Una… zorra


“Se te ha ido de las manos, Silvia. Tú sólo querías hacerte pasar por una pequeña zorrita, llamar su atención, hacerle creer que en cualquier momento podría follarte... y ganarte un nuevo chico cándido a tu entera disposición... otro de tantos...

Y sin embargo estás aquí, joder, estás lamiendo, bebiendo en su polla de tu propia saliva. Esto no es zorrear, pedazo de puta. Se la estás comiendo, Silvi, y de qué manera... Dios mío, ¡estás haciéndole una puta... mamada!! Debes de haberte vuelto jodidamente subnormal”.


Aquel falo era más grande que cualquiera que hubiera visto antes, exigía ser acogido, cuidado, recompensado en su tórrida inmensidad. Y mis labios, groseros, por nada del mundo  iban a perderse esa experiencia. Luis, casi un desconocido, apenas si murmuraba unos gemidos contenidos mientras mi lengua, mi habitualmente tierna y modosita lengua, se recreaba en el sabor de su alucinantemente enorme... rabo.


No sé cómo lo había hecho. No sé en qué momento había escogido yo aquello. “¿Te la chupo un poco? ¡Sí, claro!”. ¡Ni sumergida en alcohol, vamos! ¡Se trataba de una opción totalmente... inconcebible!

Me sujetó la cabeza desde la nuca para llenar de aquel pollón toda mi boca, despacio, y un inesperado calambre respondió desde la parte interior de mis muslos con el sentimiento de estar siendo manejada cual muñeca entre su entrepierna y sus musculosos brazos. “¿Inconcebible, Silvia?” me dije al tiempo que despegaba aquel miembro de mi lengua y dejaba caer sobre él un poco de saliva antes de volvérmelo a... tragar, para seguir besándolo. “¿Inconcebible? ¿Estás de coña?”.

Luis era nuevo en el grupo, parecía un chico muy majo, y yo tenía la intención de intimar especialmente con él, pero sólo como amigos, lo normal, vamos. Al acercarme a él aquella noche pretendía, bueno, sí, deslumbrarle, calentarle un poquito; me gusta saber que mis amigos me miran así; pero la gracia no estribaba en terminar satisfaciéndoles, sino... más bien en lo contrario.

(Dios... Llevó un dedo hasta mi boca, humedeciéndolo, para después internar su mano en mi vestido desde el escote con el afán de envolverme de su tacto un seno y acariciarlo con ansiedad, mientras yo continuaba en mi sensual forma de lamérsela. Un mamar lento, sensual, caliente. El besar de una chica aplicada).

Las cosas habían salido de una forma muy distinta a la que me esperaba. Al fin y al cabo, Luis era el chico nuevo para todas, y yo no era la única que se lo quería ganar, es decir: Se pasó la noche rodeado de las zorras de mis amigas, de risas fingidas, de piropos fuera de lugar... de putas, joder, de putas. Y yo, que me había revestido con el gloss, el rímel, mis mejores trenzas y un vestido descarado apenas si podía aprender de lo bien que se les daba a todas. Supongo que él ni se podía creer aquel despliegue de feromonas de mujer que persistía en el espectáculo por su atención.

Ahora era mi gloss el se deshacía en su polla, claro, y el mismo tío que minutos antes ni me miraba estaba bajándome el vestido y desabrochándome el sujetador para dejar mis tetas pendiendo al alcance de su vista, desnudas, y así poder sobármelas a voluntad, al tiempo que el sonido que provocaba el jugo de mi boca al mamar era lo único que irrumpía en el silencio que nos rodeaba. “Me pregunto si seréis capaces de superar esto, panda de guarras”.

--¿Dónde está Luis? Hemos dejado los bolsos en su coche, y quería marcharme a casa --le pregunté a Juanjo, el chico del grupo que lo conocía ya de antes y que le había invitado a integrarse, una vez dí la noche por perdida.
--No lo sé, pero tranquila, ya me ha dejado una copia de las llaves por si acaso. Me las devuelves, ¿vale?

Genial. Contaba con poder estar a solas con él mientras me acompañaba hasta su coche, por lo menos. De hecho, era la única razón por la que había dejado allí el bolso, ya que cargar con él no me era tan incómodo y habíamos aparcado en un pequeño descampado que me quedaba lejísimos de casa. Pero ni eso me iba a dar. De hecho, iba a tener que acudir a aquel descampado yo sola en mitad de la noche. “En fin”, me resigné, preguntándome si el karma tendría algo que ver en todo aquello.

Pasé el camino recordando los pocos ratitos que había tenido para que hablásemos los dos solos, Luis y yo. Ya sabía que era muy majo de alguna vez que nos lo habíamos cruzado, y aquella noche no me había servido sino para reafirmarme. Agradable y caballeroso con nosotras, tan animal y divertido como el resto con ellos y, sobretodo, abierto. Sus ojos derrochaban sinceridad cada vez que te hablaba, característica que por desgracia resulta, hoy en día, tan sorprendente como cálida y reconfortante.

Amanecía ya cuando llegué al vehículo, contra un frío de la leche. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que dentro... había movimiento; mi reacción instantánea fue pensar que alguien estaba robando o algo, por lo que me escondí a mirar y saqué el teléfono para avisar a la policía; pero vaya, pronto volvería a guardarlo.

Era el mismo Luis el que estaba sentado en el asiento del conductor. No estaba allí para estar solo, claro: La melena de una chica, o más concretamente la de Laura, se dejaba intuir con intermitencia tras el volante. La muy puta bombeaba la cabeza sobre sus piernas, dándole a conocer su forma de besar de la más reconfortante de las maneras. Joder, Laura, siempre has sido la más zorra de todas nosotras, pero... ¿ya? ¿de verdad? ¿Una noche, y te lo llevas al coche a... mamársela?

Ahora suena irónico, ya lo sé. ¡Dejadme en paz! ¿Qué más os gustaría que ser vosotros los que en este mismo instante tuvierais vuestro glande deshaciéndose en mi lengua...? ¿Verdad? Cinismos los justos, muchas gracias.

Bueno, por suerte sabía como deshacerme de ella. Llamé al teléfono de Luis al tiempo que salía de mi escondrijo. Él tuvo la osadía de descolgar; ella, la picardía de seguir mamando, algo que pronto se había de acabar: Laurita tenía novio, y no podía dejar que yo los pillara.

--¿Sí?
--¿Luis? Oye, que soy Silvia, que te llamaba porque estoy yendo a tu coche para recoger el bolso... --su reacción inmediata, como cabía esperar, fue esconder la cabeza de Laura y mirar alrededor. Y me vio --¡Anda! ¡Ya te veo que estás dentro del coche! -fingí sorprenderme --Pues nada, ya te cuelgo!

El caos se originó al instante dentro del autocar, no tenían más remedio que ser descarados en su intento de disimular lo que allí dentro estaba pasando . Cuando llegué, Laurita aún se colocaba el vestido, con todo el pintalabios totalmente corrido alrededor de aquella experimentada boca que se gastaba.

--¡Hombre! ¡Laura! ¿Tú también habías dejado el bolso aquí? -le dije, haciéndome la despistada.
--Si... Sí, sí, venía a por el bolso también, pero vamos, que ya me iba ¿eh? ¡Que van siendo unas horas y eso...!

Se puso la cazadora, avergonzada, y salió del coche sonriéndome. Sin ningún bolso. Bah, era más que consciente de que los había pillado, hasta tal punto que ni tan siquiera hizo amago de alargar la situación y se despidió allí mismo de nosotros, con cara de tonta, supongo que con intención de reflexionar sobre cómo salir del atolladero en el que se había metido ella sola.

Cuando miré a Luis, lo que encontré fue aún más desconcertante. El tío se había cubierto las piernas con su chaqueta... pero no era difícil apreciar que sus pantalones seguían bajados ahí debajo. Por dios, hasta para mí era un escenario incómodo. Subí al asiento del copiloto sin saber muy bien dónde mirar, si bien triunfante por tener al fin un momento a solas con él... mas no supe muy bien qué decir, y un inquietante silencio se hizo entre ambos. Sería él quien lo habría de romper:

--Sí, ¿tu bolso no? Supongo que estará por el asiento de atrás... Cógelo, claro.
--Ya. ¿Me lo coges tú, por favor?

Me miró con cara de “tienes que estar de coña”, y pude apreciar en la sinceridad de aquellos ojos que estaba ciertamente cabreado conmigo. Normal, considerando que le acababa de joder una mamada -que para colmo le ponía en compromiso con el grupo-. Y, encima, le pedía que se girase a por mi bolso, sabiendo perfectamente que no podía hacerlo porque de inclinarse haría resbalar la chaqueta, revelando que sus pantalones no estaban donde debieran y destapando todo el marrón del que sabíamos de sobra que éramos conscientes ambos.

--Silvia, oye, dime... ¿has venido a joderme la vida? -me escupió resuelto.
--¿Qué? ¿Por qué dices eso, Luis? Claro que no...
--Venga ya, no me jodas. Sabes perfectamente lo que me estaba haciendo tu amiga. Tenías que habernos visto hacía ya rato para cuando me has llamado, estabas más que cerca. Bueno, qué coño, si aún se me nota la puta polla dura debajo de esta chaqueta de mierda, no me tomes por imbécil, por favor.

Mi vista se desvió involuntariamente al escucharlo. ¿Que se le notaba? ¿Dónde? Sí que había una especie de ‘arruga’ en la chaqueta sobre donde debería de estar, hipotéticamente, su polla, pero aquello no podía ser la figura de un falo... Más que nada porque de ser así sería demasiado... largo...

--No, si yo no... -y el mundo, de repente, desapareció --oye... Dices que todo eso... ¿Es tu rabo? -pregunté, atónita.
--Si, ya, hazte la tonta ahora. Vamos no me jodas, Silvia.
--Dios... -murmuré en mi asombro, incrédula.

La curiosidad, aunque vestida de mi timidez, guió una de mis manos sobre la chaqueta para tocar el doblez al que yo me refería. Sólo... para comprobarlo. Aún no dejaba de esperar que fuera una forma de la prenda arrugada, y que cediese al tacto... y sin embargo, pude comprobar cómo su miembro, firme, se erguía duro debajo... --joder, pero si esto es enorme Luis...

Él calló de inmediato. Aún se le notaba molesto, no en vano le había interrumpido el lamer de la profesional Laura, pero le gustaba la dirección que estaba tomando el momento, y supongo que quería abstenerse de decir nada que pudiera complicarlo. Chico listo.
Yo, por contra, en absoluto tenía previsto por dónde tenía que seguir la circunstancia. Es decir... no sé, de repente le había tocado la... la cosa... yo no tenía intención de nada... y aquello no era... adecuado... mas tampoco es que sea tan tonta, estaba haciendo lo que estaba haciendo y, por primera vez en toda la noche, me sentía algo así como triunfante: Luis estaba allí, conmigo, rezando a la suerte, y con ninguna otra.

Desde luego, si de algo estaba segura era de que no iba a quedarme sin verlo, así que dejé deslizarse la chaqueta a un lado, descubriendo aquel monumento al hombre que Luis tenía por falo. La forma en que me miró me indicó que para él eso ya venía a querer decir que me estaba preparando para chuparla.

--Joder... -me fue imposible reprimir exclamar de nuevo al desnudarlo. Era aún más grande de lo que presentía, era una especie de pieza de carne ardiente del tamaño de mi antebrazo. El pene no es precisamente la parte más sensual de un hombre, pero es que aquél era de escándalo. Y sí, aquello lo hacía muy, muy caliente. Y el hecho de que fuera, bueno, de Luis...

Dejé que mi mano lo envolviera, o intentara envolverlo al menos. Seguía sin estar decidida a llevarlo más lejos, pero, virgen de mi vida, al menos no iba a quedarme sin tocarlo. Luis me miró, impacientado.

--Aun se nota la saliva de Laura... -murmuré hipnotizada, no sé si para él o para mí, al notar un poco de humedad en mis dedos --dios, mira... si tienes aquí toda la marca de su pintalabios...

Él insistía en su silencio, lo que era inteligente. Chicos, hay frases que pueden desatarnos, pero el resto tienden a echarnos atrás, por lo que si no estáis muy seguros de qué debéis decirnos, creedme, estáis más guapos callados.

De alguna forma, el hecho de notar aún las muestras de que Laura acababa de estar chupándolo me incitaba... bueno... a probar. Era como si, no sé, aquellas marcas lo convirtieran en algo para metértelo en la boca... como si aquel pene fuese algo “chupable”... como si fuese lo... lo propio... lo natural. Lo que, sumado a su tamaño...

Mis dedos, involuntariamente, habían empezado a moverse, masturbándolo un pelín en lo que pretendía ser tan sólo una misión de reconocimiento. Y yo, sin saber muy bien cómo, tenía aquella polla cada vez más cerca de mi cara...

--Te confieso que me está llamando probártela un poquito... -alcancé a decir sin estar segura de querer hacerlo --pero... no sé...

El movimiento de mi muñeca se había acelerado. Él seguía tenso, callado. Sólo dios sabe la manera en que el muy cabrón lo estaba deseando... y yo... yo no sé si lo deseaba... aunque sí que me sentía... como imantada, alienada... abducida, no sé cómo explicarlo...

Mi cabeza se había acercado muchísimo a aquel pene sin que yo me lo propusiera... Apenas podía creérmelo... Estaba completamente reclinada, a apenas unos centímetros de... de “él”... y el sabor de aquella polla, fuera por el olor, el recuerdo de sus predecesoras o el poder de la fantasía, se dejaba intuir ya con intensidad en mis papilas gustativas... abriendo mi apetito por.. bueno... por mamársela.

--Joder...-susurré, acercándome aún más despacio... y más... hasta alcanzar levemente el contacto con mis... labios... Silvia, ¿pero qué...? Le di un pequeño besito, húmedo... mientras sentía cómo el morbo provocaba que mi boca se llenara de saliva...

Dejé que mi lengua asomara un poquito... lamiéndola con timidez... y enfermé de calor al comprobar que aquella polla sabía intensamente a... Laura.

-Mmmm... -gimió despacio una desconocida en mí al tiempo que mis labios rodeaban su glande.
-Oh, dios... -se atrevió él a decir, por fin.
-Joder... Luis... dime... -susurré al tiempo que le miraba de reojo...- ¿Te apetece que te la chupe un poco?
-Dios, sí...
-¿Quieres que te la chupe? ¿Sí? ¿Sabes? Creo que voy a chupártela... -el movimiento masturbatorio de mi mano era ya descaradísimo.
-Oh... joder...
-A chupartela toda... toda... toda... Dios... creo que estoy a punto de chupártela, Luis...
-Sí... por favor... sí...
-Sí... - le dí un lametazo, y después otro -sí.. te la voy a chupar... Luis te la voy a chupar...!!
-Chúpamela, vamos..!! ¡Chúpamela!

La besé, y volví a besarla, y saqué mi lengua para pasearla por todo aquel falo, desde su base hasta el glande.

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-Joder, Luis... Oblígame a hacerlo.
-¿Qué?
-Que me obligues. Que me fuerces. Por favor... oblígame a mamarte la polla... Me muero por comerte la polla... Luis... por dios, fuérzame a hacerlo...

Tenía que estar muy fuera de mí para estar hablándole así, pero pocas cosas coartan al hombre a renunciar a una mamada, y en un instante estaba sujetando mi nuca con cuidado y fuerza, en una mezcla de cautela e impaciencia, y envolviendo su pene en su otra mano para ponerlo apuntando hacia... mi boca... antes de disponerse a...

...empujar. Empujar hasta alcanzar el tacto.

--Oh, joder... -exclamó su voz al tiempo que su glande alcanzaba la frontera de mis labios, calentándome --vamos...

Él conducía mi cabeza, y yo le dejaba hacer, excitándome pensando en que ya tampoco podría librarme de su mano si quisiera. Iba a mamársela... y ya no podía hacer nada por evitarlo.

Y pues bien... ahí estaba yo ahora, lamiéndosela medio desnuda en un coche aparcado en mitad de un puto descampado. Mis tetas bailaban en mi vaivén, la mandíbula me dolía de tanto tenía que abrir la boca para meterme aquel rabo, y Luis miraba al cielo ya inmóvil conforme su orgasmo se acercaba. No tardaría en llegar, y su jugo terminó de rematar mi condición de guarra cuando se atrevió a eyacular sin pudor en mi boca, como si no pudiera molestarme... y, de hecho, no molestándome. Vamos, para nada...

Me levanté para recostarme en el asiento jodidamente extasiada, percatándome de que una sonrisa idiota se había instalado en mi cara. Aquello era sin lugar a dudas lo peor: Lo bien que me hacía sentir lo que había hecho. Jamás había tenido una relación sexual tan, tan desligada del compromiso. Creo que era el saber que lo había vuelto loco, que había sido la causa de hacerle sentir la mayor felicidad del mundo por un instante, y lo fácil que había sido hacerlo lo que me hacía sentir así.

Ahora se encontraba sentado, frente al volante, con los ojos cerrados y la cabeza mirando al cielo, respirando profundamente en una postura que delineaba su mandíbula y que lo hacía bastante atractivo, lo que no era difícil. Su pollón, por su parte, seguía tieso cual mástil entre sus (bastante atléticos, por cierto) muslos. Tanto tiempo mamándolo me había hecho olvidar cuan grande era aquel sable que ese chico se gastaba por paquete.

Mi mano volvió a él. Regresó a su polla. ¿Seguía dura, no? Pues hice lo propio volviendo a envolverla de mi tacto. No sé por qué, pero me sentía como si mi curiosidad siguiera ahí, incansable. Como... como si no acabase de chupársela, vaya.

Por supuesto, el falo estaba tan húmedo como la primera vez que lo había masturb... tocado. La diferencia, claro, radicaba en que esta vez lo que se notaba no era la saliva de Laura, sino la mía. Aún era más, mi gloss también lo había manchado, como lo hiciera primero el pintalabios de Laurita. Pude apreciar que la marca que ella había dejado quedaba significativamente por debajo de la mía, casi en la maldita base de aquella torre, lo que venía a significar que su mamada había sido mucho más profunda que la de mis labios. Pero... ‘¿cómo diantres lo haría?’, pensé. ‘¿Como podía habérsela metido... tanto?’.

Yo también quería tragar aquel pollón así. No quería ser menos que Laura. Cuanto menos quería... intentarlo.

--Oye, Luis... -susurré, de sobra apuntalada en mi rol de chica-que-te-la-chupa-porque-le-encanta --¿Te apetece otra?
--Otra... ¿mamada?
--Sí... Otra mamada... -de nuevo, mis dedos lo masturbaban sin pudores -¿No te apetece que te la chupe... otra vez?
--Dios...

Puso su mano sobre mi pierna, por encima del vestido. --Espera... -continuó al tiempo que volvía a recostarse en su asiento para recuperar el aliento.

Silvi, ¿alguna vez habrás sido así con otro hombre? Quiero decir, acabas de hacerle una mamada, tienes la puta mandíbula dolorida de lo que te ha costado hacerle esa mamada, los labios agrietados por el roce, y estás aquí, medio desnuda, con las peras fuera, masturbándolo de nuevo y ofreciéndole una segunda felación para ver si eres capaz de meterte aún más profundo el puto monumento de Luis... tal como lo ha hecho antes Laura. ¡Es una locura!

Y entonces, me besó. Por primera vez en toda la noche, se inclinó hacia mí hasta alcanzarme y besarme. Si le molestaba el sabor que su semen podía haber dejado en mi boca, la manera en que me metió la lengua lo disimulaba como los ángeles. Y todo dejó de parecerme una locura. Y dejé de pensar en nada. En nada que no fuera besarle. Llevó su mano izquierda hacia mi cuerpo, hasta tocarme las tetas. No me importaba, ya me las había sobado suficiente antes. Lo que me importaba era que estaba besándome. En un principio, podría incluso decirse que con ternura, pero la temperatura, como podréis imaginar, no tardó en subir, y lo que eran unos labios conociendo otros labios y una lengua conociendo otra lengua se convirtió en dos bocas con sed, incapaces de sentirse nunca lo suficientemente cerca. Su cuerpo se inclinó sobre el mío, empujándome contra el asiento al tiempo que su lengua trataba de invadirme. Cariño, eso lo hacías mejor con la polla... pero esto es aún más fácil de disfrutar.

Cuando se despegó de mí, sentí que me faltaba el aire. Pude ver en su cara el reflejo de la expresión que debía de estar poniéndole. Siempre me parecieron sexys los gestos que cualquier chica hace cuando se siente cerca de satisfacer cuantos deseos la convierten en necesitada. Un calambre escaló desde uno de mis jodidos pechos gracias a sus dedos, que jugaban a acariciarme el pezón, llegando a pellizcarlo... Y que subieron hasta mis labios para acariciarlos... a lo que respondí con mi lengua, por lo visto incansable. Pero su tocar escaparía de nuevo hacia mis senos para dejar mi besar disponible y permitir así a Luis volver a volatilizarme. Joder, Luis, si hubiera sabido que existían hombres así antes...

Su boca me abdució de nuevo, ¿cómo no iba a hacerlo, si besaba como los malditos dioses? Y aún estaba sumergida en su besar cuando noté que su inquieta mano empezaba a jugar con mis piernas... ascendía el tacto por mis muslos... y llegaba a mi entrepierna... Pero... No, Luis... Eso no... Buscaba mi vagina... Por dios, Luis... No... La encontraba... percatándose de que estaba empapada... la acariciaba... Oh joder... encontrando mi clítoris... Maldita sea, Luis... y masturbándome con aquel don sexual que no se relegaba al tamaño de su... Joder Luis... No... no lo dejes, por dios... Mientras su lengua seguía desesperada por lamer cuanto escondían mis besos...

--Oh sí, ¡Luis!... -gemí: estaba caliente como una zorra, desbocadísima, mi cadera se contraía sobre el asiento para sentir aún más lo bien que a aquel chaval se le daba masturbar, y mi cuerpo empezaba a sudar, todo él, cuello, muslos, pechos, ¡todo!, era increíble, era absolutamente increíble, tenía que estar soñando, tenía que estar muriendo, tenía que...

...tenía que acostarme con él. Por dios, como fuera. Tenía que meterme a aquel hombre. Tenía que hacérmelo, tenía que hacerlo todo, tenía que sentirlo todo.

Lo separé de mí con mis dedos de mujer y lo recosté sobre su asiento para llevar mis pequeñas manos bajo el vestido y quitarme con mis braguitas la única pieza de ropa interior que aún vigilaba mi castidad. Me percaté de que mis zapatos, de fiesta, seguían calzados... y me pareció... divertido.

No lo demoré un segundo, pasando mi pierna sobre las suyas y colocándome sobre él, de forma que mis pechos quedasen colgando sobre su boca. ‘Cómetelas, cielo’, exclamó en mi cabeza la voz de la peor de mis conciencias, recordándome que no había reparado en cuánto me apetecía que me lamieran las tetas. Las pegué a él y, como todo hombre que haya conocido, no dudó ni un instante en besar. La diferencia está en que algunos lo hacen mal, y otros bien... Y Luis, por descontado, sabía hacer que te sintieras tal como lo harías si estuvieras lamiéndotelas tú misma... Dios mío, Luis, ¿dónde coño estarías escondido toda mi vida?

Mis manos se apoyaban en su asiento, justo por encima de sus hombros, sujetándome encima de aquella polla en erección que insistía en reclamarme para mi deleite. Llevé una de ellas hasta la parte inferior de mi vestido para subirlo hasta hacerlo quedar por encima de las nalgas, cual trapo arrugado entre mis muslos y unas tetas que no se cansaban de ser besadas, y conduje su brazo derecho hasta quedar su mano sobre mi trasero. Su otro brazo lo imitó al tiempo que yo sacaba las tetas de esa boca para besarle el cuello, saboreando su piel.

--Cariño... -susurré cuando su oído se encontró cercano al sendero de mi lengua... --¿te apetece... follarme? -sus manos se apretaron a mis nalgas de sólo escucharlo.
--Joder...
--Pues cielo... ¿a que estás esperando...?
--Nena...

Sus brazos se tensaron, haciendo presión en mi cintura para... bajarla...

Continuará... ;)

Marta y la Luna – Prólogo


Olía a canela. Entre aparatos quirúrgicos, incomodidades, colores inocuos y elementos esterilizados, el ambiente se teñía con una suave y cariñosa fragancia a canela, hipnotizando en dulzura. Un sensual olor para una mujer, pensó Rodríguez, que ejercía de paciente sentado en aquella silla recostable, con la boca abierta y mirando hacia un cielo encerrado en forma de tejado; Un maravilloso perfume para una dentista. Además, la chica también desprendía calor sobre cuanto le rodeaba. Era algo más que un aroma, era una esencia desbordada que lo inundaba todo en su camino en un auténtico derroche de femineidad.


Ella, más cercana que otros médicos, indagaba en su boca, dejándolo descansar de cuando en cuando y, aunque sin decir nada, dedicándole una mirada cómplice a cada pausa, una cálida mirada pintada en ojos marrones que provocaba que, en su primera visita a la consulta, Alfonso Rodríguez ya se planteara escusas de cara a un regreso. Él sabía que su boca estaba perfecta, pero la profesional no dejaba de mirarlo y, por increíble que aquello supusiese en una consulta médica, lo prefería así. Era tan fácil de describir como de entender: No quería que la presencia de aquella chica se acabara.

-Dame un segundo, cielo -murmuró con voz tenue la fonía joven de la médico mientras ésta se marchaba a lo que parecía su pequeño despacho, que quedaba frente a él. Tendría... ¿26 años? Quizás menos. Las profesionales tan jóvenes bullían erotismo, pensó para sí el paciente, que ya pasaba los cuarenta, sufriendo el goteo de un tiempo insensible a la vida sana que trataba de llevar. Esta dentista, en concreto, era capaz de hacerte soñar incluso, al tiempo que velaba por la salud de tu boca.

Ella regresó tal y como se había marchado, con su bata, sin mascarilla y con su pelo suelto, y estaba radiante, caliente. Dulce. No podía dejar de buscar aquellos ojos. Ojos de color canela, a juego con su perfume.

-Ya casi está, Alfonso - Rodríguez no entendía que los nuevos médicos llamasen a los atendidos por su nombre, pero en esta ocasión casi lo prefería, porque la hacía sentir más cercana y, con ello, aún más atractiva -nos quedan dos minutitos y listo. Te voy a pedir que te enjuagues la boca, ¿vale?

La ortodoncista se inclinó en un gesto sexy sobre la butaca del paciente para coger una especie de flúor, que le quedaba al otro lado. Al hacerlo, su bata colgaba en respuesta a la gravedad, y un botón desabrochado se escapaba de los demás dejando nacer un pliegue a la vista del paciente, que se aferró a su silla cuando, sin querer evitar buscar en él con curiosidad, no encontró tela, una camiseta, o un jersey: encontró piel. La piel de su preciosa dentista, libre bajo su bata, una piel aterciopelada y cariñosa. No podía ser. Estaba desnuda. Tan solo aquella fina tela blanca lo separaba de su desnudez. La doctora, inclinada, tardaba en encontrar lo que fuera que buscaba, y él no dudó en recrearse en el increíble cuerpo de su médico desnuda para su mirada. Sí, desde luego que era su piel. Podía verse incluso gran parte de uno de sus pechos, suave, también desnudo, tambaleándose en los aspavientos que hacía aquella belleza en su lenta búsqueda entre aparatos. Si no estaba loco, merecía enloquecer, porque su agitación se convirtió en una excitación exacerbada a una velocidad enfermiza incluso para un cerebro de hombre, adquiriendo una erección dispuesta a combatir cualquier barrera y empujando en la cremallera de su bragueta sin intención de desfallecer.

-Aquí está -dijo al fin ella distraída agarrando una botella de plástico en la que se veía un líquido de color verde, y Alfonso no podía creerse nada. Creyó haberse vuelto loco cuando, para ponerse en pie, la dentista fue a buscar apoyo y su mano se dirigió a su entrepierna, donde se encontraba su pene, erecto, excitado. Notándolo, la médico volvió su cara y susurró un sensual "uy...", tardando en quitar de allí su mano e incluso permitiéndose una leve caricia con la punta de los dedos al tiempo que grababa a fuego su mirar en lo más profundo de los ojos del paciente, atónito.

Dispuso una pequeña ración del flúor, que olía a fuerte menta, en un pequeño vaso de plástico, y se lo dio a beber. "Con cuidado, cariño", le advirtió con ternura, "puede ser bastante desagradable. Enjuágalo bien, ¿vale?". Por su parte él, sin pretenderlo, seguía con su mente en la tersura del incipiente seno que acababa de contemplar, mientras su cuerpo se limitaba a reaccionar como lo haría el de un ser hipnotizado, o un robot. Por desgracia, el líquido demostró ser efectivamente infernal, estallando entre sus dientes, y notarlo lo sacó de su aletargo, teniendo que hacer un gran esfuerzo para no expulsarlo de su boca de inmediato y aferrándose a la silla sin poder evitar reflejar como rostro una notable cara de rechazo.

-Pobre... -dijo la voz de ella al tiempo que no podía evitar que una ligera sonrisa iluminara su rostro -te hago estar tan incómodo...

Dios, aquello se parecía demasiado a una fantasía ajustada a las reglas de un guión, a alguna de las aventuras forzadas del mundo del porno. Lo que venía entonces habría de dejar cualquier historieta erótica por los suelos. La dentista, aún sonriendo, pasó su mano por la entrepierna del paciente, acariciando una polla que exploraba los límites de su erección, por encima de la tela de sus pantalones.

-Debería quitarte esto... -insinuó, sensual, al tiempo que llevaba sendas manos hasta la cremallera que sujetaba la prenda y con natural habilidad la desabrochaba -total, soy médico, no voy a asustarme ni nada...- cada vez sonreía más pícaramente; sin expresar sus ojos deseo, sí se reflejaba intención en sus miradas, y Rodríguez aprovechaba el flúor en su boca para no tener que responder, porque no hubiera sabido cómo hacerlo.

Dos hábiles manos de fémina le desprendieron de la parte inferior de su traje, accedieron al elástico de sus calzoncillos, y se deshicieron en un solo tiempo de ellos castigándolos al olvido, mientras un torreón de deseo se desataba, quedando la polla del paciente liberada y mostrando la magnitud con que cuatro movimientos de mujer podían excitarle.

-¡Vaya! -exclamó sin ya poder evitar reír la doctora al tiempo que con una mano se la sujetaba, haciendo que su glande apuntara al cielo y que su paciente lo alcanzara -¡...pobre! ¿Como no ibas a estar incómodo? -con la otra mano se tapaba la boca, tratando de disimular el gesto que combinaba dulcemente exclamación y carcajada.

No podía ser. ¿De verdad estaba aquella médico tocándole la polla? ¡Socorro! No contenta con eso, se atrevió con un leve movimiento de muñeca, distraído, que la masturbaba.

-¿Qué tal? ¿se te pasa?

Él asintió, tratando de recordar lo que se le tenía que pasar, sin éxito.

-Perfecto -respondió ella soltando la verga y sacudiéndose las manos -pues ahora marcho a revisar unos papeles mientras terminas de enjuagarte, tienes que estar unos cinco minutitos más, y luego devolver el líquido al vaso, ¿de acuerdo?

Sin comprender nada, con el pene al aire, volvió a asentir en ausencia de alternativa, persiguiendo con sus ojos a la doctora mientras ésta regresaba a su oficina, con algo erótico en sus andares. ¿Cómo podía haber pasado todo aquello? Se preguntaba un Rodríguez desconcertado. ¿Serían así de fáciles las chicas jóvenes? Sus pensamientos no tardarían en interrumpirse: La dentista no había cerrado la puerta de su despacho, y pronto se sorprendería al ver cómo su brazo desvestido cruzaba su marco a su vista, con la bata arrugada en la mano, colgándola en un perchero, significando que, aunque no pudiese verla a ella, la pasión hecha mujer se había desnudado. Se percató de que nada le impedía masturbarse, y no pudo evitar aprovecharlo, repitiendo un movimiento que en su larga edad tenía ya bastante asimilado. Se derretía como la mantequilla en el fuego con solo imaginarla sin ropa, y de repente nada más importaba; ¿en serio podía desearla tanto?

Los segundos se sucedían mientras los sucesos seguían envileciéndose. Rodríguez alcanzaba a ver una parte de una mesa, aparentemente grande, en mitad de aquel cuarto apodable como despacho que ahora quedaba medio a su vista. Una pierna -de mujer- firme, que no musculada sino más bien tierna, apareció en la escena, deslizándose en excitantes tiempos sobre la superficie barnizada del escritorio. La mano con que se masturbaba Rodríguez aceleró el ritmo, y él, enfermo de calor, se apuró a colocarse lo más al extremo posible de aquella butaca recostada, en pos del mejor punto de vista, consciente de que se perdía alguna forma de expresión de la mayor maravilla, a su entender, del universo. Descubriría que aquella ninfa se encontraba demasiado oportunamente colocada.

Lo que podía vislumbrar, más allá de su imaginación, era la pierna casi entera, reluciente en sensual piel, hasta más de medio muslo, y el brazo derecho de la ortodoncista. que terminaba en un amazónico hombro desnudo, excitante. Incluso, o al menos eso quería creer, se notaba junto al quicio que separaba pared y cielo una pequeña parte, poco más de un centímetro, de pecho desnudo. Era demasiado; no podía estar pasando, enloquecía el paciente. El morbo se hacía tremendo, le superaba, su masturbación se convulsionaba, y se iniciaba la tortura del varón que se muere por eyacular pero sabe que hacerlo le podría alejar de algo que lo mereciera con mayor categoría. De una experiencia única, en su caso.

Atendiendo, fue capaz de captar que el brazo de mujer que se veía tras el marco de la puerta se dirigía directamente al candor de entre sus piernas, ardiente, y que estaba bailando en un gesto similar al de su masturbación, pero mucho más delicado. Alfonso hubo de dejar de frotarse para evitar correrse cuando comprendió que también ella se estaba masturbando. No podía ser real. Atendió con fascinación al milenario mito de la autosatisfacción femenina, estudiando el ritmo casi constante de su brazo, que cuando se permitía hacer cambios los hacía para encontrar algún otro son al que aferrarse, paciente. Escupió el mentolado líquido de su boca para dejar de enjuagarse, queriendo evitar cualquier ruido que distrajese su atención, y el silencio le guió con completa claridad hasta una melodía de callados gemidos contenidos ("mm...") a ritmo con una respiración entrecortada, que le permitía ilustrar en fantasía la imagen que quedaba oculta tras aquella pared sin misericordia. El volumen de los gemidos ascendió en una mareante espiral hacia el placer de dos personas, hombre y mujer, desembocando en un ligero gritito, agudo pero entrecortado, y el cuerpo de Rodríguez se echó a temblar cuando entendió (por el ruido) que la dentista se reincorporaba, hurgaba en algún cajón o armario, y caminaba hacia el encuentro de ambos. Esperaba que saliera directamente desnuda, la bata seguía colgada. Esperaba que la fantasía cumpliese una miserable parte de sus promesas, y que aquella mujer lo llevara pronto al orgasmo.

Su figura, deslumbrante, apareció en el marco de la puerta. No estaba desnuda. Tampoco vestida. Volvía a llevar una bata, blanca, pero aquella prenda no había sido diseñada pensando en la medicina, sino que ejercía de forma idónea un papel de lujuria que solo inducía a sentir la que, por otro lado, era la mejor de las curas. Ceñida, apenas cubría las nalgas, mostrando así la dentista sus piernas desnudas, jóvenes, y tampoco el escote quedaba cubierto; más bien resarcido. Estaba increíble.

La dentista, contra todo pronóstico, no hizo gesto ni insinuación ninguna que la diferenciase de cualquier otro profesional. Con naturalidad, como si nada hubiera cambiado, se dirigió con expresión neutral hasta la cama del paciente, que exigía por piedad una muestra de certeza en cualquiera de las cosas que le estaban pasando. "Has terminado ya con el flúor, ¿no?" Rodríguez asintió, descubriendo que se sentía tan mudo como cuando se enjuagaba. "¿Seguro?", siguió vacilona la médico, "no me estarás engañando, ¿verdad?" "No... no... qué va..."

Ella le observó con un enfatizado gesto de sospecha, teatralizando, y se inclinó hacia su boca. La canela inundó de nuevo la habitación. La médico, cercana, simuló inhalar el aliento de su cliente. Acercando sus dos bocas, movió sus labios a escasos centímetros de los del paciente para pronunciar: "¿De verdad no me engañas?"

Alfonso, inmóvil, sentía cómo los demonios agitaban su alma, exigiéndole convulsionarse e imponiéndole inmovilidad, jugando con sus nervios a ridiculizarle, y la boca de la médico estaba demasiado cerca, y su polla demasiado dura, y las tetas de aquel seductor escote quedaban colgantes frente a su cara, y un terso culo en pompa dejaba demasiado pequeño el uniforme, y lo único que él conseguía hacer era responder:

"Seguro"

"Mira que puedo descubrir si me mientes..." le respondería ella, jugando, con su boca sensiblemente aún más cerca de los límites del tacto.

"No..No... No te miento..." tartamudeó él.

"Ya...". Excitante... "A ver..."

Una joven lengua femenina se escapó sobre sus labios, mucho más duros, recorriéndolos con paciencia. Más caliente piel, sabor canela, la perseguía. Dos bocas se juntaron, explorando la humedad de un beso, que no su significado y el cliente, consciente de su inexperiencia, decidió abandonarse a la doctora, que besaba, bebía a un ritmo paciente, mojado, atreviéndose a lamer sin pudor una boca con sabor a menta, y despegándose en un rastro de saliva.

-Sé que es un flúor fuerte, pero me encanta su sabor... -descendió una voz desde los cielos -es tan... fresco...

Le lamió de nuevo los labios, que le temblaban, con un lamer muy sensual. Volvió a hacerlo. Y lo repitió, una vez tercera. Era cierto que su lengua, tras el beso, se sentía más fría, con mayor frescura. "Lo notas, ¿verdad?"

La dentista pasó una de sus piernas por encima del paciente, y se sentó encima suyo, sobre aquella silla que él ya no podría olvidar. Erguida, ofrecía una visión de espectáculo. Era demasiado poderosa. Se llevó uno de sus propios dedos hasta su boca, introduciéndolo en ella, y cerrando sus labios alrededor en unos morritos encandiladores, mientras Alfonso se dejaba matar. Lo chupó, cerrando los ojos y expresando placer. La frescura de la menta ejercía el papel de excusa.

-Mmm... -gimió mientras el dedo era besado en el vaivén en que, suavemente, entraba y salía. Un poco de saliva escapó de su boca, cayendo por su labio inferior, ardiendo en la retina de su único espectador.

Abandonando su boca, sus pequeñas manos se fueron directas a por sus tetas, aún cubiertas por tela, juntándolas y sujetándolas, manejando lo visual, como si un titiritero excitado las estuviese dirigiendo. Desabrocharon un botón del batín. Otro. Su espalda se contrajo, acercando los hombros, acentuando sus pechos, y la bata se desligó por fin desde su cuello, deslizándose por sus brazos y dejándose caer hasta debajo de sus senos, que quedaron, al fin, desnudos. Alfonso, mero espectador, babeaba en el deja vú de encontrarse con unas tetas tan lascivas y sexuales como las había imaginado. Definitivamente tenía que estar soñando. Eran... eran maravillosas...

Las manos de la dentista se adhirieron de nuevo a sus pechos, ahora desnudos, conociéndolos a caricias, amándolos con el tacto. Parecían tan duros, tan tiernos, tan excitantes... El dedo que acababa de recorrer la lengua de la médico, aún húmedo, fue conducido hasta un pezón, que acarició hasta tersar, mojándolo en el candente líquido que emanaba entre sus labios. Repetiría su labor en el segundo pecho, complaciente, y las manos de doctora volverían a juntar aquellos fantásticos senos, entes del deseo, que resarcían aprisionados entre las palmas de sus manos, sintiéndose acariciados entre los dedos de aquella deliciosa escultura con forma de mujer.

Rodríguez se atrevió a alzar uno de sus brazos con la intención de alcanzar sus tetas, de acariciarla. La doctora se lo impediría con una autoritaria mano, sujetándole una muñeca, y llevándose su otra mano a la boca en gesto de silencio.

"Chssst..." insinuó, sexy.

Condujo el brazo capturado de Alfonso hacia su tez, acariciándose en sus dedos y dirigiendo el índice hasta su boca, para introducirlo en la manera en que lo hiciera antes con el suyo. La otra mano de la dentista, que ahora jugaba entre sus tetas, impartiéndole lecciones a la belleza, olvidó el tacto de su fina piel para dirigirse a la parte del paciente que más apreciaba su despliegue de encantos, consciente de que su magia le debía todo el poder a la atracción de lo sexual. Mientras su boca le lamía un dedo, la otra apareció para acariciarle el falo, agarrándolo, sin masturbar.

"Socorro..." alcanzó a murmurar la víctima.

Ella llevó las dos manos de él hacia sus pechos, y éstas comenzaron a experimentarlos con necesidad, desenfrenadas, en contraste con la paciencia que manejaba siempre la fémina. Consciente de que aquellas manos no habrían de despegarse, la doctora se inclinó sobre el paciente, haciendo que sus tetas colgasen cada vez más entre los dedos, hasta acercar su boca hasta el cuello de la presa.

"Si quieres seguir, cielo..." le dijo al oído mientras se aseguraba de que la verga del cliente se encontraba con sus piernas y se deslizaba hasta una vagina desnuda, acabando con cualquier resquicio de su voluntad "...lo tendrás que pagar"

"¿Pagar?" le respondería el hombre, confundido, "¿cómo pagar?"

"Doscientos euros por un francés," cortó su voz con tono inalterable, sin dejar de ser cariñosa, "trescientos si quieres follarme..."

"Dios..." se derritió el paciente "...¿y qué... ¿qué es un francés?"

Ella rió. "Mis labios y lengua en tu polla, cariño..." murmuró entre sonrisas "...una mamada".

"Joder..." murmuró él, aparentemente inseguro. La médico se alzó de nuevo, haciéndole recordar su figura, sentándose en la cadera del cliente y restregando el calor que emanaba de sus piernas a lo largo de su verga. Él la miraba, sin decir nada, indeciso ante el siguiente paso.

Una explosión de la amada canela tiñó la habitación cuando la médico agarró una de sus tetas y la alzó para lamerla, siempre despacio, irremediablemente sensual. Paseaba su lengua mientras su otra mano se metía entre sus piernas y, cerca del fugitivo glande de un indefenso Alfonso, acariciaba su vagina, obligándole a notarlo.

Fue la misma mano la que indagó entre el calor de ambos, oculto aún de la luz por lo que quedaba de bata, aún colgando en sus caderas, hasta encontrar y sujetar el pene del paciente, que utilizaría para masturbarse, sumergiéndolo en la humedad de su vagina y haciéndole ensoñarse en una penetración que no llegaba.

"¿Podrías chupármela y después follarme por esos trescientos euros?" se atrevió al fin a combatir Alfonso ante la fiebre. Una sonrisa inundó la cara de su dentista, que enseguida respondió:

"Desde luego".


La médico se dejó deslizar pícara en la silla, cual serpiente. Sus rodillas alcanzaron el suelo; sus labios quedaron a la altura del aparato, erguido. La ternura desapareció, y la sensualidad comenzó a evolucionar a medida que desaparecían las insinuaciones y la dentista se disponía a practicar su pequeño trabajo. "Que lo disfrutes, cielo", le insinuó inocente, cómplice y cerda, poniéndole a cien. Aprisionó el falo entre sus manos, mirándolo atenta. Lo paseó por el canal de placer que se conformaba entre sus tetas, despacio. Lo besó con la humedad que caracterizaba su maravilloso besar.

Alfonsó cerró los ojos, aún sin poder creerlo, consciente de que el momento conformaba una insensatez, pero dispuesto a disfrutar hasta el fondo de la insensatez más caliente de su existencia. La lengua de la dentista inició su lamer, chupándosela, empapándola en aquella esencia mientras una de sus manos masturbaba la base de la fálica fuente de éxtasis, con su tacto de mujer, y aquel calor de diosa. De diosa dispuesta a ser ensuciada. Los labios, carnosos, aprisionaron el glande con que estaban jugando, provocando más sabor en el amante que en su boca, y sumergieron el indefenso pene en el placer, procediendo a mamar, como la zorra que sabía ser, como la princesa que en realidad era. La chupaba con ritmo, con ansia, con técnica y con dedicación, haciendo gala del precio de su boca.

El paciente no podía aguantar más, se corría, y no lo deseaba, no deseaba que su dentista dejara aquella mamada, quería seguir follándose su boca, y quería follársela después a ella, necesitaba de todas aquellas endorfinas, que su cuerpo casi había olvidado cómo segregar. Sin embargo, cuando la guerra está precedida de una larga confrontación, los planes están trazados, las armas preparadas, y las victorias y derrotas se producen con celeridad. Aquella cerda se la estaba comiendo demasiado bien, era demasiado joven, y su leche con sabor a esperma se disparó inmediatamente en la boca de ella, que no se lo esperaba, no tan rápido. La pobre chica, confundida, fue incapaz de reaccionar, y el semen superó su boca y se escapó de entre sus labios, aún adheridos a la polla de su cliente, deslizándose en un lento resbalar por un aún firme pene.

Aquella veinteañera dentista, con los labios empapados en el fruto de su boca, se decidió por sonreír y, mirando a su paciente, le guiñó un ojo y le dijo "parece que al final serán doscientos, ¿no?" Rodríguez no supo cómo reaccionar. Se incorporó, y la miró. Aún mantenía la pequeña bata atrapada por sus caderas, lo que no impedía admirar su ted, sus hombros, sus piernas y sus pechos. Era preciosa.

"Quítate eso" le dijo señalando la bata. Ella obedeció, dejándola caer sobre sus muslos, quedando completamente desnuda. Al hacerlo, se convirtió inmediatamente en una chica mucho más mundana. "Lo que la hace aún más bonita", pensó Alfonso, descubriéndose mucho más resuelto de lo que estaba. Quizás como efecto del orgasmo. Más probablemente, perder la bata, aunque llevase tanto tiempo sin ocultar nada, había despojado a la dentista de su autoridad. Se había convertido, en un instante, en una chica más. En una chica normal. Y así, tan sexy, ofreciendo su sexo a cambio de dinero, tan joven y tan ordinaria, tan sólo aparentaba ser otra prostituta de club de carretera que no merecía, en absoluto, lo que cobraba.

No obstante, Rodríguez la deseaba. Aún más: la necesitaba.
"Serán trescientos euros", respondió serio. "Has sido una auténtica puta entre mis piernas, y me has hecho disfrutar, pero un hombre necesita más que eso, muchacha. Y yo he pagado para penetrarte, no sé si a ti, pero sí a tu cuerpo. Merezco follarte"
Ella echó un ojo hacia la verga del cliente, la cual seguía firme, como una roca, sorprendiéndola. Se había excitado ligeramente mamándosela a un desconocido, y estaba más que predispuesta a verse ensartada; pero estaba detestando la nueva aptitud del paciente, y dudaba. La pérdida del poder. Sin embargo, admiraba la maestría con la que Alfonso mantenía su falo en pie de guerra, preparado para atravesarla. Y su vagina ya estaba contratada.

"Por supuesto" le respondió, muy dócil, dirigiendo su boca hasta la polla aún manchada de semen, para limpiarla. El la puso en pie con violencia, sujetándola por los brazos, y se colocó en su espalda. ¿Qué diantres...? Pensó la doctora. "Dios, preciosa..." murmuró la voz de Alfonso en su oreja.

La situó frente a la butaca para pacientes, donde recientemente ocurriera la magia, y la empujó contra ella, haciéndola caer encima y dejándola tumbada de espaldas. Como si de una muñeca se tratara, le agarró por las nalgas, levantándolas, y le obligó a separar las piernas. Si ella no hubiera estado algo caliente, tan solo habría conseguido asustarla. Pero lo estaba. Y la violencia con la que el hombre prometía penetrarla la estaba excitando. "Oh...!" sonó su voz, que sabía estar cachonda, aferrándose a la silla con sus manos. "Sí, cielo, fóllame", oportunaba decir. No hacía falta.

El cliente colocó la polla en la entrada de su vagina. "Dios, nena..." se derritió al sentir tanta humedad. Realmente se moría porque todo aquello pasara. La sintió. Sintió todo su calor, toda su juventud, su magia. Se recreó en las piernas esculturales que le rodeaban, las dulces nalgas que iba a cabalgar, aquellas tetazas aplastadas. No hubo resistencia que se opusiera a su viril espada. El pene se adentró como un torrente de fuerza en aquella cavidad concebida para el placer, el sexo se inició, y Alfonso no podía creerse la espectacular visión de aquella chica con el culo en pompa y expresión de placer en su cara mientras era violentamente penetrada. Penetrada por él, por su verga. Follada, joder, follada.

La médico sentía que el aparato era enorme, porque le llenaba, la completaba, rozaba sin miramientos las paredes de su vagina mojada, provocándole un eléctrico fuego que inundaba su entrepierna y se exhalaba hasta su boca, que lo dejaba marchar sin poder evitar gritarlo.

"Oh!" rompió su voz. "Ah!" "Dios!"

Sus nalgas se enfrentaban a cada embestida con el cuerpo de su violador, como olas rompiéndose en un acantilado, poniéndole enferma, y mucho más enfermo a él, que no dejaba de admirarlas. Aquel falo la inundaba, haciéndole sudar, y ambos lo disfrutaban, ella por la sorpresa provocada, él por estar follándose a una médico que no llegaba a la treintena, de piel fina y tersa. Las manos de Alfonso, secas por el tiempo, agarraban a la chica desde las caderas, manejándola con facilidad, mientras ella, que no dejaba de ser la puta, se dejaba follar impune. Sus nalgas, sin poder abandonar el baile, empezaron a sudar, y el amante, excitado, no se resistió a acariciarlas, primero buscando el tacto, luego tratando de abarcarlas, terminando con un azote, que se transformaría en una sonrisa excitante en la tez de la chica que follaba. Para ella era caliente. Para él, increíble.

Se permitió sacar su verga, excitado, y se lanzó a besarle aquel maravilloso culito de veinteañera. "Oh, nene..." gimió la dentista ante su afán. Cada vez se volvía más loco. Parecía beber tras un mes en el desierto, adhiriendo sus labios en ansiosos e inexpertos besos, besando a toda costa la carne que relucía alzada. Con sus manos, separó las nalgas y, sin habérselo planteado nunca, se atrevió con un beso negro. Para ella, preparada por su condición de prostituta, limpia, no era el primero, y se divirtió al disfrutarlo. Le producía unas ligeras cosquillas que se convertían en auténticos calambres en sus piernas y, sinceramente, conseguía perturbarla.

"¿Cuánto me cobrarías por el culo?" exclamó entonces el cliente, cuya voz se había adelantado a su propio pensamiento, contrariándole y haciéndole pedir algo que no se había planteado. No se hubiera atrevido. Ella no tenía una tarifa para aquello, prefería no tenerla, era demasiado complicado, pero se sentía cachonda, se sentía dilatada, y decidió darle aquel lujo, siempre que lo pagara...

"Doscientos más. Serían quinientos" murmuró con voz angelical.

"Hecho" agradeció él, que no tardo en acercar el falo sobre su entrada, mirándola, agarrándola con fuerza, como si así impidiera que se escapara, como si necesitase que todos sus sentidos le confirmaran que era real. No era aquel un agujero caliente, pero sí era morboso. Era mancharla, era agotarla, saber que no había un paso que le pudiera prohibir, haberle practicado el sexo anal. Era genial. "Despacio", pidió la chica cuando lo empezó a notar. Él no sabía de velocidades, y se limitó a empujar sin ansia, despreocupado por lo que pasase por la mente de aquella mujer. Había pagado por eso, y merecía que lo dejaran en paz. Aun así, la cara de ella no fue de desagrado, más bien todo lo contrario, la vio cerrar los ojos, notó que se concentraba, se abandonaba a lo que quisiera hacer el amante, mas su esperanza estaba en disfrutar la cabalgada. "Jodeeer..." fue muriendo de morbo el paciente mientras conseguía adentrarse en el ano de su jovencita doctora, a lo que ella respondió con un timido "oh!", haciendo notar que en su concentración había encontrado lo que buscaba.

Alfonsó la sacó. La volvió a meter. Le pareció que aquello de follar por el culo era mucho más sencillo de lo que esperaba. Estaba auténticamente dilatada. Y le gustaba, le gustaba muchísimo. La chica abría más y más la boca sin abandonar la expresión de concentración, expulsando un placer mayor que cuando se la follaban.

"Sí..." murmuró con su sexy voz, "síiii!!!", al tiempo que un emocionado Alfonso se aceleraba gritando "vamos!! vamos!!!"

La médico se volvió para mirarlo. No sabía por qué le gustaba. "El sexo sería mucho mejor si los hombres fuesen más conscientes de su propio placer", supuso. "Si supieran calentarnos y, una vez preparadas, dedicarse a disfrutar de nosotras. Son muchísimo más sexys cuando se convierten en hombres, y no cuando se limitan a ser niños buscando no molestarnos...". A aquél cliente, desde luego, le importaba una mierda lo que ella pensara, había descubierto el culo, el placer de golpear directamente las nalgas, la piel que, menos mojada, era más prieta, y la excitación de sentir que la mujer lo disfrutaba. La embestía sin descanso, como un toro, aumentando aquel cosquillear en su ano, haciéndola temblar.

Sin dejar de follarla, se recostó sobre ella, dejándola aprisionada. Estaba descontrolado. Buscó sus tetas con las manos, encontrándolas y disfrutándolas, al tiempo que con su boca le lamía sin pudores la espalda. "Te está dejando completita", se dijo irónicamente la dentista para sus adentros mientras la verga de aquel paciente inundaba su intimidad anal. Se descubrió a sí misma acompañándolo, moviendo el culo en busca del propio placer. "No creo que te importe, ¿verdad cielo?", se imaginó diciendo. Él no la hubiera escuchado.

"Me corro!" exclamó el paciente entonces, "me corro!!! Dios!!!!". "Córrete!" gritó ella, con el fin de excitarle. "No!" gritó el paciente, "No así!!"

Sacando el pene de su culo, la agarró y volteó con facilidad, volviendo a dejar sus piernas abiertas. Volvió a lanzarse en busca de follarse su vagina, que seguía húmeda, dejándose penetrar con facilidad al tiempo que su boca buscaba el maná deleitándose en llegar hasta lamer sus senos de mujer, besando aquellas tetas con impunidad.

"Noo!" gritó entonces la dentista "En la vagina no!! Eso son cien euros más!!!"

El paciente puso cara de horror. "Joder!" gritó. "Necesito correrme ya!!"

"Te ofrezco la boca por cincuenta!" escupió ella, sabiendo que abusaba de su cartera.

"Hecho!!!" gritó el paciente, temblando de terror ante la idea de correrse en ningún lugar. Ella corrió a arrodillarse en busca el falo, ardiente, que mamó desesperada hasta volver a notar el brotar de su semen, para el que esta vez sí estaba preparada, y que engulló sin pestañear.

"Dios..." murmuró el cliente al tiempo que se relajaba y se sentaba en la silla. Tenía los ojos abiertos, incrédulo. También algo arrepentido. Había una mujer esperándole en casa.
Tras una breve pausa, buscó con sus ojos a la médico, que acudía a su despacho para alcanzar y ponerse su bata, la bata de verdad, profesional. "¿Eres al menos dentista?", le preguntó el paciente. "Claro que lo soy", le respondió la chica, suelta, mientras se ponía unas bragas para calmar el terremoto en que había quedado entre sus piernas tras las embestidas animales de aquel hombre. "Pero también soy puta" "No tendrás ninguna enfermedad rara, no?" siguió él, cada vez más arrepentido, buscando cuanta luz cupiera en su mente, que se nublaba. "No", rió ella, poniéndose un sujetador. "Acceder a los historiales médicos de mis clientes me permite bastante control sobre eso" "Ya... entiendo..."

"Sobretodo", siguió hablando la doctora al tiempo que se calzaba, "mi negocio me obliga a ser discreta". Guiñó un ojo al paciente. "Pues la cosa no estaba tan mal", pensó Rodríguez. "Es una pena que sea tan cara".

Registraron en su cuenta una complicada intervención con un cargo total de quinientos cincuenta euros, que a Alfonso le dolió en el alma. Algún día reflexionaría lo poco que vale el dinero, y lo mucho que importan las experiencias de cama. La puta, una vez uniformada de nuevo como ortodoncista, parecía otra. Igual de guapa.

Pese al asalto económico, a medida que las dudas se despejaban Alfonso Rodríguez se iba sintiendo feliz. Tanto, que al salir por la puerta de la clínica no pudo evitar volverse, echar un último vistazo a aquella belleza, y murmurar:

"Gracias".

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Cómo nunca llegué a ser un ángel – III

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-III- 



“Mojito's Pub”, el garito donde mi cita me había enviado no era nada del otro mundo. Sí que estaba junto a la playa, que por la noche quedaba vacía y acogedora, pero su limpieza y su aspecto, bueno... dejaban que desear. El menú, grasiento a más no poder, culminaba el ambiente de seducción, definiéndolo como el lugar más antierótico al que me hayan invitado nunca. Para colmo, Raúl, el Cortado, llegaba tarde. Vaya una noche.



Mi ropa procedía del más valiente de mis armarios, se trataba de un vestido rojo, ajustado y de textura similar al látex, comprado en una tienda especializada en ropa para gogós. Tan atrevido que apenas me solía atrever a sacarlo por la calle, ahora tenía que aguantar a toda la clientela del bar, y aún más a su servicio, mirándome sin perder detalle. Los chicos de forma más disimulada, las chicas descaradamente... todos probablemente criticándome en lo que para mí no era más que una muestra de lo cínica que puede llegar a ser la gente. Sin sujetador, era el propio vestido el que se encargaba de sujetar mi escote. Se trataba básicamente de enseñarlo todo sin enseñar nada...

Pero coño, no esperaba que fuese a hacerlo para tanta gente joder!

-Disculpe, ¿le importaría que usara el baño?- pregunté a uno de los camareros con intención de esconderme allí mientras esperaba. Era el clásico mozo simple, no parecía demasiado espabilado, y llevaba ya rato sumándose al deporte de observarme del que en aquel local sabían tanto.
-N.. no, lo siento, solo para clientes -nervioso, quiso hacerse el interesante, rollo maitre o algo, sin que le saliera, y sin dejar de mirar hacia mis tetas, como si fuesen ellas las que se lo habían pedido, y ahora estuvieran discutiendo. Ni siquiera apartó la vista al terminar de hablarme.
-Mm.. bueno... no sé... Dame un segundo... -rectificó mientras miraba a ambos lados -anda corre, pasa al fondo, procura que no te vean mis compañeros vale?
-Gracias guapo -le recompensé agradecida por aquella ruta de escape mientras tomaba la dirección que me indicaba. "Buen trabajo, chicas", reí para mis adentros consciente de que mi talla de sujetador era la razón última de la decisión del camarero.

Una vez en el lavabo, me encendí un cigarro para llevarlo a mis labios. Siempre reconfortante, dulce tabaco, espero que no le moleste a mi cita de esta noche.
Con el canutillo en la boca, y como cada vez que fumaba delante de un espejo, me descubrí jugando sola a poner poses atractivas, elegantes, morritos... tonterías, cuando escuché que la puerta se abría, y decidí correr hacia un baño a encerrarme. Si algo pretendía, era estar sola.

La expresión de mi cara cambió cuando escuché que, quienfuera, cerraba la puerta... con llave!

-Em... disculpa? -aquella era la voz del camarero, que evidentemente sabía que yo seguía en el baño; Lo que me daba un poco de mal rollo.
-...¿Sí? -respondí sin creer que tuviese otra opción.
-Sí, hola... oye... perdona... quería preguntarte... -bueno, el tono no era malo, ¿pero qué coño querría? -cuánto sueles cobrar cuando... bueno, a tus clientes, ya sabes...
-A... mis clientes?

Dios, ese tío realmente había creído... que yo era una prostituta! Abrí la puerta.

-Oye... creo que te has confundido. No soy ninguna puta ni nada eh? Es solo un vestido ajustado...

-¿No? Venga ya, ¡claro que eres una puta!
-¿Disculpa?
-Por favor, mírate, y por esta zona, tienes que ser una puta!
-Pero serás gilipollas...??? -respondí ofendida mientras me iba hacia la puerta. Traté de abrirla, airada. Pero fue en vano, estaba cerrada con llave, claro.
-Vamos, nena...

El tío se atrevió a bajarse pantalones y calzoncillos, quedando su pene al aire. Cerdamente, empezó a acariciárselo y procedió a masturbarse para que quedase erecto, apuntándome. Cómo podían pasarme estas cosas a mí? Por dios...

-Escucha... no sé cuanto cobras... pero es que ese vestido me pone muchísimo, y aún no he conseguido que una nena me la chupe. Hoy he cobrado. Estoy dispuesto a dejarme el dinero que debería haberme gastado en putas todos estos años en esa experiencia. Es en serio... Joder nena, me pones tanto...
-Ya... ¿y de cuánto dinero estaríamos hablando?

¡Ana Mar! ¿A ti qué coño te importa? ¡Si es un idiota perdido! y, ¿recuerdas que no eras una puta? ¿Por qué coño has tenido que decir eso? Al chico, por supuesto, se le iluminó la cara...

-De doscientos euros...

¡Doscientos euros! ¡En verdad era una pasta!... Pero, por suerte o por desgracia, yo no quería dar ese paso.

-Lo... lo, lo siento, pero no soy puta... de verdad, por favor, ábreme la puerta...
-Está bien, cerda. Que sean trescientos...
-...Trescientos? ...Podría verlos?

¡Joder Ana Mar!

-Claro... -en efecto el chico se sacó de los pantalones caídos su cartera, y allí dentro había muchísimo dinero. Colocó seis billetes de cincuenta sobre el lavabo. Demasiado real. Hora de marcharse.
-Ya... lo siento, de verdad, pero no puedo hacer eso. En serio, me abres? -ahora le hablaba sin dejar de mirar hacia su pene. ¿Trescientos euros por una mamada? Aquello era una burrada... y yo se la había chupado a tíos más feos, sólo por divertirme... y a ese tío no se la habían chupado nunca...

-Vamos... chúpamela por favor... cómeme la polla... tienes que ser una puta...

...y no me convenía caerle mal al camarero que nos iba a servir... y no me estaba abriendo la puerta, y yo no quería pelea...

...podría practicar una última mamada antes de impresionar a mi cita...

y... me acerqué a él. Le miré. Me sentía nerviosa, como alienada.

Me arrodillé, sin dejar de mirarle. Serios, uno frente al otro, sin mediar palabra. Trescientos euros... Su pene, erecto, quedó justo a la altura de mis labios, que relamí con mi lengua, sexy. Seguía sin estar segura de querer dar aquel paso, cuando quizás ya no cupiera la marcha atrás. Sin querer decidirlo, me acababa de ofrecer a esa felación, no sé hasta qué punto planeada. Y aquello convertía el momento en algo muy, muy caliente...

-joooder, sí... -gimió el chaval que no dejaba de mirarme, incrédulo

Excitada, dejé que mi mano agarrara su polla. La moví. Me sentí sexy mientras lo hacía. Y poderosa. Trescientos eurazos, me sentía muy, muy poderosa. El chico se adelantó, para llevar su glande hasta mi boca, que no aparté. Acarició mis labios. Saqué un poco mi lengua para devolverle la caricia... y aquello me calentó, me excitó... pero, por alguna razón, no me salía engullir ese miembro, y la mamada no comenzaba...





Impaciente, mi "cliente" agarró mi cabeza y, sujetándola, introdujo su pene, suspirando, paseando por mi boca y llenándola de aquel pene. Hasta entonces algo en mí había dado el paso, pero no lo había considerado dado. Aquel momento lo cambió todo. No había forma de excusar que se la estuviera chupando, entre mis dos mejillas había un pene que me llenaba hasta la garganta. Y lo peor, la forma en que lo hizo me volvía loca. Lo lamí.

Su pelvis se decidió a bailar, follándose mi boca. Gemí ante el arrebato del chaval, diciéndome "estás enferma, Anita" al tiempo que me aferraba a la polla que se encontraba entre mis dientes y la chupaba, acompañando con mi cabeza el baile mientras una de mis manos la masturbaba. Decidí probar una vieja técnica, idea de mi hermanito que había vuelto locos a cuantos hombres la habían experimentado. Consistía en ensalivar bien la boca, envolviendo el pene, y dejar después sonar esa saliva en un continuo "chup, chup, chup...". Sabía que me dejaba como una zorra, como una puta de las felaciones; en aquel momento, esa barrera estaba ya traspasada, así que sería perfecto...

No tardó en comenzar a sonar... Chup... chup... chup, chup... y joder, sonaba excitante...

-Dios... sí... -alcanzó a murmurar el hombre que se escondía tras el falo -me la estás chupando... oh, me estás haciendo esa mamada... sí...!!!

Sí chaval. Estoy comiéndome tu polla por trescientos eurazos. Aún no sé cómo he caído en todo esto. También me tienes encerrada. De alguna forma, también me estás violando. Mientras no llegues mas lejos, es caliente...

Chup, chup, chup... Ese pene se deslizaba cada vez mejor a través de mis labios, que se estaban llenando de mi propia saliva. Acuérdate de usar bien la lengua, Anita. Tus labios le calientan, tu saliva le excita, pero es tu lengua lo que le derrite. Y tú sabes bien cómo derretir a un hombre... Y así llegó el equilibrio, una puta mamada increíble, o al menos a mí me lo estaba pareciendo, que hizo que las piernas del chico se tambaleasen... que su corrida se acercase... y yo me excitaba en mi propia mamada... estás siendo una puta, Anita... una maldita puta...

Pero no quería ser una puta.

Si el chico se corría, todo estaría hecho. Habría sido una prostituta aquella noche. Y... y... sabría a semen cuando besase al cortado que ya debía estar esperándome... y... dios... estaba mal...

Vi que sus llaves sobresalían del pantalon que estaba tirado en el suelo...

-Oh sigue... sigue zorra... cómemela, puta... sigue...!!!

Como si hubiese entendido lo contrario, la puta no siguió. No era una puta. Mi mamada se detuvo dejando al chaval allí a las puertas del cielo, separando su pene de mi lengua mientras un poco de saliva goteaba de la comisura de mis labios, saliva que me quité pronto con la mano. Me miró. Puso cara de espanto. Jaja, el pobre estaba gracioso. Comenzó a masturbarse, en vano. Después de lo que le había dado, no conseguía hacer nada él solito. Comenzó a farfullar y a medio llorar. Yo saqué las llaves de su pantalón y, sin que él luchara por evitarlo, abrí la puerta del baño para marchar en busca de la auténtica presa de la noche. Es un mundo cruel, lo siento. Y esos trescientos euros hubieran sido un buen trofeo...
 
Sí... la experiencia me había puesto a cien, era cierto... y la mamada me estaba excitando... desde luego...

Quizás me gustaría haberla terminado... dios... me estaba apeteciendo tanto esa corrida cuando te he cortado...

Haber sido una puta... joder, qué excitante... qué ocasión...

Definitivamente, tenía que haber dado el paso... un affair transformada en prostituta... terminar esa mamada... me apetecía probar ese semen... no podría explicarlo...!!!

 Qué guarra eres, Anita.

Volví a entrar en el baño. El camarero seguía tratando de sustituirme con su mano. Me miró. Le sonreí. Me acerqué. Una de mis rodillas se clavó en el suelo. La otra, obediente, la imitó. Mis labios se encontraron de nuevo ante su pene, que besaron. Me bajé los hombros del vestido, hasta dejar descubiertas mis tetas. Las mismas que lo habían seducido. El chico se seguía masturbando; todo terminará pronto, cliente mío. Espero que te haya merecido el dinero...

Volví a besar el miembro que me exigía más labios, lo ensalivé para envolverlo con mi boca, haciéndole dar gracias al cielo... Con mi lengua, bombeé... Y ahora no me importaba hacer por completo de zorra... Una puta, Anita... ¿Habría hecho Lu alguna vez aquello? ...Chup, chup... chup...

Una clienta entró entonces, no había reparado en volver a cerrar el baño con llave. Me encontró arrodillada, con mis tetas fuera, adherida aquella polla, en ese movimiento de cabeza bombeante. Me volví para mirarla. Fue torpe por mi parte.

-Joder, me corro, me corro!!! -gritó el camarero.

Joder Ana, claro que se corre, lo estabas notando, ¿quién te mandaba dejar de chupar? Si había una cosa que no deseaba, era que su semen me manchase la cara, y traté de evitarlo. Dirigí mis labios de nuevo a finalizar su trabajo. Demasiado tarde. Su corrida brotó desenfrenada saltando sobre mis párpados hasta que mis labios, como pudieron, consiguieron alcanzar aquel glande y dejar así que mi boca engulliese el resto. Un gran espectáculo para nuestra invitada... Torpe Anita, me dije con aquel semen resbalando por mi cara o escapando de mi boca...

Torpe y puta, Ana.

Cómo nunca llegué a ser un ángel (I y II)

-I-



Tener amigas que estén como un tren tiene más inconvenientes que ventajas. Sobretodo si tú eres también una chica que, noche tras noche, ha de acostarse con cualquier hombre de cuantos conozcan que no sea “el que está bueno”, el que ella disfrutará. La muy zorra...

Da igual que tengas unas tetas jóvenes y suaves, y que casi las regales con tu escote. No importa que tus palabras insinúen abiertamente que tu boca se vende fácil a las pollas, como si fueses una ninfómana desesperada. Porque los tíos, mil veces odiosos, ya han decidido que “el premio” es mi amiga mucho antes de entrarnos. Y yo, que a mi parecer estoy de muy buen ver, no tengo mayor alternativa que convertir en afortunado a algún segundo plato que, encima, hubiera preferido acostarse con ella. Es tan odioso!!!!


Tan sólo en una ocasión nos cruzamos con un grupo de tíos en el que fueran dos, y no sólo uno, los pivones que estaban para comérselos. Y se los llevó, cómo no, ella. Sí, a los dos. Aquella noche le romperían el culo en una de tantas fantasías que yo sólo experimentaré cuando ella me las cuente. No he conocido hombre con el que valga la pena el sexo anal, pero es que aquellos dos tíos... Uf!! En fin, socorro.


Su nombre es Lucía, el mío Ana Mar, y sería esta “rivalidad” de la que ni siquiera sé si ella era consciente la que nos adentraría en la mayor aventura de sexo a la desesperada de nuestras vidas.

Todo comenzó un muy caluroso Martes del mes de Julio, en la playa. Habíamos decidido marcharnos juntas de vacaciones, las dos, solas. La mayoría de nuestras amigas tenían ya pareja estable, y estaba un poco de moda criticar nuestra costumbre de no dormir solas. Allá ellas. Rodeadas de sus “chicos encantadores”, me figuro que la condena de un sexo con dos miembros pasivos había caído sobre todas, y se les notaba en el humor.

Tumbadas en una hamaca, pronto nos sentimos devoradas a miradas (lo que, Dios lo sabe, nos encantaba). Las dos morenas, Lucía escultural, ojos verdes, labios finos, cuerpo en forma, y aquellas piernas maravillosas, y yo, de desgraciados ojos marrones, menos delgada, aunque mis piernas tampoco estaban mal; sabíamos que todos estos detalles pasaban desapercibidos. Miré con envidia los pechos del ángel que estaba tomando el sol a mi lado. Eran enormes. Parecían duros, como si la gravedad no los derrotase, redondos, ardientes, alucinantes. Recordé la ocasión en la que, borrachas como nunca las dos, comenzamos a besarnos en mi casa, calientes perdidas. Continuamos desnudándonos, y, loca de morbo, empecé a lamérselos. Dios, me sentí MUY lesbiana. Ella acabaría tirándose al capullo de mi hermano pequeño en mis jodidas narices, sin que casi me importara. Recordé cómo, sentados ambos en el sofá, Lucía lo cabalgaba de aquella forma salvaje. Cómo le bailaban esas tetas. Arriba, abajo, hipnotizantes, mágicas, embelesando a mi afortunado hermanito, que cumplía los 18 años y apenas le duró unos minutos. Jaja, fue incluso gracioso cómo, después de haberse corrido, le pidió completamente arrepentido de haber dejado pasar la ocasión que intentase chupársela, que sólo un poquito, mientras ella pasaba completamente del tema. Creedme que os gustaría saber cómo terminó todo, como le gustó a él también... pero no he venido a contar esa historia.

Detrás de nosotras, un grupo de chicos un poco más mayores, de unos veintitrés o veinticuatro años, jugaban a una especie de “mini-fútbol” playero y nos miraban de una forma descarada. Me volví un poquito, por curiosidad. No estaban mal, bastante atléticos. Dos de ellos se encontraban apartados, uno estaba escribiendo algo. La incertidumbre me invadió, quería atenderles mejor. Me puse, disimuladamente, a hacer que tomaba el sol boca abajo, con las gafas de sol puestas, para poder así mirarles de una forma discreta.

El chico que escribía, sentado en una especie de banco de piedra que marcaba los lindes de la playa, estaba tremendísimo, tenía un “algo” que me atraía, y el chico que le acompañaba, de pie, tampoco se quedaba atrás. Vi que nos miraban, en especial el segundo. Me entró un pelín de excitación, no sexual, eran nervios, ya sabéis, y me desabroché el bikini para corresponderles, sin dejar de quedarme boca abajo. Tenía que combatir de alguna manera contra la delantera con que Lucía les deleitaba. Puta.

Pronto pude comprender más o menos la escena. El escritor parecía animar a su amigo, que se veía cortado, a algo, y me figuré que mi amiga, yo y nuestros cuerpos tenían algo que ver. Ya lo creo, pronto pasarían a nuestro lado, y el cortado se agacharía un poco para dejar a mi lado la nota que yo sabía que había salido de manos del escritor. Discretos, se metieron al agua sin mirar atrás, dejando que cogiese el papelito sin tener que cohibirme, un detalle. La nota decía:

“Sería capaz de recorrer un mundo entero si supiese que, al llegar, me estuviera esperando tu precioso cuerpo de mujer, así, desnudo, cubierto por, afortunadas las manos, la crema que ahora te nutre, bajo este sol que te deslumbra, y en esta playa que te acoge. Pero tú estás aquí, y, por hoy, no necesito de hazañas para convertirme en el hombre más afortunado del planeta.”

-Jaja, tía- no pude evitar contárselo a Lu (Lucía) -mira lo que acaba de dejarme ese pavo-

Lo leyó, y no tardó en poner cara de rechazo -Mira que algunos están salidos, ¿eh? ¿cuál de los dos ha sido?-

Dios, increíble. Creo que ella se había fijado ya en ellos. Probablemente en el escritor, el chico con ese “algo” que no sabría cómo describir pero que parecía capaz de convertir en realidad todos tus sueños, o al menos los húmedos. Y que esa cara de rechazo se debía a, no sé cómo no me había percatado, ¡que me hubiesen dejado la nota a mí! ¡a mí, a Ana Mar, a la chica-que-no-estaba-al-nivel, mientras Lu se tumbaba al sol con todos sus encantos destacando! Estaba decidido: El chico me había encandilado. El escritor, claro. Y por nada del mundo iba a dejar que Lu se lo anotase esta vez.

-El más rubio, el alto- respondí señalando al cortado y omitiendo el resto de la historia
-¿El rubio? ¿Sí? Oye, pues no está nada mal eh?-
-No, la verdad es que no, ¿no crees?- Le seguí el rollo, aunque su tono ahora me desconcertaba. Por favor, estaba claro que el Escritor era carne de polvazo, pero ella parecía, de verdad, no fijarse.
-¿No vas a devolverle una nota tú, o algo?- me lanzó -tía, esas palabras tienen morbazo.-
-No lo sé, tía, no lo sé! Me lo pensaré. La verdad es que parece divertido!- hablábamos como locas, formaba parte del rollo.
-Deberías volver a ponerte boca arriba- me dijo -las tetas siempre atraen más que las espalda, Anita, que pareces nueva!-
-Jaja, tú y tu mente calenturienta, guarrona! Quizás tengas razón!-

Comencé a abrocharme de nuevo el bikini...

-No! Tía, no seas tonta!- me interrumpió -desmelénate, Anita, que estás en una playa joer!-
-Jaja, pero tía, me pides que deje todas las tetas fuera ahí? Cómo te pasas no?- (sí, la idea me encantaba)
-Oye, pero dijimos que veníamos a disfrutar o qué? Caliéntales con esas tetazas tuyas, que tienes ya una edad, y esa belleza hay que aprovecharla!-

Recordé por qué éramos amigas, sonreí y pensé que, acabara como acabara la cosa, la idea de que no sólo el escritor y el cortado, sino tantos otros desconocidos que nos rodeaban, se pasasen la mañana muertos de ganas por sentir mi senos y soñando con follarme hasta extasiarme sudada, se me antojaba divertida. Claro que sí. Me volví con mis pechos desnudos. No serían los de Lucía, pero no estaban nada mal. Ahora me moría de ganas porque el escritor regresase a la playa para encontrarse con su carnoso regalo.

Los minutos pasaron con los chicos en el agua, el sol me relajaba demasiado, y no pude evitar caer dormida. ¡Maldita tonta!

-Tía!- me despertaría Lu -tía, tía, despierta! No te lo vas a creer! Los chicos nos han traído bebida!-

Desperté. Apenas pude creerme lo que me esperaba. Inclinada sobre mí, despertándome, estaba Lucía. Su pelo negro, que caía sobre su espalda. Sus ojazos verdes. Aquella nariz moldeada, aquella boca tan sexy y... sus increíbles tetas, bailando desnudas, sin bikini como las mías. Arpía, ¿cómo no iban a traernos nada con aquellos melones seduciéndolos? Así como estaba, inclinada sobre mí, sus pechos, morenos, colgaban arrejuntados, y sus pezones, mágicos, quedaban a unos centímetros de mi cara. ¿Lo peor? Que me encantaban. Que me parecían una forma genial de despertarme. Que me moría por besárselos. Por lamérselos. Por dejar mi boca a su servicio y dar a mi lengua su contacto. La envidia me corroía, me sentía traicionada por saber que Lu había seducido a mi aventura, pero también, y esta vez sin estar borracha, me sentía un tanto lesbiana.

-Bua, Anita, estabas tan espectacular ahí con las tetas al aire que me has dao envidia y me he quitao yo también el bikini- me dijo haciéndose la tonta. En su mano, la bebida. Martini. Así, en botella. ¿Cómo podía haberlo aceptado? No era propio de Lucía.
-Mira, es martini. Iba a rechazárselo, ha venido el rubio a traértelo con bastante desparpajo, supongo que ellos también se han metido alguna, pero me he acordado de que te estaba molando, de que éste es nuestro verano y, jiji, le he dicho que sí!- dijo como leyéndome la mente

Joder, Lucía. Si se estaba haciendo la tonta, lo hacía muy bien. ¿Cómo podía no haberse fijado ella en el guapo escritor? Y, sobretodo, ¿cómo montármelas para tirármelo sin que ella se fijase por el camino? No podía permitirlo. El hecho de que centrase su atención en el cortado me daba cierta ventaja: tendría que explotarlo.

-Trae aquí!- le dije cogiendo la botella -puta locura!-

Comenzamos a beber. En la botella no nos esperaba martini. No sé qué habrían metido, pero estaba casi tan bueno como el escritor. Después comprobamos lo rápido que se subía, mientras los chicos nos miraban ya descaradamente y descojonándose. Lu y yo comenzamos a decir cosas tontas y a morirnos de la risa. Aún sonrío al pensar en lo que pasaría por las cabezas de la gente que nos rodeaba, allí, un martes por la mañana, con aquellas dos chicas borrachas y desnudas diciendo tonterías y riéndose. El espectáculo estaba por comenzar.

-Oye Anita! Que me doy cuenta de que llevo más de una hora aquí con las tetas de paseo y se me ha olvidado darme crema!- dijo con especial tono de tonta
-Joder! Y a mí! Dónde tienes la crema?- no era momento de que se me quemasen, no era el puto momento!
-Aquí, en la bolsa!-

Cogió la crema, y se echó un chorrito sobre una de ellas.

-Tía...- me dijo entonces, con un tono muy, muy sexy -¿no quieres calentar un poco a tu ligue?-
-jaja, tía, qué dices...-
-bueno... digo que...- su voz era sensual -podíamos darnos la crema la una a la otra...-
-jajaja, tía!!!!!- dije escandalizada. Teníamos que estar muy, muy borrachas. Para colmo, hablábamos muy alto, y la gente nos miraba.
-Vamos... Como si no tuvieras confianza ya con ellas... eh, Anita?-

Joder, qué picante. Aquellos senos, con un poco de crema en uno de ellos, pidiéndome que los sintiera. Me llamaban, me atraían, me gustaban.
-Está bien, pero si lo hacemos sexy... lo hacemos sexy- le dije sonriendo. En ese momento no estaba pensando en calentar a los chicos. Estaba pensando en las tetas de Lu. En tocarlas. En masajearlas. Y quería hacerlo, quería hacerlo a conciencia, quería disfrutarlo. Cualquier excusa que me ayudase me iría de lujo.

Me arrodillé sobre ella. Sobre su cuerpo tostándose al sol. Ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás. Estaba metida en su papel... Y la confianza con la que se abandonaba a mis manos me encantaba. Comencé a tocárselas en un tórrido masaje. Suaves y firmes, cómo las envidiaba, su sólo tacto ya me estaba volviendo loca. Pero quería más. Quería volvérselas a besar. Como aquella noche en que mi boca había conocido por vez primera los pechos de una mujer y la polla de mi hermanito. Sabía que era imposible, rodeados de gente, y cubiertas ya de crema, pero quería lamérselas otra vez. Lucía, además, ponía cara de concentración, como si lo disfrutara. “Finge por el jueguecito del rollo sexy” pensé, pero no. No, había caras muchísimo más sexys, y Lu las dominaba todas. Estaba sintiéndome. Estaba disfrutanto, como yo también hacía.

Me acerqué a su boca. Sentí sus labios cercanos a los míos. Quería besarla. Quería besar a Lucía. A la mujer de ensueño que hipnotizaba. Sentí incluso celos por cuantos hombres habían pasado por esos labios. Quería sentirlos. Pero no estaba tan borracha.

-Lu, no sabes cómo me encanta tocarte las tetas...- parece que sí que estaba suficientemente borracha como para soltar eso. Me arrepentí enseguida... Me miró raro.
-Pero qué dices tía?-
-Joe, no sé, tan blanditas, tan...-
-Jaja, tía, estamos hechas unas lesbianas que lo flipas...- me respondió

Un momento: ¿Cómo? ¿Estaba declarándome abiertamente que no le molestaba? ¿Incluso que, a su manera, a ella también le excitaba? Joder, tenía sentido, era ella la que me había propuesto todo este lío de sobarnos, pero... uf, sería demasiado caliente.

-Es tu turno, Anita-

Me levantó y me hizo tumbarme en mi hamaca. Sus ojos brillaban. Humedeció un poco los labios con su lengua. Lu, me estás poniendo a cien. A mil. A cienmil. Joder, Lucía, si fueras un hombre, comenzaría a chupártela ahora mismo. Lo disfrutaría. Fingiría que lo disfrutaría aún más. Te destrozaría con mis ojos, te follaría con mi lengua, y después... por dios, desearía que tuvieses ganas de mí. De metérmela, de hacérmelo, de cabalgarme, de torturarme a placer. De escucharme gemir como una puta, sobar mis tetas, sujetarme contra la pared y terminar con tu boca en mi vagina. Y ambos seríamos felices. Pero eres una mujer, y no sé qué hacer contigo. No sé jugar como lo hago con los tíos. Ni como tú lo haces conmigo.

En lugar de arrodillarse a mi lado, se subió también en mi hamaca, colocando sus piernas a ambos lados de mi cadera. Su cara expresaba deseo. No pretendía “darme crema”. Tampoco fingía ante los chicos. Quería meterme mano. Quería conocer mis tetas como yo lo había hecho con las suyas. Estaba deseando mi cuerpo. Lu, la chica increíble, me consideraba a su nivel... y yo me sentía feliz. El atrevimiento con el que me trataba indicaba que se le había subido más aquel “martini” que a mí, pero no me importaba. Quería disfrutar con aquello.

Imagináosla. Se echó crema en una mano. Comenzó a masajearme con las dos. Sus brazos, en esa postura, aprisionaban sus tetas que salían, turgentes, deslumbrantes. Sus manos me estaban acariciando a placer. Cerró los ojos, mirando hacia el cielo en una expresión de placer.

-Anita... no sabes cómo me estás poniendo...-

Como me pones tú a mí, jodida.

-Anita... me estás matando...- decía aquella especie de sueño que se sentaba sobre mis caderas.

Comencé a humedecer la parte inferior del bikini. Lucía...

Se inclinó sobre mí. Apoyó sus codos sobre la hamaca. No hace falta mucha imaginación para saber que sus senos se encontraron con los míos. Wow. Nuestras tetas, húmedas por la crema que acabábamos de ponernos, se conocían ahora por vez primera. Lucía seguía con sus ojos cerrados, y comenzó a mover esas tetas maravillosas. Hacia arriba, hacia abajo, en círculos...

Cerré los ojos. Nuestros espectadores estaban ya atónitos. La sentí. La sentí con todo el placer del mundo. Nuestras tetas se estaban besando. Se estaban deleitando. Joder, Lucía y sus tetas. No me cansaba de pensar en esa palabra. Las tetas de Lu. Las enormes e increíbles tetas de Lu.

Sentí su aliento cerca de mi boca. Abrí los ojos, y allí estaban los suyos, encendidos. Mi vagina se humedeció más si cabe. Y así, con su cuerpo desnudo recostado sobre el mío, comenzó a besarme. Esa boca, Lu... no puedes imaginarte cómo me gustó. Primero juntaba sus labios con los míos, en cálidos besos. Luego comenzaba a jugar con cada uno de mis labios. Cuando fue su lengua la que entró al juego, quedé desarmada. Quería que aquel beso nunca terminara. Mi lengua estaba disfrutando la suya, mis labios también, y no podía dejar de pensar en el roce entre nuestros pechos. Nos besábamos, nos saboreábamos. El beso era cálido, era suave, dulce cómodo, excitante. Un beso de mujer.

Entonces Lu comenzó a lamer la comisura de los labios. Sentí cómo me derretía. Mi amiga era una profesional. Y su juego no había terminado.

Se apartó un poco, se recostó a mi lado, sin dejar de pasar su lengua por mis labios. Una de sus manos quedó libre, y comenzó a acariciarme el ombligo. Lu, dime que no estás pensando en eso...

Su mano siguió acariciándome. Tranquila, paciente, como nunca lo había hecho la de ningún hombre. Lu...

Alcanzó la braguita del bikini. Lucía, acabarás conmigo...

Y así, metió su mano y comenzó, suavemente, a masturbarme

-Joder Anita, guardas un trozo de mar aquí abajo?- dijo al sentir la humedad en mi vagina
-No me separes de tu lengua, Lucía- dije lanzándome de nuevo a reclamársela, loca

-Eh! Vosotras!!! Joder, dónde coño os creéis que estáis???-

La voz de un tío, alta, poderosa, nos devolvió a la realidad. No era otro de nuestros espectadores, ya idiotizados. Parecía una especie de guarda o algo. Se acercó hasta nosotras.

-Dios mío, sois lo que me faltaba por ver. Si supierais la multa que os puede caer por esto... Mirad, escuchadme, a vuestro alrededor no hay más que tíos jóvenes, y os voy a perdonar porque no creo que les hayáis molestado precisamente, pero quiero que os larguéis ahora mismo de mi playa, vale chicas?-
-S..Sí, sí señor agente (no creo que fuese ningún agente, pero es lo que me salió), ahora mismo... por supuesto...- me moría de envidia. No así la borracha de mi amiga.
-Pero señor agente... si está empalmadísimo!-

En un rápido movimiento, Lu bajó los pantalones del agente. Desde luego que estaba empalmado, estaba empalmadísimo, cómo no iba a estarlo. Lucía soltó una risita y se metió su pene en la boca. De inmediato, comenzó a mamársela. Maldita profesional. La aparté enseguida como pude.

-Dis... ¡Disculpe señor agente! Es que mi amiga está... está muy borracha... y...-

El guarda no reaccionó, se había quedado paralizado. Así, me apuré en levantar a mi amiga, coger la bolsa y, con las tetas al aire aún las dos, salir de la playa. Una vez fuera, me dijo picantona:

-Espera! Espera!- Se puso a hurgar en la bolsa. Cogió la nota del chico y un boli, y corriendo, anotó mi número de teléfono y se fue corriendo hacia el cortado
-Lucía no!!-

Tarde. El cortado me miró como diciendo “no pasa nada”. La verdad es que, sin ser el escritor, no estaba nada mal. Entonces recordé a mi amor del día. El masculino, al menos. El que tenía “algo”. Ya lo creo que lo tenía. Tenía novia. A su lado, una chica que parecía acabar de llegar lo abrazaba mientas nos miraba con cara de asco. Una maldita novia. Sonará mal, pero este es un relato de confesiones: aquello me enamoró del todo de aquel desconocido. Del escritor. De mi escritor.



-II-


El cortado me llamó al día siguiente. Su nombre era Raúl. Quería saber si me gustaría tomar algo con él. Valiente gesto, llamarme después de un día de borrachera en el que era consciente de que me había visto montándomelo con mi amiga. Tuve que hacerme la tonta, no estaba sola en el hotel. No es que durmiera con Lucía...

Cuando salimos de la playa, estábamos mojadísimas. Y aún en tetas. No sabía si Lucía querría seguir con el juego en la habitación, pero ahora me daba algo de corte y ni siquiera sabía si lo deseaba. Dos tíos pasaron, mirándonos, como toda la calle. Uno de ellos estaba bastante bien, el otro era más bien feote.

-Tía, necesito polla- me dijo Lu, pedo perdida -y este señor tiene pinta de tener una bien deliciosa- dijo agarrándose (sí, desnuda) al guapo. Me resigné. Yo también la necesitaba. No había dónde elegir, así que me quedé con el feo. Una vez en la habitación, desinhibida por el alcohol, le dejé las cosas claras.

-Si estás aquí, es porque mi amiga me ha puesto a cien y necesito desfogarme. Eres un cabrón afortunado, y tu papel esta noche es el de darme placer. Me parece bien que lo disfrutes, por qué no, pero esto es para mí, no trates de cumplir todos tus sueños ahora. Apagaré la luz. Me comerás el coño. Lo harás a conciencia, además, más te vale hacerlo bien, porque pienso correrme mientras lo haces. Si después me apetece, follaremos. Tú te pondrás encima, y me trabajarás. No me beses en la boca, no me gustas. Bésame lo que quieras, excepto la boca-

Puede sonar duro aquí escrito, no lo sé. Sé que estaba pedo, y que a él le sonó a cielo. Un gemido de mujer llegó desde la habitación de Lucía.

Apagué la luz. Me desnudé, cerca suyo. Sin tocarle, haciéndole sentir que me desnudaba. Desabroché su camisa, botón a botón. Seguía sin tocarle en exceso. Sus pantalones... Hacía mucho que no desabrochaba unos pantalones sin proceder a una mamada. Cuando follaba por impulso, por calentón, que eran las ocasiones en los que no cabía el sexo oral, solían desabrochárselos los tíos solitos. Creo que mi invitado lo notó, y supongo que cruzó los dedos. No, no estaba para comerle la polla ahora, estaba decidido. Le cogí la cabeza.

-Ven aquí- le dije, tumbándome en la cama y hundiendo su cabeza entre mis piernas. Intuitivo el chico, se puso a lamer. No lo hacía muy bien. Le cogí la cabeza. No pensaba quedarme sin disfrutar de aquello, y comencé a movérsela según me apetecía. Una vez comencé a disfrutar, el calentón olvidado en la playa regresó instantáneamente. Pensé en Lucía. Pensé en Lucía y en su lengua. La imaginé entre mis piernas. Sí, no era el desconocido el que me estaba dando aquel momento. Era Lucía. Vamos, Ana, concéntrate. Ví sus ojos de mujer mirándome, lujuriosos. Sus labios. Su lengua recorriendo el interior de mis muslos. Comencé a calentarme. Arriba, abajo, Lu besaba mi vagina con deseo, con placer, y su lengua jugaba conmigo. Sus tetas bailaban mientras lo hacía, sus ojos contemplaban bailar a las mías.

-Sí, Lucía, sí, por Dios, sigue...-

Aquello calentó al tipo, que aceleró el ritmo. Lucía había cerrado los ojos, comía con ansia mi coño, con placer. Me miró. Sonrió. Siguió lamiendo. Su lengua, arriba, abajo, húmeda, suave, como el beso, pero en un lugar muchísimo más increible, lamía, me miraba, sonreía, sus tetas seguían bailando, Lucía se excitaba, se entregaba a esa vagina.

-Sigue!! Sigue!!!! Sigue!!!!!-

Su cara lujuriosa se hundió por completo entre mis muslos lamiendo con ansia. Me moría. Bajé mis dedos para ayudar. Pero no eran mis dedos. Eran los de Lucía. Loca, me besaba, me enloquecía, me disfrutaba. “Joder Anita..” dijo antes de volver a lanzar su boca para comerme el clítoris, los labios, para meterme sus dedos, para masturbarme, qué manos, qué boca, dios mío, Lucía, sigue.. sigue...

-Ah!! Ahhh!!! Sí!! Síiiiiiii!!!!!-

Me corrí. Me corrí con ansia, con fuerza. No había sido la mejor comida que me habían hecho, pero mi imaginación había puesto el resto. No sabía si ahora me apetecía que aquel tipo me follara. Me pareció mal cortarle. Supongo que sintió mi invitación, porque subió y comenzó a besarme las tetas. Definitivamente, su boca no tenía ningún don.

-Cariño, si no quieres que se me vaya la líbido por los suelos, creo que es el momento de que me la...-

“Metas”. No me dio tiempo ni a terminar la frase. Su polla me penetró casi sin permiso, vulnerando toda intimidad. ¿Polla? Pollón. Joder. Joder! Me la sacaba y me la metía, vaya miembro! Dios! Quedaba alucinada a cada viaje. Aquel tío había conseguido sorprenderme, y fue una sorpresa más que maravillosa. Sí, sí... Miré hacia mi amante. A oscuras, no se le veía la cara. Pero yo sabía quién era. Era el escritor. Era aquel pedazo de hombre que había dejado en la playa, sobre mí, rozándome, deseándome, metiéndomela, acostándose conmigo. Echaba en falta más violencia, quería que me destrozara, pero el cielo sabe que aquella polla me lo estaba haciendo gozar.

-Dios, sí...- dijo el hombre.
-Cállate- su voz no le quedaba bien al escritor -y sigue follándome, cabronazo, sigue follándome!-

Eso le animó, y sus embestidas cobraron más fuerza.
-Sí joder, sí. Métemela! Métemela! Métemela!!!!- gritaba como una desgraciada. El escritor, con ojos profundos, disfrutaba de mi cuerpo, pero lo hacía a un nivel diferente. Tranquilo, reposado, y violento de igual manera, dejaba que mis piernas le abrazaran, que mi voz le sedujera, que mis pechos le traspasaran, mientras me miraba con complicidad. Era increíble. Era un hombre. Un hombre, como no había conocido a ninguno.

Comenzó a besarme las tetas. Sí, por favor, sí. A chuparlas, a lamerlas. No lo hacía de la forma en que lo hacía el escritor en mi mente, pero no me importaba. Subió por mi cuello. Su pene seguía entrando y saliendo de mi cuerpo, calentándome, disfrutándome, follándome. Follándome, siempre me encantaba esa palabra. Follándome como solo el escritor sabía hacerlo. La temperatura subió. Comenzó a besarme el cuello, la oreja. Era guapísimo, diferente, masculino. Su polla, enorme. Y me estaba follando!!

Me besó en la boca. Se saltó las normas. Pero era el escritor, y me volvió loca que lo hiciera. Loca.
Solté un gemido de placer mientras le devolvía el beso. Le abracé. Le sentí. Sentí su musculado cuerpo, sentí su deseo, sentí sus brazos, sus piernas, su culo. Y esa polla, por favor, esa polla que me estaba matando, que no paraba de entrar y salir de mí.

-Sí!! Por favor, sí!!! por favor!!!-

El orgasmo llegaba, deslumbrando sobre cualquier otra parte de mi ser. Mi lengua estaba en su boca. Mis tetas se frotaban con su cuerpo. Mis piernas envolvían su cadera. Y así, en una increíble explosión de placer. Llegó. Me corrí. Me corrí con toda mi alma, entre gemidos. Sí, escritor. Desde luego que es amor lo que me estás dando. Y lo que te daré yo a ti.

Insatisfecho, el pene de mi amante seguía reclamando mi cuerpo. Encendí la luz. Se lo había ganado. Sin embargo, para mí no dejaría de ser el escritor. Lo senté en la cama. Me arrodillé ante él. Obediente, seguía sin decir una palabra. Pude ver su pene. No era tan grande, después de todo, quizás la imaginación hubiese puesto lo demás. Comencé a chupársela. Capullo afortunado, mi amante se deleitaba en mi entrega al escritor., y si algo sabía hacer, era mamar una polla. Demasiada práctica. Demasiados hombres, demasiados penes, demasiada confianza con mi hermano como para no repetir, y siempre las mismas reacciones. Mi lengua se entregó. Acariciaba su capullo, lo chupaba, lo lamía, lo mamaba. Me entregaba a mi Shakespeare con la intención de inspirarle más que sus letras. Chupaba, humedecía, seguía chupando. Volví a calentarme. Tumbé aquel cuerpo.

Empeñada en no ver otra cara que la de mi escritor, me senté sobre el, de espaldas, y me estiré hasta que mis tetas quedaron a la altura de su polla y mi culo frente a su cara. Así, mis senos envolvieron aquel pene, haciendo que mi acompañante se derritiera en el acto. Ver mi culo bailando mientras lo hacía no solía desagradar tampoco a nadie...

Me recosté más. Ahora, su pene quedaba bajo mis labios, y mi vagina sobre los suyos. Lo que son los escritores, no tardó en acudir a él la inspiración. Comenzamos el sesentaynueve. Yo chupaba y chupaba, como si algo me atrajese en aquel miembro erecto. Lamía, lo recorría, lo conocía. Lo saboreaba. Mi boca subía y bajaba, enloqueciéndole. Sentí que su eyaculación se acercaba. Jodido tío feo, apuesto a que no olvidarás esta noche. Comenzó a correrse, y dejé que su semen se lanzase sobre mis tetas. Les encantaba. Pero había algo que les gustaba aún más. Hice que necesitaba quedarme algo de aquel semen, lamerlo, y lancé de nuevo mi boca sobre la polla de mi Oscar Wilde, terminando mi mamada mientras él terminaba de correrse. Aquello me calentó muchísimo, y sentí acercarse a mi tercer orgasmo de la noche. Comencé a mover mi entrepierna, restregándola contra su lengua con mayor habilidad de la que él tenía para lamérmela. Sí, así sí, así sí!!. Se acercaba. Venía. Tras los dos anteriores, casi parecía algo natural. Alcé la cabeza. Gemí. Grité. Y me corrí.



El tío amaneció en mi cama. De repente, me parecía aún más feo. Y entonces llamó Raúl, el cortado. No sabía muy bien cómo encarar aquello.

-Sí, claro que quedaremos, por qué no?- le respondí -pero tú y yo solos, vale?-

Accedió. Yo ya tenía un plan. No iba a cejar en mi empeño por que mi aventura con el escritor trascendiese la imaginación. Pero iba a ser complicado. Tenía novia. Sin embargo, eso lo convertía en un hombre heterosexual. Sabía cómo lidiar con esa especie. No tan bien como Lu, pero sabía hacerlo. Y, con el cortado de trampolín, Shakespeare acabaría deseando mis tetas antes de que terminasen las vacaciones. Encantada.

El ligue de la noche anterior se había metido ahora en la ducha. Seguía sin decirle palabra. Me metí en el baño. Apagué la luz. Me metí en la ducha. Me arrodillé. Comencé otra mamada. Pero esta no era de premio. Ni el resultado de un calentón. Sería una mamada lenta. Una mamada profesional. Mi lengua se quedaría sin un centímetro que besar, y su pene sin una sensación que conocer. Lo haría delicioso. También me gustaba esa palabra: Delicioso. Sí, simularía que el pene lo era, y le correspondería. Llamadme puta, pero saber hacer aquello formaba parte del plan. Con la luz apagada, no tenía que preocuparme por la expresión facial. Era un error. Encendí la luz. El pobre chico estaba perplejo. Retomé mi mamada. Esta vez no dejé de mirarle. De sonreirle. Sería una mamada larga. Sería una mamada increíble. Al mirarle, no dejé de ver al escritor. Sí, se la estaba chupando a mi amante, y se la chupaba de vicio. La envolví entre mis tetas. El chico gimió. El agua caía sobre nuestros cuerpos, haciéndolo todo mucho más placentero. Me la metía, me la sacaba, jugaba con ella, sin darle tregua. Gemí. Chupé. Sentí cómo se acercaba su orgasmo. No quería que la ducha de ese tío se extendiera, y opté por, esta vez, devorarlo todo. Lo tragué. Él se dejó caer sobre el suelo. Me sentí satisfecha. Tenía la habilidad con un pene entre mis labios. La necesitaría si quería alcanzar mi meta.