Con el corazón roto

by Maite para PK Este mes en Proyecto Kahlo hablamos de rupturas y por eso me he lanzado a escribir sobre las rupturas amorosas, porque a casi todos nos han dejado y hemos dejado y, a veces, esos momentos se hacen un poco cuesta arriba. Por eso este artículo va dedicado a todos los corazones rotos. Espero que os guste, lo podéis leer pinchando aquí. Un besito! PD: Podéis seguir a Maite y

Del enamoramiento al amor

Ilustración by Qam para PK Con esto de empezar el año, las vacaciones, el volver a la vida real, etc. se me ha pasado compartir con vosotros mi nuevo artículo para Proyecto Kahlo sobre la pasión, el amor, el enamoramiento porque ¿cuánto dura todo esto en la relación? ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de pasión? ¿Se pierde esa chispa del principio? Todo esto y mucho más, ya sabes,

Relato Erótico: Era una noche de septiembre

septiembreEra una noche de septiembre…

La luna caía sobre mis hombros. Llené de sueños mi cartera antes del encuentro. Siento a pleno su perfume al que todavía no conozco. Algo raro sucede en mi. Deseos sin límites giran en mi mente.

Camino mirando la punta de mis zapatos
Imagino mis pies descalzos encima de los tuyos…imagino la humedad de toda tu piel, de todos sus pliegues, la humedad entre mis piernas.
Abro la puerta…


Te veo apoyado en la pared…tus manos detrás de la cintura y una mirada repleta de brillos celestiales. Parecías morder mis ojos con los tuyos.
Siento el primer beso en la frente, de amor fraterno casi protector…

Voy dejando la vergüenza de mujer encima de las sábanas y me convierto en mujer-amante, en mujer amada.

Desabrochas mi camisa…
yo, la tuya…
Ni un centímetro nos separa en ese cuarto que elegimos para amarnos…
El sudor de los cuerpos se pega en los cristales de la ventana
donde las estrellas piden permiso para observar este milagro.
Corazones que palpitan a un ritmo increíble…
se confunden los latidos con el roce de nuestro sexo…
Me abro suavemente como pétalo herido…
y te hundes en mi…
y me sumerjo en vos…
y me ahogo…
y somos uno…
Y no existo aquí…
Y estoy en vos, adentro
Y vos dentro de mí
Y el adentro se repleta.
Voy evadiéndome lentamente hacia tu mundo…
donde sólo vos podes llevarme.
Beso tus declives y colinas…
El corpiño de jazmines y magnolias duerme sobre la alfombra…
De a poco descubres mis rincones.
Estallo en mil gemidos.
Tu lengua dibuja un sendero de brasas por mi espalda…
Y por esos rincones que dejo que huelas y que te aromes.
Es difícil desenlazarnos…
El reloj da la una…
Ha llegado el final
La noche se acrecienta…
Y nos vamos los dos…
Hemos nacido…

María Manetti


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El pecado original – II

Textos anteriores: El pecado original - I


Tierna, desnuda y sudada, la joven Laurita reposaba dormida bajo mi brazo. Descansada. Tranquila. Follada. Follada de la manera más increíble en que se puede uno follar a una chica de su edad. La bacanal de piel adolescente que acababa de subyugarme se había entregado por completo a mis manos, a mi pene, a mi vientre y mis labios, de una forma tan increíble que ni siquiera me hubiese atrevido a desearla. Húmeda como un ángel, no parecían existir secretos en el cuerpo de diosa de aquella cándida chica, que gemía y disfrutaba a cada iniciativa de su amante: Cual complaciente muñeca, todo tacto era el correcto, cada embestida era calor, y cada postura la adecuada. Aquel pedazo de cielo casi ardía entre mis brazos.
Cuando me ofreció su candente culito en pompa terminó por derretirme, descargando yo todo mi peso sobre ella al tiempo que me entregaba a su vagina para terminar eyaculando sobre toda su espalda. Y ella reía. Sonreía. Gemía. Disfrutaba por completo de la parte más sincera de mi ser, y aún más, estoy seguro de que hubiera gritado como una auténtica puta de no haber estado su madre en la casa.

Por dios, Laura, ¿qué hemos hecho? aún ahora desearía que nada de esto hubiera pasado. Que siguieras siendo mi preciosa alumna, y nada más. No me importaban tus juegos; ni tus coqueteos; y mucho menos los escotes de tus camisetas ni las nalgas y piernas que asomaban siempre bajo tus pequeñas faldas; todo aquello era genial. Mi imaginación podía poner el resto, y mi calor se podía desfogar en la soledad de mi casa, imaginando y recreándome en tu cara más cerda, en tus momentos más encendidos de ducha, o atrapada entre mi cuerpo y tu cama. No había nada de malo en todo aquello.

Pero esto era diferente.

Te acabo de follar, Laurita, y no sé cómo serán las cosas a partir de ahora. Supongo que si me he follado a una chica que comenzó la escuela cuando yo la había de terminar, significa que ya vale cualquier cosa. De una forma demoledora, en apenas una hora me había cargado todos los ideales que, de noche en noche, arropaban mi alma, y ahora ya no podían existir buenos y malos. No tenían sentido. Es exagerar, pensarían algunos, pero lo cierto es que no: El triunfo del animal sobre el hombre no podía ser parcial, aquello era necesariamente completo, y yo había dejado al segundo completamente en manos del primero, para hacer con él cuanto se le antojase. Pasa que a los animales se les antojan muy pocas cosas, y el hombre, ahora, había sido por entero devorado.

-... ¿Dante? -susurró aquella figura sensual, insegura, al tiempo que sus preciosas pupilas se entreabrían para dejar paso al candor de su mirada, aún soñadora.
-Soy yo, Laura. Soy Javi. Y tengo que ponerme el resto de mi ropa antes de que pueda entrar tu madre -esgrimí desligándome de las sábanas de su cama, impregnadas en el suave y dulce olor de su perfume -sería lo único que nos faltaba.
-Dios. Javi... -murmuró ella, absorta, obviando mis palabras -dios, no... no sabes lo que acabo de hacerte... joder, Javi... joder...
-Me parece que sí que lo sé, pequeña. Y te juro que lo siento con toda mi alma. Tenías razón todo el tiempo, preciosa. Te deseaba. Te deseaba de la forma más descontrolada y enfermiza en que un hombre puede desear a una mujer. Pero quise engañarme.

-Has sido tú la que ha disparado lo que acaba de pasar -seguí -pero se supone que apenas eres una niña, y que yo soy un hombre, aunque parece que ahora mismo no hay niñas ni hombres en esta habitación. Lo lamento de corazón, y espero que el día que comprendas la cara más vil de todo esto seas capaz de perdonarme.
-No seas imbécil, Dant... digo, Javi. Tú aún no tienes treinta y cinco, y yo tengo dieciocho. No hay nada de malo en esto. Es... es algo más. Tus ojos, Javi; mírate al espejo. Eres... eres él...

Obedeciéndole (cómo no) intrigado, busqué el espejo de su armario para encontrarme. Pero no encontré nada.



-Laura... no sé por dónde vas.
-No, joder, no lo sé yo tampoco, todo esto es muy extraño...

Me miraba preocupada, asustada, perdida, al tiempo que se acurrucaba en su cama. Aún ahora, después de haber llegado a dos orgasmos en su placer, me apetecía quemar aquellas sábanas para descubrir las preciosas lunas que tenía por pechos, para besárselas, y lamerlas, tocarlas, abrir la juventud de sus muslos... y penetrar en ella otra vez. Socorro.

-Dios, pequeña, tengo que marchar de aquí, antes de volverme loco: Estoy a punto de reventar.
-Javi, por favor, no bajes por las escaleras, no te cruces con mi hermana. Escapa por la ventana. ¿Te importa?



-Joder, Laura, déjalo ya. Conseguirás que pierda la cabeza. Tranquila, sabré disimular, ni tu madre ni tu hermana podrán notar nada de lo que ha pasado...
-Javi... -sollozó, aún preocupada -dime, ¿sientes alguna atracción por mi madre?
-¿Tu madre? ¿No tiene cuarenta y cinco años ya? ¿Se puede saber de qué me hablas?
-Supongo... supongo que tendrás que comprobarlo tú mismo... que yo te lo diga no serviría de nada.
-Me estás preocupando, Laura. ¿Estás bien?
-Déjalo. Tan sólo te pido que vigiles no juntarte con mi hermana.
-Si es lo que quieres, así lo haré. -sentencié, preocupado por la rareza del momento -Pero tengo que marcharme, preciosa. Me parece que... necesito estar a solas.
-Tan sólo recuerda -insistió una vez más -que lo siento. No... nunca imaginé que todo esto pasara.
-Ah... no te imaginas la idiotez que ahora mismo se marcha por esta puerta, Laura.
-Por favor, no te cruces con Sonia.
-Lo he pillado, nena, evitaré a tu hermana. Pero volveré tan pronto como pueda. Todo esto no puede terminar sin hablar.

Hoy... han pasado unos doscientos años desde entonces. Sí, lo he dicho bien, unos doscientos, diez arriba diez abajo. No volví. Mis ojos han cambiado, pero no mi cuerpo, ni mi cara. Sí lo ha tenido que hacer mi nombre.

Pues no soy otro que Dante: Dante el maldito, Dante el lascivo, Dante el ángel, y también el monstruo. No sé por qué vivo. Ni sé lo que soy. Tan sólo sé que estoy cansado. Y lo peor, lo más asqueroso de todo esto, es que aún recuerdo con calor el cuerpo de Laura; no consigo arrepentirme de todo aquel sexo cautivo.

Todos los hombres dejamos de ser hombres cuando sucumbimos al lado que de niños anhelábamos controlar. Es solo que mi caso, bueno: Se ha convertido en literal.

Maldita Laura, no puedes seguir existiendo. Imagino que te graduaste, te licenciaste, hiciste tu propia vida, y ojalá que murieras de anciana, bajo el calor de un marido valiente y unos hijos brillantes. Aquí sigo yo, tal y como me dejaste. Es poético. Es, en cierto modo, metafórico.

Tampoco cenaré esta noche: He comprobado que no necesito comer; también estoy aburrido de hacerlo. Me acostaré sólo, y lo haré por placer. Y te recordaré, pequeña. Te recordaré como el sueño que hoy te limitas. Te recordaré como la esposa que debí tener. Con pasión, sonrisas, calores y anhelos. Con toda tu juventud, mi vida.

Doscientos años sin envejecer ni un día, Laura. Y sin embargo, a cada día que pasa entiendo mejor que, entre los dos, la única persona mágica fuiste tú. Sigo sin entender nada.

No importa lo que hoy pase en las calles, lo que pongan en la tele, lo que los artistas pinten ni lo que los poderosos planteen. Te adoro. Te quiero. Te deseo. Y, desgraciadamente...

...aún: Te espero.


Marta y la Luna – I

Textos anteriores: Prólogo

-EL AMOR EN FORMA DE PLACER-



Marta era una chica joven, alegre, simpática e, incluso, podría decirse que un pelín carismática, pero nada más. Como una flor que florece marchita, apenas había conocido de amigos, amores, ni historias que la hiciesen sonreír al conciliar el sueño. Añoraba la emoción en su vida, la aventura, intrigas y fantasías y, por encima de todas las cosas, soñaba con el riesgo.
Sí, Marta era definitivamente un prototipo fracasado de aventurera que jamás había podido intentar siquiera conciliarse con su sino, y que se encontraba perdida en la insulsez del que vive sin aspirar a un destino.

Una aventurera... que no sabía de aventuras. Las pocas veces que había sentido mariposas agitando sus entrañas habían pertenecido a su adolescencia, a sus enamoramientos idílicos que escogían muchachos al azar para dibujar en ellos al héroe de sus ideales. Por aquel entonces, pocos chicos le hacían caso o le mostraban la intención de un beso, debido a que la chica era bella, pero también abnegada en el entorno social y reservada a los estudios y a la lectura. De desarrollo tardío, para los 17 años se habría convertido en una belleza candente de brillo y calor natural, y a los 18 sería engañada, sin amor, para otorgar un primer beso que serviría de puerta para ofrecer su cuerpo entero al desperdicio de una virginidad deseosa de ternura y que vomitaría desengaño cuando, al día siguiente, descubriese la auténtica cara del hombre al que la habían concedido, que jamás se regalaría en compensar aquel obsequio tan profundo como lascivo.

A partir de entonces, el sexo se repitió a menudo, pero siempre ya sin esperanza. Marta descubrió en su piel una puerta para conectar con el mundo que la rodeaba y encontrar un amago de amistad en los hombres que se interesaban, se ofrecían, se dedicaban a conquistarla con la intención única de sentirla violada, penetrada, tan sucia como pudieran. Hubo de aprender a manejarlos, a dominar la mente masculina, de manera que pudiera aprovechar al máximo el periodo de cortejo, la simpatía del cazador, la amabilidad ofrecida por un hombre en pos de egoísta beneficio, alargando la espera hasta ofrecer su excitante belleza, el placer de la experiencia y la maravilla de su desnudez en forma de placer; siempre cuidando que los pretendientes no desfallecieran en el intento. Era triste, pero al vivir así Marta dotaba a su vida de una experiencia que la alejaba de la rutina, tomando con ello la historia más parecida a la que la haría feliz. ¿Tenía acaso elección?


Estudiaría la carrera de medicina, más concretamente la rama de la ortodoncia, mientras se hacía poco a poco más y más mujer, y así más bella, y desesperaba por no encontrar al hombre que también madurara con ella. "Demasiados libros", se reconcomía en el abismo de sus adentros, "demasiadas fantasías". La fama de guarra que se fue conformando a su alrededor lo convirtió todo en algo paradójicamente más sencillo, los hombres sabían que Marta no era una chica que fuese a dejarlos sin la dulce, suave y deliciosa recompensa por la que la deseaban, y estaban así dispuestos a alargar la demora sin abandonar en beneficio de la musa, que se recreaba atenta en las falacias de los personajes con que sus amantes se disfrazaban para las citas: Todos triunfadores, emprendedores, adinerados, con intenciones para con el amor más profundo y deseosos de un futuro cariñoso en el que ella encajaba como guante de seda. La mayoría eran divertidos. Alguno, incluso, sabía desenvolverse con mérito mientras se la follaba. El cuento, no obstante, iba perdiendo su gracia con el número de embestidas, el amor final no llegaba, y Marta desesperaba, se graduaba, se sentía envejecer, y se preguntaba cuándo llegaría el fin de todo aquello; Cuándo, y por qué.


Una vez obtuvo el título de dentista, recibió ofertas de trabajo en diferentes clínicas de ortodoncia (siempre necesitadas de profesionales chicas guapas) que fueron todas rechazadas. Provenía de una familia con dinero, y su padre insistía en que ella iba a ser una gran dentista, se le veía en las manos, se deducía en sus notas, y tenía que tener una consulta propia, que él mismo financiaría, para que nadie coartase su talento. "Las cosas están jodidas, papá, somos demasiados titulados por dentadura, y ya a las clínicas abiertas les cuesta mantenerse sin más competidores" "Las cosas nunca son difíciles para quienes tienen talento, hija mía, y los dos sabemos que tú tienes un don para esta profesión, mi vida" "Sí, papá, lo que tú digas" Total vas a hacer lo que te dé la gana, se figuraba la demasiado corriente dentista consciente del berenjenal en que su acreedor la metía. Si no hubiera estado tan de vuelta de todo, hubiera sabido reaccionar a una testarudez tan insulsa y peligrosa como la que su padre desprendía; pero lo estaba. Y si nada importa, es porque no importa nada.

Las cosas tardarían dos meses en ponerse feas. Los clientes no llegaban, las cuentas no salían, su futuro se tambaleaba y la cartera familiar se veía resentida. La dentista pasaba las horas muertas en el trabajo, deprimida, leyendo el amor de García Márquez o la decadencia de Dostoievski, e incluso soñando de cuando en cuando, mientras aguardaba el momento de la tarde en que concentraba a todas sus citas para que creyesen que tenía clientela, como una dentista de provecho.


Algo habría de cambiar en una extraordinaria mañana de Martes normal. Sin visitas previstas, ni sorpresas viables, el timbre de su consulta irrumpió en el silencio matutino de sus horas aburridas sonando repetidas veces y haciéndole saltar de la silla en que aguardaba, entre lecturas.

-¿Sí? -atendió confundida
-Hola, ¿es aquí la dentista Marta Canela Luna? -respondía una tímida voz masculina al otro lado del teléfono.
-Sí... sí, sí, es aquí, adelante.

Tuvo que ponerse la bata, aquello era del todo inusitado, y se moría de curiosidad por conocer la identidad del visitante, hasta el punto que se planteó abrir la puerta y esperarle. Desistió a costa de mantener una mínima apariencia de profesionalidad, y se percató de lo mal que quedaba una consulta vacía como la suya. En fin, tendría que ser amable.


Suena el timbre. La puerta se abre. No es un cliente lo que entra. Es un ramo de rosas. Y de seguido, un ángel.

-¿...Marcos?

Marcos, el último de sus amantes. Un chico que, como tantos, había sido amable el tiempo suficiente para penetrarle. Cariñoso, divertido, extrovertido y locuaz. En definitiva, uno más, al que ni siquiera le había dado su número de teléfono al marcharse, por no esperar que quisiera volver a verla. Pero sí que le dijiste que eras dentista, Marta, y también que acababas de abrirte una consulta. Ha debido encontrarte..

Era un gesto dulce. Era emocionante. Era romántico, colmando hasta sobrepasar sin atisbo de duda las condiciones que hacían falta para conquistarla. Era increíble.

-Espero que no te moleste el detalle -irrumpió su voz, en tono amable -no has vuelto a contactar conmigo, recordé que me dijiste que acostumbrabas a pasar las mañanas sola, y bueno, quería volver a verte...

Marta cogió el ramo de rosas. Dejó que su perfume la embriagase; Era el primero que recibía. No era olor a rosas lo que desprendían aquellas flores, sino olor a fantasía, que la emborracharon en románticas historias de mil autores al mismo instante de reconocer su perfume. Fragancia de victoria para quien estaba siempre enamorada, aunque nunca fuera de nadie...

Marcos vestía un traje, elegante, arreglado, con la apariencia de un príncipe. Estaba como un tren. No recordaba muy bien su historia, la profesión que se había inventado o las aventuras concretas que había jugado en la última cita, pero no le importaban. Dejando el ramo de rosas a un lado, se lanzó a besarle. A beber de esos labios de hombre. Un hombre que a sus ojos había demostrado una tremenda masculinidad, que su lengua de mujer succionaría y sentiría en forma de sabor, de manjar. Un beso de verdad, como no lo tuviera desde que perdiera su virginidad. Amor desesperado en forma de saliva. Aquellos labios de cuero suave, el tacto de su piel afeitada, la violencia y torpeza de su boca... saborea el romanticismo, Marta, porque se te está dando a catar.

-Wow... -respondió asombrado el protagonista de aquella fiesta sorpresa de pasión disponiéndose a hablar mientras la felina dentista, pegada a él, incapaz de abandonar su besar, se encontraba con su cuello, violándolo y vulnerando la sensibilidad de su sistema nervioso -guapa... y yo que temía espantarte presentándome aquí de improviso...-

Ella regresó a por su boca, haciéndole recordar lo que se disfrutaban unos labios de mujer deshinibidos y desenfrenados. En especial, unos que apenas había tenido tiempo a conocer. Sus atléticas piernas se estremecían, su tacto se regocijaba, su mente se disolvía y su lengua quería más, siempre más de la fémina que parecía ansiar devorar su alma.

-¿De verdad creías que te rechazaría? -insinuó aquella auténtica leona que no dejaba de lamer en su besar.
-No sé... no tenía forma de contactarte... -alcanzó él a responder entre saliva.
-Bueno... no pensé que fuera a hacerte falta...-

Él la miró, compasivo y romántico.

"Pues me hacía", terminó de enamorarla.

El silencio fue lo único que se escuchó durante los próximos segundos. En realidad, más que el silencio...

¿Cómo suena un corazón cuando se enamora?

Marta lo besó. Despacio, Marta. Suave. Él la abrazó. "Hueles a colonia de hombre", notó la chica, que se hacía pequeña junto al cuerpo de su amante. "Adoro la colonia de hombre". Todos sus mejores momentos estaban teñidos de perfume masculino, ¿cómo no adorarlo?

¿Cómo no adorarlo, si era lo que sentía justo entonces?

"¿Tienes algo que hacer?" murmuró Marcos, notando la consulta vacía y pensando en una habitación de hotel. "Sí", respondería ella. "Vaya, ¿el qué?"

"Tú"

Lo empujó contra la pared, para seguir besándole. Lo disfrutaba demasiado. Se sentía como si jamás hubiese besado, y adoraba el besar. Su amante, impaciente, envolvió entre sus brazos sus caderas, apretándola contra su torso, sintiéndola. Olía a canela. A dulce, suave y cariñosa canela. Dejó que sus manos se deslizasen hasta sus nalgas, tocándolas con delicadeza, disfrutándolas mientras besaba. Ella se aferró a su espalda al tiempo que introducía en Marcos su lengua, húmeda. Aquella era su forma de besar. Y a él le encantaba.

"Guapa..." se decidió a rogarle, inseguro, "¿por qué no cierras esto y nos buscamos alguna habitación, alguna cama?"
"Vaya..." se insinuó ella desafiante, libidinosa, acercándose a su oído para murmurar "¿nunca has fantaseado con follarte a tu dentista?"

Se quedó paralizado. Marta volvió a besarle el cuello. "Eres tan húmeda, Marta..." "Tan caliente..."

-Marta...
-¿Sí...?
-...

-Deseo con toda mi alma follarme a mi increíble dentista.


-Anda, ven conmigo... -le siguió ella, cariñosa, cogiéndole una mano y arrastrándole, sin dejar de mirarle, hasta llevarlo a la misma sala en que después habría de tratar a sus clientes. "Siéntate en la silla de observaciones, y deja que me prepare..." insinuó con sonrisa picaresca.

Allí quedó él, obediente, aturdido, mientras Marta se refugiaba en su despacho. Salió de allí con su bata puesta, aunque desabrochada. Y, debajo...

...nada.

-Joder... -exclamó Marcos. Había sensualidad en la mirada de la fémina. Estaba excitada. Excitada de verdad, no como la última vez que se acostaron, donde Marta se había limitado a divertirse y disfrutar con él. Ahora estaban a punto de hacer el amor, que harían por vez primera, y todo tenía pinta de merecer mucho más la pena.

"¿Qué haces aún vestido?" rompió la voz de mujer, "¿es que nunca has ido al dentista?". "Perdona..." respondería Marcos mientras se inclinaba para deshacerse de la chaqueta de su traje. Con aquella enorme y trabajada espalda, con su metro noventa de estatura, obedecía como si fuera insignificante. Impaciente, ella desabrochó sus pantalones para desvestir sus piernas, mientras él luchaba contra su camisa y sus botones. Tan sólo quedaba una prenda cuando terminaron.
"Tiene que ser todo" le dijo Marta, lasciva, deshaciéndose de sus calzones. Su polla quedaba descubierta. Y era enorme.

"¡Dios!" exclamó la médico, exhaltada, al tiempo que la miraba. Aquél no era el orden, pero nada pudo evitar que su mano acudiese a acariciar ese falo, tan gigante. Quería besarlo. Quería derretir a Marcos chupándolo, inundar de ese hombre su boca, excitarse. Se empezaba a perder en el rol de doctora. "Es morboso", pensó para sí. "Pero no es romántico".

-Marta -interrumpió con su voz el paciente, leyendo su pensar -oye... este rollo de dentista me pone mucho, de verdad, pero... no he venido a protagonizar una historieta pornográfica...
-A qué has venido, ¿entonces? -respondió ella, deseando sumergirse en el río de sus oportunas palabras hasta encontrar el paraíso en el que desembocaban.

Él se inclinó en su silla hasta levantarse, para en pie abrazarla con firmeza y decir:

-He venido a ti

-Dios, fóllame, Marcos -se abandonó rendida a su amante la pequeña chica, abrazada.
-Shh... calla... -ordenó el hombre, más seguro, excitante.

Desnudó a Marta, descubrió su cuerpo de joven, quitándole la bata y demostrando que la ternura no tiene por qué ser delicada. La recogió entre sus brazos, tan fuertes que podían levantarla con la sencillez con que un gorrión alza el vuelo, elevándola para recostarla en aquella silla que había sustituido a los clientes por el placer. "Sí..." exclamó Marta en su dejarse, cerrando los ojos y experimentando el frío de la sala en su piel. "Ssh.." volvió a ordenarle callar él, excitándole.

Marcos abrió las piernas de Marta, tan suaves, con la violencia contenida que tan bien manejaba, y hundió entre ellas su cabeza, sin esperas, sorprendiéndola y adentrándose entre unos muslos que se abrían y se dejaban hacer. Era una chica tan, tan sensual, que se sentía más afortunado que cualquier otro hombre que se encontrase desnudando a cualquier otra mujer. Y ahora se moría por verla disfrutar.

La canela lo envolvió. Su labios, complacientes, encontraron la vagina de Marta, deseosos de placer. "Oh...!" gimió ella, deseándolo. "Eres preciosa..." le dedicó sensualmente él al tiempo que comenzaba a besar. A besar calor. A besar no a una doctora, sino a una mujer mil veces más morbosa por la segunda condición que por la primera.

Ella creyó que palpaba el amor.

Su lengua se dedicó a besarla, a conocerla, a explorarla, sintiéndola, suministrándole su caliente placer.  La sintió húmeda. La sintió dulce, el único modo en que la canela se deja saber. La sintió quemar, arder.

"Dios, Marcos..." rogaba ella, que no podía evitar contorsionarse, acariciándose en él, recorriendo su propio cuerpo con sus manos, deseosa de sentir, porque todo sentir era placer. "Sigue, por favor, sigue..." decía con necesidad al tiempo que elevaba las piernas sobre los hombros de aquel hombre y hundía los dedos de una mano contra su pelo, empujándole en el coño mojado que no dejaba de lamer. Él jugaba con sus labios, con su clítoris, acariciaba con una de sus manos mientras la otra se aferraba a su culo, a su piel... Aquél hombre practicaba el sexo oral como si lo disfrutase, pensó Marta, como si lo necesitase. Como creía que sólo ella lo sabía hacer.

"Marcos..." pidió su voz entre gemidos, mientras la mano con que jugaba en el pelo de su amante se revolvía nerviosa "deja de jugar conmigo, por lo que mas quieras... oh... joder... hazme..." gemía y se excitaba en sus propias palabras, que dijeran lo que dijeran hablaban de una mujer caliente, de un hombre con cuerpo de espartano, de un amor inevitable y del consecuente gozar de ambos, "Marcos... por favor, hazme sentir mujer"

Él, al escucharlo, elevó su cabeza desde las piernas desnudas para mirarla. Para admirarla. Para ver otra vez sus increíbles tetas, sus ojos, sus labios. Sus amazónicos hombros. Su piel. Recordaba perfectamente la última vez que se había acostado con ella. Algunas cosas no son fáciles de olvidar, y él iba a recordarla siempre. La forma en que había sentido a aquella mujer; la misma en que la había necesitado desde entonces.

Escaló sin dificultad pon su cuerpo sin ropa. Era demasiado alto y, para cuando su pene alcanzó la vagina de Marta, los labios de la boca de la misma quedaba a la altura de su tórax. La chica quedaba aprisionada entre los músculos de él. A ninguno de los dos le importaba.

"Te quiero, Marcos" exclamó la presa con tenue voz. Llevaba tiempo esperando hacerlo.
"Te adoro, Marta", susurró él.

Estaba enamorada. Estaba enamoradísima. Drogada, necesitada del regalo del cielo que estaba a punto de conocer. Se sentía tan lujuriosa como siempre, e igual de desenvuelta, pero no se sentía sucia, ni guarra. Se sentía amada.

La polla de Marcos inundó su cuerpo sin defensas, conduciéndola a las alturas, sorprendiéndola en un fácil deslizarse. "Joder, Marcos, es enorme..." se derritió la víctima sintiéndose follada como pocas veces antes. El amor en forma de placer se desenvolvía cual caramelo dulce mientras piel y piel se conocían, un amante bailaba, y una musa se sentía desfallecer.

"Dios, Marta..." sonó la voz de un hombre desde las alturas "Eres tan zorrita... tan caliente...". No sonaban a palabras de amor, pero a ella se lo parecían. El tórax atlético de aquél hombre se balanceaba arriba y abajo ante sus ojos, y cada movimiento era esperado, porque le acompañaba el follar de una polla que destilaba gozar, que la hacía gozar, y gemir, y soñar. Dejó que sus labios besaran ese pecho, pegó su cuerpo al de Marcos, abrazándolo con hambre, dejando que sus tetas recorrieran el contacto con sus abdominales. La temperatura subía, Marta se sentía desmayar, la habitación daba vueltas y la pasión alcanzaba todos sus sueños. Se corría. El orgasmo se acercaba, las piernas le temblaban, adoraba la manera en que su amante se la follaba, y gemía, gemía como si estuviese maldita, como si no existiese el volumen, como si fuese el gemir lo que golpe tras golpe la penetraba.

-¡Me corro! -gritó con aguda voz ahogada entre gemidos -¡Ah! ¡Síi! ¡Me estoy corriendo, Marcos! ¡Me corrooo! -su relatar sobraba, se notaba en la manera en que agarrotaba sus dedos, en la necesidad con que cogía el aliento, en la forma en que mordía sus labios, se restregaba en su amante y los ojos se le cerraban con expresión de placer. Marcos se moría en el morbo de sentir como se corría el bombón con que se estaba acostando, como se dejaba penetrar su vagina, como arañaba su espalda y besaba su cuerpo. Y su gritar. Le enfermaba la forma en que aquella mujer gritaba que se estaba corriendo.

Sintió cómo su cuerpo también se descontrolada. Sus embestidas se volvían salvajes, para fortuna de la follada, que ya sólo sabía excitarse; También su orgasmo se acercaba. El de ella, sin poder sacar más jugo al disfrutar de la cabalgada y el sexo oral, llegó antes.

"¡¡¡Sí!!!" gritó sin consuelo con todos sus pulmones. "¡Sí! ¡Síiii! ¡¡¡Síiiii!!!"

"Síiii..ii.." sonaba contenta, medio llorando, sintiéndose aún más feliz que satisfecha y desacompasando el son de su disfrutar con el de su amante, que seguía acelerándose entre embestidas. Sus ojos de hombre mostraban concentración. Estaba a punto de eyacular. Ella no acostumbraba a permitir que se corrieran en su vagina, pese a que tomaba anticonceptivos por la regla, pero sintió demasiada ternura ante la idea de frenar el frenesí que demostraba Marcos al penetrarla. Tampoco quería terminar aquella experiencia con sexo oral, anal, ni nada. Le apetecía una aventura completa, sentir el sexo, y él se lo merecía más que nada.

"Me encanta como me follas..." le susurró, consciente de que lo calentaba. "Me encanta la manera en que tu cuerpo acaricia mis tetas, desnudas... Me encanta sentirme follada...". "En realidad suenas un poco a puta", pensó complacida Marta.

Pudo notar cómo se corría. Pudo sentir el semen de Marcos inundándola, sin que su polla dejara de follarla. Y le gustó. Le hizo sentir amada. Satisfecha.

"Marta..." resopló exhausto Marcos, rompiendo el silencio que caracterizaba sus orgasmos. "Dios...". "Eres jodidamente sexy", pensó ella.

El amante se dejó tumbar sobre el cuerpo de la amada. La besó, jugando con su lengua, al tiempo que de nuevo la abrazaba.

La había llevado hasta el cielo. El cielo que el ya había alcanzado la vez primera.

"¿Sabes, Marta?" le dijo ya del todo recostado, cansado. "Dime" continuó ella, esperando escuchar amor tras sus orgasmos.

"Deberías hacerte puta" se atrevió a sentenciar el amante, con su polla aún medio erecta, restregándose en la piel de ella. El tono era serio.

El silencio fue lo único que se escuchó durante los próximos segundo. En realidad, más que el silencio...

¿Cómo suena un corazón al romperse?


-¿Cómo? -terminó cortándolo ella, incrédula, aún esperando algo en la respuesta que la enamorase.
-Piénsalo. Me refiero a seguir llevando la consulta, ya sabes, pero... de vez en cuando, hacerle algún favorcito a tus clientes, que seguro que te lo pagarían bien caro.
-Marcos... ¿te estás escuchando? -lo espetó violentada aún sin creérselo. ¿Cómo podían llegar las ganas de llorar tan rápido?
-No sé, con lo zorra que eres, Marta... Piensa que podrías proponérselo sólo a los que tú quisieras, los más sexys y tal, los casados, que seguro que guardan discreción, y puedes acceder a sus historiales médicos para saber que no tienen nada raro. Podrías forrarte. Y seguro que con el morbo del rollo dentista, en 15 minutos estaban listos... Joder, yo lo haría, me parece un chollazo.

Marta se levantó de la silla, herida. "Márchate" le rogó, haciendo un esfuerzo por no dejar escapar a sus lágrimas. "Pero, Marta... perdona..." quiso disculparse él, ante la evidencia de que se había equivocado en algo.

-Marcos -volvió a decirle, con ojos llorosos, tajante -Quiero que te vayas
-Ven, deja que te abrace, Marta...
-¡Vete!
-Pero Marta...
-¡Que te vayas, joder, que te vayas! -gritó, ya llorando. Él se vistió, sin dejar de disculparse.

Una vez arreglado, con gesto de arrepentido, abrió la puerta de la consulta. "Supongo que tampoco me darás tu teléfono esta vez..." pronunció en un último gesto descabellado. "Espero que no vuelvas a cruzarme una palabra" respondió la felina mientras sangraba.

Cuando finalmente la puerta fue cerrada, Marta abrazó el ramo de rosas, abandonándose a las lágrimas, que caían por sus mejillas desenfrenadas. No hay peor sufrimiento que el precedido por la felicidad. El desconsuelo inundaba su alma, al tiempo que la ansiedad la embargaba. Llorar era insuficiente para expresar aquel dolor. Todo lo era. La herida era mortal.

"¿Pero cómo puedo ser tan tonta?" se desvivía histérica, derrotada, recordando a Marcos y su ardiente forma de inundarla, sintiendo su semen aún cayendo de su vagina y humedeciendo sus bragas, recordando por qué no permitía a nadie eyacular en la intimidad de su sexo.


Su vida no tardaría en adoptar un vivir casi psicópata. Cerró la clínica esa tarde, argumentando haber caído enferma. Tenía horas de sobra para recolocar las citas. Al día siguiente volvió al trabajo. Las dentaduras de dos adolescentes, un niño y una señora pasaron por sus manos. La última de todas era la de un hombre, Alfonso Rodríguez, que superaba los cuarenta años, y llevaba un anillo de casado.

"Dame un segundo, cielo" le pidió al tiempo que marchaba a su despacho y comprobaba su historial médico. Casado desde hacía más de diez años, sin ningún problema sexual, no había impedimentos. Se quitó la ropa de vestir que llevaba bajo la bata, dejándose puesta esta última prenda. Abrochó todos sus botones, excepto uno. Estaba improvisando, pero conocía demasiado el desear de un hombre cualquiera como para tener inconvenientes en improvisar. Calentó a su paciente. Le ofreció sexo a cambio de pago. Se la chupó, se lo folló, e incluso le permitió el sexo anal. Más tarde aprendería a explotar al máximo a sus clientes de forma efectiva y rápida, no teniendo que recurrir a experiencias tan completas, que podían hacerse eternas. No pudo impedir pensar en Marcos de vez en cuando. La seguía excitando. "No puedes ser más tonta, Marta", se maldecía en su pesar.

Su consulta no tardó en llenarse, y sus cuentas se sanearon. La cantidad de hombres que pasaban entre sus manos convirtió el sexo en mundano, terminando con su única fuente de vida.

Una prostituta, Marta... Una triste prostituta.

Que está sola.

Marta y la Luna – Prólogo


Olía a canela. Entre aparatos quirúrgicos, incomodidades, colores inocuos y elementos esterilizados, el ambiente se teñía con una suave y cariñosa fragancia a canela, hipnotizando en dulzura. Un sensual olor para una mujer, pensó Rodríguez, que ejercía de paciente sentado en aquella silla recostable, con la boca abierta y mirando hacia un cielo encerrado en forma de tejado; Un maravilloso perfume para una dentista. Además, la chica también desprendía calor sobre cuanto le rodeaba. Era algo más que un aroma, era una esencia desbordada que lo inundaba todo en su camino en un auténtico derroche de femineidad.


Ella, más cercana que otros médicos, indagaba en su boca, dejándolo descansar de cuando en cuando y, aunque sin decir nada, dedicándole una mirada cómplice a cada pausa, una cálida mirada pintada en ojos marrones que provocaba que, en su primera visita a la consulta, Alfonso Rodríguez ya se planteara escusas de cara a un regreso. Él sabía que su boca estaba perfecta, pero la profesional no dejaba de mirarlo y, por increíble que aquello supusiese en una consulta médica, lo prefería así. Era tan fácil de describir como de entender: No quería que la presencia de aquella chica se acabara.

-Dame un segundo, cielo -murmuró con voz tenue la fonía joven de la médico mientras ésta se marchaba a lo que parecía su pequeño despacho, que quedaba frente a él. Tendría... ¿26 años? Quizás menos. Las profesionales tan jóvenes bullían erotismo, pensó para sí el paciente, que ya pasaba los cuarenta, sufriendo el goteo de un tiempo insensible a la vida sana que trataba de llevar. Esta dentista, en concreto, era capaz de hacerte soñar incluso, al tiempo que velaba por la salud de tu boca.

Ella regresó tal y como se había marchado, con su bata, sin mascarilla y con su pelo suelto, y estaba radiante, caliente. Dulce. No podía dejar de buscar aquellos ojos. Ojos de color canela, a juego con su perfume.

-Ya casi está, Alfonso - Rodríguez no entendía que los nuevos médicos llamasen a los atendidos por su nombre, pero en esta ocasión casi lo prefería, porque la hacía sentir más cercana y, con ello, aún más atractiva -nos quedan dos minutitos y listo. Te voy a pedir que te enjuagues la boca, ¿vale?

La ortodoncista se inclinó en un gesto sexy sobre la butaca del paciente para coger una especie de flúor, que le quedaba al otro lado. Al hacerlo, su bata colgaba en respuesta a la gravedad, y un botón desabrochado se escapaba de los demás dejando nacer un pliegue a la vista del paciente, que se aferró a su silla cuando, sin querer evitar buscar en él con curiosidad, no encontró tela, una camiseta, o un jersey: encontró piel. La piel de su preciosa dentista, libre bajo su bata, una piel aterciopelada y cariñosa. No podía ser. Estaba desnuda. Tan solo aquella fina tela blanca lo separaba de su desnudez. La doctora, inclinada, tardaba en encontrar lo que fuera que buscaba, y él no dudó en recrearse en el increíble cuerpo de su médico desnuda para su mirada. Sí, desde luego que era su piel. Podía verse incluso gran parte de uno de sus pechos, suave, también desnudo, tambaleándose en los aspavientos que hacía aquella belleza en su lenta búsqueda entre aparatos. Si no estaba loco, merecía enloquecer, porque su agitación se convirtió en una excitación exacerbada a una velocidad enfermiza incluso para un cerebro de hombre, adquiriendo una erección dispuesta a combatir cualquier barrera y empujando en la cremallera de su bragueta sin intención de desfallecer.

-Aquí está -dijo al fin ella distraída agarrando una botella de plástico en la que se veía un líquido de color verde, y Alfonso no podía creerse nada. Creyó haberse vuelto loco cuando, para ponerse en pie, la dentista fue a buscar apoyo y su mano se dirigió a su entrepierna, donde se encontraba su pene, erecto, excitado. Notándolo, la médico volvió su cara y susurró un sensual "uy...", tardando en quitar de allí su mano e incluso permitiéndose una leve caricia con la punta de los dedos al tiempo que grababa a fuego su mirar en lo más profundo de los ojos del paciente, atónito.

Dispuso una pequeña ración del flúor, que olía a fuerte menta, en un pequeño vaso de plástico, y se lo dio a beber. "Con cuidado, cariño", le advirtió con ternura, "puede ser bastante desagradable. Enjuágalo bien, ¿vale?". Por su parte él, sin pretenderlo, seguía con su mente en la tersura del incipiente seno que acababa de contemplar, mientras su cuerpo se limitaba a reaccionar como lo haría el de un ser hipnotizado, o un robot. Por desgracia, el líquido demostró ser efectivamente infernal, estallando entre sus dientes, y notarlo lo sacó de su aletargo, teniendo que hacer un gran esfuerzo para no expulsarlo de su boca de inmediato y aferrándose a la silla sin poder evitar reflejar como rostro una notable cara de rechazo.

-Pobre... -dijo la voz de ella al tiempo que no podía evitar que una ligera sonrisa iluminara su rostro -te hago estar tan incómodo...

Dios, aquello se parecía demasiado a una fantasía ajustada a las reglas de un guión, a alguna de las aventuras forzadas del mundo del porno. Lo que venía entonces habría de dejar cualquier historieta erótica por los suelos. La dentista, aún sonriendo, pasó su mano por la entrepierna del paciente, acariciando una polla que exploraba los límites de su erección, por encima de la tela de sus pantalones.

-Debería quitarte esto... -insinuó, sensual, al tiempo que llevaba sendas manos hasta la cremallera que sujetaba la prenda y con natural habilidad la desabrochaba -total, soy médico, no voy a asustarme ni nada...- cada vez sonreía más pícaramente; sin expresar sus ojos deseo, sí se reflejaba intención en sus miradas, y Rodríguez aprovechaba el flúor en su boca para no tener que responder, porque no hubiera sabido cómo hacerlo.

Dos hábiles manos de fémina le desprendieron de la parte inferior de su traje, accedieron al elástico de sus calzoncillos, y se deshicieron en un solo tiempo de ellos castigándolos al olvido, mientras un torreón de deseo se desataba, quedando la polla del paciente liberada y mostrando la magnitud con que cuatro movimientos de mujer podían excitarle.

-¡Vaya! -exclamó sin ya poder evitar reír la doctora al tiempo que con una mano se la sujetaba, haciendo que su glande apuntara al cielo y que su paciente lo alcanzara -¡...pobre! ¿Como no ibas a estar incómodo? -con la otra mano se tapaba la boca, tratando de disimular el gesto que combinaba dulcemente exclamación y carcajada.

No podía ser. ¿De verdad estaba aquella médico tocándole la polla? ¡Socorro! No contenta con eso, se atrevió con un leve movimiento de muñeca, distraído, que la masturbaba.

-¿Qué tal? ¿se te pasa?

Él asintió, tratando de recordar lo que se le tenía que pasar, sin éxito.

-Perfecto -respondió ella soltando la verga y sacudiéndose las manos -pues ahora marcho a revisar unos papeles mientras terminas de enjuagarte, tienes que estar unos cinco minutitos más, y luego devolver el líquido al vaso, ¿de acuerdo?

Sin comprender nada, con el pene al aire, volvió a asentir en ausencia de alternativa, persiguiendo con sus ojos a la doctora mientras ésta regresaba a su oficina, con algo erótico en sus andares. ¿Cómo podía haber pasado todo aquello? Se preguntaba un Rodríguez desconcertado. ¿Serían así de fáciles las chicas jóvenes? Sus pensamientos no tardarían en interrumpirse: La dentista no había cerrado la puerta de su despacho, y pronto se sorprendería al ver cómo su brazo desvestido cruzaba su marco a su vista, con la bata arrugada en la mano, colgándola en un perchero, significando que, aunque no pudiese verla a ella, la pasión hecha mujer se había desnudado. Se percató de que nada le impedía masturbarse, y no pudo evitar aprovecharlo, repitiendo un movimiento que en su larga edad tenía ya bastante asimilado. Se derretía como la mantequilla en el fuego con solo imaginarla sin ropa, y de repente nada más importaba; ¿en serio podía desearla tanto?

Los segundos se sucedían mientras los sucesos seguían envileciéndose. Rodríguez alcanzaba a ver una parte de una mesa, aparentemente grande, en mitad de aquel cuarto apodable como despacho que ahora quedaba medio a su vista. Una pierna -de mujer- firme, que no musculada sino más bien tierna, apareció en la escena, deslizándose en excitantes tiempos sobre la superficie barnizada del escritorio. La mano con que se masturbaba Rodríguez aceleró el ritmo, y él, enfermo de calor, se apuró a colocarse lo más al extremo posible de aquella butaca recostada, en pos del mejor punto de vista, consciente de que se perdía alguna forma de expresión de la mayor maravilla, a su entender, del universo. Descubriría que aquella ninfa se encontraba demasiado oportunamente colocada.

Lo que podía vislumbrar, más allá de su imaginación, era la pierna casi entera, reluciente en sensual piel, hasta más de medio muslo, y el brazo derecho de la ortodoncista. que terminaba en un amazónico hombro desnudo, excitante. Incluso, o al menos eso quería creer, se notaba junto al quicio que separaba pared y cielo una pequeña parte, poco más de un centímetro, de pecho desnudo. Era demasiado; no podía estar pasando, enloquecía el paciente. El morbo se hacía tremendo, le superaba, su masturbación se convulsionaba, y se iniciaba la tortura del varón que se muere por eyacular pero sabe que hacerlo le podría alejar de algo que lo mereciera con mayor categoría. De una experiencia única, en su caso.

Atendiendo, fue capaz de captar que el brazo de mujer que se veía tras el marco de la puerta se dirigía directamente al candor de entre sus piernas, ardiente, y que estaba bailando en un gesto similar al de su masturbación, pero mucho más delicado. Alfonso hubo de dejar de frotarse para evitar correrse cuando comprendió que también ella se estaba masturbando. No podía ser real. Atendió con fascinación al milenario mito de la autosatisfacción femenina, estudiando el ritmo casi constante de su brazo, que cuando se permitía hacer cambios los hacía para encontrar algún otro son al que aferrarse, paciente. Escupió el mentolado líquido de su boca para dejar de enjuagarse, queriendo evitar cualquier ruido que distrajese su atención, y el silencio le guió con completa claridad hasta una melodía de callados gemidos contenidos ("mm...") a ritmo con una respiración entrecortada, que le permitía ilustrar en fantasía la imagen que quedaba oculta tras aquella pared sin misericordia. El volumen de los gemidos ascendió en una mareante espiral hacia el placer de dos personas, hombre y mujer, desembocando en un ligero gritito, agudo pero entrecortado, y el cuerpo de Rodríguez se echó a temblar cuando entendió (por el ruido) que la dentista se reincorporaba, hurgaba en algún cajón o armario, y caminaba hacia el encuentro de ambos. Esperaba que saliera directamente desnuda, la bata seguía colgada. Esperaba que la fantasía cumpliese una miserable parte de sus promesas, y que aquella mujer lo llevara pronto al orgasmo.

Su figura, deslumbrante, apareció en el marco de la puerta. No estaba desnuda. Tampoco vestida. Volvía a llevar una bata, blanca, pero aquella prenda no había sido diseñada pensando en la medicina, sino que ejercía de forma idónea un papel de lujuria que solo inducía a sentir la que, por otro lado, era la mejor de las curas. Ceñida, apenas cubría las nalgas, mostrando así la dentista sus piernas desnudas, jóvenes, y tampoco el escote quedaba cubierto; más bien resarcido. Estaba increíble.

La dentista, contra todo pronóstico, no hizo gesto ni insinuación ninguna que la diferenciase de cualquier otro profesional. Con naturalidad, como si nada hubiera cambiado, se dirigió con expresión neutral hasta la cama del paciente, que exigía por piedad una muestra de certeza en cualquiera de las cosas que le estaban pasando. "Has terminado ya con el flúor, ¿no?" Rodríguez asintió, descubriendo que se sentía tan mudo como cuando se enjuagaba. "¿Seguro?", siguió vacilona la médico, "no me estarás engañando, ¿verdad?" "No... no... qué va..."

Ella le observó con un enfatizado gesto de sospecha, teatralizando, y se inclinó hacia su boca. La canela inundó de nuevo la habitación. La médico, cercana, simuló inhalar el aliento de su cliente. Acercando sus dos bocas, movió sus labios a escasos centímetros de los del paciente para pronunciar: "¿De verdad no me engañas?"

Alfonso, inmóvil, sentía cómo los demonios agitaban su alma, exigiéndole convulsionarse e imponiéndole inmovilidad, jugando con sus nervios a ridiculizarle, y la boca de la médico estaba demasiado cerca, y su polla demasiado dura, y las tetas de aquel seductor escote quedaban colgantes frente a su cara, y un terso culo en pompa dejaba demasiado pequeño el uniforme, y lo único que él conseguía hacer era responder:

"Seguro"

"Mira que puedo descubrir si me mientes..." le respondería ella, jugando, con su boca sensiblemente aún más cerca de los límites del tacto.

"No..No... No te miento..." tartamudeó él.

"Ya...". Excitante... "A ver..."

Una joven lengua femenina se escapó sobre sus labios, mucho más duros, recorriéndolos con paciencia. Más caliente piel, sabor canela, la perseguía. Dos bocas se juntaron, explorando la humedad de un beso, que no su significado y el cliente, consciente de su inexperiencia, decidió abandonarse a la doctora, que besaba, bebía a un ritmo paciente, mojado, atreviéndose a lamer sin pudor una boca con sabor a menta, y despegándose en un rastro de saliva.

-Sé que es un flúor fuerte, pero me encanta su sabor... -descendió una voz desde los cielos -es tan... fresco...

Le lamió de nuevo los labios, que le temblaban, con un lamer muy sensual. Volvió a hacerlo. Y lo repitió, una vez tercera. Era cierto que su lengua, tras el beso, se sentía más fría, con mayor frescura. "Lo notas, ¿verdad?"

La dentista pasó una de sus piernas por encima del paciente, y se sentó encima suyo, sobre aquella silla que él ya no podría olvidar. Erguida, ofrecía una visión de espectáculo. Era demasiado poderosa. Se llevó uno de sus propios dedos hasta su boca, introduciéndolo en ella, y cerrando sus labios alrededor en unos morritos encandiladores, mientras Alfonso se dejaba matar. Lo chupó, cerrando los ojos y expresando placer. La frescura de la menta ejercía el papel de excusa.

-Mmm... -gimió mientras el dedo era besado en el vaivén en que, suavemente, entraba y salía. Un poco de saliva escapó de su boca, cayendo por su labio inferior, ardiendo en la retina de su único espectador.

Abandonando su boca, sus pequeñas manos se fueron directas a por sus tetas, aún cubiertas por tela, juntándolas y sujetándolas, manejando lo visual, como si un titiritero excitado las estuviese dirigiendo. Desabrocharon un botón del batín. Otro. Su espalda se contrajo, acercando los hombros, acentuando sus pechos, y la bata se desligó por fin desde su cuello, deslizándose por sus brazos y dejándose caer hasta debajo de sus senos, que quedaron, al fin, desnudos. Alfonso, mero espectador, babeaba en el deja vú de encontrarse con unas tetas tan lascivas y sexuales como las había imaginado. Definitivamente tenía que estar soñando. Eran... eran maravillosas...

Las manos de la dentista se adhirieron de nuevo a sus pechos, ahora desnudos, conociéndolos a caricias, amándolos con el tacto. Parecían tan duros, tan tiernos, tan excitantes... El dedo que acababa de recorrer la lengua de la médico, aún húmedo, fue conducido hasta un pezón, que acarició hasta tersar, mojándolo en el candente líquido que emanaba entre sus labios. Repetiría su labor en el segundo pecho, complaciente, y las manos de doctora volverían a juntar aquellos fantásticos senos, entes del deseo, que resarcían aprisionados entre las palmas de sus manos, sintiéndose acariciados entre los dedos de aquella deliciosa escultura con forma de mujer.

Rodríguez se atrevió a alzar uno de sus brazos con la intención de alcanzar sus tetas, de acariciarla. La doctora se lo impediría con una autoritaria mano, sujetándole una muñeca, y llevándose su otra mano a la boca en gesto de silencio.

"Chssst..." insinuó, sexy.

Condujo el brazo capturado de Alfonso hacia su tez, acariciándose en sus dedos y dirigiendo el índice hasta su boca, para introducirlo en la manera en que lo hiciera antes con el suyo. La otra mano de la dentista, que ahora jugaba entre sus tetas, impartiéndole lecciones a la belleza, olvidó el tacto de su fina piel para dirigirse a la parte del paciente que más apreciaba su despliegue de encantos, consciente de que su magia le debía todo el poder a la atracción de lo sexual. Mientras su boca le lamía un dedo, la otra apareció para acariciarle el falo, agarrándolo, sin masturbar.

"Socorro..." alcanzó a murmurar la víctima.

Ella llevó las dos manos de él hacia sus pechos, y éstas comenzaron a experimentarlos con necesidad, desenfrenadas, en contraste con la paciencia que manejaba siempre la fémina. Consciente de que aquellas manos no habrían de despegarse, la doctora se inclinó sobre el paciente, haciendo que sus tetas colgasen cada vez más entre los dedos, hasta acercar su boca hasta el cuello de la presa.

"Si quieres seguir, cielo..." le dijo al oído mientras se aseguraba de que la verga del cliente se encontraba con sus piernas y se deslizaba hasta una vagina desnuda, acabando con cualquier resquicio de su voluntad "...lo tendrás que pagar"

"¿Pagar?" le respondería el hombre, confundido, "¿cómo pagar?"

"Doscientos euros por un francés," cortó su voz con tono inalterable, sin dejar de ser cariñosa, "trescientos si quieres follarme..."

"Dios..." se derritió el paciente "...¿y qué... ¿qué es un francés?"

Ella rió. "Mis labios y lengua en tu polla, cariño..." murmuró entre sonrisas "...una mamada".

"Joder..." murmuró él, aparentemente inseguro. La médico se alzó de nuevo, haciéndole recordar su figura, sentándose en la cadera del cliente y restregando el calor que emanaba de sus piernas a lo largo de su verga. Él la miraba, sin decir nada, indeciso ante el siguiente paso.

Una explosión de la amada canela tiñó la habitación cuando la médico agarró una de sus tetas y la alzó para lamerla, siempre despacio, irremediablemente sensual. Paseaba su lengua mientras su otra mano se metía entre sus piernas y, cerca del fugitivo glande de un indefenso Alfonso, acariciaba su vagina, obligándole a notarlo.

Fue la misma mano la que indagó entre el calor de ambos, oculto aún de la luz por lo que quedaba de bata, aún colgando en sus caderas, hasta encontrar y sujetar el pene del paciente, que utilizaría para masturbarse, sumergiéndolo en la humedad de su vagina y haciéndole ensoñarse en una penetración que no llegaba.

"¿Podrías chupármela y después follarme por esos trescientos euros?" se atrevió al fin a combatir Alfonso ante la fiebre. Una sonrisa inundó la cara de su dentista, que enseguida respondió:

"Desde luego".


La médico se dejó deslizar pícara en la silla, cual serpiente. Sus rodillas alcanzaron el suelo; sus labios quedaron a la altura del aparato, erguido. La ternura desapareció, y la sensualidad comenzó a evolucionar a medida que desaparecían las insinuaciones y la dentista se disponía a practicar su pequeño trabajo. "Que lo disfrutes, cielo", le insinuó inocente, cómplice y cerda, poniéndole a cien. Aprisionó el falo entre sus manos, mirándolo atenta. Lo paseó por el canal de placer que se conformaba entre sus tetas, despacio. Lo besó con la humedad que caracterizaba su maravilloso besar.

Alfonsó cerró los ojos, aún sin poder creerlo, consciente de que el momento conformaba una insensatez, pero dispuesto a disfrutar hasta el fondo de la insensatez más caliente de su existencia. La lengua de la dentista inició su lamer, chupándosela, empapándola en aquella esencia mientras una de sus manos masturbaba la base de la fálica fuente de éxtasis, con su tacto de mujer, y aquel calor de diosa. De diosa dispuesta a ser ensuciada. Los labios, carnosos, aprisionaron el glande con que estaban jugando, provocando más sabor en el amante que en su boca, y sumergieron el indefenso pene en el placer, procediendo a mamar, como la zorra que sabía ser, como la princesa que en realidad era. La chupaba con ritmo, con ansia, con técnica y con dedicación, haciendo gala del precio de su boca.

El paciente no podía aguantar más, se corría, y no lo deseaba, no deseaba que su dentista dejara aquella mamada, quería seguir follándose su boca, y quería follársela después a ella, necesitaba de todas aquellas endorfinas, que su cuerpo casi había olvidado cómo segregar. Sin embargo, cuando la guerra está precedida de una larga confrontación, los planes están trazados, las armas preparadas, y las victorias y derrotas se producen con celeridad. Aquella cerda se la estaba comiendo demasiado bien, era demasiado joven, y su leche con sabor a esperma se disparó inmediatamente en la boca de ella, que no se lo esperaba, no tan rápido. La pobre chica, confundida, fue incapaz de reaccionar, y el semen superó su boca y se escapó de entre sus labios, aún adheridos a la polla de su cliente, deslizándose en un lento resbalar por un aún firme pene.

Aquella veinteañera dentista, con los labios empapados en el fruto de su boca, se decidió por sonreír y, mirando a su paciente, le guiñó un ojo y le dijo "parece que al final serán doscientos, ¿no?" Rodríguez no supo cómo reaccionar. Se incorporó, y la miró. Aún mantenía la pequeña bata atrapada por sus caderas, lo que no impedía admirar su ted, sus hombros, sus piernas y sus pechos. Era preciosa.

"Quítate eso" le dijo señalando la bata. Ella obedeció, dejándola caer sobre sus muslos, quedando completamente desnuda. Al hacerlo, se convirtió inmediatamente en una chica mucho más mundana. "Lo que la hace aún más bonita", pensó Alfonso, descubriéndose mucho más resuelto de lo que estaba. Quizás como efecto del orgasmo. Más probablemente, perder la bata, aunque llevase tanto tiempo sin ocultar nada, había despojado a la dentista de su autoridad. Se había convertido, en un instante, en una chica más. En una chica normal. Y así, tan sexy, ofreciendo su sexo a cambio de dinero, tan joven y tan ordinaria, tan sólo aparentaba ser otra prostituta de club de carretera que no merecía, en absoluto, lo que cobraba.

No obstante, Rodríguez la deseaba. Aún más: la necesitaba.
"Serán trescientos euros", respondió serio. "Has sido una auténtica puta entre mis piernas, y me has hecho disfrutar, pero un hombre necesita más que eso, muchacha. Y yo he pagado para penetrarte, no sé si a ti, pero sí a tu cuerpo. Merezco follarte"
Ella echó un ojo hacia la verga del cliente, la cual seguía firme, como una roca, sorprendiéndola. Se había excitado ligeramente mamándosela a un desconocido, y estaba más que predispuesta a verse ensartada; pero estaba detestando la nueva aptitud del paciente, y dudaba. La pérdida del poder. Sin embargo, admiraba la maestría con la que Alfonso mantenía su falo en pie de guerra, preparado para atravesarla. Y su vagina ya estaba contratada.

"Por supuesto" le respondió, muy dócil, dirigiendo su boca hasta la polla aún manchada de semen, para limpiarla. El la puso en pie con violencia, sujetándola por los brazos, y se colocó en su espalda. ¿Qué diantres...? Pensó la doctora. "Dios, preciosa..." murmuró la voz de Alfonso en su oreja.

La situó frente a la butaca para pacientes, donde recientemente ocurriera la magia, y la empujó contra ella, haciéndola caer encima y dejándola tumbada de espaldas. Como si de una muñeca se tratara, le agarró por las nalgas, levantándolas, y le obligó a separar las piernas. Si ella no hubiera estado algo caliente, tan solo habría conseguido asustarla. Pero lo estaba. Y la violencia con la que el hombre prometía penetrarla la estaba excitando. "Oh...!" sonó su voz, que sabía estar cachonda, aferrándose a la silla con sus manos. "Sí, cielo, fóllame", oportunaba decir. No hacía falta.

El cliente colocó la polla en la entrada de su vagina. "Dios, nena..." se derritió al sentir tanta humedad. Realmente se moría porque todo aquello pasara. La sintió. Sintió todo su calor, toda su juventud, su magia. Se recreó en las piernas esculturales que le rodeaban, las dulces nalgas que iba a cabalgar, aquellas tetazas aplastadas. No hubo resistencia que se opusiera a su viril espada. El pene se adentró como un torrente de fuerza en aquella cavidad concebida para el placer, el sexo se inició, y Alfonso no podía creerse la espectacular visión de aquella chica con el culo en pompa y expresión de placer en su cara mientras era violentamente penetrada. Penetrada por él, por su verga. Follada, joder, follada.

La médico sentía que el aparato era enorme, porque le llenaba, la completaba, rozaba sin miramientos las paredes de su vagina mojada, provocándole un eléctrico fuego que inundaba su entrepierna y se exhalaba hasta su boca, que lo dejaba marchar sin poder evitar gritarlo.

"Oh!" rompió su voz. "Ah!" "Dios!"

Sus nalgas se enfrentaban a cada embestida con el cuerpo de su violador, como olas rompiéndose en un acantilado, poniéndole enferma, y mucho más enfermo a él, que no dejaba de admirarlas. Aquel falo la inundaba, haciéndole sudar, y ambos lo disfrutaban, ella por la sorpresa provocada, él por estar follándose a una médico que no llegaba a la treintena, de piel fina y tersa. Las manos de Alfonso, secas por el tiempo, agarraban a la chica desde las caderas, manejándola con facilidad, mientras ella, que no dejaba de ser la puta, se dejaba follar impune. Sus nalgas, sin poder abandonar el baile, empezaron a sudar, y el amante, excitado, no se resistió a acariciarlas, primero buscando el tacto, luego tratando de abarcarlas, terminando con un azote, que se transformaría en una sonrisa excitante en la tez de la chica que follaba. Para ella era caliente. Para él, increíble.

Se permitió sacar su verga, excitado, y se lanzó a besarle aquel maravilloso culito de veinteañera. "Oh, nene..." gimió la dentista ante su afán. Cada vez se volvía más loco. Parecía beber tras un mes en el desierto, adhiriendo sus labios en ansiosos e inexpertos besos, besando a toda costa la carne que relucía alzada. Con sus manos, separó las nalgas y, sin habérselo planteado nunca, se atrevió con un beso negro. Para ella, preparada por su condición de prostituta, limpia, no era el primero, y se divirtió al disfrutarlo. Le producía unas ligeras cosquillas que se convertían en auténticos calambres en sus piernas y, sinceramente, conseguía perturbarla.

"¿Cuánto me cobrarías por el culo?" exclamó entonces el cliente, cuya voz se había adelantado a su propio pensamiento, contrariándole y haciéndole pedir algo que no se había planteado. No se hubiera atrevido. Ella no tenía una tarifa para aquello, prefería no tenerla, era demasiado complicado, pero se sentía cachonda, se sentía dilatada, y decidió darle aquel lujo, siempre que lo pagara...

"Doscientos más. Serían quinientos" murmuró con voz angelical.

"Hecho" agradeció él, que no tardo en acercar el falo sobre su entrada, mirándola, agarrándola con fuerza, como si así impidiera que se escapara, como si necesitase que todos sus sentidos le confirmaran que era real. No era aquel un agujero caliente, pero sí era morboso. Era mancharla, era agotarla, saber que no había un paso que le pudiera prohibir, haberle practicado el sexo anal. Era genial. "Despacio", pidió la chica cuando lo empezó a notar. Él no sabía de velocidades, y se limitó a empujar sin ansia, despreocupado por lo que pasase por la mente de aquella mujer. Había pagado por eso, y merecía que lo dejaran en paz. Aun así, la cara de ella no fue de desagrado, más bien todo lo contrario, la vio cerrar los ojos, notó que se concentraba, se abandonaba a lo que quisiera hacer el amante, mas su esperanza estaba en disfrutar la cabalgada. "Jodeeer..." fue muriendo de morbo el paciente mientras conseguía adentrarse en el ano de su jovencita doctora, a lo que ella respondió con un timido "oh!", haciendo notar que en su concentración había encontrado lo que buscaba.

Alfonsó la sacó. La volvió a meter. Le pareció que aquello de follar por el culo era mucho más sencillo de lo que esperaba. Estaba auténticamente dilatada. Y le gustaba, le gustaba muchísimo. La chica abría más y más la boca sin abandonar la expresión de concentración, expulsando un placer mayor que cuando se la follaban.

"Sí..." murmuró con su sexy voz, "síiii!!!", al tiempo que un emocionado Alfonso se aceleraba gritando "vamos!! vamos!!!"

La médico se volvió para mirarlo. No sabía por qué le gustaba. "El sexo sería mucho mejor si los hombres fuesen más conscientes de su propio placer", supuso. "Si supieran calentarnos y, una vez preparadas, dedicarse a disfrutar de nosotras. Son muchísimo más sexys cuando se convierten en hombres, y no cuando se limitan a ser niños buscando no molestarnos...". A aquél cliente, desde luego, le importaba una mierda lo que ella pensara, había descubierto el culo, el placer de golpear directamente las nalgas, la piel que, menos mojada, era más prieta, y la excitación de sentir que la mujer lo disfrutaba. La embestía sin descanso, como un toro, aumentando aquel cosquillear en su ano, haciéndola temblar.

Sin dejar de follarla, se recostó sobre ella, dejándola aprisionada. Estaba descontrolado. Buscó sus tetas con las manos, encontrándolas y disfrutándolas, al tiempo que con su boca le lamía sin pudores la espalda. "Te está dejando completita", se dijo irónicamente la dentista para sus adentros mientras la verga de aquel paciente inundaba su intimidad anal. Se descubrió a sí misma acompañándolo, moviendo el culo en busca del propio placer. "No creo que te importe, ¿verdad cielo?", se imaginó diciendo. Él no la hubiera escuchado.

"Me corro!" exclamó el paciente entonces, "me corro!!! Dios!!!!". "Córrete!" gritó ella, con el fin de excitarle. "No!" gritó el paciente, "No así!!"

Sacando el pene de su culo, la agarró y volteó con facilidad, volviendo a dejar sus piernas abiertas. Volvió a lanzarse en busca de follarse su vagina, que seguía húmeda, dejándose penetrar con facilidad al tiempo que su boca buscaba el maná deleitándose en llegar hasta lamer sus senos de mujer, besando aquellas tetas con impunidad.

"Noo!" gritó entonces la dentista "En la vagina no!! Eso son cien euros más!!!"

El paciente puso cara de horror. "Joder!" gritó. "Necesito correrme ya!!"

"Te ofrezco la boca por cincuenta!" escupió ella, sabiendo que abusaba de su cartera.

"Hecho!!!" gritó el paciente, temblando de terror ante la idea de correrse en ningún lugar. Ella corrió a arrodillarse en busca el falo, ardiente, que mamó desesperada hasta volver a notar el brotar de su semen, para el que esta vez sí estaba preparada, y que engulló sin pestañear.

"Dios..." murmuró el cliente al tiempo que se relajaba y se sentaba en la silla. Tenía los ojos abiertos, incrédulo. También algo arrepentido. Había una mujer esperándole en casa.
Tras una breve pausa, buscó con sus ojos a la médico, que acudía a su despacho para alcanzar y ponerse su bata, la bata de verdad, profesional. "¿Eres al menos dentista?", le preguntó el paciente. "Claro que lo soy", le respondió la chica, suelta, mientras se ponía unas bragas para calmar el terremoto en que había quedado entre sus piernas tras las embestidas animales de aquel hombre. "Pero también soy puta" "No tendrás ninguna enfermedad rara, no?" siguió él, cada vez más arrepentido, buscando cuanta luz cupiera en su mente, que se nublaba. "No", rió ella, poniéndose un sujetador. "Acceder a los historiales médicos de mis clientes me permite bastante control sobre eso" "Ya... entiendo..."

"Sobretodo", siguió hablando la doctora al tiempo que se calzaba, "mi negocio me obliga a ser discreta". Guiñó un ojo al paciente. "Pues la cosa no estaba tan mal", pensó Rodríguez. "Es una pena que sea tan cara".

Registraron en su cuenta una complicada intervención con un cargo total de quinientos cincuenta euros, que a Alfonso le dolió en el alma. Algún día reflexionaría lo poco que vale el dinero, y lo mucho que importan las experiencias de cama. La puta, una vez uniformada de nuevo como ortodoncista, parecía otra. Igual de guapa.

Pese al asalto económico, a medida que las dudas se despejaban Alfonso Rodríguez se iba sintiendo feliz. Tanto, que al salir por la puerta de la clínica no pudo evitar volverse, echar un último vistazo a aquella belleza, y murmurar:

"Gracias".

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