El pecado original – II

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Tierna, desnuda y sudada, la joven Laurita reposaba dormida bajo mi brazo. Descansada. Tranquila. Follada. Follada de la manera más increíble en que se puede uno follar a una chica de su edad. La bacanal de piel adolescente que acababa de subyugarme se había entregado por completo a mis manos, a mi pene, a mi vientre y mis labios, de una forma tan increíble que ni siquiera me hubiese atrevido a desearla. Húmeda como un ángel, no parecían existir secretos en el cuerpo de diosa de aquella cándida chica, que gemía y disfrutaba a cada iniciativa de su amante: Cual complaciente muñeca, todo tacto era el correcto, cada embestida era calor, y cada postura la adecuada. Aquel pedazo de cielo casi ardía entre mis brazos.
Cuando me ofreció su candente culito en pompa terminó por derretirme, descargando yo todo mi peso sobre ella al tiempo que me entregaba a su vagina para terminar eyaculando sobre toda su espalda. Y ella reía. Sonreía. Gemía. Disfrutaba por completo de la parte más sincera de mi ser, y aún más, estoy seguro de que hubiera gritado como una auténtica puta de no haber estado su madre en la casa.

Por dios, Laura, ¿qué hemos hecho? aún ahora desearía que nada de esto hubiera pasado. Que siguieras siendo mi preciosa alumna, y nada más. No me importaban tus juegos; ni tus coqueteos; y mucho menos los escotes de tus camisetas ni las nalgas y piernas que asomaban siempre bajo tus pequeñas faldas; todo aquello era genial. Mi imaginación podía poner el resto, y mi calor se podía desfogar en la soledad de mi casa, imaginando y recreándome en tu cara más cerda, en tus momentos más encendidos de ducha, o atrapada entre mi cuerpo y tu cama. No había nada de malo en todo aquello.

Pero esto era diferente.

Te acabo de follar, Laurita, y no sé cómo serán las cosas a partir de ahora. Supongo que si me he follado a una chica que comenzó la escuela cuando yo la había de terminar, significa que ya vale cualquier cosa. De una forma demoledora, en apenas una hora me había cargado todos los ideales que, de noche en noche, arropaban mi alma, y ahora ya no podían existir buenos y malos. No tenían sentido. Es exagerar, pensarían algunos, pero lo cierto es que no: El triunfo del animal sobre el hombre no podía ser parcial, aquello era necesariamente completo, y yo había dejado al segundo completamente en manos del primero, para hacer con él cuanto se le antojase. Pasa que a los animales se les antojan muy pocas cosas, y el hombre, ahora, había sido por entero devorado.

-... ¿Dante? -susurró aquella figura sensual, insegura, al tiempo que sus preciosas pupilas se entreabrían para dejar paso al candor de su mirada, aún soñadora.
-Soy yo, Laura. Soy Javi. Y tengo que ponerme el resto de mi ropa antes de que pueda entrar tu madre -esgrimí desligándome de las sábanas de su cama, impregnadas en el suave y dulce olor de su perfume -sería lo único que nos faltaba.
-Dios. Javi... -murmuró ella, absorta, obviando mis palabras -dios, no... no sabes lo que acabo de hacerte... joder, Javi... joder...
-Me parece que sí que lo sé, pequeña. Y te juro que lo siento con toda mi alma. Tenías razón todo el tiempo, preciosa. Te deseaba. Te deseaba de la forma más descontrolada y enfermiza en que un hombre puede desear a una mujer. Pero quise engañarme.

-Has sido tú la que ha disparado lo que acaba de pasar -seguí -pero se supone que apenas eres una niña, y que yo soy un hombre, aunque parece que ahora mismo no hay niñas ni hombres en esta habitación. Lo lamento de corazón, y espero que el día que comprendas la cara más vil de todo esto seas capaz de perdonarme.
-No seas imbécil, Dant... digo, Javi. Tú aún no tienes treinta y cinco, y yo tengo dieciocho. No hay nada de malo en esto. Es... es algo más. Tus ojos, Javi; mírate al espejo. Eres... eres él...

Obedeciéndole (cómo no) intrigado, busqué el espejo de su armario para encontrarme. Pero no encontré nada.



-Laura... no sé por dónde vas.
-No, joder, no lo sé yo tampoco, todo esto es muy extraño...

Me miraba preocupada, asustada, perdida, al tiempo que se acurrucaba en su cama. Aún ahora, después de haber llegado a dos orgasmos en su placer, me apetecía quemar aquellas sábanas para descubrir las preciosas lunas que tenía por pechos, para besárselas, y lamerlas, tocarlas, abrir la juventud de sus muslos... y penetrar en ella otra vez. Socorro.

-Dios, pequeña, tengo que marchar de aquí, antes de volverme loco: Estoy a punto de reventar.
-Javi, por favor, no bajes por las escaleras, no te cruces con mi hermana. Escapa por la ventana. ¿Te importa?



-Joder, Laura, déjalo ya. Conseguirás que pierda la cabeza. Tranquila, sabré disimular, ni tu madre ni tu hermana podrán notar nada de lo que ha pasado...
-Javi... -sollozó, aún preocupada -dime, ¿sientes alguna atracción por mi madre?
-¿Tu madre? ¿No tiene cuarenta y cinco años ya? ¿Se puede saber de qué me hablas?
-Supongo... supongo que tendrás que comprobarlo tú mismo... que yo te lo diga no serviría de nada.
-Me estás preocupando, Laura. ¿Estás bien?
-Déjalo. Tan sólo te pido que vigiles no juntarte con mi hermana.
-Si es lo que quieres, así lo haré. -sentencié, preocupado por la rareza del momento -Pero tengo que marcharme, preciosa. Me parece que... necesito estar a solas.
-Tan sólo recuerda -insistió una vez más -que lo siento. No... nunca imaginé que todo esto pasara.
-Ah... no te imaginas la idiotez que ahora mismo se marcha por esta puerta, Laura.
-Por favor, no te cruces con Sonia.
-Lo he pillado, nena, evitaré a tu hermana. Pero volveré tan pronto como pueda. Todo esto no puede terminar sin hablar.

Hoy... han pasado unos doscientos años desde entonces. Sí, lo he dicho bien, unos doscientos, diez arriba diez abajo. No volví. Mis ojos han cambiado, pero no mi cuerpo, ni mi cara. Sí lo ha tenido que hacer mi nombre.

Pues no soy otro que Dante: Dante el maldito, Dante el lascivo, Dante el ángel, y también el monstruo. No sé por qué vivo. Ni sé lo que soy. Tan sólo sé que estoy cansado. Y lo peor, lo más asqueroso de todo esto, es que aún recuerdo con calor el cuerpo de Laura; no consigo arrepentirme de todo aquel sexo cautivo.

Todos los hombres dejamos de ser hombres cuando sucumbimos al lado que de niños anhelábamos controlar. Es solo que mi caso, bueno: Se ha convertido en literal.

Maldita Laura, no puedes seguir existiendo. Imagino que te graduaste, te licenciaste, hiciste tu propia vida, y ojalá que murieras de anciana, bajo el calor de un marido valiente y unos hijos brillantes. Aquí sigo yo, tal y como me dejaste. Es poético. Es, en cierto modo, metafórico.

Tampoco cenaré esta noche: He comprobado que no necesito comer; también estoy aburrido de hacerlo. Me acostaré sólo, y lo haré por placer. Y te recordaré, pequeña. Te recordaré como el sueño que hoy te limitas. Te recordaré como la esposa que debí tener. Con pasión, sonrisas, calores y anhelos. Con toda tu juventud, mi vida.

Doscientos años sin envejecer ni un día, Laura. Y sin embargo, a cada día que pasa entiendo mejor que, entre los dos, la única persona mágica fuiste tú. Sigo sin entender nada.

No importa lo que hoy pase en las calles, lo que pongan en la tele, lo que los artistas pinten ni lo que los poderosos planteen. Te adoro. Te quiero. Te deseo. Y, desgraciadamente...

...aún: Te espero.