El Juego – Labios




"Ploc, plic, pluc". El sonido de un dado al rodar. Toda mi expectación concentrada en sus rebotes. Cruza los dedos. Un dos. "Fantasía, Gabri", me dice ella, leyendo lo que marca la casilla en la que a mi ficha le toca colocarse. "Has de contar una fantasía que hayas tenido con alguno de los otros jugadores". En esta ocasión, la elección es imposible: Tan sólo jugamos yo y ella; Labios. Tampoco puedo optar por la artimaña o discreción: El alcohol embauca mis venas, y me muero de ganas por escuchar en voz las morbosas imágenes que a su libre albedrío se pasean por mi mente.


-Cualquiera que te incluya chupándomela, Labios -le confieso, agradecido por la ocasión al juego -No me importa si estamos solos o entre gente, en la ducha, la cama, el sofá, o el trabajo. Ni siquiera te necesito desnuda. Tan solo deseo verte arrodillada, adherida a mi falo, dios, ya sabes, mamando desesperada, bebiendo saliva, y haciéndolo muy despacito, largo...
-Toma ya, vaya -responde ella, en un tono desenfadado, aún más tocada por la bebida que yo -No nos curramos demasiado las fantasías ¿eh?
-Mónica, quizás sea el momento de confesarte por qué te llamamos Labios...
-Ah... -remolonea -¿no es porque siempre los lleve pintados en colores extraños?
-Uff, no, Mónica, me temo que no...

Ella sonríe. Yo hablo. "Es por tus amantes, Labios" sentencio. "Tan sólo hablan de tus mamadas. De tu lengua. De esos labios, como si no existiese otra cosa que gozar cuando se meten en tu cama. No hablan de tus pechos, ni de tu culo, ni siquiera de tu gemir o tus caras ocultas, como es habitual al hablar de las mujeres y sus orgasmos. Sólo del momento en que por fin te arrodillas entre sus piernas para ofrecerles tu besar. Con lo terriblemente buena que estás, Mónica, y ellos siempre exaltan lo mismo, las jodidas mamadas de Labios; ni te imaginas el morbo que adquiere a cada historia la idea, ya de por sí asesina, de imaginarte chupándonosla. Sumado a lo simpática y cariñosa que eres... joder, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Mónica y su boca es lo único en lo que piensan los amigos que se van a casa solos cada sábado."

No deja de sonreírme.

-Ya lo imaginaba -confiesa con travesura -Es genial para las citas, no me lo arruines, yo seguiré haciéndome la tonta, y tú simularás que no me lo has contado.

Me enamora. Me perturba. Y le toca tirar los dados...



Aquella noche, en principio, no iba a quedar con ella. Tenía una cita con una compañera de trabajo, y nuestros planes iban por caminos desgraciadamente separados. Como me suele pasar, para cuando dieron las dos de la mañana la cita había hecho aguas: Andábamos de bar en bar, de calle en calle, desentendidos y sin esperanzas; era difícil, no congeniábamos. La monotonía se rompió cuando una voz histérica de hombre estalló en la calle en la que nos encontrábamos para dejarnos a todos callados.

-¡¡¡Puta!!! ¡¡¡Te mato!!! ¡¡¡Yo te mato!!! -exclamaba con fervor, gritando.

El tío corría poseído, calle arriba, terriblemente cabreado. Me giré para buscar de forma instintiva lo que quiera que esperara en el otro lado.

Increíble, no podía ser. Era ella. Era Labios.

No lo dudé, y me interpuse en el camino entre ambos.

-¡¡Guarra!! ¡¡¡Voy a matarte, puta!!! -vociferaba el capullo, descontrolado.

No podía creer que yo fuese el único con intención de pararlo. Trató de esquivarme. Lo paré. Era mucho más fuerte que yo; pero también estaba muchísimo más borracho. Me miró poseído en rabia, frustrado. Quizás me hubiese acojonado de no haber sabido que también Labios me estaba mirando desde el otro lado. Su puño se disparó, con intención de golpearme; Bruto y torpe, fue muy fácil esquivarlo. Mi contragolpe, parece ser que no tanto. Conseguí impactar en su cara. Su nariz crujió, y mi adversario se tambaleó no sé si por la ostia o por borracho. No importaba. Repetí. No es que sea un hombre de gimnasio, pero algunas clases prácticas de lucha me han enseñado a dar como se deben dar los puñetazos. Conseguí llevarlo hasta la pared, a ostias. Repetí el golpeo, esta vez no en la cara, sería pasarme: Él estaba derrotado, y yo tan solo debía terminar de intimidarlo.

-Como vuelvas a acercarte a mi amiga, será lo último que hagas, ¡¿me oyes?!

Trató de lanzarme una vista desafiante, pero ya nada lo salvaría de haber sido humillado. Su nariz sangraba; sus ojos se perdían; apenas podía pantenerse en pie.

-¡¡¿Me oyes he dicho?!!

El tío cayó sobre sus rodillas, la policía debía estar al llegar, era el momento de alejarme.

-Tu amiga es una putita... -vaciló mientras me marchaba -¿A ti también te ha comido la polla, no? Admito que eso lo hace de puta madre... es una pena que se lo haga a todo el mundo... la muy zorra... -rió el imbécil.

Yo me volví. Le odié. Era mi amiga a quien insultaba. Le odié demasiado. Era Labios. Aún arrodillado, le metí la patada más fuerte que supe entre la nariz y los labios, dejándolo tumbado. A su alrededor, nadie dijo nada. Y me fui. Mónica estaba paralizada, contemplándolo.

-Ey, Labios, un subnormal más, ya está, ha pasado, vámonos de aquí
-E.. joder, ..es el tío con el que me acosté el sábado pasado... -susurró ella, incrédula.
-Déjalo ya, no seas boba, no creo que vuelva a molestarte; seguro que no lo hubiera hecho de no haber estado tan borracho. Oye, ¿y la pandilla?
-La noche ha salido un poco rara -me dijo aún seria, mirándome -nos marchábamos a nuestra casa, ya sabes, cansados.
-Ya... pues no creo que ahora debas irte a casa. Anda, vamos a tomar algo.

Me despedí de mi cita para salir de fiesta con Mónica. Jamás habíamos salido solos, ella y yo, y nos divertimos. Nos emborrachamos. Bailamos, dejando el incidente olvidado. De una forma que no hubiéramos podido esperar, conectamos. Cerramos todos los bares, y acabamos en su portal.

-¿Subes a por la última? -propuso ella al sacar sus llaves
-Desde luego, ¡me parece fatal que los bares ya hayan cerrado! -me hice yo el tonto, sintiéndome demasiado afortunado.

Aquello era inesperado y perfecto, un sueño. Una fantasía. Éramos amigos, pero no tanto como para subir a su casa sin intención de acostarnos. Quizás, sin esperarlo, podría volver esa noche a mi piso acompañado por el recuerdo de una felación de la morbosa Labios. Tal vez incluso algo más, pero qué más daba: Yo, por favor, sólo quería una de esas tórridas mamadas con que se decía que fundía la sensibilidad de sus enamorados.

-¿Oye, igual te apetece jugar a un juego? -insinuó ella, demasiado cerca para conversar, tras servirme una copa de martini blanco.
-Uf, Moni, no sé yo si estoy para juegos ahora... -estoy para desnudarte, para follarte, para admirarte comiéndome la polla...

Sus ojos, atrevidos, buscaron los míos con la intención de atraparlos.

-Sí, ya lo creo que te apetece... -me vaciló resuelta, excitante.

En su salón, me mostró en su caja el juego del que hablaba. "Übersinnlicher", titulaba su portada, discreta, en tapa roja y con el dibujo de la silueta de una pareja besándose.

-¿De qué va? -pregunté yo, resignado, demasiado borracho para aprender a jugar a nada.
-De pasárselo bien -respondió ella, guiñándome un ojo -te gustará, ya verás, no seas tonto...

Desplegó su tablero. La discreción terminaba en el envoltorio. El juego estaba repleto de imágenes eróticas, colores espectaculares, describiendo un camino circular en forma de espiral hacia un centro donde se podía encontrar la sensual imagen de una pareja acostándose. Era increíblemente bello para ser un juego tan poco conocido. En su caja había relojes de arena de distintos tamaños, aceites, estimulantes, lubricantes, de todo. Increíble...

-Las reglas son muy fáciles -pude escuchar entre el ensoñamiento decir a la voz de Labios -el juego nos irá dando órdenes... ya imaginarás, órdenes sexys... calentándonos, con retos cada vez más excitantes a medida que vayamos avanzando. Si uno de los dos alcanza el orgasmo antes de llegar al final, pierde. Y si pierde, el otro jugador dispone de él durante una hora como su esclavo -rió, consciente de su ventaja -si los dos llegan al final, la ruleta decidirá el tipo de sexo que se practican, un sesentaynueve, un coito o, sólo si los concursantes quieren, sexo anal, hasta que ambos dos lleguen al orgasmo... Con postura aleatoria si no hay acuerdo entre ambos.

Es decir, que el juego te garantizaba el orgasmo. "Pero no te garantiza que Labios termine succionando", reparé, terriblemente ingrato.

-Las fichas son bombones -siguió ella -a veces te puede tocar tener que comértelas, y si eso pasa, ¡pierdes!


Era increíble, estaba excitado, muy excitado. -Entonces... -susurró, cerca de mí, consciente de que estaba embriagado -...¿jugamos?

La miré, alienado. ¿Te das cuenta que estamos hablando de sexo, Labios? ¿De que estamos a punto de practicarlo? Un sexo sin fronteras, desinhibido, desenfadado... Socorro, no puede estar pasando...

-Desde luego que jugamos.


Ahora es su turno. Vuelve a rodar el dado. Otro dos, como el mío, esta vez le toca a ella fantasear, conmigo como infiltrado.

"Mmm... confieso que no lo había pensado..." dice, sólo tal vez sincera, mientras mira al cielo, pensando. "Supongo que tendrías que ser mi caballero azul, como antes... Sí... Un poco violento, quizás... Sí, eso está bien..."

Distraída, indaga entre sus pensamientos, buscando entre sus estímulos cuál podría dar en el clavo.

"Si me exigieses algo... yo qué sé, un poco de necesidad, de deseo, así, seguro, como antes has estado... sí, podrías calentarme mucho, Gabri. Sí, ya lo creo que podrías" concluye sonriéndome. "Aunque me parece que me pone más el juego".


Nada evita que haga mis cavilaciones. Sólo puedo alcanzar la mamada anhelada de tres maneras: Llegando hasta el final y cayendo en el sesentaynueve, lo que significaría recibirla sin poder disfrutarlo del todo...; caer en una casilla que me de el derecho a su boca y forzar el orgasmo, aún perdiendo, opción que no me gusta no por convertirme en su esclavo durante una hora, sino por obligarme a terminar rápido...; o hacer que ella pierda. En ese caso, exclusivamente en ese caso, dios mío, podría disfrutar de una larga hora de Mónica chupándomela, sensual, despacio. No tiene pinta de ser muy fácil, o tal vez sí, se denota en sus maneras que su sangre era caliente, quizás no sea tan complicado conducirla a un orgasmo anticipado. En fin, ¿tengo elección acaso?

Mi turno. "Masaje en el pelo, 1 min." De acuerdo, poco a poco. Uno de los relojes de arena marca el minuto necesario. Ella me da la espalda, yo coloco el reloj boca abajo, y procedo a masajearla. No es que me apasione, pero tengo que hacerlo bien. Cada estímulo es un paso más hacia la meta deseada. Acaricio su pelo, castaño, liso. Se deja hacer. "Lo haces muy bien, Gabriel". Pero el tiempo se escapa hasta agotarse, y tengo que dejarlo.

Le toca a ella. "Beso en la mejilla, rápido". Me lo da, y aprecio el contacto. "Deberías disfrutar de cada gesto", comprendo; pero no lo hago. Deseo hasta la alienación verla manejando sus labios, estoy caliente, y soy incapaz de apreciar cualquier cosa que no incluya a Mónica sobre sus rodillas, chupando. Me siento conscientemente desgraciado. Sigo jugando.

Caigo en una casilla bonus. Genial. Tengo que hacer girar una ruleta para ver qué he ganado. El premio se llama "muñeca", y obliga a mi compañera a quedarse quieta mientras yo beso, tan húmedamente como quiera, cualquier parte de su cuerpo, a condición de que ya esté descubierta. Una pena que ella siga vestida, y además bien tapada, con camiseta y vaqueros. He de tirar al azar el tiempo que puedo hacerlo, va desde diez segundos hasta la media hora, poniendo mayor dificultad para conseguir un tiempo alto. Desgraciado de mí, me quedo en medio minuto. Ella, sonriendo, incapaz de estar quieta estando tan borracha, se hace la muñeca. Debería besar su cuello, pienso: tratar de excitarle, dar un pequeño pasito hacia su orgasmo... mas jamás he besado la boca de Mónica, sus labios, los labios de una amiga, los labios de Labios, y los deseo con todo mi ser; Demasiado. No dejo que el tiempo se pierda en vano. Dirijo mi boca hacia la suya, y beso, y lamo. Son unos labios tiernos, dulces, empapados en martini, suaves y carnosos. Dios, sí, son los labios de Mónica... Y los estoy besando. Le como la boca a conciencia, sin cortarme, ¿por qué habría de hacerlo, si el juego me deja y estoy borracho?, y beso a deleite hasta dejar sus labios empapados. El tiempo se agota. Ella se ríe y lleva su mano hasta su cara para limpiárselos.

-Jaja, joder, Gabri, ¡qué asco!

Una puta mierda, Mónica. Ha sido fantástico. Y te toca.


El juego le concede quitarme una prenda, mas un bonus por caer con un cuatro. Como bonus, se le permite embadurnarme en crema erótica la parte que me ha desnudado. Escoge mi camisa. Sin remedio, ni quererlo, obedezco. "Debería ir más al gimnasio", pienso al contemplar la desnudez de un torso mundano. A ella no parece importarle, le divierte la idea de untarme en la crema, que además es comestible. Las reglas nos conducen a un terreno inexplorado.

Se acerca a mí. Me estremezco al recordar que no hace nada se me permitía saborear a conciencia su tacto. Extiende algo de crema en sus dedos, y los lleva hasta mi piel, acariciándome. Me cubre, tranquila, despacio. Siento sus manos. Adoro sus manos. Adoro que Labios me toque con sus manos de mujer. La deja bien extendida por el tórax, los abdominales y la espalda, dejándome con un aspecto aceitoso, que rezo por que le parezca excitante. Es incómodo, pero me agrada. Me siento desinhibido, como una pieza más en ese juego sin cobardes. Me imagino con su suerte, desnudándola, y untándola en crema comestible, y me mareo de solo pensarlo. Socorro.

Por favor, azar, te ruego que utilices de mi parte esta mano.

Tiro el dado. Caigo en una casilla rosa, que indica infortunio, si bien no es tan castigadora como la negra, que te arriesga a comerte el bombón y caer derrotado. Me toca leer una de las entradas del principio del juego, durante el doble del tiempo indicado. "Masaje en el cuello". Mierda, otra vez un masaje no...
Para mi desgracia, soy un mero discípulo de la suerte, y lo acato. Sé que quedo un paso más lejos de un orgasmo anticipado en Labios. Un paso más lejos de su mamada. Me compadezco de mi fortuna, y me coloco en su espalda para masajearla.

Diez minutos. Está encantada, consciente de que me está ganando, competitiva, aunque se trate de un juego en el que se supone que todos terminan disfrutando. Su piel es suave, cariñosa. La adoro. Adoro tocarla. Me frustra no estar dando cualquier otro paso.


Le toca de nuevo a ella, y sigue avanzando. Termina en espectáculo. "Baila para un jugador al azar, distancia máxima de cincuenta centímetros. Si aún llevas más ropa que la interior, eso se tiene que terminar... Prohibido el tacto. 5 min." Mágico. Se levanta, sensual, inalterada. Domina el juego. Lo conoce. También lo acata sin reproches. Se acerca a mí. Enciende el equipo de música, con la ayuda de un mando, y... borracha como jamás la había visto, simula bailar, despacio.

Cinco minutos para mí, para disfrutar. El juego es sabio, utiliza tu tiempo, lo distorsiona, dándotelo a conocer, y cinco minutos se pueden llegar a hacer muy, muy largos. Ella se quita la camiseta sin dudarlo. Sus senos, en un excitante sujetador ajustado, se muestran increíbles a centímetros de mí, jugando en el baile de Labios. Maldigo de nuevo al diablo con forma de tablero que no me deja tocarlos.

El tiempo se le acaba, y aún lleva puestos los vaqueros. Se da cuenta, pero no se altera. "Si no se los quita a tiempo, habré ganado", pienso para mis adentros. No me hago ilusiones, lo dominas demasiado bien, Labios. Sus vaqueros se rinden a sus piernas antes de que la arena caiga, y Mónica comienza a bailar de espaldas. No lleva medias, tan sólo un pequeño y sexy tanga ajustado, que la muestra erótica y desnuda burlándose del espectador que aún no la ha desnudado. Se agacha frente a mí. Su culo, redondeado, queda en pompa frente a mi cara. No puedes ser más sensual, Mónica. Sé que no conseguiré ganarte, lo tienes demasiado controlado. Y el tiempo se agota. Me toca.

"Plic, cloc...". Un cinco. "Unta con tus manos cualquier parte descubierta del jugador que elijas en algo que puedas comer. Después, tan sólo con la boca, con las manos a la espalda, debes limpiarla. 5 min.". Dios...

-No distribuyas mucho. Te recuerdo que si no lo limpias todo, pierdes... -me insinúa mi oponente, desafiándome.
-¿Qué tengo para untártelo?
-Lo que quieras... Chocolate, miel, azúcar, cremas, mermeladas, nata... -me seduce con una sonrisa entre los labios.

Joder, Labios. Escogemos un dulce que untar en tu piel, para después lamerte... y lo hacemos sin mostrar reparos. No sé qué ángel me ha sonreído, pero no creo que pueda existir un mejor regalo.

Me decanto por un aceite de licor fuerte. Adoro sentir el sabor del alcohol cuando estoy borracho. "Mónica, túmbate de espaldas", le pido. Estoy a punto de volver a equivocarme, y soy consciente: Existirían muchos modos de emplear mi propia suerte en la de Labios, para excitarla en lugar de recrearme; La zona interior de los muslos, la espalda, el cuello... Sí, debería optar por lo erógeno si la quiero llevar al orgasmo. Sin embargo, hago lo que puedo, y ella acaba de poner en pompa frente a mi cara sus adorables nalgas de veinteañera, encandiladoras, dulces, sensuales. Entonces el tacto era prohibido. Ahora, obligado.

Giro el reloj. El transcurrir del tiempo no existe para agobiar, existe para disfrutarlo, nos repite una y otra vez su arena, fluyendo. Mis manos, cubiertas en aceite, alcanzan y se dedican a pintar el culito de Labios, tocándolo, deseándolo, acariciándolo. Conociéndolo. Cada vez tengo menos prisa por nada. Es una lástima que toda mi vocación sea que me la acabes chupando, impidiéndome terminar de saborear todo esto, porque el gozar alcanzaría su frontera y la dejaría hecha pedazos...

-Gabri... -me despierta ella de mi aletargo -el tiempo...

Mierda, pues al final me había descuidado. No quedaba tanta arena, el culo estaba recubierto de aceite, embadurnado en licor, y ahora había yo de limpiarlo. Las tersas nalgas de Labios me esperaban, increíbles. Mi boca se abalanzó sobre ellas sin demorarlo. No podía permitirme perder. Y menos tan rápido.

La ternura me envuelve cuando su culo queda atrapado entre mis labios. Lo beso con ansia, desaforado, lo saboreo, lo lamo. Apenas tengo tiempo para disfrutarlo. No sé de limpieza, pero si tiene algo que ver con mi saliva, consigo limpiarlo. Por los pelos, evito caer derrotado. Y llega el turno de mi adversario.

Un seis. Es afortunada con los dados, su bombón-ficha se mueve a toda bala, adentrándose en la zona más caliente del tablero, con retos que de verdad merezcan ser desafiados.

"Escoge a un jugador al azar. Besa y experimenta el sabor de sus pezones. Si están aún cubiertos, te puedes conceder desnudarlos. Si el jugador tiene más de dos capas, debe ser humillado... Tiempo aleatorio"

¡Aquello era injusto! ¿Cómo tenía ella que lamer MIS pezones? Sus pechos, calientes, seguían cubiertos por la prenda interior de encaje, y yo me moría por conocerlos, cubrirlos, besarlos. ¿Pero los míos? Caprichoso es el azar. Ella se rió, notando mi pensamiento. Tiró la ruleta de tiempo. "Dos minutos". Se me iban a hacer muy largos.

Mi torso, como es evidente, está completamente desnudo, aún cubierto por aquella crema comestible que me extendiera casi al comenzar a jugar.

Labios, y el calor que conlleva, se acercan a mi pecho. Me mira, juguetona. La siento aún más cerca cuando no llega al tacto. Pero llega, y me besa. Me humedece. Me come, tersando mis pezones. Aquello no estaba nada mal. Aquella escultura, semidesnuda, desprendía su fragancia con su cabeza bajo la mía, besando mi pecho, saboreando la crema. Noto el poder del juego. Está convirtiendo el sexo en algo diferente. En algo extraño. Pero siempre explotando el deseo, cuanto menos el del hombre. Dios mío, era ella quien besaba mi tórax, en lugar de hacerlo yo con el suyo, y me estaba dejando drogado.

Aquel movimiento tenía que haber sido inventado por algo muy parecido al origen del propio sexo... al cual yo en mi vida me había acercado.

Cuando termina, me siento extrañamente satisfecho, relajado. En calma. Mas mi meta no varía, y es mi vez con los dados. Casilla azul: Eso es suerte.

"Escoge a un jugador. Deberá practicarte lo mismo que tú en tu anterior turno hayas practicado. Pierdes una prenda a cambio"

Mmm... susurra Labios, cogiendo un tarro con crema pastelera sin siquiera pensárselo. Debían ser cinco minutos... Como siempre, se dispuso despreocupada. "Túmbate..." me pidió. Me encantaba ver la forma en que se desenvolvía, y lo bien que se lo estaba pasando.

Se subió encima mío, rodeándome con sus piernas, y disponiendo la crema en sus manos.

-Está saliendo una partida realmente guarra... -le vacilo, rompiendo un silencio del que ni siquiera me había percatado.
-Uy, espera... -me responde, terminando de incendiarme...

Y comienza a extender esa crema azucarada en mi piel.

Un poco por el torso, escalando por mi cuello. El cuello entero, untado. Y una pizca en mis labios. Me estás matando, Labios. Ella lleva sus manos a su espalda, acerca hasta mi cuerpo su cara, y lame. Comienza por el pecho. Paciente, pero ágil, experimentando el tacto. Se acerca a mi cuello. Está a punto de besarlo entero, y yo no puedo hacer nada por evitarlo. Va a ser difícil dejar quietas las manos...

Tranquila, se acerca hasta besarlo. Mis piernas tiemblan. El resto de mi cuerpo se queda inmovilizado. Vuelve a besarme, mojando sin vacilar sus labios en la crema que me recubre. Un escalofrío me exalta cuando es su lengua la que empieza a saborear. Joder, Labios... Ella sigue, tranquila, paciente, deleitándose en el manjar, consciente de mi placer. Admiro la presencia de su cuerpo semidesnudo, tan cerca del mío. Casi me cuesta recordar que juego sólo por la mamada, pero lo hago, y me siento morir imaginando el momento de mi dulce y caliente final...

El tiempo se está agotando. Ella termina, y coloca su cara frente a la mía para terminar con el poco resto que ha utilizado para bautizar mis labios. Atrapa mi boca en la suya. La padezco. Se recrea y me besa. Estás haciendo trampas, Mónica, y no tengo formas de demostrarlo. El beso se hace sensual, como ella, como sus andares, sus palabras, sus miradas y gestos. Sensual como lo es su cuerpo entero.

Se despega al tiempo que el reloj agota sus últimos segundos. Me mira a los ojos. Me recuerda lo que estamos haciendo. Me recuerda que es Labios. Mi amiga, mi compañera, que seguro sabe mejor que yo mismo cuánto la he deseado. Se despega poco a poco de mí, dejándome maravillado. Noto su saliva en mis labios. Me siento morir...

Es su turno. En esta ocasión, gracias al cielo, se conforma con un uno. Cae en una casilla de "Cambio". "Esposa a un jugador a elegir, de pies o de manos. A cambio, puedes quitarle una prenda, y besar la zona de su cuerpo que hayas desnudado". Me intranquilizo ante la idea de pasar el resto del tiempo esposado. Tampoco me agrada que tan sólo pueda quitarme los pantalones, dejando para besar posteriormente mis piernas...

...Pobre incauto.

Me mira, picante, consciente de que está a punto de dejar volar una sorpresa. Coge las esposas. Se anticipa a cualquier reacción mía haciéndome un sensual gesto de silencio, que me hace sentir mareado.

Y se esposa sus propios pies.

Una diosa. Es una diosa, y no una amiga, la chica con la que estoy jugando. Ahora sí que me siento perdido.

Una prenda del esposado... dirige sus manos, sueltas, hasta su espalda. Se inclina al hacerlo, provocando que la gravedad potencie la sensualidad de sus pechos. Joder, Mónica... Su sujetador se ahueca, notando que acaba de desabrochar su cierre. Sexy, deja que el que los tirantes del brasier se deslicen por sus brazos, hasta caer la prenda al suelo. Sus pechos, desnudos, quedan expuestos. Son enormes. Adoro que lo sean. Son preciosos. Admiro su volumen, su figura, la sensualidad de sus lineas envolviendo sus pezones. Son tiernos, son jóvenes, son embriagadores. Los quiero. Los deseo. Todo cuanto conforma el hombre que me he ido haciendo me exige dejarme de gilipolleces y abalanzarme sobre ella, sujetarla, inmovilizarla; Lamérselos. Pero no puedo hacerlo, porque sería perder el juego, y así toda esperanza de ver a Mónica mamando.

-Labios, pensar que en mi fantasía no le daba importancia a que, cuando me la chuparas, tuvieras ocultas esas tetas tan calientes... -le insinúo sin poder evitar callarme y acercándome los dados.
-Ey... -me corta -que aún no he terminado...-

"...y besar la zona del cuerpo que hayas desnudado." rezaba su tarjeta. No puede ser cierto. Ella simula una cara inocente mientras sus afortunadas manos envuelven sus senos, apretándolos, y los elevan hacia su cuello. Se desenvuelve bien con el deseo que provoca, haciendo gala de su condición de diosa. Baja la cabeza. Y las alcanza. Consigue congeniar sus pechos con su dulce boca. Labios, acaba ya conmigo. Lo daría TODO por una mamada. Su lengua escapa hacia sus tetas, catándolas, mientras dos profundos ojos estudian atentos mi forma de mirarlas. El juego sería excitante, Mónica, aunque tuvieras que jugar sola. Eres la musa. Eres la estrella. En verdad te deseo con toda mi alma. No podría estar más excitado.

-Ahora sí -me susurra desligándose de sus pechos la preciosa diablesa -te toca...


Sujeto un segundo el dado, percatándome del respeto que le guardo. Miro al cielo mientras lo lanzo. Un seis. Bravo.

"Un jugador al azar queda inmovilizado. Sujetándolo con tu boca, puedes pasear un cubito de hielo por su piel hasta derretirlo. No puede durarte menos de veinte segundos, no existe un máximo, siempre que seas capaz de sujetarlo (¡cuidado! ¡puede quemar en tus labios!). Después, con un máximo de medio minuto, deberéis besaros"

Noto un pequeño escalofrío en el caliente cuerpo desnudo de Mónica. Luego eres humana, al fin y al cabo. Procedo a hacerlo, notando que incluso una pequeña cubitera está dispuesta junto a la mesa de juego. Ella se tumba, quieta, obediente, preciosa. No sé cuánto tarda en derretirse un hielo, y escojo uno de los pequeños. Sé que será suficiente.

Me mira, juguetona, llevando un dedo a su boca para morderlo en un gesto nervioso. "Quieta..." le ordeno mientras dispongo el hielo en mi boca. Está helado, más sé que no nos molestará a ninguno de ambos.

Me dirijo hacia sus labios. Su boca se entreabre en un gesto de espera. Muero de ganas por tirar el hielo a la mierda, bajarme los pantalones y violar esa lengua al tiempo que dejo que mis manos disfruten de sus desmelenadas tetas, pero me controlo, llegando con el cubito hasta su boca.

Nota el roce con sus labios. Hazlo tranquilo, Gabri. Rózala. Oblígale a sentirlo...

No dejo de admirar su desnudez mientras lo hago. Deseo tocarla. Saborearla. Y el juego me dice que no puedo hacerlo...

¿O tal vez sí?

Sin soltar el hielo, me dirijo hasta sus muslos, y dejo que el frío la recorra hasta los pies, esposados. Se los levanto. Separo sus rodillas. La puerta del cielo, desprovista de vigilancia, me permite el paso, y me sumerjo entre sus piernas, adhiriendo mi cuerpo al suyo, rozándola, sintiéndola, disfrutándola, sin olvidar mi prueba y escalando su piel hasta devolver el hielo hasta sus labios. Tarda en derretirse, pero sé que en algún momento lo hará muy rápido. La abrazo. La abrazo con fuerza, sintiendo sus pechos juntarse con mi torso. Siento el calor que desprende su preciosa piel. El cubito alcanza su lengua, con cuidado, obligándole a sentirlo, y se separa. Lo deslizo por su cuello, recorriendo con sensualidad el camino hacia sus tetas. Las alcanzo.

Las tetas de Labios.

Noto su calor sin tocarlas, noto su sabor sin saborearlas, noto el placer de follar con ellas al alcance de mi mano... sin estar follando. También la sensibilidad con que responden al frío, y el suspiro que se le escapa a Mónica cuando alcanzo uno de sus pezones, descuidados. Tiene los ojos cerrados. Y me pones mucho, preciosa, cuando tienes los ojos cerrados.

Busco su otro pezón, escalando por su suave pecho, que noto firme, duro, un jodido manjar resignado a algún dado afortunado. El pezón se excita en el estímulo y, sin poder disimularlo, introduzco el hielo entero en mi boca para permitir a mis labios alcanzar la piel de Labios. Y es dulce. Es cremosa. Es el deleite convertido en sabor. Me está vedado.

-Chssst, no me hagas trampas... -me ruega su voz desde las alturas, devolviéndome a mi mundo.

El hielo regresa al camino trazado por la naturaleza en su cuerpo. Recorro su vientre, su ombligo... y sigo bajando...

-Dios, Gabri... -murmura Mónica al comprender mi destino. Su tanga cubre aún su pubis, y sé que no puedo quitárselo. Pero es un tanga demasiado fino, Labios. Quizás ya lo tuvieras pensado...

El hielo sigue y sigue en aquella cariñosa hasta abajo... Mi cabeza queda entre sus muslos... Ella me mira, con mirada de deseo...

-Hazlo... -susurra, bajito, despacio -por favor... hazlo...

Y el frío alcanza el placer, mientras Mónica expira juntando las piernas. Preciosa... Sumerjo el hielo en su clítoris, descuidado. "Oh!" grita su voz, agradecida. Me creía más previsible, princesa. Tal vez lo fuera. Tal vez no deba interpretar tus gestos, porque sólo estás jugando. -Mmm! -repite, cachonda. El hielo, quizás por su hora, quizás por el calor en la entrepierna de Labios, empieza a desaparecer. Lo llevo hasta sus pechos, con intención de vérselos mojados. "Joder..." exclama ella, excitada por su quemar. No eres tan difícil, Mónica. Quizás con uno más grande hubiera podido llevarte hasta el orgasmo...

Dejo que el hielo se derrita sobre uno de sus pechos, cubriéndolo de agua, empapándolo, y fundo el agua que queda en mi boca en el otro. Ahora me puedo permitir mirarla. Mirar la humedad en sus labios. El camino mojado, que baja hasta su cuerpo, hasta la vagina con que había jugado. Sus tetas, cubiertas tan solo por una fría capa de agua semihelada. Y medio minuto de besarla que no se me había olvidado. Vuelvo hasta su boca, pegándome a su cuerpo frío, notando sus pezones duros, sus piernas abrazándome, y beso sus labios, que noto calientes, aunque estén helados. Esta vez el beso es sincero, perverso, su lengua me inunda con necesidad mientras agarra mi cabeza con sus manos. Es el calor que es capaz de dar un hielo... y es que todo es paradoja en los sueños. No hemos puesto el reloj de arena, pero cuando deja de besarme, soy consciente de que mi tiempo ha acabado.

Una pequeña gota cae desde uno de sus pezones cuando se inclina para tirar el dado. Ella se ha puesto cachonda, yo sólo lo sigo. El juego no nos va a poner las cosas fáciles, voy comprendiendo. El juego es cruel. El juego no quiere que terminemos practicando sexo anal, o follando. No, el juego quiere que uno de los dos termine sintiéndose derrotado..

...y como la temperatura se siga elevando, no dudo que seré el primero en desfallecer.

La fuente del vivo deseo me mira ansiosa mientras tira el dado. La suprasensibilidad baila del uno al seis hasta caer en un tres, y estoy a punto de conocer lo que se siente cuando un ángel cae derrotado.

"Practica sexo oral sobre un oponente al azar..." Sí, sí, dios, no me lo creo, ¡sí! "...y después ponle una prenda. Si tiene más de dos piezas de ropa puestas, cambia una de tus prendas a cambio de dejarlo humillado"

Espera, ¿qué?

Ella me sonríe. Algo anda mal. Sé que me toca ser humillado, porque aún tengo puestos los calzoncillos y los vaqueros. "Humillado", lo había leído antes, pero no había tenido que preocuparme. Ahora iba a vivirlo de primera mano.

-¿Qué.. qué es eso de ser humillado? -pregunto con ansiedad, consciente de que no es Mónica jugando a practicarme sexo oral.
-Ahora lo veremos... -me dice, loca de contenta, excitada, complacida, mientras coje otra de las pequeñas ruletas y comienza a darle vueltas -tu ve desnudándote. Siempre hay que desnudarse cuando te toca ser humillado...

Obedezco, qué remedio, mientras observo una serie de figuras que no termino de comprender en la ruleta, negra, que decide mi futuro, azul oscuro cuanto menos.

-Perrito -me dice cuando al fin el puntero se decide por parar, y me viene una sola cosa a la cabeza. Una sola cosa que consiste en Labios a cuatro patas con el culo empompado y a un servidor follándosela, cabalgándola, sumergiéndome y probando. Pero no creo que se trate de eso...

-Uy, que mono -me dice al ver mi pene, erecto, una vez me he desnudado, golpeándolo con un dedo -lo que me recuerda que tengo que pagar esto con una prenda...

Pícara, accede a un pequeño cierre en su tanga, que le permite desabrocharlo sin necesidad de sacárselo por los pies, atados. Su vagina queda liberada. Yo, aún más enamorado.

-Entonces, ¿qué he de hacer ahora? -le pregunto impaciente, consternado.
-De momento, ve a mi cuarto, el que pilla a la derecha, y en el segundo cajón de mi mesilla encontrarás una correa de cuero y un pequeño juguete. Tráeselos a la dueña, anda.

"Tráeselos a la dueña..." repito mientras voy a por una correa y un juguete. Voy captándolo.

-Chst -me frena en cuanto doy dos pasos -gateando, cariño -murmura con sarna -gateando...

Y Gabriel gatea, desnudo y observado, por la casa de Labios. Llego hasta su habitación. Encuentro el juguete muy rápido; Junto a la correa de cuero se ve un consolador que, sin ser experto en la materia, me parece exagerado. Mucho más grande que mi pene, ni el de ninguno de mis amigos, eso estaba bien claro.

-Recuerda traerlo con la boca -se divierte Mónica ordenándome desde la sala. Jamás en el mundo me hubiera imaginado aceptando humillarme tanto... Pero vuelvo a pensar en sus labios, y lo hago.

Cuando llego, ella pone un enorme reloj de arena, el más grande, boca abajo. Para colmo, la arena cae muy, muy despacio...

-Ven a que mamá te ponga la correa -me llama, como a un perro real, dando un par de palmadas en el sofá. Yo voy, con la correíta y el masturbador fálico, y me dejo atar, humillado -Buen chico...

Llena un pequeño bol de licor y lo coloca en el suelo. Me dirige hacia él con un pequeño tirón en la correa, y me exige...

-Bebe

Y yo, obediente, agacho la cabeza para beberlo... a lametazos

-Veo que lo coges... -murmura al tiempo que su voz deja la burla a un lado y tira de mi correa para alejarme del bebedero. Sus ojos están abiertos. Creo que he despertado algo.

Llena su boca de saliva, y se inclina. Agachando la cabeza, deja que la saliva fluya, expulsándola entre sus labios hasta escupirla sobre el suelo, creando un pequeño charco. Me mira. Y, sin amagar, me ordena:

-Bebe

La miro, y no sé por qué, pero me atrae, aun sin desearlo. Tampoco tengo elección. Labios tira de mi correa obligándome a agacharme. Busco con mi boca la saliva, y la lamo, despacio. Es dulce. Y está caliente. Es húmeda, y de Labios.

Mónica ha dejado de ser Mónica, ha sacado por completo una parte de sí que aun puede guardar el nombre de Labios, y me mira, concentrada, mientras una de sus manos se escabulle entre sus piernas para masturbarla. Tira de nuevo de mi correa. Se escupe en una mano, dirigiéndose a su vagina, empapándola en su saliva, y me busca con la mirada Deseo que lo diga. También estoy asustado.

-Bebe...

Y bebo. Y lamo.

Me cuelo entre sus muslos, envolviéndome en sus piernas y alcanzando con mi lengua su coño, embriagador, su clítoris, sus labios. "Dios..." dice ella al notarlo. Aún está frío por el hielo, pero lo arreglo rápido. Es caliente la humedad que fluye por su vagina, aunque no tanto como cbeber de ella, y mis labios confunden sin preocuparse los restos de su saliva, los flujos de su sexo y mi propia saliva para dejarla empapada. "Joder, sí..." murmura al tiempo que acelera su respiración. Noto que mi boca se desliza con facilidad, suave, y siento que lo que hacemos es sucio, que a Labios le gusta sucio, que quiere ver mi boca deshinibida entre sus piernas, como yo quiero ver la suya, y que lo está experimentado.

-¡Dios, sí! -comienza a gritar descontrolada, envolviendo mi cabeza con sus muslos y con sus manos, y apretando -¡Sí Gabri! ¡Sigue! ¡¡Sigue!! ¡¡Síiiii!!

Sí, por dios, se está corriendo, Gabriel, la tienes, lo estás consiguiendo! Mi lengua empapada bebe con ansia, besándola, recorriéndola, domándola. Una de sus manos se dirige hasta su clítoris para acariciarlo mientras yo introduzco mi lengua entre los labios de su vagina, hundiéndola en ella.

-¡¡¡Sí!!! ¡¡¡¡Síii!!!! ¡¡¡¡Síiiiii!!!! -termina de gritar mientras muere, envolviéndome entre sus muslos, sus manos y su placer. Me separo, notando mi boca empapada de Mónica. Perdón. De Labios.

-¿Has llegado al orgasmo? ¿Te he ganado? -pregunto complacido aunque poco esperanzado, sabiendo que no va a ser tan fácil. Ella me mira con desidia. Como si de verdad fuese un perro. Como si no recordara que era yo quién entre sus piernas la estaba besando. Su gesto es seguro. Su respiración entrecortada. Y su cuerpo está sudando. Parece inventada por la esencia del deseo, y diseñada por el diablo.

-¿Cómo vas a ganar nada... -me echa en cara sin piedad -...si estás siendo humillado?

Me hace sentir que la he desconodido por completo hasta ahora. Me estás llevando a un nivel muy superior al de la amistad. Mónica...

Vuelve a escupir, esta vez en un pequeño vaso, sin pudor hasta colmarlo, y se recuesta en el sofá, apoyándose en su espalda y elevando el culo, hasta dejarlo apuntado hacia mí.

¿Labios, qué pretendes?

Vuelca el vaso en su entrepierna, entre su vagina y su ano. La saliva, despacio, se dirige sin dudarlo entre sus nalgas, alcanzando hasta humedecer el pequeño agujero que se encuentra frente a mi cara.

-Bebe -ordena su voz, impenitente.
-Pero... ¿Mónica?...
-¡Que bebas! -repite tirando con violencia de la correa.

Y yo lo hago. Prefiero no pensar si lo deseo. Acerco mi boca hasta su culo, hasta envolver la cavidad anal entre mis labios y besarla con la humedad de la saliva de Labios, que lo empapa. "Dios, sí, buen chico" exclama ella, excitada, delirando "¡buen chico...!!".

Un zumbido se suma a la forma en que suena mi boca al besar entre sus nalgas. Es el consolador. Maldita zorra, qué bien que te lo estás pasando...

-Diooos... -murmura muerta de placer al tiempo que el enorme instrumento se la folla sin piedad, mereciendo mejor trato que yo por alguna razón que desconozco, mientras mi lengua sigue en su pequeño agujero, empapándolo. Una de sus manos se aferra de nuevo mi cabeza, empujándola aún más entre sus nalgas.

-Joder, síii, ¡¡síiiii!! -gime loca, descontrolada. No sabes cómo me excitas, Mónica. Me gusta tu trasero. Me gusta que me envuelvan tus nalgas, tan calientes y suaves. Me encanta verte disfrutar. Y me has descubierto lo sexy que puede ser beber de un ano de mujer.

Ella juega a masturbarse, se acaricia, se humede sus dedos en su boca para que desciendan a ayudar al consolador, mientras empuja su culo contra mi cabeza, atrapada por la mano con que no se masturbaba, y lo restregaba, lo mueve, exigiéndole a mi lengua que no cesara su besar.

-Vamooos.... Síii... Vaaamos! -no sé a dónde vamos, Labios, pero sí sé a dónde vas. Me temo que tendrás que ir sola, aunque no dudo que sabrás llegar.

Sus piernas no tardan en volver a su convulsionarse, y yo respondo besándola con pasión, lamiéndola, obligándola a sentir mi lengua recorriendo su ano sin compasión, para su deleite. El consolador desaparece en su vagina y se mueve, busca, recorre, la folla, conociéndola y volviéndola loca mientras el morbo la invade al sentir mi lengua desatada en su ano.

Una diosa.

Continuará...

Marta y la Luna – Prólogo


Olía a canela. Entre aparatos quirúrgicos, incomodidades, colores inocuos y elementos esterilizados, el ambiente se teñía con una suave y cariñosa fragancia a canela, hipnotizando en dulzura. Un sensual olor para una mujer, pensó Rodríguez, que ejercía de paciente sentado en aquella silla recostable, con la boca abierta y mirando hacia un cielo encerrado en forma de tejado; Un maravilloso perfume para una dentista. Además, la chica también desprendía calor sobre cuanto le rodeaba. Era algo más que un aroma, era una esencia desbordada que lo inundaba todo en su camino en un auténtico derroche de femineidad.


Ella, más cercana que otros médicos, indagaba en su boca, dejándolo descansar de cuando en cuando y, aunque sin decir nada, dedicándole una mirada cómplice a cada pausa, una cálida mirada pintada en ojos marrones que provocaba que, en su primera visita a la consulta, Alfonso Rodríguez ya se planteara escusas de cara a un regreso. Él sabía que su boca estaba perfecta, pero la profesional no dejaba de mirarlo y, por increíble que aquello supusiese en una consulta médica, lo prefería así. Era tan fácil de describir como de entender: No quería que la presencia de aquella chica se acabara.

-Dame un segundo, cielo -murmuró con voz tenue la fonía joven de la médico mientras ésta se marchaba a lo que parecía su pequeño despacho, que quedaba frente a él. Tendría... ¿26 años? Quizás menos. Las profesionales tan jóvenes bullían erotismo, pensó para sí el paciente, que ya pasaba los cuarenta, sufriendo el goteo de un tiempo insensible a la vida sana que trataba de llevar. Esta dentista, en concreto, era capaz de hacerte soñar incluso, al tiempo que velaba por la salud de tu boca.

Ella regresó tal y como se había marchado, con su bata, sin mascarilla y con su pelo suelto, y estaba radiante, caliente. Dulce. No podía dejar de buscar aquellos ojos. Ojos de color canela, a juego con su perfume.

-Ya casi está, Alfonso - Rodríguez no entendía que los nuevos médicos llamasen a los atendidos por su nombre, pero en esta ocasión casi lo prefería, porque la hacía sentir más cercana y, con ello, aún más atractiva -nos quedan dos minutitos y listo. Te voy a pedir que te enjuagues la boca, ¿vale?

La ortodoncista se inclinó en un gesto sexy sobre la butaca del paciente para coger una especie de flúor, que le quedaba al otro lado. Al hacerlo, su bata colgaba en respuesta a la gravedad, y un botón desabrochado se escapaba de los demás dejando nacer un pliegue a la vista del paciente, que se aferró a su silla cuando, sin querer evitar buscar en él con curiosidad, no encontró tela, una camiseta, o un jersey: encontró piel. La piel de su preciosa dentista, libre bajo su bata, una piel aterciopelada y cariñosa. No podía ser. Estaba desnuda. Tan solo aquella fina tela blanca lo separaba de su desnudez. La doctora, inclinada, tardaba en encontrar lo que fuera que buscaba, y él no dudó en recrearse en el increíble cuerpo de su médico desnuda para su mirada. Sí, desde luego que era su piel. Podía verse incluso gran parte de uno de sus pechos, suave, también desnudo, tambaleándose en los aspavientos que hacía aquella belleza en su lenta búsqueda entre aparatos. Si no estaba loco, merecía enloquecer, porque su agitación se convirtió en una excitación exacerbada a una velocidad enfermiza incluso para un cerebro de hombre, adquiriendo una erección dispuesta a combatir cualquier barrera y empujando en la cremallera de su bragueta sin intención de desfallecer.

-Aquí está -dijo al fin ella distraída agarrando una botella de plástico en la que se veía un líquido de color verde, y Alfonso no podía creerse nada. Creyó haberse vuelto loco cuando, para ponerse en pie, la dentista fue a buscar apoyo y su mano se dirigió a su entrepierna, donde se encontraba su pene, erecto, excitado. Notándolo, la médico volvió su cara y susurró un sensual "uy...", tardando en quitar de allí su mano e incluso permitiéndose una leve caricia con la punta de los dedos al tiempo que grababa a fuego su mirar en lo más profundo de los ojos del paciente, atónito.

Dispuso una pequeña ración del flúor, que olía a fuerte menta, en un pequeño vaso de plástico, y se lo dio a beber. "Con cuidado, cariño", le advirtió con ternura, "puede ser bastante desagradable. Enjuágalo bien, ¿vale?". Por su parte él, sin pretenderlo, seguía con su mente en la tersura del incipiente seno que acababa de contemplar, mientras su cuerpo se limitaba a reaccionar como lo haría el de un ser hipnotizado, o un robot. Por desgracia, el líquido demostró ser efectivamente infernal, estallando entre sus dientes, y notarlo lo sacó de su aletargo, teniendo que hacer un gran esfuerzo para no expulsarlo de su boca de inmediato y aferrándose a la silla sin poder evitar reflejar como rostro una notable cara de rechazo.

-Pobre... -dijo la voz de ella al tiempo que no podía evitar que una ligera sonrisa iluminara su rostro -te hago estar tan incómodo...

Dios, aquello se parecía demasiado a una fantasía ajustada a las reglas de un guión, a alguna de las aventuras forzadas del mundo del porno. Lo que venía entonces habría de dejar cualquier historieta erótica por los suelos. La dentista, aún sonriendo, pasó su mano por la entrepierna del paciente, acariciando una polla que exploraba los límites de su erección, por encima de la tela de sus pantalones.

-Debería quitarte esto... -insinuó, sensual, al tiempo que llevaba sendas manos hasta la cremallera que sujetaba la prenda y con natural habilidad la desabrochaba -total, soy médico, no voy a asustarme ni nada...- cada vez sonreía más pícaramente; sin expresar sus ojos deseo, sí se reflejaba intención en sus miradas, y Rodríguez aprovechaba el flúor en su boca para no tener que responder, porque no hubiera sabido cómo hacerlo.

Dos hábiles manos de fémina le desprendieron de la parte inferior de su traje, accedieron al elástico de sus calzoncillos, y se deshicieron en un solo tiempo de ellos castigándolos al olvido, mientras un torreón de deseo se desataba, quedando la polla del paciente liberada y mostrando la magnitud con que cuatro movimientos de mujer podían excitarle.

-¡Vaya! -exclamó sin ya poder evitar reír la doctora al tiempo que con una mano se la sujetaba, haciendo que su glande apuntara al cielo y que su paciente lo alcanzara -¡...pobre! ¿Como no ibas a estar incómodo? -con la otra mano se tapaba la boca, tratando de disimular el gesto que combinaba dulcemente exclamación y carcajada.

No podía ser. ¿De verdad estaba aquella médico tocándole la polla? ¡Socorro! No contenta con eso, se atrevió con un leve movimiento de muñeca, distraído, que la masturbaba.

-¿Qué tal? ¿se te pasa?

Él asintió, tratando de recordar lo que se le tenía que pasar, sin éxito.

-Perfecto -respondió ella soltando la verga y sacudiéndose las manos -pues ahora marcho a revisar unos papeles mientras terminas de enjuagarte, tienes que estar unos cinco minutitos más, y luego devolver el líquido al vaso, ¿de acuerdo?

Sin comprender nada, con el pene al aire, volvió a asentir en ausencia de alternativa, persiguiendo con sus ojos a la doctora mientras ésta regresaba a su oficina, con algo erótico en sus andares. ¿Cómo podía haber pasado todo aquello? Se preguntaba un Rodríguez desconcertado. ¿Serían así de fáciles las chicas jóvenes? Sus pensamientos no tardarían en interrumpirse: La dentista no había cerrado la puerta de su despacho, y pronto se sorprendería al ver cómo su brazo desvestido cruzaba su marco a su vista, con la bata arrugada en la mano, colgándola en un perchero, significando que, aunque no pudiese verla a ella, la pasión hecha mujer se había desnudado. Se percató de que nada le impedía masturbarse, y no pudo evitar aprovecharlo, repitiendo un movimiento que en su larga edad tenía ya bastante asimilado. Se derretía como la mantequilla en el fuego con solo imaginarla sin ropa, y de repente nada más importaba; ¿en serio podía desearla tanto?

Los segundos se sucedían mientras los sucesos seguían envileciéndose. Rodríguez alcanzaba a ver una parte de una mesa, aparentemente grande, en mitad de aquel cuarto apodable como despacho que ahora quedaba medio a su vista. Una pierna -de mujer- firme, que no musculada sino más bien tierna, apareció en la escena, deslizándose en excitantes tiempos sobre la superficie barnizada del escritorio. La mano con que se masturbaba Rodríguez aceleró el ritmo, y él, enfermo de calor, se apuró a colocarse lo más al extremo posible de aquella butaca recostada, en pos del mejor punto de vista, consciente de que se perdía alguna forma de expresión de la mayor maravilla, a su entender, del universo. Descubriría que aquella ninfa se encontraba demasiado oportunamente colocada.

Lo que podía vislumbrar, más allá de su imaginación, era la pierna casi entera, reluciente en sensual piel, hasta más de medio muslo, y el brazo derecho de la ortodoncista. que terminaba en un amazónico hombro desnudo, excitante. Incluso, o al menos eso quería creer, se notaba junto al quicio que separaba pared y cielo una pequeña parte, poco más de un centímetro, de pecho desnudo. Era demasiado; no podía estar pasando, enloquecía el paciente. El morbo se hacía tremendo, le superaba, su masturbación se convulsionaba, y se iniciaba la tortura del varón que se muere por eyacular pero sabe que hacerlo le podría alejar de algo que lo mereciera con mayor categoría. De una experiencia única, en su caso.

Atendiendo, fue capaz de captar que el brazo de mujer que se veía tras el marco de la puerta se dirigía directamente al candor de entre sus piernas, ardiente, y que estaba bailando en un gesto similar al de su masturbación, pero mucho más delicado. Alfonso hubo de dejar de frotarse para evitar correrse cuando comprendió que también ella se estaba masturbando. No podía ser real. Atendió con fascinación al milenario mito de la autosatisfacción femenina, estudiando el ritmo casi constante de su brazo, que cuando se permitía hacer cambios los hacía para encontrar algún otro son al que aferrarse, paciente. Escupió el mentolado líquido de su boca para dejar de enjuagarse, queriendo evitar cualquier ruido que distrajese su atención, y el silencio le guió con completa claridad hasta una melodía de callados gemidos contenidos ("mm...") a ritmo con una respiración entrecortada, que le permitía ilustrar en fantasía la imagen que quedaba oculta tras aquella pared sin misericordia. El volumen de los gemidos ascendió en una mareante espiral hacia el placer de dos personas, hombre y mujer, desembocando en un ligero gritito, agudo pero entrecortado, y el cuerpo de Rodríguez se echó a temblar cuando entendió (por el ruido) que la dentista se reincorporaba, hurgaba en algún cajón o armario, y caminaba hacia el encuentro de ambos. Esperaba que saliera directamente desnuda, la bata seguía colgada. Esperaba que la fantasía cumpliese una miserable parte de sus promesas, y que aquella mujer lo llevara pronto al orgasmo.

Su figura, deslumbrante, apareció en el marco de la puerta. No estaba desnuda. Tampoco vestida. Volvía a llevar una bata, blanca, pero aquella prenda no había sido diseñada pensando en la medicina, sino que ejercía de forma idónea un papel de lujuria que solo inducía a sentir la que, por otro lado, era la mejor de las curas. Ceñida, apenas cubría las nalgas, mostrando así la dentista sus piernas desnudas, jóvenes, y tampoco el escote quedaba cubierto; más bien resarcido. Estaba increíble.

La dentista, contra todo pronóstico, no hizo gesto ni insinuación ninguna que la diferenciase de cualquier otro profesional. Con naturalidad, como si nada hubiera cambiado, se dirigió con expresión neutral hasta la cama del paciente, que exigía por piedad una muestra de certeza en cualquiera de las cosas que le estaban pasando. "Has terminado ya con el flúor, ¿no?" Rodríguez asintió, descubriendo que se sentía tan mudo como cuando se enjuagaba. "¿Seguro?", siguió vacilona la médico, "no me estarás engañando, ¿verdad?" "No... no... qué va..."

Ella le observó con un enfatizado gesto de sospecha, teatralizando, y se inclinó hacia su boca. La canela inundó de nuevo la habitación. La médico, cercana, simuló inhalar el aliento de su cliente. Acercando sus dos bocas, movió sus labios a escasos centímetros de los del paciente para pronunciar: "¿De verdad no me engañas?"

Alfonso, inmóvil, sentía cómo los demonios agitaban su alma, exigiéndole convulsionarse e imponiéndole inmovilidad, jugando con sus nervios a ridiculizarle, y la boca de la médico estaba demasiado cerca, y su polla demasiado dura, y las tetas de aquel seductor escote quedaban colgantes frente a su cara, y un terso culo en pompa dejaba demasiado pequeño el uniforme, y lo único que él conseguía hacer era responder:

"Seguro"

"Mira que puedo descubrir si me mientes..." le respondería ella, jugando, con su boca sensiblemente aún más cerca de los límites del tacto.

"No..No... No te miento..." tartamudeó él.

"Ya...". Excitante... "A ver..."

Una joven lengua femenina se escapó sobre sus labios, mucho más duros, recorriéndolos con paciencia. Más caliente piel, sabor canela, la perseguía. Dos bocas se juntaron, explorando la humedad de un beso, que no su significado y el cliente, consciente de su inexperiencia, decidió abandonarse a la doctora, que besaba, bebía a un ritmo paciente, mojado, atreviéndose a lamer sin pudor una boca con sabor a menta, y despegándose en un rastro de saliva.

-Sé que es un flúor fuerte, pero me encanta su sabor... -descendió una voz desde los cielos -es tan... fresco...

Le lamió de nuevo los labios, que le temblaban, con un lamer muy sensual. Volvió a hacerlo. Y lo repitió, una vez tercera. Era cierto que su lengua, tras el beso, se sentía más fría, con mayor frescura. "Lo notas, ¿verdad?"

La dentista pasó una de sus piernas por encima del paciente, y se sentó encima suyo, sobre aquella silla que él ya no podría olvidar. Erguida, ofrecía una visión de espectáculo. Era demasiado poderosa. Se llevó uno de sus propios dedos hasta su boca, introduciéndolo en ella, y cerrando sus labios alrededor en unos morritos encandiladores, mientras Alfonso se dejaba matar. Lo chupó, cerrando los ojos y expresando placer. La frescura de la menta ejercía el papel de excusa.

-Mmm... -gimió mientras el dedo era besado en el vaivén en que, suavemente, entraba y salía. Un poco de saliva escapó de su boca, cayendo por su labio inferior, ardiendo en la retina de su único espectador.

Abandonando su boca, sus pequeñas manos se fueron directas a por sus tetas, aún cubiertas por tela, juntándolas y sujetándolas, manejando lo visual, como si un titiritero excitado las estuviese dirigiendo. Desabrocharon un botón del batín. Otro. Su espalda se contrajo, acercando los hombros, acentuando sus pechos, y la bata se desligó por fin desde su cuello, deslizándose por sus brazos y dejándose caer hasta debajo de sus senos, que quedaron, al fin, desnudos. Alfonso, mero espectador, babeaba en el deja vú de encontrarse con unas tetas tan lascivas y sexuales como las había imaginado. Definitivamente tenía que estar soñando. Eran... eran maravillosas...

Las manos de la dentista se adhirieron de nuevo a sus pechos, ahora desnudos, conociéndolos a caricias, amándolos con el tacto. Parecían tan duros, tan tiernos, tan excitantes... El dedo que acababa de recorrer la lengua de la médico, aún húmedo, fue conducido hasta un pezón, que acarició hasta tersar, mojándolo en el candente líquido que emanaba entre sus labios. Repetiría su labor en el segundo pecho, complaciente, y las manos de doctora volverían a juntar aquellos fantásticos senos, entes del deseo, que resarcían aprisionados entre las palmas de sus manos, sintiéndose acariciados entre los dedos de aquella deliciosa escultura con forma de mujer.

Rodríguez se atrevió a alzar uno de sus brazos con la intención de alcanzar sus tetas, de acariciarla. La doctora se lo impediría con una autoritaria mano, sujetándole una muñeca, y llevándose su otra mano a la boca en gesto de silencio.

"Chssst..." insinuó, sexy.

Condujo el brazo capturado de Alfonso hacia su tez, acariciándose en sus dedos y dirigiendo el índice hasta su boca, para introducirlo en la manera en que lo hiciera antes con el suyo. La otra mano de la dentista, que ahora jugaba entre sus tetas, impartiéndole lecciones a la belleza, olvidó el tacto de su fina piel para dirigirse a la parte del paciente que más apreciaba su despliegue de encantos, consciente de que su magia le debía todo el poder a la atracción de lo sexual. Mientras su boca le lamía un dedo, la otra apareció para acariciarle el falo, agarrándolo, sin masturbar.

"Socorro..." alcanzó a murmurar la víctima.

Ella llevó las dos manos de él hacia sus pechos, y éstas comenzaron a experimentarlos con necesidad, desenfrenadas, en contraste con la paciencia que manejaba siempre la fémina. Consciente de que aquellas manos no habrían de despegarse, la doctora se inclinó sobre el paciente, haciendo que sus tetas colgasen cada vez más entre los dedos, hasta acercar su boca hasta el cuello de la presa.

"Si quieres seguir, cielo..." le dijo al oído mientras se aseguraba de que la verga del cliente se encontraba con sus piernas y se deslizaba hasta una vagina desnuda, acabando con cualquier resquicio de su voluntad "...lo tendrás que pagar"

"¿Pagar?" le respondería el hombre, confundido, "¿cómo pagar?"

"Doscientos euros por un francés," cortó su voz con tono inalterable, sin dejar de ser cariñosa, "trescientos si quieres follarme..."

"Dios..." se derritió el paciente "...¿y qué... ¿qué es un francés?"

Ella rió. "Mis labios y lengua en tu polla, cariño..." murmuró entre sonrisas "...una mamada".

"Joder..." murmuró él, aparentemente inseguro. La médico se alzó de nuevo, haciéndole recordar su figura, sentándose en la cadera del cliente y restregando el calor que emanaba de sus piernas a lo largo de su verga. Él la miraba, sin decir nada, indeciso ante el siguiente paso.

Una explosión de la amada canela tiñó la habitación cuando la médico agarró una de sus tetas y la alzó para lamerla, siempre despacio, irremediablemente sensual. Paseaba su lengua mientras su otra mano se metía entre sus piernas y, cerca del fugitivo glande de un indefenso Alfonso, acariciaba su vagina, obligándole a notarlo.

Fue la misma mano la que indagó entre el calor de ambos, oculto aún de la luz por lo que quedaba de bata, aún colgando en sus caderas, hasta encontrar y sujetar el pene del paciente, que utilizaría para masturbarse, sumergiéndolo en la humedad de su vagina y haciéndole ensoñarse en una penetración que no llegaba.

"¿Podrías chupármela y después follarme por esos trescientos euros?" se atrevió al fin a combatir Alfonso ante la fiebre. Una sonrisa inundó la cara de su dentista, que enseguida respondió:

"Desde luego".


La médico se dejó deslizar pícara en la silla, cual serpiente. Sus rodillas alcanzaron el suelo; sus labios quedaron a la altura del aparato, erguido. La ternura desapareció, y la sensualidad comenzó a evolucionar a medida que desaparecían las insinuaciones y la dentista se disponía a practicar su pequeño trabajo. "Que lo disfrutes, cielo", le insinuó inocente, cómplice y cerda, poniéndole a cien. Aprisionó el falo entre sus manos, mirándolo atenta. Lo paseó por el canal de placer que se conformaba entre sus tetas, despacio. Lo besó con la humedad que caracterizaba su maravilloso besar.

Alfonsó cerró los ojos, aún sin poder creerlo, consciente de que el momento conformaba una insensatez, pero dispuesto a disfrutar hasta el fondo de la insensatez más caliente de su existencia. La lengua de la dentista inició su lamer, chupándosela, empapándola en aquella esencia mientras una de sus manos masturbaba la base de la fálica fuente de éxtasis, con su tacto de mujer, y aquel calor de diosa. De diosa dispuesta a ser ensuciada. Los labios, carnosos, aprisionaron el glande con que estaban jugando, provocando más sabor en el amante que en su boca, y sumergieron el indefenso pene en el placer, procediendo a mamar, como la zorra que sabía ser, como la princesa que en realidad era. La chupaba con ritmo, con ansia, con técnica y con dedicación, haciendo gala del precio de su boca.

El paciente no podía aguantar más, se corría, y no lo deseaba, no deseaba que su dentista dejara aquella mamada, quería seguir follándose su boca, y quería follársela después a ella, necesitaba de todas aquellas endorfinas, que su cuerpo casi había olvidado cómo segregar. Sin embargo, cuando la guerra está precedida de una larga confrontación, los planes están trazados, las armas preparadas, y las victorias y derrotas se producen con celeridad. Aquella cerda se la estaba comiendo demasiado bien, era demasiado joven, y su leche con sabor a esperma se disparó inmediatamente en la boca de ella, que no se lo esperaba, no tan rápido. La pobre chica, confundida, fue incapaz de reaccionar, y el semen superó su boca y se escapó de entre sus labios, aún adheridos a la polla de su cliente, deslizándose en un lento resbalar por un aún firme pene.

Aquella veinteañera dentista, con los labios empapados en el fruto de su boca, se decidió por sonreír y, mirando a su paciente, le guiñó un ojo y le dijo "parece que al final serán doscientos, ¿no?" Rodríguez no supo cómo reaccionar. Se incorporó, y la miró. Aún mantenía la pequeña bata atrapada por sus caderas, lo que no impedía admirar su ted, sus hombros, sus piernas y sus pechos. Era preciosa.

"Quítate eso" le dijo señalando la bata. Ella obedeció, dejándola caer sobre sus muslos, quedando completamente desnuda. Al hacerlo, se convirtió inmediatamente en una chica mucho más mundana. "Lo que la hace aún más bonita", pensó Alfonso, descubriéndose mucho más resuelto de lo que estaba. Quizás como efecto del orgasmo. Más probablemente, perder la bata, aunque llevase tanto tiempo sin ocultar nada, había despojado a la dentista de su autoridad. Se había convertido, en un instante, en una chica más. En una chica normal. Y así, tan sexy, ofreciendo su sexo a cambio de dinero, tan joven y tan ordinaria, tan sólo aparentaba ser otra prostituta de club de carretera que no merecía, en absoluto, lo que cobraba.

No obstante, Rodríguez la deseaba. Aún más: la necesitaba.
"Serán trescientos euros", respondió serio. "Has sido una auténtica puta entre mis piernas, y me has hecho disfrutar, pero un hombre necesita más que eso, muchacha. Y yo he pagado para penetrarte, no sé si a ti, pero sí a tu cuerpo. Merezco follarte"
Ella echó un ojo hacia la verga del cliente, la cual seguía firme, como una roca, sorprendiéndola. Se había excitado ligeramente mamándosela a un desconocido, y estaba más que predispuesta a verse ensartada; pero estaba detestando la nueva aptitud del paciente, y dudaba. La pérdida del poder. Sin embargo, admiraba la maestría con la que Alfonso mantenía su falo en pie de guerra, preparado para atravesarla. Y su vagina ya estaba contratada.

"Por supuesto" le respondió, muy dócil, dirigiendo su boca hasta la polla aún manchada de semen, para limpiarla. El la puso en pie con violencia, sujetándola por los brazos, y se colocó en su espalda. ¿Qué diantres...? Pensó la doctora. "Dios, preciosa..." murmuró la voz de Alfonso en su oreja.

La situó frente a la butaca para pacientes, donde recientemente ocurriera la magia, y la empujó contra ella, haciéndola caer encima y dejándola tumbada de espaldas. Como si de una muñeca se tratara, le agarró por las nalgas, levantándolas, y le obligó a separar las piernas. Si ella no hubiera estado algo caliente, tan solo habría conseguido asustarla. Pero lo estaba. Y la violencia con la que el hombre prometía penetrarla la estaba excitando. "Oh...!" sonó su voz, que sabía estar cachonda, aferrándose a la silla con sus manos. "Sí, cielo, fóllame", oportunaba decir. No hacía falta.

El cliente colocó la polla en la entrada de su vagina. "Dios, nena..." se derritió al sentir tanta humedad. Realmente se moría porque todo aquello pasara. La sintió. Sintió todo su calor, toda su juventud, su magia. Se recreó en las piernas esculturales que le rodeaban, las dulces nalgas que iba a cabalgar, aquellas tetazas aplastadas. No hubo resistencia que se opusiera a su viril espada. El pene se adentró como un torrente de fuerza en aquella cavidad concebida para el placer, el sexo se inició, y Alfonso no podía creerse la espectacular visión de aquella chica con el culo en pompa y expresión de placer en su cara mientras era violentamente penetrada. Penetrada por él, por su verga. Follada, joder, follada.

La médico sentía que el aparato era enorme, porque le llenaba, la completaba, rozaba sin miramientos las paredes de su vagina mojada, provocándole un eléctrico fuego que inundaba su entrepierna y se exhalaba hasta su boca, que lo dejaba marchar sin poder evitar gritarlo.

"Oh!" rompió su voz. "Ah!" "Dios!"

Sus nalgas se enfrentaban a cada embestida con el cuerpo de su violador, como olas rompiéndose en un acantilado, poniéndole enferma, y mucho más enfermo a él, que no dejaba de admirarlas. Aquel falo la inundaba, haciéndole sudar, y ambos lo disfrutaban, ella por la sorpresa provocada, él por estar follándose a una médico que no llegaba a la treintena, de piel fina y tersa. Las manos de Alfonso, secas por el tiempo, agarraban a la chica desde las caderas, manejándola con facilidad, mientras ella, que no dejaba de ser la puta, se dejaba follar impune. Sus nalgas, sin poder abandonar el baile, empezaron a sudar, y el amante, excitado, no se resistió a acariciarlas, primero buscando el tacto, luego tratando de abarcarlas, terminando con un azote, que se transformaría en una sonrisa excitante en la tez de la chica que follaba. Para ella era caliente. Para él, increíble.

Se permitió sacar su verga, excitado, y se lanzó a besarle aquel maravilloso culito de veinteañera. "Oh, nene..." gimió la dentista ante su afán. Cada vez se volvía más loco. Parecía beber tras un mes en el desierto, adhiriendo sus labios en ansiosos e inexpertos besos, besando a toda costa la carne que relucía alzada. Con sus manos, separó las nalgas y, sin habérselo planteado nunca, se atrevió con un beso negro. Para ella, preparada por su condición de prostituta, limpia, no era el primero, y se divirtió al disfrutarlo. Le producía unas ligeras cosquillas que se convertían en auténticos calambres en sus piernas y, sinceramente, conseguía perturbarla.

"¿Cuánto me cobrarías por el culo?" exclamó entonces el cliente, cuya voz se había adelantado a su propio pensamiento, contrariándole y haciéndole pedir algo que no se había planteado. No se hubiera atrevido. Ella no tenía una tarifa para aquello, prefería no tenerla, era demasiado complicado, pero se sentía cachonda, se sentía dilatada, y decidió darle aquel lujo, siempre que lo pagara...

"Doscientos más. Serían quinientos" murmuró con voz angelical.

"Hecho" agradeció él, que no tardo en acercar el falo sobre su entrada, mirándola, agarrándola con fuerza, como si así impidiera que se escapara, como si necesitase que todos sus sentidos le confirmaran que era real. No era aquel un agujero caliente, pero sí era morboso. Era mancharla, era agotarla, saber que no había un paso que le pudiera prohibir, haberle practicado el sexo anal. Era genial. "Despacio", pidió la chica cuando lo empezó a notar. Él no sabía de velocidades, y se limitó a empujar sin ansia, despreocupado por lo que pasase por la mente de aquella mujer. Había pagado por eso, y merecía que lo dejaran en paz. Aun así, la cara de ella no fue de desagrado, más bien todo lo contrario, la vio cerrar los ojos, notó que se concentraba, se abandonaba a lo que quisiera hacer el amante, mas su esperanza estaba en disfrutar la cabalgada. "Jodeeer..." fue muriendo de morbo el paciente mientras conseguía adentrarse en el ano de su jovencita doctora, a lo que ella respondió con un timido "oh!", haciendo notar que en su concentración había encontrado lo que buscaba.

Alfonsó la sacó. La volvió a meter. Le pareció que aquello de follar por el culo era mucho más sencillo de lo que esperaba. Estaba auténticamente dilatada. Y le gustaba, le gustaba muchísimo. La chica abría más y más la boca sin abandonar la expresión de concentración, expulsando un placer mayor que cuando se la follaban.

"Sí..." murmuró con su sexy voz, "síiii!!!", al tiempo que un emocionado Alfonso se aceleraba gritando "vamos!! vamos!!!"

La médico se volvió para mirarlo. No sabía por qué le gustaba. "El sexo sería mucho mejor si los hombres fuesen más conscientes de su propio placer", supuso. "Si supieran calentarnos y, una vez preparadas, dedicarse a disfrutar de nosotras. Son muchísimo más sexys cuando se convierten en hombres, y no cuando se limitan a ser niños buscando no molestarnos...". A aquél cliente, desde luego, le importaba una mierda lo que ella pensara, había descubierto el culo, el placer de golpear directamente las nalgas, la piel que, menos mojada, era más prieta, y la excitación de sentir que la mujer lo disfrutaba. La embestía sin descanso, como un toro, aumentando aquel cosquillear en su ano, haciéndola temblar.

Sin dejar de follarla, se recostó sobre ella, dejándola aprisionada. Estaba descontrolado. Buscó sus tetas con las manos, encontrándolas y disfrutándolas, al tiempo que con su boca le lamía sin pudores la espalda. "Te está dejando completita", se dijo irónicamente la dentista para sus adentros mientras la verga de aquel paciente inundaba su intimidad anal. Se descubrió a sí misma acompañándolo, moviendo el culo en busca del propio placer. "No creo que te importe, ¿verdad cielo?", se imaginó diciendo. Él no la hubiera escuchado.

"Me corro!" exclamó el paciente entonces, "me corro!!! Dios!!!!". "Córrete!" gritó ella, con el fin de excitarle. "No!" gritó el paciente, "No así!!"

Sacando el pene de su culo, la agarró y volteó con facilidad, volviendo a dejar sus piernas abiertas. Volvió a lanzarse en busca de follarse su vagina, que seguía húmeda, dejándose penetrar con facilidad al tiempo que su boca buscaba el maná deleitándose en llegar hasta lamer sus senos de mujer, besando aquellas tetas con impunidad.

"Noo!" gritó entonces la dentista "En la vagina no!! Eso son cien euros más!!!"

El paciente puso cara de horror. "Joder!" gritó. "Necesito correrme ya!!"

"Te ofrezco la boca por cincuenta!" escupió ella, sabiendo que abusaba de su cartera.

"Hecho!!!" gritó el paciente, temblando de terror ante la idea de correrse en ningún lugar. Ella corrió a arrodillarse en busca el falo, ardiente, que mamó desesperada hasta volver a notar el brotar de su semen, para el que esta vez sí estaba preparada, y que engulló sin pestañear.

"Dios..." murmuró el cliente al tiempo que se relajaba y se sentaba en la silla. Tenía los ojos abiertos, incrédulo. También algo arrepentido. Había una mujer esperándole en casa.
Tras una breve pausa, buscó con sus ojos a la médico, que acudía a su despacho para alcanzar y ponerse su bata, la bata de verdad, profesional. "¿Eres al menos dentista?", le preguntó el paciente. "Claro que lo soy", le respondió la chica, suelta, mientras se ponía unas bragas para calmar el terremoto en que había quedado entre sus piernas tras las embestidas animales de aquel hombre. "Pero también soy puta" "No tendrás ninguna enfermedad rara, no?" siguió él, cada vez más arrepentido, buscando cuanta luz cupiera en su mente, que se nublaba. "No", rió ella, poniéndose un sujetador. "Acceder a los historiales médicos de mis clientes me permite bastante control sobre eso" "Ya... entiendo..."

"Sobretodo", siguió hablando la doctora al tiempo que se calzaba, "mi negocio me obliga a ser discreta". Guiñó un ojo al paciente. "Pues la cosa no estaba tan mal", pensó Rodríguez. "Es una pena que sea tan cara".

Registraron en su cuenta una complicada intervención con un cargo total de quinientos cincuenta euros, que a Alfonso le dolió en el alma. Algún día reflexionaría lo poco que vale el dinero, y lo mucho que importan las experiencias de cama. La puta, una vez uniformada de nuevo como ortodoncista, parecía otra. Igual de guapa.

Pese al asalto económico, a medida que las dudas se despejaban Alfonso Rodríguez se iba sintiendo feliz. Tanto, que al salir por la puerta de la clínica no pudo evitar volverse, echar un último vistazo a aquella belleza, y murmurar:

"Gracias".

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