Bañada por su Esencia



Alison MacGregor

El agua caía sobre el cuerpo desnudo de Caroline, mientras que con los ojos cerrados, ella alzaba la cabeza hacia el chorro de la ducha, pasándose las manos por el pelo. De repente, unas manos le agarraron por la cintura, pegándola contra un cuerpo duro y fuerte. No necesitó girarse para saber que era River, su olor, su tacto y sus manos se lo demostraban.
   Caroline notó contra su trasero la dura polla de River, que se apretaba contra su tierna piel. Una de sus fuertes manos subió por su cintura, acariciando y raspando suavemente con las uñas. Entonces llegó a sus pechos y los acarició sin ninguna suavidad, para después pellizcar uno de sus pezones ya erectos.
   Su cabeza descansaba sobre su hombro, el agua seguía cayendo sobre su cintura y la mano izquierda de River, mientras que la otra mano la utilizaba para seguir torturando sus pechos. Gimió cerca de su boca, esa boca que sabía torturarla tan bien y que quería probar en todo momento. Como respuesta, River gruñó y lamió el lóbulo de su oreja y su mejilla derecha, absorbiendo las gotas de agua que caían sobre su piel.
   Mientras la mano derecha de River seguía sobre su pecho, su mano izquierda bajó más allá de su cintura, llegando a donde sus labios se abrían para darle entrada.
            -Caroline.-gimió, mientras su mano la acariciaba entre los muslos.-Estás tan endemoniadamente…húmeda y…resbaladiza.-jadeó, incapaz de pensar con sus dedos acariciando su entrada, su sexo.
            -Lo estoy por ti, River.-respondió, suspirando.-Por favor, entra en mi, hazme ver lo bien que se siente cuando estás enterrado profundamente en mi.-añadió, gimiendo y moviendo las caderas contra la mano de él.
   Cuando sus dedos y su sexo entraron en contacto, todo lo de su alrededor se desvaneció, quedando solo el contacto entre su propia piel y la de él. River deslizó toda su humedad por las carnes de ella, mientras que ella se arqueaba contra su mano, queriendo que la masturbara con los dedos.
   Él obedeció a todos sus deseos, metiendo un dedo en su interior, sacándolo y metiendo un segundo, volviéndolos a sacar para acompañarlos de un tercero. Las paredes de su sexo se cerraron sobre sus dedos, apretando y provocando que River gimiera fuerte solo de pensar en intercambiarlos por su miembro.
   Uno de los brazos de Caroline subió hacia su nuca, mientras que él seguía metiendo y sacando sus tres dedos, y con el talón de la palma de su mano apretaba y frotaba su clítoris, haciéndole gritar.
            -River, no pares, por favor, haz que me corra en tu mano.
   Entonces, él hizo todo lo que pidió, aumentando la velocidad, apretando con fuerza su pecho izquierdo, mordiendo su hombro, clavándole los dientes haciendo que se quedara ronca de tanto gritar. Comenzó a lloriquear cuando no pudo seguir aguantando más y llegó al orgasmo, mientras oleadas de estremecimientos hicieron que mojara su mano, sus dedos.
   Las piernas de Caroline se habían vuelto gelatina, y apoyó todo su peso en River, mientras que él, esperando a que se recuperara, subió la mano que había utilizado para darle placer por la cintura, hasta llegar a sus labios, dejando rastros de su esencia por su cuerpo.  Ella sabía que él quería que chupara sus dedos,  así que lo hizo, succionando y mordiendo, haciéndole imaginar cómo sería si en lugar de sus dedos fuera su polla.
   River perdió el control y, en la bruma de la pasión y el vapor, la colocó en frente de las baldosas, pegándole contra ellas y dejándole sin nada a lo que agarrarse cuando comenzara lo que tenía en mente. Con sus fuertes manos colocadas en cada uno de sus glúteos, los abrió y metió su polla en el agujero que había entre ellos. Caroline jadeó y él gruñó, mientras que poco a poco entraba en ella.
   El brazo derecho de River lo pasó por la cintura de Carolina, agarrándola con fuerza, y su mano izquierda la apoyó contra la pared, cerca de su cabeza. Comenzó a mover sus caderas, saliendo y entrando, con fuerza e ímpetu, deseoso de llegar a donde deseaba ella. Su fuerza la dejaba gimiendo, lloriqueando cada vez que entraba más fuerte que la vez anterior.
   Las manos de Caroline se agarraron con fuerza a su brazo, clavándole las uñas rojas, intentando no derrumbarse. Él seguía moviéndose, fuerte, duro y sin compasión.  Cerró la mandíbula con fuerza mientras que con la mano que tenía apoyada en la pared, la llevaba a su pelo, tirando de él, colocando su boca junto a su oído y jadeando contra ella mientras cerraba los ojos con fuerza, incapaz de continuar.
   La fricción, el morbo, la pasión y el descontrol hicieron que el éxtasis llegara antes para Caroline, haciéndole gritar de nuevo. Los dedos de River se clavaron en su cintura, dejándole una marca roja que estaría dispuesto a lamer más tarde.  Ella hizo lo propio en su brazo y cuando ya había entrado y salido de ella tantas veces que no podía ni recordarlo, salió de ella y dándole la vuelta, la agachó delante de él.  Caroline, arrodillada ante él, cogió su polla, subiendo desde la base hacia la cabeza, apretando, mientras que él gritaba echando la cabeza hacia atrás, corriéndose en su cuello, pechos y labios.
   Se apoyó en la pared, satisfecho y cansado, entonces cogió las manos de ella y la levantó, besándola mientras que el agua seguía cayendo sobre ellos, caliente como sus  cuerpos y rápida como sus embestidas.

Tomada por su deseo



Alison McGregor

Tomar unas copas de más con el hombre que te gusta podía ser malo o muy, muy bueno. En ocasiones, acababas haciendo el ridículo y él, avergonzado de ti, no volvería a llamarte. O, siempre puedes acabar en el salón de su piso, en frente de una gran ventana que da a la calle y donde podrían verte si alguien alzara la mirada hacia la cuarta planta de ese edificio.
   Melanie, tumbada encima de él y él tumbado sobre unas mantas, lo besó metiendo la lengua hasta su garganta, luchando por tomar el control de ese beso. Su lengua se enredó con la de Bryan, intercambiando sabores y mezclándolos. Sabía a whisky y, no iba a engañarse, le encantaba.
   Notó cómo él le pasada las manos por todo el cuerpo, pellizcando sus pezones, acariciando su clítoris y mordiendo su cuello. Ella comenzó a jadear en su oído, a gemir en él mientras la sangre inflamaba sus venas a gran velocidad.
   Su miembro estaba duro, hinchado, apuntando hacia el sexo de ella que, en respuesta, estaba húmedo, caliente y, malditamente, resbaladizo. La mano de Bryan voló hacia su sexo, comenzando a frotarlo, a meter uno de sus dedos en él, metiéndolo y sacándolo, para unir más tarde un segundo que siguiera el ritmo del primero. Sus dedos se movían rápido, con desenfreno, y volviéndola completamente loca.
   Estaba a punto de ponerse a gritar, de liberarse, de llegar al orgasmo, pero en el último momento, Bryan había parado en seco, riéndose mientras ella lanzaba pequeños quejidos y agarraba su muñeca, intentando hacerle volver a su humedad, donde deshiciera los nudos que se le habían formado en las entrañas y en su mismo sexo. 
   Entonces, él agarró su miembro y lo aproximó a su destino, y Melanie gimió de expectación, agarrándose a sus hombros y con las piernas abiertas, dispuesta a recibir sus entradas y salidas, bruscas y suaves, rápidas y lentas. Pero una vez más, mientras ella esperaba a que entrara con fuerza, que la llenara con toda su longitud, Bryan le introdujo únicamente la cabeza de su miembro, echando la cabeza hacia atrás, contra el suelo, por el esfuerzo que tenía que hacer, por sentir cómo se cerraba fuertemente sobre él su estrechez.
   Estando a horcajadas sobre él, solo tenía que bajar su cuerpo para que entrara en su interior por completo, pero sus manos la agarraban fuerte por las caderas, manteniéndola en el aire, unida a él por la cabeza de su miembro. Bryan miraba cómo entraba y salía de su interior con un ritmo lento, lentísimo, provocando que se recrearan en las sensaciones.
            -Por favor.-suplicó, intentando no perder la cordura.-Bryan.-gimió, mientras el volvía a entrar en ella con tan solo la cabeza.
            -Vuelve a pronunciar mi nombre.-replicó, con la voz ronca y la respiración acelerada.-Jadéalo, gímelo, respíralo, muérdelo.-añadió, haciéndola humedecerse más si cabía.
   Melanie colocó sus propias manos sobre las muñecas de él, intentando hacer fuerza, quitárselas, tomar ella el control definitivo, pero Bryan no se lo permitió, era inflexible y ella cayó sobre su pecho, mirándole a la cara y gimiendo por la entrada y salida lenta de su miembro.
   Metió sus dedos en la boca de él para que los chupara, pero él no solo hizo eso, sino que también los mordió suavemente, provocando que se arqueara contra él. Con los dedos húmedos, llevó su mano a la base del pene de Bryan, y desde allí comenzó a acariciarlo, y, dispuesta a torturarlo tanto como estaba haciendo él con ella, agarró sus pelotas y las apretó, recibiendo de recompensa un gruñido suplicante. Volvió a subir por su longitud con la mano y, cuando llegó a la zona que los unía, deslizó su mano a su clítoris, acariciándose mientras él la contemplaba, dispuesta a llegar al orgasmo con su miembro entrando y saliendo.
   Pero no todo era tan sencillo con Bryan, él le apartó la mano, dispuesto a prolongar la tortura, y volvió a colocar la suya propia en su cadera, agarrándola con fuerza, sometiendo a Melanie a sus deseos. Ella, desesperada, intentando salir de la bruma del deseo que tenía en la mente, incapaz de seguir con todo esto más, le clavó las uñas en el pecho, y apoyó la frente en el mismo, respirando entrecortadamente, notando el desbocado latido de su corazón y su respiración acelerada. Perdiendo completamente el control, mordió su pecho, mientras le clavaba las uñas en los costados.
   Y, eso, era lo que necesitaba para hacer perder el control a Bryan, que gruñendo, le introdujo con fuerza toda su longitud, llegando a lo más profundo y provocando que Melanie, sorprendida por la intensidad, comenzara a gritar mientras oleadas y oleadas de placer le recorrían el cuerpo, deshaciendo los nudos de sus entrañas, y mojando el miembro de Bryan.
   Pero no todo iba a acabar ahí, él no podía permitirlo. No después de sentir cómo la liberación de ella lo humedecía, bañándolo, envolviéndolo, como si su sexo fuera terciopelo y el de él una barra de acero. Antes de que Melanie puediera recuperarse, volvió a moverse debajo de ella, cogiendo su culo con las manos y comenzando a moverlo, marcando un ritmo rápido y desesperado.
   Bryan estaba  a punto de reventar y necesitaba hacerlo con fuerza y desenfreno, y Melanie quería hacerle llegar más allá del límite. Él los levantó del suelo, pero sin salirse en ningún momento del interior de Melanie, la cual, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura y sus brazos alrededor de su cuello, pegó cada parte de su piel con la de él.
   Pegados contra el cristal de la ventana, comenzaron a moverse con fuerza, rapidez y la más dulce de las durezas. Bryan estaba en el mismo borde de su cordura, le gustaba demasiado y Melanie volvía a estar al límite. Ella lo besó con fuerza, demostrándole toda la pasión contenida, y él le devolvió el beso con la misma fiereza, mientras el sonido de la piel chocando llenaba el aire, volviéndolos locos.
   Ella mordió sus labios con desesperación, incapaz de gritar más, para lamerlos después. Bryan, con las manos en sus caderas, las movió de arriba abajo, haciendo que sus pechos subieran y bajaran al mismo ritmo. Él quería besarlos, morderlos y arañarlos, pero la postura se lo impedía, así que mordió su clavícula, clavándole cada uno de sus dientes mientras introdujo una última vez su miembro.
   El grito de Melanie llenó los oídos de Bryan, el cual, mientras ella volvía a correrse, rugía, echando la cabeza hacia atrás, llegando al orgasmo y derramándose en su interior. Melanie notó cómo su semen se deslizaba dentro de ella, caliente y encantador.
   Respirando con cansancio, se deslizaron hacia el suelo, e incapaces de tumbarse siquiera, descansaron apoyados uno contra el otro, disfrutando del sonido de sus corazones y el olor a sexo de la habitación.


Marietta y el profesor


Los relatos que su amiga le contaba la excitaban muchísimo, no podía evitar imaginar cómo eran aquellos encuentros de Marietta con su nuevo novio.
 Ellas son amigas desde muy pequeñas, son como hermanas, comparten casi todo, aunque son tan diferentes.
 Malena es tímida, introvertida, pudorosa de su cuerpo, siempre tratando de pasar desapercibida del mundo masculino, en cambio Marietta es caprichosa, desinhibida, atrevida… provocadora. Consciente que puede utilizar su cuerpo a su antojo y placer hasta hacer perder la cabeza a cualquiera, como lo hizo el año pasado con aquel profesor de la secundaria que era su vecino.

Marietta le contaba con lujos de detalles como fueron esos encuentros con aquel hombre. Él podía ser su padre, le doblaba en la edad, estaba felizmente casado y con niños apenas unos años menos que ellas.

Malena pensó esto es estupro y  su amiga le dijo:

-        ¡No seas tonta! tú crees que me he dejado seducir. Pareces que no me conoces. Fui yo quien comenzó con todo.

Eso había sido al comienzo del año cuando él fue presentado como el nuevo profesor de literatura y se encontró con esa alumna de quinto año que lo miraban fijamente a los ojos cada vez que él le preguntaba algo.  Ella tenía unos destellos vivaces en su mirada mientras  jugando  con el lápiz en su boca, y levantaba su falda un poco más, dejando sus muslos a la vista de quien quiera verlos. Al comienzo él ignoro esas señales que ella le enviaba. Era un adolescente intentado seducirlo. Pero para ella era más que un juego de seducción.

Desde el primer día que lo vio se sintió atraída. Y pensó que él era lo que ella necesitaba para liberar a esa mujer libidinosa que era. Le dijo a su amiga en confidencia

-        Creo que nuestro profesor debajo de su apariencia moralista y de señor pacato, hay un pervertido.

-             ¿Por qué piensas eso si apenas lo conocemos? – dijo Malena.

-        ¡Intuición femenina!  como si  en el aire oliera su naturaleza de macho y eso me atrae. Ya verás que tengo razón.

Mucho más pronto de lo que pensó, él comenzó acercarse cuando termino mudándose al  barrio cerrado donde ella vivía. Y cada día la cruzaba en su camino, hasta en el club donde llevaba a sus hijos. Ya no solo la veía con ese uniforme de colegiala.

Solía estar en el club con un diminuto pantaloncito apretado que provocaba mirarla. Ella tenía un cuerpo muy atractivo con formas prominentes que sabía mostrar muy bien. Él no pudo seguir ignorando las señales que esa jovencita le enviaba cada vez que se encontraban.

 Un sábado por la tarde estaba solo en su casa, su esposa había viajado con los niños a visitar a la madre y se había quedo a terminar de corregir exámenes. Hacía frío y no se veía a nadie en la calle a esa hora, cuando vio a Marietta por la vereda de enfrente de su casa cargando una cesta de mimbre. Se pregunto qué estaría haciendo. Tuvo deseos de llamarla. Golpeo el vidrio de la ventana e hizo un gesto de saludo con la mano haciendo una seña pidiéndole que se acercara.

Ella cruzo la calle y golpeo a su puerta.

-         Hola Marietta ¿Qué haces?

-       ¡Hola profesor!  Estamos vendiendo pasteles para juntar dinero para el grupo de hockey del club. ¿Quiere comprar algo?

-        ¡Sí! Claro. ¿Dime a cuanto lo vendes y de que tienes?  – ¿puedo pasar?- dijo ella.  

-        Claro niña… entra que hace mucho frío – invitándola a pasar a la sala.  

-        No soy una niña profesor… ¿Quiere que le muestre?

-        ¿Qué me quieres mostrar? – dijo él sorprendido

-     ¡Los pasteles profesor!... ¡qué otra cosa! Tiene de fresa con chocolate, de dulce de leche y de crema con fresas. Es lo que me queda. ¿Está solo? – pregunto ella antes de continuar

-         Si estoy solo pasa tranquila.

Esta era la oportunidad que ella estaba esperando, estaba segura que él no iba a seguir resistiéndose a sus insinuaciones y esta vez iba a ser lo más explícita posible.

-        Linda casa, profesor. Me gusta. ¿Qué le apetece? –dijo ella mirándolo directamente a los ojos con ese aire desafiante de su mirada.

Ella era muy atrevida y sus gestos suaves eran tan sensuales que no podía evitar desearla. Estaba sintiendo como su sangre comenzaba a fluir con intensidad de solo imaginar, y estaba teniendo una erección. Se sintió avergonzado de pensar que ella podía percatarse de la situación y trato de ocultar su entrepierna.

-        Voy a buscar el dinero para pagarte los pasteles. Y deja todo en la cocina. Yo ya vuelvo. – dijo él mostrando donde dejar los pasteles.

Marietta había visto muy bien lo que estaba generando en su profesor. Fue hacia la cocina y se quito el abrigo mientras dejó sobre la mesa los tres pasteles que había traído. Comenzó a arreglar su falda para hacerla ver más corta y abrió su suéter para mostrar su escote. Estaba dispuesta a no salir de esa casa sin probar de las mieles de ese hombre y sabía que ella tenía que tomar la iniciativa de seducirlo.

-           -Aquí tienes el dinero.

-      -Gracias. – dijo tomando el dinero y guardándolo en el abrigo para lo cual se dio vuelta y se agacho lo suficiente para que la falda se levantara y dejara ver sus nalga. Era hábil con sus movimientos y quería que él la mirara y sabía que lo había logrado. Porque él volvió a ruborizarse y la miraba boquiabierto.

-        ¿Puedo preguntarle algo? – dijo ella

-       Si. Claro. Te escucho.

-        ¿Usted crees que soy linda?

Ya no podía evitar seguir esquivando las insinuaciones de ella. Sabía lo que se venía y se puso nervioso de solo pensarlo. Pero la pasión puede más que la razón.

-        Si eres una muy linda  y seguramente le debes gustar a muchos chicos de tu edad.

-       Pero a usted ¿le gusto? –  dijo acercándose - ¿Quiere probar? – y hundió sus dedos en el pastel de chocolate y comenzó a chuparlos, mientras se los acercaba a la boca de él. Tuvo el impulso de besarla pero se contuvo, chupo de ese dedo que le ofrecía. Ella sonrió complacida con su gesto.

Volvió a hundir los dedos esta vez en el pastel con dulce de leche y se lo unto sobre los labios mientras se relamía jugando con su dedo. Verla haciendo eso fue tan erótico que hizo que su erección llegara al punto máximo. Lo había dejado sin palabras.

-        No me contestó profesor, pero no importa. Quiero besarlo y que me besé…que me acaricie y yo haré lo mismo. Sera un secreto entre los dos ¿Quiere?

-        -No debería. –dijo

Ella se abalanzó, se puso en puntas de pie para llegar a él y lo beso dulcemente. Busco con sus manos acariciar el miembro hinchado de su profesor que estaba a punto de estallar de placer. Ya no había vuelta atrás, la deseaba con locura. La cogió con fuerza, levantándola entre sus brazos para apoyarla en el borde de la mesada de la cocina. Ella comenzó a gemir al sentir las manos calientes de eso hombre sobre su piel. Estaba excitadísima. Se quito el suéter y el sostén buscando que él continuara besando su cuerpo. Quería que chupara sus pezones y que continuara bajando por su abdomen hasta su intimidad. Con avidez lo guío hasta su braga para que se la quite y comenzara a chuparla. Se retorcía al sentir como la boca de su profesor se hundía en su coño y la llenaba de placer hasta dejarla sin aliento.

Gemía enloquecida y le pedía más. Eso aumentaba el deseo de él sobre ella. Quería que disfrutara ese momento como nunca. Lentamente saco su miembro y comenzó a frotarlo, empapándose en la humedad ardiente de ella. Al sentir como esa verga dura se iba abriendo paso lentamente, comenzó a moverse en el borde de la encimera buscando atraer el cuerpo de su macho hacia ella. 
Sus gemidos eran más fuertes con cada clavada que él le daba con dureza, mientras trataba de besarla para apagar los gritos de placer que iban a oírse en cualquier momento. Ella pedía que le diera más duro que así le gustaba. Estaba sintiendo como se venía con cada embestida. Su cuerpo se sacudía sobre la encimera y él quería aguantarse todo lo que pudiera para gozarla más tiempo. Así que comenzó a aflojar sus movimientos y continúo besándola mientras ella se reponía del orgasmo intenso que había tenido.

La levanto en sus brazos y la llevo al dormitorio sin dejar de besarse. Aquella joven era un deleite para él y estaba dispuesta a todo. Ella ahora tomo la iniciativa de montarse sobre él y con dulzura comenzó a besarlo mientras su boca fue en busca de ese pedazo que la había llenado de placer hacía unos minutos.
Quería disfrutar el sabor de sus jugos y ver como ese hombre gozaba viéndola hacerlo con tantas ganas, realmente era muy buena haciéndolo, pero él ya no daba más. Quería volver a cogerla, solo que ella fue quien montada sobre su cuerpo tomo el toro por las astas y comenzó a moverse con tal intensidad que lo dejo al borde de acabar si no paraba sus movimientos.

 Cuanto le gustaba verla así gozando de lo que él podía darle, ella se puso en cuatro esperando volver a ser poseída. Volvió a penetrarla una y otra vez con más intensidad hasta ver como el cuerpo de ella se arqueaba sobre las sabanas que eran arrancadas ante el arrebato de un nuevo orgasmo y ya no pudo seguirse conteniendo su semen y termino por descargarlo entre sus manos a lo que ella fue en busca de su miel para saborearla.  Él intento quitarla, pero fue en vano ella sabía lo que quería.

Sabía que no podría resistirse a nada de lo que Marietta le pidiera… Esa chica era pura pasión.