Relato nº 13: Apocalipsis, parte 4.

Las horas parecían siglos bajo el prisma de María. Siempre captó esa percepción diferente del tiempo, desde que el suceso la dejara encerrada sola en aquella casa de campo, estando su marido cortando madera en el bosque. Recordó como percibió algo de repente, no supo muy bien el qué; fue como si el mundo se diese la vuelta pero sin que se moviera nada alrededor.
No olvidará cuando vio a su marido intentar entrar en la casa, era él sin serlo. Con otra cara, otra mirada, otro semblante, otras intenciones. Tras de él varios hombres más, hombres que no conocía, hombres que deberían haber andado por allí cerca cuando todo acabó.
Después su hijo le salvó la vida. Desde ese momento todo avanzó despacio, pasaron meses que fueron como siglos. Más tarde se convirtió en la amante de su hijo, aunque el tiempo seguía detenido. Nunca jamás volvería a estar en paz consigo misma; pero eso ya le daba igual.
Desde que lo hicieron por primera vez algo volvió a cambiar en ella, como si el mundo hubiera vuelto a dar otro giro sin que nada se moviera. Desde aquel instante la sangre empezó a correrle por las venas y sentía fuego en las entrañas. Ya no podía estar sin follar con su hijo, sin ser la mujer que le diera infinito y generoso placer. Le gustaba ser su guarra, quería ser su zorra. Poseída por un instinto animal. Tal vez se perdiese el tiempo rezando, tal vez el mundo del ser humano hubiera acabado, y sin seres humanos no había Dioses ni Diablos. Solo supervivencia y miedos.
Su hijo era el macho que la protegía y ella la hembra que lo mantenía satisfecho. La presencia de otra hembra más guapa y joven lo ponía todo en peligro. Si había que luchar se lucharía, no por ser más vieja iba a ser menos mujer, y estaba dispuesta a demostrarlo; tendría que abrir bien los ojos de su hijo, y estaba decidida a hacerlo.
La mejor forma de recuperar su territorio, o al menos mantener el mismo nivel de dignidad que la joven hembra, era demostrar al macho cuanto podía darle; y hacerlo junto a Sara, para que pudiera Jaime valorar lo que tenía por madre.
Aprovechó el sueño de su hijo de la mañana siguiente para hablar con Sara.
La joven estaba cuidando el huerto, quitando malas hierbas. Esas hierbas de color pardo y marrón, con pinchos, le daban mucho miedo pues las percibía como el símil vegetal de los caminantes. Desde el suceso su número había aumentado en el huerto. A veces tenía la pesadilla de que una inmensa enredadera caminante se colaba por su habitación y la aplastaba dulcemente mientras dormía.
 El Sol estaba cerca de su punto más alto. María fue y la citó en diez minutos en la casa, cuando acabara de quitar las malezas tomateras que tenía entre manos.
Le ofreció un poco de agua y la hizo sentar en el sofá, luego se sentó en una silla frente a ella.
“Imagino que Jaime te habrá puesto al día en todo lo que venimos haciendo en esta casa desde que el mundo acabó. Te habrá contado los quehaceres diarios y me consta que te ha comunicado las nuevas rondas de vigilancia rotativa. Ya conoces nuestros excelentes suministros: comidas, ropas, armas, vehículos, gasolina, camas, etc, etc, etc….”
Sara asentía con seriedad, como una alumna aplicada ante profesora que repite una difícil lección por segunda vez para los más torpes.
“Él es un hombre fuerte y valiente. Siempre lo ha dado todo por mantenerme a salvo, ha puesto su vida en riesgo por salvaguardar la casa. Y no dudo que hará lo mismo por ti, pues te ha admitido como un miembro de pleno derecho en esta casa. Y por lo que veo tú has sabido ser agradecida, y yo como su madre que soy estoy orgullosa de él y de ti, de que sepas interpretar literalmente tan difícil situación”
Hizo una pausa, dejando que Sara fuera digiriendo todo lo que le estaba diciendo.
“Sé que sabes que yo soy la hembra de la casa, sé que conoces que soy quien le ha dado placer de aquí atrás; y deduzco de tu frialdad el que no te has extrañado de que sea su zorra siendo su madre”
“Señora yo en ningún momento he pretendido ofenderla. La noche que llegué estaba confundida, no sabía realmente quienes erais, yo….. solo quería encajar, ofrecer mi cuerpo en forma de recompensa. Ahora sé que sois buenos, ahora sé que sois legales, ¡no se puede hacer una idea de lo que he sufrido!”
“No malgastes palabrería cariño. Si algo has dejado claro es lo puta que eres, a mi no me engañas y él es menos ingenuo de lo que crees”
“Su hijo me hace sentir bien, me siento segura ofreciéndole mi cuerpo. No quisiera quitárselo, usted seguirá siendo la mujer de la casa. Yo solo quiero mi hueco donde poder colaborar y donde podernos sentir satisfechos, creo que su hijo me quiere hacer su pareja; tal vez usted vuelva a ser solo la madre. Señora María, siempre contará con mi respeto y haré todo lo que me pida en la casa.”
Sara parecía irónica, cosa que a María no le gustó lo más mínimo.
“Escucha atentamente. No pretendo arrancar a mi hijo el lujo de gozar de tu cuerpo; no se me ocurriría después de lo que ha hecho por mí. Pero yo seguiré siendo, no solo la señora de la casa, también su primera perra. Si eres capaz de adaptarte a ello podrás seguir aquí”
“Con todos mis respetos, el que siga o no aquí no es decisión suya, sino de Jaime; pero me será útil saber cuánto le incomoda y alerta mi presencia. No obstante intentaré ser digna y útil para los dos. Siempre muy agradecida del hogar que me han brindado”
María hizo una pausa solemne, dispuesta a abordar el motivo de la charla.
“Supongamos que nos desea a las dos. Hagámoselo saber, esta noche tras la cena le seduciremos las dos. Le daremos una ración de sexo que nunca olvide, que le haga sentirse el hombre más afortunado de la tierra. Ambas le necesitaremos, si está contento con las dos, ambas estaremos seguras bajo este techo. La perra de su madre y la puerca jovencita. Que nos tenga a las dos a la vez. Nos vendrá muy bien a los tres”
Sara se relamió imaginando el cuerpo voluptuoso y maduro de María por encima de su vestido.
“Si la señora lo ordena así, así será”
Sara continuó su labor en el Huerto y María fue a la cocina a preparar la cena. Mientras pelaba los tomates y reservaba una lata de sardinas, su coño humeaba chorreando, empapado.
Después de la cena Jaime les dijo que se fueran a dormir, que él estaría vigilante hasta la mañana siguiente.
Su madre le ofreció la botella de whisky. Él la cogió y Sara imploró, con voz de gatita celosa, si podía beber un trago. Él le pidió a su madre un vaso para la joven pero ella le dijo que no, que primero bebiera él, no había necesidad de ensuciar un vaso.
Sara vestía con minifalda, un antojito que tuvo en el asalto a una de las tiendas de moda joven del centro comercial. La minifalda era de color rojo, muy rojo, rojo dañino para la vista, cuyo contraste con la piel morena, unido a lo excesivamente corta que le quedaba, pues mostraba casi medio trasero, otorgaba al conjunto caderas-trasero-muslos un halo erótico jamás soñado por ningún estilista pornográfico; digno de un mundo que no era mundo. Además una discreta, aunque ceñida camiseta azul, que apenas le tapaba el ombligo y abultaba exageradamente los amplios melones.
María como solía, vestido clásico. Color crema, ceñidito de cintura, de ancha cintura todo sea dicho. Y mínimamente escotado, de sus monumentales pechos todo sea dicho, los cuales vencían momentáneamente a la gravedad por mor del sujetador.
A pesar del puterío con el que vestía la joven, a Jaime le pillo por sorpresa que se sentase sobre sus regazos y le besara con el fin de beber el whisky del trago que acababa de dar a la botella. El trasvase fue casi perfecto. Luego ella le arrebató la botella de las manos y dio dos largos tragos, seguidos de otro gran sorbo el cual depositó de vuelta a la boca de Jaime, acabando refrenado su lengua por el interior de su boca, metiéndola muy adentro.
María les miraba de pie desde la cocina, almacenando humedad, las gotas generadas en su coño ya le resbalaban piernas abajo, tan excitada y caliente que empezaba a correr el riesgo de morir por combustión espontánea.
La joven permanecía sentada sobre Jaime, bebieron un poco más, cada uno de la boca del otro. Luego ella se deshizo de la camiseta, lanzándola contra las tablas que protegían la amplia cristalera del salón.
Sus grandes peras quedaron al alcance de Jaime. Él las agarró y las lamió, su polla hacía rato que estaba preparada para la acción y conocía perfectamente de la presencia trasera de su madre. No sabía muy bien qué estaba pasando, simplemente dejaba hacer a sus gallinas.
“¡Tetona!, creo que nunca me voy a cansar de comerte las peras Sarita”
“jajajaja, mi rey, ni falta que hace, vamos mi señor cómelas enteritas”
Cuando llevaba un rato lamiéndolas, ensalivándolas en profundidad, lo levantó y lo sentó en mitad del sofá de tres plazas. Haciéndole un bailecito se deshizo de la minifalda y de las minúsculas braguitas, quedando totalmente desnuda. Luego se echó sobre él, quitándole el chaleco descubriendo su torso desnudo y musculado. Le lamió el cuello y el pecho y le hizo señas a María para que se acercara.
María llegó como una perrita obediente y se sentó al lado de Jaime. Sara sonrió y se sentó al otro lado.
“Hola mamá, qué pasa ¿qué quieres un poco de caña?”
“Ya sabes que sí, ya sabes de mi generosidad ante mi amo”.
La vio guapa, con belleza natural, aunque más teñida. Recordó su espectacular coño maduro depilado; ardía en ganas de volver a saborearlo; ya tenía a Sara desnuda ahora le quedaba su querida madre.
Se levantó y la desnudó poco a poco, María se iba moviendo por el sofá, levantando las caderas, dejándose hacer para facilitarle la labor.
No tardó en tenerlas a ambas desnudas sobre el sofá, pegadas pero sin tocarse ni mirarse. Visiblemente muy calientes, el coño de su madre brillaba encharcado, le gustó verlo así.
Las contempló un instante. Las diferencias eran enormes grosso modo. Pero entrando en los detalles su madre ganaba enteros frente a aquella chica. Los pechos eran del mismo tamaño y casi forma, es decir muy grandes; solo que los de su madre ya estaban caídos por la edad. Su coño, sin embargo, lucía mejor que el de Sara. Tenía mejor coño, las cosas como son. Un poco más grande y más bonito, totalmente depilado; se mostraba más jugoso y atractivo a simple vista; y al recordar el calor que emitía y lo confortable que estaba su polla allí dentro sintió un escalofrío de puro gusto que le recorría la espalda hasta la nuca. Por lo demás Sara ganaba en todo, más guapa, aunque su madre también lo era, un poco más alta y con el pelo mucho más bonito.
Pero eran dos mujeres por los que muchos hombres hubieran matado catar la cama cuando el mundo era mundo. Y estaban allí, desnudas ante él, dispuestas para él.
Se arrodilló ante su madre y la abrió de piernas. Ella mostró una sonrisa de plena satisfacción, de orgullo materno. Le agarró la cabeza y lo atrajo hacia su sexo.
“ven mi vida, come de mamá mi amor”
Sara miraba en silencio espeso.
El lametón primero le salió del alma, realmente llevaba días sin estar con su madre y ya añoraba lo bien cuidado que lo tenía para él, a petición de él realmente.
María se acomodó muy abierta, facilitando que la cabeza de su hijo entrase fácilmente entre sus piernas. Su cara ladeada hacia el lado opuesto al que se encontraba Sara. Gimiendo, queda y continua, sintiendo la lengua cálida. Jaime por su parte se agarraba a sus muslos para no caer en el abismo de aquella deliciosa y bien cuidada cueva.
Sara empezó a tocarse mientras miraba, pero más por el impulso de una actriz porno que recibe esa orden del director que por otra cosa; no se encontraba demasiado caliente, se tocaba porque era lo correcto en aquella situación. Sabía, no obstante, que se jugaba mucho en ese momento, si dejaba que su madre se impusiera tal vez quedase relegada a un plano residual de la convivencia. Ella se sabía guapa y atractiva, su juventud era un manantial de vida y pasión. La novia ideal para aquel chico fuerte; pero tal vez eso hubiera quedado bien en el mundo anterior. Ahora ese chico le comía el coño a su madre y fuera no cantaban los pájaros. El mundo no era el habitual. El dominio hembra había sustituido al de mujer, para bien y para mal.
Jaime ahora frotaba el coño de su madre, haciendo círculos con las yemas de los dedos índice y corazón. Miró a Sara y le dio una palmadita en su muslo mientras le dedicaba una sonrisa. La joven se arrimó a María y le besó en el cuello, luego lo lamió, deslizando la lengua como un cachorrillo por la piel de aquella mujer. María reaccionó al contacto y giró la cabeza hacia ella. Su cara trasmitía, con los ojos a medio cerrar, todo el placer otorgado en su sexo. Sacó también su lengua y Sara reaccionó buscando su boca.
Se morrearon durante un instante, luego Sara bajó y comenzó a lamerle los pechos, no sin antes tener que levantarlos de su permanente posición caída. Le costó levantarlos más de lo que hubiera jurado, el peso de aquellas grandes ubres era respetable. Manteniéndolos en alto, a la altura del cuello de María, lamió detenidamente los pezones; a la vez que Jaime daba otra tanda de lametones, bocados y lengua introducida en el coño de su mamá.
Mientras, en el exterior era noche cerrada. La luna brillaba en cuarto menguante y las estrellan tiritaban. Pocas nubes, noche buena de ¿junio?, tal vez sí, junio. La luz de las velas del salón, donde en ese momento Jaime comía el  agujero por donde salió al nacer y la guapa y atractiva Sara lamía los inmensos y caídos pechos de María, se filtraba tenue y tétrica a través de las tablas que protegían las ventanas de la que fue una amplia, elegante y cuidada cristalera con vistas. En lo alto la casa iluminada débilmente por la noche, y pariendo la distinta luz de las velas, aquella casa parecía maléfica, como sacada de un cuento de terror, como recién aparecida desde otra dimensión; sin tener nada que ver con el paisaje que la rodeaba. De hecho ni la pelada colina, en cuya cima descansaba, parecía encajar en aquel paisaje de bosques y altas montañas.
Desde la frondosidad del bosque unos ojos ensangrentados miraban la casa. El rugido continuo que emitía una boca desencajada y casi sin dientes parecía querer decir algo al aire, parecía querer comunicar algo a la casa, que la miraba distante, fría y cálida a la vez. Aquella alma perdida, con apariencia de mujer, podía haber andado en cualquier dirección, pues llegó hasta aquel punto como podría haberlo hecho a otro cualquiera. Posiblemente llevaría meses deambulando en soledad. Lo cierto es que aquella casa le atrajo desde que la vio, sus ojos quedaron clavados en ella. Poco a poco fue arrastrando sus pies colina arriba.
Jaime dejó de comer y las contempló besándose. Le gustó lo que vio. Se sentó en una silla frente al sofá y se desnudó, quedó mirando y acariciando su enorme polla.
Sara y María le miraron de reojo, captaron la idea y siguieron con el numerito. Las dos estaban también completamente desnudas, María se levantó dando la espalda momentáneamente  a su hijo. El cual se echó un poco hacia adelante para dar un azote en sus nalgas, las cuales quedaron bailando algo flácidas, como una gelatina.
“Veamos a que saben los humedales de Sarita”
Sarita obedeció a la voz de María. Se abrió mucho para dejarla entrar. María se arrodilló de forma que su trasero quedase siempre erguido en dirección a Jaime, el cual quedó a escaso medio metro de él. La posición no debía serle muy cómoda, pues tenía que arquear mucho la espalda para hacer la especie de V en el que su boca quedaba a la altura del coño de Sara y el culo bien arriba a mano de Jaime, por si se animaba que no le resultara muy difícil que agujero profanar en primer lugar.
Era la primera vez que María lamía un coño. Al principio cerró los ojos, algo alterada y sin apetencia, pero pronto descubrió cómo se abría al contacto de su lengua, como una húmeda flor al llegar la primavera. Notó la suavidad al deslizarla entre los labios y el sabor salado del interior cuando apenas la introdujo unos centímetros. Sara comenzó a gemir, eso motivó de sobremanera a María, la cual incrementó el ritmo de lamidas a la vez que llevaba su mano derecha a su sexo, tocándolo y abriéndolo para que le diera el fresquito.
Tanto el peludito coño joven como el rasurado coño maduro chorreaban de placer.
Jaime vio como su madre se abría el coño a la vez que intentaba empinar más el cuerpo para que quedase muy a la vista. Permanecía de rodillas, cada vez más metida y ensimismada en lo que le hacía a Sara, que por otro lado parecía estar disfrutando de lo lindo. Sintió que podrían reventarle los huevos de dolor, ya estaba bien de ser mero espectador de aquella maravilla, de aquel regalo del Diablo.
Se arrodilló detrás de su madre y empezó a lamerle el ojete, como un perro a una perra. Solo que esta perra estaba lamiendo el coño de otra perrita. Al sentir la humedad, meneó suavemente las caderas agradeciendo que ya estuviera ahí, y se sintió más motivada para incrementar la intensidad del trabajo que realizaba a la joven. Ahora, mientras su ano se llenaba de un juguetón calor húmedo, su lengua rebotaba en la parte visible del clítoris de la chavala, la cual pareció enloquecer, agitando su cuerpo, como poseída, de lado a lado y gritando y gimiendo y suspirando; pero manteniendo las piernas muy abiertas y quietas para que María pudiera seguir haciendo.
Le agarró las nalgas para que dejara de mecerse y así poder concentrarse en comer. El ano y el sexo de su madre le supieron exquisitos. María quedó quieta, moviendo a su vez de forma compulsiva la lengua; solo la sacaba del sexo de Sara para escupir pelos que se le enredaban en el paladar.
Se levantó y se colocó sobre su madre. Ella notó como se disponía a montarla, así que apartó momentáneamente la cabeza de entre las piernas de la joven y miró de reojo, girando un poco la cabeza hacia atrás, para deleitarse con lo que se le venía encima. Jaime se situó justo encima, flexionando las rodillas y agarrando la polla por los huevos para mantenerla firme en picado. María ronroneó como una gata, acomodándose bajo su hijo y empinó más el trasero.
Sara observaba, plácida, sin perderse detalle, desde una posición de lujo.
Se la clavó en el ano. Apretó con fuerza hasta meter un poco más de la mitad y empezó a pisarla; con sus manos abierta sobre su espalda; María tuvo que hacer fuerzas para que el empuje del macho dominante no la estampara contra el suelo.
Los gemidos desgarrados de dolor de María invadieron el exterior. La caminante se detuvo en mitad de la colina. Ladeo su cabeza observando la casa; como queriendo digerir que aquel ruido provenía de allí adentro. Su cabeza a penas tenía pelos y una de sus orejas estaba descolgada y golpeando contra el cuello a favor del viento.
Como la madre ya no le prestaba atención, pues demasiado ocupada estaba en morder el sofá mientras se desgañitaba del dolor provocado por el enorme pollón que le rompía el culo a fuertes embestidas, Sarita se levantó y se fue al lado de su salvador. Sonriendo acarició la espalda de María y separó un poco las nalgas para comprobar de primera mano cómo le entraba la polla. Jaime sudaba y se concentraba en durar, pero tuvo otra sonrisa en respuesta a la chica. Ella le besó con lengua y luego se situó detrás. Su pelvis se acopló al culo del chico, acompañando en el movimiento algo lateral y algo de arriba abajo, mientras sus manos acariciaban los músculos del pecho, dando pellizquitos en los pezones del protector. Como si ella le follara a él y el rompiera a la otra desde arriba.
Se separó un instante para ver la escena a cierta distancia. Era verdaderamente conmovedora y muy pornográfica. El hijo clavando a su madre a pollazos en el culo, cada vez más contra el suelo. Ella, por su parte, agarrada como podía contra el sofá, visiblemente muy dolorida, pero recibiéndolo de forma sumisa, manteniendo en todo momento el trasero muy arriba para facilitar la labor.
Le pareció entrañable lo que una madre estaba dispuesta a hacer por un hijo. Quiso darle algo de placer en aquel mar de dolor en el que se había visto metida.
Se arrodilló tras ella y se acercó, agachándose, hasta su sexo. El ruido de la polla rasgando la piel del culo le sonó desolador, pero ahí seguía a pesar de las súplicas de dolor que empezaba a mostrar la madre. Debido a las embestidas había cierto movimiento, pero no le fue difícil colocar sus manos en torno al sexo para abrirles los labios y meter su lengua.
El efecto de su lengua fue inmediato. Aquella mujer dejó de gritar de dolor y dejó escapar un gemidito de gusto, los flujos vaginales no tardaron en salir, siendo tragados en gran parte por Sara. Era como si, a pesar del dolor, aquella situación excitara de sobremanera a María, pues esa forma inmediata de correrse no fue para nada esperada.
Joder. Pensó Sara. Realmente le gusta ser la perra de su hijo.
Continuó comiéndoselo hasta que Jaime cesó en la clavada.
Él se sentó en el sofá, algo cansado por la incómoda posición sostenida durante unos cinco minutos. Sara se arrodilló a su lado, como una perrita dócil, respetando su cansancio. María quedó unos instantes sentada en el suelo, quejosa, dolorida. Recuperándose.
Sara agarró cuidadosamente el rabo y le sopló, le palpitaba entre los dedos. Jaime le sonrió; a cuya sonrisa ella correspondió besando cuidadosamente el capullo.
“ay mi pollita, ¿está muy dolorida después de romper el culo de la señora de la casa?”.
Sonó con desdén, iba dirigido más a María, la cual sonrió irónica mientras se mordía la lengua.
Cuando María miró, pasado un minuto, Sara ya estaba dándole una monumental mamada a su hijo. Miró frunciendo un poco el ceño, analítica, sabiendo valorar lo que aquella chica hacía a su pequeño.
El pelo moreno caía por su cara, con el rabo apretado contra su boca mientras lo masturbaba. El masturbar y meter en la boca era todo uno, a penas hacía ruido y la abarcaba entera sin arcadas. Su hijo gozaba tanto que se sintió orgullosa de él, el orgullo de una madre por ver a un hijo feliz.
Sintió una oleada de motivación. Se arrodilló junto a Sara y le frotó la espalda, llamando su atención. Ella se la sacó de su boca y la sostuvo erguida mientras la morreó. Luego se la pasó, como si fuera la botella de whisky. María la agarró risueña y la besó, dándole lametones longitudinales de abajo arriba. Luego la engulló, tratando de simular lo que le hacía Sara, pero no lograba meterla entera en la boca sin tener serias arcadas. Así que, consciente de sus limitaciones y virtudes, se dedicó a darle gusto a la altura del capullo, agitando dulcemente el capullo en torno a él, mientras su boca entraba hasta la mitad en una mamada constante, mientras la joven le lamía los huevos, metiéndolos en su boca, sintiendo la carga de semen que estaba siendo cocinado ahí dentro.
Ahora las dos la lamían a la vez, cada una pasando su lengua por un lateral, juntándose a la altura del capullo; donde se morreaban dejándolo en medio de las bocas. María la dejó hacer a la joven sola y se fue a besar a su hijo.
“¿Todo bien cariño?, ¿está mi nene a gusto?”
“Mucho, mamá, sois geniales”
“Mamá está feliz, la generosidad de las hembras al macho que las protege debe ser eterna y sin condición. Mamá nunca pone condiciones, y lo sabes cariñín”.
Jaime asintió con los labios simulando una O mientras miraba a la chica, disfrutando de lo que le hacía.
Mientras Sara seguía con la mamada su madre le lamió los pezones y deslizó su lengua por el cuello, llegando hasta chupar las orejas. Jaime notaba tocar el cielo con la yema de los dedos.
A la vez, una cabeza se retuerce por la parte trasera del ventanal de madera. Buscando mirar a través de las tablas. Observa la escena, deja ver los pocos dientes y saca la lengua, partida por la mitad. La mirada se proyecta sanguínea. El desagradable ruido constante, emitido desde algún punto indeterminado entre su pecho y cuello, podría delatarla.
Sara le masturbaba, fuerte, preparándola. María le vio las intenciones de subirse a cabalgar, era la hora de mostrar quien era la perra dominante, todo lo que hiciera era poco.
Así que sin mediar palabra apartó las manos de la joven de la polla de su hijo y se subió encima. Sara se apartó, visiblemente molesta pero sonrió al ver que Jaime le miraba. María se colocó de rodillas sobre su paquete y se incorporó algo, sus pechos quedaron delante de Jaime, bailando colgantes; lo cual aprovechó para darle varias lamidas y bocados. María la agarró y la colocó muy vertical, luego descendió, quedando engullida completamente por su depilado, dócil y tragón coño.
Se acopló inclinándose sobre él y comenzó una larga y lenta cabalgada, buscando un punto medio en el que ambos se encontraran a gusto. Sara se sentó en el sofá al lado de Jaime, a veces le besaba, otras veces daba una vuelta, acariciando los pechos de María y besando a ambos.  Pero María quería que aquello durase, intentando infantilmente que solo fuera para ella. Iba variando gemidos, para no aburrirle, pero, aunque le estaba follando bien, la cabalgada empezó a aburrir a Jaime, el cual miraba a Sara, que le hacía gestos de que se fuera con ella. Cuando la joven se colocó a cuatro patas en uno de los extremos del sofá, no se lo pensó más y apartó a su madre dándole palmadas en las nalgas.
“Ale mami, buena hembra, pero ahora un rato con ella”
María se limitó a apartarse, visiblemente vencida; con una follada mediocre no iba a conseguir nada.
Vio como Sara le recibía en una postura imperial, digna en el estilo de perra, alejada de la sumisión con la que ella recibía la polla de su hijo en cualquiera de las posturas. Ella se esforzaba en ser buena amante, y sin duda lograba conseguirlo, pero Sara lo conseguía sin esfuerzo, lo llevaba dentro con estilo. Una guarra con clase, un auténtico putón.
La joven movía el culo con elegancia, de adelante atrás y con leve contoneo lateral, recibiendo la polla en su sexo y escupiéndola enrojecida hasta casi quedar fuera entera, y vuelta a entrar otra vez. Jaime lo acompañaba con ligeros movimientos, superado por la forma de follar de aquella joven.
Sus gemidos volvían a ser tan exagerados como eróticos. No cesaba de hablar en susurros roncos y femeninos, dando ánimos a mantener la polla bien erguida, a que aguantase todo lo que pudiese. Echándose hacia adelante, cayendo su pelo moreno, torciendo la espalda de lado a lado, levantando el trasero por momentos para luego caer contra la pelvis de Jaime, haciendo desaparecer la polla dentro de su coño.
Tan sensualmente pornográfica resultaba que  María empezó a tocarse mirando, no podía resistir la excitación tan incontrolable que le llegó. Se tumbó en el suelo, a la altura de ambos, y se abrió de piernas para tocarse mirando. Su mano se refregaba con velocidad, Sara se dio cuenta de su estado y exageró los gemidos.
“Creo que nuestra perrilla vieja necesita a su hijo, fóllatela cariño, acaba dentro de ella, se siente mal, mírala”.
María sabía que había sido agredida de nuevo, había sido pisada otra vez por aquella Diosa. Pero no le importaba, los miró implorando placer, necesitaba ser follada fuerte. Así supo verlo su hijo, el cual obedeció a Sara en su humana propuesta.
Jaime se colocó entre las piernas de su madre y la taladró fuerte hasta correrse. Ella lo abrazó y lo atrajo en el momento de la corrida. Sara no se percató, pensó que ella solo fingía, pero se corrieron a la vez. Por un instante se olvidaron de Sara, la cual gozaba orgullosa de haber acabado dando una orden al macho dominante, y que este hubiera obedecido. Orgullosa de haber dejado claro, al menos eso parecía, quien era la hembra potente bajo ese techo; y quien merecía los galones de primera mujer de la casa. En un mundo acabado los galones se marcan como en el mundo animal, pensó, y una hembra de buen ver joven y sana debería poder a otra más vieja y estropeada.
La muestra de caridad ofrecida, pidiendo al macho que acabase dentro de la hembra vieja, hizo que Sara se creyese una señora con mano derecha, consciente de la realidad del que tendría que ser el palacio donde reinara a la derecha del rey.
Lo cierto es que María y Jaime se abrazaban y corrían el uno contra el otro, tocando el cielo nuevamente, sintiendo que el cuerpo de uno era la prolongación del otro; justo como antes de nacer. Sabiendo ella lo que él necesitaba. Quedaron besándose un rato, hasta que vieron a Sara, la cual continuó besándolo durante unos instantes más, antes de agarrar su polla y dejarla bien limpia a lametones.
La caminante llevaba un rato merodeando la casa. Ahora se encontraba justo ante la puerta de entrada, husmeando todo, toqueteando por la pared. Al desplazarse un poco hacia atrás tumbó una regadera metálica que Sara había olvidado guardar antes del anochecer.
El ruido metálico les llegó de improviso. Con Sara limpiando la polla a Jaime y María tumbada en el suelo a su lado, mirando el techo, pensativa y satisfecha.
Jaime se levantó como un resorte, apresuradamente se vistió recogiendo su ropa desperdigada por el suelo. Les hizo una señal de silencio, colocando el dedo índice de su mano derecha sobre sus labios. María y Sara quedaron arrinconadas, desnudas, pegadas la una contra la otra.
Atemorizadas. Dejando hacer al protector.
Jaime observó a través de la mirilla de la puerta, no había nadie pero pudo ver la regadera tirada en mitad del porche. Cogió su machete y se colocó una de las pistolas pequeñas adosada al cinturón, cargada de balas. Desde el ventanal del salón tampoco vio nada, tampoco desde la cocina; ni desde la ventana de la sala de estar.
Ordenó a las mujeres que se encerraran en el sótano. Sara pidió ayudarle pero Jaime no se lo concedió. Se encerrarían y seguirían los pasos de su orden de sótano. María las sabía de memoria, se encargaría de instruir a la joven a marchas forzadas.
A Sara no le hizo ninguna gracia la idea de recibir instrucciones de María, pero obedeció a su protector.
Cuando la infranqueable puerta de acero inoxidable del sótano quedó sellada Jaime subió las escaleras con la idea de espiar desde la zona superior, donde la vista era más completa, pues solo no podía verse la zona delantera de la casa, la cual estaba bien protegida por el ventanal del salón y desde la que no vio nada.
Primero se fue hacia la zona de atrás, que es la única a la que no se accede desde abajo. Entró en la que fue su habitación, ahora dedicada a almacén. Se asomó entre las tablas y entonces pudo verla.
Estaba quieta, mirándole o al menos esa impresión daba. Los brazos bajados y la cabeza dirigida justo a esa ventana. Tras el susto inicial Jaime pudo ver que era una caminante. De hecho podía escucharse el murmullo constante que emitía. ¿Qué hacía allí?, ¿por qué miraba fijamente a esa ventana?. 
Tras revisar todo el entorno bajó y salió cuidadosamente. Se dirigió, pistola en mano y machete en cinturón, hasta la zona de atrás, amparándose en la protección de la poca claridad otorgada por la luna a medio hacer.
Se asomó cuidadosamente y pudo verla más de cerca. Una oreja le colgaba y apenas tenía pelo. Su cara, demacrada y muy blanca, miraba fijamente a la misma ventana. Se acercó cuidadosamente. A mitad de camino ella giró la cabeza hasta que sus ojos se cruzaron.
Jaime quedó en posición de defensa, se guardó la pistola y cogió el machete. Ya la habría matado de no ser por aquella enigmática forma de mirar, primero a la ventana y luego a él.
Frunció el ceño, le resultaba familiar.
Notó como el corazón se le disparaba.
Era Clara.
El amor de su vida.
El orgullo les separó algo más de un año antes del suceso. Cuando todo acabó estaban a punto de volver, habían quedado para tomar un café y hablarlo justo al día siguiente.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquello era nuevo para él. Pues ella había ido allí a sabiendas de lo que hacía, la había descubierto mirando la ventana desde la que tantos atardeceres vieron en los mágicos y románticos días de campo, justo antes de meterse en la cama a hacer el amor.
Y ahora le miraba, no le atacaba. Notaba como ella luchaba contra sus instintos, como si quisiera reconocerle.
“Hola Clara, amor. Soy yo Jaime. ¿Me reconoces?”
Como respuesta solo quejidos y ruidos infernales. Comenzó a avanzar, arrastrando los pies en un macabro baile, hacia él. Cuando llegó a él intentó atacarle. Jaime la agarró por el cuello y la inmovilizó. Ella pataleaba y estiraba los brazos buscando alcanzarle, con la boca muy abierta y los pocos dientes que le quedaban preparados para el festín.
Jaime sintió pena. Por un instante estuvo tentado de dejarse morder, de vencerse. Con suerte se convertiría en uno de ellos y entonces no tendría que sufrir más. Tal vez Clara hubiera ido a liberarle de la prisión en la que vivía. Solo tenía que dejar de sujetarla y ya no volvería a sufrir más.
Pero había dos mujeres que dependían de él.
“Lo siento mucho, amor mío”
El machete le atravesó desde el cuello, por debajo de la boca, hasta los ojos, que saltaron como bolitas de billar. Clara cayó en el acto.
El fuego dio paso al Sol y las lágrimas se secaron con la brisa del amanecer. Jaime entró en casa y golpeó la puerta del sótano.
Solo les dijo que un caminante andaba merodeando. Uno solitario, nada de lo que temer. No obstante pidió que no se bajase tanto la guardia para la próxima vez.
Se fue a dormir. Pidió que le dejaran más tiempo de lo habitual, necesitaba descansar.
María se llevó todo el día dando órdenes a Sara.
“La casa debe estar siempre impoluta, todo tiene que estar en el orden y la pulcritud que Jaime exige. Así que si quieres seguir aquí tendrás que ponerte las pilas. Mi hijo lleva razón, nos vendrá bien tu juventud. Mientras preparo el almuerzo deberás lavar la ropa y tenderla fuera. Recuerda, con un cubo de agua tendrá que ser bastante, y usa solo media pastilla de jabón. La colada se hace una vez al mes, y hoy toca. Apuntamos los días con tiza roja en la pared de la sala de estar. Ahora también te encargarás de ello, tras cada treinta palitos rojos tocará lavar la ropa. Usa los cables de la entrada para ello; el señor los bajó del tejado en una de sus acertadas decisiones”.
Sara lo hacía todo a desgana, siempre poniendo mala cara, pero obedecía. Su cabeza no dejó de dar vueltas mientras lavaba la ropa fuera, sobre una madera forrada de cerámica, preparada por Jaime para tal uso a modo de lebrillo.
María la miraba a través de las tablas de la cocina. Se sentía poderosa ordenando a aquella chica. Se sorprendía así mima del cambio mental que estaba experimentando. Había olvidado a Dios y ahora solo necesitaba demostrar la superioridad sobre aquella chica; dejar de ser solo la hembra para ser, además, la señora de la casa. Había que adiestrar a aquella joven para su beneficio. Quería hacerla dócil y trabajadora, en cierto modo era como esculpir un regalo para su hijo. No le importaba que la joven se creyera su novia y quisiera hacerlo notar, pensaba perdonarles los desplantes sexuales de intentar hacerla servil delante de su hijo. Tenía la certeza de que ella sabía que si no la obedecía, Jaime tomaría cartas en el asunto; eso la ataba.
Sara, por su parte, admitía las órdenes. En la sesión con Jaime había dejado muy claro quién era la hembra que mandaba. Lo demás era solo cuestión de tiempo. María sería cada vez más vieja, y ella cada vez más guapa y atractiva. Jaime no tardaría mucho en darse cuenta de que la selección natural era lo que debería mandar en aquel difícil momento. Agachaba la cabeza y obedecía. Pero poco a poco iba trazando un plan, y la paciencia era importante en él.
El tiempo y el sexo jugaban a su favor.
María no podía evitar recordar el orgasmo compartido que había vuelto a tener con su hijo. Aquella zorra sería muy guapa, tendría muy buen cuerpo y sabría cómo tratar a un hombre en la cama…. Pero el cómo su hijo se corría dentro de ella nunca lo tendría, el calor de una madre, el cariño infinito, la bondad y la generosidad sin pedir nada a cambio que ella le ofrecía, jamás se lo daría la otra. Y eso era, en tiempos tan difíciles como aquellos, tan importante como sobrevivir; porque sin ello no se sobreviviría.
Sonrió complacida mientras miraba a Sara lavar la ropa con el ceño frunció. El Sexo, al fin y al cabo, jugaba a su favor.
Tras el almuerzo María sentía que podría dar un paso adelante en el dominio sobre la joven. Jaime había ordenado que lo despertaran al atardecer, y así estar toda la noche y la mañana siguiente vigilante. Aun les quedaban unas tres horas a solas.
María se sentó en el sillón de vigilar de al lado de la cristalera, con la escopeta en mano, como tantas veces había visto hacer a su hijo; pero sin la botella de whisky. Ordenó a Sara que recogiese la cena y lavase los platos y cubiertos que habían empleado.
Sentía nervios por lo que iba a pedir a la joven, algo incómodo le recorría el estómago; pero tenía que hacerlo, convenía ir marcando el terreno cuanto antes.
“Cuando acabes de recoger vendrás aquí a comerme el coño. La señora necesita relax”
Lo había soltado sin respirar, necesitaba soltarlo, había sido como arrancarse una muela. Lo hacía para sentirse superior pero lo cierto es que su sexo se humedecía por momentos.
Sara dejó de fregar y la miró extrañada.
“¿Cómo has dicho?”
“Que acabes pronto para hacerme un trabajito, antes de que mi hijo se levante”
Sara la miró mordiéndose el labio inferior enfadada y excitada. Aquella mujer madura era aprovechable todavía, en parte entendía a Jaime. Si por ella fuera se desharía de ella allí mismo, arrebatándole la escopeta de largo cañón y volándole el cráneo. Pero tenía algo que a veces la ponía como una moto. Tal vez los enormes melones que guardaba caídos bajo sus vestidos, tal vez el sexo tan cuidado y perfectamente depilado, tal vez la belleza de su rostro, que aún conservaba a pesar de la edad. Tal vez le recordaba a alguna de las mujeres con la que había fantaseado en la soledad de su habitación, buscando videos de mujeres mayores con chicas jóvenes. No fueron pocas las veces que se sorprendió fantaseando de aquel modo; y en ese momento lo recordó con ternura.
En ese momento se sintió débil. Ella siempre había sido una chica muy segura de sí misma; tenía su vida perfectamente planeada antes del secuestro. Niña de papá rico, que estudiaría derecho y se casaría con un joven guapo y rico para ser la dueña de su hogar. Siempre soñó con ir guapa y bien vestida a las fiestas en las mansiones de los amigos, pariendo hijos y estando siempre perfecta para su hombre. Pero tuvo que vivir dos sucesos, el secuestro y el fin del mundo. Se sentía dichosa de haber sido rescatada y su mentalidad no había cambiado demasiado a pesar de todo, pues aspiraba a ser la señora de esa casa. Jaime se podría considerar un hombre guapo y rico, dadas las circunstancias; a pesar de todo su sueño seguía vivo. 
Pero en el fondo era débil. Y aquella mujer lo acababa de demostrar. Con su petición había vuelto a despertar fantasmas del pasado. Siempre se sintió vulnerable cada vez que se tocaba viendo esos videos; eran actos que la hacían alejarse del modelo de mujer que perseguía. Y ahora esa realidad estalló de nuevo en su cara; la petición de María le trasladaba a la fría soledad de su lujosa habitación de adolescente.
Por eso estaba elaborando un plan, porque necesitaba sentirse segura en los pasos a seguir para el objetivo marcado. Pero en aquel momento no quería dejar de sentirse vulnerable. En aquel momento necesitaba arrodillarse entre las piernas de aquella voluptuosa mujer madura.
Se aproximó despacio con la mirada perdida. María la sintió distante, la notó diferente. Se levantó un instante para arremangar el vestido por encima de la cintura y bajarse las bragas, las cuales dejó en el suelo cuidadosamente. Luego volvió a sentarse y se abrió mucho, poniendo cada pierna en los reposabrazos del sofá, apoyadas en los gemelos.
“Vamos Sarita, ven aquí”
Solo se le veía el coño, limpio, depilado por completo. Dos labios elegantes cerrados en un nudo, y una suerte de pulpa rojiza entre ellos, brillante por la humedad. Sus piernas eran bonitas, y esperaban abiertas y en alto a la joven.
Se arrodilló ante ella. A María, la mirada perdida y excitada de la chica le resultaba tan enigmática como extraña. Pensó en dar una lección de superioridad y se encontró con un deseo en aquellos bellos ojos, diferente a todos los que jamás había podido leer en nadie.
Su lengua le pareció más pequeña cuando la sacó entre sus carnosos labios. Su mirada imploraba valoración de lealtad cuando se aproximó hacia adelante; del mismo modo que un cachorro mira a un extraño dueño que ha ido a arrancarle de los brazos de su madre. Cuando la lengua resbaló contra su sexo, a María le pareció que creció instantáneamente. Percutió impoluta entre los labios, de arriba abajo, acabando en el ano, el cual quedó humedecido, metiendo levemente la punta en él.
El primer contacto había sido monumental. Nada de salir del paso, nada de ser sumisa ante su orden. Ahora la joven hacía algo que deseaba, pues no se podría empezar así algo que le hubiese repudiado o asqueado.
María empezó a emitir gemidos leves, intentando sofocarlos para no dar a Sara pistas sobre lo que le estaba encantando su trabajito. Ahogaba los quejidos pero Sara los oía, lo que le hacía esmerarse más, por entender que le encantaba. Con su boca se amoldó a la anchura y altura del sexo, colocándola abierta de modo que todo quedase dentro;  así, su lengua, ancha por no tener que salir apenas de la boca, pudo moverse de forma ágil y constante, refregando de abajo arriba, sintiendo el sabor salado y a pis de la parte rosada, y topando con el botón de la hembra mayor. Esto enloqueció a María y sus gemidos comenzaron a no ser ahogados, dando rienda suelta al gozo, sintiendo y viviendo el momento con intensidad.
Nunca antes se lo habían comido tan bien.
Sara se apartó lo justo para dar un respiro a la mujer. Pero enseguida se colocó más encima, pudiendo introducir dos dedos, índice y corazón, de su mano derecha, muy juntos y estirados, en el sexo de la madre de Jaime. A la vez, su lengua daba vueltas en torno al clítoris. Notaba como sus dedos se empapaban de los flujos de María, provocando un alto gemido constante que acabó en varios chillidos estruendosos de placer, a la vez que cerraba las piernas colocándose ligeramente de lado; vaciando sus flujos en la cara de Sarita, cuya cabeza había quedado prisionera entre la zona baja de los muslos.
Sara se levantó, dando por hecho que su función había terminado, y se limpió la boca y cara, impregnada de flujos, con una servilleta de la cocina. Luego se sentó en el sofá y quedó en silencio.
María había ido poco a poco. Tras estar un rato dando gemiditos de gozo pasado, se fue incorporando hasta quedar en pié, donde se puso las bragas y bajó de nuevo el vestido.  Luego se hizo un moño sujetando una horquilla entre los labios, se la colocó para sostener el improvisado peinado, cogió la escopeta, se asomó entre las tablas para comprobar que todo seguía en orden y se sentó de nuevo en la butaca.
Hubo un incómodo rato de silencio. Durante ese tiempo a Sara le había dado tiempo a recuperar parte de su gallardía de candidata a señora primera de la casa. Pero se sentía algo intimidada; hizo votos internos, no obstante, de seguir adelante con su plan.
María la miró con mirada de desprecio, de abajo arriba; rompiendo el silencio.
“Esperemos no haber despertado a Jaime. No quiero ni pensar qué opinaría de que la nueva perra se dedicara a distraer a la señora de la casa en horas de vigilancia”
Sara la miró entornando los ojos, analizando lo que había dicho, no pensaba amedrentarse.
“Tal vez debiera saber que su madre es solo una puerca que necesita correrse para sentirse importante. No me extraña que algún día te sorprendamos con un caminante entre las piernas. Yo sería la primera en clavarte un machete entre las cejas”
“Querida Sarita. A mí ya me comían el coño cuando tú ni siquiera habías nacido. Ahora mismo podría dispararte con esta escopeta, cualquier cosa que le diga a Jaime le valdría, pues solo me necesita a mí”
“Cuidado con lo que dice, señora. Pues cada día que pasa es menos útil aquí, siga envejeciendo mientras se sienta joven y viva, pero las comparaciones siempre serán lamentables para ti”
“Puta”
“Vieja”
“¡Comecoños!”
“Y tú bien que lo has disfrutado”
De nuevo el silencio, miradas de odio. María analizó posibilidades de matarla de un disparo, hasta la encañonó desde su sillón. Sara no cesó de sonreír y sacar la lengua mientras lo hacía, segura de que no tendría agallas de dispararle.
“Pero María, no te engañes. No tienes porque sentirte desplazada por mí, eso es solo algo natural como la vida misma. Yo podré consolarte como acabo de hacer, vea en mí una aliada, una amiga. Necesitará alguien con quien consolarse cuando su hijo no le busque.”
“Eso jamás ocurrirá”
Sara rió enérgicamente.
“¿Nunca?, ¿en serio lo dice?, ¿usted se ha visto?, ¿Por cuánto tiempo cree que su cuerpo será mínimamente apetecible?. Yo le aseguro placer hasta el final, pero solo si usted se aparta hacia un lado y sabe admitir su sino de sirvienta de su hijo y de la dama de esta casa, es decir yo. Debe mirarlo de la forma más buena para usted. Yo seré su aliada, no su enemiga. Solo deje que la naturaleza fluya, que lo lógico ocurra, y yo me encargaré de que nunca se sienta necesitada”
María sintió deseos de entregarse, de decir que sí sin condiciones, en el fondo aquella chica la maravillaba, tal vez tanto o más que a su hijo, aunque luchaba por odiarla sabía que Sara llevaba razón. Ella cada vez sería menos útil a su hijo en aquel mundo, ¿Cuánto podría seguir así?, cuatro o cinco años a lo sumo. A los sesenta y poco solo será alguien a quien mantener sin que pudiera dar nada a cambio; ni sexo de calidad ni fuerzas para trabajar en la casa y el campo. Aquella chica le ofrecía, al fin y al cabo, algo más que razonable. Si no lo aceptaba tal vez esa oferta no llegase más adelante. La muy puta tenía las mangas llenas de ases, se sentía derrotada, pero tendría que sacar fuerzas; todavía no pensaba rendirse. No tan fácilmente.
“Eres solo una cría que se cree alguien. En esta casa había rangos y ellos permanecerán intactos. Recuerda que si quieres seguir aquí tendrás que trabajar más que nadie, si dejas de ser útil tendrás que irte, o más bien morir, ya que Jaime no dejará que ningún vivo se vaya conociendo nuestro escondite. Así que más te vale dejar las películas que te montas en esa cabeza. Sigue ofreciendo tu lengua, sigue poniendo el culo a mi hijo y sigue trabajando todo lo que puedas, en caso contrario solo servirás para morir. Nunca lo olvides”
“Me alegra saber su opinión al respecto. El saber su respuesta a mi oferta deja todo más claro y fácil para mí”
“Seguiré buscando a mi hijo y él me seguirá buscando a mí. Que quede bien claro, yo soy la primera señora de la casa y la primera amante del macho que la protege. Tú, como mucho, solo eres una putita a prueba, por parte de los dos”
María notó el cambio de luz provocado al ocultarse el sol tras las montañas del oeste. Se incorporó altanera y orgullosa.
“Es hora de despertar a Jaime”
Entonces escucharon el ruido lejano de un helicóptero. María hizo señas a Sara para que no se moviera y comprobó que todas las velas de la casa estuvieran apagadas.
“¡La ropa!”
Se apresuró a recoger la ropa y ocultarla en el interior de la casa. El helicóptero se escuchaba cada vez más cercano. Sara no entendía nada.
“Pero igual vienen buscando supervivientes, tal vez puedan ayudarnos”
Jaime apareció escaleras abajo, visiblemente asustado y alterado. Había escuchado lo que Sara había dicho.
“No podemos fiarnos de los vivos. Ese helicóptero no puede ver nada que le indique que aquí hay personas, ¡que nadie se mueva!”
Escopeta en mano se asomó entre las tablas de la antigua cristalera del salón. El ruido empezaba a ser muy fuerte y un rayo de luz apareció entre las montañas.
El atardecer avanzaba y aquella luz merodeó sobre la colina y la casa durante unos instantes, antes de posarse en mitad de la cuesta más suave de la colina.
Jaime dio una pistola cargada a cada mujer y les ordenó que estuvieran alerta y atentas a sus órdenes.
Colocó el cañón de la escopeta sobre las tablas, apuntando sin perder de vista el helicóptero.
Pasados unos instantes bajaron tres hombres de él, pudo ver que el piloto quedó en su posición, con el helicóptero todavía en marcha.
Los tres armados, mirando intensamente la casa.
Jaime disparó y abatió a uno de ellos. Los otros corrieron a esconderse. Uno echó cuerpo al suelo, protegiéndose entre las hierbas, disparando hacia la casa. El otro se fue hacia la parte de atrás.
Jaime las llamó a las dos.
“Uno está allí, tumbado en mitad de la colina, disparando. No dejar de dispararle. Olvidaros del helicóptero, necesito que ese no se levante”.
Fue hacía arriba y buscó cuidadosamente al otro. Pudo verlo entrando en el huerto, desde la ventana de la habitación de su madre.
“¡Maldita sea!”
Bajó de nuevo, su cabeza daba vueltas buscando un plan.
“¡Dejad de disparar!”
Cogió a Sara y a su madre y las llevó al centro del salón.
“Este es el plan. Mamá tu vas a esconderte en el sótano. Preparada con la escopeta llena. Sara tú vas a salir con las manos en alto. Diles que vives aquí atrincherada desde el suceso. Ellos entrarán y yo les tendré preparada una calurosa bienvenida”
Ella estaba dispuesta a salir cuando Jaime se asomó a la ventana del salón. Pero su cara se ensombreció.
Los dos supervivientes corrieron hasta meterse en el helicóptero, el cual levantó el vuelo hasta perderse de nuevo tras las montañas.
Jaime se sentó pensativo hasta que el traqueteo cesó. María salió del sótano. Ella y Sara se sentaron en silencio junto a él. Se sentían débiles, altamente dependientes de su macho.
Éste levantó la cabeza, preocupado y decidido.
“Tenemos que abandonar la casa”

Relato nº 12: Apocalipsis, parte 3.

Bajó los cadáveres al salón. María se sobresaltó emitiendo un quejido trágico.
“¿Te has vuelto loco?. ¿Qué iban a hacerte?. Estaban desnudos y desarmados por el amor de Dios”.
Jaime los arrinconó en una esquina ante la puerta de salida. Se secó el sudor provocado por el  esfuerzo y miró el reguero de sangre dejado por sus cabezas agujereadas. Había pasado una media hora desde que se encerrara con ellos en la habitación de su madre.
“Limpia la sangre”
María se acercó con un gesto teatral, que intentaba transmitir incredulidad con un atisbo de desesperación.
“¿Me has oído?, ¿por qué los has matado? , ¿acaso ahora matamos también a seres humanos?”
“¡Por lo que yo sé han invadido nuestra propiedad y estaban violándote!”
La mirada furiosa que le dedicó a su madre la aplacó al instante.
“Pero….”
“¿Pero?, ¿acaso ahora hay peros?. Deberían darte más miedo los vivos que los muertos. ¿Es que no te enteras de nada?. Seguramente pensaban matarte cuando se hubieran desahogado, no iban a correr el mínimo riesgo por ti, y robar todo lo que tenemos antes de salir corriendo. Todo lo que me ha costado reunir para tenernos a salvo. No ha habido un viaje en el que no haya puesto en peligro mi vida para salvar la tuya. ¿Y así me lo agradeces?. ¡Aquí mando yo!, si no te gusta mi forma de sobrevivir puedes marcharte cuando quieras, pero no vuelvas más”.
Señaló la puerta y se quedó mirándola fijamente.
“Lo que quería decir es….”
“Vi como disfrutabas, vi tu deseo. ¿En qué puñetas te estás convirtiendo?. Que nunca se te olvide que de lo único que se trata es de sobrevivir. Yo solo me fio de mí; si me das motivos para desconfiar ni el ser mi madre te va a librar de alguna de mis balas. Si te quedas bajo el techo que he creado poniendo mi vida en juego será con mis normas. Jugar a la puta zorra enviada de Dios es muy bonito. Pero la realidad está ahí fuera, la muerte y la destrucción nos acecha cada segundo que seguimos vivos, y cada vez nos come un centímetro más de terreno. Esos no venían a proponer consignas de haz el amor en lugar de la guerra. Vinieron a violarte, robarnos y quemar la casa. Lo único es que encontraron a una mujer deseosa de ser violada. Y eso me plantea dudas, tendré que pensar mucho en ello”
María lloró y se abrazó a su hijo. Él no devolvió su abrazo. La apartó con un pequeño empujón y sacó los cadáveres fuera. Antes de ir a la zona de detrás de la casa para quemarlos  se dirigió de nuevo a su madre.
“Ahora limpia tu habitación, la escalera y el rellano. Está todo lleno de sangre”
María quería explicarse, quería decir que tiró el bote de pintura aterrada cuando los vio llegar con aquel ruido ensordecedor de sus motos. Que no tuvo tiempo de esconderse. Mientras ellos bebían el whisky ella lloraba agazapada en un rincón, temerosa de haber fallado a su hijo. Quería explicarle que le dijeron que si no colaboraba la matarían. Les dijo que estaba sola, que vivía allí desde el suceso y que sobrevivía como podía. Ellos iban a violarla y a llevársela para poder tener una hembra más a la que atacar en sus largas noches de borrachera y excesos. Quiso explicarle que los sedujo, que planteó todo para ganar tiempo, mientras pensaba un plan que nunca llegó a su mente. Que lo único en que pensó fue en sobrevivir, y para eso tuvo que mover el culo, lamer barrigas sebosas y mamar aquellas pequeñas pollas que tan poco aguante y fuerza tenían.
Pero no pudo decirle nada, porque se lo impedía  la culpa de haber disfrutado, de haberse sentido a gusto desnuda entre aquellos peligrosos hombres.
Mientras limpiaba lloró, temerosa de haber defraudado a su hijo, a su macho, a su protector. Él, una vez más, había cumplido con su cometido de tenerla a salvo. Cada día que pasaba le quedaban pocas dudas de que Jaime lo conseguiría. Ella solo tenía que ser una buena madre, una buena compañera, era todo en cuanto debía concentrarse. Y, por el Dios que en ese momento la observaba, que deseaba hacerlo. Que gozaba siendo generosa con él. Y por ese mismo Dios que se cayera muerta en ese instante si las bragas mojadas que tenía no era provocado por la autoridad firme de su hijo.
Mientras el fuego consumía lo que quedaba de los únicos seres humanos a los que había visto desde el suceso, descontando a su madre, Jaime paseó colina abajo poniendo en orden la información dada por aquellos visitantes fugaces.
Hablaron con poca claridad, pero hablaron. Les dio credibilidad, tan seguro estaba de ello como de que habían intentado liarle con informaciones difusas. Lo único que sacó en claro es que había un pequeño asentamiento humano no muy lejos de allí. A unas tres horas a pie entre la zona más inaccesible de las montañas, en dirección este. Eso significaba medio día en moto, el que habían echado en una supuesta batida en búsqueda de víveres hasta dar con su casa.
Habían muerto jurando que nunca quisieron hacer daño a su madre, que ella les sedujo, que estaban muy necesitados y no perdieron la oportunidad de estar con una mujer.  Le habían hablado del asentamiento y le habían invitado a unirse a ellos.
Eran pocos según dijeron, dos hombres más y las hijas de uno de ellos. Habían logrado tener una pequeña sociedad. Las jóvenes eran hijas del jefe y nadie se atrevía a tocarlas. Ellos eran solo unos esbirros. Pero su jefe era bondadoso y cuidaba espiritualmente de ellos.
Sentía que habían incurrido en algunas contradicciones, pero la idea de un asentamiento no muy lejano pareció quedar clara.
Encontró las motos donde le dijeron. Escondidas en el frondoso bosque. Dos Harley Davidson en aparente muy buen estado. Las llevó una por una hasta su casa y las escondió en el sótano. Antes les extrajo la gasolina y las guardó en bidones.
“Voy a ir en busca de la pista que me dieron”
Su madre se detuvo en mitad del fregado de los platos tras la cena. Jaime bebía de su botella de whisky. Ella se giró, las manos impregnadas de jabón y la cara marcada de pánico.
“¿No les habrás creído verdad?”
“No en todo. Pero creo que el asentamiento es cierto. Voy a ir entre las montañas. Partiré al amanecer. Si está en un radio de tres horas subiendo por allí arriba, es posible que lo encuentre en un día, dos a lo sumo”
María dejó las labores y se sentó en el sofá, anonadada. Pensando en decir algo, pero le miró en silencio, profundamente preocupada.
“No pienso dejarme ver. Iré a espiar. Algo me dice que allí no hay nada bueno. Por eso mismo quiero ir, está lo suficientemente cerca para que pueda suponernos un problema serio,…. Como ha estado a punto de ocurrir de hecho”
“No sabes a lo que vas a enfrentarte hijo mío. Por favor no vayas, ya ha pasado el peligro. Tú mismo me has dicho varias veces que esta casa está perfectamente escondida entre las montañas. Ahora necesitas relajarte, ha sido un día muy duro. Deja que yo me encargue, tú solo ponte cómodo y disfruta mi amor, mi señor.”
Se arrodilló frente e él y le acarició el paquete, enseguida se le puso enorme. Sonriente, bondadosa, desabrochó la bragueta de botones de su pantalón de pana marrón. La polla emergió imperiosa. Jaime estaba tan enfadado como necesitado, le vendría bien una buena mamada. Tuvo tentaciones de quitarla de una patada, pero le dejó hacer.
María tenía las manos húmedas del fregado, pero enseguida se acopló bien en la paja inicial. Empezó a darle lametones de abajo arriba, lentos y sensuales, mientras no dejaba de mirar a su hijo de forma sumisa y generosa. Atrás se insinuaban sus caderas y trasero, bajo el vestido. Desde la otra zona del salón debería verse su amplio culo con alguna de sus bragas aparentemente mojadas.
Bajó todo el pellejo hasta quedar su capullo libre. Entonces lo lamió, pasando insistentemente la lengua por donde debería salir un regalo en forma de semen cálido, confortable y apremiante del buen trabajo. Le supo salado, con olor a pis, no se había lavado y se notaba.
Pero eso le gustó, se sintió doblemente dichosa, además de relajarle, también iba  a asear a su hijo.
La mamada no tardó en llegar. Tras lamerle los huevos mientras le masturbaba fuerte, y recrearse mirando el potente paquete de su hijo, María la engulló. Su boca la recorría casi entera, en cada bajaba intentaba llegar más lejos, provocándole arcadas que culminaba en separar la boca muy abierta, dejando caer saliva espesa sobre el capullo mientras gemía susurrante.
Antes de correrse le agarró la cabeza y la estrujó contra su polla. Ella permaneció inmóvil mientras el semen salía a raudales directamente en su garganta. Se la metió entera hasta más allá de la campanilla, provocando un vómito incontrolable, el cual tragó en parte, junto a su semen, saliendo el resto por la comisura de los labios.
Cuando la soltó cayó sentada en el suelo, vomitando más por el asco de haberse tragado gran parte de su propio vómito. Jadeante le dio las gracias por el semen.
“Mírate, das asco”.
“Lo sé hijo, pero ha sido un acto necesario, mil gracias por darme el semen mi señor”.
Jaime siguió bebiendo, su madre llegó, ya aseada y se sentó en su butacón frente a él.
Jaime le habló como si no hubiera pasado nada, continuando con la conversación anterior a la puerca mamada.
“Conozco bien estas montañas. Hay muchos bosques salpicados de colinas así, y picos inaccesibles. Algo me dice que están muy arriba, en alguna casa abandonada, tal vez en algo mucho mejor”
“¿Cómo la estación de esquí?”
“No creo, si no me engañaron en las distancias, esa queda mucho más lejos”
Su madre se levantó y se sentó en sus rodillas. Quiso besarle en los labios, su coño permanecía muy mojado. Jaime se apartó y se levantó bruscamente.
“Voy a dormir, partiré al amanecer. Tendrás que hacer el esfuerzo de no dormir hasta que llegue. El mío será exponerme de nuevo en busca de nuestra seguridad. De tu seguridad…”
Ella añadió algo más.
“¿Y los caminantes?”
“Caminando por allí arriba veré a pocos”
El equipaje era tétrico y completo. Nada de ropas. Su escopeta, dos pistolas y su machete. Balas suficientes, algo de comida, agua a racionalizar y lo más importante, una de las botellas de whisky. A pesar de empezar a apretar el calor, en la cima de las montañas parecía que aun perduraba el invierno, zonas semidesérticas a más de dos mil metros de altitud, con nieve acumulada en las partes más húmedas, resistiendo su salida ladera abajo.
Pasó por caserones abandonados, huertos quemados y poblados derruidos vistos desde lejos. Atento a señales de humo, si estaban tan arriba necesitarían fuego para casi todo. Atento a posible vida humana.  Pero ni siquiera veía vida de caminante. Tenía ganas de ver a uno aunque fuera, echaba de menos estrujar sesos con su machete.
Agradeció su buena forma física a pesar del camino agotador. Subió a lo alto de la montaña más alta de la zona, casi a tres mil metros. La cima tras la que se veía salir el sol desde su casa. Agudizó la vista y no vio absolutamente nada. Su colina se camuflaba entre otras tantas y la espesura de los bosques próximos. Intentaba ver su casa y solo veía paisaje de montañas. Le resultó curioso al comparar lo cercana y clara que se ve aquella cima desde la puerta principal de su hogar.
Esta cima es como la luna, pensó. Tan cercana y tan lejos.
El sol se dirigía hacia el oeste, sin duda habían pasado unas seis horas desde que cogió el rumbo. Calculó que habiendo seguido un camino a menor altitud, podría haber empleado unas tres horas en llegar a aquella zona. Estaba, pues en el punto desde el cual podría distinguir el asentamiento en cualquier momento. Todo estaba preparado, pasaría allí la noche. La vista panorámica era total, y cualquier luz, cualquier fuego no muy lejano debería poder divisarse desde allí. Además, allí se sentía liberado de caminantes, aunque nunca convenía bajar la guardia.
Cuando la botella de whisky llegó a la mitad y sus músculos y huesos habían sucumbido a su calor, agazapado entre sus ropas y sin haber apenas comido, Morfeo invadió su vigilia. Las estrellas tiritaban sobre su cabeza y el horizonte no le dio ninguna pista.
Al poco de quedar dormido soñó con una voz de mujer, joven mujer. Que cantaba una melódica canción. Aquella mujer le miró, sus cabellos de oro sedoso otorgaban una cara angelical, cantando con una dulce media sonrisa. Pero su voz se tornó chillona, de sus cabellos corrieron desesperadas culebras negras y la canción culminó a gritos desesperados……
“Socorrooooooooooooooooo”
Se despertó como un resorte. Su respiración era muy agitada. Todo parecía haber sido un sueño. Hasta que volvió a oírlo.
“Socorroooooooooooooooo”.
Rápidamente se puso en pié, recordó el suspiro similar que sintió en su nuca aquel día arreglando el tejado. Lo achacó a las montañas y su locura, justo lo sintió llegar de aquella montaña. Ahora lo pudo escuchar alto y claro, aquella mujer no estaba muy lejos de allí.
Decidió tomárselo con calma. Ni dar voces, ni encender la linterna ni dar un paso en falso.  Necesitaba pensar, sacar conclusiones, encontrar las piedras más seguras para cruzar el río. Probablemente esa chica estuviera sola y encerrada en algún sitio, en caso contrario no estaría pidiendo auxilio. Lo más lógico era pensar que otros seres humanos la tenían encerrada por algún motivo, en una prisión improvisada cercana a la cima más alta de la zona. Pesando en frío no era mal lugar para ello. Probablemente estuviera mucho tiempo sola, y aprovechaba para gritar confiando en que alguien la oyera. Sin duda esos gritos no lo habían oído los que la tenían allí, ya que en caso contrario se habrían encargado de que no los diera más; con lo que llegó a la conclusión que sus captores estarían lejos.
¿Serían sus captores aquellos dos hombres que mató?. ¿O bien el supuesto cabecilla del supuesto asentamiento del que hablaron?.  Cabía la posibilidad de que no tuviera nada que ver con ellos, cosa que dudaba. Pero tal vez fuera presa de otras personas o bien una mujer sola que había quedado aislada en algún lugar, y que no se atrevía a salir. Esa última idea también la descartó, no tenía sentido querer hacer ver que estaba allí en ese caso.
De todas las posibilidades la más lógica era que era retenida en contra de su voluntad. Y que los que allí la tenían estaban lejos en ese momento.
Esperó paciente y preparado que de nuevo pidiese auxilio. De noche poco más podría hacer. Pero nada, solo se escuchaba el silencio del planeta agonizante.
“Socorrooooooooooooooooooooo”
Trastabilló y cayó, juraría que no se había quedado dormido, pero aquello de nuevo le despertó. El Sol rallaba el horizonte y el frío se hacía insoportable.
“Socorrooooooooooooooooooooo”.
Parecía provenir del norte, montaña abajo. Bebió dos tragos largos para entrar en calor y caminó despacio en esa dirección. El amanecer le fue abriendo colores para que pudiera ir viendo mejor. Solo rocas, hierbas marcianas y nieve…. Más abajo empezaban los árboles.
Los árboles le dieron la bienvenida y le tragaron, aquella zona, aunque no muy lejos de la cima, empezaba a ser más peligrosa. Agudizó los sentidos y avanzó esperando oír de nuevo la señal de socorro, muy atento a todo.
Escuchó un crujido y se detuvo en seco. Interpretando en el aire que soplaba en sus oídos todo lo que podía. Desde la supuesta dirección del crujido no veía nada, el viento podría haberle traicionado. Quedó quieto, respirando, escuchando, sintiendo…..
Otro crujido, esta vez más cercano, justo tras de él.  Se giró rápido.
Allí estaba.
Un caminante se acercaba. Notaba algo extraño en él pero no supo bien qué era. Se fue hacia él y le atravesó el cerebro con el machete, entrando a través del ojo derecho.
Chas, cayó fulminado. Recogió el machete y lo limpio. Rápidamente cayó en la cuenta de lo que le había resultado extraño, aquel caminante no emitía ningún ruido. Se había aproximado a él de forma sigilosa, siendo descubierto solo por el crujir de alguna rama que pisó. Además, había necesitado más fuerza de la habitual para atravesarle el cráneo
Se le erizó la piel. Se acercó al caminante y lo analizó. Abrió su boca, todo estaba perfecto.
¡Había matado a un humano!. Su aspecto desgarrado y sucio le había hecho dudar. Miró sus pupilas y metió la mano en su boca. Juraría que estaba drogado. Siguió analizándolo, un pie dislocado….. tenía todo lo que un ser humano necesitaría para parecer un caminante.
Qué extraño. No sabía qué conclusión sacar de todo aquello, se sentó apoyando la espalda en un tronco. Bebió algo, pensativo. Entonces vio la cabaña.
Se encontraba clavada a dos árboles cercanos, hecha de tablas y toda suerte de maderas, bien escondida entre la arboleda, cerca de la cima.
La rodeó, solo una puerta, bien cerrada con un candado. No había ventanas y como pudo se asomó entre una de las rendijas que dejaban las tablas. Unos ojos espantados le devolvieron la mirada. Retrocedió, trastabilló y cayó de espaldas, rodando unos metros hasta chocar contra un árbol.
¿Era un caminante?, no. Esos ojos no eran de caminante.
Se aproximó de nuevo.
“¿Hola?. ¿Quién eres?”.
Un silencio espeso, demasiado largo, se adueñó del instante. El viento domaba la copa de los árboles, el extraño silencio de los bosques post apocalípticos, sin el cantar de los pájaros.
Una tímida voz calló al silencio.
“Le has matado”.
Jaime miró a la persona que acababa de matar, al humano que parecía caminante.
“¿A él?”.
Lo señaló, colina abajo. Se dio cuenta de lo absurdo de la situación. ¿A quién se lo señalaba?.
“A mi guardián”.
Su voz sonaba débil, sin fuerza, o tal vez con un tono captado del cautiverio, robado de la soledad.
“¿Te tenía aquí sola?”.
“Sí, cuidaba de mí. Me apartaba de los caminantes, aquí me siento segura. Tú me das miedo”.
“No debes temerme. Soy de los buenos de esta película. Dudo que tu guardián lo fuese, no te tendría aquí encerrada”
“Llevo tanto tiempo aquí que ya formo parte de esto. Estas tablas no existirían sin mí, este bosque no callaría si mis oídos no oyeran la nada. Antes no era así, antes el cantar de los pájaros me despertaban al alba y el husmear de los lobos me asustaba en la madrugada. Ahora ni pájaros ni lobos. Un día mi guardián me dijo que todo se acababa. Me trajo uno para que lo viera, para que me sintiera dichosa de estar aquí, protegida”
Su voz iba ganando fuerzas, era joven y decidida, joven y atemorizada, joven y apaciguada, joven y entregada.
“¿Cuánto tiempo llevas aquí?.
De nuevo otro silencio, de nuevo el viento en los árboles.
“Un año, dos, qué más da. En cualquier caso demasiado tiempo”
“¿Él te tenía aquí?”.
“Sí, desde que me abordó a la salida del instituto aquel día. He acabado siendo su amante, su confidente. Había días que no venía. Pero hoy estaba preparada”
“¿Preparada para qué?”.
“Para fugarme. Vino a follarme otra vez, aproveché para atacarle, lo dejé herido. Después salió y anduvo un rato por los alrededores. Hasta que te vio”
“Pensé que era uno de ellos”.
“Hiciste bien en matarle, te hubiera matado”.
Jaime puso cara extrañada.
“Soy Jaime. ¿Me dejas rescatarte?”.
“Sara, encantada Jaime. Sara Toscano”.
Ese nombre…. Enseguida cayó. Haría más de un año se hizo famosa por su desaparición sin dejar rastro. La policía llevaba meses buscándola en el momento en el que se produjo el suceso. La daban por muerta, otra joven más violada y asesinada.
“Te conozco. Tus padres te buscaron hasta la saciedad, toda la ciudad se volcó en ayudar a la policía. ¿Llevas aquí todo el tiempo?”
Sus sollozos ahogaron las palabras. Jaime partió el candado, al abrirse la puerta la contempló. Estaba agazapada en un rincón, llorando amargamente. Sucia y con las ropas desgarradas, medio tapada con una manta apulgarada. Un cuenco con agua y fruta putrefacta llena de moscas en la esquina contraria a donde se recogía para llorar.
Jaime la sacó y la abrazó. Olía a diablos y su pelo, posiblemente moreno, acumulaba una especie de costra marrón.
“Dios, pensaba que eras uno de ellos. Pensé que ibas a violarme”
“No, ya está, ya está. Has caído en buenas manos. ¿Quiénes son ellos?”.
“Los trae y me violan. Dice que vive con ellos, él me ofrece a mí y ellos le acogen en su granja. Tenían esa especie de trato.”
Ella se agitó y miró asustada en dirección de la frondosidad.
“Tenemos que irnos, pueden venir”.
 Corrieron hasta llegar de nuevo a la cima. Desde allí anduvieron camino de la casa de Jaime. Él le contó que vivía con su madre, que tenían una casa bien protegida con mucha munición y comida. Que mató a dos motoristas que se acostaban con su madre. Ella los reconoció como dos de sus violadores. Él le dijo que no tenía nada más que temer, que viviría con ellos. Que ayudaría en las labores del hogar y de vigilancia. Que le vendría bien a su madre para cuando él saliese a buscar más necesidades.
Ella le dijo que tenía diecisiete años, tal vez dieciocho. Que colaboraría en lo posible. Que le ayudaría a llevar mejor el día a día. Sus lágrimas eran sinceras. Su rostro marcaba el dolor en cada arruga de suciedad. Sus ojos no engañaban, estaba llena de vida y juventud.
Había rescatado a Sara, la famosa chica desaparecida. La decisión estaba tomada, su familia acababa de crecer. Su escondite albergaría un nuevo miembro.
Su madre estaba pelando una patata cuidadosamente, mientras cocía la cáscara que iba desprendiendo. Cuando vio a su hijo y  a aquella chica entrar se quedó de piedra. En posición defensiva, como el animal que espera el ataque inminente de un depredador.
Jaime le hizo señas para que se sentara.
“Ella es Sara, Sara toscano”.
La mirada de María se alteró, sin duda la había recordado. Fue a decir algo pero se detuvo en el instante de abrir la boca. Respiró y preguntó algo que no tenía nada que ver con lo que pretendía decir.
“¿Se puede saber qué hace aquí?”
 “Alégrate pues tu Dios estará orgulloso. La he salvado, estaba encerrada en una cabaña de mala muerte, en el bosque arriba de la montaña. Llevaba más de un año. He decidido que a partir de ahora vivirá con nosotros. Así que deberás tratarla como a una hija más. Ella te ayudará en las labores del hogar y hará que nuestros turnos de vigilancia sean más cómodos. Gracias a ella mejorará nuestra calidad de vida y tendremos más fácil el sobrevivir”.
“Pero……”
“No hay peros. Prepárale un baño calentando agua del pozo. Y saca una pastilla de jabón nueva para ella sola, falta le hace”
“Si señor”.
María fue arriba y Sara miró extrañada a Jaime.
“¿Señor?”
Jaime le contó toda la historia con su madre. Su locura, la locura de ambos, el cómo había pedido perdón a Dios. Su relación, sus encuentros sexuales. El cómo ella había aceptado su destino de satisfacer al que llamaba macho de la casa, amo del hogar, protector de sus vidas.
“Esto es el fin del mundo Sara. Formamos parte del pequeño grupo de seres humanos que nos ha tocado vivirlo. Se trata de sobrevivir. Es curioso, pero tu cautiverio te ha salvado la vida. Si nunca te hubieran secuestrado tal vez ahora estarías muerta, o lo que es peor, muerta en vida”
Sara suspiró y miró la estancia inferior del hogar.
“Esto parece confortable”.
“Lo es, aquí estaremos bien. Ahora ve arriba y date un baño. Te prepararé una cama al lado de la mía en mi habitación. La subiré, pues guardamos algunas en el sótano. Pondré un camisón de mi madre sobre ella. Mi madre te indicará dónde está la habitación. Tras el baño, ve a vestirte y baja a cenar; luego  duerme, descansa. A partir de mañana te espera una vida nueva, empezaré por enseñarte a disparar”.
Jaime y María esperaban en la mesa a que Sara bajase para la cena. Unos pies descalzos se deslizaron escaleras abajo. Jaime recorrió el cuerpo de abajo arriba. Su boca se fue abriendo poco a poco al ir descubriéndola.
Sara, percibida como una Diosa en un mundo apartado de Dios. Como una ilusión en mitad de la sinrazón, como un suspiro en mitad del océano. Sus bellas piernas, de muslos prietos, agitados al unísono bajo la estrecha bata de su madre. Sus caderas vistiéndola perfecta, disimulando la ligera imperfercción de la marca de caderas amplias y trasero regordete de su madre, y que la misma bata consiguió amoldar. Rondaría el metro sesenta y poco, y en torno a unos sesenta quilos, que la hacían inmortal al hambre que pudo haber pasado; como si el diablo le hubiese ofrecido conservar ese cuerpo a pesar de su espantoso cautiverio.
Sus pechos bailaban libres bajo el ropaje ajustado de la bata. Parecían amplios y acogedores, en su sitio.
“Pechos en su sitio, ummm, que de tiempo sin verlos”.
Su madre miró enfadada a la chica, miró confundida a su hijo. María se sintió desplazada, agredida en su propia casa.
“Gracias guapo”
Dijo Sara justo al sentarse. Su pelo moreno, bello, brillaba suelto cayendo sobre el abultamiento de sus ubres jóvenes. Sus ojos negros, amplios, expresivos y simpáticos. Con aquella mirada de aterrada esperanza que vio a través de las tablas de su cabaña. Nariz algo chata, labios sugerentes y rojos.
“En serio, ¿has hecho un pacto con el Diablo?, parece que vienes de una sesión de belleza en lugar de meses de sufrimiento”.
“Bueno, siempre tuve la ilusión de que un hombre bueno, como tú, me salvase”.
Sonrió gustosa y Jaime se consideró la persona más dichosa del mundo que no era mundo. Del universo con fin.
La seriedad de su madre durante la cena no le extrañó. Decidió que le gustaba la situación, sabía que tendría a esa chica abierta de patas cuando quisiese, y que sería mejor amante que su madre. Es ideal, una para cada cosa. ¿O no?, la idea de tener dos hembras a su servicio le empalmó infinitamente, le excitó tanto que su ego se convirtió en una planta enredadera que abarcaba todo el mundo, haciéndolo suyo.
La joven y la madura. Diez y muchos y cincuenta y tantos. Su casa más limpia, todo más ordenado, los tres más seguros. Él más satisfecho. Decidió que era bueno que compitieran. No pensaba en dejar de lado a su madre; además, ¡qué demonios!, le gustaba la cama de su madre; experimentada y muy guarra. Y, ¡qué cojones!, le gustaba follarla y pensar que lo hacía con su madre. A quien engañar….
Tendría que ser más autoritario, con dos gallinas en el corral el gallo precisaría de más presencia y decisión.
“Mamá. Tú esta noche vigilarás hasta el alba. Sara necesita descansar y yo estoy agotado de mi expedición. Cuando ralle el sol, te sustituiré”.
“Vale hijo, he pensado que tal vez podrías habilitarle a Sara la habitación del fondo, para que tenga intimidad…”
“¡No!, la habitación del fondo seguirá haciendo de almacén”
“pero para eso tenemos el sótano”
“Agradezco, querida madre, tus puntos de vista, sin duda todos van orientados en la comodidad de nuestra incipiente comunidad de tres. Pero no podemos tener todo en el mismo sitio, al menos no mientras sea posible. Sara dormirá en mi habitación, en la cama que con tanto esfuerzo he colocado junto a la mía. Hay espacio suficiente.”
“Si es lo que deseas… cariño…… He pensado que podrías subir un instante conmigo a mi habitación mientras Sara recoge las cosas de la cena…….”
Se abrió de piernas para que pudiera verle su sexo depilado, tal y como él había pedido que lo tuviera, de forma que Sara no lo viese.  Jaime se puso muy caliente, pero decidió que no”.
“Recoge tú. Sara y yo subiremos. Le contaré todo lo que es el día a día aquí y luego dormiremos.”
“Vale cariño, como desees”
Dócil, aunque su cara decía lo contario. Su madre seguía ganando puntos, pensó, no obstante.
En cuanto cerró la puerta tras de sí, Sara se despojó de la bata. Se quedó mirándolo en silencio, hablando con la mirada. Jaime se sentó en el borde de la cama y la atrajo ofreciéndole la mano. Sus pechos eran mejores aun de lo que parecían. Proporcionados, simétricos, amplios y regordetes, bien puestos. Con pezones grandes y aureola rosada, algo oscura tal vez. Simplemente era muy bella. Una Diosa de carne y hueso a la que aferrarse en aquellos momentos.
“¿A qué se debe el honor de poder contemplarte desnuda?”
“El honor es mío de poder haber sido rescatada. Ahora soy tuya y siempre lo seré. Nunca podría compensarte el que me hayas salvado de un infierno, y que me hayas ofrecido un hogar y una seguridad. Quiero asegurarme que sabes entender mi gratitud, para que no haya malentendidos a partir de mañana”.
Dicho esto se colocó de rodillas sobre la cama, andando a gatas hasta quedar perfectamente cuadrada con la cabeza a la altura de la almohada. Permaneciendo a cuatro patas, con las rodillas bien clavadas y algo separadas, manteniendo alto el trasero.
Ofreciéndose.
Jaime la contempló. El sexo tenía pelos, pero no tantos, sin duda mantenido al gusto de su captor; mal afeitado, eso sí. Pero aun así bello, ni grande ni pequeño, muy rojo y llamativo visto desde atrás, justo bajo su ano limpio.
La pose le daba más dignidad que sumisión, el estar a cuatro patas siempre separó a las mujeres en dos grupos: las que posan con dignidad y las que posan sumisas. Su madre pertenecía al segundo grupo, pero Sara, sin duda, al primero.
No estaba de más que el gallo tuviera a una gallina de cada tipo en el corral.
Sus muslos firmes, desembocando en un  no menos firme trasero, el cual permanecía arriba, esperándole.
Se desnudó y se colocó detrás. Le agarró las nalgas duras, cuando Sara esperaba recibir un pollazo algo húmedo le sorprendió. La lengua de Jaime recorrió su sexo. Sara no lo esperaba y gimió con cálida sinceridad, dejándose caer hacia adelante. Jaime permaneció lamiéndole, recibiendo flujos vaginales, mientras Sara gemía y gemía.
María, desde abajo, escuchó los gemidos. Su cara se ensombreció. Permanecía sentada, vigilante de la colina abajo, esperando aquello, esperando los gemidos. Llegaron antes de lo que imaginaba, y sintió punzadas de rabia en su estómago.
Él dejó de lamer y ella recuperó la dignidad a cuatro patas. Su polla le entró con suma facilidad. La habitación se llenó de colores de deseo, las paredes quedaron pintadas con la libido de la indescriptible sensación de haber introducido la polla en el coño de aquella espectacular joven.
Ella gemía, gustosa, amable, acompañando las embestidas. Como gimen las putas, pensó. Pero poco a poco fue venciéndose más hacia delante, gimiendo un poco más alto, acabando a chillidos quejosos.
María no podía concentrarse con el ruido, y subió a ver.
Abrió la puerta cuidadosamente, asomándose  sin que le vieran. La chica cabalgaba a su hijo, se fijó en sus pechos tersos botando con firmeza a la vez que sus caderas se clavaban sobre el paquete de Jaime. Se tocó las suyas, amplias y caídas. Se sintió menos mujer, sintió que el mundo se le caía encima, pero a la vez una rabia incontenida, y muchas fuerzas para luchar por su macho.
Ella se levantó y colocó a Jaime atravesado en la cama. Ahora se puso en cuclillas y se pinchó la polla, muy grande y a mil en ese momento. Ahora Sara quedaba de cara a la puerta. A María no le dio tiempo de apartarse para no ser descubierta, pues Sara ya le estaba mirando fijamente.
María quedó petrificada, sin dejar de mirarla, sin dejar de mirarlos. Ella empezó a dar saltitos, botando, mostrando una excelente forma física, con sus brazos colocados en jarra contra sus caderas; guardando bien el equilibrio. La visión de cómo la polla entraba en el coño era perfecta desde la posición de su madre.  Él le agarraba los pechos desde abajo, gimiendo como un oso. Ella sonreía mirando a su madre, gimiendo mucho. Los gemidos eran a todas luces falsos, pues no dejaba de sonreír a María. Cada poco le lanzaba besos; dejándole claro que ahora era ella la que marcaba al macho.
María no pudo evitar excitarse, no pudo evitar mojar las bragas. Cuando Jaime se corrió, Sara le comió todo el rabo hasta dejarlo bien limpio. Sara miró de nuevo a la puerta pero María ya no estaba allí.
No cruzaron palabras, se dieron un pico y Sara, sonriente, se fue a su cama. Jaime quedó pensativo sobre la suya, satisfecho, muy satisfecho.
Cuando se estaba quedando dormido le despertó unos suspiros. Le eran familiares, aquellos suspiros de su madre, algo lejanos, posiblemente provenientes del salón donde vigilaba.
El día amaneció precioso. El sol iluminaba alto, dando calor al entorno, cuando Sara bajó las escaleras. Hacía horas que Jaime le había dado el relevo a su madre. Quiso besarla, morrearla y darle algo de caña antes de que se fuera a dormir, pero ella no se dejó, se excusó por puro cansancio. Lo cierto es que se fue con una seriedad no habitual en ella, más propicia a seriedad triste en vez de enfadada.
Sara comió algo que le tenía preparado. Vestía con el camisón y unas zapatillas de Jaime que le quedaban algo grandes. Resplandecía igual que el día.
“tendremos que ir a buscarte ropa. Vendrás conmigo, a la ciudad. Saldremos en cuanto mi madre haya dormido una hora más. De camino matarás a todos los caminantes que nos encontremos, siempre en condiciones de seguridad. Algo me dice que no has matado nunca a ninguno”
Ella acabó de masticar.
“Llevas razón, pero no sé si podré hacerlo, me da un miedo atroz. Creo que lo mejor es que me quede aquí, ayudando a tu madre en las labores…..”
“Acabas acostumbrándote, descuida. Tienes que venir, debes aprender a usar el machete y las armas contra ellos. Lo haremos a la vuelta, antes tendremos que buscarte ropa. Lo primero es lo primero. Iremos a un centro comercial al que he ido bastantes veces. No será necesario llegar a la ciudad, está antes, cercano al campo de fútbol, colindante a la autopista de entrada. Nunca he tenido problemas allí, está precintado y jamás encontré caminantes dentro.”
“Lo conozco, iba al cine con mis amigas allí…..”
Lloró
“Eh, tranquila; la vida es dura, nada es como antes, pero debes centrarte en sobrevivir, no te puedes permitir llorar…. Créeme”
Levantó la cara, sus preciosos ojos estaban inundados de lágrimas.
“¿Me ayudarás a encontrar a mis padres?, ¿me llevarías a mi casa por si estuvieran allí?”
Jaime puso cara de incredulidad.
“¿Estás de broma?, nadie ha sobrevivido en la ciudad, si vas a tu casa posiblemente morirás, todo está infectado de caminantes; solo en reductos como este, o como el de tus captores, se puede sobrevivir. No has estado en la ciudad, esta tarde lo verás con tus propios ojos y me dirás si crees que quedan esperanzas para nadie”.
“Vivimos en una casa amplia, solitaria, en mitad de una urbanización de mansiones ricas. Mi padre era…. Mi padre es abogado, ganaba mucho dinero. Es posible que hayan podido atrincherarse allí, debo ir, siento que debo ir”
“Acábate el desayuno, despertaré a mi madre y saldremos. Si tenemos tiempo nos pasaremos, pero no me pondré en peligro por tus padres, que te quede claro. Te he acogido en mi hogar; la seguridad es lo único que me preocupa. Eres bienvenida pero no te confundas, eres prescindible, altamente prescindible. No consentiré que nos pongas en peligro”.
Encontraron varias prendas que le iban bien, tanto veraniegas como de invierno, y varios pares de zapatos.
Se les hizo tarde, Jaime prometió a Sara ir otro día a tantear la posibilidad de que sus padres estuvieran con vida, pero que debían irse para que no se les hiciera de noche por el camino.
 A la vuelta, ya al atardecer, dieron con un grupo de caminantes que deambulaban por el alcen de la carretera, unos quilómetros antes de llegar al camino que los meterían en la serranía camino de su colina.
Eran dos hombres y tres mujeres. Caminaban sin rumbo fijo, separados unos dos metros unos de los otros. Detuvo el coche sigilosamente en la otra zona de la calzada.
“Ahí los tienes, perfectos para tu estreno oficial como superviviente”.
Lo miró con los ojos muy abiertos, negando con la cabeza.
“Estás muy loco si piensas que voy a matar a esos……”
Jaime cogió la pistola que llevaba en el compartimento de la puerta de piloto, quitó el seguro y lo puso sobre la sien de Sara.
“Si vives con nosotros tendrás que ser capaz de matar caminantes, disparando y a mano. En caso contrario no nos supondrás más que problemas”
Hizo una pausa, mirando a los cinco desgraciados que deambulaban arrastrando los pies por el asfalto bacheado del alcen.
“Y me temo que tendría que matarte, pues ya conoces nuestro escondite. Así que sospecho que no tienes elección, a no ser que quieras morir. Apostaría que mi madre no se entristecerá si no vuelvo contigo”
“Supongo que me vendrá bien matarlos……. En fin nuestra pequeña comunidad debe ser lo primero”
Sara bajó del coche, asustada, Jaime fue tras ella machete en una mano y pistola en la otra.
“Ten, mata a los dos últimos de un machetazo en la cabeza, con decisión; en cuanto les estrujas los sesos caen como moscas; sus cabezas son extrañamente fáciles de penetrar, casi como si estuvieran hechas de mantequilla. En realidad matar caminantes es de lo más fácil. Luego corre y dispara a los demás en la cabeza, alejándote un poco”
Jaime se sorprendió por la destreza mostrada por la joven. Estaba preparado con un hacha por si necesitaba ayuda, pero no le hizo falta. En menos de un minuto se había ventilado a aquellos cinco siervos del diablo.
“¿Estás segura que nunca has hecho esto?”
“No, es mi primera vez. Todo sea por nuestra pequeña casa. Uf, menuda masacre de sesos, ¡cabrones!”
Sara apoyó a Jaime contra el coche, la noche caía, reflejos dorados pintaban un cuarto del cielo desde el horizonte, vistiendo a las nubes de colores anaranjados y violetas.
“Matar muertos vivientes me ha abierto el apetito, cariño”
Jaime se dejó hacer, aun sabiendo que debían irse cuanto antes de allí; no era seguro estar de noche fuera.
Se arrodilló frente a él y le sonrió. Dulce sonrisa de adolescente hecha mujer. Le desabrochó el cinturón y aflojó los botones de la bragueta. Al sacarla estaba ya enorme, ella puso cara de sorprendida, guiñándole un ojo, uno de sus bellos y expresivos ojos grandes y negros.
Apretó el pellejo para atrás, hasta quedar el capullo al aire, y pasó su lengua por él; como calibrando el sabor y la temperatura con precaución.
Jaime tragó saliva, temió el no saber decir que no, el verse superado por la belleza de aquella joven. Temía no controlar el aspecto sexual de Sara como lo hacía con su madre. Pero en esos momentos tenía muy claro que una mamada era la única posibilidad.
La masturbó un rato, hablándole con suavidad, casi en susurros muy femeninos.
“Quiero que descargues tensión, hazlo sobre mi cara, no tengas problemas. Entre tanta destrucción necesitarás todo el relax del mundo, y yo también amor; me encanta tu polla, me encanta mamarlas, me encanta follar, me encantas tú”
Empezó a masturbarla con ritmo rápido, mientras su lengua se movía muy ágil rozando por la punta. Luego se metió el capullo en la boca y colocó sus manos sobre la tapicería de la puerta del coche donde se encontraba apoyado Jaime. Y así, sin manos, empezó a engullir la gran polla de la persona que le había salvado la vida. Moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás, la boca muy abierta; el que tuviera la cara más menudita y pequeña que su madre ayudaba  a la sensación de que aquella mamada resultase más salvaje y brutal que las dulces que la que le parió le regalaba.
Hacia delante y hacia atrás, recorriéndola entera. Hasta que en un espasmo soltó la primera carga de semen, que ella tragó entera. Entonces la agarró y la refregó por su cara, llenándose de leche menos espesa la nariz, las mejillas, los ojos, la frente. Estrujó la polla contra toda su cara y luego Sara la limpió a base de escupirla y lamerla, con la misma dedicación con la que un perro lame sus heridas.
Al llegar a casa María estaba preocupada por la hora. Aliviada de verlos ofreció que comieran algo. Sara pidió un segundo.
“Primero he de ir al baño, he de limpiarme la cara del semen de Jaime. Ummm, su hijo es todo un hombre, sabe cómo cuidar de una mujer en momentos como este”.
Cuando entró en el baño María miró a Jaime inquisitiva.
“¿De verdad te fías de esta chica?”
“Mata bien y hace buena compañía. Su ayuda te servirá de mucho y todos estaremos más descansados”
“Amor, no te dejes convencer por su belleza, su buen cuerpo, por lo que pueda hacerte, acuérdate de los dos que me follaban; estaban mejor muertos aunque me hicieran disfrutar….”
“Aquellos eran parte de los que tenían secuestrada a Sara, ¡créete que es muy diferente!”
María se acercó y le agarró el paquete, lamiendo su cuello y besándolo.
“Pero yo soy tu sierva, yo soy la mujer de la casa, yo soy tu zorra mi niño; no te olvides de eso amor”
“Tranquila madre, hay para las dos. Somos tres, con compenetración y generosidad nos mantendremos a salvo”
Hizo una pausa, sopesando sus palabras
“Solo necesito motivos para manteneros a salvo a las dos. Ninguna de las dos sois imprescindibles, no en este mundo”
La noche se cerró por completo y la mirada de Jaime se perdió en el infinito mientras abrazaba a su madre.

Relato nº 11: Apocalipsis, parte 2.

Miró de nuevo, apartándose hacia un extremo. Un nuevo relámpago iluminó toda la colina que bajaba suave por la parte delantera de la casa hasta el bosque profundo.
Estaba plagada de caminantes que subían la colina de forma lenta y perdida, como si no les afectase la intensa lluvia.
Hizo señas a su Madre para que no hablara. Ella lo miró extrañada, con los ojos graves y la mirada apocalíptica. Se acercó y le dio una escopeta cargada y dos cajas más de munición.
Se acercó y le tapó la boca intentando que no chillase. Le susurró al oído.
“Hay caminantes fuera. Llévate la vela y baja al sótano. Toma esta escopeta y estas dos cajas de balas, aunque abajo hay más velas, linternas, armas y munición. Enciérrate y no salgas pase lo que pase. Si no aparezco en varios días abre la puerta y ten cuidado. Si hay caminantes dispárales en la cabeza y ponte a salvo lo más rápido que puedas. Intenta no abandonar el hogar. Si tienes la posibilidad rehace la vida aquí de nuevo. Si estuviera la casa plagada abre la puerta y espera arrinconada abajo. Si eres rápida podrás ir matándolo uno a uno, pues son lentos y torpes. Pero no hagas nada demasiado peligroso. Allí abajo, en el peor de los casos, podrás sobrevivir años. Por la pequeña ventanita se cuela una rendija de sol que incide en la pared lateral durante dos horas al día”.
“¿Por qué no bajas conmigo?. Lo construimos esperando que llegase este día”
Su voz se ahogaba en las lágrimas que no cesaban de brotar de sus bonitos ojos, como el pequeño hilo de agua en el nacimiento de un río.
“No debe ser hoy cuando nos rindamos. Algo me dice que podré con ellos. Podré defender nuestro hogar. Tengo que intentarlo. Quiero hacerlo por ti”.
La mirada espantada de su madre fue como un libro abierto. La besó en la frente y la abrazó. Ella rompió a llorar, silenciosamente. Sin decir nada se encerró, la puerta del sótano era de acero puro, la había conseguido en un almacén de puertas no muy lejano. Se había propuesto hacer del sótano un bunker para situaciones como esa. Bien provisto de alimentos y con las dos camas que había en la antigua habitación de invitados.
Solo tenía una opción, subir al tejado y disparar uno a uno a sus cabezas. En el cuerpo a cuerpo lo acabarían rodeando. Miró por todas las ventanas. Estaban muy bien aseguradas y la puerta de entrada era de calidad suficiente como para que la torpeza de los caminantes  pudiese con ella. Pudo contemplar, cuando cada relámpago se lo permitía, que básicamente se agolpaban en la zona delantera de la casa, todos venían del bosque frondoso que se extendía al final de la colina, subiéndola por aquella vertiente, la menos sinuosa y cómoda, se encontraban de bruces con la fachada principal del hogar de Jaime y María.  El pequeño camino de la izquierda, descuidado a propósito para no dar pistas de vida a posibles humanos, también estaba lleno de caminantes. Ese camino llevaba hasta su coche, escondido tras unos arbustos, y más a la izquierda darían con el huerto.
Cruzó los dedos para que no lo hubieran descubierto.
La tormenta amainaba y la noche quedaba sumida en la oscuridad, la lluvia fina parecía perpetuarse, cuando en aquella zona se ponía a llover podrían pasar días así, con una llovizna constante y fría, helada por el gélido aliento de las cimas nevadas que le rodeaban, aunque estuvieran en pleno verano.
Rápidamente trazó un plan. No tardó mucho en decidirse, pues no le quedaban muchas opciones y el tiempo jugaba en su contra.
Tendría que utilizar luz artificial, así que cogió una de sus linternas más amplias y se adosó al cinturón unas cuantas bengalas. Cargó su escopeta preferida y acopló a las piernas, con cinta aislante, cuatro pistolas cargadas. Su arsenal era digno del ejército de un pequeño país. Incluso guardaba dos cajas de granadas de mano, las cuales guardaba como oro en paño para una situación verdaderamente desesperada.
También cargó una pequeña mochilita de balas de la escopeta. Con todo eso tendría que tener suficiente.
Los caminantes se agolpaban en la puerta principal, arañándola torpemente como un pequeño perro que pide al dueño entrar en la casa para resguardarse de la lluvia. Fue hacia la salita y se asomó a la ventana. Por aquel lateral apenas había dos caminantes despistados. Abrió una de las bengalas y la lanzó entre las tablas. De ese modo los atraía a la zona opuesta al coche y al huerto.
Pidió al cielo que la llovizna no la apagara.
Atraídos por el fuego, los caminantes se dirigieron hacia aquel lateral. La llama se apagó y lanzó otra. En poco tiempo la mayor parte de ellos se agolpada en torno al fuego.
Era el momento de entrar en acción.
Agarrando con fuerza la escopeta salió a la calle. Tres caminantes estaban próximos a la puerta, pudo cerrarla y asegurarla antes que llegaran. Los tres no tardaron en tener una bala adosada a la materia gris, o lo que fuera que aquellos perros del demonio tuvieran ahí dentro.
Se apresuró hacia la zona trasera de la casa, por la parte en la que no estaba la llama, pasando por el lateral de la cocina; rodeando el coche y el pequeño huerto. Por el camino fue disparando a discreción a todo el que se le acercaba, no eran muchos, pero en ese trayecto pudo haber abatido a una docena de ellos. Tuvo que coger una de las pistolas para disparar a los dos últimos, ya que se le echaron demasiado encima.
En la zona trasera de la casa saltó y trepó por las ventanas hasta llegar arriba. Algunos intentaron imitarlo, pero no pudieron conseguirlo, eran demasiado lentos, demasiado torpes, demasiado irracionales.
Solo tenían una virtud lo que lo hacían tan peligrosos, nunca se cansaban, nunca dormían. Siempre deambulaban persiguiendo devorar, preferiblemente a humanos.
“¡Malditos idiotas!”.
Se quedó mirándolos un instante, lo miraban hambrientos, emitiendo ese ruido constante, con las mandíbulas desencajadas, algunos con algún ojo descolgado, todos con las ropas rasgadas, muchos con articulaciones rotas y con trozos de cara sin piel.
Tiró otra de las bengalas en esa zona trasera, más discreta y escondida. Pronto se llenó de decenas de ellos. Empezó a disparar tranquilamente, se sentía extrañamente a salvo. Su escopeta escupía la bala, y tras cada fogonazo caía un caminante.
Cuando se quedó sin cartuchos, recargó con suma tranquilidad. Silbando una vieja canción de infancia, con la esperanza de que su madre pudiera oírlo.
Lanzó otra bengala y continuó disparando, apenas quedaban unos pocos en pié. Se despidió de cada uno antes de apretar el gatillo.
La lluvia había cesado y una montaña de cuerpos inertes se agolpaba frente a él.
Miró alrededor sin apenas percibir más peligro. Solo un par de ellos subían de nuevo por la colina. Se preguntó por qué estaban allí, no era normal verlos, aquel lugar estaba alejado de todo, rodeado de altas montañas y con un terreno demasiado abrupto y salvaje. ¿Qué podría haberles atraído?, no creyó que su casa fuese la razón. Tal vez estaban allí por alguna otra causa, y la casa les habría llamado la atención, al haber aparecido iluminada por los rayos de la noche.
Pero, ¿qué podría haberles atraído a aquella zona?. Por lo que había podido aprender solo se guiaban para comer y era en las ciudades y grandes poblaciones por donde andaban a sus anchas, comiendo humanos muertos y mascotas heridas. En mitad del bosque no era fácil encontrar animales muertos y desde luego no había humanos. Además, solo se guiaban por el hedor de la carne en descomposición y su madre y él estaban más vivos que nunca.
Hedor de carne muerta.
“¡El ciervo!”.
Lamentó no haberlo quemado, los caminantes deberían haber olido su carne desde lejos, uno habría seguido a otro y así hasta toda la congregación que habían reunido en el entorno de su casa.
La certeza de explicarse el por qué de aquella inesperada visita le suscitó una nueva duda. ¿Cuántos más habría allá abajo?. La noche era su aliada, o lo intentaba o se condenaban para siempre.
Entró en casa, cogió más balas y agarró su machete. Los que pudiera matar sin hacer ruido mejor que mejor.
Colina abajo se cruzó con seis más, todos sintieron el frío del acero en sus sesos.
Se agazapó entre los árboles mirando alrededor. Avanzó poco a poco hasta llegar a la zona en la que había enterrado el ciervo. Allí estaban, eran pocos, concretamente cinco. Se repartían lo que quedaba del animal.
No había mucha carne, sin duda los demás habrían ido a buscar más comida a otro sitio y al ver su casa desde abajo habrían decidido, si es que esos malditos idiotas podían tomar decisiones, ir a probar suerte allí.
Estaban mínimamente separados uno de los otros, cada uno con su menú, ni rastro del ciervo, lo habían devorado por completo.
Uno a uno fue clavando su machete con saña y sed de sangre. La cara de Jaime enloquecía en cada envestida, aquellos desgraciados apenas pudieron ponerle en apuros. Ni un rasguño, ni una caída, ni una torcedura. Toda la sangre que bañaba a Jaime era de aquellos desgraciados, a los que acuchilló hasta quedar exhausto.
Durante toda la noche anduvo merodeando alrededor de la casa y por el bosque, buscando más amigos a los que dar tan calurosa bienvenida. Ni rastro de ellos.
Al amanecer amontonó todos los cuerpos en la zona trasera de la casa, donde había acribillado a la mayoría desde el tejado. Cuando el sol, hermoso y bienvenido tras una fría noche de lluvia y muerte, hizo acto de presencia, quemó los cuerpos en una descomunal hoguera que luchaba por alcanzar el cielo, como una ofrenda a Dios, mostrándole que de momento lograban vencer en su lucha contra su todopoderoso enemigo.
Esperó pacientemente a que finalizase la hoguera para enterrar, colina abajo, los calcinados huesos que quedaron de las llamas.
El Sol estaba muy alto cuando dio por culminado el plan percibido a la ligera en la temerosa noche de lluvia. Se dirigió a su casa tan orgulloso como cansado. Lleno de sangre de caminantes y con las ropas rasgadas, podría pasar por uno de ellos, pensó. Entró en casa y golpeó en la puerta del sótano.
“Mama, mama. ¿Me oyes?. Soy yo, puedes salir, puedes abrir. Todo pasó”.
Tras un incómodo y alarmante silencio la puerta se entreabrió lentamente. Su madre asomó tras la rendija y al verle la abrió entera hasta fundirse en un abrazo.
“Sabía que lo lograrías mi nene. Dios no iba a abandonarte pues pasé toda la noche rezando”.
“Matar caminantes se está convirtiendo en mi deporte favorito”.
Rieron, ella le acarició las mejillas. Su vestido estaba lleno de sangre tras el abrazo.
“¿Estás bien?, ¿te has herido?”.
“Toda esta sangre es de ellos. Voy a lavarme y a tirar esta ropa”.
Su madre acarició su brazo desnudo y musculoso. La sangre no permitía saber donde empezaba la camiseta de manga corta. Con la otra mano acarició el otro brazo. Sus manos se llenaron de sangre de caminante.
“Esta sangre es el testigo de tu lucha por protegerme, por proteger a la humanidad”
Se acercó mucho hasta abrazarle de nuevo, ladeó la cabeza y lamió su cuello, llevándose parte de la sangre consigo. Su boca estaba roja, como su hubiera comido carne cruda. Sus ojos desorbitados por la excitación. Lo besó. Su lengua recorría toda la boca de su hijo. Luego lo agarró de la mano y lo condujo al sofá del salón.
Allí quitó sus ropas sucias y llenas de sangre. Cuando quedó completamente desnudo le lamió toda su piel manchada y sudada, hasta dejarla limpia.
“Bebo la sangre del enemigo del señor. Con esta acción lavo y libero de maldad los músculos del guerrero”
Estaba visiblemente muy excitada. Con toda su boca y cara manchadas se quitó el vestido dejándolo caer. Su cuerpo fue ofrecido completamente desnudo. Se sentó en los regazos de su hijo y le ofreció los pechos agarrándolos con la mano para acercarlos a su boca.
“Aquí tienes mis pechos, amor, mama de ellos, tenlos como premio por tu lucha victoriosa”
Su lengua recorrió los pezones, amplios y rosados. Ella se lamió y pasó sus dedos por ellos, dejándolos rojos. Él  los agarró, lamió y comió. Eran deliciosos, la generosidad de la talla ciento veinte le otorgaron una erección que tardaba en llegar. El cansancio se tornó en deseo. Y su madre se convirtió en el regalo de Dios por mantener con vida a lo más importante de su creación.
Tal vez deliraba pero de repente las palabras de su madre ganaban sentido. Estarían ambos locos, y si en su locura deberían vivir por siempre jamás, mejor vivir bien y ser el macho de una hembra entregada a él. De esta forma ella conseguía que defendiera la casa con la garra con la que lo había hecho la noche anterior. Se preguntó si ese mismo valor lo hubiera empleado en el caso de no haber gozado del cuerpo y el calor de su madre. Tal vez no, tal vez aquella loca religiosa llevase razón, su cuerpo le había otorgado el relax suficiente para sacar fuerzas de donde probablemente no había.
La miró. Con la boca llena de sangre y la mirada desorbitada estaba más cerca de ser una enviada del diablo que una borrega de Dios. Se preguntó cuándo perdió la cabeza aquella mujer. Tal vez en aquellas noches de silencio, en las que no hablaban, esperando que llegasen y todo acabase. Ahí también debió perderla él.
Su polla estaba pletórica.
“Quiero follarte mama”.
“Fóllame nene, folla a tu perra”.
El susurro le erizó la piel, no parecía su voz, es como si estuviese poseída. Le agarró el sexo, estaba muy mojado. La excitación que en ese momento sufría su madre no parecía de este mundo.
La colocó a cuatro patas sobre el sofá. Ella gemía esperando.  Abrió las nalgas y rebuscó bajo el amplio bello. Por fin la metió. Esta vez folló fuerte desde el inicio. Ella mantuvo la postura gimiendo en voz alta. Sus nalgas bailaban y su espalda caía poco a poco, pero en todo momento sus caderas permanecían muy arriba, facilitándole la labor.
Se la sacó y le abrió mucho las nalgas. Lamió su mano y la pasó por el ano. Se incorporó un poco más y colocó el capullo. Apretó hasta que entró, más fácilmente de lo que hubiera jurado. Enseguida su pene entró casi hasta la mitad e inició una follada lenta, metiendo en cada embestida un poco más.
Los gemidos aumentaron.
“Eso es, rómpele el culo a mamá. Aquí me tienes, desahógate cariño. Elimina la tensión de la batalla con la hembra de tu casa”.
Se detuvo para descansar, no quería correrse. Pero su madre no estaba por la labor de parar. Se sentó a su lado y descendió hasta darle una fuerte mamada.
“Ummmm mama no sigas que me voy”.
Ella se puso de rodillas en el suelo y siguió comiéndosela desde ahí. La sangre de su boca se mezclaba con la polla, su saliva y el líquido que empezaba a salir del capullo. Empezó a masturbarle mientras le miraba, lo alternaba con rápidas y profundas tragadas de polla.
“Vamos, corete amor. Dámelo todo”
Mientras le masturbaba abría mucho su boca, esperando el premio. Cuando el semen empezó a brotar la introdujo de nuevo en la boca. Moviendo el miembro lentamente, tragándolo todo. Hasta quedar completamente vacío.
Se sentó, educadamente a su lado en el sofá. Jaime resopló y se levantó a beber un par de sorbos de whisky. Al abrir la despensa recordó la inmensa suerte que tuvo aquel día. Un camión cargado de botellas de whisky de alta calidad, parado en la cuneta de una carretera principal, posiblemente iría camino de la gran ciudad. Nadie en su interior y las botellas intactas. No pudo cargar todas y dio un total de tres viajes. Acabó almacenando casi trescientas botellas. No solo las utilizaba para beber sorbos lentos que lo templasen a diario, también lo habían utilizado para curar alguna herida, conservando el alcohol médico que guardaban en menor cantidad. Cogió una nueva botella. Debían quedar unas cuarenta de las sesenta que subió del sótano en cuanto las tuvo todas reunidas. El resto permanecían bien protegidas abajo.
Bebió un largo trago. Miró a su madre. Sentada en el sofá, completamente desnuda y medio embadurnada de sangre de caminante.
“Tendrás que limpiar ese sofá. Ya tienes tarea para esta tarde. Yo aseguraré un par de tablas que me crujieron anoche mientras disparaba desde el tejado”.
Su madre miraba al infinito, como si volviera de un sueño lo miro.
“¿Eran muchos?”
“Los suficientes para que no bajemos la guardia nunca más. He pensado en ir en busca de focos para proteger todo el perímetro de la colina. Tendría que ser con batería propia o pilas. Todas las noches lo encenderemos a ratos para vigilar. Tampoco conviene llamar demasiado la atención, pero la oscuridad de noches como la pasada nos exponen demasiado”
Su madre le miró preocupada. Él reparó en que estaba sentada con las piernas sobre el sofá, abierta de piernas. Podía notar como su sexo seguía húmedo. Cayó en la cuenta de que no la había follado lo suficiente. No era propio de ella que estuviera ahí, completamente desnuda, a plena vista de su hijo.  La sintió frágil y necesitada. Abandonada del Dios en el que tanto confiaba.
“¿Dónde irás a buscar los focos?”
Su voz agonizó en una súplica de preocupación
“A la gran ciudad. No me quedará más remedio”
“Es muy peligroso, no sabes qué vas a encontrar allí. De momento no los necesitamos, fue una tormenta pasajera. Aprovecha una de las salidas del otoño, justo antes de las lluvias y nevadas invernales….”
“Anoche estuvimos a punto de morir. No fuiste consciente en ningún momento del peligro que corrimos. Analizaré opciones sin tener que moverme aun. Mientras haga buen tiempo podremos aguantar”
Bebió otro largo sorbo en silencio. Su madre permanecía sentada. Sintió que quería dejarla necesitada. Pensó en que si tal vez la relación con su madre iba a empezar a cambiar para siempre, sería mejor que él tomase el mando de la situación. El hecho de que ella hubiese ofrecido su cuerpo era un acto de inmoralidad mortal, sin duda la hacía más débil y sumisa; en una mujer de sus profundas convicciones no cabría otra cosa. Él podía verlo, notaba como su madre había aceptado el destino y había dado un paso, sin duda movida por una excelsa necesidad sexual, de marcar más claramente el patrón de comportamientos en el hogar.
Jaime supo que jamás sería su madre de ahí en adelante. Ahora era una mujer a la que proteger, pues ella pedía protección con su perdida y atemorizada mirada. Y aquella mujer había aceptado el roll de hembra de la casa, donde mantenerla en orden y limpia y estar al servicio del macho se había convertido en la forma escogida para espiar sus pecados; en el juicio divino constante en el que andaba metida.
Bebió otro largo sorbo, casi se había bebido media botella. Ella lo miraba de soslayo, temerosa y deseosa. Sin atreverse a dar el paso de tener más sexo, aunque solo un rato antes habría tomado toda la iniciativa.
Se colocó frente a ella con la botella de whisky agarrada. Dio otro sorbo. María levantó la cara y esforzó una sonrisa, dejando salir levemente la lengua alrededor de los labios.
“Creo que deberías lavarte. Luego iré yo. Cuando tengas tiempo me gustaría que quitases los pelos de tu coño. Desmejoran tu silueta y no me dejan disfrutar en plenitud de tu coño. La depilación de tus piernas es impecable, utiliza la misma cuchilla para rasurártelo. Y mantenlo siempre limpio”.
“Sí hijo mío”.
“Otra cosa, échate algo más de tinte. Has criado más canas de la cuenta últimamente. En mis próximas batidas dedicaré un esfuerzo extra en productos de higiene y estética. Ya que vamos a morir en manos del diablo, que este nos pille dignos”.
“Gracias mi amor. ¿Algo más?”.
“No olvides limpiar el sofá. Yo me asearé fuera y luego repararé el tejado. Nos vemos a la hora de la cena”.
María se levantó. Jaime guardó la botella de whisky. Justo antes de salir con un cubo para cargarlo de agua en el pozo escucho dos suspiros prolongados procedentes del cuarto de baño.
Mientras arreglaba los pocos desperfectos provocados en el tejado la noche anterior se sintió puro de mente. Aquel paraje era realmente bello, con montañas de cimas nevadas y bosques plagados de bellos y elegantes árboles. La colina, en cuya cima estaba la casa, era verde y las flores silvestres daban un aroma especial al entorno. Lo único que tanto le chocaba era que no hubiera pájaros. Su ausencia daba un ambiente tétrico y apocalíptico que le erizaba tanto la piel como el ruido constante de los caminantes.
El hecho de que siguieran vivos reafirmaba el convencimiento de haber construido un lugar seguro donde vivir. Además, lo normal es que por allí nunca pasaran caminantes. Realmente con el paso del tiempo había empezado a temer más el que algún día se acercasen humanos colina arriba. A los caminantes los controlaban, eran simples y predecibles. Los humanos, en cambio, pueden llegar a ser retorcidos y peligrosos, llenos de locura impredecible, tanto como el que una madre y un hijo acaben follando impregnados de sangre de muertos vivientes.
En lo que respectaba su madre se sentía bien con la situación. Al fin y al cabo, pensó, era el sino de la historia del ser humano. Unos son más dependientes y los que mandan necesitan saber que su labor es reconocida. Siempre fue así. Además el macho siempre ha de disponer de una hembra, y viceversa. Podría tratarse de una nueva ráfaga de locura, pero hasta veía normal el giro de la relación con su madre. Normal, humano y natural.
Una brisa fría bajó de las montañas justo cuando se disponía a bajar del tejado. Achacó a su locura el suspiro que llegó a sus oídos.
“socorroooooooooo”.
Lo sintió en la nuca pero a la vez lejano, como si viniese de detrás de las montañas. Miró en la dirección desde donde lo sintió. La montaña permanecía inerte y señera, poderosa y distante. Todo estaba tal cual estuvo siempre. Además, detrás de aquella montaña solo había más y más y cada vez más altas.
Tal vez fuese que realmente se estaba volviendo loco.
Cenaron mejillones enlatados y sopa de cebolla. El calor del caldo le rejuveneció por dentro, el placer de aquellas humeantes cucharadas le asentaba y transportaba a cuando todo era normal. Un efecto similar al de dormir, cuando al despertar siempre sentía un segundo de felicidad antes de llegar el terror.
No hablaron, como hacían casi siempre. Y apenas se miraron. Ella vestía otro de sus vestidos, esta vez uno rojo burdeos. Uno de los más atrevidos que guardaba, pues la caída llegaba hasta unos cuatro dedos por encima de la rodilla estando de pie, y algunos más al sentarse. Ella se cruzó de piernas mostrando todo el muslo izquierdo. Jaime se embelesó, era muy bello, sin duda.
Ella le miró de reojo y soltó un soplido para hacerse notar, como una especie de ritual que indicaba que iba a hablar.
“Hice lo que me dijiste, hijo mío”
Jaime sonrió magnánimo. Intentó imaginar cómo sería su sexo depilado. Miró sus piernas de nuevo, ella lo notó y se descruzó. Acto seguido movió su silla hacia la de él y se acomodó abriendo las piernas.
Pudo verlo entero, algo sombreado por el vestido que abarcaba medio palmo de muslo. Estaba totalmente depilado, a simple vista parecía una obra maestra, a tener en cuenta que solo contó con una cuchilla y algo de jabón para el trabajo.
Le pareció más pequeño y acogedor, mucho más bonito, realmente lo era. No pudo controlar una erección de caballo. Más provocada por la obediencia de su madre al depilarse que por la vista en sí.
“Estupendo. Creo que has hecho un bello trabajo, ha quedado realmente bonito”
Ella se giró de nuevo y siguió comiendo.
“Gracias amor”
Cuando acabó de comer dejó su plato en el fregadero. Su madre empezó a fregar. Contuvo el impulso de coger la botella de whisky, últimamente estaba bebiendo demasiado.
Dio una vuelta por la casa para comprobar que todo estaba bien fuera. La noche era estrellada y había cuarto menguante de luz plateada, la suficiente  para no atisbar sombras extrañas. Todo parecía en orden. Se sentó en el butacón del salón con la escopeta en la mano e inició una de sus silenciosas noches de vigilia.
Cuando su madre terminó de fregar y recoger la cocina se sentó en el butacón frente a él y estuvieron en silencio. Como tantas y tantas noches.
Jaime sintió un impulso atroz de comer el sexo de su madre. Recién rasurado y limpio tendría que ser una delicia. Ella lo miraba cruzada de piernas, de vez en cuando cambiaba de apoyo dejándoselo ver en pleno movimiento. Ella respiraba agitada, él aguantaba tranquilo, cambiando sus miradas de vigilante del exterior a observador de su madre. Ella parecía cómoda, el brillo de su mirada era diferente al de tantas noches de aquella situación. Parecía no estar tan pendiente de los ruidos del exterior, como siempre hacía, como de provocar el que su hijo se abalanzase sobre ella.
Jaime decidió no sufrir más.
“El sofá ha quedado muy limpio, buen trabajo mamá”
“Gracias mi amor”
“He pensado que podemos intentar recuperar la rutina anterior. Deberías dormir por las noches y darme el relevo vigilante desde el amanecer hasta mediodía”.
Ella pareció decepcionada.
“Sí mi nene. Si crees que es lo mejor así se hará. Buenas noches”
Se levantó y se encaminó a las escaleras. La detuvo justo antes de empezar a subir.
“Por cierto, mamá, antes de acostarte”
“Dime vida”
Le habló sin mirarla.
“Desnúdate y siéntate en el sofá. Ponte cómoda abierta de piernas. Necesito evadirme un poco antes de enfrentarme a esta noche en soledad”
Ella sonrió y dejó escapar un errático suspiro de expiración. Fundida de nervios y excitación.
“Lo que tú ordenes, mi nene”
Se sentó en la mitad del sofá de dos plazas que se extendía desde la ventana central, en torno a la cual se encontraban los dos butacones, y la puerta de entrada. Colocó su culo justo en la separación de las dos mitades del biplaza. Se abrió de piernas, completamente desnuda. Jaime la observó, los pechos parecían más caídos en esa postura, y no guardaba relación con el majestuoso coño, el cual podría pasar por el de una mujer de veinte años menos.
Dejó la escopeta recostada contra la pared bajo el ventanal y acercó la vela desde la repisa donde solía estar hasta una mesita más próxima a donde se encontraba ella. Se levantó despacio y se arrodilló frente a ella.
No hacía falta hablar. Se acomodó y sostuvo a su madre muy abierta agarrándola por la zona inferior de los muslos, rozando las nalgas con los dedos. María era pequeña y bien manejable, extraordinariamente dócil.
Primero lo besó, dejando deslizar la lengua inocentemente, trayendo consigo olor a mujer mezclado con el jabón barato que usaban. La miró, reposaba la cabeza en la espalda del sofá, decidida a pasar un buen rato. Ahora le pasó la lengua desde el ombligo hasta el ano, y vuelta a subir deteniéndose en el botón. Jugó haciendo círculos y dando lametones de abajo arriba y viceversa. María empezó a retorcerse lentamente en el sofá. Sus manos agarraban la cabeza de su hijo, acompañándola en los movimientos y dejándole hacer, sin dirigirle.
Él la miró de nuevo, ella le sonrió acariciándole el pelo.
“¿Te gusta así mi vida?”
“Delicioso, sin pelos es exquisito, todo un coño”
“Me alegra que te guste amor, cómeselo a mamá”.
Esto último lo dijo con voz susurrante. Regresó al trabajo. Al lamer de nuevo lo encontró más abierto y húmedo, esperando de nuevo su lengua. Lo lamió y besó, mordisqueó los labios vaginales y acabó metiendo uno, dos, tres dedos. Lamió el ano mientras sus dedos no cesaban de penetrar, y ella lo acompañó de gemidos aprobatorios, que llenaban la casa del ruido caliente de hembra en celo.
Jaime se levantó y desnudó. Había bebido el suficiente jugo como para saber que el sexo de su madre necesitaba una buena polla, y él podía ofrecerla. Se desvistió por completo y se acopló a ella, la cual lo recibió sin cambiar de posición y con los brazos y piernas abiertas.
Algo agachado, sin llegar a apoyar las rodillas en el sofá, la trabajó con empujones de fuerza, intentando no parecer torpe, de menos a más hasta lograr introducirla entera. Ella le tenía abrazado en torno a la nuca y echaba un poco el cuello hacia delante para lamer sus pezones; lo cual le daba más ánimos para seguir y seguir.
Se encontraba pletórico, sintiendo que aguantaba lo que quisiese, sabiendo disfrutar del momento. Su madre era una  espléndida folladora, nada que ver con la torpeza y vergüenza mostrada la primera vez. Ahora, desatada, ni se acordaba de Dios en mitad del acto; solo se centraba en ser placentera y generosa, y en disfrutar todo lo que podía.
“Cambiemos”
A su orden ella se levantó, ahora se sentó en el mismo sitio donde estaba ella y le extendió los brazos. Ella agarró su mano y se acercó. Se acopló de rodillas en torno a su cintura. Con su mano derecha se la agarró y la clavó, luego se sentó sobre él. Quedaron abrazados y moviéndose a la vez. Él le agarraba las nalgas, las cuales se movían sensualmente de arriba abajo acompañando el movimiento que desde abajo le llegaba en sentido contrario. Ella le abrazaba y miraba fijamente a los ojos. Se besaron profunda y guarramente, compartiendo salivas cada vez más espesas, en una insistencia maternal de mantener siempre la lengua muy dentro de la boca de su hijo, recorriendo sus dientes. Las babas cayeron por sus pechos, los cuales él lamió a la vez que María echaba la cabeza hacia atrás, moviendo el culo más fuerte. Justo cuando sentía que se iba su madre lo apretó más contra sí y con un profundo gimoteo orgásmico provocó el final de su hijo.
Gimieron y gritaron a la vez. Él sintió que la cueva se humedecía considerablemente justo en el momento de eyacular, sintiendo una maravillosa situación placentera, nunca antes vivida.
Esa noche María durmió feliz y Jaime no dejó de rememorar el que, probablemente, habría sido el mejor polvo de su vida. Nunca uno antes con tanta sensualidad, intensidad, compenetración y ternura.
Madre no hay más que una.
Al día siguiente durmió poco. Al amanecer un cúmulo de nubes ocultó al Sol en su nacimiento. Preocupado porque volvieran las lluvias y les pillase de nuevo desprevenido para ver venir posibles caminantes, solo dio vueltas acompañadas de pasajeros e inquietos sueños, durante un par de horas.
Al levantarse pidió a su madre, que empezaba a afanarse en la cocina, que pusiera algo fuerte para comer y le preparase una pequeña mochila. Iba a ir a la gran ciudad a buscar los focos.
Ella se abrazó llorando. Nunca llevó bien que se fuera, pero siempre lo aceptó como algo necesario y sin lo que no podrían sobrevivir. Él tampoco tenía mínimas ganas de ausentarse durante todo el día, no volvería hasta la noche y debería conducir sin los faros del coche para no llamar la atención.
Pero tenía muy asumido su roll de protector del hogar. Y su obligación ahora era hacer lo posible para evitar que una situación de tanto peligro se volviese a repetir. Y para ello tendría que mejorar el sistema de iluminación nocturno. Además buscaría nuevas bengalas. Sabía perfectamente dónde buscar.
Partió cuando el Sol casi llegaba a la zona más alta de su parábola. El coche estaba sobradamente cuidado pues piezas de coches, generadores y herramientas de taller era lo que más fácil le había sido encontrar. Lo revisaba casi a diario y siempre estaba con el depósito lleno de gasolina y un bidón guardado en el maletero; por si debían huir.
Las ordenes a su madre fueron claras. Nada de desviar la atención. Debería estar alerta todo el tiempo que estuviese sola, vigilante y con un arma siempre a mano. Quedó encerrada cuando él deslizaba lentamente su coche por el mal cuidado camino que lo llevaría, colina abajo, a un camino algo mejor preparado; el cual transcurriría unos quilómetros entre las montañas hasta llegar a una carretera comarcal tan descuidada o más que el camino.
El paisaje era delicioso, nunca se cansaba de admirarlo, conduciendo a escasos cuarenta quilómetros por hora, tratando de no dañar el coche en los baches; en cuestión de unos veinte quilómetros llegaría a la carretera nacional que tendría que conducirle a la ciudad.
Todo estaba en orden. Ni rastro de nada raro, solo paisajes y paisajes. Al pasar por un pequeño puente vio un caminante. Estaba de pie encima del riachuelo que pasaba por debajo de la carretera, cerca del lago. Estaría como a unos quince quilómetros de su hogar. Con aquel terreno montañoso era todo un mundo, pero se había propuesto no dejar vivo a ninguno que viese por aquella zona.
Detuvo el coche y bajó hasta el riachuelo. Cuando lo vio se fue directo a él con ese andar torpe, arrastrando los pies por la superficie de una cuarta de agua, chapoteando torpemente.
Hasta que estuvo a unos dos metros no se percató que era una mujer. No tenía apenas pelo, pero conservaba la figura y la mirada de lo que sin duda tuvo que ser una bella chica en su vida humana. Sintió lástima y trató de imaginarla llena de vida y sueños unos meses antes. El matarla era lo mejor que podía hacer por ella ahora. Justo cuando se lanzó con las mandíbulas muy abiertas, desesperadamente  hambrienta, sacó el machete que llevaba adosado al cinturón y se lo clavó en lafrente, entre los ojos. Cayó fulminada, tiñendo de rojo el pequeño riachuelo.
La carretera nacional estaba en un muy buen estado, tal y como la recordaba de la última vez que condujo por ella un par de meses atrás. Algunos coches abandonados en las cunetas y algunos cadáveres en descomposición.
Un cartel medio derrumbado anunciaba que quedaban ochenta quilómetros para la gran ciudad. Condujo a una velocidad crucero de unos ochenta quilómetros por hora. Llegando a ella pudo ver grupos reducidos de caminantes que deambulaban por la cuneta, algunos dentro de la carretera. A todos los esquivó cuidadosamente, allí no eran su problema  a no ser que amenazasen su vida.
Las casas y los edificios de entrada a la ciudad estaba derruidos, algunos ardían. Fijó la atención en busca de posible presencia humana. Ni rastro aparente.
Tomó un desvío antes de adentrarse en la solitaria ciudad, más tétrica que nunca. Daba miedo, con sus avenidas, jardines, edificios y plazas abandonadas. Llenas de caminantes, pensó en que más que probablemente habría humanos escondidos en los edificios, luchando por sobrevivir mucho más de lo que lo hacían ellos. El desvío lo llevó a un polígono industrial situado al sur, justo al otro extremo de la urbe.
La gran superficie de la jardinería y el hogar invitaba a todo menos a aproximarse. Aparcó el coche en la carretera, fuera del aparcamiento lleno de coches destrozados. Caminó entre ellos, con el machete y una de sus pistolas preparados. Con sumo cuidado accedió al interior del recinto.
Lo primero que vio al entrar fue un caminante, deambulaba por un pasillo del fondo. Vestía traje de seguridad; ¿sería el vigilante de aquel lugar?.
Intentó evitarlo. Caminó por los pasillos intentando no encontrarse con él, vigilante por si otros amigos anduvieran cerca.
Pudo ver focos en lo alto de una litera en una calle colindante. Iban a pilas y las enormes baterías descansaban justo al lado, a la misma altura. Retrocedió pero tuvo que agazaparse de forma fulminante. Tres caminantes acababan de entrar por la puerta principal. Justo por la zona hacia la que se dirigía. Se había propuesto no enfrentarse a ellos, solo quería coger lo que necesitaba y salir pitando. Los nuevos caminantes anduvieron por el pasillo donde se encontraban los focos y las pilas. Jaime se asomó a él. Justo a la altura de lo que necesitaba se cruzaron con el guardia de seguridad y empezaron a empujarse con el torso los unos a los otros, de forma torpe, emitiendo ese ruido constante tan escalofriante.
Pasó un largo rato y parecían no querer moverse de allí. Miró alrededor y se asomó fuera. Su coche seguía donde estaba y no había rastro de nueva compañía. Decidió llamarles la atención. Se dejó ver. Los cuatro fueron directamente tras su silueta, guiados por aquel insaciable apetito. Los llevó hasta la calle del fondo y corrió por una lateral hasta llegar a la de los focos de nuevo. Los caminantes le habían perdido la pista, tendría apenas un minuto hasta que dieran de nuevo con él.
Confió a la suerte el que se mantuvieran todos juntos.
Agarró los dos focos y acarreó con varias pilas. Tendría que llevarlos a peso, no había tiempo de buscar carritos y hacía tiempo que decidió no buscar nada más. Justo al salir corriendo los cuatro fantásticos lo interceptaron en la puerta de salida. De nuevo se fueron a por él. Corrió de forma más torpe por la carga, en dirección opuesta hasta dar una vuelta al establecimiento. Consiguió generarse vía libre.
Corrió hasta el coche y guardó todo en el maletero.  Al girarse tenía a otro a punto de darle alcance.
Trastabilló y cayó al suelo a merced del susto. Se le echó encima con las fauces abiertas dispuestas a darse un festín. Era más grande que él, pero no más fuerte. Le sostuvo los brazos arriba, impidiendo que sus dientes impactasen. Estaba totalmente tumbado con el desgraciado fortachón casi inmovilizándole. Miró hacia atrás y pudo ver como cuatro pares de pies se arrastraban a escasos cinco metros. Ya estaban ahí sus amigos, enemigos de los focos a pilas.
Se la jugó. Soltó su mano derecha para agarrar la pistola. Rápidamente giró la cabeza hacia el lado opuesto. El otro cayó de cara sobre el asfalto. Al girarse tuvo justo el tiempo para dispararle en la frente. Un agujero limpio lo dejó en una mueca satánica, justo antes de que le convirtiera en uno de los suyos.
Disparar en mitad de aquel lugar era justo lo que no quería hacer.
Rápidamente se puso en pié y disparó cuatro balas más, a escasas cuatro cuartas, sobre las cuatro cabezas huecas restantes.
Sesos sobre el asfalto. Tranquilidad pasajera.
Al fondo unos cuantos amigos más se aproximaban atraídos por el ruido de los disparos. Al arrancar pudo ver que otros medio taponaban la salida hacia la carretera de circunvalación. Aceleró llevándose a tres por delante. Limpiaparabrisas manchado y parte delantera del coche abollada y teñida de rojo. Aceleró sin mirar atrás. Si lo hubiera hecho habría visto a más de un millar de caminantes que se agolpaban en torno a los cinco compañeros caídos.
Se había librado de milagro, y ya iban dos veces en muy poco tiempo.
La vuelta la hizo más rápida, buscando que no se le hiciera de noche.  Al llegar al camino que llegaba a su casa justo empezaba a anochecer.
Cuando enfiló el camino mal cuidado que subía la colina pudo ver su hogar. Destartalado y fortificado, desde ahí abajo daba la impresión de ser una especie de casa encantada; definitivamente no invitaba a acercarse a nadie.
Algo le detuvo. Sintió que su hogar quería transmitirle algo. No tardó en darse cuenta de qué.
Se le heló la sangre y contuvo la respiración.
Detuvo el coche y lo apartó del camino, intentando dejarlo lo más fuera de la vista posible. Cargó con la pistola llena de balas y el machete preparado. Se acercó colina arriba de forma sigilosa.
Al llegar la rodeó y se aproximó al exterior de la ventana de la cocina. Allí estaba, las tablas de debajo estaban teñidas de verde. Su madre había volcado la pequeña lata preparada con pintura justo al lado de dicha ventana.
No había dudas, era la señal que tenían preestablecida de que algo fuera de lo común ocurría, para cuando uno de los dos se ausentaba. Rodeó la casa vigilante. Desde la ventana de la habitación de su madre salía un pequeño resplandor amarillento producto de alguna de las velas.
Por un momento barajó la idea de que hubiera sido un accidente. Entró en la casa con cuidado. La puerta del sótano entreabierta le quitaron las dudas. Un tarro roto en el suelo le hizo visualizar lo ocurrido: Su madre se apresuró a tirar la pintura, para alertarle cuando volviese. Luego corrió para encerrarse en el sótano, rompiendo el tarro a su paso. Pero alguien la interceptó antes de entrar.
Afinó el oído, no logró escuchar nada. Con mucho cuidado recorrió la zona inferior de la casa. No había nadie ni nada que le diera más pistas de lo ocurrido.
Se encaminó hacia la escalera. Una botella de whisky vacía en el segundo escalón. Miró. La puerta de la habitación de su madre estaba entre abierta, la luz amarillenta se reflejaba en la pared de enfrente, justo en el borde superior de la escalera.
Agudizó el oído y pudo oírla. Su madre gemía de forma pausada y constante. Al llegar arriba se asomó y entonces pudo verlo todo.
Dos hombres de aspecto desarrapado, gordos y grandes, con barbas y pelo largo. Desnudos en la cama de mi madre. Pantalones y chupas de cuero en el suelo, junto a uno de los vestidos de María. Ella estaba a cuatro patas, comiéndole la polla a uno de los dos, que estaba de rodillas a la altura de la almohada. El otro la enculaba con fuerza.
Lo que realmente le sorprendió fue ver que ella disfrutaba. Movía el culo pidiendo más embestidas, el de atrás, superado por la exigencia de la hembra, hacía lo que podía. Los gemidos constantes y medio callados eran provocados por tener la otra polla muy metida en la boca.
Jaime esperó pacientemente a que acabasen. Ambos se corrieron en la boca. Ella se mostró agradecida, tragando todo el semen de forma sonriente y generosa. Luego las lamió para dejarlas bien limpias. Ambos sentados uno al lado del otro en la cama, con sus barrigas enormes y la mujer frente a ellos de rodilla.
Cuando acabaron entró en la habitación cargando con la pistola.
Los dos barbudos lo miraron aterrados, como si se culparan por no haber tenido cuidado, visualizando una  inminente muerte. Su madre disimuló un llanto y se fue tras su hijo como una perrilla a la que están maltratando y se escuda detrás de su amo.
Jaime ordenó a su madre que fuera a lavarse y no saliese del baño hasta nueva orden. Cuando se fue, cerró la puerta de la habitación y se adentró un par de metros. La visión de esos hombretones desnudos y asustados le pareció cómica y circense.
“¿Quiénes sois?. ¿De dónde venís?”
No respondieron. O al menos murmuraron algo como “jódete”.
Jaime disparó una bala en una de las rodillas de cada uno. Se retorcieron de dolor y lloraron como críos. Entonces Jaime se acercó un paso más y les apuntó al paquete.
“Creo que no me he explicado bien, o al menos no me habéis entendido como un servidor pretendía. Dejen que me presente. Soy Jaime y he tenido la humanidad de dejaros acabar de follar a mi madre. No vais a salir vivos de esta habitación, de eso puede estar vuestras mercedes seguro. Peroe ustedes dependerá el morir de lenta agonía o que un disparo en vuestras sucias cabezas acorte lo que tengo pensaros haceros si no habláis”.
Sonrió amable.
“¿Me he explicado bien?”
Asintieron como dos cobardes temerosos.
“Perfecto. Y bien, ¿Quiénes sois?. ¿De dónde venís?”.

Relato nº 10: Apocalipsis, parte 1.

Jaime bebió un sorbo más de la botella de whisky y la dejó sobre la mesa. Convenía no beber demasiado para estar alerta. Se secó los labios humedecidos con el antebrazo desnudo. La primavera avanzaba despacio y los días cálidos iban llegando a mediados del mes de mayo, o tal vez ya estuvieran en junio.
Miró a través de las tablas que aseguraban el amplio ventanal del salón, ahora reducido a una estrecha franja de unos diez centímetros por los que mirar y apoyar alguna de las escopetas si se aproximaban caminantes subiendo por esa zona de la colina. Todo estaba oscuro y en silencio.  Su madre apareció por la puerta del salón con algo de cena: ensalada con productos de la huerta, que cultivaban en una pequeña parcela colindante a la casa y atún de una de las muchas latas que acumulaban en el sótano.
Hacía meses, tal vez seis o siete, desde el suceso. Cuando la ciudad se sumergió en el caos Jaime escapó a toda velocidad con su coche, camino de la casa de sus padres en las montañas. La primera persona que vio fue a su padre, convertido en uno de ellos. Junto a tres caminantes desconocidos más luchaban por entrar en la coqueta y confortable casa de campo, desde la cual se escuchaban los gritos despavoridos de su madre luchando para que no pudiesen entrar.
Se bajó corriendo del coche y se apresuró a la caseta del huerto, donde se guardaban una serie de armas, merced a la afición balística de su progenitor. Cuando corrió llamó la atención del grupo de cuatro caminantes, los cuales avanzaron lentamente hacia la caseta en la que acababa de entrar.
Jaime se acomodó en un rincón con una escopeta cargada de balas, esperándolos. Anduvieron despacio, arrastrando los pies, con las mandíbulas desencajadas y la piel enrojecida y ensangrentada. Emitían ruidos torpes, como si tuvieran un apetito que jamás podrían llegar a saciar. Disparó a cada uno en la cabeza, conforme fueron entrando. Luego quemó los cadáveres en la zona de detrás del huerto y corrió para encontrarse con su madre dentro de la casa.
Después de la cena se sentaron cada uno en un sillón. Ella frente a él. Habían pasado ya muchos  meses y poco habían hablado de ello. Habían admitido la voluntad de Dios y a él le rezaban a diario porque no tuvieran que verse sumergidos en el cuerpo del diablo en el que tantas personas vivían inmersas; realmente rezaba ella, él a veces la acompañaba para no ofender sus credos.
Desde aquel día se habían tenido que enfrentar a cinco caminantes sueltos, que habían ido a parar colina arriba hasta su propiedad. Fáciles de abatir, a Jaime le bastó con un fuerte porrazo en la cabeza con alguna de las herramientas de jardinería. Posteriormente quemaron a todos.
Se habían fabricado lo que llamaban su lugar de supervivencia. Rodeada de montañas grandes, su casa de aspecto destartalado inmerso en un bosque en lo alto de una colina más baja, suponía un buen lugar en el que sobrevivir. No habían vuelto a ver a ningún ser humano normal desde entonces, lo cual ayudó a crear el ambiente de aislamiento, en el que seguramente viviría la mayoría de la humanidad que pudiera haberse librado de las garras del diablo.
Convinieron en hacerse fuertes y aislarse del mundo. En varias batidas por pequeñas aldeas cercanas, Jaime, no sin tener que matar a decenas de caminantes, logró almacenar más de dos centenares de latas de conservas de todo tipo. También consiguió semillas de muchas verduras y frutas, las cuales cultivaba en el discreto huerto, situado detrás de la casa y rodeado, premeditadamente, de árboles destartalados, dando al lugar un ambiente abandonado a lo lejos.
Almacenó linternas y decenas de pilas, así como todas las velas que había podido encontrar, ropas abrigadas, cambios de camas. Tapó todas las ventanas con maderas, dejando un hueco para espiar y disparar si fuese necesario. Consiguió todas las balas posibles para las armas y logró almacenar varios bidones de gasolina.
Tras meses de viajes, escarceos y sangrientos disparos y porrazos en cabezas de caminantes, Jaime había logrado otorgar a la casa de campo una mínima seguridad y comodidad para que su madre y él pudieran sobrevivir, sabiendo racionalizarse, durante años.
Ella, María, se encargaba de cuidar la huerta, sacar agua del pozo, limpiar la casa y cocinar. El solo haber visto a cinco caminantes desde el suceso,  le hacía sentirse optimista, segura de que Dios les iba a permitir vivir como seres humanos hasta el día en el que fuese a por ellos para llevarlos a su paraíso.
Se miraban en silencio, la noche más cálida que la anterior, tal vez estuvieran ya en verano. Un grillo cercano cantaba a ráfagas, como si no tuviera una hembra cercana a la que atraer. Jaime miraba a su madre y vigilaba a través de la ventana. María miraba a su hijo, agudizando el oído por si algún sonido exterior se salía de la normalidad.
Las noches eran largas.
Jaime miraba  su madre. A sus cincuenta años aun conservaba la belleza arrebatadora de su juventud. El pelo castaño con ciertas canas que intentaba tapar poco a poco con el poco tinte que le iba quedando en el limpio y pulcro cuarto de baño. Metida en uno de sus vestidos clásicos de estar por casa, color naranja pálido, mostrando sus cuidadas piernas. Insinuando sus anchas caderas y tapando sus amplios pechos. Mostrando la voluptuosidad que siempre tuvo, cuidándose todavía, a pesar de estar a expensas de Dios. Siempre le gustó cuidarse y ello lo hacía como un ritual que la mantenía atada a la vida. A veces la escuchaba suspirar, jamás le preguntaba por sus suspiros.
María miraba a su hijo. Desde el suceso siempre se rapaba el pelo, haciéndole aparentar algo más de sus veinticinco años. Sus grandes ojos le recordaban a los de su padre, aunque era más alto que él. Con su casi metro noventa la dejaba muy abajo, siempre le gustaba mirarlo estando juntos de pié. Ella levantaba orgullosa su mirada desde los metro sesenta y un centímetros. Era fuerte y ahora empleaba su vida en protegerla. Se sentía una madre muy afortunada, una mujer con suerte de poder contar con él en un mundo dominado por el diablo. Una mujer……. De nuevo un suspiro.
María dio las buenas noches a su hijo. Ella dormiría hasta el amanecer, luego su hijo dormiría unas horas en las que ella quedaría encargada de vigilar la casa. Luego emplearían el día en organizarse y vigilar. Esa era su nueva vida, y esperaban que así fuera durante muchos años más.
Estaban muy bien organizados, tal vez por eso habían logrado sobrevivir y tener esperanzas de seguir haciéndolo.
Ella subió las escaleras.  La planta de arriba era sencilla y amplia. Tres grandes habitaciones y el cuarto de baño. La habitación de matrimonio era la primera a la derecha. Amplia y bien cuidada, allí dormía ella. Después estaba la de invitados, donde se había instalado Jaime. Y al fondo la antigua habitación de Jaime, ahora empleada como almacén. El resto de cosas las guardaban en el sótano.
Pasó toda la noche caminando por la planta baja. Del recibidor a la cocina, de la cocina a la sala de estar, de la sala de estar al salón. En cada lugar se sentaba y miraba a través de la rendija de madera y daba un pequeño sorbo a la botella de whisky. Ni rastro de caminantes, ni rastro de vida.
Recibió el sol fuera. El astro rey pintó tonos violetas detrás de la más alta montaña de las que le rodeaban. Con su cima aun nevada. Apareció como una respuesta de esperanza, calentando su piel igual que siempre hizo, haciéndole ver que merecía la pena sobrevivir aunque solo fuera para verlo llegar e irse. Cuando no queden humanos que contemplen fascinados el baile del sol y la tierra, es cuando la vida habrá terminado, es cuando no quedarán esperanzas.
Su madre salió a darle los buenos días. Ella se metió a hacer las labores del hogar y él fue a por leña para que ella pudiera cocinar algo. Luego se tumbó en su cama, siempre con los oídos afinados, hasta que un dulce sueño se apoderó de sus miedos, dejándole ser feliz durante unas horas.
Despertó sobresaltado, como siempre hacía. Afinó de nuevo los oídos, no oía nada. Bajó despacio, siempre temeroso de enfrentarse a sus pesadillas.  Todo era normal. Su madre estaba en la cocina, cortando cebollas y cociendo patatas en el hornillo de leña.
Se dieron dos besos de buenas tardes, el sol estaba en todo lo alto, debería ser mediodía apenas habría dormido unas cuatro o cinco horas, como siempre.
Comieron casi en silencio espeso. Hablaban poco y casi siempre sobre cosas prácticas para mejorar su escondite y organizarse mejor. Las semanas pasaban y había días en los que solo se miraban. Habían aprendido a mirarse en silencio, y decirse mil cosas con solo clavar sus pupilas. A veces él se sorprendía recorriendo sus curvas bajo sus vestidos caseros. Ella lo notaba y no le decía nada. Miraba al cielo e imploraba a Dios por que ellos pudieran seguir siendo seres humanos, para que pudieran preservar el espíritu libre y limpio.
Pero ella siempre iba al cuarto de baño o a su habitación….. y suspiraba. Eran suspiros que recorrían despacio la casa, como una remota brisa marinera que llegaba entre las montañas. Suspiros que alertaban a Jaime y le hacían mirar al infinito hasta que dejaba de hacerlo.
Por la noche siempre se sentaban y se observaban hasta que ella se iba a dormir. Tal vez sus materias grises empezaban a coquetear con la locura. Tal vez cada vez fueran menos madre e hijo, y más hombre y mujer.
Se contemplaban, suspiraban y hablaban de cómo mejorar sus vidas.  Jaime sentía como era una persona diferente. Se centraba en sobrevivir y que ambos vivieran de la mejor manera posible. En proteger la casa y en que nunca faltasen reservas de todo lo que pudiera encontrar en sus batidas por la zona. Desde el suceso no había hecho otra cosa. Pero sentía que era otra persona que luchaba por ser el de siempre. Sus pensamientos eran más lentos y solía contemplar todo lo que le rodeaba de una forma más analista.
Su madre fue al baño, era noche cerrada y acababan de tomar una infusión a modo de cena.  Soltó un grito quedo, una angustia sonora. Jaime se levantó como un resorte y subió rápido las escaleras. Su madre estaba de pie en el baño, petrificada mirando a través de una pequeña ventanita colocada entre la ducha y el lavabo, la cual daba a la zona trasera de la casa.
Dos caminantes subían por la zona de atrás de la colina, la más escarpada y empinada. Luchaban contra los pedruscos y arrastraban los pies por las hierbas buscando las inexistentes zonas llanas. No miraban a ningún lado, aparentemente se desplazaban sin objetivo fijo. Eran dos hombres, sus ropas estaban desgarradas y emitían ese ruido constante que siempre erizaba la piel de Jaime.
María le imploró que fuera a matarlos con sumo cuidado. Jaime no estaba tan seguro de que fuera lo más inteligente. Le pidió que se encerrase en su habitación y que le dejase hacer. Algo olía mal y no sabía exactamente el qué.
Le dio una escopeta cargada a su madre y le pidió que se encerrase y estuviese alerta. Ella obedeció.
Bajó despacio y miró por todas las ventanas. Estaba muy oscuro, solo pudo ver a los dos caminantes, los cuales estaban llegando ya a la casa. Aun parecían no haber reparado en ella. Se colgó su escopeta favorita y metió un machete y un martillo en el cinturón. Toda la casa estaba a oscuras.
Esperó a que pasase lo que se olía que podía pasar, los caminantes pasaron de largo, colina abajo. Efectivamente no tenían como objetivo husmear en la casa, a pesar de que algo le decía que no iban hacia ellos un escalofrío recorrió su espalda. Supo reconocer ese escalofrío, simplemente era miedo, atroz miedo.
Abrió la puerta con sumo cuidado y se deslizó a través de la casa, yendo en silencio tras los caminantes, a una distancia prudente. Había buena luna y el cielo estaba despejado, la visibilidad era buena a pesar de todo, sacar la linterna hubiera sido sumamente arriesgado.
Descendieron la colina, los arces y castaños aumentaron su número en la zona del arroyo. Se perdieron en la parte más frondosa del bosque. Se acercó lentamente hacia la oscuridad que manaba de él.  Se escondió tras los árboles y entonces pudo verlo.
Podrían ser aproximadamente una docena, se arremolinaban en torno a un ciervo muerto, al cual devoraban como podían. Tanteo las posibilidades, dejarlos ahí podría acabar atrayendo a más caminantes, en cambio eran suficientes para poder causarle problemas.
Decidió que no podía dejar que más caminantes se acercasen a su guarida. Desechó el arma de fuego, que podría atraer a más, y buscó la forma de ir desgarrando los sesos de cada uno.
El primero no le fue difícil, aprovechó que se separó algo del grupo para acecharle hasta atacarle con el machete por detrás. Los demás no se dieron cuenta. El siguiente se complicó, no acertó y cayó al suelo, revolcándose entre los helechos. Rápidamente se vio rodeado, huyó rodando por un pequeño montículo, sintió el crujir de ramas en su espalda. Al levantarse los tenía  a todos tras de sí.
Decidió huir en la dirección opuesta a la casa. Atravesó una gran parte del bosque hasta que los perdió de vista, continuamente fue cayéndose por no ver el suelo por el que corría en plena noche.
Poco a poco fueron llegando, aprovechó que los hubo más rápidos que otros y los fue matando uno a uno. Se llenó de sus sangres y los acuchilló con sed de muerte.
Al acabar con todos regresó a su casa, no sin antes enterrar lo que quedaba del ciervo.
A los caminantes los dejó muertos esparcidos por el bosque.
Regresó despacio, con mucho cuidado. Intentando no hacer ruido, escudriñando los alrededores de la casa. Vista desde debajo de la colina parecía una guarida peligrosa. No incitaba a acercarse, cuidada y descuidada, bajo la luz de la luna parecía un centro de torturas, un lugar del que es mejor estar lejos. Tal vez por eso, y por las tablas que taponaban todas las entradas, los pocos humanos que hubieran pasado por allí la hubieran evitado. El objetivo estaba conseguido, pensó satisfecho, podría considerarse un lugar seguro.
No parecía haber más peligros. Entró y cerró corriendo la puerta. Se sentó momentáneamente en el suelo, apoyando la espalda en la puerta de entrada. Sentía dolor en un brazo y en el costado. Se tocó, tenía sangre. Varias heridas superficiales, nada serio.
María soltó un lamento, estaba en la parte superior de la escalera, muy agarrada a la escopeta, como si fuese a caerse si la soltaba. Bajó los escalones apresurada, acercándose a su ensangrentado hijo.
Se dio un pequeño baño con dos cubos de agua del pozo y se tumbó en la cama. Su madre echó mano de la caja donde acumulaban todo tipo de utensilios sanitarios.
Alcohol, algodón, aguja e hilo. Una de las heridas reclamaba algún punto. Jaime yacía totalmente desnudo, solo tapada su cintura levemente por una sábana que olía limpia y confortable, ella le había cambiado la ropa mientras se bañaba.
“esta noche duermes tú y yo vigilo. Necesitas descansar y reposar las heridas”.
Él le había contado todo lo acontecido y ella había dado gracias al cielo de que no le hubiera pasado nada.
Se sentó a su lado, y curó sus heridas aplicándole cuidadosamente un poco de alcohol empapado en un trocito de algodón. Jaime respondió al dolor retorciendo levemente el cuerpo y apretando los dientes.
María contemplo el cuerpo de su hijo, era fuerte y las heridas mostraban el hecho de que daba su vida por protegerla. Se sintió dichosa. Una pequeña vela dorada colocada en la mesita de noche daba luz tenue y parpadeante a la limitada habitación.
Él se dio la vuelta, en la espalda tenía algunas rozaduras, también le aplicó alcohol. Se puso más encima y masajeó un poco su espalda, intentando otorgar un poco de relax a sus músculos y machacada espalda.
“Relájate cariño, mamá te necesita relajado y fuerte”.
Sus manos eran tan suaves que parecía que no habían vivido un apocalipsis. Jaime venció su cuerpo sometido al perfume de la vela, el cansancio y las manos de su madre.
Pero se relajó demasiado……
Mientras más se prolongaba el masaje más vergüenza la iba a dar darse la vuelta para que cosiera su herida del costado. No recordaba el tiempo que hacía que unas manos femeninas le habían provocado una erección de aquel tamaño, pero el hecho de ser su madre le sumergió en una infatigable intranquilidad, ahora el masaje no era tan relajante como antes.
“Voy a coserte esa herida del costado antes de que vuelva a sangrar. Date la vuelta amor”.
Se giró lentamente,  en un extraño movimiento mitad resignación mitad deseo de algo abstracto.  Su pene quedó abultando exageradamente bajo la sábana. No había posibilidad de disimulo, estaba totalmente desnudo y solo se le tapaba, torpemente, el miembro muy erguido.
María se percató rápido. Tragó saliva y pidió perdón disimuladamente, agarrando el crucifijo que tenía colgado en el cuello. Luego se lo quitó y lo colocó boca abajo sobre la mesita de noche.
Calentó la aguja con la vela, luego se echó sobre él a la altura de su cintura y cosió una de las dos heridas del costado. Él aguantó estoicamente el dolor, pero sin bajar un milímetro de su erección. La herida cosida estaba a escasos centímetros del abultamiento de la sábana, entre el costado y el vientre plano y marcado.  
Se echó más y besó la herida recién cosida con dos puntos.
“Pobre hijo mío, paga con su sangre la protección de su madre”.
Jaime no decía nada, solo hablaba con la permanente erección, como un perro que se comunica moviendo el rabo.
Otra vez la besó, esta vez restregó su lengua por la herida y parte del vientre.
Jaime sintió una quemazón de necesidad que le recorría todo el pene y le hacían hinchar los testículos.
“Mamá solo se dedica a estar en casa a esperar que su hijo, su macho, le siga manteniendo con vida”.
María apartó las sábanas. La polla de su hijo se mostró en toda su magnitud. Muy larga y regordeta, con ciertas venas marcadas, con el capullo muy rojo y medio fuera.
María miró de nuevo al techo y pidió perdón susurrando.
“Pero mamá sabe valorarlo y va a dar las gracias a su nene siendo complaciente, sumisa del destino que Dios nos tenía preparado”. Lo decía a gemiditos, con la respiración agitada, excitada por contemplar tan bello cuerpo y tan apetitosa polla.
“Mamá nunca podrá devolver a su hijo todo lo que está haciendo por ella, pero sabrá ser agradecida y con su cuerpo de mujer y sus manos de Santa elegida por Dios en un mundo dominado por el Diablo, ayudará a su hijo, con humildad y en la medida de sus posibilidades, a sentirse satisfecho y sin la necesidad del calor humano, que tanto ha distraído nuestro camino a lo largo de la historia, alejándolo de Dios. Porque es voluntad divina que mi hijo, Jaime, proteja a los posibles dos únicos seres humanos que quedan sobre la faz de la tierra que con tanto mimo creó. Es voluntad de su Santa, la Santa María, tener al hijo satisfecho y ser una buena hembra al servicio del destino que el todopoderoso nos tiene preparado”.
Jaime no sabía ni podía decir nada. Su madre estaba soltando ese discurso agazapada en torno a su cintura, al lado de su polla muy empalmada. Desde el suceso jamás la había escuchado hablar tanto, sin duda su mente estaba profundamente dañada, como la suya, como la de cualquiera que viviera aquella pesadilla.
Tras la magnánima petición de perdón y declaración de intenciones, su madre comenzó a masturbar su polla, y no tardó en acomodarse para meterla en su boca.
La falta de sexo le bastaba para saber agradecer la humedad de la boca de su madre en las envestidas. Jamás imaginó que aquello podría ocurrir, o al menos jamás imaginó que ella pudiera comer con aquella ansia y avaricia. Su boca subía y bajaba a la vez que masturbaba con su mano derecha. Sentía que la humedad  recorría tres cuartas partes desde el capullo para abajo en cada envestida, la lengua no dejaba de jugar con el capullo cada vez que subía. Sus pelos se alborotaban en torno a su frente.
La sacó y la trató a lametones durante unos instantes. Luego se desvistió, despojándose del vestido, sostén y amplias bragas blancas. Jaime la contempló, a pesar de que se cuidaba tenía ciertas carnes acumuladas en las caderas y los amplios pechos algo caídos. Además tenía mucho pelo púbico, algo que no le gustaba demasiado.
Pero era toda una hembra, con buenos pechos y amplias caderas, guapa y con ganas de follar. Le bastaba, no necesitaba más. Era algo no soñado jamás y que la situación de la vida lo había ordenado necesariamente. No tenía elección.
Ella se tumbó a su lado y se abrió de piernas.
“Vamos Jaime, súbete. Aquí tienes mi cuerpo cariño”.
Se incorporó y colocó entre sus piernas de rodillas. La agarró por la cintura y la atrajo un poco más hacia sí. Ella no lo miraba, solo dejaba reposar su cabeza sobre la almohada, girada hacia la derecha. Esperando, con la respiración excitada.
Buscó entre la inmensa mata de pelos hasta dar con la húmeda cueva. La acercó y la clavó. Su madre cerró los ojos y marcó una profunda y lenta inspiración. Se echó hacia delante, apoyando sus brazos en torno a ella. Y empezó a follar. Solo se movía él, clavándola con muchas ganas y sintiendo el gusto del calor interno de su madre. Cada vez la empujaba con más fuerza, a lo que ella respondía con pequeños gemiditos en los que no cesaba de morderse la lengua. Sin duda reprimía un gimoteo mayor, algo que Jaime lamentó.
Se sentía extrañamente excitado, era su madre pero en ningún momento la veía como tal, era la única mujer, y persona, que veía desde hace meses. Sentía como si fuera natural que hicieran eso y el tiempo esperado para que ocurriese hubiese estado marcado por una fuerza superior, como bien creía su madre.
“mamá estoy acabando”.
Lo dijo entre quejidos y suspiros que intentaban controlar la situación.
“Acaba dentro de tu hembra, tu sirvienta, la borrega de Dios”.
Seguía sin mirarlo, sintió una ráfaga de tristeza por su enfermiza mente creyente.
Al correrse la dejó clavada dentro y le agarró mitad muslos mitad nalgas. Sintió como salía cada mililitro de semen,  como conectando una manguera con el depósito de un coche. Dejó dentro hasta la última gota.
Al acabar se tumbó sin decir nada. Ella se levantó, se vistió, se colgó el crucifijo y se fue en silencio. En la puerta se giró.
“Duerme mi hijo. Esta noche vigilo yo. Te vendrá bien descansar una noche, debes estar bien para defender nuestro hogar”.
El canto de los pájaros lo despertó. Al sentarse en la cama se percató que esos pájaros estaban en sus sueños, desde el suceso no recordaba haber visto ninguno. Extrañamente tampoco los había visto muertos, es como si hubieran desaparecido de la faz de la tierra.
El Sol estaba lo suficientemente alto, analizándolo por la pequeña sombra que se colaba entre las maderas de las ventanas de su habitación, como para saber que habría dormido unas nueve horas seguidas. Hacía mucho tiempo que no descansaba tan bien, tan relajado.
Relajado.
De repente le vino a la mente lo ocurrido la noche anterior. Los caminantes, la huída a través del bosque, la emboscada para matarlos uno a uno, el entierro del ciervo medio devorado, las heridas, su madre curándolas, su madre mamándosela, su madre abierta de piernas esperándole, él follando, él sintiendo el calor de una mujer meses después, ella sin mirarle, él corriéndose dentro, el sentimiento de culpa de ella.
Lo siguiente que recuerda es quedar sumergido en un sueño placentero, cálido y necesario.
Bajó las escaleras con cuidado, arma en mano, como solía cada vez que bajaba de dormir. La casa estaba vacía. Miró alrededor por cada tabla, ni rastro de su madre. Con cuidado salió y se encaminó al huerto, allí estaba. Agachada de espaldas, recogiendo cebollas. Vestía uno de sus clásicos vestidos, se quedó admirando sus nalgas y anchas caderas. Una figura femenina, con la enigmática voluptuosidad madura que nunca supo apreciar en ella; y ahora empezaba a hacerlo obligado por las circunstancias.
Ella se levantó y giró, se miraron. Llevaba una cesta con dos cebollas y pimientos, listos para improvisar algo en el almuerzo. Ella le miró sonriente.
“Me alegra que hayas descansado, hijo. Mamá preparará algo de comer. Sin novedades en toda la mañana, he estado vigilante a medida que iba limpiando la casa, para que estuviera a tu gusto cuando te levantaras”.
“Debes dormir algo”.
“Dormiré esta tarde después de comer. Poco tiempo pues tendré que estar lista para preparar la cena”.
“Gracias”.
“Podrías revisar las tablas del tejado. Se acercan nubes. Esta noche lloverá, no quiero que nuestro hogar se inunde de goteras”.
Se fue para la casa. Jaime se preparó para subir a echar un vistazo al tejado. Desde arriba pudo ver los pequeños nubarrones negros que se acumulaban en lo alto de las montañas situadas al sur. Listas para entrar en acción cuando llegase el momento, como los actores esperan entre bambalinas a que el director les llame a escena.
Mientras aseguraba maderas sueltas y reforzaba con otras nuevas las zonas más húmedas y dudosas, no pudo evitar sentir el ardor de querer repetir cuanto antes la experiencia de la noche anterior. Le venían ráfagas de lo ocurrido: la forma en la que ella se la comió, el calor de su peludo sexo, su forma de gemir pausada mientras se mordía los labios y apretaba los dientes, el extraño regusto dulce y hogareño que sintió al correrse dentro…… Su pene creció y se preguntó si lo de la noche anterior fue el inicio de algo. Al fin y al cabo no hacían otra cosa que sobrevivir, y el sexo, el desahogarse, es una de las formas de supervivencia más ancestrales y naturales del ser humano. Su madre estaba en paz consigo misma, buscando hablar constantemente con Dios, entendiendo que él le había preparado un papel en estos momentos, e incluyendo el tener contento y consolado a su hijo como parte importante de lo que tendría que hacer. Sin duda había sido infiel a sus principios religiosos ofreciéndose a su hijo, sin duda el poder de la carne, la necesidad de calor y contacto humano, del hombre contra la mujer y viceversa, le habían hecho disfrazar su profundo credo para justificar un acto que hubiera considerado como imperdonable solo unos meses antes.
Cuando hubo acabado la labor, permaneció un rato más sentado en el tejado, contemplando el hermoso paraje en el que habían quedado aislados tras el apocalipsis. Pensó en el aspecto de por qué follan los animales, desde siempre, incluso madres con hijos e hijas con padres. El único dogma de la naturaleza era el no extinguirse, el hecho de hacer sobrevivir la especie al paso del tiempo. Tal vez hubiera algo de eso, macho y hembra se creen solos en el mundo, probablemente lo estuvieran. Follar intentando inconscientemente la reproducción podría también explicar lo acontecido, y también explicar el lento cambio de mentalidad, o tal vez el lento camino hacia la locura, que estaban experimentando día tras día. El problema era que su madre no era una hembra en edad de reproducción. Solo quedaría, por tanto, que ambos animales se aferraran al calor y al placer, escupiendo hacia arriba una y otra vez, hasta que Dios quisiera venir a por ellos.
Sobrevivir. Solo se trataba de eso, sobrevivir. No había que darle más vueltas. Y sin duda no existía Dios. Si no, no consentiría nada de aquello.
Comieron en silencio tras la bendición materna de la mesa. Luego fueron al sofá, uno delante del otro y dialogaron un poco.
“Esperemos que pasemos un tiempo sin más sobresaltos de caminantes”.
“Yo también lo espero mamá. Dime, ¿hace falta algo?. ¿Necesidad de que vaya a alguno de los pueblos en busca de algo?”.
“No hijo, todo está bien. No conviene salir mucho, tenemos reservas de comida para meses. En verano sí pediré que salgas, para aprovisionarnos fuerte de cara al invierno. Tal vez esperemos a que empiecen a caer las hojas de los árboles para ello”.
“Muy bien. Creo que tienes previsto ir a dormir. Te dejaré solo unas cuatro horas mamá. Cuando el Sol esté llegando a la montaña de atrás te despertaré. Quiero cortar leña y necesito que estés despierta para vigilar la casa”.
Ella asintió dócil. Se levantó y se fue escaleras arriba. Al llegar arriba se giró y lo miró. Luego entró en su habitación.
Jaime sintió el pene romper contra el pantalón. Un poco de sexo es lo único que necesitaba en aquel momento. Tenía miedo que se hubiera abierto la caja de pandora.
Bebió dos largos tragos de whisky y revisó panorámicamente los alrededores de la casa a través de las selladas ventanas. Todo tranquilo. Bebió otro largo trago y subió las escaleras despacio. Saboreando cada escalón, muy excitado.
Al llegar arriba golpeó un poco la puerta sin oír respuesta alguna. La abrió y contempló a su madre. Estaba tumbada de espaldas a la puerta, de lado. Se había colocado uno de sus camisones de dormir. Blanco, mostrando sus piernas de rodillas hacia abajo, con mucho vuelo y poco escote. Clásico a la vez de elegante y sensual.
Anduvo dos pasos en silencio hasta llegar a la cama. Su madre levantó un poco la cabeza hasta mirarle de reojo, luego se giró y quedó en la misma posición tumbada de espaldas.
Todo listo.
Se desnudó por completo y se sentó en la cama a la altura de su trasero, algo echado hacia atrás.  Levantó la bata y la colocó de forma que quedase el culo libre. No llevaba ropa interior. Lo agarró, nalga por nalga, con su mano derecha. Era blanco y más o menos amplio. Las nalgas algo regordetas y menos flácidas de lo que insinuaba su aspecto. Bello culo, pudo comprobar al fijarse detenidamente: redondo, proporcionado y sin demasiadas imperfecciones.
Lo apretó con sendas manos, una en cada nalga. Las abrió, dejando ver los pelos del coño que se colaban por debajo. Se agachó y lo abrió de nuevo. Pasó su lengua por el ano, sabía a limpio.
Ella gimió al contacto, posiblemente inesperado, de su lengua ahí abajo.
“Hueles a whisky”.
“Lo sé, he tomado un poco antes de subir”.
Permanecía con sus manos agarrando las nalgas y la cabeza ligeramente levantada para responder.
“¿Estás en paz con Dios?”.
“Sí”.
No dijo nada más. Tras el sí, se puso un poco más boca abajo y se abrió para facilitarle la labor. Él se situó justo entre las piernas y siguió lamiendo su ano con las nalgas bien abiertas. María levantó un poco el tronco, haciendo palanca con los brazos sobre la almohada. Jaime aprovechó para chuparse la palma de la mano y pasarla por el coño. Con los pelos apenas pudo notar su humedad, cuando por fin lo localizó bien se acomodó y metió su cara. La lengua empezó entonces a recorrer el sexo de su madre desde el ano hasta el botón y allí justo se detenía a jugar deslizándola en forma de circulitos concéntricos.
Sus gemidos se hicieron más audibles y no tardó en correrse.
“Soy una cerda, lo he tenido que poner todo perdido. Lo siento”.
“Cállate”.
“Sí. Perdona mi atrevimiento, ha sido tu voluntad señor”.
No supo si esto último se lo dijo a Dios o a él. Estaba demasiado excitado para averiguarlo.
Se subió encima y le dio una palmadita para que su trasero quedase más arriba. Ella obedeció echándose hacia adelante y levantando mucho las caderas, hasta quedar justo a la altura del paquete de su hijo.
Buscó el sexo y la clavó. Empezó a follarla lentamente, sintiendo el calor y el gusto que proporcionaba el que su polla adentrase poco a poco en aquella recién descubierta cueva de los placeres. Luego la sacaba hasta quedar el capullo solo con un centímetro dentro, y para adentro otra vez. Agarrando fuerte por las nalgas, y comprobando como su madre movía la cabeza de lado a lado, acompañando el movimiento con un ligero curveo de su espalda inclinada sobre la almohada, donde reposaba con su cara pegada a ella.
Continuó así un rato más. Podía comprobar cómo la necesidad de su madre crecía por segundos. No tardó mucho en que se incorporase un poco y se apoyase sobre los codos, para empezar a mover el culo hacia atrás. Intentando provocar una follada más fuerte. Dejó de empujar y ella empezó a moverse más rápidamente. De adelante atrás, pam pam pam, chocando sus nalgas contra su vientre mientras se la auto clavaba hasta el fondo.
Moviéndose sorprendentemente bien.
Incitado por el buen hacer de su madre, Jaime se impulsó sobre ella metiéndola a saco, hasta que a María no le quedó más remedio que caer totalmente vencida sobre la cama. Ahora él estaba en cuclillas sobre ella, taladrándole el coño de arriba abajo mientras levantaba sus nalgas con las manos para dejar el agujero plenamente accesible.
Cuando no pudo más se levantó gimiendo y masturbándose. Ella se giró hasta mirarle.
“Por favor, córrete en mi coño”.
Jaime la soltó y se tumbó en la cama, notaba como le palpitaba, había estado a punto de correrse sobre ella. Le empezaron a doler los testículos.
“¿Por qué tiene que ser precisamente ahí?”.
“Me da calor y seguridad. Me ayuda a cumplir la palabra de Dios. Es una forma de mostrar a mi hijo que el calor del hogar permanece intacto a pesar de las inclemencias provocadas por el diablo. De hacerte saber, amor mío, que tu lucha diaria por el bienestar de nuestro hogar y por nuestra seguridad da sus frutos”.
Ella se acercó y se la agarró con su mano izquierda. La masturbó a penas un poco y le besó en el sudado cuello, dejando deslizar la lengua hasta su oreja. Allí susurró.
“Vamos mi macho, vuelca tu hombría dentro de mamá”.
Se subió encima de ella. María se abrió rodeándole la espalda con sus piernas. Empezó a penetrarla. Le sorprendió que ahora sí le miraba, profundamente, con un extraño orgullo chispeante en su triste mirada. No tardó en transferir todo su semen. Al finalizar ella le besó en la frente y le secó el sudor con las manos.
“Gracias”.
Un trueno les invadió desde las montañas.
La noche se cerró rápido y una lluvia constante y fuerte les acompañó durante la cena. Luego se sentaron y Jaime bebió algo de whisky mientras se aproximaba a la ventana del salón, el amplio ventanal reducido a una estrecha mira a través de las tablas. Todo estaba oscuro. Se apartó y bebió algo más de whisky justo en el momento que un relámpago invadió de nuevo el salón. Se asomó de nuevo. Algo extraño ocurría, todo estaba muy oscuro y no podía saber exactamente qué era aquello que le extrañaba.
Bebió otro sorbo de whisky y volvió a asomarse. Justo en ese momento un nuevo relámpago proyectó los ojos fieros y sedientos de sangre de un caminante que se asomaba desde el exterior a través de la rendija.
Sintió que todo se desmoronaba.