí.

Te mueves mucho Putina, me dijo, y me puso bocarriba, acostada en la cama y ató mis manos a cada esquina de la cabecera. Luego separó mis piernas y las amarró por encima de las rodillas a los bordes de la cama, impidiendo que las juntara. Dejándome abierta a él, mojada e hinchada, cualquier roce me aceleraba, me hacía jadear. Luego me vendó los ojos. Afuera se escuchaban las voces de los demás, que continuaban jugando a las cartas y olí las velas que alumbraban la habitación. Su mano continuó jugando con mi cuerpo, lo rozaba, lo pellizcaba, buscaba mi boca o se colaba entre mi cola, la enredaba en mi pelo, así por un largo rato que me hacía padecer. ¿Por qué no me monta de una vez? me preguntaba impaciente a mí misma. Luego su mano comenzó a bajar por mi estómago, lenta, y se acercó a mi clítoris. Pensé que si me lo tocaba no iba a poder reprimir el orgasmo. Estaba lista. Pero en el momento que lo hacía sentí que se me quemaba mi pezón y no pude evitar dar un grito de dolor, parecía que un cuchillo lo hubiera atravesado, me retorcí pero las correas de las manos y piernas me inmovilizaban, era un dolor de agujas que entraban por mi piel y se confundía el dolor con su mano que se acercaba a mi entrepierna nuevamente. En el momento que abría mis labios buscando mi vulva y yo levantaba hasta donde podía mi cadera buscando el roce para llegar, la cera caliente volvió a clavarme como miles de agujas en mi otro pezón, esta vez solo emití un grito ahogado, un quejido que se confundía con gemido de placer. Yo acezaba y la transpiración me pegaba el cabello a la frente. Su mano en mi pierna devolvía mi excitación, jadeaba de caliente que estaba, creo que si hubiera soplado mi clítoris me habría hecho eyacular como a una jovencita.

– Tienes calor Putina… -me dijo, más que preguntarme.

Sexo duro con voyeurs mirando sin mi permiso

Luego sentí sus pasos que se alejaban y una brisa bañó mi piel desnuda sobre la cama con mis caderas allí levantadas. Su mano buscó nuevamente mi entrepierna, se hundió en ella y llegó a mi ano, que sintió que sus dedos penetraban en él. Yo levanté las caderas facilitando su clavada por atrás y un escalofrío me recorrió… había dejado de sentir el murmullo en la otra pieza… la brisa era de la puerta entrejunta…  y quedé helada: maldito, pensé, maldito maricón este, huevón, bestia. Había dejado la puerta entreabierta y ahora seguro miraban, veían cómo tenía dos dedos metidos en mi hoyito y jadeaba y me retorcía toda caliente sobre la cama. Iba a llorar. Pero sentí cómo me abría y penetraban sus dedos ahora en mi vagina, y los sacaba y me los volvía a encajar. Quizás son ideas mías, pensé, y dejé que mi cintura se alzara buscando esa penetración, no, seguro se han asomado a la puerta, si no… ¿por qué el silencio? Pero mi clítoris hinchado y duro como un pequeño volcán que quiere reventar no me dejaba pensar, y en el momento que sentía que desde mi estómago me bajaba un dulce escalofrío, un río de fuego me quemó entre las piernas provocándome un ahogado grito de dolor, eran miles de agujas que me taladran la pelvis. Tiritaba de dolor, resoplaba, sentía mis sudor reunirse con mis lágrimas y gotear juntas desde mi sien hacia el colchón en que me tenía. Respiraba solo por la boca, jadeaba de placer y sufrimiento, de vergüenza por exhibirme allí. Presentía sus miradas cómplices, de burla, sus sonrisitas de “mírala, tan puestecita”, o “tan digna que se creía”, “ella que se las daba de señora”, pero mi sexo y esa mano podían más que yo. Pensé que, por suerte, me había depilado porque mis caderas buscaban de nuevo el contacto, sudaba entre mis pechos, en el cuello, las axilas, la boca estaba seca de jadear como una perra y nuevamente sus dedos entre mis piernas. Mis pezones sufrían con la cera aún tibia y la cera sobre mi coxis se endurecía. Nuevamente me llevaba hacia el suspiro del éxtasis y la cera hirviendo lo anulaba justo en el último momento, cuatro, cinco, ocho veces, perdí el sentido del tiempo, mareada, ida en esa cama, la vista en blanco, no tenía voluntad, estaba abandonada a lo que ÉL dispusiera.

– Si me dices que eres mi Putina te hago terminar -me dijo al oído ese al cual ahora sabía por qué los demás lo respetaban y por qué le decían “viento frío”.

– Soy tu Putina, -me escuché murmurar.

– Más fuerte -me dijo,- que no escucho -y se rió.

– Soy tu Putina, -le dije ahora en un tono normal.

– No te escucho, mi amor -me volvió a decir.

– Soy tu Putina, -le dije, ya entregada.

– No eres mi Putina, eres una Putina… ¡dilo!

– Soy una Putina, -lo dije mientras me caían las lágrimas de vergüenza, y el sudor de la calentura por mis sienes-.

– No te llamas Zarina, te llamas Putina… dilo.

– No me llamo Zarina, me llamo Putina -le dije entre sollozos.

– Y qué quiere esta Putina? … .

– Que me hagas terminar…

– Por favor…

– Por favor, hazme terminar.

Y sentí que algo fresco, una mano helada y delicada me tocaba donde antes me ardía como el infierno y había hecho que casi me desmayara. Esos delicados dedos rodearon mi botoncito suavemente y este obedeció sumiso, lo acarició y sentí cómo desde sobre mis rodillas atadas y desde mi estómago un dulce escalofrío comenzaba a transformarse en delicioso calambre que se concentraba en mi volcán. Eché la cabeza atrás y se soltó la venda, levanté en una contorsión mi cintura y mi cuerpo dio un largo estertor, me iba, me iba en ese calor que escapaba por entre mis piernas, exhalaba en un grito ahogado mi placer, y entre ese dulce morir presentí que era observada y ello hizo que esta dulce muerte fuera más intensa aún. Y junto a un gemido ronco dejé de saber de mí por unos instantes, quizás unos minutos. Volví con la cabeza doblada al lado, ida, abandonada entre sudor, lágrimas y el flujo de mi vagina que esa mano delicada me restregó por la cara cuando volvía en mí.

Estaba hecha un bulto, un fardo sobre la cama y sentí que la puerta se cerraba mientras él me desataba. Me dio vuelta y me puso en cuatro en el borde de la cama, de espaldas a él, yo apenas me sostenía, mi cuerpo aún tiritaba, me sujetó las caderas y sentí que me penetraba por atrás. Sentí el dolor de mi carne que se abría. “Me duele, me duele mucho” le supliqué en un murmullo. Sentí que metía sus dedos en mi vagina y me los restregaba en mi ano y comenzaba nuevamente a perforarme. Me sujetaba las caderas para que no me cayera. El dolor disminuyó algo y sentía que me rasgaba por atrás. Puso su mano en mi clítoris que aún palpitaba y me dijo si aún quería más…

– Lo que tú quieras -le susurré, totalmente entregada a sus deseos.

– Quién eres?  -me preguntó seguro, sonriéndose mientras sentía cómo disfrutaba el empalarme así, arrodillada de espaldas a él, abierta entera a su disposición total.

– La Putina -le dije, asumiéndolo-, la putina.

– Bien -me dijo-, voy a terminar dentro de ti -me dijo-, acá atrás. -Y sentí cómo me llenaba mis riñones con su generoso semen.

Se salió de mí, se recostó en la cama y me dijo:

-Párate allí -señalando a unos pasos de la cama-, vas a ponerte de espaldas a mí y de frente al ropero, con las piernas abiertas, agachándote un poco, y apoyas las manos en él para que no te vayas para delante, quiero ver cómo chorreas.

Lo hice obediente, mareada, tiritando, con las piernas que apenas me sostenían. Él se paró y me tapó los ojos nuevamente y un escalofrío me hizo presentir lo que vendría. Desnuda allí, apoyada semirrecostada contra el ropero, como una niña que ha hacho mal la tarea, sentí cómo su semen comenzaba a escurrirse desde mi colita y mis líquidos bajaban bordeando mis piernas.

– Voy a buscar un trago -me dijo-, y no te muevas. Putina.

Sentí que salía, y el aire frío bañó la pieza nuevamente… y los pasos se acercaron, los presentía, me rodeaban, sentía sus sonrisas, sentía sus miradas, su desprecio. Yo me atrevía apenas a respirar… creo que el pañuelo que me cubría la vista debió haberse mojado igual, no lo sé. Pero sí sé que me miraban, miraban cómo chorreaba un líquido viscoso desde mi ano y desde mi vagina hasta manchar el piso. Miraban las huellas de la cera, mis piernas separadas con las marcas aún de las correas que las habían mantenido abiertas, la huella de la transpiración bajo mis brazos, mi pelo pegoteado por la transpiración y las lágrimas.

Comenzaba a darme frío y escuchaba el chocar de los hielos en los vasos de whiskys.

Sentí que me quedaba sola de nuevo y los dedos de Viento Frío enredarse en mi cabello y tomada así me llevaba a la cama donde me recostaba. Tomó un largo trago de whisky, que pasó de su boca a la mía y me ayudó a sentirme mejor. Me quitó la cera que extrañamente casi no me dolió al retirármela.

– Tu marido te habría regalado un orgasmo como el de hoy? -Me preguntó.

– No, -le reconocí-. Pero tampoco una vergüenza como la de hoy. ¿Qué van a decir después, qué van a…? -y no pude seguir porque los sollozos no me dejaban.

– Pero si no pasó nada -me dijo-, cínico. Y aunque pasara. No van a decir nada, porque el que dice algo se va de la mina y en su vida vuelve a encontrar un trabajo como el que tiene, para eso soy jefe y con buenos contactos. Y de las mujeres que había tampoco. Aunque nadie les va a creer si dijeran algo.

– Y no me gusta que me digas Putina, -le dije bajito…

– Noooo, si te gusta, porque eres una Putina, te gusta que te miren, te gusta que te controlen, te gusta que el otro sea responsable, te gusta servir, complacer. Tienes 25 años perdidos de matrimonio, tienes que recuperarlos luego Putina, y yo te voy a hacer gozar como no te imaginas que se pueda gozar, putina. Porque eres una putina putita, ¿verdad? -Y se rió.

Me quedé en silencio, me tenía, me controlaba, era más fuerte que yo.

– Sí, una putita, eso soy: una putita, -le dije casi en un murmullo.

– Ahora te vas a masturbar de pie acá, delante de mí, y cuando termines, me la mamas y te tomas todo.

Lo hice obedientemente, luego me dormí en su cama. Al otro día, la vergüenza no me dejaba abrir los ojos al pensar en la sesión de sexo duro con voyeurs mirándonos, pero sin preguntarme me sacó y me bajó a la playa junto a los demás. Las miradas a mis espaldas eran socarronas y las sonrisas de ellas de superioridad, de desprecio; pero ninguno ni ninguna dijo nada, almorzamos y volvimos a la ciudad al atardecer. Me fue a dejar uno de los chicos que había estado la noche anterior jugando a las cartas. Uno de los que me había visto, “en eso”. Cuando se despedía me sorprendió preguntándome si me podía llamar cuando volviera a bajar de la mina, que le gustaría invitarme a comer, que había un restaurante recién abierto, de moda.

Los hombres son una sorpresa.

 

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Compartida en una fiesta

  Hola a todos/as.

Soy una mujer de 39 años en la actualidad, felizmente casada desde hace 14  y con dos hijos preciosos. Podéis llamarme Gloria, aunque evidentemente ese no es mi nombre verdadero.

Lo que voy a contar es la historia de la experiencia más salvaje y más brutal que me haya sucedido nunca. Todo es absolutamente verídico aunque supongo que algunos/as no me creeréis. Me da igual, porque yo sé que todo es cierto y que, lamentablemente, hay bastantes personas que lo conocen.

Todo sucedió cuando tenía 21 años y estudiaba en la Universidad de mi localidad, una bonita pero no muy grande ciudad.  Por aquel entonces yo ya me había acostado con varios chicos desde que a los 17 años perdiera la virginidad con mi primer novio, un chico del instituto. Debo dejar claro que yo no era ninguna ninfómana pero sí una chica muy liberada,  liberal y feminista;  una chica a la que le gustaba sentirse dueña de su cuerpo y que se rebelaba contra el hecho comúnmente aceptado -y  que por desgracia sigue siendo así para mucha gente-  de que la mujer que dispone libremente de su sexualidad es una “zorra” mientras que el hombre que hace lo propio con la suya es un “machote”.

Aquel curso, unos compañeros de Facultad  -Juan, Luis y Ramiro-  decidieron hacer una fiesta en el piso que compartían  para celebrar la llegada de las vacaciones de Navidad.  Yo ya había estado allí, ciertamente, pues Ramiro era un chico con el que ya me había acostado un par de veces después de alguna de esas locas noches de juega propias de la juventud. Era un chico razonablemente guapo, agradable, aunque un poco pijo y engreído.   Pero no estaba nada mal como compañero ocasional de cama.

El caso es que decidí presentarme en su fiesta con mis amigas Elvira y Ana. Cuando llegamos yo ya iba bastante “puesta” de alcohol luego de haber estado  tomando con ellas varias mistelas.. Estábamos de celebración e íbamos bastante desatadas, al menos yo.

Cuando llegamos al piso habría allí alrededor de 20 personas, más o menos mitad y mitad  de chicos y chicas aunque no recuerdo haberlos contado. El ambiente ya se notaba bastante caldeado, la gente bailaba, fumaba cigarrillos -algunos algo más “fuerte”-  y en la mesa del salón había una enorme ponchera con algún tipo de cóctel de color rojizo y bastante espeso.  Ramiro comenzó a centrar su atención casi exclusivamente en mí y empezó a llenar mi copa cada poco con aquel brebaje dulzón y sumamente fuerte. Yo no era tonta, sabía de sobra lo que pretendía, pero no me importaba en absoluto.  Yo también estaba lanzada e iba dispuesta a tener un nuevo revolcón con él.

Entre cóctel y cóctel Ramiro me pasaba alguno de los porros que corrían de mano en mano hasta que llegó el momento que yo sabía que tenía que llegar: empezó a manosearme y a besarme, primero con una cierta delicadeza, hasta que vio que yo no sólo no oponía resistencia sino que me entregaba a él y participaba activamente mientras me dejaba hacer. En un momento dado, como quien no quiere la cosa, me fue empujando hacia su habitación, la misma que yo conocía bien de mis “visitas” anteriores. Entonces, ya sin asomo de delicadeza, empezó a quitarme toda la ropa hasta dejarme completamente desnuda. Así estaba yo,  tumbada en la cama preparada y dispuesta para recibirlo, cuando me percato de que Juan y Luis…también estaban allí. Mirando con una expresión de lujuria imposible de disimular

En un primer momento no me lo podía creer, y traté de taparme como pude con las manos mientras me incorporaba y exclamaba algo así como “pero…¡qué coño!…”

Entoces Ramiro se sentó junto a mí y mientras me sujetaba por lo hombros me dijo:

-Mira, Gloria, déjame que te lo explique…Sé que eres una chica abierta y sin complejos, a la que le gusta follar, no me digas que no porque nos conocemos. Y eso está bien, que todos disfrutemos de nuestros cuerpos con libertad.; para eso somos jóvenes y debemos aprovechar mientras podamos hacerlo.  El caso es que Juan y Luis siempre te han deseado y se me ocurrió que tal vez no te importaría darles una oportunidad. La verdad es que a los tres nos pone mucho la idea de compartir una chica, lo hemos hablado varias veces, y es algo que no hicimos nunca. Y seguro que tú tampoco has estado nunca con más de uno.  Seguro que te apetece probar por una vez…. no me digas que no ahora.

  Yo estaba atónita. Lo que estaba escuchando, lo que me decía Ramiro ante la mirada ávida de los otros dos era algo que nunca podía haber esperado que sucediera en realidad. Y entonces, sin saber cómo, empecé a humedecerme y a sentirme excitada como jamás lo había estado. Llevada por esa increíble excitación que sentía, además de por el alcohol que había ingerido en cantidad y los porros que había fumado, me escuché decir:

– ¡Sí, sí, qué diablos! ¿Por qué no? ¡Folladme los tres, cabrones! ¡Uno detrás de otro!

Se lanzaron sobre mí como lobos hambrientos, se desnudaban sobre la marcha mientras no dejaban de manosearme las tetas y competían entre sí por masajearme el sexo ya húmedo e introducir sus dedos frenéticos en él. Después todo se iría haciendo confuso,  no podría recordar quién ni en qué orden, ni cuantas veces me hizo esto o lo otro, pero recuerdo perfectamente que el primero que estuvo listo fue Luis quien, adelantándose a los otros, se me tiró encima y me penetró sin preámbulos. Empezó a sacudirme con fuerza, sin la menor delicadeza, mientras murmuraba entre jadeos:

– Una diosa, eso es lo que eres, una diosa del sexo…¡Oh, dios!

Eso me excitó aún más si cabe y me dio por pensar que, en efecto, eso era yo ahora: una diosa del sexo que oficiaba en el altar de la Lujuria ante sus devotos. Yo los tenía a los tres en mi poder, a mi disposición, sometidos a mi voluntad.  Aquellos falos erectos, el que me penetraba y los que disputaban por captar mi atención para que me los metiera en la boca, estaban así por mí, porque era yo la que despertaba en ellos aquel descomunal deseo. ¡Cómo me sentí de poderosa  en aquellos momentos!

De pronto Luis, sin parar de follarme, dijo:

-Hostia, no me he puesto condón con las prisas

-No importa -dijo Ramiro-  Gloria está acostumbrada a follar y toma la píldora. Es una chica prevenida, limpia y sana. Podemos corrernos en ella con toda confianza.

-¿De verdad que no te importa, Gloria? -dijo Luis entre jadeos- ¿Puedo correrme dentro?

– ¡Sí, Sí, Sí, correros todos dentro de mí! -dije yo sin reconocerme a mí misma y mientras me sacaba de la boca la polla de uno de los otros-  ¡Llenadme bien!

– Joder, no me lo puedo creer -dijo Juan mientras volvía a llenarme la boca- ¿Y en tu boca…también podemos? ¿También tragas?

– ¡Sí, Sí! -seguía diciendo yo completamente enloquecida-  Haced conmigo lo que os plazca salvo por el culo, que es algo que no soporto, me duele…

– Se me había olvidado deciros eso -dijo Ramiro sonriendo- pero tampoco es una contrariedad teniendo a nuestra disposición los otros dos agujeros, ¿verdad chicos?

Y debo decir que en eso se comportaron y respetaron mi virginidad trasera.

Después de que  Luis se hubo corrido con un rugido  en mi interior, me pusieron a cuatro patas en la cama. Juan fue el siguiente en entrar como una fiera  en mi sexo por detrás mientras Luis me ofrecía su polla pringosa para que yo se la chupara y la limpiara de sus jugos y los míos.  Y así, cuando estaba en esa posición “atendiendo” a Juan y a Luis, miré hacia la puerta y por un momento me volví a quedar helada:

La puerta estaba abierta de par en par y allí, mudos de asombro, se agolpaban varios de los demás asistentes a la fiesta dándose codazos unos a otros, empujándose para hacerse sitio,  elevando sus cabezas por encima de los demás para ver mejor.  Vi a Ana y a Elvira con los ojos completamente abiertos de incredulidad y ¿espanto? mientras al menos una de ellas se tapaba la boca con la mano.
– ¡No puede ser!  ¿Pero qué es esto?
– Por dios, ¡Se la están follando entre todos!
– Gloria, ¿qué haces?, ¡Qué vergüenza!, ¿Te has vuelto loca?
Y los tíos se reían y miraban alucinados mientras se decían entre sí:

– ¡Qué pasada, tío! ¡Le están dando por detrás mientras se la chupa a otro, joder!
– Menuda guarra la tía, si no lo veo no lo creo, jo, jo jo…¡es como una peli porno pero en vivo!

Al verlos allí, turnándose para ver mejor, escuchándolos decir esas cosas, sentí que  me invadía una sensación de profunda vergüenza. Pero instantáneamente me di cuenta de que hiciera lo que hiciera el mal ya estaba hecho, el espectáculo ya había sido visto. ¡Y yo me lo estaba pasando tan bien! ¡Me sentía tan excitada y “perversa” allí expuesta, completamente desnuda, siendo follada por un tío a la vista de todos mientras le chupaba el miembro a otro! Era la sensación más increíblemente  morbosa que había experimentado jamás y no quería parar. No podía parar. Todo me daba igual en ese momento.

 Fue entonces cuando Ramiro dijo que si había algún voluntario más que quisiera unirse a la “fiesta” era libre de hacerlo, que no se cortara.  En cuanto lo dijo vi que algunos chicos que yo no conocía se apresuraron a entrar en la habitación, aunque no supe el número exacto hasta después. Supongo que si no entraron más fue porque estaban con sus novias, o temían que estas  se enterasen o simplemente les daba vergüenza “faenar” delante de los demás. O porque no estaban lo suficientemente borrachos. Al día siguiente daría gracias de que hubiera sido así y no hubiera habido más “voluntarios”.

De los tres últimos que entraron sólo recuerdo con claridad a uno tremendamente grande, gordo y seboso, con unas greñas sudadas y  barba de tres días, un tipo al que en condiciones normales nunca hubiera dejado que me pusiera la mano encima.  No puedo olvidar cómo cuando me obligaba a mamársela sujetando mi cabeza contra su polla, entre que trataba de metérmela lo más adentro posible de la boca y que mi nariz se hundía en su flácido y abultado vientre, yo casi me ahogaba y tenía que hacer esfuerzos para respirar. En realidad aquel bruto me follaba la cara más que chuparle la polla yo a él.  Y así fue como me abandoné definitivamente a la lujuria desatada que me poseía y durante no sé cuánto tiempo dejé que los seis se turnaran en mí a su antojo, me tomaran como quisieran, me poseyeran de todas las formas que se les ocurrió y se corrieran en mi boca y mi sexo todas las veces que pudieron.  Ahora a puerta cerrada, gracias a Dios.

Cerca de las ocho de la mañana sentí que alguien me despertaba. Delante de mí estaba Ramiro en calzoncillos, ofreciéndome una toalla.  Me dijo que no quería despertarme y que no le importaba si quería quedarme más tiempo, pero que tal vez debería llamar a casa para que no se preocuparan.  En medio de la resaca y el malestar que tenía recordé con alarma de que efectivamente no había avisado a mis padres de que iba a tardar tanto, así que  sin coger siquiera  la toalla que me ofrecía, completamente desnuda como estaba, corrí al teléfono y le dije a mi preocupada madre que la fiesta se había alargado y me había quedado a dormir en casa de una mis amigas, que pronto regresaría.

Me di cuenta  de que me costaba hablar,  de que tenía la voz pastosa  y  un mal sabor de boca imposible de describir. Aún así lo primero que le pregunté a Ramiro  en cuanto colgué el teléfono fue.  “¿Cuántos?“.

– ¿No te acuerdas? -dijo como avergonzado-  verás, fuimos seis en total. Pero todos con tu pleno consentimiento, ¿eh?, nadie participó ni hizo nada que tú no quisieras hacer…hay…hay testigos. Y tú sabes que lo disfrutaste tanto como nosotros.

El cabrón se estaba curando en salud  por si a mí se me ocurría alegar que me forzaron o algo así. Pero yo sabía de sobra que él decía la verdad. Nadie me había obligado a comportarme como lo había hecho. Si me comporté como una auténtica zorra,  pues así me sentía, fue porque quise hacerlo. Para mi vergüenza.

No me hacía falta ver el estado en el que había quedado la cama, toda revuelta y llena de manchas secas perfectamente reconocibles, para tomar conciencia de lo que había sucedido. Me bastaba con ver el estado en que me hallaba yo misma:  Ahora me daba cuenta de que notaba mi sexo tremendamente irritado, pringoso y pegajoso; que tenía las ingles doloridas y que me costaba andar si no llevaba las piernas un poco separadas. También notaba la mandíbula entumecida de haber tenido la boca abierta y ocupada tanto tiempo.
Cuando me miré al espejo en el baño vi mis muslos, mi vientre, mi vello púbico, mi pecho, mi cuello y mi cara llenos de restos secos de semen.  Incluso en mi cabello había cuajarones apelmazados de la leche de aquellos seis que me habían poseído.  Me duché, restregándome todo lo que pude, y regresé a la habitación para vestirme y marcharme de allí lo antes posible. No encontré mis bragas por ningún sitio pero no me molesté en preguntarle por ellas a Ramiro:  supe de inmediato que alguno de ellos se las había quedado de recuerdo, como un trofeo. Y me sentí todavía peor. Así que me vestí sin ellas y,  sin despedirme de Ramiro ni de los otros dos que dormían exhaustos, me marché a toda prisa.

  Cuando llegué a casa, tras explicar otra vez a mis padres el retraso como pude, me encerré de nuevo en el baño y me sumergí en la bañera durante mucho tiempo. Allí a solas, por fin, pude pensar en lo que había hecho en un momento de locura, excitación, alcohol y porros.  Entonces lloré sintiéndome infinitamente avergonzada, humillada, mancillada, emputecida. Me sentía absolutamente usada y sucia por más que me enjabonara una y otra vez, por más que pasara la esponja por mi cuerpo dolorido y utilizado.  Me había comportado como la más desatada de las putas y como tal había sido tratada.

  Pero probablemente lo que me hacía sentir peor era tener que admitir que yo había disfrutado como una loca con aquello, que había gozado como nunca antes lo había hecho. No podía engañarme a mí misma. Yo pude pararlo y sin embargo les di carta blanca. Incluso los alenté a hacerme todo aquello.

  Me acordé entonces de mis amigas, de mis compañeros, del resto de los que habían mirado desde la puerta…y a la  tremenda vergüenza se añadió ahora la certidumbre de lo que estaba por venir. Y lloré más, con amargura.

  Porque lógicamente, después de las vacaciones navideñas, la noticia corrió como la pólvora por toda la Facultad.  Yo era consciente de  que la gente cuchicheaba a mis espaldas y que sonreían maliciosamente cuando creían que yo no los veía. Y como suele pasar en estos casos lo que era un hecho cierto se fue convirtiendo en un bulo que iba creciendo de tamaño: lo que había sido una sola vez con seis chicos se transformó en que yo era una ninfómana adicta a las orgías y que me había acostado en varias ocasiones  con diez, veinte o un equipo de fútbol al completo. Incluso supe que algunos me habían puesto un mote: “La viciosilla“. Debo reconocer que puestos a ponerme uno, aunque me humillara, no me pusieron el peor que podían haber elegido.  Pero de todas formas yo sentía que me había convertido en algo sí como la “puta oficial” de la Facultad, la “chica fácil” a la que todos se creían con licencia para intentar follársela. Se me empezaron a acercar más chicos de lo acostumbrado, pero yo sabía que lo que  pretendían era acostarse conmigo lo más rápidamente posible. Una vez un miserable al que contesté de mala manera ante sus insinuaciones me soltó que quién me creía yo para hacerme la estrecha cuando todos sabían que me acostaba con tíos de diez en diez. Incluso mis amigas comenzaron a distanciarse poco a poco de mí, como quien no quiere la cosa, tal vez pensando que si andaban con una “zorra” alguien podría pensar que algo compartirían con ella.

En esa situación me encontraba cuando un día se me acercó en la cafetería un chico del último curso al que no conocía y me dijo: “¿Eres Gloria, verdad? ¿Me permites que te pague el café?”  Yo me puse en guardia pensando que sería otro cabrón que venía buscando lo mismo que todos,  pero él me tranquilizó enseguida. Me dijo que había escuchado los rumores que algunos difundían sobre mí, que no le importaba si era cierto o no pero que le parecía muy mal lo que me estaban haciendo, que entendía que debía estar pasando por un mal rato, que si quería un amigo con el que desahogarme podía contar con él,  que hacía tiempo que se había fijado en mí, que le diera una oportunidad para conocerme y demostrarme que él no era como los demás y que no buscaba  de mí lo mismo que los otros.  Creo que fue allí mismo cuando comencé a enamorarme del que luego se convertiría en mi marido.

El caso es que a su lado, con su amor y comprensión, pude rehacerme poco a poco de la humillación que sentía. Nos casamos unos años después y las circunstancias laborales nos llevaron a otra ciudad distinta de la nuestra.  Eso fue un alivio para mí porque todavía es el día de hoy que no me siento a gusto paseando por aquella pequeña ciudad nuestra. Siempre tengo la incómoda sensación de que alguien me puede reconocer, de que puedo encontrame en cualquier sitio con alguno de los que me vieron desde la puerta en aquella situación y no digamos ya con alguno de los que me poseyeron de aquella manera. De hecho, hará un par de años, durante un viaje que hicimos para visitar a la familia, nos encontramos en un bar con mi antigua amiga Ana. Ella estaba en una mesa con otras cinco o seis personas y me saludó al reconocerme con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Yo hice lo mismo y eso era más de lo que se merecía. Después no pude evitar mirar hacia su mesa con disimulo para ver que ella estaba hablando animadamente con los otros, señalándome, mientras todos me observaban fijamente. Pude ver en sus miradas, en sus sonrisillas, que les estaba contando la historia de “la viciosilla“. Aparté la vista y no le dije nada a mi marido, para que no se sintiera tan mal como me sentía yo.

Algunos se preguntarán por qué ahora rememoro por escrito y de forma pública, si bien desde el anonimato, esta historia que tanto daño me hizo. Con el riesgo añadido de que lo puedan leer algunos de los que tomaron parte directa o indirectamente en ella y me puedan reconocer bajo el seudónimo.  La respuesta es que ni yo misma lo sé muy bien. Tal vez lo hago como un intento de conjurar definitivamente un mal recuerdo, una mala experiencia que me marcó profundamente. O como una manera de alertar a otras mujeres, a otras chicas, de las consecuencias indeseadas que todavía hoy nos acarrea a nosotras el sucumbir a un momento de desenfreno y desinhibición sin control en comparación con lo que le sucede a los hombres.  Y también puede ser que, después de todo, sí que me gustaría que leyera esta confesión alguna de aquellas “amigas”, alguno de aquellos “compañeros”. Que supieran así el  daño que me hicieron. Y no me refiero exactamente a los seis que disfrutaron en grupo de mi cuerpo, pues a esos es a los que menos tengo que reprocharles a pesar de que se hubieran aprovechado de mi estado de embriaguez. Yo sé que lo que hicieron fue con mi pleno consentimiento.

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El culito de Rocio

Uno de los recuerdos más fuertes de mi infancia, fue cuando me excité por primera vez con el cuerpo de una mujer. Rocío y yo teníamos la misma edad e íbamos al mismo jardín, fuimos vecinos por muchos años durante mi niñez, y de hecho se puede decir que ella fue la primera mujer de mi vida, pues cuando éramos niños nos besábamos en su cuarto y luego frotábamos nuestros sexos desnudos, sólo porque se sentía “rico”.

Sin embargo los años pasaron, yo me mudé de barrio, ella también, yo fui a un colegio estatal a desgastar mi juventud, ella fue a una escuela de danza tradicional para hacerse artista, yo me fui de la cuidad tras graduarme y ella se quedó allí para hacer su vida. Dejamos de hablarnos completamente, pero nuestras madres nunca dejaron de ser amigas.

Un día que estaba en mi ciudad natal trabajando en un artículo para la universidad, mi madre me pidió que la acompañase “por favor” a una fiesta, lo cual me pareció extraño, pues traía en sus manos un traje formal para mí. De camino me comentó que era la fiesta de quince años de la hermana de Rocío, cuando ella pronunció ese nombre, entonces volvieron a mi cabeza los recuerdos de cuando fuimos niños y nos desnudamos el uno frente al otro por primera vez, en su casa. La verdad no sabía cómo reaccionar, que hacer, o como darle la cara a Rocío, ni siquiera la había buscado en Facebook, o alguna red social, en ese momento era realmente el desconocido con el que solía jugar a la casita.

No tenía la más mínima idea de qué hacía Rocío, o cómo lucía. Yo había subido de peso, hago lucha olímpica y la verdad estoy rellenito, pero soy muy fuerte eso sí, además parecía un hombre salido de las cavernas, con una barba espesa y corta alrededor de la quijada, bigote ralo y abultado, además mi rostro es amplio, fuerte y delgado, con mi pelo un poco largo peinado para atrás, me hacían parecer más bien un guardaespaldas. Al llegar, yo me senté a beber whiskey a sorbos, aislado porque no conocía a nadie más que mi madre, ésta se había ido a saludar a sus amigas y a chismear hasta que comenzó la fiesta y tuve que salir a bailar con ella.

Pensé que la noche sería aburrida, hasta que vi en la pista a Rocío. Estaba usando un vestido apretado y cortito de color gris, dejaba ver unas piernas fuertes por los años de danza, y un culo impresionante en forma de corazón invertido, un culito tan bien terminado en cada cachete, gordo y alto, que me quitó el aliento de golpe. Mientras subía por sus caderas un poco abultaditas, me fijé en sus pechos pequeños, que parecían tan indefensos en comparación con ese culito, para terminar en el rostro que tanto me gustaba de niño; todas las veces que nos bañamos juntos de juego, desnudos, regresaron a mi mente enseguida, entonces sin dudarlo dos veces le clavé la mirada, y sus ojos, un poco rasgados y de color negro, me miraron. Creo que también me reconoció, porque se quedó quieta y no sabía si saludarme o no, entonces yo me adelanté, levanté la mano, dejé a mi madre un rato en la mesa y me fui a saludarla.

-Hola…-, ella me interrumpió dándome un beso en la mejilla diciendo- cuánto tiempo, pensé que jamás te volvería a ver…-, sin darme cuenta, le puse mi mano en las caderas, motivado por algo inconsciente, y al sentirme ella me abrazó tan fuerte que no nos dimos cuenta de que éramos los únicos quietos en la pista de baile.

-¿Bailas conmigo?

-Sí, claro.

En ese momento sus ojos se quedaron en mí, me sentía incómodo, pero no dejé de mirarla, le sonreí y le pregunté: ¿qué pasa?, ella volvió a responder “es que en serio nunca pensé en volver a verte”. Entonces sonó una bachata, y decidí hacer mi jugada, la tomé por las caderas rodeándola con fuerza y pegando mi pelvis a la suya; entonces, ella metió su pierna en mi entrepierna y me rozaba el pene mientras bailábamos esa bachata de una forma tan sensual, que todos nos miraban admirados, pero no nos importaba, solo seguíamos bailando y ella entonces me abrazó fuerte, me besó el oído y dijo:

-Pensé que no te acordabas…

Cuando paró la música, ella se fue al baño, y supe entonces que debía actuar sigilosamente. Aprovechando que se venía el vals de la quinceañera, me escabullí detrás de Rocío. Al entrar al baño ella estaba de salida, Rocío se metió a una caseta en el baño de hombres, era mi llamado, y justo cuando yo me iba a meter detrás de ella entraron unos niños tontos a querer tomarse unas selfies, pero yo estaba a mil, los miré y les dije seriamente: “¡afuera ya!”, se fueron sin chistar.

Entré en la caseta, Rocío estaba esperando y temblaba, “no quiero que pienses mal de mí…es que…bailando…yo…”, le cerré la boca acariciando sus labios con mis dedos pulgares mientras mis otros dedos le acariciaba la nuca, ella no sabía qué hacer, estaba fría hasta que la besé, despacio primero, luego con más intensidad abriendo sus labios con mis labios y atrapándolos entre mi boca cuando los cerraba. De pronto, ella me sorprendió cuando metió su lengua hasta el fondo de mi garganta y me pegó del cabello para ella para a continuación decirme:

-Aquí no se puede…-, pero yo ya había levantado su falda y tenía mis dedos acariciándola allí; solo con la yema de los dedos, presionando levemente su vulva sobre su tanga, la recorría moviéndolos sin parar una y otra vez, acariciándola rápido mientras ella se tumbaba sobre mí tratando de que parase, diciendo entre gemidos “aquí no”, pero yo no paraba hasta que me empujó fuerte. Enojado le pregunté que dónde, y con una mirada de lujuria respondió: en mi auto, busca un  **** blanco en el estacionamiento, y entonces se fue.

Yo salí después del baño, me estaba acomodando la erección en los pantalones, me fui a la mesa y me serví una gran porción de whisky sin nada de hielo, que bajó por mi garganta quemándome, y me dio la serenidad como para esperar esos cinco minutos. Después me levanté y, sin decirle nada a nadie, me dirigí al estacionamiento, caminaba de manera decidida, había perdido mi erección pero tenía toda la voluntad del mundo para recuperarla, era que solo pensar en el culito de Rocío embutido en ese vestido me provocaba una sensación salvaje, incontenible. Caminaba mirando todas las ventanas de los coches de forma rápida hasta que, en una de ellas, se puso una mano de forma dura. Era Rocío, que se estaba tocando de forma brusca y gimiendo, tan pronto sonó la alarma desactivando el seguro de la puerta la abrí y me metí en el asiento del chófer, encima de ella.

Estábamos incómodos, así que empujé el asiento hacia atrás con mucha fuerza  y lo recliné a todo mientras ella me desataba la correa como podía, entonces se dio la vuelta de una forma fiera, me impresionó cómo me entregaba ese delicioso culito, con los pies sobre el asiento y de pecho contra el mismo, respingándolo a todo lo que daba, bien puesta en cuatro y pegada al asiento. Sin tardar le subí el vestido y de pronto, sorpresa: su culito firme se caía, ya no parecía ese corazón invertido y firme de antes, “culito con trampa”, pensé para mí mismo mientras sostenía mi pene duro a punto de penetrarla por la vagina, rozándole ese pedazo de piel entre la entrada de la vagina y el ano, entonces espabilé cuando ella grito “¡métemela ya!”, la tomé por las caderas duro, y entonces se la metí con toda mi fuerza enviándola de rostro contra la parte dura de arriba del asiento, la tomé por los cabellos y supe cómo le gustaba cuando gritó “¡así!” al jalarle del cabello.

De pronto, tras un minuto de tenerla contra el asiento dándole con todo, sentí algo que me llevó al cielo, ella me hizo soltarla del pelo y, agarrándose bien del asiento, me empujó con todo desde el culo. Entonces, comenzó a moverse como una auténtica experta, primero de arriba abajo, sin sacarla, diciendo entre gemidos “apriétame… apriétame… más duro -seguido de una serie de palabrotas-“. A continuación me tumbé sobre ella y la empujé con todo, cuando ella comenzó a moverse en círculos, pero como nunca antes lo había sentido. Yo estaba a mil, gemía tan duro en su oído, con toda mi fuerza tratando de meterle mi lengua en el tímpano, hasta que, sin darme  cuenta, me vine con todo lo que tenía gimiendo a gritos en su oído, no me da vergüenza decir que fueron tres minutos tan intensos, porque ella no permitió que la sacase ni un momento mientras movía sus caderas al ritmo de quién sabe qué canción que me estuviese bailando en ese momento.

Ella se fue contra el asiento y se dio la vuelta, me abrazó muy fuerte por cuello y me besó mientras lloraba diciendo “por qué te olvidaste de mí, yo te amaba”. Yo solo atiné a quedarme callado. Entonces, la besé en los labios despacito, como cuando éramos niños, dejando mis labios sobre los de ella. Luego abrí mi boca atrapando sus labios entre mis labios y chupándolos suavemente y soltándolos una y otra vez; mi lengua se metió en su boca buscando su lengua, comenzando un juego en el que ella buscaba rozarme con locura mientras yo escapaba para lanzarme contra su boca de nuevo. Apenas busqué descansar, mientras que ella comenzó a chupar mi lengua con todo al tiempo que yo masajeaba sus pechos.

En cierto modo sabía que tenía que compensarla de alguna manera, sólo duré tres minutos, así que bajé de su boca a su pelvis, y abriendo sus piernas levemente comencé a chupar sus muslos por la parte interna mordisqueándolos suavemente. De pronto, cuando llegué a su entrepierna, abrí bien la boca para chupar con todas mis fuerzas esa parte de su piel, metiéndole dos dedos en la vagina y moviéndolos de un lado al otro suavemente, entonces ella se arqueó tanto que me levantó del rostro, de modo que, con malicia, le mordí la entrepierna empujándola yo esta vez; como respuesta, me agarró de los cabellos con fuerza apretando contra su entrepierna, gritando otra serie de insultos combinados con “más duro”. Entre palabrota y palabrota golpeaba con furia mi espalda tratando de sentarse inútilmente.

Para cerrar el momento, la tomé por las piernas y, poniéndolas sobre mis hombros, me fui directo sobre su vagina abriéndola con mis dedos a todo lo que daba, puse la punta de mi lengua sobre su sexo abierto -ella solo atinaba a mirarme desde su posición con esos ojos llenos de lujuria, respirando como loca-, y luego, abrí despacio mi boca… para comenzar a succionar chupándolo como un bebé con su chupón, pero con fuerza, moviendo mi cabeza de un lado al otro mientras tenía su sexo abierto en mi boca. Esta vez con tres dedos en su interior comencé a penetrarle con fuerza, y ella estaba que se sofocaba, hasta que se vino de una forma intensa en mi rostro, maldiciendo y gritando palabrotas mientras movía las caderas golpeando mi rostro contra sus entrepierna una y otra vez.

Después, cuando nos calmamos y recuperamos la compostura,  nos dedicamos a caminar de la mano por los jardines de la casa. Dentro, la fiesta continuaba, los adultos que no estaban ebrios se dedicaban a conversar o bailar, los muchachos de la fiesta estaban robando alcohol para embriagarse a escondidas de sus padres, o estaban jugando a darse besos y manosearse debajo de las mesas. Rocío me miró fijamente, no sabíamos qué iba a pasar, ella me preguntaba constantemente “ahora, ¿qué se supone que somos?”, yo le respondía de la misma forma “lo que tú quieras linda… lo que tú quieras…”

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Sexo en el metro

Volviendo de la universidad me sentía agotado, pero con una sensación de previa excitación que intentaba controlar día a día. Es que las mujeres que estudian allá son increíbles, sólo verlas te vuelve loco y, al parecer, ellas lo saben y aumentan su sensualidad con su forma de caminar y mirar.

Cuando llegué a la estación donde me subo, el metro iba repleto, pero eso no impidió que pudiera verla frente a mí, era una mujer despampanante, su cara me era familiar pero no estaba seguro, quizás la confundía. En los primeros metros que anduvo el vagón, no pude quitarle la vista de encima, su cara era la mezcla perfecta de dulzura y perversión, una mirada seria y una sonrisa coqueta, un culo impresionante, unas piernas que le hacían honor en un pantalón negro marcado y unas tetas justas que resaltaban con su blusa apretada. Fijé mi vista en ella como un estúpido enamorado o un caliente voraz. A pesar de mi deseo, jamás pensé que pudiera tener sexo en el metro con ella. Al poco tiempo ella comenzó a mirarme también, y quedamos varias veces pegados mirándonos, no hablábamos pero nos dijimos muchas cosas.

Sexo en el metro con una no tan desconocida

El tren paró, bajó un poco de gente, pero subió mucha más, la inercia de la masa me llevó a, sin querer, chocar con ella de frente, sus senos se incrustaron en mi pecho, mi pene erecto y retenido en el jeans rozó sus deliciosos muslos y nuestros labios a punto de besarse. Ella debe tener unos treinta y algo, yo 21. Mi inexperiencia hizo que intentara hablarle pero me calló con un dedo y me besó, primero tiernamente, me abrazó por el cuello y actuaba como mi novia hasta que la puerta se cerró. La gente comenzó a ocupar los diminutos espacios vacíos y nosotros quedamos reducidos a una esquina íntima. Ahí su lengua conoció la mía y sentí su mano acariciando mi pene, que se iba endureciendo cada vez más. Me preguntó al oído si todo eso era por ella, asentí, y mordió mi oreja, luego me besó en la mejilla y continuó por el cuello mientras bajaba el cierre del pantalón y sacaba mi pene. Cuando lo vio y lo tomó, me miró con perversión y comenzó a masturbarme. Su mano helada me excitaba aún más. Estábamos muy juntos, yo comencé a tocar sus tetas por encima de la blusa, luego por debajo, las movía, las apretaba y jugaba con sus pezones hasta ponerlos duros y, entonces, bajé mi mano y acaricié su sexo por encima del pantalón. No traía bragas y, si no hubiese sido negro, se habría manchado con lo húmeda que estaba. De pronto paró, se volteó, giró su mano, agarró mi pene y lo hizo rozar con su culo. Entonces reaccioné, intenté bajar sus pantalones, pero se negó, así que comencé a refregarme en su culo, ella se movía suavemente, yo agarré sus nalgas, pasaba mi pene hasta llegar a sentir su sexo, donde ella se tocaba. Ella murmuró “no aguanto más”, miró rápidamente hacia todas las direcciones, se bajó un poco los pantalones y con su mano metió mi polla en su concha. Pegó un grito ahogado, se sacó la bufanda que aún traía colgada como estola, me la ató a la boca, luego tomó mis manos, una la dejó en su cintura y la otra la llevó a su boca. Comencé a penetrarla fuerte y duro, yo escuchaba sus gritos resentidos, mi cuerpo se movía solo como una máquina, ella me mordía los dedos y botaba pequeños y leves gritos de placer, yo hacía lo mismo pero no se escuchaba. Nos movíamos a ritmo, podía ver su culo chocar chocando conmigo, ella estaba afirmada de la pared del metro.

De pronto, voltea su cara y me dice: “te bajas en la próxima estación”. Palidecí, pero no podía parar, entonces se giró, tomó mi polla en sus manos y comenzó a masturbarme de nuevo. Con mucha maestría acariciaba mis testículos, rodeaba la cabeza e hizo que me corriera en sus manos. Me dijo “hay que hacer esto rápido”, se subió los pantalones, metí mi poya en mis jeans, tomó mi mano aún con mi semen en la suya y bajamos del vagón en la estación que era mi destino.

Desde allí, yo debía tomar un microbús hasta mi casa, así que nos subimos, nos sentamos al final, también iba repleto y ya posicionados en los asientos, tomó la mano que me ensució y la limpió con su lengua, lo mismo hizo con las suyas. Entonces tuve una epifanía y me di cuenta del que era la profesora del optativo al que renuncié. Reí disimuladamente. Recuerdo que abandoné ese ramo porque ella me escuchó contándole a un compañero que la profe me calentaba mucho, que estaba muy buena y me era imposible prestar atención. En esa oportunidad, ella sólo acarició mi espalda, pero yo morí de vergüenza y no tuve la cara de volver a esa clase. Por eso me conocía y sabía detalles de mi rutina.

Luego de ese flashback, me abalancé sobre ella, besándola con pasión, tocando sus pechos con una mano y con la otra sus muslos, ella sólo me miraba con complicidad y deseo, hasta que me dijo al oído: “también recuerdo dónde vives”.

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