Marta y la Luna – Prólogo


Olía a canela. Entre aparatos quirúrgicos, incomodidades, colores inocuos y elementos esterilizados, el ambiente se teñía con una suave y cariñosa fragancia a canela, hipnotizando en dulzura. Un sensual olor para una mujer, pensó Rodríguez, que ejercía de paciente sentado en aquella silla recostable, con la boca abierta y mirando hacia un cielo encerrado en forma de tejado; Un maravilloso perfume para una dentista. Además, la chica también desprendía calor sobre cuanto le rodeaba. Era algo más que un aroma, era una esencia desbordada que lo inundaba todo en su camino en un auténtico derroche de femineidad.


Ella, más cercana que otros médicos, indagaba en su boca, dejándolo descansar de cuando en cuando y, aunque sin decir nada, dedicándole una mirada cómplice a cada pausa, una cálida mirada pintada en ojos marrones que provocaba que, en su primera visita a la consulta, Alfonso Rodríguez ya se planteara escusas de cara a un regreso. Él sabía que su boca estaba perfecta, pero la profesional no dejaba de mirarlo y, por increíble que aquello supusiese en una consulta médica, lo prefería así. Era tan fácil de describir como de entender: No quería que la presencia de aquella chica se acabara.

-Dame un segundo, cielo -murmuró con voz tenue la fonía joven de la médico mientras ésta se marchaba a lo que parecía su pequeño despacho, que quedaba frente a él. Tendría... ¿26 años? Quizás menos. Las profesionales tan jóvenes bullían erotismo, pensó para sí el paciente, que ya pasaba los cuarenta, sufriendo el goteo de un tiempo insensible a la vida sana que trataba de llevar. Esta dentista, en concreto, era capaz de hacerte soñar incluso, al tiempo que velaba por la salud de tu boca.

Ella regresó tal y como se había marchado, con su bata, sin mascarilla y con su pelo suelto, y estaba radiante, caliente. Dulce. No podía dejar de buscar aquellos ojos. Ojos de color canela, a juego con su perfume.

-Ya casi está, Alfonso - Rodríguez no entendía que los nuevos médicos llamasen a los atendidos por su nombre, pero en esta ocasión casi lo prefería, porque la hacía sentir más cercana y, con ello, aún más atractiva -nos quedan dos minutitos y listo. Te voy a pedir que te enjuagues la boca, ¿vale?

La ortodoncista se inclinó en un gesto sexy sobre la butaca del paciente para coger una especie de flúor, que le quedaba al otro lado. Al hacerlo, su bata colgaba en respuesta a la gravedad, y un botón desabrochado se escapaba de los demás dejando nacer un pliegue a la vista del paciente, que se aferró a su silla cuando, sin querer evitar buscar en él con curiosidad, no encontró tela, una camiseta, o un jersey: encontró piel. La piel de su preciosa dentista, libre bajo su bata, una piel aterciopelada y cariñosa. No podía ser. Estaba desnuda. Tan solo aquella fina tela blanca lo separaba de su desnudez. La doctora, inclinada, tardaba en encontrar lo que fuera que buscaba, y él no dudó en recrearse en el increíble cuerpo de su médico desnuda para su mirada. Sí, desde luego que era su piel. Podía verse incluso gran parte de uno de sus pechos, suave, también desnudo, tambaleándose en los aspavientos que hacía aquella belleza en su lenta búsqueda entre aparatos. Si no estaba loco, merecía enloquecer, porque su agitación se convirtió en una excitación exacerbada a una velocidad enfermiza incluso para un cerebro de hombre, adquiriendo una erección dispuesta a combatir cualquier barrera y empujando en la cremallera de su bragueta sin intención de desfallecer.

-Aquí está -dijo al fin ella distraída agarrando una botella de plástico en la que se veía un líquido de color verde, y Alfonso no podía creerse nada. Creyó haberse vuelto loco cuando, para ponerse en pie, la dentista fue a buscar apoyo y su mano se dirigió a su entrepierna, donde se encontraba su pene, erecto, excitado. Notándolo, la médico volvió su cara y susurró un sensual "uy...", tardando en quitar de allí su mano e incluso permitiéndose una leve caricia con la punta de los dedos al tiempo que grababa a fuego su mirar en lo más profundo de los ojos del paciente, atónito.

Dispuso una pequeña ración del flúor, que olía a fuerte menta, en un pequeño vaso de plástico, y se lo dio a beber. "Con cuidado, cariño", le advirtió con ternura, "puede ser bastante desagradable. Enjuágalo bien, ¿vale?". Por su parte él, sin pretenderlo, seguía con su mente en la tersura del incipiente seno que acababa de contemplar, mientras su cuerpo se limitaba a reaccionar como lo haría el de un ser hipnotizado, o un robot. Por desgracia, el líquido demostró ser efectivamente infernal, estallando entre sus dientes, y notarlo lo sacó de su aletargo, teniendo que hacer un gran esfuerzo para no expulsarlo de su boca de inmediato y aferrándose a la silla sin poder evitar reflejar como rostro una notable cara de rechazo.

-Pobre... -dijo la voz de ella al tiempo que no podía evitar que una ligera sonrisa iluminara su rostro -te hago estar tan incómodo...

Dios, aquello se parecía demasiado a una fantasía ajustada a las reglas de un guión, a alguna de las aventuras forzadas del mundo del porno. Lo que venía entonces habría de dejar cualquier historieta erótica por los suelos. La dentista, aún sonriendo, pasó su mano por la entrepierna del paciente, acariciando una polla que exploraba los límites de su erección, por encima de la tela de sus pantalones.

-Debería quitarte esto... -insinuó, sensual, al tiempo que llevaba sendas manos hasta la cremallera que sujetaba la prenda y con natural habilidad la desabrochaba -total, soy médico, no voy a asustarme ni nada...- cada vez sonreía más pícaramente; sin expresar sus ojos deseo, sí se reflejaba intención en sus miradas, y Rodríguez aprovechaba el flúor en su boca para no tener que responder, porque no hubiera sabido cómo hacerlo.

Dos hábiles manos de fémina le desprendieron de la parte inferior de su traje, accedieron al elástico de sus calzoncillos, y se deshicieron en un solo tiempo de ellos castigándolos al olvido, mientras un torreón de deseo se desataba, quedando la polla del paciente liberada y mostrando la magnitud con que cuatro movimientos de mujer podían excitarle.

-¡Vaya! -exclamó sin ya poder evitar reír la doctora al tiempo que con una mano se la sujetaba, haciendo que su glande apuntara al cielo y que su paciente lo alcanzara -¡...pobre! ¿Como no ibas a estar incómodo? -con la otra mano se tapaba la boca, tratando de disimular el gesto que combinaba dulcemente exclamación y carcajada.

No podía ser. ¿De verdad estaba aquella médico tocándole la polla? ¡Socorro! No contenta con eso, se atrevió con un leve movimiento de muñeca, distraído, que la masturbaba.

-¿Qué tal? ¿se te pasa?

Él asintió, tratando de recordar lo que se le tenía que pasar, sin éxito.

-Perfecto -respondió ella soltando la verga y sacudiéndose las manos -pues ahora marcho a revisar unos papeles mientras terminas de enjuagarte, tienes que estar unos cinco minutitos más, y luego devolver el líquido al vaso, ¿de acuerdo?

Sin comprender nada, con el pene al aire, volvió a asentir en ausencia de alternativa, persiguiendo con sus ojos a la doctora mientras ésta regresaba a su oficina, con algo erótico en sus andares. ¿Cómo podía haber pasado todo aquello? Se preguntaba un Rodríguez desconcertado. ¿Serían así de fáciles las chicas jóvenes? Sus pensamientos no tardarían en interrumpirse: La dentista no había cerrado la puerta de su despacho, y pronto se sorprendería al ver cómo su brazo desvestido cruzaba su marco a su vista, con la bata arrugada en la mano, colgándola en un perchero, significando que, aunque no pudiese verla a ella, la pasión hecha mujer se había desnudado. Se percató de que nada le impedía masturbarse, y no pudo evitar aprovecharlo, repitiendo un movimiento que en su larga edad tenía ya bastante asimilado. Se derretía como la mantequilla en el fuego con solo imaginarla sin ropa, y de repente nada más importaba; ¿en serio podía desearla tanto?

Los segundos se sucedían mientras los sucesos seguían envileciéndose. Rodríguez alcanzaba a ver una parte de una mesa, aparentemente grande, en mitad de aquel cuarto apodable como despacho que ahora quedaba medio a su vista. Una pierna -de mujer- firme, que no musculada sino más bien tierna, apareció en la escena, deslizándose en excitantes tiempos sobre la superficie barnizada del escritorio. La mano con que se masturbaba Rodríguez aceleró el ritmo, y él, enfermo de calor, se apuró a colocarse lo más al extremo posible de aquella butaca recostada, en pos del mejor punto de vista, consciente de que se perdía alguna forma de expresión de la mayor maravilla, a su entender, del universo. Descubriría que aquella ninfa se encontraba demasiado oportunamente colocada.

Lo que podía vislumbrar, más allá de su imaginación, era la pierna casi entera, reluciente en sensual piel, hasta más de medio muslo, y el brazo derecho de la ortodoncista. que terminaba en un amazónico hombro desnudo, excitante. Incluso, o al menos eso quería creer, se notaba junto al quicio que separaba pared y cielo una pequeña parte, poco más de un centímetro, de pecho desnudo. Era demasiado; no podía estar pasando, enloquecía el paciente. El morbo se hacía tremendo, le superaba, su masturbación se convulsionaba, y se iniciaba la tortura del varón que se muere por eyacular pero sabe que hacerlo le podría alejar de algo que lo mereciera con mayor categoría. De una experiencia única, en su caso.

Atendiendo, fue capaz de captar que el brazo de mujer que se veía tras el marco de la puerta se dirigía directamente al candor de entre sus piernas, ardiente, y que estaba bailando en un gesto similar al de su masturbación, pero mucho más delicado. Alfonso hubo de dejar de frotarse para evitar correrse cuando comprendió que también ella se estaba masturbando. No podía ser real. Atendió con fascinación al milenario mito de la autosatisfacción femenina, estudiando el ritmo casi constante de su brazo, que cuando se permitía hacer cambios los hacía para encontrar algún otro son al que aferrarse, paciente. Escupió el mentolado líquido de su boca para dejar de enjuagarse, queriendo evitar cualquier ruido que distrajese su atención, y el silencio le guió con completa claridad hasta una melodía de callados gemidos contenidos ("mm...") a ritmo con una respiración entrecortada, que le permitía ilustrar en fantasía la imagen que quedaba oculta tras aquella pared sin misericordia. El volumen de los gemidos ascendió en una mareante espiral hacia el placer de dos personas, hombre y mujer, desembocando en un ligero gritito, agudo pero entrecortado, y el cuerpo de Rodríguez se echó a temblar cuando entendió (por el ruido) que la dentista se reincorporaba, hurgaba en algún cajón o armario, y caminaba hacia el encuentro de ambos. Esperaba que saliera directamente desnuda, la bata seguía colgada. Esperaba que la fantasía cumpliese una miserable parte de sus promesas, y que aquella mujer lo llevara pronto al orgasmo.

Su figura, deslumbrante, apareció en el marco de la puerta. No estaba desnuda. Tampoco vestida. Volvía a llevar una bata, blanca, pero aquella prenda no había sido diseñada pensando en la medicina, sino que ejercía de forma idónea un papel de lujuria que solo inducía a sentir la que, por otro lado, era la mejor de las curas. Ceñida, apenas cubría las nalgas, mostrando así la dentista sus piernas desnudas, jóvenes, y tampoco el escote quedaba cubierto; más bien resarcido. Estaba increíble.

La dentista, contra todo pronóstico, no hizo gesto ni insinuación ninguna que la diferenciase de cualquier otro profesional. Con naturalidad, como si nada hubiera cambiado, se dirigió con expresión neutral hasta la cama del paciente, que exigía por piedad una muestra de certeza en cualquiera de las cosas que le estaban pasando. "Has terminado ya con el flúor, ¿no?" Rodríguez asintió, descubriendo que se sentía tan mudo como cuando se enjuagaba. "¿Seguro?", siguió vacilona la médico, "no me estarás engañando, ¿verdad?" "No... no... qué va..."

Ella le observó con un enfatizado gesto de sospecha, teatralizando, y se inclinó hacia su boca. La canela inundó de nuevo la habitación. La médico, cercana, simuló inhalar el aliento de su cliente. Acercando sus dos bocas, movió sus labios a escasos centímetros de los del paciente para pronunciar: "¿De verdad no me engañas?"

Alfonso, inmóvil, sentía cómo los demonios agitaban su alma, exigiéndole convulsionarse e imponiéndole inmovilidad, jugando con sus nervios a ridiculizarle, y la boca de la médico estaba demasiado cerca, y su polla demasiado dura, y las tetas de aquel seductor escote quedaban colgantes frente a su cara, y un terso culo en pompa dejaba demasiado pequeño el uniforme, y lo único que él conseguía hacer era responder:

"Seguro"

"Mira que puedo descubrir si me mientes..." le respondería ella, jugando, con su boca sensiblemente aún más cerca de los límites del tacto.

"No..No... No te miento..." tartamudeó él.

"Ya...". Excitante... "A ver..."

Una joven lengua femenina se escapó sobre sus labios, mucho más duros, recorriéndolos con paciencia. Más caliente piel, sabor canela, la perseguía. Dos bocas se juntaron, explorando la humedad de un beso, que no su significado y el cliente, consciente de su inexperiencia, decidió abandonarse a la doctora, que besaba, bebía a un ritmo paciente, mojado, atreviéndose a lamer sin pudor una boca con sabor a menta, y despegándose en un rastro de saliva.

-Sé que es un flúor fuerte, pero me encanta su sabor... -descendió una voz desde los cielos -es tan... fresco...

Le lamió de nuevo los labios, que le temblaban, con un lamer muy sensual. Volvió a hacerlo. Y lo repitió, una vez tercera. Era cierto que su lengua, tras el beso, se sentía más fría, con mayor frescura. "Lo notas, ¿verdad?"

La dentista pasó una de sus piernas por encima del paciente, y se sentó encima suyo, sobre aquella silla que él ya no podría olvidar. Erguida, ofrecía una visión de espectáculo. Era demasiado poderosa. Se llevó uno de sus propios dedos hasta su boca, introduciéndolo en ella, y cerrando sus labios alrededor en unos morritos encandiladores, mientras Alfonso se dejaba matar. Lo chupó, cerrando los ojos y expresando placer. La frescura de la menta ejercía el papel de excusa.

-Mmm... -gimió mientras el dedo era besado en el vaivén en que, suavemente, entraba y salía. Un poco de saliva escapó de su boca, cayendo por su labio inferior, ardiendo en la retina de su único espectador.

Abandonando su boca, sus pequeñas manos se fueron directas a por sus tetas, aún cubiertas por tela, juntándolas y sujetándolas, manejando lo visual, como si un titiritero excitado las estuviese dirigiendo. Desabrocharon un botón del batín. Otro. Su espalda se contrajo, acercando los hombros, acentuando sus pechos, y la bata se desligó por fin desde su cuello, deslizándose por sus brazos y dejándose caer hasta debajo de sus senos, que quedaron, al fin, desnudos. Alfonso, mero espectador, babeaba en el deja vú de encontrarse con unas tetas tan lascivas y sexuales como las había imaginado. Definitivamente tenía que estar soñando. Eran... eran maravillosas...

Las manos de la dentista se adhirieron de nuevo a sus pechos, ahora desnudos, conociéndolos a caricias, amándolos con el tacto. Parecían tan duros, tan tiernos, tan excitantes... El dedo que acababa de recorrer la lengua de la médico, aún húmedo, fue conducido hasta un pezón, que acarició hasta tersar, mojándolo en el candente líquido que emanaba entre sus labios. Repetiría su labor en el segundo pecho, complaciente, y las manos de doctora volverían a juntar aquellos fantásticos senos, entes del deseo, que resarcían aprisionados entre las palmas de sus manos, sintiéndose acariciados entre los dedos de aquella deliciosa escultura con forma de mujer.

Rodríguez se atrevió a alzar uno de sus brazos con la intención de alcanzar sus tetas, de acariciarla. La doctora se lo impediría con una autoritaria mano, sujetándole una muñeca, y llevándose su otra mano a la boca en gesto de silencio.

"Chssst..." insinuó, sexy.

Condujo el brazo capturado de Alfonso hacia su tez, acariciándose en sus dedos y dirigiendo el índice hasta su boca, para introducirlo en la manera en que lo hiciera antes con el suyo. La otra mano de la dentista, que ahora jugaba entre sus tetas, impartiéndole lecciones a la belleza, olvidó el tacto de su fina piel para dirigirse a la parte del paciente que más apreciaba su despliegue de encantos, consciente de que su magia le debía todo el poder a la atracción de lo sexual. Mientras su boca le lamía un dedo, la otra apareció para acariciarle el falo, agarrándolo, sin masturbar.

"Socorro..." alcanzó a murmurar la víctima.

Ella llevó las dos manos de él hacia sus pechos, y éstas comenzaron a experimentarlos con necesidad, desenfrenadas, en contraste con la paciencia que manejaba siempre la fémina. Consciente de que aquellas manos no habrían de despegarse, la doctora se inclinó sobre el paciente, haciendo que sus tetas colgasen cada vez más entre los dedos, hasta acercar su boca hasta el cuello de la presa.

"Si quieres seguir, cielo..." le dijo al oído mientras se aseguraba de que la verga del cliente se encontraba con sus piernas y se deslizaba hasta una vagina desnuda, acabando con cualquier resquicio de su voluntad "...lo tendrás que pagar"

"¿Pagar?" le respondería el hombre, confundido, "¿cómo pagar?"

"Doscientos euros por un francés," cortó su voz con tono inalterable, sin dejar de ser cariñosa, "trescientos si quieres follarme..."

"Dios..." se derritió el paciente "...¿y qué... ¿qué es un francés?"

Ella rió. "Mis labios y lengua en tu polla, cariño..." murmuró entre sonrisas "...una mamada".

"Joder..." murmuró él, aparentemente inseguro. La médico se alzó de nuevo, haciéndole recordar su figura, sentándose en la cadera del cliente y restregando el calor que emanaba de sus piernas a lo largo de su verga. Él la miraba, sin decir nada, indeciso ante el siguiente paso.

Una explosión de la amada canela tiñó la habitación cuando la médico agarró una de sus tetas y la alzó para lamerla, siempre despacio, irremediablemente sensual. Paseaba su lengua mientras su otra mano se metía entre sus piernas y, cerca del fugitivo glande de un indefenso Alfonso, acariciaba su vagina, obligándole a notarlo.

Fue la misma mano la que indagó entre el calor de ambos, oculto aún de la luz por lo que quedaba de bata, aún colgando en sus caderas, hasta encontrar y sujetar el pene del paciente, que utilizaría para masturbarse, sumergiéndolo en la humedad de su vagina y haciéndole ensoñarse en una penetración que no llegaba.

"¿Podrías chupármela y después follarme por esos trescientos euros?" se atrevió al fin a combatir Alfonso ante la fiebre. Una sonrisa inundó la cara de su dentista, que enseguida respondió:

"Desde luego".


La médico se dejó deslizar pícara en la silla, cual serpiente. Sus rodillas alcanzaron el suelo; sus labios quedaron a la altura del aparato, erguido. La ternura desapareció, y la sensualidad comenzó a evolucionar a medida que desaparecían las insinuaciones y la dentista se disponía a practicar su pequeño trabajo. "Que lo disfrutes, cielo", le insinuó inocente, cómplice y cerda, poniéndole a cien. Aprisionó el falo entre sus manos, mirándolo atenta. Lo paseó por el canal de placer que se conformaba entre sus tetas, despacio. Lo besó con la humedad que caracterizaba su maravilloso besar.

Alfonsó cerró los ojos, aún sin poder creerlo, consciente de que el momento conformaba una insensatez, pero dispuesto a disfrutar hasta el fondo de la insensatez más caliente de su existencia. La lengua de la dentista inició su lamer, chupándosela, empapándola en aquella esencia mientras una de sus manos masturbaba la base de la fálica fuente de éxtasis, con su tacto de mujer, y aquel calor de diosa. De diosa dispuesta a ser ensuciada. Los labios, carnosos, aprisionaron el glande con que estaban jugando, provocando más sabor en el amante que en su boca, y sumergieron el indefenso pene en el placer, procediendo a mamar, como la zorra que sabía ser, como la princesa que en realidad era. La chupaba con ritmo, con ansia, con técnica y con dedicación, haciendo gala del precio de su boca.

El paciente no podía aguantar más, se corría, y no lo deseaba, no deseaba que su dentista dejara aquella mamada, quería seguir follándose su boca, y quería follársela después a ella, necesitaba de todas aquellas endorfinas, que su cuerpo casi había olvidado cómo segregar. Sin embargo, cuando la guerra está precedida de una larga confrontación, los planes están trazados, las armas preparadas, y las victorias y derrotas se producen con celeridad. Aquella cerda se la estaba comiendo demasiado bien, era demasiado joven, y su leche con sabor a esperma se disparó inmediatamente en la boca de ella, que no se lo esperaba, no tan rápido. La pobre chica, confundida, fue incapaz de reaccionar, y el semen superó su boca y se escapó de entre sus labios, aún adheridos a la polla de su cliente, deslizándose en un lento resbalar por un aún firme pene.

Aquella veinteañera dentista, con los labios empapados en el fruto de su boca, se decidió por sonreír y, mirando a su paciente, le guiñó un ojo y le dijo "parece que al final serán doscientos, ¿no?" Rodríguez no supo cómo reaccionar. Se incorporó, y la miró. Aún mantenía la pequeña bata atrapada por sus caderas, lo que no impedía admirar su ted, sus hombros, sus piernas y sus pechos. Era preciosa.

"Quítate eso" le dijo señalando la bata. Ella obedeció, dejándola caer sobre sus muslos, quedando completamente desnuda. Al hacerlo, se convirtió inmediatamente en una chica mucho más mundana. "Lo que la hace aún más bonita", pensó Alfonso, descubriéndose mucho más resuelto de lo que estaba. Quizás como efecto del orgasmo. Más probablemente, perder la bata, aunque llevase tanto tiempo sin ocultar nada, había despojado a la dentista de su autoridad. Se había convertido, en un instante, en una chica más. En una chica normal. Y así, tan sexy, ofreciendo su sexo a cambio de dinero, tan joven y tan ordinaria, tan sólo aparentaba ser otra prostituta de club de carretera que no merecía, en absoluto, lo que cobraba.

No obstante, Rodríguez la deseaba. Aún más: la necesitaba.
"Serán trescientos euros", respondió serio. "Has sido una auténtica puta entre mis piernas, y me has hecho disfrutar, pero un hombre necesita más que eso, muchacha. Y yo he pagado para penetrarte, no sé si a ti, pero sí a tu cuerpo. Merezco follarte"
Ella echó un ojo hacia la verga del cliente, la cual seguía firme, como una roca, sorprendiéndola. Se había excitado ligeramente mamándosela a un desconocido, y estaba más que predispuesta a verse ensartada; pero estaba detestando la nueva aptitud del paciente, y dudaba. La pérdida del poder. Sin embargo, admiraba la maestría con la que Alfonso mantenía su falo en pie de guerra, preparado para atravesarla. Y su vagina ya estaba contratada.

"Por supuesto" le respondió, muy dócil, dirigiendo su boca hasta la polla aún manchada de semen, para limpiarla. El la puso en pie con violencia, sujetándola por los brazos, y se colocó en su espalda. ¿Qué diantres...? Pensó la doctora. "Dios, preciosa..." murmuró la voz de Alfonso en su oreja.

La situó frente a la butaca para pacientes, donde recientemente ocurriera la magia, y la empujó contra ella, haciéndola caer encima y dejándola tumbada de espaldas. Como si de una muñeca se tratara, le agarró por las nalgas, levantándolas, y le obligó a separar las piernas. Si ella no hubiera estado algo caliente, tan solo habría conseguido asustarla. Pero lo estaba. Y la violencia con la que el hombre prometía penetrarla la estaba excitando. "Oh...!" sonó su voz, que sabía estar cachonda, aferrándose a la silla con sus manos. "Sí, cielo, fóllame", oportunaba decir. No hacía falta.

El cliente colocó la polla en la entrada de su vagina. "Dios, nena..." se derritió al sentir tanta humedad. Realmente se moría porque todo aquello pasara. La sintió. Sintió todo su calor, toda su juventud, su magia. Se recreó en las piernas esculturales que le rodeaban, las dulces nalgas que iba a cabalgar, aquellas tetazas aplastadas. No hubo resistencia que se opusiera a su viril espada. El pene se adentró como un torrente de fuerza en aquella cavidad concebida para el placer, el sexo se inició, y Alfonso no podía creerse la espectacular visión de aquella chica con el culo en pompa y expresión de placer en su cara mientras era violentamente penetrada. Penetrada por él, por su verga. Follada, joder, follada.

La médico sentía que el aparato era enorme, porque le llenaba, la completaba, rozaba sin miramientos las paredes de su vagina mojada, provocándole un eléctrico fuego que inundaba su entrepierna y se exhalaba hasta su boca, que lo dejaba marchar sin poder evitar gritarlo.

"Oh!" rompió su voz. "Ah!" "Dios!"

Sus nalgas se enfrentaban a cada embestida con el cuerpo de su violador, como olas rompiéndose en un acantilado, poniéndole enferma, y mucho más enfermo a él, que no dejaba de admirarlas. Aquel falo la inundaba, haciéndole sudar, y ambos lo disfrutaban, ella por la sorpresa provocada, él por estar follándose a una médico que no llegaba a la treintena, de piel fina y tersa. Las manos de Alfonso, secas por el tiempo, agarraban a la chica desde las caderas, manejándola con facilidad, mientras ella, que no dejaba de ser la puta, se dejaba follar impune. Sus nalgas, sin poder abandonar el baile, empezaron a sudar, y el amante, excitado, no se resistió a acariciarlas, primero buscando el tacto, luego tratando de abarcarlas, terminando con un azote, que se transformaría en una sonrisa excitante en la tez de la chica que follaba. Para ella era caliente. Para él, increíble.

Se permitió sacar su verga, excitado, y se lanzó a besarle aquel maravilloso culito de veinteañera. "Oh, nene..." gimió la dentista ante su afán. Cada vez se volvía más loco. Parecía beber tras un mes en el desierto, adhiriendo sus labios en ansiosos e inexpertos besos, besando a toda costa la carne que relucía alzada. Con sus manos, separó las nalgas y, sin habérselo planteado nunca, se atrevió con un beso negro. Para ella, preparada por su condición de prostituta, limpia, no era el primero, y se divirtió al disfrutarlo. Le producía unas ligeras cosquillas que se convertían en auténticos calambres en sus piernas y, sinceramente, conseguía perturbarla.

"¿Cuánto me cobrarías por el culo?" exclamó entonces el cliente, cuya voz se había adelantado a su propio pensamiento, contrariándole y haciéndole pedir algo que no se había planteado. No se hubiera atrevido. Ella no tenía una tarifa para aquello, prefería no tenerla, era demasiado complicado, pero se sentía cachonda, se sentía dilatada, y decidió darle aquel lujo, siempre que lo pagara...

"Doscientos más. Serían quinientos" murmuró con voz angelical.

"Hecho" agradeció él, que no tardo en acercar el falo sobre su entrada, mirándola, agarrándola con fuerza, como si así impidiera que se escapara, como si necesitase que todos sus sentidos le confirmaran que era real. No era aquel un agujero caliente, pero sí era morboso. Era mancharla, era agotarla, saber que no había un paso que le pudiera prohibir, haberle practicado el sexo anal. Era genial. "Despacio", pidió la chica cuando lo empezó a notar. Él no sabía de velocidades, y se limitó a empujar sin ansia, despreocupado por lo que pasase por la mente de aquella mujer. Había pagado por eso, y merecía que lo dejaran en paz. Aun así, la cara de ella no fue de desagrado, más bien todo lo contrario, la vio cerrar los ojos, notó que se concentraba, se abandonaba a lo que quisiera hacer el amante, mas su esperanza estaba en disfrutar la cabalgada. "Jodeeer..." fue muriendo de morbo el paciente mientras conseguía adentrarse en el ano de su jovencita doctora, a lo que ella respondió con un timido "oh!", haciendo notar que en su concentración había encontrado lo que buscaba.

Alfonsó la sacó. La volvió a meter. Le pareció que aquello de follar por el culo era mucho más sencillo de lo que esperaba. Estaba auténticamente dilatada. Y le gustaba, le gustaba muchísimo. La chica abría más y más la boca sin abandonar la expresión de concentración, expulsando un placer mayor que cuando se la follaban.

"Sí..." murmuró con su sexy voz, "síiii!!!", al tiempo que un emocionado Alfonso se aceleraba gritando "vamos!! vamos!!!"

La médico se volvió para mirarlo. No sabía por qué le gustaba. "El sexo sería mucho mejor si los hombres fuesen más conscientes de su propio placer", supuso. "Si supieran calentarnos y, una vez preparadas, dedicarse a disfrutar de nosotras. Son muchísimo más sexys cuando se convierten en hombres, y no cuando se limitan a ser niños buscando no molestarnos...". A aquél cliente, desde luego, le importaba una mierda lo que ella pensara, había descubierto el culo, el placer de golpear directamente las nalgas, la piel que, menos mojada, era más prieta, y la excitación de sentir que la mujer lo disfrutaba. La embestía sin descanso, como un toro, aumentando aquel cosquillear en su ano, haciéndola temblar.

Sin dejar de follarla, se recostó sobre ella, dejándola aprisionada. Estaba descontrolado. Buscó sus tetas con las manos, encontrándolas y disfrutándolas, al tiempo que con su boca le lamía sin pudores la espalda. "Te está dejando completita", se dijo irónicamente la dentista para sus adentros mientras la verga de aquel paciente inundaba su intimidad anal. Se descubrió a sí misma acompañándolo, moviendo el culo en busca del propio placer. "No creo que te importe, ¿verdad cielo?", se imaginó diciendo. Él no la hubiera escuchado.

"Me corro!" exclamó el paciente entonces, "me corro!!! Dios!!!!". "Córrete!" gritó ella, con el fin de excitarle. "No!" gritó el paciente, "No así!!"

Sacando el pene de su culo, la agarró y volteó con facilidad, volviendo a dejar sus piernas abiertas. Volvió a lanzarse en busca de follarse su vagina, que seguía húmeda, dejándose penetrar con facilidad al tiempo que su boca buscaba el maná deleitándose en llegar hasta lamer sus senos de mujer, besando aquellas tetas con impunidad.

"Noo!" gritó entonces la dentista "En la vagina no!! Eso son cien euros más!!!"

El paciente puso cara de horror. "Joder!" gritó. "Necesito correrme ya!!"

"Te ofrezco la boca por cincuenta!" escupió ella, sabiendo que abusaba de su cartera.

"Hecho!!!" gritó el paciente, temblando de terror ante la idea de correrse en ningún lugar. Ella corrió a arrodillarse en busca el falo, ardiente, que mamó desesperada hasta volver a notar el brotar de su semen, para el que esta vez sí estaba preparada, y que engulló sin pestañear.

"Dios..." murmuró el cliente al tiempo que se relajaba y se sentaba en la silla. Tenía los ojos abiertos, incrédulo. También algo arrepentido. Había una mujer esperándole en casa.
Tras una breve pausa, buscó con sus ojos a la médico, que acudía a su despacho para alcanzar y ponerse su bata, la bata de verdad, profesional. "¿Eres al menos dentista?", le preguntó el paciente. "Claro que lo soy", le respondió la chica, suelta, mientras se ponía unas bragas para calmar el terremoto en que había quedado entre sus piernas tras las embestidas animales de aquel hombre. "Pero también soy puta" "No tendrás ninguna enfermedad rara, no?" siguió él, cada vez más arrepentido, buscando cuanta luz cupiera en su mente, que se nublaba. "No", rió ella, poniéndose un sujetador. "Acceder a los historiales médicos de mis clientes me permite bastante control sobre eso" "Ya... entiendo..."

"Sobretodo", siguió hablando la doctora al tiempo que se calzaba, "mi negocio me obliga a ser discreta". Guiñó un ojo al paciente. "Pues la cosa no estaba tan mal", pensó Rodríguez. "Es una pena que sea tan cara".

Registraron en su cuenta una complicada intervención con un cargo total de quinientos cincuenta euros, que a Alfonso le dolió en el alma. Algún día reflexionaría lo poco que vale el dinero, y lo mucho que importan las experiencias de cama. La puta, una vez uniformada de nuevo como ortodoncista, parecía otra. Igual de guapa.

Pese al asalto económico, a medida que las dudas se despejaban Alfonso Rodríguez se iba sintiendo feliz. Tanto, que al salir por la puerta de la clínica no pudo evitar volverse, echar un último vistazo a aquella belleza, y murmurar:

"Gracias".

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