Las dosis de Iraina – I

Este relato ya se subió hace tiempo pero, supongo que durante el cambio de look del blog, ha desaparecido. Lo vuelvo a subir, para que pueda leerse ;)

-I-


¿Que por qué me ponía Iraina? No lo podría aclarar. Es decir, sí, me ponía su cara; Sus ojos, ojazos, sus labios tan, tan carnosos, la tersura y el color de su piel, pero es que... ¿cuántas mujeres valdrían más que ella en aquel aspecto? Quizás millones. E Iraina, sin tener un cuerpazo, ni tetas de escándalo, ni piernas esculturales, me ponía más que todas ellas... juntas.

¿Qué tienes, Ira?



El secreto estaba, o al menos así lo creo, en su “simple” forma de ser. Nacida y crecida en Bilbao, su forma de hacer las cosas, y también de entenderlas, lo convertía todo en sencillo. En agradable. Y en excitante.

La conocí en New York, donde ambos dos vivíamos en aquel entonces. Se había introducido en nuestro grupo de amigos a base de liarse con uno de ellos en un romance que, de primeras, nos chocó un poco a todos. Un poco gordita (un poco), con dificultades para el inglés, y sin aficiones ni gustos resaltables, se había llevado al “triunfador” de la plantilla, Andrew, a quien todas nuestras amigas vacilaban por promiscuo, y también al que todas, llámalo cinismo, se habían tirado en más de un encuentro. Guapo galán, adinerado ejecutivo, joven y seductor, y... ¿te quedas con la chica vasca? Es decir, era maja, muy maja, y bastó conocerla para saber que, pasase lo que pasase en aquella relación, había pasado a formar parte de nuestro grupo de amigos; no hubiera sido extraño que se hubiese liado con cualquiera del resto de nosotros, pero es que... ¿Andrew? ¿Andrew el aventurero? ¿El “espíritu libre” Andrew? No sé, no encajaban.

Los rumores, por supuesto, se dispararon al instante: Que si fingían para darle celos a alguien, que si Iraina había quedado embarazada en una noche de borrachera y habían escogido esa opción, cienmil chorradas del estilo... La posibilidad de que Ira volviera loco al chaval no apareció nunca como una ellas.



Mi punto de vista cambiaría completamente cuando un día llegué a casa, cansado del trabajo, y me abandoné en el sofá completamente decidido a entregarme a un viejo ritual que hacía tiempo que no me permitía, y que prometía relajarme a base de suministrarme un pequeño placer. Desabroché la cremallera de mi pantalón, que bajé lo justo para que no me molestase, y dispuse mi mano sobre mi pene para lo que mi ex llamaba “darse un homenaje”. ¿Y por qué no?

No tardó en erguirse; pero antes de deleitarme había de decidir quién iba a complacerme. Qué chica, qué belleza estaba por entregarse a mi mente. "Podía ser Susie, mi compañera de trabajo. Nah, demasiado usada, lo siento Susie, fue bonito mientras duró, pero tu piel ya no se siente tan dulce. ¿Quizás Carla, el bombón de clase de mis tiempos de universidad?" Nada, el recurso también estaba gastado, quizás desde aún antes. Y no sé, no era excitante.
Comencé a probar a mis amigas. Aquello fue más divertido, siempre tiene su gracia imaginar a una chica con la que tienes cierta intimidad gimiendo y entregándose al contacto de tu polla, pero aun así no me daban lo suficiente. Una por una, todas fueron fracasando. Si me pudiesen dejar en el pene una marca de su pintalabios creo que tendría una colección de arte moderno envidiable pero, para mi desgracia, de morbo, ni rastro.

Y entonces se me ocurrió Ira. ¿Por qué no? Podía al menos probarla... Ya me estaba quedando sin alternativas, y ella contaba con al menos una cosa: Era la nueva; y era simpática, no sé...

Iraina me miró, sonriente, juguetona. Arrodillada entre mis piernas, recorría sus labios con su lengua mientras no dejaba de mirarme con lascivia. Bajo su cara, un enorme y sexy escote me deleitaba. Me vio mirándolo, sonrió, y se quitó la camiseta...

(...y de momento ya me había durado más que ninguna de las otras...)

...y allí salieron sus tetas, preciosas. Ella, por su parte, no dejaba de sonreírme en su lascivia. Casi parecía que se estaba metiendo conmigo, jugando con mi forma de admirarla, y era extraño, porque jamás había imaginado a ninguna de mis fantasías en una disposición similar. Aquello me calentó. Ira, creo que hay algo en ti. Algo excitante. Y una alegría muy tonta me entró en el cuerpo, ¿podía ser el morbo segregándose en mi venas? Sí, ¡joder, me apeteces, Iraina!

Dejé temporalmente tranquila mi polla para buscar en mi portátil alguna foto en las que saliera la chica que, inconsciente, estaba a punto de entregarme su tacto. Me costó encontrar alguna en la que estuviera sin el estúpido Andrew, pero encontré un par de ellas, que coloqué en la pantalla tan grandes como me fue posible.

En una salía riendo, en pose caricaturizada hacia la cámara, y en la otra sus labios ponían “morritos”, resaltando su naturaleza carnosa y volviendo a Iraina bastante guapa. "Qué maja."

Decididas las fotos, me fui a la bañera y encendí el grifo del agua caliente, sumando algunos aceites para que quedasen diluidos, e incluso encendí un poco de incienso, dejándome llevar por la intuición. También aquello fue raro, porque nunca había montado algo así para masturbarme, pero yo qué sé; Como ha quedado escrito, estaba cansado, y necesitaba relajarme con un regalo que, por desgracia, ninguna mujer me iba a obsequiar.

Me metí en la bañera, y el calor reconfortante me inundó en un agradable abandono a la tranquilidad. Encontré que, sin que yo se lo pidiera, mis manos habían buscado entre mis piernas, enamorándose de aquel que aún me llamaba sin doblegarse, tan ansioso como yo por conocer a mi nueva amiga. La fantasía merecía ahora comenzar de nuevo...


Me estaba duchando, cuando alguien abrió la puerta del baño. Era Iraina. ¡Perdón! gritó de inmediato cerrando la puerta. Como si me hubieras molestado, Ira.

Volvió a abrir.

-Lo siento, lo siento muchíiiisimo, pero voy con mucha prisa y necesito ducharme! Estoy con los ojos cerrados -era cierto, se los estaba tapando con una mano -no miro nada, dime donde puedo alcanzarte una toalla y déjame la ducha a mí, por favor!

Reí



-jaja, pues me doy cuenta de que no tengo ni una mísera toalla a mano en el baño, y aún ni siquiera me enjabonado el pelo, así que me temo que tu plan es un poco insostenible. Pero en la ducha cabemos los dos, Ira, no seas tonta y ven aquí...


(En efecto, fantasear es algo tan, taaan fácil...)




Ella abrió los ojos. En mi ducha no había mamparas, y se encontró con mi cuerpo desnudo, sin nada que nos interpusiera. Pude ver cómo lo miraba de arriba a abajo haciéndose la distraída. Más abajo que arriba, desde luego.

-Pues joe, si no te importa... lo siento, pero es que llego tarde!
-Estaré encantado de que lo hagas, Ira... -respondí tratando de poner una voz cómoda y atractiva, estilo caballero.

PhotobucketSe desnudó corriendo, como si de verdad tuviera prisa. Su cuerpo, tan impresionante como mi imaginación podía permitirse, quedó enseguida libre ante mis ojos. El vapor que inundaba el baño le daba un toque húmedo que le quedaba perfecto, y ella estaba flamante, preciosa. Incluso mi pene se irguió entonces para no perdérsela.

-Jaja, vaya con el nene- dijo riendo ante mi erección y vacilándome -a ver si ahora no vamos a caber los dos en la ducha...!
-Jaja, lo siento, Ira, parece que me excitas un poquito
-¿Sí no? Ya lo veo ya, pero me meto igual, que llevo prisa, no te importa no?

Y sí, se metió, desnuda, junto a mí. Por mi parte, no pude evitar centrar de inmediato mi vista en sus preciosas tetas. Soy un hombre, yo que sé, no puedo escoger mis prioridades, ni tengo por qué hacerlo en los momentos a solas conmigo. Y ahora, a diez centímetros de mí, podía oler a esa mujer. Y admirarla. Y morirme en la visión de esos pezones que nada evitaría que lamiera en unos segundos. Y excitarme como si nunca hubiera probado a una mujer en mi vida.

-Nene, ya que te veo lanzado, ¿me harías un favor? ¿te importa enjabonarme? Es que necesito ganar tiempo, y tendría que estar saliendo ya...


Mi imaginación no es de lo más sorprendente. Ni me importa.

-Claro. Te enjabonaré, Ira -respondí galantemente.

Y así, ella me dio la espalda mientras la ducha seguía humedeciéndole pelo y piel. Comencé por sus hombros, poco a poco, su culo, sus piernas... De alguna manera, imaginaba que lo hacía despacio, conociéndola, experimentando su tacto en mis manos, pero en mi mente todo pasaba muy rápido, demasiado concentrado en la idea de llegar al final. Aun así, el calor de esa chica inundó mis dedos. Después de enjabonar su vientre, por fin, me atreví a subir hasta sus senos, los senos que llevaba “tanto” tiempo esperando; despacio, con delicadeza, deleitándome en su tacto... alcancé sus pezones, suaves, mojados, excitantes... envolví sus preciosas tetas... para comenzar a masajearlas...

-Joder, pero...-exclamó con cierto tono de reparo -me estás tocando las tetas?
-Hombre... te las enjabono, no? -respondí con una voz más masculina que la que saldría nunca de mi boca en el mundo real
-Sí ya, un poco listo tú eh? Me estás sobando las tetas! -mantenía el tono de reparo, pero se empezaba a notar un fondo de “te vacilo hombre, tócamelas joder”
-Sólo un poquito, Iraina...
-Jaja, claro hombre, idiota...! -se acabó rindiendo y sonriendo. Estaba sobando sus pechos, y aun así me hacía sentir inocente!

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Se volvió hacia mí.

-Anda, pero solo un poquito eh? Que llevo mucha prisa...

Gracias al cielo. Eran suaves, sexys, enormes. Eran unas tetas geniales. Acerqué mi boca hasta ellas para proceder a lamerlas..

-Oh, nene -gimió -sí, gracias por pedirme permiso para lamerme las tetas. Podía haberme importado -la mofa inundaba el tono de su voz mientras mi lengua lamía por vez primera la piel de Iraina, los pechos de Ira, sus voluminosas y calientes tetazas, que sabían a dulce, sabían a sed y agua, a cielo después de tierra. Sabían a placer.

-Oh dios, nene, creo me está gustando... -susurró ella con un ligero gemido
-Soy muy exigente cuando enjabono a alguien, Ira... -vacilé yo, cómo no, con voz sexy y atractiva



-Nene... -me susurró -no sabía que las lenguas limpiasen...

Sus pezones, empapados, se tersaron entre mis labios, y yo llevé una de sus manos hasta la parte de mi cuerpo que más la reclamaba... Sin importarle, sus dedos encontraron mi polla, la rodearon...

-Aunque, claro... -me miraba riendo -tenía que haber caído, si no lo hicieran, gastarías demasiado jabón para limpiar ese... ese...

Su mano agarró mi polla y comenzó a moverla, mientras ella se agachaba hasta quedar arrodillada ante él, quedando sus labios más cerca de mi placer que de cualquier otra cosa en el universo, y de su boca salió una mueca de sonrisa. Me miró.

-Tendré que ayudarte, no?

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Y así llegó el momento en el que mi mente decidía no hacerlo más largo y sus labios, húmedos, calientes, rodeaban mi glande para dejar que mi polla deslizase a continuación por su lengua y dándome a probar a la más espectacular de las Irainas. La Iraina desnuda, la Iraina mojada inundando mi cuerpo de ardor con sus labios y dedicándome una felación increíble. Me la estaba chupando...

Y fue entonces cuando lo sentí. Cuando sentí por primera vez el tremendo poder morboso de la boca de Iraina. Al imaginar sus labios en mi polla, me inundó un sentimiento de excitación, de bienestar, mientras sentía un pequeño “picor” en el glande calentándome y volviéndome loco. Era una sensación que había tenido de adolescente, cuando había comenzado a masturbarme, y que había olvidado mucho, muchísimo tiempo atrás. Dios mío, ¡Iraina!

El agua nos empapaba e Iraina, desnuda y arrodillada, recorría con sus labios mi pene y lo sorbía y lamía como si lo necesitase. Agua y saliva se fundían en su boca mientras mi corazón se aceleraba, mi mente desaparecía y mi cuerpo se abandonaba a la increíble experiencia vasca. Comenzó a frotarse las tetas con las manos, gimiendo. Su lengua me recorría, arriba y abajo, lamiendo mi miembro entero, mientras su mirada atacaba a la mía y me desarmaba. Aún parecía estar vacilándome. Llamándome “nene”, metiéndose conmigo. Mas de su boca no salían palabras de mofa. Su boca se centraba en saborear mi placer con ansia, con deleite. Le encantaba, le ponía, lo disfrutaba. “Mmmm...” me soltó deshaciéndose de mi pene para morderse un labio, recorrer mi polla con la lengua y regresar a su escandalosa mamada.

Mi orgasmo dio pronto muestras de acercarse. Ella lo notó y comenzó a besar con más y más ansia. Su mirada ya no me criticaba, sus ojos estaban cerrados, en cara de concentración, de disfrute. Llevó una de sus manos a su vagina mientras su boca aceleraba el movimiento, y sus tetas respondieron bailando y matándome de excitación mientras el agua seguía lloviendo sobre nuestros cuerpos.
No pude evitar correrme en su boca mientras ella seguía comiéndome la polla...

...y me maldije a continuación mientras el esperma saltaba sobre mi vientre. Me maldije por no haberlo hecho más largo. Desearía haber bebido más de esos pechos, me gustaría haber besado sus labios, joder, habérmela follado y oírla gritar de placer mientras se olvidaba de sus “prisas”. Pero estaba hecho. Y lo cierto es que había quedado satisfecho. Y relajado. Pronto descubriría que la definición exacta de mi estado era aún más potente.

Estaba... drogado. Drogado de Iraina.

El pecado original


Laura era apenas mayor de edad. Una cría mimada más con ganas de ser rebelde, aunque a veces su inteligencia y arrojo asustaran. O... eso acostumbraba yo a pensar; Quizás no fuesen su inteligencia y arrojo. Tal vez eran sus labios, sus ojos, lo sexy de sus maneras y su cuerpo de mujer los que hacían que hablar con Laurita te dejase, no sé, intimidado.


Qué más daba, el caso es que era mi alumna, y sería además la chica que habría de condenar, por siempre, mi concepto de la determinación humana.

-Javi... ¿tú qué tal me ves?


Eran unas clases particulares. En su habitación. A mis 36 años, había trabajado para sus padres en otras ocasiones, y confiaban seriamente en mí. Claro, que también confiaban en la niña...

-¿Cómo te voy a ver? Bastante mal, Laura. El examen es mañana. Y tú, chica de costumbres, apareces hoy aquí sin haber estudiado nada... -le reprendí.
-Joe, no hablaba del examen -bufó ella demostrando que la prueba no le quitaba el sueño -decía... como mujer, ya sabes. ¿Cómo me ves? -insistió levantándose y dando una vuelta de tinte sutil.


La pregunta me impactó más de lo debido; no era nada en lo que no hubiera reflexionado ya antes. Pasa que te veo como un queso, Laura, como un trozo de pan dulce y caliente deseando ser untado, pero eres mi alumna, ¿sabes? Y, pese a que también de cabeza estés más desarrollada que muchas de las que tienen el título de mujeres adultas, no dejas de ser una niña. Una niña a la que tendría que ver así, como una niña. No como a la mujer que, de facto, estás hecha.

Vestía un generoso escote, siempre un voluminoso escote, del que se hubiera avergonzado en la universidad, en camisetas de tirantes que no conocían de frío o calor, y que marcaban siempre su sujetador con una definición casi insultante a ojos de quien no pretendiera notarlo.


"¿Cómo me ves?"

Debería haberle respondido con una sonrisa. Con un convencido "me temo que eso tendrás que dejarlo en manos de gente de tu edad, mi papel aquí es conseguir que estudies". Sí, aquello hubiera bastado. Mas la cabeza juega malas pasadas y, como pocas mujeres, Laura... me intimidaba.

-Pues... bastante bien -respondí nervioso, arrepintiéndome al instante -no sé...
-¿Bastante bien en plan "no estás mal"? ¿O bastante bien en plan "me pones bastante"?

Vaya, joder con la boquita de la cría.

-En plan ninguno, déjalo ya, Laura. Tienes un examen que estudiar, ¿recuerdas?
-Sí, ya lo sé, el examen... -resopló asqueada.


Las cosas, a partir de entonces, parecieron volver a su cauce, pero jamás terminaron de hacerlo. Fuera nuestra relación un río, su caudal estaba desbordado. En parte por mí: Quizás fuera una idiotez, pero ahora me costaba más no fijarme en aquella belleza, por mal que me pareciera. El placer con una chica casi menor siempre me ha parecido algo... rastrero, aprovechado. Igual que había renegado a acostarme con amigas en sus momentos de debilidad, las chicas tan jóvenes viven inmersas en la confusión, en una época que recordarán para siempre, y en la que tú no pintas nada; una mancha desluciendo belleza; no, no es tu sitio, Javi. Mas, mientras no llegase a tocarla, tampoco hacía ningún mal, ¿no? Es decir, esa chica, por la calle, aparentaba más que algunas de mis adultas conocidas... ¿Qué tenía de malo fijarme un poco en ella?



Por su parte, Laura se mostraba más activa en conseguir llevar las cosas a otro nivel. Pequeña Carolina, se agachaba constantemente, haciendo que su camiseta colgase y dejándome sus pechos prácticamente a la vista, costándome rechazar tal regalo o al menos disimularlo; acercándose a mí al hablar, desprendiendo calor y perfume, poniendo sus casuales poses sexys... y con ropas cada vez más provocativas, habiéndose convertido la minifalda ceñida en su uniforme habitual. Sus piernas, por supuesto, eran fantásticas y, si bien menos atractivas que sus ojos, sus labios o sus pechos, la vista se dejaba agradecer en la fantástica piel que conformaba sus muslos y que se convertía, más allá de la luz, en nalga de mujer. Increíble. Excitante.

Pasamos tres clases moviendo nuestras fichas, cada uno lo mejor posible, yo queriendo evitarla hasta un punto que desconocía, ella queriendo jugar hasta un punto que tampoco podía tener claro, y bando atacante derrotando por instantes al bando defensor. No sería hasta esa tercera clase cuando la imponente reina de corazones lanzaría un primer y agresivo jaque. Al peón.


-Oye, Javi... ¿podrías enseñarme algo? -bufó, aburrida entre sus estudios, ofendiéndome.
-Vaya -intercedí entendiendo su desidia como una crítica a mi trabajo -¿es que acaso no te estoy enseñando nada?
-No, no, tonto, no me refiero a eso, tonto. Quisiera aprender algo más... algo más concreto, ¿sabes?
-¿Algo más concreto que las ciencias exactas? ¿Como qué? No sé, creo que no te sigo...
-Javi, con confianza... no te cortes, ¿vale? ¿podrías decirme cómo... cómo se chupa una polla?

¿Pero...?

-¿...QUÉ? -respondí atónito
-Bueno, es que... hay un chico por el que estoy interesada... uno de mi edad digo... y, no sé, quizás si pudiera impresionarle así...
-La..Laura, ¿te estás escuchando?
-Ya, ya, vale chico, perdona. Creí que no te importaría hablarme algo de sexo, ¡ni que fuera esto el colegio!

Algo se le iluminó en la cara tras decirme aquello.

-Y... ¿Por qué te importa tanto hablarme de estas cosas? ¿Es que te gusto? ¿Te inquieta hablarme de temas de sexo? -incidió, sonriendo.
-¿Cómo vas a gustarme? Laura, ¡eres una cría! -me revolví yo cortándole, atónito e indeciso a partes iguales.
-Ya, ¿y por qué ibas a ponerte de esa manera si no? Jaja, ¡claro que sí, te gusto!
-Laura, Laura, escúchame. No me gustas, por supuesto que no me gustas, y tus padres me han pagado por darte una clase que estamos perdiendo. Saca los libros, anda.
-Tú también me gustas, Javi...

Aquella cría iba a volverme loco. Se mordió el labio inferior, vacilándome, y demostrándome la cantidad de horas que había pasado practicando poses atractivas ante el espejo, con éxito. Laura, estás... ¿jugando?

-Te gustan mis tetas, ¿verdad? -soltó la muy maldita acariciándoselas por encima de la camiseta -me gusta que te gusten, Javi... yo las quisiera aún más grandes... pero sé que están bastante bien...-quedó callada un rato, mirándome en aquella postura vacilante, hasta decir resuelta -¿quieres verlas?
-Laura, en serio, deja todo esto ya -le corté con tono amargo mientras hacía que me ponía a anotar cosas en mi cuaderno. Pero ella se quitó la camiseta y, no contenta con ello, desabrochó su sujetador, dejándolo caer. Dejando, en cuestión de segundos, sus tetas desnudas al alcance de mi mirada.
-Dime la verdad, Javi -repitió buscando mi mirada al tiempo que sus manos buscaban esas dos perlas preciosas -¿te gustan?

Y vaya si me gustaban. Eso no eran pechos, eran jugosos melones, dulces sandías, eran impresionantes, increíbles. Preciosas. Calientes. Sensuales.

-Laura, por favor, ponte inmediatamente la camiseta, o llamaré a tu madre -me estás poniendo muy nervioso, Laurita.
-Son bonitas, ¿verdad? -jugueteó a modo de única respuesta mientras las juntaba con sus brazos, haciéndolas resaltar.
-Mira, lo siento, pero no puedo con esto. Me v... -

"voy". Mas ella se lanzó sobre mí, besándome, sin dejar que me escapase. Dulce. Excitante. No se puede decir que yo le devolviera el beso. Tampoco que se lo rechazara. Sentándose sobre mis piernas, sus labios se enamoraron de los míos, y su lengua salió a pasear. Dios mío, socorro. Apenas recordaba cómo eran los besos en la adolescencia. Esos besos que, pese a dar menos calor... eran mucho más calientes. De inmediato, se despegó de mi boca y me plantó sus tetas desnudas en la cara. Era demasiado. Ya no podía resistirme a responder, a probarlas. Se las besé. Laura... Se las lamí. Las saboreé. Y aún ahora, con todas las consecuencias, me cuesta arrepentirme. La chica había conseguido desatarme. Estaba... embelesado, hundiéndome en la tersura de unos pechos suaves, libres, deliciosos, mientras mi saliva se dejaba abandonar entre sus tersos pezones, que ella apretaba en mi boca con fuerza, acariciándose.

-Oh dios, sí... qué bien... -susurró mi alumna -Javi...

Una sonrisa inundó de nuevo su boca, y volvió a hablar del chico que no sabía lo que estaba por gozar.



-Entonces, Javi... -murmuró en un tono bajo -cuando le chupe la polla... a ese chico... ¿da más morbo vestida o desnuda?
-Desnuda -le respondí sin apenas dejar de lamerla, sin cortarme.
-Gracias... -sonrió de nuevo, y gimió un poco, volviendo a empujar sus tetas contra mi lengua.
-Y cuando se la esté mamando... me la meto entera... ¿o no hace falta?
-No hace falta... -respondí, empezando a cobrar la noción de la realidad. ¿Pero qué estaba haciendo?
-Y, oye... ¿me pinto los labios? ¿o no? ¿la pintura más seca, o quizás no le importe que le deje... una marca?

Joder. ¡Joder! Tanta desinhibición me devolvió el sentido del ridículo.

-Por dios, Laura... -me puse serio, despegándome de aquel manjar que me había perturbado -¿qué coño me pasa? Lo siento, pero debo marcharme a casa.
-No... pero... Javiii... -se quejó mientras, efectivamente, yo recogía mi cuaderno, me ponía mi chaqueta, y me marchaba.

Su madre estaba en la cocina. Salió a despedirme.

-¿Ya te vas, Javier? ¿Tan pronto?
-Sí, hoy la chica estaba especialmente inspirada -solté con sagacidad.
-Bueno, pues nada, nos vemos la semana que viene entonces no?
-Por supuesto.

Para eso me pagaban.

Laura, vestida, apareció justo cuando me marchaba. "Oye, entonces eso, ¿mejor lo llevo pintado o sin pintar?". Por todos los cielos, Laura... "pintado" le respondí asfixiado, mientras su madre imagino se preguntaba qué coño tenía que pintar una chica de la edad de Laura "no conozco a nadie a quien le moleste pintado, más bien al contrario. No importa que manches un poco". Toma dosis de respuesta, de perdidos al río, pensé para mis adentros.


La semana pasó. En mi cabeza, las cosas se distorsionaron. Necesitaba tranquilizarme.
De algún modo conseguí maquillar el recuerdo y me inventé que la había rechazado, que la había dejado jugar un poco tan solo para que se arrepintiera, que la había sabido parar a tiempo, y que todo estaba bajo mi control. Incluso me dije que la experiencia no me había conseguido excitar, y me sentí orgulloso. Miserias de la conciencia humana, y lo bien que se le da el sutil arte del disfraz. Creo que fue este camino, que mi cerebro tomó por cómodo, el que me conduciría directamente a mi perdición.

En la siguiente clase, Laura venía equipada. Me esperaba directamente en su habitación. Tenía los labios pintados en color rojo carmín, brillantes, calientes. Vestía minifalda, una camisa blanca, abierta, que dejaba intuir sus senos y denotaba la ausencia de sujetador, y llevaba una pequeña corbata negra. La chica parecía estar a punto de protagonizar el papel de colegiala en una película porno. Todas sus cartas estaban sobre la mesa. En su boca, un chupa-chups le servía para jugar. Estaba más que morbosa, increíble. Y yo, tonto de mí, me creía inmune.

-Acabo de pintarme los labios -dijo sin cortarse, mirándome de lado -supongo que mancharán mucho... si se me ocurre chupar algo...
-Saca los libros, Laura
-Sácate la polla, Javi

La chica quería jugar. Se merecía un órdago que, de nuevo, la pusiera en su sitio. Como lo había hecho la semana pasada.

-¿Eso es lo que quieres? -respondí sin dudar, creyéndome preparado -¿verme la polla? Pues bien, aquí tienes -respondí mientras desabrochaba mis pantalones, apartaba los calzoncillos y sacaba en efecto mi pene, flácido, ante su sorprendida mirada -ya está, sí, es una polla, ¿estás contenta? -le dije a punto de desenmascarar su farol de adolescente -tengo una polla, como todo el mundo. Y como puedes comprobar, no tiene ganas de nada. Ahora, vamos a estudiar.
-Javi...!! -me respondió ella sobresaltada.

Anodadada, o fingiéndolo, se dejó caer sobre sus rodillas, frente a mi polla. Una de sus manos, tímida, se acercó. "No la pares" pensé para mis adentros "es importante que se frene ella sola".

La mano sostuvo mi pene, aún no erecto, pero con intenciones, mientras ella, arrodillada, lo miraba hipnotizada. Jugó con su chupachups, con su lengua, excitándome sin despegar los ojos del músculo que acariciaba. La erección se fue fraguando, poco a poco, entre sus dedos. Lejos de intimidarla, parecía divertirle. Pero yo tenía que ser fuerte; Lo tenía todo controlado.

-¿De verdad puedo chupártela? -insinuó, más vacilona que vacilante.

Pero era el momento. Ella llevaba un farol. Yo, mi mano segura, con comodín y dos ases. No podía echarme atrás, tenía que acobardarla.

-Adelante -sonó mi voz, esperanzada.

Ella me miró a los ojos, dejando el chupachups a un lado, se inclinó sobre mi glande, dejó que un poco de saliva cayera sobre mi pene (-uff.. -) mientras se quitaba la camisa, quedando en tetas y corbata. La besó con timidez, mirándome. Pidiéndome permiso. Pequeños y húmedos besitos de niña adolescente. Su lengua, tímida, escapó de entre sus labios para pasear. Para conocer, explorar. Alcanzó mi glande, lamiéndolo mientras lo envolvía entre sus labios, como una profesional. Javi... ¿hasta qué punto llegaba el plan?

Y finalmente bajó la cabeza, devorando todo el falo, lanzándose a mamármela. Póker. Sus labios pintaban carmín. Su lengua ofrecía calor. Sus tetas pedían a gritos mis manos. Y yo, yo me rendía a la evidencia, disolviendo mi concencia en su saliva y aceptando que llevaba tiempo soñando a Laura de aquella manera. Desnuda. Sin necesidad de engullir la polla entera. Y con los labios pintados.


Lo más amazónico era la pasión con que se entregaba al tacto. Como si fuera algo natural, sencillo, una función más de sus labios. Algo que mi generación se perdió en su momento. "Es una felación", me dije. "Sólo una felación; ¿qué puede tener de malo? Está claro que no es la primera vez que lo hace...".

-¿Te gusta? -me preguntó, satisfecha. Desde luego que me gusta, Laura, me derrite. Pero no esperes que mi boca lo diga. Sería aceptarlo... demasiado. Y no puedo hacerlo. No puedo.
-Laura, -rogué con los ojos cerrados y la cara hacia el techo -tienes que parar, no podemos hacer esto...

Ella movió la cabeza hacia los lados en un gesto de negación. -Cállate -me dijo mientras volvía a emplear su boca en aquel increíble placer, hundiéndose en mí, comiéndome, besándome, lamiéndome, matándome en un éxtasis en el que todo era perfecto, pero nada estaba bien. Mi cuerpo no respondía. Las piernas me temblaba. Aquello era el máximo exponente del placer. Era una pena que fuese... Laura.



La improvisada felatriz decidió improvisar entonces, y abrazó sus tetas con sus brazos mientras su lengua seguía explorando en mí, juntando aquellos pechos y convirtiéndolos en irresistibles. Mas con su cabeza bailando por medio, me costaba ver el espectáculo, y empecé a hacer algunos aspavientos con el cuello, tratando de encontrar el mejor ángulo: necesitaba adorar esas tetas. Ella se dio cuenta, se rió, y me dijo "tienes un espejo ahí" señalándome, en efecto, la puerta espejada de un armario cuya visión resultaba increíble. Podía verme a mí. Podía verla a ella, entre mis piernas, con mi pene en su boca, en aquel ritmo con su cabeza, que subía y bajaba, conduciéndome al orgasmo. Podía ver sus rodillas clavadas en el suelo. Y, desde luego, podía ver sus preciosos pechos de diosa, escapando turgentes de sus brazos. El espejo estaba demasiado oportunamente colocado. ¿Cuántas pollas habrán pasado por tus labios aquí mismo, Laurita?

-¿Sabes? -le dije, lanzado ya, olvidándome de la inhibición -es muy, muy sexy, que un espejo te deje admirar el baile de una chica cuando te la está chupando.
-¿Sabes? -respondió ella, ácida -no creo que tengas mucho que enseñarme sobre cómo comer una polla. Mis preguntas pretendían calentarte, creo que ya he mamado demasiado.
-La verdad -me rendí sin importarme su confesión -es increíble lo bien que me la estás chupando...

Un impulso eléctrico recorrió mi espina dorsal al pronunciar en alto que me la estaba chupando. Y Laura lo noto.

-¿Te pone, verdad?
-Sí, me pone mucho como lo haces, Laura...
-No... digo que te pone pronunciar que te la estoy chupando...

Recorría todo el pene con su lengua, vacilaba, se la comía, la mamaba, la devoraba, entregada a su trabajo.

-Dilo otra vez... -me pidió -di en voz alta que te la estoy mamando
-Me la estás chupando, Laura... -obedecí provocando de nuevo aquel calambre
-Pídeme que te la sigua chupando... -me rogó sin dejar de comerme la polla
-Sigue chupándomela, Laura... -dios, me volvía loco
-Recuérdame que soy tu alumna... y que te estoy practicando la mejor mamada de tu vida...

Laura, lo manejas demasiado bien. Demasiado.

-Tienes dieciocho años, Laura... Eres mi alumna... Estás desnuda... y me estás haciendo la mejor mamada que me han hecho jamás... -murmuré sin mentir, sintiéndome un desgraciado.

-Dime que quieres correrte...
-Joder, joder, desde luego que quiero correrme...
-Y córrete

Simplemente increíble.

Su boca se lanzó a terminar con ansia aquel trabajo mientras mi orgasmo se acercaba. Mi mirada no se separaba del espejo, donde veía el afán con que se movía, con que me devoraba, la forma en que aquella chica me la chupaba, era demasiado bueno, demasiado...

-¡Me corro! -grité tratando de que su madre, que estaba en casa, no lo escuchara -me corro!!!...

Ella hundió su boca, untándome en su lengua, mientras el semen la inundaba, y antes de que terminara de correrme se dedicó a besarme el glande, untándolo de un esperma que se lanzaba contra su labios y goteaba por su comisura mientras Laura, la joven Laura, no dejaba de besarme.

Tras el orgasmo, la cordura regresó a mi cabeza. -Por dios, ¿qué he hecho? -susurré. Laura se subió sobre mí, sus manos buscaron mi camiseta y, quitándomela, murmuró.

-Empezar