El Juego – Labios




"Ploc, plic, pluc". El sonido de un dado al rodar. Toda mi expectación concentrada en sus rebotes. Cruza los dedos. Un dos. "Fantasía, Gabri", me dice ella, leyendo lo que marca la casilla en la que a mi ficha le toca colocarse. "Has de contar una fantasía que hayas tenido con alguno de los otros jugadores". En esta ocasión, la elección es imposible: Tan sólo jugamos yo y ella; Labios. Tampoco puedo optar por la artimaña o discreción: El alcohol embauca mis venas, y me muero de ganas por escuchar en voz las morbosas imágenes que a su libre albedrío se pasean por mi mente.


-Cualquiera que te incluya chupándomela, Labios -le confieso, agradecido por la ocasión al juego -No me importa si estamos solos o entre gente, en la ducha, la cama, el sofá, o el trabajo. Ni siquiera te necesito desnuda. Tan solo deseo verte arrodillada, adherida a mi falo, dios, ya sabes, mamando desesperada, bebiendo saliva, y haciéndolo muy despacito, largo...
-Toma ya, vaya -responde ella, en un tono desenfadado, aún más tocada por la bebida que yo -No nos curramos demasiado las fantasías ¿eh?
-Mónica, quizás sea el momento de confesarte por qué te llamamos Labios...
-Ah... -remolonea -¿no es porque siempre los lleve pintados en colores extraños?
-Uff, no, Mónica, me temo que no...

Ella sonríe. Yo hablo. "Es por tus amantes, Labios" sentencio. "Tan sólo hablan de tus mamadas. De tu lengua. De esos labios, como si no existiese otra cosa que gozar cuando se meten en tu cama. No hablan de tus pechos, ni de tu culo, ni siquiera de tu gemir o tus caras ocultas, como es habitual al hablar de las mujeres y sus orgasmos. Sólo del momento en que por fin te arrodillas entre sus piernas para ofrecerles tu besar. Con lo terriblemente buena que estás, Mónica, y ellos siempre exaltan lo mismo, las jodidas mamadas de Labios; ni te imaginas el morbo que adquiere a cada historia la idea, ya de por sí asesina, de imaginarte chupándonosla. Sumado a lo simpática y cariñosa que eres... joder, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Mónica y su boca es lo único en lo que piensan los amigos que se van a casa solos cada sábado."

No deja de sonreírme.

-Ya lo imaginaba -confiesa con travesura -Es genial para las citas, no me lo arruines, yo seguiré haciéndome la tonta, y tú simularás que no me lo has contado.

Me enamora. Me perturba. Y le toca tirar los dados...



Aquella noche, en principio, no iba a quedar con ella. Tenía una cita con una compañera de trabajo, y nuestros planes iban por caminos desgraciadamente separados. Como me suele pasar, para cuando dieron las dos de la mañana la cita había hecho aguas: Andábamos de bar en bar, de calle en calle, desentendidos y sin esperanzas; era difícil, no congeniábamos. La monotonía se rompió cuando una voz histérica de hombre estalló en la calle en la que nos encontrábamos para dejarnos a todos callados.

-¡¡¡Puta!!! ¡¡¡Te mato!!! ¡¡¡Yo te mato!!! -exclamaba con fervor, gritando.

El tío corría poseído, calle arriba, terriblemente cabreado. Me giré para buscar de forma instintiva lo que quiera que esperara en el otro lado.

Increíble, no podía ser. Era ella. Era Labios.

No lo dudé, y me interpuse en el camino entre ambos.

-¡¡Guarra!! ¡¡¡Voy a matarte, puta!!! -vociferaba el capullo, descontrolado.

No podía creer que yo fuese el único con intención de pararlo. Trató de esquivarme. Lo paré. Era mucho más fuerte que yo; pero también estaba muchísimo más borracho. Me miró poseído en rabia, frustrado. Quizás me hubiese acojonado de no haber sabido que también Labios me estaba mirando desde el otro lado. Su puño se disparó, con intención de golpearme; Bruto y torpe, fue muy fácil esquivarlo. Mi contragolpe, parece ser que no tanto. Conseguí impactar en su cara. Su nariz crujió, y mi adversario se tambaleó no sé si por la ostia o por borracho. No importaba. Repetí. No es que sea un hombre de gimnasio, pero algunas clases prácticas de lucha me han enseñado a dar como se deben dar los puñetazos. Conseguí llevarlo hasta la pared, a ostias. Repetí el golpeo, esta vez no en la cara, sería pasarme: Él estaba derrotado, y yo tan solo debía terminar de intimidarlo.

-Como vuelvas a acercarte a mi amiga, será lo último que hagas, ¡¿me oyes?!

Trató de lanzarme una vista desafiante, pero ya nada lo salvaría de haber sido humillado. Su nariz sangraba; sus ojos se perdían; apenas podía pantenerse en pie.

-¡¡¿Me oyes he dicho?!!

El tío cayó sobre sus rodillas, la policía debía estar al llegar, era el momento de alejarme.

-Tu amiga es una putita... -vaciló mientras me marchaba -¿A ti también te ha comido la polla, no? Admito que eso lo hace de puta madre... es una pena que se lo haga a todo el mundo... la muy zorra... -rió el imbécil.

Yo me volví. Le odié. Era mi amiga a quien insultaba. Le odié demasiado. Era Labios. Aún arrodillado, le metí la patada más fuerte que supe entre la nariz y los labios, dejándolo tumbado. A su alrededor, nadie dijo nada. Y me fui. Mónica estaba paralizada, contemplándolo.

-Ey, Labios, un subnormal más, ya está, ha pasado, vámonos de aquí
-E.. joder, ..es el tío con el que me acosté el sábado pasado... -susurró ella, incrédula.
-Déjalo ya, no seas boba, no creo que vuelva a molestarte; seguro que no lo hubiera hecho de no haber estado tan borracho. Oye, ¿y la pandilla?
-La noche ha salido un poco rara -me dijo aún seria, mirándome -nos marchábamos a nuestra casa, ya sabes, cansados.
-Ya... pues no creo que ahora debas irte a casa. Anda, vamos a tomar algo.

Me despedí de mi cita para salir de fiesta con Mónica. Jamás habíamos salido solos, ella y yo, y nos divertimos. Nos emborrachamos. Bailamos, dejando el incidente olvidado. De una forma que no hubiéramos podido esperar, conectamos. Cerramos todos los bares, y acabamos en su portal.

-¿Subes a por la última? -propuso ella al sacar sus llaves
-Desde luego, ¡me parece fatal que los bares ya hayan cerrado! -me hice yo el tonto, sintiéndome demasiado afortunado.

Aquello era inesperado y perfecto, un sueño. Una fantasía. Éramos amigos, pero no tanto como para subir a su casa sin intención de acostarnos. Quizás, sin esperarlo, podría volver esa noche a mi piso acompañado por el recuerdo de una felación de la morbosa Labios. Tal vez incluso algo más, pero qué más daba: Yo, por favor, sólo quería una de esas tórridas mamadas con que se decía que fundía la sensibilidad de sus enamorados.

-¿Oye, igual te apetece jugar a un juego? -insinuó ella, demasiado cerca para conversar, tras servirme una copa de martini blanco.
-Uf, Moni, no sé yo si estoy para juegos ahora... -estoy para desnudarte, para follarte, para admirarte comiéndome la polla...

Sus ojos, atrevidos, buscaron los míos con la intención de atraparlos.

-Sí, ya lo creo que te apetece... -me vaciló resuelta, excitante.

En su salón, me mostró en su caja el juego del que hablaba. "Übersinnlicher", titulaba su portada, discreta, en tapa roja y con el dibujo de la silueta de una pareja besándose.

-¿De qué va? -pregunté yo, resignado, demasiado borracho para aprender a jugar a nada.
-De pasárselo bien -respondió ella, guiñándome un ojo -te gustará, ya verás, no seas tonto...

Desplegó su tablero. La discreción terminaba en el envoltorio. El juego estaba repleto de imágenes eróticas, colores espectaculares, describiendo un camino circular en forma de espiral hacia un centro donde se podía encontrar la sensual imagen de una pareja acostándose. Era increíblemente bello para ser un juego tan poco conocido. En su caja había relojes de arena de distintos tamaños, aceites, estimulantes, lubricantes, de todo. Increíble...

-Las reglas son muy fáciles -pude escuchar entre el ensoñamiento decir a la voz de Labios -el juego nos irá dando órdenes... ya imaginarás, órdenes sexys... calentándonos, con retos cada vez más excitantes a medida que vayamos avanzando. Si uno de los dos alcanza el orgasmo antes de llegar al final, pierde. Y si pierde, el otro jugador dispone de él durante una hora como su esclavo -rió, consciente de su ventaja -si los dos llegan al final, la ruleta decidirá el tipo de sexo que se practican, un sesentaynueve, un coito o, sólo si los concursantes quieren, sexo anal, hasta que ambos dos lleguen al orgasmo... Con postura aleatoria si no hay acuerdo entre ambos.

Es decir, que el juego te garantizaba el orgasmo. "Pero no te garantiza que Labios termine succionando", reparé, terriblemente ingrato.

-Las fichas son bombones -siguió ella -a veces te puede tocar tener que comértelas, y si eso pasa, ¡pierdes!


Era increíble, estaba excitado, muy excitado. -Entonces... -susurró, cerca de mí, consciente de que estaba embriagado -...¿jugamos?

La miré, alienado. ¿Te das cuenta que estamos hablando de sexo, Labios? ¿De que estamos a punto de practicarlo? Un sexo sin fronteras, desinhibido, desenfadado... Socorro, no puede estar pasando...

-Desde luego que jugamos.


Ahora es su turno. Vuelve a rodar el dado. Otro dos, como el mío, esta vez le toca a ella fantasear, conmigo como infiltrado.

"Mmm... confieso que no lo había pensado..." dice, sólo tal vez sincera, mientras mira al cielo, pensando. "Supongo que tendrías que ser mi caballero azul, como antes... Sí... Un poco violento, quizás... Sí, eso está bien..."

Distraída, indaga entre sus pensamientos, buscando entre sus estímulos cuál podría dar en el clavo.

"Si me exigieses algo... yo qué sé, un poco de necesidad, de deseo, así, seguro, como antes has estado... sí, podrías calentarme mucho, Gabri. Sí, ya lo creo que podrías" concluye sonriéndome. "Aunque me parece que me pone más el juego".


Nada evita que haga mis cavilaciones. Sólo puedo alcanzar la mamada anhelada de tres maneras: Llegando hasta el final y cayendo en el sesentaynueve, lo que significaría recibirla sin poder disfrutarlo del todo...; caer en una casilla que me de el derecho a su boca y forzar el orgasmo, aún perdiendo, opción que no me gusta no por convertirme en su esclavo durante una hora, sino por obligarme a terminar rápido...; o hacer que ella pierda. En ese caso, exclusivamente en ese caso, dios mío, podría disfrutar de una larga hora de Mónica chupándomela, sensual, despacio. No tiene pinta de ser muy fácil, o tal vez sí, se denota en sus maneras que su sangre era caliente, quizás no sea tan complicado conducirla a un orgasmo anticipado. En fin, ¿tengo elección acaso?

Mi turno. "Masaje en el pelo, 1 min." De acuerdo, poco a poco. Uno de los relojes de arena marca el minuto necesario. Ella me da la espalda, yo coloco el reloj boca abajo, y procedo a masajearla. No es que me apasione, pero tengo que hacerlo bien. Cada estímulo es un paso más hacia la meta deseada. Acaricio su pelo, castaño, liso. Se deja hacer. "Lo haces muy bien, Gabriel". Pero el tiempo se escapa hasta agotarse, y tengo que dejarlo.

Le toca a ella. "Beso en la mejilla, rápido". Me lo da, y aprecio el contacto. "Deberías disfrutar de cada gesto", comprendo; pero no lo hago. Deseo hasta la alienación verla manejando sus labios, estoy caliente, y soy incapaz de apreciar cualquier cosa que no incluya a Mónica sobre sus rodillas, chupando. Me siento conscientemente desgraciado. Sigo jugando.

Caigo en una casilla bonus. Genial. Tengo que hacer girar una ruleta para ver qué he ganado. El premio se llama "muñeca", y obliga a mi compañera a quedarse quieta mientras yo beso, tan húmedamente como quiera, cualquier parte de su cuerpo, a condición de que ya esté descubierta. Una pena que ella siga vestida, y además bien tapada, con camiseta y vaqueros. He de tirar al azar el tiempo que puedo hacerlo, va desde diez segundos hasta la media hora, poniendo mayor dificultad para conseguir un tiempo alto. Desgraciado de mí, me quedo en medio minuto. Ella, sonriendo, incapaz de estar quieta estando tan borracha, se hace la muñeca. Debería besar su cuello, pienso: tratar de excitarle, dar un pequeño pasito hacia su orgasmo... mas jamás he besado la boca de Mónica, sus labios, los labios de una amiga, los labios de Labios, y los deseo con todo mi ser; Demasiado. No dejo que el tiempo se pierda en vano. Dirijo mi boca hacia la suya, y beso, y lamo. Son unos labios tiernos, dulces, empapados en martini, suaves y carnosos. Dios, sí, son los labios de Mónica... Y los estoy besando. Le como la boca a conciencia, sin cortarme, ¿por qué habría de hacerlo, si el juego me deja y estoy borracho?, y beso a deleite hasta dejar sus labios empapados. El tiempo se agota. Ella se ríe y lleva su mano hasta su cara para limpiárselos.

-Jaja, joder, Gabri, ¡qué asco!

Una puta mierda, Mónica. Ha sido fantástico. Y te toca.


El juego le concede quitarme una prenda, mas un bonus por caer con un cuatro. Como bonus, se le permite embadurnarme en crema erótica la parte que me ha desnudado. Escoge mi camisa. Sin remedio, ni quererlo, obedezco. "Debería ir más al gimnasio", pienso al contemplar la desnudez de un torso mundano. A ella no parece importarle, le divierte la idea de untarme en la crema, que además es comestible. Las reglas nos conducen a un terreno inexplorado.

Se acerca a mí. Me estremezco al recordar que no hace nada se me permitía saborear a conciencia su tacto. Extiende algo de crema en sus dedos, y los lleva hasta mi piel, acariciándome. Me cubre, tranquila, despacio. Siento sus manos. Adoro sus manos. Adoro que Labios me toque con sus manos de mujer. La deja bien extendida por el tórax, los abdominales y la espalda, dejándome con un aspecto aceitoso, que rezo por que le parezca excitante. Es incómodo, pero me agrada. Me siento desinhibido, como una pieza más en ese juego sin cobardes. Me imagino con su suerte, desnudándola, y untándola en crema comestible, y me mareo de solo pensarlo. Socorro.

Por favor, azar, te ruego que utilices de mi parte esta mano.

Tiro el dado. Caigo en una casilla rosa, que indica infortunio, si bien no es tan castigadora como la negra, que te arriesga a comerte el bombón y caer derrotado. Me toca leer una de las entradas del principio del juego, durante el doble del tiempo indicado. "Masaje en el cuello". Mierda, otra vez un masaje no...
Para mi desgracia, soy un mero discípulo de la suerte, y lo acato. Sé que quedo un paso más lejos de un orgasmo anticipado en Labios. Un paso más lejos de su mamada. Me compadezco de mi fortuna, y me coloco en su espalda para masajearla.

Diez minutos. Está encantada, consciente de que me está ganando, competitiva, aunque se trate de un juego en el que se supone que todos terminan disfrutando. Su piel es suave, cariñosa. La adoro. Adoro tocarla. Me frustra no estar dando cualquier otro paso.


Le toca de nuevo a ella, y sigue avanzando. Termina en espectáculo. "Baila para un jugador al azar, distancia máxima de cincuenta centímetros. Si aún llevas más ropa que la interior, eso se tiene que terminar... Prohibido el tacto. 5 min." Mágico. Se levanta, sensual, inalterada. Domina el juego. Lo conoce. También lo acata sin reproches. Se acerca a mí. Enciende el equipo de música, con la ayuda de un mando, y... borracha como jamás la había visto, simula bailar, despacio.

Cinco minutos para mí, para disfrutar. El juego es sabio, utiliza tu tiempo, lo distorsiona, dándotelo a conocer, y cinco minutos se pueden llegar a hacer muy, muy largos. Ella se quita la camiseta sin dudarlo. Sus senos, en un excitante sujetador ajustado, se muestran increíbles a centímetros de mí, jugando en el baile de Labios. Maldigo de nuevo al diablo con forma de tablero que no me deja tocarlos.

El tiempo se le acaba, y aún lleva puestos los vaqueros. Se da cuenta, pero no se altera. "Si no se los quita a tiempo, habré ganado", pienso para mis adentros. No me hago ilusiones, lo dominas demasiado bien, Labios. Sus vaqueros se rinden a sus piernas antes de que la arena caiga, y Mónica comienza a bailar de espaldas. No lleva medias, tan sólo un pequeño y sexy tanga ajustado, que la muestra erótica y desnuda burlándose del espectador que aún no la ha desnudado. Se agacha frente a mí. Su culo, redondeado, queda en pompa frente a mi cara. No puedes ser más sensual, Mónica. Sé que no conseguiré ganarte, lo tienes demasiado controlado. Y el tiempo se agota. Me toca.

"Plic, cloc...". Un cinco. "Unta con tus manos cualquier parte descubierta del jugador que elijas en algo que puedas comer. Después, tan sólo con la boca, con las manos a la espalda, debes limpiarla. 5 min.". Dios...

-No distribuyas mucho. Te recuerdo que si no lo limpias todo, pierdes... -me insinúa mi oponente, desafiándome.
-¿Qué tengo para untártelo?
-Lo que quieras... Chocolate, miel, azúcar, cremas, mermeladas, nata... -me seduce con una sonrisa entre los labios.

Joder, Labios. Escogemos un dulce que untar en tu piel, para después lamerte... y lo hacemos sin mostrar reparos. No sé qué ángel me ha sonreído, pero no creo que pueda existir un mejor regalo.

Me decanto por un aceite de licor fuerte. Adoro sentir el sabor del alcohol cuando estoy borracho. "Mónica, túmbate de espaldas", le pido. Estoy a punto de volver a equivocarme, y soy consciente: Existirían muchos modos de emplear mi propia suerte en la de Labios, para excitarla en lugar de recrearme; La zona interior de los muslos, la espalda, el cuello... Sí, debería optar por lo erógeno si la quiero llevar al orgasmo. Sin embargo, hago lo que puedo, y ella acaba de poner en pompa frente a mi cara sus adorables nalgas de veinteañera, encandiladoras, dulces, sensuales. Entonces el tacto era prohibido. Ahora, obligado.

Giro el reloj. El transcurrir del tiempo no existe para agobiar, existe para disfrutarlo, nos repite una y otra vez su arena, fluyendo. Mis manos, cubiertas en aceite, alcanzan y se dedican a pintar el culito de Labios, tocándolo, deseándolo, acariciándolo. Conociéndolo. Cada vez tengo menos prisa por nada. Es una lástima que toda mi vocación sea que me la acabes chupando, impidiéndome terminar de saborear todo esto, porque el gozar alcanzaría su frontera y la dejaría hecha pedazos...

-Gabri... -me despierta ella de mi aletargo -el tiempo...

Mierda, pues al final me había descuidado. No quedaba tanta arena, el culo estaba recubierto de aceite, embadurnado en licor, y ahora había yo de limpiarlo. Las tersas nalgas de Labios me esperaban, increíbles. Mi boca se abalanzó sobre ellas sin demorarlo. No podía permitirme perder. Y menos tan rápido.

La ternura me envuelve cuando su culo queda atrapado entre mis labios. Lo beso con ansia, desaforado, lo saboreo, lo lamo. Apenas tengo tiempo para disfrutarlo. No sé de limpieza, pero si tiene algo que ver con mi saliva, consigo limpiarlo. Por los pelos, evito caer derrotado. Y llega el turno de mi adversario.

Un seis. Es afortunada con los dados, su bombón-ficha se mueve a toda bala, adentrándose en la zona más caliente del tablero, con retos que de verdad merezcan ser desafiados.

"Escoge a un jugador al azar. Besa y experimenta el sabor de sus pezones. Si están aún cubiertos, te puedes conceder desnudarlos. Si el jugador tiene más de dos capas, debe ser humillado... Tiempo aleatorio"

¡Aquello era injusto! ¿Cómo tenía ella que lamer MIS pezones? Sus pechos, calientes, seguían cubiertos por la prenda interior de encaje, y yo me moría por conocerlos, cubrirlos, besarlos. ¿Pero los míos? Caprichoso es el azar. Ella se rió, notando mi pensamiento. Tiró la ruleta de tiempo. "Dos minutos". Se me iban a hacer muy largos.

Mi torso, como es evidente, está completamente desnudo, aún cubierto por aquella crema comestible que me extendiera casi al comenzar a jugar.

Labios, y el calor que conlleva, se acercan a mi pecho. Me mira, juguetona. La siento aún más cerca cuando no llega al tacto. Pero llega, y me besa. Me humedece. Me come, tersando mis pezones. Aquello no estaba nada mal. Aquella escultura, semidesnuda, desprendía su fragancia con su cabeza bajo la mía, besando mi pecho, saboreando la crema. Noto el poder del juego. Está convirtiendo el sexo en algo diferente. En algo extraño. Pero siempre explotando el deseo, cuanto menos el del hombre. Dios mío, era ella quien besaba mi tórax, en lugar de hacerlo yo con el suyo, y me estaba dejando drogado.

Aquel movimiento tenía que haber sido inventado por algo muy parecido al origen del propio sexo... al cual yo en mi vida me había acercado.

Cuando termina, me siento extrañamente satisfecho, relajado. En calma. Mas mi meta no varía, y es mi vez con los dados. Casilla azul: Eso es suerte.

"Escoge a un jugador. Deberá practicarte lo mismo que tú en tu anterior turno hayas practicado. Pierdes una prenda a cambio"

Mmm... susurra Labios, cogiendo un tarro con crema pastelera sin siquiera pensárselo. Debían ser cinco minutos... Como siempre, se dispuso despreocupada. "Túmbate..." me pidió. Me encantaba ver la forma en que se desenvolvía, y lo bien que se lo estaba pasando.

Se subió encima mío, rodeándome con sus piernas, y disponiendo la crema en sus manos.

-Está saliendo una partida realmente guarra... -le vacilo, rompiendo un silencio del que ni siquiera me había percatado.
-Uy, espera... -me responde, terminando de incendiarme...

Y comienza a extender esa crema azucarada en mi piel.

Un poco por el torso, escalando por mi cuello. El cuello entero, untado. Y una pizca en mis labios. Me estás matando, Labios. Ella lleva sus manos a su espalda, acerca hasta mi cuerpo su cara, y lame. Comienza por el pecho. Paciente, pero ágil, experimentando el tacto. Se acerca a mi cuello. Está a punto de besarlo entero, y yo no puedo hacer nada por evitarlo. Va a ser difícil dejar quietas las manos...

Tranquila, se acerca hasta besarlo. Mis piernas tiemblan. El resto de mi cuerpo se queda inmovilizado. Vuelve a besarme, mojando sin vacilar sus labios en la crema que me recubre. Un escalofrío me exalta cuando es su lengua la que empieza a saborear. Joder, Labios... Ella sigue, tranquila, paciente, deleitándose en el manjar, consciente de mi placer. Admiro la presencia de su cuerpo semidesnudo, tan cerca del mío. Casi me cuesta recordar que juego sólo por la mamada, pero lo hago, y me siento morir imaginando el momento de mi dulce y caliente final...

El tiempo se está agotando. Ella termina, y coloca su cara frente a la mía para terminar con el poco resto que ha utilizado para bautizar mis labios. Atrapa mi boca en la suya. La padezco. Se recrea y me besa. Estás haciendo trampas, Mónica, y no tengo formas de demostrarlo. El beso se hace sensual, como ella, como sus andares, sus palabras, sus miradas y gestos. Sensual como lo es su cuerpo entero.

Se despega al tiempo que el reloj agota sus últimos segundos. Me mira a los ojos. Me recuerda lo que estamos haciendo. Me recuerda que es Labios. Mi amiga, mi compañera, que seguro sabe mejor que yo mismo cuánto la he deseado. Se despega poco a poco de mí, dejándome maravillado. Noto su saliva en mis labios. Me siento morir...

Es su turno. En esta ocasión, gracias al cielo, se conforma con un uno. Cae en una casilla de "Cambio". "Esposa a un jugador a elegir, de pies o de manos. A cambio, puedes quitarle una prenda, y besar la zona de su cuerpo que hayas desnudado". Me intranquilizo ante la idea de pasar el resto del tiempo esposado. Tampoco me agrada que tan sólo pueda quitarme los pantalones, dejando para besar posteriormente mis piernas...

...Pobre incauto.

Me mira, picante, consciente de que está a punto de dejar volar una sorpresa. Coge las esposas. Se anticipa a cualquier reacción mía haciéndome un sensual gesto de silencio, que me hace sentir mareado.

Y se esposa sus propios pies.

Una diosa. Es una diosa, y no una amiga, la chica con la que estoy jugando. Ahora sí que me siento perdido.

Una prenda del esposado... dirige sus manos, sueltas, hasta su espalda. Se inclina al hacerlo, provocando que la gravedad potencie la sensualidad de sus pechos. Joder, Mónica... Su sujetador se ahueca, notando que acaba de desabrochar su cierre. Sexy, deja que el que los tirantes del brasier se deslicen por sus brazos, hasta caer la prenda al suelo. Sus pechos, desnudos, quedan expuestos. Son enormes. Adoro que lo sean. Son preciosos. Admiro su volumen, su figura, la sensualidad de sus lineas envolviendo sus pezones. Son tiernos, son jóvenes, son embriagadores. Los quiero. Los deseo. Todo cuanto conforma el hombre que me he ido haciendo me exige dejarme de gilipolleces y abalanzarme sobre ella, sujetarla, inmovilizarla; Lamérselos. Pero no puedo hacerlo, porque sería perder el juego, y así toda esperanza de ver a Mónica mamando.

-Labios, pensar que en mi fantasía no le daba importancia a que, cuando me la chuparas, tuvieras ocultas esas tetas tan calientes... -le insinúo sin poder evitar callarme y acercándome los dados.
-Ey... -me corta -que aún no he terminado...-

"...y besar la zona del cuerpo que hayas desnudado." rezaba su tarjeta. No puede ser cierto. Ella simula una cara inocente mientras sus afortunadas manos envuelven sus senos, apretándolos, y los elevan hacia su cuello. Se desenvuelve bien con el deseo que provoca, haciendo gala de su condición de diosa. Baja la cabeza. Y las alcanza. Consigue congeniar sus pechos con su dulce boca. Labios, acaba ya conmigo. Lo daría TODO por una mamada. Su lengua escapa hacia sus tetas, catándolas, mientras dos profundos ojos estudian atentos mi forma de mirarlas. El juego sería excitante, Mónica, aunque tuvieras que jugar sola. Eres la musa. Eres la estrella. En verdad te deseo con toda mi alma. No podría estar más excitado.

-Ahora sí -me susurra desligándose de sus pechos la preciosa diablesa -te toca...


Sujeto un segundo el dado, percatándome del respeto que le guardo. Miro al cielo mientras lo lanzo. Un seis. Bravo.

"Un jugador al azar queda inmovilizado. Sujetándolo con tu boca, puedes pasear un cubito de hielo por su piel hasta derretirlo. No puede durarte menos de veinte segundos, no existe un máximo, siempre que seas capaz de sujetarlo (¡cuidado! ¡puede quemar en tus labios!). Después, con un máximo de medio minuto, deberéis besaros"

Noto un pequeño escalofrío en el caliente cuerpo desnudo de Mónica. Luego eres humana, al fin y al cabo. Procedo a hacerlo, notando que incluso una pequeña cubitera está dispuesta junto a la mesa de juego. Ella se tumba, quieta, obediente, preciosa. No sé cuánto tarda en derretirse un hielo, y escojo uno de los pequeños. Sé que será suficiente.

Me mira, juguetona, llevando un dedo a su boca para morderlo en un gesto nervioso. "Quieta..." le ordeno mientras dispongo el hielo en mi boca. Está helado, más sé que no nos molestará a ninguno de ambos.

Me dirijo hacia sus labios. Su boca se entreabre en un gesto de espera. Muero de ganas por tirar el hielo a la mierda, bajarme los pantalones y violar esa lengua al tiempo que dejo que mis manos disfruten de sus desmelenadas tetas, pero me controlo, llegando con el cubito hasta su boca.

Nota el roce con sus labios. Hazlo tranquilo, Gabri. Rózala. Oblígale a sentirlo...

No dejo de admirar su desnudez mientras lo hago. Deseo tocarla. Saborearla. Y el juego me dice que no puedo hacerlo...

¿O tal vez sí?

Sin soltar el hielo, me dirijo hasta sus muslos, y dejo que el frío la recorra hasta los pies, esposados. Se los levanto. Separo sus rodillas. La puerta del cielo, desprovista de vigilancia, me permite el paso, y me sumerjo entre sus piernas, adhiriendo mi cuerpo al suyo, rozándola, sintiéndola, disfrutándola, sin olvidar mi prueba y escalando su piel hasta devolver el hielo hasta sus labios. Tarda en derretirse, pero sé que en algún momento lo hará muy rápido. La abrazo. La abrazo con fuerza, sintiendo sus pechos juntarse con mi torso. Siento el calor que desprende su preciosa piel. El cubito alcanza su lengua, con cuidado, obligándole a sentirlo, y se separa. Lo deslizo por su cuello, recorriendo con sensualidad el camino hacia sus tetas. Las alcanzo.

Las tetas de Labios.

Noto su calor sin tocarlas, noto su sabor sin saborearlas, noto el placer de follar con ellas al alcance de mi mano... sin estar follando. También la sensibilidad con que responden al frío, y el suspiro que se le escapa a Mónica cuando alcanzo uno de sus pezones, descuidados. Tiene los ojos cerrados. Y me pones mucho, preciosa, cuando tienes los ojos cerrados.

Busco su otro pezón, escalando por su suave pecho, que noto firme, duro, un jodido manjar resignado a algún dado afortunado. El pezón se excita en el estímulo y, sin poder disimularlo, introduzco el hielo entero en mi boca para permitir a mis labios alcanzar la piel de Labios. Y es dulce. Es cremosa. Es el deleite convertido en sabor. Me está vedado.

-Chssst, no me hagas trampas... -me ruega su voz desde las alturas, devolviéndome a mi mundo.

El hielo regresa al camino trazado por la naturaleza en su cuerpo. Recorro su vientre, su ombligo... y sigo bajando...

-Dios, Gabri... -murmura Mónica al comprender mi destino. Su tanga cubre aún su pubis, y sé que no puedo quitárselo. Pero es un tanga demasiado fino, Labios. Quizás ya lo tuvieras pensado...

El hielo sigue y sigue en aquella cariñosa hasta abajo... Mi cabeza queda entre sus muslos... Ella me mira, con mirada de deseo...

-Hazlo... -susurra, bajito, despacio -por favor... hazlo...

Y el frío alcanza el placer, mientras Mónica expira juntando las piernas. Preciosa... Sumerjo el hielo en su clítoris, descuidado. "Oh!" grita su voz, agradecida. Me creía más previsible, princesa. Tal vez lo fuera. Tal vez no deba interpretar tus gestos, porque sólo estás jugando. -Mmm! -repite, cachonda. El hielo, quizás por su hora, quizás por el calor en la entrepierna de Labios, empieza a desaparecer. Lo llevo hasta sus pechos, con intención de vérselos mojados. "Joder..." exclama ella, excitada por su quemar. No eres tan difícil, Mónica. Quizás con uno más grande hubiera podido llevarte hasta el orgasmo...

Dejo que el hielo se derrita sobre uno de sus pechos, cubriéndolo de agua, empapándolo, y fundo el agua que queda en mi boca en el otro. Ahora me puedo permitir mirarla. Mirar la humedad en sus labios. El camino mojado, que baja hasta su cuerpo, hasta la vagina con que había jugado. Sus tetas, cubiertas tan solo por una fría capa de agua semihelada. Y medio minuto de besarla que no se me había olvidado. Vuelvo hasta su boca, pegándome a su cuerpo frío, notando sus pezones duros, sus piernas abrazándome, y beso sus labios, que noto calientes, aunque estén helados. Esta vez el beso es sincero, perverso, su lengua me inunda con necesidad mientras agarra mi cabeza con sus manos. Es el calor que es capaz de dar un hielo... y es que todo es paradoja en los sueños. No hemos puesto el reloj de arena, pero cuando deja de besarme, soy consciente de que mi tiempo ha acabado.

Una pequeña gota cae desde uno de sus pezones cuando se inclina para tirar el dado. Ella se ha puesto cachonda, yo sólo lo sigo. El juego no nos va a poner las cosas fáciles, voy comprendiendo. El juego es cruel. El juego no quiere que terminemos practicando sexo anal, o follando. No, el juego quiere que uno de los dos termine sintiéndose derrotado..

...y como la temperatura se siga elevando, no dudo que seré el primero en desfallecer.

La fuente del vivo deseo me mira ansiosa mientras tira el dado. La suprasensibilidad baila del uno al seis hasta caer en un tres, y estoy a punto de conocer lo que se siente cuando un ángel cae derrotado.

"Practica sexo oral sobre un oponente al azar..." Sí, sí, dios, no me lo creo, ¡sí! "...y después ponle una prenda. Si tiene más de dos piezas de ropa puestas, cambia una de tus prendas a cambio de dejarlo humillado"

Espera, ¿qué?

Ella me sonríe. Algo anda mal. Sé que me toca ser humillado, porque aún tengo puestos los calzoncillos y los vaqueros. "Humillado", lo había leído antes, pero no había tenido que preocuparme. Ahora iba a vivirlo de primera mano.

-¿Qué.. qué es eso de ser humillado? -pregunto con ansiedad, consciente de que no es Mónica jugando a practicarme sexo oral.
-Ahora lo veremos... -me dice, loca de contenta, excitada, complacida, mientras coje otra de las pequeñas ruletas y comienza a darle vueltas -tu ve desnudándote. Siempre hay que desnudarse cuando te toca ser humillado...

Obedezco, qué remedio, mientras observo una serie de figuras que no termino de comprender en la ruleta, negra, que decide mi futuro, azul oscuro cuanto menos.

-Perrito -me dice cuando al fin el puntero se decide por parar, y me viene una sola cosa a la cabeza. Una sola cosa que consiste en Labios a cuatro patas con el culo empompado y a un servidor follándosela, cabalgándola, sumergiéndome y probando. Pero no creo que se trate de eso...

-Uy, que mono -me dice al ver mi pene, erecto, una vez me he desnudado, golpeándolo con un dedo -lo que me recuerda que tengo que pagar esto con una prenda...

Pícara, accede a un pequeño cierre en su tanga, que le permite desabrocharlo sin necesidad de sacárselo por los pies, atados. Su vagina queda liberada. Yo, aún más enamorado.

-Entonces, ¿qué he de hacer ahora? -le pregunto impaciente, consternado.
-De momento, ve a mi cuarto, el que pilla a la derecha, y en el segundo cajón de mi mesilla encontrarás una correa de cuero y un pequeño juguete. Tráeselos a la dueña, anda.

"Tráeselos a la dueña..." repito mientras voy a por una correa y un juguete. Voy captándolo.

-Chst -me frena en cuanto doy dos pasos -gateando, cariño -murmura con sarna -gateando...

Y Gabriel gatea, desnudo y observado, por la casa de Labios. Llego hasta su habitación. Encuentro el juguete muy rápido; Junto a la correa de cuero se ve un consolador que, sin ser experto en la materia, me parece exagerado. Mucho más grande que mi pene, ni el de ninguno de mis amigos, eso estaba bien claro.

-Recuerda traerlo con la boca -se divierte Mónica ordenándome desde la sala. Jamás en el mundo me hubiera imaginado aceptando humillarme tanto... Pero vuelvo a pensar en sus labios, y lo hago.

Cuando llego, ella pone un enorme reloj de arena, el más grande, boca abajo. Para colmo, la arena cae muy, muy despacio...

-Ven a que mamá te ponga la correa -me llama, como a un perro real, dando un par de palmadas en el sofá. Yo voy, con la correíta y el masturbador fálico, y me dejo atar, humillado -Buen chico...

Llena un pequeño bol de licor y lo coloca en el suelo. Me dirige hacia él con un pequeño tirón en la correa, y me exige...

-Bebe

Y yo, obediente, agacho la cabeza para beberlo... a lametazos

-Veo que lo coges... -murmura al tiempo que su voz deja la burla a un lado y tira de mi correa para alejarme del bebedero. Sus ojos están abiertos. Creo que he despertado algo.

Llena su boca de saliva, y se inclina. Agachando la cabeza, deja que la saliva fluya, expulsándola entre sus labios hasta escupirla sobre el suelo, creando un pequeño charco. Me mira. Y, sin amagar, me ordena:

-Bebe

La miro, y no sé por qué, pero me atrae, aun sin desearlo. Tampoco tengo elección. Labios tira de mi correa obligándome a agacharme. Busco con mi boca la saliva, y la lamo, despacio. Es dulce. Y está caliente. Es húmeda, y de Labios.

Mónica ha dejado de ser Mónica, ha sacado por completo una parte de sí que aun puede guardar el nombre de Labios, y me mira, concentrada, mientras una de sus manos se escabulle entre sus piernas para masturbarla. Tira de nuevo de mi correa. Se escupe en una mano, dirigiéndose a su vagina, empapándola en su saliva, y me busca con la mirada Deseo que lo diga. También estoy asustado.

-Bebe...

Y bebo. Y lamo.

Me cuelo entre sus muslos, envolviéndome en sus piernas y alcanzando con mi lengua su coño, embriagador, su clítoris, sus labios. "Dios..." dice ella al notarlo. Aún está frío por el hielo, pero lo arreglo rápido. Es caliente la humedad que fluye por su vagina, aunque no tanto como cbeber de ella, y mis labios confunden sin preocuparse los restos de su saliva, los flujos de su sexo y mi propia saliva para dejarla empapada. "Joder, sí..." murmura al tiempo que acelera su respiración. Noto que mi boca se desliza con facilidad, suave, y siento que lo que hacemos es sucio, que a Labios le gusta sucio, que quiere ver mi boca deshinibida entre sus piernas, como yo quiero ver la suya, y que lo está experimentado.

-¡Dios, sí! -comienza a gritar descontrolada, envolviendo mi cabeza con sus muslos y con sus manos, y apretando -¡Sí Gabri! ¡Sigue! ¡¡Sigue!! ¡¡Síiiii!!

Sí, por dios, se está corriendo, Gabriel, la tienes, lo estás consiguiendo! Mi lengua empapada bebe con ansia, besándola, recorriéndola, domándola. Una de sus manos se dirige hasta su clítoris para acariciarlo mientras yo introduzco mi lengua entre los labios de su vagina, hundiéndola en ella.

-¡¡¡Sí!!! ¡¡¡¡Síii!!!! ¡¡¡¡Síiiiii!!!! -termina de gritar mientras muere, envolviéndome entre sus muslos, sus manos y su placer. Me separo, notando mi boca empapada de Mónica. Perdón. De Labios.

-¿Has llegado al orgasmo? ¿Te he ganado? -pregunto complacido aunque poco esperanzado, sabiendo que no va a ser tan fácil. Ella me mira con desidia. Como si de verdad fuese un perro. Como si no recordara que era yo quién entre sus piernas la estaba besando. Su gesto es seguro. Su respiración entrecortada. Y su cuerpo está sudando. Parece inventada por la esencia del deseo, y diseñada por el diablo.

-¿Cómo vas a ganar nada... -me echa en cara sin piedad -...si estás siendo humillado?

Me hace sentir que la he desconodido por completo hasta ahora. Me estás llevando a un nivel muy superior al de la amistad. Mónica...

Vuelve a escupir, esta vez en un pequeño vaso, sin pudor hasta colmarlo, y se recuesta en el sofá, apoyándose en su espalda y elevando el culo, hasta dejarlo apuntado hacia mí.

¿Labios, qué pretendes?

Vuelca el vaso en su entrepierna, entre su vagina y su ano. La saliva, despacio, se dirige sin dudarlo entre sus nalgas, alcanzando hasta humedecer el pequeño agujero que se encuentra frente a mi cara.

-Bebe -ordena su voz, impenitente.
-Pero... ¿Mónica?...
-¡Que bebas! -repite tirando con violencia de la correa.

Y yo lo hago. Prefiero no pensar si lo deseo. Acerco mi boca hasta su culo, hasta envolver la cavidad anal entre mis labios y besarla con la humedad de la saliva de Labios, que lo empapa. "Dios, sí, buen chico" exclama ella, excitada, delirando "¡buen chico...!!".

Un zumbido se suma a la forma en que suena mi boca al besar entre sus nalgas. Es el consolador. Maldita zorra, qué bien que te lo estás pasando...

-Diooos... -murmura muerta de placer al tiempo que el enorme instrumento se la folla sin piedad, mereciendo mejor trato que yo por alguna razón que desconozco, mientras mi lengua sigue en su pequeño agujero, empapándolo. Una de sus manos se aferra de nuevo mi cabeza, empujándola aún más entre sus nalgas.

-Joder, síii, ¡¡síiiii!! -gime loca, descontrolada. No sabes cómo me excitas, Mónica. Me gusta tu trasero. Me gusta que me envuelvan tus nalgas, tan calientes y suaves. Me encanta verte disfrutar. Y me has descubierto lo sexy que puede ser beber de un ano de mujer.

Ella juega a masturbarse, se acaricia, se humede sus dedos en su boca para que desciendan a ayudar al consolador, mientras empuja su culo contra mi cabeza, atrapada por la mano con que no se masturbaba, y lo restregaba, lo mueve, exigiéndole a mi lengua que no cesara su besar.

-Vamooos.... Síii... Vaaamos! -no sé a dónde vamos, Labios, pero sí sé a dónde vas. Me temo que tendrás que ir sola, aunque no dudo que sabrás llegar.

Sus piernas no tardan en volver a su convulsionarse, y yo respondo besándola con pasión, lamiéndola, obligándola a sentir mi lengua recorriendo su ano sin compasión, para su deleite. El consolador desaparece en su vagina y se mueve, busca, recorre, la folla, conociéndola y volviéndola loca mientras el morbo la invade al sentir mi lengua desatada en su ano.

Una diosa.

Continuará...

Marta y la Luna – I

Textos anteriores: Prólogo

-EL AMOR EN FORMA DE PLACER-



Marta era una chica joven, alegre, simpática e, incluso, podría decirse que un pelín carismática, pero nada más. Como una flor que florece marchita, apenas había conocido de amigos, amores, ni historias que la hiciesen sonreír al conciliar el sueño. Añoraba la emoción en su vida, la aventura, intrigas y fantasías y, por encima de todas las cosas, soñaba con el riesgo.
Sí, Marta era definitivamente un prototipo fracasado de aventurera que jamás había podido intentar siquiera conciliarse con su sino, y que se encontraba perdida en la insulsez del que vive sin aspirar a un destino.

Una aventurera... que no sabía de aventuras. Las pocas veces que había sentido mariposas agitando sus entrañas habían pertenecido a su adolescencia, a sus enamoramientos idílicos que escogían muchachos al azar para dibujar en ellos al héroe de sus ideales. Por aquel entonces, pocos chicos le hacían caso o le mostraban la intención de un beso, debido a que la chica era bella, pero también abnegada en el entorno social y reservada a los estudios y a la lectura. De desarrollo tardío, para los 17 años se habría convertido en una belleza candente de brillo y calor natural, y a los 18 sería engañada, sin amor, para otorgar un primer beso que serviría de puerta para ofrecer su cuerpo entero al desperdicio de una virginidad deseosa de ternura y que vomitaría desengaño cuando, al día siguiente, descubriese la auténtica cara del hombre al que la habían concedido, que jamás se regalaría en compensar aquel obsequio tan profundo como lascivo.

A partir de entonces, el sexo se repitió a menudo, pero siempre ya sin esperanza. Marta descubrió en su piel una puerta para conectar con el mundo que la rodeaba y encontrar un amago de amistad en los hombres que se interesaban, se ofrecían, se dedicaban a conquistarla con la intención única de sentirla violada, penetrada, tan sucia como pudieran. Hubo de aprender a manejarlos, a dominar la mente masculina, de manera que pudiera aprovechar al máximo el periodo de cortejo, la simpatía del cazador, la amabilidad ofrecida por un hombre en pos de egoísta beneficio, alargando la espera hasta ofrecer su excitante belleza, el placer de la experiencia y la maravilla de su desnudez en forma de placer; siempre cuidando que los pretendientes no desfallecieran en el intento. Era triste, pero al vivir así Marta dotaba a su vida de una experiencia que la alejaba de la rutina, tomando con ello la historia más parecida a la que la haría feliz. ¿Tenía acaso elección?


Estudiaría la carrera de medicina, más concretamente la rama de la ortodoncia, mientras se hacía poco a poco más y más mujer, y así más bella, y desesperaba por no encontrar al hombre que también madurara con ella. "Demasiados libros", se reconcomía en el abismo de sus adentros, "demasiadas fantasías". La fama de guarra que se fue conformando a su alrededor lo convirtió todo en algo paradójicamente más sencillo, los hombres sabían que Marta no era una chica que fuese a dejarlos sin la dulce, suave y deliciosa recompensa por la que la deseaban, y estaban así dispuestos a alargar la demora sin abandonar en beneficio de la musa, que se recreaba atenta en las falacias de los personajes con que sus amantes se disfrazaban para las citas: Todos triunfadores, emprendedores, adinerados, con intenciones para con el amor más profundo y deseosos de un futuro cariñoso en el que ella encajaba como guante de seda. La mayoría eran divertidos. Alguno, incluso, sabía desenvolverse con mérito mientras se la follaba. El cuento, no obstante, iba perdiendo su gracia con el número de embestidas, el amor final no llegaba, y Marta desesperaba, se graduaba, se sentía envejecer, y se preguntaba cuándo llegaría el fin de todo aquello; Cuándo, y por qué.


Una vez obtuvo el título de dentista, recibió ofertas de trabajo en diferentes clínicas de ortodoncia (siempre necesitadas de profesionales chicas guapas) que fueron todas rechazadas. Provenía de una familia con dinero, y su padre insistía en que ella iba a ser una gran dentista, se le veía en las manos, se deducía en sus notas, y tenía que tener una consulta propia, que él mismo financiaría, para que nadie coartase su talento. "Las cosas están jodidas, papá, somos demasiados titulados por dentadura, y ya a las clínicas abiertas les cuesta mantenerse sin más competidores" "Las cosas nunca son difíciles para quienes tienen talento, hija mía, y los dos sabemos que tú tienes un don para esta profesión, mi vida" "Sí, papá, lo que tú digas" Total vas a hacer lo que te dé la gana, se figuraba la demasiado corriente dentista consciente del berenjenal en que su acreedor la metía. Si no hubiera estado tan de vuelta de todo, hubiera sabido reaccionar a una testarudez tan insulsa y peligrosa como la que su padre desprendía; pero lo estaba. Y si nada importa, es porque no importa nada.

Las cosas tardarían dos meses en ponerse feas. Los clientes no llegaban, las cuentas no salían, su futuro se tambaleaba y la cartera familiar se veía resentida. La dentista pasaba las horas muertas en el trabajo, deprimida, leyendo el amor de García Márquez o la decadencia de Dostoievski, e incluso soñando de cuando en cuando, mientras aguardaba el momento de la tarde en que concentraba a todas sus citas para que creyesen que tenía clientela, como una dentista de provecho.


Algo habría de cambiar en una extraordinaria mañana de Martes normal. Sin visitas previstas, ni sorpresas viables, el timbre de su consulta irrumpió en el silencio matutino de sus horas aburridas sonando repetidas veces y haciéndole saltar de la silla en que aguardaba, entre lecturas.

-¿Sí? -atendió confundida
-Hola, ¿es aquí la dentista Marta Canela Luna? -respondía una tímida voz masculina al otro lado del teléfono.
-Sí... sí, sí, es aquí, adelante.

Tuvo que ponerse la bata, aquello era del todo inusitado, y se moría de curiosidad por conocer la identidad del visitante, hasta el punto que se planteó abrir la puerta y esperarle. Desistió a costa de mantener una mínima apariencia de profesionalidad, y se percató de lo mal que quedaba una consulta vacía como la suya. En fin, tendría que ser amable.


Suena el timbre. La puerta se abre. No es un cliente lo que entra. Es un ramo de rosas. Y de seguido, un ángel.

-¿...Marcos?

Marcos, el último de sus amantes. Un chico que, como tantos, había sido amable el tiempo suficiente para penetrarle. Cariñoso, divertido, extrovertido y locuaz. En definitiva, uno más, al que ni siquiera le había dado su número de teléfono al marcharse, por no esperar que quisiera volver a verla. Pero sí que le dijiste que eras dentista, Marta, y también que acababas de abrirte una consulta. Ha debido encontrarte..

Era un gesto dulce. Era emocionante. Era romántico, colmando hasta sobrepasar sin atisbo de duda las condiciones que hacían falta para conquistarla. Era increíble.

-Espero que no te moleste el detalle -irrumpió su voz, en tono amable -no has vuelto a contactar conmigo, recordé que me dijiste que acostumbrabas a pasar las mañanas sola, y bueno, quería volver a verte...

Marta cogió el ramo de rosas. Dejó que su perfume la embriagase; Era el primero que recibía. No era olor a rosas lo que desprendían aquellas flores, sino olor a fantasía, que la emborracharon en románticas historias de mil autores al mismo instante de reconocer su perfume. Fragancia de victoria para quien estaba siempre enamorada, aunque nunca fuera de nadie...

Marcos vestía un traje, elegante, arreglado, con la apariencia de un príncipe. Estaba como un tren. No recordaba muy bien su historia, la profesión que se había inventado o las aventuras concretas que había jugado en la última cita, pero no le importaban. Dejando el ramo de rosas a un lado, se lanzó a besarle. A beber de esos labios de hombre. Un hombre que a sus ojos había demostrado una tremenda masculinidad, que su lengua de mujer succionaría y sentiría en forma de sabor, de manjar. Un beso de verdad, como no lo tuviera desde que perdiera su virginidad. Amor desesperado en forma de saliva. Aquellos labios de cuero suave, el tacto de su piel afeitada, la violencia y torpeza de su boca... saborea el romanticismo, Marta, porque se te está dando a catar.

-Wow... -respondió asombrado el protagonista de aquella fiesta sorpresa de pasión disponiéndose a hablar mientras la felina dentista, pegada a él, incapaz de abandonar su besar, se encontraba con su cuello, violándolo y vulnerando la sensibilidad de su sistema nervioso -guapa... y yo que temía espantarte presentándome aquí de improviso...-

Ella regresó a por su boca, haciéndole recordar lo que se disfrutaban unos labios de mujer deshinibidos y desenfrenados. En especial, unos que apenas había tenido tiempo a conocer. Sus atléticas piernas se estremecían, su tacto se regocijaba, su mente se disolvía y su lengua quería más, siempre más de la fémina que parecía ansiar devorar su alma.

-¿De verdad creías que te rechazaría? -insinuó aquella auténtica leona que no dejaba de lamer en su besar.
-No sé... no tenía forma de contactarte... -alcanzó él a responder entre saliva.
-Bueno... no pensé que fuera a hacerte falta...-

Él la miró, compasivo y romántico.

"Pues me hacía", terminó de enamorarla.

El silencio fue lo único que se escuchó durante los próximos segundos. En realidad, más que el silencio...

¿Cómo suena un corazón cuando se enamora?

Marta lo besó. Despacio, Marta. Suave. Él la abrazó. "Hueles a colonia de hombre", notó la chica, que se hacía pequeña junto al cuerpo de su amante. "Adoro la colonia de hombre". Todos sus mejores momentos estaban teñidos de perfume masculino, ¿cómo no adorarlo?

¿Cómo no adorarlo, si era lo que sentía justo entonces?

"¿Tienes algo que hacer?" murmuró Marcos, notando la consulta vacía y pensando en una habitación de hotel. "Sí", respondería ella. "Vaya, ¿el qué?"

"Tú"

Lo empujó contra la pared, para seguir besándole. Lo disfrutaba demasiado. Se sentía como si jamás hubiese besado, y adoraba el besar. Su amante, impaciente, envolvió entre sus brazos sus caderas, apretándola contra su torso, sintiéndola. Olía a canela. A dulce, suave y cariñosa canela. Dejó que sus manos se deslizasen hasta sus nalgas, tocándolas con delicadeza, disfrutándolas mientras besaba. Ella se aferró a su espalda al tiempo que introducía en Marcos su lengua, húmeda. Aquella era su forma de besar. Y a él le encantaba.

"Guapa..." se decidió a rogarle, inseguro, "¿por qué no cierras esto y nos buscamos alguna habitación, alguna cama?"
"Vaya..." se insinuó ella desafiante, libidinosa, acercándose a su oído para murmurar "¿nunca has fantaseado con follarte a tu dentista?"

Se quedó paralizado. Marta volvió a besarle el cuello. "Eres tan húmeda, Marta..." "Tan caliente..."

-Marta...
-¿Sí...?
-...

-Deseo con toda mi alma follarme a mi increíble dentista.


-Anda, ven conmigo... -le siguió ella, cariñosa, cogiéndole una mano y arrastrándole, sin dejar de mirarle, hasta llevarlo a la misma sala en que después habría de tratar a sus clientes. "Siéntate en la silla de observaciones, y deja que me prepare..." insinuó con sonrisa picaresca.

Allí quedó él, obediente, aturdido, mientras Marta se refugiaba en su despacho. Salió de allí con su bata puesta, aunque desabrochada. Y, debajo...

...nada.

-Joder... -exclamó Marcos. Había sensualidad en la mirada de la fémina. Estaba excitada. Excitada de verdad, no como la última vez que se acostaron, donde Marta se había limitado a divertirse y disfrutar con él. Ahora estaban a punto de hacer el amor, que harían por vez primera, y todo tenía pinta de merecer mucho más la pena.

"¿Qué haces aún vestido?" rompió la voz de mujer, "¿es que nunca has ido al dentista?". "Perdona..." respondería Marcos mientras se inclinaba para deshacerse de la chaqueta de su traje. Con aquella enorme y trabajada espalda, con su metro noventa de estatura, obedecía como si fuera insignificante. Impaciente, ella desabrochó sus pantalones para desvestir sus piernas, mientras él luchaba contra su camisa y sus botones. Tan sólo quedaba una prenda cuando terminaron.
"Tiene que ser todo" le dijo Marta, lasciva, deshaciéndose de sus calzones. Su polla quedaba descubierta. Y era enorme.

"¡Dios!" exclamó la médico, exhaltada, al tiempo que la miraba. Aquél no era el orden, pero nada pudo evitar que su mano acudiese a acariciar ese falo, tan gigante. Quería besarlo. Quería derretir a Marcos chupándolo, inundar de ese hombre su boca, excitarse. Se empezaba a perder en el rol de doctora. "Es morboso", pensó para sí. "Pero no es romántico".

-Marta -interrumpió con su voz el paciente, leyendo su pensar -oye... este rollo de dentista me pone mucho, de verdad, pero... no he venido a protagonizar una historieta pornográfica...
-A qué has venido, ¿entonces? -respondió ella, deseando sumergirse en el río de sus oportunas palabras hasta encontrar el paraíso en el que desembocaban.

Él se inclinó en su silla hasta levantarse, para en pie abrazarla con firmeza y decir:

-He venido a ti

-Dios, fóllame, Marcos -se abandonó rendida a su amante la pequeña chica, abrazada.
-Shh... calla... -ordenó el hombre, más seguro, excitante.

Desnudó a Marta, descubrió su cuerpo de joven, quitándole la bata y demostrando que la ternura no tiene por qué ser delicada. La recogió entre sus brazos, tan fuertes que podían levantarla con la sencillez con que un gorrión alza el vuelo, elevándola para recostarla en aquella silla que había sustituido a los clientes por el placer. "Sí..." exclamó Marta en su dejarse, cerrando los ojos y experimentando el frío de la sala en su piel. "Ssh.." volvió a ordenarle callar él, excitándole.

Marcos abrió las piernas de Marta, tan suaves, con la violencia contenida que tan bien manejaba, y hundió entre ellas su cabeza, sin esperas, sorprendiéndola y adentrándose entre unos muslos que se abrían y se dejaban hacer. Era una chica tan, tan sensual, que se sentía más afortunado que cualquier otro hombre que se encontrase desnudando a cualquier otra mujer. Y ahora se moría por verla disfrutar.

La canela lo envolvió. Su labios, complacientes, encontraron la vagina de Marta, deseosos de placer. "Oh...!" gimió ella, deseándolo. "Eres preciosa..." le dedicó sensualmente él al tiempo que comenzaba a besar. A besar calor. A besar no a una doctora, sino a una mujer mil veces más morbosa por la segunda condición que por la primera.

Ella creyó que palpaba el amor.

Su lengua se dedicó a besarla, a conocerla, a explorarla, sintiéndola, suministrándole su caliente placer.  La sintió húmeda. La sintió dulce, el único modo en que la canela se deja saber. La sintió quemar, arder.

"Dios, Marcos..." rogaba ella, que no podía evitar contorsionarse, acariciándose en él, recorriendo su propio cuerpo con sus manos, deseosa de sentir, porque todo sentir era placer. "Sigue, por favor, sigue..." decía con necesidad al tiempo que elevaba las piernas sobre los hombros de aquel hombre y hundía los dedos de una mano contra su pelo, empujándole en el coño mojado que no dejaba de lamer. Él jugaba con sus labios, con su clítoris, acariciaba con una de sus manos mientras la otra se aferraba a su culo, a su piel... Aquél hombre practicaba el sexo oral como si lo disfrutase, pensó Marta, como si lo necesitase. Como creía que sólo ella lo sabía hacer.

"Marcos..." pidió su voz entre gemidos, mientras la mano con que jugaba en el pelo de su amante se revolvía nerviosa "deja de jugar conmigo, por lo que mas quieras... oh... joder... hazme..." gemía y se excitaba en sus propias palabras, que dijeran lo que dijeran hablaban de una mujer caliente, de un hombre con cuerpo de espartano, de un amor inevitable y del consecuente gozar de ambos, "Marcos... por favor, hazme sentir mujer"

Él, al escucharlo, elevó su cabeza desde las piernas desnudas para mirarla. Para admirarla. Para ver otra vez sus increíbles tetas, sus ojos, sus labios. Sus amazónicos hombros. Su piel. Recordaba perfectamente la última vez que se había acostado con ella. Algunas cosas no son fáciles de olvidar, y él iba a recordarla siempre. La forma en que había sentido a aquella mujer; la misma en que la había necesitado desde entonces.

Escaló sin dificultad pon su cuerpo sin ropa. Era demasiado alto y, para cuando su pene alcanzó la vagina de Marta, los labios de la boca de la misma quedaba a la altura de su tórax. La chica quedaba aprisionada entre los músculos de él. A ninguno de los dos le importaba.

"Te quiero, Marcos" exclamó la presa con tenue voz. Llevaba tiempo esperando hacerlo.
"Te adoro, Marta", susurró él.

Estaba enamorada. Estaba enamoradísima. Drogada, necesitada del regalo del cielo que estaba a punto de conocer. Se sentía tan lujuriosa como siempre, e igual de desenvuelta, pero no se sentía sucia, ni guarra. Se sentía amada.

La polla de Marcos inundó su cuerpo sin defensas, conduciéndola a las alturas, sorprendiéndola en un fácil deslizarse. "Joder, Marcos, es enorme..." se derritió la víctima sintiéndose follada como pocas veces antes. El amor en forma de placer se desenvolvía cual caramelo dulce mientras piel y piel se conocían, un amante bailaba, y una musa se sentía desfallecer.

"Dios, Marta..." sonó la voz de un hombre desde las alturas "Eres tan zorrita... tan caliente...". No sonaban a palabras de amor, pero a ella se lo parecían. El tórax atlético de aquél hombre se balanceaba arriba y abajo ante sus ojos, y cada movimiento era esperado, porque le acompañaba el follar de una polla que destilaba gozar, que la hacía gozar, y gemir, y soñar. Dejó que sus labios besaran ese pecho, pegó su cuerpo al de Marcos, abrazándolo con hambre, dejando que sus tetas recorrieran el contacto con sus abdominales. La temperatura subía, Marta se sentía desmayar, la habitación daba vueltas y la pasión alcanzaba todos sus sueños. Se corría. El orgasmo se acercaba, las piernas le temblaban, adoraba la manera en que su amante se la follaba, y gemía, gemía como si estuviese maldita, como si no existiese el volumen, como si fuese el gemir lo que golpe tras golpe la penetraba.

-¡Me corro! -gritó con aguda voz ahogada entre gemidos -¡Ah! ¡Síi! ¡Me estoy corriendo, Marcos! ¡Me corrooo! -su relatar sobraba, se notaba en la manera en que agarrotaba sus dedos, en la necesidad con que cogía el aliento, en la forma en que mordía sus labios, se restregaba en su amante y los ojos se le cerraban con expresión de placer. Marcos se moría en el morbo de sentir como se corría el bombón con que se estaba acostando, como se dejaba penetrar su vagina, como arañaba su espalda y besaba su cuerpo. Y su gritar. Le enfermaba la forma en que aquella mujer gritaba que se estaba corriendo.

Sintió cómo su cuerpo también se descontrolada. Sus embestidas se volvían salvajes, para fortuna de la follada, que ya sólo sabía excitarse; También su orgasmo se acercaba. El de ella, sin poder sacar más jugo al disfrutar de la cabalgada y el sexo oral, llegó antes.

"¡¡¡Sí!!!" gritó sin consuelo con todos sus pulmones. "¡Sí! ¡Síiii! ¡¡¡Síiiii!!!"

"Síiii..ii.." sonaba contenta, medio llorando, sintiéndose aún más feliz que satisfecha y desacompasando el son de su disfrutar con el de su amante, que seguía acelerándose entre embestidas. Sus ojos de hombre mostraban concentración. Estaba a punto de eyacular. Ella no acostumbraba a permitir que se corrieran en su vagina, pese a que tomaba anticonceptivos por la regla, pero sintió demasiada ternura ante la idea de frenar el frenesí que demostraba Marcos al penetrarla. Tampoco quería terminar aquella experiencia con sexo oral, anal, ni nada. Le apetecía una aventura completa, sentir el sexo, y él se lo merecía más que nada.

"Me encanta como me follas..." le susurró, consciente de que lo calentaba. "Me encanta la manera en que tu cuerpo acaricia mis tetas, desnudas... Me encanta sentirme follada...". "En realidad suenas un poco a puta", pensó complacida Marta.

Pudo notar cómo se corría. Pudo sentir el semen de Marcos inundándola, sin que su polla dejara de follarla. Y le gustó. Le hizo sentir amada. Satisfecha.

"Marta..." resopló exhausto Marcos, rompiendo el silencio que caracterizaba sus orgasmos. "Dios...". "Eres jodidamente sexy", pensó ella.

El amante se dejó tumbar sobre el cuerpo de la amada. La besó, jugando con su lengua, al tiempo que de nuevo la abrazaba.

La había llevado hasta el cielo. El cielo que el ya había alcanzado la vez primera.

"¿Sabes, Marta?" le dijo ya del todo recostado, cansado. "Dime" continuó ella, esperando escuchar amor tras sus orgasmos.

"Deberías hacerte puta" se atrevió a sentenciar el amante, con su polla aún medio erecta, restregándose en la piel de ella. El tono era serio.

El silencio fue lo único que se escuchó durante los próximos segundo. En realidad, más que el silencio...

¿Cómo suena un corazón al romperse?


-¿Cómo? -terminó cortándolo ella, incrédula, aún esperando algo en la respuesta que la enamorase.
-Piénsalo. Me refiero a seguir llevando la consulta, ya sabes, pero... de vez en cuando, hacerle algún favorcito a tus clientes, que seguro que te lo pagarían bien caro.
-Marcos... ¿te estás escuchando? -lo espetó violentada aún sin creérselo. ¿Cómo podían llegar las ganas de llorar tan rápido?
-No sé, con lo zorra que eres, Marta... Piensa que podrías proponérselo sólo a los que tú quisieras, los más sexys y tal, los casados, que seguro que guardan discreción, y puedes acceder a sus historiales médicos para saber que no tienen nada raro. Podrías forrarte. Y seguro que con el morbo del rollo dentista, en 15 minutos estaban listos... Joder, yo lo haría, me parece un chollazo.

Marta se levantó de la silla, herida. "Márchate" le rogó, haciendo un esfuerzo por no dejar escapar a sus lágrimas. "Pero, Marta... perdona..." quiso disculparse él, ante la evidencia de que se había equivocado en algo.

-Marcos -volvió a decirle, con ojos llorosos, tajante -Quiero que te vayas
-Ven, deja que te abrace, Marta...
-¡Vete!
-Pero Marta...
-¡Que te vayas, joder, que te vayas! -gritó, ya llorando. Él se vistió, sin dejar de disculparse.

Una vez arreglado, con gesto de arrepentido, abrió la puerta de la consulta. "Supongo que tampoco me darás tu teléfono esta vez..." pronunció en un último gesto descabellado. "Espero que no vuelvas a cruzarme una palabra" respondió la felina mientras sangraba.

Cuando finalmente la puerta fue cerrada, Marta abrazó el ramo de rosas, abandonándose a las lágrimas, que caían por sus mejillas desenfrenadas. No hay peor sufrimiento que el precedido por la felicidad. El desconsuelo inundaba su alma, al tiempo que la ansiedad la embargaba. Llorar era insuficiente para expresar aquel dolor. Todo lo era. La herida era mortal.

"¿Pero cómo puedo ser tan tonta?" se desvivía histérica, derrotada, recordando a Marcos y su ardiente forma de inundarla, sintiendo su semen aún cayendo de su vagina y humedeciendo sus bragas, recordando por qué no permitía a nadie eyacular en la intimidad de su sexo.


Su vida no tardaría en adoptar un vivir casi psicópata. Cerró la clínica esa tarde, argumentando haber caído enferma. Tenía horas de sobra para recolocar las citas. Al día siguiente volvió al trabajo. Las dentaduras de dos adolescentes, un niño y una señora pasaron por sus manos. La última de todas era la de un hombre, Alfonso Rodríguez, que superaba los cuarenta años, y llevaba un anillo de casado.

"Dame un segundo, cielo" le pidió al tiempo que marchaba a su despacho y comprobaba su historial médico. Casado desde hacía más de diez años, sin ningún problema sexual, no había impedimentos. Se quitó la ropa de vestir que llevaba bajo la bata, dejándose puesta esta última prenda. Abrochó todos sus botones, excepto uno. Estaba improvisando, pero conocía demasiado el desear de un hombre cualquiera como para tener inconvenientes en improvisar. Calentó a su paciente. Le ofreció sexo a cambio de pago. Se la chupó, se lo folló, e incluso le permitió el sexo anal. Más tarde aprendería a explotar al máximo a sus clientes de forma efectiva y rápida, no teniendo que recurrir a experiencias tan completas, que podían hacerse eternas. No pudo impedir pensar en Marcos de vez en cuando. La seguía excitando. "No puedes ser más tonta, Marta", se maldecía en su pesar.

Su consulta no tardó en llenarse, y sus cuentas se sanearon. La cantidad de hombres que pasaban entre sus manos convirtió el sexo en mundano, terminando con su única fuente de vida.

Una prostituta, Marta... Una triste prostituta.

Que está sola.

Cómo nunca llegué a ser un ángel (I y II)

-I-



Tener amigas que estén como un tren tiene más inconvenientes que ventajas. Sobretodo si tú eres también una chica que, noche tras noche, ha de acostarse con cualquier hombre de cuantos conozcan que no sea “el que está bueno”, el que ella disfrutará. La muy zorra...

Da igual que tengas unas tetas jóvenes y suaves, y que casi las regales con tu escote. No importa que tus palabras insinúen abiertamente que tu boca se vende fácil a las pollas, como si fueses una ninfómana desesperada. Porque los tíos, mil veces odiosos, ya han decidido que “el premio” es mi amiga mucho antes de entrarnos. Y yo, que a mi parecer estoy de muy buen ver, no tengo mayor alternativa que convertir en afortunado a algún segundo plato que, encima, hubiera preferido acostarse con ella. Es tan odioso!!!!


Tan sólo en una ocasión nos cruzamos con un grupo de tíos en el que fueran dos, y no sólo uno, los pivones que estaban para comérselos. Y se los llevó, cómo no, ella. Sí, a los dos. Aquella noche le romperían el culo en una de tantas fantasías que yo sólo experimentaré cuando ella me las cuente. No he conocido hombre con el que valga la pena el sexo anal, pero es que aquellos dos tíos... Uf!! En fin, socorro.


Su nombre es Lucía, el mío Ana Mar, y sería esta “rivalidad” de la que ni siquiera sé si ella era consciente la que nos adentraría en la mayor aventura de sexo a la desesperada de nuestras vidas.

Todo comenzó un muy caluroso Martes del mes de Julio, en la playa. Habíamos decidido marcharnos juntas de vacaciones, las dos, solas. La mayoría de nuestras amigas tenían ya pareja estable, y estaba un poco de moda criticar nuestra costumbre de no dormir solas. Allá ellas. Rodeadas de sus “chicos encantadores”, me figuro que la condena de un sexo con dos miembros pasivos había caído sobre todas, y se les notaba en el humor.

Tumbadas en una hamaca, pronto nos sentimos devoradas a miradas (lo que, Dios lo sabe, nos encantaba). Las dos morenas, Lucía escultural, ojos verdes, labios finos, cuerpo en forma, y aquellas piernas maravillosas, y yo, de desgraciados ojos marrones, menos delgada, aunque mis piernas tampoco estaban mal; sabíamos que todos estos detalles pasaban desapercibidos. Miré con envidia los pechos del ángel que estaba tomando el sol a mi lado. Eran enormes. Parecían duros, como si la gravedad no los derrotase, redondos, ardientes, alucinantes. Recordé la ocasión en la que, borrachas como nunca las dos, comenzamos a besarnos en mi casa, calientes perdidas. Continuamos desnudándonos, y, loca de morbo, empecé a lamérselos. Dios, me sentí MUY lesbiana. Ella acabaría tirándose al capullo de mi hermano pequeño en mis jodidas narices, sin que casi me importara. Recordé cómo, sentados ambos en el sofá, Lucía lo cabalgaba de aquella forma salvaje. Cómo le bailaban esas tetas. Arriba, abajo, hipnotizantes, mágicas, embelesando a mi afortunado hermanito, que cumplía los 18 años y apenas le duró unos minutos. Jaja, fue incluso gracioso cómo, después de haberse corrido, le pidió completamente arrepentido de haber dejado pasar la ocasión que intentase chupársela, que sólo un poquito, mientras ella pasaba completamente del tema. Creedme que os gustaría saber cómo terminó todo, como le gustó a él también... pero no he venido a contar esa historia.

Detrás de nosotras, un grupo de chicos un poco más mayores, de unos veintitrés o veinticuatro años, jugaban a una especie de “mini-fútbol” playero y nos miraban de una forma descarada. Me volví un poquito, por curiosidad. No estaban mal, bastante atléticos. Dos de ellos se encontraban apartados, uno estaba escribiendo algo. La incertidumbre me invadió, quería atenderles mejor. Me puse, disimuladamente, a hacer que tomaba el sol boca abajo, con las gafas de sol puestas, para poder así mirarles de una forma discreta.

El chico que escribía, sentado en una especie de banco de piedra que marcaba los lindes de la playa, estaba tremendísimo, tenía un “algo” que me atraía, y el chico que le acompañaba, de pie, tampoco se quedaba atrás. Vi que nos miraban, en especial el segundo. Me entró un pelín de excitación, no sexual, eran nervios, ya sabéis, y me desabroché el bikini para corresponderles, sin dejar de quedarme boca abajo. Tenía que combatir de alguna manera contra la delantera con que Lucía les deleitaba. Puta.

Pronto pude comprender más o menos la escena. El escritor parecía animar a su amigo, que se veía cortado, a algo, y me figuré que mi amiga, yo y nuestros cuerpos tenían algo que ver. Ya lo creo, pronto pasarían a nuestro lado, y el cortado se agacharía un poco para dejar a mi lado la nota que yo sabía que había salido de manos del escritor. Discretos, se metieron al agua sin mirar atrás, dejando que cogiese el papelito sin tener que cohibirme, un detalle. La nota decía:

“Sería capaz de recorrer un mundo entero si supiese que, al llegar, me estuviera esperando tu precioso cuerpo de mujer, así, desnudo, cubierto por, afortunadas las manos, la crema que ahora te nutre, bajo este sol que te deslumbra, y en esta playa que te acoge. Pero tú estás aquí, y, por hoy, no necesito de hazañas para convertirme en el hombre más afortunado del planeta.”

-Jaja, tía- no pude evitar contárselo a Lu (Lucía) -mira lo que acaba de dejarme ese pavo-

Lo leyó, y no tardó en poner cara de rechazo -Mira que algunos están salidos, ¿eh? ¿cuál de los dos ha sido?-

Dios, increíble. Creo que ella se había fijado ya en ellos. Probablemente en el escritor, el chico con ese “algo” que no sabría cómo describir pero que parecía capaz de convertir en realidad todos tus sueños, o al menos los húmedos. Y que esa cara de rechazo se debía a, no sé cómo no me había percatado, ¡que me hubiesen dejado la nota a mí! ¡a mí, a Ana Mar, a la chica-que-no-estaba-al-nivel, mientras Lu se tumbaba al sol con todos sus encantos destacando! Estaba decidido: El chico me había encandilado. El escritor, claro. Y por nada del mundo iba a dejar que Lu se lo anotase esta vez.

-El más rubio, el alto- respondí señalando al cortado y omitiendo el resto de la historia
-¿El rubio? ¿Sí? Oye, pues no está nada mal eh?-
-No, la verdad es que no, ¿no crees?- Le seguí el rollo, aunque su tono ahora me desconcertaba. Por favor, estaba claro que el Escritor era carne de polvazo, pero ella parecía, de verdad, no fijarse.
-¿No vas a devolverle una nota tú, o algo?- me lanzó -tía, esas palabras tienen morbazo.-
-No lo sé, tía, no lo sé! Me lo pensaré. La verdad es que parece divertido!- hablábamos como locas, formaba parte del rollo.
-Deberías volver a ponerte boca arriba- me dijo -las tetas siempre atraen más que las espalda, Anita, que pareces nueva!-
-Jaja, tú y tu mente calenturienta, guarrona! Quizás tengas razón!-

Comencé a abrocharme de nuevo el bikini...

-No! Tía, no seas tonta!- me interrumpió -desmelénate, Anita, que estás en una playa joer!-
-Jaja, pero tía, me pides que deje todas las tetas fuera ahí? Cómo te pasas no?- (sí, la idea me encantaba)
-Oye, pero dijimos que veníamos a disfrutar o qué? Caliéntales con esas tetazas tuyas, que tienes ya una edad, y esa belleza hay que aprovecharla!-

Recordé por qué éramos amigas, sonreí y pensé que, acabara como acabara la cosa, la idea de que no sólo el escritor y el cortado, sino tantos otros desconocidos que nos rodeaban, se pasasen la mañana muertos de ganas por sentir mi senos y soñando con follarme hasta extasiarme sudada, se me antojaba divertida. Claro que sí. Me volví con mis pechos desnudos. No serían los de Lucía, pero no estaban nada mal. Ahora me moría de ganas porque el escritor regresase a la playa para encontrarse con su carnoso regalo.

Los minutos pasaron con los chicos en el agua, el sol me relajaba demasiado, y no pude evitar caer dormida. ¡Maldita tonta!

-Tía!- me despertaría Lu -tía, tía, despierta! No te lo vas a creer! Los chicos nos han traído bebida!-

Desperté. Apenas pude creerme lo que me esperaba. Inclinada sobre mí, despertándome, estaba Lucía. Su pelo negro, que caía sobre su espalda. Sus ojazos verdes. Aquella nariz moldeada, aquella boca tan sexy y... sus increíbles tetas, bailando desnudas, sin bikini como las mías. Arpía, ¿cómo no iban a traernos nada con aquellos melones seduciéndolos? Así como estaba, inclinada sobre mí, sus pechos, morenos, colgaban arrejuntados, y sus pezones, mágicos, quedaban a unos centímetros de mi cara. ¿Lo peor? Que me encantaban. Que me parecían una forma genial de despertarme. Que me moría por besárselos. Por lamérselos. Por dejar mi boca a su servicio y dar a mi lengua su contacto. La envidia me corroía, me sentía traicionada por saber que Lu había seducido a mi aventura, pero también, y esta vez sin estar borracha, me sentía un tanto lesbiana.

-Bua, Anita, estabas tan espectacular ahí con las tetas al aire que me has dao envidia y me he quitao yo también el bikini- me dijo haciéndose la tonta. En su mano, la bebida. Martini. Así, en botella. ¿Cómo podía haberlo aceptado? No era propio de Lucía.
-Mira, es martini. Iba a rechazárselo, ha venido el rubio a traértelo con bastante desparpajo, supongo que ellos también se han metido alguna, pero me he acordado de que te estaba molando, de que éste es nuestro verano y, jiji, le he dicho que sí!- dijo como leyéndome la mente

Joder, Lucía. Si se estaba haciendo la tonta, lo hacía muy bien. ¿Cómo podía no haberse fijado ella en el guapo escritor? Y, sobretodo, ¿cómo montármelas para tirármelo sin que ella se fijase por el camino? No podía permitirlo. El hecho de que centrase su atención en el cortado me daba cierta ventaja: tendría que explotarlo.

-Trae aquí!- le dije cogiendo la botella -puta locura!-

Comenzamos a beber. En la botella no nos esperaba martini. No sé qué habrían metido, pero estaba casi tan bueno como el escritor. Después comprobamos lo rápido que se subía, mientras los chicos nos miraban ya descaradamente y descojonándose. Lu y yo comenzamos a decir cosas tontas y a morirnos de la risa. Aún sonrío al pensar en lo que pasaría por las cabezas de la gente que nos rodeaba, allí, un martes por la mañana, con aquellas dos chicas borrachas y desnudas diciendo tonterías y riéndose. El espectáculo estaba por comenzar.

-Oye Anita! Que me doy cuenta de que llevo más de una hora aquí con las tetas de paseo y se me ha olvidado darme crema!- dijo con especial tono de tonta
-Joder! Y a mí! Dónde tienes la crema?- no era momento de que se me quemasen, no era el puto momento!
-Aquí, en la bolsa!-

Cogió la crema, y se echó un chorrito sobre una de ellas.

-Tía...- me dijo entonces, con un tono muy, muy sexy -¿no quieres calentar un poco a tu ligue?-
-jaja, tía, qué dices...-
-bueno... digo que...- su voz era sensual -podíamos darnos la crema la una a la otra...-
-jajaja, tía!!!!!- dije escandalizada. Teníamos que estar muy, muy borrachas. Para colmo, hablábamos muy alto, y la gente nos miraba.
-Vamos... Como si no tuvieras confianza ya con ellas... eh, Anita?-

Joder, qué picante. Aquellos senos, con un poco de crema en uno de ellos, pidiéndome que los sintiera. Me llamaban, me atraían, me gustaban.
-Está bien, pero si lo hacemos sexy... lo hacemos sexy- le dije sonriendo. En ese momento no estaba pensando en calentar a los chicos. Estaba pensando en las tetas de Lu. En tocarlas. En masajearlas. Y quería hacerlo, quería hacerlo a conciencia, quería disfrutarlo. Cualquier excusa que me ayudase me iría de lujo.

Me arrodillé sobre ella. Sobre su cuerpo tostándose al sol. Ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás. Estaba metida en su papel... Y la confianza con la que se abandonaba a mis manos me encantaba. Comencé a tocárselas en un tórrido masaje. Suaves y firmes, cómo las envidiaba, su sólo tacto ya me estaba volviendo loca. Pero quería más. Quería volvérselas a besar. Como aquella noche en que mi boca había conocido por vez primera los pechos de una mujer y la polla de mi hermanito. Sabía que era imposible, rodeados de gente, y cubiertas ya de crema, pero quería lamérselas otra vez. Lucía, además, ponía cara de concentración, como si lo disfrutara. “Finge por el jueguecito del rollo sexy” pensé, pero no. No, había caras muchísimo más sexys, y Lu las dominaba todas. Estaba sintiéndome. Estaba disfrutanto, como yo también hacía.

Me acerqué a su boca. Sentí sus labios cercanos a los míos. Quería besarla. Quería besar a Lucía. A la mujer de ensueño que hipnotizaba. Sentí incluso celos por cuantos hombres habían pasado por esos labios. Quería sentirlos. Pero no estaba tan borracha.

-Lu, no sabes cómo me encanta tocarte las tetas...- parece que sí que estaba suficientemente borracha como para soltar eso. Me arrepentí enseguida... Me miró raro.
-Pero qué dices tía?-
-Joe, no sé, tan blanditas, tan...-
-Jaja, tía, estamos hechas unas lesbianas que lo flipas...- me respondió

Un momento: ¿Cómo? ¿Estaba declarándome abiertamente que no le molestaba? ¿Incluso que, a su manera, a ella también le excitaba? Joder, tenía sentido, era ella la que me había propuesto todo este lío de sobarnos, pero... uf, sería demasiado caliente.

-Es tu turno, Anita-

Me levantó y me hizo tumbarme en mi hamaca. Sus ojos brillaban. Humedeció un poco los labios con su lengua. Lu, me estás poniendo a cien. A mil. A cienmil. Joder, Lucía, si fueras un hombre, comenzaría a chupártela ahora mismo. Lo disfrutaría. Fingiría que lo disfrutaría aún más. Te destrozaría con mis ojos, te follaría con mi lengua, y después... por dios, desearía que tuvieses ganas de mí. De metérmela, de hacérmelo, de cabalgarme, de torturarme a placer. De escucharme gemir como una puta, sobar mis tetas, sujetarme contra la pared y terminar con tu boca en mi vagina. Y ambos seríamos felices. Pero eres una mujer, y no sé qué hacer contigo. No sé jugar como lo hago con los tíos. Ni como tú lo haces conmigo.

En lugar de arrodillarse a mi lado, se subió también en mi hamaca, colocando sus piernas a ambos lados de mi cadera. Su cara expresaba deseo. No pretendía “darme crema”. Tampoco fingía ante los chicos. Quería meterme mano. Quería conocer mis tetas como yo lo había hecho con las suyas. Estaba deseando mi cuerpo. Lu, la chica increíble, me consideraba a su nivel... y yo me sentía feliz. El atrevimiento con el que me trataba indicaba que se le había subido más aquel “martini” que a mí, pero no me importaba. Quería disfrutar con aquello.

Imagináosla. Se echó crema en una mano. Comenzó a masajearme con las dos. Sus brazos, en esa postura, aprisionaban sus tetas que salían, turgentes, deslumbrantes. Sus manos me estaban acariciando a placer. Cerró los ojos, mirando hacia el cielo en una expresión de placer.

-Anita... no sabes cómo me estás poniendo...-

Como me pones tú a mí, jodida.

-Anita... me estás matando...- decía aquella especie de sueño que se sentaba sobre mis caderas.

Comencé a humedecer la parte inferior del bikini. Lucía...

Se inclinó sobre mí. Apoyó sus codos sobre la hamaca. No hace falta mucha imaginación para saber que sus senos se encontraron con los míos. Wow. Nuestras tetas, húmedas por la crema que acabábamos de ponernos, se conocían ahora por vez primera. Lucía seguía con sus ojos cerrados, y comenzó a mover esas tetas maravillosas. Hacia arriba, hacia abajo, en círculos...

Cerré los ojos. Nuestros espectadores estaban ya atónitos. La sentí. La sentí con todo el placer del mundo. Nuestras tetas se estaban besando. Se estaban deleitando. Joder, Lucía y sus tetas. No me cansaba de pensar en esa palabra. Las tetas de Lu. Las enormes e increíbles tetas de Lu.

Sentí su aliento cerca de mi boca. Abrí los ojos, y allí estaban los suyos, encendidos. Mi vagina se humedeció más si cabe. Y así, con su cuerpo desnudo recostado sobre el mío, comenzó a besarme. Esa boca, Lu... no puedes imaginarte cómo me gustó. Primero juntaba sus labios con los míos, en cálidos besos. Luego comenzaba a jugar con cada uno de mis labios. Cuando fue su lengua la que entró al juego, quedé desarmada. Quería que aquel beso nunca terminara. Mi lengua estaba disfrutando la suya, mis labios también, y no podía dejar de pensar en el roce entre nuestros pechos. Nos besábamos, nos saboreábamos. El beso era cálido, era suave, dulce cómodo, excitante. Un beso de mujer.

Entonces Lu comenzó a lamer la comisura de los labios. Sentí cómo me derretía. Mi amiga era una profesional. Y su juego no había terminado.

Se apartó un poco, se recostó a mi lado, sin dejar de pasar su lengua por mis labios. Una de sus manos quedó libre, y comenzó a acariciarme el ombligo. Lu, dime que no estás pensando en eso...

Su mano siguió acariciándome. Tranquila, paciente, como nunca lo había hecho la de ningún hombre. Lu...

Alcanzó la braguita del bikini. Lucía, acabarás conmigo...

Y así, metió su mano y comenzó, suavemente, a masturbarme

-Joder Anita, guardas un trozo de mar aquí abajo?- dijo al sentir la humedad en mi vagina
-No me separes de tu lengua, Lucía- dije lanzándome de nuevo a reclamársela, loca

-Eh! Vosotras!!! Joder, dónde coño os creéis que estáis???-

La voz de un tío, alta, poderosa, nos devolvió a la realidad. No era otro de nuestros espectadores, ya idiotizados. Parecía una especie de guarda o algo. Se acercó hasta nosotras.

-Dios mío, sois lo que me faltaba por ver. Si supierais la multa que os puede caer por esto... Mirad, escuchadme, a vuestro alrededor no hay más que tíos jóvenes, y os voy a perdonar porque no creo que les hayáis molestado precisamente, pero quiero que os larguéis ahora mismo de mi playa, vale chicas?-
-S..Sí, sí señor agente (no creo que fuese ningún agente, pero es lo que me salió), ahora mismo... por supuesto...- me moría de envidia. No así la borracha de mi amiga.
-Pero señor agente... si está empalmadísimo!-

En un rápido movimiento, Lu bajó los pantalones del agente. Desde luego que estaba empalmado, estaba empalmadísimo, cómo no iba a estarlo. Lucía soltó una risita y se metió su pene en la boca. De inmediato, comenzó a mamársela. Maldita profesional. La aparté enseguida como pude.

-Dis... ¡Disculpe señor agente! Es que mi amiga está... está muy borracha... y...-

El guarda no reaccionó, se había quedado paralizado. Así, me apuré en levantar a mi amiga, coger la bolsa y, con las tetas al aire aún las dos, salir de la playa. Una vez fuera, me dijo picantona:

-Espera! Espera!- Se puso a hurgar en la bolsa. Cogió la nota del chico y un boli, y corriendo, anotó mi número de teléfono y se fue corriendo hacia el cortado
-Lucía no!!-

Tarde. El cortado me miró como diciendo “no pasa nada”. La verdad es que, sin ser el escritor, no estaba nada mal. Entonces recordé a mi amor del día. El masculino, al menos. El que tenía “algo”. Ya lo creo que lo tenía. Tenía novia. A su lado, una chica que parecía acabar de llegar lo abrazaba mientas nos miraba con cara de asco. Una maldita novia. Sonará mal, pero este es un relato de confesiones: aquello me enamoró del todo de aquel desconocido. Del escritor. De mi escritor.



-II-


El cortado me llamó al día siguiente. Su nombre era Raúl. Quería saber si me gustaría tomar algo con él. Valiente gesto, llamarme después de un día de borrachera en el que era consciente de que me había visto montándomelo con mi amiga. Tuve que hacerme la tonta, no estaba sola en el hotel. No es que durmiera con Lucía...

Cuando salimos de la playa, estábamos mojadísimas. Y aún en tetas. No sabía si Lucía querría seguir con el juego en la habitación, pero ahora me daba algo de corte y ni siquiera sabía si lo deseaba. Dos tíos pasaron, mirándonos, como toda la calle. Uno de ellos estaba bastante bien, el otro era más bien feote.

-Tía, necesito polla- me dijo Lu, pedo perdida -y este señor tiene pinta de tener una bien deliciosa- dijo agarrándose (sí, desnuda) al guapo. Me resigné. Yo también la necesitaba. No había dónde elegir, así que me quedé con el feo. Una vez en la habitación, desinhibida por el alcohol, le dejé las cosas claras.

-Si estás aquí, es porque mi amiga me ha puesto a cien y necesito desfogarme. Eres un cabrón afortunado, y tu papel esta noche es el de darme placer. Me parece bien que lo disfrutes, por qué no, pero esto es para mí, no trates de cumplir todos tus sueños ahora. Apagaré la luz. Me comerás el coño. Lo harás a conciencia, además, más te vale hacerlo bien, porque pienso correrme mientras lo haces. Si después me apetece, follaremos. Tú te pondrás encima, y me trabajarás. No me beses en la boca, no me gustas. Bésame lo que quieras, excepto la boca-

Puede sonar duro aquí escrito, no lo sé. Sé que estaba pedo, y que a él le sonó a cielo. Un gemido de mujer llegó desde la habitación de Lucía.

Apagué la luz. Me desnudé, cerca suyo. Sin tocarle, haciéndole sentir que me desnudaba. Desabroché su camisa, botón a botón. Seguía sin tocarle en exceso. Sus pantalones... Hacía mucho que no desabrochaba unos pantalones sin proceder a una mamada. Cuando follaba por impulso, por calentón, que eran las ocasiones en los que no cabía el sexo oral, solían desabrochárselos los tíos solitos. Creo que mi invitado lo notó, y supongo que cruzó los dedos. No, no estaba para comerle la polla ahora, estaba decidido. Le cogí la cabeza.

-Ven aquí- le dije, tumbándome en la cama y hundiendo su cabeza entre mis piernas. Intuitivo el chico, se puso a lamer. No lo hacía muy bien. Le cogí la cabeza. No pensaba quedarme sin disfrutar de aquello, y comencé a movérsela según me apetecía. Una vez comencé a disfrutar, el calentón olvidado en la playa regresó instantáneamente. Pensé en Lucía. Pensé en Lucía y en su lengua. La imaginé entre mis piernas. Sí, no era el desconocido el que me estaba dando aquel momento. Era Lucía. Vamos, Ana, concéntrate. Ví sus ojos de mujer mirándome, lujuriosos. Sus labios. Su lengua recorriendo el interior de mis muslos. Comencé a calentarme. Arriba, abajo, Lu besaba mi vagina con deseo, con placer, y su lengua jugaba conmigo. Sus tetas bailaban mientras lo hacía, sus ojos contemplaban bailar a las mías.

-Sí, Lucía, sí, por Dios, sigue...-

Aquello calentó al tipo, que aceleró el ritmo. Lucía había cerrado los ojos, comía con ansia mi coño, con placer. Me miró. Sonrió. Siguió lamiendo. Su lengua, arriba, abajo, húmeda, suave, como el beso, pero en un lugar muchísimo más increible, lamía, me miraba, sonreía, sus tetas seguían bailando, Lucía se excitaba, se entregaba a esa vagina.

-Sigue!! Sigue!!!! Sigue!!!!!-

Su cara lujuriosa se hundió por completo entre mis muslos lamiendo con ansia. Me moría. Bajé mis dedos para ayudar. Pero no eran mis dedos. Eran los de Lucía. Loca, me besaba, me enloquecía, me disfrutaba. “Joder Anita..” dijo antes de volver a lanzar su boca para comerme el clítoris, los labios, para meterme sus dedos, para masturbarme, qué manos, qué boca, dios mío, Lucía, sigue.. sigue...

-Ah!! Ahhh!!! Sí!! Síiiiiiii!!!!!-

Me corrí. Me corrí con ansia, con fuerza. No había sido la mejor comida que me habían hecho, pero mi imaginación había puesto el resto. No sabía si ahora me apetecía que aquel tipo me follara. Me pareció mal cortarle. Supongo que sintió mi invitación, porque subió y comenzó a besarme las tetas. Definitivamente, su boca no tenía ningún don.

-Cariño, si no quieres que se me vaya la líbido por los suelos, creo que es el momento de que me la...-

“Metas”. No me dio tiempo ni a terminar la frase. Su polla me penetró casi sin permiso, vulnerando toda intimidad. ¿Polla? Pollón. Joder. Joder! Me la sacaba y me la metía, vaya miembro! Dios! Quedaba alucinada a cada viaje. Aquel tío había conseguido sorprenderme, y fue una sorpresa más que maravillosa. Sí, sí... Miré hacia mi amante. A oscuras, no se le veía la cara. Pero yo sabía quién era. Era el escritor. Era aquel pedazo de hombre que había dejado en la playa, sobre mí, rozándome, deseándome, metiéndomela, acostándose conmigo. Echaba en falta más violencia, quería que me destrozara, pero el cielo sabe que aquella polla me lo estaba haciendo gozar.

-Dios, sí...- dijo el hombre.
-Cállate- su voz no le quedaba bien al escritor -y sigue follándome, cabronazo, sigue follándome!-

Eso le animó, y sus embestidas cobraron más fuerza.
-Sí joder, sí. Métemela! Métemela! Métemela!!!!- gritaba como una desgraciada. El escritor, con ojos profundos, disfrutaba de mi cuerpo, pero lo hacía a un nivel diferente. Tranquilo, reposado, y violento de igual manera, dejaba que mis piernas le abrazaran, que mi voz le sedujera, que mis pechos le traspasaran, mientras me miraba con complicidad. Era increíble. Era un hombre. Un hombre, como no había conocido a ninguno.

Comenzó a besarme las tetas. Sí, por favor, sí. A chuparlas, a lamerlas. No lo hacía de la forma en que lo hacía el escritor en mi mente, pero no me importaba. Subió por mi cuello. Su pene seguía entrando y saliendo de mi cuerpo, calentándome, disfrutándome, follándome. Follándome, siempre me encantaba esa palabra. Follándome como solo el escritor sabía hacerlo. La temperatura subió. Comenzó a besarme el cuello, la oreja. Era guapísimo, diferente, masculino. Su polla, enorme. Y me estaba follando!!

Me besó en la boca. Se saltó las normas. Pero era el escritor, y me volvió loca que lo hiciera. Loca.
Solté un gemido de placer mientras le devolvía el beso. Le abracé. Le sentí. Sentí su musculado cuerpo, sentí su deseo, sentí sus brazos, sus piernas, su culo. Y esa polla, por favor, esa polla que me estaba matando, que no paraba de entrar y salir de mí.

-Sí!! Por favor, sí!!! por favor!!!-

El orgasmo llegaba, deslumbrando sobre cualquier otra parte de mi ser. Mi lengua estaba en su boca. Mis tetas se frotaban con su cuerpo. Mis piernas envolvían su cadera. Y así, en una increíble explosión de placer. Llegó. Me corrí. Me corrí con toda mi alma, entre gemidos. Sí, escritor. Desde luego que es amor lo que me estás dando. Y lo que te daré yo a ti.

Insatisfecho, el pene de mi amante seguía reclamando mi cuerpo. Encendí la luz. Se lo había ganado. Sin embargo, para mí no dejaría de ser el escritor. Lo senté en la cama. Me arrodillé ante él. Obediente, seguía sin decir una palabra. Pude ver su pene. No era tan grande, después de todo, quizás la imaginación hubiese puesto lo demás. Comencé a chupársela. Capullo afortunado, mi amante se deleitaba en mi entrega al escritor., y si algo sabía hacer, era mamar una polla. Demasiada práctica. Demasiados hombres, demasiados penes, demasiada confianza con mi hermano como para no repetir, y siempre las mismas reacciones. Mi lengua se entregó. Acariciaba su capullo, lo chupaba, lo lamía, lo mamaba. Me entregaba a mi Shakespeare con la intención de inspirarle más que sus letras. Chupaba, humedecía, seguía chupando. Volví a calentarme. Tumbé aquel cuerpo.

Empeñada en no ver otra cara que la de mi escritor, me senté sobre el, de espaldas, y me estiré hasta que mis tetas quedaron a la altura de su polla y mi culo frente a su cara. Así, mis senos envolvieron aquel pene, haciendo que mi acompañante se derritiera en el acto. Ver mi culo bailando mientras lo hacía no solía desagradar tampoco a nadie...

Me recosté más. Ahora, su pene quedaba bajo mis labios, y mi vagina sobre los suyos. Lo que son los escritores, no tardó en acudir a él la inspiración. Comenzamos el sesentaynueve. Yo chupaba y chupaba, como si algo me atrajese en aquel miembro erecto. Lamía, lo recorría, lo conocía. Lo saboreaba. Mi boca subía y bajaba, enloqueciéndole. Sentí que su eyaculación se acercaba. Jodido tío feo, apuesto a que no olvidarás esta noche. Comenzó a correrse, y dejé que su semen se lanzase sobre mis tetas. Les encantaba. Pero había algo que les gustaba aún más. Hice que necesitaba quedarme algo de aquel semen, lamerlo, y lancé de nuevo mi boca sobre la polla de mi Oscar Wilde, terminando mi mamada mientras él terminaba de correrse. Aquello me calentó muchísimo, y sentí acercarse a mi tercer orgasmo de la noche. Comencé a mover mi entrepierna, restregándola contra su lengua con mayor habilidad de la que él tenía para lamérmela. Sí, así sí, así sí!!. Se acercaba. Venía. Tras los dos anteriores, casi parecía algo natural. Alcé la cabeza. Gemí. Grité. Y me corrí.



El tío amaneció en mi cama. De repente, me parecía aún más feo. Y entonces llamó Raúl, el cortado. No sabía muy bien cómo encarar aquello.

-Sí, claro que quedaremos, por qué no?- le respondí -pero tú y yo solos, vale?-

Accedió. Yo ya tenía un plan. No iba a cejar en mi empeño por que mi aventura con el escritor trascendiese la imaginación. Pero iba a ser complicado. Tenía novia. Sin embargo, eso lo convertía en un hombre heterosexual. Sabía cómo lidiar con esa especie. No tan bien como Lu, pero sabía hacerlo. Y, con el cortado de trampolín, Shakespeare acabaría deseando mis tetas antes de que terminasen las vacaciones. Encantada.

El ligue de la noche anterior se había metido ahora en la ducha. Seguía sin decirle palabra. Me metí en el baño. Apagué la luz. Me metí en la ducha. Me arrodillé. Comencé otra mamada. Pero esta no era de premio. Ni el resultado de un calentón. Sería una mamada lenta. Una mamada profesional. Mi lengua se quedaría sin un centímetro que besar, y su pene sin una sensación que conocer. Lo haría delicioso. También me gustaba esa palabra: Delicioso. Sí, simularía que el pene lo era, y le correspondería. Llamadme puta, pero saber hacer aquello formaba parte del plan. Con la luz apagada, no tenía que preocuparme por la expresión facial. Era un error. Encendí la luz. El pobre chico estaba perplejo. Retomé mi mamada. Esta vez no dejé de mirarle. De sonreirle. Sería una mamada larga. Sería una mamada increíble. Al mirarle, no dejé de ver al escritor. Sí, se la estaba chupando a mi amante, y se la chupaba de vicio. La envolví entre mis tetas. El chico gimió. El agua caía sobre nuestros cuerpos, haciéndolo todo mucho más placentero. Me la metía, me la sacaba, jugaba con ella, sin darle tregua. Gemí. Chupé. Sentí cómo se acercaba su orgasmo. No quería que la ducha de ese tío se extendiera, y opté por, esta vez, devorarlo todo. Lo tragué. Él se dejó caer sobre el suelo. Me sentí satisfecha. Tenía la habilidad con un pene entre mis labios. La necesitaría si quería alcanzar mi meta.