Sangre fresca


 Yo creí que el matrimonio era para toda la vida y ese era mi sueño.  
Por eso  me casé joven con el hombre que imagine era lo más maravilloso que me podía haber tocado. 
Tuvimos dos hijos, una hermosa casa y un buen pasar económico.

 Yo me dedique al hogar y tratar de ser una buena esposa, aunque a veces pensaba, que solo era un adorno en la vida de mi esposo.

 El pasaba mucho tiempo viajando y mientras yo me dedicada a la familia.
 Ellos eran todo para mí.

Hasta que nuestros hijos crecieron y se fueron a la universidad.
Nos quedamos solos y un día, mi marido me dijo:

     - Quiero sepárame.

 Nunca había sido un hombre muy cariñoso conmigo pero en los últimos años prácticamente ya no teníamos intimidad. 
Pude llegar a sospechar que tenía a alguien más en su vida y me había dejado de lado porque ya no me deseaba. Pero evite ese tema creyendo que un día eso cambiaría.

 Ahora todo mi mundo desaparecía y me quedaba sola a los cuarenta. Me sentí desolada sin saber cómo iba a seguir.
 Una de mis mejores amigas de la infancia vino a visitarme y quedarse unos días conmigo.

 - Vine  apoyarte amiga, quien más que yo que tengo experiencia en esto para darte unos consejos. – dijo

 Volver a verla trajo a mi vida un aire fresco en esos días. Recordamos las adolescentes que fuimos, los años en la escuela, los días de bailes y nuestros primeros romances. Ella llevaba dos divorcios y estaba espléndida, nadie le daría la edad que tenía, parecía diez años menos.

 - Querida amiga, tienes que volver a sentirte viva que es lo que has dejado de hacer todos estos años con un marido que solo se ha ocupado de él. ¡Mírate a espejo! eres una mujer linda y sexy. 

 - No creo que sea así - dije –  soy una mujer madura  y los tipos de mi edad buscan mujeres jóvenes.

- ¿Y tú qué crees… que yo busco señores mayores o de mi edad? ¡Dios me libre!!!!
No cariño, para ellos están las chicas jóvenes que buscan un buen pasar económico. Nosotras necesitamos sangre fresca solo para estimular el placer de nuestras almas,.. Si lo demás ya lo tenemos.

 Sonaban frívolas sus palabras, pero tenía razón.

Mi alma necesitaba volver a sentirse amada y deseada nuevamente, habían pasado muchos años de rutina y letargo.

- Es hora que despiertes  - dijo mi amiga - vamos al centro comercial, tienes que renovar tu guardarropa y cambiar el look es lo primero que sirve en estos casos.
¡Ropa nueva para vida nueva! Y también vamos a mi estilista, que nada mejor que un nuevo corte de cabello y peinado para verse mejor!

 Ella conocía todo lo que tuviera que ver con la moda y yo decidí  cambiar mi estilo tan sobrio de vestir.
 Es verdad la mayoría de las mujeres recurrimos a la peluquería como terapia y en este caso diré que para mi sorpresa, cuando me mire al espejo pensé que era otra.
Me había quitado unos cuantos años de encima y en solo un par de horas. Me sentí feliz y para festejar mi nuevo estado fuimos a cenar a un restaurante cercano a casa.

 Me puse un vestido negro que me hacía ver fabulosa, será por eso que cuando entramos al lugar,  había tres jóvenes hombres sentados en una de las mesas cercana a la puerta que clavaron sus ojos en nosotras apenas cruzamos el umbral.
No quitaron sus miradas hasta que nos terminaron ubicando frente a ellos tan cerca que pude escuchar sus conversaciones. Mi amiga no perdió un minuto al ver las miradas de ellos sobre nosotras y los saludo como para entablar un dialogo. Uno de ellos se levantó y se acercó.

 - Buenas noches… ¿Creo que nos conocemos? – le dijo a mi amiga.

- Si cariño. Eres Francisco… el guapo de la sucursal del banco donde se ir.

 - ¡Claro! Veo que me reconoce. Pero qué casualidad encontrarla por aquí…  y en la noche tan cerca de mi casa.

 - Sí. Casualidad. Mi amiga aquí también vive cerca. Y estoy pasando unos días con ella.

 - Podemos acompañarlas a cenar. – Dijo - Yo estoy con dos amigos que no son de la ciudad y sería muy agradable contar con la compañía de ustedes si no es molestia.

 - ¡Perfecto. Nada mejor que cenar con guapos caballeros! – dijo mi amiga.
 Yo pensé que estaba loca. Sentarnos con desconocidos. Me miro como adivinado mis pensamientos y me dijo:

 - ¡Sangre fresca amiga! Y no mires con esa cara de susto. Son hombres y es lo que necesitas tener a tu lado ahora – y se rió como si eso le diera placer de solo pensarlo.

 Mi amiga pidió champagne para tomar, yo no estaba acostumbrada a beber, así que rápidamente comencé a sentirme relajada ante la situación. Ellos se ubicaron en la mesa con nosotras, se presentaron y enseguida la charla se hizo amena.

Eran hombres guapos y varoniles, tendrían unos treinta años los tres, así que la cena fue distendida. Cuando me di cuenta mi amiga estaba muy entusiasmada seduciendo al joven del banco y los otros dos no hacían otra cosa de alabarme tratando de llamar mi atención. Me sentía acalorada ante la situación.
Nunca había tenido tantas atenciones. Cuando uno de ellos llevo su mano a mi rodilla y comenzó acariciarla con discreción. Hacía tanto tiempo que no sentía ese cosquilleo entre mis muslos que por un momento comencé a perder mis sentidos.
 Mi amiga que estaba hábil frente a estas situaciones, se dio cuenta al ver la expresión de mi rostro, por lo cual me pidió que la acompañe al lavado un minuto. Le comente lo que había sucedido.

 - Disfruta del momento- dijo- Date un permitido. Déjate llevar por ellos y lo vas a pasar genial. Yo me iré con Francisco. Me gusta y no voy a perder la oportunidad de pasar una noche intensa con él.

Sus palabras me tranquilizaron, tenía razón debía disfrutar de lo que estaba pasando y me estaba gustando mucho ver a esos hombres llenarme de atenciones. 

 Cuando volvimos a la mesa, recordé las palabras de mi amiga y al ver a esos  hombres recorrer mi anatomía con sus miradas me sentí sofocada. Había lujuria en sus ojos.
 Salimos los cinco del restaurante y mi amiga se fue con Francisco.

 Yo quede con ellos que se ofrecieron acompañarme hasta mi casa. 
Cuando llegamos a la puerta, Carlos  dijo si los invitaba a pasar. Me sorprendieron, yo estaba animada y me excitaba muchísimo la idea de estar con ellos dos.
Los invite a pasar y a tomar una copa más.  Después de servir los tragos, Carlos me pidió que  me sentara entre ellos dos.

Se acercó a mí  y casi susurrándome al oído comenzó a besar mi cuello, mientras Andrés metía con suavidad sus dedos por el escote de mi vestido acariciando mis senos.

- Eres hermosa – dijo Carlos – y desde que te vimos entrar en el restaurante hemos deseado  follaste los dos. ¿Y ahora te dejaras verdad? …Dime que sí.

 Sus palabras fueron  un detonante en mi cerebro que hizo volar mi imaginación. 

 Yo no podía pronunciar palabra. Solo podía gemir  ante los besos  y el otro comenzó a besar mis senos, mientras puso mi mano a sobar su miembro que palpitaba entre mis dedos.  Lentamente comenzaron a quitar mi ropa explorando mi cuerpo con sus manos, hasta dejarme solo con la braga puesta. 

La sala se convirtió en un antro de lujuria, que dejo paso a una orgía de besos y caricias que me dejaban extasiada. Además tenía  frente a mí  la imagen de dos hermosos hombres desnudos en la plenitud de la virilidad.
 Mi boca ansiosa fue en busca de las mieles del placer que se ofrecían como objetos de mis deseos para llenarme de lascivia.
Nuestros cuerpos comenzaron a  entrelazarse en un intenso frenesí que nos llevó al borde del éxtasis. 
Cuanto tiempo hacia que yo no me sentía tan deseada y complacida como en ese momento.
 Había olvidado de como vibraba mi alma con los besos... y ahora me encontraba en el máximo apogeo.
 Estaban disponibles para mí... dos bocas, cuatro manos, dos miembros y solo para mi satisfacción.
 Me deje llevar por el calor envolvente de sus cuerpos y recibiéndolos dentro de mí una y otra vez en una embestida casi inesperada que me hacía  querer más y más  de cada uno.
Me volví Insaciable ante tan intenso arrebato.

Estaba liberada ante tanto desborde de placer  que me anime a pedir más. 
Quise probar todas las posiciones que no se me ocurrieran y ellos eran hábiles para arrancar mis gemidos como pétalos de una flor.
 Andrés comenzó a obsequiarme exquisitos besos negros, que fueron  preparando mi esfínter casi virginal  que se fue abriendo ante la humedad de su lengua y me  encendió hasta el punto de pedirle que me hiciera suya de una vez.

Las sensaciones que estaba teniendo no las  había experimentado nunca antes y  me estaba mareando ante tanta oleada de placer. 

 - Quiero tenerlos a los dos dentro de mí. - dije- tomando el control de la situación y montando sobre Carlos.

Él me ofreció nuevamente su pedazo viril  que se abrió paso entre la humedad de mi sexo, ansioso por tener una nueva oleada placentera que me hiciera vibrar.

-         - Te gusta así… ¿suavemente? – dijo – cuando yo comencé a mecerme tratando de acomodar me sobre su cuerpo
-         ¿O así? – dijo dándome una tremenda estocada que me hizo gritar al sentirlo todo dentro de mí.

Lo abrace fuertemente comenzando a movernos mientras su amigo poso sus manos en mis nalgas y comenzó a empujar su miembro, que se fue abriendo paso en mis entrañas en una mezcla intensa de dolor y placer que hizo que yo aumentara mis movimientos hasta sentir que mi cuerpo era uno con ellos.

El peso de su cuerpo comenzó a darme tremenda faena, que nos envolvió en sudor y lágrimas de placer  hasta dejarme  al borde del delirio más de una vez.
Me encantaba la forma que tenía cada uno de tocar, de tratarme, me sentí inmensamente complacida ante tanto energía que recibí. Termine por aferrar me a sus cuerpos con intensidad al sentirlos como se venían y me llenaban con sus espasmos hasta que el  sosiego termino  de apoderarse de nuestras almas.

Debo decir que desde aquella noche deje muchos prejuicios y esos hombres me dieron lo que necesitaba… y como decía mi amiga hacía bien una dosis de sangre fresca para mantener la juventud. 

Relato nº 22: La seducción de mi tía Irene.

Los partes meteorológicos ya venían avisando que aquella noche habría tormenta. Pero no. Lo que hubo fue «la madre de todas las tormentas», un aguacero torrencial furioso y  violento de granizos gordos y vientos silbantes. La casona-chalet de mis tíos parecía zozobrar con el rugir de los truenos y los cristales de las ventanas amenazaban con saltar por los aires.
Mientras contemplaba aquel empute del cielo me vino a la cabeza una idea sibilina e ingeniosa, un plan que debía llevar a cabo esa misma noche porque coincidía favorablemente que tito Anthony se encontraba en Inglaterra (asuntos laborales), mi prima Teresa hacía que estudiaba en Polonia (beca Erasmus) y a Luz, la criada, la habían ingresado en un hospital (apendicitis aguda). Así que subí decidido a su habitación y llamé a la puerta. Ella ya se había acostado, pero no dormía:

— ¿Se puede pasar, tita?

—Pasa, mi niño, pasa…

Entré simulando estar acojonado e histérico; caminaba de un lado a otro mordiéndome las uñas y tembliqueando. Tita Irene —la hermana de mi madre— dejó el libro que leía sobre la mesilla de noche y me preguntó que qué me pasaba. Estaba hermosa con su camisón de dormir verde pálido. Era, es, una cincuenta y pocos años de carnes todavía lozanas, guapilla, ni flaca ni gorda, ni alta ni baja, buen culo, grandes tetas. Me ponía que siguiera viéndome como «su» niño.

— ¿No oye usted esos truenos tan espantosos? En este pueblo suyo no llueve, diluvia...

— ¡Que exagerado eres, David! ¿Acaso sigues sufriendo aquel miedo tan grande a las tormentas que tenías de pequeño?

—Estuve en tratamiento con un sicólogo y creía que ya lo tenía superado, pero ahora, aquí, me ha reaparecido. Es horrible.

— ¿Y no te da vergüenza? ¡Ya tienes dieciocho años!

En realidad había cumplido los diecinueve, medía 1.83, estudiaba segundo de Ingeniería y pasaba una temporada en la casona-chalet de mis tíos para preparar varios exámenes finales lejos de las novietas y del delirium tremens urbano... Yo ya había disfrutado de alguna experiencia satisfactoria con cierta divorciada madura ni la mitad de buenorra que mi tía.
—Claro que siento vergüenza, tita, pero es algo superior a mis fuerzas, algo que no puedo evitar,  una enfermedad.

Siempre cándida, tita Irene se estaba tragando la bola de cabo a rabo, como también se creyó que yo llevaba varios días sin pegar ojo debido al estrés de los exámenes y que mi cabeza «explotaría» si pasaba otra noche más en vela. Obviamente todas esas mentiras eran las claves de mi plan, pero que nadie se llame a engaño: ni miedo a las tormentas, ni noches sin dormir, ni enfermedad, ni sicólogo, ni nada de nada.
—Tendrá que hacerme un hueco en su cama como cuando era pequeño, pues sólo así me vendrá el sueño…

Le recordé a mi tía que ella siempre fue mi ángel de la guarda, mi tabla de salvación; lo pensó durante segundos que se me hicieron eternos, me miró de pies a cabeza, sonrió sarcástica, y me habló en tono altanero, convencida de que controlaba la situación:

—Vale… Duerme conmigo si quieres, pero te acuestas vestido y con esa misma ropa que llevas puesta.

— ¡¿Queeeeé?! ¿A santo de qué viene esto, tita?

—Entiéndelo, David… Eres mi sobrino, sí, pero ya estás muy crecidito y yo soy una mujer casada y madre... Mejor te acuestas vestidito ¿okey?

Huelga decir que acepté sus condiciones y que acabé metiéndome en la cama con camiseta y pantalón vaquero. Al hacerlo alcancé a ver de reojo que tita Irene no llevaba exactamente un camisón de dormir, sino más bien un blusón ancho, vaporoso, que le tapaba las bragas pero no tanto sus torneados muslos. También noté que dormía sin sostén porque los pezones medio se le adivinaban por el oscurecimiento de la tela.
De entrada ambos permanecimos callados y pensativos, pero a mí enseguida se me ocurrió probar el viejo truco de dar vueltas y más vueltas sobre la cama, como si no hallara una posición cómoda para dormir, y mi tía acabó mordiendo el anzuelo…

— ¿Qué te ocurre ahora, chico? ¡Te mueves más que un barco a la deriva! Ni descansas ni me dejas descansar.

—Dormir con un pantalón vaquero que para colmo te queda estrecho es como un martirio chino. Me da que no voy a pegar ojo en toda la noche, salvo que usted permita que…

—Quítatelo, anda, quítatelo… Pero después te estás quietecito y callado para que podamos dormir, ¿me has oído?
Me bajé de la cama para sacarme el pantalón y, mientras lo hacía, tita Irene se colocó de costado dándome la espalda,  quizás para ahorrarse el apuro de tener que verme en calzoncillos. Al volver a  la cama yo también me acosté de lado con la polla apuntando a su culo. La tormenta se agravó y los truenos rugieron como nunca. Me pegué a ella y la abracé por el vientre. Así lo hacía de niño en noches de tormenta y así volvía a hacerlo once años después. Mi boca le respiraba ahora en la nuca y en el cuello. Podía hablarle bajito al oído, en susurros, y así lo hice…

—Tita, ¿no se habrá molestado por…?

— ¿Porque te hayas pegado a mí como una lapa? Me esperaba esa costumbre tuya. Hay cosas que no cambian.

—Ocurre que yo necesito…

—Sí, ya… necesitas sentirme cerca, sentir que te protejo ¿no?

La polla acababa de ponérseme morcillona y tenía la certeza de que cuando empalmara del todo me sería imposible disimularla.
—Temí que pensara que lo hacía a mala idea.

—No sólo no pienso así, sino que hasta agradezco tu calorcito porque soy demasiado friolera.

Después de oír esas palabras estaba más que justificado darle otro achuchón y pegarme más a su acuerpo. Ella entendió que lo hacía como medida preventiva contra su frío, pero debió notar también que mi polla se le incrustó bastante en la canaleta de las nalgas, todavía con ropas de por medio.

—Conmigo aquí le juro que usted nunca pasará frío...

—Mmmm… No sé que te diga… A veces se me congelan hasta los huesos. Esta casona es muy húmeda…

Mi erección era ya inminente. La polla me daba unos tirones que no dejaban dudas. Se me ocurrió una manera de advertírselo a mi tía para que luego no se llevara una sorpresa incómoda.
—Ya verá que esta noche no pasa ni una pizca de frío, confíe en mí, aunque le ruego que me disculpe si…

— ¿Si qué, David?

—No, nada… nada  importante… Ni sé lo que iba a decir…

— ¿De qué debo disculparte, di, de qué?

—Que no, tita, que no vale la pena… Cambiemos de tema…

— ¡No, ahora me lo dices te guste o no!
   
—Me cuesta hablar de ello… Entiéndame usted…

— ¡Que lo sueltes de una vez, puñetas!

—Pues que le ruego que me disculpe si sin querer la polla se me empalma un poquito, ya sabe, si se me pone durilla…

— ¡¿Queeeé!? ¡Soy tu tía, David!

—La naturaleza no entiende de parentescos.

—Pero si hasta soy demasiado vieja para ti.

— ¿Vieja dice? Usted está mejor que muchas de mis novietas.
Yo sabía bien qué resortes tocar. Mi tía era una narcisista aguda y le privaba que estimularan su ego, lo necesitaba incluso. También sabía que era muy tiquismiquis y que por tanto debía conducirme con delicadeza, sutilmente.

—No me adules, pillo, que te veo venir…

—Es la verdad, tita: tiene usted un cuerpazo que ya querrían algunas actrices ¡de Hollywood!

El giro que estaba tomando la conversación regocijaba a mi tía. Verse comparada ventajosamente con estrellas de cine y novietas veinteañeras era algo que la hacía flipar. Ella fingía no creerme, pero en verdad se lo creía todo al pie de la letra. 

— ¡Qué pico te gastas, bandido! ¡Eres más peligroso que una piraña en una bañera!
A estas alturas mi polla andaba encabritada, burra total. Ella tenía que estar notando en el culo su grosor y largura pese al camisón, la braga y el calzoncillo, pero ni se cabreó ni me echó de la cama. Hablaba con normalidad y, como yo, cada vez lo hacía más bajito, musitando, saboreando la charla.

— ¿Peligroso, yo? ¿Lo dice por mi labia?

—Sí, claro. Seguro que eres un encantador de mujeres. Tendrás atolondradas a un montón de niñatas.

—Si fuera un encantador de mujeres no dude que la encantaría  a usted ahora mismo.

 —Te recuerdo que soy tu tía, además de una señora casada…

Ya no ponía el grito en el cielo cuando le decía algo atrevidillo y si seguía apelando a la cantinela de que era «mi tía» o «una señora casada» lo hacía más bien como una contestación al uso, estándar, de mero trámite.
—Lo que yo veo es una mujer diez que está para mojar pan... Lo demás me parece secundario.

Se le escaparon unas risas a causa de mi desparpajo y también porque seguía ensalzándola. Mi tía parecía cada vez más relajada y más a gusto, pero a mí el calzoncillo me chinchaba bastante. Opté por fingir un ataque de tos y, con disimulo, me lo saqué en un pispás; luego volví a pegarme a ella y le reinstalé la polla, ya sin calzoncillo, a lo largo de la raja de sus nalgas. Desconozco si notó o no el truco, pero en todo caso no hizo ningún comentario.
—Bueno, David, cállate ya a ver si nos dormimos ¿eh?

—Estoy tan a gustito aquí, pegadito a usted, que prefiero no dormir para así disfrutar más del momento.
Tita Irene había cerrado los ojos para conciliar el sueño o tal vez para disimular que estaba calentándose. Ahora la veía turbadilla, confusa, y teniendo yo su cuello y su oreja tan a tiro de mi boca no pude evitar darle besos y chupaditas en el lóbulo y en la nuca. Ella encajó esos mimos de buena gana, dejándome hacer, aunque tergiversándolos astutamente:
— ¡Qué bien! Esas caricias “tiernas” me ayudarán a dormir…

Dado que fuera como fuere ya tenía su plácet, ahora me metía en la boca toda su orejita pequeña y fina, de mujer, y se la chupaba a barbecho. También la inflaba a succiones y lengüetazos en el cuello. Quería tirármela lo antes posible porque si no terminaría corriéndome fuera del coño, precoz como un quinceañero. Apuré las acciones metiéndole mano por debajo del blusón y agarrándole una teta. La sorpresa fue que ella no rechazó el magreo y sí lanzó un suspirito de aprobación. Mi trabajo de calentamiento ya daba frutos. Ahora podía amasarle sus grandes perolas a mis anchas y ponerle los pezones tan duros que parecía que fueran a estallar.
—Hummm… ¡Que rica está, tita! … Hummm… ¡Y qué culito tiene, qué delicia!...Hummm… Sus tetas son ¡de diosa!

Mis palabras sonaban en su oído narciso a música embriagadora. Mi tía ya no podía ocultar su excitación: jadeaba, movía la cabeza como loca, respiraba entrecortadamente, restregaba el culo en mi polla. Entendí que era el momento óptimo para meterle la mano por dentro de la braga y al hacerlo me vi de golpe atravesando su selva de pelos rizados sedosos. Pero no pude tocarle el coño a mi gusto porque enseguida me apartó la mano y luego lo cubrió con las suyas a modo de escudo protector…

—Es que por esas no paso, David... Mi coño es de Anthony en exclusiva... Nunca le he sido infiel...

—Sólo catarlo un poquito, tita…

—Olvídate de eso.

—No sea mala, ande…

—Ya te he permitido mucho más de lo que debería.

—Tocarle el coño un ratito, y ya me paro. Palabra…

—Si dejo que me lo toquetees, luego querrás metérmela y eso ni lo sueñes  ¿te enteras? Ni- lo- sue-ñes.

Viendo que no cedía opté por frotarle y presionarle las manos de manera que sus propias palmas frotaban y presionaban el coño y el clítoris. Era como golpear a un gladiador con su mismo escudo. El resultado de ese lance fue que mi tía se arqueaba exponiendo mejor su entrepierna y que poco a poco fuera retirando sus manos y dejando libre la zona para que mis dedos pudieran trabajar con eficacia. Estaba tan entregada que hasta me ayudó a quitarle las bragas y, ya puestos, yo también me quité los calzoncillos y la camiseta. Al caer en la cuenta de que ambos estábamos en pelota picada ella intentó un pacto amistoso…

—Dejaré que me toques por ahí, pero antes debes prometerme que no irás más allá, tú ya me entiendes…

—Le prometo que no pasará nada que usted no quiera que pase.

—Júramelo, que no me fío…

—Se lo juro una y  mil veces.

—Pues ya lo sabes, David: ni se te ocurra metérmela, ¿eh?… Me lo has prometido y me lo has jurado…

—No se preocupe, mujer… Yo sé bien lo que he jurado.
Le recoloqué otra vez la polla en la rajada de las nalgas, ahora sin telas por medio, piel fina contra piel fina, y le trabajé el chocho a consciencia, ya fuera masajeándolo, palmeándolo, restregándolo o cosquilleándole el clítoris. Mi tía entró como en un trance y no paraba de pegar el culo a mi polla como una posesa. Su coño era pura llama y ni mi mano ni mis dedos daban avío con sus ansias. Tuve que meterle hasta tres dedos para intentar sofocar su fuego uterino, pero ella quería más, mucho más, aunque se movía en un mar de contradicciones…

— ¡Ahhh! Me tienes frita, cabrón, pero a mí no me follas…

Haciendo oídos sordos a sus palabras, yo había conseguido desde atrás que mi polla se abriera sitio entre sus muslos hasta tentar los labios carnosos de su coño, aún taponado por mis dedos. Esperaba pacientemente el momento oportuno para clavársela sin tener que violentarla. Pasaba que tita Irene se hallaba alarmantemente fuera de sí, arrebatada, de jadeo en jadeo, como poseída. No tenía nada claro de qué locura podía ser capaz.
— ¡Ahhh! ¡Soy más decente de lo que crees, niñato! ¡Nunca le pondré ni un solo cuerno a mi Anthony! ¡Ahhh!  ¡Si me la metes atente a las consecuencias, gamberro! 
Aproveché un momento de tensa calma para intentar parlamentar y obtener otra vez su visto bueno:

— ¿De verdad, tita, que no me va a dejar que la folle?

 —Claro que no, y tú me juraste que así sería…

—No exactamente… Le juré que yo no se la metería si usted no quería que se la metiese, y por eso necesito su permiso…

— ¿Mi permiso? ¡Vas listo!

—Pero si usted también lo desea, mujer, ¿cree que no lo sé?

—No insistas…

—Déjeme meterle al menos la gorrita, la puntita…

— ¿Cuántas veces voy a tener que decirte que no, chiquillo?

Observé que hablaba con la voz enronquecida, ladeando la cabeza lascivamente y estampando el culo contra mi polla. Era como si  ella dijera que «no» y su cuerpo se empeñara en decir que «sí». Esa apreciación hizo que me pasara por el forro sus negativas. Arrimé bien la polla hasta donde asomaban mis dedos y, nada más sacarlos, le metí el glande a la primera, y después se le clavé entera, toda, de dos o tres golpes de cadera.

—Te dije que no me la metieras…

—Es que… no sé… le entró sin yo darme cuenta…

— ¡Sácala y no me tomes el pelo!

— ¿Acaso no le gusta tenerla dentro? ¿Cuánto tiempo hacía que no le metían una así? ¡Está hecha a la medida de su coño!

—No trates de liarme y retírala de una vez…
Tita Irene insistía en que se la sacara, pero se reacomodaba para que mi polla le entrara aún más adentro. Llegué a la conclusión de todo era un simulacro, un jueguecito, que le proporcionaba algún plus de placer o de excitación.

— ¿Sabe qué, tita? ¡Me tiene harto! Se la saco y que le den… A mí no me van a faltar mujeres…

—Bueno, no, no… no la saques… déjala ahí un ratito más.

— ¿Qué dice? ¿Qué hago? ¡Hable claro, cojones!

—Que me folles, puñetas, que me folles bien follada… ¿Por qué leches has tardado tanto en metérmela, niñato?
Ese último comentario de tita Irene terminó por encabronarme; así que la coloqué boca abajo para estar más cómodo y le follé el coño a piñón fijo, fieramente, sin darle el menor respiro. La de mi tía es una vagina succionante y caliente que me embutía la polla de maravilla. Yo me corrí copiosamente y, la verdad, no sé si ella se vino dos o tres veces. Lo que sí sé es que, sin sacársela, le eché el segundo polvo y que un ratito después le casqué el tercero. Por la mañana le di otro buen repaso antes de desayunar y más tarde me la volví a follar en la misma cocina, después del café y las galletas. Desde entonces hemos probado mil y una posturas, pero aún no he podido catarle el culo porque dice que le duele. Todo se andará. Ya se ha hecho adicta a mi polla...

Relato nº 21: Mi anciana vecina.

La historia que les voy a relatar me sucedió hará un mes y me ha impactado mucho pues no era algo que esperase aunque hubiese fantaseado con ella desde hace mucho tiempo.
Soy un chico de 30 años bastante normal. Vivo solo y mi vida sexual no es nada anormal, vamos que tengo mis escarceos pero sin nada destacable aunque tampoco ando en el dique seco, salvo alguna que otra temporada.
Resultó que por las vueltas de la vida acabé viviendo en un piso en el que tenía de vecinos a una pareja mayor que habían sido vecinos de mi familia desde que yo era pequeño. Él es un señor de 81 años bastante deteriorado por la edad, sobre todo de cabeza pues se ha vuelto bastante maniático y en ocasiones se vuelve algo pesado como le entré alguna perreta. Ella es una mujer de 73 años que tampoco se conserva del todo bien aunque en mejor estado que su marido. Es alta para la media de su edad, como 1’70, no es gorda aunque tampoco delgada, digamos que más que entrada en carnes lo que tiene son las carnes fláccidas, con arrugas y por ejemplo en sus brazos y muslos el pellejo anda algo descolgado, eso que llaman chuletones. Ciertamente de joven, por lo que he visto en fotos fue una mujer de bandera pero de aquello ahora sólo le queda la elegancia, especialmente cuando se arregla para salir a la calle.
Así que cuando comencé con mis masturbaciones en la pubertad ella fue una de mis musas, cabe destacar que por entonces, hace más de 15 años, estaba mucho mejor que ahora. De siempre tuvimos buena relación pues me conocen desde que yo era chiquito y ya la había entre las familias. Así que ahora que volvemos a ser vecinos hemos mantenido la relación y no es raro que yo vaya a su casa o ellos a la mía, para tomar café charlar y demás, especialmente con Concha pues él cada vez sale menos y no es muy alegador.
El caso es que hará un mes me pasé por su casa y me encontré sola a Concha y bastante nerviosa, al parecer por la noche Ernesto (su marido) le había entrado no sé qué manía y tuvieron una discusión que la dejó desvelada toda la noche y por la mañana volvió a la carga, así que vino un hijo de ellos y se lo llevo a pasar el día con él para que ella descansase pero Concha seguía con los nervios alterados. Así que me quedé con ella para hablar y tratar de tranquilizarla. Ella aún estaba con la bata y debajo se divisaba el camisón y aunque no parecía el momento para ello no pude evitar darme cuenta que lógicamente no llevaba el sujetador y sus pechos grandes y caídos andaban algo sueltos bajo aquellas prendas, además ambas prendas permitían ver de vez en cuando el escote algo arrugado e incluso en ocasiones el comienzo de aquellos pechos.
Tomaba yo un café y ella una tila en el salón mientras ella me contaba y se desahogaba hasta que de repente se fue derrumbando, me imagino que los nervios y el cansancio hacían mella, y comenzó a llorar, así que me acerqué a ella y la abracé para tratar de calmarla, ella se aferró a mí como un náufrago a un salvavidas y yo mantenía el abrazo acariciando su cabeza como si fuese una niña y supongo que por un cierto paternalismo le di un beso en la frente que le hizo alzar un poco la cara de mi hombro y responderme con un cariñoso beso en la mejilla seguido luego de otro leve en la boca que me sorprendió aunque quizás más a ella que escandalizada por su gesto me pedía perdón entre lágrimas diciendo, “no sé que hago”, yo le respondí que no pasaba nada, lo cual era en parte mentira pues aquello además de sorprenderme despertó mis fantasías púberes y no pude evitar responderle con otro beso en sus labios que ella no rechazó y que se prolongó mientras abríamos nuestras bocas para que nuestras lenguas se encontrasen y así jugueteamos un momento hasta que ella se frenó mirándome a los ojos y musitando, “esto no está bien, estamos locos”, yo no quería que aquello se parase entonces y le dije que no pasaba nada que era cosa del momento.
Ella me decía que le parecía que se aprovechaba de mí, de mi juventud y que además estaba casada y no podía hacer eso. Yo protesté diciendo que al contrario, que nadie se aprovechaba de nadie pues éramos adultos y me acerqué a besarla sin que ella opusiese resistencia. Tampoco me rechazó cuando comencé a tocar su cuerpo, con delicadeza, y mis manos pudieron palpar sus pechos, su espalda, sus piernas y cuando dirigía mi mano por sus muslos hacia su entrepierna ella me paró, se levantó y salió del salón, diciendo, “esto está mal, está mal”. La seguí y vi que entraba en su dormitorio mientras me decía, “deja que me cambié y luego seguimos hablando”. Así que me frené en el pasillo fuera de su cuarto pero de inmediato mi deseo me impulsó a no hacerle caso y entrar para tratar de que aquello no quedase en algún beso y nada más.
Al entrar la vi de espaldas sólo con sus grandes bragas blancas y nada más, me quedé un poco helado al verla desnuda, aun siendo por detrás, con su piel vencida, su cadera ancha, su piernas ya no firmes como debieron ser de joven, sino con el pellejo de los muslos fláccidos y arrugados y las pantorrillas con las venas y varices marcadas, todo lo contrario a lo que se pueda considerar sexy pero que a mi me motivaba un morbo especial. Ella sin darse la vuelta susurro, “por favor Juanito”, pero yo no atendí a su súplica y me acerqué a ella abrazándola a lo que ella ya dejó su poco resistencia y se dejó tocar pues mis manos abandonaban el abrazo para comenzar a magrear sus tetas que ahora podía ver perfectamente y que aún escasas de belleza me excitaban sobremanera. Besaba su cuello y su espalda mientras la sobaba y una mano mía fue bajando por su barriga hacia su braga y la dejé colar dentro de ella para acariciar su mata de pelos y dirigirme hacia su clítoris que comencé a acariciar mientras ella comenzaba a suspirar con más fuerza. Noté como se humedecía su coño mientras seguía frotando aquel clítoris y ella me decía, “¿qué me haces? ¿qué me haces?” y dejó caer una mano suya hacia atrás para buscar mi paquete acariciándolo sobre el pantalón donde debió de notar que mi polla estaba completamente dura.
Entonces la tumbe con suavidad en la cama, ella se dejaba hacer, le quité las bragas y abriendo sus piernas me dispuse a comerme su chumino, ella trató de pararme con las manos, preguntado, “¿qué vas a hacer, eso es una cochinada?”, yo no dije nada y pasé mi lengua por toda su vagina consiguiendo de ella un leve gemido de respuesta y entonces continué deleitándome con aquella añeja exquisitez. Usé mi lengua en su clítoris además de introducirla alguna vez en su orificio, también mordisqueé suavemente sus labios vaginales, lamía todos sus jugos que cada vez abundaban más y comencé a introducir mis dedos mientras mi boca seguía otorgándole placer a aquella señora que no paraba de suspirar y gemir y de repente dijo, “ah, qué me pasa, qué siento, qué es esto”, noté que su abdomen convulsionaba y supe que el orgasmo estaba llegándole, se echaba las manos a la cara y suspiraba con fuerza hasta que se calmó. Me acerqué a su cara para besarla y me confesó que no sabía que le había pasado que nunca había sentido aquello y supe entonces que ella era una de esas mujeres que nunca había tenido un orgasmo en su vida y saber que yo le había proporcionado el primero me hizo sentir un orgullo a la par que una gran excitación así que comencé a desvestirme mientras ella me miraba con cara de vergüenza.
Me coloqué sobre ella, entre sus piernas, Concha giró la cara a un lado plena de sonrojo mientras yo me disponía a penetrarla y así lo hice suavemente aunque aquel orificio estaba completamente lubricado y me permitió en seguida introducirme por completo en ella que respondió con un gemido y viró su cara hacía la mía mostrando algo de sorpresa y al comenzar yo mis movimientos ella cerró los ojos revelando placer y comenzó a abrazarse para luego, cuando yo comencé a aumentar mi ritmo y fuerza, apretar sus uñas en mi espalda sin llegar a dañarme y luego bajo sus manos a mis nalgas aferrándose a ellas y empujándolas como pidiéndome que embistiese más, cosa que hice lo que originó grandes suspiros en Concha que además ahora ya comenzaba a mover sus piernas doblándolas como para permitir una mejor penetración hasta que me abrazó con sus extremidades.
Luego yo levanté una de esas piernas colocándola sobre mi hombro provocando un gesto de dolor en ella pues su flexibilidad era escasa pero al comenzar a moverme y con la facilidad que esa postura me daba para profundizar sus suspiros se tornaron en gemidos y ahora sus ojos estaban abiertos mirándome con auténtico vicio. Volví a parar un momento y mientras lamía su pie, cosa que noté le encantó por la cara de sorpresa y gozo que puso, alcé su otra pierna y la coloqué sobre mi otro hombro y así irguiendo mi cuerpo un poco logré esa posición de penetración total que al emprender otra vez mis movimientos obtuvieron de Concha un largo gemido de placer que fue seguido de varios más hasta que uno más largo y asemejado a un llanto me informó de su segundo orgasmo.
Yo no cabía en mí de orgullo y satisfacción por todo el éxtasis con el que estaba obsequiando a Concha aunque he de reconocer que mi aguante a pesar de la sobreexcitación que tenía se debía en parte a la masturbación que me había practicado aquella misma mañana al despertarme.
La vi exhausta tendida en la cama, desnuda y bañada de sudor y mi morbo se vio incrementado así que comencé a besarle los muslos mientras le daba la vuelta y ella aun dejándose hacer mostró cierta sorpresa mientras me preguntaba, “más aún”. La puse a cuatro patas apuntando hacia el armario de su cuarto cuyo frontal era todo un inmenso espejo. Vi aquellas nalgas y su ano y comencé a lamerlos, ella suspiró y mostró estupor pero no protestó ni trató de rechazarme y cuando luego de lamerlo un rato introduje un dedo note un leve quejido de dolor y que su cara, que veía en el espejo, mostraba un cierto disgusto así que decidí que eso podía ser demasiado para la primera vez y que por tanto mejor dejarlo. Entonces me dispuse a comenzar a penetrar nuevamente su vagina y así lo hice sin pérdida de tiempo obteniendo así sus cálidos y adorables suspiros.
Noté que ahora sí estaba a punto de correrme y mi excitación era brutal, incrementada por ver su cara en el espejo y también por vernos follando como locos. Aumenté la fuerza y rapidez de mis embestidas y electrizado de deseo como estaba volví a ver ese ano y no pude evitar introducir un dedo en él que provocó un aullido en ella seguido de sus gemidos por lo que mientras golpeaba con mi polla su coño cada vez con más fuerza introduje otro dedo en su culo sacándole otro aullido, cosa que me excitaba más aún. De repente noté que mi miembro comenzaba a llenarle su chocho de semen y provocaba en ella otro orgasmo que esta vez acompaño de varios gritos especialmente cuando extraje mis dedos de su culo.
Nos dejábamos caer en la cama rendidos cuando sonó el portero electrónico y saltamos de la cama vistiéndonos apurados, sobre todo cuando ella comprobó que era su hijo y su marido que volvían. Ella se puso la bata sin el camisón y yo me vestí rápidamente. Y Mientras hablaba con su hijo en la cocina, su marido se fue a la tele, Concha preparaba café y en un momento que se giró y su bata se abrió un poco vi que por sus muslos le resbalaba un poco de mi leche, aproveché para avisarla con un gesto cuando su hijo sacaba la leche de la nevera y ella se limpió con la mano y no sabiendo que hacer se lamió la mano poniendo cara de desagrado, lo que volvió a excitarme y suscitó que cuando volví a mi casa me tuviese que masturbar nuevamente imaginándola haciéndome una mamada y tragándose mi semen.
Luego de aquello no he vuelto a verlos pues aquella misma tarde el hijo se los llevó a la casa que tienen en la playa para ver si así se relajaban y sobre todo su madre descansaba un poco. Espero que vuelvan de vacaciones a ver si nuestros contactos sexuales se tornan periódicos pues pocas veces he disfrutado tanto como con Concha y nunca ha sido nada tan morboso como con ella pues ver aquel cuerpo ajado por la edad me estimulaba a más no poder.

Relato nº 20: Amor de madre.

Tengo 20 años y vivo sólo con mi madre desde que se divorció de mi padre cuando yo tenía 15 años. Todo este tiempo hemos vivido los dos muy felices, mi madre siempre ha cuidado muy bien de mí y yo le tengo mucho cariño, ya que siempre hemos estado muy unidos.
A menudo, mi madre presume delante de sus amigas de lo guapo que es su hijo. Si estoy yo presente, me obliga a levantarme la camiseta para que enseñe mi torso. Llevo unos años yendo al gimnasio casi a diario y tengo el cuerpo bastante musculado. A ella le encanta que haga mucho ejercicio y siempre está tocándome los bíceps para comprobar lo fuertes que están.
Ella siempre ha sido muy protectora conmigo, sobretodo en lo referente a las chicas. Cuando he salido con alguna siempre se ha mostrado disconforme, criticando a la chica y diciéndome que debería buscar a alguien mejor. Pero también ha estado a mi lado cuando he pasado por malos momentos debido a rupturas y malentendidos con chicas.
Yo nunca me había fijado en mi madre como en una mujer más. En los años que lleva divorciada nunca ha vuelto a tener otra pareja. Supongo que habrá tenido relaciones esporádicas con hombres, pero yo nunca he sido consciente de ello. Mi percepción de mi madre cambió el día en que entré en su habitación cuando ella no estaba y encontré un consolador. No me lo podía creer. Mi madre, que siempre me había parecido una santa, tenía necesidades sexuales como cualquier otra mujer.
Desde aquel día empecé a fijarme en mi madre de otra manera. Ella tiene 46 años y se conserva bastante bien. No esta delgada pero tampoco esta rellenita, tiene las curvas propias de una mujer de su edad, con unas caderas anchas y unos pechos grandes y un poco caídos. No podía dejar de admirar su cuerpo cuando ella no se daba cuenta y fantaseaba con ella desnuda. El día que estuve hurgando en su habitación también puede ver toda su colección de lencería. Era más sexy de lo que me podía imaginar. Tenía multitud de tangas, ligueros y sujetadores y bragas transparentes. Desde entonces me obsesionaba la idea de poder ver un poco de su sujetador a través de su escote o el tanga por encima de su falda.
Cuando ocurrió lo que os quiero relatar yo llevaba unos 6 meses sin tener relaciones con ninguna chica. Para compensarlo, mataba las noches masturbándome viendo películas porno. Aprovechaba cuándo mi madre se iba a dormir para desnudarme en el sofá del salón y pajearme tranquilamente.
Aquella noche puse una de mis películas favoritas. No tardé mucho en excitarme y rápidamente me quité toda la ropa y la tiré al suelo. Me senté en el sillón y empecé a tocarme la polla, que ya estaba completamente empinada. Llevaba unos cinco minutos pajeandome ante el televisor cuando de pronto oí una voz que venía de detrás de mí.
"¿Se puede saber que estás haciendo?"
Era mi madre. Debía de haber hecho demasiado ruido con mis gemidos o debía tener la tele demasiado alta y mi madre se había despertado. Un sudor frío me recorrió la espalda, intenté taparme pero no tenía nada cerca y sólo acerté a taparme el pene con las manos. Mi madre se acercó y se sentó junto a mí. Llevaba puesto un camisón transparente y debajo una braguita muy pequeña.
"Eres un guarro hijo, ¿tú te crees que es normal lo que estás haciendo?"
"Lo siento mamá" dije yo, muerto de vergüenza.
Mi madre parecía muy enfadada, pero al ver que yo me sentía tan avergonzado por la situación empezó a cambiar su actitud hacia mi. Se acercó un poco más y empezó a acariciarme la cabeza.
"No te preocupes hijo, esto es algo normal. Además ya sé que llevas un tiempo sin tener relaciones sexuales con ninguna chica. Es normal que necesites desahogarte de vez en cuando"
Sus palabras me tranquilizaron un poco. Miré a mi madre que me estaba mirando fijamente a los ojos. Tenía la misma mirada de orgullo hacia su hijo de siempre. En ese momento me volví a fijar en su camisón. La tela transparentaba y podía ver sus pechos y unos grandes pezones marrones. Mi madre seguía acariciándome el pelo. Entonces con la otra mano empezó a acariciarme el pecho.
"Hay que ver mi hijo lo fuerte que está. Me gusta como te queda todo el cuerpo depilado hijo mío, estas muy guapo. No entiendo como no tienes novia, cualquier chica se volvería loca por un chico tan guapo cómo tú".
Aquellas palabras me hicieron gracia y ayudaron a aliviar un poco más la tensión del momento. Aunque no podía olvidar que seguía desnudo delante de mi madre. Ella seguía acariciando mi pecho, cada vez con más intensidad. Su mano fue bajando hasta tocar las mías, que seguían cubriendo mi miembro.
"No te veía desnudo desde que eras un niño. Ya debes estar hecho todo un hombre. A ver déjame ver, también te depilas los pelos de ahí abajo?".
"Si" dije yo.
Aparté mis manos para que mi madre pudiese verlo. Debido al susto de antes, mi pene estaba flácido y caído entre mis piernas. Mi madre lo miró y lo cogió con su mano.
"Mamá, pero que estas haciendo?" dije con evidente sorpresa.
"No te puedo dejar así hijo, por mi culpa no has podido acabar la paja que te estabas haciendo" respondió mientras empezaba a subir y bajar la mano.
No me lo podía creer, mi propia madre me estaba masturbando. Al principio tuve una sensación muy rara, pero debido al grado de excitación que tenía y al movimiento que hacía mi madre, el pene se me puso duro otra vez. Estaba empezando a sentir placer por la paja que me estaba haciendo mi madre.
Ella seguía pajeandome lentamente, subía y bajaba su mano con suavidad pero agarrándome fuertemente el pito a la vez. Me incliné hacía atrás y cerré los ojos disfrutando del momento, olvidando que era mi madre la que me estaba masturbando. En ese momento tenía la polla en su máximo extensor que eran casi 22 centímetros y soltando gran cantidad de líquido preseminal.
"Hay que ver que polla tiene mi hijo" dijo acelerando un poco el ritmo de su mano.
Yo seguía gimiendo con los ojos cerrados inmerso en una gran sensación de placer. Mi madre me animaba y sonreía satisfecha mientras movía su mano cada vez más rápido. Me acariciaba el pelo y me susurraba al oído lo guapo y lo machote que era y me animaba a disfrutar la situación. Se sentía feliz por poder satisfacer a su hijo una vez más, aunque fuese de una forma distinta a la que podía hacer cualquier madre.
Ya llevábamos casi cinco minutos con la paja cuando mi madre dijo:
"Hay que ver que aguante tienes hijo. Si que tardas en correrte. Que machote que es mi hijo, seguro que vuelve locas a todas las chicas con esta polla que tiene" repetía sin apartar la mirada de mi rabo. Tenía una gran sonrisa en su cara y los ojos le brillaban.
Iba acelerando el ritmo de su mano cada vez más, pero yo me aguantaba todo lo que podía para no correrme. Quería disfrutar de ese momento increíble el máximo de tiempo. Entonces mi madre bajó la cabeza y se metió mi polla en su boca mientras seguía aguantándola con una mano. Empezó a subir y bajar su cabeza, tragándose mi verga cada vez más hasta el fondo, succionándola fuertemente y jugueteando con su lengua en mi capullo.
"Mamá… pero que haces?" dije ahogando mis palabras en un largo gemido de gusto. Quería decirle que parara, que eso que estaba haciendo no era lo correcto. Una madre y un hijo no deberían estar haciendo eso, pero era tal el placer que me estaba proporcionando la boca de mi madre que no pude soltar palabra. Sólo pude gemir.
Siguió chupándomela un buen rato. Sus gruesos y húmedos labios abrazaban suavemente mi polla. Con la otra mano acariciaba mis huevos con sumo cuidado, sin querer hacerme daño.
"Te gusta como lo hago hijo?" dijo mi madre separándose de mi miembro.
"Si mucho, mamá, lo haces muy bien" contesté yo con la respiración entrecortada.
Mi madre seguía agarrándome la polla con su mano, sin parar de moverla para que no bajara la erección. Le halagaba que yo estuviese disfrutando tanto con lo que me estaba haciendo y su cara reflejaba perfectamente su satisfacción. Me dio un beso en la mejilla y me dijo que me quería mucho, todo eso sin soltar mi miembro.
Entonces se levantó y se quitó el camisón, quedándose sólo con las bragas puestas. Sus tetas parecían aún más grandes, tenía los pezones completamente erectos y aunque estaban un poco caídas, en ese momento me parecieron los melones más apetecibles del mundo. Luego se quitó las bragas y por fin pude ver su coño. Tenía una impresionante mata de pelo negro y me pude dar cuenta que lo tenía bastante mojado. La mamada que me había estado haciendo la puso muy cachonda.
Sin decir nada se acercó y se puso encima de mí. Cogió mi polla con la mano y se la metió por su húmedo coño. ¡Mi madre me iba a follar! Me parecía increíble pero estaba tan cachondo que no dije nada y la dejé hacer. Empezó a mover su culo arriba y abajo, cabalgando mi erecta polla apoyándose con los brazos en mis hombros. Sus tetas me bailaban justo delante de mi cara y no pude evitar empezar a chuparlas y sobarlas con las manos. El culo de mi madre se clavaba cada vez más profundamente en mi polla, su ardiente coño se deslizaba sin parar por mi dura verga y ella gemía placenteramente. El movimiento de mi madre era lento y suave, como queriendo disfrutar de ese placer sin prisas. Yo la dejaba hacer a su ritmo, para que disfrutase de ese momento como ella más desease, apenas me movía y dejaba que mi madre disfrutara de mi verga a su antojo.
En ese momento sentí como su cuerpo se estremeció. Noté unas contracciones en su vagina y un chorro húmedo y caliente cayendo sobre mi polla. Dio unos gemidos un poco más intensos y su cuerpo se volvió a relajar. Casi sin hacer ruido, disfrutando de mi miembro a su ritmo, mi madre se acababa de correr. Le había proporcionado un orgasmo a mi querida madre.
Se levantó separándose de mí y se sentó a mi lado. Se quedó con las piernas totalmente abiertas. Tenía el coño totalmente mojado, chorreando de fluidos y con los labios todavía bien abiertos. Seguí tocándome la polla con movimientos suaves para que no me bajara la erección mientras miraba el coño húmedo y caliente de mi madre que apuntaba hacía mí. Ella me acarició el pecho y dijo:
"Venga machote, folláte a tu madre, córrete dentro de mí".
No me lo pensé dos veces. La agarré y la puse a cuatro patas en el sofá. Yo me puse de rodillas detrás de ella de modo que su enorme culo quedaba enfrente de mí. Tenía dos nalgas enormes ahí enfrente con un coño mojado y peludo en medio pidiéndome guerra. La agarré bien de su trasero y empecé a besar y lamer sus carnes. Mi madre gemía de placer pidiéndome que se la metiera ya mientras yo seguía disfrutando de su culo. Luego sin dejar de cogerla con una mano, acerqué mi polla con la otra y se la metí.
"Oh si, hijo mío, así, así, hasta el fondo…"
Su vagina estaba tan abierta y húmeda que mi miembro entraba con facilidad. Mi madre estaba ardiendo de placer pidiendo que la taladrara a fondo. Entraba y salía de dentro de ella rápido y sin descanso. La agarraba fuertemente por las nalgas en cada embestida para poder clavarla más hondo.
"Si, si, que polla tiene mi hijo, que gorda, mmmm…" gritaba de placer doblando su cabeza hacia atrás.
Me encantaba el cuerpo de mi madre moviéndose al ritmo de mis culadas. Apretaba sus carnes fuertemente para que no se me escapara ni un centímetro de ella. Sus pechos colgaban bailando a mi son, menos cuando los agarraba y apretujaba contra su cuerpo.
Nuestros movimientos eran cada vez más intensos. Yo intentaba metérsela más y más hondo aún sabiendo que era imposible mientras mi madre gemía y gritaba desesperadamente que no parara. Su cuerpo estaba fundido en el mío disfrutando al máximo de ese gozo.
Tenía los huevos a punto de estallar aunque intentaba aguantar todo lo que podía para que ese momento no acabara nunca. Mi madre estaba sin aliento, se había corrido una vez más y ahora gemía más suavemente, aunque seguía moviendo su culo al ritmo que yo marcaba, disfrutando todavía de mi verga. Apretaba su culo contra mí en cada embestida que daba yo, como queriendo disfrutar al máximo de cada centímetro de mi polla. En ese momento empecé a notar que estaba a punto de correrme y que no podría aguantar ni un minuto más. Mi madre también lo notó y dijo:
"Venga hijo córrete ya, no hagas esperar a mamá"
"Ya voy mamá, un poquito más por favor…" contesté entre gemidos.
Entonces saqué mi polla de dentro de mi madre, la puse entre sus nalgas y las apreté para que atraparan mi miembro y seguí moviendo el culo. Tenía la polla cubierta de fluidos lo que ayudaba a que deslizara mejor entre las nalgas de mi madre. Apreté bien sus carnes en mis dos últimas embestidas y lancé una gran corrida que cubrió toda la espalda de mi madre. El grito que solté resonó por toda la casa. Todavía solté dos o tres lecherazos más tan grandes como el primero. Había sido una corrida muy intensa, mi leche cubría toda la espalda de mi madre y empezaba a caer hacia los lados de su cuerpo.
"Mmmmm, que calentita…" dijo ella levantándose.
Yo me había tirado hacía atrás tumbándome en el sofá agotado. Mi madre se acercó a mí desnuda, me dio un beso en la mejilla y dijo:
"Límpiate y vete a dormir, buenas noches hijo"
Y se fue desnuda con su ropa en la mano. Yo me quedé unos minutos más en el sofá, estaba destrozado del gran polvo que acababa de echar y asombrado por lo ocurrido. Estuve pensando unos minutos en lo que había pasado intentando despejar mi cabeza.
A la mañana siguiente mi madre me preparó el desayuno cómo cualquier otro día. No mencionó para nada lo ocurrido la noche anterior ni yo tuve valor para sacar el tema. Eso si, tenía una gran sonrisa en su cara y llevaba puesto el mismo camisón transparente… sin nada debajo.

Relato nº 19: Mi madre me ayuda a estudiar.



No es que yo fuese mal estudiante, al contrario, solo me habían quedado dos o tres asignaturas como a cualquier otro alumno. Como a muchos otros chicos de mi edad, las hormonas nos alteraban un poco y era difícil concentrarse en clase si a la chica que se sentaba delante tuyo se le asomaba un poco el tanga por encima del pantalón.
Mi rutina durante aquél verano había sido pasarme la mañana en la piscina de mi urbanización bañándome y jugando al fútbol. Por las tardes, después de comer y ver un poco la televisión, tenia que estudiar tal y como le había prometido a mi madre para sacarme las asignaturas que me quedaban pendientes.
La verdad es que lo que tenía que estudiar no era demasiado difícil, así que me podía permitir el lujo de pasarme la mayor parte del tiempo de estudio distrayendome con otras cosas. Leía cómics, jugaba con videojuegos y sobretodo, como os podréis imaginar, me masturbaba casi cada día. Ese era mi pasatiempo favorito desde que había descubierto los placeres del onanismo hacía apenas un año.
A mi padre se le habían acabado las vacaciones y se pasaba casi todo el día fuera de casa trabajando. Mi madre a esa hora estaba medio dormida en el sofá viendo la televisión y luego se ponía a hacer las tareas de la casa. Así que disponía de un buen rato para disfrutar machacandomela en mi habitación sin que nadie me molestase, ya que mi madre nunca entraría sin llamar antes.
Tenía a mano los ejemplares de Interviú que mi padre solía comprar cada semana. Yo me esperaba a que mi madre los pusiese en la bolsa donde estaban el resto de periódicos y revistas para su posterior reciclaje. Antes de ser lanzadas a la basura, me apropiaba de las revistas y las guardaba en mi habitación en un lugar seguro sin que nadie se diera cuenta.
Como muchas otras tardes aquél mes de agosto, el día de los hechos que os quiero narrar y que definitivamente cambiaron mi vida para siempre, yo ya tenía un ejemplar de Interviú sobre mi mesa. Estaba abierto justo donde se mostraban las fotografías de la famosilla televisiva de turno en estado de semi-desnudez. Yo ya estaba excitado y el bulto de mi polla se notaba debajo del bañador que aún llevaba puesto de por la mañana.
No necesitaba mucho más para excitarme. Ya venía bastante caliente después de haber pasado la mañana en la piscina contemplado las chicas y mujeres que tenía como vecinas en la urbanización. Me encantaba verlas en bikini, aunque ellas seguro que no se hubiesen mostrado así ante mi si hubiesen sabido los pensamientos lascivos que recorrían mi mente al verlas.
Con la sangre fluyendo rápidamente hacia mi pene, me dispuse a bajarme ligeramente el bañador y dejar mi miembro viril saltar libremente. Sin apartar la vista de la guarrilla de la revista, empecé a masturbarme suavemente. No llevaba apenas ni dos minutos cuando oí que llamaban a la puerta.
-Javi, ¿puedo pasar?- escuché reconociendo sin duda la voz de mi madre.
"Mierda", pensé mientras volví a subirme el bañador rápidamente y a esconder la revista entre los apuntes de la asignatura.
-Si, si, pasa mamá- le contesté intentando calmar los nervios del momento.
Inmediatamente mi madre entró y no vio otra cosa que a su querido hijo estudiando como un buen alumno aplicado.
Por aquel entonces, mi madre tenía 43 años. No la podría describir de otra manera que no fuese la de la típica cuarentona bien conservada. Le gustaba mucho el deporte y eso le había dejado un cuerpo duro y macizo. Que yo, al igual que con las otras mujeres de la piscina, había podido disfrutar contemplando.
Recuerdo sobretodo un bikini que solía ponerse. La tela era fina y de color claro y se transparentaba mucho cuando estaba mojado. Claramente podías verle sus grandes y marrones pezones y los negros y abundantes pelos de su coño. Tenía un par de tetas increíbles, grandes y bien colocadas. El vientre prácticamente plano y un culo gordo pero perfectamente tonificado por muchas horas de aerobic.
Me sorprendió verla ahí en mi habitación, ya que nunca entraba mientras yo estaba estudiando. Su aspecto era bastante menos seductor que en la piscina, ya que estaba cubierta por la bata ancha abotonada por delante que solía ponerse para estar más cómoda en casa. Su morena y ondulada melena estaba recogida con una practica coleta.
-¿Qué, como lo llevas?- dijo acercándose a la mesa. Se colocó justo a mi lado, su cara acercándose a la mía y mirando mis apuntes.
-Eh... bien, bien... - contesté yo un poco preocupado por si mi madre pudiese descubrir la revista que se ocultaba bajo mis apuntes.
-Tu no te preocupes hijo, ya verás como lo apruebas todo- dijo intentando tranquilizarme.
Mi madre siempre se había preocupado mucho por que yo fuese un buen estudiante. Aquél curso, el hecho de que yo hubiese suspendido tres a final de curso le había disgustado bastante ya que era la primera vez que debía recuperar algo en septiembre. Se había pasado todo el verano insistiendo mucho en que le dedicase las horas necesarias al estudio, aunque su tono en ese momento era más bien conciliador. Muy distinto a como me había hablado en días anteriores.
-Ven un momento, siéntate conmigo aquí en la cama. Tenemos que hablar- me pidió cogiéndome de la mano.
Me levanté y en ese momento el bulto en mi bañador era bastante evidente. Me sonrojé un poco al comprobar que mi madre se había dado cuenta e hice lo que pude para taparme con las manos. Me senté a su lado en la cama y esperé expectante a lo que me tenía que decir.
-Mira Javi, he estado pensando... bueno, es que ya tienes una edad... - parecía que le costaba encontrar las palabras - Te vas haciendo mayor, y un chico de tu edad va sintiendo cosas nuevas y bueno, empieza a tener unas necesidades que antes no tenía...
En ese momento yo no tenía ni idea de que quería decirme mi madre, y la miraba sorprendido. Ella lo volvió a intentar.
-Bueno, es que esta mañana en la piscina... me he dado cuenta de como mirabas a las mujeres en bañador. Ya te estas haciendo todo un hombre y es normal que empieces a ver a las chicas de esa manera.
-Yo, es que... bueno... no puedo evitar mirarlas, no lo hago con mala intención - intenté disculparme pensando que mi madre me estaba echando la bronca.
-No, no. Si no pasa nada porque mires. No te preocupes mi niño, ese no es el problema - contestó ella acercándose a mi y pasándome una mano por encima del hombro -. Lo que pasa es que ahora es muy importante que estudies y todas esas cosas te pueden desconcentrar.
-Bueno mamá, pues no iré más a la piscina. Me quedaré aquí estudiando.
-No, no es eso. Lo que te estoy diciendo es que tienes que aprender a descargar todos esos sentimientos que tienes cuando estás en la piscina.
Ahí si que ya me perdí y miré a los ojos a mi madre bastante confundido. Ella hizo un esfuerzo final y me habló lo más claro que me había hablado nunca.
-Javi, ¿tú sabes lo que es una paja?
Me quedé de piedra. No me podía creer que me acabase de preguntar eso. Me asusté un poco pensando que mi madre descubriría lo de las revistas Interviú y se enfadaría mucho, así que le mentí.
-No, no. No sé lo que es- dije mirando al suelo avergonzado.
Supongo que ella me creyó, y no era de extrañar ya que seguía viéndome como a un niño y estoy seguro que creía que yo no era capaz de masturbarme aún. Siempre me había sobreprotegido mucho y mi aspecto físico tampoco ayudaba que me tratase como a un adulto, ya que a pesar de tener catorce años ya, mi estatura y complexión física eran más propias de un niño.
Se quedó pensativa unos instantes y finalmente me dijo:
-Ahora mismo, a tu edad, tienes las hormonas a tope y necesitas darte un pequeño alivio de vez en cuando. Ya verás como después de hacerte una paja estarás mucho más relajado y podrás concentrarte mejor para estudiar- La lógica de mi madre era aplastante.
-A ver, ¿tú sabes como se hace una paja?- me preguntó y yo ni siquiera contesté de pura vergüenza que tenía.
-¿No?- se quedó callada por unos instantes - Bueno, yo te enseño la primera vez. Pero luego tendrás que hacerlo tu solito, ¿vale?
-Venga Javi, quítate el bañador- me pidió.
Sin rechistar la obedecí y me levanté. Dejé caer el bañador al suelo y mi verga asomó dura apuntando hacía el techo.
-Mira, si no me extraña. Como te vas a concentrar si tienes toda la sangre del cerebro ahí abajo- dijo mi madre sumamente sorprendida por el grado de erección que ya tenía mi miembro-. Ven, siéntate, que ya verás lo relajado que te quedas después.
Me senté y mi madre me ayudó a quitarme la camiseta que llevaba puesta. Luego me hizo tumbarme. Se inclinó un poco a mi lado y se quedó mirando mi polla, que palpitaba dando pequeños toques en mi estómago. No me podía creer lo que estaba a punto de hacerme, aquello parecía un sueño.
Por fin su mano agarró firmemente mi pene erecto y empezó un suave masaje masturbatorio. La sensación de su mano en mi pito era genial, era la primera vez que una mujer me tocaba ahí y aquello era gloria bendita. La paja era suave pero a un buen ritmo, como la haría toda una experta.
-La tienes muy grande y dura para tu edad- dijo con orgullo, tal vez pensando en lo mucho que podía llegar a crecer aún.
-¿Te gusta la paja Javi? Tu cierra los ojos y disfruta.
-Si mamá...- contesté con un hilo de voz.
Pero la verdad es que no podía cerrar los ojos. Ver a mi madre haciéndome una paja me ponía más cachondo aún. Sus ojos no apartaban la vista de mi miembro y su mano se movía sin descanso. Pero lo mejor era ver sus pechos bamboleándose debajo de la bata debido al movimiento de su brazo. Los primeros botones estaban desabrochados y tenia una buena vista de su canalillo. Claramente se podía apreciar que no llevaba sujetador.
No puede evitar empezar a gemir levemente, aquello me estaba encantando. Mi madre respondió acelerando un poco el ritmo lo que hizo que aún sintiese más placer.
-Me gusta mucho mami, no pares por favor- susurré gimiendo.
Mi madre sonreía satisfecha de ver a su hijo disfrutar tanto gracias a ella. Volvió a acelerar el ritmo agarrando fuertemente mi polla, seguramente a sabiendas de que no me faltaba mucho para eyacular.
El ritmo de la paja era cada vez más rápido y yo ya empezaba a sentir la tensión en mis huevos. La descarga era inminente.
-¡¡Aaaah!! ¡¡¡Aaaaaaaaaah!!!- grité cuando grandes chorros de semen salieron disparados hacia mi cuerpo.
Fue una corrida brutal. Creo que hasta ese momento nunca me había corrido con tal abundancia. Tenía el pecho y el estómago cubiertos de lefa caliente. Algunos chorros incluso habían llegado a impactar en mi madre, manchando su bata y su brazo. Ajena a ello, mi madre seguía exprimiendo mi polla hasta que logró sacar la última gota de semen. Yo estaba totalmente extasiado, cerré los ojos y pude escuchar los fuertes latidos de mi corazón.
-No te muevas, no quiero que manches la cama- dijo mi madre volviéndome a la realidad-. Voy a limpiarte esto con algo.
Se levantó y miró a su alrededor buscando un pañuelo o algo. Yo cogí mi camiseta e hice ademán de irme a limpiar con ella pero mi madre me lo impidió.
-No seas guarro Javi, con eso no. Espera.
Acto seguido metió sus manos por debajo de la bata y se empezó a bajar las bragas. Ver sus braguitas deslizándose por sus ricos muslos fue una visión sumamente erótica. Luego se acercó con su improvisado trapo y empezó a limpiarme el semen pegado a mi cuerpo. Apenas le presté atención a eso ya que no podía dejar de pensar que en ese instante mi madre estaba totalmente desnuda debajo de la bata.
-Bueno, pues esto ya está. ¿A que te has quedado relajadisimo? - yo asentí sonriendo.- Ahora vístete y ponte a estudiar. Ya verás como ahora estás mucho más concentrado. Yo me voy a duchar, estoy sudando.
Me dio un beso en la comisura de los labios y salió de mi cuarto con las bragas empapadas de semen en la mano.
Aún confundido por lo que acababa de sucederme, me levanté y me fui a sentar a la silla sin ni siquiera vestirme. No me podía quitar de la cabeza la visión de mi madre haciéndome una paja. Tan excitante había sido que mi pene seguía en estado de erección. Intenté concentrarme y ponerme a estudiar pero en mi cabeza rondaba una idea perversa.
-¡Mamá!¡Mamá! - grité para que me pudiese oír desde el baño. -¡Ven un momento!
Al minuto apareció mi madre envuelta en una toalla de baño que cubría lo justo. Se había soltado el pelo y su melena lucía preciosa.
Yo estaba ahí sentado con las piernas separadas y mi polla en alto. Al verme así mi madre sonrió, seguramente anticipándose a lo que le iba a decir.
-Mira mamá, esto todavía esta así. ¿Porqué no me haces otra paja de esas a ver si se me queda más tranquila?- dije mirando al suelo con mucha timidez.
-A ver Javi, es que no podemos pasarnos toda la tarde así. Tienes que estudiar que los exámenes son la semana que viene- se acercó y se quedó un poco pensativa mientras miraba mi verga -. Mira, vamos a hacer una cosa. Tu sigue aqui sentado estudiando que yo me quedo a tu lado haciéndote cositas, ¿vale?
Sin esperar mi respuesta se arrodilló y empezó a meneármela otra vez. Yo intenté concentrarme en los apuntes pero era imposible con semejante hembra a mis pies dándome placer. Mi madre me pajeaba con ritmo intenso y yo no podía dejar de mirarla. En un momento dado, ella miró hacia arriba y me vio ahi embelesado.
-Oye, que te he dicho que estudies- dijo sonriendo-. Tu a lo tuyo y yo a lo mío.
Siguió un poco más pero volvió a mirar hacia mi y dijo:
-Esta claro que así no vas a estudiar. Lo mejor va a ser que saques toda la leche ya y así luego sigues más tranquilo. Voy a probar una cosa, ya verás como te gusta.
Acto seguido mi madre le dio un par de sacudidas más a mi polla y se la metió en la boca. La rodeó con su lengua y bajó hasta metérsela por completo. En otras palabras, que mi madre empezó a chupármela como una auténtica puta. En ese momento sentí como una descarga eléctrica recorriendo mi espalda, y no me corrí justo al instante porque hacía menos de cinco minutos que había soltado la mayor corrida de mi vida.
Sin dejar de agarrarme la polla con su mano derecha, la cabeza de mi madre subía y bajaba recorriendo todo mi falo. Su caliente saliva ayudaba a facilitar el deslizamiento.
-¿Pero qué me haces mamá? ¿Qué me haces?-. Gemí yo totalmente sumergido en placer.
Mi madre solo respondió con gemidos y acelerando el ritmo de su mamada. Con la otra mano me agarraba los huevos. Lo más increíble era que mi madre parecía estar disfrutando casi más que yo.
Cuando ya parecía que aquello no podía mejorar mi madre separó su boca de mi verga. Me miró a los ojos sonriendo, su mirada brillaba de alegría. Mi polla, reluciente cubierta de saliva, apuntaba hacía ella más dura que nunca.
-¿Te está gustando mi niño?-. Preguntó ella, aunque la respuesta era obvia -Pero parece que ahora te está costando correrte más que antes... a ver, vamos a probar con esto.
Entonces se quitó la toalla y por primera vez pude ver a mi madre totalmente desnuda. Ahí de rodillas en el suelo frente mi, contemplé sus preciosas y enormes tetas y su rico y peludo coño. El tono rosado de su raja se distinguía claramente entre la mata de pelo negro. Sin duda estaba tan excitada como yo.
Se acercó un poco más a mi, agarró mi polla y se la puso suavemente entre sus tetas. Empezó a masturbarme haciéndome una deliciosa cubana que solo había visto hacer en películas porno. Mi polla se deslizaba fácilmente gracias a la saliva y el liquido preseminal que la cubría.
¿A que te gustan las tetas de mami? ¿A que si?-. Dijo mientras aceleraba el movimiento -Pues ahora las vas a probar...
No me lo creí cuando se levantó y acercó sus melones a mi cara. Casi por instinto, los agarré con la mano y empecé a chupar sus pezones mientras ella me apretujaba la cabeza contra ella.
-Mmmmmm siii... chúpale las tetas a mamá... me gusta... mmmmmm...
Noté como su mano acariciaba suavemente mi polla y parecía querer acercarla hacia ella. Me separé de sus tetas y me fijé en que parecía que mi madre quería meter mi pene en su coño.
-Mamá... no podemos hacer eso. Soy tu hijo.
-Mira Javi, ya va siendo hora de que te hagas un hombre. Luego me lo agradecerás.
Sin rechistar más, fue pasando la punta del glande por su rajita húmeda. Sus pelos me hacían cosquillas. Ella gemía suavemente. Lentamente fue introduciendo mi polla hasta que se acomodó dentro de su vagina. Luego empezó un lento movimiento de su culo. Mi madre me estaba follando sentada encima de mi.
Yo estaba paralizado sin saber que hacer mientras ella seguía moviéndose. Me abrazaba y gemía a mi oído. Me besó suavemente en la mejilla. Yo, increíblemente, aguantaba sin correrme aunque esa era la primera vez que estaba dentro de una mujer. Mi madre cogió mis manos y las puso en su culo. Fui consciente de lo que me estaba pasando y agarré fuerte de sus nalgas y acompañando sus movimientos le clavaba la polla lo más hondo que podía dentro de su coño.
-Mmmmmmm... así muy bien Javi... que rico... Estás aguantando como un machote...
Me dio un ligero pico en los labios y se levantó. Pero aquello no había acabado, se dio la vuelta y me ofreció su precioso culo. Con la mano me ayudó a volver a meter la polla dentro. Apoyándose con los brazos en la mesa movía su culo follándome mientras yo seguía sentado en la silla.
Aquello era increíble. Su generoso culo moviéndose encima de mi polla. Sus gemidos, cada vez más fuertes, me volvían locos. Yo la agarraba por las caderas e intentaba clavar mi polla con fuerza pero en aquella postura era difícil moverse. Decidí levantarme y reclinar a mi madre un poco más encima de mi mesa. Mi madre aceptó un poco sorprendida y así, en esa postura, empecé a bombear lo más fuerte que pude.
-¡¡¡¡Oooooh siiiii!!!! Dame así Javi... siii, que rico...- Gemía ella desesperada mientras que yo, como poseído, la follaba sin parar.
Como podía, mi madre se agarraba de la mesa. Sin querer ella iba moviendo mis apuntes del colegio hasta que en un momento dado, al mover un poco una carpeta, apareció la revista Interviú debajo. De golpe, mi madre paró y se separó de mi.
-Pero bueno Javi, ¿ qué hace esto aquí?- me preguntó enseñándome la revista. Yo estaba avergonzado y pensaba que la aventura con mi madre iba a acabar por haberla mentido antes. -Yo pensando que aún eras un niño y tu con estas cosas... ¿a que te estabas haciendo una paja cuando he entrado antes en la habitación?
Yo contesté que si con la cabeza y muerto de la vergüenza me tapaba el pene aún erecto con las manos. Mi madre me miró y se rió.
-Si no pasa nada, soy yo la tonta por haberme pensado que aún eras un niño. Pero me acabas de demostrar que ya no lo eres. Ven, vamos a terminar esto para que puedas seguir estudiando- dicho esto me agarró el pene y me dio un beso en la boca, metiéndome la lengua. -Ven, vamos a la cama- y sin soltarme la polla me guió hasta allá.
Se tumbó con las piernas abiertas ofreciéndome su coño mojado y abierto. Yo me puse encima suyo y sin esperar un segundo se la metí y empecé a follarmela. Sabía que iba a aguantar poco tiempo más antes de correrme.
-¡¡Oooooh siiiiiii... follame Javi, follame!! Que tu padre hace 3 meses que no me folla... follame Javi. ¡¡Lo necesitooo!! -gritó desesperada.
¿Como podia ser tan estúpido mi padre como para dejar sin sexo a semejante hembra caliente durante 3 meses? La verdad es que no me importaba mucho. Ahora era yo el que estaba follando con mi puta madre. Me alcé un poco con los brazos para tener mejor vista. Los pechos de mi madre se movían al ritmo de mi follada, ella estaba gozando como una loca. Ya casi estaba a punto de correrme, empecé a sentir la presión del semen subiendo por mis huevos.
-No puedo más mamá... me voy a correr ya...
-No te corras dentro Javi, sácala...
Rápidamente saqué la polla, le di un par de sacudidas y un gran chorro de semen salió escupido con fuerza. Tanta que llegó hasta la cara de mi madre. Los siguientes chorros fueron saliendo con igual de energía cayendo por todo su cuerpo mientras yo gemía de gusto. Mi madre también gimió al sentir la lefa caliente en su cuerpo.
Acto seguido caí rendido al lado de mi madre. Ella se reía por como la había dejado. No me fijé mucho, pero debía ser algo digno de ver. Mi madre completamente cubierta por la leche de su propio hijo. Se estiró hasta alcanzar la toalla que estaba en el suelo y se limpió un poco.
-Vaya corrida Javi... más que la primera vez-. Dijo mientras se tumbaba a mi lado y me cogía del brazo. -¿Te ha gustado, verdad?
Yo asentí con la cabeza y entonces nos besamos. Estuvimos morreandonos un buen rato, los dos desnudos en la cama. Pasados unos minutos mi madre se levantó, haciéndome volver a la realidad.
-Bueno, me voy a duchar. Tu ponte a estudiar.- Me dio un pico y se fue.
Yo me quedé dormido mientras escuchaba el ruido del agua en la ducha.
Una media hora después me desperté. Me vestí y salí al salón. Mi madre estaba en la cocina preparando la cena. Volví a mi cuarto y me puse a estudiar tal y como había prometido a mi madre.
Aquella fue mi primera vez, pero no la última que me follé a mi madre...

Relato nº 18: Mi prima Elisabeth, segunda parte.

Debo confesar que en ese momento pensé que iba a llegar al clímax del placer. Sin embargo, conseguí contenerme y asentir con la cabeza. 
Lentamente, se acercó hacia mí y fue arrodillándose lentamente. Me susurró: 
-Te voy a hacer la mejor mamada de tu vida.- Lo cierto es que iba a ser la primera, puesto que mi experiencia en materia de mujeres era más que nula. 
Me bajó los pantalones poco a poco y deslizó sus manos por el bulto que sobresalía de mis calzoncillos. No podía creerlo, mi prima estaba a punto de chupármela. 
La cogió entre sus cálidas y sedosas manos y, lentamente, comenzó a deslizar la piel arriba y abajo, una y otra vez, a un ritmo constante. tras un par de minutos, me dijo: 
-Primo, ¿quieres probar mi lengua?- a lo que yo respondí:
-Por supuesto, primita. 
Sin mas dilación, Elisabeth comenzó a proporcionarme el sexo oral más placentero que jamás alla tenido. Su cavidad bucal era un paraiso de la humedad y el placer carnal, solo apto para unos pocos elegidos; en aquel momento, yo. 
Notaba como mi miembro se hinchaba más y más, hasta casi explotar. Era una sensación increíble, nunca antes experimentada por mí, un inberbe e inexperto adolescente. 
Cuando sentía que estaba a punto de correrme, me dijo: 
-Tranquilo primo, que ahora viene lo mejor.- 
Sin alterar en ningún momento su cara de viciosa gatita, se incorporó y camino sensualmente hacia el sofá de sky situado al fondo del salón; aquel en el que tantas meriendas familiares habíamos celebrado durante años. 
Poquito a poco, se puso a cuatro patas, adoptando una pose solo vista por mi en las habituales webs de contenido erótico. Me dijo:
-Ha llegado el momento. Quiero sentirte dentro de mí. Quiero que me folles como a una perra. Quiero ser tuya esta noche. 
Atónito, me situé tras ella y, tomando mi miembro entre mis manos, lo sité en la abertura de su sexo. 
-No primo, por ahí no. Recuerda que no tenemos la protección adecuada.-Cierto, carecía de preservativo en aquel momento, sin embargo, ella me brindó la solución. 
-Lástima, tendrás que folalrme analmente. Que desgraciada soy, dijo con una sonrisa nunca antes vista en su rostro.-
Yo no podía más, simplemente la introduje por su ano (el cual estaba sorprendentemente lubricado) y comencé a follarmela. Poco a poco fuí incrementando el ritmo de mis embrestidas, lo cuálfue proporcional al ruido de sus gemidos de placer. Como gritaba la muy perra. Una y otra vez introducía mi polla en sumás que experimentado culo, notando el placer desconocido hasta entonces. 
Finalmente, cuando estaba  punto de correrme, se lo dije, y, con una sorprendente agilidad, se dió la vuelta y comenzo a chuparmela fuertemente. 
Ahora era yo el que gemía del gusto.
-Aghh, síiii, sigue nena, sigue y no pares. Aquí viene..
-Damelo todo, quiero que te corras en mi puta boca, joder. Ahh.-Un chorro de leche sorprendentemente chocó contra su paladar, seguido de sendos varios. Ella lo disfrutaba sobremanera, chupando más y más en busca de la última gota de mi esencia prohibida. 
Tras tragárselo todo, nos tumbamos desnudos en el sofá, jadeantes. Había sido una experiencia increíble. 
Continuará???

Relato nº 17: Mi prima Elisabeth.

Mi prima Elisabeth siempre fue bastante pervertida, la verdad.
Siempre andaba llevando ropa ajustada y, en resumidas cuentas, calentando al personal.
Como podéis observar, tenía un cuerpo de infarto, unas madedias propias de una modelo y unas tetas del tamaño perfecto, tirando a grandes.
Cierto día, tuvimos que quedarnos a solas en su casa, dado que mis tíos habían ido a hacer unas compras al centro.
Me encontraba viendo una peli cuando de repente apareció en el salón de esta guisa, y me dijo:
-Ufff primo, no tienes calor? Yo estoy ardiendo.
Yo, obviamente, me quedé de piedra. Ella era mi prima, por lo que no sabía que decir.
Sin embargo, mi entrepierna hablo por mí.
-Vaya, veo que te gusta lo que ves, primo- dijo con una sonrisa picara dibujada en su rostro.
-Eh.. no, perdona.
- No pasa nada, dijo, es normal. Mira que pedazo de tetas tengo- dijo quitándose el sujetador y dejando a al vistas unos erectos pezones rosaditos.
Continuará...