La mujer de mi prójimo

No desearas la mujer de tu prójimo...

Conocí a Xavi en la universidad. Fuimos compañeros de apartamento varios años y fue allí donde nació la amistad que se prolongó en los años venideros.

Luego de recibirnos el tomo otros rumbos, viajo a Sudamérica tentado por vivir nuevas experiencias y afianzarse en su profesión, mientras yo me quede, porque estaba enamorado y quería estar cerca de mi amor.
Así fue como acepte un puesto como profesor en la universidad y comencé a soñar con formar una familia con la mujer que amaba.
 Claro que eso solo estaba en mis sueños.
Los años pasaron, mi esposa se dedicó a su profesión, que la obligaba a viajar mucho y pasar tiempo lejos de mí, así se fueron postergando mis sueños y el día que desperté me encontré con que ella se fue con otro.

Debo decir que me sentí desolado. Porque la amaba más que a mi vida. No había hecho otro cosa que adorarla y mirar a través de sus ojos.
Estaba desesperado y deprimido cuando una tarde. En qué estaba sentado en un bar hundido en mis pensamientos. Oí la voz cálida de Xavi llamándome.

- ! ! ! Amigo! Eres tú por Dios. Esto sí que es un milagro.

Y fue directo a mí para abrazarme. Su sangre latina lo hacía tan efusivo y demostrativo que nunca había podido acostumbrarme a sus demostraciones de cariño en público.
Su presencia era un milagro porque trajo tantos hermosos recuerdos de aquellos años en que compartíamos juntos.

Se sentó conmigo y pidió champaña para festejar. Volvimos a ser esos grandes amigos que éramos como si fuera ayer que nos vimos.
Me contó que había vuelto a la ciudad por trabajo, le había ido muy bien económicamente, se había casado y tenía dos hijos.

- Tienes que venir a mi casa a cenar y conocer a mi esposa. Le he hablado tanto de ti que estará feliz de conocerte. Me dijo. - Es más estamos planeando unos días en la playa, compramos una casa allí y podrías venir, vamos a invitar a varios amigos y me encantaría contar contigo. ¿Qué te parece?

Me sentí feliz por mi amigo, de ver su entusiasmo por la vida y querer compartirlo conmigo.
Desde ese encuentro me llamaba a diario y pasaba por la universidad a buscarme y tomar una copa al finalizar la tarde.
Una noche me dice vienes a cenar con nosotros. Mi esposa nos está esperando.
Estaba curioso de ella, que mujer había atrapado a mi amigo para que estuviera así de feliz.
Al entrar en su hogar pude percibir la calidez que reinaba allí.
Había armonía y al verla a ella me di cuenta porque.

Era una mujer guapísima y sensual, que irradiaba por sus ojos una dulzura envolvente que te desnudaba el alma. Su voz era un placer conciliador que te atrapaba suavemente hasta dejarte cautivo de su presencia.

- Cariño él es mi amigo Jules de quien tanto de hablé.

- gusto de conocerte. Soy Regina, mi esposo no ha hecho otra cosa que hablarme de vos y estaba impaciente de verte por fin.

Y estiro sus brazos para abrazarme fuertemente contra su pecho y darme besos efusivos en ambas mejillas. Esa reacción de su parte me causo desconcierto frente a mi amigo.

Ambos fueron muy hospitalarios, los niños eran juiciosos y agradables. Ella sirvió la cena mientras mi amigo se encargó de pregonar las bondades culinarias de su mujer que bien puede comprobar llenando mi paladar de sabores exquisitos.

Por un momento sentí envidia de mi amigo. 
Había conseguido en aquellas lejanas tierras lo que yo me había quedado a buscar.
Su esposa extranjera era una exquisitez de mujer, que seguramente yo no la habría podido conseguir ni en catálogos.

Se hizo tarde y los niños se fueron a dormir, nosotros seguimos la tertulia en la sala mientras ella nos servía una copa más de vino y se sentó mirándonos a ambos de cierta forma que por un momento me inquieto.
Me dijo que fuera con ellos a la casa de la playa, trae a tu esposa seguramente lo van a pasar muy bien.
Dije que estamos distanciados por un tiempo. - Entonces ven igual. Me dijo. Te vendrá bien.

El fin de semana llego y prepare mi maleta para viajar e ir a visitarlos a la playa. Hacía tiempo que no estaba lejos de la ciudad y me vendría bien cambiar de aires. Además desde que conocí a la mujer de mi amigo no había podido quitármela de cabeza. Tenía como una urgencia de volver a verla, tan sólo escuchar su voz y volver a oler ese aroma a vainilla que emana de su piel.
Ella me producía una tranquila alegría y podía olvidar mis pesares.

Cuando llegue a la estación de trenes estaba esperándome en lugar de mi amigo. Me saludo como siempre con esa efusividad que me sorprendía, había momentos en que me confundían. ¿Sería que yo le gustaba a ella? O sólo era así con todo el mundo.

Me contó en el camino que mi amigo fue a recoger a otras parejas amigas que pasarían unos días con ellos también. No te preocupes me dijo que no estarás sólo y puso su mano sobre mi muslo mientras con la otra manejaba. El roce de esa caricia me produjo un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. La calidez de su mano me transporto velozmente a un mundo de sensaciones que estaban en mi mente sepultadas por el desamor.

Ella me excitaba de eso no tenía dudas.

Pero era la mujer de mi amigo. No podía verla con otros ojos, pero me miraba de una forma que me desconcertaba todo el tiempo.

La casa era bellísima donde uno podía sentirse en el paraíso. Todos fuimos ubicados en confortables habitaciones y la mía daba al mar con una terraza y una escalinata que te llevaba directamente a la playa. Era más reservada que las demás. Podría mantener mi privacidad, dijo ella., sin estar tan lejos de la casa principal. Estaba al pendiente de que me sintiera cómodo y eso me gustaba, sentirme cuidado por una mujer como hacía tiempo no lo era.
Aquella noche después de la cena fui a caminar por la playa mientras los demás habían decidido ir a bailar a una discoteca.
Al regresar pensé que estaría sólo cuando vi a Regina bañándose en el mar.
Su silueta emergió desnuda y no me vio. Quizás por eso siguió jugando en el agua como una nereida y pude deleitarme con su belleza más espléndida que nunca.
Me quede parado mirándola cuando ella se percató de mi presencia y vino hacia mí sin el más mínimo pudor.
- ¡hola!! ¿Qué tal ha estado el paseo? - dijo
- bien. ¿Qué tal está el agua? - dije intentado quitar mis ojos de su cuerpo que me había puesto nervioso y comenzaba excitarme.
- hermosa, quítate la ropa y ven conmigo. Dijo ella - vamos no seas tímido. Ven, te gustara.
Sus senos...una tentación... su sexo, el vientre...las caderas eran una invitación para todos  los sentidos, de los que yo no podría escaparme si iba a sumergirme con ella.
Esa mujer era tan amigable y liberal que yo podría estar confundiendo sus intenciones o dando rienda suelta a fantasías que estaban poblando mi cabeza.
Agradecí y subí las escaleras antes de arrepentirme de esa invitación.
Me acosté y no podía quitar su imagen, cuando golpearon a mi puerta, y ella entró antes que contestara.
- ¿estás bien? - dijo peinando su cabello con sus dedos, mientras secaba su cuerpo apenas cubierto con una bata de toalla que estaba abierta y dejaba ver su fresca desnudez.
- si estoy bien. Todavía no puedo dormirme. Será el ruido del mar al que no estoy acostumbrado.
Se dirigió lentamente hacia la cama donde estaba acostado y deslizo unas suaves caricias sobre mis piernas. Estaba provocándome y yo estaba ardiendo.
La respetaba por ser la esposa de mi amigo pero ya no podría responder de mí si ella seguía acercándose de esa forma.
- podrías haberte metido al agua conmigo y te hubieses relajado. Se siente tan bien la frescura del mar a esta hora que luego te duermes sin esfuerzo.
Pero vamos si quieres puedo ayudarte a relajarte. ¿Quieres?
No supe que contestar, creo que mi cara lo decía todo. Deseaba a esa mujer como el agua misma, estaba sediento de besos...de amor...de pasión y ella era ese manantial donde yo quería hundirme en ese momento para satisfacer esta necesidad que se había apoderado de mí cada vez que se acercaba.
No pude más y la bese a la fuerza. Me lance a sus carnosos labios como un pez al anzuelo y quede atrapado en la dulce miel de su boca. Ella no se resistió.
 Me abrazo y dejo que la besara una y otra vez. Que esos besos ardientes que le estaba dando se deslizarán por su piel salada y terminara abriendo su cuerpo a mi boca como una dama de noche se abre,  emanando su perfume para embriagarte con su lujuria.
Desnudos y enredados entre besos y caricias, ella me miró fijamente a los ojos buscando mi complicidad para trabarnos de cóncavo y convexo en un festín donde nuestros sexos se ofrecían a la boca del otro como el manjar más deseado.
Mi miembro era devorado de una forma tal por ella que me estaba llevando al borde de un paroxismo y me hacía enfatizar con más ahínco mi tarea de beberme su sexo hasta la última gota de su néctar.
Su cuerpo se aflojaba sobre el mío, la sentía temblar sobre sus piernas cuando llegaba al límite de sus fuerzas y un grito de placer emergía pidiendo más y dando más para complacer ese apetito sexual que nos había envuelto.
Ella era insaciable de eso no me iban a quedar dudas, porque montaba sobre mí una y otra vez clavada hasta lo más profundo y gritando sus orgasmos como el triunfo culmine de la diosa del amor.
Podría dejar mi alma bombeando en ella y me pediría más. Había perdido la noción del tiempo, sólo éramos dos cuerpos acalorados y empapados en sudor cuando llegue al límite de mis fuerzas y termine llenando su vientre con mi semen.
Caí desplomado a su lado como un guerrero que ha dejado el alma en la batalla.
El éxtasis cerró mis ojos y el ruido del mar me sumergió en un sueño muy profundo.
Cuando desperté en la mañana. Podía oler aún entre las sábanas su presencia  libidinosa aunque ya no estaba. Me sentí con culpa por mi amigo.

No sabía cómo iba a mirarlo después de lo sucedido. Pero no estaba arrepentido de caer  rendido a los apetitos sexuales de esa hembra.
Mi amigo estaba sólo en la cocina cuando fui por un café. 
- ¿qué tal tu noche amigo? Dijo Xavi.
- bien. Me fui a dormir temprano.
- ¿y qué tal ella?
Hubo un silencio que me partió en dos.
- no pongas esa cara amigo. Entre Regina y yo no hay secretos. Y debo decirte que es lo que más me gusta de mi mujer. Te diré anoche quisimos regalarte un poco de placer, Estabas tenso y se te veía triste y no hay mejor remedio para ello, que una buena acogida y un buen polvo -Créeme hoy se te nota en tu cara. - Y lanzo una carcajada de ver mi expresión.

-No está mal desear la mujer de tu prójimo si a ella le agradas. Te diré que me gusta complacerla a mi mujer, como ella lo hace conmigo. Si no te molesta en estos días podamos compartir un poco más. Ella siempre tiene nuevas fantasías y tú ahora estas en ellas mi querido amigo.
Me sirvió un café, me dio una palmada en la espalda mientras me abrazaba como siempre lo hacía y se marchó hacia la playa.
No podía creer lo que me estaba pasando,  mi amigo me estaba ofreciendo algo más que su casa y una cama…