La señora

Hace unos años tenía de paciente a un hombre mayor, el señor Márquez, que sabía venir a la consulta, siempre acompañado por su esposa.


 Era una pareja refinada y muy agradable, aunque debo decir que era ella quien acaparaba toda mi atención.
No soy de mirar a mis pacientes de otra forma que no sea profesional, pero con ella, era diferente. Algo me atraía. ¿Sería el  esplendor de su madurez?… o los rasgos exóticos de su rostro que le daban cierto aire de misterio a su mirada y  me dejaba fascinado cada vez que la veía. Debo reconocer que me gustaba mucho, aunque me duplicaba en la edad.
 Por eso me dio una inmensa alegría al volver a verla después de mucho tiempo.
La encontré una tarde que fui al banco para hacer unos trámites y ella estaba en el lobby esperando que la atendieran. Me acerque a saludar y preguntarle por su esposo que  hacía muchos meses no veía. Me dio la triste noticia de su muerte.
           – Por eso no volvimos –dijo - Usted doctor siempre ha sido tan amable con nosotros que tenía que llamarlo y agradecer su atención, pero estos meses han sido difíciles para mí.
Sus ojos tenían un brillo triste que la hacía más hermosa. Ella me provocaba una mezcla de ternura y deseo que la hubiese abrazado en ese instante, tan solo para consolarla. Se me ocurrió invitarle a tomar un café para charlar un rato antes de despedirnos y ella acepto gentilmente.

Cuando íbamos por la calle me dijo si podía acompañarla hasta su casa, vivía a unas pocas cuadras de donde nos encontramos, dije que sí. Me pareció una buena idea.
Al entrar, encontré un lugar acogedor y elegante. Se notaba en su vestimenta y en su casa que gozaba de una posición económica holgada, aunque por su semblante más de una vez pude adivinar que no era feliz.

Ahora la notaba más relajada, aunque había tristeza un su mirada.
Me invito a ponerme cómodo en la sala mientras fue a preparar el café, yo me sentía un tanto inquieto, como si algo inesperado estuviera por venir.
Cuando se sentó frente a mí, mientras servía el café  le pregunte como estaba ante su pérdida.
-        Muy sola – dijo -  Aunque siempre he estado sola en cierta forma. Si le contara.
-        Me puede llamar por mi nombre – dije - ahora no soy su médico, piense en mi como un buen “amigo”.
-        ¿De verdad? … ¿sería mi amigo? – dijo
-        ¡ Claro! Por supuesto. Se lo estoy ofreciendo. 
Y pude arrancarle una sonrisa ante mi proposición. Eso me gusto más.
Se levantó del sofá dirigiéndose a ventana y miro a través de los cristales como buscando valor para comenzar su confesión.

-        Voy a contarle algo íntimo, ya que seremos amigos.
No pude hacer otra cosa que ser todo oídos y ponerme más ansioso de que comenzara hablar.
Me case joven – dijo –mi esposo fue el primer y único novio que tuve.
 Mis padres y los suyos vieron con beneplácito nuestra relación y antes de cumplir un año de noviazgo nos casamos. Yo estaba muy enamorada y como cualquier jovencita estaba llena de ilusiones y deseos esperando que la vida conyugal sea ese lecho de rosas que pintan las novelas románticas.  

Pero mi cuento fue  muy distinto.
En la noche de bodas mi esposo no me toco, ni la siguiente noche… ni la siguiente…  y así fueron todas las noches que viví con él.
Quede atónito con lo que me contaba. No podía creer que ella…
-        No conozco lo que es un hombre en la intimidad. Soy virgen. – dijo
Con los años que yo tenía no podía creer que esa mujer que estaba frente a mí era virgen. Si ahora al verla era sensual… atractiva, cuanto más lo habría sido en su juventud y su esposo no la había… ¡nooo! … ¡era gay! Solo eso podía ser. Tenía en mi cabeza cientos de conjeturas, mientras ella continuaba contándome.
-        Imagino que usted no me cree y pensara porque no abandone a mi esposo o lo engañe.
-        No pienso nada – dije – solo estoy… sorprendido.
-        ¿puedo preguntarle algo?  Dijo
-        ¡Claro!  La escucho.
-        ¿Cree usted… que todavía estoy a tiempo de conocer a un hombre?
¡Que sí! Yo estaba dispuesto. Si me lo pedía.
-        Si seguro. Es usted una mujer muy atractiva. 
-        Estoy más cerca del invierno que del verano doctor,  y no quisiera morir sin saber lo que es el placer de sentirse deseada…acariciada…besada… amada. He pensado mucho en ello.
Comencé a sudar, me estaba excitando al escuchar su relato. Tuve que cruzar mis piernas para evitar que se notara en mi pantalón la erección que estaba teniendo. Ella comenzó acercarse a mi como adivinado mis deseos.
-        Señora  – dije
-        Soy Emilia – contesto -  estaría bueno que me llame por mi nombre si  será mi amigo.
-        Sí ¡Claro! Y podemos ser buenos amigos si quiere. Yo puedo ser ese hombre que usted necesita conocer. ¿Qué le parece? – dije. Acercando me mas a su cuerpo.

Ella tomo mis manos como asintiendo a mis deseos y las beso. No puede contenerme y la abrace contra mí, sentí su cuerpo tembloroso y comencé a besar la lentamente. Probé de sus labios, fui por sus mejillas…baje por su cuello mientras la apretaba contra mi cuerpo para que sintiera el calor de mi miembro erecto rozando sobre su pubis. Se la notaba sofocada.
Tenía puesto un vestido oscuro, que se ajustaba perfectamente a sus redondas caderas y marcaba un escote generoso. Su piel se erizo con el solo roce de mis dedos que se fueron percatando de como sus carnes aún se mantenían firmes. Comencé a desvestir la buscando llevarla a máximo placer, cuando me dijo que fuéramos al dormitorio.

 Apenas cruzamos la puerta termine de arrancarle el vestido, y comencé a desnudarme, ella se recostó sobre las sabanas como una venus dispuesta por entera a entregarse a los placeres terrenales.
La cubrí con la calidez húmeda de mis labios que se deslizaron por su temblorosa piel que olía a notas de jazmín. No me detuve a pesar de que varias veces se resistió a que continuara. Sentía pudor ante mi arrebato por devorar su sexo, pero mi lengua pudo más que esa resistencia pasiva y puede sentirla temblar de placer al hundirme más en busca de su néctar y hacerla estallar cada vez que su clítoris era succionado por mis labios. La notaba desbordada de placer y sus manos cálidas me acompañaban con caricias. Estaba buscando sentir la dureza de mi verga que se hacía notar. Le dije si quería tocarla. Me dijo que sí.

Sus manos tenían avidez por conocer más, la fui guiando en los movimientos suaves que sus finos dedos comenzaron a darme. Estaba gustosa  de propinarme esas caricias. Le dije si quería besarlo. - ¿Puedo? - dijo entusiasmada.

Lo hizo con timidez al comienzo con miedo a lastimarme, pero pronto fue adquiriendo confianza y aquella mujer se liberó completamente, llego a practicarme una felatio memorable que me dejo excitadísimo y con más ganas de darle una sacudida que no olvidaría.
Posicionado entre sus muslos, fui estimulando el clítoris mientras lentamente, con mi miembro rozaba su sexo, dándole suaves golpecitos buscando que se acostumbrara a la sensación de sentirse penetrada. Gimoteaba complacida y pedía más buscando distraerse con mis besos. Cuando comenzó a moverse al ritmo de mis caderas, sin parar, en un mete y saca que te enloquecía. Como le gustaba retozar. Esa mujer era un torbellino y ahora estaba aflorando toda esa pasión contenida durante años y que nadie disfruto. Me balbuceaba al oído palabras  afrodisiacas mezcladas entre gemidos que anunciaban el orgasmo intenso al que estaba llegando. No podía abandonar la acción sin sentirla disfrutar un poco más de la lujuria que reflejaban ahora sus ojos. Le mostré nuevas posiciones que la encendían y la hacían verse más sensual. Y las gozaba…  como las gozaba.

Esa tarde estuvo plagada de erotismo y  exploración, en busca de placeres que la señora Márquez se encargaría de disfrutar el resto de sus días.