Con chocolate parte 3 de 3



Alison McGregor

-Para mí, tú eres más hermosa.-le susurró Bruno al oído antes de sonreírle a Robert a medida que este se acercaba.
   Mary lo miró de reojo, sorprendida de que él supiera lo que estaba pensando y sintiendo en ese momento. Tal vez, Bruno la conocía más de lo que ella esperaba.
   Finalmente, se sentaron en la mesa y, mientras cenaban, hablaron de numerosos temas, incluido cómo se conocieron Robert y Clare. No era una historia extravagante, sino la típica de “hombre rico conoce a rubia tetona sin dos dedos de frente”. Porque así era, en las horas que conocía a Clare, Mary había comprobado que su forma de pensar era superada por un niño de cinco años y que Robert solo la trataba como a un objeto.
   Tras terminar de cenar y pagar la cuenta, decidieron ir a un bar donde tomar unas copas y Mary acabó bebiendo más de la cuenta, así que lo último que recordaba era que Bruno la metía en el coche mientras ella hablaba sin cesar.
            -¿Y a dóndddee vamos?-preguntó con acento de borracha.
   Bruno le respondía a todas sus preguntas, riendo a su vez, hasta que llegaron a su piso. La metió en el ascensor y Mary vio que pulsaba la planta cuatro, así que se giró hacia él mientras intentaba mantener el equilibrio.
            -Mi pissso ess el trez.-afirmó, mirándole con el ceño fruncido.
            -Y el mío es el cuatro.-respondió, encogiéndose de hombros e intentando aguantar la risa.
            -¿Vaamoss a tu casssa?-preguntó, mirándole de arriba abajo con descaro.
   Cuando Bruno asintió con la cabeza, esperando que ella se opusiera, Mary se giró hacia adelante y sonrió, enseñando todos sus pequeños y blancos dientes. Un segundo después, volvió a girarse hacia él.
            -¿Ssabees una coza, Bruno?-preguntó, acercándose a su cuerpo. Cuando él la miró, arqueando las cejas, respondió.-Quiero acosstarme contigo. Ssí, sí, no me mirez así. Necessito tener sexo contigo, Bruno, y he decidido que tú también lo necesitass.
   La mirada de Bruno sobre ella le hizo tambalearse y, cuando él abrió la puerta, pensó que la llevaría como un salvaje hacia su cama y que arrugarían las sábanas entre los dos hasta el amanecer. Sin embargo, la llevó hacia un baño de azulejos azules y abrió el grifo del agua caliente.
            -¿Vamos a follar en la ducha?-preguntó, mirándole con picardía.
            -No.-respondió y, mirándole a los ojos con sensualidad, añadió.-Voy a darte una ducha y quitarte esa borrachera que llevas encima.-antes de que ella pronunciara alguna palabra, continuó, dejándola sin palabras.-Cuando hagamos el amor, Mary, vas a estar completamente lúcida.
   Entonces, de un tirón le sacó el vestido por la cabeza y la dejó temblando, no sabía si por deseo o frío, con el conjunto de encaje. Lo miró, esperando su reacción, expectante de si le gustaba o no. Al mirarlo todas sus dudas se disiparon al instante, ya que él no había apartado la vista de su cuerpo y no paraba de tragar saliva.
   Bruno se pasó la mano por la boca y, con rapidez y rigidez, la cogió de la cintura y la metió en la ducha. El agua caliente resbalaba por su cuerpo y Mary, como cualquier borracha contentilla haría, alzó los brazos hacia arriba y empezó a disfrutar con sensualidad, dejando a Bruno excitado como nunca antes y deseoso de abalanzarse sobre ella.
   Mary miró los ojos verdes de Bruno y en un impulso, se acercó al borde de la ducha y, a escasos centímetros de él, dijo:
            -¿Quieres tocarme, verdad?-Bruno no paraba de mirarla, sin creerse que eso estuviera sucediendo.-Bueno, creo que lo necesitas, corazón.
   La voz ronca de Mary no podía compararse a la de Bruno que, gimiendo con desesperación, comprobó que sus pezones se marcaban en su sujetador de encaje, y descubrió que necesitaba tocarlos urgentemente. La sacó de la ducha y, temblando, apagó el grifo.
            -Preciosa,…-gimió, gotas de agua viajaban por su piel, deslizándose con suavidad.
   En un segundo, Mary se había despejado por completo y envuelta en una bruma de deseo, Bruno le puso una toalla por encima y la llevó al salón. De pie, Mary disfrutó enormemente cuando Bruno comenzó a secar su piel y se tensó cada vez que él, en un impulso que la volvía loca, se interesaba por una gota y la lamía, para seguir secándola con la toalla después.
   Mary, con desesperación, se retorcía entre sus brazos, necesitando que todo fuera más deprisa. En un segundo, estaba tumbada sobre una almohada y tenía a Bruno sobre ella.
            -¿Has tenido alguna vez una fantasía erótica, preciosa?-susurró junto a su oído, provocando que Mary gimiera guturalmente.-Yo sí, cientos y quiero realizar una en especial contigo.
   Mary tragó saliva audiblemente y lo miró, incapaz de decir ni hacer nada. Todo eso era nuevo y, a pesar de que había comenzado comportándose muy lanzada por el alcohol, ahora no tenía ni idea de cómo actuar.
   Bruno la besó con fuerza y, en un momento, fue a la cocina, volviendo con un bote negro en las manos. Tumbándose de nuevo sobre ella y apoyado en el suelo con una mano, le mostró lo que era.
            -Esto, preciosa, es chocolate y,-agachándose, susurró a su oído.-voy a extenderlo por todo tu cuerpo para lamerlo después.
   Comenzó a besarla, dejando a un lado el bote negro, y comenzó a tocarla, desde la cintura hasta el cuello, pasando por sus pechos. Su lengua se introducía en su boca y danzaba con la suya propia hasta dejarla sin sentido. Su sabor, adictivo, era estremecedor y su lengua, hipnotizante al igual que sus ojos verdes.
   Su boca descendió por su cuello, lamiendo cada centímetro de su piel, haciendo que Mary se arqueara, deseando que hiciera lo mismo con sus pechos. Bruno no se hizo mucho de rogar y, después de morder su cuello, bajó a sus pechos, amamantándose de ellos con desesperación mientras Mary echaba la cabeza hacia atrás, incapaz de abrir los párpados, que le pesaban como el demonio.
   De repente, Bruno se alzó y, sonriendo, cogió el bote negro y con movimientos pausados, echó chocolate sobre su ombligo. La respiración de Mary se aceleró, incapaz de dejar de mirar cómo extendía el chocolate hacia sus pechos con sus dedos hipnotizantes.
   Bruno agachó su cabeza, lamiendo, como había prometido, su cintura. Mary, excitada y húmeda entre las piernas, agarró sus hombros, incapaz de no retorcerse. Su espalda, con los músculos marcándose con cada uno de sus movimientos, brillaba por el sudor y Mary se excitó más si cabía.
   Cada uno de sus lametones, era un escalón más hacia el abismo. Cuando llegó a sus pechos, los torturó como un experto, mientras ella le suplicaba que no parara. Sus manos apretaban su trasero, pellizcándolo con deseo y acariciándolo después.
   Cuando sus dedos volaron hacia su entrepierna, Mary abrió las piernas con abandono, dispuesta a que le enseñara todo el placer que sabía que podía darle. Cuando sus dedos se introdujeron en su interior, lo hicieron con suavidad por lo mojada que estaba, y Mary los cabalgó, incapaz de resistirse a ello.
   En un momento, Bruno aumentó de ritmo y Mary comenzó a gemir, desesperada por llegar al final. Cuando se corrió, sintió que su cabeza explotaba en mil pedazos, dejándola flotando en una nube de satisfacción.
            -Estoy duro, preciosa, por ti. Quiero hacerte todo tipo de cosas, desde lamer tu sexo hasta meterte mi polla en él con descontrol, pero no puedo aguantar, cariño.-dijo, mirándole con la respiración acelerada, tocando sus pechos con suavidad.
   En un impulso, Mary lo lanzó sobre su espalda y se colocó a horcajadas sobre él, mientras las manos de Bruno rodeaban su delgada cintura.
            -Es mi turno, Bruno.-le susurró, antes de que sus labios rozaron su pecho.
   Lo beso como él había hecho con ella, con descontrol y desenfreno. Cogió el chocolate y lo extendió por el estómago de Bruno y una vez que lo lamió por completo, y la polla de Bruno apretaba contra su propio estómago, lo miró y comenzó a echar chocolate sobre ella, haciendo que su respiración se entrecortara.
   La lamió hasta saciarse y, cuando Bruno la apartó y la colocó debajo de él, ella lamió sus labios, llenos de chocolate. La mirada de Bruno no abandonó en ningún momento el movimiento hipnotizante de su lengua, y, finalmente, la besó, volviendo a mezclar sus sabores.
   En un momento, se introdujo en su interior, con una embestida que la dejó sin respiración y jadeando. Bruno estaba al límite y Mary deseaba llegar al orgasmo al instante, tan desesperada estaba, así que después de que saliera y entrara de ella varias veces, los dos llegaron al límite, explotando al unísono con fuerza.
   Agotados, se desplomaron y abrazaron, intentando tranquilizar sus respiraciones. Durmiendo, los dos pasaron la mejor noche de sus vidas, pero antes de que amaneciera, Mary despertó, y se dio cuenta que, oculto en el corazón, había tenido guardado un amor por Bruno que nunca había detectado. Siempre lo había considerado su amigo, cercano a ella y capaz de confiarse a él, pero ahora se daba cuenta que, en realidad, lo había amado desde el momento en que comenzó a conocerlo de verdad.
   Con lágrimas en los ojos, se levantó sin hacer ruido del suelo y de entre sus brazos, y, cogiendo su ropa, bajó a su piso donde, tras tumbarse en su cama, se lamentó, ya que Bruno no le correspondería.
   Al día siguiente, Mary se despertó y tras quedarse tumbada en la cama, profundizó en sus sentimientos y en los de Bruno. Ella lo amaba y él podría hacerlo también. Tal vez se había precipitado en pensar que él no la amaba. Tenía que intentarlo si no se odiaría toda la vida por haber dejado pasar la oportunidad. Además, algo se le tenía que haber pegado de África, tenía que enfrentarse a los problemas de frente y no huir de ellos.
   Se duchó con rapidez, y en un momento salía de su piso y subía corriendo las escaleras hacia el piso de Bruno. Pero se detuvo en seco cuando su puerta se abrió y de ella salió una pelirroja impresionante. Bajó las escaleras, directa hacia su piso sin querer creer lo que su cabeza le decía.
   Tal vez Bruno ya había buscado otra que le sustituyera al no verla esa mañana en la alfombra junto a él. Cerró la puerta y en un momento estaba en la cocina, intentando beber un vaso de agua sin tirarlo al suelo por el temblor que le recorría todo el cuerpo.
   El timbre sonó y Mary fue a abrir la puerta, sin mirar por la mirilla.
            -Bruno.-susurró, intentando que sus emociones no se transparentaran.- ¿Qué haces aquí?
            -He venido a hablar de amor y otros pecados, preciosa.-respondió, entrando por la puerta y cerrándola tras de él.
   La mandíbula de ella se descolgó, incapaz de creer que Bruno hubiera pronunciado la palabra “amor”.
            -¿Qué quieres decir?-preguntó, temblorosa y no queriendo hacerse esperanzas.
            -Que desde hace dos años, te he visto como algo más que una amiga, preciosa. Fantaseaba con tenerte debajo de mí y hacerte la mujer más feliz de este planeta.-besó sus labios con ternura, antes de apartarse para seguir diciendo.-Cuando Robert volvió a aparecer en tu vida, temí que volvieras a enamorarte de él, y por eso me inventé la historia de que éramos novios, para tenerte cerca y poder besarte cuando quisiera.
   Mary sintió que su corazón bombeaba con felicidad, deseando creer en cada palabra de Bruno, pero antes tenía que saber quién era esa pelirroja.
            -Anoche, Bruno, me di cuenta de que yo también te quería, pero pensé que tú no me correspondías, por eso me fui anoche de tus brazos.-antes de que él pudiera decir nada, ella continuó.-Pero esta mañana decidí hablarlo contigo y, por ello subí a tu piso, pero entonces vi a una mujer saliendo de tu piso y mi determinación se tambaleó.-dijo, intentando no sonar desesperada.
            -Ella es mi hermana, preciosa. Ha venido de California a pasar unos días y quería saber si quería quedar con ella esta tarde.-al ver la cara de Mary, continuó con una sonrisa.-Yo te quiero, Mary, y quiero que tú me lo digas también.
            -Oh, Bruno, mi corazón late con rapidez cada vez que tú te me acercas.-respondió, lanzándose a sus brazos y besándolo con todo su amor.
   Bruno la abrazó, riendo y feliz de tenerla entre sus brazos. Desde ese día, Mary le pertenecía y la amaría con todo su corazón hasta que su cuerpo dejara de respirar. La besó y la llevó hacia la habitación, donde entre risas siguieron cumpliendo las fantasías de Bruno.

Con chocolate parte 2 de 3



Alison McGregor

-Es una idea estupenda.-respondió Bruno sonriendo.
-Me tengo que marchar, un placer haberte conocido, Bruno.
   Mary vio cómo su ex novio se iba y cuando estuvo segura de que no podría oírle, se giro hacia Bruno enfadada.
            -¿Por qué has hecho eso?-preguntó con frustración.
            -Tú no podías verte la cara cuando estabas a solas con él. Simplemente me partiste el corazón y sentí el impulso de ayudarte.-respondió con sorpresa como si le pareciese ilógico que hiciera preguntas.
            - Ahora se piensa que estamos juntos, Bruno.-replicó con impotencia.
            -¿Y dónde está el problema?-preguntó, alzando la voz.-Y si estás pensando en volver con él, te diré que no voy a permitirlo. Estuve junto a ti cuando lo dejasteis y tardaste meses en recuperarte, no permitiré que vuelvas a pasar por lo mismo, Mary.-explicó con preocupación.-Además ya lo has escuchado, el también tiene pareja.
   Mary lo miró y supo que tenía razón. Por eso mismo jamás volvería con Robert, ya que ella no era de las que tropezaban dos veces con la misma piedra. Su corazón ya se había roto una vez, y no pensaba consentir una segunda.
            -Jamás volvería con él y lo sabes, Bruno, pero no quiero implicarte en esto. No tienes por qué hacerte pasar por mi novio.
            -Créeme, no será ningún sacrificio, preciosa.-respondió, sonriendo y enseñando todos sus dientes blancos.
   Mary lo miró con preocupación, pero desistió, ya que sabía que Bruno era muy cabezón y cuando algo se le metía entre ceja y ceja, era imposible hacerle cambiar de opinión. Terminaron de ver la obra y tras terminar, decidieron irse directamente al piso, ya que Mary estaba agotada y Bruno tendría que madrugar al día siguiente.
   Subieron las escaleras y llegaron al piso de Mary donde, tras abrir la puerta, se giró y le sonrió, curvando los labios hacia arriba.
            -Gracias por todo, Bruno. Ha sido una noche preciosa.-lo besó en la mejilla y tras separarse, vio su ceño fruncido mientras la miraba con disgusto.- ¿Qué ocurre?
            -Preciosa, ahora somos novios y esto no es una despedida adecuada.-respondió y, antes de que ella pudiera articular una palabra, la atrajo hacia él y volvió a besar sus labios.
   Las manos de Mary volaron a su nuca, y su boca se abrió a la suya por puro instinto. Cuando sus lenguas volvieron a entrar en contacto, Mary gimió con sorpresa, incapaz de creer que eso pudiera estar sucediendo. Ningún hombre hasta ahora la había besado jamás con tanto dominio y pasión contenida. Su cuerpo le exigió que se pegara al suyo y ella no fue capaz de negarse, mientras las manos de Bruno viajaban por su espalda.
            -Esto sí es una despedida.-comentó Bruno con voz ronca, mientras sus ojos verdes brillaban.
   Incapaz de decir nada, vio cómo Bruno se alejaba hacia las escaleras y subía hacia su piso. Entró al suyo y, al cerrar la puerta, se apoyó contra esta y suspiró con asombro. Ella siempre había considerado a Bruno su mejor amigo y sí, reconocía que era tan atractivo como el mismo demonio, pero jamás había sentido hacia él nada parecido como esa noche.
   Se desvistió y se metió en la cama, incapaz de entender las emociones que la habían embargado desde que había vuelto a ver a Robert esa noche. Desnuda y cubierta por una fina sábana, intentó dormir, pero sueños húmedos la acosaban y horrorizada, comprendió que en todos ellos aparecían unos ojos verdes y unas manos que la tocaban donde más le gustaba. Miró hacia el techo y suspiró, intentando despejarse, pero no dio resultado y, finalmente, cogió la sábana y se tapó por completo hasta la cabeza, ardiendo de vergüenza.
   Una semana después, mientras preparaba la comida, sonó el timbre y, limpiándose las manos en el camino, fue a abrir la puerta. Bruno se encontraba en el otro lado con un aspecto horrible y Mary lo invitó a pasar mientras le preguntaba qué le ocurría.
            -Trabajo. He tenido que trabajar mucho esta semana y me ha pasado factura.-respondió cansado y sentándose en el sofá.
   Se había pasado todos estos días sin verlo y Mary se había comenzado a preocupar, temiendo que fuera por la noche del teatro, pero ahí estaba la respuesta. Fue hacia la cocina y al volver, le colocó una bandeja con un plato de comida y un vaso con agua en la mesa de en frente.
            -Mary, déjame decirte que a partir de este momento te amo con locura.-dijo, mientras miraba con adoración los filetes.
   Ella rió y lo observó mientras devoraba los filetes e intentaba explicarle el trabajo que había tenido esa semana. Cuando terminó de comer, apoyó la espalda en el sofá y suspiró con satisfacción mientras sus ojos se cerraban con cansancio. Mary cogió la bandeja y la llevó al fregadero donde la dejó para luego fregarla más tarde.
            -Ah, por cierto, me he encontrado esta mañana con Robert y me ha recordado lo de quedar los cuatro juntos.-comentó cuando ella volvió y se sentó junto a él en el sofá.
            -Pero ¿dónde le has visto?-preguntó con sorpresa.
            -En la cafetería donde desayuno todas las mañanas.-respondió, encogiéndose de hombros.
            -¿Y qué le has dicho?-preguntó de nuevo, comenzando a sospechar.
            -Que sí, naturalmente.-respondió Bruno con lógica y al ver la mirada que ella le lanzó, añadió.-Es una gran oportunidad para que le demostremos que estamos juntos y muy enamorados.
   Mary lo miró con desconfianza, no confiando del todo en ese plan. Al reconocer que no le serviría para nada oponerse a los planes de Bruno, suspiró con resignación.
            -¿Qué día hemos quedado?-preguntó, suspirando de nuevo.
            -El sábado, es decir, mañana.-respondió, levantándose del sofá y cogiendo su maletín, dispuesto a irse antes de oír las quejas de Mary.
            -¿Mañana?-preguntó abriendo la boca por completo.
            -Sí, pasaré a por ti sobre las diez.-comentó y ya en la puerta dijo.-Por cierto, gracias por la comida, me ha sabido a gloria.
            -De nada. Pero…
   Bruno se agachó con rapidez y la besó dulcemente, apartándose al momento.
            -Adiós, preciosa.-se despidió sonriendo y se volvió hacia el rellano, dejando a Mary sorprendida por ese beso.-Ahh, ponte algo sexy mañana, quiero que Robert se muera de la envidia.
   Y desapareció por las escaleras, dejando a una Mary con la mandíbula colgando y el cerebro paralizado. ¿Por qué me ha besado de nuevo? No entendía el comportamiento de Bruno, pero tampoco se entendía así misma, ya que ella respondía a cada uno de sus besos.
   Cerró la puerta y comenzó a limpiar su piso, esperando, aunque sin saberlo, que el tiempo pasara rápido. Estaba expectante, pero no estaba segura de si era por volver a ver a Robert o, sin embargo, por volver a pasar más tiempo junto a Bruno.
   Ya en su cuarto, tumbada en su cama y esperando a que le venciera el sueño, no podía evitar pensar en Bruno, desde que lo había conocido por primera vez cuando se había mudado a este piso, hasta que se había despedido de él en su rellano con un beso fugaz. Frunció el ceño hacia el techo, intentando comprender por qué sus entrañas se contraían cada vez que recordaba cada beso que le había dado, y por qué, maldita sea, intentaba engañarse a sí misma.
   Era una estupidez negarlo, porque la verdad era que se sentía atraída por él y por cada roce de sus manos. No estaba enamorada, todavía no, pero sí reconocía que su cuerpo vibraba cada vez que Bruno se encontraba cerca. Y, por fin, después de reconocerlo, pudo dormir tranquila.
   Se levantó al día siguiente y lo primero que hizo fue ducharse. Después pasó todo el día limpiando el piso, con cientos de estremecimientos recorriéndole el cuerpo cada vez que pensaba en esa noche.
   Cuando llegó la hora, corrió a ducharse de nuevo y a arreglarse. Salió de la ducha y, con la toalla secando su cuerpo, fue hacia su dormitorio y abrió el armario, todavía sin saber qué vestido elegir. Y, entonces, la vio, la pequeña caja donde estaba la lencería que le había regalado África. La cogió y, sentándose en su cama, la abrió. Suspiró, admirando el tacto del encaje. El conjunto era precioso y, cogiendo las braguitas, se imaginó con ellas puestas, cómo la tela negra destacaría con su piel cremosa.
   Sabía que ella nunca se había puesto nada tan sexy, pero por una vez quería hacerlo y disfrutar con ello. De todas formas nadie se lo iba a ver.
   Sacó un vestido azul eléctrico del armario y se lo probó frente al espejo. De estilo vaporoso, cubría casi sus pies y le daba un aire de elegancia que le encantaba. Los tirantes finos se ajustaban a sus hombros, y el escote era en forma de pico, revelando más de lo que ella esperaba. Aún así, quería ponerse ese vestido y sentirse sensual con él. Miró el reloj y corrió a ponerse unos zapatos blancos abiertos por delante.
   En frente del espejo, comprobó su peinado y, finalmente, decidió hacerse una trenza de raíz. Sus ojos brillaban con expectación y, justo cuando terminaba de aplicarse un poco de maquillaje, el timbre sonó y su estómago se contrajo, revelando su estado de excitación.
   Abrió la puerta y, al ver a Bruno, casi dejó de respirar, ya que estaba para lamer cada parte de su cuerpo. Vestido con un traje negro y una camisa rosa abierta hasta el pecho, se veía guapísimo y Mary tuvo que contenerse para no babear delante de él.
   Bruno, estupefacto, no podía dejar de mirar a Mary y su saludo se le había quedado atascado en la garganta. Nunca la había visto tan sexy y tuvo que tragar saliva varias veces antes de poder articular una palabra.
            -¡Vaya!-exclamó, sin poder apartar la vista de su cuerpo.-Estás…
            -¿Estupenda?-intentó ayudarle Mary riendo, y dando una vuelta sobre sí misma.
            -No.-respondió Bruno con voz gutural, acercándose a ella en un par de pasos. Cuando Mary lo miró a los ojos, hipnotizada, añadió.-Divina.
   Mary tragó saliva, nerviosa, se alejó de él y de su endiablada boca, y cogió su bolso blanco. Sonriendo, él la acompañó hasta la puerta del coche y se la abrió. Cuando llegaron al restaurante, Mary se bajó y entró.
   Dentro del restaurante, todo era lujo y elegancia y Mary sospechó que lo había elegido Robert, fiel a ostentar su dinero. Cuando entraron, Robert ya los estaba esperando en una mesa junto a una mujer rubia. Mary frunció el ceño, sintiéndose insegura, ya que esa rubia estaba espectacular, incluso parecía una modelo con ese aspecto tan frío.

Con chocolate parte 1 de 3



Alison McGregor

Mientras Mary se hacía el desayuno, no podía dejar de mirar hacia el calendario que tenía a sus espaldas. Se concentró en la mermelada que estaba untando en la tostada, moviendo el cuchillo de un lado a otro. Le dio un pequeño mordisco y se giró hacia el calendario con resignación y fastidio en la mirada.
   Se había levantado esa mañana y, por primera vez en cuatro años, se había sentido sola en la ancha cama que no compartía con nadie. A diferencia de su amiga África, ella no tenía un novio maravilloso con el que compartir su cama o sus sábanas de seda. Pero ahí no radicaba lo peor de la situación, ya que al dirigirse a la cocina para desayunar, se había encontrado con su calendario y había descubierto que solo quedaban dos semanas para su cumpleaños, ¡iba a cumplir treinta años!
   Iba a entrar en la treintena, y no tenía a nadie a quien preparar el desayuno ni con quién arrugar las sábanas, ni siquiera tenía un trabajo por el que madrugar. Pero cómo iba a mirar hacia el futuro esperando soluciones, si no tenía ni un presente prometedor.
            -¡Vaya mierda!-exclamó antes de beber un sorbo de zumo.
   De repente, el timbre sonó con insistencia y Mary miró extrañada el reloj de la cocina, preguntándose quién llamaría a su casa tan temprano. Se dirigió hacia la puerta de su piso y miró por la mirilla. Suspiró con dramatismo y abrió la puerta.
            -¿Qué haces aquí a estas horas de la mañana?-preguntó Mary con molestia fingida.
            -Buenos días para ti también, mi amor.-respondió África pasando por su lado y lanzándole un beso desde el sofá.
   Mary miró a África y sonrió, poniendo los ojos en blanco acostumbrada al loco comportamiento de esa rubia con rizos. Con una altura media, la piel morena por el sol, y un cabello dorado salvaje, África era la típica californiana que tenía un novio impresionante. Pero Mary no sentía celos de ella, sino que se alegraba, ya que a su parecer se merecía lo bien que le estaba tratando el destino estos últimos años.
   Se acercó al sofá y se sentó junto a ella, arqueando las cejas en señal de pregunta.
            -He venido a por ti para comprarte un regalo de cumpleaños, así que venga, date prisa y arréglate.
            -¿Cumpleaños? Ni  me lo recuerdes.-respondió arrugando la frente con molestia.-Además, todavía quedan dos semanas.
            -Pero yo no podré ir a tu cumpleaños porque tengo que acompañar a Sergio a una conferencia en Nueva York, así que hoy te compraré el regalo, y no quiero que me lo discutas.-advirtió, señalándole con el dedo.
   Mary se entristeció porque África no pudiera ir a su cumpleaños, pero no le importaba, ya que este cumpleaños prefería que pasara sin celebraciones, que es lo que ocurriría si África estuviera en él. Fue a ducharse y arreglarse antes de que volviera a repetírselo. A pesar de que Mary insistió en que no necesitaba ningún regalo, África no le hizo caso y en menos de una hora se encontraba en frente de la tienda de lencería más cara de Chicago. Mary tenía claro que no pensaba permitir que le comprara nada, pero sus esfuerzos no dieron resultado y ahí, delante de sus ojos y envuelto para llevar, tenía el conjunto más sexy que había visto nunca.
   Sabía que no podría hacer nada por convencer a su amiga y desistió, segura de que esas preciosas prendas nunca cubrirían su cuerpo. Después tomaron un café en una terraza y más tarde Mary se despidió de ella, deseándole un buen viaje.
   Subía las escaleras, mirándose los pies y pendiente de la bolsa que iba rozando sus piernas a cada paso que daba. Miró el reloj y se dio cuenta de que ya era demasiado tarde, así que corrió a su piso. Volvió a meterse en la ducha, ya que el ambiente era muy caluroso y necesitaba refrescarse. Justo cuando se estaba secando, el timbre sonó y corrió hacia la puerta. La abrió y, rápidamente, consciente de la escasa toalla que llevaba, cogió la manta que tenía sobre el sofá y se cubrió.
            -¡Bruno!
   Bruno vivía en el piso de arriba y era un hombre por el que muchas mujeres babeaban cada vez que lo veían. Hacía cinco años que lo conocía y desde entonces se habían hecho muy amigos, tanto que ella lo consideraba su mejor amigo.
   Bruno la miró con las cejas arqueadas, observando su falta de ropa con diversión.
            -¡Vaya!-exclamó, mientras iba hacia su sofá.-Si querías ducharte, haberme avisado y habríamos ahorrado agua.
   Mary puso los ojos en blanco y sonrió, acostumbrada a soportar esa clase de comentarios por su parte.
            -Bueno, a lo que venía, he venido para decirte que esta noche pasaré a por ti sobre las diez.-dijo, señalándole con la mano.
            -¿A dónde vamos a ir?-preguntó, curiosa.
            -Mi madre me ha regalado entradas para el teatro, y, sinceramente, prefiero llevarte a ti antes que ir con ella y escuchar la cantidad de críticas que dice sobre el vestido de una mujer u otra.-respondió haciendo un gesto de aburrimiento.
   Mary sonrió, imaginando su situación. Hablaron un rato del día de cada uno y, después de acordar de nuevo la hora, Bruno se dirigió hacia la puerta y la abrió. Antes de cerrarla, se giró hacia ella y, sonriendo, comentó:
            -Por cierto, tienes unas piernas preciosas.
   Mary le lanzó la manta riendo al tiempo que él cerraba la puerta. Miró el reloj y comprobó que le daba tiempo cenar y arreglarse con tranquilidad. Ya delante del espejo, comprobó su vestido, el cual era de color rosa perla con unos tirantes finos, y sus zapatos blancos. Su pelo castaño tendría que recogerlo, así que después de investigar varios peinados, se decidió por recogérselo con algo de soltura.
   El timbre sonó, y dando una última mirada al reflejo del espejo, fue hacia la puerta y la abrió. Delante de sus ojos estaba Bruno, tan guapo como siempre: su pelo negro brillaba por el agua, sus ojos verdes la miraban con intensidad, y su boca, su boca era perfecta. Miró el resto del cuerpo, magnífico por completo y desprendiendo la palabra “sexo” por todos los poros.
            -¿Necesitas una toalla?-preguntó él. Mary levantó sus ojos confundidos hacia los de Bruno, que la miraban con sorna y diversión.-Babeas.-aclaró riendo por el sonrojo de Mary.
            -No digas tonterías.-dijo cogiendo el bolso del sofá y cerrando la puerta de su piso.-Por supuesto que babeo, pero es culpa tuya. No puedes venir a mi casa tan endiabladamente atractivo y esperar que no te coma con los ojos.
            -Por mí puedes comerme por completo, preciosa.-comentó, mirándola intensamente y sonriendo sensualmente.
   Mary rió, creyendo que las palabras de Bruno eran una broma, pero él las había dicho con la sinceridad más absoluta. Cerró el puño con fuerza, deseando que las cosas entre los dos fueran de otra manera y esperando que ella comenzara a fijarse en él.
   Entraron en el teatro y tras ocupar sus asientos, comenzó la obra, Hamlet, y la vieron en completo silencio, Mary absorta en la habilidad del actor y en cómo este interpretaba a la perfección el papel del protagonista. Y Bruno absorto también, pero no en la obra, sino en la facciones de Mary, absorbiendo cada dato que le pudieran transmitir y guardándolo ferozmente.
   El primer acto acabó y salieron fuera para estirar las piernas y hablar de lo que les estaba pareciendo la obra. En una habitación del edificio, estaban sirviendo bebidas para que los asistentes se refrescaran, así que Bruno le dijo a Mary que lo esperara mientras él iba a por algunas copas para los dos.
            -¿Mary?
   La espalda de Mary se tensó como una vara y despacio, rezando por estar equivocada, se giró y se encontró cara a cara, mirada con mirada, con Robert, el hombre que le robó el corazón y se lo rompió en pedazos hace cuatro años. Él le sonreía y ella no podía articular palabra, acongojada.
            -¡Qué sorpresa verte!-exclamó acercándose a ella y besando su mejilla.- ¿Qué tal estás?-preguntó sonriendo entre la barba.
   Mary lo miró y comprobó los cambios que había sufrido, desde su barba hasta su nuevo tinte de pelo. Cuando salían juntos, Robert apenas tenía veintitrés años cuando comenzaron a salirle canas y comenzó a tintarse el pelo de su color, castaño, pero ahora lo tenía rubio, a excepción de sus cejas que seguían castañas.
            -B…bi…en.-respondió, recuperándose de la conmoción y deseando que Bruno llegara en seguida.- ¿Y tú?
            -Mejor no me puede ir. La empresa está sacando muchos beneficios y yo me estoy forrando.-respondió prepotentemente.
   Mary sabía que Robert siempre le había dado mucha importancia al dinero, tanto que hace cuatro años le engañó con su jefa para poder ascender en la empresa. Cuando ella se había enterado no había podido creerlo, segura de que él nunca le sería infiel, pero había sido verdad y ella no había querido volver a verlo nunca más. Sin embargo, ahí lo tenía de nuevo, enfrente de ella.
            -¿Has venido sola?-preguntó con sorna, seguro de su respuesta.
            -Mi amor, ya estoy aquí.-dijo Bruno con dulzura, pasando su brazo por la cintura de Mary.
   Lo miró con los ojos como platos y vio cómo disimuladamente Bruno le guiñaba un ojo y lenta, muy lentamente, bajaba su cabeza hasta que sus labios entraron en contacto. Mary se tensó en sus brazos, insegura, pero la boca de Bruno comenzó a moverse sobre la suya con habilidad y en menos de un segundo, Mary se había suavizado y relajado contra su fuerte cuerpo, devolviéndole el beso y aceptando la invasión de su lengua. Sus sabores se mezclaron, el de Bruno sabía a champagne y a ella le encantó. 
   A lo lejos, escuchó una tos molesta que la hizo volver a la realidad. Se separó lentamente de Bruno, alzando sus ojos marrones hacia los verdes de él. Estos brillaban con intensidad y la seguían mirando como si fuera un tesoro, uno muy preciado que quisiera proteger siempre.
            -Lo siento mucho, Robert.-se disculpó Mary, tocando sus labios con dedos temblorosos, insegura de lo que había sentido.
            -Entiendo. ¿Es tu pareja?-preguntó señalándolo con desprecio contenido.
   Mary abrió la boca para negarlo, no queriendo que Bruno le mintiera, ya que no quería implicarlo en sus asuntos con Robert, pero él apretó su cintura y sonriendo contestó él.
            -Sí, llevamos saliendo juntos alrededor de dos años.-respondió y tras besar su sien con un beso rápido, añadió.-La quiero con locura.
            -Ya lo puedo ver por mí mismo.-replicó Robert mirando a Mary con una mueca de desilusión.-Yo tampoco he venido solo, Clare ha ido a retocarse.-añadió, y Mary estuvo segura de que lo hizo con intenciones de molestarla.-Un día deberíamos quedar los cuatro y tomar algo juntos.

Fresas y Nata. Parte 4 de 4



Alison MacGregor

-Justo ha sido cuando te has corrido en mi boca.-respondió con naturalidad, penetrándola con su mirada oscura.
   
África sintió sus mejillas encenderse por su sinceridad. Realmente Sergio no había cambiado en siete años, seguía tan directo y sincero como siempre. Eso siempre le había gustado de él, ahora le causaba turbación.

            -Solo me ha hecho falta mirarte a los ojos y ver lo que me decían en silencio.-dijo serio, esperando que ella hablara.
            -Lo único que te decían era que estaba cachonda. Nada más.-respondió orgullosa.
            -También eso, pero de forma secundaria. Lo que principalmente me decían, África, era que todavía me amas.-dijo de una forma que hizo que los pelos de la nuca se le erizaran.
            -Eso es imposible.-gritó levantándose del suelo y alejándose de él.-No te amo, Sergio, te odio. Tanto que esto era una venganza que, obviamente, me proporcionaría placer y excitación.

   Gritando, se alejó de él, poniendo todo el espacio posible entre ellos. No podía permanecer más tiempo pegada a su cuerpo, oyendo su respiración y sintiendo los latidos de su corazón.

            -No. Eso es mentira. No me odias. Me amas, tanto o más que hace siete años.-dijo acercándose cada vez más a ella.
            -¡Já! No eres tan irresistible, Sergio. En siete años te he olvidado y más que olvidado. He estado con numerosos hombres. No te creas el único.-le dijo con furia, levantando los brazos y haciendo gestos con las manos.-Además, tú eres el que no me ha olvidado. Por algo estás aquí, para tenerme cerca y amarme en silencio.-le gritó señalándolo con un dedo acusador.
            -Así es. Después de siete años, mi corazón sigue latiendo por el tuyo, mi cuerpo sigue deseando el tuyo, y mi mente no deja de pensar en ti.-susurró en voz alta, con su voz grave e hipnotizante.
            -¡Hijo de perra! No puedes llegar después de siete años y decirme que me amas. No después de haberte acostado con aquella rubia, no después de que yo os viera.-le gritó desesperada. No quería seguir escuchándolo, no podía, le dolía demasiado.

   Corrió hacia la puerta y la abrió.

            -Eso no es así. Yo no me acosté con aquella rubia.-le gritó, furioso.

   África giró la cabeza para mirarlo con resentimiento.

            -¡Vete a la mierda!-le dijo tan furiosa como él.

   Cerró la puerta tras de sí y se topó con el butanero. Él la miró asombrado, con los ojos como platos. África se dio cuenta de que estaba en pelotas y con las manos cogiendo la poca ropa que había llevado a casa de Sergio. Sonrió con naturalidad al muchacho moreno y le dijo.

            -Que tengas un buen día.

   Abrió la puerta de su piso y la cerró, dejando al muchacho con la boca abierta y la baba colgando. La oscuridad reinaba en su piso, encendió las luces y corrió a ducharse, queriendo olvidar la noche que había pasado con Sergio: las fresas, la nata, el cuerpo, el deseo, ¡todo!

   Agotada y triste se metió en la cama, deseosa de llorar. Todo había sido un desastre, nada había salido como ella quería. Su venganza no había tenido éxito, ella había salido dañada en el proceso. Ella y su corazón. Comenzó a llorar, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, dejando un rastro hasta su barbilla. No es que se hubiera vuelto a enamorar de Sergio, sino que ya estaba enamorada. En siete años no lo había podido olvidar, tanto sus besos y su cuerpo como su mente y su personalidad arrolladora. Se había mentido a sí misma y a todo el mundo, diciendo que lo había olvidado. Y el único que se había dado cuenta, había sido él. Resignada, se durmió mojando la almohada de lágrimas.

   Al día siguiente, se levantó con unas ojeras hasta el suelo, el cuerpo agotado y los ojos hinchados y rojos. Se miró en el espejo del servicio y soltó un gemido de angustia.

            -¡Estoy horrible!

   Se dio una ducha rápida, se puso unos pantalones cortos, una camiseta de manga corta y se hizo una coleta alta para que el pelo no le molestara. Llamaron al timbre, cuando fue a abrir miró por la mirilla para comprobar que no era Sergio, y abrió la puerta.

            -¿África?-preguntó el hombre rubio.
   ¿Quién coño era?
            -Ajá.-respondió con una inclinación de cabeza.
            -Esto es para usted.-le dijo entregándole una caja envuelta.

   Comprendiendo que era un mensajero, le pagó una propina, cogió la caja y dejando la puerta abierta del piso debido a que no tenía tres manos para cerrar, fue al sofá. Dejó la caja sobre la mesa y la abrió, curiosa. Dentro había una pequeña nevera roja. La sacó confusa y lentamente la abrió.

            -¡Ooh!-exclamó.

   Dentro había un tazón blanco con fresas grandes, rojas y frescas. Al lado había un bote de nata. Cogiendo las dos cosas, comprobó que debajo había una nota.

   Espero que esto sepa expresar mejor que yo lo que siento:

Mis labios te recorren lentamente
mientras te excitas inmensamente.
Una inmensa pasión tu placer aumenta
y mi boca dulcemente te atormenta.
Siento el fuego palpitante,
de tu cuerpo vibrante.
Mis labios desciendan suavemente
donde más desea tu mente.
Tu movimiento excitante,
invita a mi boca provocante,
reposar en tu perfumada flor
para despertar todo tu ardor.

   África no pudo terminar de leerlo, ya que las lágrimas inundaban sus ojos y caían sobre el papel, mojándolo y emborronándolo. Dejó la nota sobre la mesa y se giró para cerrar la puerta del piso. Se detuvo en seco al ver a Sergio mirándola, cruzado de brazos y apoyado sobre la puerta. Se secó corriendo las lágrimas y se puso furiosa.

            -¿Qué haces aquí?-preguntó acercándose a él, dispuesta a echarlo.
            -Antes de que digas nada, debo decirte que nunca me acosté con aquella rubia. Cuando desperté aquel día, la vi a mi lado e inmediatamente le pedí explicaciones. Me dijo que la habían contratado mis amigos para gastarme una broma.-explicó con la voz neutra.

   África lo miró, estudiándolo. Realmente quería creerle. Aunque había utilizado un tono neutro, sus ojos no le mentían, se mostraban tan vulnerables mirándola suplicantemente, pidiéndole que confiara en él.

            -Si no me crees, no te culpo. Es realmente muy poco creíble, pero es así.-dijo con las manos delante de él, descubriéndose ante ella.

   Sintió que el corazón se le oprimía y acercándose a él, lo besó, no con pasión sino con ternura y todos sus sentimientos.

            -Te creo.-le dijo con lágrimas en los ojos.-Perdóname por no pedirte explicaciones y evitar que te defendieras.-se disculpó, esperando que le perdonara.
            -No hay nada que perdonar.-le dijo. La besó de nuevo, esta vez con más pasión que la vez anterior.- ¿Me amas, verdad?-preguntó con voz lastimera. 
            -Con todo mi corazón, Sergio.-le respondió sonriendo.

   Él la cogió entre sus brazos y la llevó al dormitorio entre risas y gemidos. Le hizo el amor durante toda la noche. Cuando terminaron, los dos se durmieron en brazos del otro. Y disfrutaron durmiendo juntos por primera vez desde hacía siete años.

   Al año siguiente, África enmarcaba la foto que le había regalado Sergio por San Valentín. Los dos salían abrazados, felices y besándose. África comenzó a reírse cuando comprendió que era la misma foto de su sueño. Al parecer el destino había sabido elegir su mejor camino. No pudo seguir pensando en eso, ya que unos brazos comenzaron a abrazarla por la cintura, y una boca a mordisquearle el cuello. Rió y se giró hacia Sergio, dispuesta una vez más a hacer el amor con él durante todo el día.

   ¿Quién dijo que el mundo era cruel?

Fresas y Nata. Parte 3 de 4



Alison MacGregor

Se sentó en el sofá con la tele encendida y pensó en su plan. No sabía si tendría éxito. Realmente, después de la noche anterior, tenía que reconocer que no era tan inmune a Sergio como creía. El deseo que una vez sintió por él, seguía latiendo en sus venas y eso la asustaba. En la cita lo había pasado realmente bien con él, le había hecho revivir sentimientos que creía olvidados. Había sido amable, generoso, divertido,…todo lo que una vez la había enamorado. Y ahora temía volver a hacerlo. Pero había algo que no dejaba de torturarla y era el recuerdo de aquella rubia en su cama hace siete años. Es verdad que entonces solo habían tenido veintidós años y que el sexo surgía como algo común y corriente, pero aun así ella se sentía dolida. Tanto que le era imposible olvidar la necesidad de vengarse. Pero, ¿conseguiría que su venganza tuviera éxito?
      
      -Si no lo pruebas, nunca sabrás si lo habrías podido conseguir.

   África saltó del sofá del susto. La tele estaba encendida y mostraba una dieta para las personas que quieren perder peso. Esa frase que había decidido por ella había salido de su televisor. Sonrió.

   El día pasó rápido y cuando llegó la hora de la venganza final, fue a su habitación a arreglarse. Se puso una minifalda vaquera, con un tanga rojo debajo, una camiseta blanca de tirantes que tenía un gran escote y transparentaba sus pezones desnudos. Se miró en el espejo. El conjunto era realmente provocador, sus pies descalzos  y su pelo rizado y revuelto le daba la sensación de un revolcón rápido. Sus ojos marrones brillaban por la anticipación. Realmente se veía sexy y femenina.

   Fue a la cocina, sacó las fresas del frigorífico y las colocó en un tazón de cristal. Miró por la ventana y, aunque no vio a Sergio, oyó el sonido de su televisor. Salió de su piso con rapidez, antes de que se arrepintiera, y llamó al timbre de Sergio. Respiró hondo y, entonces, este abrió su puerta.

   Sergio la miró de arriba abajo y sus ojos se pusieron como platos al ver su ropa y sus pies descalzos. Creyó verle tragar saliva. Estupendo.

            -¿Sí?-preguntó tragando de nuevo saliva.

   África cogió una fresa del tazón y con la mayor lentitud se la llevó a la boca, mordiéndola sugerentemente. El sabor penetró en su boca, dejándole un sabor ácido y dulce a la vez. Se sintió patética y llena de vergüenza mordiendo la fresa de esa forma tan erótica, pero a la vez se sintió la mujer más sexy del mundo.

            -¿Tienes nata para mí?-preguntó pasando su lengua por el labio superior después de haber mordido la fresa.

   Sergio recorrió con los ojos el movimiento de su lengua. África comenzó a excitarse tanto por la reacción de Sergio que parecía que no podía dejar de mirarla como por su propio comportamiento tan sensual. Sergio la cogió de la cintura y la atrajo hacia él, cuando bajó la cabeza para atrapar su boca con un beso, África la retiró sonriendo.

            -Primero la nata.-le dijo mordiendo el lóbulo de su oreja.

   Lo oyó gemir, pero la retiró de él sonriendo burlón.

            -Muy bien. Tendrás tu nata.-le susurró al oído.

   La hizo pasar al salón, donde la dejó para ir a la cocina. Cuando volvió, traía consigo un bote de nata. Se paró delante de ella, agitó el bote y echó nata sobre una pequeña fresa. África no podía dejar de seguir todos sus movimientos, hipnotizada. Miró cómo Sergio cogía esa misma fresa y la mordía hasta la mitad, dándole la otra mitad a ella. África aceptó la mitad de la fresa, y abriendo la boca dejó que se la metiera. La saboreó, su sabor ácido se extendía por el interior de su boca mezclándose con el sabor dulce de la nata. Sintió a Sergio chupar la comisura de su boca donde se había quedado un poco de nata. Entonces le quitó el tazón de las fresas de las manos y comenzó a besarla intensamente, apretando su culo con sus manos. La apretó contra él, haciendo que  notara su erección, la cual era realmente grande. Sus manos apretando su culo, su boca besando su boca de una forma tan abrasadora, y su erección apretando contra su estómago la estaban excitando hasta tal punto que acabaría expulsando lava por todos los poros de su cuerpo.

   La levantó del suelo, África enredó sus piernas en su cintura, y los dos comenzaron a besarse y a tocarse como si el mundo fuera a acabarse. Sergio la atrapó entre su cuerpo y la pared y con una mano comenzó a meter la mano por debajo de la falda, excitándola. Tocó su trasero, lo acarició y lo pellizcó hasta hacerla gemir. Entonces su mano abandonó su trasero para subir a sus pechos, donde metiendo la mano por debajo de su camiseta, acarició sus pechos desnudos. Los acarició haciendo círculos, sin llegar al pezón, dejándola ansiosa y necesitada porque lo hiciera. Cuando lo hizo, los apretó entre el dedo índice y pulgar haciendo que África apartara su boca de la suya para jadear.

   Todo eso no era suficiente para ninguno, necesitaban más cada uno del otro. Sergio la apartó de la pared y la tumbó en el suelo frío, pero que para sus cuerpos ardientes no era ni siquiera como una simple brisa de verano. Con rapidez, comenzaron a quitarse la ropa entre los dos, deseosos de que sus pieles entraran en contacto. Una vez desnudos, exceptuando el tanga de África que Sergio había querido que se lo dejara puesto, comenzaron a besarse de nuevo, mezclando las salivas y los sabores.

   Sergio dejó de besarla, haciendo que abriera los ojos para verlo echar la nata por encima de las fresas y coger una de éstas llena de nata. África lo miró expectante, Sergio sonrió y comenzó a recorrer con la fresa sus pechos, teniendo como meta la punta de sus pezones. Gimió de placer, retorciéndose debajo de él mientras él sonreía y reía satisfecho por su reacción. Pero no todo terminaba ahí, no. El rastro que había dejado de camino a sus pezones, Sergio comenzó a lamerlo, teniendo el mismo objetivo que la fresa. África lo cogió del cabello e hizo unas mezclas de gritos y gemidos de placer que los excitaron a ambos. Su tanga se humedeció por la excitación y la tela que la acariciaba cada vez que se retorcía la dejaba ansiosa porque Sergio la tocara.

   Pero Sergio no atendió rápidamente a sus ruegos, sino que se entretuvo torturándola besando, lamiendo y acariciando sus pezones. Cuando se hubo saciado de ellos, bajó por su cuerpo besándolo y acariciándolo. Entonces llegó a la tira de su tanga, y acariciando el borde, comenzó a bajárselo lentamente, torturándola nuevamente. Rozó con sus dedos su sexo y eso le bastó para comprobar lo excitada que estaba. Entonces hizo algo que la asombró y excitó. Cogió el bote de la nata, lo agitó, y extendió la nata sobre su clítoris y todo su sexo. Mientras lo extendía con los dedos, gimió como una posesa, agarrándolo del pelo y arqueando el cuerpo. Pero cuando comenzó a lamer la nata, sintió un millón de estrellas explotando en su cabeza, llenándola de placer. Cada lametón de Sergio era una estrella explosiva más. Cogió su clítoris entre los dientes y lo aspiró haciéndola gritar, posiblemente se le hubiera oído en todo el edificio pero le daba igual. Lo único que le importaba en esos momentos era el placer que le estaba haciendo sentir. Explotaron todas las estrellas de su cabeza de golpe, haciendo que se corriera, pero eso no hizo que Sergio se apartara de ella, sino que dio unos lametones largos y lentos, saboreándolo.

   África consiguió abrir los ojos, vio los dos cuerpos sudados, sintió el calor que desprendían, y ante todo vio la excitación de Sergio, su erección y su necesidad. Quería cogerlo y darle todo el placer que él le había dado, pero Sergio no le dejó sino que cogió el bote de nata de nuevo y apretó con una mano su estómago para que no se moviera. Volvió a agitarlo de nuevo y lo volvió a echar sobre su sexo. Pero en lugar de volver a lamerlo, la penetró lentamente, haciendo que sintiera toda su longitud. Se agarró a sus musculosos brazos, los cuales estaban a cada lado de su cabeza. Mientras la penetraba, África lo miró a los ojos llenos de deseo. La mirada de él brillaba con intensidad mientras entraba y salía dentro de ella. Al principio fue lento y una tortura, pero a medida que la excitación crecía, comenzó a moverse con rapidez y fuerza mientras que con una mano estimulaba su clítoris. Su cuerpo se alzaba para recibir sus embestidas, sus manos volaban por su cuerpo, agarrándolo cuando la excitación la acosaba. Le dejó arañazos por todo el cuerpo, mostrándole su necesidad. Sintió que volaba alto, muy alto, y ya en la cúspide de su altura, gritó, llegando al orgasmo. Sergio se introdujo dos veces más en ella, pero África le impidió terminar dentro de ella, apartándolo de ella. Con rapidez cogió su miembro e hizo que se corriera dentro de su boca. Cuando terminó, lamió la nata que le había quedado después de introducirse en ella. Había necesitado devolverle el favor.

   Sergio cayó desplomado sobre el suelo, jadeando y sudando, llevándose a ella consigo. África se colocó de lado y puso su mano sobre el estómago liso y demasiado perfecto de Sergio. Ahora que veía su cuerpo desnudo después de siete años, tenía que reconocer que era estupendo, sin un gramo de grasa. Parecía más bien una escultura de algún dios griego. Su mano acariciaba su brazo delgado de arriba abajo, tranquilizándola y adormilándola.

-¿Cuánto tiempo piensas seguir con esto, África?-preguntó besándola en la sien dulcemente.

   África lo miró lentamente, sintiéndose como una niña temerosa. Sabía a lo que se refería, pero su orgullo le ordenaba que se hiciera la tonta, ya que no quería admitir que había ido allí a acostarse con él sabiendo quién era realmente.

            -¿Desde cuándo lo sabes?-preguntó. Era inútil negarlo. Tarde o temprano tendría que decírselo.

El Chofer

He recibido algunas historias de mis lectores y las voy  a compartir porque se que a ellos les gustaría mucho compartirlo con ustedes. Aquí va un breve pero excitante relato.

                                                                       
                                                                     

Llego el verano, la mejor estación del año, la que me gusta.
 Y después de estudiar todo el año, decidí tomarme unas merecidas vacaciones.
Había pensado en irme sola a las montañas, por pocos días, solo una semana. Una experiencia diferente que se convertiría sin dudas en un viaje placentero para mí.
Compre un pasaje en autobús, no tenía prisa así que al emprender el viaje todo iba tranquilo era un itinerario de casi 15 horas.
 Me ubique en la parte de abajo del colectivo, que estaba vacío, todos los pasajeros se ubicaron en la parte de arriba...mejor para mi pensé. Horas después de ir viajando se acerca por las escaleras que divide la cabina del colectivo con el pasaje, un hombre y… que hombre pensé al verlo.  
Quede impactada. Vestía traje con corbata y una camisa amarilla, era su uniforme de chofer, tenía una piel blanca que me dejo boquiabierta. Me miro, y dijo:
 - ¿hola como estas? -yo sin pensarlo le respondí - hola todo bien! - no sabía que mas decir, y se sonrió, unos dientes blancos brotaron de esa boca preciosa. Era lindísimo no puede evitar imaginarme besarlo.
No dude un segundo en mandar mensajes a mis amigas contándoles del chofer tan sexy que me había tocado...rogaba que volviese y me hablara porque yo no tendría valor de ir y acercarme a entablar una conversación con él.
El tiempo paso, ya se hizo de noche, había transcurrido más de 4 horas de aquel saludo, cuando vuelvo a ver acercarse a ese hombre, -claro! lo había olvidado, era la hora de la cena...bendita cena, la cual me acerco mas a él. Me volvió a hablar
 -como va el viaje – dijo  y aproveche para hacerle saber que era un poco largo para estar sola y sin dudarlo me respondió -yo no tendría problemas en hacerte compañía- sí mi corazón parecía salirme del pecho de la emoción, a lo que respondí - me encantaría! 
Teníamos hasta el amanecer y toda esa parte de abajo del colectivo para nosotros dos, mi imaginación volaba.
Empezamos a hablar me contó que estaba en pareja hace 10 años y que tenia 3 hijos, cuando dijo eso no pude evitar que me invadiera una desilusión , pero no me daría por vencida , ese hombre me gustaba mucho y si no aprovechaba esa oportunidad tal vez no lo volvería a ver. 
Seguimos hablando y las miradas se tornaron más intensas, el deseo era mutuo, no sé como paso, pero en un instante lo tenía cerca mío besándome!...me olvide de todo, por una vez iba a dejar de lado la formalidad para vivir una experiencia nueva...los besos eran más intensos, que rico besaba ese hombre, su lengua era mágica, me besaba el cuello mientras con su mano acariciaba mis piernas, yo me derretía pero no me quede atrás, empecé a acariciar su espalda, su cabello y mutuamente nos empezamos a quitar la ropa, quedamos como dios nos trajo al mundo....
Los besos eran interminables, su lengua empezó a recorrer mi cuerpo, bajo por mis pechos, mi vientre y luego a mi vagina -si sentía morir de placer!  su lengua adentro mío, él disfrutaba chuparme toda, haciéndome  estremecer...era mi turno, quería probar su pene, se acostó en los asientos, eran grandes....y fui pasando mi lengua desde el cuello sin dejar partes por recorrer hasta llegar a su miembro que estaba bien duro lo lamí desde el tronco hasta el glande, jugando con mi lengua una y otra vez, fui por sus testículos, el gozaba de placer, volví a recorrer todo el largo de su pene y lo introducir en mi boca hasta la garganta,-sabia muy rico- lo metía y sacaba y con mis labios lo succionaba, yo ya no aguantaba más quería que me cogiera y se lo pedí, sin dudarlo me acostó y se subió arriba mío y de un solo golpe me penetro, grite de placer y empezó a moverse, se movía tan bien que no quería que terminara nunca, entre besos y caricias me subí arriba suyo, tenía el control! 
Con mi mano agarre su pene y lo acerque a mi húmeda vagina que bien se sentía ese trozo de carne, de apoco lo introducir adentro mío y empecé a moverme, metía y sacaba , estábamos súper calientes, estaba por llegar el momento de los dos , cuando me puso de cuatro tomo mi cintura, bajo mi espalda y yo eleve mis glúteos para sentirlo mejor, y empezó a penetrarme nuevamente sin parar una y otra vez, cada vez más fuerte, sentía como sus huevos chocaban contra mi vagina, sí que placer!!!  
Sentí un fuego correr por mi cuerpo, era un orgasmo más que me dejo esta vez agotada y luego sentí como su semen salía con fuerza de su pene y explotaba en mi interior...fue hermoso quedamos rendidos...linda experiencia, de ahora en mas cada vez que viajo elijo a mi chofer preferido para tener un viaje de placer...