Haciendo punto vaginal

Ahora que cada vez hay más gente que se anima a hacer punto, ya sea para hacerse su ropa, para regalar bufandas o para hacer muñequitos, ha llegado Casey Jenkins y le ha dado un giro bastante revolucionario...  Esta activista y artista australiana ha grabado un corto que se llama "Casting of my womb" en el que explica como introduce cada día un ovillo de lana en su vagina y sacándola de

La estudiante parte 2


Denzel Candie


Al hacer aquella pregunta, su respuesta es rápida y eficaz, “Siii” entre jadeos mientras agarra mi pelo con firmeza sin querer dejarme separar mi boca de su apertura. Me separo de ella y la digo mientras la agarro su mano que sigue cogiendo mi pelo. - Quiero que veas lo que tengo para ti. - Me siento en el asiento haciendo que ella en su lado haga lo mismo. Me desabrocho el pantalón pudiéndose notar que mi erección es descomunal. Apoyo mi nuca contra el asiento y hago fuerza con el cuello hacia atrás para poder separar mi trasero del asiento y así bajar mis pantalones.
Al quedarme solo con los calzoncillos y viendo su cara, no lo puedo evitar, hago que mi pene tome vida propia, y mando un impulso de sangre que hace que se mueva de abajo a arriba. Ella sonríe al ver el salto que dio mi ropa interior por arte de magia y echa una mano sobre el bulto. La agarro del cuello para besarla de manera posesiva, la poseo con firmeza, disfruto de sus labios y me introduzco en su boca con pasión mientras ella agarra con fuerza mi erección.
-Es toda tuya, hazme lo que quieras. - La digo mientras mi cabeza no piensa nada ya. He desconectado. Ya soy un animal.
Sigue agarrándome con fuerza pero no avanza, y noto que mi pene está a punto de reventar. Necesito que me quite el bóxer. Supongo que es lo más parecido a lo del sujetador de las chicas. La miro a la cara y ella me mira a mí. Con la mirada la estoy diciendo lo que quiero. Ella recibe el mensaje. Me empieza a desnudar de cintura para abajo. Se agarra a mi y comienza a acariciarme. Yo me estiro como un león justo antes de abalanzarse a su presa. Pero quiero más.
-¿Sabes? Hay una cosa que nunca hiciste y quiero comprobar si eres igual de buena que en el resto de cosas que me haces. -Voy a soltar la “bomba” mientras la miro fijamente a los ojos.
Ella sabe lo que quiero pero no me va a dar el placer. Me suelta rápidamente niega con la cabeza mientras me dice:
-Sabes que no lo voy a hacer. Apenas nos conocemos y ya sabes lo mal que lo pase con el herpes. No quiero volver a pasar por lo mismo.
-Entonces me vas a dejar con las ganas... -No sé cómo hacer para conseguir disfrutar dentro de su boca. - Lo necesito. Nunca lo hiciste y las ganas están tan acumuladas que hoy es el día.
No tiene intención ninguna. La miro con cara de corderito degollado mientras la acaricio la espalda y sí, llega el momento.
Agarra mi pene con firmeza, apretándolo hasta el punto de cortarme la circulación de la sangre mientras me mira con esa cara lasciva. Esa cara por la que me pone tanto. Va arqueando su espalda con un único objetivo mientras me sigue mirando. Me encanta. Deja de mirarme y se introduce mi glande en la boca.
Noto su calor.
Noto su saliva.
No baja mas allá de la corona del glande. Me succiona con fuerza y comienza a subir hasta que se despega de mí oyéndose un tremendo sonido en el coche, como cuando un niño saca el jugo a un chupa-chups. Me mira de nuevo y manteniendo la mirada, abre la boca frunciendo el ceño y enseñando los dientes. Eso me pone. Saca su lado salvaje mientras yo la acaricio el pelo por debajo de la nuca. Siento de nuevo el calorcito de su aliento sobre la punta de mi pene. Me dispongo a disfrutar de otra gloriosa internada en su boca, pero esta vez mas profunda, cuando... ¡Sorpresa!. Siento sus dientes sobre mi y el dolor me sube desde el coxis hasta el cerebro mas rápido que la luz. Mi reacción es cerrar el puño agarrando su pelo y tirar hacia atrás de su cabeza. Por el tirón de pelo su cara se aleja de mí rápidamente mientras veo en su mirada placer, lujuria y diversión.
-¿Te has divertido? - La increpo con signo de dolor en mi cara aún.
Se está mordiendo el labio y ya no me mira a mi. Mira mi pene con deseo de llevárselo a la boca de nuevo. La tiro del pelo de nuevo girando un poco la muñeca y hago que me mire mientras con la otra mano aprieto su cuello. Acerco su boca a la mía y la beso como si nunca hubiera besado a nadie así.
El dolor que todavía siento ha despertado algo en mí. Una bestia. Un animal. Suelto su cuello y la agarro de su cara. - Tienes otra oportunidad y está vez pórtate bien o tu castigo será ejemplar. - Digo mientras clavo mis ojos en su boca. Quiero que esa boca me haga disfrutar.
La suelto el pelo y dejo que ella vuelva a agarrar mi pene con firmeza. Se pone de rodillas
en el suelo del coche como puede, pues debido al tamaño de mis piernas, casi no entra entre los asientos y mi cuerpo. Siempre tuve complejo de tener las piernas grandes, pero jugar toda la vida al fútbol es lo que tiene. Cierro los ojos e inclino mi cabeza hacia atrás en el mismo momento en que se introduce en su boca mi erección. Tiene que estar notando las pulsaciones de mi corazón en su boca. Las noto hasta yo.
Baja y sube con firmeza mientras que acompaña con la mano el movimiento. No puedo reprimir apretar el culo con fuerza haciendo subir aún más mi pelvis, y de esta manera entras más al fondo de su boca. Tocar su garganta es mi objetivo.1.., 2..., 3... y hasta 20 embestidas cuento con su cabeza sobre mí y la tengo que decir que se detenga si no quiere que estalle allí mismo.
La retiro la cara agarrándola del cuello. Nosotros somos así, nos gusta el sexo duro, con fuerza. Recuerdo el primer polvo en mi cama. Yo tratándola bien, haciéndolo relativamente lento, sin golpes, agarrones de pelo, susurros lascivos al oído... Tumbados, al acabar me dijo: “¿eres siempre así?”.Pregunté que a que se refería y me contestó que si era así de aburrido. A los 5 minutos estábamos comportándonos como somos, auténticos animales.
Con su cuello en mi mano y sin mas contacto que ese, la levanto hacia mi boca mientras ella se sienta a horcajadas sobre mi y comienza a frotarse contra mi pene mientras la comienzo a susurrar guarradas. No sé ni qué la digo, en esos momentos no soy persona.
Mientras ella asiente con la mirada fija en mis ojos, sigue moviéndose con firmeza mientras me agarra del pelo y me tira hacia atrás la cabeza con agresividad. Me muerde la clavícula. Me chupa el cuello. Llega a mi oído. Me muerde el lóbulo y tira de él. Al sentir el dolor en mi oreja me escurro en el asiento. Me voy a llevar la mano a mi dolorido oído cuando siento que ella aprovechando mi movimiento se ha insertado en mi. Noto como se abre su piel para mí. Esta empapada. Yo durísimo. Por fin somos uno. Se me quitan todos los dolores. Llevo mis manos a su culo y la aprieto con ganas acompañando su movimiento sobre mi. Agarro con ambas manos su cintura mientras ella se arquea. Veo que esta golpeando constantemente el techo de mi coche con la cabeza, pero nos da igual. No para de morderme el cuello los hombros mientras yo aprieto con firmeza su cintura, su trasero y alguna vez subo a su pecho mientras mordisqueo sus pezones.
Es invierno y no podemos salir del coche para ponernos encima del capó. Es una de nuestras posiciones preferidas, sobre todo cuando alguna vez a lo lejos hemos visto practicar a alguien running y no hemos parado en ningún momento nuestro baile.
La tumbo boca arriba con fuerza sobre el asiento. Sigue con la camiseta puesta. Abre sus piernas todo lo que puede para que pueda volver a entrar en ella. Lo hago de manera rápida y eficaz. Vuelvo agarrar su cuello mientras pongo todo mi cuerpo sobre ella y la susurro al oído “¿y lo bien que vas a estudiar luego?” noto que se ríe entre jadeos.
Nuestras respiraciones son entrecortadas. Cada acometida mía es un golpe contra la puerta del coche. No tiene más remedio que poner su mano e intentar separarse de la puerta lo que pueda, pero no quiere parar. Me incorporo para ver semejante cuadro. Me encanta contemplar su mirada mientras la hago mía.
La agarro de la cintura con fuerza acompañando mis movimientos mientras sigo mirando su cara y cómo la camiseta, debido al movimiento, va subiendo dejándome ver sus pechos de manera intermitente. No puedo parar ya. El clímax está cerca. Y por sus jadeos el suyo también. Me inclino sobre ella, paso mi brazo por su espalda y mi mano en su hombro para bajar su cuerpo hacia abajo justo en el momento en que los dos estallamos de placer.
Otro día más nos hemos puesto al día. Otro día mas nos dimos alegría.

Superando el miedo al amor

¿Recordáis cuando os hablé de la Filofobia o el miedo al amor en este artículo para Proyecto Kahlo? pues esta semana he escrito unos consejos en El blog de MIpsico (mi consulta) para los que sientan ese temor, para las personas a las que palabras como "pareja", "compromiso", etc. sean un motivo para salir corriendo sin mirar atrás. Podéis leerlo pinchando aquí :) ¡Disfrutad del fin de

Yes, we fuck!

Si ya la sexualidad es un tema que muchas veces se pasa de tapadillo ya no quiero ni contaros cuando existe algún tipo de dificultad ya sea física como mental, ni se menta, ¡no vaya a ser! ¿Acaso una lesión medular o la falta de uno los sentidos, por ejemplo, convierte a una persona en un ser asexuado? Absurder. Me ha encantado descubrir el proyecto crowfunding de Yes, we fuck! aborda la

La estudiante parte 1


Denzel Candie

Todo ocurrió como siempre. Un par de mensajes en el whatsapp y ya sabemos como vamos a acabar. Ella en su pueblo a 40 km de mi ciudad y yo con un solo deseo, pasar una entretenida tarde con ella haciendo lo que mejor hacemos juntos.

- ¿Estás en Barcelona?. -Comienzo la conversación.

- No, las dos últimas horas de clase me vine a casa. Tengo mucho que estudiar.

- Entonces nada, ya hablaremos.

- ¿Qué querías?. - Perfecto ella a mordido el anzuelo.

- Nada era para ver si andabas por aquí y nos veíamos.

- Tengo que estudiar, pero no me venía mal un descanso.

- Ya, pero estás en tu pueblo. - Aunque lo estoy deseando, compruebo si ella tiene las mismas ganas que yo en vernos y comprobar si seguimos en forma.

- Puedo coger el bus, no me importa. Me invento una escusa para bajar, y nos vemos allí.

Dicho y hecho. Ella también tenía ganas de pasar un rato agradable. Eran las 3:45 cuando comencé la conversación por whatsapp y al acabar eran las 3:56. Dependiendo de la urgencia que tenga en calmar mis ganas de arrancar jadeos durante minutos, elijo la persona adecuada para ello. Aquella vez me urgía mucho y así conecté con ella, el perfil que sacia mi necesidad en ese momento.

LLegan casi las 6 de la tarde y estoy con mi coche a la puerta de la estación de buses, ella se acerca con una mochila, rodea mi coche y abre la puerta, dejando ver su tatuaje en la pierna que tanto me pone, se sienta en el asiento del copiloto. Es 7 años menor que yo, de aspecto muy juvenil, pelo negro, flequillo recto, mirada lasciva y de mala leche constante, quizá esa mirada es lo que más me excita cuando somo uno. De complexión mas bien delgada, sin tener un pecho y un trasero descomunal, pero como digo yo, muy bien equipada.
Arranco el coche y vamos en dirección a no sé que lugar, todavía no lo tengo decidido. Vamos hablando de la escusa que la puso a su madre para venir a la capital y así entiendo el por qué de su mochila, viene a estudiar y a las 8 tiene que coger el bus de vuelta. No tenemos tiempo de ir a mi pueblo, apenas a 15 kilometros de Barcelona. En lo que decido a donde vamos se me ocurre algo.

- ¿Puedes hacer algo por mí?. -Pregunto.

- Dime.

- ¿Puedes quitarte las bragas? - Sonrío, es algo que me pone. El hecho de saber que no lleva ropa interior es algo que me supera, y si va con falda no puedo soportar que un montón de sangre vaya justo ahí.

- Estás loco!!! cómo voy a ir sin bragas!? - se escandaliza, pero noto en su mirada que no la horroriza tanto como quiere dar a entender, en el fondo esos juegos la encantan.
Ya tengo el lugar pensado, sigo forzando la máquina intentando que haga lo que le pedí, pero vamos por la ciudad y la da vergüenza que la pueda ver alguien desde una posición más elevada que la nuestra, como un bus o algo por el estilo. Desisto no creo que lo haga.

Nos vamos acercando al lugar, y ya estamos en las afueras, no hay tanto tráfico, ni tantos edificios, estamos cerca de un proyecto de polígono industrial, que se quedo en eso, en proyecto. Tiene aceras, alumbrado, y grandes parkings para las empresas que se iban a ubicar allí. es entonces cuando ensimismado en la carretera veo que empieza a moverse, desabrochándose el cinturón de seguridad. Sé lo que está haciendo, pero consigo no mirar hasta que empiezo a ver por el rabillo del ojo más carne de lo habitual. No puedo evitarlo, miro y efectivamente esta sin shorts y con las bragas por las rodillas cuando se para, sonríe y me dice: - Tú a la carretera, luego todo esto es para ti.
Noto entonces que me deja las bragas encima de mis piernas, y pienso para mis adentros que siempre consigo lo que quiero, mientras empiezo a notar palpitaciones entre mis piernas. La sangre ya está en mi miembro y puedo notar mi corazón en él. Lastima que en el polígono hay gente y me veo obligado a seguir por la carretera que sube hacia un páramo. Mi única salida es buscar un camino de tierra que vaya entre unos pinos o algo por el estilo, yo estoy muy caliente y no puedo esperar más.
Al fin encuentro lo que busco , me meto en él, va a dar a una zona abierta donde han montado una nave para guardar maquinaria agrícola o algo así, la verdad no me importa, solo quiero aparcar mi coche y llevarme a la boca esos labios que llevo queriendo chupar desde que sus bragas están en mis piernas. Es de noche, y no se ve muy bien, es invierno, y detengo el coche paralelo a la carretera. Dejo la radio encendida, y veo como las luces de algún coche que pasa por la carretera nos ilumina el interior del coche.
No sé por qué, pero tengo un problema. Cuando se que todo está preparado para que ocurra, me encanta esperar el momento. Otros hubieran parado el coche y se hubieran avalanzado a su boca sin perder un minuto en tonterías, pero yo no, me encantan esas tonterías.
Salgo del coche cogiendo sus bragas, y según cierro la puerta del conductor y abro la puerta de atrás me llevo sus bragas a la nariz. Es un instante, pero me encanta disfrutar de los cosas breves. No huelen a nada, pero me transmiten frescura. Entro en el coche y cierro la puerta. La invito a que venga a la parte de atrás, cosa que no tarda en hacer y antes de que se acomode pido algo que me encanta, no por el hecho de que lo haga, si no por lo que veo cuando lo hace.
-¿Te importa mover los asientos para adelante? Así estaremos mas cómodos aquí.- Sonrío y me muerdo el labio.
Ella me mira sonríe y comienza a hacerlo mientras murmura: “Tienes una jeta...”.
Entonces se inclina para elevar la palanca del asiento del conductor elevando sus preciosas nalgas, dejándome ver todo lo que esperaba. Evidentemente yo me inclino lateralmente para ver de manera frontal eso que yo mismo voy hacer palpitar en breves instantes. Primero un asiento y luego otro, y no puedo remediar llevarme la mano al pantalón, tengo que colocarme bien porque mi erecto pene no entra en el calzoncillo.
-¿Contento el señorito?. -dice mientras se sienta en la parte que queda libre del asiento. Sonríe con esa cara de pícara que me encanta y no lo puedo evitar, me lanzo a su boca mordiendo, lamiendo y jugando con nuestras lenguas. Esto ya ha empezado y no hay manera de frenar.
Aparto sus manos de su cuerpo y mientras la beso con fuerza ella se deja escurrir en el asiento apoyando su cabeza entre la puerta y el asiento. La tengo prácticamente tumbada en la parte de atrás de mi coche, y no va a oponer ninguna resistencia a todo lo que la proponga, o quizá algo así. Nunca jugo con mi sexo en su boca, y es algo que voy a pedirla. En algún momento me comentó que tuvo una vez un herpes en la boca por practicar sexo oral, y de lo mal que lo pasó, prefiere no hacerlo, no quiere volver a pasar por ese calvario.
Sabiendo esto, tengo que calentarla y hacerla llegar al punto de que lo haga sin pensar. La desabrocho el sujetador sin quitarla la camiseta con mi mano derecha y se encorva. No soy mujer, pero supongo el placer que tiene que dar desabrochar algo que te lleva oprimiendo todo el día, y más, cuando sientes el suave roce de la camiseta sobre tus duros pezones. Deslizo la mano por su espalda con fuerza, quiero que sienta que ahora mando yo, y llego hasta su trasero, haciendo que lo eleve para poder agarrarlo y hacer que prácticamente se tumbe en el asiento. Hinco la rodilla
izquierda en el suelo de mi coche y la derecha la dejo sobre el poco espacio que queda en el asiento. La voy besando por el cuello mientras tengo mis manos apoyadas en el coche pero siempre cerca de su cuerpo. Lo que voy a hacer me encanta. Sentir que sin tocarla con mis manos, solo con mis labios y mi lengua, logro hacer retorcerse a alguien como una lagartija.
Sigo bajando hasta llegar a sus pechos, pero solo me entretengo con un pezón. Quiero llegar cuanto antes a su hendidura, ya que ansío obtener después mi preciado regalo y estoy a punto de estallar. Meto mis brazos por debajo de sus piernas obligándola así a que las abra, y sí, tengo delante de mí, a pocos centímetros de mi boca, aquello que me encanta saborear una y mil veces. No voy directo. Primero beso su monte de venus, rasurado, y después me deslizo con la punta de mi lengua por la ingle izquierda. Ya me dedicó su primer estremecimiento. Bajo por la parte interna del muslo regalándola besitos hasta llegar prácticamente a su rodilla. Subo con la punta de mi lengua pero todavía mas dentro de su muslo, acercándome casi a su ano, y justo al llegar dejo mi rubrica, un mordisquito. Me dedicó su segundo espasmo.
Tras el mordisco y muy cerca de su ano, abro mi lengua todo lo que puedo de ancha y subo por su ingle, acaparando parte de su labio superior, hasta arriba del todo. Vuelvo a besar su monte de venus y muerdo muy cerca del comienzo de su apertura. Ya se revolvió de aquel lametazo buscando que toda mi lengua pasara por donde esta deseando, pero tranquila, como sé lo que quiere la haré sufrir más. Repito la misma operación en la otra pierna, pero esta vez tras el lametazo, vuelvo a mitad de ingle y paso de una ingle a otra dejando caer mi aliento sobre mi credo, mi biblia, mi santa palabra, mi religión. Me dedicó su tercer espasmo.
Tras jugar durante unos minutos a “quieres que lo haga pero tienes que esperar”, no puedo soportar sus jadeos, y situado muy cerca de su ano, ahora sí, ensancho mi lengua todo lo que puedo y más, hasta hacerme daño y lamo toda su hendidura acabando con la punta de mi lengua en su clítoris hinchado. Ahora sí me dedico uno de sus mejores espasmos acompañado de un “Aaaah” que retumba en el coche. Enmudeció hasta la radio.
Juego con sus labios y entro y salgo de ella con mi lengua mientras agarro con fuerza su cintura con mis manos, estoy muy caliente haciendo disfrutar a ésta mujer y se que está disfrutando. Subo hasta su clítoris abultado y lo muerdo con suavidad succionándolo mientras me separo de el.
-¿Quieres más?. -Digo mientras tuerzo mi boca sonriendo con mirada lujuriosa. Sé que si sigo se correrá sobre mi boca, pero la tengo en el punto que quiero. Quiero comprobar como trabaja con su boca sobre mí y es el momento perfecto.

Del enamoramiento al amor

Ilustración by Qam para PK Con esto de empezar el año, las vacaciones, el volver a la vida real, etc. se me ha pasado compartir con vosotros mi nuevo artículo para Proyecto Kahlo sobre la pasión, el amor, el enamoramiento porque ¿cuánto dura todo esto en la relación? ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de pasión? ¿Se pierde esa chispa del principio? Todo esto y mucho más, ya sabes,

A mis 18 follo por todo lo alto

Ahí estaba yo, a 400 kilómetros de mi casa, sentado en un viejo banco de madera, esperando a la chica con la que había estado soñando desde hacía dos años justo el dia de su 18 cumpleaños. En realidad su amistad se acercaba ya a los 6 años, en los que no habia pasado un solo dia sin que el uno pensara en el otro.

Algo llamó mi atención mientras vigilaba el reloj de mi móvil sin poder contener los nervios, se acercaban tres chicas y entre ellas la mas especial, Alma, era una chica tímida, delgada y de estatura media, con un precioso rostro y un cuerpo perfecto. Llevaba su pelo negro recojido en una coleta, por lo que se podían ver sus bonitos ojos marrones. A su derecha, caminaba una de sus amigas, a la que ya conocía gracias a las redes sociales, se llamaba Lara, tenían aproximadamente la misma complexión, pero ella era rubia con ojos claros, la otra chica era morena y con el pelo rizado, un poco mas ancha que las dos anteriores y cuando me quise dar cuenta ya estaban delante de mi.

-Hola- Dijo Alba tímidamente dándome dos besos.-Te presento a mis amigas, Lara y Paz-
Me presenté intentando aparentar tranquilidad, pero la realidad era que ya me conocían y no estaba nada tranquilo. Tras un rato incomodo de conversaciones estúpidas, decidimos ir a dar una vuelta en mi coche antes de que empezara la fiesta. Subimos al vehiculo y iniciamos el camino hacia unas montañas cercanas.

-Bueno ¿que planes tenéis por la noche?- pregunté

-Tenemos pensado beber algo por la calle con algunos amigos que te falta por conocer, y luego iremos a alguna discoteca o algo de eso- Contesto Lara soriendome con complicidad.

-Hoy puedo hacer lo que me plazca, duermo en casa de Lara, asi que seguro que nos lo pasamos bien- Dijo Alma mirándome y riéndose con sus amigas. Lo que ella no sabia, es que Lara y yo habíamos hablado previamente, no iba a dormir en su casa, y efectivamente, lo íbamos a pasar muy bien.

Llegamos a la montaña, y sin salir del coche, nos liamos dos canutos y las chicas empezaron a contarme cosas de su barrio y sus amigos y amigas, cuando nos dimos cuenta ya llegábamos tarde, así que fuimos hacia el sitio donde habían quedado todos para beber.
Al bajar del coche, me acerque a Alma por detrás y la cogí por la cintura, dándole un beso y felicitándole a su oído por su cumpleaños, en ese momento se giró y me dio un beso como nunca me lo habían dado, no se podría describir tal mezcla de sensaciones, solo sabía que no quería que acabara nunca, pero volví a la realidad, con unos cuantos pares de ojos mirándonos y un silencio incomodo se volvió a recobrar la composición entre la gente y algunos empezaron a presentarse, pero lo que en realidad yo quería, era que pasara el tiempo.


Pasaron un par de horas entre risas y cubatas y decidí que ya era hora de pasar al siguiente paso, guiñándole un ojo a Lara me fuí hacia Alma, la cogí por la cintura y la lleve conmigo. Al principio se preocupó por sus amigas, pero tras explicarle que ya lo sabían todo se quedo mas tranquila y se dejó llevar.

-Ponte esa venda en los ojos anda- Le dije sonriendo una vez subimos al coche.

-Vale, miedo me das- me contesto riéndose, se puso la venda y arranque el coche prometiéndole la mejor noche de su vida.

Todo el trayecto fue bien, ella no vió nada ni si quiera la recepcionista no se extraño de verme entrar con una joven con los ojos vendados, todo iba perfectamente, cogimos el ascensor, abrí la puerta, entramos y le retire la venda. Era una habitación gigante, con una gran cama y un televisor delante, era simplemente perfecta.
Dejé a Alma alucinando con la habitación y me escabullí hacia el baño, había un gran jacuzzi así que encendí el agua y se empezó a llenar, cuando me encontró yo ya estaba dentro:

-Toma, había uno por aquí- Le dije tirándole un bikini. -Aunque bueno...

Ella se lo puso y entró, a pesar de la vergüenza que sentíamos los dos por la situación, empezamos a hablar, cada vez se iba acercando mas a mi, hasta que no resistí mas, le dije por primera vez en persona lo mucho que la quería, y entonces empezó a besarme, justo cuando sonó la puerta. Me ofrecí a ir y cuando volví ella ya no llevaba el bikini, entre y empezamos a besarnos, el alcohol y sobretodo las ganas que nos teníamos empezaron a hacer que no quisiéramos quedarnos ahí, era su primer día de mayoría de edad y el primer día en el que nos veíamos desde hace mucho, y parecía que toda esa presión estaba apunto de estallar. Se sentó sobre mis piernas y cogió mi miembro mientras me besaba, pero entonces la aparte:

-Es tu primera vez, ¿No?, vamos a la cama.- Le dije

-Vale- dijo ella levantándose totalmente desnuda.

-Guau- Fue lo único que atine a decir hasta que salimos desnudos del baño, era impresionante verla desnuda, era perfecta.

La tumbé sobre la cama y miré el carrito que habían traído, por el que me había levantado a abrir la puerta. Le pedí que se diera la vuelta, y cogiendo un cuenco de chocolate, le eché un poco por la espalda y se la quite con la lengua. Un escalofrío recorrió su espalda e hizo un intento por girarse, pero no le dejé, ya había derramado mas chocolate sobre una de sus nalgas y esta vez se lo quite a besos. No pudo luchar contra eso, se dio la vuelta bruscamente y me agarró con fuerza, sin saber como, acabamos pringados de chocolate, besándonos a un ritmo frenético. Empecé a bajar mi mano hacia su clítoris, y empecé a acariciarlo mientras nos seguíamos besando y Alma no podía evitar moverse.

Tras unos minutos entre gemidos, noté algo frio en mi espalda y me aparte un poco, lo justo para que ella me empujara y se pusiera sobre mi, tenia un hielo en la mano y sonriendome picarescamente empezó a pasarlo por mi cuello y torso, seguido de su suave boca que besaba cada centimetro de mi cuerpo. Ya no podiamos resistir mas, le cojí el hielo y lo aparte, coji su cabeza y empezé a besarla como si fuera la ultima vez que fuera a hacerlo, los dos pensabamos en lo mismo, cojió mi miembro y empezo a introducirselo por la vagina, parecia que le dolia, pero tras unos minutos de besos apasionados y timidos movimientos, empezó a moverse con mas soltura, no me podia creer lo que estaba pasando, nisiquiera podria contenerme, le cojí las caderas y empezamos a movernos simultaneamente. Entre besos y gemidos, consegui ponerme encima de ese precioso cuerpo, y continuamos haciendolo como nunca, no paraba de besarme y arañarme, ya no aguantaba mas, baje de nuevo mi mano hacia su clitoris mientras la penetraba y empezé a majasearlo, los gemidos se intensificaron a la vez que los movimientos de ambos y todo termino con un largo y apasionado beso, entonces nos despegamos y me tumbe a su lado, nos miramos a los ojos, no hacia falta decir nada, nos miramos a los ojos, nos abrazamos y nos dormimos.
Asi acaba la historia, ahi estaba yo, pringado de chocolate, lejos de mi casa, en un lugar desconocido, pero mas feliz que nunca, sabiendo que esa noche solo era el principio de una larga historia.

Sexo el último día de trabajo

Era mi última jornada de trabajo antes de las vacaciones de verano. Trabajaba en una empresa en la que mayoritariamente éramos hombres , 40 para ser exactos y sólo 4 mujeres.  Como cada día, media hora antes de salir del trabajo , me dirijo a uno de los vestuarios para darme una ducha, concretamente al de las chicas. Estaba menos concurrido, más limpio y en él podía lavarme tranquilamente dando rienda suelta a mis fantasías. A Lorena, Inés, Vero y Patricia no les importaba esta intromisión en su intimidad y en más de una ocasión habíamos coincido a la misma hora en el vestuario.
Esa tarde, cerré el pestillo (o eso pensaba), dejé mi ropa en la taquilla y entré en la ducha con la polla dura. Estaba muy caliente , no sólo por la agotadora jornada de trabajo y el sofocante calor de Agosto sino porque no podía quitarme de la cabeza a una de mis compañeras de trabajo: Inés. La musa de mis pajas, era una simpática rubia veinteañera, con un cuerpo muy tonificado y poco pecho pero con un culo de escándalo. Cada vez que me contaba sus aventuras de cama , me masturbaba pensando en ella y ese día no iba a ser menos. Cuando estaba a punto de correrme , la puerta se abrió y cuál fue mi sorpresa al ver que era ella que sorprendida,  no podía dejar de mirar los 18 centímetros de polla que sujetaba mi mano.

-      Lo siento! Pensaba que no había nadie. Dijo Inés, acalorada.

-      No te preocupes, ya había acabado. Dije yo, mientras me colocaba la toalla por la cintura y la miraba con ojos de deseo.

Mi polla cada vez estaba más dura y más cuando abrió su taquilla y vi  que tenía colgado en las perchas todo tipo de bragas y tangas a cada cual más sexy. Al verme mirando boquiabierto su ropa interior, se sonrojó y mirándome lascivamente el paquetón, se dirigió a la puerta, echó el cerrojo y se abalanzó sobre mi.   . No me lo podía creer, la chica de mis deseos más oscuros estaba besándome apasionadamente con ganas de guerra y como buen caballero que soy estaba dispuesto a dársela.  Tras despojarle de su ropa y observar su hermoso cuerpo, se puso de rodillas y tras dejar caer la toalla que cubría mis partes más intimas, comenzó a comerme la polla con verdadera devoción.  Me miraba con ojos de cordero degollado mientras me acariciaba los huevos y me chupaba mi miembro como una profesional. Estaba en el séptimo cielo así que agarré su cabeza con las dos manos y comencé a follarme su boca, metiéndosela hasta la garganta. Tras varias embestidas, rápidamente la coloqué a cuatro patas en el suelo y metí mi polla en su coño sin ningún tipo de dificultad.


- ¡Estás muy mojada! Le dije.

- He discutido con mi novio y llevo tres días sin follar. Soy una perra en celo y necesito que un macho como tú cubra mis necesidades. Contestó ella.
Lejos de amedrentarme, sus palabras avivaron mi deseo y agarrándole de la cintura comencé a clavársela sin piedad.

-      No te preocupes, zorra, tus deseos son órdenes. Voy a darte todo lo que tu novio no te ha dado y desde hoy, vas a ser mi puta. Te voy a follar tan bien que vas a venir de rodillas suplicándome que te la clave. ¿Entendido?

-      Si!  Seré tu puta, tu zorra lo que quieras que sea pero no pares de follarme, cabrón.

A estas alturas, sus gemidos se tenían que estar oyendo por toda la fábrica así que le tape la boca con la mano mientras me la seguía tirando a cuatro patas. Y en ese momento noté como sus flujos resbalaban por mi polla, ¡se estaba corriendo la muy puta¡

-      ¿No te habrás corrido, zorra?

-      Si, no he podido resistir más tiempo. Estaba muy necesitada y me has follado como una verdadera perra. Pero como buena puta que soy, nunca acabo el servicio sin que mi cliente se corra así que no te preocupes que voy a hacer que tengas la mejor corrida de tu vida.

Como me ordenó, cogimos el banco del vestuario que estaba colocado contra la pared y lo colocamos en el centro del espacio.

-      Túmbate en el banco y disfruta, me dijo mientras no dejaba de tocarme la polla.

En ese momento, abrió sus piernas y coloco su coño en mi boca. Al verle de cerca, comprobé que tenía un coño espectacular, unos labios gorditos y apetitosos que estaban pidiendo a gritos ser devorados. Mi lengua exploraba su coño, quería chupárselo todo sin dejar ningún recoveco por visitar mientras le metía un dedito en su culo. Inés, comenzó de nuevo a gemir. Cada vez estaba más excitada y apretaba su coño en mi boca para que no parara. De repente, se puso en posición del 69 y nos devoramos mutuamente. Movía de delante hacia atrás su coño frotándose contra mi boca mientras no paraba de comerme la polla.
(Esta puta sabe lo que se hace, pensé. Con lo modosita que parecía y ha resultado ser toda una zorra).

-      Date la vuelta y fóllame, le ordené.

Dicho y hecho, se puso sobre mi polla dura y comenzó a cabalgarme como una verdadera amazona. No fueron necesarias muchas embestías porque al poco tiempo estallamos los dos, en un tremendo orgasmo. Inés, tomaba la píldora así que pude descargar mi semilla en su interior. Tras un par de minutos abrazados, me vestí, nos dimos un beso y me marche con la promesa de que no sería la última vez que me tiraba a la musa de mis sueños.

Tres niños (Relato)

Relato nuevo de temática medio psicológica. Este relato lo escribí durante ese triste periodo que estuve sin internet, y pues no sé por qué no lo había publicado. Lo releí hace poco, dos veces, y me sigue gustando, así que consideraré eso como una buena señal (?)
 No olviden que con sus lecturas ya me hacen infinitamente feliz, pero si me comentaran me llevarían a otra dimensión XD Así de geniales son ustedes ;)
Sin más que decir, espero disfruten la lectura. De antemano, muchísimas gracias por su tiempo.
Saludos. 
EN WATTPAD AQUÍ
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Tres niños.



Se detuvo al notar que llevaba sueltos los cordones de los zapatos. Respiró, resignado, se agachó, los amarró, y cuando pensó que volvería a echarse a correr, se percató de que ya no tenía ganas. Se limpió la frente con la manga de la camiseta. Agitó los brazos, intentando relajarse. La mañana estaba pesada. Apenas iba a salir el sol.
Continuó caminando por el medio de la calle. No solían transitar muchos autos por ahí, era una calle que ya no llevaba a ningún lugar. El aroma a azufre se hacía camino en tanto la niebla desaparecía. Y más allá habían árboles enormes, un bosque, y partiendo el bosque en dos un río, en todo el lugar varios riachuelos. Tendría que oler a verde, pero seguía oliendo a podrido, a azufre.
Decían que asustaban. Habían matado a tres niños ahí, cerca del vertedero de la olvidada planta química, decían. Decían que seguían allí dentro, descompuestos entre los desechos. Las plantas al rededor del vertedero seguían verdes, bastante vivas. Había leído algo al respecto, la capacidad de adaptación de la naturaleza. Y eso que él no podía ni soportar el olor.
Cuando el sol por fin se hizo notar con fuerza sintió un escalofrío. Una ráfaga repentina hizo que el bosque a lo lejos se lamentara. El vertedero estaba si tomaba hacía la izquierda. Había una reja electrizada, y casi siempre olía a muerto, animales pequeños que se enredaban y morían. Pero hacia la derecha olía a azufre, y no tenía que ver con los tres niños desaparecidos ni con animales atrapados entre rejas electrizadas. Se decía que habían termas bajo tierra. Pero el terreno era inestable. Muchas compañías habían hecho estudios, todas y cada una concluyó lo mismo: no resultaba rentable, la planta química ya llevaba demasiado tiempo ahí aunque ya no funcionara.
Creyó haber sabido los nombres de los tres niños, pero la verdad era que ni siquiera los había conocido. Eran de otro vecindario, uno pobre. Había llegado el anuncio a la escuela, los niños tenían prohibido andar solos en la calle y tenían que llegar a casa temprano y avisar si notaban a algún extraño cerca. Recordó haber visto a una mujer vestida de enfermera. Llevaba los labios pintados de rojo y al sonreír se le formaban graciosos hoyuelos en las mejillas. Era bonita y delgada, llevaba el cabello corto y un par de llaves en las manos con un llavero bastante parecido al desagradable payaso de las hamburguesas. Lo sonrió y él le sonrió de vuelta. Esa noche tuvo pesadillas. Se pasó a dormir con sus padres y estos lo abrazaron con fuerza. Y si hubiera sido él, ¿a quién habrían abrazado sus padres esa noche?
También recordó las noticias: habían encontrado ropa ensangrentada, varias extremidades y muchísimas fotografías. Los padres que las vieron todavía seguían recibiendo ayuda psicológica. Los niños desaparecidos ahora debían andar por ahí, incompletos. ¿Y si querían correr? ¿Y si querían coger algo?
Volvió a revisar los cordones de los zapatos, y se agachó para asegurar que ya no se le soltaran. Hecho esto, tomó un gran suspiro y se echó a correr. El bosque era cada vez más grande.
A veces el bosque hablaba, tenía voz de niña. A veces el bosque también lloraba, pero cuando lo hacía, lloraba como hombre, casi como un animal lastimado. Siempre se escuchaban muchos pasos dentro, como si los árboles dejaran sus raíces (como él sus zapatos al entrar en su habitación) y se fueran a pasear por ahí. Dejaban las hojas regadas, y las ramas apretujadas se quebraban y caían al suelo, revolviendo la tierra.
Los riachuelos titiritaban de frío. Fluían serenos con el calor, transportando animalitos muertos y hojas secas. En las partes más profundas el agua no era verde ni azul, era amarilla, a veces rojiza, y se podían ver rostros reflejarse, los rostros de los árboles que se inclinaban para verse. Pasaba de todo, sólo que cuando él llegaba, se detenía. El bosque tenía sus horas, y tres niños desaparecidos que jugaban cerca del agua sucia que no estaba rodeada por cercas eléctricas.
Tiempo después volvió a ver las noticias. Se habían agotado todos los recursos, no habían más pistas ni testigos. Los rostros estáticos de los niños quedaron guardados en una caja que más tarde se llenaría de polillas. Las polillas ya debieron haberse comido sus rostros. No sabían que los verdaderos niños seguían en el bosque. Para ese tiempo vio a un hombre vestido de bombero, llevaba los labios pintados de rojo y al sonreír, graciosos hoyuelos se dibujaban en sus mejillas. Llevaba las manos enguantadas y un sombrero. Lo saludó a lo lejos. No salió de casa en una semana.
Antes de adentrarse en el bosque, miró hacia atrás. La carretera estaba agrietada, con las hendiduras llenas de maleza. El sol brillaba cálido a lo lejos. Apenas había nubes en el cielo azul. Para esa hora sus padres debían estarse levantando. Le rugió el estómago al imaginarse el olor del desayuno que seguramente su madre tenía planeado para ese día. Volvió a revisar los cordones de sus zapatos. Se revolvió el cabello y continuó.
El bosque lo recibió con una enorme bocanada de silencio. Crujieron los troncos, susurrando noticias del niño intruso. Seguramente con estas noticias los tres niños desaparecidos se echarían a correr. Por suerte llevaba zapatos deportivos, podría alcanzarlos.
Olía a azufre. Una vez le pareció escuchar que a eso olía la muerte cuando no era natural. El cuerpo se ponía amarillo y arenoso y se resquebrajaba como castillo de arena. Pero él era bueno reconstruyendo cosas, tal vez, aunque fuese granito a granito, podría reparar los cuerpos de los tres niños desaparecidos, aunque no sabía en dónde estaban las extremidades que encontraron por aparte, y no podría dejarlos completos a menos que alguien le dijeran en dónde podía encontrarlas. Pero claro, ya podría hacer eso después. Dorsos, cabezas, cuellos y hombros por tres se escondían en el bosque. Y no, él ya sabía que no estaban en el vertedero de la vieja planta química.
Un tiempo después otro niño desapareció. Un vecino suyo. Doce años, cabello rizado y negro, no tan lindo como los tres niños desaparecidos, ni tan pequeño tampoco. Sus padres llegaron por él a la escuela. Todos temían que tres niños volvieran a desaparecer, y como faltaban dos, se les ordenó a los padres que cuidaran bien a sus hijos y que no los dejaran ir a ningún lado sin supervisión. Se quedó cerca de la ventana todo el día. En el televisor de la sala sonaban las caricaturas. Sus padres veían las noticias en el pequeño televisor de la cocina. Afuera de la ventana había un sujeto vestido de blanco, tenía las manos llenas de pintura y los labios teñidos de rojo. No sonreía. Comenzó a sacar cosas de su bolsillo, como un payaso, algo ligoso se escurría desde alguna parte. Él parpadeó varias veces. Se sentía sólo un niño y tenía mala vista.
Se acomodó los lentes y volvió a revisar sus zapatos. Dentro del bosque todo iba oscureciéndose, y entre más oscuro, más apestaba a azufre. En ciertas partes escuchaba el correr del agua. Saltaba entre raíz y raíz cuando el suelo se movía bajo sus pies. Tropezó una vez pero el viento lo sostuvo, lo elevó lo suficiente para que sus pies encontraran la forma adecuada de pisar el suelo lleno de ramas y hojas, y siguió avanzando.
Al niño desaparecido lo encontraron ahogado en el vertedero químico. Por eso ahora había una reja electrizada. Todo por un verdad o reto. Los amigos hablaron hasta semanas después, asustados. Nadie lo creía. Esperaban que tuviera relación con los tres niños desaparecidos para así poder reabrir el caso. Él no era tan grande, pero sabía que no tenía que acercarse a ese lugar. Lo que huele mal es malo. Y si ahora iba al bosque era porque los tres niños desaparecidos lo esperaban ahí, no era ni un verdad o reto, era simplemente una cita.
Cruzó un riachuelo, apenas era una línea de agua cristalina veteada de musgo verde. Escupió antes de saltarla. Arrastraba hilos rojos que olían a azufre, y como la fuente era tan superficial casi podía verlos, como los vasitos sanguíneos que se rompen al lastimar la piel. Los demás riachuelos eran más anchos, ¿cómo habrían hecho los tres niños desaparecidos para saltar sin piernas? Tampoco podían arrastrase porque ni manos tenían. Tal vez alguien fue lo suficientemente amable de llevarlos hasta ahí, y por eso no habían regresado a la ciudad, porque no podían.
En la escuela celebraron el aniversario de los tres niños desaparecidos. Oraron, cantaron, y admiraron su valentía. Nadie los conocía pero brindaron en su honor, sin invitarlos. Esto lo molestó. Por eso ese día ni se apareció. Se quedó en casa, junto a la ventana, viendo las calles desiertas porque los niños estaban en las escuelas. Un perro negro pasó cojeando. Se detuvo. Tenía los ojos pintados de rojo. Le faltaba un tercio de la cola y llevaba el estómago abierto, las tripas colgando como enredaderas. Su madre lo distrajo con su voz, le dijo que se fuera a lavar las manos, él sólo quería seguir viendo al extraño animal. Su madre le gritó y él al fin se lavó las manos. Esa noche durmió tarde, y soñó con los tres niños desaparecidos. Así supo que tenía que ir al bosque.
Se encontró un árbol partido a la mitad, ennegrecido y sin ramas y sin hojas. Lo tocó y las manos se le tiñeron. Despedían un olor extraño, como a cal mojada. Sabía que a partir de ahí tenía que tomar a la izquierda. A la derecha se podía ver un pequeño camino, la vegetación no crecía a su alrededor. En cambio a la izquierda todo estaba lleno de malezas, de hierbajos espinosos, con flores algunos y frutos otros. Ni las flores ni las frutas debían ser tocados, porque nacían cuando alguna espina cortaba la piel. Todas esas flores y frutas rojas no eran más que personas, y entre esas tantas debía estar él. Ya había soñado haber ido a ese lugar. Ahí tenía que estar él.
Las noches antes de huir escuchó a sus padres discutir. Se iban a mudar y no lo iban a llevar. Era su padre quien ya no lo quería, quería ingresarlo a saber donde. Y si su madre lo quería llevar consigo lo mejor era que también se quedara. Ya no los soportaba. Su padre se limpiaba las manos insistentemente, a pesar de que las tenía limpias y secas. Su madre hacía lo mismo en su delantal. Él veía a través de una hendidura en la puerta. Los labios de ambos padres se tiñeron de rojo, sonrieron y se formaron grandes hoyuelos en sus mejillas. Luego ambos los tres se abrazaron, él mismo los llevó a la cama. Después se fue a dormir, despertó en medio de una pesadilla y se fue al bosque.
Pasó otros dos arroyos y luego llegó a un campo, en medio, solitaria, descansaba una enorme roca. Tres rostros habían dibujados allí, entonces lo supo: eran los tres niños desaparecidos. Comenzó a correr con fuerza para alcanzarlos. Al acercarse se percató de que la piedra parecía un inmenso dorso desnudo. Un dorso con un cuello y tres cabezas. Cavó debajo de la piedra. Olía a azufre ahí, a humedad y a rojo. Recordó las sonrisas y los hoyuelos. El perro y las profesiones. Le zumbaron los oídos «¡lávate las manos!» Recordó sus manos pintando de rojo los labios de su madre. No olía a pintura, olía a azufre. ¿Por qué le habrían cortado las piernas y los brazos a los tres niños? Seguro que a alguien le molestaba todo el desastre que hacían con sus manos y su corretear incesante entre acera y acera.
Las uñas le comenzaron a sangrar de tanto cavar. Se encontró una piedra blanca de forma peculiar, luego otras, más pequeñas, más grandes, de varias formas, estilladas algunas, lisas otras. Los rostros en la piedra fueron desaparecieron. Sus manos ya sangraban de todas formas, así que retocó el contorno de los retratos con sus dedos. Olía a azufre. La sangre en sus dedos se había secado. Se terminó de arrancar las uñas, las frotó contra las piedras, las hizo sangrar nuevamente y continuó dibujando. Las sonrisas quedaron de último. Las pintó en rojo, y las repasó y quedaron más rojas, pero esas sonrisas no dibujaban hoyuelos, así que él metió los dedos en la tierra y los dibujó, redondos, dos en cada rostro.
Antes de todo eso, de las discusiones de sus padres, del niño ahogado, de los tres desaparecidos y antes de la escuela, salió a la acera de enfrente. Tres niños: dos niños y una niña, se habían pasado toda la tarde correteando, ahora pintaban en la acera con tizas de colores. La niña dibujó una enfermera, y los niños un bombero y un doctor. Cuando él se acercó un perro comenzó a ladrarle. Los niños se rieron de él. Él les quitó las tizas y las destruyó contra la acera. Los niños le gritaron, él gritó de vuelta. Los niños comenzaron a correr, él los siguió, pero era tan torpe que no se fijó que llevaba los cordones sueltos, y se cayó, además el perro no dejaba de ladrar. Ladraba y ladraba. Si pudiera lo callaría, le cortaría la cola y se la daría de comer para que se atragantara y se callara; y a esos niños, a esos niños le cortaría los brazos para que dejaran de rallar enfrente de su acera, y sus piernas para que no corrieran cuando debían ser castigados. Y su madre le podría decir cuantas veces quisiera que se lavara las manos, qué más daba, él se las lavaría. Se las seguiría lavando ahora que vivía en el bosque, entre tantos riachuelos, y vería como el agua se ponía amarilla, como rojiza, y tal vez de vez en cuando volvería a la ciudad. O quizás no. Había tantos niños en la ciudad, tan bulliciosos, que a él sólo le daban ganas de matarlos, y bien sabía que podía pasarse la vida lavándose las manos.


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